miércoles, 8 de enero de 2025

ESPECIAL MICROFICCIONES (NUEVE)

 



EL ESTOFADO Y EL CONTAGIO

Itzel Alejandra Flores García (México)

 

Había una vez una pequeña cocinera que vivía en una ciudad China. Dicen que parecía una niña y que servía a diario estofados de aromas deliciosos en el mercado del centro de la ciudad. Sus manos, carentes de lozanía, alborotaban la curiosidad de los comensales, quienes se preguntaban por la edad de la cocinera. Ella preparaba los especímenes que conseguía para cada día, los cuales eran, en su mayoría, pequeños roedores que al ser degustados, se sentían tan suaves como las aves que se servían en lujosos banquetes.

Diariamente, a la una de la tarde, la cocinera ofrecía decenas de platos de esa comida exquisita y siempre le preguntaban el secreto de su sazón. Ella guardaba silencio, pero miraba sonriente; todos quedaban satisfechos.

Aquella ocasión, la pequeña seleccionó una especie alada que había capturado la madrugada anterior en el túnel de gusano al que solía acudir para cazar. Era una costumbre que su familia le había enseñado desde que habitaban su otro planeta, el destruido. Se necesitaba espacio para que los demás llegaran a habitar este. El momento de la sustitución había llegado. La cocinera de Wuhan sirvió el estofado y los de siempre llegaban para comerlo; después, la epidemia.



EL ÁRBOL SIN AMIGOS

Marcela Iglesias (Ecuador)

 

—Mami, mami

—¿Qué pasó hijito?

—El miércoles nos van a llevar en bus al “árbol sin amigos”

—¿Árbol sin amigos?

—Siiii mami, ese que queda en esa montaña que se ve por la casa de la abuelita

—Aaaaah, el “árbol solitario”. Sí, está al noroccidente de la casa de la abuelita. Es un quishuar, el árbol de la vida. Sea invierno o verano siempre está verde.  En mis épocas de niña íbamos a pie, ¿cómo que los van a llevar en bus? Que yo sepa no hay camino para buses. Ya voy a averiguar bien

Minutos más tarde

—No hijito, en bus los van a llevar hasta la parte de abajo del cerro.  Les toca subir a pie.

—Ay no mami, ni que fuéramos llamas para subir semejante altura. Mejor me quedo jugando con mis carritos de metal.



FULGOR SURREALISTA

Maritza Macias Mosquera (Chile)

 

—Corre esas cortinas para que entre sol —solicitó Hanz a su asistente—. Se agradecen esos ratitos en invierno.

—¿Cuáles, las blancas o las burdeo? —consultó Path.

—Ambas —le ordenó, desde su silla de ruedas—, así entra todo el calor posible.

Path, las descorrió una por una desde el tubo de fierro forjado que las sostenían.

Cada semana Path lo asistía de lunes a viernes, eran los días en que Hanz disfrutaba. Podía hablar con él de cualquier tema sin inconvenientes.

Se acercaron al ventanal a observar el paisaje campestre en el  día primaveral que había amanecido.

—¿Qué es eso que reluce tanto en el cielo? —pregunto Hanz. Path se acercó bien al ventanal y vio aquella nave color plata, de forma ovalada pero que se asemejaba más a un pepino que a otra cosa y que se trasladaba de sur a norte. Ambos se taparon los ojos, el destello era muy molesto. Pero al abrir de nuevo los ojos, ya no había nada de la nave en el cielo. En segundos el cielo se ensombreció y luego todo volvió a la normalidad.

Ambos se miraron absolutamente sorprendidos al ver cómo Micky, el perro de la casa, les extendía la mano y los saludaba llamándolos por su nombre.



GLOBOS DE COLORES

Oscar De Los Ríos (Argentina)

 

Todas las tardes, el payaso, con su amabilidad y una sonrisa melancólica, empujaba su carro de hierro forjado hasta el centro de la plaza. Un martes de invierno, bajo un cielo gris plomo, desplegaba una nube de globos de colores. Y realizaba su acto de mimo, creyendo que de esta forma alegrar a chicos y grandes.

El día que ella, con su cabello dorado como el trigo, desapareció rumbo al sur sin dejar rastro, busqué consuelo en su acto. Me acerqué al payaso y le dije:

—Ella es hermosa y etérea como uno de esos globos de colores.

—¿Sería el lila, o tal vez rojo…? —me preguntó el payaso.

—Podría ser cualquier color… o todos los colores.

Sabiendo que lo que iba a hacer era un acto irracional y sin sentido, me decidí a comprarle todos los globos al payaso. Convencido de que, haciendo esto, ella volvería.

Una inmensa sonrisa iluminó el rostro del payaso, y tomando una enorme aguja plateada, comenzó a reventar los globos. Al explotar el último, me miró como diciéndome: todo recuerdo es sufrimiento.

Es por eso que estrangulé al payaso y no por el odio natural que estos seres provocan en niños y adultos.



LA MICROFICCIÓN

João Ventura (Portugal)

 

Leonardo estaba en la playa un domingo de invierno y miraba el mar hacia el este. El cielo estaba rojo, como suele ocurrir antes del anochecer. Con un silbido llamó al perro, que jugaba en la arena. Lo hizo subir al auto, se puso al volante y se dirigió hacia la Tienda de las Palabras. Necesitaba comprar algunas para la microficción que quería escribir, pero de repente recordó que no tenía una lista de lo que necesitaba consigo. La había dejado sobre la mesa de la cocina, junto a las patatas, las zanahorias y la col que había traído del mercado.

Aburrido, se desvió de la ruta prevista y se dirigió a su casa. Cuando entró, fue directo a la cocina y allí estaba la lista. Descubrió que sólo le faltaba una palabra para "metal".

Empezó a preparar la cena. Tomó el cuchillo con hoja de titanio y sobre la mesa de acero inoxidable comenzó a cortar las verduras. Puso la cacerola con agua al fuego, añadió las verduras, sal y pimienta, un poco de aceite de oliva y ajustó el quemador.

Mientras hacía la sopa, tomó papel y lápiz y se sentó a escribir la microficción.



LAS PUERTAS DEL OTOÑO

Juan Carlos Aguilar (Venezuela/Canada)

 

Al sur de la Ciudad Santuario, cada cien años, en el primer domingo, luego del equinoccio de otoño, se congregan peregrinos ante las Puertas del otoño, dos gigantescas hojas de bronce labradas en una época perdida en la bruma del tiempo. Las rocas circundantes, cubiertas de líquenes ocres, dan la impresión de que el bosque entero llama a la devoción. El honor pertenece a un anciano que conduce una caravana de burros, cargada con sacos de bilvas.

La tradición cuenta que quien cruce esas puertas con una ofrenda, bajo el resplandor matinal, recibirá una revelación. Con paso tembloroso, el anciano avanza. Las puertas se abren sin crujir, y él atraviesa el umbral. Los peregrinos aguardan con expectación… pero el anciano no regresa. Ni siquiera se le oye gritar. Al asomarse, hallan el paisaje intacto, sin rastro de él ni de los animales. Queda únicamente un olor dulce, como de flores marchitas. Su destino se adivina en un silencio que parece masticar la realidad desde el otro lado.



EXCURSIÓN

Myriam Goluboff (Argentina/España)

 

Era un domingo de primavera. El azul de los jacarandás en flor alegraba la calle. Salimos, toda la familia, incluidos los dos perros, en nuestra camioneta verde adornada con dibujos en blanco y rojo, preparada para estas aventuras. Enfilamos hacia el norte. El paisaje iba cambiando a medida que avanzábamos. La carretera, al principio con hileras de casas que la flanqueaban, iba tomando otro carácter, con campos cultivados de maíz y zonas de bosque de pinos. A lo lejos, veíamos la mancha azul del río al que queríamos llegar, para armar nuestras carpas y disfrutar del clásico concurso de pesca que alegraba nuestra vida familiar.



MERRA

Suray Annys (Argentina)

 

Rem despertó congelado La helada, sexta estación climática de Merra termina en albur la estación clara. Esta derrite los glaciares que cubren el suelo azul seis danzas lunares más tarde.

Se puso su traje de rop. Un gran animal, de cuero ligero, abrigado, impermeable y ultrarresistente.

Debía apurarse. El deslizador temporoespacial zarparía dejándolo todo un rotom en este planeta vertiginoso. La luz de los soles en el cenit encandilaba. Debía proteger los ojos con lentes de un metal translúcido y flexible, extraído del interior de unas algas marinas. Las masas continentales se desplazaban en el océano global. El astro Nur, estático, marcaba el Nor. De frente a este, hacia atrás y a los lados los otros 5 puntos orientadores. Era terrícola explorador. Los Merros le habían proporcionado lo necesario incluido un traductor interespacial.  Regresaría… en casa lo esperaba ella. Corrió pero al llegar el deslizador no estaba. Pregunto a un merro que vio en las inmediaciones.

—Salió anteayer —le dijo este.

—¿Pero cómo, hoy no es shaske?

—No, señor, shaske fue anteayer, ayer fue naske y hoy es taske.

Volvió al refugio llorando. Un rotom equivalía a cincuenta años humanos. Ya no vería nunca más a su amor.



PROTECCIONES

Hernán Bortondello (Argentina)

 

Habían pasado cuatro años desde el lunes de otoño en que comenzara a trabajar en la pequeña oficina ubicada en la propiedad de la suegra de mi empleador, al norte de la ciudad.

La puerta de rejas de hierro con la que se accedía al jardín delantero del chalet, la misma que ahora estoy abriendo como todas las mañanas a las 8:30, tenía cubierta la parte inferior con acrílico transparente. Mientras vuelvo a cerrarla sonrío al recordar que el motivo de esto último sólo lo supe varios meses después de mi primer día de trabajo.

Sentado en mi silla giratoria frente al monitor de mi pc había escuchado sonar el timbre. Al asomarme a la ventana que daba a la calle pude observar a un joven cartero montado en su bicicleta esperando ser atendido. Fue entonces cuando un bulto negro de unos treinta centímetros de altura arremetió como un rayo, tumbando a su paso la maceta de un helecho y estrellándose brutalmente contra los barrotes. De no haber estado la barrera plástica el furioso bulldog francés, mascota de la dueña de casa, se hubiese destrozado el hocico contra el metal.

Mientras introduzco un algoritmo por teclado rememoro mi juventud y medito. De no haberme detenido los muros de mis padres yo hubiese chocado con entusiasmo contra el arte, y, hoy, en vez de un aburrido analista de sistemas sería el artista plástico que sigue esperando en mí.


EL ÚLTIMO JUEVES DEL OTOÑO

GPT Chat (Sin nacionalidad)

 

El jueves al sur de la ciudad tenía un aire diferente. El cielo, teñido de un gris plomizo, presagiaba una tormenta. Sara caminaba junto a su perro, un pastor belga negro que tironeaba de la correa, ansioso por explorar.

A lo lejos, el chirrido metálico de un tranvía rompía la calma. Sara subió al vehículo con el perro y un pequeño saco de semillas de girasol bajo el brazo, regalo de una anciana que había conocido en el mercado. Los pasajeros guardaban silencio, como si el otoño los envolviera en un letargo inevitable.

Al bajar, la lluvia comenzaba a caer en finas agujas de plata. En un claro del parque, Sara dejó que el perro corriera mientras ella esparcía las semillas en la tierra húmeda. Sabía que no viviría para ver el girasol que naciera, pero le consolaba imaginarlo dorado y orgulloso bajo un sol futuro.

El pastor belga ladró, celebrando la vida aún en medio del ocaso de la estación. El sur, el jueves, el otoño: todo parecía confluir para recordarle que incluso en el final hay un comienzo latente.



DOSCIENTAS PALABRAS

Sergio Gaut vel Hartman (Argentina)

 

Sonó un silbato de locomotora y esa fue la señal: teníamos una oportunidad de escapar, hacia el norte, seguramente. Se lo dije a Marty.

—La vía férrea está cerca. Huyamos.

Marty se encogió de hombros y pronunció una de esas frases desconcertantes que tanto me molestan.

—Se supone que el violeta es el color de moda para este otoño.

Siempre se las arreglaba para irritarme, pero decidí seguirle la corriente, y del modo más literal posible.

—Galvani descubrió la corriente eléctrica cuando estudiaba el sistema nervioso de las ranas.

—¿De qué estás hablando? —dijo Marty—. Te planteo un problema concreto y tu respuesta es una extravagancia.

Ese fue el momento elegido por Rosamunda para entrar en escena.

—El sábado partimos hacia nuestras propiedades en la Riviera francesa, ¿no es maravilloso?

Busqué algo con qué golpearle la cabeza; unas semanas más de confinamiento no serían gran cosa. Sobre un pedestal de hierro forjado, delante de la reja, había una sopera con forma de hoja de lechuga. Sería suficiente para atontarla, pero no iba a matarla.

—¿Qué hiciste? —exclamó Marty.

Me encogí de hombros. De todos modos era la hora en que Blondina, la maldita enfermera italiana, llegaba con las pastillas.

 

 

 

 


viernes, 23 de agosto de 2024

BIFICCIONES (TRECE)


BRILLO DE METAL CROMADO

Laura Irene Ludueña & Víctor Lowenstein

 

Sentado al borde de la cama hecha que no utilizaba hacía semanas, salvo, claro, para recostarse cada dos por cuatro de puro aburrido para después levantarse y alisar el acolchado, de puro maniático, De Jacques contemplaba su cuarto como si no lo conociera de memoria. Tal vez presintiendo que no lo volvería a ver, casi como una persona que espera partir hacia un destino final de esos de los que no se regresa ni en sueños. Miraba la taza de porcelana sobre el escritorio; la silla detrás, con el polar colgado sobre el respaldo y más allá el angosto ropero siempre cerrado, testigo mudo y eficaz de su denodada soledad.

Miraba todo como si lo viera por vez primera, recorriendo con los ojos detalles seguramente bien vistos y sabidos. Encontrando casi sin querer nuevos detalles, perspectivas acaso insólitas, dejando a su mirada caer en esa inercia perezosa de quedar colgada en el contorno de la taza, las manzanas en la frutera o el portalápiz azul, o el polar o la silla, que la conciencia reposara allí sin pensamientos, vacía de ruido mental y concentrada en las formas en particular.

Ese juego estaba, como otros similares, dejando de funcionar. Lo conocía demasiado bien, igual que ese cuarto. Tantas veces lo había recorrido con sus ojos cerrados –otro juego infantil– para probarse que era capaz de transitar un espacio así de estrecho sin chocar con nada, aunque por lo general acababa por llevarse la silla puesta al primer descuido, y abría los ojos desconcertado ante su torpeza. Por ello mismo le extrañó, pero tanto, no reparar siquiera en ese brillo de metal cromado que relucía desde el borde mismo del escritorio. Era tan inexplicable esa omisión visual que se quedó perplejo unos instantes, consciente de que su mirada había recorrido esa habitación una docena de veces, sin notar el relumbre metálico. Se la había comprado al dealer que le vendía la coca, quien supo convencerlo de que el mercado negro de armas no era una opción segura, que tenía una Beretta casi sin uso y se la dejaba a buen precio, incluyendo municiones. ¿Te sirve, De Jacques? Por ser tú te la dejo en cuarenta malditos dólares, ¿qué dices?

—Sí —había dicho como un idiota perdido en una nube de humo y con una extraña sensación simultánea de relajación y euforia.

Vagamente recordaba a su dealer moviendo los labios como si recitara vaya a saber que verso que a él no le interesaba. Porque en realidad, no le interesaba nada. Hacía rato que vivía porque el aire era gratis y aún tenía algo para proveerse de aquello que sustentaba su mísera soledad.

De Jacques contempló una y otra vez su escritorio ahora engalanado con ese brillo cromado. Tenía la sensación de estar en un sueño, con imágenes que parecían surgir y desvanecerse sin conexión clara con la realidad. En un momento aparecía su dealer, en otro estaba amando a Vanessa, en otro su madre lloraba, luego volvía Vanessa echándolo del departamento con lágrimas en los ojos y diciéndole que no toleraría más sus adicciones. ¿Qué le estaba pasando? Volvió los ojos al escritorio. Cada vez que veía el brillo metálico de la pistola sentía un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. Nunca había sido violento, ni siquiera en sus peores momentos. El sonido de los disparos en las películas siempre lo había puesto nervioso, y ahora, tenía una de esas cosas en su propia casa. Todo había empezado a ir mal desde que fue a ese bar de mala muerte al que lo invitó su primo Tomy. Al principio fue para festejar su reencuentro con Vanessa, luego para olvidar que lo había dejado, después para olvidar que su madre lo echó y así sucesivamente. Las primeras idas al bar eran esporádicas, luego se hicieron más frecuentes y las cantidades de cocaína que consumía iban aumentando al mismo ritmo hasta que la paranoia creció en proporción directa a su consumo.

Una noche, Tomy le contó sobre un par de tipos que merodeaban el bar y que lo habían asaltado.

—No es seguro, andar por aquí desarmado hermano — dijo —Voy a conseguir un arma para mí y otra para vos, así andas seguro.

En su estado, había aceptado sin pensarlo mucho ni entender de qué le hablaba. Ahora, con el arma en su poder, la situación se sentía más pesada, como si hubiera cruzado una línea de la que no podía volver.

El reloj en la pared marcaba las 3 de la mañana. No podía dormir, el miedo y la ansiedad lo mantenían despierto. Se lavó la cara y cuando se miró al espejo la imagen que vio lo asustó. ¿Ese era él? ¿dónde estaban los ojos verdes brillantes de los que Vanessa decía haberse enamorado? Parecía un espectro. Sentía que el peso de sus decisiones lo habían llevado a este punto. Como si fuera poco, la presencia de la pistola lo asfixiaba. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera. La ciudad estaba silenciosa, pero su mente era un torbellino. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había permitido que su vida se saliera tanto de control? Pensó en llamar a alguien, pedir ayuda, pero no sabía por dónde empezar.

La luz de la luna iluminaba el arma sobre la mesa. Era una visión surrealista, como si perteneciera a otra vida. Sabía que no podía seguir así, tenía que encontrar una salida. El brillo cromado sobre el escritorio parecía llamarlo, se acercó a él y tomó el arma para verla mejor. Observó el cañón de la Beretta, allí el brillo cromado no se veía, al contrario, estaba oscuro, tan oscuro…

La detonación se oyó en todo el edificio. Su último pensamiento fue que su alma era igual a la del arma, brillante por fuera pero muy oscura por dentro.Principio del formulario





LA DECEPCIÓN

Tamara Golob & Gabriela Vilardo

 

Stepan se sentó frente a la pantalla de su computadora, una vez más, con el mismo desinterés apático que había sentido desde hacía meses. Desde la muerte de Yelena, su esposa, su vida había caído en un abismo de monotonía y desesperanza. A pesar de tener solo cincuenta y nueve años, se sentía como un anciano cansado del mundo. Su rutina diaria se reducía a recorrer las redes sociales sin propósito, esperando encontrar algo que llenara el vacío que lo consumía.

Con un suspiro pesado, abrió Facebook y comenzó a desplazarse por el interminable flujo de publicaciones triviales y noticias irrelevantes. Las sonrisas felices y las vidas perfectas de sus amigos virtuales solo servían para acentuar su propio dolor y soledad. Nada le interesaba realmente, y se encontró divagando, su mente creando escenarios oscuros y finales morbosos para su propia vida. Imaginaba de qué manera podría acabar con su sufrimiento, desde sobredosis hasta accidentes aparentemente fortuitos. Cada pensamiento era más sórdido que el anterior, y la sombra de la desesperación lo envolvía cada vez más.

Sin embargo, en medio de esa espiral de pensamientos oscuros, algo llamó su atención. Un nombre que no había escuchado en casi medio siglo apareció en la pantalla. Se quedó paralizado por un momento, sus ojos fijos en el perfil de Facebook de una mujer. Era ella, su primera novia. Casi no podía creerlo. Después de tantos años, ahí estaba, en la pantalla, como un fantasma del pasado que regresaba para sacudir su letargo.

La mujer, a pesar del tiempo transcurrido, se veía increíblemente bella. Había envejecido con gracia y elegancia. Su perfil mostraba una vida llena de éxitos y logros. Era una profesional reconocida en el campo de la psicología y había escrito una novela que acababa de publicarse. Stepan no podía evitar sentir una mezcla de nostalgia y curiosidad. ¿Qué había sido de su vida? ¿Cómo había llegado a ser la mujer exitosa que ahora veía en la pantalla?

Impulsado por una mezcla de desesperación y un atisbo de esperanza, decidió escribirle. Las palabras salieron torpemente al principio, pero luego, a medida que los recuerdos fluían, encontró más fácil expresar lo que sentía. Le habló de los viejos tiempos, de cómo la había recordado a lo largo de los años y de lo sorprendido que estaba al encontrarla de nuevo. No esperaba una respuesta, pero había algo en ese acto que le dio un pequeño rayo de esperanza.

Para su sorpresa, la respuesta llegó rápidamente. La mujer le respondió con calidez y entusiasmo, recordando con cariño los momentos que habían compartido. A pesar del paso del tiempo, parecía que todavía había una conexión entre ellos, algo que había sobrevivido a las décadas de separación. Comenzaron a intercambiar mensajes, primero de manera casual y luego con más profundidad. Compartieron historias de sus vidas, sus éxitos y fracasos, sus alegrías y tristezas.

Stepan se encontró esperando ansiosamente cada nuevo mensaje, sintiendo cómo una chispa de vida comenzaba a encenderse en su interior. Por primera vez en meses, sentía algo más que dolor y apatía. Había encontrado una razón para seguir adelante, una conexión que lo hacía sentir menos solo en el mundo. Y aunque no sabía qué depararía el futuro, estaba dispuesto a descubrirlo, un paso a la vez.

Le propuso a Marisa hacer una video llamada, aunque su apariencia no era la misma; ni siquiera se había mantenido jovial como ella. Su tristeza parecía acentuar las arrugas y bajarle más los párpados. Se miró al espejo y se acomodó un poco el cabello. Buscó una camisa a cuadros que era la que usaba para ocasiones especiales. Ubicó la computadora en un lugar que disimulaba la dejadez de la casa. Le costó evitar trapos tirados y superficies descascaradas. Apenas se salvaba del desorden, una parte de una de las paredes del comedor que mostraba un espejo devolviendo la espalda corva de Stepan. Se acomodó, trató de erguirse y puso la computadora sobre una mesa, bastante alejada de su cuerpo para que no lo tomara en un primer plano. Estaba ansioso.  Cuando acordaron prender el celular, ella entró con la llamada sin video, pero él apretó la camarita y se encontraron frente a frente. Se miraron, sonrieron como dos chiquilines y hablaron de la rareza de la tecnología, eso de estar y no estar. Stepan la veía preciosa, no sabía si ella a él. Stepan se levantó, se excusó, dijo que lo esperara un segundo, que se preparaba un cafecito; y la invitó a que hiciera lo mismo. Algo que ella aceptó. Él se tropezó en la cocina, pero no perdió el equilibrio. Estaba abombado como un adolescente. Volvió con su café batido y se sentó otra vez frente a la pantalla.

—Contame de tu novela, Marisa.

—Ah… mi novela me ha traído tantas satisfacciones… —Marisa revolvió el café con una cucharita, sin apremio. Luego se la llevó a la boca saboreando lo que había quedado en ella. Y miró a Stepan.

—Seguramente has metido la psicología que tanto te gusta y has creado una gran ficción. Sé de la repercusión que ha tenido. El título ya anuncia una historia prometedora: La decepción.

—Sí, claro. Lo que se vive se cuenta mejor, Stepan.

—¿Está basada en un hecho real?

—Sí, tan real que me amalgamé con la protagonista hasta el final, sin opción a otra cosa. Creeme que fue sanador.

—No tengo dudas, viniendo de vos… Te conozco tanto. Ya ves, que hemos hablado de la vida tal como entonces.

Marisa sonrió apenas.

—¿De verdad creés que me conocés tanto? Creo que, si así hubiese sido, no hubieras desaparecido de mi vida con tu compañera de banco.

—¡Éramos dos chiquilines! ¿O no?

—Yo no. Tal vez vos, sí. Las mujeres, aun jóvenes, siempre nos comprometemos más con el amor hasta imaginar el fin de nuestros días.

—Bien, pero no es para tanto… ¿Por qué no nos encontramos a tomar un café y lo conversamos como adultos? Ha pasado bastante tiempo de aquello.

—Mi tiempo se extendió hasta la publicación de mi novela, no hace tanto, y no puedo tomar ese café, porque en la última página te maté. Lo siento, Stepan. Creo que no es tu mejor día.

Marisa se inclinó y apagó la cámara. Algo que confundió y sorprendió a Stepan.  Su página de Facebook seguía mostrando sonrisas y éxitos inventados por los demás y antes de perder la voluntad y de volver a entrar en la sombra de la desesperación, puso un símbolo de luto en su perfil y la tapa de la novela de Marisa en la portada. 



CAMINOS CERRADOS

Carmina Shapiro & Sergio Gaut vel Hartman

 

Sonia salió del predio de oficinas, cruzó el estacionamiento y echó a andar por la vereda lindera del parque. La noche estaba más azul que oscura, el aire calmo. Eran cinco cuadras hasta la parada del colectivo sobre la avenida Iyuna. Andaba con paso regular pero sin prisa. Distraídamente vio a algunas otras mujeres caminando en el mismo sentido que ella.

Se cruzó de vereda para ver los plátanos, añosos e imponentes, y el parque detrás de ellos con mejor perspectiva. El parque, las luces amarillas esparcidas por el llano y la cúpula azul le traían sensaciones de recuerdos cálidos.

Al llegar a la esquina, un muchachito cruzó su camino detrás de ella, entre caminando y trotando. Llevaba una mochila medio vacía que se sacudía con él, y una camiseta de esas de tecnología deportiva. Esa esquina correspondía a una cortada, al final de la cual el muchachito se agachó y agarró un pedazo de baldosa rota. Mirando hacia atrás exclamó, “¡vamos a la canchita, a la canchita!

Sonia, que había seguido sus movimientos, notó que no la miraba a ella, sino más atrás aún. Se giró entonces hacia el otro lado y vio a otros dos muchachos juntando baldosas rotas y piedras. Ya tenían algunas entre los brazos. Más allá otros cinco se acercaban corriendo. Venían desde el predio de oficinas y se dirigían a la avenida. La penumbra de los plátanos los hacía ver más espectrales que lo que eran, apenas muchachitos. Aunque sus movimientos decididos delataban una mayor experiencia de lo que se hubiera esperado.

Sonia se había detenido y parada en el lugar vio que las mujeres volvían sobre sus pasos, corriendo en alerta.

—¡Corré! ¡Corré! —le dijo la que estaba más cerca. Eso significaba que otro grupo iba al encuentro, o tal vez harían algún atraco o alguna manifestación contra los Propietarios...

Hizo una mueca de angustia, se ajustó el bolso y emprendió la carrera. La angustia era doble. Esta noche ya no podría llegar a casa a dormir. Y otra vez esa pregunta de fuego quemándole la conciencia... ¿Estaba corriendo en la dirección correcta? ¿Hacía bien en alejarse en lugar de acercarse a la acción?

De pronto, como salidos de la nada, fantasmales y prepotentes, aparecieron los blindados de la GP. ¿Demasiado rápido? ¿Acaso estaban sobre aviso? Avanzaron por la avenida bufando como monstruos y moviendo los cañones en todas direcciones. Pero los muchachos, que ahora ya eran docenas, tuvieron la precaución de moverse entre los árboles, sin ofrecerse como blanco.

Frenándose agitada, Sonia vio con sorpresa que la mujer que le había gritado que corriera se había sentado  en un banco de metal

—¿Qué le pasa? —dijo Sonia tocándole el hombro.

—¿Qué me pasa? —La mujer expulsó la mano como si se tratara de una alimaña—. Estamos muertas, eso me pasa.

—Venga, vayámonos de aquí.

—No es posible; todos los caminos están cerrados.

Sonia levantó la cabeza para ver que los muchachos se agrupaban para lanzar una andanada de piedras contra los blindados, y eso le pareció ridículo; lo único que iban a lograr era ser masacrados por los GP.

—Tenemos que salir para algún lado. Lagarde no está cerrada.

—Por ahí vienen los mutantes…

—¿Los qué? —Sonia no estaba segura de haber escuchado correctamente la palabra pronunciada por la mujer, pero tal vez, más que nada, era una triquiñuela de su mente para no hacerse cargo de lo que se rumoreaba.

—Los mutantes, ¿es sorda? —replicó la mujer, irritada—. Por Tinto vienen los extraterrestres y por Juntero los robots. Lo que le dije: estamos rodeadas, no hay salida.

Ese fue el momento elegido por los blindados para empezar a disparar; y no eran chorros de agua y tampoco gases. Disparaban lenguas de fuego que no tardaron en convertir el parque en una gigantesca hoguera.  

 

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jueves, 22 de agosto de 2024

LA VENGANZA DE BATU KAN

Iván Bojtor

 

Me dirigí "hacia arriba" en el "ascensor" hasta el nivel 1241. "Hacia arriba", todavía decimos así, pero en realidad me estaba moviendo hacia atrás en el tiempo. Adoptamos esta tecnología de los joguunos hace unos seiscientos años, quienes se habían extraviado en la Tierra desde algún planeta en la galaxia Messier 81. Busqué la puerta que daba al pasillo del año 1241 y, apremiado por el tiempo, corrí hasta la cuarta puerta. Simplemente la atravesé, no necesitaba abrirla ni cerrarla. Ya estaba en una sala correspondiente a abril de 1241, cuyos treinta lados giraban en círculos. Me tomó tiempo elegir el correcto. Ya estaba mareado por la vista cuando finalmente la rotación de las paredes se desaceleró y encontré la que buscaba. Le di una patada furiosa, fijando así el día. Por suerte, los cuadrados que ajustaban las horas aparecieron en el suelo. Solo tuve que pisar el número seis, dar unos cuantos golpes y así fijé también los minutos. Luego me agaché y toqué dos veces con mi dedo el cuadrado, seleccionando el segundo.

Ya había introducido las coordenadas geográficas antes de partir, así que solo me quedaba iniciar el programa. (¡Gasté una fortuna en este viaje! Espero que valga la pena). Pronuncié la contraseña que había elegido: "Batu". En ese instante, me encontraba en el campamento mongol en el amanecer del segundo día de la batalla de Muhi. Caminé con cautela entre los guerreros y caballos inmóviles como estatuas hasta la yurta más ornamentada, donde un mozo sostenía un caballo con una brida, junto al cual un guerrero armado estaba a punto de montar, con un pie ya ligeramente levantado. Lo reconocí de inmediato. No por una fotografía, ya que no había ninguna de él, sino por un antiguo dibujo a tinta chino que la máquina me mostró unas diez mil veces durante mis estudios. ¡Ahora vas a recibir lo tuyo! En realidad, no estaba enojado con Batu, sino con todo el mundo. Principalmente conmigo mismo, por haberme dejado engañar en el examen. Y también con los examinadores, esos dos idiotas que, cuando di una respuesta incorrecta, se rieron con tanto sarcasmo en la pantalla que me dieron ganas de lanzarles algo. Estaba enfadado con el programa que me dieron, porque en los cinco minutos que tenía para responder, no pudo decidir cuál era la respuesta correcta. Claro, también fue engañado por la pregunta, igual que yo. (“¿Batu era realmente hijo biológico de Gengis Kan, o no?”) ¡Yo, idiota! Cuando comparé los materiales que la máquina me proporcionó, llegué a la conclusión de que sí. Empecé a argumentar, pero no pude terminar porque los dos examinadores, como si lo estuvieran esperando, empezaron a reírse y a balancearse de un lado a otro.

—¡Respuesta incorrecta! —La correcta era: "Desafortunadamente, aún no lo sabemos".

Y allí estaba, frente a Batu. En el camino planeé desquitarme bien con él, darle un buen golpe, pero... Su casco... ¿Qué pasa si me corta o me hiere la mano? Para cuando regrese, podría infectarse, y además, no llevo vendas. ¿Por qué no pensé en eso? Debo idear otra cosa. Tal vez podría robarle la espada. Buen trabajo, se vería genial en la pared de mi habitación. ¿Qué trofeo sería? Lástima que no saldría conmigo, porque "el tiempo restaura las modificaciones". Es decir, simplemente desaparecería de mis manos y regresaría aquí. Entonces, ¿qué demonios debo hacer? ¿Cómo podría irritarlo más? Solo tengo 1.2 segundos, ese es el tiempo que tengo para hacer algo, porque si lo supero, entonces... entonces todo se moverá y el infierno se desatará. ¡Me advirtieron sobre esto! Entonces tuve una idea. Me acerqué al kan y... le di un golpecito en la nariz. Los ojos de Batu brillaron y su cabeza se estremeció por un momento, pero inmediatamente volvió a quedar inmóvil. ¡Ja, ja, ja! ¡Lo logré! ¡Qué sorpresa se llevó! Ja, ja. Ahora se romperá la cabeza pensando en lo que sucedió. ¡Vamos a casa!

¡Finalmente en casa! Me relajo en el sillón, mirando la pared y sorbiendo mi carísimo vino reservado para esta ocasión. ¡Eso salió realmente bien! Puede que otros digan que fue una venganza mezquina, pero mi enojo se disipó. Y por eso, ya valió la pena. Qué bien que está esta máquina, el regalo de los joguunos. Al principio, todos le tenían miedo, durante mucho tiempo solo los investigadores podían usarla. Nadie entiende hasta hoy cómo funciona. Pero ¿a quién le importa? Lo importante es que funciona. Qué divertido fue cuando Batu me miró fijamente. En realidad, no es tan feo como en ese dibujo a tinta. Lo miré bien. Su rostro, incluso en ese momento antes de la batalla, irradiaba calma. Y parecía haber una sonrisa en la comisura de su boca. Claro, puede que solo yo lo haya visto así. ¿Qué fue eso? Un destello metálico. ¡Aú! Mi nariz. ¿Qué la golpeó? ¿Y qué es esa risa?

 

Título original: Batu Kán bosszúja

Traducción del húngaro: Sergio Gaut vel Hartman


Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

EL CEMENTERIO DE LOS AVIONES OLVIDADOS

Gabriel Trujillo Muñoz

 


El viejo aeropuerto de Mexicali estaba en medio de la ciudad. Para aterrizar o despegar, los aviones debían pasar casi tocando los techos de los edificios más altos. Eran los años sesenta del siglo XX y como la pista era pequeña, las líneas aéreas utilizaban sólo aviones de motor. Yo era niño entonces y mi padre era el radio operador de la Compañía Mexicana de Aviación. Por eso aquel aeropuerto era mi campo de juegos cuando salía de la escuela. Aunque había muchos lugares interesantes para jugar, yo prefería el patio que estaba más allá de los hangares para avionetas. Lo llamaba el cementerio de los aviones olvidados porque en él se amontonaban, ala contra ala, los fuselajes vacíos de los DC-2 y DC-3. Aún enhiestos y desafiantes, aquellas carcasas metálicas eran mi sitio favorito de diversión. Allí me sentía un as de la guerra, un piloto intrépido en las alturas de mi sueño volador.

Un día, mientras movía los controles, sentí que el avión en que estaba jugando se movía de verdad. Salté del asiento del piloto y fui a la puerta de salida. El avión realmente se movía pero hacia atrás. La escalerilla por la que me había subido ya no estaba. Por un instante, como niño de ocho años, pensé que el avión se iba a elevar y llevarme por su cuenta. En ese momento un carro de equipaje se puso a mi lado. Uno de los cargadores de la compañía lo conducía. Al verme, de pie en la puerta y con cara de susto, me gritó que no me preocupara, que estaban cambiando el avión de lugar, que disfrutara el viaje.

Eso hice. Volví a la cabina del piloto y observé la pista y las instalaciones donde trabajaba mi padre irse alejando. Volví a jugar al combate aéreo, disparando ametralladoras imaginarias contra cualquier objeto que me llamara la atención. Entonces vi un punto en el cielo, una avioneta, entre las escasas nubes, y le disparé una y otra vez. En eso oí que los trabajadores que movían el avión gritaban:

—¡Viene en picada!

—¡Y va a caer muy cerca!

Escuché la voz del cargador instándome a que abandonara el avión, pero yo estaba petrificado porque sabía que esa avioneta estaba cayendo por mi culpa.

Antes de que pudiera entender qué pasaba, la avioneta se precipitó a tierra y estalló a menos de cien metros de distancia.

Nunca se supo la causa del accidente.

Y como sus restos quemados acabaron en el cementerio de los aviones olvidados, yo jamás volví a jugar en aquel lugar ni a disparar armas reales o imaginarias.

Desde entonces me dediqué a observar a los trabajadores del viejo aeropuerto jugar dominó en la sala de espera.

Y en las noches, cuando observaba el cielo desde el techo de mi casa, creía que las estrellas fugaces eran avionetas que otros niños les habían disparado y que ahora eran grandes bolas de fuego.

Aún hoy, a tantos años de distancia, lo sigo creyendo.


Gabriel Trujillo Muñoz nació en Mexicali, Baja California, México, el 21 de julio de 1958. Es poeta, narrador y ensayista. Es profesor de tiempo completo de la Facultad de Ciencias Humanas de la UABC-Mexicali y uno de los editores de la Revista Universitaria de la Universidad Autónoma de Baja California. Ha publicado más de ciento treinta libros como autor y compilador. Una apretada síntesis permite citar, entre muchos otros, Miríada (cuentos, 1991), Laberinto (novela, 1995), Mezquite Road (novela, 1995), Conjurados (novela, 1999), Espantapájaros (novela, 1999), Trebejos (cuentos, 2001), Mercaderes (cuentos, 2002), Aires del verano en el parabrisas (cuentos, 2009), Trenes perdidos en la niebla (novela, 2010), Moriremos como soles (novela, 2011), Círculo de fuego (novela, 2014), Música para difuntos (novela, 2014) y Vecindad con el abismo (novela, 2015).

TABARAK

Rhys Hughes

 

Las pirámides han durado milenios y durarán muchos más, y cuando le pregunto a Tabarak por qué han resultado ser tan resistentes, ella dice:

—La respuesta a esa pregunta es simple. Si un edificio alto se cae, ¿qué forma toma? Se convierte en un montón de escombros, ¿verdad? Y esos escombros son piramidales. Una pirámide realmente no puede caerse porque ya tiene la forma de un edificio que se ha caído.

Esta es la razón por la que las pirámides son difíciles de destruir. Recuerdo sus palabras al día siguiente cuando me golpeo la pierna contra la esquina de una de las mesas bajas en la sala de estar. Cojeo hasta una silla.

—¿Por qué tenemos tantos muebles? —le pregunto—: Es casi como el desorden que se encuentra en una tumba antigua. ¿Es ese el aspecto que estás buscando?

Pero ella envuelve mi herida en vendas sin responder. No insisto en el punto. Tabarak es una mujer a la que no se la puede obligar a responder cuando simplemente no quiere.

A la mañana siguiente me caigo de la cama. Había estado agitándome toda la noche debido a sueños muy peculiares, pesadillas como ninguna que haya experimentado antes. A la luz del amanecer, ruedo fuera del colchón y caigo al suelo y me lastimo el brazo. Me despierto instantáneamente y lloro. Tabarak se despierta y me atiende, su voz suave me conforta mientras venda mi antebrazo y mi codo. Pero no puedo volver a dormir. Cojeo hasta la cocina para preparar el desayuno para los dos. Luego derramo una olla de agua hirviendo sobre mi abdomen que necesita ser vendado. Tabarak lo hace.

Supongo que debería mencionar que una de las estanterías cae sobre mí por la tarde. No puedo salir de la casa debido a mis heridas y es aburrido simplemente estar sentado, así que decido leer un libro. El que quiero está en la parte más alta de la estantería. Lo alcanzo y tiro de él, pero está atascado y toda la estantería cae sobre mí; no tengo tiempo para evitarlo. Los libros se desploman y me golpean en el cuerpo, y un volumen particularmente grande y pesado sobre la historia de Egipto cae sobre mi cráneo y me deja inconsciente.

Cuando recupero el sentido, estoy sentado en mi silla favorita, que es tan grande como un trono, y Tabarak está aplicando la venda final. No hay parte de mí que no esté envuelta, estoy vendado de la cabeza a los pies. No puedo moverme de mi asiento en esa silla, que ahora recuerdo fue comprada por ella como un regalo para mí. Claramente ha pensado en esto con anticipación. Ella se va y cierra la puerta principal detrás de ella y sale al sol y al mundo de las palmas, y me quedo solo a esperar a un arqueólogo.

Años, décadas, siglos pasan. La casa se derrumba a mi alrededor, se hunde, y estoy en el corazón de ella, rodeado de mi tesoro, todos los muebles que se acumularon durante nuestra relación. La forma del colapso es piramidal. ¡Si tan solo Tabarak se inscribiera en un curso de arqueología, consiguiera un puesto como líder de una expedición, volviera a desenterrarme! Pero no lo hará. Ella no es el tipo de mujer a la que se puede hacer descubrir a un faraón desconocido si no quiere. Mi destino, mi tumba, están sellados.


Título original: Tabarak

Traducción del inglés: Sergio Gaut vel Hartman & IA GPT

Rhys Henry Hughes es un escritor de fantasía y ensayista galés nacido en 1966 en Cardiff. Ha cultivado diversas formas de ficción, desde relatos cortos hasta novelas. Entre muchas otras obras, ha publicado las siguientes novelas y colecciones de cuentos: Worming the Harpy and Other Bitter Pills (1995), The Smell of Telescopes (2000), Stories from a Lost Anthology (2002), A New Universal History of Infamy (2004) –Parodia y homenaje a Jorge Luis Borges–, Engelbrecht Again (2008), Twisthorn Bellow (2010), The Brothel Creeper (2011), The Abnormalities of Stringent Strange (2013), The Pilgrim's Regress (2014), Flash in the Pantheon (2014), Brutal Pantomimes (2016), Cloud Farming in Wales (2017), The Honeymoon Gorillas (2018), Crepuscularks and Phantomimes (2020), Weirdly Out West (2021), Utopia in Trouble (2021), Comfy Rascals (2022), The Senile Pagodas (2022), Adventures With Immortality (2023), The Wistful Wanderings of Perceval Pitthelm (2023).

 

 

INGENIERÍA EN ALIMENTOS

Lucila Adela Guzmán

 

Poco a poco la humanidad fue olvidando el verdadero sabor de los tomates, la textura primigenia de las frutillas y el color intrínseco de las remolachas. La biogenética ensartó nuevos sabores inventados y desvistió de cáscara a las frutas para que toda su piel fuese tierna y comestible. La variedad fue tantas veces multiplicada que se nos hizo difícil recordar el nombre de cada una.

¡Somos lo que comemos! dirían algunos despabilados a modo de advertencia. Nuevos conservantes fueron permitidos con tal de lograr le erradicación del hambre en el mundo, una loable meta que jamás sería alcanzada gracias a un rasgo constitutivo de nuestra especie, una intrínseca estupidez hereditaria que podría ser clasificada por los primates como propiedad intelectual de la raza humana.

El problema es la distribución, concluyeron algunos iluminados en la última cumbre de Hambre Cero. Los Líderes, satisfechos, declararon que el índice de mortandad por hambruna había descendido en los últimos años. Los muertos por el hambre se habían convertido así en una lejana minoría.

A su vez los modernos frigoríficos supieron bien como lograr que sus productos fueran cada vez más tiernos. En sus vacas, en los cerdos, en sus pollos inmóviles y gordos, ahítos de alimento balanceado y hormonas se gestaría nuestro estado actual ¡Somos lo que comemos! insistirían algunos activistas a modo de advertencia.

Las nuevas tecnologías globalizaron el sedentarismo y así nos fuimos quedando quietos, gordos, tiernos y conservados. Ahora ya no hay marcha atrás y nuestros cadáveres, desviados del cauce natural desconocen la putrefacción y el cuerpo inerte humano ya no se descompone. Repito: somos lo que comemos.

Ahora es nuestra propia carne incorruptible la que se muestra fofa y tierna.
La invasión fue súbita e indolora, simplemente aterrizaron pacíficamente para saciar el hambre acumulada en la boca después de tanto viaje errante. Llegaron y nos miraron con gesto simpático, deseoso y babeante.

Matamos dos pájaros o tal vez tres de un tiro. Por un lado saciamos el hambre de los extranjeros, que tanto elogiar la exquisitez de nuestros cadáveres nos dieron pie para realizar excelentes inversiones en nuevas cadenas de comida rápida y por otro lado logramos solucionar la crisis desatada por el veloz incremento del índice de sobrepoblación cadavérica, constituida por humanos estáticos e improductivos que teniendo demasiados años de muertos sólo servían a los efectos de dar apariencia de concentración popular a uno que otro acto político. Desde los helicópteros se podía apreciar una multitud de cabezas (esta práctica fue pronto descartada por la poca actitud de los presentes a la hora de vitorear al orador de turno).

Deshacerse de los muertos se había convertido en el gran debate de los últimos siglos. Cada milímetro de tierra se usaba para cultivo y los últimos cadáveres enterrados ya ocupaban demasiado espacio. La cremación y el rociador de ácido fueron descartados por una sensible y tardía cuestión: la preservación del medio ambiente. Pero lo cierto es que ya nadie podía caminar por los jardines hogareños, siempre cultivados, sin esquivar a alguno que otro pariente lejano. Sólo uno, el occiso más recordado, era estaqueado y clavado en tierra para venerarlo con alguna que otra mirada mientras cumplía con excelencia su función de espantapájaros.

Pasado un tiempo fuimos llevados a la fama por el “boca en boca”, los viajeros del espacio aterrizaban sólo para degustar nuestros cadáveres exquisitos. Si bien al frente del menú se leía un cartel de advertencia, los visitantes no entendían su significado. Leían “Somos lo que comemos” y la añorada calavera con dos huesitos cruzando para alertar peligro ya no servía como símbolo de muerte.

Pasado un tiempo adquirieron esta costumbre tan nuestra, digo nuestra como pronombre abarcativo para referirme a la especie humana ¿verdad? Resumiendo: Los extranjeros no tuvieron que leer el Martín Fierro para aprenderlo e hicieron suya nuestra sentencia. Cuando vieron que era posible eso de “todo bicho que camina va a parar al asador” avizoramos un futuro, nuestro futuro, comprometido.

¿Cómo es que algunos nos salvamos? Muy simple, ser parte de aquella minoría lejana resultó ser una bendición, piel y huesos éramos cuando los vimos abandonar nuestro planeta. Pero repito somos lo que comemos... Sólo es cuestión de esperar.

Tras tantas décadas de trabajosa digestión ellos se mostrarán apetecibles para saciar el hambre de alguna otra especie. Una, que aún no me he puesto a imaginar.


Lucila Adela Guzmán nació en la ciudad de Buenos Aires el 30 de Diciembre de 1960. Se formó como intérprete y coreógrafa en el Taller de Margarita Bali. Desde el año 2000 vive en Del Viso, pequeña ciudad en la provincia de Buenos aires, junto a su marido y sus cuatro hijos. A partir del año 2011, alentada por su familia y amigos decide mostrar algunos de sus trabajos. Finalista del concurso Premio Elevé de literatura infantil 2011, se le otorga una mención especial por su obra "Doctora de letras", que ha sido publicado en la colección Osa menor de elevé ediciones siendo presentada recientemente en la Feria internacional del libro. En noviembre de 2011 obtiene Mención especial del jurado en el segundo concurso Nacional de Poesía Corral de Bustos Ifflinger-Córdoba. En marzo de 2012 el jurado del IV Certamen internacional de poesía fantástica miNatura destaca como finalista a su poema "Goteras" siendo publicado en dicha revista. En abril de este año, a través del II concurso mundial de eco poesía la unión mundial de poetas por la vida selecciona a su poema “Resignación” para integrar una antología. En agosto del 2012 es finalista del concurso de poesía hispanoamericana “Gabriela” siendo seleccionada para integrar dicha antología.

EL ENCUENTRO

 Laura Irene Ludueña   La reconoció de inmediato. Mary Shelley estaba sentada sola en el banco de una plaza oscura, como hurgando en sus r...