viernes, 14 de marzo de 2025

LA CAÍDA

Laura Irene Ludueña

 

No me había acercado a la escalera desde ese día. Ese día en que mi vida cambió para siempre. La imagen de lo sucedido se repite confusa en mi mente, como una pesadilla que no termina. La caída fue rápida, violenta, un instante de absoluto control que se desvaneció en milésimas de segundo, porque no lo esperaba. Según mi plan las cosas deberían haber sucedido de manera diferente. Pero el destino es caprichoso y toma sus propias decisiones arrasando todo sin previo aviso. Lo que me parecía justo y seguro, lo que había previsto en tantas noches de insomnio como la única salida, se convirtió en esto.

Los médicos dijeron que la caída había dañado mi columna vertebral de tal forma que las probabilidades de recuperar la movilidad eran mínimas. Acepté esa sentencia en silencio, en lo más profundo de mi ser sabía que era mi castigo. Durante los primeros días, el miedo me paralizó más que la incapacidad para moverme. No podía mirar las escaleras sin que una oleada de pánico me invadiera. ¿Cómo podía seguir adelante sola e inválida?

Poco a poco, me fui acostumbrando a la silla de ruedas, al silencio perpetuo de la casa, al vacío de los lugares que alguna vez recorrí feliz con él a mi lado. Pero lo peor, lo que me atormentaba cada día, era saber que había fracasado una vez más. Y no era solo el miedo irracional a las escaleras. Mi mente se rebelaba cada vez que intentaba recordar lo sucedido, como si algo en mi interior quisiera impedir que desentrañara la verdad. Estaba atrapada en un torbellino de recuerdos oscuros y fragmentados, cada uno más doloroso que el anterior. Necesitaba enfrentar los hechos, necesitaba cerrar ese capítulo de mi vida. Respiré profundo, resignada. Sabía que no podía controlar lo que vendría, pero algo dentro de mí me empujaba a dar el siguiente paso, aunque no supiera hacia dónde me llevaría. Lo primero que debía hacer era dejar mis miedos y rememorar lo que había pasado. Para ello me acerqué a la escalera, y por un momento, intenté revivir esa noche. No recordaba el dolor físico en su totalidad, solo el estremecimiento en todo mi cuerpo, como si el tiempo mismo se hubiera detenido en ese instante fatal. Cerré los ojos. La escena se hizo nítida, casi palpable: las escaleras, las sombras alargadas sobre la pared, él mirándome con los ojos llenos de incomprensión, y el golpe sordo de nuestros cuerpos al estrellarse contra el suelo. Escuché su voz angustiada, pero distante, como un eco lejano que me preguntaba por qué. Cuando volví a la conciencia, los dos estábamos tendidos en el piso. Su cabeza había golpeado contra el escalón, y un hilo de sangre manchaba sus labios. Lo miré, buscando alguna señal de vida, asegurándome de que al fin se había ido, pero cuando intenté arrastrarme hacia él, no pude, mis piernas no me respondían. Nunca imaginé que él me abrazaría en el último momento y que con ese abrazo, me llevaría en la caída para volver a condenar mi vida.


Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022). No obstante, su actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo con otros escritores. Su intensa labor está reflejada en este blog.

 

 

DE CHISMES Y CREENCIAS

Gabriela Vilardo

 

De modo que no sé sí me creerá, pero yo a esa mujer, que Aberastury encandiló, la vi en Francia…No abra tanto los ojos, don Fermín, que el mundo es un pañuelo…Y, es más, la vigilé. Quédese tranquilo que no me ha hecho mal el licor, y no dejaré de tomar. De Buenos Aires a Francia, de Francia a Buenos Aires, y de ahí a este pueblo ¡¿Creerá que no le voy a venir con el cuento?! Se equivoca. ¡A esta edad andar ocultando! Sigo. Cuando una anda por el mundo y ve a una conocida, quiere emparentarse enseguida para no sentirse tan sola. Pero fue imposible, mire… ¡Y no! Si ella no me conocía… ¡Qué íbamos a emparentarnos! Sin embargo, me tomé el trabajo de seguirla. Y fue ahí que me lo crucé a Aberastury.

 No se sorprenda, usted. ¿Vio, que el hombre de ley desapareció por un tiempo largo? Pues, allá estaba… por Montmartre. Nuestro abogado de pueblo la había buscado por las calles de Montmartre, consciente de que la encontraría. Lo que puede una mujer… ésa… Estaba como empujado al abismo el hombre. Y usted, don Fermín, sígame con atención que esto no terminó ahí. Le brillan los ojos, pero es un brillo de furia ¿no estará enojándose conmigo por cuestiones ajenas? Ya está grande, hombre. Escuche: yo caminaba Montmartre de punta a punta como si fuera este pueblo, hasta que vi, una tarde que esa mujer se metía en una casa que parecía abandonada. El cartel que colgaba en la puerta de ese lugar rezaba: madame Clémentine. Era un prostíbulo. Me instalé en una esquina hasta que lo vi llegar. Así tal como lo está adivinando: el señor Aberastury, dueño de la ley, roído y hecho un desparpajo por una mujer… esa. Una noche dormí a la intemperie y amanecí frente al caserón que él elegía para volver a amarla… ¿Qué es ese hipo que le vino, así de golpe, don Fermín? ¡Ni que fuera novedad lo que le estoy contando! Tome siete sorbitos de agua, sin respirar ¡Cómo que no puede! Vaya al baño y pruebe. Con la mano derecha tiene que apretarse la nariz, tome los siete sorbitos seguidos sin respirar…y mírese al espejo. El hipo desaparecerá. Después vuelva que la seguimos.

Y pienso si no se me habrá ido la mano con el cuento de la mujer en Francia y Aberastury, desquiciado por ella. Fermín bien sabe que me estoy refiriendo a la suya, a la que tallaba en la madera. Pero a estos tercos si no se los asusta un poco no escarmientan. Ahí vuelve de baño y me pregunta para qué perdía el tiempo en mi viaje de placer con esos dos. Y no me cree que era para confirmar el hecho y venir a contárselo, para que no la siguiera esperando en este rancho. De ninguna manera podía decirle que una noche, pasada de alcohol, había sentido morirme y quería que mi deceso ocurriera en esa vereda, frente a ese caserón, con la intención de que mi alma quedara en este mundo, en el cuerpo de esa mujer que recibía a ese hombre, ahí justo en lo de Madame Cleméntine. Tampoco imaginaría este viejo que ya no creo más en la reencarnación y ni en anticipaciones.


Gabriela Vilardo es profesora en psicopedagogía, artista plástica y escritora. Nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, en 1964. Ejerció la docencia desde el año 1989 hasta el 2016. Dictó talleres de creatividad y de apoyo a docentes. Obtuvo reconocimientos nacionales e internacionales por sus cuentos y microrrelatos, algunos de los cuales formaron parte de antologías. Publicó tres novelas juveniles: El misterio de Don Anselmo (2005) Rosendo, un esclavo en la Revolución de Mayo (2010) y Del revés (2018) En el año 2015 publicó Ausente de mí, novela que escribió con Alejandra Guallart Becerra. En el año 2018 presentó la novela De entrecasa y en 2023 SISA (novela histórica).

EL PREMIO

Javier López 

 

UNO – Situación crítica

 

Su negocio nunca había sido un negocio boyante. Pero era suyo. Era quizá lo único suyo que de verdad había tenido hasta ahora en la vida.

Carlos repasaba los libros de cuentas en su escritorio. Anotaciones en un cuaderno que usaba a diario, y al lado el ordenador, con varias ventanas abiertas con hojas de cálculo y un programa de contabilidad. Todo estaba perdido. La crisis había agravado su situación y sólo podría ocurrir un milagro para que su negocio se salvara.

En pocos días tendría que hacer una serie de pagos bancarios para los que no disponía de fondos. Él ya sabía cómo estaban actuando los bancos: sin piedad. Ante cualquier impago lanzaban una orden de embargo al juzgado. Y Carlos tenía muy claro que los bancos eran poderosos, tanto como para que los jueces se vendaran los ojos, no de la manera que muestra la alegoría que representa la imparcialidad, sino para no ver la situación en la que dejaban a muchas familias ejecutando esas sentencias.

Su humor había cambiado en los últimos meses. De ser un buen conversador y animador de tertulias de bar, ahora se había refugiado en su desesperación y llevaba meses sin salir con sus amigos. Alguno iba a visitarle, preocupado por su encierro y aspecto cada vez más desmejorado. Pero resultaba difícil conversar con él.

 

DOS – Patricia

 

Salía de trabajar a las 13:30. Luego tenía que volver a las 3 de la tarde. Era el tiempo justo para ir a casa, poner al microondas algo del gusto de Carlos —ella se conformaba con una ensalada, una loncha de pavo y fruta—, mientras él ponía la mesa y cortaba un poco de pan. Sólo disponían de una hora para estar juntos, pero desde siempre había sido el mejor momento del día.

En la cocina también se cocinaban besos, achuchones y carantoñas mientras se calentaba la comida. Ella tenía una preciosa sonrisa a la que Carlos no se podía resistir, y él tenía una mirada algo lánguida pero auténtica y que reflejaba el amor que sentía por ella. Eso bastaba a Patricia, aunque en el carácter de él hubiera alguna laguna y ausencias un poco inexplicables. Pero Carlos era especial, no era un hombre corriente ni en el trato, ni en sus ideas, ni siquiera en sus conocimientos. Había leído todos los libros de la casa, enciclopedias completas, y siempre tenía una historia que contar, ya fuera real o ficticia. Mientras cortaba el pan podía narrar mil anécdotas sobre el cultivo del trigo, los hornos de leña o los eléctricos; o las mil variedades de pan que se consumían en el mundo. Sabía de todo, y eso a ella le gustaba. Muchas veces Patricia no sabía cuándo Carlos contaba algo que había leído o cuándo fantaseaba. Como el día que le habló sobre un famoso horno de leña que hubo en Cartago en el siglo III, al que acudían navegantes de todas partes del mundo sólo para probar su exquisito pan mojado con aceite de oliva.

Y era un buen amante, en el sentido de ser un hombre cariñoso y respetuoso siempre con ella, de ser ocurrente y hacerla reír. Tanto que muchas veces había sustituido un orgasmo por una carcajada, por alguna frase que hubiera dicho él en ese oportuno momento… Lo quería, con todo su corazón. Pero él estaba cambiando desde hacía un tiempo, obsesionado con la crisis. Y ella le tenía paciencia, pero había momentos en los que necesitaba escapar.

Como tantas veces Lina y Andrea le habían ofrecido acompañarlas al snack que había frente a su oficina. Ellas no gastaban el tiempo en volver a casa a almorzar, solían pedir un plato combinado y tomaban café y charlaban hasta la hora de entrar de nuevo a su trabajo como telefonistas en un servicio de atención al cliente. Pero Patricia siempre renunciaba. Carlos la esperaba y ella era fiel a la cita.

Y sin embargo ese día aceptó la invitación. Era la primera vez en años que no almorzarían juntos. Era incapaz de llamarlo y decírselo. Así que decidió enviarle un mensaje al móvil: “como fuera, en el congelador hay empanadas y algo de pollo. Lf+”. Lo último era su manera de decirle “te quiero”, en un código que ellos sabían interpretar.

 

TRES – El sorteo

 

Patricia regresó pasadas las 7, como cada tarde. Siempre su regreso era un momento de celebración, desde que ella metía la llave en el bombín de la puerta y él salía a su encuentro en cuanto la escuchaba. Besos, abrazos, caricias, mientras comentaban cómo había estado el día de cada uno de ellos.

Pero ese día Carlos no estaba esperándola en la puerta. Entró en la casa, que estaba en silencio, pensando que no había nadie. Pero sí, él estaba en la habitación que utilizaban como despacho y que siempre habían previsto como futura habitación infantil, para esa hija que deseaban tener más adelante, cuando hubieran disfrutado de su vida en pareja lo suficiente para adquirir ese compromiso.

Apenas movió la cabeza cuando Patricia abrió la puerta.

—Hola, ¿cómo ha estado tu día? —preguntó Carlos sin ninguna emoción.

—Bien, como siempre, nada nuevo.

En su tono había algo de frustración. Era doloroso ver cómo el hombre al que amaba estaba cambiando y perdiendo su carácter espontáneo y dulce. Pero no le culpaba. Había vivido momentos muy duros en los últimos meses en su negocio. Pérdida de pedidos ya casi comprometidos, presupuestos que los clientes nunca volvían para recoger, impagos que estaban minando su economía. Él tenía una tienda pequeña, en la que se dedicaba a hacer proyectos de decoración de cocinas. No tenía una gran exposición, pero era un genio montando proyectos virtuales en el ordenador, que en otras épocas habían hecho las delicias de los clientes, a los que regalaba un disco con la animación del proyecto en 3D para que pudieran disfrutarlo cómodamente en el televisor de casa.

Pero eso había dejado de funcionar. Con la crisis inmobiliaria, no había viviendas nuevas para las que vender cocinas. En todo caso, alguna renovación que se hiciera en un apartamento usado, y eso iba siendo cada vez menos frecuente. Además, los Grandes Almacenes se estaban quedando con el poco negocio que había. Vendían muebles baratos con bonitos revestimientos que cubrían su pésima calidad. Pero allí estaban, en exposición, a la vista de todos, vendidos en cómodos plazos por comerciales sagaces.

Patricia lo invitó a darse una ducha juntos, pero él parecía absorbido en la pantalla del ordenador, intentando cuadrar las cuentas del mes que venía por delante. Era finales de mayo, comenzaba a hacer calor, y eso le agobiaba aún más.

Ella desapareció tras la puerta sin que Carlos apenas se inmutara. La radio sonaba, aunque él tampoco prestaba atención. Era una rutina, la radio se había convertido en acompañamiento de fondo todas las horas que pasaba entre libros y papeles.

—… el treinta y uno y el cuarenta —se oyó decir a una locutora que anunciaba los números de algún sorteo.

—Treinta y uno, cuarenta… —repitió mentalmente Carlos, sabiendo que esos dos números estaban, con total seguridad, en el boleto de loto comprado unas horas antes en la administración de loterías de su barrio—. Bah, sólo son dos números, seguro que no acerté más.

Siguió trabajando en lo que estaba, encendió el enésimo cigarrillo sin saber por qué. La habitación apestaba ya lo suficiente a tabaco como para poder tragar humo sin fumar. Pero lo hizo. Abrió la ventana, hacía calor y resultaba difícil respirar. El aire y el ruido de la calle le llegaron como un despertar, pues muchas veces cuando estaba en esa habitación se olvidaba de que afuera estaba el mundo, los demás, el tráfico… la vida. Se asomó y respiró profundamente. Pero le dio vértigo al mirar hacia abajo. Vivían en un noveno piso.

Patricia volvió a aparecer en el vano de la puerta.

—Voy a cenar algo y me acuesto. ¿Por qué no dejas ya eso por hoy y cenamos juntos y…? —no tuvo opción de terminar porque Carlos interrumpió sus palabras.

—No puedo —dijo de manera tan tajante que a ella la recorrió una ola de calor que empezó en los pies y llegó hasta la cabeza.

—Buenas noches, entonces —el tono de Patricia sonó a corazón roto.

—Cariño, en un rato iré —contestó Carlos tratando de suavizar el ambiente.

—Como quieras —dijo Patricia, y estas dos palabras sonaron a un conformismo que ella misma jamás pensó que utilizaría con él. Pero acababa de hacerlo, como dándolo todo por perdido.

 

CUATRO — La noche

 

Miró el reloj de sobremesa sin saber por qué, ya que tenía la hora en el ordenador. Las once treinta. Hora de acostarse si no quería tener mañana un mal día y, sobre todo, si no quería dejar a Patricia con esa tristeza que había percibido en sus palabras. Charlar antes de dormir era algo que nunca les faltaba, por más cansancio que tuvieran. Recordar anécdotas pasadas, analizar el presente, idear el futuro. Y siempre acababan haciendo el amor. Nacía de la conversación, se integraba en un todo del que ellos formaban parte. Sólo en los momentos de sofoco callaban para entregarse al placer. Pero de igual modo después continuaban la charla, hasta quedar dormidos.

Así había sido siempre, pero hasta eso estaba cambiando en los últimos meses. Cuando Carlos abandonaba el estudio, la encontraba en muchas ocasiones durmiendo, vuelta hacia el lado contrario al que él ocupaba, como señal inequívoca de que algo no estaba funcionando.

De repente tuvo una intuición que se convirtió en necesidad. ¿Y si no eran sólo dos números los aciertos de la loto? No es que pensara en tener un pleno pero, quién sabe, cinco aciertos, hasta cuatro, podrían reportarle unos cientos o miles de euros que en ese momento vendrían como llovidos del cielo. Y con dos números ya estaba a mitad de camino.

Abrió una página de internet en la que había cuadrantes con los sorteos del día. Le costó localizar el que se correspondía con su boleto, pues entre tantos sorteos, tendría que ser especialista en juegos de azar para tenerlo claro. Pero consiguió dar con él, y la visión del cuadrante se le hizo borrosa y sintió un enorme mareo al ver, cifra por cifra, cada uno de los números de la combinación ganadora.

—¡Joder, joder! —exclamó en un tono no lo suficientemente alto para despertar a Patricia, que dormía al otro lado del pasillo, pero sí para que el vecino de arriba golpeara en la pared a modo de advertencia. Los tabiques de esa casa eran de papel.

Muchas veces había pensado en cómo reaccionaría una persona a la que tocara un gran premio en un sorteo. Y también en cómo reaccionaría él mismo. Gritar, dar saltos, hacer que todo el mundo se enterara, llamar a los amigos, a los familiares, salir a la calle y buscar el primer bar abierto para acabar con las existencias y, sobre todo, sentir una euforia y una alegría desbordante. Poner fin a una vida de lucha y abrir paso a algo nuevo; un mundo en el que los únicos problemas pasaban a ser qué modelo de coche elegir y qué vivienda comprar. Lo demás quedaba atrás, las preocupaciones, las facturas, el odiado banco que ahora se convertiría en el aliado que busca tu seguridad y bienestar… Pero todos esos pensamientos que siempre tuvo quedaron en nada. Carlos quedó sin reacción, y de repente sintió un miedo enorme a encontrarse con aquella inmensa fortuna porque, aunque desconocía la cantidad exacta, en ese momento ya sabía que su boleto era el único premiado. Y eso significaba varios millones de euros.

No supo qué hacer. Era ya tarde como para tomar decisiones ese día, tendría que dejar que amaneciera y plantearse las cosas a partir del día siguiente. Hoy sólo debería dormir y esperar…

 

CINCO — Haciendo planes

 

Se acostó haciendo un poco de ruido, un par de toses al entrar en el dormitorio y un pequeño golpe sobre la mesilla de noche, como si fuera accidental y debido a la oscuridad. Quería comprobar si el sueño de Patricia era ligero y ella tenía aún ganas de conversar.

Así fue, ella enseguida reaccionó y le preguntó, con voz baja y de estar medio dormida:

—¿Qué tal te ha ido? —la pregunta era retórica, como si ella no supiera que cada vez que él se enfrascaba en sus cuentas, era más conocedor de que las cosas se agravaban.

—Bueno, quizá la situación no sea tan crítica como había pensado.

—¿Y cómo es eso? ¿Has hecho algún negocio del que yo no esté enterada?

—No, claro que no. Pero intentaré aplazar algunos pagos y veremos qué se puede hacer.

Ella no dijo nada, pero la respuesta le sonó extraña. Aplazando pagos lo único que Carlos conseguiría sería demorar la caída, pero las perspectivas de negocio iban a la baja cada mes, y las consecuencias de ese aplazamiento sólo empeorarían la situación.

—Deberías plantearte traspasar el negocio, buscar algún trabajo de diseñador en unos Grandes Almacenes o en cualquier tienda de muebles.

—¿Ahora, en este momento? Sabes que no contratan a nadie, al contrario, están despidiendo a amigos míos cada día. Y sabes que soy autodidacta, pero no obtuve ni siquiera el título de delineante. Nadie me contratará.

—Sabes que vales mucho, y tu experiencia sería lo más valioso de tu curriculum.

—Dejemos eso ya, soñemos un poco. Dime, ¿qué haríamos si nos tocara un buen premio en la lotería? —el giro de Carlos lo sintió Patricia como un cambio de tercio para no afrontar la situación.

—Sabes que lo hemos hablado muchas veces. Me encantaría tener una vivienda unifamiliar con una enorme piscina y un buen garaje para dos o tres coches. Ese deportivo rojo…

—Siempre he dicho que los descapotables nada más traen problemas. Después los aparcas en cualquier lugar y un desaprensivo echa una colilla dentro y quema la tapicería —mientras Carlos hablaba, la ciñó con su cuerpo y sus brazos completamente por la espalda. Aunque era poca la luz, ahora se había acostumbrado, y podía ver el brillo de la luna sobre la mejilla derecha de Patricia, que se convertía en un destello al alcanzar la altura de sus ojos. Era hermosa, y no pudo evitar apartarse un poco hacia atrás para ver su cuerpo: la corta melena cobriza, la espalda recta y las nalgas redondeadas y ligeramente prominentes.

—¿Y qué más da? Si echan una colilla dentro, cambiamos la tapicería o compramos otro coche —dijo ella con voz más despierta y una risa.

—Y un chalé… ¿de veras sería la forma de vida que te gustaría? Sabes que como están las cosas las viviendas aisladas se han convertido en un lugar peligroso para vivir, te encuentras con tres enmascarados dentro de la casa mientras estás durmiendo y al día siguiente aparece tu cuerpo acribillado a balazos.

—No seas bobo —dijo Patricia en un tono cariñoso—. Eso sólo pasa en las películas.

—¿Películas? —ahora el tono de Carlos se volvió un poco agrio—, los telediarios no cuentan películas, los periódicos tampoco. Eso que te digo ocurre, está ocurriendo cada día en nuestro país.

—Bueno basta ya, no te enojes. Dejémoslo así. Al fin y al cabo estamos hablando de algo que nada tiene que ver con nuestras vidas.

—Cierto, amor —dijo riendo para dejar claro que todo era una broma. Entonces la besó en la espalda y le deseó buenas noches.

 

SEIS – La mañana

 

A las ocho treinta y cinco desayunaron un café y tostadas hechas con pan de la noche anterior. Con el calor se había resecado, así que apenas probaron un bocado y salieron a tomar el ascensor. Una vez en la calle, Carlos y Patricia tomaban caminos opuestos, pues el edificio de oficinas de ella estaba al norte de la ciudad, y la tienda de Carlos a escasos cien metros de su casa, pero hacia el sur.

—¿Vas a casa a comer? —preguntó Patricia, sabiendo que la respuesta era afirmativa porque a él no le gustaba comer en la calle—. Yo almuerzo con Lina y Andrea, en el snack de…

—Sí, lo sé. En ese antro donde te dan comida congelada y frita en abundante grasa.

—Sabes que no, que yo sólo tomo ensaladas y verduras. Y que ir a casa apenas me deja tiempo para llegar en hora por la tarde.

—Está bien, meteré algo en el microondas. No te preocupes.

Se dieron un beso casi de amigos, así solían hacer por las mañanas cuando se despedían en la calle, y cada cuál tomó su camino hacia el trabajo.

Durante la mañana no entró nadie en el negocio de Carlos, así que estuvo frente al ordenador terminando algunos diseños y revisando algunos presupuestos que le habían entrado por fax. Entonces se encontró con una sorpresa. Una promotora de viviendas que un año atrás había paralizado un pedido de equipamiento para cien cocinas en una urbanización a pie de playa, ahora había retomado el proyecto después de haber obtenido las licencias municipales para construir, y el pedido se hacía firme.

—Joder, joder… —murmuró entre dientes sin salir aún de su asombro.

Pasó la mañana pensando en la charla con Patricia, en las ilusiones de ella. Imaginaba una enorme casa con una enorme piscina y tres llamativos vehículos. Igualmente imaginaba montones de malhechores enmascarados asaltando su vivienda, aún repleta de medidas de seguridad que le asfixiaban. También en las fiestas de derroche y desenfreno con sus nuevos amigos ricos, a los que aún no conocía porque él nunca había tenido amigos ricos. Fiestas con champaña y montones de idiotas borrachos entrando continuamente al baño a esnifar cocaína. Odiaba que la gente se emborrachara y odiaba la cocaína. Odiaba la vida de los ricos, y por su mente pasaron mil imágenes de una vida que no quería para él.

Pensó en la posibilidad de cobrar el premio y donar una parte a entidades benéficas. Pero… ¿dónde estaría el límite? ¿Cuánto permitiría Patricia que donara?

Durante la mañana había estado escuchando la radio. Hablaban de un único boleto premiado sellado en Ribera, su ciudad. Y decían que aún no se había localizado al acertante, pero todos los medios estaban al acecho para descubrir quién era el afortunado.

A la una de la tarde echó la persiana metálica de su negocio. Antes había hecho trizas el boleto y echado los trocitos dentro de un paquete de tabaco vacío. Al pasar por delante de una papelera aplastó el paquete y lo depositó dentro.

Se fue paseando, con las manos metidas en los bolsillos. Rebuscando, encontró que aún tenía tres monedas de euro. Iría al snack donde almorzaba Patricia y tomaría una buena cerveza fría mientras ella llegaba. Luego le daría la buena noticia de los pedidos que había recibido esa mañana, y almorzarían juntos. Ahora se sentía más dueño de su vida que nunca.


Javier López nació en 1964 en Ceuta, la ciudad autónoma española, situada en la península Tingitana, en la orilla africana del estrecho de Gibraltar. Actualmente reside en Marbella, Málaga. Estudió Magisterio, rama de Humanidades. Desde siempre ha sentido esa vocación humanística, que le ha llevado a aprender de todo sin especializarse en nada. Apasionado del arte, la historia, la música, la novela, el relato y, en pequeñas dosis, la poesía. Esa misma inquietud interdisciplinar le llevó a estudiar Ciencias Matemáticas, aunque nunca terminó la carrera. Pero al menos consiguió desvelar algunos misterios de la matemática, la física y la química, que era en definitiva lo que buscaba. Desde niño leyó, pero apenas había escrito antes de comenzar con la microliteratura textos que podrían considerarse de forma genérica dentro del ensayo. Crear el blog Cositas Buenas supuso el inicio de su actividad literaria. Gracias a ello tomó contacto con escritores de la talla de Olga Appiani de Linares y José Luis Zárate, que le dieron a conocer el microrrelato. Pero fue sobre todo el apoyo de Sergio Gaut vel Hartman y su ingreso en el grupo Heliconia Literaria lo que le hizo afianzarse en la tarea de escribir, habiendo publicado numerosos cuentos breves en los blogs Químicamente Impuro y Breves no tan Breves y, sobre todo, innumerables hiperbreves en Twitter. Ha participado en las antologías Grageas 2 (2010), Grageas 3 (2014), Minimalismos (2015) y Cien páginas de amor (2015).

 

 

 

EL ESPÍA DEL QUINTO PISO

 

Detelina Barutchieva

 

Está parada en la entrada del edificio. Una puerta se cierra. Es en el segundo piso. A la derecha. El muy pillo conoce los sonidos de todos los pisos. El crujir de las puertas, de las ventanas, el ruido de las aspiradoras, por supuesto, cada aspiradora tiene su timbre; el correr de las duchas.

Sabe quién y cómo se tira pedos. En el segundo piso a la izquierda los ruidos recuerdan salvas de artillería. Precisamente el sonido de un oboe llega desde el piso inferior; en la planta baja suena un silbato. Él no considera inapropiado escuchar pegando el oído a la puerta de los otros departamentos. Los vecinos deben tomarlo en cuenta. No puedes creer a ciegas, es obligatorio que la confianza se base en hechos. Qué les gusta y qué no, su opinión sobre los otros, la orientación política. La información es una carta de triunfo. Nadie está en condiciones de hacerte una jugada. La táctica es elemental. Murmura: aquel te odia y comienza la guerra en la planta. Petrov, eres de los mejores, y aquí no te quieren precisamente por eso. De otro modo, por qué Ivanov te iba a decir que eres un idiota. Después es todavía más fácil: Ivanov, ¿sabías que Petrov dijo que eres un desgraciado? Adivina quién gana. Ja, ja, ja.

Pero ahora su prioridad es el del segundo piso, por el momento. Suele engañarlo y pasar sin que la sienta. Entonces se pone nervioso, incrédulo respecto a las costumbres de ella. Se escurre por las escaleras, se detiene frente a su puerta. El silencio absoluto lo hiere como si fuera un cuchillo en el estómago. Se enfurece, ya que, aunque sea incoherente, ha confiado en ella. Baja, lo que no implica ninguna seguridad; es una egoísta total. Lo obliga a agudizar el oído, a vigilarla, a acecharla largo tiempo. Lo derrumba esa habilidad que tiene ella para escurrirse; lo cansa. Mientras que en la espera, su ego descontento se infla. Se separa del cuerpo. Recorre las plantas, agudiza el oído ante los ruidos, olfatea, observa. Aquella ventana, alguien corre las cortinas, la luz en el salón es tenue, desde hace dos noches que es la misma. Puede ser que se hayan ido, que hayan dejado prendida la lámpara a propósito para que pensemos que están en la casa.

A veces le da sueño, exactamente cuando a esa le da por entrar o salir. Dura segundos; luego, escruta el aire con la mirada, hay uno que perfila los rasgos difusos de una espalda, cuesta arriba por las escaleras. Diría que tiene alucinaciones, pero hay pruebas materiales. Las huellas de las botas de invierno, señales que le inundan de rabia los intestinos. Logra alcanzar la espalda ya mencionada, y esta se sobresalta. Por lo menos así le parece. Luego recupera el control, y junto con él, la burla que lo caracteriza.

Es un combatiente. No es que quiera ser malo, a veces simplemente es necesario. Se las arregla. Le enseñaron que los actos indignos son erróneos, incluso los pensamientos. Los errores deben ser castigados. Los ajenos.

Ella naturalmente es una bruja. Un vampiro que lo desafía y que se alimenta de sus emociones. Ansiedad, impaciencia, ira.

Él se disculpa, sufre. Pierde la orientación. Arde por dentro. Se asfixia. Vuelve en sí lenta y asombrosamente, pero su ira no se ha derretido. La tensión se convierte en un falsete, en palabras entrecortadas y rabiosas. No se va a tranquilizar hasta que no la machaque y la pueda arrojar como si fuera un avioncito de papel.

Hoy ella se mueve según el horario previsto. Generalmente sale a las ocho. Está en ropa de casa, es decir, va al mercado. Después de una hora regresa, se refugia en su piso. Conecta el ordenador, él se tranquiliza, manso. Ella está adentro. No se esperan sorpresas. Al cabo de dos horas pone su oído en la puerta de ella. Está en el pasillo, respira rítmicamente en el escalador mecánico. Más tarde habla por teléfono. Él lo escucha todo. A veces son asuntos muy interesantes, que merecen ser conocidos. Quién, dónde, qué, los nombres habituales. Algún día serán de utilidad. Señora Gueorguieva, su amante… Por favor, no se preocupe, su esposo no se enterará. Lo podemos arreglar. Nos vemos entonces.

Pero a la del segundo piso no la soporta. Le hace crujir los intestinos. Lo vuelve loco el olor de su perfume que permanece durante horas en las escaleras. Le molesta su nariz pequeña, la boca grande. Le dan náuseas las camisetas y los vaqueros quinceañeros en los que se mete. Una mujer de edad, pasada de madura. Definitivamente no le gusta.

Se empequeñece, se encoge como un perrito, nervioso y excitado. Sufre convulsiones de odio. No será como ella quiere, pero no puede determinar exactamente qué es lo que ella quiere. Se le contraen los músculos de la cara, le corre el sudor por todo el cuerpo, le empapa la camiseta.

Empuña la pala y la escoba. Recién ha terminado de barrer las escaleras, la entrada, el sendero del jardín. No puede confiar en la mujer del aseo. Ya han cambiado más de veinte. Incluso cuando les ponen ayudantes no logran cumplir las exigencias más simples, elementales; véalo usted mismo: aquí se te pasó una mancha, allá quedó polvo. ¿Que cómo lo veo? Muy fácil: miro con atención. Si lo recuerdas, te lo advertí, el trabajo no es mucho, pero es de responsabilidad. Controlo lo realizado en persona. Está tocado, ofendido por la falta de dedicación. De la suciedad que la gente deja tras de sí.

Pero está obsesionado con lo que ocurre en el segundo piso. Pone esfuerzos increíbles para no moverse, para no hacer ruidos. Es todo oídos. Desde lejos escucha el sonido de los pasos que se acercan y pasan. El tiempo es su aliado. Ella no tiene otro lugar por dónde pasar. No puede volar. Ahora le dirá lo que piensa de ella. No lo dirá a sus espaldas, sino en la cara. Si es necesario, hará que se detenga. Asumirá una actitud furiosa y completamente enojada. Fin de la anarquía. De la diversidad de posiciones. En la entrada reinará el orden. Perfecto. Lo han de observar todos. Ella inclusive. Obligatoriamente. A la fuerza. Cuando pase, lo habrá de saludar. Él no es un monumento, ni un cuadro colgado en la pared. Tiene que mirarlo los ojos, con la mayor amabilidad.

Salió con ropa de casa. Es imposible que haya pasado sin verla. Nuevamente ve solo las huellas de sus zapatos de invierno.

Eso de que sea independiente como lo era su exnovia lo hace caer en el pánico. Desde hace dos meses la visita un hombre. Un bruto en vaqueros. Le comunicó de inmediato que esa no es la entrada no hay ningún burdel. El tipo rugió. Si fuera un poco más bajo, le daría su merecido. Aún no sabe cómo lo hará, pero lo hará. Les echará a perder el juego.

Le va a joder la vida.

Ella tiene un gato. Ya le hizo notar que maúlla muy fuerte. Ella respondió que es un animal, que no le puede clausurar el hocico. Claro que puede. Que lo cape o si tanto le interesa su virilidad, que le coloque un bozal. Venden bozales para perros pequeños. En caso contrario, comenzará a reunir firmas ya que molesta a los propietarios de la planta. Semejante cosa se hace cuando hay perros, pero él se las arreglará, escribirá que el gato es un perro, nadie mirará lo que está firmando.

Tocará el timbre con solemnidad. Apuntará el papel con el dedo. Dirá: mira lo que quieren los vecinos, y agregará, muy serio: saca el gato de aquí antes de que esto se ponga más feo. Todavía no ha pensado qué es lo peor, pero si lo fuerzan, lo hará. Que se joda si es tan tonta.

Comienza a cansarse, ya está harto, seguramente le ha subido la presión sanguínea. Está levemente sonrojado. Pero seguirá allí hasta que ella aparezca. No debe darle ni un minuto de tranquilidad. De lo contrario, pensará que ha renunciado.

¡Cómo va a renunciar, ella nunca se saldrá con la suya!

 

Título original: Шпионинът на петия етаж

Traducción: Eliza Popova

Detelina Barutchieva ha trabajado durante largos años como redactora en la Televisión Nacional Búlgara. Es guionista de series de emisiones televisivas y documentales, como Hombres del Renacimiento de hoy, El tercer ojo, Ju o el arte de vivir, De nadie, Muere con rapidez, Metodi Savov, la cruz de un ser humano. Su cuento "Rana, príncipe", publicado en 2003 en el periódico Nosotras, las mujeres, ha sido galardonado con un premio en el Concurso Internacional de Literatura organizado por el Foro de Mujeres del Mediterráneo, con sede en Marsella, Francia. El primer libro de la autora en español es Hola y adiós, una colección de cuentos cortos que se publicó en Bulgaria en 2009 y en Argentina en 2015. Su primera novela se titula Amores, y fue editada en 2010; la segunda es La jaula, de 2013. Actualmente la autora trabaja en una serie de ficciones cortas que compondrán su próximo libro.

UNA SEMANA DE AMOR

 

Rogelio Ramos Signes

 

Nos conocimos el jueves 13 (Día del Duplicador de Llaves) durante la cena semanal de la Sociedad en Comandita de Trabas y Candados para el Sudeste Asiático. Intercambiamos unas pocas palabras (casi todas repetidas), algunas alusiones al tiempo lluvioso, a la música que porfiaba la orquesta, al auge de la tijera rápida, y a la lencería de papel comestible; poco más. Lo que sí nos llamó la atención, y no pudimos dejar de comentarlo, fue el trabajo de un tragasables que amenizaba la sobremesa y que, no satisfecho con las armas que generalmente usaba en su rutina, siguió engullendo las broquetas del asado, los cubiertos del postre, los prendedores de las damas, las llaves de los caballeros y hasta el mástil del cual pendía la bandera tricolor de Tailandia. “Un extraño caso de imantación y de angurria” convinimos. Ella era rubia. Sus ojos celestes reflejaron la gloria, pero del día siguiente (viernes 14, aniversario de la Última Combinación Exitosa en Relación con un Número Impar) y en verdad no cantaba como una calandria. Sabía cocinar, eso me dijo. Recién pude comprobarlo el sábado 15 (Día de las Huellas Dactilares de Juan Sebastián Elcano) cuando, entre el vapor de una olla que se abría y la ráfaga polar de un congelador que se cerraba, me confesó su deseo. No habíamos sido hechos el uno para el otro (eso se notaba) pero a la hora de la siesta, en la misma cama, encastrábamos bien y terminamos creyendo en la rápida adaptación de nuestras partes incompatibles; en la evolución milimétrica de las especies. La abrupta fragancia de las ostras, mezclándose con el perfume de las sábanas recién estrenadas, puso un llamado de atención en nuestra mirada olfativa. Hay recuerdos que no se borran. El Día de San Roque (domingo 16) amaneció lloviendo nuevamente, nadie gritó “empanadas calientes para los argentinos valientes” bajo nuestra ventana y, con sábanas ya no tan limpias de por medio más algún resto de salsa de ostras, esa mañana se unió sin violencia al sábado glorioso del día anterior. Aquella tarde, acentuada la lluvia y sin fútbol en la liga local, despanzurramos un libro de semiótica que, a decir verdad, no entendimos en absoluto; cumplimos con el rito del five o’clock tea (que en realidad fue un seven o’clock tea, con el agregado de unas porciones de pizza descubiertas milagrosamente en el fondo de la heladera y recicladas a tal fin), reservando para la nochecita un par de videos. ¿Qué puede haber más adecuado que un par de videos para cerrar, con cadena y sin compasión, la atmósfera angustiante de un fin de semana que concluye? El lunes 17 (Día del Expendedor de Pomadas Curativas en la Vía Pública) descubrimos que el mutuo aliento matutino atentaba contra las mejores intenciones y hasta con la vida de las plantas de interior, que la rutina terminaba tiñendo los días de un mismo e indeleble color (¿no es original?), que la papa hervida con cáscara tenía mejor sabor, que el sol salía a las 6:45, se ponía a las 20:10 y que mañana (siempre siempre) sería un día más. El martes 18 (aniversario de la Muerte del Primer Osito Koala Amamantado en Cautiverio) nos dijimos cuanto había que decirnos: “las tostadas con el desayuno son malas para la circulación”, “los bancos oficiales cierran a las 14”, “fue Kathleen Turner, y no Kelly McGillis, la que volvía al pasado en esa película de Coppola”, “un ómnibus arrolló a un gran danés y lo arrojó contra la vidriera de la Gregüesquería  del 55”, “llamó mamá y dijo que no puede doblar la rodilla derecha”, “repollitos de Bruselas y nueces trituradas son una mezcla homicida”. Excitados por los festejos del Día del Personal de Limpieza en Institutos de Cirugía de Alta Complejidad, el miércoles nos levantamos con una sonrisa (sólo con una, compartida, que fue poniéndose mustia con el correr de las horas y deshojándose con la velocidad de una documental sobre ciclos germinativos), hablamos largamente por teléfono con nuestros respectivos hijos que nos hicieron sus cíclicos pedidos por la vuelta al hogar (“papá ha dejado de tomar pastillas para dormir” en su caso, “mamá ya no bebe por las mañanas” en el mío); pagamos el gas y la luz de su departamento, no así las expensas y el agua; asistimos a la entrega de premios a los mejores pegamentos vinílicos de la temporada; estimamos la dirección del viento en 53 grados con dirección noroeste, tomando como coordenadas la intersección del pasaje Saavelio Cornedra con la avenida Domiento Fausmingo Sartino; nos hicimos el correspondiente biorritmo de los miércoles y comimos perdices, aunque sin felicidad. El jueves 20 (Día del Estacionamiento Céntrico en Zonas de Privilegio Pagado con Monedas de 10) nos levantamos con la sensación de que algo importante, decisivo, inolvidable, sucedería en nuestras vidas. Desayunamos, hicimos la colación de media mañana, almorzamos, prolongamos la sobremesa (siempre a la espera de ese algo que tenía que suceder), merendamos, hicimos un vermut de casi dos horas, nos pusimos nuestras mejores prendas de vestir y asistimos a la cena semanal de la Sociedad en Comandita de Trabas y Candados para el Sudeste Asiático. Metafóricamente hablando, dicen que siempre se vuelve al lugar del crimen. Comimos con sobriedad, en absoluto silencio. Su cabello rubio, su aire a flor de la vieja parroquia, sus ojos celestes reflejando la gloria de un día que no era aquél, y su canto de calandria muda me recordaron a no sé quién (a la nieta de un mazorquero, a la cuñada de algún payador de Lavalle; no estaba seguro), pero eso me dio fuerzas para ponerme de pie e ir al baño. Cuando volví ella también estaba de pie junto a la mesa, con el abrigo doblado sobre el brazo izquierdo y su mano derecha tendida hacia mí. Nunca fui demasiado imaginativo, pero comprendí en el acto que aquello era lo que estábamos esperando. Nos despedimos con toda corrección y jamás volvimos a vernos.     


Rogelio Ramos Signes nació en La Rioja en 1949, pasó su infancia en San Juan, su adolescencia en Rosario, y reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), El décimo verso (poesía, 2011) y La sobrina de Úrsula (novela, 2015). Ediciones Desde la Gente le editó la antología Monoambientes, microficciones del NOA (2008); y La aguja de Buffon la antología Cuaderno Laprida (2016) en homenaje a David Lagmanovich.                                                                 

miércoles, 12 de marzo de 2025

UN ENCUENTRO MUY ESPECIAL

 Sergio Gaut vel Hartman

 

En San Petersburgo, bajo un cielo gris que parecía fundirse con las aguas del Nevá, Fedor Dostoievski caminaba lentamente por la avenida Nevsky. El peso de los años y de los recuerdos oscuros se reflejaba en sus ojos profundos. Había recibido una invitación peculiar, una nota escrita con caligrafía elegante y tono enigmático. La remitente era Alina Malinova, una joven viuda de quien había oído hablar en los círculos literarios, conocida por su afán de rodearse de almas atribuladas y complejas. La curiosidad lo había arrastrado hasta allí.

La casa de Alina en la calle Vosstaniya era discreta, casi anónima, con cortinas pesadas y una atmósfera cargada de silencio. Ella lo recibió con una sonrisa serena, invitándolo a una sala donde las sombras parecían susurrar secretos del pasado. Pero no estaban solos. Junto a la ventana, con la mirada fija en las calles sombrías, se encontraba un joven de rostro pálido y ojos febriles. Alina presentó al desconocido: Rodión Romanovich Raskolnikov.

El nombre resonó en la mente de Dostoievski con una extraña familiaridad, aunque no recordaba haberlo oído antes. Se miraron unos instantes, como si reconocieran algo en el otro que no podía ser explicado con palabras. Rodión lo observó con recelo, las manos temblorosas jugueteando con el ala de su sombrero.

Alina, ajena a la corriente invisible que cruzaba el espacio entre ambos, les ofreció té y se sentó cerca del fuego.

—Me pregunto, caballeros, ¿cuáles son los pensamientos que acechan en sus horas de insomnio? —les preguntó. Su voz era suave y estaba cargada de intención, tal vez condimentada con una pizca de malicia. Dostoievski sonrió, aunque su sonrisa era más un gesto de resignación que una expresión de agrado.

—Los fantasmas que uno crea en la oscuridad rara vez se disuelven con la luz del día —respondió.

Rodión lo miró fijamente y apretó, sus labios antes de responder en voz baja.

—A veces, uno se convierte en el propio fantasma que teme.

Por el semblante de Alina cruzó una sombra de aflicción, como si la cortesía y la afabilidad con que había tratado a sus huéspedes le hubieran producido una impresión dolorosa. ¿Se había equivocado al invitarlos?

El silencio que siguió fue casi tangible. La anfitriona contempló a los dos hombres. Sus ojos claros se movían entre los dos, como si midiera las sombras que proyectaba cada uno. En esa reunión estaba creciendo algo más que una simple charla. Un flujo inclasificable crepitaba bajo la superficie, una verdad inconfesable, aunque era obvio que a ninguno de los dos le importaba en lo más mínimo los juicios ajenos sobre sus respectivas personas. Tal ese fuera uno de los pocos rasgos que tenían en común.

Dostoievski sintió un escalofrío. Había escrito muchas historias sobre almas torturadas, pero nunca había sentido la presencia tan física de una conciencia desgarrada. Y en los ojos de ese joven, vio un reflejo oscuro de algo que tal vez era similar al suyo.

—¿Nos hemos visto antes? —preguntó, con un tono que intentaba disimular su inquietud.

Rodión bajó la mirada, y el silencio fue su única respuesta.

El destino parecía haberse tejido en torno a ellos en esa habitación, como si la literatura y la vida real hubieran decidido enredar sus hilos para pergeñar una trama extravagante. Quizá lo que empezaba como una mera casualidad, terminara se revelándose como algo mucho más oscuro y profundo.

—Sí, se han visto antes —dijo de pronto Alina—, pero no como imaginan.

—¿De qué otro modo pudimos habernos conocido? —dijo Rodión—. Jamás he visto antes a este caballero. Más aún: creo que nos movemos en círculos distintos, y si hemos coincidido en su casa, Alina, debe ser porque usted esconde un propósito que me resulta incomprensible. —Una mueca de disgusto cruzó el rostro de Raskolnikov. La sensación que lo oprimía y ahogaba cuando se dirigía a casa de Alina se había incrementado hasta hacerse insoportable.

Fedor observó a Rodión con detenimiento. Había en su gesto algo que desafiaba la lógica, como si las palabras de Alina hubieran rasgado un velo en su memoria, dejando al descubierto un abismo desconocido.

—Tal vez —aventuró el escritor—, no se trata de un encuentro en este mundo, sino en otro. Un mundo de ideas, de pensamientos compartidos. Quizá nuestras almas han transitado los mismos laberintos, aunque nuestros cuerpos jamás se hayan cruzado.

Rodión levantó la vista, y por un instante, su expresión se suavizó. Algo parecido a la comprensión titiló en su mirada, pero se desvaneció tan rápido como había llegado.

—No creo en esas cosas —replicó, aunque su voz no sonó tan firme como hubiera deseado.

Alina los contempló en silencio, mientras sus dedos jugueteaban con la taza de porcelana. Parecía deleitarse en el misterio que había provocado, en la inquietud que flotaba entre aquellos dos hombres como una niebla densa e inevitable.

—Quizá —dijo en voz baja— ustedes se han creado mutuamente.

El comentario quedó suspendido en el aire, una afirmación que parecía más una profecía que una simple observación. Afuera, la nieve comenzaba a caer, cubriendo las calles de San Petersburgo con un manto blanco que no lograba ocultar las sombras que acechaban en el alma de los presentes.

Fue Rodión el que finalmente se animó a dar una respuesta a la afirmación de Alina.

—¿Usted cree que, a diferentes niveles, todos somos la creación de otro?

—¿Diferentes niveles? ¿Qué significa eso? —Fedor se acomodó en la silla. Estaban ingresando a uno de los complicados laberintos mentales que tanto lo complacían, en especial porque incomodaban a sus interlocutores.

—Usted me entendió perfectamente. —El tono de Rodin estaba pasando de malhumorado a francamente hostil, por lo que Alina consideré adecuado intervenir.

Evitemos la ferocidad de los comentarios que suelen proferir los enfermos mentales. Ustedes no lo son, no están dominados por ideas fijas.

—¿Cómo lo sabe? —dijo Rodión, cada vez más agresivo.

—Sé cosas que ustedes están obligados a ignorar. —Alina sonrió y se llevó la taza de té a los labios. Estaba frío.

—¿Por ejemplo? —Dostoievski adelantó el cuerpo; le encantaban los planteos provocativos.

—Usted podría escribir una historia en la que nuestro joven amigo, un estudiante de San Petersburgo, se ve obligado a suspender sus estudios por la miseria en la que se encuentra, a pesar de los esfuerzos de su madre y su hermana para enviarle dinero.

—¡Eso no es cierto! —estalló Rodión.

—No lo es, por supuesto. Solo se trata de una ficción. —Alina cruzó una mirada cómplice con Dostoievski—. Solo una ficción —insistió.

—¿Qué sentido tendría? —dijo Rodión.

—¿Lúdico? Escribir es jugar. Y no tiene límites.

—Conozco su afición por la literatura, querida Alina —dijo Fedor—. Y avanzando un paso más, usted podría escribir una historia en la que nosotros dos, el amigo Rodión y yo, somos los personajes de una ficción. Usted nos invita a tomar el té en su casa de la calle Vosstaniya y describe el modo en que uno puede convertirse en el propio fantasma que teme. O lo que es casi lo mismo, en una sombra que se agazapa en el interior de cada uno, lista para saltar al rostro del otro en cuanto advierte la más tenue oposición a sus apetencias y caprichos. ¿No le parece?

—No sé si lo comprendo —dijo Rodión—. ¿Usted propone que nuestra amiga escriba una historia en la que nosotros seamos personajes?

—¡Sí! —exclamó Dostoievski, enfático—. ¿Por qué no? Hasta para nosotros mismos somos personajes misteriosos, quimeras que parecen haber surgido de las entrañas de la tierra. ¿Qué sabemos, no ya de los otros, sino de los profundas impulsos y anhelos que pueblan las regiones ocultas de nuestro ser?

Alina, que había permanecido en silencio durante el arrebatado discurso de Fedor, tomó una cucharilla de plata y golpeó la taza de porcelana.

—En aras de hilar conjeturas —dijo—. ¿Por qué no avanzar otro paso más, como hace un momento propuso Fedor, e imaginar que hay un autor que nos imagina y plasma, a los tres, reducidos a un rol de personajes, aunque nosotros nos sintamos tan reales como el sol… o el té que habita ese samovar, esperando su turno para llenar nuestra boca con su líquido aroma?

Raskolnikov miró alternativamente a Fedor y Alina, y luego de repetir tres veces su gesto, lanzó una exclamación, tomó su abrigo del perchero y se precipitó hacia la salida.

—¿Usted oyó lo que dijo? —preguntó Alina.

—Creo que dijo que estamos dementes —respondió Dostoievski.

—Tal vez sea cierto —dijo la mujer.

—Tal vez. Pero no logro apreciar la diferencia con estar cuerdo.

—¿Otra taza de té?

—¡Por supuesto!


Sergio Gaut vel Hartman nació en 1947 en Buenos Aires, Argentina. Ha publicado novelas y cuentos y compiló una treintena de antologías. Actualmente, además de no cejar nunca en su empeño de escribir una obra maestra, cordina el TALLER 9, que creó en 2019, además de mantener activo este blog.    

 

martes, 11 de marzo de 2025

EL ESPEJO


Betina Goransky


Frente al espejo contemplo mi larga cabellera negra brillante con tintes rojizos. El abuelo materno era pelirrojo y sin duda heredé algunos de sus genes; me emociona recordarlo. Giro hacia un lado, me pongo de espaldas y noto que el pelo me cae por debajo de los omóplatos. Giro hacia el otro lado y, de refilón nomás, ¡ups! dos canas; el paso del tiempo, pienso. Sigo observándome con ojo crítico: los párpados algo caídos, y los labios demasiado finos. Con el dedo índice toco los bien definidos rasgos de mi cara, hasta llegar al cuello. De repente, amplío la mirada y veo el resto de mi cuerpo; me parece agradable, me gusta. Quisiera tener una mirada radiográfica para poder observar lo intangible, lo que no se toca, mi cerebro, mi alma.

 Mi frase mas común siempre ha sido “perdí lonjas de mí”, como si así pudiera graficar el modo en que afectan a mi alma los dolores y los duelos en mis elecciones, también frase común en los momentos bisagra de mi vida “el camino que elegí viene en un combo”, algunas cosas eran las previsibles pero también estaba lo no previsible, quizá porque recortaba mi mirada solo observando lo superficial y al aparecer el todo me sorprendía cuando en realidad solo era producto de mi negación. Eso a veces me hizo dar cuenta que los impulsos guiaban mis actos.

Miro muy detenidamente el espejo. Tengo doce años y esa nena me observa con sus enormes ojos negros, intensos; me mira, la miro. Me da mucha ternura; tiene un dejo de tristeza. Parece que no se sorprende; nos da alegría encontrarnos, ella con toda su frescura y yo con mis ojeras y arrugas; nos reconocemos… y de pronto, su imagen desaparece.

Siempre que me planto frente a este espejo veo pasar las distintas etapas de mi vida; las puedo identificar por años definidos. Será, como dicen algunas teorías espirituales, que cada diez años se inicia otra vida y es la muerte de la anterior; me parece que estoy de acuerdo con eso, porque en cada etapa tuve una pareja, cambié de trabajo... Y cada vez que ocurrió eso me renové, aunque en algunas ocasiones sentí mucha pena. Es una característica de mi forma de ser, esa capacidad para levantarme cuando caigo, renacer como el Ave Fénix, la sensación de comenzar algo nuevo, y también darme cuenta cómo se desarrollan aspectos desconocidos de mi personalidad; eso me fascina. El crecimiento como consecuencia de las pérdidas, o como dicen esas teorías, el duelo por lo que muere.

Ahora enfrento la imagen de los quince años… mis quince... esto sí que me hace estremecer. Es la primera etapa que registro con total conciencia: mi primer vestido largo, el blanco, ese que me volvió loca; hasta tenía una pequeña cola que después me incomodaba al bailar. Se cumplió lo que era sólo un juego; qué mujer no pasó horas frente al espejo siendo adolescente, poniéndose brillos, tules y lo que podía conseguir a espaldas de la madre; en ese espejo era la princesa mas bella de algún reino lejano. Observo mi imagen y advierto un gesto diferente: picardía, expectativa, sueños; esa mujercita me mira, la miro; es un nuevo encuentro. Ahora sí me tomo algunos momentos y le cuento cómo nos fue en la vida, con detalles; se crea una intimidad que no logro tener con nadie; todas mis defensas se escabullen, me desarmo y me reconstruyo, ella me escucha atónita, perpleja, y su sonrisa significa más que mil palabras.

Mi primer peinado de peluquería... en lo de la Juana Pérez, donde se reunían las mujeres del barrio, y le sacaban chispas a sus lenguas. Ese día me sentí grande, una mujer hecha y derecha, como si peinarme ahí fuera pertenecer a una elite; dejaba de ser una nena.

Mamá entra sorpresivamente al cuarto.

—Hija —me dice—, ¿qué hacés que demorás tanto? Vos y ese espejo… ¿Se puede saber por qué siempre tuvo tanta atracción sobre vos? Horas y horas hablando con él…

—Nada, mamá; en unos minutos voy.

Sale golpeando fuerte la puerta, como para que me dé cuenta que ella sigue diciéndome lo que debo hacer. Vuelvo a mirar y la imagen sale del espejo. No sé qué hacer con mi asombro, ¡que experiencia! Se pone frente a mí, pegadita.

—A esta edad, y todavía le tenés miedo —me dice—. ¿Así es nuestra vida? —Me toca la mejilla y en el calor de su mano percibo una fuerza especial, me siento más firme, entera, segura. Da media vuelta y con toda soltura desaparece dentro del espejo.

Ahora pasan las imágenes como si hubiera puesto una película en cámara rápida. El cumpleaños de la abuela Sara... sus ochenta… Al recordar ese momento, lo siento tan vívido que es como si tocara aquellas lágrimas; lloré desde que comencé a vestirme hasta el final del baile. Acerco mis manos tibias, toco; esta frío y suave. Y veo dos manos que se apoyan en las mías, mi hermana Clara.

—Gracias, hermana querida —dice—. Me ayudaste mucho aquel día, cuando descubrí que estaba embarazada. Lo primero que atiné a hacer fue compartirlo con vos; me abrazaste y supe que iba a poder enfrentar lo que viniera. —Me devuelve el abrazo, tantos años después, y yo la aprieto tan fuerte que el cariño traspasa nuestros cuerpos.

En ese momento se terminó abruptamente la edad de jugar, y Clara se volvió adulta sin desearlo. Yo no alcanzaba a entender qué pasaba en toda su magnitud, pero intuitivamente me pareció que en casa algo se había roto, algo se modificó de tal manera que hasta mi propia adolescencia ingenua terminó, y todo fue confuso. Lástima, pintaba tan linda la vida antes de eso... bueno no me voy a poner en víctima. Después de todo fue ella la que lo paso peor.

Vuelvo a encontrarme con mi mirada y veo mi imagen reflejada. Son otros y otros los hechos que se hacen presentes; los siento en mi cuerpo como si los estuviera viviendo: mi fiesta de graduación, el día que me casé, el nacimiento de mi hijo, mi divorcio…

Siento vibrar mi pantalón: el teléfono; que susto, estaba tan compenetrada en mis pensamientos... miro la pantalla, atiendo; es mi querido hijo Agustín.

—Hola, ¿por dónde vas?

—Hola, mamá; el micro se atrasó. Estoy devorando el sándwich que me dieron al subir, estaba hambriento. No había almorzado. Quería contarte que aprobé, y con un ocho, sé que te vas a poner feliz.

—¡Qué buena noticia! Estudiaste tanto, hijo de mi corazón; una menos. Con esta noticia ya me alegraste todo el fin de semana; avisame cuando estés cerca así vamos con el abuelo a buscarte, vos sabes que a él le encanta verte primero que nadie.

—Lo que te pido es que no te pongas nostálgica porque me aburro cuando empezás con las anécdotas, y lo peor es que casi siempre contás las mismas. —Se escucha la risa joven y picara—. Igual te adoro, mami queridísima, chau.

Él siempre corta así, y no me da posibilidad de retrucarle, ¿seré de esas madres pesadas? Yo, que hice tanto esfuerzo por no serlo, por no ser insoportable; hijo único, pobre. Tanto el padre como yo ponemos muchas expectativas en él, pero no tengo dudas de que se está haciendo un hombre hermoso, feliz y responsable, así que tan mala madre no debo ser. Sonrío interiormente; me quiero convencer, parece.

 Mis pensamientos vuelven al espejo y me acaparan nuevamente. Creo que nunca dejaré de tener esta necesidad de regresar a casa para festejar, para pensar, para resolver mis conflictos, como si al hacerlo pudiera meterme de nuevo en el útero y desde ahí desplegarme, volver a nacer, empezar otra vez. Porque una cosa fundamental que valorizo de mi familia es nuestra forma de enfrentar las dificultades. Al principio viene una tormenta, pero en seguida nos ponemos a elucubrar estrategias para resolverlas. “Nunca se agotan los recursos”, dice siempre papá; “todo tiene solución”.

Y acá estoy, una vez más en la habitación que siempre compartí con Clara. Es amplia, luminosa; la pintura de las paredes todavía está buena y las dos camas son las mismas de siempre. Veo el ropero enorme, herencia de la tía Rosa, las lamparitas de noche, todo muy prolijo, como si no hubiera pasado el tiempo; a un costado, el sillón enorme que fue a parar ahí porque no había ningún otro lugar donde ponerlo, o porque era muy feo. Los años de la infancia vuelven a aparecer en mi cabeza; crecíamos. ¡Cuántas noches de charlas alocadas con Clara! Nos contábamos las últimas novedades, en especial acerca de los muchachos recién llegados al barrio, los disparates que hacíamos en el colegio, y siempre criticábamos a mamá. Aun hoy, cuando estamos juntas, pasamos largas horas poniéndonos al día. Seguimos caminos diferentes, pero en lo esencial somos idénticas, ya que ambas nos forjamos como mujeres luchadoras, fuertes, con una ideología de vida que nos ha mantenido unidas, privilegiando al ser humano y lo social.

Pero la imagen del espejo hace un gesto de advertencia; frunce el ceño y me obliga a regresar al presente. Que la nostalgia del pasado no me aparte del camino, parece decir; finalmente Agustín tiene razón. Estoy pasando por un momento difícil; tengo que tomar una decisión trascendental, aunque no quiero pensar en eso. Bueno, después de todo vine a mi ciudad natal para despejar la mente de fantasmas y enfrentar los hechos. Afuera se escuchan las risotadas de mamá, siempre tan franca y poderosa, y el silencio de papá, que seguramente la mira con adoración, como es su costumbre. Ella le está contando algo intrascendente, que a él, como siempre, le parece increíble.

Cuántas noches pasé escuchando aquellas largas conversaciones entre mis padres en la penumbra de mi habitación, bueno, monólogos. ¡Pero qué bien lo pasaban! ¿Por qué siempre me sentía dejada de lado? ¿Por qué no me prestaban atención? Eso influyó en todo lo que elegí en la vida, buscando constantemente que los hombres me miraran, destacarme en el trabajo, que me llamaran las amigas. Pagué años y años de terapia para descubrir finalmente que sólo quería competir con mamá por el cariño de papá, eso que llaman complejo de Electra. Tal vez por eso me casé a los veintitrés, porque tuve la ilusión de que Emiliano me haría sentir muy amada. ¡Qué fiasco! Al poco tiempo resulto que lo único que quería era una mujer que siempre estuviera pendiente de él, y que no pensara. Descubrí, en ese punto, todo lo sumisa y estúpida que puede ser una cuando solo vive eso, una ilusión. Lo mejor, tal vez lo único valioso de ese matrimonio fallido, es nuestro hijo Agustín; un sol, tierno, amable, cariñoso, un luchador.

Eso también pone en evidencia la fea sensación que produce equivocarse y que tus padres te miren por primera vez como una fracasada. Que frustrante, ¿no? Lo que más me importaba en la vida era hacerlo feliz a papá, que me mirara como la miraba a mamá. Pero cuando le anuncié que me iba a separar, solo me dijo: “¿Lo pensaste bien?”. Y ante mi respuesta, dio media vuelta y me dejó sola, en silencio. Percibí tristeza en su mirada.

Ahora, a punto de cumplir cuarenta y cinco, aparece la posibilidad de formar una nueva pareja. Una vez más necesito regresar a la casa de mis padres, ¿a despejar la cabeza de fantasmas o a encontrarme con ellos? Mi terapeuta me había dicho: “Ya es hora de que madures, que esa nena que siempre reclama atención, a la que nada satisface, supere carencias y se anime a entregarse”.

No puedo evitar las comparaciones: mi actual amor, Ezequiel y papá, ¿en qué se parecen, en qué son diferentes? Dicen mis amigas que me hago tantas preguntas por culpa de la terapia, que avance y me deje de cuestionar todo. Pero no puedo evitarlo, cada situación, cada cambio… cuestiono, pienso. Me gusta sacar conclusiones. Analizar lo que hago, lo que me pasa, es un vicio.

El espejo me llama, reclama de nuevo mi atención. De acuerdo: vuelvo a mirarme en él, y ¿qué veo? Las imágenes se superponen: soy una chiquilla asustada que guarda las cosas que le duelen, que necesita mostrar una imagen de mujer que puede enfrentar todo, una fortaleza que por momentos se transforma en coraza. Por otro lado, también veo a una mujer entera que necesita vivir intensamente, pelear por ser mejor, no quedarse en situaciones penosas, aunque le cueste tiempo y esfuerzo salir. Soy exitosa, estoy feliz con mi trabajo, amo lo que hago, me siento llena de energía porque he podido ir superando mis aspectos ingenuos, madurando y encontrando mi camino. Y sin embargo... sin embargo no es suficiente, falta algo, el acto final de una transformación que se demora, el pasaje de un mundo a otro, como si esperara una señal, una certeza...

En el espejo, mi espejo de siempre, se está produciendo un fenómeno extraño. En el centro se abre un círculo de luz oscura; primero un punto negro y diminuto que se va aclarando y se expande hasta que todo el espejo queda cubierto por esa luz brillante. Mi cuerpo se estremece y algo dentro de mí me invita a pasar del otro lado, algo que nunca me animé a hacer. Ahora es el momento. Mi pie derecho cruza la lisa superficie como si se sumergiera en un lago de plata líquida. Medio cuerpo. La cabeza... De pronto, sin temor, giro sobre mí misma y me veo afuera, contemplando mi larga cabellera negra y las tres canas que delatan el paso del tiempo.

Se huelen los aromas a la sabrosa comida de mamá, sonidos de cubiertos, sillas que se corren, murmullos de voces que no logro identificar. Supongo que es Clara y sus hijas. Me recrimino: una vez más no ayudé en los preparativos por estar acá, aunque igual sé que me sentaré a la mesa como siempre, y la cena será sabrosa y abundante. Escucharé los diálogos, amenos, superficiales, llenos de secretos y sorprenderé a mamá y a papá mirándome, tratando de descubrir en mis ojos lo que me pasa.

Suena nuevamente mi celular, es Agustín; ya está muy cerca de la terminal.

Bajo las escaleras más con una sensación de volar que de correr. Feliz, lo llamo a papá, y salimos raudamente a buscar a mi hijo en el viejo auto impecable, el que lava y lustra todas las mañanas.

 

Betina Goransky (San Juan, Argentina, 1954) es licenciada en psicología por la Universidad de Belgrano y está enrolada en la línea sistémica humanística. Se dedica a terapias de pareja, de familia y adicciones. Es docente y sexóloga; escribió numerosos trabajos y ponencias sobre su especialidad. Ha dado conferencias y participado en un gran número de jornadas y congresos. Su interés por la ficción es reciente y los textos que escribió pueden leerse en las antologías ¡Basta, cien mujeres contra la violencia de género! (2013), Grageas 3 (2014), Cien páginas de amor (2015) "¡Basta! contra la violencia de género" (2018) y Mal trato (2021).

EL ENCUENTRO

 Laura Irene Ludueña   La reconoció de inmediato. Mary Shelley estaba sentada sola en el banco de una plaza oscura, como hurgando en sus r...