Sergio Gaut vel Hartman
El molinero tenía tres hijos, y al
morir les dejó lo poco que poseía. El molino fue para Pedro, el mayor, el burro
le correspondió a Pablo, el segundo. En cambio el menor, llamado Juan, sólo
heredó un gato. Mientras los hermanos mayores quedaron satisfechos con su
herencia, Juan se preguntó cómo se ganaría la vida.
—Este gato no sirve para nada —razonó en voz alta—. Y para
colmo también tendré que alimentarlo a él.
—No te preocupes, amo. —La sorpresa de Juan, cuando escuchó
al gato hablar, fue indescriptible—. Tengo un plan para hacernos ricos.
—¿Qué puedes tú? —preguntó Juan—. ¡Eres un simple gato!
—Dame un sombrero fino, un par de botas y un saco. Yo me
encargaré de lo demás.
—Bueno, ¿por qué no? —dijo Juan resignado—. No tengo nada
que perder.
El gato recibió lo pedido y quedó satisfecho con su
apariencia. Dejó a Juan enfrascado en sus pensamientos y partió.
Primero fue hasta el arroyo, se puso en posición y con sus
rápidas garras pescó una docena de peces. Luego, con el saco lleno, se dirigió
hacia el castillo.
—¿Un gato que quiere hablar con el rey? —preguntó alelado el
guardia del puente.
—Le traigo un regalo de parte del marqués de Carabás —dijo
el gato. El guardia, aún sin reponerse, le franqueó el paso, y el gato recorrió
los pasillos como si los conociera desde siempre. Al llegar al salón principal
se inclinó ante el rey Dogofredo, la reina Zimebuta y la hija de ambos, la
princesa Cecilia.
—Mi amo, el marqués de Carabás, le envía saludos a su
Majestad y le ofrenda estos magníficos pescados de sus arroyos —dijo el gato.
—Dile al marqués que agradezco su generosidad —respondió el
rey. Y a continuación, procurando no ser visto por el gato, se inclinó hacia la
reina y susurró—: ¿Existen gatos que hablan como los humanos?
—Eso no me preocupa —respondió la reina—. ¿Quién es el
marqués de Carabás?
—No tengo la menor idea —respondió el rey—. Jamás he oído
hablar de él; extraño: un gato parlante y un marqués que no figura en los
registros del reino.
—Esto me huele mal —dijo la reina.
—Debe ser el pescado —acotó Cecilia arrugando la naricilla.
El rey hizo una seña al capitán de la guardia y éste
desenvainó la espada y decapitó al gato de un mandoble. El rey tenía muchos
enemigos y no era cosa de correr riesgos. Un gato más o menos, parlante o
maullante, no era algo que hiciera temblar a Dogofredo.
La familia real no pudo reprimir la sensación de asco
producida por la sangre brotando como un surtidor del cuello cercenado del
gato. Pero el rey era un hombre sabio y nada tonto. Mandó llamar al médico real
y le ordenó hacer la autopsia del extraño animal.
Horas más tarde, concluida la faena, el doctor Opiseculo,
otrora médico del conde de Transilvania, expulsado de la corte por haber
transgredido la tácita ley que prohibía las disecciones al mediodía, se inclinó
ante el rey.
—Majestad —informó—; debo deciros que el gato no es un gato,
o por lo menos no lo era.
—¿De qué hablas, insensato? ¿Volviendo a las andadas?
—¡Por favor, Majestad! Juro por el Todopoderoso que no me he
apartado un ápice de las normas vigentes en vuestro reino.
—Bien, entonces, habla. ¿Qué es el gato que no es gato?
—No sé qué es, Majestad; sólo sé lo que no es. Y no es gato.
La criatura tiene órganos desconocidos, finas hebras que conectan los músculos
con cajas diminutas alojadas en los huesos, que parecen de acero...
—¿Dirás que no era tampoco sangre lo que brotó de la herida?
—El rey empezaba a impacientarse. Definitivamente, Opiseculo volvía a hacer de
las suyas.
—No era sangre, no, majestad. Se trata de una
substanciaaaaaaaaaa...
—¿Qué haces, mujer, insensata? —exclamó Charles Perrault al
descubrir que Marie le había arrebatado la hoja y lo observaba con su expresión
más severa—. Marie Guichon: ¿otra vez espiando mis escritos?
—Charles Perrault —replicó ella sin moderar la expresión
original—, ¿otra vez escribiendo tonterías?
—¿Qué sabes tú de estas cosas? Ve a guisar.
—Los pescados de tu gato guisaré, si no escribes algo
sensato. ¿Crees que tu editor pagará por esta historia?
—No veo nada de malo en ello. Mi historia es una fantasía.
—¡Fantasías! Razonables fantasías, quiere la gente. Pon que
el gato engaña al rey, la reina y la princesa.
—¡Qué gato tan astuto! —se mofó Charles.
—¿Es más increíble que un gato parlante que ni gato es?
—Bien. ¿Y cómo seguiría la historia de tu gato?
—¿Mi gato? ¡Tu gato! —Marie hizo una pausa, miró a su esposo
con ojo crítico y bufó—. Pon que como nadie en la corte sabía quién era en
realidad el marqués de Carabás, empezaron a inventar historias sobre él, que
era el hombre más rico del reino, y el más apuesto. El gato proclamaba a los
cuatro vientos los talentos del marqués y les llevó un faisán a la reina y un
cervatillo al rey.
—¿Y el rey le creía?
—No tuvo más remedio, ya que el gato, con un astuto ardid,
dominó a un ogro y le quitó el castillo.
—¿Un ardid?
—El gato indujo al ogro a convertirse en un ratón y se lo
comió de un bocado.
—¡Eso es ridículo! Un ogro poderoso, capaz de mágicas
proezas no puede caer en una trampa tan burda.
—Pero tu editor sí caerá y llenaremos la olla. ¡Vamos!
Termina diciendo que Juan se enamoró de Cecilia desde que la vio por primera
vez, se casaron a los pocos meses y fueron felices para siempre.
—¿El gato? —dijo Charles socarrón.
—Por supuesto, el gato permaneció con ellos. Apura, que
cuando termines ésta debes escribir otra, acerca de la hijastra de una reina
malvada que para deshacerse de ella da órdenes a un guardabosques para que la
mate... Y nada de rarezas esta vez, por favor. Piensa en tus hijos, hay que
comer, ¿recuerdas?

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