Gastón Caglia
Despertó en una pieza diminuta, mal
iluminada y fría. Un pitido incesante envolvía el ambiente. Tomó el teléfono
celular del suelo pero de inmediato lo regresó al lugar en donde estaba. Su
intención fue continuar durmiendo, pero una sensación poderosa se lo impidió,
una alarma en su cerebro y su corazón lo paralizó dejándole la piel erizada por
el terror. No recordaba que ese lugar fuera su casa y, sin estar del todo
seguro de que estaba despierto, gritó.
—¡Germán! —Como
nadie respondió insistió con más fuerza—. ¡Germán! —Pero nuevamente nadie
acudió a su llamado—. Maldito seas Germán, nunca estás cuando más se te
necesita, desgraciado. Seguro que se está emborrachando en el bar de la esquina
a escondidas —murmuró.
De inmediato
regresó a su primer pensamiento y el mismo pánico borroso de un minuto antes lo
volvió a invadir de pies a cabeza pues, con Germán o sin él, no recordaba cómo
había llegado a ese lugar. Se incorporó con suma torpeza. Sus pies descalzos
tocaron las frías baldosas, tan porosas y sucias como añosas.
Al salir de la
cama un televisor apagado apareció en su campo visual. Era uno de esos aparatos
cuadrados, grandes y con los bordes redondeados. Dio un salto horrorizado. El
reflejo de su imagen lo asustó; lo que se reflejaba en la negra pantalla no era
él. Empero, consultó su reloj y otro terror, más materialista, lo acometió,
nuevamente iba a llegar tarde al trabajo.
Las ropas,
desordenadamente revueltas sobre una silla de paja con una pata chueca, le
parecieron un tanto extrañas. Al vestirse comprobó que eran de su talla. Pese a
ello, un sentimiento de extrañeza y malestar comenzó a manifestarse en todo su
cuerpo, como cuando una persona se viste con ropas ajenas o peor, de un muerto.
De la pared pendían un crucifijo torcido y un cuadro de unos niños harapientos
y con vientres abultados que juguetean con una cantidad increíble de perros; una
copia, sin duda. El ambiente de la pieza era todo así, decadente.
Se vistió
presuroso prescindiendo de la ayuda de su criado.
—¿Cómo llegué acá,
maldita sea? Debe haber sido una jugarreta de mi enemigo con la ayuda
imprescindible de Germán. Pero a su debido tiempo todo caerá por su propio peso
y, así y asá, verán lo que es bueno. Ya verán —concluyó con una sentencia
inconducente.
Al recoger nuevamente el teléfono celular
del piso advirtió que este había estado sonando por horas. Más de veinte
llamadas en el buzón.
¡Estás despedido!
Quien
carajo te creés que sos para no venir otra vez.
Ya
elevé el pedido a la Superintendencia, ni te calientes en venir.
Se acabó
el juego, Goliadkin. Sabemos lo que hiciste. Dejá de hacerte el loco. Te vimos,
decía el último mensaje de texto.
Soltó el aparato sobre la cama, como si le
quemara.
Pero antes de
resolver esto hay problemas más urgentes que atender, se dijo.
La puerta de la ferretería se abrió y
la campanilla colgada del marco emitió su característico sonido. Goliadkin se
sobresaltó por el sonido estridente y agudo dando un respingo teatral mientras se
llevaba las manos a los oídos. A su parecer ese sonido era intolerable para su
voluble estado. Sin más se arrojó sobre el mostrador. A un costado, dos
personas parecían debatir sobre las bondades de una canilla.
Goliadkin se
inclinó acercándose al dependiente, no sin antes echar una mirada de soslayo a
su alrededor para ver si los presentes no se estaban refiriéndose a él, pero
para su sorpresa los dos desconocidos no cuchicheaban más que de cueritos,
canillas y llaves. Sin embargo, una angustia creciente le oprimió la garganta.
—Buenas, necesito,
usted sabe, así y asá, un tornillo, de los que se enroscan al revés. Si es un
amigo podrá entender.
El dependiente, al
escuchar los primeros desvaríos, volvió la vista hacia la tabla de promedios
publicada en el diario.
—Yo sé que alguien
que me odia, un enemigo de la república, y mío, me persigue adelantándose a
todos los lugares a los que yo voy.
—Don, ¿qué es lo
que quiere?, acá no tenemos eso —masculló el empleado de la ferretería ya sin
paciencia y, sin sacarse el palillo de la boca para regresar al estudio
concienzudo del diario.
—No pretenda usted
que no sé fehacientemente que él ya ha estado acá —acometió en tono cómplice Goliadkin
para luego concluir—: No deseo importunarlo, bueno, así y asá, usted
comprenderá, debo retirarme, pero le dejo mi tarjeta de presentación por si
aparece el tornillo que estoy necesitando, mi criado ha abandonado mi pieza y
debo ocuparme de esos menesteres…
Sin embargo, se
detuvo abruptamente en su incoherente y desenfrenado monólogo cuando, dominado
por el terror, alcanzó a ver a su enemigo reflejado en la pantalla negra de un
monitor de computadora desenchufado. Su corazón dio un vuelco, farfulló más
incoherencias y se retiró dando un portazo. El empleado continuó con el estudio
de los descensos sin percatarse del rostro desdibujado de quien acababa de
marcharse. La tarjeta de presentación quedó sobre el mostrador entre folletos y
papeles sueltos.
Iakov
Petrovich Goliadkin. – Jefe de Sección
Área
de Planificación – Provincia de ….
En la vereda abordó un taxi y se
dirigió al edificio en que se encuentraba su departamento, el lugar del que había
salido hacía tan solo una hora. Subió volando las escaleras.
Deben haber
querido asustarme, pensó, mientras caminaba dando grandes zancadas por la
pieza.
—Es sólo eso. Eso,
es solo eso —murmuró mientras estudiaba con detenimiento los mensajes en su
teléfono celular. Descubrió que misteriosamente no tenían remitente.
Bueno,
reflexionemos, joven amigo, se dijo, las notificaciones no tienen remitente,
eso es harto extraño.
Buscó en un abrigo
que había quedado sobre la silla de paja. La situación comenzó a carcomerle la
cabeza. Encontró un sobre cerrado pero lo dejó en el bolsillo.
—Debo ir a
solucionar esto antes de leer la carta —reflexionó en voz alta—, sin duda acá
estará la explicación a todo lo que está sucediendo.
Sin desearlo, se
observó nuevamente en el televisor, y allí estaba. Con miedo volvió a mirar,
pero esta vez de reojo. Esto no es una ilusión, se dijo. El otro ser no lo
perdía de vista y lo seguía con la mirada desde la pantalla del televisor.
—¿Eres mi hermano
menor? —alcanzó a murmurar mientras alzaba la mano en un vano intento por tapar
de su visión la pantalla. Pese a eso, su doble comenzó a hablar, intentando
entablar una conversación.
La imagen
reflejada se inclinó hacia él haciendo una mueca, sin embargo en la copia era
poco menos que la imitación de un mono, un burdo remedo del gesto de Goliadkin.
—No empieces con
eso otra vez —murmuró Goliadkin.
—No empieces con
esto otra vez —repitió la imagen en la pantalla.
Goliadkin,
apremiado por lo estrambótico de la escena se vio obligado a huir mientras ese
otro continuaba hablando. Sus palabras se perdieron en el aire cuando ganó las
escaleras para abalanzarse sobre el acogedor bullicio de la calle…
Despertó en su pequeña pieza tan mal
iluminada y fría como siempre. Un pitido incesante se dejaba escuchar
envolviendo el ambiente. Tomó el teléfono celular pero de inmediato volvió a
apoyarlo sobre la mesita de luz. Deseaba seguir durmiendo pero algo se lo
impidió, una alarma se activó en su cerebro y su corazón se paralizó dejando su
piel erizada por el terror. Sin estar del todo seguro de que estaba despierto,
gritó.
—¡Germán!
—Dígame señor, ¿qué
desea?
—Vísteme rápido,
que estoy apurado —dijo mientras se ponía de pie y se vestía. Sus pies
descalzos sintieron el frío gélido de las baldosas. Tembló con escalofríos.
Germán había dado media vuelta y desaparecido de la escena.
Se miró en el televisor, y allí
estaba. ¡Ah, claro!, chilló, y luego murmuró muy quedamente y abstraído, el
otro. Su doble, la imagen reflejada, se inclinó hacia él con una mueca de
burla.
—No empieces con eso otra vez
—murmuró Goliadkin y bajó las escalaras corriendo, casi una huida teatral. Pero
la imagen no desapareció ni se calló.
—¡Sabemos que no eres el
verdadero Goliadkin! —oyó que gritaban desde su pieza.
Necesitaba huir. Pero al llegar
al palier del edificio e intentar abrir la puerta se topó de frente con otro
hombre. Vestía igual que él, y lo miraba con los mismos ojos asustados.
—¡Tú otra vez! —exclamó Goliadkin—.
¡Desde ahora y para siempre te declaro mi enemigo!
Permanecieron mirándose como dos
boxeadores a punto de comenzar la contienda, paralizados y nerviosos, pero Goliadkin
tomó raudamente la iniciativa y poniéndose de costado en el angosto pasillo se
escabulló de su otro yo y corrió hacia la ferretería desesperado por
desaparecer de los ojos de su copia. Llegó en un minuto al negocio.
Entró sin advertir el horrible
tintineo de la campanilla en la puerta, recorrió los pasillos sin rumbo fijo,
hasta que, sin saber bien por qué, su atención se fijó en un tornillo diminuto
de una estantería. Sintió que lo necesitaba. Se estiró para tomarlo justo
cuando una mano curtida, con dedos gruesos y callosos se posó sobre la suya.
—Yo lo vi primero —refunfuñó el
empleado de la ferretería, un hombre robusto vestido con una camisa de trabajo
gris arremangada. Los botones sin incrustar en los ojales dejaban a la vista su
tupido pelaje en el pecho, lo que le confería un aspecto simiesco.
—No, no... es importante para mí
—balbuceó Goliadkin, sujetando el tornillo con fuerza por la punta, pero sus
manos eran más débiles y la posición del tornillo terminó por vencerlo. El
empleado entornó los ojos, negó con la cabeza y tiró del objeto con fastidio.
El forcejeo torpe, que comenzó
cuando Goliadkin intentó hacerse con total legitimidad del tornillo, hizo que
el empleado, al quedarse sin oposición y con el tornillo en la mano, porque el
otro lo soltó, cayera contra los estantes derribando algunas cajas de clavos y
más tornillos de los que ambos podrían necesitar en varias vidas.
Goliadkin sintió que la situación
se descontrolaba, que otra vez su realidad se deslizaba hacia un absurdo mucho
más caótico. Pese a ello se abalanzó contra el hombre de camisa gris y,
producto de lo sorpresivo del ataque, el tornillo cayó al suelo y rodó bajo un
estante.
—¿Ve lo que ha logrado? Ahora
ninguno lo tiene —se quejó el empleado, sacudiéndose la camisa con las manos grasientas.
Goliadkin, más rápido de reflejos y con mejor físico para esos menesteres, se
acuclilló para buscarlo con tanta mala suerte que al alzar la vista unos
espejos a la venta en la pared reflejaron otra vez su rostro. O el de otro, y
otro y otro, y no pudo evitar un grito ahogado. El mundo giró a sus pies.
Al huir de la ferretería, con las
manos temblorosas y la sensación de haber escapado por poco de un desastre
mayor, Goliadkin se dirigió al edificio en el que vivía. Cuando abrió la puerta
del vestíbulo, sintió un escalofrío, dado que el empleado de la ferretería, el
mismo con el que había forcejeado por el tornillo, estaba allí. Lo observó con
una expresión inescrutable y asintiendo lentamente dijo:
—Nos volvemos a ver, vecino.
Goliadkin sintió que se le
revolvía el estómago. Concluyó que nada en su vida era una coincidencia. Ganó
las escaleras corriendo. Al entrar a su pieza cerró la puerta con dos vueltas
de llave y colocó el pasador. Como si eso fuera poco se apoyó sobre la puerta
haciendo fuerza hacia afuera. Sin embargo nadie tocó o intentó abrirla.
Esa noche, en su departamento,
sintió que el sueño lo eludía. Se sentó en el borde de la cama con la sensación
de que alguien lo observaba amparado por la zona de penumbras de la pieza.
—Esto es inaudito, lo debo elevar
a las autoridades superiores, mi jefe de sección debe saber de todo este
desaguisado, le explicaré todo, que así y asá todo tiene una explicación. Que
no era yo, que es otro que, así y asá se apoderó de mis amigos…
Entonces lo vio. Su doble estaba
allí, de pie en lo oscuro, con la espalda contra el ángulo de las paredes de la
pieza y sonriendo con una calma inquietante.
—Es ahora —susurró la figura.
Antes de que pudiera reaccionar,
su doble dio un paso hacia él. No hubo resistencia ni forcejeo; fue como si
ambos cuerpos se disolvieran en una niebla invisible. Su identidad, su esencia,
su yo, se esfumaron en un proceso silencioso e irreversible.
Cuando la penumbra se aclaró, un
solo Goliadkin quedó en la habitación. Se levantó con una sensación
extrañamente liviana, caminó hacia el espejo y sonrió. Algo en su reflejo se
veía distinto. Más seguro, más firme. Se acomodó la chaqueta y salió de la habitación
hacia su oficina; debía dar unas cuantas explicaciones.
Gastón Caglia es abogado, mediador y profesor de ajedrez. Ejerce como funcionario del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Tiene 48 años, y vive en la localidad de Reconquista, provincia de Santa Fe. Escribe cuentos y relatos de ficción en general y ciencia ficción y terror en particular, bajo el pseudónimo de “Felipe Bochatay”. Ha publicado en algunas antologías de cuentos en formato papel y también en medios electrónicos latinoamericanos como en “Anapoyesis”, o “Narrativa”, entre otras. Asimismo escribe ensayos de sociología, literatura y ciencia ficción en su blog o en medios digitales y podcast. Formó parte del comité científico de “Iberoamérica Social”.