Sergio Gaut vel Hartman
Las dulces y amorosas princesas, todas ellas embarazadas, caminaban como podían por el bosque. Aurora, Blancanieves y Cenicienta iban en busca de la cabaña en la que, si eran correctos los datos proporcionados por el guardabosque, jugosamente gratificado, hallarían al Príncipe Azul consumando su felonía. Para Blancanieves, más que para las otras dos, el bosque evocaba sucesos dolorosos, pero todas estaban decididas a desenmascarar al infame al precio que fuera. Por fin, cuando ya caía la noche, encontraron la cabaña y, tras recuperar el resuello, golpearon a la puerta.
Casi de inmediato, como si las hubieran estado
esperando, se oyó el ruido de movimientos precipitados y confusos. Alguien se
estaba escondiendo. Pero las mujeres no se intimidaron por eso. Sabían que las
cabañas de los bosques de los cuentos solo tienen una puerta. Toc toc,
insistieron.
—Sabemos que estás ahí —dijo Blancanieves con voz
resuelta—. Deja de esconderte y da la cara, rufián.
—No seas cobarde —se animó Aurora—. De todos modos has
sido descubierto.
Del interior de la cabaña llegaron de nuevo los signos
de una actividad alocada y difusa, como si alguien arrastrara muebles de un
lado a otro.
—¿Abres la puerta o la echamos abajo? —dijo Cenicienta,
quien después de haberlas pasado brutas con la madrastra y las hermanastras no
se iba a dejar intimidar por un Príncipe más o menos Azul.
—Abro —dijo una voz rugosa y agitada desde adentro—,
ya les abro. —Los pasos revelaron que alguien se acercaba a la puerta y el
movimiento del picaporte demostró que el que había hablado no mentía. La puerta
se abrió y en el vano pudo verse a un Príncipe Azul un tanto fuera de norma, en
camisa y con los botones de las calzas mal prendidos. Poco o nada tenía que ver
con el joven elegante que se las había ingeniado para seducirlas. Detrás, la
modesta cabaña —sin lugar a dudas indigna de un Príncipe Azul— lucía
desordenada y sucia.
—¡Pillo, miserable! —se descargó Blancanieves, sin
darle al Príncipe la oportunidad de armar una defensa.
—¡Vil gusano, canalla despreciable, sapo repugnante!
—reforzó Cenicienta, duplicando la munición, por si hiciera falta.
—Truhán, basura despreciable, infeliz —triplicó
Aurora, más que nada por no quedarse atrás.
—¡Mis amadas esposas! —balbuceó el Príncipe Azul.
—¿Entonces, lo admites? —croó Blancanieves, en la
cúspide de la divina indignación.
—¿No esgrimirás ni siquiera una excusa, una mentira?
—lloriqueó Aurora, que había empezado a sentir contracciones.
—¿Quién es ella? —soltó Cenicienta, roja como un
tomate.
—¿Admitir, excusas, mentiras, ella? —dijo el Príncipe,
que nunca se había distinguido por sus dotes oratorias y a quien lo que mejor
le salía era repetir las palabras de su interlocutor.
—Si no vas a mentir —dijo Blancanieves con su tono más
severo— di de inmediato qué significa esta triple vida, por qué nos engañaste
aprovechando nuestra inocencia de doncellas y quién es la dama que has
escondido con tanto alboroto.
—Puedo explicarles todo —barbotó el Príncipe tratando
de aplacar a las mujeres con algo de humor, pero al ver aquellos ceños adustos
extendió los brazos y dijo—: lo que me ocurrió con ustedes...
—Dilo de una vez, hombre —dijo Cenicienta—, ¿o no ves
que esta está a punto de romper bolsa?
—¿A punto de
qué? —El Príncipe Azul se rascó la cabeza.
—Déjalo ahora —dijo Aurora—. Quiero saberlo antes de
empezar a parir.
—Bien, ya que lo pedís con tanta insistencia... —El
Príncipe se llevó los dedos a los labios y silbó como un vulgar carrero.
Los movimientos del interior de la cabaña se
resolvieron en crujidos y chasquidos. Una figura de gran porte a la que no era
posible imaginar como una doncella, se acercó hasta la puerta.
—Lo nuestro es amor verdadero, cabezas de pájaro —dijo
Pinocchio mostrando todo el esplendor de su cuerpo de madera. Avanzó hacia las
mujeres y empujando al Príncipe Azul sin miramientos miró a Blancanieves,
Aurora y Cenicienta con desprecio, arrogante y aparatoso como siempre—. Ustedes
son incapaces de entender lo que sentimos el uno por el otro.

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