viernes, 7 de junio de 2024

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO (ONCE)



 


UNA PROBLEMÁTICA FENOMENAL

Sebastián Fontanarrosa

Rafael Martínez Liriano & Joyce Barker

 

—Debido a nuestro encuentro, ahora entiendo que lo inexistente tiene las mismas chances que tuvo la realidad para consagrarse —dijo Latro Goldfent apoyado contra el sector más oscuro de la medianera. Delataba su posición el cigarrillo que se estaba terminando.

Lautaro Feelman giró sobresaltado. Estaba solo en la piscina. No era la primera vez que escuchaba aquella voz. En esta oportunidad, aparentemente, provenía de una persona que de manera inquietante invadía su hogar.

—¿Quién es usted? ¡Salga de mí casa, ahora! ¡Voy a llamar a la policía! —gritó Feelman al tiempo que retrocedía nadando sin quitar la mirada de aquel rincón umbrío. Golpeó la espalda contra el borde de la pileta ganando un sobresalto. 

La colilla de cigarrillo salió despedida desde las sombras trazando un chispeo para luego extinguirse en medio del agua. En segundos, el leve ondular la condujo a manos de Feelman que la examinó detenidamente.

—¿Ax Cigarrets? —preguntó Feelman estupefacto—. Esta marca solo existe en mí novela. La inventé yo. ¿Qué clase de broma es esta? 

—Soy Latro Goldfent.

—¡Claro que no! ¡Tú eres un chiflado que se ha obsesionado con mi novela!

—¡Cállate la boca, pleonasmo!

—¿Que dijiste? ¿Cómo sabes...? —dijo Feelman pasmado y al tiempo absorto en los recuerdos tan intrínsecos de cuando escribía los diálogos de la obra. Solo lo sabían él, Dios, el diablo, y aquellas paredes.

—Acabo de estar en la cama con tu esposa. "Hace mucho que no nos pasaba", llegó a susurrarme antes de quedarse dormida. Ahora soy la mejor versión de ti, Feelman, el gran hombre que tanto le prometiste que serías. Escribiste un personaje que terminó borrándote de plano, amigo. A partir de este momento seré mejor esposo, padre, y hasta incluso mejor escritor que tú. ¿Estás preparado para comprender lo que sucederá contigo?

Feelman se repetía una y otra vez que aquel hombre frente a él, con su cara y los ademanes del personaje de su novela, no era real, se lo repetía con la esperanza de convencerse a sí mismo y al universo. Pero todo fue inútil, aquella sombra salida de lo más profundo de su mente permanecía en la penumbra, burlándose de su creador. 

—No sé quién o qué eres ni tampoco me importa, solo me importa que salgas de mi casa en este momento y no vuelvas —Feelman trató de intimidar a su interlocutor con aquellas palabras, pero el desconcierto y nerviosismo le restaban fuerza a su amenaza. 

—¿Qué vas a hacer si no me voy? —preguntó Goldfent en tono burlón—. ¿Vas a llamar a la policía? ¿Qué les dirás? Señor policía, en mi casa hay un hombre igual a mí.  —Goldfent continuaba con sus burlas, sabiendo con ello sacaba aún más de sus casillas a Feelman—, pero no soy yo, y además es el personaje de una novela. —Feelman permanecía dentro de la piscina, inmóvil, casi sin respirar, mirando como su mundo se derrumbaba por obra de su propio puño y letra—. Acéptalo Feelman —continuó Goldfent—. Has sido superado por tu propia creación, soy mejor que tú en todos los sentidos. Así que relájate ante este giro de la fortuna que hoy no te favorece.

Feelman por fin salió lentamente de la piscina, con el semblante tranquilo, y una idea fija en su mente. Al sentirse acorralado por las circunstancias se había liberado en él la fuerza necesaria para poner fin a su predicamento. 

—Teman la ira del hombre callado —repetía Feelman mientras en su rostro se pintaba una sonrisa. Goldfent lo miró y por primera vez en su corta existencia, sintió miedo. Conocía las palabras que escuchaba: las pronunciaba el terrorífico personaje del libro, su enemigo, y cada vez que las articulaba, lo dejaba paralizado tres días. Feelman sabía que ese personaje era el punto débil de Latro y que el miedo lo debilitaría. “Ahora podría eliminarlo”, pensó el escritor, sabiendo que Latro no sabía nadar. Le había diseñado un trauma al agua, para hacerlo más creíble.

—¿Qué pretendes, pleonasmo? —dijo calmándose, luego de ver que Feelman sólo quería asustarlo—. ¿Transformarte en ese idiota, materializarlo? No tienes idea de cómo funciona esto. No se trata de que lo pienses. Es imposible que… —Pero el escritor lo interrumpió, empujándolo a la piscina. Latro aleteó torpemente y logró afirmarse del borde. Al salir del agua, se acercó a Feelman para golpearlo, pero el escritor aprovechó su impulso para tirarlo a la piscina otra vez. No pasó ni un minuto cuando la esposa de Feelman salió corriendo al patio y se tiró al agua para salvar a Goldfent.

—¡Déjalo ahí! —gritó Feelman— ¡No soy yo!

—¡Lo sé! —respondió la mujer sacando a Goldfent de la piscina—. Los vi por la ventana. ¡Querías ahogarlo!

—¡Porque iba a suplantarme! —luego se acordó que Latro ya lo había suplantado con ella—.  ¿Cómo que lo sabías?

—Siempre lo supe, Lautaro, ¿con quién crees que hablas? —dijo abrazando a Goldfent, que tosía botando agua—. ¡Qué violento eres! Latro sólo se defendió… Por suerte el otro estúpido no quiso pelear. No lo veo, ¿se habrá ido? No traigas gente sin avisarme… —calló al escuchar un murmullo— ¿Escuchan eso?

—Qué otr… —pronunció Feelman, pero enmudeció súbitamente y cayó al piso. La mujer y Goldfent también se desplomaron, paralizados.

—Por fin tres días de silencio —dijo tranquilamente el hombre callado, prendiendo un Ax Cigarrets mientras empujaba a los tres a la piscina—. No soporto el ruido. 

 


LA SOLEDAD

Luciano Lara

Javier López & José Luis Velarde

 

Julieta soltó un suspiro al mundo. Una vez más se había quedado sola. La soledad no era un problema para ella, pues desde muy pequeña había aprendido a llevarla a cuestas. Aprovechaba aquellos momentos para sumergirse en la profundidad del alma y pensar, como lo había hecho durante casi treinta años sin importar quién durmiera a su lado. Quedaba sola al apoyar la cabeza en la almohada mientras el silencio era roto por voces que sólo ella atendía. Julieta suspiró de nuevo como si el aire emitido pudiera llevarse los ecos enmarañados de tanto repetirse. Las voces contaron historias de besos extraordinarios al sentir próximos los labios de Julieta. Hablaron de fantasmas delirantes y pasiones reservadas a lo oscuro. Los pensamientos de la joven intentaron librarse de la entelequia donde el amor jugaba a engatusarla. Suspiró con fuerza y exhaló ventarrones de borrasca. La incertidumbre crecía como el deseo. Julieta aulló adentrándose en la tormenta oceánica donde el amor aguardaba, como un trueno encerrado entre paredes de acero. La oscuridad le pesaba como una losa sobre el pecho. Se levantó y prendió la luz, sorprendiéndose por su reflejo en el espejo, el de la niña que fue hacía quince años. Se palpó la cara, intentando asegurarse de su propia persona. La imagen del espejo se encogió de hombros y se deshizo como niebla. Atormentada, golpeó los muros de su celda de clausura, hasta que la sangre brotó de sus manos. 

 

 

EL CRUCERO DEL AMOR

Claudia Isabel Lonfat

Oscar De Los Ríos & Patricio G. Bazán

 

Al levantarse por la mañana, Martha se dijo que no podía dejar que la nueva vida que comenzaba la avasallara. Llevaba dos meses de jubilada como contadora de una empresa de transporte, y aún no se acostumbraba a su nueva rutina. Leyó el anuncio del crucero en una de esas tantas revistas que simulan ser feministas, pero que no son más que pobres intentos para hacerles creer a aquellas que se sienten solteronas e indeseables que son libres, independientes, y que pueden divertirse cazando hombres.

Era justo lo que estaba buscando, le venía bien poner un poco de distancia; además, estaba dispuesta a disfrutar la travesía del primero al último día. Sin pensarlo, agarró el celular y llamó a la empresa de turismo. Originalmente, se trataba de la invitación de algunos compañeros de trabajo a un sencillo paseo de fin de semana a las islas del Delta, nada del otro mundo; una suerte de viaje de despedida simbólico de aquel que había sido su mundo durante veinticinco años. Pero no le convenció la idea de ir al Delta. Quería algo más osado: las costas de Uruguay y Brasil, hasta Río de Janeiro. Así es que puso la diferencia, y lo cambió por el crucero imponente; pensó en reservarse el detalle del cambio para no herir susceptibilidades.

Todo lo que vio fue un montón de gente grande entrada en carnes, con ropas nuevas y prolijas, mucho perfume francés, y una evidente y profunda soledad. Llevaba dos días vagando por el crucero y nada la satisfacía. Había estado en el cine, pero las películas que pasaban eran de acción y ella buscaba romance. De la piscina ni hablar, las muchachas jóvenes lucían unos físicos exuberantes y se sentía disminuida, como sapo de otro pozo. La música disco sonaba en cada rincón del lujoso crucero. A Martha le provocaba vértigo con solo mirarlo. Metió la mano en su bolso para comprobar si llevaba las pastillas para los mareos, la presión, el colesterol y para la ansiedad; esta última recientemente recetada, debido a un episodio previo al viaje.

Se notaba que no estaba preparada para dar paso a un nuevo capítulo de su vida, por más impulso que hubiera tomado, y su cuerpo se lo hizo saber: hiperventilación, nerviosismo irrefrenable, sudoración y temblores. Ni siquiera recordó qué excusa telefónica había empleado para faltar a la cita de despedida previa al viaje. Pero esta vez se obligaría a dar ese salto y acometer nuevos desafíos, probar otros sabores; en definitiva, a empuñar el timón de su destino y alejarse de una ruta siempre marcada por los demás: sus padres, sus jefes, hasta sus pares. Lo iba a intentar.

Martha quedó impactada con un caballero muy bien vestido. Un pelirrojo esbelto algo anticuado, de esos que usan sacos con parches de cuero en los codos, fuman habanos y beben whisky scotch. Lo miró disimuladamente, pero fue obvio. El pelirrojo le devolvió la mirada. Martha se ruborizó y con una tosecita nerviosa se acercó a la barra, manteniendo una prudente distancia.

—Nos conocemos de otro lugar, tal vez de otra vida...

—No creo —se apuró a contestar.

Martha, estaba sorprendida. ¿Quién era este extraño? Algo en su rostro evocaba a otros rostros de su pasado: el alzamiento de una ceja, los hoyuelos que afloraban al sonreír, un minúsculo lunar que le hacía pensar en soñados lunares que creyó amar. “Extraño, más no desconocido”, concluyó.

El pelirrojo se reía. Dos hileras de dientes jóvenes, resplandecientes, le iluminaron la cara pecosa. Ella pensó en sus propios dientes, amarillos, por años de consumo de café y tabaco, y su sonrisa quedó reducida a una mueca de labios estirados, que se le habían congelado mientras él hablaba. Había algo que no le cerraba. Si no estuviera tratando de conquistarla tan abiertamente, hubiese pensado que se trataba de un gay; quizás por sus ojos verdes de gata, la delicadeza de sus líneas y gestos.

Había bebido demasiado, ya dos copas la mareaban, pero tres, le hicieron olvidarse de casi todo. Como en sueños, el pelirrojo la estaba desvistiendo. Cuando llegó a la ropa interior, sintió un cosquilleo extraño. Él tenía metida la cara en su entrepierna. No sabía si era un sueño, pero no importaba. Nunca había tenido un orgasmo tan intenso. Se escuchó gritar. De lo que siguió, no recordaba nada salvo un nombre, repetido a lo largo de mil ensoñaciones, y cuyo portador estaba formado por retazos de amores; algunos que hubieran podido ocurrir, algunos frustrados por su indecisión, otros potenciales envueltos en la bruma de futuro improbable y esquivo. Todos aquellos fragmentos perdidos de un amor idealizado a lo largo de una vida se habían congregado en una sola persona, tal vez como recompensa, quizás como despedida.

Lentamente se disolvió en una penumbra de bienestar redentor, dulce y tibio. Al otro día, amaneció desnuda, y una rosa roja la acompañaba, apoyada en la almohada donde debería reposar la cabeza del pelirrojo. Estaba confundida y tenía nauseas, pero se sentía otra, una versión mejor de ella misma. Repitió rosa, una y mil veces, ¿Rosa?
Rosa, la pelirroja de quinto año comercial, la que media más de un metro ochenta, era andrógina y tenía unos hoyuelos encantadores… y esa hermosa sonrisa de dientes blancos.

   

ABANDONO

Alejandro Bentivoglio

Mirta Leis & Cristina Chiesa

 

Quería salir del sueño, pero allí se estaba bien y le era difícil aceptar que quizás no pudiese volver al mismo sitio donde estaba ahora. Porque por un lado estaba el hecho de que debía ir a la oficina, pero por el otro sabía que nunca se sentiría bien fuera de ese lugar que no existía en ningún lugar. La decisión fue difícil, pero finalmente se inclinó por dejar todo atrás, abandonar la vida de lo conocido, permanecer en espera, en ese mundo distinto, donde se puede volar, o nadar a profundidades insospechadas, o simplemente amar a ese alguien inalcanzable. Ahora transita el sendero umbrío del bosque, con el paso displicente de caperucita, casi desnuda, sintiendo las hierbas en los pies, apartando ramas, alejándose cada vez más de las obligaciones diarias e internándose en un mundo desconocido y prometedor. Una luz azulada, a lo lejos, la intriga y asusta al mismo tiempo. Tiene miedo, pero va. Hay una voz que reconoce, la de ella misma. Hay aflicción en la voz, y esa luz azul que la desconcierta en su urgencia. Cae y cae con desidia en la profunda irrealidad y algo le toca los brazos, serpientes trasparentes que se alejan. Un roce en la boca, como el de un cáliz que pasa. Y un llanto leve, lejano...y la luz azul que se apaga, y se va, como se va ella cuando el último cable es desconectado de su cuerpo. 

 


TRAGOS SIN SABOR

María Elena Rodríguez

Laura Irene Ludueña & Gabriela Vilardo

 

Siempre quise formar una familia, crecí soñando cómo sería. Durante la adolescencia, que en mi caso no fue tan complicada, consolidé ese proyecto de vida que había construido en la niñez. Crecer en un ambiente sano y amoroso hizo de mí una persona feliz. Hasta encontré a mi hombre ideal.

Conocí a Jano en un bar cerca de la facultad. Fue amor a primera vista. Recuerdo que ese día estaba completo y él permanecía solitario en una mesa junto a la ventana. Me miró, me invitó a compartirla. A pesar de mi natural timidez acepté y desde ese día, no nos separamos. Hicimos un ritual del bar y el café. Era nuestra bebida favorita. Yo con mucho azúcar, él, amargo.

Por qué tanto azúcar si ya eres dulce —solía decime. Teníamos los mismos sueños, formar una familia, tener hijos, construir nuestra propia casa, viajar y conocer el mundo. Compartíamos una misma alma, como si viviésemos en un estado de simbiosis donde nada podría afectarnos.

Logramos casi todo. Nos casamos, tuvimos tres hijos maravillosos, construimos una hermosa casa, hasta que de pronto, todo se desmoronó.

—Llegué hasta acá —dijo Jano—. Quiero el divorcio.

Pasar de la simbiosis idílica que vivía, diferenciarme de él, me quebró. No me percibía como persona, siempre habíamos sido pareja. La decepción y la amargura me desbordaban. Pasé por todos los estados de ánimo, angustia, bronca, sed de venganza, deseo que vuelva a cualquier precio, angustia otra vez… Mis hijos no me necesitaban como antes, tenían sus propios proyectos de vida, pero yo… ¿cómo iba a seguir adelante? Toqué fondo en mi dolor, hasta que decidí que renacería como el ave fénix. La primera prueba sería firmar los papeles de divorcio. Era una persona adulta y actuaría en consecuencia.

Cuando entré en el bar me recibió la mirada vaga del hombre detrás de la barra. Me acomodé en un alto taburete y le pedí un café. Siempre, cuando estaba nerviosa, tomaba café y esa tardecita estaba nerviosa. Jano vendría con su abogado y traería los papeles del divorcio para firmar. El abogado intentaría una improbable reconciliación y luego pondría el formulario sobre la barra y nos daría una lapicera, primero a mí… sí, seguramente que primero a mí, aunque ese pequeño gesto no haría la diferencia. Puse muchas cucharadas de azúcar en el café, lo revolví repetidas veces y luego lo bebí de un trago. Pasé una mano por mi cabello, miré varias veces hacia la puerta. No sentí el gusto del café.

 ¿Me sirve otro, por favor? —Esta vez le pondré más azúcar, me dije. Sonreí al ver el cuadro de la pared. Jano ya debería haber llegado… ¡Qué cosas tiene la vida! En el cuadro se ve una pareja sonriendo, ella con vestido amarillo, él con smoking azul, brindando por un futuro feliz; como nosotros hace veinte años.

—¿Te acuerdas, Jano? En un bar como este nos prometimos amarnos para siempre. ¿Qué significa siempre cuando la piel es tersa, los besos nuevos y las caricias ardientes? ¿Qué significa siempre cuando todavía no saliste día tras día a buscar trabajo para volver callado, con paso lento? ¿Qué significa siempre cuando no me has encontrado llorando cada noche frente a un tazón de sopa sin sabor? Sin sabor como este tercer café que estoy tomando, sin sabor como ese beso rápido que nos daremos después de firmar el final de aquel “amor para siempre” bajo la mirada atenta del abogado. Sin sabor como la lágrima que sorberé cuando te vea alejarte sabiendo que esta vez sí será para siempre.

Siempre pensé, Jano, en “siempre” como un estado de los dos, pero hoy advierto que era el mío, no el tuyo. Me voy a quedar vacía de la seguridad que hasta hoy me dio esa palabra. Y acá estoy por mi tercer café, querido, intentando saborearlo sin azúcar.  Todo sabe más desabrido que antes. ¿Para qué azucararlo? Toda la vida he abusado de azúcares y otros condimentos para mantener el “siempre” que se desvanecerá en apenas unos instantes cuando entres con ese maldito papel. Y el mozo viene a recoger el pocillo otra vez y me pregunta si deseo algo más. Le digo que por el momento no. La pareja que está en el cuadro sigue brindando. Tengo todas las intenciones de pararme y bajar ese cuadro que me agobia; de esconderlo en algún lugar. Se me escapan estas lágrimas, querido, que no mereces. ¿Cuándo tu siempre y el mío dejaron de coincidir, Jano?  Y acá estoy, con mi propio “para cumplir tus deseos”: esperar a que llegues con tu abogado y su papel. Y tu lapicera. Abro la cartera, encuentro la invitación del casamiento de mi sobrina. Nuestra sobrina. Tu. Nuestra. No sé cómo decirlo ni me sospecho feliz en esa, mi primera fiesta sin vos. Por eso, Jano, saldré por esa puerta antes de que llegues. Saldré con la sola intención de fortalecerme en este nuevo rol. No toleraría que nadie me tire arroz después de esa firma. No toleraría que la gente no se detenga para decirme algo porque nadie se entera de divorcios a la salida de un bar. Tendría que haber pensado antes que ese arroz de tantos años atrás no tenía sabor, porque estaba crudo y caía como lluvia sobre nuestras cabezas. Duros granos sin gusto a nada, vaticinio de esta realidad cruel.

—Mozo… ¿me cobra?

 


VIOLENCIA DOMÉSTICA

Mane Herrera López

Claudia Isabel Lonfat & Cristina Chiesa

 

Lamió el dedo herido y suspiró molesta. El cuchillo de la cocina estaba más afilado que nunca. Observó la cebolla y la notó muy fina, una lágrima cayó en sus manos cuando la tomó y la tiró a la basura. Miró por sobre el hombro y descubrió la mirada ausente de su pareja; no quiso interrumpirlo y volvió a ensañarse con la ensalada. En cuadritos, en juliana... ¿cómo la querrá? Un breve temblor sacudió sus muñecas cuando él se acercó al tacho y se quedó observando la cebolla mutilada.

—No sabés cortar una puta cebolla —le dijo con dureza—. Sos una inútil… total el que labura soy yo, mientras vos te rascas todo el día —agregó.

Sabía que eso iba a ocurrir, porque ya había empezado a beber desde temprano. Era mejor no decirle nada, total estaba en el primer mes de embarazo y tenía un par de meses más antes de que se empezara a notar. Se acarició el vientre y sonrió… Sí, era una inútil. El papel representado por años la había colocado en una posición de privilegio. No conocía jefes ni trasportes repletos ni horarios, y el crío, que era de otro, sería por supuesto trasmutado en legítimo hijo del imbécil. Tomó la ensalada. Recogió la cebolla de la basura, y así, con restos y manchada de sangre la agregó a la ensalada, después escupió dentro.

—Querido, la cena está lista. —Y sonriendo, se dijo que era una mujer feliz.


  

LA PLANTA

Alejandro Bentivoglio

Joyce Barker & Sergio Gaut vel Hartman

 

Boris no tiene idea de cómo llegó una planta carnívora a su jardín. Él no la plantó y tampoco Eva, su esposa, hubiese hecho algo semejante. Ella odia esa clase de plantas. No porque le moleste que devore insectos, aunque sean vagamente desagradables. Es simplemente que no coincidiría con la estética del jardín y la estética es lo más importante a la hora de elegir qué plantar y qué no.

Boris decide que, por mucho que quiera a las plantas, esa en particular debe desaparecer. Toma sus herramientas del jardín y se dispone a quitarla. Quizás la deposite en algún otro lugar donde pueda crecer sin estorbar. Pero ni siquiera llega a clavar la pala en la tierra cuando la planta estira una de sus extremidades y, sin inmutarse, le arranca tres dedos de la mano, los cuales mastica con una lentitud que desborda crueldad. Boris deja escapar un grito y ve que su esposa sale de la casa. Le hace señas para que se aleje, pero ella no le hace caso. Solo se detiene cuando ve que la planta comienza a emerger de la tierra como un mal presagio, exhibiendo unas firmes patas que cualquier otro hubiese confundido con raíces.

La mujer corre hacia la casa y cierra la puerta, olvidándose de su marido herido, pero reacciona al escucharlo gritar su nombre; se asoma por la ventana: Boris está golpeando a la planta que ahora yace enroscada en el pasto, indefensa.

Es una escena desproporcionada: aún siendo capaz de masticar huesos, no logra defenderse de los golpes de esa pala, la misma que iba a desenterrarla antes; y la mujer, olvidándose que las detestaba por su particular estética, ahora siente el dolor de la planta como si fuera propio. Intuye que atacó a su marido por sentirse en peligro y que quizás llegó caminando a su jardín escapando de otro en el que también fue maltratada.

—¡Boris, no sigas! —grita por la ventana.

Al escucharla, Boris suelta la pala, extrañado por la conducta de su esposa, y se aleja para cubrir su mano ensangrentada con la camisa. La mujer corre al patio con un pedazo de carne y se lo tira a la planta que, parándose torpemente por los golpes recibidos, se acerca y come un poco; luego camina hacia la reja que da a la calle.

—¡No dejes que salga! ¡Le podría pasar algo!

—¡Qué me importa! ¡Llévame al hospital! ¿Desde cuándo te interesa la salud de una planta carnívora?

Eva siente crecer el desconcierto en su interior. Odia las plantas carnívoras, pero también odia a su marido, del que no se separa por razones que ni ella misma entiende. De pronto ha descubierto que la planta carnívora representa una oportunidad única.

—Hagamos las dos cosas. —Sin vacilar, saca el auto de la cochera, se asegura de que Boris esté cómodo en el asiento trasero, lo pone en marcha para dirigirse al hospital.

La planta carnívora ha recorrido unos cien metros. Las patas, que le han servido para moverse sobre la superficie del jardín, no son demasiado aptas para caminar sobre el asfalto. Eva detiene el vehículo y abre la puerta trasera.

 



 DAVID Y LA ARDILLA

Ricardo Bernal

Carlos Enrique Saldívar & Sergio Gaut vel Hartman

 

Cuando la ardilla habló, David supo que nadie le iba a creer. Lo primero que hizo fue sacar a la ardilla de su jaula y llevarla al bosque cercano para soltarla, pues imaginó que si sus hermanos mayores o su mamá escuchaban esa vocecita, seguro harían algo terrible. La ardilla no dijo nada cuando quedó en libertad; corrió hacia el árbol más cercano y trepó hasta la copa en un santiamén. El animal se sintió fastidiado al principio, luego se dijo que las cosas le estaban resultando propicias. En algún momento retornaría a territorio humano pues para eso la habían creado; entretanto, diseñó nuevos planes. Utilizó su vocecilla para influir de modo malsano en otros animales, en los pájaros, mamíferos e insectos del bosque. No solo los adiestró en el arte de cometer atrocidades, los entrenó físicamente para sus oscuros fines. La primera meta era asesinar a David, y después ya vería cómo continuar con el plan.

Cuando la ardilla regresó, David supo que aquello era mucho más grave que resultar creíble para su familia. Que una ardilla hable es un evento extraño, misterioso, extravagante. Pero que una ardilla elija regresar a la jaula solo podía tener un significado: era la avanzada de una invasión extraterrestre. Por eso, y sin vacilar un instante, tomó en sus manos a la mascota, le ofreció avellanas y, mientras el animalito simulaba comerlas, la aplastó con el volumen uno de las obras completas de Fredric Brown. 


 

NOCHE TERRIBLE

Sebastián Fontanarrosa

Víctor Lowenstein & Sergio Gaut vel Hartman

 

A pesar de que los sucesos de la noche anterior aún se arremolinaban, confusos y brumosos, Pedro se despertó de buen talante. La mañana lucía clara y luminosa y sus pensamientos apuntaban en una dirección inesperada. Casi con seguridad, lo que recordaba como una serie de eventos tan fantásticos tenía una explicación sencilla: nada de aquello era real, no había sucedido y, por lo tanto, lo que le parecía irreparable, no era otra cosa que la nefasta consecuencia de la enorme cantidad de bebida ingerida. Lo cierto es que tras mezclar vodka, coñac, absenta y tequila, la posibilidad de que hubiera habido una irrupción de extraterrestres en la casa de Nora Quesada y que él hubiese matado a uno de ellos destrozándole el cráneo con un atizador era francamente absurda. De cualquier modo, y para salir de dudas, llamó a su amigo y compinche, Guillermo Ríos, abstemio a carta cabal.

—Se te escucha molido, Pedrito —contestó jocosamente Ríos del otro lado de la línea recibiendo un prolongado sollozo cómo respuesta—. ¿Qué pasó —preguntó a continuación, cambiando radicalmente el tono y estacionando bruscamente el coche a un costado del camino.

—Anoche estuve en la casona de Norita Quesada. Me tomé todo. Pero aún así recuerdo que en el momento más espectacular de la fiesta se cortó la corriente y a la vez se desató un tormentón. En ese instante estaba frente a la pileta y te juro que vi caer en el agua un cuerpo venido del cielo. En el descontrol total nadie lo había visto ni escuchado caer. Como flotaba boca abajo sin moverse me arrojé a la pileta para asistir lo que en un primer momento pensé que era una persona. El tema fue cuando lo tomé de la mano… ¿Me escuchas, Guille?

—Acá estoy.

—Cuando quise llevarlo al borde de la pileta, ambos, en un pestañear aparecimos en la segunda planta de la casona. Esa cosa horrible y helada, estaba encima de mí. Me miraba con el único ojo, igualito al de un sapo, grande como mi cabeza… Me lo saqué de encima con una trompada y justo cuando se restablece la energía te veo a vos al otro lado de la habitación. Estabas agachado, escondiéndote de algo, me dabas la espalda. La cosa se incorpora. El ojo le lloraba tanto que había dejado un charco en el piso. Gira y cuando abre el ojo apenas agarro el atizador del hogar todo vuelve a oscurecerse, menos el ojo de esta cosa que parecía un faro apuntando hacia vos. Corro para ayudarte, resbalo por el piso viscoso, y después de darle a esa porquería un buen fierrazo en la cabeza, aparecí en mi cama.

Ríos cortó la comunicación.

Instintivamente, Pedro volvió a llamar a Guillermo. Previsiblemente lo atendió una casilla. Probó suerte con otro amigo, investigador en el campo ufológico, pero tuvo que contentarse con dejarle un mensajito. Hastiado, arrojó el teléfono sobre la almohada. Su buen talante se esfumó; suspiró adivinando que Guillermo, al igual que Nora Quesada y sus invitados, y hasta el ufólogo, tomarían sus palabras como las del bebedor que ya conocían. A partir de la noche pasada sería “Pedro el delirante, asesino de extraterrestres”.

  Pasó el resto de la mañana dormitando, sujeto a los malestares propios de cualquier resaca. Por momentos se despabilaba, tratando de restarle importancia a lo pasado, adjudicando lo malvivido a un trastorno de sus sentidos. “Vamos, Pedrito, que fue solo otra borrachera”, se decía, e intentaba convencerse de que el cíclope caído del cielo y el crimen con atizador eran alucinaciones prohijadas por el alcohol.

  Mas cuando cerraba los ojos imágenes de esa noche terrible reaparecían con toda nitidez. La criatura del ojo en la frente tocándolo con su piel fría. Empujones, terror, su mano desesperada recogiendo el atizador del hogar… Visiones horrorosas, demasiado reales para ser pesadillas.

  Finalmente consiguió dormirse y su mente reposó todo aquel día.

 

Al despertarse, ya era noche. Las luces de su cuarto estaban encendidas y todos lo estaban mirando. Nora Quesada, muy seria, escoltada por varios hombres de gafas oscuras. Ninguno hablaba. Detrás apareció Guillermo, apuntándole con un revólver.

—Gracias por salvarme —dijo, quedamente—, pero hablas demasiado.




DECADENCIA

Mane Herrera López

Ada Inés Lerner & Luciano Doti


Se apoyó en el marco de la puerta y observó la habitación: el cuerpo que alguna vez había sido grueso se veía transformado en un puñado de aristas emergiendo entre las sábanas. El médico había advertido que un hígado cirrótico podía afectar mente y cuerpo en partes iguales.

—¿Qué hacés ahí? ¿Quién sos que te ponés a espiarme? —escupió su padre mirándola de reojo. Lucía lo contempló con lástima y rabia. Fueron años de borracheras, malos tratos, brutalidad con su madre y con ella hasta que el amor filial desapareció y dio paso a la bronca. Bronca que la dañó y derivó en indiferencia, quizás más brutal que el odio por aquél que le dijeron era su padre, un hombre cobarde que no supo o no pudo pararse frente a la vida con dignidad y eligió la bebida. Al principio solía escrutarlo de manera detallada; interiorizándose de cómo iba progresando la enfermedad; esperando que en algún momento la misma pudiera revertirse. Fue entonces que le había surgido la bronca. Ahora que la indiferencia reinaba en su estado de ánimo, el padre se evaporaba en la fase final de la cirrosis. Lucía ya casi no veía nada en él. El cuerpo otrora grueso era sólo aristas por la enfermedad pero también porque ella lo borraba de su mente. Pronto las autoridades labrarían su defunción; sería una formalidad, para su hija estaba muerto desde el día en que decidió comenzar a ignorarlo.

 

LAS DESAPARICIONES

Laura Irene Ludueña

Gabriela Vilardo & João Ventura

 

Desde el pueblo, en el promontorio junto al mar, salía un solo camino. Era una voz común que ninguno de los que recorrieron esa carretera había regresado. Braulio fue criado por su madre y su abuela, y había crecido escuchando que su padre y su abuelo se fueron del pueblo para no ser vistos nunca más. Todos ignoraban lo que ocurría más allá del horizonte, ni deseaban saberlo. Es mejor no desafiar lo desconocido.

El niño se convirtió en pescador para ganarse la vida. Pero cuando el mar bramaba, negándole el pescado necesario para la subsistencia, se preguntaba qué habría al final de la carretera, y por qué los dos hombres de su familia nunca habrían regresado. Y cuanto más pensaba, mayor era su deseo de saber. Como si alguien le susurrara al oído: "Ve... ve a buscarlos..." Entonces decidió que llegaría al fondo del misterio. Una mañana tiró sus redes al mar como solía hacer habitualmente y se internó en el camino que serpenteaba entre los acantilados. Lo embargaba la sensación de estar adentrándose a un mundo desconocido. A medida que avanzaba, el sendero se volvía más estrecho y accidentado, como si la naturaleza misma intentara disuadir a los intrusos. De pronto, cuando el camino parecía terminar, entre las rocas descubrió la entrada a una cueva. Sin dudarlo, ingresó a lo que parecía ser un laberinto de pasadizos oscuros y túneles estrechos. Algo en su interior lo impulsaba a seguir adelante, a explorar los rincones más recónditos de aquel lugar tenebroso. Guiado sólo por el instinto llegó a un espacio abierto iluminado por la luz que se filtraba entre las rocas. Lo sorprendió la cantidad de esqueletos que había en el lugar. En algunos se distinguían jirones de ropa. ¿Sería uno de ellos su padre, su abuelo? Ignoraba cómo habían vestido. En una esquina vio una especie de cofre. Con manos temblorosas, intentó abrirlo, pero no pudo. Observando a su alrededor notó que los esqueletos tenían ciertos rollos de pergamino cerca de ellos. ¿Los habrían sacado del cofre? Desistió de abrirlo. Supo que sería casi un acto suicida tomar uno de los rollos de ese cofre, tal vez ese era el motivo que había provocado la muerte a tanta gente. Tampoco era casual que todos portaran uno o se rozaran con alguno de ellos. Pensó en la ambición de los seres humanos mientras caminaba entre los esqueletos. Estaba impresionado, pero quería seguir con la valentía que lo había llevado hasta allí. Miró el cofre desde lejos. Y siguió con sus elucubraciones: podría tratarse también de curiosidad, además de ambición. Y decidió que no caería en la trampa. ¿Qué sustancia podría tener ese papel como para asesinar a tanta gente? ¿Quién podría estar expectante de las próximas manos sobre la tapa del cofre, –si de verdad ese cofre contenía pergaminos–, como para dejar a alguien sin vida? Hipótesis que iba arrojando entre huesos y trapos. ¿Y por qué matar? Braulio se convenció de que nadie podría robarle nada porque lo único que tenía lo había dejado en el mar: las redes. Su padre y su abuelo tampoco llevaban nada al momento de caminar por ese sendero y también habían tendidos sus redes en el mar. Miró alrededor. No se escuchaban ruidos, no había olores en el aire, no había señales de algo vital con intenciones de hacer desaparecer a las personas. Puso las manos en jarra y pensó: nada que temer, pero mucho para burlar a ese destino padecido por otros. Se acercó al cofre, sin intentar abrirlo lo cargó y volvió a la cueva, con destino al camino escarpado por el que había subido. Iba con el sabor del triunfo por no haber quedado atrapado entre osamentas. Triunfo que derrotó el cierre abrupto de esas rocas. Se desesperó en la oscuridad, pero irrumpió una luz natural a su derecha. Una salida hacia otro lugar, allí donde había cientos de esqueletos rodeados de cofres.


 

TINIEBLAS Y TENTÁCULOS

Franco Ricciardiello

Donato Altomare & Stefano Valente

 

Ese goteo era exasperante. Se dio vuelta en la cama buscando una posición más cómoda, pero ese goteo le martilleaba las sienes. De repente, cesó. Emitió un suspiro y trató de volver a dormirse. En vano. Hubo un murmullo sordo, incomprensible. Alguien susurraba. Luego nuevamente el goteo. No era la caída lenta de gotas, no, era un... lenguaje. ¿Pero qué, quién? No necesitó abrir los ojos. La luz negra lo alcanzó más allá de los párpados. Veía en la oscuridad. Y lo que veía lo aterrorizó. La forma cambiaba incesantemente. Parecía un enorme corazón oscuro, palpitante. Luego de ese músculo de petróleo empezaron a serpentear fuera apéndices viscosos. Los tentáculos se deslizaban por el suelo. De un salto, envolvieron las patas de la cama. Se acurrucó contra la pared, con las rodillas en el pecho. Estoy soñando, pensó. Ahora me despertaré y todo habrá terminado.

—No estás durmiendo, y lo sabes bien —chasqueó el bulto de tinieblas. Una frase nítida. Lo miraba con cien ojos brillantes—. Lo sabes: lo acabas de leer en tu libro. — ¡El libro!, recordó de repente. ¿Cómo había podido olvidarlo? Pero lo que lees en los libros no puede pasar a la realidad, no existe ósmosis entre los dos mundos—. Eso es lo que piensas tú —dijo la voz, acompañando el sonido con el movimiento repugnante de un tentáculo. ¡La criatura leía la mente! Pero si era así, debía saber también... DEBÍA SABER TAMBIÉN QUE SOBRE TODAS LAS COSAS ÉL TEMÍA…

—¡No! —La cosa sabía. Su suerte fue volverse loco antes de que Eso terminara de transformarse.

 


FENÓMENO

Laura Irene Ludueña

Marcela Iglesias & Joyce Barker

 

Nada al verlo podría indicar que fuera diferente a los demás. Tenía estatura promedio, ni muy gordo ni muy flaco. Sus facciones eran comunes. Nada que pudiera indicar su diferencia. No se destacaba en nada. Su desempeño escolar le había permitido pasar desapercibido desde la infancia. No hablaba más de lo necesario y su tono de voz no era diferenciable. Sonaba como cualquier otro.

Su ropa no parecía vieja, pero tampoco era nueva. Su corte de cabello era el que llevaban todos los hombres en su entorno.

Ni siquiera tenía un nombre pegajoso o rimbombante: un simple Juan Pérez.

Era un hombre, a todas luces, común. Al menos, así lo creían todos.

Juan Pérez quería que se mantuviera de esa forma. Toda su vida se había esforzado para que nadie se diera cuenta de su diferencia. Aunque cada vez le estaba costando más mantener el secreto.

Los niños de su vecina ya comenzaban a hacerle preguntas. Tantas, que hasta estaba pensando seriamente en cambiar de barrio. Pero lo detenía el hecho de que ser el nuevo en cualquier lugar llamaría la atención. Para evitar los encuentros con estos niños impertinentes había empezado a salir más temprano y llegar más tarde.

Para Martín, el vecino más curioso y entrometido, esos cambios de rutina no pasaban desapercibidos. A pesar de su inocencia, lograba notar que este hombre escondía algo y se había prometido a sí mismo que lograría develar el misterio.

Sus diez años llenos de curiosidad no lo habían preparado para lo que estaba a punto de descubrir.

Una tarde, aprovechó para esconderse en uno de los recovecos de la terraza de manera de tener acceso al departamento de Pérez. No se veía todo por supuesto, pero sí buena parte del dormitorio y del living. Se hacía noche y tenía frío, pero Pérez, no aparecía. Le preocupaba que llegara su mamá y pregunte por él. Recién ahí su hermana se daría cuenta de que no estaba, la había dejado hacía una hora enfrascada en un chateo con su novio nuevo. De pronto, se encendió la luz del departamento. Lo vio en el living, sacándose el saco y apoyando el maletín en una mesa. De ahí desapareció por unos minutos hasta que apareció en el dormitorio. Se sacó la camisa, parecía estar todo vendado, como una momia.  Cuando terminó de desenroscar las vendas de momia, se dio vuelta y saltaron dos tetas más grandes que las de su abuela. ¡No podía ser! Después se sacó el pantalón, ¡usaba bombacha! Tenía que irse, pero no podía dejar de mirar, ¿Pérez era una mujer o un hombre con cuerpo de mujer?

Mientras el vecinito se debatía en su análisis, Juan reflexionaba sobre lo que dirían en el barrio o, en la Compañía donde trabajaba, si supieran que se definía como “no binario”. La verdad, era que adhería a un espectro más amplio que lo puramente masculino o femenino. Creía en la fluidez del género y no, en compartimientos rígidos definidos por una sociedad hipócrita. No obstante, se sentía un desertor y, a los desertores, se los desprecia. Eso hacía su familia.

Martín escuchó que su hermana lo llamaba: había llegado su mamá. Rápidamente salió de ese rincón de la terraza, pero al hacerlo, se llevó por delante un enorme macetero, que se quebró al caer. Juan, al escuchar el ruido, se cubrió el cuerpo con una manta y se apresuró en cerrar las cortinas, pero al hacerlo vio a Martín, aunque no lo reconoció. El niño sonrió con malicia señalándose el pecho. Derrotado, Juan apagó las luces y se desplomó en el bergere. Ahora tendría que aguantar las mofas del barrio, quizás la violencia verbal de un fanático religioso o incluso, algún ataque homofóbico.

Martín corrió a su departamento. Se quitó rápidamente el vestido elasticado de su hermana mayor. Pero luego de un momento frente al espejo, se lo volvió a poner. No quiero esconderme como mi vecino, pensó. “Seré como un ángel, ellos son raros como yo”. Pero a los pocos días de haberse presentado como Martina ante su familia, falleció al beber cloro por accidente: estaba en una botella de jugo. Todo el vecindario lamentó la muerte de Martín y fueron a despedirse del niño a la iglesia y al cementerio, hasta Juan asistió unos minutos, pero no sabía que se trataba de la muerte del niño que lo espió. La madre de Martín prefirió no ir al funeral: debía borrar las últimas evidencias del “accidente doméstico” de Martina, el nombre que no quiso oír nuevamente.



Los autores: Ada Inés Lerner (Argentina), Alejandro Bentivoglio, Carlos Enrique Saldívar (Perú), Claudia Isabel Lonfat (Argentina), Cristina Chiesa (Argentina), Donato Altomare (Italia), Franco Ricciardiello (Italia), Gabriela Vilardo (Argentina), Javier López (España), João Ventura (Portugal), José Luis Velarde (México), Joyce Barker (Chile), Laura Irene Ludueña (Argentina), Luciano Doti (Argentina), Luciano Lara (Argentina), Mane Herrera López (Chile), Marcela Iglesias (El Salvador/Ecuador), María Elena Rodríguez (Uruguay), Mirta Leis (Argentina), Oscar De Los Ríos (Argentina), Patricio G. Bazán (Argentina), Rafael Martínez Liriano (República Dominicana), Ricardo Bernal (México), Sebastián Fontanarrosa (Argentina), Stefano Valente (Italia), Víctor Lowenstein (Argentina) Sergio Gaut vel Hartman (Argentina).

 

miércoles, 5 de junio de 2024

BILLETE DE IDA

Xavier Blanco

 


A veces la vida es un camino que nos lleva a ninguna parte...



Pronto aprendió que la vida era un camino perpetuo que se bifurca de forma caprichosa. Había que tomar decisiones. Se lió la manta a la cabeza y, un mal día, inició su viaje de ida hacia ninguna parte. Al final llegó a su destino, y allí nació su hija. Imaginar la entristece, se le disipaban los recuerdos. Podía visionar cómo su abuela tejía con su cabello diminutas trenzas. Resonaba en su memoria el sol inmenso de las mañanas, los atardeceres policromos, las noches claras de primavera.

Hoy es domingo, de los de verdad, libra uno de cada cuatro, deambula, pasea con su retoño del brazo por los parques y avenidas de esta gran ciudad. Existir es un desafío. La urbe la oprime, la maltrata, la empequeñece, enmudece su alegría, ahoga su silencio. No se ha acostumbrado a vivir sin cielo. Le falta el aire, añora el aullido del viento, el crepitar de la madera presa por el fuego. Mientras camina, entre el retumbo de los cláxones y el humear de los vehículos, sueña con su vida pasada. Fantasea con su niñez no vivida, con los árboles que crecían en su país, con el cielo inmenso y azul, lleno de estrellas, con el que cubría sus noches. Imagina el trinar de los pájaros, el aroma de la hierba que ascendía bajo sus pies. Divaga sobre el color de la lluvia, sobre el olor del firmamento. Sentada en el banco, su vista se pierde en la nada, y cuando el sol se derrumba fantasea con la luna que se mece en el horizonte, y sueña los sueños que nunca vivirá. Se siente sola, vacía, despoblada. Mira a su hija, le caen lágrimas, que surcan sus mejillas.

Han pasado los años, pero todavía le cuesta dormir. Algunas noches los sueños se convierten en pesadillas: en gritos que ahogan su cuello, en la sombra de la muerte que acecha tras el batir de las olas, en el agua salada que abrasa su piel, en el miedo al miedo. Revive los días a la deriva, al albor del viento, la noche infinita, los amaneceres fríos e inciertos. Se estremece al recordar aquella maldita patera que naufragó en las costas del primer mundo, donde ella se siente la última, sólo basura. De nada sirve lamentarse, sabe que no es cuestión de tiempo. Ya no recuerda cuándo perdió las ilusiones. Al borde del precipicio vagabundea la voz de su madre que le susurra historias, siente sus besos y esa es su única dosis de esperanza. Abraza a su niña, que nunca conocerá a su padre ni a su abuela. Llora, le abate la niebla. Hace tiempo que sabe que no hay billete de vuelta.



Xavier Blanco habla de sí mismo: "No os diré mucho sobre mí, tiene poca importancia, sólo que vivo en Barcelona, que tengo mas hijos que la media y que pasé hace tiempo de los 40. Soy de esos que se hicieron mayores en la transición, y de los que ya no llegaron a tiempo para correr delante de los grises. De los que jugaron con el escalextric, los muñecos madelman y el fuerte comansi. De los que íbamos en el coche sin cinturón de seguridad. De esos, como muchos de vosotros. De ideas, creencias y religiones no os diré nada, los que me conocen ya las tienen claras, y el resto poco a poco os encontraréis de bruces con ellas".    

LA BALA

Georges Bormand

 

El mensaje apareció el primero de abril sobre el escritorio de David Brinfeld. Al descubrirlo, se preguntó cuál de sus colegas pudo haber hallado la fuerza y el humor necesarios para celebrar el «April Fool’s day», a pesar de la dramática situación en la que se hallaban; pero como no tenía nada más interesante que hacer, empezó a leerlo.

Escrito en algo que se aproximaba al inglés, el mensaje decía: «Atomgorodok, 4 de julio 1966. Camarada Brinfeld, estamos todos muy contentos de ponernos en contacto con ustedes nuevamente y no sabemos cómo expresar hasta qué punto nos ha regocijado la noticia de que otros han sobrevivido al Desastre. Hemos necesitado muchos meses para construir una máquina equivalente a la vuestra porque muchas de las piezas indicadas en los planos que nos enviaron no están disponibles por aquí. Como en su refugio, las reservas de alimentos y de agua se están agotando, y es completamente imposible intentar salir para buscar objetos, herramientas o alimentos... Tampoco hemos recibido ninguna llamada de radio que indique la existencia de otros sobrevivientes, aparte de nosotros y ustedes, en otro refugio. El mensaje que ustedes enviaron es la única comunicación con el exterior que hemos tenido desde el Desastre. Como lo pidieron, les reenviamos adjuntos los planos que nos habían mandado, después de haberlos copiado, indicando las modificaciones que nos hemos visto forzados a hacer por la escasez de material. Esperamos con impaciencia su nuevo mensaje. Serguei Alexandrovitch Efremsky, jefe de la Unidad de Física Socialista de Atomgorodok».

Debajo del paquete aparecían unos planos muy groseros, sobre los que David Brinfeld reconoció unas anotaciones que parecían escritas por él, y otros apuntes en cirílico, o en inglés.

El hecho de que algunos refugios soviéticos pudieran haber sobrevivido a los bombardeos americanos, tal como había ocurrido con el que ocupaban los últimos físicos y matemáticos americanos, tan profundamente enterrado en las Rocosas que había resistido los bombardeos del enemigo, resultaba, finalmente, posible; pero ese mensaje, con fecha del mes de julio venidero, no tenía ningún sentido. No sólo era necesario creer que existía una máquina que fuera capaz de transferir objetos, a pesar de las tormentas electromagnéticas que se habían desatado sobre todo el globo desde la Guerra, sino también aceptar que esa máquina se burlaba de la cronología. Además, había que tener en cuenta el hecho de que los científicos soviéticos debían estar rodeados de militares y miembros del Partido, ciertamente mucho más numerosos que los escasos militares que compartían el refugio con los científicos americanos. Incapaces de ponerse en contacto con sus superiores, y tras admitir que los científicos, parecían conservar la calma mejor que ellos, los militares americanos habían dejado la gestión del refugio en manos de Brinfeld y sus colegas. Pero esta broma de abril excedía largamente los límites de lo verosímil. ¿Y si no obstante...?

David se precipitó al laboratorio contiguo, donde encontró a dos personas, les mostró los documentos y los planos, y les preguntó si ellos eran los autores del chiste; le contestaron que no; que la idea misma de hacer una broma les parecía estúpida, considerando las circunstancias, a pesar de la fecha... Todos los demás habitantes del refugio que David encontró luego se mostraron heridos de que él los hubiera considerarlos siquiera capaces de hacer una broma como esa.

 

La Guerra había sobrevenido como una consecuencia lógica, ineluctable, de la escalada militar en Vietnam. Detrás de la tentativa de asesinato que había sufrido en el mes de noviembre de 1963 en Dallas, episodio en el que lo habían herido de gravedad, pero no de muerte, el presidente Kennedy se había puesto cada día más agresivo, más paranoico, convencido de que era necesario destruir completamente a los comunistas. Cuando el general MacNamara le había pedido la autorización para bombardear Vietnam del Norte, él le había contestado afirmativamente; se había obstinado ante las amenazas soviéticas y chinas y había contestado con más amenazas. El riesgo de conflagración nuclear se había incrementado sin cesar. Hasta que un día resonaron las alarmas en los propios Estados Unidos, y él, inmediatamente, había ordenado responder. ¿Había buenos motivos para la alarma, o el primer golpe americano había sido prematuro? Nunca se sabría, porque el ataque –o respuesta– soviético fue mucho más fuerte de lo que habían previsto los estrategas más pesimistas.

De hecho, hasta donde los sobrevivientes del refugio podían saber, las oleadas de misiles de los diferentes ataques habían borrado del mapa del mundo a toda Europa, la mayor parte de la Asia, casi toda América del Norte, y grandes porciones de América del Sur y Africa. Además los bombardeos habían iniciado innumerables sismos y tanto Japón como California habían desaparecido para siempre. Sobre todo, casi nadie en el mundo había previsto el «invierno nuclear» que había transformado al mundo entero en un desierto de hielo y había aniquilado en unas semanas la agricultura y la vida en las pocas zonas que se habían salvado de los bombardeos y las radiaciones.

Pasados varios meses, las decenas de físicos y matemáticos sobrevivientes que habitaban el refugio que la Armada americana había preparado para ellos, no habían podido entrar en contacto con ningún otro grupo de sobrevivientes; las ondas electromagnéticas no lograban atravesar una atmósfera asolada por las tormentas y resultaba imposible comunicarse con los otros refugios americanos, en el caso de que todavía existiera en el país alguno que no hubiera sido destruido. ¿Habrían sobrevivido el Presidente, los generales, los jefes de la armada, otros grupos de científicos o de militares, o aún de civiles? Nadie podía saberlo. En el refugio, David Brinfeld se había convertido en el responsable del lugar, tras la renuncia de los únicos militares presentes, y estaba más preocupado por el agotamiento de las reservas de víveres que por cualquier iniciativa de reanudar las investigaciones científicas interrumpidas por la guerra.

Sin embargo, en ese momento, ¿por qué no probar con los planos que habían llegado milagrosamente a su escritorio? Las escasas herramientas almacenadas no podían servir, de todos modos, para otros usos; no se pueden comer cables eléctricos o transistores. David y sus compañeros decidieron ensamblar el aparato dibujado en los planos recibidos con el mensaje y usarlo, si funcionaba, para enviar un mensaje; si el Bromista Celestial así lo quería, ese mensaje llegaría a los rusos…

 

Descubrieron, no sin sorpresa, que las piezas indicadas en los planos eran las mismas que tenían en los almacenes. El montaje fue terminado en poco más de un mes, y el aparato estuvo completo alrededor del 10 de mayo. Antes de enviar el mensaje, alguien, un paranoico, sugirió fecharlo en febrero, para que en el caso de que viajara realmente en el tiempo, los rusos no notaran la diferencia de fecha.

Entonces descubrieron, gracias a una lectura atenta del segundo mensaje recibido de los rusos, que ya conocían el hecho, y aparentemente también actuaban de buena fe: para cuando sus provisiones estuvieron casi agotadas (el mensaje, que recibieron el 15 de mayo, tenía fecha del 18 de agosto), no quedaba en el refugio ningún comunista, ni «revisionista» ni «capitalista», sino sólo un puñado de científicos, un grupo de hombres desesperados que confiaban en ellos; los militares y comisarios políticos habían cedido todo el poder y aceptaban la ayuda de los horribles capitalistas americanos, privados de cualquier asistencia que proviniera de sus superiores y dirigentes. La repetición del desfasaje en las fechas, de aproximadamente tres meses, parecía confirmar que el aparato podía hacer que un objeto viajara en el tiempo, y era necesario intentar el control de esa diferencia. A partir del segundo envío, hasta los americanos más desconfiados admitían que era necesario pasarle a los rusos la información correcta, a fin de permitir que se compartieran las experiencias tendientes a dar forma al aparato.

Pero los mensajes de Rusia cesaron en el mes de julio; el último que recibieron decía que no sobrevivirían al mes de octubre.

Los americanos tampoco esperaban resistir más allá de fin de año, además…

 

¿Quién tuvo la idea de que «nada de esto habría pasado si el Presidente hubiera fallecido en Dallas»? David no lo recordaba. De hecho, ahora que sabían que era posible enviar un objeto al pasado (David continuaba probando el modo de calcular el desfasaje del tiempo y el espacio, para elegir un blanco para el envío, y hasta imaginaba una teoría matemática compatible con las experiencias), necesitaban elegir cuál acontecimiento del pasado debían cambiar para impedir la Catastrofe. David determinó enseguida que era necesario elegir un acontecimiento muy reciente, porque la energía que se necesitaba para hacer el envío aumentaba muy rápidamente con el lapso de tiempo involucrado, más aún que con la distancia en el espacio.

Después de unos días de discusión, acordaron elegir el atentado de Dallas como «blanco». Aunque encontrar un fusil, ubicarlo en una posición lo suficientemente cerca del transmisor para enviar la bala al momento y al lugar elegidos, calcular y hacer todos los arreglos necesarios para que la bala llegara hasta Dallas en tiempo y forma exigió enormes esfuerzos y reflexiones, miles de operaciones e infinitos arreglos, arreglos que el uso mismo del aparato cuestionaba, el milagro mayor de esta historia fue, sin lugar a dudas, el hecho de que David y sus compañeros hubieran resistido sin que la fatiga nerviosa y el agotamiento de sus reservas de alimentos no los matara antes de acabar su trabajo. Pero nosotros, en nuestro espacio-tiempo, donde no sufrimos la guerra, hemos constatado su éxito: una bala disparada por un «segundo tirador» desconocido ha herido en la cabeza y matado a John Fitzgerald Kennedy. Y nadie ha podido explicar cómo un único tirador (según la versión oficial) podría, disparando desde muy lejos, lograr el asesinato del Presidente...

¿Y David Brinfeld y sus compañeros? Esa otra historia, una historia que ha actuado, interfiriendo en la nuestra. ¿Existen en un universo paralelo? ¿Ha ocurrido un milagro y han sobrevivido, pasando a otro universo? Pueden preguntárselo al gato de Schrödinger porque, a pesar de mi simpatía por ellos, yo lo ignoro...

 

Título original: La balle

Escrito en francés y traducido al castellano por el autor.



Georges Bormand nació el 19 de agosto 1950 en París, Francia. Estudió matemáticas y se graduó en 1974. Ha enseñado matemáticas en escuelas secundarias desde entonces hasta su jubilación en 2015. Ha empezado a escribir cuando tenía tiempo libre porque su trabajo era corregir ejercicios de enseñanza a distancia en el CNED. Se casó en 1974 y se divorció en 2001, por lo que ahora permanece soltero. Ha empezado a participar en el fandom de ciencia ficción en 1998, concurriendo a convenciones y festivales desde 2001, y a escribir en el fanzine Présences d'esprits. Ahora también escribe en Phenix (webzine) y Galaxies (revista). Tradujo cuentos del inglés y del castellano e intenta mejorar su escritura en ambos idiomas para también poder traducir desde el francés y difundir las ficciones que producen los escritores franceses.


LOS HUÉSPEDES NEGROS

Graciela De Mary

 

Don Manuel Achával era un miembro distinguido de la burguesía porteña. Rescató a ciertos líderes de la rebelión de Haití caídos en desgracia y los hizo trasladar a Buenos Aires. Sus superiores de la Logia le habían ordenado iniciar una revolución y le facilitaron la misión burlando el cerco impuesto por las grandes potencias. Si la revuelta se extendía, toda la vida tal como se conocía en las cortes europeas corría serio peligro: los palacios esculpidos en mármol de los Pirineos y cubiertos de sedas, los salones enjoyados con caireles y escenas bíblicas, los jardines y las fuentes; todo, hasta los puentes coronados de ángeles, dependían de la zafra amarga del azúcar. Trescientos años de látigo y sangre no habían sido suficientes. Los esclavos levantiscos de Haití debían ser exterminados. O usados para otros fines. Doña Violeta, la esposa de don Manuel, ignoraba lo que ocurría más allá de sus tertulias y tampoco tenía interés en saber dónde quedaba el Caribe. En cambio, la excitaba conocerlo todo sobre los poderes ancestrales de los negros. Por diferentes razones, los Achával escondieron a los haitianos con el mayor sigilo en las piezas que rodeaban el segundo patio de la casona y la señora se ocupó personalmente de que estuvieran bien atendidos.

 Al cabo de varios días de reuniones con los huéspedes secretos, doña Violeta escribió una esquela. Ya era de noche y fue necesario despertar a Jesús, el más fiel de sus sirvientes, para que la entregara. El hombre, agotado, se levantó de mala gana. Ya sabía que a esa hora y con tanta urgencia, debía correr hasta el lugar de siempre, sin importar el lodazal que cubría las calles. Le hirvió la sangre de pensar que los otros negros dormían calentitos en los cuartos del fondo. ¿Acaso no eran aún más negros que él y que cualquier otro esclavo? La excitación de esa noche no le permitió a doña Violeta desarrollar su caligrafía habitual, que solía ser exquisita. Tampoco pudo introducir en el sobre ninguna ramita de lavanda. Las atesoraba en una caja de maderas finas con herrajes de plata que su hermano le había traído del Alto Perú. Cada vez que abría su caja, el aroma de las flores se mezclaba con la loción inglesa que se contrabandeaba de ordinario en la ciudad puerto y que impregnaba sus pañuelos vaporosos de encaje holandés.

 Esteban, antiguo empleado de don Manuel, recibió la nota en su cuartucho de dependiente ubicado a dos calles de la Plaza Mayor. Por la hora, tuvo la certeza de que se trataba de la confirmación que estaba esperando. La lámpara aún tenía aceite. Leyó con gesto serio: “Ya he comenzado, amor mío. Sólo tuya, Violeta”. Al terminar, acercó la nota a la llama y la quemó teniendo cuidado en recoger bien las cenizas.

 Don Manuel, tal vez el comerciante más rico de la ciudad, empezó a sentir los efectos del maleficio a los dos días del despacho de la carta que su esposa le había escrito a Esteban. Al principio creyó que lo había picado un insecto, de esos que pululan en la orilla barrosa del Río de la Plata. Era común se que acercara hasta la costa de madrugada para supervisar la mercadería que llegaba desde Colonia, antes de introducirla en el enjambre de túneles que él tan bien conocía. La inflamación le cubrió el lado derecho del cuello. La piel se tornó rosada, como la de los chanchos recién nacidos que criaban en una de sus chacras. No le duró mucho y por eso le restó importancia. Su mujer y sus nuevos amigos recién llegados de Haití, probaban nuevos hechizos durante oscuras ceremonias. El segundo ataque lo debilitó. Empezó a escupir sangre y durante dos días no salió de su dormitorio. El pobre Jesús iba y venía con la bacinilla de loza fina. La esposa le servía, con estudiados melindres, infusiones de hierbas y otras pociones que empeoraban su condición. El médico de la familia estaba desorientado. Como si fuera un juego, don Manuel salía y entraba de estos episodios con insólita rapidez. Cuando se sentía bien, conspiraba para derribar al virrey y establecer un nuevo gobierno con la alianza circunstancial de las clases bajas y los esclavos. Preparaba un golpe para que los grandes comerciantes como él tomaran el poder. Durante sus mejorías temporales, pasaba muchas horas fuera de la casa planificando, ordenando, tejiendo alianzas. Doña Violeta aprovechaba la ausencia del marido para perfeccionar sus técnicas. Ya no guardaba las formas y pasaba el día sin arreglarse, incluso bebiendo con los brujos. En camisón y con el pelo renegrido suelto, disfrutaba de la atmósfera turbia de la que se había hecho adicta. En el salón, la platería reflejaba las luces de los velones negros que ardían alimentadas por polvos de fórmulas secretas. Los terciopelos densos que cubrían los ventanales atenuaban los gemidos de los que danzaban en estado de trance. Jesús le había prohibido al resto de los esclavos siquiera acercarse. Una noche, al borde de la locura, doña Violeta clavó varias agujas en el muñeco de paja y trapo que representaba a su esposo. El éxtasis le produjo espasmos de placer. Al poco tiempo, dejó de ver a su amante. Ya no la satisfacía. Había sido su capricho de mujer joven mal casada con un viejo. Esteban no parecía preocupado ni la buscaba. Al contrario, se preparaba en silencio desde su oscuro puesto de escribiente. Ante la debilidad de su patrón, tomó las riendas del negocio. Don Manuel se moría de a poco, mientras sembraba el germen de la revolución entre la burguesía porteña. Violeta se consumía en su propia venganza de mujer sometida. El matrimonio se exterminó a sí mismo.

 El antiguo empleado supo que había llegado su momento. Los enterró a los dos. Reemplazó a don Manuel en la Logia y en los negocios. Gestionó la compra de las armas y las distribuyó entre el populacho con la asistencia de los haitianos. Encabezó la milicia que por fin entró a sangre y fuego a la fortaleza. Presidió la junta que se hizo cargo del gobierno y redactó las nuevas leyes.

 En el primer aniversario de la revolución, don Esteban, como se hacía llamar ahora, pensó que era tiempo de consolidar su poder. Había leído alguna vez que para un hombre de estado era preferible ser temido a ser amado. Le llevó tiempo decidir una nueva forma de martirio. Quiso imprimirle un sesgo aleccionador, bien criollo, para diferenciarse de los anteriores amos. Inspirado en los antiguos sacrificios precolombinos, recurrió a los haitianos que aún estaban vivos y los condenó a muerte por herejes.

 Los habitantes de la ciudad, que ahora eran libres, asistieron conmocionados a la ejecución colectiva que el nuevo gobierno organizó en la plaza, muy cerca del río marrón.


Graciela De Mary nació el 8 de marzo de 1963 y reside en Villa Ballester, Buenos Aires. Es profesora de historia y escritora. Ha publicado el ensayo La enseñanza de la historia y la literatura (2017) y el libro de cuentos Un laberinto de vidrios rotos (2019). También participó en numerosas antologías como Gente de pocas palabras (2018), Más allá de un no (2018), Antología del Primer Concurso Nacional e Internacional de Relatos breves, Israel (2019) y  Caperucita feroz (2020). Colaboró con la Revista Yzur (Universidad estatal de Rugers de Nueva Jersey) Vol. 3, Nº 1, julio de 2021. Publicó su segundo libro de cuentos Cría cuervos (2022) y participó en la antología Calladita te ves mejor (2024).

 

 

 

 

 

 

 

LA LLEGADA DE LAS BOMBAS

Paul Di Filippo

 

El escuadrón de bombarderos de largo alcance B-5 «Shelly O» Stealth, que había partido unas horas antes de la base aérea McConnell de Kansas, llegó a Igboland, en el sureste de Nigeria, a las 3.13 hora local. Las defensas aéreas de la aislada y hostil dictadura, un Estado ausente desde el colapso de la industria global del petróleo después de la aparición de la energía generada por microbios a partir de la basura, no pudieron detectar a los invasores.

No obstante, la carga liberada por los bombarderos fue harina de otro costal.

Cada uno de los paquetes que colgaba de los paracaídas era tan grande como un baño químico y estaba envuelto en espuma protectora y con un conducto.

Pronto, flores sintéticas en forma de hongo salpicaron el cielo nocturno por toda Igboland y las tropas nigerianas se movieron para enfrentarse con eso en cuanto tocara tierra.

Cada uno de los paquetes, al posarse sobre el campo, la ciudad o las aldeas, desechaba el revestimiento y el paracaídas automáticamente y de inmediato, eliminando cualquier evidencia del aterrizaje. Quedaba así al descubierto lo que parecía ser un baño químico: una aerodinámica estructura de plástico del tamaño de una cabina, sin ventanas y con un panel curvo como puerta.

En el noventa por ciento de los aterrizajes, los soldados fueron los primeros en llegar al lugar y rodearon las estructuras amenazadoramente, con las armas en alto, hasta que llegaron los camiones militares para llevarse a los invasores.

En ocasiones, los ciudadanos comunes eran los primeros en llegar a las bombas y en general cooperaban, sustrayendo las estructuras a la mirada de las autoridades. Pero a veces estallaban peleas o intervenían bandas de piratas. En la mayoría de los casos, a menos que los ciudadanos actuaran con rapidez, los soldados no tardaban en aparecer y se llevaban los objetos, de forma brutal y sangrienta.

Sin embargo, un pequeño porcentaje de los objetos lograba pasar inadvertido y quedaba a buen resguardo, en secreto, en manos de los civiles.

 

Un joven huérfano y soltero, Okoronkwo Mmadufo, cultivaba mijo perlado y criaba cabras en los aledaños de una planta china de procesamiento de coltán que había quedado abandonada, un terreno que no le interesaba a nadie ya que estaba sembrado de residuos tóxicos. La granja apenas podía asegurar la subsistencia de una persona. El suelo enfermaba los cultivos y la vegetación a los animales. Okoronkwo se desesperaba por ser rico y poder, algún día, sostener a una esposa y una familia.

La noche del bombardeo, el granjero estaba despierto y en movimiento, atendiendo a una cabra enferma. Levantó la vista cuando oyó un golpe sordo pero considerable y vio la bomba asentarse sobre un parche de plantas de mijo raquíticas. Soltó a la cabra y corrió hacia la estructura.

Empezó a empujar la bomba, sin éxito, ya que esta era casi tan grande como su casa. Pero entonces vio un gran botón rojo sin etiquetar junto al panel de la puerta y lo pulsó.

La bomba se elevó sobre un conjunto de ruedas y un efecto de colchón de aire.

Okoronkwo corrió con la bomba hacia la fábrica, decrépita y vacía. Una pequeña dependencia anexa parecía impenetrable tras derrumbarse sobre sí misma, pero Okoronkwo sabía el secreto de su acceso.

Movió algunas vigas, apartó una pared de hojalata galvanizada y consiguió esconder la bomba. Luego, con una rama, borró las huellas que habían quedado al arrastrar el artefacto desde el lugar del aterrizaje.

Los soldados lo encontraron acunando a su cabra enferma.

Tras un interrogatorio y una discusión, los soldados decidieron no investigar en la planta abandonada, ya que habían oído que el efecto de los desechos tóxicos hacía desaparecer los penes. Se divirtieron mucho especulando sobre el encogimiento de los genitales de Okoronkwo, y luego se marcharon.

Okoronkwo esperó hasta la noche siguiente para investigar la bomba en el cobertizo. Cuando el portal plástico curvo se abrió, la luz inundó el interior de la bomba. Okoronkwo entró rápidamente y cerró la puerta.

El interior de la estructura parecía mucho más pequeño de lo esperado, lo que indicaba maquinaria o depósitos ocultos. Las únicas características visibles eran: una tolva de admisión, un conducto de dispensación y un teléfono celular acoplado.

Salpicado con glifos animados, apareció el rostro de un joven blanco.

—Aquí Sticky. ¿Cuál es tu nombre?

—Okoronkwo Mmadufo.

—Voy a llamarte OM. A partir de ahora eres el orgulloso propietario de una Unidad de Campo BioFab. Viene equipada con materiales de alimentación, solo cosas comunes que podrás reemplazar, y microbios inteligentes que manejarán su propia reproducción, así como instrumentos de diagnóstico, ingeniería e interfaz. PCR, desacopladores y enlazadores de nucleótidos, secuenciadores: todo. Puedes usar la BFU para hacer casi cualquier medicina u otros productos de procesos orgánicos naturales o sintéticos. La Unidad también adaptará dosis de agentes activos para su dispersión en el medio ambiente. Podrás manejar todo a través del celular. Ahora verás el panel de control en la pantalla táctil, con un enlace a un tutorial interactivo. Haz clic en los términos de acuerdo, por favor, OM... ¡Genial! Adiós.

—¡Espere! ¡Tengo muchas preguntas!

—Perdón, pero los Federales no me pagan para responder a tus preguntas. Soy estrictamente freelance. Así que, me voy. Salvo que… ¿puedes conseguirme alguna grabación rara de highlife?

—¿Le gustan los shows del Dr. Sir Warrior?

—¡Claro que sí!

—Puedo conseguir algunos de esos.

—Tráeme grabaciones que no tenga, y estaré a tu disposición.

Durante la siguiente semana, Okoronkwo y su nuevo amigo, usaron la BFU para fabricar un tratamiento para mejorar el suelo, una cura para el mijo perlado y nutracéuticos para las cabras.

Okoronkwo tomó confianza en el manejo de la BFU, y acabó despidiéndose de Sticky. Ahora sabía que podía seguir ayudándose a sí mismo y a sus vecinos, y que su futuro personal incluiría una mujer e hijos.

Pero primero debía diseñar un virus letal, que afectara solo al genoma de los que gobernaban Nigeria. Estos hombres eran poco cuidadosos con el uso del preservativo Esos hombres eran poco estrictos en el uso del condón y, por cierto, ciertamente obtener su semen no suponía un gran problema.

 

Título original: Bombs away

Traducción del inglés: Sergio Gaut vel Hartman & IA GPT


Paul Di Filippo nació el 29 de octubre de 1954 en Woonsocket, Rhode Island, Estados Unidos. Es crítico literario y escritor de ciencia ficción. Ha trabajado para  las revistas Asimov's Science Fiction, The Magazine of Fantasy & Science Fiction, The New York Review of Science Fiction e Interzone. Su historia corta "Kid Charlemagne"; publicada en Amazing Stories, fue nominada al Premio Nébula al mejor relato corto en 1987. También, su historia corta "Lennon Spex" fue nominada al mismo premio en 1992, la novela corta "Karuna, Inc." fue nominada al Premio Mundial de Fantasía en esa categoría en 2002 y la novela Un año en la ciudad lineal (2002) fue nominada al Premio Hugo. Ha publicado The steampunk trilogy (1995), Destroy All Brains! (1996), Ribofunk (1996), Fractal Paisleys (1997), Lost Pages (1998), Joe's liver (2000), Strange Trades (2001), Neutrino Drag (2001), A mouthful of tongues: her totipotent tropicanalia (2002), A year in the Linear City (2002), Fuzzy dice (2003), Spondulix (2004), Harp, pipe and symphony (2004), Creature from the Black Lagoon: time's black lagoon (2006), Cosmocopia (2008), Roadside Bodhisattva, (2010), A Princess of the Linear Jungle (2011) y The big get-even (2018), entre otros.

 

LA APATÍA DEL HAMBRE

Joyce Barker

 

Era el primer día de José como trabajador del Centro de Investigaciones Extraordinarias (CIE). No era un gran puesto, pero debido a los efectos de sus antiguos vicios, no podía ambicionar un cargo mejor.

Lo recibió Mario, un obeso científico que lo supervisaría, y tuvo que firmar un juramento que prohibía comentar cualquier cosa que se hablara o viera adentro del CIE. Además, le comentó que si hacía bien su trabajo durante la primera semana, quedaría efectivo con un aumento de sueldo, y si no, el puesto volvería estar vacante.

—Sígame, por favor —dijo Mario, apurado: había vuelto recién de sus vacaciones y tenía que ponerse al día en el CIE. Dejó a José en una caseta, luego de explicarle vagamente el trabajo que debía realizar, y se retiró.

El puesto consistía en cuidar la bodega de objetos mitológicos, mirándolos desde una ventanilla de la caseta. La bodega contenía una vitrina perimetral llena de cajas, y un gran mueble metálico del tamaño de un congelador de supermercado. “Ese debe ser el congelador del que me habló el gordo”, pensó José. 

Durante la mañana, José se mantuvo en su cubículo, sentado frente a la ventanilla, como debía estar la jornada completa. Tenía prohibido entrar a la bodega y esa era una más de las normas inquebrantables del CIE, le dijo Mario, pero su curiosidad por ver qué había en el congelador lo puso ansioso, provocándole pensamientos que siempre tomaban un rumbo divergente de la realidad, haciendo de José un trabajador incumplidor e irresponsable.

Entró a la bodega. Sonó la alarma. Se acercó al congelador. Lo abrió; en su interior encontró una barra de hielo no muy grande, con una cuerda adentro. Tocó: el bloque era una masa húmeda y blanda. No era hielo.

—¡Qué haces! —gritó Mario, que llegó primero al sonar la alarma de la bodega—. ¡Te dije que no podías tocar nada!

—Discúlpeme, pero tuve que entrar porque se movió una caja, pero creo que me confundí, no se había movido nada; y al entrar, aproveché de revisar el resto… —mintió, como solía hacerlo. Mario lo miraba con desaprobación, mientras callaba la alarma desde su dispositivo personal, para evitar que se activara el protocolo de urgencias. Este es el primer y último día que veré a este inepto, pensó, pero al acercarse al congelador abierto, vio que la cuerda se contorneaba en el interior de la barra, bajo el calor de la mano de José.

—¡Qué es esto! ¡Es un milagro! —tartamudeó Mario, y en un acto casi instintivo, se arrodilló ante el cuidador—. Es un honor conocerlo…

La cuerda –de dudoso aspecto– había salido del bloque, subiendo por el brazo de José, hasta enrollarse en su cabeza.

—Perdón, pero ¿es normal que pase algo así? ¿Qué es esto? —preguntó José, sin darle mucha importancia a la confusa actitud del científico.

—Señor, debe esperar un momento así—respondió Mario como si le hablara a una criatura celestial—. La cuerda lo eligió: ni se imagina lo que le espera…

—¿En serio? —La cuerda apretaba con más fuerza, José intentó quitársela pero era imposible, parecía estar pegada a su piel—. No creo que sea el elegido de nada, además, me está doliendo… ¡Sáquemela, por favor! —exclamó José, ya desesperado, pero Mario ignoró por completo los alegatos del cuidador.

Los mitos y leyendas eran algo sin importancia para los científicos del CIE; sólo se usaban para obtener información. En este caso, el mito consistía en que si alguien lograba que la cuerda se moviera, era el real dueño del objeto. La reencarnación de algún dios fenicio.

Mario sacó su teléfono y llamó a su colega, Antonio, todavía arrodillado frente a José.

—Debes venir a la bodega de objetos.

—No puedo, estoy ocupado —respondió Antonio—. Y fue una falsa alarma: así me lo indica el sistema de seguridad. Además, la bodega de…

—¡Ven ahora! —. Mario lo interrumpió, y cortó.

 Antonio, suponiendo que Mario aún no estaba actualizado con los cambios que se habían hecho durante sus vacaciones, fue a la bodega del primer piso.

—¡Qué haces arrodillado! —exclamó Antonio al ver la extraña escena—. ¿Quién es usted? —Miró a José.

—¡No le hables así! ¿Que no te das cuenta? Deberías arrodillarte también. ¡Estás frente a un milagro! José, el nuevo cuidador de la bodega, es el elegido por la cuerda, ¡logró que saliera del hielo!

—¿Me estás hablando en serio? ¡No seas absurdo, Mario! ¿Cómo es posible que creas en eso? Además, ¡la cuerda roja está en el tercer piso! Está claro que no leíste las actualizaciones en la redistribución de las bodegas. Ésta es ahora la bodega de criaturas, ¡no de objetos! Y esto —dijo apuntando a la cuerda—, es un parásito que le extraje hace poco a una investigadora en la Antártica; y de los parásitos legendarios, este es uno de los más crueles. Ahora, párate, no seas ridículo.

Mario, dominado por la vergüenza, se levantó del piso:

—Y… ¿pudiste salvarla? —le preguntó rápidamente, para no ahondar en el error que podría costarle, fácilmente, el despido.

—No, no pude llegar a tiempo —respondió Antonio mientras ambos miraban el largo parásito deslizarse por la cara de José, que se mantenía erguido y con la mirada perdida, como si estuviera bajo un efecto hipnótico—. Mario —continuó impávido ante el espectáculo que, por protocolo, no podían tocar sin trajes especiales—: Esta es la última vez que te dejo pasar una equivocación así, o tendré que informar al comité. —El parásito casi había desaparecido por la boca de José.

—Seré más cuidadoso, no volverá a pasar —dijo Mario, aún avergonzado, mientras José se desvanecía con los ojos en blanco—. ¿Lo llevamos al pabellón quirúrgico? Hay que sacárselo antes de… ¿Le diste comida en la mañana? —La consulta de Mario era fundamental para saber cuánto duraría José con un parásito hambriento.

—No me corresponde esa tarea; pero supongo que sí… ahora necesito un momento para comer algo antes de la cirugía. ¿Me acompañas al casino?

—Pero, ¿estás seguro que José podrá soportar media hora así?

—Sí… —respondió Antonio mirando su reloj—. ¿Vienes?

—¡Claro!


Joyce Barker Bucat es una arquitecta y escritora nacida en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

 

EL ENCUENTRO

 Laura Irene Ludueña   La reconoció de inmediato. Mary Shelley estaba sentada sola en el banco de una plaza oscura, como hurgando en sus r...