domingo, 23 de febrero de 2025

LA TAPERA DEL RUSO

 Lucila Adela Guzmán

 

Espinosos arbustos rodeaban un extenso predio desprovisto de árboles que dejaban ver, a trechos, el suelo reseco y salitroso. En el medio, las ruinas de una casa de piedra, parecía que se avergonzaban de verse al descubierto y trataban de agacharse reduciendo su altura.

—Esa es la tapera del ruso—dijo mi acompañante.

Había sido necesario contratar a un guía para poder llegar a ese lugar abandonado.

Nos acercamos al paso de los caballos hasta el lugar. Los escombros ya casi formaban parte del terreno y los ladrillos calcinados esparcidos alrededor de las paredes que aún se mantenían en pie, daban una idea de lo que fue el incendio que devoró la casa. Hasta las grandes rocas cercanas mostraban las señales del fuego.

—Dicen que al ruso le gustaba vivir bien —explicó el hombre— Parece que cuando él vivía, esto era un vergel. Cuesta creerlo, pero han pasado como cien años ya. Nadie supo en qué momento él abandonó todo —continuó—. De un día para otro todo el verdor desapareció, incluso los árboles se volvieron leña seca y recién entonces se pudo ver que la casa había sido quemada.

—¿Vivía solo? —pregunté

—Con su esposa. En uno de sus viajes regresó con una mujer muy joven y bonita. Desaparecieron juntos.

Un poco más lejos, se advertían otras ruinas, casi como un vestigio ennegrecido a ras del suelo. Nos acercamos al lugar sin apearnos y dimos una vuelta alrededor.

En el silencio opresivo sólo se escucharon los pasos de los caballos que levantaban pequeñas nubes de polvo con sus cascos, como si cavaran con ellos los restos carbonizados. Me dio la impresión de que estaba en un cementerio.

En ese momento, llegó a mis oídos con total nitidez el ruido que hace el fuego cuando se eleva en llamas, al mismo tiempo que un intenso calor me abrasaba el rostro. Miré a mi alrededor, desconcertado y sin saber a qué atribuir ese fenómeno, pues no había nada que pudiera causarlo. El alarido, me heló la sangre.

—¿Qué fue eso? —exclamé.

La actitud impasible del otro me hizo pensar que uno de los dos estaba loco. Aterrorizado, casi sin poder hablar, yo estaba seguro de que el calor y los gritos no eran imaginarios y él actuaba como si eso fuera normal. Algo que no es necesario explicar.

 —¿Qué te pasa? —me dijo.

 No supe qué responder; estaba temblando de tal forma que no podía ni hablar ni pensar, todo parecía tener un aura siniestra y amenazante.

Con un esfuerzo sobrehumano, atiné a golpear los ijares de mi caballo con los talones, haciendo que este diera tal brinco que casi me despide de la montura y luego saliera al galope por el campo.

El guía me alcanzó cabalgando muy tranquilo, tal vez aburrido de tratar con turistas miedosos. Se cuidó de decir ni una palabra y continuamos a trote largo hasta llegar al poblado.

Le pagué por sus servicios y en cuanto se marchó me encerré bajo llave y fui a tenderme sobre la cama, completamente vestido. Casi de inmediato me quedé dormido.

Me despertó el ruido de la puerta al cerrarse. Busqué a tientas el cuerpo de mi esposa del otro lado de la cama y encontré el hueco que había dejado allí, ya completamente frío; no necesitaba buscar explicaciones, ella no estaba.

Hacía mucho rato que no estaba, no sólo en mi cama sino también en mi vida.

Era una mujer muy estúpida y creyó que bebería ese potaje con somnífero que me sirvió. Yo dejé que lo creyera y fingí dormir, aguantando la furia animal que me poseía, sabiendo que iba a encontrarse con el otro, dándoles tiempo para que se dedicaran a lo suyo. Imaginando las carnes blancas de ella, apretadas por las manos oscuras y callosas del peón, sus bocas unidas, sus cuerpos en la agitación de la cópula….

Seguros de que yo dormía. Viejo inútil, que no sirve para nada, dirían entre risas.

Saqué el lazo que escondí bajo la cama y fui hasta la caseta. Hacía mucho frío, la puerta estaba cerrada y sólo tuve que amarrarla desde afuera. Tratando de no hacer ruido, rocié las paredes con el líquido incendiario antes de tirar la lata por el hueco de la chimenea.

Con el tizón ardiente que le siguió, el fuego brotó de inmediato, abrazando la construcción. Por encima del fragor de las llamas pude escuchar los gritos de los amantes encerrados adentro y me quedé allí hasta que dejé de escucharlos. Fue cuando el techo se derrumbó convertido en brasas, dentro del agujero del sótano.

Al amanecer, una niebla espesa cubría el entorno, opacando el paisaje y me dispuse a terminar mi tarea. Regué el campo con el producto químico adecuado para secar los vegetales definitivamente. Quemar la casa fue mucho más sencillo.

Un espectáculo fascinante que disfruté sentado a prudente distancia. Una noche larga, muy larga y al amanecer sólo quedaban en pie los muros exteriores. Me sentí mortalmente cansado y casi sin darme cuenta me quedé dormido.

La sensación de una presencia extraña me despertó en un momento determinado. Sentía mucho frío y estaba temblando de manera descontrolada. En mi rostro sin embargo, sentía un doloroso ardor que me obligó a dejar la cama para ir hasta el baño a refrescarme con el agua del grifo.

El espejo me devolvió una imagen extraña; no parecía ya el muchacho aventurero que vino al pueblo a explorar zonas desconocidas, algo había cambiado en la mirada de mis ojos azules, había canas en mis cabellos rubios y algunas manchas rojizas en la piel parecían las huellas de antiguas quemaduras. Estuve allí, por un largo rato contemplando muy de cerca a ese hombre, mientras un hilo de sensaciones se escurría entre los vericuetos de mi memoria.

—Tenía que volver —dije en voz alta—, para poder marcharme de una vez por todas. Espero que sea así, esta vez —murmuré.

El aire tibio del mediodía penetraba libremente por la ventana abierta cuando el encargado de las cabañas abrió bruscamente la puerta de entrada. Molesto por la falta de respuesta del huésped ante su llamado y sobre todo preocupado por el olor a humo que impregnaba el ambiente.

 La habitación desocupada y completamente arreglada le confirmó la sospecha.

—¡El hijo de puta se fue sin pagar…!

Al parecer no había ocupado la cama y su equipaje no aparecía por ningún lado pero sobre la mesa de luz, había varios billetes. El importe de una semana de alquiler a pesar de que estuvo apenas unas horas en el lugar.

Y recordando la insistencia con que manifestó su interés en llegar a la tapera del ruso atribuyó su abandono del lugar a la decepción de lo que había visto.

Muchacho loco, dijo para sí. ¿Que esperaría encontrar en esas ruinas?…


Lucila Adela Guzmán nació en la ciudad de Buenos Aires el 30 de Diciembre de 1960. Se formó como intérprete y coreógrafa en el Taller de Margarita Bali. Desde el año 2000 vive en Del Viso, pequeña ciudad en la provincia de Buenos aires, junto a su marido y sus cuatro hijos. A partir del año 2011, alentada por su familia y amigos decide mostrar algunos de sus trabajos. Finalista del concurso Premio Elevé de literatura infantil 2011, se le otorga una mención especial por su obra "Doctora de letras", que ha sido publicado en la colección Osa menor de elevé ediciones siendo presentada recientemente en la Feria internacional del libro. En noviembre de 2011 obtiene Mención especial del jurado en el segundo concurso Nacional de Poesía Corral de Bustos Ifflinger-Córdoba. En marzo de 2012 el jurado del IV Certamen internacional de poesía fantástica miNatura destaca como finalista a su poema "Goteras" siendo publicado en dicha revista. En abril de este año, a través del II concurso mundial de eco poesía la unión mundial de poetas por la vida selecciona a su poema “Resignación” para integrar una antología. En agosto del 2012 es finalista del concurso de poesía hispanoamericana “Gabriela” siendo seleccionada para integrar dicha antología.

 

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