Gabriela Vilardo
De modo que no sé
sí me creerá, pero yo a esa mujer, que Aberastury encandiló, la vi en
Francia…No abra tanto los ojos, don Fermín, que el mundo es un pañuelo…Y, es
más, la vigilé. Quédese tranquilo que no me ha hecho mal el licor, y no dejaré
de tomar. De Buenos Aires a Francia, de Francia a Buenos Aires, y de ahí a este
pueblo ¡¿Creerá que no le voy a venir con el cuento?! Se equivoca. ¡A esta edad
andar ocultando! Sigo. Cuando una anda por el mundo y ve a una conocida, quiere
emparentarse enseguida para no sentirse tan sola. Pero fue imposible, mire… ¡Y
no! Si ella no me conocía… ¡Qué íbamos a emparentarnos! Sin embargo, me tomé el
trabajo de seguirla. Y fue ahí que me lo crucé a Aberastury.
No se sorprenda, usted. ¿Vio, que el hombre de
ley desapareció por un tiempo largo? Pues, allá estaba… por Montmartre. Nuestro
abogado de pueblo la había buscado por las calles de Montmartre, consciente de
que la encontraría. Lo que puede una mujer… ésa… Estaba como empujado al abismo
el hombre. Y usted, don Fermín, sígame con atención que esto no terminó ahí. Le
brillan los ojos, pero es un brillo de furia ¿no estará enojándose conmigo por
cuestiones ajenas? Ya está grande, hombre. Escuche: yo caminaba Montmartre de
punta a punta como si fuera este pueblo, hasta que vi, una tarde que esa mujer
se metía en una casa que parecía abandonada. El cartel que colgaba en la puerta
de ese lugar rezaba: madame Clémentine. Era un prostíbulo. Me instalé en una
esquina hasta que lo vi llegar. Así tal como lo está adivinando: el señor
Aberastury, dueño de la ley, roído y hecho un desparpajo por una mujer… esa. Una
noche dormí a la intemperie y amanecí frente al caserón que él elegía para volver
a amarla… ¿Qué es ese hipo que le vino, así de golpe, don Fermín? ¡Ni que fuera
novedad lo que le estoy contando! Tome siete sorbitos de agua, sin respirar
¡Cómo que no puede! Vaya al baño y pruebe. Con la mano derecha tiene que
apretarse la nariz, tome los siete sorbitos seguidos sin respirar…y mírese al
espejo. El hipo desaparecerá. Después vuelva que la seguimos.
Y pienso si no se me habrá ido la mano con
el cuento de la mujer en Francia y Aberastury, desquiciado por ella. Fermín
bien sabe que me estoy refiriendo a la suya, a la que tallaba en la madera.
Pero a estos tercos si no se los asusta un poco no escarmientan. Ahí vuelve de
baño y me pregunta para qué perdía el tiempo en mi viaje de placer con esos
dos. Y no me cree que era para confirmar el hecho y venir a contárselo, para
que no la siguiera esperando en este rancho. De ninguna manera podía decirle
que una noche, pasada de alcohol, había sentido morirme y quería que mi deceso
ocurriera en esa vereda, frente a ese caserón, con la intención de que mi alma
quedara en este mundo, en el cuerpo de esa mujer que recibía a ese hombre, ahí
justo en lo de Madame Cleméntine. Tampoco imaginaría este viejo que ya no creo
más en la reencarnación y ni en anticipaciones.
Gabriela Vilardo es profesora en psicopedagogía, artista plástica y escritora. Nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, en 1964. Ejerció la docencia desde el año 1989 hasta el 2016. Dictó talleres de creatividad y de apoyo a docentes. Obtuvo reconocimientos nacionales e internacionales por sus cuentos y microrrelatos, algunos de los cuales formaron parte de antologías. Publicó tres novelas juveniles: El misterio de Don Anselmo (2005) Rosendo, un esclavo en la Revolución de Mayo (2010) y Del revés (2018) En el año 2015 publicó Ausente de mí, novela que escribió con Alejandra Guallart Becerra. En el año 2018 presentó la novela De entrecasa y en 2023 SISA (novela histórica).
Buen trabajo Gabriela!
ResponderEliminar¡Atrapante!
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