martes, 14 de enero de 2025

ESPECIAL MICROFICCIONES (DIEZ)

 


MUTACIONES 

INADVERTIDAS POR LA CIENCIA

Víctor Lowenstein (Argentina)

 

El señor Iñíguez despertó poco después de medianoche. Disgustado, pues tenía ganas de orinar y el elástico de sus calzoncillos ejercía una desagradable presión sobre la parte baja de su abdomen.

Sus pies tantearon el piso frío sin encontrar las pantuflas. Resoplando, encendió la luz del velador que lastimó sus retinas. Parpadeó unos instantes hasta que al fin vio las pantuflas, bajo el ropero. Vaya a saber cómo habían ido a parar allí.

Ya calzado y enfundado en su bata de noche, salió del dormitorio y atravesó el largo pasillo que llevaba al watercloset. Con los pulgares empujando hacia afuera el molesto elástico, no dejaba de advertir en los marcos de cada puerta, la del cuarto de servicio, el de la mucama, el cuarto con sus juguetes y el cuarto de huéspedes, notorias redes de telaraña cruzando jambas o colgando ligeramente de los dinteles. Se juró amonestar a la mucama, olvidando que ya no contaba con una. Presurosamente, pues su vejiga llegaba al punto de no responder por sus actos, Iñíguez empujó la puerta del cuarto de baño y entró. No obstante un obstáculo impensado trocó sus planes. Algo, algo duro y fino como un alambre o una tanza extendida laceró sus piernas a la altura de las pantorrillas, por lo que Iñíguez se desplomó aparatosamente, dando con la barbilla sobre la taza del inodoro.

Desconcertado, el hombre se fue aferrando como pudo al sanitario para poder voltearse y descubrir la causa del accidente. Efectivamente, un hilo plateado se extendía horizontalmente de una punta a otra del marco de la puerta, como parte de un tejido de hebras diestramente ensambladas. Semejaba una red de telaraña pero, aún en su azoramiento, Iñíguez razonaba esa imposibilidad; no existían telas de araña así de robustas, ni mucho menos arañas capaces de tejerlas.

En ese momento, un arácnido descendía desde el techo, colgando de su hilo de baba, para posarse justo en su entrecejo, y clavaba allí su aguijón. Se le fueron las ganas de orinar, luego perdió toda sensibilidad, finalmente su conciencia. Unos segundos antes, los ocelos del insecto se posaban sobre sus ojos, e Iñíguez comprendía que los humanos ya no eran los dueños y señores del planeta.


LA BÚSQUEDA

Marcela Iglesias (Ecuador)

 

Había buscado a Mateo durante toda la mañana. Luego del desayuno dijo que estaría en el jardín. Cualquiera pensaría que encontrar a alguien en un jardín es cosa fácil, pero el jardín de este palacete vacacional era exuberante y enorme.  A simple vista, Mateo no estaba. Entonces busqué en los lugares más recónditos y alejados del jardín, pero no aparecía.

Una hecatombe amenazaba con ocurrir. Mi hermano me lo había encargado mientras él firmaba la documentación para obtener la custodia completa. Había tenido que viajar a la ciudad donde vivía su exesposa y me había hecho prometer, que no lo iba a perder de vista nunca.

Yo estaba obcecada esa mañana con limpiar la cocina que había quedado sucia desde las fiestas de fin de año y la verdad es que la presencia de Mateo con su sinfín de preguntas que no podía contestar me causaba un desasosiego tal que me paralizaba. Cuando me dijo que iba a salir al jardín, respiré aliviada. No contaba con que mi hermano iba a llamar y preguntar por él y pedir que lo pasara al teléfono. Como pude, salí del paso diciendo que estaba en el baño. Mi hermano se ocupó y dijo que lo llamaría después. Yo estaba aterrada esperando que Mateo apareciera antes de que mi hermano volviera a llamar.

Con lo curioso que era Mateo, con seguridad lo encontraría flagrante en el cometimiento de alguna travesura, como ya me había ocurrido otras veces.  Era entendible la preocupación de mi hermano, pero yo no podía estar todo el tiempo atrás de mi sobrino. Me parecía un comportamiento muy cicatero de parte de mi excuñada que se desentendiera por completo de su propio hijo, pero con estos días de cuidarlo estaba comenzando a entender sus razones. Realmente era agotador, una perenne preocupación.


CULTO

Suray Annys (Argentina)

 

Un estruendo interrumpió la ablución matutina. Salió y encontró a todos los cenobitas igualmente azorados. A esa hora solo el llamado desde el hipogeo podía interrumpir el rito obligado. Pero el temblor se repitió y venía desde lo alto. Un nubarrón caliginoso cubría toda la bóveda celeste. No era una tormenta común. El día se oscureció con una tonalidad verdosa, rayos violetas formaban un tejido cambiante en el cielo plomizo.

Ante el flagrante estupor, una esfera luminosa, comenzó a descender en el centro del territorio sagrado. Al tocar el suelo se disolvió y pudieron ver una mujer de exorbitante belleza.

—Me llamo Ataraxia. Desde hoy olvidarán su antiguo credo y solo me adorarán a mí.

Los hombres se miraron entre sí, abuhados por una especie de indefinible pudor.

Esa acendrada comunidad de monjes se vio sumergida en una hecatombe espiritual. Se arrodillaron llorando y se postraron frente a la deidad. La condujeron al hipogeo y la coronaron en el trono de los muertos.

El nuevo credo basado en la limerencia transformó a los religiosos en nefelibatas.

Nació de ese modo el culto vesánico de la muerte. En lo más recóndito de nuestro ADN existe la obcecada creencia de que sólo el amor al prójimo puede salvarnos de ella. 


UN INCONVENIENTE

Cristian Mitelman (Argentina)

 

—Hay un regalo para vos arriba —le dijo su padre, mientras que la madre la miraba sonriendo con un gesto de alegre complicidad.

Ella fue subiendo alborozada la escalera. Pensó en la muñeca, en la muñeca soñada tantas noches, con sus mejillas sonrosadas y el cutis de mármol.

Antes de llegar a la habitación se detuvo.

Recordó.

No tenía padres.


ALEA JACTA EST

João Ventura (Portugal)

 

Cuando Gilberto se libró del accidente aéreo porque, casi en el último momento, pospuso su viaje, sólo sintió una sensación de alivio.

Al final de la fiesta de fin de año de la oficina, decidió coger un Uber en lugar de aceptar que le llevara un compañero. Al día siguiente se enteró de que el vehículo había volcado y los cuatro compañeros que viajaban en él no habían sobrevivido.

El atentado terrorista en el Centro Comercial no le afectó porque decidió tomar una ruta alternativa que retrasó su viaje al lugar del atentado más de 20 minutos.

Ante esta sucesión de casi accidentes, Gilberto se convenció a si mismo de que era un hombre con suerte. Y cuando vio que la empresa "Rutas con Riesgo" publicitaba un viaje al volcán que acababa de entrar en actividad en el Pacífico, se apuntó.

 

En un universo paralelo, Yfgfh y Wknkr jugaban a un juego de una complejidad que escapa a nuestra comprensión, pero que desde el punto de vista de la presente narrativa puede equipararse a una partida de dados.

Yfgfh había anotado 12 puntos en varias tiradas seguidas y estaba radiante. Era el turno de Wknkr de lanzar. Invocó a las entidades cósmicas que reverenciaba y lanzó los dados. Cuando dejaron de rodar, el resultado fue un magnífico 12.

El aura de Yfgfh perdió de repente su brillo. Sin embargo, con uno de sus tres apéndices manipuladores, cogió los dados y los lanzó. El resultado fue un miserable 2.

 

El barco "Rutas con riesgo" navegaba a la vista de la isla donde el volcán seguía escupiendo fuego y ceniza a la atmósfera. Los pasajeros filmaban y fotografiaban el volcán activo, y algunos de ellos enviaban las imágenes a las redes sociales.

De repente, un enorme fragmento de escoria salió despedido del volcán y cayó al agua a unas decenas de metros de la embarcación, provocando una gigantesca ola que barrió la cubierta, arrastrando por la borda a algunos de los pasajeros. Un segundo fragmento, más grande que el primero, golpeó directamente al barco, que se partió por la mitad y se hundió en menos de un minuto. No hubo supervivientes.


EL ASISTENTE

Joyce Barker  (Chile)

 

Todo se veía borroso, y los dos caminos parecían indicar la ruta correcta. Cuando uno de ellos se inclinaba hacia arriba, el otro hacia abajo. La persona que la acompañaba insistía en que eligiera qué camino seguir:

—¡No quiero decidir! Ninguno me da confianza, mejor vuelo y los veo desde arriba.

—No puedes hacer eso en este sueño. Decide ya. Te quedan pocos minutos para despertar —respondió la otra persona.

—No. No debo hacer nada que no quiera.

—¿Me estás desafiando? Entonces no podrás encontrar la respuesta.

—¡Pero si no he preguntado nada!

—Está bien, Clara. Ya has decidido no decidir. Como asistente onírico voy a tener que…

—¿Clara? Me llamo María.

—¿Qué? ¿Estás segura?

—¡Por supuesto! Qué pregunta más tonta… y ahora, ¿qué haremos?

—‘Nosotros’ no haremos nada. Yo tengo que ir al sueño de Clara. Debe estar histérica parada en la mitad del desierto, no se le va a ocurrir nada, y despertará angustiada. Obviamente no se acordará del sueño. Nunca se acuerda.

—¿De qué se trata su sueño? Estos caminos…

—Es una escena de una película que vio en la tarde.

—¿Acaso es una niña?

—No. Es una entusiasta sin imaginación. Pero se cree genial.

—Qué loca.

—Sí, en un mal sentido. Clara no es de ese tipo de locos geniales.

—¿Y por qué la asistes, entonces? ¿No se supone que debes ayudar sólo a los que se acuerdan de sus sueños?

—¿Cómo supiste eso?

—Me lo dijo otro asistente onírico… hace tiempo.

—¡No debió decirte eso! Voy a tener que acusarlo. ¿Cómo se llama?

—Eso da lo mismo. Cuéntame por qué la asistes si no le corresponde.

—Bueno, a veces las necesidades te llevan a hacer actos que no…

—¡Vendido!

—Si lo quieres ver así…


LA BOLSA 

DE PANTALÓN VAQUERO

Hernán Bortondello (Argentina)

 

No puedo decir si la bolsa existió o es un recuerdo mitológico de la niñez. A veces la entreveo, difusa entre las tinieblas de mi desastrosa memoria, teñida con el incierto celeste de los jeans muy usados. Creo que la había confeccionado mamá con viejos pantalones de papá. Le cosió siluetas con retazos de telas llamativas. Estrellas, medialunas, soles. Era grande, o al menos yo la veía así, y determinaría una de mis primeras responsabilidades. Era el fin de los juguetes desparramados y de mis tiempos de anarquía absoluta. “¡Todos los chiches en la bolsa, Pichi! Si no, los saco a la calle para que se los lleven los chicos pobres”. Los chicos pobres... Sin saberlo, esa amenaza despertaba en mí un ciego odio de clases. En fin, hoy la llamaríamos la bolsa de jeans, pero siendo fiel, en aquel entonces conocíamos pocas palabras en inglés. Nuestros amados jeans eran los “pantalones vaquero” o los “Far West”, por una marca emblemática en la Argentina de los sesenta. ¡Los Far West! Dios, qué recuerdos, los Far West…

Por todo esto, a la medio recordada, medio inventada, la llamaré por siempre “La Bolsa de Pantalón Vaquero”. Y ni una palabra más.


ROLES

María Elena Rodríguez (Uruguay)

 

Desde pequeña supo que no quería ser Sofía. No le gustaban las muñecas, ni las rondas, ni las rimas de sorteo; las conversaciones de sus compañeras la aburrían. Le encantaba trepar a los árboles, jugar “picaditos” con los chicos del barrio y hasta el boxeo. A los quince años descubrió que se había enamorado de su mejor amiga, pero no como mujer sino con amor de hombre. Entonces se dio cuenta que no era la chica que todos veían, se sentía varón.

A partir de ahí se integró a comunidades de otras personas que estaban en la misma situación, se encontró entre sus iguales y tomó la decisión de cambiar de género.

El proceso fue lento y con etapas difíciles, pero exitoso. Luego de tratamientos hormonales y tres cirugías su cuerpo era el que siempre había soñado.

Sofía quedó en el pasado, solo en algunas fotos que guardó su madre. Ahora todos le llamaban Gastón.

 Amaba afeitarse todas las mañanas, mirar sus pectorales y sus bíceps desarrollados, amaba ser hombre y más que nada amaba a Amalia, que se había convertido en su compañera de vida.

Juntos construyeron un futuro y una familia. Era un sueño de la infancia hecho realidad para Gastón; se sentía afortunado.

Ya había cumplido sesenta y cinco cuando comenzó a olvidar hechos cotidianos, luego el nombre de los objetos.

—Es normal, Gastón —le dijo Amalia—, es la edad.

Él la miró con asombro:

—¿Gastón? ¿Quién es Gastón? ¿Por qué me llamas así? Soy Sofía.



CAMINOS PARALELOS

Oscar De los Ríos (Argentina)


Dos caminos que corren paralelos y, como la vida y la muerte, llegan a un mismo destino; una arboleda los separa. Ambos terminan en la cerca de mi casa. Así recuerdo mi niñez, los nudillos en la puerta y la sonrisa de mi madre al atender. Nudillos que un día se despellejaron sin que la sonrisa apareciera. Recuerdo la primera vez que me paré delante de estás sendas, y el olor fresco de la gramínea recién cortada; mi padre sostenía mi mano y muy serio, me dijo:

—Solo uno puedes escoger para salir o volver a la casa, toda la vida debes transitar el mismo, es una tradición familiar que nadie puede explicar y, sin embargo, todos la han respetado desde tiempo inmemorial. 

Y así lo hice, jamás, ni siquiera una vez, tomé el camino que se abría a la derecha de la puerta de mi casa. Los años pasaron y nunca me cuestioné esta decisión. Hoy las canas cubren mi cabeza y siento la necesidad de romper la tradición familiar. Me aterra la idea de recorrer el camino de la derecha, apenas doy un paso y mis piernas se paralizan... ¡ya estoy en él!

El sol reverbera sobre mi cabeza y el viento susurra entre las hojas qué, como mil lenguas, me gritan una advertencia. Sin embargo, nada extraño ocurre. A medida que avanzo veo pasar mi vida en retrospectiva por el camino que siempre transité. Al llegar al final arribo a la puerta de mi casa. Mis nudillos se estrellan contra esta y mi corazón desbocado solo se aquieta al percibir, tras la puerta abierta, la sonrisa de mi madre.


EL ILUSIONISTA

Patricio G. Bazán (Argentina)

 

Un impecable caballero de frac y galera, sentado en compañía de su aburrimiento, se cubría el rostro con las manos, incapaz de soportar un segundo más el espectáculo. Una joven bailarina cantaba y se contorsionaba impúdicamente al ritmo de una chirriante versión de “Lili Marleen”.

Bei der Laterne woll'n wir steh'n, Wie einst Lili Marleen…

—¡Basta! 

Un pase de manos del hombre, y chica y canción se esfumaron como por ensalmo.

—Cada vez peor… Necesito crear algo diferente… —barbotó.

Se paseó arriba y abajo por la habitación, repasando mentalmente sus últimos golpes de efecto. ¿Qué le faltaba por inventar?

A medida que se concentraba más y más, sus pensamientos se corporizaban en forma de una neblina azulada que crecía en densidad. Finalmente, con un “¡plop!” bastante desafinado, se materializó una figura humana, tan parecida al propio ilusionista que lo dejó perplejo.

Se acercó para examinarlo mejor, tarea que fue mimada por el doble a la perfección. Uno era el otro a cada lado del espejo.

—Asombroso… —susurraron con admiración.

El ilusionista agitó los brazos, bailó unos pasos de can-can, cacareó como una gallina e incluso simuló poner un huevo, siempre con un ojo puesto en su doble, atento al menor fallo. Pero la duplicación resultaba impecable, salvo por el detalle de la inversión especular.

—¡El número perfecto! —exclamaron al unísono.

La sensación de burla enfrió su entusiasmo. Comenzaba a fastidiarse de ese impostor tan implacablemente fiel.

—¡Vete! —exclamaron tras una serie de pases mágicos.

Ambos permanecieron observándose con perplejidad.

Patearon en suelo, frustrados. Se echaron, amenazaron con un puño, maldijeron, agotaron el escaso repertorio de palabrotas que conocían (culpa de una buena educación victoriana); se burlaron, lloraron, suplicaron, pero el otro siempre permanecía enfrente. Derrotados, tras limpiarse los mocos y arreglarse las ropas, decidieron confundirse en un fraternal abrazo.

La violenta explosión resultante del encuentro entre el ilusionista y el anti-ilusionista despertó a todos los vecinos del barrio, que acudieron presurosos y a medio vestir a contemplar el desastre.


LA ESPERA

Erica Echilley (Argentina)

 

Llueve. Londres siempre fue el peor lugar para unas vacaciones en otoño, pensó. Él bajó del auto. Sacó el paraguas y se aproximó parsimonioso hasta la entrada de la casa. La fachada antigua, el techo a dos aguas y las tejas terracota. Todo había sido devorado por los dientes de Cronos. Las enredaderas inefables se abrazaron a las ventanas, a las puertas, a las columnas y, en definitiva, a los recuerdos de la infancia. Esto es lo que sucede cuando uno no pone límites, murmuró para sus adentros y abrió el pequeño portón que lo separaba de la entrada. Se detuvo antes de dar el siguiente paso. Las llaves bailaron en el bolsillo de su sobretodo, sus manos nerviosas no condecían con lo apacible de su andar. Las mariposas se revolcaron en sus entrañas y querían escapar por su pecho. Así se debía sentir la euforia de volver al lugar donde había conocido la felicidad.

Giró la llave. El ruido estrepitoso del rechinar de la puerta irrumpió en la solemnidad del salón. Las telarañas se erigían como guirnaldas desde los techos. ¡Bienvenido, mi vida!, se escuchó de pronto y la frase hizo eco en su cabeza. La expresión de sorpresa se transfiguró en sus ojos. Ella estaba sentada a la luz tenue de un velador cubierto de polvo. Soportó la espera durante las interminables noches, porque sabía que vendría. Era imposible que no lo hiciera. Los asesinos siempre vuelven a la escena del crimen.



KENT

Maritza Elizabeth Macías Mosquera (Chile)

 

Él las elegía. Ellas, ignorantes, jamás se percataron. Caminaban sinuosas por las calles de la ciudad, elegantes, deportivas, casuales, de todas las modas posibles. Su técnica era sencilla, las vigilaba a una distancia prudente y, cada vez que sucedía, cambiaba su estilo de vestir, las gafas y sombrero si los usaba. La policía encontró un hilo conductor en esta investigación: todos los cadáveres eran altas, con un cuerpo similar a la muñeca Barbie y con un vestido idéntico al de la foto de la mencionada muñeca que dejaba a su lado.


EL LENGUAJE GENERA REALIDAD

Luciano Lara (Argentina)


 —Te amo —dijo ella. De inmediato trabé los dientes para reprimir la respuesta; llevaba semanas preparándome para ello.

La miré, no pude evitarlo; tampoco pude disimular la sonrisa que ella acompañó con un gesto de complicidad. La sensación de fracaso estratégico se disipó de repente junto con mis arrugas, mi desgano y mi falta de deseo.

Abrí los ojos y me levanté casi de un salto, pero el espejo del baño me recibió frío y solo; con la misma imagen de siempre.

El lenguaje genera realidad, pensé; el silencio también.



MALAS NOTICIAS

Rafael Martínez Liriano (República Dominicana)

 

—¿Dónde está Adriana que hace rato no la veo?

—Mamá murió hace tres años, papá —dijo Marcela con la voz cortada por el sentimiento.

El anciano quedó paralizado por la noticia, se llevó las manos a la cara buscando detener o por lo menos ocultar sus lágrimas al mundo.

Marcela sufría al tener que dar tan terrible noticia a su padre ya anciano, decirle que una parte de su vida ya no estaba. Y sufría aún más al tener que repetir la escena tres o cuatro veces al día debido a los problemas de memoria que de a poco tomaba lo más valioso en la vida del ser humano, sus recuerdos.



EX-CRITOR

Javier López (España)

 

Cuando dejé de escribir hice felices a muchas personas.

Los críticos se sintieron aliviados por no tener que leer mis textos para hacer sus reseñas en el semanario dominical. Nunca entendían lo que quería decir, e interpretarlo les suponía un esfuerzo extra, acostumbrados a trabajar poco y cobrar bastante.

Mi esposa es quizá la que más lo celebró. Se terminaron los días y las noches encerrado en la biblioteca, desatendiendo a mis hijos, de los que llegaba incluso a confundir sus nombres y, por supuesto, a olvidar las fechas de sus cumpleaños.

Pero como dicen, nunca llueve a gusto de todos. Y se me cae el alma a los pies cada vez que entro en la biblioteca y veo a los que fueron mis personajes apilados en un rincón, empequeñecidos, inexpresivos y con la cabeza gacha, esperando a que vuelva algún día a apoyar el lápiz sobre el papel.

 

PALABROTAS

Sergio Gaut vel Hartman

 

Tomar café con Antonio es casi lo mismo que trabajar ocho horas en un sótano. Pero no porque Antonio sea un mal tipo, en absoluto. Quiero a Antonio como si fuera mi hermano, lo quiero más que a mi hermano, que es un tipo egoísta y obcecado. El problema con Antonio es su acendrada costumbre de utilizar palabras rebuscadas y obsoletas que recoge por aquí y por allá y colecciona con la obsesiva persistencia de un maníaco. Hoy, sin ir más lejos, mientras tomábamos café en el Sócrates que está a la vuelta de mi casa, lanzó una de sus rimbombantes y vesánicas sentencias.

—No logro comprender tu ataraxia —comentó—. Estamos en medio de una hecatombe y tu única defensa es que debemos ser resilientes. Podría entenderlo si fueras un cenobita o si pertenecieras a un grupo esotérico que explica la realidad a través de la nesciencia y otras obscenidades por el estilo, dignas de terraplanistas, negadores seriales y aficionados a los axiomas absurdos. Pero un agibílibus, ¡por favor!

—¡Yo no soy eso! —protesté—. ¿Un agibílibus? ¿De dónde lo sacaste?

—Un agibílibus es un sujeto hábil, ingenioso, a veces hasta pícaro, para desenvolverse en la vida.

—¡Ah, bueno! —consentí.

—Sé que en lo más recóndito de tu corazón habita un filósofo, la clase de persona que tratará de vivir de acuerdo con sus normas, sin permitir que la realidad externa lo afecte. Pero ¿has dejado de leer los diarios, de ver la televisión? ¡Todo se desmorona, mi amigo! La quimera de un mundo mejor, que abrigamos en nuestra juventud, ha sido demolida por los descerebrados, los fascistas, los miserables, los consumistas, los caliginosos…

—¡Suficiente! —exclamé—. No tengo ganas de padecer las invectivas de un gárrulo.

—¿De un qué? La anoto. Te juro que esa no la tenía.


 

 

 

 

 

 


miércoles, 8 de enero de 2025

ESPECIAL MICROFICCIONES (NUEVE)

 



EL ESTOFADO Y EL CONTAGIO

Itzel Alejandra Flores García (México)

 

Había una vez una pequeña cocinera que vivía en una ciudad China. Dicen que parecía una niña y que servía a diario estofados de aromas deliciosos en el mercado del centro de la ciudad. Sus manos, carentes de lozanía, alborotaban la curiosidad de los comensales, quienes se preguntaban por la edad de la cocinera. Ella preparaba los especímenes que conseguía para cada día, los cuales eran, en su mayoría, pequeños roedores que al ser degustados, se sentían tan suaves como las aves que se servían en lujosos banquetes.

Diariamente, a la una de la tarde, la cocinera ofrecía decenas de platos de esa comida exquisita y siempre le preguntaban el secreto de su sazón. Ella guardaba silencio, pero miraba sonriente; todos quedaban satisfechos.

Aquella ocasión, la pequeña seleccionó una especie alada que había capturado la madrugada anterior en el túnel de gusano al que solía acudir para cazar. Era una costumbre que su familia le había enseñado desde que habitaban su otro planeta, el destruido. Se necesitaba espacio para que los demás llegaran a habitar este. El momento de la sustitución había llegado. La cocinera de Wuhan sirvió el estofado y los de siempre llegaban para comerlo; después, la epidemia.



EL ÁRBOL SIN AMIGOS

Marcela Iglesias (Ecuador)

 

—Mami, mami

—¿Qué pasó hijito?

—El miércoles nos van a llevar en bus al “árbol sin amigos”

—¿Árbol sin amigos?

—Siiii mami, ese que queda en esa montaña que se ve por la casa de la abuelita

—Aaaaah, el “árbol solitario”. Sí, está al noroccidente de la casa de la abuelita. Es un quishuar, el árbol de la vida. Sea invierno o verano siempre está verde.  En mis épocas de niña íbamos a pie, ¿cómo que los van a llevar en bus? Que yo sepa no hay camino para buses. Ya voy a averiguar bien

Minutos más tarde

—No hijito, en bus los van a llevar hasta la parte de abajo del cerro.  Les toca subir a pie.

—Ay no mami, ni que fuéramos llamas para subir semejante altura. Mejor me quedo jugando con mis carritos de metal.



FULGOR SURREALISTA

Maritza Macias Mosquera (Chile)

 

—Corre esas cortinas para que entre sol —solicitó Hanz a su asistente—. Se agradecen esos ratitos en invierno.

—¿Cuáles, las blancas o las burdeo? —consultó Path.

—Ambas —le ordenó, desde su silla de ruedas—, así entra todo el calor posible.

Path, las descorrió una por una desde el tubo de fierro forjado que las sostenían.

Cada semana Path lo asistía de lunes a viernes, eran los días en que Hanz disfrutaba. Podía hablar con él de cualquier tema sin inconvenientes.

Se acercaron al ventanal a observar el paisaje campestre en el  día primaveral que había amanecido.

—¿Qué es eso que reluce tanto en el cielo? —pregunto Hanz. Path se acercó bien al ventanal y vio aquella nave color plata, de forma ovalada pero que se asemejaba más a un pepino que a otra cosa y que se trasladaba de sur a norte. Ambos se taparon los ojos, el destello era muy molesto. Pero al abrir de nuevo los ojos, ya no había nada de la nave en el cielo. En segundos el cielo se ensombreció y luego todo volvió a la normalidad.

Ambos se miraron absolutamente sorprendidos al ver cómo Micky, el perro de la casa, les extendía la mano y los saludaba llamándolos por su nombre.



GLOBOS DE COLORES

Oscar De Los Ríos (Argentina)

 

Todas las tardes, el payaso, con su amabilidad y una sonrisa melancólica, empujaba su carro de hierro forjado hasta el centro de la plaza. Un martes de invierno, bajo un cielo gris plomo, desplegaba una nube de globos de colores. Y realizaba su acto de mimo, creyendo que de esta forma alegrar a chicos y grandes.

El día que ella, con su cabello dorado como el trigo, desapareció rumbo al sur sin dejar rastro, busqué consuelo en su acto. Me acerqué al payaso y le dije:

—Ella es hermosa y etérea como uno de esos globos de colores.

—¿Sería el lila, o tal vez rojo…? —me preguntó el payaso.

—Podría ser cualquier color… o todos los colores.

Sabiendo que lo que iba a hacer era un acto irracional y sin sentido, me decidí a comprarle todos los globos al payaso. Convencido de que, haciendo esto, ella volvería.

Una inmensa sonrisa iluminó el rostro del payaso, y tomando una enorme aguja plateada, comenzó a reventar los globos. Al explotar el último, me miró como diciéndome: todo recuerdo es sufrimiento.

Es por eso que estrangulé al payaso y no por el odio natural que estos seres provocan en niños y adultos.



LA MICROFICCIÓN

João Ventura (Portugal)

 

Leonardo estaba en la playa un domingo de invierno y miraba el mar hacia el este. El cielo estaba rojo, como suele ocurrir antes del anochecer. Con un silbido llamó al perro, que jugaba en la arena. Lo hizo subir al auto, se puso al volante y se dirigió hacia la Tienda de las Palabras. Necesitaba comprar algunas para la microficción que quería escribir, pero de repente recordó que no tenía una lista de lo que necesitaba consigo. La había dejado sobre la mesa de la cocina, junto a las patatas, las zanahorias y la col que había traído del mercado.

Aburrido, se desvió de la ruta prevista y se dirigió a su casa. Cuando entró, fue directo a la cocina y allí estaba la lista. Descubrió que sólo le faltaba una palabra para "metal".

Empezó a preparar la cena. Tomó el cuchillo con hoja de titanio y sobre la mesa de acero inoxidable comenzó a cortar las verduras. Puso la cacerola con agua al fuego, añadió las verduras, sal y pimienta, un poco de aceite de oliva y ajustó el quemador.

Mientras hacía la sopa, tomó papel y lápiz y se sentó a escribir la microficción.



LAS PUERTAS DEL OTOÑO

Juan Carlos Aguilar (Venezuela/Canada)

 

Al sur de la Ciudad Santuario, cada cien años, en el primer domingo, luego del equinoccio de otoño, se congregan peregrinos ante las Puertas del otoño, dos gigantescas hojas de bronce labradas en una época perdida en la bruma del tiempo. Las rocas circundantes, cubiertas de líquenes ocres, dan la impresión de que el bosque entero llama a la devoción. El honor pertenece a un anciano que conduce una caravana de burros, cargada con sacos de bilvas.

La tradición cuenta que quien cruce esas puertas con una ofrenda, bajo el resplandor matinal, recibirá una revelación. Con paso tembloroso, el anciano avanza. Las puertas se abren sin crujir, y él atraviesa el umbral. Los peregrinos aguardan con expectación… pero el anciano no regresa. Ni siquiera se le oye gritar. Al asomarse, hallan el paisaje intacto, sin rastro de él ni de los animales. Queda únicamente un olor dulce, como de flores marchitas. Su destino se adivina en un silencio que parece masticar la realidad desde el otro lado.



EXCURSIÓN

Myriam Goluboff (Argentina/España)

 

Era un domingo de primavera. El azul de los jacarandás en flor alegraba la calle. Salimos, toda la familia, incluidos los dos perros, en nuestra camioneta verde adornada con dibujos en blanco y rojo, preparada para estas aventuras. Enfilamos hacia el norte. El paisaje iba cambiando a medida que avanzábamos. La carretera, al principio con hileras de casas que la flanqueaban, iba tomando otro carácter, con campos cultivados de maíz y zonas de bosque de pinos. A lo lejos, veíamos la mancha azul del río al que queríamos llegar, para armar nuestras carpas y disfrutar del clásico concurso de pesca que alegraba nuestra vida familiar.



MERRA

Suray Annys (Argentina)

 

Rem despertó congelado La helada, sexta estación climática de Merra termina en albur la estación clara. Esta derrite los glaciares que cubren el suelo azul seis danzas lunares más tarde.

Se puso su traje de rop. Un gran animal, de cuero ligero, abrigado, impermeable y ultrarresistente.

Debía apurarse. El deslizador temporoespacial zarparía dejándolo todo un rotom en este planeta vertiginoso. La luz de los soles en el cenit encandilaba. Debía proteger los ojos con lentes de un metal translúcido y flexible, extraído del interior de unas algas marinas. Las masas continentales se desplazaban en el océano global. El astro Nur, estático, marcaba el Nor. De frente a este, hacia atrás y a los lados los otros 5 puntos orientadores. Era terrícola explorador. Los Merros le habían proporcionado lo necesario incluido un traductor interespacial.  Regresaría… en casa lo esperaba ella. Corrió pero al llegar el deslizador no estaba. Pregunto a un merro que vio en las inmediaciones.

—Salió anteayer —le dijo este.

—¿Pero cómo, hoy no es shaske?

—No, señor, shaske fue anteayer, ayer fue naske y hoy es taske.

Volvió al refugio llorando. Un rotom equivalía a cincuenta años humanos. Ya no vería nunca más a su amor.



PROTECCIONES

Hernán Bortondello (Argentina)

 

Habían pasado cuatro años desde el lunes de otoño en que comenzara a trabajar en la pequeña oficina ubicada en la propiedad de la suegra de mi empleador, al norte de la ciudad.

La puerta de rejas de hierro con la que se accedía al jardín delantero del chalet, la misma que ahora estoy abriendo como todas las mañanas a las 8:30, tenía cubierta la parte inferior con acrílico transparente. Mientras vuelvo a cerrarla sonrío al recordar que el motivo de esto último sólo lo supe varios meses después de mi primer día de trabajo.

Sentado en mi silla giratoria frente al monitor de mi pc había escuchado sonar el timbre. Al asomarme a la ventana que daba a la calle pude observar a un joven cartero montado en su bicicleta esperando ser atendido. Fue entonces cuando un bulto negro de unos treinta centímetros de altura arremetió como un rayo, tumbando a su paso la maceta de un helecho y estrellándose brutalmente contra los barrotes. De no haber estado la barrera plástica el furioso bulldog francés, mascota de la dueña de casa, se hubiese destrozado el hocico contra el metal.

Mientras introduzco un algoritmo por teclado rememoro mi juventud y medito. De no haberme detenido los muros de mis padres yo hubiese chocado con entusiasmo contra el arte, y, hoy, en vez de un aburrido analista de sistemas sería el artista plástico que sigue esperando en mí.


EL ÚLTIMO JUEVES DEL OTOÑO

GPT Chat (Sin nacionalidad)

 

El jueves al sur de la ciudad tenía un aire diferente. El cielo, teñido de un gris plomizo, presagiaba una tormenta. Sara caminaba junto a su perro, un pastor belga negro que tironeaba de la correa, ansioso por explorar.

A lo lejos, el chirrido metálico de un tranvía rompía la calma. Sara subió al vehículo con el perro y un pequeño saco de semillas de girasol bajo el brazo, regalo de una anciana que había conocido en el mercado. Los pasajeros guardaban silencio, como si el otoño los envolviera en un letargo inevitable.

Al bajar, la lluvia comenzaba a caer en finas agujas de plata. En un claro del parque, Sara dejó que el perro corriera mientras ella esparcía las semillas en la tierra húmeda. Sabía que no viviría para ver el girasol que naciera, pero le consolaba imaginarlo dorado y orgulloso bajo un sol futuro.

El pastor belga ladró, celebrando la vida aún en medio del ocaso de la estación. El sur, el jueves, el otoño: todo parecía confluir para recordarle que incluso en el final hay un comienzo latente.



DOSCIENTAS PALABRAS

Sergio Gaut vel Hartman (Argentina)

 

Sonó un silbato de locomotora y esa fue la señal: teníamos una oportunidad de escapar, hacia el norte, seguramente. Se lo dije a Marty.

—La vía férrea está cerca. Huyamos.

Marty se encogió de hombros y pronunció una de esas frases desconcertantes que tanto me molestan.

—Se supone que el violeta es el color de moda para este otoño.

Siempre se las arreglaba para irritarme, pero decidí seguirle la corriente, y del modo más literal posible.

—Galvani descubrió la corriente eléctrica cuando estudiaba el sistema nervioso de las ranas.

—¿De qué estás hablando? —dijo Marty—. Te planteo un problema concreto y tu respuesta es una extravagancia.

Ese fue el momento elegido por Rosamunda para entrar en escena.

—El sábado partimos hacia nuestras propiedades en la Riviera francesa, ¿no es maravilloso?

Busqué algo con qué golpearle la cabeza; unas semanas más de confinamiento no serían gran cosa. Sobre un pedestal de hierro forjado, delante de la reja, había una sopera con forma de hoja de lechuga. Sería suficiente para atontarla, pero no iba a matarla.

—¿Qué hiciste? —exclamó Marty.

Me encogí de hombros. De todos modos era la hora en que Blondina, la maldita enfermera italiana, llegaba con las pastillas.

 

 

 

 


viernes, 23 de agosto de 2024

BIFICCIONES (TRECE)


BRILLO DE METAL CROMADO

Laura Irene Ludueña & Víctor Lowenstein

 

Sentado al borde de la cama hecha que no utilizaba hacía semanas, salvo, claro, para recostarse cada dos por cuatro de puro aburrido para después levantarse y alisar el acolchado, de puro maniático, De Jacques contemplaba su cuarto como si no lo conociera de memoria. Tal vez presintiendo que no lo volvería a ver, casi como una persona que espera partir hacia un destino final de esos de los que no se regresa ni en sueños. Miraba la taza de porcelana sobre el escritorio; la silla detrás, con el polar colgado sobre el respaldo y más allá el angosto ropero siempre cerrado, testigo mudo y eficaz de su denodada soledad.

Miraba todo como si lo viera por vez primera, recorriendo con los ojos detalles seguramente bien vistos y sabidos. Encontrando casi sin querer nuevos detalles, perspectivas acaso insólitas, dejando a su mirada caer en esa inercia perezosa de quedar colgada en el contorno de la taza, las manzanas en la frutera o el portalápiz azul, o el polar o la silla, que la conciencia reposara allí sin pensamientos, vacía de ruido mental y concentrada en las formas en particular.

Ese juego estaba, como otros similares, dejando de funcionar. Lo conocía demasiado bien, igual que ese cuarto. Tantas veces lo había recorrido con sus ojos cerrados –otro juego infantil– para probarse que era capaz de transitar un espacio así de estrecho sin chocar con nada, aunque por lo general acababa por llevarse la silla puesta al primer descuido, y abría los ojos desconcertado ante su torpeza. Por ello mismo le extrañó, pero tanto, no reparar siquiera en ese brillo de metal cromado que relucía desde el borde mismo del escritorio. Era tan inexplicable esa omisión visual que se quedó perplejo unos instantes, consciente de que su mirada había recorrido esa habitación una docena de veces, sin notar el relumbre metálico. Se la había comprado al dealer que le vendía la coca, quien supo convencerlo de que el mercado negro de armas no era una opción segura, que tenía una Beretta casi sin uso y se la dejaba a buen precio, incluyendo municiones. ¿Te sirve, De Jacques? Por ser tú te la dejo en cuarenta malditos dólares, ¿qué dices?

—Sí —había dicho como un idiota perdido en una nube de humo y con una extraña sensación simultánea de relajación y euforia.

Vagamente recordaba a su dealer moviendo los labios como si recitara vaya a saber que verso que a él no le interesaba. Porque en realidad, no le interesaba nada. Hacía rato que vivía porque el aire era gratis y aún tenía algo para proveerse de aquello que sustentaba su mísera soledad.

De Jacques contempló una y otra vez su escritorio ahora engalanado con ese brillo cromado. Tenía la sensación de estar en un sueño, con imágenes que parecían surgir y desvanecerse sin conexión clara con la realidad. En un momento aparecía su dealer, en otro estaba amando a Vanessa, en otro su madre lloraba, luego volvía Vanessa echándolo del departamento con lágrimas en los ojos y diciéndole que no toleraría más sus adicciones. ¿Qué le estaba pasando? Volvió los ojos al escritorio. Cada vez que veía el brillo metálico de la pistola sentía un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. Nunca había sido violento, ni siquiera en sus peores momentos. El sonido de los disparos en las películas siempre lo había puesto nervioso, y ahora, tenía una de esas cosas en su propia casa. Todo había empezado a ir mal desde que fue a ese bar de mala muerte al que lo invitó su primo Tomy. Al principio fue para festejar su reencuentro con Vanessa, luego para olvidar que lo había dejado, después para olvidar que su madre lo echó y así sucesivamente. Las primeras idas al bar eran esporádicas, luego se hicieron más frecuentes y las cantidades de cocaína que consumía iban aumentando al mismo ritmo hasta que la paranoia creció en proporción directa a su consumo.

Una noche, Tomy le contó sobre un par de tipos que merodeaban el bar y que lo habían asaltado.

—No es seguro, andar por aquí desarmado hermano — dijo —Voy a conseguir un arma para mí y otra para vos, así andas seguro.

En su estado, había aceptado sin pensarlo mucho ni entender de qué le hablaba. Ahora, con el arma en su poder, la situación se sentía más pesada, como si hubiera cruzado una línea de la que no podía volver.

El reloj en la pared marcaba las 3 de la mañana. No podía dormir, el miedo y la ansiedad lo mantenían despierto. Se lavó la cara y cuando se miró al espejo la imagen que vio lo asustó. ¿Ese era él? ¿dónde estaban los ojos verdes brillantes de los que Vanessa decía haberse enamorado? Parecía un espectro. Sentía que el peso de sus decisiones lo habían llevado a este punto. Como si fuera poco, la presencia de la pistola lo asfixiaba. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera. La ciudad estaba silenciosa, pero su mente era un torbellino. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había permitido que su vida se saliera tanto de control? Pensó en llamar a alguien, pedir ayuda, pero no sabía por dónde empezar.

La luz de la luna iluminaba el arma sobre la mesa. Era una visión surrealista, como si perteneciera a otra vida. Sabía que no podía seguir así, tenía que encontrar una salida. El brillo cromado sobre el escritorio parecía llamarlo, se acercó a él y tomó el arma para verla mejor. Observó el cañón de la Beretta, allí el brillo cromado no se veía, al contrario, estaba oscuro, tan oscuro…

La detonación se oyó en todo el edificio. Su último pensamiento fue que su alma era igual a la del arma, brillante por fuera pero muy oscura por dentro.Principio del formulario





LA DECEPCIÓN

Tamara Golob & Gabriela Vilardo

 

Stepan se sentó frente a la pantalla de su computadora, una vez más, con el mismo desinterés apático que había sentido desde hacía meses. Desde la muerte de Yelena, su esposa, su vida había caído en un abismo de monotonía y desesperanza. A pesar de tener solo cincuenta y nueve años, se sentía como un anciano cansado del mundo. Su rutina diaria se reducía a recorrer las redes sociales sin propósito, esperando encontrar algo que llenara el vacío que lo consumía.

Con un suspiro pesado, abrió Facebook y comenzó a desplazarse por el interminable flujo de publicaciones triviales y noticias irrelevantes. Las sonrisas felices y las vidas perfectas de sus amigos virtuales solo servían para acentuar su propio dolor y soledad. Nada le interesaba realmente, y se encontró divagando, su mente creando escenarios oscuros y finales morbosos para su propia vida. Imaginaba de qué manera podría acabar con su sufrimiento, desde sobredosis hasta accidentes aparentemente fortuitos. Cada pensamiento era más sórdido que el anterior, y la sombra de la desesperación lo envolvía cada vez más.

Sin embargo, en medio de esa espiral de pensamientos oscuros, algo llamó su atención. Un nombre que no había escuchado en casi medio siglo apareció en la pantalla. Se quedó paralizado por un momento, sus ojos fijos en el perfil de Facebook de una mujer. Era ella, su primera novia. Casi no podía creerlo. Después de tantos años, ahí estaba, en la pantalla, como un fantasma del pasado que regresaba para sacudir su letargo.

La mujer, a pesar del tiempo transcurrido, se veía increíblemente bella. Había envejecido con gracia y elegancia. Su perfil mostraba una vida llena de éxitos y logros. Era una profesional reconocida en el campo de la psicología y había escrito una novela que acababa de publicarse. Stepan no podía evitar sentir una mezcla de nostalgia y curiosidad. ¿Qué había sido de su vida? ¿Cómo había llegado a ser la mujer exitosa que ahora veía en la pantalla?

Impulsado por una mezcla de desesperación y un atisbo de esperanza, decidió escribirle. Las palabras salieron torpemente al principio, pero luego, a medida que los recuerdos fluían, encontró más fácil expresar lo que sentía. Le habló de los viejos tiempos, de cómo la había recordado a lo largo de los años y de lo sorprendido que estaba al encontrarla de nuevo. No esperaba una respuesta, pero había algo en ese acto que le dio un pequeño rayo de esperanza.

Para su sorpresa, la respuesta llegó rápidamente. La mujer le respondió con calidez y entusiasmo, recordando con cariño los momentos que habían compartido. A pesar del paso del tiempo, parecía que todavía había una conexión entre ellos, algo que había sobrevivido a las décadas de separación. Comenzaron a intercambiar mensajes, primero de manera casual y luego con más profundidad. Compartieron historias de sus vidas, sus éxitos y fracasos, sus alegrías y tristezas.

Stepan se encontró esperando ansiosamente cada nuevo mensaje, sintiendo cómo una chispa de vida comenzaba a encenderse en su interior. Por primera vez en meses, sentía algo más que dolor y apatía. Había encontrado una razón para seguir adelante, una conexión que lo hacía sentir menos solo en el mundo. Y aunque no sabía qué depararía el futuro, estaba dispuesto a descubrirlo, un paso a la vez.

Le propuso a Marisa hacer una video llamada, aunque su apariencia no era la misma; ni siquiera se había mantenido jovial como ella. Su tristeza parecía acentuar las arrugas y bajarle más los párpados. Se miró al espejo y se acomodó un poco el cabello. Buscó una camisa a cuadros que era la que usaba para ocasiones especiales. Ubicó la computadora en un lugar que disimulaba la dejadez de la casa. Le costó evitar trapos tirados y superficies descascaradas. Apenas se salvaba del desorden, una parte de una de las paredes del comedor que mostraba un espejo devolviendo la espalda corva de Stepan. Se acomodó, trató de erguirse y puso la computadora sobre una mesa, bastante alejada de su cuerpo para que no lo tomara en un primer plano. Estaba ansioso.  Cuando acordaron prender el celular, ella entró con la llamada sin video, pero él apretó la camarita y se encontraron frente a frente. Se miraron, sonrieron como dos chiquilines y hablaron de la rareza de la tecnología, eso de estar y no estar. Stepan la veía preciosa, no sabía si ella a él. Stepan se levantó, se excusó, dijo que lo esperara un segundo, que se preparaba un cafecito; y la invitó a que hiciera lo mismo. Algo que ella aceptó. Él se tropezó en la cocina, pero no perdió el equilibrio. Estaba abombado como un adolescente. Volvió con su café batido y se sentó otra vez frente a la pantalla.

—Contame de tu novela, Marisa.

—Ah… mi novela me ha traído tantas satisfacciones… —Marisa revolvió el café con una cucharita, sin apremio. Luego se la llevó a la boca saboreando lo que había quedado en ella. Y miró a Stepan.

—Seguramente has metido la psicología que tanto te gusta y has creado una gran ficción. Sé de la repercusión que ha tenido. El título ya anuncia una historia prometedora: La decepción.

—Sí, claro. Lo que se vive se cuenta mejor, Stepan.

—¿Está basada en un hecho real?

—Sí, tan real que me amalgamé con la protagonista hasta el final, sin opción a otra cosa. Creeme que fue sanador.

—No tengo dudas, viniendo de vos… Te conozco tanto. Ya ves, que hemos hablado de la vida tal como entonces.

Marisa sonrió apenas.

—¿De verdad creés que me conocés tanto? Creo que, si así hubiese sido, no hubieras desaparecido de mi vida con tu compañera de banco.

—¡Éramos dos chiquilines! ¿O no?

—Yo no. Tal vez vos, sí. Las mujeres, aun jóvenes, siempre nos comprometemos más con el amor hasta imaginar el fin de nuestros días.

—Bien, pero no es para tanto… ¿Por qué no nos encontramos a tomar un café y lo conversamos como adultos? Ha pasado bastante tiempo de aquello.

—Mi tiempo se extendió hasta la publicación de mi novela, no hace tanto, y no puedo tomar ese café, porque en la última página te maté. Lo siento, Stepan. Creo que no es tu mejor día.

Marisa se inclinó y apagó la cámara. Algo que confundió y sorprendió a Stepan.  Su página de Facebook seguía mostrando sonrisas y éxitos inventados por los demás y antes de perder la voluntad y de volver a entrar en la sombra de la desesperación, puso un símbolo de luto en su perfil y la tapa de la novela de Marisa en la portada. 



CAMINOS CERRADOS

Carmina Shapiro & Sergio Gaut vel Hartman

 

Sonia salió del predio de oficinas, cruzó el estacionamiento y echó a andar por la vereda lindera del parque. La noche estaba más azul que oscura, el aire calmo. Eran cinco cuadras hasta la parada del colectivo sobre la avenida Iyuna. Andaba con paso regular pero sin prisa. Distraídamente vio a algunas otras mujeres caminando en el mismo sentido que ella.

Se cruzó de vereda para ver los plátanos, añosos e imponentes, y el parque detrás de ellos con mejor perspectiva. El parque, las luces amarillas esparcidas por el llano y la cúpula azul le traían sensaciones de recuerdos cálidos.

Al llegar a la esquina, un muchachito cruzó su camino detrás de ella, entre caminando y trotando. Llevaba una mochila medio vacía que se sacudía con él, y una camiseta de esas de tecnología deportiva. Esa esquina correspondía a una cortada, al final de la cual el muchachito se agachó y agarró un pedazo de baldosa rota. Mirando hacia atrás exclamó, “¡vamos a la canchita, a la canchita!

Sonia, que había seguido sus movimientos, notó que no la miraba a ella, sino más atrás aún. Se giró entonces hacia el otro lado y vio a otros dos muchachos juntando baldosas rotas y piedras. Ya tenían algunas entre los brazos. Más allá otros cinco se acercaban corriendo. Venían desde el predio de oficinas y se dirigían a la avenida. La penumbra de los plátanos los hacía ver más espectrales que lo que eran, apenas muchachitos. Aunque sus movimientos decididos delataban una mayor experiencia de lo que se hubiera esperado.

Sonia se había detenido y parada en el lugar vio que las mujeres volvían sobre sus pasos, corriendo en alerta.

—¡Corré! ¡Corré! —le dijo la que estaba más cerca. Eso significaba que otro grupo iba al encuentro, o tal vez harían algún atraco o alguna manifestación contra los Propietarios...

Hizo una mueca de angustia, se ajustó el bolso y emprendió la carrera. La angustia era doble. Esta noche ya no podría llegar a casa a dormir. Y otra vez esa pregunta de fuego quemándole la conciencia... ¿Estaba corriendo en la dirección correcta? ¿Hacía bien en alejarse en lugar de acercarse a la acción?

De pronto, como salidos de la nada, fantasmales y prepotentes, aparecieron los blindados de la GP. ¿Demasiado rápido? ¿Acaso estaban sobre aviso? Avanzaron por la avenida bufando como monstruos y moviendo los cañones en todas direcciones. Pero los muchachos, que ahora ya eran docenas, tuvieron la precaución de moverse entre los árboles, sin ofrecerse como blanco.

Frenándose agitada, Sonia vio con sorpresa que la mujer que le había gritado que corriera se había sentado  en un banco de metal

—¿Qué le pasa? —dijo Sonia tocándole el hombro.

—¿Qué me pasa? —La mujer expulsó la mano como si se tratara de una alimaña—. Estamos muertas, eso me pasa.

—Venga, vayámonos de aquí.

—No es posible; todos los caminos están cerrados.

Sonia levantó la cabeza para ver que los muchachos se agrupaban para lanzar una andanada de piedras contra los blindados, y eso le pareció ridículo; lo único que iban a lograr era ser masacrados por los GP.

—Tenemos que salir para algún lado. Lagarde no está cerrada.

—Por ahí vienen los mutantes…

—¿Los qué? —Sonia no estaba segura de haber escuchado correctamente la palabra pronunciada por la mujer, pero tal vez, más que nada, era una triquiñuela de su mente para no hacerse cargo de lo que se rumoreaba.

—Los mutantes, ¿es sorda? —replicó la mujer, irritada—. Por Tinto vienen los extraterrestres y por Juntero los robots. Lo que le dije: estamos rodeadas, no hay salida.

Ese fue el momento elegido por los blindados para empezar a disparar; y no eran chorros de agua y tampoco gases. Disparaban lenguas de fuego que no tardaron en convertir el parque en una gigantesca hoguera.  

 

Final del formulario

 

 

 

 

 

jueves, 22 de agosto de 2024

LA VENGANZA DE BATU KAN

Iván Bojtor

 

Me dirigí "hacia arriba" en el "ascensor" hasta el nivel 1241. "Hacia arriba", todavía decimos así, pero en realidad me estaba moviendo hacia atrás en el tiempo. Adoptamos esta tecnología de los joguunos hace unos seiscientos años, quienes se habían extraviado en la Tierra desde algún planeta en la galaxia Messier 81. Busqué la puerta que daba al pasillo del año 1241 y, apremiado por el tiempo, corrí hasta la cuarta puerta. Simplemente la atravesé, no necesitaba abrirla ni cerrarla. Ya estaba en una sala correspondiente a abril de 1241, cuyos treinta lados giraban en círculos. Me tomó tiempo elegir el correcto. Ya estaba mareado por la vista cuando finalmente la rotación de las paredes se desaceleró y encontré la que buscaba. Le di una patada furiosa, fijando así el día. Por suerte, los cuadrados que ajustaban las horas aparecieron en el suelo. Solo tuve que pisar el número seis, dar unos cuantos golpes y así fijé también los minutos. Luego me agaché y toqué dos veces con mi dedo el cuadrado, seleccionando el segundo.

Ya había introducido las coordenadas geográficas antes de partir, así que solo me quedaba iniciar el programa. (¡Gasté una fortuna en este viaje! Espero que valga la pena). Pronuncié la contraseña que había elegido: "Batu". En ese instante, me encontraba en el campamento mongol en el amanecer del segundo día de la batalla de Muhi. Caminé con cautela entre los guerreros y caballos inmóviles como estatuas hasta la yurta más ornamentada, donde un mozo sostenía un caballo con una brida, junto al cual un guerrero armado estaba a punto de montar, con un pie ya ligeramente levantado. Lo reconocí de inmediato. No por una fotografía, ya que no había ninguna de él, sino por un antiguo dibujo a tinta chino que la máquina me mostró unas diez mil veces durante mis estudios. ¡Ahora vas a recibir lo tuyo! En realidad, no estaba enojado con Batu, sino con todo el mundo. Principalmente conmigo mismo, por haberme dejado engañar en el examen. Y también con los examinadores, esos dos idiotas que, cuando di una respuesta incorrecta, se rieron con tanto sarcasmo en la pantalla que me dieron ganas de lanzarles algo. Estaba enfadado con el programa que me dieron, porque en los cinco minutos que tenía para responder, no pudo decidir cuál era la respuesta correcta. Claro, también fue engañado por la pregunta, igual que yo. (“¿Batu era realmente hijo biológico de Gengis Kan, o no?”) ¡Yo, idiota! Cuando comparé los materiales que la máquina me proporcionó, llegué a la conclusión de que sí. Empecé a argumentar, pero no pude terminar porque los dos examinadores, como si lo estuvieran esperando, empezaron a reírse y a balancearse de un lado a otro.

—¡Respuesta incorrecta! —La correcta era: "Desafortunadamente, aún no lo sabemos".

Y allí estaba, frente a Batu. En el camino planeé desquitarme bien con él, darle un buen golpe, pero... Su casco... ¿Qué pasa si me corta o me hiere la mano? Para cuando regrese, podría infectarse, y además, no llevo vendas. ¿Por qué no pensé en eso? Debo idear otra cosa. Tal vez podría robarle la espada. Buen trabajo, se vería genial en la pared de mi habitación. ¿Qué trofeo sería? Lástima que no saldría conmigo, porque "el tiempo restaura las modificaciones". Es decir, simplemente desaparecería de mis manos y regresaría aquí. Entonces, ¿qué demonios debo hacer? ¿Cómo podría irritarlo más? Solo tengo 1.2 segundos, ese es el tiempo que tengo para hacer algo, porque si lo supero, entonces... entonces todo se moverá y el infierno se desatará. ¡Me advirtieron sobre esto! Entonces tuve una idea. Me acerqué al kan y... le di un golpecito en la nariz. Los ojos de Batu brillaron y su cabeza se estremeció por un momento, pero inmediatamente volvió a quedar inmóvil. ¡Ja, ja, ja! ¡Lo logré! ¡Qué sorpresa se llevó! Ja, ja. Ahora se romperá la cabeza pensando en lo que sucedió. ¡Vamos a casa!

¡Finalmente en casa! Me relajo en el sillón, mirando la pared y sorbiendo mi carísimo vino reservado para esta ocasión. ¡Eso salió realmente bien! Puede que otros digan que fue una venganza mezquina, pero mi enojo se disipó. Y por eso, ya valió la pena. Qué bien que está esta máquina, el regalo de los joguunos. Al principio, todos le tenían miedo, durante mucho tiempo solo los investigadores podían usarla. Nadie entiende hasta hoy cómo funciona. Pero ¿a quién le importa? Lo importante es que funciona. Qué divertido fue cuando Batu me miró fijamente. En realidad, no es tan feo como en ese dibujo a tinta. Lo miré bien. Su rostro, incluso en ese momento antes de la batalla, irradiaba calma. Y parecía haber una sonrisa en la comisura de su boca. Claro, puede que solo yo lo haya visto así. ¿Qué fue eso? Un destello metálico. ¡Aú! Mi nariz. ¿Qué la golpeó? ¿Y qué es esa risa?

 

Título original: Batu Kán bosszúja

Traducción del húngaro: Sergio Gaut vel Hartman


Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

EL ENCUENTRO

 Laura Irene Ludueña   La reconoció de inmediato. Mary Shelley estaba sentada sola en el banco de una plaza oscura, como hurgando en sus r...