lunes, 29 de abril de 2024

VIDA DE JUNCO

  

Betina Goransky




Estoy sentada en el escalón de la puerta de mi oficina. La gente que pasa me mira. ¿Qué hace esta loca? No estoy loca. ¿Estoy? ¿Me parece, o mi cabeza se ladea hacia la izquierda? La sostengo con fuerza, los dedos la aprietan y siento un calor que la atraviesa de lado a lado. Los sonidos de los autos se han multiplicado, se disgregan dentro de mí, como rayos que zumban y bailan penetrando mi cerebro. ¡Por favor, que dejen de sonar las bocinas! Me aturden. La intensidad del sonido aumenta minuto a minuto, duele; solo quisiera que mi cabeza fuera a rosca para separarla del resto de mi cuerpo y dejarla a un lado junto a mí, sobre el escalón. ¡Lo logré! Viene el alivio, mis piernas se aflojan, apoyo todo el peso de mi cuerpo sobre la puerta, sobre mi lado izquierdo, ya no me perturban los pensamientos, no hay ideas, y básicamente no siento ese dolor que me atormenta. Mi corazón late más aceleradamente, transpiro hasta que me brotan gotas en cada centímetro del cuerpo; mi ropa se moja, siento el líquido deslizarse por mis pechos hasta la cintura y se deposita en el elástico de la bombacha, se acumula en la entrepierna.

De pronto advierto que mi cabeza está pegada al cuello; claro, no existe eso de la rosca y la posibilidad de sacarse la cabeza. Pero de inmediato recuerdo el dolor, en realidad los dos dolores: el de la nuca y el del pecho. Y aparecen las imágenes, ¡como duelen!

Ahora recuerdo. Mi vida se estrelló, como un avión sin control; la mujer salvaje, fuerte, la que atropella la vida, está desarmada, desmoronada; el desborde me invadió, tengo la impresión que ya no soy dueña de mis actos, como si fuera una muñeca de trapo, o una marioneta que alguien sostuviera por los hilos para manejarla; yo ya no puedo hacerlo. Podría echarle la culpa a él, pero no es cierto. Yo lo hice. Yo.

¿Eso es lo que llaman volverse loca? Entonces me estoy volviendo loca. Pero de alguna manera tengo que defenderme. Las sensaciones son diferentes, me doy cuenta que algo raro irrumpió en mi alma, el afuera desparece de a poco, me voy para adentro como si me hubiera transformado en una persona interior, ajena y diferente de la otra, externa; contemplo mis tripas, como corre la sangre, ese líquido espeso que me atraviesa de arriba para abajo y viceversa; los músculos están apretados, los huesos se han vuelto de hierro; son oscuros, grises. En mi adentro no existen el tiempo y el espacio; acabo de internarme en la nada.

De repente, voy por un túnel hacia mi infancia, subo a mi árbol preferido; allí me quedo horas y horas lejos de todo y de todos, en un lugar donde nadie puede molestarme. El adentro es mi lugar preferido, el sitio de máxima protección; no siento ni frío ni calor, ni hambre. Puedo jugar con mis amigos imaginarios, segura; es una sensación muy bella, de certeza y paz, adentro.

Vuelvo al escalón, mi cuerpo se sacude con movimientos rítmicos, suaves, supongo que ahora ya nadie lo nota; estoy en mi lugar preferido, donde nadie puede hacerme daño, la protección es indefinida y perfecta, me empieza a envolver una especie de gelatina incolora, cubre cada centímetro de mi adentro, es flexible, no me inmoviliza, y me permite pensar; me acurruca como si fuera un útero nutriente. Quizá podría quedarme así el resto de mi vida.

Los sonidos se amortiguan. El mundo no desapareció pero está lejano, solo quedan cosas materiales; ya no existen las personas, y de repente, sin previo aviso, siento que vuelo, me desprendo de mi cuerpo, paso la copa del árbol con flores naranjas, voy subiendo como en cámara lenta y abro los brazos para obtener más equilibrio. Los gorriones pasan a mi lado sin verme, y me siento libre, no existe el dolor ni las preocupaciones. Reaparecen las imágenes de mi infancia y mi adolescencia; amores y amigos. Estoy en la facultad; todas las imágenes son nítidas, de colores brillantes, y también están los sabores de las comidas que preparaba mi madre, dulzonas y calentitas.

Me sacuden los temblores y ahora siento el frío del escalón; no existe el vuelo, eso fue una fantasía, un espejismo. ¿Qué me está pasando? ¿Será lo que dice mi terapeuta? Ella me pregunta si tengo alucinaciones o confusión en mi pensamiento, si me desprendol cuerpo. Tiene razón: todo eso me está sucediendo, estoy perdiendo la conciencia, cada día un poco más; ya todo me resulta insoportable. Perdí mi alegría al despertar; los pensamientos son oscuros y tristes; me quedaría en la cama para siempre, pero no, me levanto, preparo el desayuno, me baño, me visto y me voy a trabajar.

Escucho mi nombre; es el mecánico que me trae el auto. ¿Solo fue eso? ¿Eso fue lo que precipitó todo, un auto descompuesto? Lo miro, levanto la mano como señal de que lo vi, me arreglo la ropa, tomo la cartera y cruzo la calle, todo pasó. Todo pasó.

Llego a mi casa, preparo milanesas de ternera para almorzar, acompañadas por un rico puré de papas, lo que más me gusta. Llevo la bandeja a la mesa del living y enciendo la tele; ahora los sabores y olores son reales; los dolores regresaron y están instalados en mi cuerpo, como siempre.

Busco en el móvil los síntomas de la locura, trastorno de pensamiento, ansiedad generalizada, depresión, alucinaciones.

Y recuerdo cómo soy en realidad, me conecto de nuevo con mi alma salvaje, y mi espíritu creativo, viene a mi mente la frase que me enseño mi psicóloga chamana, que ahora estoy de un lado de ese puente que voy a atravesar y que cuando logre llegar al otro lado todo estará superado.

No obstante, mi naturaleza obsesiva no logra evitar que los demás me hagan daño, pero en cambio puedo recuperar mi vida, puedo ser fuerte y encontrar mi luz, no necesito huir, aunque no dejo de precipitarme en un abismo, mi caída es vertiginosa y mi alma está destrozada. Voy a recuperar el control, me digo, me esperan situaciones y personas que me darán amor y paz. ¿No es cierto que lo puedo lograr?

En este momento siento que toco fondo, ese fondo lodoso y oscuro, lo más parecido a la muerte que logro concebir; no es la muerte de trascender a otra dimensión del universo sino esa muerte que representa todo lo que se pierde en mí, lo que se pierde de mí. Algunas veces digo que en estas etapas quedan lonjas de mi ser desperdigadas por el aire, y cada vez hay una reconstrucción, y sé que viene la etapa del esfuerzo, de desplegar mi potencial, las capacidades que están dormidas, listas para actuar.

Imagino que es así como preparan la tierra para sembrar en las fincas, limpiando primero los yuyos y malezas; se sacan troncos y piedras, todo lo que no sirve y puede dañar el crecimiento de una planta, y luego con máquinas y otras herramientas dan vuelta y vuelta la tierra, ponen abono y la dejan todo el invierno, que es el tiempo suficiente para que vuelva a estar apta para sembrar. Ese invierno la finca tiene un aspecto triste, gris; da la sensación de que no hay nada, que está vacío.

Y luego viene a mi mente la idea de que la vida es un continuo cambio, siempre digo, todo pasa, lo malo y también lo bueno. Entonces, vuelve la sonrisa, la alegría, el camino que se hace al andar, que está lleno de cosas nuevas y sorpresas. ¡Sí, eso! Cuando estoy bien hago cosas que me sorprenden, pero en otras ocasiones el camino se oscurece, se nubla y la sensación permanente es de perdida y duelo.

Mi vida ha transcurrido entre sucesivas caídas, de las que siempre logré levantarme. Me sacudo como los perros mojados; esa imagen me ayuda y la repito con mi cuerpo, me sacudo las malas energías, las penas y los malos pensamientos. Aparece la idea de resiliencia, sé lo que es eso; la describen por ahí como esa capacidad de las personas para adaptarse y gestionar de manera adecuada las adversidades, con el objetivo final de superar las etapas de crisis y poder continuar con la propia vida.

Uno tiene que ser flexible, me digo, la vida es un permanente cambio y para superar etapas hay que ser como el junco que, para no quebrarse, se dobla ante los golpes y los vendavales.

Ahora sí que me doy cuenta de qué se trata esto de honrar la vida y no solo sobrevivir, aceptar que las penas y las grietas y las insatisfacciones son parte de todo, de que también viene la esperanza, la flexibilidad, las fortalezas, y lo mágico es traspasar e intercambiar, afrontando los aprendizajes de una etapa a la otra. Ante el dolor fabrico, con mis pensamientos, en mi cerebro, las herramientas necesarias para influir con mi mente en el mundo objetivo y aprender a enfocar mis pensamientos positivos en el caos. De mí depende transformar las posibilidades de locura, modificando con mis actitudes la química del cerebro, esa usina que me conecta con el mundo circundante, y así logro transformar el efecto de las experiencias, de ese modo volar significa reinventarme, transcurrir lo doloroso hasta convertirlo en aprendizaje, tomar de mi memoria celular lo que me dio las posibilidades de volverme sabia.

Estoy otra vez sentada en el escalón de la puerta de mi oficina. Pero ahora sé lo que necesito. No hace falta que desenrosque mi cabeza o que huya de la realidad. Loca o no, puedo caminar sobre mis piernas, y si resulta necesario, pedir ayuda, afrontar los contratiempos sin vergüenza; ya no estoy sola. Ahora estoy conmigo, mi compañera incondicional.

Es casi mágico. Pasa el que me hizo tanto daño. Lo saludo con la mano y le sonrío. Él se sorprende; yo no. Me levanto, le doy la espalda, y entro a la vida de nuevo.


Betina Goransky (San Juan, Argentina, 1954) es licenciada en psicología por la Universidad de Belgrano y está enrolada en la línea sistémica humanística. Se dedica a terapias de pareja, de familia y adicciones. Es docente y sexóloga; escribió numerosos trabajos y ponencias sobre su especialidad. Ha dado conferencias y participado en un gran número de jornadas y congresos. Su interés por la ficción es reciente y los textos que escribió pueden leerse en las antologías ¡Basta, cien mujeres contra la violencia de género! (2013), Grageas 3 (2014), Cien páginas de amor (2015) "¡Basta! contra la violencia de género" (2018) y Mal trato (2021).

 

 

 


SIMÓN

 Laura Irene Ludueña


Relatar mi historia es como relatar un sueño, pero los hechos son absolutamente reales. Un día llegó a la facultad un chico misterioso. Tenía un acento raro al hablar, era delgado, pálido y no muy alto. Yo lo observaba desde una esquina, incapaz de apartar mis ojos de él y segura de que jamás me dirigiría la palabra. Pero, cuando salíamos de una clase suspendida, quedamos a la misma altura de la fila, me miró y pidió la hora. De la emoción casi no le pude contestar; ¡alguien se había fijado en mí! Una chica fea, gordita, bastante morena y con aspiraciones de ser escritora.

 —¿Cuál es tu próxima clase? —me preguntó.

— Latín IV —contesté tímidamente.

—Es la mía también, ¿quieres que tomemos un café mientras esperamos? —me dijo con una sonrisa torcida.

—¡Claro! —respondí feliz.

Así descubrimos que asistíamos a las mismas clases. En realidad, él lo descubrió porque yo lo sabía. Era unos cuantos años mayor que el resto de los estudiantes; creo que había comenzado la carrera en el extranjero por lo que, seguramente, debió rendir equivalencias y eso lo retrasó. Como era de esperarse, me enamoré de él de inmediato. Desde ese primer encuentro, no nos separamos más. Coincidíamos en el amor a la lectura, la historia, la filosofía, la fiteratura, las ciencias humanísticas en general.

El destino nos unió en un amor que creí eterno, aunque ese sentimiento era solo mío, porque Simón jamás dijo que me amaba. Teníamos una relación extraña. No sabía en qué país estaba su familia, si es que la tenía. Y él desconocía que yo había crecido en un orfanato y vivía de una pensión gubernamental. Nunca preguntó al respecto y nunca le conté. Saber que estábamos juntos era suficiente para mí. Solo con eso era feliz, por lo menos al principio.

Pronto fuimos a vivir juntos. Simón se recibió con honores e inmediatamente lo contrataron en la misma universidad y en otras. Yo, en cambio, no rendí las últimas materias. Con la ansiedad de la mudanza y la necesidad de atenderlo para que cumpla sus obligaciones, no podía concentrarme en el estudio, lo haría en el futuro. Además, no quería generar más gastos de los que teníamos.

 La erudición de Simón era tanta como su talento para enseñar, por lo cual me convertí en su discípula, a pesar de que sus lecturas preferidas no eran las mías. Le gustaban las tragedias, las obras de terror o la complicada filosofía profunda que yo detestaba. Leía, estudiaba y aumentaba su saber constantemente. Quizás por el respeto y admiración que le tenía, con el tiempo cambié mis preferencias por las suyas. Nuestra rutina consistía en Simón estudiando, investigando, trabajando; y yo, atendiéndolo, admirándolo y venerándolo.

Ocupados en nuestros intereses intelectuales, nos sorprendimos cuando un virus que había llegado a Europa desde China y sobre el que la Organización Mundial de la Salud había advertido, nos obligó a permanecer encerrados por meses. Los gobiernos lidiaban con un hecho nuevo porque la última pandemia había ocurrido un siglo atrás. Durante ese período y a instancias de Simón, nos dedicamos a la lectura atenta de los grandes pensadores, tanto clásicos como contemporáneos. Según él, ese conocimiento nos ayudaría a vivir mejor al comprender más sobre el mundo, sus problemas y también, sobre nosotros mismos. Así fue como la pandemia, que generó una carga de dolor para tantas familias que perdieron a sus seres queridos, para mí significó una simbiosis intelectual con Simón.

Durante ese tiempo me abandoné sin reservas a la dirección de mi amor, mi maestro, mi todo. Cuando sentía que no entendía algún concepto y las lecturas me superaban, me deprimía. Entonces Simón apoyaba su mano fría en la mía y me miraba con tristeza. Luego intentaba explicarme a través de un argumento filosófico como si fuera una alumna atrasada en sus estudios. Para mí todo tenía un sentido extraño y aunque él se esforzaba en buscar palabras sencillas, la mayoría de las veces no lo entendía.

 Así pasamos las horas, días y semanas durante la pandemia. Aún enamorada, lo escuchaba, embelesada por la música de su voz. Pero un día, esa melodía tan querida la percibí como si fuese una voz terrorífica, como si su alma se hubiese pintado de negro. Impactada, pasé de disfrutar sus enseñanzas y reflexiones, a odiarlas con todas mis fuerzas. Y aquello que antes me parecía perfecto, ahora me resultaba espantoso. En ese punto comenzaron las discusiones, que podían durar semanas. Por supuesto que la única que se disgustaba era yo. Mientras tanto, las restricciones de la pandemia continuaban.

Un tema que me molestaba especialmente y por el que debatimos muchas veces fue el religioso. Criada en un orfanato asistido por monjas, había crecido con los valores cristianos por lo cual, le decía a Simón que su palabra estaba condicionada por su cualidad de ateo.

—No hay pruebas que demuestren la existencia de un dios o dioses. Si aceptas su existencia, deberías aceptar también que existen hombres-vampiro o la tetera de Russell —me decía con su sonrisa torcida para continuar—. ¿Y si te dijera que soy un dios en otro mundo, me creerías también?

 Obviamente no tenía manera ni capacidad para refutar tales argumentos lo cual aumentaba mi rencor hacia su sabiduría. Y este sentimiento se acentuaba cuando su retórica se centraba en la identidad personal. Simón estaba convencido de que la identidad no desaparecía con la muerte. ¿De qué hablaba?

Llegó un momento en que empecé a odiar su carácter, su oratoria, su palidez. Era un sentimiento que me ahogaba. Ya no soportaba el contacto de sus dedos fríos, ni el tono profundo de su voz, ni el brillo triste de sus ojos siempre melancólicos. Creo que él lo notaba, pero no decía nada, solo me miraba sonriendo y me repetía.

—No te enojes.

No sé si el aislamiento hizo que comenzara a verlo diferente y mi amor terminó desapareciendo, o nunca lo quise y solo me deslumbró su inteligencia y que se hubiera fijado en mí. Sin embargo, era lo único mío que tenía. Con el tiempo, el mundo comenzó lentamente a ser como antes de la pandemia. Pero no para nosotros. Simón enfermó y su natural palidez se transformó en un color violáceo que impresionaba. Había adelgazado mucho y venas oscuras marcaban su frente como si fueran ramificaciones de su cerebro. No quería ir al hospital, si era COVID o cualquier otro mal, era su destino y lo aceptaba. Por lo tanto, para nosotros siguió el aislamiento.

Mientras su decadencia física se acentuaba, no podía evitar un sentimiento semejante al odio. Al instante observaba su mirada triste y me sentía mal. Simón se apagaba un poco más cada día, pero parecía que su alma estuviese atrapada en algún abismo oscuro que no le permitía partir. Cuando escuchaba el descenso de muertes por la pandemia me preguntaba angustiada: ¿estoy esperando que muera? Quizá, pero Simón se aferraba a la vida. Así pasaba el tiempo hasta que mis nervios estallaban y me enfurecía con la existencia misma, con él, con el destino y lo odiaba con todas mis fuerzas. Una noche en que la fiebre lo hacía tiritar como una hoja me llamó a su lado.

—Este es un buen día para vivir o morir, pero no estarás sola —dijo en un susurro. Besé su frente con remordimiento.

—No hables, descansa —contesté llorando.

—Mi hijo te hará sufrir…

—¿Qué dices, cómo sabes esto? —pregunté contrita. Volvió su rostro sobre la almohada, un leve temblor recorrió sus miembros, y murió.

Simón pasó a engrosar la nómina de muertos en los informes de la pandemia. Quería gritar que no había muerto de COVID, pero no lo sabía. Acompañé sus restos al cementerio, sola, como había estado siempre. Pero mi soledad acabó como él me había anticipado, al descubrir que estaba embarazada. Tendría un hijo y sería feliz.

Mi bebe creció muy rápido en todos los aspectos. Si bien no era muy objetiva en mis apreciaciones, notaba que había heredado la inteligencia de su padre. Estaba segura de que el mal augurio de Simón era errado. No obstante, lo mantenía separado del mundo parara protegerlo de cualquier mal. Ni siquiera le puse nombre, lo llamaba pequeño, mi amor, mi tesoro. Lo amaba con toda el alma, como jamás había amado a nadie. Pero Simón no se había equivocado, en poco tiempo mi hijo enfermó.

 Su mirada se tornó vidriosa, su rostro empalideció y la semejanza con lo que le había ocurrido al padre me aterrorizó. Que su sonrisa torcida se pareciese a la de él no me importaba, pero que su personalidad lo fuera, me asustaba. A pesar de ser un niño se expresaba como un adulto. Usaba modos, frases y expresiones que había escuchado muchas veces en labios del que le había dado vida. Para protegerlo, me mantenía aislada del mundo como en la peor época de la pandemia. Sola no, con mi hijo.

Sabiendo que el progenitor no lo hubiera aceptado, decidí educarlo en la misma fe en que yo había crecido. Pretendía transformar esa nueva vida en una vida guiada por el amor y la obediencia a Dios. Sentía que, al bautizarlo, estaría libre de cualquier mal que pudiera afectarlo.

 Estábamos solos en la iglesia frente a la pila bautismal cuando el cura me preguntó el nombre del niño. No supe qué responder… Rápidamente pensé nombres de filósofos, pensadores de la antigüedad, premios nóveles, hombres famosos por su belleza como Apolo, pero solo murmuré en voz apenas audible: Simón. En ese instante una palidez de muerte cubrió el rostro de mi hijo y con un temblor que me paralizó el alma volteó sus ojos llorosos hacia mí y los cerró para siempre.

Quise enterrarlo junto al padre que recién ahora reconocía haber amado. Se lo confesaría al pie de su tumba. Pero no pude hacerlo, al enterrar a mi hijo descubrí que allí nunca había estado Simón, ni nadie.


Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022). No obstante, su actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo con otros escritores. Su intensa labor está reflejada en este blog.


DESDE EL PASADO

  

Luciano Doti

 

Arribé a la antigua mansión, en el barrio de Barracas, a última hora de la tarde. La noche ya se insinuaba en el cielo sombrío de ese día de otoño. La casa era una vieja edificación del siglo XIX, de la época en que esa zona de la ciudad era habitada por la clase alta; antes de la fiebre amarilla, que obligó a la oligarquía nacional a recluirse en las quintas del norte. Sabía que allí había vivido una familia inglesa, una de las tantas dedicadas a la importación y exportación de productos entre los puertos de Buenos Aires y Liverpool. Por lo general, los británicos solían vivir en el área de “catedral al norte”, pero estos ya se habían incorporado a la sociedad criolla, eligiendo por lo tanto Barracas como lugar de residencia.

Ni bien entré llamó poderosamente mi atención un retrato en sepia de una joven y lánguida dama, que no debería haber tenido más de veintidós años al momento de quedar inmortalizada en ese enmarcado rectángulo. Su cuerpo esbelto, enfundado en un elegante vestido “victoriano”, incluyendo el corset, con el distinguido e híper ajustado lazo rodeándole la cintura, siendo ésta considerablemente más reducida que las de hoy en día: cincuenta centímetros, cincuenta y cinco como mucho. La imagen de esa muchacha no me abandonó, permaneció en mi mente durante el resto de la jornada, y al acostarme en la cama de una de las habitaciones de la planta alta, donde decidí pasar la noche, su recuerdo aún rondaba en torno a mí, como si la reminiscencia de su belleza pudiera tender un puente desde el pasado, proyectándola hacia el presente, y entonces, escapándole a la muerte, su alma volvía a florearse por la antigua mansión decorada de un modo que evocaba e romanticismo, a flotar en esos aposentos, ya sin un cuerpo material que la contenga, pero conservando su contorno, su identidad visual, lo que un parapsicólogo llamaría cuerpo astral, que había quedado archivado en ese retrato, a la espera de que un caballero, al verla, la trajera de vuelta, le influyera un reanimador soplo de vida. Dicen que cuando una persona muere sigue viviendo gracias al recuerdo de quienes la conocieron, y de alguna manera yo, al haber contemplado su retrato y experimentado una leve, aunque efectiva, simpatía por ella, la había revivido. No se trataba de que estuviera viva como lo estamos nosotros, sino que lo estaba en un sentido más ontológico. La foto, al ser la imitación más cabal del original que reproduce, cumplía el mismo rol que su cuerpo había cumplido en vida: mostrarla ante los demás; ergo, al admirar yo su belleza, rompí la barrera del tiempo cronológico. A través de ese retrato su imagen aún era capaz de encantar, en el más literal sentido de esa palabra, y no era descabellado pensar que, desde cualquier espacio donde se encontrase, su alma era hábil para percibir el encantamiento que producía en otra alma, acudiendo a su encuentro, y buscando una conexión que no podía ser carnal pero, en cierto modo, era una conexión al fin.

Esa noche dormí en pequeños intervalos de no más de media hora cada uno. Estaba un poco tenso; la cama me era desconocida; también la habitación, que apenas lograba contemplar entre penumbras, cuando despertaba, con mis pupilas cansadas, con la sensación de tener arena en los ojos. A todo eso se sumaba la aterradora fascinación que la dama del retrato ejercía sobre mi mente, siendo ese el principal motivo que impedía mi deseado sueño reparador. Podría jurar que ella estaba allí, dentro de la recámara. Cada vez que despertaba, durante algunos pocos segundos, la veía frente a mí. Luego, cuando mis ojos se acomodaban con gran dificultad a la extremadamente tenue luz del ambiente, ella desaparecía. Quizás porque nunca había estado, quizás porque la mente es rápida en el arte de ocultar lo que escapa a la realidad que conocemos. Así pasé toda la noche, con la parte inconsciente de mi cerebro percibiendo su presencia, y la otra parte, la consciente, induciéndome a abandonar todo pensamiento que escape a las leyes naturales de este mundo. Hay quienes aseguran que cuando sucede un hecho paranormal, la primera idea que decodifica nuestro cerebro es la que mejor nos describe el particular, en tanto que una vez que comenzamos a analizarlo y procesarlo con toda esa lógica humana, que por cierto es muy limitada, saquen ustedes la cuenta de cuántas son las cosas que suceden en este mundo y que los hombres no podemos explicar, inmediatamente descartamos esa primera impresión, por absurda, supersticiosa e inaudita, nos avergonzamos por haber considerado siquiera durante un instante una teoría tan irracional, y terminamos aceptando la segunda, la emitida por nuestro hemisferio cerebral cientificista, siendo esta otra idea la que nos deja en paz con nosotros mismos, ya que lo contrario significaría avalar que los hombres somos pobladores de un mundo que aún no hemos dilucidado del todo, que posiblemente nos falten siglos de evolución, y que existen un montón de sucesos que superan nuestro entendimiento; en otras palabras: sería un renunciamiento al iluminismo tan arraigado en nuestra cultura.

El amanecer alivió significativamente la agitación que me turbaba. Ahora podía contemplar toda la habitación, escrutar cada objeto y rincón por más recónditos que fuesen. La dama del pasado, viajera en el tiempo, posiblemente se habría ido. No podía afirmarlo, como tampoco podía estar seguro de que hubiese estado durante la noche; era solo un pálpito, una corazonada, un reflejo intuitivo y nada más, o nada menos, depende de la importancia que cada uno le dé a esas manifestaciones subjetivas. Con todo, decidí marcharme esa tarde. Si la casa necesitaba reparaciones, las haría durante el día, luego me iría a dormir a mi casa y regresaría con la luz diurna de la jornada siguiente; no deseaba pasar otra noche allí de ninguna manera. Y así lo hice, durante un largo mes me dedique al reciclado de esa vetusta edificación en total soledad; solo la arquitecta para la cual trabajo me visitaba una vez por día para darme las directivas. Le sorprendió que prefiriera el agotador viaje de ida y vuelta entre Barracas y mi casa en los suburbios antes que dormir allí. Pero salí del paso inventando una excusa acerca de una novia y el compromiso que una relación así genera; al final de cada día debía visitarla, y claro, ella vivía convenientemente cerca de mi casa, al otro lado de la avenida General Paz. La arquitecta se lo creyó; de hecho, no existía ningún motivo para que no lo hiciera, después de todo, la mentira era más creíble que la verdad.

 

Habían transcurrido ya un par de meses más desde que finalizara las tareas que tenía asignadas en la mansión. Creía haber dejado todo atrás; casi no recordaba a la perturbadora dama. Entonces, un día como cualquier otro, llamaron a mi puerta. Era un joven, vestido con el uniforme de una empresa privada de correo y encomiendas. Traía un paquete para mí; el mismo era de forma rectangular y achatado, de grandes dimensiones. Estaba envuelto en papel madera y acordonado con un hilo blanco que formaba una cruz, como si se tratase de una enorme caja de pizza. Sobre el papel habían pegado una etiqueta con la advertencia “Frágil” y el nombre de la arquitecta como remitente. Firmé la planilla que me extendió el mensajero, le di una propina e ingresé a mi casa con el paquete.

Cuando lo abrí, mi corazón volvió a agitarse como lo había hecho durante la noche que pasé en la mansión; el retrato de la dama de estilizada figura e inquietante belleza se hallaba nuevamente frente a mí. En la nota que acompañaba el envío, la arquitecta me explicaba que me lo obsequiaba debido a que no era desconocida para ella la fascinación que producía en mí ese retrato, por lo tanto quería que lo conservara como muestra de gratitud, de ella hacia mí, por el excelente desempeño en mi labor. Al principio pensé en deshacerme de él, quemando la foto y vendiendo el marco; llegué a desmontarlo todo para tal fin. Pero me faltó valor para concluir el plan. Así que, opté por dejarlo olvidado en un sitio poco utilizado de mi casa. Y si bien durante un tiempo pretendí seguir adelante con mi vida, ignorando su existencia, algunas noches sentía la tentación de ir a buscarlo y rescatarlo del ostracismo en que lo había abandonado. Hasta que argüí que es en vano tratar de resistirnos a la concreción de nuestro destino. Por alguna razón, por más irracional que fuera, me era imposible desentenderme de ese retrato. Entonces, ya no reprimí más la tentación.

Ahora, la foto enmarcada de la dama pende sobre una pared de mi casa, y por las noches siento su etérea presencia junto a mí.


Luciano Doti (Buenos Aires, 1977). Ha publicado cuentos, microficciones y poemas en varias revistas como Qu, NM, 27, Penumbria, Insomnia, Tiempos Oscuros y miNatura, y en antologías de Pelos de Punta, De los Cuatro Vientos, Dunken, Desde la Gente, Mis Escritos y Ediciones Irreverentes. Obtuvo los premios Kapasulino a la Inspiración 2009, otorgado por un taller literario, Sexto Continente de Relato 2011, por una audición de Radio Exterior de España, Microrrelato de Miedo 2013, por un grupo de estudiantes de la Universidad de Navarra y los segundos premios de microrrelato Mis Escritos 2014 y Guka 2015, esta última es una revista auspiciada por la Biblioteca Nacional Argentina.

COMIDAS

Achim Stößer

 


La luz de la linterna parpadeaba como una vela en una corriente de aire, perforando la oscuridad que me envolvía como alquitrán. El interior de la nave parecía pintado con Vantablack, tan oscuro era, aunque dudo que hubieran rociado sus paredes con esmalte de ñas hecho de nanotubos de carbono alineados verticalmente. Por supuesto, los abides son ciegos como topos y se orientan como murciélagos con ultrasonido y como víboras de foso con el calor corporal de su presa. La nave parecía un refrigerador gigantesco; su mundo natal debía de ser mucho más frío que la Tierra. El hielo crujía bajo mis pies, los trozos se amontonaban como fragmentos de cristal.

Cuando la nave aterrizó en un bosque cerca de Quedlinburg, provocado que varias hectáreas de árboles fueran víctimas del fuego, algunos reaccionaron con pánico, otros con júbilo. Por entonces yo todavía era un niño, pero recuerdo claramente las imágenes que inundaron los medios de comunicación, desde el periódico más pequeño hasta las redes sociales, de los tanques y aviones de combate de las Fuerzas Armadas Alemanas, las que hacía poco tiempo que habían dejado de ser las únicas responsables de las misiones en el extranjero, desintegrándose en el fuego de los disparos de los abides. Los predicadores callejeros citaban las antiguas supersticiones del Libro del Génesis 3:19, "Porque eres polvo, y en polvo te convertirás".

Cuando los abides empezaron a cazar a la gente en Sajonia-Anhalt, el gobierno nacional alternativo reaccionó con rapidez, construyendo una valla alrededor de toda la zona. Desde entonces han construido un muro a unos cincuenta o cien kilómetros de la nave. Solo unos pocos, que tenían los medios financieros suficientes para pagar las tarifas de reubicación, fueron liberados, todos los demás quedaron atrapados.

Sin embargo, yo logré pasar la muralla sin problemas; ningún soldado disparó un solo tiro contra mí; no es de extrañar, se aseguraban de que nadie saliera; nadie esperaba que alguien fuera tan insensato como para entrar.

Apenas había superado la muralla, me encontré con una manada de cerdos domésticos salvajes. El ministro democristiano de Culto, Alimentación y Agricultura había conseguido el apoyo del gran socio de la coalición con la propuesta de liberar varios millones de cerdos en la zona para familiarizar a los alienígenas con la cultura alemana. No sirvió de nada, como casi todo lo que hacían los payasos en el gobierno; los abides siguieron cazando a los habitantes de Sajonia-Anhalt.

Pero la manada siguió adelante, gruñendo, sin molestarme, así que al cabo de unas horas me abrí camino a través de la oscuridad hasta la nave, en parte a pie y en parte en una desvencijada bicicleta que había encontrado. Entrar fue pan comido, obviamente los alienígenas no esperaban que nadie lo intentara siquiera; la puerta estaba invitadoramente abierta y no parecía haber ninguna alarma.

No podía ver casi nada, solo se oía el crujido del hielo bajo mis pies que cubría el suelo ondulante de la nave, y luego, de repente, un sonido de arañazos como garras sobre metal detrás de mí, un pinchazo en la nuca, y perdí el conocimiento.

Cuando recobré el conocimiento, yacía desnudo y tembloroso en una especie de bañera vacía y poco profunda. Mi cabeza zumbaba, tenía dolores insoportables en las piernas, o más bien, en mis muñones, ya que ambas piernas habían sido amputadas y la sangre fluía de las heridas escasamente cauterizadas. El frío penetraba en mis miembros restantes y un olor a aceite caliente flotaba en el aire helado. Mi linterna había desaparecido, pero la habitación estaba iluminada débilmente por unas cuantas velas en una mesa baja, en la que dos de los alienígenas, de piel azul pálido, sorprendentemente humanos en su aspecto, estaban sentados en posición de loto con camisas hasta las rodillas. Una música suave fluía en el ambiente. Sobre la mesa había cuencos y una pequeña olla calentada por una llama debajo, una botella de Chardonnay, una fuente de frutas con manzanas, uvas, duraznos, kiwis, membrillos y ciruelas, un jarrón negro decorado con un relieve de ornamentos que recordaban las líneas en diente de sierra de un monitor médico, que contenía una sola rosa de pétalos azules. La abide hembra acariciaba la cabeza de un San Bernardo que yacía a su lado. El perro mordisqueaba un gran hueso del que apenas quedaban unos pocos trozos de carne. Mi fémur, o el de otra persona. Los abides sumergían cubos de carne ensartados en pequeños pinchos en la olla, los sacaban después de un rato, los sumergían en cuencos de salsa y se los metían en la boca. Advertí que sus dientes angulosos, de aspecto casi humano, con una sobremordida al límite, se extendían hacia atrás por el paladar como los de un pacú gigante.

El Génesis debía ser reescrito. No me convertí en polvo, sino en un fondue de carne, digerido en el estómago de los alienígenas y finalmente convertido en excrementos, que como mucho, podrían ser interesantes para un exocoprologista.

—¿Por qué? —gemí con dificultad, mientras una pequeña nube se formaba frente a mi boca—. ¿Por qué nos hacen esto? —Donde deberían haber estado mis rodillas, un cabeza de cerdo separada me miraba con ojos muertos. El perro dejó de morder mi hueso y me sonrió. Su lengua era azul. Tal vez después de todo no era un San Bernardo, sino un Chow-Chow.

La respuesta silenciosa resonó como un eco en mi cabeza.

—¿Por qué no? Necesitamos proteína. Después de todo, ustedes no son abides, solo son animales. No pueden comunicarse telepáticamente, ni siquiera resolver ecuaciones diferenciales parciales como un niño de tres años. —No podía discernir de qué alienígena provenía eso. Ambos levantaron tazas de cristal y bebieron de ellas.

—Puedo resolver ecuaciones diferenciales parciales —objeté con voz temblorosa—, al menos las simples, ¿pero eso me da derecho a devorar a los que no pueden hacerlo? —Apenas podía mantener los ojos abiertos. La abide colocó un cigarrillo en su boca, lo encendió con la llama de una vela y exhaló humo en el aire—. Y aún si no pudiera —continué jadeando—, ¿por qué debería importar eso? —Mis muñones sangrantes latían como si estuvieran siendo golpeados por un martillo neumático en cámara lenta.

Sin prestar atención a mis palabras, el alienígena envió más golpes a mi cabeza.

—Sin carne, aún estaríamos entre los arbustos, nunca habríamos desarrollado un cerebro tan grande.

De hecho, el cerebro de 

los abides parecía notablemente grande, sus cabezas lampiñas y espinosas recordaban una pera al revés. El perro ladró. Cuando se creó el mundo, muchos fragmentos azules del firmamento cayeron a la Tierra durante la fijación de las estrellas en la bóveda celeste. El Creador permitió que el Chow-Chow lamiera estos fragmentos azules, lo que tiñó su lengua. Otro mito, como el del polvo, la proteína y el crecimiento cerebral a través de la carne. La pulsación en los muñones de mis piernas parecía azotarme todo el cuerpo.

—Las ballenas y los elefantes tienen…

Un trueno silencioso me interrumpió.—No los comemos.

—¿Y por qué nos comen a nosotros?

La rugiente respuesta, inaudible, fue demoledora y acompañada de un indiferente encogimiento de hombros.

—Porque nos gusta el sabor.

 

Título original: Mahlzeiten

Traducción del alemán: Sergio Gaut vel Hartman

 

Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó varios años como asistente de investigación, especializado en arte y animación por ordenador, y ocupó un puesto de profesor en la Universidad de Arte y Diseño de Karlsruhe. Desde 1988 ha publicado en antologías y revistas, incluidos varios volúmenes de la serie de antologías de Wolfgang Jeschke "Internationale Science Fiction Stories". Su colección de relatos "Virulent Realities" fue publicada por dot-Verlag en 1997. En 1998 fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. En consecuencia, el antiespecismo (y por tanto el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo, el antifascismo, etc. son los temas principales de sus relatos y ficciones. Estos son los temas principales de sus historias y viñetas. Internet: https://achim-stoesser.de.

TODOS LOS CUENTOS, UN MISMO FINAL

 Oscar De los Ríos 




La luna, con su luz mortecina, alumbra el lugar preciso donde caerá muerto el hombre...

—¿Qué es ese ruido? —dijo Jorge interrumpiendo la lectura.

—No se escucha nada. Nuestro perro robot ni siquiera a movido la cola —bromeó Julián.

—Coloqué un detector sonoro en la entrada que me avisará directamente al móvil si ocurre algo  —aclaró Álvaro.

Todas las miradas se dirigieron a mi persona, sabían de la orden estricta de no usar elementos electrónicos en el Refugio de la Literatura, como nombramos a la biblioteca clandestina donde nos juntábamos a compartir nuestros escritos y lecturas.

—Ya hablaremos de esto más tarde. Ahora, todos deben retirarse usando la salida de emergencia.

—Pero, maestro, ¿usted que hará? —preguntaron a coro.

Antes de que pudiera responder, Jasón comenzó a ladrar.

—¡Rápido, salgan!

Una vez cerrada la puerta trampa, mientras escapaban, salí de la habitación secreta y me dirigí al living de mi casa. Había tomado todas las precauciones posibles, pero sabía que si llegaban hasta mi persona, pronto descubrirían la biblioteca y sería nuestro fin. Estaba aún sumido en estas reflexiones, cuando golpearon la puerta de entrada. Al principio pensé en no abrir, pero pronto deseché la idea y, tras santiguarme, más por cábala que por fe, pregunté quién era.

—Soy yo, Gastón, maestro. Ábrame por favor.

Me dirigí a la puerta y le franqueé el paso a un muchacho alto, desgarbado, vestido con un pantalón viejo y gastado y una campera de jean.

Luego de mirar en todas direcciones, cerré la puerta.

—¿Dónde estabas?

—Usted tenía razón —dijo Gastón, y se desplomó extenuado en una silla.

Salí de la habitación sin hacer más preguntas, me dirigí a la cocina y preparé algo de comer para el muchacho. Le tenía aprecio, era joven e imprudente; como lo fui yo alguna vez en mi juventud, cuando dejamos la Tierra, ya inhabitable después de la última gran guerra. Tras años de viaje por el espacio en las diez naves que sobrevivieron a la travesía, los últimos cien mil seres humanos llegamos a Galileo, un planeta muy similar a nuestro mundo, aunque un poco más grande, situado a una docena de años luz del sistema solar.

Luego de poner la mesa, desperté a Gastón. Pensaba dejarlo dormir hasta la mañana, pero intuía que habían ocurrido cosas importantes y peligrosas que, de no atenderlas, los pondrían en riesgo a él y a todos mis alumnos.

Durante la comida nos mantuvimos en silencio; al finalizar dejé los platos en la lavadora y preparé café. Las noches en Galileo son largas. Hecho esto, sin más vueltas, fui directamente al grano.

—¿Cómo sucedió?

—Estaba en mi casa escribiendo en una computadora sin conexión a la gran red…

Mil veces le había dicho que era peligroso usar una computadora. Y recordé nuestra última charla.

“Pero maestro (me contestó Gastón), crecimos escuchando como antes de abandonar la Tierra, ustedes escribían en sus computadoras. Nosotros también queríamos probar la vieja usanza”.

En ese momento, al escucharlo, me había largado a reír. Yo les había recalcado que escribieran sobre papel, con tinta; y ellos creyeron que era algo moderno. La voz de Gastón me sacó de mi ensimismamiento.

—Hace un mes conseguí una laptop antigua, deshabilité la conexión a la red, y comencé a escribir un cuento sobre un asesinato que ocurre en un cuarto cerrado con llave por dentro. Esa trama me fascinó desde la vez que usted la contó en una reunión de nuestro grupo; en esta misma casa. “El enigma del cuarto cerrado”. Un crimen imposible de resolver. Estaba a mitad del relato, cuando la computadora se conectó a internet y apareció un cartel que decía: “Está violando la ley, ha cometido un crimen al matar a un personaje. No se mueva de su casa, pronto un funcionario del gobierno lo visitará”. Mientras me decían esto hicieron una copia de lo que estaba escribiendo.

En este punto, Gastón volvió a callar.

Me serví otro café y medité un rato sobre el problema que teníamos entre manos.

—La computadora —dije rompiendo el silencio—, ¿dónde está?

—La apagué y la arrojé en un contenedor, a un par de cuadras de aquí.

—Vamos pronto. Tenemos que encontrarla.

—¿A quién? —preguntó Gastón, sin comprender.

—La computadora —repetí, como si fuera una tabla de salvación.

Media hora más tarde estábamos de regreso.

—Por suerte la encontramos, ahora lo que vas a hacer es terminar el cuento, pero además vas a agregar este párrafo al final del mismo.

Gastón tomó el papel que le entregué, y luego de leerlo, me miró sorprendido.

—No entiendo cómo, además de arruinar mí cuento, esto podría salvarme.

—Debes confiar en mí. Cuando hayas terminado te entregarás a los funcionarios del gobierno. Vamos a terminar de una vez por todas con esta ley absurda. “El escritor que mate un personaje en la ficción, tendrá la misma muerte que tuvo el personaje”. ¿Te parece sensata?

—Acaso esto, que aún no me explicó en qué consiste, ¿es el famoso plan que nos dijo que tiene para que se vuelva a escribir ficción?

—Así es.

—Si se trata de un plan infalible, ¿por qué no lo puso en práctica antes?

—Ningún plan es infalible. Hubiera sido temerario hacerlo antes; tengo sesenta y cinco años y nuestra expectativa de vida está en los ciento veinte. Aún me queda bastante por delante.

—Yo no me voy a entregar para que pruebe su teoría.

Ahora Gastón estaba molesto conmigo.

Hic sunt Dracones —dije, con acento solemne. —Gastón me miró confundido—. Es una locución latina que ponían los cartógrafos medievales en los extremos de los mapas, para indicar que allí comenzaba lo desconocido.

—Sigo sin comprender.

—En este mismo momento te están buscando los funcionarios del gobierno para llevarte a juicio. Como yo lo veo solo hay dos salidas: huir fuera de la ciudad o esconderte en el Refugio de la Literatura. En el caso de que alijas la fuga tendrás que tener en cuenta que este planeta está casi inexplorado. Si te refugias en la biblioteca, pasarás el resto de tu vida, si es que no te encuentran antes, encerrado en esa habitación; poniéndonos en peligro a todos. Lo más probable es que alguno de nosotros te delate.

Podía leer el pensamiento del muchacho como si se tratara de un libro abierto; iba a confiar en mí de manera incondicional.

—Serás salvado por la literatura —sentencié para levantarle el ánimo—. Recuerda a Dostoievski, parado frente al pelotón de fusilamiento, viendo a sus compañeros morir. Y de repente llega un mensajero con el indulto. El cuento que estás escribiendo será el mensajero, la trama el indulto.

—Luego de salvarse de la muerte —me interrumpió Gastón—. Dostoievski fue encerrado durante años en el Sepulcro de los vivos, como él mismo llamó a su estancia en Siberia, y cuando salió fue poco menos que un paria.

—Nada es perfecto. Esperemos que eso no te suceda —le dije divertido, buscando desdramatizar la situación .

Al llegar el alba el cuento estaba terminado. Y Gastón se entregó a los funcionarios del gobierno.

 

La mañana del día del juicio iba a ser larga; en Galileo los días y las noches son de cuarenta y ocho horas. Entramos a la sala donde sería juzgado Gastón… y yo también. A pesar de lo que pensaba Gastón, no lo iba a dejar solo; estaba resuelto a compartir su suerte. Empezó el juicio y el juez me cedió la palabra. Comencé mi arenga hablando de nuestro sistema judicial.

—Desde que abandonamos la Tierra, durante el tiempo que duró nuestro viaje, planificamos qué tipo de sociedad queríamos para esta nueva oportunidad que teníamos los seres humanos. El sistema judicial fue el tema más controversial, este debía ser simple, ágil, contar con apenas un centenar de leyes y había que erradicar la burocracia. La “Ley de Justicia para el personaje”, como la bautizó irónicamente el público, vino después; ya asentados en nuestro nuevo hogar. Paradójicamente fui el impulsor, accidental e involuntario, de la peor ley que jamás se creara. Una ley que niega el espíritu, la esencia creativa del género humano, y castiga al escritor de la manera más brutal; que no es la muerte, sino prohibirle escribir, contar libremente lo que su imaginación le dicta. Esto comenzó hace veinticinco años con la publicación del primer libro escrito en este planeta, del cual, soy autor. A pesar de que después del juicio se destruyó toda noticia sobre este acontecimiento, algunos que están en la sala lo recuerdan. En el libro en cuestión, un hombre comete un asesinato con características sorprendentes, que luego un habitante de esta ciudad imitó, paso a paso como estaba escrito en el cuento. Debido a esto se llevó a cabo un juicio, luego del cual el jurado sentenció al homicida a cadena perpetua. A continuación, en mi persona, se sentenció a todos los escritores de Galileo, con la promulgación de la “Ley de Justicia para el Personaje”, a no volver a incluir la muerte de un personaje en una obra; bajo pena de muerte. Nunca más se publicó una obra de ficción en la que muriera un personaje. No mataron al escritor sino a la literatura.

—Libro del que ya no quedan copias, gracias a la sensatez de quienes dictamos está ley —me interrumpió el fiscal—, como bien dijo el defensor del acusado, y noten que no dije abogado, ya que el señor José de Espronceda, no posee título, y defiende de oficio a Gastón Hernández. —Luego de una breve pausa, el fiscal continuó hablando—: Nuestro sistema jurídico es acotado y preciso en su concepción e instrumentación. Dejando esto en claro, y ya que el defensor sacó el tema, les voy a hablar de el motivo que nos llevó a abandonar nuestro querido planeta Tierra y exiliarnos en Galileo; reduciendo mi exposición a unas pocas palabras, aunque la lista es muy larga. ¡Violencia, ambición desmedida, guerra, estupidez humana! Todas esas manifestaciones de la estupidez humana nos condujeron al abismo. Y esto no podía volver a pasar en nuestro nuevo hogar. Por eso, cuando vimos un rebrote de todo aquello que queríamos dejar atrás para siempre, lo cortamos de raíz. El resultado está a la vista, tenemos una sociedad sana y ordenada. No existe en todo Galileo un crimen, así como tampoco un solo libro en el cual muera un personaje.

Debí morderme la lengua para no decirles a todos los que escuchaban el juicio, lo que pensaba de la “paz y el orden”, que ponderaba el señor fiscal. Paz y orden conseguidos a través de la represión y la censura, que sumían al pueblo en la apatía y el descontento. Haciendo un gran esfuerzo dejé estos pensamientos de lado, debía centrarme en el plan trazado. Era mi turno de tomar la palabra y dejar caer el as bajo mi manga.

—Eso no es del todo cierto; el libro de cuentos que escribió Gastón, con un prólogo dónde destaco la forma en que el personaje muere, está en su computadora, listo para ser subido a la Gran Red, junto con mí primera novela, de la cual conservo una copia.

Sabía que esto era un bluf, que nada podía ser subido sin pasar por los censores.

El fiscal me miró atónito, no podía entender porqué ponía ésta prueba en sus manos.

—Señor juez, emita ya mismo, por favor, una orden de allanamiento para ir en busca de esa prueba crucial.

Contaba con que los tiempos se acelerarían: la ley, en Galileo, no admite la burocracia.

—No hace falta llegar a eso. —Mi intención no era que tiraran abajo mi casa y además encontraran el Refugio de la literatura, dando con los cientos de manuscritos allí escondidos y poniendo en peligro mi vida y la de mis alumnos—. La tengo aquí conmigo.

Sin ostentación saqué la computadora del maletín. El fiscal había caído en mi trampa; ahora no tenía más remedio que presentarla como prueba. Si la hubiera querido presentar yo mismo seguramente habría sido objetado. Ya tenían la copia del inicio del cuento de Gastón, dónde el personaje era asesinado; para qué arriesgarse. Pero la tentación de tenerme a mí también fue más fuerte.

El fiscal, tomando la computadora que le ofrecí, luego de encenderla, mostró al jurado los dos libros que estaban en el escritorio.

—Para ahorrar tiempo, ya que contamos con la confesión de José de Espronceda, y tratándose del mismo delito, juzguemos a los dos escritores en esta sala.

Repasé mentalmente estás últimas palabras y me entró cierta nostalgia. En la Tierra hubiera dicho “y dinero”, al mismo tiempo; pero en nuestra sociedad el dinero no se utiliza. ¡Cuánto más aburrido es todo aquí! Por otro lado cuántas cosas que nos hacían felices, aunque sea solo por un instante, habían desaparecido. Tal vez aún podíamos recuperar algunas.

Mientras tanto, el fiscal creía tenerme en su poder.

—Por favor, señor juez proceda a hacerlo como pide el fiscal —respondí, sintiéndome un letrado.

 El hecho de que mi profesión y la que estaba ejerciendo en el tribunal, en cierta forma coincidieran a través de esta última palabra, me hizo sonreír, confundiendo aún más al tribunal.

—Si nadie más va a declarar, el jurado puede retirarse a deliberar —dijo el aguacil, añadiendo—. Para poder aplicar la ley se le permite, a los miembros del jurado, en esta ocasión excepcional, leer los libros que están en la computadora; ya que los acusados compartirán la misma suerte del personaje muerto en la ficción.

A la espera de la vuelta del jurado con un veredicto, pasamos a un cuarto intermedio hasta la tarde siguiente. Cuando de retiraron los miembros del jurado, me llevaron a una celda. Y al pasar junto a Gastón este me hizo un gesto de agradecimiento por no soltarle la mano. En cambio, el fiscal me miró condescendiente; en Galileo la ley se aplica a rajatabla. El jurado es un grupo de profesionales elegido por el estado, así no se da lugar a falsas interpretaciones.

A la tarde del otro día, cuarenta y ocho horas después, nos llevaron a la sala del juicio. El jurado ya había entrado; estábamos expectantes. El juez debió imponer orden y silencio con el mazo.

—¿El jurado ha llegado a un veredicto?

El tono seguro y firme del aguacil al hacer la pregunta, contrastó con el titubeo y nerviosismo del presidente del jurado, provocando murmullos en una sala que estaba acostumbrada a las sentencias dadas con autoridad.

—Sí… su señoría.

—Adelante, lea la sentencia.

—Los miembros de este jurado no hemos podido aplicar la ley, castigando a los escritores para que corran con la misma suerte que los personajes que mueren en la ficción. Todos los personajes que mueren en el cuento y la novela que leímos, resucitan en el último capítulo.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino, nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). El cuento "El reloj", ya publicado en este blog, pertenece al libro de cuentos fantásticos de ajedrez Hic Sunt Dracones, aún inédito.

EL ENCUENTRO

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