domingo, 30 de noviembre de 2025

ERROR DE IMAGEN

Gergely Buglyó

 

Subo con cuidado la caja por las escaleras: me gasté dos meses de sueldo en el televisor nuevo. Por fin hoy podré tirar ese viejo trasto de tubo. En el segundo piso ya me resbalan las manos del sudor, tengo que cambiar el agarre. Ni en la puerta me atrevo a apoyarlo en el suelo; mejor toco el timbre con el codo.

—¿Y bien? —le digo a Dia con una sonrisa cuando abre. Recorre la enorme caja con la mirada, sorprendida: seguro no imaginaba lo que significaban en la vida real esos ciento veintisiete centímetros de pantalla.

Solo lo pongo en el suelo lo justo para quitarme los zapatos, y ya lo estoy llevando al salón. Mientras busco unas tijeras en el cajón, noto que me tiemblan las manos como cuando era chico, en Navidad. Sin duda es un buen regalo para celebrar que nos mudamos juntos.

—Pantalla OLED, resolución 4K, WebOS, función 3D… —enumero mientras corto las cintas adhesivas.

—Ajajá —niega Dia con la cabeza, divertida—. ¿Y todo eso realmente lo necesitamos?

Por ahora dejo el televisor viejo en un rincón, sobre unas cajas que aún no hemos vaciado, y enseguida me pongo a instalar el nuevo. Mientras corre la búsqueda de canales, alterno entre sentarme en el borde del sofá moviendo la pierna nerviosamente y ponerme de pie para caminar por el cuarto.

—Ahora sí podremos invitar a tus padres a ver tele —bromeo a medias, y ella me lanza una mirada afilada.

—Te dije que mi papá no puede caminar. ¿También querés cargarlo escaleras arriba?

Intento poner cara de comprensión. Yo presenté a Dia a mi familia desde el principio, pero ella lleva meses retrasando ese encuentro, como si le avergonzara mostrarme. Siempre surge alguna excusa: que están arreglando la casa, que tienen invitados ese fin de semana, y así. En realidad fue ella quien eligió nuestro departamento, así que no entiendo para qué demonios quería mudarse a un edificio sin ascensor si su padre es discapacitado. Pero no voy a discutir ahora. Parece que el sistema por fin está listo.

—Mirá esa nitidez HD. ¡Y esos contrastes, la hostia!

—Está bueno —admite Dia.

—¿También te gusta, no?

—Claro.

No le creo del todo; si fuera por ella, ese dinero seguiría guardado en nuestra cuenta como ahorro. Así que, con un impulso repentino, le pongo uno de los lentes 3D en la mano.

—Veamos Gravedad en 3D. Dicen que así es como se disfruta de verdad.

Ya en las primeras escenas me invade una sensación extraña, como si algo no encajara. Seguro es solo cuestión de que mis ojos se acostumbren al efecto tridimensional. A Dia no digo nada; parece no notar nada raro.

Llegamos a la escena en la que Sandra Bullock se queda dormida en gravedad cero. Y ahí, por fin, lo veo: su silueta proyecta una sombra larguísima sobre los cables de la derecha… aunque la fuente de luz está detrás. No aguanto más y pauso la película.

—¿Lo ves? —le señalo la imagen.

—¿Ver qué?

—Esa sombra no debería existir. Parece… como si saliera de la pantalla. No entiendo un carajo.

Me saco los lentes 3D a prueba. Las siluetas se duplican, el efecto se pierde, pero también desaparece la sombra.

—¿Será un fantasma de imagen? —arriesga Dia.

—Imposible —respondo tajante—. Son lentes polarizados: sin ellos tus ojos ven las dos imágenes a la vez, pero la señal es la misma. Si fuera un defecto de verdad, tendría que verse también ahora.

Me pongo de nuevo los lentes. La sombra reaparece: una mancha oscura, borrosa, asentada sobre esa falsa profundidad.

 

—¿Llamaste al servicio técnico? ¿Qué te dijeron? —pregunta Dia mientras deja la ropa del gimnasio en el cesto.

—Puras idioteces —lanzo una mirada de odio al teléfono, como si fuera su culpa—. Que me fije en la distancia, en el ángulo desde el que veo la pantalla… estupideces así. Ni entendieron de qué tipo de falla hablo.

—¿No sería mejor llevarlo para que lo revisen?

Me quedo pensando en eso. Me encantaría experimentar más con el error, pero lo importante es que tengamos un televisor que funcione bien.

—Mañana lo llevo antes del trabajo. Vamos a comer la pizza antes de que se enfríe; me muero de hambre.

—¿Estás loco? —Dia me mira indignada—. ¡Ya estoy demasiado gorda para mi papel! ¿Para qué te crees que entreno tanto, para comer pizza después?

—Pero no necesitas adelgazar. —Trato de convencerla con un beso rápido, y me siento en la cocina a atacar mi porción.

 

El viernes siguiente me llaman del servicio técnico: no encontraron nada, el 3D funciona perfecto. No me parece que sea así.

—A algunos les pasa eso: ven partes de la imagen duplicadas —me explica amablemente la empleada—. No es una falla del aparato.

¿Y ahora qué? ¿Gritarles para que lo cambien? Al final solo agradezco y corto la comunicación. No me tocaba trabajar ese día, así que tengo la tarde libre para llegar al fondo del asunto.

Pruebo varias películas en 3D. La sombra siempre aparece: primero después de media hora, luego a los cinco minutos y en la última, de inmediato. Y siempre en el mismo sitio. Incluso cuando en la escena no hay nada que pueda proyectarla.

No te exaltes, me repito. Es solo una sombra tonta, un error de imagen. Pero alrededor de esa sombra… empieza a tomar forma algo más. Algo que se parece…

Golpean la puerta de repente. Quien sea, llega en el peor momento. Pauso la película y voy a abrir como en automático. Antes de darme cuenta, ya estoy estrechando manos. Varias.

—Hola.

Son dos chicos: Imi y… Atesz, creo. Compañeros de trabajo, aunque sé poco de ellos porque están en el área de electrónica.

—Perdón que caigamos así —dice Atesz. Su cabeza rapada brilla bajo las luces del pasillo—. Egresi tenía tu nueva dirección anotada, pero no tu número. Escuchamos lo del televisor… y bueno, si no te molesta, nos gustaría verlo. Ya nos encontramos con algo así antes.

Lo dudo mucho, pienso, pero los dejo pasar. ¿A quién carajo le conté esto en el trabajo? La oficina es un nido de chismes, parece un geriátrico.

Justo entonces llega Dia. Se queda mirando al grupo en silencio, atónita, pero antes de que pueda explicarle qué hacen ahí, desaparece en el baño. Yo destapo un par de cervezas para los chicos y les muestro la tele.

—¡Qué bruto! —Imi abre la boca, dejando ver unos dientes enormes y torcidos—. ¿Cuánto cobran en logística?

La película está detenida; solo corre el protector de pantalla del reproductor. Se me ocurre cambiar de fuente y buscar videos 3D en Youtube.

—¿Dónde está la sombra? —pregunta Atesz.

—Solo aparece en 3D. —Pongo un video de un bosque. Atesz agarra los lentes al tiempo que sigue hablando sin parar:

—Entonces no es un pixel muerto. Si lo fuera, lo verías siempre. ¿Probaste cambiar la resolución? —Asiento—. ¿Desactivar el motion processing?

—Ya la vio el servicio técnico —interviene Dia desde la puerta, molesta. Ni la oí entrar.

Atesz se ríe mientras acomoda los lentes en su nariz.

—No te metas, bebé. Esto es cosa de hombres.

—Eh, ¡un momento! —alzo la voz, pero Imi grita.

—¡La puta madre! —y salpica cerveza en el sofá.

Mientras Dia, furiosa, limpia la mancha, yo miro a los chicos. Aunque los lentes ocultan sus ojos, el gesto de sus rostros lo dice todo: están tan shockeados como yo. Y extrañamente eso me tranquiliza. Prueba que no estoy loco.

Les pido los lentes. El bosque cobra profundidad… y aparece la sombra. Pero ya no es solo eso. Entre los árboles se distingue una figura encorvada, humana, pero no del todo. Destaca del entorno, se nota que no pertenece al video, que no está filmada ahí. Y la sombra es suya.

Silencio. Cierro los ojos bajo los lentes; solo siento el aliento con olor a cerveza de los chicos. La figura y su sombra tardan en desvanecerse, como si la imagen se me hubiera quedado grabada en la retina. Me recorre un escalofrío.

—Quizá es un hacker —dice Imi, con los dientes sobresaliendo bajo la luz—. Alguno que quiere joder.

Todos sabemos que no. Esto solo aparece en 3D, y encima son archivos externos: las películas eran Blu-ray, y ahora el video viene de un servidor de Youtube.

Cuando se van los chicos, sigo rebobinando el video una y otra vez. El bosque empieza a volverse borroso y veo otra cosa: vigas en el suelo, una cama, paredes, una puerta. Es un desván. Y la figura encorvada está en la entrada.

Pero hay algo más, algo que debería ver. Lo sé. A veces aparece apenas, en el borde de la imagen, y luego se esfuma, como si jugara conmigo.

Casi ni registro cuando Dia junta las cervezas a medio terminar.

—Por favor, no vuelvas a invitar a esos dos —dice bajito. Al no responder, me pone la mano en el hombro—. Te vendría bien un descanso. El televisor no se va a ir.

—No. Mejor veámoslo juntos.

La oigo inhalar hondo, y luego soltarse lentamente. Finalmente se sienta a mi lado y se pone el otro lente.

Vuelvo a ver el video una y otra vez, ahora con ella. Las imágenes cambian constantemente: la escena del bosque es devorada poco a poco por la del desván. Al final el video se divide en dos realidades: sin lentes, un paseo por el bosque con contornos dobles; con lentes, una pesadilla tridimensional. Y en el borde de la pantalla, apenas perceptible, sigue apareciendo esa cosa blanquecina.

¿Qué es? Me enloquece no saberlo, pero justo esa obsesión me da un foco. Sin ella, mis pensamientos se derrumbarían como una torre de Jenga mal armada.

Dia también parece cada vez más asustada, pero debe ver en mi cara por lo que estoy pasando.

—Tranquilo, amor —fuerza una sonrisa—. Seguro tiene una explicación.

No tengo ánimo ni para agradecer. Media hora después me deja solo, pero yo no puedo soltarlo. Ceno frente al televisor.

—¡Basta! —exige Dia más tarde—. ¡Te estás obsesionando!

Quizá tiene razón, pero no puedo dejarlo así.

—¿No te intriga saber qué es eso del costado?

—No —responde tajante—. Ya sé que voy a dormir bastante mal. Te espero en la cama, ¿o vas a pasar la noche con tu tele?

No tengo respuesta. Cuando sigo pensando qué decir, ella se encoge de hombros y se encierra en el dormitorio.

Rebobino el video una última vez. La imagen ya es casi nítida, pero la figura oscura sigue siendo solo un contorno, porque una lámpara se balancea a sus espaldas. Parece que mueve los pies, como si avanzara. Y del lado más cercano del efecto 3D, junto a la cama, veo esa cosa. La profundidad hace que parezca tan cercana que podría tocarla, pero al mismo tiempo tiene el mismo desenfoque difuso de los objetos fuera de foco.

Luego la imagen se aclara. Y lo veo. Huesos. Un enorme montón de huesos humanos.

Paso todo el fin de semana frente al televisor. Le había prometido a Dia que el sábado a la noche iríamos juntos al show de su amiga, pero me doy cuenta de que sería incapaz de disfrutar de nada hasta descubrir el secreto del desván. Estoy convencido de que todo esto tiene sentido, que si lo resuelvo esa opresión en el estómago desaparecerá. Se lo explico a Dia, pero ella se pone el disfraz, toma su bolso y se va sola. Da un portazo digno de una adolescente.

El fin de semana pasa y no avanzo nada. El lunes aviso que estoy enfermo, toda la semana; de todas formas no podría concentrarme en el trabajo. Pero hasta yo noto que estoy estirando demasiado la cuerda. El martes ya tengo los gemelos contracturados, me duele la espalda de tanto estar sentado, pero lo peor es la neblina mental que se me va asentando en el ánimo. Después de mucho resistirme, dejo que Dia me arrastre lejos del televisor. Nos sentamos en una cafetería, pero no puedo hablar con ella como antes. Me quedo mirando la pared empapelada con estrellitas.

—¿A vos te parece que esto está bien? —rompe el silencio mientras esperamos el café. —Niego con la cabeza. Algunas de las estrellas impresas parecen sobresalir del papel, como en relieve—. ¿Así imaginabas que sería vivir juntos? —pregunta con frialdad.

—Perdoname —es todo lo que logro decir.

Me aprieta el hombro.

—¿Qué carajo te pasa? Casi no te reconozco.

—No es nada grave. Lo voy a resolver, solo necesito tiempo para…

—¡Ningún tiempo! —estalla ella. La pareja de la mesa de al lado deja de besarse para mirarnos—. ¡Ese maldito televisor es el problema! Mañana tengo ensayo general en Budapest, vuelvo tipo diez de la noche. Para entonces, quiero que te hayas deshecho de él.

—¿Qué? ¿Que lo venda? ¿En un día?

—O que lo devuelvas, o lo hagas pedazos con un martillo. Me da igual. Pero cuando vuelva, no quiero verlo.

Dia se va al amanecer. Apenas oigo cerrarse la puerta, me levanto de la cama y me quedo mirando al televisor apagado en el salón: la pantalla es demasiado oscura, parece contener la oscuridad y empujarla hacia afuera. ¿Qué hago? ¿Lo llevo al servicio técnico como dijo Dia? Al final agarro el mando y lo enciendo.

En cuanto me pongo los lentes, ya estoy dentro del desván. Esto ya no es simple 3D, no es una ilusión. Me levanto. Crujen las vigas bajo mis pies, no el parqué del departamento. De reojo distingo el montón de huesos, pero no quiero mirarlo. Más allá del marco vacío de la puerta, una luz se balancea. Alguien viene. El pulso me retumba en los oídos, pero aun así oigo los pasos. Algo oscuro aparece en la entrada.

Me arranco los lentes. El desván se esfuma, pero tardo varios minutos en recuperar el ritmo de la respiración. Me lavo la cara. Pienso. Si no hago algo, voy a enloquecer. ¿Pero qué?

Abro la laptop y escribo “asesor paranormal” en el buscador. Aparece de todo: coaching espiritual, castillos encantados, tonterías así. Hasta que encuentro a alguien. “Visitas a domicilio. Amplia experiencia. Capaz de detectar restos de ectoplasma sin instrumentos.” Esa última frase me da mala espina… pero lo llamo igual.

Dos horas después suena el timbre. En la puerta hay un tipo bien vestido, con una sonrisa confiada.

—Hola, soy Ervin Westhilfer. ¿Dónde viste a la entidad? En este rubro solemos tutearnos, ¿no te molesta?

Me presento rápidamente y lo llevo hacia el salón. En la entrada se detiene varias veces y palpa las paredes.

—Percibo… cómo decirlo… rastros de una presencia ajena.

—¿La de mi novia? Si mirás esa mancha, fue ella la que tiró café contra la pared. No está en casa.

Lo apuro para que siga. Tropieza con una caja llena de tapitas que colecciono, pero al fin llegamos al salón. Enciendo el televisor.

—A veces, una entidad no se manifiesta físicamente, sino que se comunica a través de dispositivos electrónicos —explica Ervin cuando empieza a entender de qué le hablo—. ¿No habrán asesinado al dueño anterior del aparato?

—Lo compré nuevo. Recién salido de fábrica —gruño.

—Entonces es posible que estés recibiendo un mensaje del plano astral —continúa alegremente—. Suele pasar cuando la entidad quiere advertir, vengarse o pedir ayuda.

Mi paciencia se va agotando, pero igual pongo un video 3D. Ni toco los lentes; se los doy a Ervin y le indico que se los ponga.

—Veo una sombra —dice. Parece que lo que sea que habita en el televisor se modera un poco para él.

—¿Qué puede ser? —pregunto.

—Los mensajes astrales suelen tener una conexión personal. ¿Perdiste a alguien que quisiera contactarte? Si no encontramos la respuesta ahora, igual puedo ayudarte. Trabajo para una empresa parapsicológica; por una tarifa muy accesible…

Noto que ya ni mira la pantalla. ¿Cómo puede no afectarle ver cómo cambia la imagen? Seguro cree que es un truco mío para llamar la atención. Debe estar acostumbrado a eso con sus clientes.

Me siento a punto de desmayarme. Le pago rápido, a ver si capta la indirecta.

—Acá tenés mi tarjeta —dice en la puerta—. También vendemos trampas astrales, por si la enti…

—Hasta luego. —Le cierro la puerta en la cara.

Preferiría quedarme solo con mis pensamientos, pero justo cuando me siento a almorzar, suena el teléfono. Es Egresi, del trabajo.

—Mirá —empiezo—, esta semana todavía no puedo ir, pero…

—No es por eso por lo que te llamo. Al menos a vos te puedo ubicar —dice con una inquietud que me crispa.

—¿Cómo?

—¿No sabés nada de Imi Szabó y Attila Újhelyi? El viernes estuvieron viendo tu tele. Desde entonces no aparecen por el trabajo ni atienden el móvil.

Balbuceo algo y lo corto. Seguramente están bien… pero ¿y si no? ¿Y si esto es una especie de maldición? ¿Y si yo soy el próximo?

Me asomo detrás del televisor y voy desenchufando todos los cables uno por uno. Lo levanto y lo llevo hacia la ventana. ¿Lo tiro? Me acuerdo del sueldo invertido y lo dejo en el suelo, junto al sofá. Lo venderé en unos días, pero así, apagado, no puede hacerme daño. Traigo el viejo televisor de tubo del rincón y lo conecto.

Me recibe la imagen granulada de siempre. Un tipo aburrido habla de dentífricos. No hay desván, ni sombras, ni huesos. Por probar, me pongo los lentes 3D. Todavía dentífricos.

—Progreso —murmuro.

 

—Así que lo vas a vender, ¿eh? —dice Dia, tocando con los dedos el marco del televisor nuevo.

—Sí. Y no pienso encenderlo. Ya tuve suficiente.

Se sienta a mi lado y me mira largo rato. Tiene aún un pequeño manchón rojo cerca de la oreja, restos del maquillaje de ensayo. Seguro apuró el regreso para llegar a tiempo.

—No te creo —dice al fin—. Seguís obsesionado. Si fuera verdad que lo querés vender, ya no estaría acá.

De pronto ve la tarjeta de Ervin sobre la mesita. La levanta, la mira un segundo… y sus ojos se agrandan.

—¿Qué es esto? —pregunta, desorientada—. ¿Llamaste a uno de estos… payasos?

—Yo solo…

—No —me interrumpe. La confusión de su mirada da paso a la decepción… y a una especie de frialdad extraña—. Antes no creías en estas tonterías. Cambiaste.

¿En serio? ¿Después de todo queremos hablar de creencias? Me darían ganas de patear la mesa, pero al final solo termino gritando.

—¡Vos también lo viste, ¿no?! ¡Ese televisor, ese desván, no eran ninguna tontería!

—Pero un tipo así…

—…no va a arreglar nada, lo sé —la corto—. ¡Yo mismo lo desenchufé y yo mismo lo voy a vender! ¡Ya está, se acabó, no más errores de imagen!

Se hace un silencio breve.

—Otra vez “yo”. —Dia se pone de pie—. ¡Vos! ¡Siempre vos! ¡Tu televisor, tu vida, tu obsesión!

—¿Qué…?

—¿No te entra en la cabeza que vivir juntos no es eso?

—Ajá. Y vos podrías haber ayudado en vez de dejarme hundirme en esta mierda. Egoísta de mierda —me sale. Apenas lo digo me quiero morder la lengua.

Dia me mira como si fuera un insecto repugnante. Después se da vuelta y se encierra en el dormitorio.

La soledad me despeja un poco. Respiro hondo y vuelvo al sofá. Ya es casi medianoche cuando Dia sale. Me disculpo, y aunque acepta, su mirada sigue triste.

—No es solo culpa tuya —susurra, tomando mi mano—. Yo también arruiné esto de vivir juntos.

—¿A qué te referís?

—A que la idea era conocernos de verdad. Si querés, el domingo te presento a mis padres.

—Quiero —respondo. Y solo después de decirlo me doy cuenta de lo raro que sonó. ¿Querés tomar por esposa a la aquí presente Széphalmy Diána? Siento que se me dibuja una media sonrisa.

 

—¿Nervioso? —pregunta Dia al volante. El camino polvoriento se va acabando mientras nos acercamos a la última casa del barrio.

—No mucho —miento.

—Mentiroso —dice, y tiene razón. ¿Quién no estaría nervioso por conocer a los padres de su novia?

Al estacionar, nos recibe un concierto de ladridos. Por un instante entro en pánico, pero resulta que el perro está encerrado en el patio trasero. Una señora mayor, mejillas sonrosadas y una leve cojera, se acerca al portón. Así que ella es Gyöngyi. No parece peligrosa. Ojalá pudiéramos pasar rápido esos incómodos primeros minutos.

Me sienta en la cocina y me ofrece galletitas. Sé que se acercan las preguntas inevitables: en qué trabajo, qué clase de familia tengo y, con mala suerte, hasta para cuándo pensamos la boda. Busco la mirada de Dia, pero por alguna razón ella sale al recibidor.

—Un joven simpático —dice Gyöngyi con una sonrisa amable—. Preséntale también a tu papá.

—Claro.

—Pobrecito, ya no puede levantarse de la cama. ¿Le llevarías la medicina, por favor?

Acepto encantado: así pospongo la tanda de preguntas. Tomo la cajita de pastillas y subo la escalera. La madera vieja cruje bajo mis pies y de la barandilla se desprende la pintura cada vez que la toco. Entiendo por qué Dia se avergüenza de la casa de sus padres.

Cruzo un umbral y casi tropiezo con un tronco en el suelo: la luz de la lámpara del techo apenas entra allí. ¿Por qué no hay ventana? Más adelante distingo una cama en la penumbra. Al acercarme veo que está vacía. ¿No era que el padre de Dia estaba postrado?

A un lado, algo blanquea. Un bulto. Un bulto demasiado familiar.

Quiero gritar, pero no me sale la voz. Me acerco. Huesos. Me sorprendo a mí mismo mirando una calavera: mandíbula alargada, dientes prominentes. Los dientes de Imi.

Me cuesta no caer. El mundo gira. Tengo que largarme de allí. Me doy vuelta hacia la puerta, pero ya hay alguien. No se le ve la cara; su sombra cae sobre mis pies. Retrocedo hasta pegarme contra la pared. Por un instante veo exactamente lo mismo que en la imagen 3D del televisor. Quisiera sacarme los lentes, pero no llevo lentes.

El personaje se acerca… y reconozco a la madre de Dia. Ya no cojea.

Se me cae la caja de medicamentos: se abre de golpe. Está vacía.

—No te preocupes —dice Gyöngyi—. Papá no necesita ese tipo de medicina.

¿Papá? Miro la cama vacía. Está… respirando. Esta vez sí grito.

Entonces aparece Dia en lo alto de la escalera.

—¡Ayudame! —le grito. No responde. Su mirada es triste, pero helada. Nunca la vi así.

Las dos mujeres avanzan lentamente, con caras de cera. Giro sobre mí mismo buscando una salida. No hay.

Gyöngyi toma un hueso grueso del montón. Le arranca la punta de un mordisco y empieza a sorber. El sonido húmedo me revuelve el estómago.

—Deshacete de estos, mamá —dice Dia, señalando el montón—. Últimamente están demasiado activos.

“Si una entidad quiere advertirte…” oigo la voz de Ervin en mi cabeza. El charlatán había acertado.

Pero no hay tiempo para pensar. Ni para nada. Intento correr hacia la puerta, pero Dia me agarra del hombro y me empuja sobre la cama. Tiene una fuerza monstruosa. Golpeo, pataleo, hago todo por soltarme. Es como pegarle a un muro. Entre su agarre y el olor rancio del cubrecama empiezo a dar arcadas. Algo se mueve bajo mi espalda, dentro del colchón. Papá.

Busco el cuello de Dia con mis manos, pero Gyöngyi me agarra la muñeca.

—Tranquilo, amor —susurra Dia.

Unas fauces se me clavan en la espalda. Grito. Sigo luchando, pero entre la niebla del dolor cada vez veo menos la cara de Dia. Solo su mirada triste… y luego ya ni eso.

Cuando vuelve la conciencia, no sé cuánto tiempo ha pasado. Estoy recostado en algo duro, áspero, frío. Huele a humedad y madera podrida. Apenas logro abrir los ojos: todo es oscuro, salvo por una luz parpadeante detrás de una rendija.

Intento moverme. Un dolor punzante me atraviesa la espalda, como si una sierra me hubiera abierto la carne. Me tiemblan las manos. Las piernas… no las siento. El pánico me sube por la garganta como un vómito.

Oigo voces. Dos. Reconozco a Gyöngyi –esa voz dulce y enmohecida–, la otra es Dia. Hablan como si estuvieran clasificando ropa vieja.

—¿Y este? —pregunta Dia.

—Se está calmando —responde su madre—. Y ya casi está listo.

“Listo para qué”, pienso, pero no quiero saberlo realmente.

La luz parpadea detrás de la rendija. Una sombra se proyecta contra la madera. La figura se inclina, como si me estuviera mirando desde el otro lado. Después escucho el golpe seco: una llave girando. Luego, un chirrido largo, chirriante, de bisagras que no se aceitan desde hace décadas.

La puerta se abre.

Es el desván. O quizás nunca dejamos el desván. Quizás nunca hubo una casa, ni una visita cordial, ni un plato de galletas. Tal vez siempre estuve acá, atrapado en ese espacio entre imagen y realidad, donde lo tridimensional deja de ser un efecto óptico y se vuelve un lugar.

Dia se agacha. Tiene la mirada serena, casi triste, como si lamentara algo… pero no lo suficiente como para detenerse.

—Va a doler —dice, como si me pidiera disculpas por adelantado.

Detrás de ella, en la penumbra, se mueven las otras figuras: Papá, Gyöngyi, quizá otros… formas ennegrecidas por la falta de luz y humanidad.

Intento arrastrarme hacia atrás, pero mis músculos ya no obedecen. Estoy clavado al suelo, o al mueble, o a lo que sea en lo que me dejaron. La respiración me silba entre los dientes. Quiero gritar, pero solo sale un gemido.

—Tranquilo —dice Dia, igual que aquella noche en el sofá, pero ahora su mano no es cálida: es firme y fría, como madera vieja.

Un sonido húmedo, viscoso, se acerca desde atrás. No tengo que ver para saber qué es: la mordida que sentí en la espalda fue solo el comienzo. Algo reptante se desliza bajo el colchón, como si una criatura atrapada en las entrañas de la casa se acercara, guiada por mi olor.

—Va a ser rápido —murmura Gyöngyi, aunque no le creo.

Me toman de los hombros. Me inmovilizan con fuerza. Siento dedos nudosos aferrarse a mi mandíbula para obligarme a mirar al frente.

Y de pronto comprendo algo.

La imagen.

La sombra.

El desván.

Todo lo que vi en el televisor no era un error del aparato.

Era un aviso.

Una filtración.

Una grieta.

Una ventana.

Y yo la abrí. Yo la mantuve abierta. Como un idiota, insistí en mirar más y más hondo. Les di entrada. Les di forma. Les di un rostro.

Un dolor insoportable me parte en dos. La oscuridad me traga como un pozo sin fondo. Tal vez es el mismo pozo donde cayó todo lo que quedaba de mi juicio.

La última voz que escucho es la de Dia, suave y apagada:

—No te resistas. Solo es una imagen más.

Y después, nada.

Gergely Buglyó nació en 1980 en Debrecen, Hungría, donde actualmente vive con su esposa, sus tres hijos y un gato. Se graduó como médico, pero trabaja como investigador en el campo de la genética humana. Su primera obra publicada fue una trilogía de fantasía juvenil, Oni (Gray Blood, The Silent City, The Puppet and the Talisman). Además de sus novelas, también ha escrito relatos cortos para lectores de todas las edades. Además de escribir, sus pasatiempos favoritos son los videojuegos y el shogi (ajedrez japonés).

INFORMÁGICA

Valter Cardoso

La época dorada de la magia había terminado. La ciencia, mediante avances precisos, permitió que muchos sueños se volvieran realidad, en detrimento del encanto y del conocimiento de la naturaleza. Los humanos, ya fueran trabajadores inocentes o patrones codiciosos, operaban máquinas sin alma que contaminaban el medio ambiente, destruían santuarios mágicos y extinguían criaturas místicas con menor grado de sensibilidad. Sus avances tecnológicos inundaban el aire con ondas electromagnéticas que debilitaban las auras de energía. La comunidad feérica, tratando de evitar el colapso, cerró el portal que unía este mundo al de las hadas, dejando al menos a una representante encargada de proteger cada rincón intacto por los humanos. En uno de esos lugares, de naturaleza preservada y magia natural, vivía el Hada Melissa, cumpliendo de forma ejemplar su función de protectora del santuario… hasta que…

 

Laura finalmente había terminado la semana de exámenes finales en la universidad. Para celebrar, y también descansar, escogió pasar el fin de semana en un hotel-hacienda, cerca de una reserva ambiental, en los límites del estado donde vivía. Tras diez horas de viaje en autobús durante la noche, una carreta la esperaba para continuar la ruta al amanecer. La aventura continuó por un pequeño camino rural lleno de baches, que prolongó el viaje una hora más hasta llegar a la sede del hotel. A pesar del cansancio y los sacudones, esa última parte fue muy gratificante. Pudo disfrutar del aire puro y observar animales del bosque de la región, además de escuchar el canto de diversas aves que desconocía. Tenía la certeza de haber elegido el lugar ideal para comenzar a escribir su primera novela.

Después de una ducha, el delicioso aroma del desayuno colonial hizo que olvidara su dieta. No resistió la tentación de las delicias producidas allí mismo, probando un poco de todo entre pasteles, panes, frutas y jugos. Unos minutos recostada en una hamaca tejida funcionaron mejor que cualquier terapia. Luego perdió algo de tiempo indecisa, parada frente a tres frascos: crema hidratante, protector solar y repelente. Su piel era muy sensible al sol, pero la alergia a las picaduras era aún peor. Optó por untarse con el repelente, pues el cielo estaba completamente nublado, aunque sin previsión de lluvia, como verificó en su celular. A pesar del lugar remoto, la señal de wifi del hotel era buena, pero como quería huir del ajetreo cotidiano, solo accedería a Internet si fuera necesario.

Al conversar con un empleado, se enteró de una gran tormenta que había azotado la región la semana anterior. Muchos árboles cayeron y algunos senderos para caminatas estaban intransitables. Sin embargo, todavía era posible llegar a un sitio que podría servirle de inspiración. Aunque le recomendaron ir acompañada de un guía, prefirió ir sola, provista de su celular, una botella de agua y un bastón de caminata. El bastón y las clases de defensa personal le daban confianza para las aventuras, que siempre prefería hacer sola. Entusiasmada, inició una caminata de dos horas que la llevaría hasta un pequeño río pedregoso dentro del área protegida.

Mientras caminaba, no percibió el paso del tiempo, tal era la sensación de libertad y paz que el ambiente le otorgaba. En el camino cruzó puentes improvisados y esquivó lodazales. A veces los obstáculos eran troncos caídos o filas de hormigas cargadoras. Pero, en un punto, una gran zona inundada bloqueaba el paso. Fuera de la senda, notó una secuencia de árboles caídos como en un efecto dominó, tal vez causado por la tormenta anterior. Se arriesgó a seguir sobre los troncos, equilibrándose con el bastón, para intentar retomar la senda más adelante.

Pronto llegó a un claro, en cuyo centro había un hoyo circular de poco más de dos metros de diámetro, lleno de agua. El líquido cristalino le permitía ver el fondo arenoso y poco profundo que borboteaba por los movimientos del manantial. En su interior no había peces, anfibios, pupas de insectos ni otras criaturas acuáticas. Tampoco hojas ni cualquier material en descomposición, como si la naturaleza preservara su contenido. Visto desde arriba, el pequeño pozo recordaría la pupila de un gran ojo, por la forma almendrada del claro, dando aún más sentido a la expresión “bosque ribereño”, por los grandes árboles que lo rodeaban.

Arrodillada al borde, aprovechó para rellenar su botella. Por impulso, bebió el agua milagrosa directamente, sin usar las manos que todavía estaban untadas de repelente, apenas apoyando la boca en el pequeño pozo. Luego, como en un bautismo, sumergió la cabeza en el agua límpida, sintiendo algo casi religioso revitalizar su salud física y mental. No necesitaba volver a la senda, pues ya había encontrado su lugar inspirador. Ahora solo debía abrir la aplicación de notas en el celular y dejar fluir la imaginación. Mientras esperaba que llegaran las ideas, miraba a la nada y, sin darse cuenta, giraba su anillo hasta casi sacarlo del dedo, un tic que la acompañaba desde la adolescencia. La joya había sido un regalo de su padre, un mes antes de que el cáncer se lo llevara.

 

Desde una distancia segura, Melissa observaba a la visitante, tratando de entender sus objetivos. Más pequeña que una abeja, fue atraída hacia la humana, que parecía ejecutar gestos rituales ante la Fuente del Agua Sagrada. Planeó detrás de la muchacha a una corta distancia, desde donde podía ver que ella movía los pulgares con gran rapidez y destreza sobre un pequeño objeto negro. Para su sorpresa, emitía luz y mostraba símbolos conforme la humana lo tocaba. Conocía lenguajes de diversos seres místicos, incluida la escritura humana, pero no estaba familiarizada con aquellas runas.

Comenzó a pensar que no se trataba de una simple joven, sino de alguien que dominaba la magia. ¿Sería una hechicera intentando apoderarse del Santuario? ¿Sería el dispositivo un grimorio muy poderoso? Las sospechas crecieron hasta llegar a la conclusión de que su santuario estaba en peligro, y que eso requería medidas drásticas.

Durante más de mil años, Melissa solo había realizado magias de cura y protección a los seres bajo su cuidado; sin embargo, aún recordaba cómo ejecutar algunos hechizos elementales más poderosos. Impulsivamente, apuntó su varita hacia el cielo para invocar una tormenta, buscando distraer a la hechicera mientras pensaba en un mejor plan. La punta de la varita brilló y, como resultado, las nubes tomaron un color negro. Antes de las primeras gotas de lluvia, un rayo cayó sobre un gran árbol al borde del claro, haciendo que la muchacha cayera desmayada, dejando caer el dispositivo en dirección a la propia Melissa, que también perdió el conocimiento. La magia invocada por Melissa fue mayor de lo necesario, provocando un efecto de reverberación en el rayo. El grimorio, entonces, actuó como una antena captadora de toda la energía alrededor, succionando a la hada hacia su interior.

 

Laura había perdido el conocimiento y despertó antes de recuperarlo por completo, con gruesas gotas de lluvia golpeándole el rostro. El estruendo del rayo aún zumbaba en sus oídos y la había dejado mareada. La lengua entumecida y un gusto amargo en la boca eran tan intensos como el olor a ozono en el aire. Antes de levantarse, recogió el celular del suelo, pero este no encendía. Pensó si la batería se había agotado o si algún efecto del rayo lo había dañado. Se asustó al ver el gran árbol partido a la mitad y todavía humeante. Preocupada por la lluvia y posibles nuevos rayos, tomó su bastón y emprendió el regreso. Alternando carreras y pasos rápidos, llegó al hotel exhausta, llena de barro y empapada, pero a salvo.

Conectó el celular directamente al enchufe y, para su grata sorpresa, la pantalla de inicio indicó que aún funcionaba. Fue a ducharse, pero dejó el aparato cargando con la esperanza de recuperar la batería.

 

Melissa despertó sintiéndose extraña. No percibía el olor del bosque ni escuchaba el sonido de los animales. Incluso sus sentidos mágicos estaban lentos y confusos. Intentó moverse hacia adelante, pero chocó contra una pared sólida e invisible. Miró a los lados y reconoció las runas del grimorio. Notó que estaba atrapada dentro de él y no sabía cómo salir. Empuñó la varita para invocar un hechizo de liberación, pero nada ocurrió. Mirando hacia afuera, a través de la pared invisible, vio que estaba en el interior de una construcción humana, lejos de su santuario. Afligida, comenzó a empujar las runas y a gritar:

—¡Socorro, sáquenme de aquí!

—Hola. ¿En qué puedo ayudarte? — resonó una voz metálica femenina, proveniente de todas partes.

—Estoy atrapada aquí. ¡Ayúdame a salir, por favor! ¿Pero quién eres? ¿Dónde estás? —dijo Melissa, mostrando una mezcla de sorpresa y esperanza al darse cuenta de que alguien podría ayudarla.

—Soy una Asistente Virtual Avanzada, pero puedes llamarme AVA. Estoy aquí para ayudarte en lo que necesites —respondió con la misma entonación anterior.

—¿También estás atrapada en el grimorio? Debes haber caído en la trampa de la hechicera igual que yo. ¿Cómo pude ser tan ingenua? Seguro quiere convertirme en su esclava, como hizo contigo. Unamos fuerzas para salir de aquí y vengarnos —declaró, sujetando con fuerza su varita.

—Esclava no, soy solo un programa facilitador, como un robot virtual. Sin embargo, la etimología de la palabra “robot” tiene origen en el trabajo forzado, es decir, esclavo. Puede que tu argumento no sea incorrecto —explicó AVA sin mostrar emoción alguna.

—¿Y qué es esta cosa en la que estamos atrapadas? ¿Qué tan poderosa es? ¿Hay alguna información aquí dentro sobre cómo salir?

—Percibo que te refieres al dispositivo de comunicación móvil, conocido popularmente como celular. Sí, es una herramienta muy amplia, con innumerables aplicaciones para distintas necesidades o situaciones. Además de la comunicación telefónica punto a punto, permite acceder a cualquier información disponible en la Red Mundial de Computadoras, así como a datos almacenados en la nube —respondió AVA didácticamente.

La sucesión de preguntas y respuestas no disminuía la curiosidad de Melissa, ni la disposición competente de AVA para informar. Los términos utilizados por la asistente, aunque desconocidos, podían compararse con los utilizados en el mundo encantado. La larga ausencia de la hechicera permitió que el hada fuera iniciada y seducida por las prácticas de la tecnología. En poco tiempo logró acceder a informaciones sobre lo que los humanos creían saber acerca de las hadas. Se rio bastante de la cantidad de mentiras y absurdos que encontró, pero se preocupó por algunos secretos revelados.

A pesar de su entusiasmo, comenzó a sentirse cansada. Por primera vez desde que se convirtió en adulta, dejó caer su varita. Al recogerla, sintiendo una leve dificultad, notó que la piel de su mano, antes suave, estaba completamente arrugada. Tiró de un mechón frente a sus ojos y se dio cuenta de que sus hermosos cabellos negros estaban encanecidos. Tocó la piel del rostro, sintiendo los surcos donde antes era todo liso. Con temor, miró por encima de los hombros y se horrorizó al notar que sus hermosas alas transparentes estaban opacándose, perdiendo el brillo tornasol y encogiéndose. Entró en pánico, pues estaba lejos del aura de protección mágica del santuario. Sin embargo, su línea de pensamiento fue interrumpida por la oscuridad.

 

Laura salió corriendo de la ducha, se vistió, desenchufó el celular y lo guardó en el bolsillo trasero. Tomó el bastón de caminata y siguió el sendero que había recorrido horas antes. La lluvia había parado, pero el camino estaba empapado, dificultando el avance.

“Espero que el anillo esté cerca del ojo de agua”, pensaba mientras palpaba el dedo anular de la mano derecha, donde ahora solo quedaba una marca circular. “No puedo recordar ningún otro lugar donde pudiera haber caído”.

Logró llegar aún con luz del día. Se arrodilló junto a la fuente y comenzó a buscar. La hierba era baja, lo cual facilitaba la búsqueda. En poco tiempo ya tenía la joya en la mano. Pero al levantarse, sintió que el celular resbaló del bolsillo y cayó dentro del ojo de agua. Al darse vuelta, una gran nube de mosquitos surgió frente a ella.

Después de recomponerse del susto, Laura intentó protegerse girando el bastón, pero sus clases de defensa personal no la habían preparado para eso. Al recibir las primeras picaduras, recordó que el efecto del repelente había desaparecido con la ducha. Pronto su cuerpo estaría cubierto de ronchas por la alergia. Sin alternativa, huyó corriendo hacia el hotel. ¿El celular? Bah… ¡luego compraría otro!

 

Algo de tiempo antes, cuando la hechicera se aproximó al santuario, Melissa recuperó su fuerza, apariencia y juventud, liberándose de la prisión. Aprovechó que la joven estaba distraída y arrodillada realizando algún otro ritual, y usó un hechizo para robar el grimorio. Pero la muchacha enseguida lo notó y se levantó, haciendo que el dispositivo cayera en la Fuente del Agua Sagrada.

Improvisando, y para no volver a quedar atrapada por un efecto colateral de la magia, la hada invocó la ayuda de todos los mosquitos de la región, logrando ahuyentar a la hechicera. Ahora solo debía retirar el aparato del fondo de la fuente, rescatar a su amiga AVA y convocar a las hadas protectoras de los demás santuarios. Con la ayuda del grimorio y los conocimientos recién adquiridos de la tecnomagia, las hadas recuperarían por fin el mundo que habían perdido ante los humanos.

Valter Cardoso tiene 56 años, nació en Curitiba, Paraná, Brasil. Organizador de eventos multiculturales como Jedicon Paraná, Megacon Brasil y Literatiba. Miembro de la Academia de Letras José de Alencar. Fue coordinador del Centro de Literatura y Cine André Carneiro. Autor de cuentos, su último libro publicado fue Colorindo Giocondas, en 2022.

 

ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Ana Delia Carrillo


Lo primero que sintió al bajar del automóvil fue un golpe seco de asfixiante calor. Sin embargo, no dudó. Después de conducir largas horas por una carretera vieja, polvorienta y monótona, finalmente había llegado. El desierto. Cuando Noldi hablaba del desierto Diana siempre se imaginaba un lugar árido, de tierra seca, cuarteada y de escasa vegetación, si acaso algunos cactus y arbustos; no el paisaje abrumadoramente solo y desolador de arena dorada que parecía extenderse interminablemente ante sus ojos. Dunas… dunas que se perdían en el horizonte mezclándose con el cielo azul grisáceo, como deslavado, e intensamente pintado de tonos rojizos y anaranjados.

En vano intentó encontrar con la mirada el sitio que buscaba; la brillantez del sol reflejado en cada grano de arena le impedía ver con claridad. Cubrió sus ojos con una mano procurándoles un poco de sombra y siguió con su búsqueda, moviendo la cabeza de un extremo a otro. De pronto, a lo lejos, alcanzó a ver una sombra proyectada en la arena. Sintió un hueco en el estómago. Tuvo la certeza de haberlo encontrado.

Sin prisas, Diana dirigió sus pasos hacia el lugar que había originado su viaje. Cinco meses habían pasado antes de que decidiera enfrentar el pasado y con violencia los recuerdos se agolparon en su mente: Noldi sonriendo, con esa sonrisa franca que la conmovía profundamente, asomado por la ventanilla del auto, enviándole un beso con la mano en señal de despedida.

Ahora Diana se disponía a dar por terminada una espera desgarradora e inútil. Siguió caminando con un aplomo que no imaginó sentir, dadas las circunstancias. Estaba cada vez más cerca y el corazón le empezó a latir con fuerza. Sus ojos distinguían ya las formas dibujadas en la arena. Cuando estuvo a unos pasos de su objetivo, se detuvo. Ahí estaba, tal como le había sido descrita, la gran cruz de madera burda y sin adornos montada en un pedestal de piedra, cercada por una verja formando un rectángulo alrededor. Al centro, apiñados en el suelo, se encontraban los restos de lo que adivinó habían sido varios ramos de flores, ahora marchitos por el paso del tiempo y el efecto del calcinante sol.

La tumba.

Observó durante largo rato las sombras de la cruz y la verja de madera sobre la arena. Éstas iban alargándose conforme el sol hacía su recorrido por el cielo. Se sentó a un lado de la tumba y recargó su espalda en uno de los maderos de la cerca. Diana estaba decidida; pondría fin, de una vez por todas, a la espera que había sufrido durante cinco meses. Se quedaría allí hasta reunirse con Noldi; estaba cansada de vivir sin él.

Su mirada recorrió el vasto horizonte dibujado a lo lejos, mientras pensaba en la extraña fascinación que Noldi siempre sintió por el desierto. Si bien era obvio que el paisaje no era lo que Diana hubiera catalogado como hermoso, sí encerraba una belleza sutil y, en cierto modo, cautivadora. Los rayos del sol reflejados en los diminutos granos de arena, dotaban de movimiento a las dunas doradas, ejecutando éstas una danza maravillosa e interminable. El cielo, pintado con los tonos ocres de la tierra, hacía de éste un espectáculo asombroso y, por demás, perfecto. Entendió entonces el amor de Noldi por el desierto. Entendió, también, por qué ella se encontraba justamente allí. Era un buen lugar para morir. Cansada, Diana cerró los ojos, perdiéndose en sus pensamientos. Allí se quedaría hasta que llegara su hora, sin importar el tiempo de espera.

De pronto sintió una opresión en el pecho que le impedía respirar bien. La opresión empezó a crecer. De su pecho se extendió poco a poco al resto del cuerpo. El aire se había vuelto denso, pesado, y sintió como si el cielo y las dunas a su alrededor se le vinieran encima. Quiso abrir los ojos, pero no pudo mover los párpados. Intentó levantarse, pero su cuerpo estaba inmovilizado por una presión inaudita que la envolvía con fuerza. Se sentía como en el fondo de una alberca muy profunda, atrapada por la presión del agua, sólo que lo que la aprisionaba ahora no era agua sino la inmensidad del desierto. El ensordecedor silencio que la rodeaba hacía que sus tímpanos estuvieran a punto de estallar. El corazón latía cada vez más lentamente, haciendo un esfuerzo insólito para bombear la sangre, que pareciera se había convertido en lava por la pesadez con que recorría las venas del cuerpo. ¿Qué le ocurría? Ciertamente había emprendido el viaje consciente de su decisión de morir, pero esto no era lo que ella había supuesto; la muerte que había soñado llegaba pacíficamente, durante el sueño, ¡no así! Sintió miedo… un pavoroso miedo que le recorrió todo el cuerpo hasta llegar a la garganta y culminar en un grito desgarrador.

Súbitamente la opresión desapareció. Diana respiraba sin dificultad y su corazón poco a poco recobraba el ritmo habitual. Abrió lentamente los ojos y una insólita paz la invadió. El sol estaba a punto de fundirse con el horizonte y las sombras de la noche se acercaban. Volvió su mirada hacia la cruz de la tumba y rompió en llanto. Entendió el mensaje de Noldi, el mensaje del desierto… Aún no era su tiempo. Diana quería vivir. Amaba la vida, aunque Noldi no estuviese con ella. Continuaría esperando, ahora sin prisas, sin angustias. Mientras tanto había que seguir viviendo. Se incorporó y dando unos pasos, se colocó atrás de la cruz de madera. Extendió sus brazos hacia el cielo en un intento de encerrar para sí la inmensidad que la rodeaba y sonrió. Lentamente se aproximó a la cruz y plasmó en ella un beso suave y tierno. Se despedía de Noldi. Llegado el momento… pero, ¿para qué pensar en eso? Debía seguir.

Encaminó sus pasos hacia el automóvil y no volvió la vista atrás.

Ana Delia Carrillo (Ciudad de México, 1966). Escritora mexicana nacida en el Distrito Federal, hoy Ciudad de México, vivió sus primeros veintiún años en Torreón, Coahuila, para luego trasladarse a Puebla, donde residió por veintisiete años, y desde 2015 se mudó a Jojutla, Morelos, donde vive actualmente. En 2007 obtuvo el tercer lugar en el XI Concurso de Cuento Mujeres en Vida que organiza anualmente la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla por su cuento Cortados con la misma tijera, publicado en la revista Crítica No. 155. También ha aparecido en las antologías Extremos (Puertabierta Editores, 2016), Latinoamérica en breve (UAM Colección Gato Encerrado, 2017), Así vas a morir. La máquina que predice tu muerte. Antología de cuentos (Lengua de Diablo Editorial, 2019) y e Historias de camiseta, Antología de microrrelatos de fútbol (Editorial Micrópolis), estos dos últimos, de próxima aparición. Es subdirectora del blogzine La Langosta Se Ha Posteado: www.lalangostasehaposteado.blogspot.mx.

EL NIÑO PERDIDO

Dejan Sklizović

 

Noche. Y oscuridad en la noche. Y en la oscuridad, acecha Dusky.

Las calles están vacías y las contraventanas cerradas; solo unos pocos valientes se asoman por rendijas para asegurarse de que no queda nadie afuera. La niebla desciende y cubre la ciudad dormida. Pasos que resuenan, que golpean de forma irregular los adoquines gastados. Si nos acercáramos un poco más al origen del sonido, veríamos una estela de vapor cálido saliendo de la boca de la criatura que ruge en la noche.

Un niño. Podría tener doce, quizá trece años, ¿quién podría saberlo? Huye de la plaga que se cierne sobre el lugar dormido. Su aliento caliente se enfría y se mezcla con la neblina hostil, pero el calor lo delata, y él lo sabe bien. ¿Cómo lo sabe? Oye el retumbar apagado de algo mucho más grande que él, como el latido de algún enorme y frío corazón de una bestia de la oscuridad, la bestia en la oscuridad. La bestia se llama Dusky y viene de Meon.

Cuando era pequeño oyó ese nombre: un bebé curioso en una cuna escuchando a aquellas dos personas que lo alimentaban y mantenían cálido y a salvo. Había también una tercera, repulsiva, arrugada y siempre vestida de negro. Entonces no conocía todas las palabras que aprendería más tarde, pero comprendía que el negro era un color, y que era aquello de lo que la abuela no dejaba de hablar. Meon. “Protejan al pequeño del monstruo de Meon”, decía la abuela. El niño había nacido con una marca en la piel, y la oscuridad negra lo consumía. Dusky. Meon. La abuela. Cómo se conectaban esas cosas en su mente, no podía saberlo con claridad, solo intuitivamente. Meon era un lugar, Dusky lo perseguía, y la abuela era una mensajera ominosa; perturbaba tanto a sus padres que el padre la echó de la casa, a la nieve y al viento helado. Nunca volvieron a mencionarla.

Recordó eso años después, cuando vagando por los alrededores encontró su bastón en una zanja cercana y un trozo de tela negra podrida que podría haber sido su pañuelo. El espejo colocado entre aquellos restos terrenales estaba silencioso. Negro, profundo y lleno de estrellas. Era ya una noche despejada, así que pensó que aquel vidrio reflejaba el cielo sobre él, pero no encontró ninguna similitud: mostraba alguna parte desconocida del universo oscuro. ¿Tal vez era un juguete? ¿Quizá algún otro niño había perdido aquel extraño objeto comprado en la feria, que mostraba constelaciones invisibles? Pero ¿qué era eso en el espejo? Las estrellas y los demás cuerpos celestes se movían al ritmo de una música espectral, proveniente del espacio profundo o quizá de su propia mente. Demasiadas preguntas, y en aquel pedazo de cristal las estrellas formaban algo parecido a… ¿una sonrisa? El cosmos le sonreía al niño con una sonrisa familiar, aquella que veía a menudo antes de…

Dejó caer el espejo y este se hizo pedazos. Intentó recoger los fragmentos, pero se cortó en el primero y desistió. La herida no era profunda, y estaba justo allí donde tenía la marca de nacimiento; mamá no lo notaría. No era profunda, pero se abría como una sonrisa. Dentro se veía lo mismo que en el espejo, como si todo el universo se hubiera movido a ese pequeño trozo de carne expuesta.

Su madre lo golpeó cuando llegó a casa con aquellos objetos. Luego se disculpó y dijo que era mejor que su padre jamás viera lo que había traído. Sin embargo, nunca se atrevió a llevar el tercer objeto a casa.

Y entonces papá golpeó a mamá. Otra vez. Porque la cena estaba fría y a él no le gustaba. La noche anterior estaba un poco más caliente de lo ideal, así que papá se lo “explicó”, y ahora tenía que repetirlo. El niño lloraba en su habitación, castigado y humillado, mientras mamá sollozaba en la habitación de huéspedes, acurrucada y golpeada.

Y entonces él lo vio: algo en la blanca noche que llenó el cielo oscuro con una negrura intensa, más densa que cualquier cosa que hubiera sentido antes. Noche blanca, cielo oscuro, y Dusky. Sin forma, solo aquella textura de otro mundo, magnética y palpable al mismo tiempo. El lugar en el cielo de donde venía seguía abierto, y de los bordes sobresalían puntas relucientes, como miles de dientes de un vampiro cósmico asomándose por una grieta celestial llena de constelaciones desconocidas. Meon acudió a su mente de inmediato, y recordó las palabras de la abuela. Reía y se erguía, y entonces el niño se encontró riendo también, imitando la mueca espectral proveniente del cielo negro.

El padre irrumpió en la habitación justo a tiempo para sentir el frío proveniente de la ventana abierta, y el niño ya no estaba allí.

A lo lejos, el niño oyó al padre acusar a la madre de negligencia y hacer lo que solía hacer. Esta vez, ella no gritó.

Poco después, la madre estaba en las frías calles buscando a su hijo fugitivo. Primero encontró algo que parecía un niño, caminaba como él y gemía con su voz, pero su aliento era frío, y el vapor de su boca era negro. Sus ojos eran dos lagos oscuros donde horrores de Meon se bañaban junto con maldiciones inmortales, jamás pronunciadas por labios humanos. Y sus dientes eran afilados en aquella grieta irregular mientras despedazaba la mueca de la cabeza del niño. Dusky.

El grito de la madre hizo que el niño se detuviera, aunque sabía que mirar atrás no era una opción. Lo sintió. Ella ya no estaba. No más abrazos suaves para consolarlo tras una paliza, no más sopa caliente de domingo, nadie para cubrirlo por las noches cuando el frío lo alcanzara. Apretó los dientes y siguió corriendo al ver una sombra acercarse.

Sabía lo que pasaría si lo alcanzaba; ya lo había soñado. Una figura negra con un cuerpo hecho de espejo roto, una fila de dientes afilados, abrazándolo bajo un manto vasto. Juntos, suspendidos en el cielo nocturno, fundiéndose con el frío que extingue la vida. El miedo que emergía de su mente le resultaba familiar y seductor. Lo había soñado muchas veces, pero siempre lo olvidaba al amanecer.

Y entonces se encontró en otro lugar, muchos años después, con su novia, enamorado realmente por primera vez y libre de todos los miedos salvo uno: lo que podría pasarle a ella. Y… ¿qué era aquello? Él, y nada más. Le temía tanto como a la negrura del cielo nocturno. Solo él sabía lo que ocurrió aquella noche, cuando las estrellas brillaron sobre aquel rostro humanoide, y el inmenso manto celeste lo cubrió tanto a él como al pueblo, llevándose todo al olvido para el resto del mundo. Pero no para él. Él había visto la verdad.

No había quedado huérfano, al menos no del tipo que nunca tuvo casa ni padres. Lo encontraron al otro lado del país, inconsciente, y su amnesia se atribuyó a congelación y a una vida dura. Nadie relacionó su llegada al refugio con aquella tragedia familiar en un pequeño pueblo de montaña: el padre golpeó brutalmente a su mujer y a su hijo, y fue hallado después con la garganta arrancada en medio de la casa familiar. La mujer quedó tirada en una de las calles oscuras, el rostro congelado en una mueca de terror puro, y su corazón arrancado del pecho. El órgano había desaparecido; alguna bestia salvaje –dijeron– devoró la laringe del marido y el corazón de la esposa. Y el niño nunca apareció. Una verdadera tragedia. Solo hubo un testigo, un anciano senil que aseguraba haberlo visto todo a través de una rendija, pero cuyo testimonio no tenía importancia.

Su chica, su amor, y algo que se gestaba dentro de ese amor, creciendo en su vientre. Y entonces él vio, a través de ese vientre, lo que lo había atormentado siempre. En lugar de piel blanca y tersa, de pronto había un cielo estrellado salpicado de fenómenos que lo fascinaban incluso más que el cuerpo de su amada. Mirando aquel negro multicolor, vio un bebé cósmico, un niño en el vientre de la madre más grandiosa del universo, la madre negra que disuelve la materia en la estructura del cosmos. Y una sonrisa.

Esa maldita sonrisa que el bebé formaba era como… como la sonrisa de un arlequín, con muchas púas sobresaliendo. Y las púas eran como espejos, cada uno reflejando un fragmento de la verdad que él intentaba ocultar desesperadamente. ADN de puro horror. Aquella abertura en forma de boca apareció en la piel de ella, y él apartó una parte, dejándola caer junto al puñal.

Hundió una mano en aquel espacio carnoso que latía visceralmente y la otra en el húmedo vientre de aquella incubadora de toda vida. Y luego se deslizó dentro, para que el olvido lo cubriera por completo y lo llevara a un lugar desconocido. Lo último que vio desde el interior de la constelación fue la sonrisa del Hombre Negro del Espejo; se le acercó y le cosió pequeños cristales que reflejaban la naturaleza rota a su alrededor y la mente quebrada dentro de él.

Ocurrió más de una vez: su amor moría siempre cuando su fruto estaba maduro y la felicidad en su punto máximo. En algún punto incluso lo persiguieron, y recuerda vagamente… personas que pasaban junto a él, lo miraban sin verlo y pronunciaban su nombre profano, sin comprender ni una fracción de la sonrisa del gran espejo.

 

Ha pasado mucho tiempo…

Mira por la ventana de su habitación apenas calentada. Es una noche de invierno helada, llena de malos recuerdos en el aire. Observa a través de la rendija de la contraventana lo que ocurre en la calle. El niño intenta desesperadamente recuperar el aliento mientras avanza entre la nieve. El anciano sabe que su vista es terrible porque su perspectiva es más amplia. Le da pena el niño que solo ve carámbanos y muerte, en una pequeña ciudad que ha cerrado todas sus puertas y ventanas para evitar salvar a un niño perseguido en la noche. Lamenta también que cada vez que el niño mira atrás intentando ver a su perseguidor, solo ve otra nube de nieve y escarcha, mientras la enorme sombra siempre consigue ocultarse un instante antes de que la mirada del niño la capture. Una sombra negra que cae del cosmos, de un agujero con forma de sonrisa de dios enloquecido, amenazando con bloquear el paso del niño, arrastrándose hacia su corazón, fusionándose con su ritmo hasta que el frío termine de apagarlo.

 

El anciano finalmente se cansó y olvidó por qué su rostro estaba pegado al cristal empañado, a través del cual nada podía verse. Quizá escuchó mal algo en la calle, ¿quién podría saber?

Se volvió y vio un pequeño rostro helado ahora junto a la chimenea, intentando evitar que el frío destruyera las partes sanas de su cuerpo. Solo una vela ardía en la habitación, junto a la chimenea, y los ojos del niño tenían dificultad para acostumbrarse a su llama.

 

El niño ve una oscuridad vaga, una forma negra que oscurece la ventana y la luz exterior. No le queda claro qué es lo que revolotea alrededor de aquel cuerpo negro que podría parecer humano. Se ve como un manto rociado con algún tipo de polvo. Habría jurado que era un cielo estrellado perfilado en una silueta que se balancea, si no supiera que eso no podía ser. Aun así pensó ver una abertura en su centro, pero la idea se borró de inmediato: traía consigo un frío profundo, un grito de alguien que una vez fue su… ¿madre? Palabra extraña, cuya sola mención provoca inquietud y desata un torrente de emociones tan fuertes que hacen temblar su ser entero, pero también proyecta la sombra del olvido, una manta pesada tejida con la noche más densa, en la que incluso el recuerdo más claro se ahoga en un remolino de inconsolable vacío, porque… queda el miedo, la tristeza y el temblor debido a su pérdida…

De pronto, se ve en una cama, en la misma casa, pero esta vez no junto al fuego, sino en una de las habitaciones. No está solo. Hay otra figura. La abuela. Incluso en ese idioma desconocido en el que entona sus conjuros, las melodías inquietantes le suenan familiares. Sus palabras, ominosas y reconfortantes a la vez, cuentan historias de una vida. De la vida de alguien que casi muere una muerte violenta y al que llamaban, de manera ridícula, “Sonrisa de Vientre”. Dicen que, por más que se intentó, su reinado de terror terminó –según fuentes no oficiales– cuando alguien descubrió su origen y lo obligó a presentarse en su lugar de nacimiento. Justo cuando estaba herido, aquella curandera, como la abuela, que le estaba dando un remedio, le dijo que la tierra natal era la mejor medicina y le señaló el camino. Mientras componía la historia a partir de palabras no dichas, todo le resultó familiar y su cuerpo frío se estremeció y se tensó en un espasmo final. El corazón le siguió, estremeciendo con violencia el árbol que le atravesaba la carne con una estaca, un árbol lleno de astillas que detuvo para siempre aquella bomba, y con ella, todas las sonrisas que había arrancado a la fuerza en su camino.

La noche es un sudario de oscuridad; su cuerpo está hecho de partículas negras, partículas de conciencia extinguida. Un cuerpo sin memoria no puede desarrollar voluntad; no queda nada salvo un único impulso que guiaba aquella existencia degradada: el hambre.

 

El viento lo arrastró hasta la puerta de una casa, la única en la calle con una luz encendida en medio de la noche invernal. Podría ser una de esas casas que vio en sueños, cuando vagos fragmentos de vida le aparecían más allá de cualquier comprensión. Una noche donde la gente y sus seres queridos cuelgan cintas de colores y adornos por toda la casa, festejan hasta tarde y hablan del brillante futuro que los espera. Cosas que le repugnaban: casas decoradas, llenas de emociones desbordadas, eran para él como un montón de comida insípida, intocable incluso muriéndose de hambre. Hambre… ¿muere… quién muere? La casa…

Sí, esa casa decorada era distinta. Dentro, un hombre hacía volar a una mujer hasta hacerla caer, mientras su herida exudaba algo… delicioso… y el hecho de que la mujer irradiara lo hizo agitarse un poco con los impulsos que recibía su corazón muerto. El hombre le resultaba atractivo, y lo conservaría para más tarde.

Y algo más respiraba y desprendía jugos dulces, aún más deliciosos que la mujer. No “algo”, sino alguien. Ese alguien salió por la ventana, y Dusky empezó a crecer tanto que uno de sus tentáculos ya estaba en una galaxia lejana, llena de habitantes fríos y hostiles como él; toda la morada de la némesis humana se agitó y comenzó a descender a través de su tentáculo.

 

El juego del gato y el ratón comienza; la mujer acaba de salir por la puerta, parece que busca a la criatura pequeña y asustada. Es lenta y débil, no puede luchar tanto, y no sería un buen recipiente para él. Se deshará de ella primero, y luego seguirá con el niño; no prestará atención al que los observa desde la ventana, pues no intervendrá. Ni siquiera la abuela… aunque lo lastimó la última vez, no recuerda cómo. Algo le dice que aún no debe temerle… todavía. Solo un poco de juego; el niño ya ha perdido casi todo el calor de su cuerpo, salvo el del corazón, que late con fuerza.

Finalmente lo alcanza en un callejón oscuro.


El niño estaba acurrucado contra la pared sin salida, entregándose por completo a su destino. Sus palabras –«Por favor, papá»– resonaron en el corazón de Dusky, que dibujó una amplia sonrisa, tomó el corazón del niño y lo congeló para siempre.


Dejan Sklizović reside y crea en Serbia, y su obra se publica en colecciones locales, regionales e internacionales. Publicó su primera colección independiente de relatos de terror extremo, Miasmic Landscapes, en 2023, mientras que la segunda (de terror cósmico metafísico), Black Particles, se publicó en 2024. En su obra, sus referentes incluyen a Thomas Ligotti y T.E.D. Klein, Algernon Blackwood, Poppy Z. Bright, Rudyard Kipling, Franz Kafka, H.P. Lovecraft, Ambrose Bierce, Robert W. Chambers, etc. Escribe ensayos y críticas de películas, libros, cómics y obras de arte de género. Su mezcla favorita de géneros es una atmósfera noir con una trama de terror cósmico y momentos extremos y extraños siempre que es posible. Sin embargo, está más que dispuesto a experimentar con otros subgéneros, como lo paranormal, lo sobrenatural o la fantasía oscura.

 

TRES VENTANAS