domingo, 23 de febrero de 2025

SACRIFICIOS

Víctor Lowenstein

 

Los dos viejos caminaban entre los escombros, revolviendo los desperdicios con sus bastones. Se parecían, ambos calvos y de largas barbas cenicientas; ambos vestidos con impermeables andrajosos y botines ajados. Sólo que Peter era el optimista del dúo y Hans, un eterno negador de la buena nueva traída desde las estrellas…

—Te repito, amigo Hans: los extraterrestres han venido a salvar a la humanidad.

El otro lo miró con fastidio.

—¿De verdad crees? Estás enceguecido como el resto de los que aún están vivos.

—Lo que creo es que estamos asistiendo a una reconstrucción del mundo.

Hans lanzó una estruendosa carcajada, tras lo cual tironeó de la manga a su amigo.

—Mira lo que tenemos por delante; ¡anda, descríbeme el paisaje!

  Peter obedeció, contemplando el panorama. A la izquierda humeaba un edificio bombardeado por las fuerzas alienígenas. El centro era un baldío interrumpido por los escombros. A la derecha sólo quedaban más montañas de piedra derribada… se inclinó, y recogió una lata vacía de guisantes cubierta de ceniza.

—Apuesto que me darán varios centavos por esto —murmuró, sacudiendo el abollado envase metálico.

—Seguro —ironizó Peter levantando un ladrillo del suelo, por el que obtendría similar remuneración. La recolección de basura reciclable era el único modo de vida que les había quedado a los sobrevivientes del planeta colonizado por los aliens.

—Yo creo… —comenzó a decir Peter, reiniciando el diálogo— que no es posible reconstruir un mundo corrompido sin destruir aquello que lo corrompe.

—¡Brillante filosofía! —ironizó nuevamente Hans—. Una civilización superior que nos estima tanto que nos viene a salvar sin que se lo pidamos bombardeando las ciudades que habitábamos de puro corrompidos. Y de paso nos mata…

—Tú y yo estamos vivos, Hans.

—Sí, en tiendas de campaña del ejército de salvación. Sólo por haber sobrevivido a los constantes bombardeos aquí, y en cada metrópoli del planeta.

—¡Pero Peter! Ellos no contaban con encontrar resistencia en algunos gobiernos mundiales. O en organizaciones como la OTAN. Nuestro país es otro foco de resistencia; por ello combaten para preservar a sobrevivientes como nosotros.

Hans soltó el ladrillo para agarrarse la cabeza con ambas manos.

—No puedes ser más ingenuo, me temo. Nuestros gobernantes están sanos y salvos en sus mansiones amuralladas. Negocian con ellos a nuestras espaldas, para presentarse en un futuro cercano como los socios conciliadores de un nuevo orden mundial. Y mientras tanto, gente como nosotros muere, y muere…

A lo lejos empezó a sonar un zumbido. Los dos hombres supieron reconocer la cercanía de uno de esos vehículos de rastreo de los alienígenas que pululaban en cada ciudad. Eran naves gigantescas equipadas con poderosas armas fulminantes.

—Corramos —dijo Hans.

Ambos se pusieron en marcha hacia el edificio humeante. A la carrera, Peter no dejaba de objetar con argumentos memorizados en los comunicados oficiales de prensa.

—La gente muere, cierto. Víctimas inevitables de un sistema injusto. Ojalá se pudiera evitar esta masacre, pero no hay forma. Cada víctima es un sacrificio a favor del nuevo orden, amigo mío.

La nave ya estaba por sobre sus cabezas. Hans se acuclilló junto a una pared ya calcinada. Peter se metió dentro de un destartalado Peugeot 404 sin puertas.

Un portentoso rayo verdinegro se disparó sobre el vehículo, convirtiéndolo en una bola de fuego. El cadáver carbonizado de Peter Bruckbell voló por los aires para caer a los pies de Hans, quien lo contempló con ojos azorados. Una llorosa ironía brotó de su boca como si el otro, ahora un amasijo de carne incinerada, pudiese escucharlo.

—¿Qué me dices, amigo mío? Ahora eres otra víctima sacrificada en favor del nuevo orden mundial. 


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

 

 

 

LA TAPERA DEL RUSO

 Lucila Adela Guzmán

 

Espinosos arbustos rodeaban un extenso predio desprovisto de árboles que dejaban ver, a trechos, el suelo reseco y salitroso. En el medio, las ruinas de una casa de piedra, parecía que se avergonzaban de verse al descubierto y trataban de agacharse reduciendo su altura.

—Esa es la tapera del ruso—dijo mi acompañante.

Había sido necesario contratar a un guía para poder llegar a ese lugar abandonado.

Nos acercamos al paso de los caballos hasta el lugar. Los escombros ya casi formaban parte del terreno y los ladrillos calcinados esparcidos alrededor de las paredes que aún se mantenían en pie, daban una idea de lo que fue el incendio que devoró la casa. Hasta las grandes rocas cercanas mostraban las señales del fuego.

—Dicen que al ruso le gustaba vivir bien —explicó el hombre— Parece que cuando él vivía, esto era un vergel. Cuesta creerlo, pero han pasado como cien años ya. Nadie supo en qué momento él abandonó todo —continuó—. De un día para otro todo el verdor desapareció, incluso los árboles se volvieron leña seca y recién entonces se pudo ver que la casa había sido quemada.

—¿Vivía solo? —pregunté

—Con su esposa. En uno de sus viajes regresó con una mujer muy joven y bonita. Desaparecieron juntos.

Un poco más lejos, se advertían otras ruinas, casi como un vestigio ennegrecido a ras del suelo. Nos acercamos al lugar sin apearnos y dimos una vuelta alrededor.

En el silencio opresivo sólo se escucharon los pasos de los caballos que levantaban pequeñas nubes de polvo con sus cascos, como si cavaran con ellos los restos carbonizados. Me dio la impresión de que estaba en un cementerio.

En ese momento, llegó a mis oídos con total nitidez el ruido que hace el fuego cuando se eleva en llamas, al mismo tiempo que un intenso calor me abrasaba el rostro. Miré a mi alrededor, desconcertado y sin saber a qué atribuir ese fenómeno, pues no había nada que pudiera causarlo. El alarido, me heló la sangre.

—¿Qué fue eso? —exclamé.

La actitud impasible del otro me hizo pensar que uno de los dos estaba loco. Aterrorizado, casi sin poder hablar, yo estaba seguro de que el calor y los gritos no eran imaginarios y él actuaba como si eso fuera normal. Algo que no es necesario explicar.

 —¿Qué te pasa? —me dijo.

 No supe qué responder; estaba temblando de tal forma que no podía ni hablar ni pensar, todo parecía tener un aura siniestra y amenazante.

Con un esfuerzo sobrehumano, atiné a golpear los ijares de mi caballo con los talones, haciendo que este diera tal brinco que casi me despide de la montura y luego saliera al galope por el campo.

El guía me alcanzó cabalgando muy tranquilo, tal vez aburrido de tratar con turistas miedosos. Se cuidó de decir ni una palabra y continuamos a trote largo hasta llegar al poblado.

Le pagué por sus servicios y en cuanto se marchó me encerré bajo llave y fui a tenderme sobre la cama, completamente vestido. Casi de inmediato me quedé dormido.

Me despertó el ruido de la puerta al cerrarse. Busqué a tientas el cuerpo de mi esposa del otro lado de la cama y encontré el hueco que había dejado allí, ya completamente frío; no necesitaba buscar explicaciones, ella no estaba.

Hacía mucho rato que no estaba, no sólo en mi cama sino también en mi vida.

Era una mujer muy estúpida y creyó que bebería ese potaje con somnífero que me sirvió. Yo dejé que lo creyera y fingí dormir, aguantando la furia animal que me poseía, sabiendo que iba a encontrarse con el otro, dándoles tiempo para que se dedicaran a lo suyo. Imaginando las carnes blancas de ella, apretadas por las manos oscuras y callosas del peón, sus bocas unidas, sus cuerpos en la agitación de la cópula….

Seguros de que yo dormía. Viejo inútil, que no sirve para nada, dirían entre risas.

Saqué el lazo que escondí bajo la cama y fui hasta la caseta. Hacía mucho frío, la puerta estaba cerrada y sólo tuve que amarrarla desde afuera. Tratando de no hacer ruido, rocié las paredes con el líquido incendiario antes de tirar la lata por el hueco de la chimenea.

Con el tizón ardiente que le siguió, el fuego brotó de inmediato, abrazando la construcción. Por encima del fragor de las llamas pude escuchar los gritos de los amantes encerrados adentro y me quedé allí hasta que dejé de escucharlos. Fue cuando el techo se derrumbó convertido en brasas, dentro del agujero del sótano.

Al amanecer, una niebla espesa cubría el entorno, opacando el paisaje y me dispuse a terminar mi tarea. Regué el campo con el producto químico adecuado para secar los vegetales definitivamente. Quemar la casa fue mucho más sencillo.

Un espectáculo fascinante que disfruté sentado a prudente distancia. Una noche larga, muy larga y al amanecer sólo quedaban en pie los muros exteriores. Me sentí mortalmente cansado y casi sin darme cuenta me quedé dormido.

La sensación de una presencia extraña me despertó en un momento determinado. Sentía mucho frío y estaba temblando de manera descontrolada. En mi rostro sin embargo, sentía un doloroso ardor que me obligó a dejar la cama para ir hasta el baño a refrescarme con el agua del grifo.

El espejo me devolvió una imagen extraña; no parecía ya el muchacho aventurero que vino al pueblo a explorar zonas desconocidas, algo había cambiado en la mirada de mis ojos azules, había canas en mis cabellos rubios y algunas manchas rojizas en la piel parecían las huellas de antiguas quemaduras. Estuve allí, por un largo rato contemplando muy de cerca a ese hombre, mientras un hilo de sensaciones se escurría entre los vericuetos de mi memoria.

—Tenía que volver —dije en voz alta—, para poder marcharme de una vez por todas. Espero que sea así, esta vez —murmuré.

El aire tibio del mediodía penetraba libremente por la ventana abierta cuando el encargado de las cabañas abrió bruscamente la puerta de entrada. Molesto por la falta de respuesta del huésped ante su llamado y sobre todo preocupado por el olor a humo que impregnaba el ambiente.

 La habitación desocupada y completamente arreglada le confirmó la sospecha.

—¡El hijo de puta se fue sin pagar…!

Al parecer no había ocupado la cama y su equipaje no aparecía por ningún lado pero sobre la mesa de luz, había varios billetes. El importe de una semana de alquiler a pesar de que estuvo apenas unas horas en el lugar.

Y recordando la insistencia con que manifestó su interés en llegar a la tapera del ruso atribuyó su abandono del lugar a la decepción de lo que había visto.

Muchacho loco, dijo para sí. ¿Que esperaría encontrar en esas ruinas?…


Lucila Adela Guzmán nació en la ciudad de Buenos Aires el 30 de Diciembre de 1960. Se formó como intérprete y coreógrafa en el Taller de Margarita Bali. Desde el año 2000 vive en Del Viso, pequeña ciudad en la provincia de Buenos aires, junto a su marido y sus cuatro hijos. A partir del año 2011, alentada por su familia y amigos decide mostrar algunos de sus trabajos. Finalista del concurso Premio Elevé de literatura infantil 2011, se le otorga una mención especial por su obra "Doctora de letras", que ha sido publicado en la colección Osa menor de elevé ediciones siendo presentada recientemente en la Feria internacional del libro. En noviembre de 2011 obtiene Mención especial del jurado en el segundo concurso Nacional de Poesía Corral de Bustos Ifflinger-Córdoba. En marzo de 2012 el jurado del IV Certamen internacional de poesía fantástica miNatura destaca como finalista a su poema "Goteras" siendo publicado en dicha revista. En abril de este año, a través del II concurso mundial de eco poesía la unión mundial de poetas por la vida selecciona a su poema “Resignación” para integrar una antología. En agosto del 2012 es finalista del concurso de poesía hispanoamericana “Gabriela” siendo seleccionada para integrar dicha antología.

 

EL TERRIBLE FRAGOR DEL GALOPE


 Itzel Alejandra Flores García


Los caballos pacían junto al río con calma e indiferencia. Sus colas se balanceaban mientras los dientes machacaban el pasto con parsimonia; no se dieron cuenta del paso de los jinetes y nada más sintieron que su lomo se ocupaba con el peso de los cuerpos y el ruido de las voces y los gritos llenos de odio. Se dolieron al contacto de los fuetes y espuelas; avanzaron en un ritmo lleno de ímpetu, y obedecieron el compás de los que los cabalgaban.

A su paso, hubo llamaradas y caras aterrorizadas que no habían visto jamás, sin saber nunca que los que los miraban habían maldecido el terrible fragor del galope de esos caballos que iban a venir.

En sus memorias solo habitaba la imagen de los pastizales serenos; habrían querido regresar, darse vuelta y volver a beber el agua que remojaría sus lengua y gargantas. Sentían sed, y no podían vencer a su destino, tal como aquellos que solo habían podido decir: “ahí vienen los caballos”, antes de morir.


Itzel Alejandra Flores García estudió la licenciatura en Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y se ha dedicado a la docencia y al fomento de la lectura como actividad principal desde hace 25años. Estudió la maestría en Historia del Pensamiento en la Universidad Panamericana y ha incursionado en el ámbito editorial en Alfaguara Penguin Random House y en Editorial Soconusco Emergente. Ha publicado algunas ficciones y microficciones en el blog SINERGIA del Taller 9 de escritura creativa dirigido por Sergio Gaut vel Hartman. Es autora del libro de ensayos. La voz que se hace escritura. La palabra. que se hace voz, que recoge lo más importante de sus tesis de licenciatura, publicado por Editorial Soconusco Emergente en 2023.

sábado, 8 de febrero de 2025

LOS ECOS DE LA SINERGIA

Sergio Gaut vel Hartman 

Sentada en una antigua mecedora, un maravilloso vestigio de otra era, Astrid, mi lejana descendiente, contempla una copia digital restaurada del primer número de la revista que fundé en 1983. Han transcurrido doscientos diecinueve años, y sin embargo, el eco de aquella quijotada aún resuena en las paredes curvas de la estación espacial que órbita Titán. La mirada de Astrid es serena, pero detrás de esa calma habita una mente que ha meditado sobre el peso de la historia, la fragilidad de la memoria y la tenacidad de la verdad. La ventana panorámica a su izquierda enmarca los anillos de Saturno y la negrura del espacio, y en su regazo, casi incongruente, descansa el número uno de Sinergia: Verano 1983.

—¿Sabías que esta revista fue fundada por uno de mis antepasados hace más de dos siglos? —dice Astrid, dirigiéndose al ser que tiene enfrente. No ignora que Elías no es un ser humano, que es un fraude, un novom. El alienígena está vestido con un traje impecable, aunque su apariencia humana es solo una fachada: los ojos, demasiado fijos, y la falsa sonrisa, enclavada en un rostro surcado por vetas y arrugas, se limitan a abusar de la vista imperfecta de la anciana, que se niega obstinadamente a utilizar implantes. La mano derecha del novom, rematada por dedos largos y finos como dagas, sostiene una máscara blanca, símbolo absurdo de su impostura y de su arrogancia.

—Fascinante —responde el alien con un tono meloso—. Las palabras son puentes entre épocas, es cierto, pero también pueden ser espejos que distorsionan los hechos verdaderos.

Astrid asiente levemente. Elías, así se ha presentado el alienígena, dice ser un especialista en arqueología cultural. Parece estar encantado con la historia humana, pero ella no ignora que su verdadero interés es más oscuro: busca las grietas en la memoria colectiva, un hueco en el que sembrar una falsa imagen de los de su especie. El objetivo final es someter a los terrestres, invadirlos y esclavizarlos tal como algunos de los propios han tratado de concretar a lo largo de la historia. Ayer los magnates y los líderes corruptos, hoy unos viles extraterrestres llegados de las profundidades del espacio.

—Esta revista hablaba de ideas, de conexiones, de verdadera sinergia, como su nombre lo anticipa —dice Astrid con nostalgia. Hace de cuenta que ignora que el novom solo se ha acercado a ella para usar la influencia de la anciana en la estación. Es una intelectual respetada y ha ejercido el cargo de supervisora de la estación durante casi un siglo. Aunque lleva muchos años retirada de su actividad directiva, sigue siendo un referente ineludible de la colonia que se ha establecido en el satélite de Saturno.

—O de quimeras compartidas por una tribu de delirantes —corrige Elías con suavidad, inclinándose para dejar la máscara sobre una mesa—. La verdad es relativa, querida Astrid. Lo que importa es lo que la gente cree o lo que se le hace creer.

Astrid mira la máscara, sintiendo por primera vez un leve escalofrío. Es como si la revista, ese vestigio de su linaje, le susurrara un eco de advertencia desde el pasado: no todo lo que ves es real, aun cuando tu vista sea una ruina.

Apaga la hoja de resilita que contiene la revista y replica con una sonrisa amable, aunque en su interior germina una certeza férrea.

—Tal vez. Pero algunas verdades son más tercas que otras, ¿no te parece? —Se inclina hacia adelante, su voz se suaviza, pero su mirada se afila como una hoja—. ¿Sabes qué es lo curioso de la verdad, Elías? No necesita imponerse. Solo necesita ser recordada.

El novom parpadea, un gesto mecánico, incómodo. La máscara sobre la mesa parece más frágil ahora, como si pudiera resquebrajarse bajo el peso de esas palabras.

—No termino de comprender tu razonamiento —murmura Elías.

—Las civilizaciones caen cuando olvidan quiénes son los que las forman, integran y sostienen —continúa Astrid— pero mientras haya quienes recuerden, aunque sea un puñado, la mentira nunca será más que un eco débil comparado con la voz de la memoria.

Astrid sabe que los verdaderos propósitos de los novoms no son solo la conquista física, sino la aniquilación del espíritu humano. Su estrategia es carcomer a los invadidos implantando una falsa verdad, una realidad adulterada que erosione lentamente la identidad hasta convertirla en polvo. Pero han descubierto que los humanos son huesos duros de roer. Podrían someterlos mediante la tecnología, el poder de sus armas, pero saben, al mismo tiempo, que mientras un solo humano recuerde quién es, la resistencia seguirá viva. No es solo una lucha por la supervivencia; es una batalla por la esencia misma de lo que significa ser humano.

El silencio se vuelve denso, y Elías, sintiendo que su fachada se agrieta, se incorpora lentamente. Su voz, ahora menos melosa y más áspera, intenta recuperar el control.

—¿Crees que palabras viejas y memorias gastadas pueden detener lo inevitable?

Astrid, sin apartar la vista, se levanta de la mecedora con la dignidad de siglos enteros resonando en su postura.

—No son solo palabras. Eso está en la raíz de lo que somos.

Con un movimiento inesperado, su bastón antiguo, camuflado como un simple apoyo, se transforma en un dispositivo de pulso energético. Apunta directamente al corazón del novom. Pero no dispara.

—Podría hacerlo, pero sería demasiado simple. Ustedes temen más a la verdad que a la muerte.

Elías da un paso atrás, su máscara cayendo al suelo, rota en dos. Su rostro verdadero, expuesto, revela una amalgama grotesca de carne y metal.

—No van a detenernos, no una pobre anciana decrépita.

Astrid sonríe.

—No necesito hacerlo. Solo debo recordar. Sinergia tiene más de dos siglos, uno más que yo. Y si ha permanecido viva, no solo en las páginas, sino en todos los que conservan la memoria, ese profundo lazo se negará a ser corrompido. La lucha no es solo por el pasado, sino por el futuro: un futuro donde la naturaleza profunda de nuestra especie, aunque tenue, nunca será extinguida. Y eso es todo lo que se necesita para neutralizar las torvas intenciones de los novoms. En este acto simple, en esta chispa de memoria, reside el poder que ustedes nunca podrán comprender ni derrotar.

—¿Solo la memoria? —replica el alienígena. De ser posible, podría interpretarse que en su pregunta hay sorna, desprecio, una supuesta superioridad. Pero Astrid no se amedrenta.

—No, no solo la memoria. Hay algo de lo que ustedes carecen: imaginación.

—¿Qué es eso? —pregunta el novom, francamente sorprendido.

—Es simple. —Astrid vuelve a abrir la hoja de resilita y el ejemplar del primer número de Sinergia se despliega con todo su esplendor—. Y aunque sé que no debería cometer una profanación como esta, voy a modificar el contenido. A partir de este momento, el índice de la revista contendrá un nuevo cuento, un cuento en el que un invasor extraterrestre intenta vanamente quebrar el espíritu humano y es detenido por una pobre anciana que sabe que lo que más temen los alienígenas es ser convertidos en personajes de ficción.

Astrid está sola en su cuarto de la estación espacial que orbita Titán. La majestuosa imagen de Saturno abarca casi todo el ventanal. La anciana sonríe y apaga la hoja de resilita que contiene su tesoro.    


Sergio Gaut vel Hartman nació en 1947 en Buenos Aires, Argentina. Ha publicado novelas y cuentos y compiló una treintena de antologías. Actualmente, además de no cejar nunca en su empeño de escribir una obra maestra, cordina el TALLER 9, que creó en 2019, además de mantener activo este blog.    

 

 

jueves, 6 de febrero de 2025

LOS MARINOS

Guillermo Cannata

 

La expedición española del barco al que llamaban “Santa Rosa”, partió una mañana de abril desde el puerto de Cádiz rumbo al sur, a través del océano Atlántico. Su capitán, Alfonso Núñez, era un avezado marino que ya había participado en otras expediciones hacia tierras desconocidas y tomado posesión de estas en nombre del rey de España.

A pesar de las innumerables vicisitudes a las que se había visto sometido en su extensa trayectoria (incluido el haber escapado de una muerte segura en manos de indígenas), parecía que nada lo detendría en su afán por explorar y descubrir nuevas rutas comerciales. Ni siquiera el mito tan difundido por entonces (y bastante infundado, por cierto) de la existencia de un monstruo marino gigante en la zona del Cabo de Miedo, que con sus enormes tentáculos atrapaba y hundía las embarcaciones, como si fuesen barquitos de papel.

Con las velas desplegadas, el “Santa Rosa” navegaba sin mayores dificultades empujado por un suave viento del norte, bordeando las costas de África. El sol del trópico bañaba la cubierta y un grupo de aves revoloteaban por los alrededores en busca de alimento.

—Capitán, nos encontramos a menos de una milla del Cabo de Miedo —anunció el piloto del barco.

—No os preocupéis y seguid en esa dirección.

 —Lo que usted ordene, capitán. Pero debemos estar atentos ante la aparición del monstruo gigante.

 —¡Tonterías! Sólo existe en la imaginación de algunos cobardes.

 Anochecía en la vasta inmensidad del océano, cuando las aguas comenzaron a agitarse violentamente contra el casco de la embarcación, haciéndola tambalear. Olas enormes, de varios metros de altura, se alzaban hasta alcanzar los camarotes y arrastrando con todo lo que se hallaba sobre el barco.

 —¡Arríen las velas! —gritó el capitán.

 —¡Dios santo! ¡Es el monstruo marino! —clamó despavorido el piloto, mientras observaba desconcertado en la bitácora cómo la aguja de la brújula giraba enloquecidamente.

 Un grupo de marineros, armados con arpones, corrieron hasta la borda barco dispuestos a defenderse del ataque de aquello que estuviese allí sumergido. Lo que ocurrió después fue veloz y repentino como un rayo: el barco dio varias vueltas sobre sí mismo y apareció, con lo que quedaba de la tripulación, en el centro de un parque de una gran ciudad.

  Alfonso Núñez descendió del barco vestido con su armadura, junto al piloto y dos marineros, y observó asombrado el nuevo paisaje que se presentaba ante sus ojos. Edificios más altos que torres, llenos de luces y amplios carteles, resplandecían sobre una amplia avenida transitada por vehículos con movimiento propio.

  Los cuatro anduvieron algunos minutos por el parque y luego se sentaron en un banco. Un hombre alto y de bigote que se movilizaba en un vehículo que flotaba sobre la calle los vio y se les acercó.

  —Por la vestimenta que llevan infiero que ustedes deben venir del pasado, ¿no es así?  —les preguntó en un español algo forzado.

 —Supongo que no se equivoca —respondió el capitán.

 —Permítanme presentarme: mi nombre es Eron Tark. Estamos en el año 2055. No son los únicos a los que les ha sucedido este digamos… infortunio. Hay una zona del planeta donde se produce con frecuencia una ruptura en el espacio-tiempo, con inversión temporal. Por aquí cerca, incluso, han aparecido algunos animales antediluvianos.

 » Aunque la ciencia ha logrado grandes avances en el tema de los viajes temporales, lo único que se ha podido conseguir hasta el momento es el viaje al pasado, pero a un universo paralelo, lo que no les ayudaría mucho si quisieran regresar a su tiempo. —Los marinos lo escuchaban absortos sin poder entender bien el significado de todo aquel palabrerío.

 —Suban. Los voy a llevar a recorrer la ciudad.

 Los cuatro marinos aceptaron la invitación. Tark conocía Megalópolis, su ciudad, como la palma de su mano.

 Durante más de una hora estuvieron recorrieron el ejido urbano, con sus monumentales construcciones y sus amplias e iluminadas avenidas. El vehículo, que utilizaba hidrógeno como combustible, circulaba silencioso y veloz por el aire, cerca del suelo, mientras los marinos españoles no podían dar crédito a lo que estaban viviendo.

  —Jamás en mi vida me hubiera imaginado que se podría viajar en una cosa así, sin caballos que tiren del carro —comentó con entusiasmo el capitán Núñez, sentado a la derecha del conductor.

—Es sólo cuestión de práctica y de respetar las señales de tránsito.

Al doblar en una esquina, uno de los botones del tablero del coche comenzó a titilar con una luz roja brillante.

—¿Para qué sirve esta lucecita? —preguntó el capitán Núñez, pulsando con su dedo índice el botón que se había iluminado.

De repente, el coche aceleró con ímpetu y fue a dar contra una columna de iluminación que se encontraba en la acera, partiéndose en pedazos y sin dejar sobrevivientes.

Al día siguiente, el diario dio a conocer la noticia de la tragedia sucedida, informando de la muerte del señor Eron Tark, pero sin poder conocer aún la identidad de los otros cuatro fallecidos.

LA HUIDA

Maritza Macías Mosquera

 

De alguna manera Don Cosme, el patrón de la embarcación se había transformado en el líder de aquel pequeño grupo de personas de la caleta de los mariscadores, gente humilde que vivía de la recolección de los productos del mar. El patrón del barco, hombre visionario, había comprado aquella embarcación con el fin de salir a la pesca, y nunca imaginó que tendría que utilizarla con otro propósito.

Pero los hechos obligaron a obrar de otra manera. Los últimos ataques con armas químicas y biológicas entre los países más ricos del planeta habían dejado como consecuencia un aumento de la radioactividad y la contaminación, sumado al cambio climático, lo que había producido la devastación de la tierra y provocado hambrunas, pandemias y, sobre todo, el enloquecimiento de los sobrevivientes por mantenerse con vida a costa de lo que fuera, aunque esto incluyera saqueos y asesinatos.

Los pobladores del pequeño pueblo costero vivían tranquilos desde siempre, alejados de toda modernidad, sólo sabían por la vieja radio de don Cosme, que el resto del mundo estaba sumido en guerras constantes y todo tipo de desgracias. El planeta como tal ya no existía, había sucumbido a la deshumanización tecnológica, científica y armamentista. Todo lo que quedaba eran ruinas.

Los lugareños nunca tomaron demasiado en cuenta esas noticias, pues sentían que no les afectaban, sin embargo, ya sabían que hordas de furibundos sobrevivientes caminaban en torno a los lugares más alejados de las ciudades, en busca de comida y de lo que pudiesen encontrar. Sabían, también, que un pequeño poblado cercano al de ellos había sido saqueado días atrás y todos los hombres y niños fueron asesinados. Se llevaron a las mujeres y para esclavizarlas. Por supuesto, los de la caleta no quisieron correr la misma suerte y se organizaron.

Había una isla a la que sólo había llegado el patrón en su bote. Nadie más conocía las coordenadas, por lo tanto, él llevaría a toda la gente de la caleta que no sobrepasaba la treintena. El bote tenía poca capacidad, por lo que los más ancianos decidieron quedarse para ser rescatados en un segundo viaje, si es que eso era posible, dándole oportunidad a los más jóvenes. Su promesa era informar a los invasores que solo ellos habitaban la caleta.

Gracias a la radio del patrón se habían enterado de que la horda avanzaba hacia poblados lejanos a las urbes, así que era cosa de horas que llegaran hasta allí los depredadores.

Subieron al bote a toda prisa y se marcharon saludando con gestos a quienes los despedían desde la orilla; algunas ancianas lloraban en silencio.

Llegaron a la orilla de la isla deshabitada después de muchas horas de navegación y bajaron a toda prisa, mientras los designados se organizarían como estaba dispuesto. Pero el patrón debía regresar con la esperanza de rescatar a los habitantes mayores que quedaron en la caleta.

Con el correr del tiempo, los nuevos habitantes bautizaron la isla como Esperanza, la misma esperanza con la que cada día se acercaban a la orilla y aguardaban la llegada del bote de don Cosme con el resto de los habitantes de la caleta. Pero éste nunca regresó.



Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.


 

TORNILLOS EN LA FERRETERÍA

Gastón Caglia

 

Despertó en una pieza diminuta, mal iluminada y fría. Un pitido incesante envolvía el ambiente. Tomó el teléfono celular del suelo pero de inmediato lo regresó al lugar en donde estaba. Su intención fue continuar durmiendo, pero una sensación poderosa se lo impidió, una alarma en su cerebro y su corazón lo paralizó dejándole la piel erizada por el terror. No recordaba que ese lugar fuera su casa y, sin estar del todo seguro de que estaba despierto, gritó.

—¡Germán! —Como nadie respondió insistió con más fuerza—. ¡Germán! —Pero nuevamente nadie acudió a su llamado—. Maldito seas Germán, nunca estás cuando más se te necesita, desgraciado. Seguro que se está emborrachando en el bar de la esquina a escondidas —murmuró.

De inmediato regresó a su primer pensamiento y el mismo pánico borroso de un minuto antes lo volvió a invadir de pies a cabeza pues, con Germán o sin él, no recordaba cómo había llegado a ese lugar. Se incorporó con suma torpeza. Sus pies descalzos tocaron las frías baldosas, tan porosas y sucias como añosas.

Al salir de la cama un televisor apagado apareció en su campo visual. Era uno de esos aparatos cuadrados, grandes y con los bordes redondeados. Dio un salto horrorizado. El reflejo de su imagen lo asustó; lo que se reflejaba en la negra pantalla no era él. Empero, consultó su reloj y otro terror, más materialista, lo acometió, nuevamente iba a llegar tarde al trabajo.

Las ropas, desordenadamente revueltas sobre una silla de paja con una pata chueca, le parecieron un tanto extrañas. Al vestirse comprobó que eran de su talla. Pese a ello, un sentimiento de extrañeza y malestar comenzó a manifestarse en todo su cuerpo, como cuando una persona se viste con ropas ajenas o peor, de un muerto. De la pared pendían un crucifijo torcido y un cuadro de unos niños harapientos y con vientres abultados que juguetean con una cantidad increíble de perros; una copia, sin duda. El ambiente de la pieza era todo así, decadente.

Se vistió presuroso prescindiendo de la ayuda de su criado.

—¿Cómo llegué acá, maldita sea? Debe haber sido una jugarreta de mi enemigo con la ayuda imprescindible de Germán. Pero a su debido tiempo todo caerá por su propio peso y, así y asá, verán lo que es bueno. Ya verán —concluyó con una sentencia inconducente.

Al recoger nuevamente el teléfono celular del piso advirtió que este había estado sonando por horas. Más de veinte llamadas en el buzón.

¡Estás despedido!

Quien carajo te creés que sos para no venir otra vez.

Ya elevé el pedido a la Superintendencia, ni te calientes en venir.

Se acabó el juego, Goliadkin. Sabemos lo que hiciste. Dejá de hacerte el loco. Te vimos, decía el último mensaje de texto.

Soltó el aparato sobre la cama, como si le quemara.

Pero antes de resolver esto hay problemas más urgentes que atender, se dijo.

 

La puerta de la ferretería se abrió y la campanilla colgada del marco emitió su característico sonido. Goliadkin se sobresaltó por el sonido estridente y agudo dando un respingo teatral mientras se llevaba las manos a los oídos. A su parecer ese sonido era intolerable para su voluble estado. Sin más se arrojó sobre el mostrador. A un costado, dos personas parecían debatir sobre las bondades de una canilla.

Goliadkin se inclinó acercándose al dependiente, no sin antes echar una mirada de soslayo a su alrededor para ver si los presentes no se estaban refiriéndose a él, pero para su sorpresa los dos desconocidos no cuchicheaban más que de cueritos, canillas y llaves. Sin embargo, una angustia creciente le oprimió la garganta.

—Buenas, necesito, usted sabe, así y asá, un tornillo, de los que se enroscan al revés. Si es un amigo podrá entender.

El dependiente, al escuchar los primeros desvaríos, volvió la vista hacia la tabla de promedios publicada en el diario.

—Yo sé que alguien que me odia, un enemigo de la república, y mío, me persigue adelantándose a todos los lugares a los que yo voy.

—Don, ¿qué es lo que quiere?, acá no tenemos eso —masculló el empleado de la ferretería ya sin paciencia y, sin sacarse el palillo de la boca para regresar al estudio concienzudo del diario.

—No pretenda usted que no sé fehacientemente que él ya ha estado acá —acometió en tono cómplice Goliadkin para luego concluir—: No deseo importunarlo, bueno, así y asá, usted comprenderá, debo retirarme, pero le dejo mi tarjeta de presentación por si aparece el tornillo que estoy necesitando, mi criado ha abandonado mi pieza y debo ocuparme de esos menesteres…

Sin embargo, se detuvo abruptamente en su incoherente y desenfrenado monólogo cuando, dominado por el terror, alcanzó a ver a su enemigo reflejado en la pantalla negra de un monitor de computadora desenchufado. Su corazón dio un vuelco, farfulló más incoherencias y se retiró dando un portazo. El empleado continuó con el estudio de los descensos sin percatarse del rostro desdibujado de quien acababa de marcharse. La tarjeta de presentación quedó sobre el mostrador entre folletos y papeles sueltos.

 

Iakov Petrovich Goliadkin. – Jefe de Sección

Área de Planificación – Provincia de ….

 

En la vereda abordó un taxi y se dirigió al edificio en que se encuentraba su departamento, el lugar del que había salido hacía tan solo una hora. Subió volando las escaleras.

Deben haber querido asustarme, pensó, mientras caminaba dando grandes zancadas por la pieza.

—Es sólo eso. Eso, es solo eso —murmuró mientras estudiaba con detenimiento los mensajes en su teléfono celular. Descubrió que misteriosamente no tenían remitente.

Bueno, reflexionemos, joven amigo, se dijo, las notificaciones no tienen remitente, eso es harto extraño.

Buscó en un abrigo que había quedado sobre la silla de paja. La situación comenzó a carcomerle la cabeza. Encontró un sobre cerrado pero lo dejó en el bolsillo.

—Debo ir a solucionar esto antes de leer la carta —reflexionó en voz alta—, sin duda acá estará la explicación a todo lo que está sucediendo.

Sin desearlo, se observó nuevamente en el televisor, y allí estaba. Con miedo volvió a mirar, pero esta vez de reojo. Esto no es una ilusión, se dijo. El otro ser no lo perdía de vista y lo seguía con la mirada desde la pantalla del televisor.

—¿Eres mi hermano menor? —alcanzó a murmurar mientras alzaba la mano en un vano intento por tapar de su visión la pantalla. Pese a eso, su doble comenzó a hablar, intentando entablar una conversación.

La imagen reflejada se inclinó hacia él haciendo una mueca, sin embargo en la copia era poco menos que la imitación de un mono, un burdo remedo del gesto de Goliadkin.

—No empieces con eso otra vez —murmuró Goliadkin.

—No empieces con esto otra vez —repitió la imagen en la pantalla.

Goliadkin, apremiado por lo estrambótico de la escena se vio obligado a huir mientras ese otro continuaba hablando. Sus palabras se perdieron en el aire cuando ganó las escaleras para abalanzarse sobre el acogedor bullicio de la calle…

 

Despertó en su pequeña pieza tan mal iluminada y fría como siempre. Un pitido incesante se dejaba escuchar envolviendo el ambiente. Tomó el teléfono celular pero de inmediato volvió a apoyarlo sobre la mesita de luz. Deseaba seguir durmiendo pero algo se lo impidió, una alarma se activó en su cerebro y su corazón se paralizó dejando su piel erizada por el terror. Sin estar del todo seguro de que estaba despierto, gritó.

—¡Germán!

—Dígame señor, ¿qué desea?

—Vísteme rápido, que estoy apurado —dijo mientras se ponía de pie y se vestía. Sus pies descalzos sintieron el frío gélido de las baldosas. Tembló con escalofríos. Germán había dado media vuelta y desaparecido de la escena.

Se miró en el televisor, y allí estaba. ¡Ah, claro!, chilló, y luego murmuró muy quedamente y abstraído, el otro. Su doble, la imagen reflejada, se inclinó hacia él con una mueca de burla.

—No empieces con eso otra vez —murmuró Goliadkin y bajó las escalaras corriendo, casi una huida teatral. Pero la imagen no desapareció ni se calló.

—¡Sabemos que no eres el verdadero Goliadkin! —oyó que gritaban desde su pieza.

Necesitaba huir. Pero al llegar al palier del edificio e intentar abrir la puerta se topó de frente con otro hombre. Vestía igual que él, y lo miraba con los mismos ojos asustados.

—¡Tú otra vez! —exclamó Goliadkin—. ¡Desde ahora y para siempre te declaro mi enemigo!

Permanecieron mirándose como dos boxeadores a punto de comenzar la contienda, paralizados y nerviosos, pero Goliadkin tomó raudamente la iniciativa y poniéndose de costado en el angosto pasillo se escabulló de su otro yo y corrió hacia la ferretería desesperado por desaparecer de los ojos de su copia. Llegó en un minuto al negocio.

Entró sin advertir el horrible tintineo de la campanilla en la puerta, recorrió los pasillos sin rumbo fijo, hasta que, sin saber bien por qué, su atención se fijó en un tornillo diminuto de una estantería. Sintió que lo necesitaba. Se estiró para tomarlo justo cuando una mano curtida, con dedos gruesos y callosos se posó sobre la suya.

—Yo lo vi primero —refunfuñó el empleado de la ferretería, un hombre robusto vestido con una camisa de trabajo gris arremangada. Los botones sin incrustar en los ojales dejaban a la vista su tupido pelaje en el pecho, lo que le confería un aspecto simiesco.

—No, no... es importante para mí —balbuceó Goliadkin, sujetando el tornillo con fuerza por la punta, pero sus manos eran más débiles y la posición del tornillo terminó por vencerlo. El empleado entornó los ojos, negó con la cabeza y tiró del objeto con fastidio.

El forcejeo torpe, que comenzó cuando Goliadkin intentó hacerse con total legitimidad del tornillo, hizo que el empleado, al quedarse sin oposición y con el tornillo en la mano, porque el otro lo soltó, cayera contra los estantes derribando algunas cajas de clavos y más tornillos de los que ambos podrían necesitar en varias vidas.

Goliadkin sintió que la situación se descontrolaba, que otra vez su realidad se deslizaba hacia un absurdo mucho más caótico. Pese a ello se abalanzó contra el hombre de camisa gris y, producto de lo sorpresivo del ataque, el tornillo cayó al suelo y rodó bajo un estante.

—¿Ve lo que ha logrado? Ahora ninguno lo tiene —se quejó el empleado, sacudiéndose la camisa con las manos grasientas. Goliadkin, más rápido de reflejos y con mejor físico para esos menesteres, se acuclilló para buscarlo con tanta mala suerte que al alzar la vista unos espejos a la venta en la pared reflejaron otra vez su rostro. O el de otro, y otro y otro, y no pudo evitar un grito ahogado. El mundo giró a sus pies.

Al huir de la ferretería, con las manos temblorosas y la sensación de haber escapado por poco de un desastre mayor, Goliadkin se dirigió al edificio en el que vivía. Cuando abrió la puerta del vestíbulo, sintió un escalofrío, dado que el empleado de la ferretería, el mismo con el que había forcejeado por el tornillo, estaba allí. Lo observó con una expresión inescrutable y asintiendo lentamente dijo:

—Nos volvemos a ver, vecino.

Goliadkin sintió que se le revolvía el estómago. Concluyó que nada en su vida era una coincidencia. Ganó las escaleras corriendo. Al entrar a su pieza cerró la puerta con dos vueltas de llave y colocó el pasador. Como si eso fuera poco se apoyó sobre la puerta haciendo fuerza hacia afuera. Sin embargo nadie tocó o intentó abrirla.

Esa noche, en su departamento, sintió que el sueño lo eludía. Se sentó en el borde de la cama con la sensación de que alguien lo observaba amparado por la zona de penumbras de la pieza.

—Esto es inaudito, lo debo elevar a las autoridades superiores, mi jefe de sección debe saber de todo este desaguisado, le explicaré todo, que así y asá todo tiene una explicación. Que no era yo, que es otro que, así y asá se apoderó de mis amigos…

Entonces lo vio. Su doble estaba allí, de pie en lo oscuro, con la espalda contra el ángulo de las paredes de la pieza y sonriendo con una calma inquietante.

—Es ahora —susurró la figura.

Antes de que pudiera reaccionar, su doble dio un paso hacia él. No hubo resistencia ni forcejeo; fue como si ambos cuerpos se disolvieran en una niebla invisible. Su identidad, su esencia, su yo, se esfumaron en un proceso silencioso e irreversible.

Cuando la penumbra se aclaró, un solo Goliadkin quedó en la habitación. Se levantó con una sensación extrañamente liviana, caminó hacia el espejo y sonrió. Algo en su reflejo se veía distinto. Más seguro, más firme. Se acomodó la chaqueta y salió de la habitación hacia su oficina; debía dar unas cuantas explicaciones.


Gastón Caglia es abogado, mediador y profesor de ajedrez. Ejerce como funcionario del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Tiene 48 años, y vive en la localidad de Reconquista, provincia de Santa Fe. Escribe cuentos y relatos de ficción en general y ciencia ficción y terror en particular, bajo el pseudónimo de “Felipe Bochatay”. Ha publicado en algunas antologías de cuentos en formato papel y también en medios electrónicos latinoamericanos como en “Anapoyesis”, o “Narrativa”, entre otras. Asimismo escribe ensayos de sociología, literatura y ciencia ficción en su blog o en medios digitales y  podcast. Formó parte del comité científico de “Iberoamérica Social”.

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