Sergio Gaut vel Hartman
—¡Estoy harto! ¡Total y definitivamente harto! —El Príncipe Azul pateó
con tal furia la pata de la mesa que esta se quebró, convirtiendo la tabla en
un plano oblicuo que sirvió de tobogán a la vajilla. Lozas, porcelanas,
cristales y cubiertos de plata se precipitaron sin moderación y produjeron un
estruendo digno de una batalla.
—¿Y ahora qué hice? —sollozó la Princesa Rosa. (En
otros cuentos tuvo otros nombres, pero no viene al caso mencionarlos; es este
un asunto que bien puede quedar librado a la imaginación de los lectores).
—¿Qué no hiciste? —aulló el Príncipe. La prole,
aterrada por los gritos del padre, se refugió entre los pliegues de las faldas,
enaguas y volados del vestido de la madre—. No lavaste ni planchaste mis
camisas, en lugar de cocinar los manjares dignos de mi paladar negro te la
pasas pidiendo comida preparada a los delivery
del reino, alegas permanentes migrañas a la hora del sexo y hueles como
Hildegarda, la porqueriza. ¿No deberías bañarte de tanto en tanto?
—¿Y cómo sabes cómo huele Hildegarda?
Por toda respuesta, el Príncipe movió el brazo por
encima de la cabeza, tomó la Ruger 44 del armero, salió del palacio y montó su
corcel blanco como la nieve para partir al galope en dirección al bosque.
Minutos después, un tanto más sereno ante la
perspectiva futura de descargar su irritación en el cuerpo de un lobo,
descendió del caballo, ató las riendas a un abedul y asiendo con firmeza el
arma se internó en la espesura. ¡Mujeres del demonio!, barruntó el noble caballero mientras pisaba la
alfombra de hojas que el otoño había tenido la precaución de colocar bajo sus
pies. Uno las mima, les obsequia una posición, las trata como princesas de
cuento de hadas y ellas retribuyen con desplantes, indiferencia, dejadez. (Ni
por un momento le pasó por la cabeza al Príncipe Azul que esas exigencias
machistas habían sido superadas por los cambios que la sociedad humana
experimentó en las últimas décadas).
Tan ensimismado estaba en la meditación, que no reparó
en que sus pasos lo habían llevado hasta una cabaña enclavada en un claro, que
la puerta de la humilde morada estaba abierta, que al transponer el umbral se
dio de bruces con una escena esperpéntica y que sus reflejos de guerrero
entrenado y hombre de acción lo impulsaron a apuntar y disparar la Ruger. Como
consecuencia de esto (no me voy a extender en detalles que el lector
seguramente puede completar, llenando los vacíos que mi ineptitud deja en el cuerpo
de la historia) el Príncipe Azul se encontró con un lobo muerto, una anciana
malherida (que fallecería horas después en el Hospital para Pobres del Reino,
hecho que sería considerado en los documentos como “daños colaterales de un
accidente”) y una adolescente vestida con un camisón floreado y tocada con una
caperuza roja. La niña, determinó sin vacilar el Príncipe Azul, estaba en edad
de recibir las atenciones que solo un caballero de noble cuna puede prodigar.
—¡Me has salvado la vida, cazador! —dijo la niña de la
caperuza—. ¡Eres un héroe!
El Príncipe tragó saliva, y mientras se sacaba el
jubón y la camisa se dijo que ya habría tiempo luego de explicar el equívoco y
dejar bien en claro que él no era ningún cazador.

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