Rogelio Ramos Signes
No
sé jugar al ajedrez. Nunca supe y, tal vez, ya nunca aprenda. Un mal maestro me
enseñó solo a comer las piezas del contrario, y mi propio desinterés hizo el
resto. Ninguna jugada preparada adorna mi ingesta de sacrificados peones y de
incautos alfiles. Ningún destello de mi imaginación inventa movidas
arriesgadas. No obstante eso, sé que siempre hay alguien peor.
Hoy me sucedió algo que da peso a esta afirmación. Yo
estaba sentado a mi mesa de siempre en el Bar y Billares “El Ocioso” cuando se
presentó un joven de aspecto inquietante; no porque atemorizara, sino porque
parecía estar a minutos del suicidio. Me estiró su mano pálida y sin fuerzas,
como si me extendiera una empanada fría sobre una servilleta de papel, se
presentó como “Lucio Negador, flogger”, se acomodó el mechón de pelo que le
tapaba el ojo izquierdo, para que se lo cubriera todavía más y, sin mayores
preámbulos, me dijo “Yo juego con las negras”. Se sentó frente a mí y
empezamos. Alguien le habría dicho que yo era presa fácil, porque creí ver en
el brillo de la múltiple ferretería que perforaba y adornaba sus labios y sus
cejas cierto festejo prematuro.
El mozo, que se había acercado para ver si íbamos a pedir
algo, nos vio tan concentrados en el juego que estábamos a punto de iniciar que
se retiró sin preguntarnos.
Apenas iniciado el juego, sin ningún motivo que lo
justificara, tomó su rey y lo tiró al cesto de la basura. Mientras lo sustituía
por un sacacorchos, de esos que parecen un hombrecito con los brazos a los
costados, gritó con una voz finita “A rey muerto, rey puesto”.
Como no entendí que pretendía y como tampoco quería
entablar una conversación con él, seguí en lo mío y en pocos segundos le comí
dos peones y un caballo. Con gesto heroico (supongo) tomó el sacacorchos que
ocupaba el lugar del rey, lo tiró al cesto y lo cambió por un paquete de
galletitas saladas, mientras gritaba otra vez “A rey muerto, rey puesto”. Otros
dos peones, un alfil y una torre fueron mi botín de guerra, al tiempo en que
Lucio Negador, el flogger, gritaba “A rey muerto, rey puesto” por tercera vez, y
tiraba a la basura el paquete de galletitas sustituyéndolo por un embudo de
plástico.
Tras un segundo viaje inútil hasta nuestra mesa, el mozo
del bar volvió a retirarse haciéndose cruces sobre la boca y besándose el
nudillo del pulgar derecho.
No sé si tiene sentido seguir relatando esa partida de
ajedrez que le gané con la técnica del tenedor libre (le comí todas las
piezas), pero quisiera aclarar algo. Yo reconozco jugar mal, por falta de
interés y por haber tenido un mal maestro; pero ¿quién le enseñó a jugar a este
sujeto que cambiaba su rey por un miserable embudo de plástico?
Creo que corresponde precisar que cuando le dije “Jaque
mate”, su rey ya no era un embudo, sino una manzana verde, luego de haber sido
un ridículo osito de peluche. También corresponde que aclare que en cuanto le di
el jaque, me levanté y me fui, dejándolo allí con su manzana, no fuera cosa que
él considerara que había llegado el momento de suicidarse y mañana saliéramos
en los diarios.

No hay comentarios:
Publicar un comentario