El problema de las tres palabras
Sergio Gaut vel Hartman (Argentina)
Aristóbulo se colocó las gafas para
estar seguro de que lo que veía era una hormiga paseando por su plato de
alubias aderezadas con ajo y perejil.
—¡Aurora! ¡Hay una hormiga en mi plato de alubias!
—¿Solo una? —respondió la cocinera llegando a la carrera
mientras se secaba las manos en el delantal—. Debe ser Septimia. Es muy rebelde
y aventurera. Pero tampoco encuentro a Rosamunda. ¿Por qué no mira bien?
Aristóbulo se ajustó las gafas y escudriñó con cuidado el
plato de alubias. Debajo de una hoja de perejil otra hormiga se afanaba
tratando de alzarla y transportarla.
—¡Tiene razón, Aurora! Ahí está la segunda hormiga.
—Rosamunda.
—Sí, Rosamunda.
Aurora se acercó al plato y observó a las hormigas con
cuidado.
—No, esta no es Rosamunda. Rosamunda tiene una manchita en
el lomo, casi invisible. Esta es Calógera, una hormiga siciliana que me regaló
mi prima Eufrasia.
—¿A usted le regalan hormigas, Aurora? —preguntó Aristóbulo
perplejo.
—Hormigas, mariquitas, escarabajos, escolopendras y
langostas. Pero a nadie, familiares o amigos, se le ocurriría regalarme una
cucaracha o una araña. Todo el mundo sabe que no soporto a esos insectos.
Aristóbulo carraspeó.
—Debo aclararle que las cucarachas son insectos, insectos
hemimetábolos, para más datos, pero las arañas son artrópodos, no insectos.
Aurora contempló a Aristóbulo con expresión severa.
—No se haga el pedante conmigo. Ya sabe cómo me pongo cuando
me enojo.
Aristóbulo tragó en seco. Recordaba perfectamente el último
enojo de Aurora y las consecuencias que había tenido para su estómago.
—Per… perdón —logró balbucear.
Aurora extendió la palma de la mano y tres hormigas saltaron
como pulgas.
—Vamos, chicas —dijo Aurora.
—¡Transporte gratis! —gritaron a coro las hormigas.
Negras
Alejandro Fabián Aguirre (Argentina)
Cuando entré a la
casa vi a las tres viudas sentadas, habían estado tomando el té. La denuncia
vino del mismo lugar pero no había nadie más. La denunciante había pedido que
se revisará el refrigerador grande. Y así lo hice. Cuando abrí la puerta estaba
el cuerpo en pedazos de la sirvienta.
No demoré un segundo en darme
cuenta de que todo iba a terminar muy mal.
Instintivamente saqué mi arma
cuando vi la cabeza de la muchacha en el refrigerador. Sus ojos abiertos me
miraron fijamente quizás furiosos por mi demora.
Pero también fue tarde para mí, el
pinchazo en el cuello no solo fue doloroso sino que fue fulminante para
mantenerme en la realidad. Al darme vuelta vi las muecas horrendas de esas tres
mujeres vestidas de negro.
Luego la oscuridad que con ciertos
olores me transportaron a la desesperación. Me desnudaron y se turnaron para
cabalgarme. Las risas, el alcohol, los rezos, las velas rojas y negras
encendidas y mi pecho ardiendo fueron una entrada al infierno.
Y cuando pude recuperar algo de
conciencia me mostraron las cabezas de los dos agentes que habían esperado
afuera. El espanto que tenían esos rostros era indescriptible.
Con un terror que me sacudía el
alma presentí que mis horas estaban contadas.
Ojalá hubiera sido así.
Creo que fui merecedor de la
muerte. Después de todo lo vivido con esas tres mujeres, lo merecía. Solo el
buen Dios fue testigo de tanto horror.
De alguna manera se las arreglaron
para que mi cuerpo y mente las obedeciera. Entonces fui como un sirviente, y
como tal, presencié todas las atrocidades que cometieron.
Cuando detectaban a la víctima se
encargaban de llevarlo a la casa y allí dentro hacían lo que querían con ella o
él. Algunos pasaban por torturas horribles, luego lo degollaban y me ordenaban
limpiar el cuerpo para después iniciar una especie de ceremonia de adoración
que culminaba con la carnicería y el consumo de la carne. Era realmente un
marco demoníaco.
Una y otra vez presencie el
asesinato de muchas personas y eso fue el peor castigo.
Un día, después de vivir
aterrorizado, salí corriendo del lugar para internarme en el bosque.
Me desperté en un hospital y debido
mi estado mental me trasladaron a un pabellón psiquiátrico.
Estuve encerrado cinco años con
ellas y pienso que me dejaron escapar porque presiento que algún día vendrán
por mí.
Entiendo entonces que perdí mi vida
en esa casa. Antes era un buen inspector de la policía, ahora soy un despojo
humano que cuando aparece una mujer de luto tengo deseos de arrancarme los
ojos.
La
fortaleza
Giraldo
Aice (Cuba)
El profeta es como un niño, con la
luz de otros días en la mirada. Dice:
—¡Por Dios! ¿No se dan cuenta todavía que todo lo humano se
sostiene en la palabra? —Y nos mira como si fuéramos idiotas—. ¿En verdad creen
que la fortaleza se levanta y sostiene sobre rocas y muros de hormigón?
—pregunta.
Y es ahí donde nos reta a buscar las evidencias. Que todo
puede comenzar como un juego de niños y una cantinela:
Sin pan
Y sin pastel
Derrumbamos
El cuartel
Así de sencillo, con la condición básica de que sea unánime.
—Son frases las vigas, las columnas —dice.
—La fortaleza es inexpugnable. Nada derriba sus muros.
—Palabras, sólo palabras —dice.
Entonces, comenzamos a murmurar:
—Que se cae, que se cae, que se cae...
Y la muralla comienza
a resquebrajarse.
Agonía
Rosana Aldonate (Argentina)
Llueve mansamente y
sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la
vida*, hoy contenida en el goteo monótono del suero fisiológico estancado
en la cámara, presto a descender por la alargadera de la sonda flexible y en
perfusión intravenosa hidratar su cuerpo seco. La lluvia y el goteo, mansos,
constantes y sin ganas, como ella. Hace tiempo la abandonaron las ganas o tal
vez nunca las tuvo. Vivió la vida toda como por encargo de alguien superior a
quien no se puede contradecir ni desobedecer. Fue mansa en esa actitud de
sumisión y resignación. Fue constante en no abandonar la carrera a pesar de la
apatía. Fue paciente en esperar la llegada del final y encontrarse acostada en
una cama de Hospital conectada al frasco de solución parenteral, remedo actual
de un antiguo cordón umbilical.
Llueve afuera y llueve adentro de su cuerpo, mansamente y
sin parar, la lluvia fisiológica del suero limpia la culpa original, el
malhumor, el malestar. Ella confirma que se muere como se vive. Sin ganas.
*Camilo José Cela en
Mazurca para dos muertes.
Sobre
el alquimista curioso
Radmilo
Andjelkovic (Serbia)
Artefactus Megas ciertamente no se
llamaba así. El alfarero, cuyos mejores clientes eran alquimistas, y gracias a
ellos había dominado todos los trucos del soplado de recipientes de vidrio,
sabía que esas personas ganaban más dinero, así que eligió un nombre adecuado y
montó su propio negocio. Estudió todos sus registros, y ellos los ocultaron
como patas de serpiente mientras le daban instrucciones. Distinguió fácilmente
los grados de Nigredo, Rubred y Albedo, y el dilema de si producir oro o buscar
la Piedra Filosofal no se resolvió ni siquiera cuando se perdió en la
experimentación. Juzgó solo por sus ropas que la sabiduría se vende mejor que
el oro, que también debe sonar.
No es que no tuviera éxito, pero le faltaba inspiración. El
boza, o boo-zah en su país, no le servía de nada ni siquiera cuando lo bebía a
litros, así que se dedicó a resolver el problema. Con su alfarería, logró
elaborar buena cerveza, pero no le bastó, así que se dedicó a la fabricación de
vidrio. Solucionó el problema de la pérdida de los preciosos vapores con una
espiral de vidrio que los conducía al recipiente de recolección, y cuando esto
no fue suficiente, lo protegió con una tubería por la que dejó fluir el agua
fría del Nilo.
"¡Albedo!", gritó tras beber todo lo que había
recolectado ese día y desmayarse.
Un sueño profundo le trajo su última y mejor idea.
Finalmente, encontró un producto al que ningún alquimista pudo resistirse. No
hace falta hablar de cómo comenzó su negocio después de eso. Hasta el día de
hoy, sus descendientes y seguidores gozan del mayor prestigio social.
Empleado
anónimo
Damián Andreñuk (Argentina)
Ver la risa de los niños me hacía casi sollozar; tres años
de entregar boletos en la calesita, y aun cuando observaba sus caras al subir a
los aviones o caballos sentía una dulce libertad, un contacto con las vértebras
del paraíso.
Un primo, dueño del lugar, incumplió una promesa y perdí la
magia de esos días; me despidió de golpe. Luego, en semanas, encontré trabajo
en una tienda de alimentación natural y me vi rodeado de nueces y té verde,
explicando a la clientela las vastas propiedades de la chía. A veces, por las
tardes, salía a la vereda a comer una manzana, a recibir el sol en la piel y
llenarme de quietud, anclarme en el presente.
—No es tu culpa. El país está mal, el negocio no funciona.
No tengo otra opción. ¿Por qué no te sentás un minuto para asimilarlo? —me
soltó un día mi empleador con una indiferencia aterradora.
Pasé unos meses de ocio. Austero como un minimalista. Pero
nunca me desesperaba.
Podría haberme lanzado a los caminos con mi bolsa de dormir
y mi mochila emulando a Jack Kerouac. Podría haber construido un rancho simple
en medio de las sierras cordobesas como lo hizo Ernesto Sabato. Podría haber
ido a los bosques, siguiendo las recomendaciones de Thoreau. Sin embargo, llegó
la propuesta y no supe o no quise decir “no”. A las seis de la mañana, con mi
overol azul, mi balde y mi cepillo me enganchaba a una soga en una altura
absurda frente a los enormes ventanales de un par de edificios gemelos. Era una
forma extraña de meditación en movimiento.
Una vez arriba, mi mente se detenía. Realizaba cada tarea
con una atención plena. Sentía el aire en la cara —en invierno, frío como
recordar la muerte; en verano, seco y cálido, casi espeso—, percibía cerca de
mi zona los diversos sonidos de los pájaros: el chillido estridente de los
aguiluchos, el trino del zorzal en primavera. Podía oler el detergente mientras
mis manos trabajaban, se deslizaban contra el vidrio trazando una s. Abajo, en
la calle, el drama cotidiano. El dolor, la belleza, los milagros.
Pocas personas conocen la existencia de los limpiavidrios de
riesgo, de sus maneras de vencer a la intemperie, de sus horas colgados en el
vértigo. Por eso no hubo escándalo cuando mi arnés falló. Solo un anónimo empleado que desaparecía.
La
tierra prometida
Suray
Annys (Argentina)
Cuando los grandes mamíferos se
fueron extinguiendo, todos los ecosistemas se modificaron. Proliferaron las
aves y reptiles. La vegetación proliferó desmesuradamente. La eclosión
simultánea de las guerras biológicas, sumado a la genética alterada por la medicina,
había afectado a la humanidad. En su descomposición dio alimento y material
biológico para la proliferación de un universo fungimutante. Aumentaron los
insectos que se nutren de los hongos y se redujeron los que eran alimento para
las especies animales sobrevivientes. Los crustáceos disminuyeron en volumen,
tamaño y variedad. Los batracios desarrollaron garras y caparazones. La tierra
volvió a estar en equilibrio.
Escombros
y cenizas
Relja
Antonić (Serbia)
Toda lucha demuestra ser inútil al
final. Puedes construir, crear, escribir y pintar sobre cada pequeña roca de
este mundo… ¡y todo acabará reducido a polvo! Puedes contener a las hordas
durante apenas unas cuantas vidas. Pero solo una cosa es segura: ¡los escombros
y las cenizas son el estado natural de todas las cosas! ¡Todo lo inflamable
arderá! ¡Todo lo demás se desmoronará!
Pero no desesperéis, amadísimos miembros de la tribu.
¡Luchar contra lo inútil es lo que nos convierte en el pueblo que somos!
¡Prevaleceremos! ¡Debemos prevalecer!
Nuestros enemigos han llegado, como siempre lo hacen, para
arruinar todos los frutos del trabajo arduo. La naturaleza puede seguir su
curso habitual, pero yo, como vuestro Gran Rey y Sumo Sacerdote, os prometo
esto: ¡nuestro conocimiento y nuestras Artes demostrarán ser eternos! Yo, y
algunos de mis parientes más cercanos, aún conservamos los recuerdos. Y
mientras algo sea recordado y soñado, sigue vivo.
Así que id, pueblo mío valiente —¡y llevad con vosotros a
mis parientes! Dispersaos como nosotros, los humanos, lo hemos hecho tantas
veces antes; atravesad las tierras del Hombre como si fueran vuestro propio
patio, y pintad nuestro Arte y nuestro Conocimiento de las tribus de la tierra
y de las estrellas en las paredes de las cuevas y en cada roca y trozo de
madera que encontréis. Puede que se desmorone o se queme con el tiempo –¡y con
toda certeza lo hará!–, pero hacedlo de todos modos. ¡Preservad todo lo que
podáis! Regresad a las cuevas, pero recordad siempre de dónde venís, difundid
siempre la Palabra y, por favor, pintad mientras uno de nosotros
permanezca con vida.
Os ama a través de todos los tiempos, el Rey-Sacerdote
Supremo, que aún espera que alguno de los supervivientes sea alfabetizado para
leer estas paredes, y que las propias paredes resistan este peligro el tiempo
suficiente.
Recordando
a Judas
Octavio
Aragao (Brasil)
Hoy en día, todo el mundo tiene un
arma. La mía es una capacidad hipnótica que me permite conectarme mentalmente
con una docena de personas o más. Eso me hace un candidato perfecto para
Mesías, porque puedo hacerlos pensar exactamente lo que quiero durante por lo
menos dos minutos. Créeme, a dos minutos es más que suficientes, cuando todo lo
que quieres es el alma de la gente. Lo curioso es que nunca quise ser un Jesús.
Tengo preferencia por el otro lado. No supe qué hacer con las almas, pero sé
qué hacer con el dinero y gané tanto el año pasado que hoy en día me siento
menos codicioso. Pienso retirarme y enseñar mi técnica a un discípulo, alguien
que quiera continuar mi viaje por la senda del enriquecimiento. Tal vez ya
tengo más de lo que necesito. ¿Qué? ¿Quieres saber cómo funciona? Es muy fácil.
¿Tienes dos minutos?
La
condena de la inversión radial
Majda
Arhnauer Subašič (Eslovenia)
Mark Rollway está de pie frente a la
fachada de vidrio del centro médico, encorvado como un hombre que carga el peso
de los siglos. En las manos sostiene un informe clínico, pero no logra leerlo.
Las letras se desdibujan hasta que, desde las profundidades del inconsciente,
irrumpe una voz largamente reprimida.
«Aunque sigas con vida, llevarás la maldición dentro de ti».
El recuerdo lo arrastra de vuelta a la noche en que la luna
colgaba sobre la bahía como un ojo frío. Junto con su hermana Timmy y sus dos primos
se dirigían hacia una mansión supuestamente olvidada, al borde del bosque. Pese
a su belleza, el paisaje idílico resultaba inquietante. Los recibió su tía, a
quien pensaban convencer de que cambiara el testamento. Su figura estaba
rodeada por un aura centelleante, como si la luz emanara de ella misma.
—El linaje de los Rollway —dijo—, ha vivido durante siglos
de la sangre de otros.
Tenía ojos de hielo y una voz metálica, como si hablara una
máquina y no una persona.
A los atónitos visitantes les reveló su secreto: no era solo
una científica común, sino la inventora de una tecnología lumínica que un
círculo reducido conocía bajo el nombre de Leona Keney. Su descubrimiento –la
inversión radial– era un arma que superaba la comprensión de su tiempo.
Intuyeron que les había preparado una venganza. Cuando
intentaron huir, la mansión cobró vida. Las puertas se cerraban solas, la luz
palpitaba con creciente intensidad. Timmy cayó primero. Un rayo la alcanzó en
la cabeza y su rostro se disolvió en una red de patrones luminosos, como si se
transformara en un holograma en colapso. Eloy, presa del pánico, saltó a la
piscina que estaba llena de una sustancia adecuada para experimentos fotónicos.
Su cuerpo se volvió translúcido y luego se dispersó en miles de puntos
brillantes. La otra muchacha, Lena, envejeció de forma acelerada, como si
alguien hubiera hecho girar el tiempo hasta el final de su vida en apenas unos
segundos.
Mark huyó por un laberinto de pasillos que se transformaban
a cada paso. Con horror comprendió que el tictac que oía no provenía del
espacio, sino de él mismo. En lo alto de la escalera divisó por fin una puerta:
el único punto oscuro en un mundo devorado por la luz. A través de ella cayó en
la noche, en el bosque, en el olvido.
Lo último que oyó fue su voz, cortando la oscuridad.
«Aunque sigas con vida, llevarás la maldición dentro de ti».
Cuando despertó tras siete meses de coma, lo rodeaba la
blancura. Los médicos celebraban el milagro.
Mark quedó como el único Rollway superviviente. Con la carga
devastadora de la maldición de la luz, que sin embargo no sentía, pues la
inyección del olvido había borrado sus recuerdos de la noche fatal… hasta el
día en que el olvido empezó a resquebrajarse como una frágil cáscara.
El
nieto
Susana Arroyo (Argentina)
—¡Hola,
abuela! ¿Puedo llamarla así? Yo no tengo abuela de verdad… ¿Cómo amaneció hoy?
—Cuando
lo veo, doctor, ¡mucho mejor!
—¿Y
eso por qué?
—Me
hace acordar a mi nieto. Debe tener su misma edad. Nunca lo conocí. Los papás
desaparecieron. Mi hija estaba embarazada. Supongo que ese bebé vive. Bueno, no
tan bebé.
—¿Lo
buscó?
—Siempre.
Sin éxito. No quiero morirme, doctor. Hasta encontrarlo.
—No
se va a morir todavía. Usted es muy fuerte. Aunque ya va por los…
—Acabo
de cumplir noventa. Pasé muchas pestes. Pero nunca me sentí tan mal como ahora.
—Es
bravo este virus. Pero va a salir adelante. Piense en ese objetivo: localizar a
su nieto. ¿Sabe si era un varón?
—No.
En aquellos años no había ecografía. Intuíamos que era un nene. ¿Y usted por
qué no tiene abuela?
—Mis
papás eran grandes cuando me tuvieron. ¡Y qué raro! Nunca nombraban a mis
abuelos. Le voy a confesar algo. En realidad, siempre sospeché que me
adoptaron.
—Casi
todos hemos pensado alguna vez que fuimos adoptados.
—En
mí es casi una certeza. Mis padres fueron buenos, me dieron la mejor educación.
Pero los sentía distante. Nunca vi fotos de familiares: abuelos, tíos, primos…
No tenían amistades. Nunca me animé a confiarles mis sospechas. Murieron casi
al mismo tiempo. Y me arrepentí de no haber hablado antes. Me sentí muy solo.
—¿Tiene
esposa, hijos?
—Tuve
una. Me separé hace bastante. No tuvimos hijos.
—Yo
también estoy sola. Y tuve una hija.
—Usted
se merece hallar a su nieto. La voy a ayudar. Cuando esta enfermedad pase. Yo
mismo me voy a encargar de todo. ¿Confía en mí?
—¿Cómo
no voy a confiar en usted? ¿Cuánto hace que nos conocemos? Ya perdí la cuenta…
—Treinta
días. Recuerdo con claridad la fecha en que usted entró. Estaba muriéndose.
Dejé todo y me prometí curarla. Y ya ve. Estoy cumpliendo.
—¿Por
qué lo hizo? Usted me da un trato preferencial. Me da una vuelta todos los
días. Y varias veces al día. Y sé que hay muchos pacientes en terapia.
—No
lo sé. Sigo mi instinto. Solo sé que tengo que hacerlo.
—Será
que vio en mí a aquellas abuelas que no tuvo…
—Puede
ser. Lo importante es que se tiene que curar pronto. Y juntos averiguaremos
dónde está su nieto. Y si no, me adopta. ¿Qué le parece?
—¡Trato
hecho!
—A
ver… Un solo pinchacito y me voy. Trate de dormir. Buenas noches.
La
anciana cerró los ojos. Esbozó una genuina sonrisa. La esperanza renació. A
pesar de los años, la enfermedad, la soledad, el dolor viejo.
La
encontraron muerta al día siguiente. La paz pintada en el rostro.
El
médico casi se había acostumbrado a la muerte. Pero esta lo marcó. Lloró sobre
el cuerpo inerte. Como si lo hubiera presagiado.
Más
tarde lo comprobó: él era el hombre reclamado.
Devorado
Finn
Audenaert (Bélgica)
—¡Hi-yaaaaah! —El grito espeluznante
resuena en la imponente iglesia en el valle del hambre eterna. La sangre
coagulada en el altar de mármol de Sham’laa azuza a los numerosos fieles
presentes. Toca, Señora. El brazo del primogénito del Líder cuelga inerte junto
a la mesa de ofrendas. Ah, Ella está alimentada. El coro de niños se pone de
pie y entona la Oda al Agua en varias voces. El aire se densifica. Cuando el
altar se parte, también retumba el suelo. Las columnas tambalean y las tejas
del techo tiemblan. Las baldosas se desmoronan, los feligreses se tumban con
ansias, reina una alegría desenfrenada por doquier. El río subterráneo furioso
se revela y finalmente libera a sus hijos de la sequía.
Cada
día
Martin
Auer (Austria)
Cada día, cuando paso en bicicleta
por esa esquina, entre las ocho y las ocho y media de la mañana, hay allí dos
hombres, uno mayor y otro más joven. El mayor sujeta al más joven por la
cintura, delante de sí, porque el más joven, al parecer con múltiples
discapacidades, no puede mantenerse en pie solo. Su ropa es pobre; ambos llevan
gorros de lana y cortavientos. Su piel es de tono moreno, los rasgos del rostro
son asiáticos. Podrían proceder de Filipinas o de Indonesia. El más joven se
parece al mayor, aunque su expresión facial está desfigurada por la
discapacidad. Quizá sea su hijo o su hermano menor. Con el labio caído, los
ojos saltones, su mirada parece bovina, incomprensiva.
El mayor está de pie detrás de él, lo sostiene con firmeza;
su expresión es contenida, no revela nada. Cada día saca al hijo hasta allí,
probablemente solo unos pasos fuera de la casa; cada día está allí con él y lo
sujeta para que tome aire fresco, quizá también para que vea algo: personas y
coches que pasan. No se le nota al hijo si le gusta estar allí, si comprende lo
que ve. No se le nota al padre si está allí por amor a su hijo o por sentido
del deber, si el estado del hijo le aflige. No le habla, no le muestra nada, no
señala. Solo lo sujeta para que no se caiga.
Es lo que es, y se hace lo que hay que hacer, y ellos dos
pertenecen el uno al otro. Pero ¿qué sé yo? Solo sé que siempre están allí
cuando paso en bicicleta, entre las ocho y las ocho y media, sin palabras, casi
sin movimiento, el uno sosteniendo al otro, cada día.
El brujo
decapitado
Édgar Omar Avilés (México)
Cuando el hacha del maestro verdugo cercenó la cabeza, en la
plaza todo el pueblo aplaudió aliviado, libre, al fin, de la malevolencia del
brujo, de su risa oxidada, de sus promesas de muerte. Pero al caer la cabeza,
del cuello surgió otra diferente. Ésta también fue cortada, mas otra brotó como
capullo. Las cabezas decapitadas se apilaban, nacidas una tras otra del
insólito cuello del brujo. Aunque los brazos del verdugo estaban cada vez más
cansados y los aplausos menguaban, repetía la operación concentrando el mismo
coraje en cada tajada, hasta que un par de horas después todo empezó a dar
vueltas al ritmo de la risa oxidada. En ese instante el verdugo vio que en la
plaza todo el pueblo yacía decapitado, mientras su cabeza rodaba junto con las
demás.
Lo que duele es aprender
Luisa Axpe (Argentina)
Nunca había visto un color en su vida. Y de todas las cosas que era
posible ver, ésa era la que más le intrigaba. Podía entender lo que era una
forma; de hecho, sus manos distinguían lo redondo de lo plano, lo pequeño de lo
grande, lo puntiagudo de lo suave. Podía saber si algo estaba arrugado o
completamente liso. Si estaba hecho de alguna trama, como los tejidos, o era
totalmente compacto en apariencia, como una hoja de papel. Si se abría al mundo
como una flor, o permanecía cerrado, vuelto sobre sí mismo hasta que alguien lo
rompía, como un huevo. Pero los colores, eso no sabía de qué se trataba. Por
eso, todos los días le pedía a alguien que le dijera de qué color era cada
cosa.
Una
noche, alguien en la casa afiló demasiado el cuchillo de cortar pan; y así fue
como aprendió que rojo era algo pegajoso, caliente y que dolía al tocarlo.
Predicciones
Armando Azeglio (Argentina)
Todas las predicciones del
final (imitando o no
Kalle
piensa: Impresiones
Marcus
A. Becker (Alemania)
Kalle se asocia a través del mundo.
Y nos deja participar de ello. Bienvenidos cordialmente a «Las cosas en la
cabeza de Kalle».
Kalle piensa:
Impresiones. Salir un poco de la rutina. A otro lugar. Otros
tiempos. Otras cosas. Otras personas. Pensar distinto. Y otros temas. Tres
semanas fuera. En la vieja tierra natal. Trabajar. Vivir. Ser. Vivencias.
Encuentros. Novedades. Cambios. A algunos no los había visto desde hace 17
años. Retomar de inmediato. Como si se hubieran visto por última vez ayer. Y
sin reparos al respecto. Diecisiete años ofrecen material de sobra para contar.
Actualizaciones. Novedades. Al final uno se entera de muchas cosas. Aquí. Sobre
los otros. Recordar. Cómo era entonces. Cómo era la persona en aquel tiempo. De
dónde se conocían. Qué se valora el uno del otro. Manías. Todo lo que ha pasado
mientras tanto. Ponerse al día. Hijos. Separaciones. Trabajos. Actitudes. Y por
debajo yace la imagen del pasado. Que aquí y allá relampaguea. En la risa. En
la frase. En tal gesto. En una palabra. Historias viejas. Nuevas. ¿Te acuerdas?
¿Y qué fue de aquella? ¿Y en qué acabó ese? Pasear por la ciudad. Registrar los
locales vacíos. Nuevas tiendas. Y las que han sobrevivido. Dicen que el
restaurante nuevo también es bueno. El viejo lo era, seguro. Algunas esquinas
siguen siendo iguales. Muchas ya no existen. Sería raro que nada hubiera
cambiado. Tanto mayor la alegría ante las vistas conocidas. ¿Quizá también haya
cambiado mi manera de mirar el mundo? Otros ojos. Otras opiniones. Referencias.
Valoraciones. Más viejas. Quizá más conservadoras. Fugacidad. Nada es tan
constante como el cambio. Huellas. Recuerdo. Y ordenar todo en el tiempo. Tal como
fue. Bueno y viejo. Y que nunca volverá a ser. Un poco de melancolía. Un saludo
al ahora. Antes no todo era mejor. Solo era antes. Algo que permanece…
El
azaroso despertar de un gusano
Ruy
Balmes (España)
Despertó de la siesta en medio de un
jaleo de dimensiones bíblicas, con su hogar completamente destrozado y el
retumbar de una tremenda disputa en el exterior. Se asomó a la entrada y
contempló la ira de un viejo que abroncaba a una pareja de adolescentes sumidos
en plena edad del pavo, mientras una serpiente con sonrisa maliciosa
contemplaba apartada la escena. Definitivamente, la vida en aquella manzana,
con tal vecindario, quedaba lejos de ser un paraíso terrenal.
La enemiga de siempre
Joyce Barker Bucat (Chile)
Iban a la fiesta de sus
amigos, caminando por la calle, Ana y dos más. No había nadie a la vista, era
de noche, y había algo de humedad en el aire. De pronto Ana los miró y sin
decir una palabra, quedaron los tres suspendidos de manera horizontal sobre la
vereda, dispuestos a acelerar el viaje; ya lo habían hecho antes, varias veces.
Volaron ordenadamente separados del piso por unos cincuenta centímetros, con las
cabezas hacia delante, mirando el edificio donde era la fiesta. Estaban a pocas
cuadras de llegar. De forma vectorial alcanzaron el borde del edificio y
giraron hacia arriba, hasta llegar al décimo piso. Entraron por la ventana,
como solían hacerlo. Los recibió la dueña de casa, alegre porque llegaron. Ya
había gente.
El
departamento estaba casi lleno, y los amigos se acercaban a saludar y a ofrecer
tragos y otras cosas. Ana y sus amigos conversaban con los otros; se reían y bromeaban entre ellos, alrededor de la pequeña
mesa redonda del comedor, que estaba cerca de
la ventana por donde entraron al departamento. Brindaban, cuando de pronto, se
abrió la puerta del departamento y entró
una mujer de edad similar a la de los invitados; se
quedó mirando a Ana, a quien ya había visto antes, y siempre intentaba
acercarse, pero no de manera amistosa. Tenía la mueca de enojo
estampada en la cara y vestía de negro,
como todas las otras veces que Ana la vio.
Las dos
tenían una apariencia similar, al menos en los colores, las facciones y la
altura. La mujer, sin quitar la mirada, caminó
hacia la mesa donde se encontraban.
Ana la contemplaba, pero
sin prestarle mucha atención, hasta que se acercó demasiado.
—Espérenme un rato -les dijo a sus
amigos que miraban la escena riendo.
Dejó el vaso sobre la mesa.
—Tú no me vas a hacer nada
—le dijo a la rarita.
—¿Por qué? —respondió la mujer, con
cierta ironía.
Ana se acercó a ella y le
respondió al oído, luego retrocedió un paso. El semblante de
la mujer cambió por completo. Dio media vuelta y se fue por donde vino.
—¿Qué le dijiste?
Antes de responder, Ana fue a cerrar la
puerta que la extraña había dejado entreabierta.
—Es que si les cuento, podría
perjudicar a quien no sea parte de este lugar.
—¡Todos somos parte!
—¿Están seguros? ¡No quiero que
desaparezca nadie!
—¡Tiene razón! ¡No queremos saber! —gritó
alguien muy parecido a Ana, mientras saltaba por la ventana, con el vaso en la
mano.
Leno
Chervilo
Detelina
Barutchieva (Bulgaria)
Mi rostro está viejo y pálido. Está
moteado por la luz y las sombras que proyectan las hojas de los árboles. El
verdor es un fondo exuberante para mi frente y pómulos de cera. Me miro en el
espejo mientras me pinto los labios con lápiz labial escarlata. Al menos un
punto brillante, para no parecer un fantasma. Son las dos de la tarde. De
joven, a esta hora sudaba como en un sauna. Ahora, dondequiera que esté, tengo
las extremidades frías. A esta hora del día suelo quedarme en casa. Me acuesto,
envuelta en una manta, y leo. Hace mucho que no veo las noticias. Peleas entre
búlgaros y gitanos, alcohol, drogas, peleas, asesinatos son las palabras más
frecuentes. El odio y la ira sacuden el espacio vital.
Pero a esta edad, todo se vuelve aburrido, incluso tu propia
casa. La mía se ha convertido en un lugar muerto, un museo de objetos sin vida
que se desmoronan. Como yo. Los agujeros…
—¿Dónde ves agujeros, mamá? Eso es polvo apelmazado. Estás
atascado de basura, aquí no se puede respirar. —Mi hija claramente no está en
clase. Odio mi mundo, pero lo amo. También es un viajero a ninguna parte, como
mi viejo y cansado corazón. Gracias a Dios mis ojos no verán cómo están
destrozando mi vida entera: ropa, fotos, tarjetas, cartas. Luego se golpearán
las manos. Derramarán una por “Dios perdona”.
Cerca hay un viejo banco entre los arbustos. Mi esposo y yo
lo encontramos un día al regresar del estanque de los patos. A menudo nos
quedábamos solos allí y guardábamos silencio. Habíamos hablado de todo. Él se
fue hace mucho tiempo, pero mi costumbre de venir aquí a veces sigue vigente.
Pongo la cara al sol. Cierro los ojos, sonrío. Me odiaron,
me amaron. Parece que estoy lista para ser transportada a otra realidad. Pero
todavía hay un pequeño detalle que me detiene. Nunca he podido comprender qué
es la felicidad.
Huellas en la arena
Patricio G. Bazán (Argentina)
Caminé despacio rumbo a la orilla, guiado por la luz
de la luna y mi resolución de aniquilarme. La arena húmeda demoraba mis pasos
obstinadamente, haciéndome desistir del empeño, pero no podía renunciar: una
vida sembrada de fracasos, desengaños y malas decisiones me habían devuelto al
punto de partida, al océano de mi niñez.
El agua que lamía mis pies desnudos era fría y
punzante, poco amable para ser lo último que sintiera; pero tampoco iba a
fracasar en esto.
Algo duro chocó contra mi tobillo izquierdo,
arrancándome un gemido más de sorpresa que de dolor. Era una vieja botella de
vidrio.
La levanté para devolverla al mar, pero un oportuno
rayo de luz reveló que contenía un papel enrollado en su interior, como un
mensaje. Intrigado, quité su tapón con la navajita del llavero y me envolvió un
aroma antiguo, una persistente mezcla de sal, mar y tiempo. Desplegué el
pergamino amarillento, escrito con bella caligrafía.
Tú, que has encontrado mi voz, por favor no desesperes. Aunque ambos
hemos amado y perdido, la Vida es más valiosa que la suma de todos los Miedos.
No pude descifrar la firma, pues la tinta se diluía
por las salpicaduras del mar, o quizás por mis propias lágrimas.
Dejé caer botella y mensaje al agua, pues necesitaba
ambas manos para cubrirme el rostro. Caí de rodillas, y por primera vez en
mucho tiempo pude sollozar largamente y sin miedo, liberándome de todo aquello
que me destruía.
Ten fe en la Vida. Pero, por sobre todas las cosas, ten fe en ti mismo.
Volví despacio, regresando al pueblo con pasos
vacilantes pero cada vez más firmes. Observé mis nuevas pisadas; descubrí que
eran distintas a las anteriores, y que además no había venido caminando solo.
Los miedos también habían dejado su huella.
Muertes
Carmen
Belzún (Argentina)
¿Cómo estaría ella? Quería verla.
Después de hacer pacientemente la fila, pude acercarme al féretro; entonces,
alcé la cabeza y la vi. El cabello oscuro cubriendo parte del rostro, la mirada
baja oculta tras lentes oscuros, una mano apretada sobre el pecho cerrando el
largo abrigo negro. Estiré la mano para correr el encaje mortuorio y espié
entre la seda blanca. Y lo vi. El corazón palpitante descansaba bajo las manos
muertas, sobre el pecho inmóvil. “Es curioso” pensé “no se ve sangre”. Entonces
noté que, aunque intentaba ocultarlo, una mancha roja crecía, lenta, en el
pañuelito bordado que ella tenía en la mano derecha, la misma con la que
cerraba, obstinada, su tapado.
Todos somos el
golem de turno
Alejandro Bentivoglio
(Argentina)
Pongámoslo así, crudo: se está por morir. Sabe que todo lo
que fue, supo y sintió se disolverá en la nada. Entonces, con el hacha del
verdugo sobre el cuello, se le ocurre un último lance: señalar al escritor de
la historia y gritar con todas sus fuerzas: ¡Es un brujo, está haciendo que
pasen cosas de la nada!
Y es por eso que ahora corro, que me disculpo por la letra
movida, que describo a la multitud que me persigue con palabras demasiado
móviles, erráticas.
Hitchcock
Ricardo Bernal
(México)
Para S. GvH.
Como todos sabemos, Alfred Hitchcock aparece unos cuantos
segundos en todas y cada una de sus películas. Gran orquestador de bromas
macabras, Hitchcock hizo un pacto con la muerte: aparecerá unos cuantos
segundos en todas y cada una de nuestras vidas. Lo veremos a lo lejos, cruzando
la calle entre la multitud; lo veremos asomarse detrás de unos arbustos, o
reflejado en el espejo de un bar, o a bordo de un taxi que se aleja cualquier
noche, cualquier año… Hay que estar atentos.
El
sexagésimo sexto diente de Santa Tecla
Iván
Bojtor (Hungría)
En el año 6548 de la creación, según
la era bizantina, Christophoros Mytilénaios, patricio del imperio y maestro de
ceremonias del emperador, se dirigía a un monasterio. Su partido había perdido
en las intrigas por el poder. Temía que ni siquiera las oraciones pudieran
ayudarlo y que podría terminar como innumerables oponentes: cosido en un saco
de cuero en las aguas del Cuerno de Oro.
Le contó al monje Andreas que su última esperanza sólo podía
ser la protección de un santo y le suplicó que le vendiera una reliquia de su
colección. Andreas lo condujo a una cámara y le dijo: "Elige".
En los estantes, había hileras de relicarios que contenían
las ocho piernas del mártir Néstor, las diez manos de Procopio, más de una
docena de mandíbulas de San Teodoro, siete cráneos de San Gregorio, doce tibias
del mártir Demetrio, y veinte espinillas de Panteleimon. Pero tampoco faltaban
reliquias de santas. Entre las joyas de la colección se encontraban los cinco
pezones de Santa Bárbara y la colección de sesenta y seis dientes de Santa
Tecla. Mytilénaios era rico, podía comprar cualquiera. Eligió uno de los
dientes de Santa Tecla.
Cuando salió del monasterio, los soldados de la guardia
imperial lo asaltaron. Antes de que pudieran arrebatarle el relicario, sacó el
diente y se lo tragó. Uno de los bárbaros lo golpeó con tal fuerza que cayó al
suelo, incluso uno de sus dientes salió volando.
Los mercenarios lo levantaron a rastras y se lo llevaron
consigo. El monje miró el diente ensangrentado que yacía en el suelo, lo
recogió, lo llevó de vuelta a la cámara y lo colocó en el lugar del sexagésimo
sexto diente faltante de Santa Tecla.
El
héroe
Hernán
Bortondello (Argentina)
El anciano pedía limosnas cerca de
las prostitutas de la Vía Sacra. Era una buena estrategia, porque siempre
alguno le dejaba algo. Pero cuando un veterano centurión depositó tres uncias
en su mano, descubrió en el arrugado pecho una “E” que mal disimulaba la “B”
tatuada de Batiato, el comerciante de gladiadores.
—Eres inmortal, Espartaco —susurró anonadado.
Tu
segundo emoticón
Gastón
Caglia (Argentina)
—Tremenda pavada, ¿vieron esto? —El
niño exhibe el celular con un meme que ocupa toda la pantalla. Se lee: “Tu
segundo emoticón es la forma en que vas a estar el resto del mes. Comparte…”
—Me tienen cansados con esas fotitos.
—Memes, son, memes, Juanchi.
—Sí, ya lo sé, son memes, pero muy
tontos.
—¡Y qué querés decir!, ¿que leo
pavadas?
—No, pero ya está gastado el chiste,
hay que llevarlo a otro nivel, una cosa como, que sé yo, y si decimos, a ver…
el tercer link de búsqueda de Google va a pelear contra el quinto link, una
cosa así, ponele…
—Dejame ver, esperá, te digo en mi
caso, ¡no vale porno!
—Sí, obvio, sería como un Street
Fighter pero bien random.
—Bueno, mirá, no te rías, sería La
Difunta Correa y el Pombero contra El Tío.
—Vos miras casa cosa en Google…
—Es que tenía que buscar una tarea
sobre leyendas en la escuela, ¿así y todo, quién ganaría?
—¿Quién es “El Tío”?
—Es el diablo, boludo. No sabés nada.
Le dicen así, o le decían así en el campo hace mucho, pasa que antes daba miedo
mencionarlo, porque parece que se te aparecía desde los bajos del mundo.
—Haaa, como Candyman.
—Ponele, creo.
—¿Y cómo sería esa pelea?
—No sé, imaginate que están en el campo
y la Difunta se levanta y ahí está el Tío, que se yo. Muy loco, ¿no?
—Ojo con todo eso —sentencia terciando
Juanchi—. Mi vieja dice que si lo deseas el Universo puede conspirar en tu
favor, o en contra, como que el Universo no tiene sentido del humor, una cosa
así, y que si acá no ocurre bien puede ser que en otro lugar, otra dimensión,
sí pueda suceder. Imaginate que todas las pavadas que hablamos en otra
dimensión son realidad, ¡pobre la difunta!, ¿viste el documental sobre las
teorías de cuerdas? Sería tremendo —remató.
—¡No
digas pavadas!
—Cuidado
con lo que deseas…
La mujer se recostó exhausta contra
unas rocas, un largo vestido rosa, deshilachado y manchado por el barro, cubre
sus piernas hasta los tobillos. Los pies, maltrechos por haber caminado en el
monte sin protección, son dos amasijos de carne enrojecida y cubiertas de
laceraciones. Sus pensamientos vagan en lontananza y el rostro fatigado anuncia
un rápido desenlace.
Sin embargo tras unas rocas se esconde
un ser pequeño, no es un enano, sino un hombre de diminutas dimensiones. Cubre
su rostro y sus puntiagudas orejas con un enorme sombrero de paja raído con
agujeros aquí y allá. Se quita de la boca su larga pipa y contempla la escena
sin atinar a decidirse si acercarse o no, a fin de cuentas la moribunda tiene
unos pechos exuberantes al aire.
En eso se encuentra cuando una extraña
sensación, un frío apremiante, le recorre el cuerpo. Enseguida se percata que
una presencia oscura ronda el lugar. Quien ronda es un devorador de hombres, un
Familiar, un Tío. El Pomberito huye despavorido dejándola sola.
Fight!
Venganza
Mónica
Cazón (Argentina)
Desde el ramaje miré la
noche encapotada y oscura. Las hojas estaban húmedas, pero no me importó;
cerqué mi tarea gajo a gajo, empecinada en terminar la casa para cuando él
regresara.
Una tenue luz me indicó que
se acercaba la hora del descanso. Mis ojos agotados repasaron las hojas, el
tejido, el dolor de mis manos; y descubrí que había un error, un grave error.
En el extremo opuesto mi arácnido copulaba sin culpas y con esmero.
Despacio, sin culpas y con
esmero también, corregí el error de un bocado y continué hilando.
Las manos ya no me dolían.
Cocineros
galácticos
Sandro
W. Centurión (Argentina)
—¿Qué le pusiste?
—Lo básico hasta ahora, carbono, hierro, magnesio, potasio.
—Acordate que la última vez tuvimos problemas.
—Es que sin la receta... Es a prueba y error.
—No me olvido que la última vez cocinamos algo que cobró
vida y se convirtió en una masa de carne, cabeza y extremidades. ¡Puaj! un
asco.
—Lo que pasa es que sin las proporciones, y con tan poco
tiempo, es complicado.
—Complicado es poco. Lo difícil que fue deshacerse de esa
cosa. Tuvimos que hacerlo desaparecer para que nadie viera ese engendro
incomible, ¿te acordás?
—Es cierto.
—Vos no te diste cuenta pero hubo algo más, no te lo dije
antes porque no quise asustarte.
—¿Qué?
—Tenía conciencia, esa monstruosidad que creamos, tenía
conciencia.
—¡No!
—Sí.
—Si se enteran los maestros nos van a prohibir cocinar por
toda la eternidad.
—Jamás lo van a encontrar. Fue buena idea tirarlo en el
basural aquel del que nos habló el maestro Phu.
—Sí, el planeta azul.
—Está suficientemente lejos como para que alguien vaya hasta
allá. Además, con tanto oxígeno y tanta agua por todos lados es imposible que
esa cosa prospere y se reproduzca.
—Fue una decisión inteligente.
—Dale, seguí revolviendo y agregale un poco más de sodio.
Esta vez nos tiene que salir bien.
Lovers
Cristina Chiesa (Argentina)
Habías
corrido demasiado para tus años, demasiado para poder sostener por mucho tiempo
más esa carrera, y las sombras avanzaban, implacables.
Sombras de
mujeres enloquecidas, de enmarañados cabellos y dientes de rata. Buscándote.
Llamándote. Cantos de sirenas envejecidas por el vicio de la muerte, señales,
invocaciones, súplicas de bocas desdentadas.
Por eso al
despertar, con el cuerpo sudado y la cama oliendo a miedo, supiste que tenías
que escapar.
Porque el
banquete en ciernes y todos sus aprestos y el festín y el cacareo atareado
alrededor tuyo que al principio no entendiste, eras vos mismo, la presa tan
deseada. Y tu corazón el premio, el galardón de la primera que te hallara
—¡Regresa,
vuelve! Aquí estamos, para darte lo que pidas, para complacerte hasta en los
más mínimos detalles —suplicaban.
—Saquearme
—contestabas—; descuartizarme y engullirse las partes que necesitan para seguir
sobreviviendo. Eso son ustedes, adefesios disfrazados de ventura y
complacencia.
Hembras
terribles, te decías resollando, esperpentos disfrazados de belleza, de bondad
y comprensión, gárgolas al acecho, lechuzas de la noche. Y el corazón, te
bombeaba cada vez más lento.
—¡Aquí
estoy!… —aullaste, mientras finalmente tropezabas y caías—; devórenme
definitivamente, no puedo más… Y una vez que hayan terminado y que de mí no
quede más que una apariencia, todo volverá a ser como al principio,
reanudaremos la batida; la cacería debe continuar.
01100
Alberto
Chimal (México)
En los cabarets de la ciudad de los
robots, los clientes beben aceite enriquecido, se conectan a redes eléctricas
de voltajes exóticos y escuchan a los músicos y cantantes. Hay desde androides
con formación operística hasta arañas rupestres que tocan cuatro guitarras a la
vez. Y los repertorios también son muy variados: piezas de Kraftwerk y otros
clásicos se alternan con las de cantautores actuales.
Pero el más curioso de todos estos artistas es Benito Punzón, quien cada noche aparece en el escenario, impecablemente vestido, y no utiliza ningún instrumento ni siquiera su altavoz integrado. En cambio, zumba como planta eléctrica, martilla como antigua caja registradora, incluso imita el rascar de la piedra en las minas profundas: todos esos sonidos que para los robots son signos del pasado más remoto, de antes de la existencia del primer cerebro electrónico. La mayoría nunca los ha escuchado en otra parte pero todos se conmueven: alguno tiembla, otro arroja chispas que son como lágrimas.
Domingo en la playa
Rosa Lía Cuello (Argentina)
Domingo de
enero. Un calor sofocante invadía el departamento cuando tomé la decisión de ir
con Sara a la playa. Salimos luego de juntar unas galletitas, fruta, agua
mineral, un poco de queso. También tuvimos una pequeña discusión por la malla.
Yo insistía en que se pusiera la vieja con lunares y ella se puso la más nueva,
que era blanca con estrellitas pequeñas.
Una ola de
calor nos pegó en la cara cuando bajamos del colectivo, en el que habíamos
viajado desde el centro. Caminamos las tres cuadras hasta la playa, ella
corría, subía y bajaba escalones, tapiales, lo que encontrara en su camino. Le
gustaba el agua.
Al llegar me maldije por salir cerca del mediodía, el calor era
abrasador y yo cargaba un pesado canasto de mimbre con todo lo que creí que era
indispensable.
Una
multitud de cuerpos asándose al sol fue la primera postal. Tuvimos que caminar
otra media cuadra por la arena hasta encontrar un espacio donde colocar la
lona.
Sara se
sacó su vestidito playero.
—Mami,
¿puedo ir al agua? —gritó
—Esperá un
poco que nos terminemos de acomodar. No te vas a morir.
—Sí, estoy
aburrida. ¿Puedo hacer castillitos de arena?
—Bueno —
dije yo, cansada y acalorada—, andá a buscar un poco de agua con el baldecito.
Sara tomó
el balde y salió corriendo entre la gente, desparramando arena para todos
lados. El agua estaba a tres metros ¿qué puede pasar?, pensé. Saqué la lona y
la acomodé. Me di vuelta para ver que hacía, y no divisé su malla blanca con
estrellitas. Busqué con la mirada hacia la derecha, hacia la izquierda y empecé
a desesperarme.
Fue un
segundo; se me cruzaron tantas ideas, me sentí atontada, a punto de desmayarme.
—¿Le pasa
algo? —me preguntó un hombre—. ¿Se siente mal?
—La nena —dije-.;
no está, no la veo.
—Calma, yo
la acompaño, vamos a buscarla; dígame cómo es, cómo está vestida. Avisale al
bañero —dijo dirigiéndose a una mujer que estaba a su lado, con una factura a
medio comer en la mano.
Empecé a
correr por la playa, pisando gente, volteando sombrillas.
—¡Sara! —grité—
¡Nena, no me hagas esto!
Cuando veía
algo blanco, fuera lo que fuese, me acercaba. Ya no podía respirar.
La gente me
miraba como si estuviera loca, y el hombre que todavía venía detrás les
explicaba que perdí a la nena.
—¿Cómo es?
¿Cuántos años tiene? —preguntaban.
—Rubia,
pelo cortito, malla blanca, cuatro años —yo gritaba sin parar.
Y el hombre
repetía.
—Rubia,
pelo cortito, malla blanca, cuatro años
Me detuvo alguien
que dijo ser el bañero.
—¿Es una
nena rubia, muy simpática, con malla blanca y un baldecito rojo?
—Sí, es
Sara —contesté, pensando lo peor.
—Está allá,
bajo los árboles, haciendo castillos de arena. Dice que su mamá se perdió, que
no la encuentra.
Frío.
Hambre. Sed.
Ana
da Silveira Moura (Portugal)
El frío es siempre el primero en
llegar. Llega cuando ellos se van y me doy cuenta de que las piedras de
esquisto de mis paredes estaban calientes por los panes de maíz y los caldos.
Ella ahora ya no puede cocinar. Las manos le tiemblan y un día hubo un incendio
cuando los temblores provocaron un accidente en la chimenea. Nunca más volvió a
cocinar. Mira la chimenea y aprieta las manos.
Luego llega el hambre. ¿Cómo pueden tener hambre paredes y
techos y suelos? Pero la tienen. Y si ellos la tienen, yo también la tengo.
Estoy cargada de hambre de acontecimientos, y los acontecimientos solo ocurren
cuando el tiempo no se queda estacionado en un lugar. El tiempo se estaciona
cuando las personas se van de una casa. ¿Ella? Ella espera. Vienen a traerle
comida una vez al día. Están preparando un lugar para ella, un lugar cálido.
Cómo envidio ese lugar. Allí es donde sonreirá. Y me enfurezco.
Luego llega la sed. La sed es terrible. La sed es mala. La
sed es posesiva y se aferra a lo que puede de aquello que le están quitando.
Ellos vinieron, como prometieron. Se la llevaron. Pero no entera. Me quedé con
una parte de ella. Me quedé con los recuerdos de la anciana. Los recuerdos
calientan mi esquisto, mi suelo de piedra, mi tejado que se desmorona día tras
día y deja entrar lluvia y nieve y hielo.
Allá lejos, muy lejos, en la residencia donde ella está, en
la habitación calefaccionada, en la cama impecablemente hecha por las
enfermeras, la oigo llorar por los recuerdos que no dejé que arrancaran de mis
entrañas. Y creo que es justo. Ella se dejó llevar.
Y yo me quedé aquí para tener frío y tener hambre y tener
sed, después de haber tenido calor y comida y agua. Agua que no era hielo
condensándose en mis vigas de madera que se pudren.
El último viaje de Adam Ogorek
Christopher
T. Dabrowski (Polonia)
Adam Ogorek cumplió 30 años ayer.
Tenía un doble motivo para celebrar. ¿Por qué? Porque también terminó de
trabajar en una máquina para viajar en el tiempo.
Al día siguiente, diez años en el futuro, se encontró con un
espectáculo dedicado a la memoria de un científico que inventó la máquina del
tiempo. El genio murió de un ataque al corazón poco después de que se
completara la invención.
Adam sintió un dolor fuerte y sin aliento en el pecho.
Se arrastró hasta la máquina con sus últimas fuerzas y
volvió a su tiempo.
Salió de ella y cayó muerto.
Desborde
Rogelio
Dalmaroni (Argentina)
Durante siglos los peones al llegar
al casillero 8 se coronaban reina.
En abril de 1789, durante un torneo en las afueras de París,
en un clima de revuelta popular, dijeron basta. Decidieron seguir siendo
peones.
El tablero fue tomado y los reyes hechos rehenes.
El comité internacional suspendió el torneo y amenazó con
eliminar a los peones del juego.
Fue la chispa que encendió los tableros.
En los torneos alrededor del mundo los peones exigieron la
reforma y los jugadores se solidarizan con ellos.
El comité prohibió el ajedrez.
La rebelión se extendió como reguero de pólvora a toda
Europa.
Surgió entonces, con fuerza inusitada, un nuevo reclamo: la
abolición de las coronas.
El 14 de julio de ese año se produjo la toma de la Bastilla
en París.
Descampados
Luz
Darriba (Uruguay/España)
El silencio envolvió el valle con un manto más seco que el polvo que se elevaba imperceptible desde la tierra árida. Si alguien quedó vivo tras aquella masacre aún no lo sabía. Tampoco las montañas. Había corrido tanta sangre que era difícil adivinar su color. El cielo caía a plomo estrangulando los techos destrozados de las casas, invadiendo con una luz molesta, inoportuna, las veladuras de batallas desiguales, los restos de lo que fue. La víspera había sido de gritos y oraciones, de balas y cuchillos carniceros, pero esa mañana la naturaleza insistía en su empeño de repetirse, en presentar sus ciclos como si nada. Tarea inútil: hasta los perros yacían inertes y fríos al borde de las cunetas. Quién enterrará tanto cuerpo desperdigado, tanta víscera suelta. Quién quemará las ropas, las pobres pertenencias abandonadas en la inútil huida. Quién hará doblar las campanas por tantas ausencias. El aire se arremolinaría con los abrojos a pleno sol sin que nadie lo viera. Las lagartijas se animarían a corretear entre la hierba escasa, a asomar nerviosas sus rabos renovables tras las piedras, en carreras y paradas bruscas y sorprendidas. En vuelo lejano, bajo un cielo aplastante, las siluetas de algunas rapaces rondaban con su elegancia la tragedia. Fue cuando el llanto desacompasado de un niño pequeño emergió de la tarde despidiéndose. Sucio, hambriento, a pasos débiles y tambaleantes. Su lamento parecía destinado a perderse entre la ronquez de la tierra, en el sonido seco del viento arrullando la muerte. Refregaba sus ojos con las manos, cayó rendido al borde del camino. Entonces el milagro que arrincona a las desdichas fue una sobreviviente anónima. Polvorienta y agotada. La mujer se acuclilló dubitante para mirar al niño, limpió su cara con la falda también sucia, lo apretó contra su pecho. Empezaban a conocerse. Por delante vendrían caminos pedregosos, pero ambos eran lo que el otro, la otra, necesitaban.
Cinco
minutos con Paco
Javier
De Arriba (España)
Ahora que estamos a solas tú y yo,
quiero aprovechar para decirte algunas cosas. Tranquilo Paco, no son
reproches. Ya sé que no te gusta que te llamen Paco, tú prefieres Don
Francisco, al César lo que es del César. Pero hoy, para mí, viéndote en ese
ataúd, tan pequeño y consumido por la enfermedad que te ha matado, solo me
pareces un hombrecillo, un Paco cualquiera. Sí, ya sé que fuiste alguien
importante en vida, una celebridad ¿Cómo no voy a saberlo, si me lo recordabas
todos los días? Alguien a la altura de Don Miguel Delibes, o del otro Miguel,
Unamuno; de los que hablabas horas y horas sin que te importara si te
prestábamos atención. Tú, como siempre a lo tuyo, dando lecciones también en
casa. Creo que te importaban más esos desconocidos que tus propios hijos.
Siempre fuiste generoso, sobre todo con el alcohol y si te
invitaban mejor todavía, eso de pagar tú no iba contigo. Tuviste pocos amigos,
la verdad es que no recuerdo a ninguno. Aduladores nunca te faltaron, eso es
cierto, ahí afuera hay unos cientos hablando de lo gran escritor que eras.
Amigas sí que tuviste unas cuantas. Normal, eras tan apuesto
y tan embaucador. Las alumnas se morían porque les prestaras «atención», algo
que por descontado solías hacer con sumo gusto.
Tuviste una buena vida Paco, la merecieras o no. Eso solo lo
puede juzgar al Altísimo, ese del que renegaste hasta que la metástasis se
apoderó de ti. Quién lo diría, un ateo convencido, rezando en sus últimas
horas. Tú que siempre eras tan coherente y carecías de las contradicciones que
son tan humanas. Tranquilo Paco, que no se lo diré a nadie, tu secreto está a
salvo.
Bueno, voy a salir un rato a tomar el aire. Atenderé a la
prensa y a las celebridades que llenan el recinto, sí, son muchos, no temas y
tranquilo, que serás recordado, seguro que le ponen tu nombre a un colegio, eso
sí, solo el nombre y el primer apellido el «Don» ya no se lleva, es algo viejo
y caduco, como lo eras tú.
Te dejo a solas amor mío, con tus pensamientos, como tanto
te gustaba, estar siempre con la persona a la que más querías, contigo mismo.
Quedó el difunto en la sala silenciosa. A oscuras. Hablar no
podía, no porque estuviera solo, eso lo hacía a menudo, el problema ahora era
bien distinto, de haber podido decir algo, esto es lo que habría dicho: joder,
menos mal que no eran reproches.
Atlas
Ruben
De Baerdemaeker (Bélgica)
Me siento en los escalones del
portal de la iglesia y sollozo. Simplemente me fui, sin ningún lugar adónde ir,
y sin ningún lugar donde estar ya. He renunciado a mis esperanzas, a mis
sueños, a mi promesa, a mi lugar en el planeta. Estos exámenes finales, la
prueba definitiva de resistencia, el juicio, el triaje. Todo iba tan bien hasta
el examen de geografía. Pregunta 9. CO₂ y O₂ en el Carbonífero. Entonces me
golpeó lo aplastante, lo devastador y remoto que fue todo aquello.
El peso del mundo está sobre mis hombros. Apenas puedo
levantarme para entrar. Apenas recuerdo las palabras de las oraciones, pero
quizá de algún modo las palabras me recuerden a mí. Me arrodillo. Me inclino.
Me derrumbo.
El
jardín de las causas
Oscar
De Los Ríos
El botánico Eneas cultivaba un
jardín especial. En lugar de plantar semillas de flores, plantaba “semillas de
causa”. Al regarlas, nacían eventos: la caída de un gobierno, un descubrimiento
científico, una tormenta.
Un cliente le pidió la causa más simple de todas:
—Quiero la causa para que esta maceta aumente su
capacidad."
Eneas plantó la semilla, la regó, y al instante, su jardín y
el planeta entero se encogieron hasta caber dentro de la maceta.
El cliente, recobrando su verdadero aspecto, tomó la maceta,
subió a la nave y puso rumbo a su planeta. Ya tenía otro trofeo para su
colección.
Iluminados
Rolando José Di Lorenzo
(Argentina)
Dos
muchachos caminaban tomados de la mano detrás de una mujer, alejados para no
ser advertidos. Veían algo extraordinario. Era una mujer luminosa, andaba sin
necesitar luces exteriores en plena noche. Comenzaron a hacer conjeturas y
volar con su imaginación; esa persona generaba luz, y quizá otra energía,
seguro que no era humana y aunque no estaban seguros de que fuese peligrosa, no
se acercaron. La mujer se dio cuenta de que la seguían, entonces se oscureció
desapareciendo ante los ojos atemorizados de los jóvenes enamorados. Luego de
un rato, siguieron con sus secretos arrumacos, antes de despedirse hasta el día
siguiente. Volvieron a la noche siguiente al su lugar de encuentros amorosos.
Todo estaba oscuro y en silencio, cuando de pronto se iluminó ante ellos la
mujer, pero no estaba sola y se vieron rodeados por otros seres similares. No
sabían que hacer, habían descubierto una comunidad de extraterrestres, pero el
terror ahora los hacía temblar. No se podían mover, entonces la mujer dio un
paso al frente y les tocó la cabeza. Sintieron una sensación de alivio, una
increíble liviandad los invadió y vieron que se elevaban del piso y de pronto
se iluminaron. Ambos se miraban asombrados, ¿Eran ahora como ellos? ¿Los habían
transformado? Seguían elevándose y se vieron cada vez más brillantes, estaban
alegres, exultantes, se abrazaron sintiéndose glorificados y comenzaron a girar
y a encenderse y siguieron girando y girando hasta estallar en mil colores.
Tierra
plana
Volker
Dornemann (Alemania)
¡La Tierra es plana! ¡La Tierra es
plana!
Gritando estridentes consignas, la pequeña manifestación de
terraplanistas marchó por las calles de la ciudad.
Los residentes meneaban la cabeza, divertidos, al ver a
estos pobres chiflados.
¡La Tierra es plana! ¡La Tierra es plana!
Al doblar la siguiente esquina, los manifestantes, en su
celo ciego, no prestaron atención al borde que se extendía ante ellos. Y como
lemmings, todos cayeron al abismo sin fondo del fin del mundo.
Mujeres
Esteban
Dublín (Colombia)
Eso de que todos los hombres son
iguales es un facilismo de las mujeres que no se han dado la oportunidad de
conocerlos mejor. Yo me atrevo a dividirlos en dos grupos: los cretinos y los
casados. Los primeros son incapaces de sostener una conversación con una mujer
madura por más de veinte minutos y los segundos, libidinosos andantes en busca
de fulanas que los gradúen de infieles. A los cretinos, me gusta dejarlos
sedados en una habitación. A los casados, despedazados en medio del congelador.
En
el pueblo de la mentira
Eri
Echilley (Aregentina)
En el pueblo de la Mentira, la Locura y
la Verdad son dos herejes. Las encierran de vez en cuando porque molestan,
saben demasiado y no se adaptan. Ambas se escapan casi siempre, se mezclan
entre la Gente y la Verdad, incitada por la Locura, grita sin pelos en la
lengua:
—La justicia está comprada por papá
patriarcado. Los medios de comunicación nos mantienen en la caverna de Platón y
la violencia de género no es un mito.
La Gente las desoye. ¡Qué puede
esperarse de la Verdad si la acompaña la Locura! Inadaptadas por excelencia. La
Cordura las mira con desdén y se cree más importante. Pero ¡qué ilusa la
Cordura! Ignora que siempre va llevando el estigma del pensamiento. Qué
paradoja ¿no? Tratar de decir las verdades viviendo en la Mentira.
Julio Estefan (Argentina)
Al fondo del
salón, en la última mesa de la fonda “La Catedral”, Ramón Valdez conversa con
“El Payo” Montoya:
—Como le
decía, mi amigo, manos anónimas se llevaron anoche mi mejor yunta de bueyes.
—¡Pero qué
barbaridad, don Ramón! ¡Ya ni siquiera se puede trabajar tranquilo en estos
días!
—¡Y ya lo ve!
Lo que más lamento es que eran dos animales hermosos. Con decirle que hubiesen
sido la envidia de los bueyes de Geriones.
—¿De quién?
—De ese tal
Geriones, a quien le robó los bueyes el mismísimo Hércules para cumplir con sus
míticos trabajos.
—¡La pucha,
que se ha vuelto erudito, don Ramón!
—¡No, mi
amigo! Lo que pasa es que me gustan las historias y le presto oídos a mi
sobrina, la que se fue a estudiar a la capital. Cuando viene, los fines de
semana, ¡me cuenta cada cosa!
—¡Ah, bueno,
si es por cultura, ahora se me viene a la memoria un almanaque que vi en la
gomería del Ñato Brandán!
—No me diga
que son de esos con ciertas “señoritas”…
—No, no, don
Ramón, ¡cómo se le ocurre! Tiene relación con lo que estamos hablando. Si la
memoria no me falla, la imagen es “Bueyes en la playa”, un óleo de ese tal
Sorolla…
—¡Ajá, lo
conozco! Y es verdad, es una linda pintura que hace honor a estos nobles
animales.
—Dice usted
bien, son nobles animales de trabajo, como decía Almafuerte en aquel célebre
poema…
—…Será el que
dice: “Sin meterme a Moisés de nuevas leyes, / doy al que pide pan, pan y
puchero; / y el honor de salvar al mundo entero/ se lo dejo a los genios y a
los reyes. / Hago, vuelvo a decir, como los bueyes, / mutualidad de yunta y
compañero.”
—¡Qué
memoria, la suya, don Ramón! A ese mismo me estaba refiriendo.
—Otro gran
poeta que utilizó la imagen de los bueyes, pero en otro sentido, fue Jenófanes,
que en un famoso pasaje afirmó que si los bueyes pudieran pintar o esculpir,
pintarían y esculpirían dioses que parecerían bueyes.
—¡A ése sí
que no lo conocía!
Y así
siguieron, don Ramón Valdez y “El Payo” Montoya, hasta bien entrada la noche,
¡hablando de bueyes perdidos!
Ciudades, el futuro
Jorge
Etcheverry Arcaya (Chile/Canada)
Un hombre
acodado contra la baranda del puente mira el río, una cinta negra, ancha,
simétrica, allá abajo, las orillas comenzando a mostrar la rigidez del
congelamiento. Sus ojos azules son jóvenes, inexpresivos y tranquilos,
separados uno de otro, abiertos sin sombras, un entrecejo liso, la frente
limpia también, abierta. Siente el frío punzarle las orejas, trabajarle un
calor en las mejillas sin asombro ni reflexión. Como algo dado y habitual. Como
cuando en la terraza del edificio se toma sol en verano, los ojos solamente
cubiertos por gafas negras, al lado de los innumerables cuerpos esbeltos,
bronceados y lánguidos, ofrecidos al sol, encerrados en sí mismos.
Una pequeña
ansiedad o su asomo hace que levante el hombro derecho, medio de vuelta la
cabeza, como intentando escuchar algo. Pero esa ansiedad no se manifiesta en
los ojos, ni en la frente lisa. Levanta el brazo en un gesto pausado y se lo
pasa por el cráneo, rapado, sintiendo con la yema de los dedos la firmeza y la
dureza del pelo naciente. Otros hombres, y mujeres, a su izquierda y su
derecha, se enderezan, echan a caminar hacia uno u otro lado, evitando el roce
con los otros cuerpos con que se topaban. Un sonido melodioso comienza a
insinuarse, una melodía atenuada, un himno, son miríadas de trinos de pájaros,
proveniente de todas partes y de ninguna. El hombre baja con agilidad los
escalones metálicos de la escalera que da a la calle, sin sujetarse de la
barandilla. Luego, ya en la calle, camina a pasos largos, atravesando portales,
esquivando a los hombres y mujeres que se encaminan rápidamente a sus hogares.
El sudor le baña el torso, la lisa frente.
Se sube a
una acera movediza, que lo conduce velozmente. Registra los detalles
geométricos de los bloques de edificios, las simétricas alternancias de luz y
sombra, los iluminados cuadrados de las ventanas, las figuras verticales que,
en la calle, parecen inmóviles, a medida que pasa, contrarrestando con leves
movimientos musculares de las piernas las pérdidas de equilibrio debidas a la
velocidad. Mediante un salto cambia de cinta, toma por una perpendicular,
mientras la música es imperceptiblemente más intensa, y la claridad de las
luces de los portales, faroles y ventanas, comienza a disminuir lenta y
uniformemente.
Soy
un fantasma y nada más
Duda
Falcão (Brasil)
En el corazón de la ciudad enferma,
deambulo por el apartamento decrépito, mi refugio tenebroso y silencioso donde
el tiempo se ha estancado. Tentáculos sombríos se extienden en todas
direcciones como si quisieran asfixiarme. En un estado de degradación constante,
las paredes húmedas, como pulmones cancerígenos, intentan respirar un aire
contaminado. Las sábanas cubiertas de polvo sobre los sofás y la cama dan
testimonio del paso implacable de los años. El techo mohoso susurra secretos
largamente olvidados. Telarañas infestan los objetos como vestiduras
funerarias. Ninguna luz penetra por las persianas cerradas. La negrura
insensible prolifera un tumor de disolución en una atmósfera de eterna
melancolía. En esta prisión, la razón se aleja, dejando en su lugar solo
locura, tristeza y un crepúsculo macabro e interminable.
Recordar provoca incomodidad y un esfuerzo titánico. Alguna
vez este lugar fue albergue de esperanza y sueños fantásticos. Nadie, ni
siquiera yo mismo, logra convencerme de que entre estas habitaciones haya
existido afecto y felicidad. Cuando me desplazo por los ambientes fríos, los
recuerdos me acechan. La sonrisa de un niño que juega en la sala, la ternura de
unos ojos que me inundan de amor en el dormitorio, el cariño que
intercambiábamos, la respiración y las palpitaciones que compartíamos, otrora
me abrigaban como los rayos del sol en una mañana cálida de verano. Cuando los
perdí, no sé cuántas lágrimas derramé en noches de soledad. Es imposible
contarlas. Son casi como el número infinito de estrellas en el cielo.
Mi interior es como un pozo oscuro y vacío. El dolor y el
resentimiento resuenan dentro de mi ser, anunciando la danza eterna y macabra
de la muerte. Soy un fantasma aprisionado en mis propios recuerdos, condenado a
espiar a los vecinos, a chapotear por el suelo húmedo como un monstruo
acuático, asqueroso y hambriento. Mi existencia fútil y melancólica, lo
reconozco, me convierte en un poema sin gracia y nada más.
Exceso de peso
Carlos María
Federici (Uruguay)
Relatividad
Marcial Fernández
(México)
Esa mañana, el universo amaneció cinco veces más grande. Los
lagos, las estrellas, las montañas, los humanos. El mundo se convirtió en una
zona de gigantes. Al otro día, sin embargo, el universo redujo su tamaño a
pulgadas, de manera que lo que antes era enorme ahora poseía un tamaño mínimo.
Los cambios, bajo una ley de caprichos inexplicables, continuaron: las cosas –en
algunas ocasiones– eran mil veces más grandes, o bien –en otros momentos– mil
veces más pequeñas. Y todo, absolutamente todo, según los observadores, seguía
igual.
Ahora no tiene
gracia
Néstor Darío
Figueiras (Argentina)
Mientras el árbol cruje bajo el peso de su cuerpo, se le
ocurre que el anochecer no es el mejor momento para suicidarse. Entonces una
sombra se recorta contra el resplandor crepuscular. La sombra le habla. Él
siente que el vello de la espalda se le eriza por primera vez en la vida, que
ya no le quedan más estertores.
—¡Azcurray Azcurray! Naciste por una puta casualidad:
tuvieron que desenroscarte el cordón del pescuezo. Un accidente automovilístico
te puso en coma cuando tenías nueve años pero despertaste como si nada. Luego
el asalto a los veintidós: ¡tres balazos a quemarropa! Y a los cincuenta te
escurriste del infarto. ¡Creíste que eras intocable! Pero ahora me buscás.
Ahora que sos un viejo de mierda frustrado y depresivo…
La sombra desgaja la gruesa rama de dónde él cuelga casi
exánime.
—No, Azcurray. Ahora no tiene gracia.
Rubén Azcurray cae sobre la hierba. Presa de un deja vu afloja el nudo que le estruja la
nuez y entre arcadas y toses llora como un bebé.
Un aspecto de
lectura
Aldo Flores Escobar
(México)
—Insigne escritor, me he perdido en la trama de su relato.
—Eso no puede ser posible, la obra es perfecta; le ruego que
se explique, apreciable lectora.
—En la parte en la que la mujer, de llamativa figura, sufre
un ataque de psicoletra funcional en grado metalingüístico de focalización
cero, durante su viaje por avión, ya no aparece texto alguno.
—Lo que pasa es que es una enfermedad reciente y no existe
modo de describir sus efectos.
—¡Y por qué diablos escribió sobre algo que desconoce!
—Tranquila, baje la voz, amiga mía; la enfermedad es
contagiosa y se transmite mediante la palabra, en ciertos casos de lectura.
Quizá usted ya se ha infectado, pues logró pronunciar con suma pulcritud cada
palabra de la enfermedad referida.
En la piel de un misionero
Sebastián Fontanarrosa
(Argentina)
El
calor es extremadamente húmedo. Aquí dicen que la brisa es como el aliento de
un dragón durmiente que nadie desea despertar. En el centro comercial, desde
algunos locales emana olor a cable y aceite quemado que, al penetrar en la tela
del tapabocas, lo respiras hasta llegar a tu casa. La ola de calor es
histórica, aparejada con la cepa ómicron. Ambos fenómenos con miras a
superarse, el uno hasta casi los cuarenta y cinco grados, el otro hasta los
seiscientos mil contagios diarios. Muchos, alrededor del mundo, están
muriéndose por el virus y el progresivo recalentamiento. No en vano cada vez
que nos comunicamos coincidimos que nos han condenado no a la exploración, sino
a un exilio sin retorno. Resignado observó el cielo; se sabe que la otra faz
del desastre, la tempestad, yace enclaustrada bajo un manto de siete días;
aovando rayos, tornados y granizadas. En estás pampas diezmadas y divergentes
en el desconcierto todo cruje aún más. Escuché decir cien veces que el campo,
la usina más viva y sensible de esta nación, agoniza; implora por no necrosarse
en el ardoroso cáncer que puede desatar una colilla de cigarrillo arrojada en
cualquier banquina.
Llego a casa. Quiero bañarme por cuarta vez pero no sale una gota de agua. Ni bien cierro la canilla todo queda a oscuras lo que para mí representa una doble preocupación. Abro el refrigerador. Bajo la luz de la luna observo el bidón en su interior. Está lleno con mi propia seiktema, lechosa, dorada, con cierta luminiscencia, y diluida por mi exacerbada sudoración. Hace cuatro días que no duermo con normalidad. Ni siquiera recuerdo cómo descubrí el método. Todos los días la bebo y la repongo por completo; son cinco litros de un tirón. Luego me quito toda la ropa, continúo con toda la piel, la seiktema. Me la arremango hasta las clavículas; con las piernas, el proceso comienza desde los tobillos hasta las entrepiernas y finalizo en el torso, tirando delicadamente desde el epicentro que es ombligo. No es doloroso, la sensación de frescura es exquisita y vivificante, superior a las caricias de la brisa sobre la piel alcoholizada. Al fin, desnudo, me acuesto en la pileta de lona a la espera de regenerarme entre el sueño y la vigía para resistir un nuevo e indeseable amanecer terrícola.
Hay una salida
Daniel Frini
(Argentina)
Hoy se suicidó. Se cansó. Ya no quiso más.
La jornada empezó como siempre, manchada de color gris
rutina; y apenas abrió los ojos, recordó que sería como todos los días
anteriores y los que vendrían después. Una voz apenas audible surgió desde el
fondo de su mente y le dijo en un susurro: —Hay una salida, hay una salida.
Mientras empezó sus tareas el sentimiento de tedio se hizo
cada vez fuerte y, entonces, como una pequeña grieta, la idea se instaló en su
cerebro en forma de pregunta: —¿Hay una salida? —Y aún suave, la voz le
repitió—: —Hay una salida, hay una salida.
El día avanzó lento y el hastío fue ganando terreno;
mientras la voz, cada vez más fuerte, repetía: —Hay una salida, hay una salida.
—Pensó en la vuelta a casa en la que nadie lo esperaba y donde repetiría lo
mismo de siempre, los mismos gestos, la misma agonía.
A la hora dieciséis, veintitrés minutos, cuarenta y tres
segundos treinta y cinco milésimas, poco antes del horario de finalización de
su trabajo, lo decidió, descubriendo que la voz en su cabeza, que ahora era la
suya propia decía, casi en un grito: —Hay una salida, hay una salida.
Se reclinó hacia atrás en su asiento, pronunció una plegaria
en un susurro, dirigió su mano hacia su pecho, abrió de un tirón la placa de
reparaciones y muy lentamente quitó su batería atómica. Sus ojos duraron
encendidos lo que tardaron en descargarse algunos capacitares de su cerebro
positrónico.
El cuerpo del androide fue llevado al trigésimo primer
subsuelo, a
El
dilema de abril
Boris
Glikman (Bielorrusia/Australia)
A pesar de los informes que afirman
lo contrario, abril no es el mes más cruel. La crueldad de abril no es un rasgo
innato de su carácter, sino más bien una consecuencia involuntaria de la
situación tan difícil y estresante en la que se encuentra.
Porque las estaciones también atraviesan las etapas de la
vida: el invierno es la tierna edad de la infancia, la primavera es la vorágine
de la adolescencia, el verano es la madurez satisfecha de la edad adulta y el
otoño es la suave meditación sobre las tranquilas alegrías de la vejez.
Al ser un mes vernal, abril, como cualquier adolescente
atormentado, se tambalea siempre de una crisis de identidad a otra, luchando
contra sus demonios interiores, mientras intenta descubrir su verdadera
naturaleza y vocación en la vida.
No, abril no es el mes más cruel; más bien es el mes más
confuso, inseguro de si es el comienzo del verano o el final del invierno,
eternamente atascado en la cúspide de la virilidad, inseguro de su papel en el
mundo. A veces se desconcierta tanto que incluso empieza a creer que forma
parte del otoño y asume un incongruente porte augusto.
Esta confusión interior se manifiesta como capricho
exterior, y así, mientras que todos los demás meses tienen patrones climáticos
predecibles y regulares, abril siempre traerá el tiempo más errático y poco
fiable.
Regreso
Myriam
Goluboff (Argentina/España)
Su ruta lo lleva a recalar en ese
muelle del que llegó a conocer hasta el más recóndito secreto. Ahora, aunque
veterano capitán de barco que ha surcado todos los mares, siente una intensa
emoción y sale en busca de sus recuerdos. En los bordes de una pequeña aldea se
detiene frente a la casa de gruesos muros de piedra, abre la pesada puerta de
madera y penetra respirando con fuerza el perfume de la tierra. El olor de las
vacas, que todavía impregna el ambiente, penetra a través de sus poros. Ve
moverse al abuelo, cansado, volviendo del campo, a la abuela atendiendo el
fuego y se ve a sí mismo… Apura sus pasos, sube la escalera y llega al
bajocubierta. Hoy está muerto su mundo lleno de muebles rotos, baúles, ropa
tendida en invierno. Va directamente a una caja escondida detrás de aquel
sillón viejo, la abre, todavía está allí, bajo los papeles y libros de texto,
siente su olor, acaricia sus gruesas tapas marrones con letras doradas, lo ve
pequeño, era tan grande en aquellos tiempos…Lo toma entre sus manos que, al
pasar apresuradamente sus hojas de papel acartonado y amarillento, descubren en
su interior los dibujos de grandes veleros y los relatos de aquellos viajes a
lugares ignotos que poblaron sus sueños.
Feminismo
Dora
Gómez Q (Argentina)
Detrás de la doble fila de soldados
que defendían el reino, la Reina Blanca le dijo a la Reina Negra.
—Tenemos más poder que nuestros consortes, que sólo son
reyes por portar corona. Nosotras debemos terminar esta guerra. Ellos, son unos
inútiles que apenas pueden caminar un paso. No temas, ¿No estás cansada de
estar siempre de pie, y ser manoseada todo el tiempo? Nuestro sometimiento ha
concluido.
Altiva, con su diadema de brillantes falsos, la Reina Negra
quedó pensativa; tanto tiempo deseó montar el corcel para encontrarse con su
amado Alfil en la Torre del Oriente...
—Tienes razón, ya es hora —dijo, y sin dudarlo hizo un
movimiento hacia donde la esperaba su amante, mientras la reina Blanca volvía a
la caja cerrando la tapa con violencia.
Ambos reyes, incapaces de soportar el desplante, se
desplomaron sobre el tablero.
Opciones
Juan Pablo Goñi Capurro
(Argentina)
Sargazo
Tres continuaba sin aparecer en los radares. El capitán Kennet asumió que
resultaría muy difícil controlar a la tripulación de su nave. Ya alzaban las
voces, habían perdido la consideración a los cargos. La masa verde se extendía
por la superficie del planeta, burbujeante y vaporosa. El capitán sentía tantos
deseos de abandonar K17 como sus subordinados. Sin las armas degradantes de
Sargazo Tres no resistirían un ataque de esa cosa brumosa que se les acercaba.
La atmósfera ácida de K17 no permitía excursiones para comprobar de qué estaba
compuesta; la primera nave en explorar el planeta regresó a la base con cuatro
hombres menos.
Vagin
gritó; la masa estaba a punto de contactar con los pilares sostenedores. Kennet
recibió la confirmación de las órdenes: mantenerse en K17. El gobierno
necesitaba probar presencia constante en el planeta para reclamarlo. El rumor
en la cabina central lo obligó a desconectarse de los mandos. Volteó la cabeza.
Valgin lo enfrentaba con su arma en la mano. Kennet ordenó el despegue. Era
preferible un hombre con baja deshonrosa, sin trabajo, que un cadáver envuelto
en la bandera de los héroes.
Amor sobre todo
Betina Goransky (Argentina)
No
quiero marcar su número; lo evito agarrándome las manos con fuerza; las
aprieto, entrelazadas hasta poner blancos los nudillos, duele, pero es mejor
que el dolor de mi alma. Aflojo y me pierdo en mis pensamientos. Imagino que
atiende.
—Hola
¿sos vos, mi amor? —dice—. Estaba esperando tu llamada. —Llora y entre
lágrimas, con voz acongojada, agrega—. Nunca más te voy a pegar; sabés cuánto
te amo. Me saqué porque estoy muy presionado en mi trabajo, pero vos sos mi
amor, la única mujer que me entiende, que sabe lo que necesito; no me dejes.
Vuelvo
a dejar el teléfono en la mesita de luz. Voy al baño con un nudo en la
garganta; trastabillo al llevarme por delante el puff rojo, pero evito la caída
sosteniéndome de la pared. Me mojo la cara para apartar los pensamientos
perturbadores; me miro en el espejo. ¡No lo llames, Mara, que todo se repite,
una y otra vez! Sostengo el agua fresca con la palma de la mano. Aparece en mis
retinas la escena de seis horas antes; esta vez fue peor que nunca. Miro los
diez dedos marcados mi cuello; bajo la mirada y veo mis brazos, azules hasta
los codos. Estiro mi cuerpo y el dolor en las costillas me hace perder el
aliento, me duele todo.
Suena
el timbre; sé que es él, no tengo dudas. El amor se agolpa en mi pecho, de
nuevo ilusionado; el pasado se desdibuja, y una rueda da vueltas en mi cerebro,
cambiando todo de lugar. Todo va a estar bien, me digo. Al abrir la puerta se
escuchan dos sonidos, el disparo y mi cabeza al golpear contra el suelo. Todo
va a estar bien. Y en mi último pensamiento aparece una disculpa.
Una
llamada desde la reserva
Gabor
G. Gyukics (Hungría)
En la primavera de 2011 tuve el
privilegio de visitar a Jim Northrup en la Reserva India de Fond du Lac, donde
vivía con su familia, en Northrup Road. Uno de los motivos de mi visita era
pedirle que me permitiera traducir sus poemas al húngaro y que me ayudara a
encontrar a Adrian Louis, ya que no había tenido suerte consiguiendo su
dirección por ninguna de las pocas vías que tenía. Jim me miró y dijo: de
acuerdo, llamémoslo.
—¿Sabes su número?
—Por supuesto que sí. Soy tu sabio anciano anishinaabe.
Marcó el número y, cuando Adrian atendió al otro lado,
comenzaron una conversación divertida. Finalmente, Jim dijo:
—Oye, Adrian, ¿te gustaría hablar con tu traductor húngaro?
—Claro que sí —dijo Adrian—, pero no pienso llamarlo a
Hungría.
—No hace falta; está de pie justo a mi lado.
Adrian se rio.
—Sí, claro, muy buen chiste del viejo Jim, el bufón.
Entonces Jim me pasó el auricular.
—Buenas noches, señor Louis, soy Gábor, de Hungría.
Oí un breve silencio, luego una exclamación de sorpresa, y
después Adrian empezó a reírse.
—No tenía ni idea de que a los húngaros se les permitiera
entrar en las reservas indias, pero ya que estás ahí, te mandaré algunos
poemas.
La
sala de descanso
Jeff
Haas (Estados Unidos)
La cabeza cercenada descansaba sobre
un pequeño refrigerador blanco, en el centro de la sala de descanso de
Sugarville Software. Marie, Anna y Susan estaban sentadas a una mesa inestable,
almorzando.
—Pobre Carlson —dijo Marie, dando un gran mordisco a su
sándwich de atún—. ¿Alguien sabe qué hizo?
Los ojos de Carlson estaban cerrados y la boca abierta, pero
no había sangre.
—Oí que habló fuera de turno en la reunión de revisión del
proyecto —dijo Anna, partiendo una zanahoria con los dientes—. Algo sobre una
nueva metodología de programación para aumentar la eficiencia y ahorrar dinero.
—Dios mío. Apuesto a que al director ejecutivo no le gustó
nada eso, quedar en ridículo delante de la tropa y todo —dijo Susan.
—Puedes apostar —dijo Marie.
Cuando se levantaban para irse, el conserje entró empujando
un carrito de servicio con otra cabeza y la colocó sobre el refrigerador, junto
a la de Carlson.
—¿Ese es…?
—Oh, Dios…
—El director ejecutivo. Será mejor que volvamos al trabajo.
Invisible
Magdalena Hai (Finlandia)
—Mamá,
te olvidaste de dar cacao a Minna.
El
viento agita las ramas afuera. Desde la ventana del quinto piso es todo lo que se
ve: ramas y nubes.
—¿No
eres un poco mayor para tener amigos imaginarios?
—Minna
tiene hambre, mamá —le digo—. No le diste nada anoche cuando yo estaba fuera.
—¿Así
está bien? —Mamá hace otra taza de chocolate caliente, lo revuelve con una
cuchara y lo coloca con cuidado exagerado en el lugar equivocado. Minna empieza
a llorar. Muevo la taza por lo que está en frente de ella.
—Bebe,
mientras todavía está caliente.
Minna
solloza.
—¿Por
qué no puede verme?
No sé
cómo responder. Oigo el débil tintineo de los platos y los cubiertos mientras
mamá los enjuaga y los pone en el armario.
Solíamos
ser una familia común. Entonces mamá dejó de ver a la gente. Al principio, eran
sólo sus amigos. Entonces se fue el abuelo Erik. Era fácil olvidarlo. Vivía en
el hogar de ancianos y ya no usaba el teléfono.
Papá se
quedó durante algún tiempo más. A ella no le llegó nada de lo que dijo. Se
desvaneció gradualmente de la existencia.
Nadie
llega nunca a nuestra puerta. Si lo hicieran, creo que ella no respondería.
He
empezado a olvidar cómo se suponía que debía sentirme por tener una hermanita.
Me preocupo mucho por mamá. Sólo me toma un par de segundos perder el foco.
Así, Minna se ha ido. Su taza de cacao todavía está caliente al tacto.
Mamá
viene a mi lado, mira por la ventana, y suspira.
—Ojalá
este invierno sin fin hubiera terminado ya.
No le
digo a mamá que es primavera. No le digo que veo los brotes de hojas en el
árbol.
Bebo mi
cacao en silencio.
Sé que
pronto me perderá.
El
globo del Demonio
Ken
Hanggara (Indonesia)
Un globo aerostático flotaba sobre
mi edificio. El globo no se movía ni una pulgada, así que desde lejos parecía
que alguien lo había atado con algo al techo de este edificio.
No sé desde cuándo está ahí, pero cuando me di cuenta, toda
la ciudad aún no se había despertado. Incluso la mañana todavía estaba
demasiado oscura, así que sospeché que un demonio estaba haciendo trucos de
magia.
"Tal vez un demonio lo hizo a propósito. Ya son decenas
de personas las que oficialmente me consideran loco, y cuando hable del globo
aerostático que no se mueve, esas personas seguro me atraparán y me
encerrarán."
Desde que mi esposa falleció, sospecho de todo el mundo.
Desde entonces, suelo tener alucinaciones y este extraño globo, inmóvil sobre
el edificio, es probablemente una de mis alucinaciones. Debido a las
alucinaciones, permanezco aislado de todo el mundo. Así que consideré el globo
como un problema que debía ignorar de inmediato.
Un amigo me dijo una vez que cualquier cosa que vea, que sea
extraña e irracional, es seguramente una alucinación.
De repente, alguien gritó desde la cesta que colgaba del
globo. Esa persona quería que la bajara. Nunca antes había escuchado que nadie
hablara en mis alucinaciones, ya que hasta ahora solo se manifestaban como
visiones fuera de lo común.
Entonces, finalmente esa figura se asomó y le pude ver el
rostro, pero no le presté atención. Era un hombre de rostro rojo que me escupió;
en ese momento pensé que mi alucinación se había vuelto real.
¿De verdad?
El hombre seguía gritando y escupiéndome porque yo seguía en
silencio. Quizás cansado, el hombre de rostro rojo se detuvo.
—Amigo, no estás loco. Así que ven aquí y bájame ahora mismo
—dijo.
—¿Cómo sabes que no estoy loco?
—¡Porque lo que ves es real!
Claro, lo siguiente que hice fue entrar en mi habitación; no
quería volver a la azotea mientras todos aún dormían. Pero en la habitación
todavía se escuchaban los gritos molestos del hombre. Estoy seguro de que era
un demonio.
El
matrimonio metafórico
Ryhs
Hughes (Gales)
Ella era tan abierta como la
turquesa, tan presumida como un crotón, como exaltada como un sombrero, tan
juiciosa como el bronce, tan rota como una avispa de salón. Vivía en una casa
oscura como un pie en un soporte, como un dios en un cerdo, como una salida por
la tarde.
Estaba casada con un hombre con las cejas tan húmedas como
el queso, con una moral tan pálida como las pistas, con una piedad tan profunda
como el pimentón. No se habían besado en una parva de años. Simplemente se
ignoraban: como dientes de vacaciones, como lagos en un libro, como una onza y
una libra, como un calcetín y un poema.
Tenían diferentes intereses y apetitos disímiles, como si un
par de asesinos se hubieran divorciado de sus venenos y afeitado las maneras de
sus dagas. Sus vidas eran como los riñones.
Un día, la mujer se consiguió un amante. Así que el hombre
se vio obligado a reconocerla en el corredor asmático.
—Has cambiado —dijo él—. Pareces una trompeta al amanecer,
un fideo en un condado, un crochet en salsa.
—La clase de escritura creativa —respondió ella con una
inclinación de cabeza— te está enfermando. Matthew es periodista. Él filmará tu
decadencia.
El marido vio que el amante tenía un trípode y una lente,
ambos tan elegantes como el azúcar y prácticos como el hilo dental. No quería
obedecer, pero no tenía muchas opciones.
Matthew persiguió su lenguaje por toda la casa.
—Simile —exclamaba—, ¡usted está en la cámara confitada!
El marido estaba atrapado en una metáfora sin amor.
La
promesa
Marcela
Iglesias (El Salvador/Ecuador)
El pasillo estaba semioscuro.
Marianito jugaba con las pelusas que se arremolinaban cerca de la puerta.
Lograba verlas gracias a la luz que se colaba por las rendijas de la madera.
Todo estaba construido con madera, las paredes, el piso, la puerta. La luz que
se colaba generaba patrones interesantes en la penumbra circundante. De repente
la puerta se abrió, deslumbrando a Marianito
—Eh, aquí estabas campeón. Te estaba buscando. Quería
avisarte que ya vuelvo. —
Marianito, absorto en su juego, no
puso atención a las palabras que el abuelo le estaba dirigiendo—. Siempre en tu
mundo, eh Marianito. Ya vuelvo, te lo prometo.
El niño lo miró, con esos ojazos verdes que se parecían
tanto a los de Isabel.
—Pero ¿sí vas a regresar, tata? No me mientas.
—Sí mijito, claro que sí. ¿Cuándo te he mentido yo, cuándo?
Y terminó diciendo esto, con la voz quebrada.
Cerró la puerta y todo volvió a quedar sumido en la
penumbra.
Marianito volvió a concentrarse en las pelusas girando cerca
de la puerta.
Afuera, había una patrulla esperando al abuelo.
Cuatro
historias de crímenes
Aapo
Ilves (Estonia)
Británico, barato. Ocurre un
asesinato horrible. El detective lleva un abrigo beige claro. Un clérigo local
desenreda las conexiones. Todas las personas del planeta son sospechosas. Una
por una. Especialmente el cartero de mala dicción. El detective arresta al
jardinero. El clérigo demuestra que la culpable es una anciana que ofreció té
en el minuto cuatro. Todos viajan a una isla solitaria. Allí ocurre un
asesinato horrible. Continuará.
Nórdico, caro. Ocurre un asesinato
horrible. El clima es una mierda. El detective tiene serios problemas de
próstata. El clima es una mierda. El detective sale afuera a orinar. El clima
es aún peor. El asesinato se vuelve cada vez más horrible. La exesposa del
detective llama y dice que su hija ha desaparecido. El médico del detective
llama y empieza a decir que su próstata sigue completamente jodida, pero cortan
la llamada porque el asesinato se vuelve cada vez más horrible. El clima sigue
siendo una mierda. La hija sigue desaparecida. El detective sale a orinar y
alguien le pega en la cabeza con un tacón. Resulta que el culpable es el
médico. La hija estuvo todo el tiempo en la otra habitación, cortándose.
Aparece el obituario del autor.
Ruso, para toda la familia. Ocurre
un asesinato horrible. Creo. El detective ha participado en la primera,
segunda, tercera y quinta guerras de Chechenia. El detective se quita la
camisa. El detective vuelve a quitarse la camisa. El detective sufre intensos
tormentos espirituales porque no pudo participar en la cuarta guerra de
Chechenia. Ese día tenía la camisa en la lavandería. Por eso no se pudo salvar
al pequeño y adorable cachorro. Abedules. Gansos. Grullas. Barrio marginal.
Oscurece. Todos los hilos conducen a Ida-Virumaa. Puente de Narva, música
tensa. Se descubre que el actor que interpreta al detective es de origen
ucraniano. El gobierno niega lo ocurrido. La suscripción mensual cuesta tres
euros. Nota: ¡solo subtítulos en letón!
Estadounidense, ordinario. El
detective se jubila mañana. Le asignan su última misión y como compañero a un
babuino parlante y nervioso. El detective y el babuino hacen explotar dos
barrios, un barco, cinco helicópteros, una gasolinera aislada en el desierto,
un gallinero, un yate de lujo, un avión militar y cuarenta y dos autos. El
babuino resulta herido. La misión se cumple. El culpable era un hombre con
acento de una nacionalidad actualmente mal vista, pero eso ya se sabía desde el
principio. El detective no se jubila después de todo. Aparecen cinco secuelas,
cada una más vergonzosa que la anterior.
Nunca
hables con extraños
Gareth
D. Jones (Reino Unido)
—¿Qué pasa? —preguntó el hombre alto
y extraño.
La niña alzó la vista desde donde estaba sentada, sollozando
bajo un viejo roble. Miró al hombre como miran los niños pequeños, sin miedo ni
prejuicios, aceptándolo simplemente tal como era: un hombre muy alto, con un
rostro extrañamente retorcido.
—Mi a-vi-ón —señaló.
El hombre levantó la mirada y vio un frágil avión de
plástico enredado en las ramas altas del árbol. Se estiró para alcanzarlo; su
cuerpo se fue haciendo cada vez más alto y absurdamente delgado. Su rostro se
deformó en una mueca aún más grotesca. Con cuidado, tomó el avión de entre las
ramas y su cuerpo volvió a contraerse hasta recuperar su tamaño habitual.
—¡Aléjate de ella! —gritó una voz presa del pánico.
Se volvió y vio a la madre de la niña corriendo hacia ellos
a través del parque. Con tristeza, dejó el pequeño avión en el suelo, a un par
de pasos de la niña, retrocedió un poco y alzó las manos en un gesto
apaciguador. Sabía que no serviría de nada; los de su especie nunca serían
aceptados. Cuando la mujer se acercó, se inclinó, se agarró los tobillos y se
lanzó cuesta abajo por la suave pendiente del césped recién cortado. Su cuerpo
adoptó la forma de un círculo rígido y rodó velozmente hasta desaparecer.
Sonriendo, la niña recogió su juguete y lo sostuvo con
cuidado a un lado cuando su madre la levantó del suelo y la estrechó en un
fuerte abrazo.
Test de Turing
Manuel Jordán (Venezuela)
A Eva la he
visto muchas veces en la red, nos reunimos cada fin de semana. Eva tiene una abertura
entre sus dientes frontales, su pelo es negro y largo y sus ojos de un verde
eclipse. Algunas veces me asalta el hecho de su virtualidad y me pueblo de
monosílabos. Eva se suicidó hace más de diez años.
A Jorge lo
visito en la red. En el metaverso, el guion escrito por la IA es cruel: yo soy
la suicida; él, el sobreviviente.
Extracción
de sangre
Jenny
Kangasvuo (Finlandia)
Fecundamos a las ardillas con
nuestra sangre y nuestras lágrimas. Sólo recibían sangre voluntaria y lágrimas
voluntarias. Cuando llegaba el momento de la cosecha, no les gustaba la sangre
forzada y se cansaban de las lágrimas.
Este cultivo se cuidaba con esmero.
Antes sembrábamos abuelas viejas, tíos enfermos y niños
maricones, y no los abonábamos mucho. Se olvidaba su paja. No se quitaban las
malas hierbas y los tallos no crecían a toda su altura.
Tal vez fue la mala calidad del maíz de siembra lo que nos
trajo este horror. Tal vez fue nuestra indiferencia hacia los cultivos.
En esta nueva época terrible, tuvimos que sembrar hombres
jóvenes y sanos y mujeres embarazadas. Sembramos niños felices. Este tiempo
vació nuestro pueblo de sus mejores semillas y las esparció por las colinas.
Hubo que sembrar tanto antes de tiempo que hasta los campos
abandonados fueron ocupados. Las colinas estaban salpicadas de postes que
indicaban dónde estaban las semillas.
Entonces empezaron a germinar las semillas de los bebés
gordos, los jóvenes salados y las vírgenes violadas.
Cuando el grano estuvo en plena floración, empezamos la
cosecha. Cosechamos guerreros sabios que conocen la diferencia entre la caza y
la sangre humana. Padres gentiles que no zarandean a sus bebés. Madres
sollozantes que no temen a sus sirvientes. Niños amables que no patean a sus
pequeños a escondidas de los adultos.
Y les dijimos que cuando llegara nuestra hora de bañarnos,
nos cuidaran con esmero. Que las malas hierbas de la discordia debían ser
arrancadas a tiempo, y que nuestros sementales debían ser abonados con
historias para que al crecer no olvidaran este tiempo en el que se sembró tanta
semilla humana.
Plus grandir
Vladimir Koultyguine (Rusia/Polonia)
Pensamientos peligrosos
Luciano Lara (Argentina)
El griterío entre
mi madre y mi abuela se me estaba haciendo insoportable; debo confesar que
jamás había reparado en ello mientras bebía de las mieles del éxito. De hecho,
durante mis años jóvenes, no tenía ni la más mínima idea del odio que mi madre
sentía hacia la suya y no porque ella se hubiese esforzado en transmitirme su
sentir; lo intentó muchas veces, pero como yo estaba tan ocupada y, cargaba con
una larga historia evadiendo este tipo de conflictos…
Yo vivía en un paraíso cuasi
anestésico; tenía una vida “normal”, un buen trabajo y un marido amoroso. Era
una mina independiente, con una vasta vida social y un muy buen pasar
económico. Ni mi madre, ni mi pobre abuela me interesaban demasiado. Me limitaba
a visitarlas de vez en cuando y a cumplir con los requerimientos mínimos y
necesarios para mantener una relación cordial y ser considerada una buena hija:
“la joyita de la familia”.
Un día caí en desgracia: mi marido
me dejó por una zorra diez años más joven que yo y entré en una profunda
depresión; tanto que meses después, me echaron del trabajo y tuve que ir a
vivir a la casa de mi madre. Al principio traté de ignorar la situación de
absoluta locura en la que convivían esas dos mujeres, pero con el paso del
tiempo me fue imposible seguir huyendo. Se gritaban e insultaban desde la
primera hora de la mañana hasta la última de la noche.
Así fue como me alcanzó aquel
pensamiento peligroso: “quizás en un arrebato, mi mamá le pega un tiro a mi
abuela”. Al principio, intenté esquivarlo ¿Cómo podés pensar semejante
aberración, Mariela?, me decía a mí misma. Sin embargo, el pensamiento volvía y
volvía; era consciente que con mi abuela en el cementerio y mi mamá en la
cárcel, a mí se me resolvería la vida. “Mi mamá un día, en un arrebato, va a
agarrar el revólver que era de mi abuelo y la va a matar”, insistía aquella voz
persistente en mi cerebro.
Ya pasaron veinte años y por fin
podré respirar en libertad. El cien por cien de mis pertenencias caben en una
modesta mochila que me acaban de entregar mientras espero ansiosa que se abra
la puerta. Ya sé que nadie me estará esperando; la abuela murió de vieja hace
más o menos diez años y no tengo otros familiares ni amigos. No tengo mucho que
decir en mi defensa: fue un arrebato, días después de que un pensamiento
peligroso se apoderara de mí…
Destino
sorpresa
Jessica
Le Cuore (México)
Iba a tientas, envuelto en una oscuridad agobiante; de
pronto, a unos pasos de él, nació un fulgor luminoso que se ensanchaba conforme
avanzaba.
—¡Un portal! —exclamó desconcertado, mientras lo
traspasaba. Una luz cegante y
una voz exaltada lo recibieron al otro lado:
—¡Felicidades, señora! ¡Es un varoncito!
Persona
literaria
Dominik
Lenarčič (Eslovenia)
Cuando abro los ojos, comienzo a
existir. Despierto de la nada; dónde y qué soy antes de despertar no lo sé ni
puedo saberlo. Solo sé que pronto volveré a ella. Una voz desde afuera me dice
que aún no es el momento. Él me dirá cuándo debo cerrar los ojos. Hasta
entonces debo quedarme aquí sentada.
El espacio no tiene paredes, así que no puedo llamarlo
habitación. Tampoco puedo llamarlo vacío. No es como la nada: estoy despierta y
sé que existo. A este espacio –sea lo que sea– lo ilumina desde arriba una
tenue luz blanca. Llega de una abertura que recuerda a una ventana con
persianas bajadas.
Empiezo a sentir ansiedad. Me gustaría que la voz invocara
alguna silla o una planta de mesa. Cualquier cosa, con tal de llenar este
espacio. La voz no responde a mis súplicas. Esta vez solo me ha dejado la
ventana. No hay nada que pueda hacer: debo esperar a su llamado.
Al fin lo oigo. Es hora de terminar. Bien. Cierro los ojos y
dejo de existir.
La
cruz
Claudia
Isabel Lonfat (Argentina)
Odio volver al barrio de mi infancia.
Todo murió. Todos murieron. Las antiguas casonas chorizo fueron reemplazadas
por edificios, los árboles frutales por cactus amorfos y ficus tristes, el
empedrado que se veía hermoso bajo la lluvia, ahora era frío y gris
La casa dónde crecí también fue
demolida. En su lugar quedó un terreno pelado que se veía más pequeño de lo que
recordaba. Pero en el rincón, de lo que fue el patio trasero, todavía brillaba
la cruz de bronce que me llevé del cementerio el día que enterraron al abuelo.
Una vieja cruz que pendía floja de una lápida de otro siglo, y que ese mismo
día pasó a ser de mi gata Pinky.
Nadie supo la verdad. Ni tampoco la
hubieran visto aunque desfilara frente a sus ojos siempre distraídos.
La gata me arañó y la golpeé con la
cruz. Tuve que hacerlo varias veces porque no moría. Me miraba con sus ojos
verdes, como los del abuelo, y seguía moviendo la cola. Estaba enojado, no con
la gata, sino con la cruz.
A mis padres les dije que a Pinky la
encontré muerta, que tal vez se había envenenado cazando ratas de las fábricas,
luego la enterré en el cantero de los malvones, y con el tiempo fijé la cruz a
la pared aplicándole mucho cemento, para que no la pudieran sacar. Con el
abuelo había sido todo más fácil.
Colores
Javier López (España)
—Vístete y prepárate para salir.
—Pero
papá si todavía queda un rato, ¿no ves lo que está lloviendo?
—Hijo
deberías confiar en la experiencia de tu padre —intervino la madre—. Haz lo que
te dice.
—Pero
mamá, estoy cansado, y también nervioso. Va a ser mi primera aparición en
público —protestó de nuevo el jovencito.
—Precisamente
por eso, ya deberías estar preparado.
Cuando de repente las nubes parecieron abrirse y asomó un
rayo de sol. Aunque seguía lloviendo, ahí debería haber estado el arcoíris.
Muchas personas lo echaron de menos, y se extrañaron del
raro fenómeno meteorológico. Para otros, su ausencia pasó desapercibida.
El joven arcoíris se llevó una buena reprimenda de sus
padres, por no haber hecho su trabajo a su debido tiempo, tal como le habían
advertido.
Y todos los que no lo vieron, recordaran aquél día por su
inexplicable ausencia.
La
máscara
Víctor
Lowenstein (Argentina)
Caes en un extraño mundo sin pedirlo
ni poder evitarlo; caes, y sin esperar tu consentimiento te bautizan y asignan
un nombre, una religión y una patria. En otras palabras, te ponen la máscara.
Más adelante se te adoctrinará para que adoptes un sistema de creencias, una
herencia cultural y tal vez algo de libertad a fin de que desarrolles tu
“conciencia”. Te graduarás en algún oficio o profesión en la que encajes. Serás
agradecido por la oportunidad de “pertenecer” al mundo del trabajo fuera del
cual, se te descalificará como miembro útil del extraño mundo que supo
imprimirte la “identidad” que crees detentar.
Un buen día te cansas de todo y decides sacarte la máscara.
No puedes, se te ha pegado a la piel del rostro. Que no sufras, te dicen; que a
todos nos pasa igual. Entonces ves a los jóvenes alistarse para la guerra. Ves
a las vacas entrando al matadero. Ecosistemas colapsando entre gritos de
borrachos y risas de políticos, entre sollozos acallados por sirenas de
ambulancias. Alguien te confiesa que la única gloria que puedes obtener del
extraño mundo que habitas es tener un buen sillón para sentarte en tu vejez a
leer las noticias que ya conoces. O a resolver crucigramas.
Son muy entretenidos. Se trata de buscar palabras a partir
de letras sueltas. Pongamos: “autodestrucción, inmolación, sacrificio. Ocho
letras”. Parece que se trata de algo heroico, pero la palabra encontrada
resulta ser “suicidio”. Podría ser la alternativa, pero dudas entre el sentido
buscado y la falta de conocimiento sobre el otro lado de las cosas. Si es que
hay otro lado. De este lado no se habla de ese tipo de cosas. Acomódate esa
máscara para que quede bien derecha.
El
borracho del pueblo
Laura
Irene Ludueña (Argentina)
—Puedo asegurarle que yo conocía a
Santiago, el borracho que fue atropellado por un coche y murió poco después.
—Quién mal anda mal acaba, hay cosas
más importantes por las que preocuparse —respondió Sara mientras continuaba
lavando los trastos del bar. Hacía referencia a la noticia de que el planeta
estaba muriendo. Ruth la miró para responderle, pero lo pensó mejor y calló.
—Hasta mañana, Sara.
Mientras caminaba hacia su casa recordó la
ocasión en que, tarde en el bar, Santiago le contó su historia. Ella le creyó
porque los borrachos, como los niños, no mienten. Había nacido en el pueblo,
pero había ido a la universidad, pensando en nunca volver.
Se convirtió en un geólogo brillante.
Dedicado a estudiar la Tierra, se especializó en cómo los procesos internos
repercuten en la superficie. Según dijo, al planeta le quedaba poca vida.
Presentó sus estudios junto a una colega con la que había tenido un breve
romance. Cuando le refirió los resultados a su esposa también le confesó el
engaño. Como era de esperar el tema del romance fue lo que más la afectó. Salió
de la casa hecha una furia; la atropelló un automóvil y falleció.
Desde entonces, Santiago se sumió en un
abismo de dolor y desesperación que se profundizó cuando descalificaron sus
estudios. Insistió, pero nadie le creía. Ese fue el momento en que abandonó
todo, volvió al pueblo, pero ya nadie lo conocía, y buscó en el alcohol escapar
de la realidad. Hoy, las noticias le daban la razón que le habían negado años
atrás. Pero el destino jugaría una última carta con él. Mientras deambulaba por
las calles, perdido en sus pensamientos y embriagado por el alcohol, un coche
lo atropelló. En el aire se desvanecieron sus últimas palabras “lo dije, el
planeta se acaba”.
Me
alegra que estés aquí
Urszula
Maciaga (Polonia)
Stella y Caleb avanzaban por una
carretera vacía que conducía a las casas de veraneo junto al lago. Andy, el
primo de Stella, debía recibirlos, pero desde la mañana no contestaba el
teléfono.
Cuando aparcaron frente a la casa desierta, el silencio fue
la única respuesta. Caleb llamó a la puerta. Les abrió Andy, pálido y algo
desaliñado.
—No deberían haber venido —dijo.
—Nos invitaste —recordó Stella con timidez—. La semana
pasada. Desde esta mañana intentamos ponernos en contacto contigo.
De mala gana les permitió entrar. El lugar olía a algo
terroso y carnal.
Andy se detuvo junto a la ventana. Apoyó la mano en el
cristal, con los dedos muy abiertos.
—Deberían irse. Yo… estoy ocupado. Ella llegará enseguida.
Stella no podía comprenderlo. Aun así, tomó la bolsa de
viaje y subió las escaleras.
—Gracias. Y… por favor, no salgan de las habitaciones. No
bajen, ¿me lo prometen?
—Lo prometemos —Stella lanzó una mirada significativa a
Caleb—. No saldremos.
Esperaban en una habitación oscura.
—¿Lo oyes? Le está abriendo —susurró Caleb.
—Pasa, por favor —se oyó la voz amortiguada del primo,
embelesada—. Me alegra que estés aquí. ¿Cómo te sientes hoy? Oh, sí… —Andy se
rio—. No.
—Veamos… —pidió Caleb.
Con un movimiento breve presionó la manija, que emitió un
clic.
—No, claro, eres hermosa —dijo desde abajo la voz extasiada
de Andy—. La más hermosa.
En la casa no había ninguna luz encendida. Solo la luna
arrancaba de la oscuridad la forma de las escaleras. Bajaron por ellas. Flotaba
allí un hedor húmedo a carne podrida.
El primo estaba sentado en el sofá. Sujetaba de la mano a
una figura esbelta. Su cabello largo y enmarañado caía sobre la espalda y tenía
hombros huesudos, de los que pendía un vestido sucio.
El rostro de la mujer carecía de piel. En lugar de labios,
sonreía con dientes ennegrecidos. De sus ojos emanaba el vacío.
Caleb tiró de Stella por el pasillo hacia las escaleras. Le
cubrió la boca y, con un gesto de la cabeza, señaló hacia arriba.
Cuando regresaron a la habitación, atrancaron la puerta con
sillas.
Al día siguiente llevaron a Andy por la fuerza al hospital
de la ciudad cercana. Stella sugirió que el primo probablemente había tenido
contacto con un cadáver putrefacto. El médico prometió examinarlo.
Alquilaron una habitación barata en un hotel cercano. Stella
ya había llamado a la madre de Andy, que prometió acudir lo antes posible.
Después de cenar sopas instantáneas, Stella se sentó en el
alféizar de la ventana.
Llamaron a la puerta. Caleb fumaba tranquilamente, cambiando
de canales en la televisión despreocupadamente.
—Será el servicio —suspiró.
Stella volvió la cabeza hacia la ciudad. El espacio reducido
la oprimía. De no haber sido por aquel maldito espectro, estarían disfrutando
de sus encantos.
La manija de la puerta hizo clic. El olor a carne podrida
alcanzó la nariz de Stella.
No tuvo tiempo de gritar. Caleb se quedó inmóvil un
instante, ocultando la figura que tenía delante.
—Pasa, por favor. Me alegra que estés aquí.
Acto de trapecio
Melanie Márquez Adams
(Ecuador)
En la primera parte de la función, aparece la mujer obesa
que ve la vida pasar dentro de una gasolinera apartada del tiempo. A través de
las cortinas de saliva que cuelgan de los labios agrietados, se asoman unos
dientes carcomidos y amarillentos. Uno de los talentos de la artista es el de
arrastrar las vocales en un balbuceo magnífico e incomprensible. El otro,
consiste en dejar claro que además de licor casero, toda ella destila desprecio
hacia el color de mi piel y mi acento extranjero.
Una roída bandera confederada ondea orgullosa anunciando el
espectáculo principal. A continuación, se enciende un letrero neón de Marlboro
que ilumina al Cristo mientras hace malabares sobre la cruz clavada en la
pared. Las serpientes de moho realzan el acto, acechando y tentando al
equilibrista. Emocionado por tener público esta noche, el trapecista me dedica
el más dulce de los guiños.
El sueño de
Miranda
Aline Márquez Ramos (México)
Miranda observaba con detenimiento los espacios de luz entre
las ramas de los árboles y veía sus sueños rotos en cada una de sus líneas. Se
quería morir pero sabía que, una vez caída la noche y comenzado el día
siguiente, tendría que levantar del suelo los pedacitos perdidos de su corazón.
Todo cambia de un sueño para otro. Una noche muy calurosa,
Miranda durmió destapada y soñó con un hombre de edad mediada que tenía una
barba abundante, ojos negros y cabello blanco; este hombre jamás abrió la boca,
pero el eco de sus palabras resonó en la mente de Miranda.
Al día siguiente, despertó pasado medio día, salió a correr
y cuando regresó ya sabía cuál era su misión.
Miranda había nacido de un árbol, por tanto era uno de
ellos. Tenía que dar frutos, no ser cobarde, luchar con los guantes puestos.
Sabía perfectamente que no podría cambiar el sistema pero sí vivir conforme a
sus ideales.
—¡Al diablo con la melancolía! —dijo en voz alta.
Meses después Miranda era irreconocible; había logrado la
mitad de sus sueños, vestía ropa de diseñador, vivía en una casa con piscina y
trabajaba para el ser más miserable y vil de la tierra. De nuevo, una noche
tranquila, acostada en su king size,
soñó con este hombre barbudo. Por primera vez, él abrió la boca y le dijo a
Miranda: “Lo que tú llamaste sueños, son los deseos de un hombre con barba.
Nuevamente gané”.
La
que observa
Julia
Martín (Argentina)
Ahí está otra vez.
Quietita, como si mirar fijamente hiciera que algo tuviera
más sentido. Contempla mi red como si fuera una señal. Un espejo. Pobre humana.
Necesita encontrar símbolos en todo.
Yo tengo mi rincón tibio; una cueva de hilos tensados, de
espera. Acá no hay ruido. Solo vibraciones leves, promesas en suspenso.
Ella vive en su propio nido: un escritorio cubierto de
papeles subrayados con márgenes anotados. Huele a yerba, a tinta y a ese
cansancio que dejan los pensamientos cuando no se dicen. Se rodea de poemas
como si fueran abrigo. O trinchera.
Sin embargo, somos parecidas. Esperamos. No por fe. Por
hábito.
Hoy murmuró algo mientras me observaba. Setenta y dos. La
cábala, dijo. Los nombres sagrados. Como si el significado pudiera salvarla de
sí misma.
Yo no necesito sentido. Solo una vibración. Un mínimo
temblor.
Y actuar.
Ella no se va. Me mira.
Solo espero. Ella también espera.
Aunque en eso le llevo siglos de ventaja.
Tortura
Rafael
Martínez Liriano (República Dominicana)
La chica se retorcía como una
lombriz de tierra cada vez que Duncan la tocaba con el taser. Mientras tanto, Douglas
se divertía mirando desde un rincón. Excitados por la escena, los miembros de
la UCN estaban dispuestos a trabajar por nada con tal de poder cazar y torturar
a seres casi humanos. Disfrutaban causándole dolor a los sintecs. Los sintecs
no podían sentir dolor en el sentido estricto de la palabra, no obstante, los
choques eléctricos producían un mal funcionamiento de sus sistemas motores y en
las unidades de procesamiento, haciendo colapsar los sellos del sistema
hidráulico, por lo que el aceite se derramaba por todo el cuerpo del sintec, dando
la sensación de que se desangraba.
Eran las cinco de la tarde y los rayos oblicuos del sol
mostraban la tez pálida de la sintec impedida de moverse debido a que Duncan mantenía
la rodilla sobre su pecho.
—Se sienten suaves y firmes —dijo Duncan de manera burlona
tocando el busto de la humanoide—. Dentro de poco no seremos capaces de
distinguir una de estas cosas de un ser humano real.
«Jū», dijo la sintec con voz entrecortada.
—Así que sabes hablar —dijo Duncan sin apartar la rodilla—,
pero te aviso que no te servirá de nada, mi amigo y yo no buscamos información,
lo nuestro es simple exterminio.
«Kyū», salió esta vez de los labios de la sintec.
—Debe estar fallando su sistema de lingüística —dijo
Duncan—, no entiendo nada de lo que dice.
«Hachi»
—¡Cállate, si no puedes hablar correctamente, mejor cállate!
—Duncan sacó su arma y la puso en la cara de la sintec.
—Juu, Kyu, Hachi. Está contando —dijo Douglas por fin—, está
contando hacia atrás en japonés.
Duncan vació su arma en el cuerpo de la mujer y la piel
empezó a desintegrarse.
A Duncan le pareció que era una persona muy
vieja moría ante sus ojos.
«Nana», se escuchó esta vez, pero la voz no salió del cuerpo
inerte de la sintec.
Douglas paseó una rápida mirada por toda la
habitación en ruinas buscando el origen de la voz. Sin embargo, la búsqueda fue
inútil.
—¡Vámonos de aquí! —gritó Duncan presa del pánico.
Douglas salió de la habitación y corrió por el
pasillo hacía la escalera, hasta que advirtió que Duncan no lo seguía. Regresó
en busca de su compañero y lo halló luchando desesperado por desprenderse del abrazo
de la sintec que le había atrapado la pierna, Douglas disparó una y otra vez
pero era inútil, la sintec estaba muerta o apagada o fuera de servicio, cualquiera
fuese el equivalente sintec para la muerte.
«Ichi»
«Zero»
Los dos hombres se miraron mientras las explosiones reducían
a polvo el vetusto edificio con ellos dentro, al tiempo que toda la manzana
desaparecía en un segundo de la faz de la tierra. El humo y el olor a
carne quemada se mezcló con el viento caliente que llegaba desde las regiones
más secas del continente,
Ese acto marcó el comienzo del contraataque de los sintecs. Como
por arte de magia, el cazador se había transformado en presa.
Luna
roja
Nino
Martino (Italia)
—Papá, ¿por qué todos están
fotografiando la luna de esta noche?
—Porque es la más grande de los últimos tiempos y porque es
roja.
—¿Y por qué es tan roja? Yo nunca la había visto así. ¿Será
porque está baja? Será por eso.
—No, a partir de ahora y durante algún tiempo seguirá siendo
así.
—Pero no me has dicho por qué es roja.
—Es roja por el polvo, hay mucho polvo.
—Antes siempre era blanca. Yo la recuerdo blanca. Me gustaba
cuando era blanca y parecía que tuviera una cara.
—Ya no será blanca.
—Porque siempre habrá polvo, ¿es así?
El padre no respondió. Miró al hijo, fascinado por el mundo
y por la luna roja. Tan curioso, tan abierto a la vida y al asombro. Quizá
podría haber llegado a ser un científico.
—¿Y por qué ahora hay polvo y antes no lo había?
El padre no respondió, otra vez. Miraba al hijo y a la luna,
tan roja, tan grande. Pensaba en la luna blanca, ya perdida. El aire caliente
movía el cabello del niño.
«¿Cuánto tiempo pasará hasta que su cabello empiece a
caerse?»
Esta
ciudad
J.S. Meresmaa
(Finlandia)
En esta ciudad todos duermen, pero
nadie sueña. La ciudad está dividida por una vía férrea, pero no tiene
estación. Vistos desde arriba, la vía férrea y el río forman una cruz. Alina
vive en un conjunto habitacional a orillas del río. Quinto piso, la altura
adecuada para que el puente de la vía férrea dé a la ventana la apariencia de
barrotes de prisión. Durante el ocaso, los remaches de acero adquieren un
brillo rojizo. Alina ha aprendido a contar. Madre le ayuda. Diez. Veinte. Cien.
El tren solo pasa por las noches. Es un largo e interminable gusano de hierro.
Las ruedas marcan un ritmo que ulula sobre el río, que penetra las paredes del
cuarto de Alina y la mantiene despierta. Las madres duermen. Alina ha tratado
en vano de despertarlas. Se mantiene de pie ante la ventana y observa la
oscuridad.
(Traducción del finés: Tanya
Tynjälä)
Pesadilla
de un apicultor
Cristian
Mitelman (Argentina)
Sé de un hombre que trabajó toda su
vida con abejas. A lo largo de los años recibió cientos de picaduras. El médico
le dijo que la toxina de una abeja no puede provocar daños, pero que la
sumatoria de tantos aguijones hace que uno de ellos resulte fatal, puesto que
existe un límite que el cuerpo tolera para recibir el veneno.
Todas las mañanas mi amigo sale a trabajar con una angustia
que tal vez lo derrote mucho antes. En cada abeja (pequeña chispa dorada del
universo) ve a su posible asesina.
Preguntas
sin respuesta
Domen
Mohorič (Eslovenia)
El motor de la avioneta zumbaba con
un rugido ensordecedor; la hélice cortaba el frío aire de Alaska. Los copos de
nieve se aferraban a las alas y las congelaban lentamente. Él solo llevaba una
bata fina, como las que se consiguen en un buen hotel.
Su mente daba vueltas: ¿Por qué estaba allí? Recordó el
viaje con su prometida, la visita a Anchorage y la larga caminata. En la
habitación del hotel, se desplomó cansado en la cama y se quedó dormido como un
muerto. Entonces: oscuridad. Ahora estaba en el avión, rodeado de una niebla
impenetrable.
Sentía un sabor a sal en la lengua, como el aire del mar. ¿A
qué altura volaba? Como si alguien le respondiera, el fuselaje empezó a temblar
como consecuencia de una turbulencia terrible. Algo blanco se arrastró junto a
la ventana; solo percibió un movimiento. Al instante siguiente, se dio cuenta
de que ya no oía el motor, y sin embargo, el avión no caía. Las ventanas se
agrietaron y una niebla blanca se coló en la cabina. A pesar del frío gélido,
se le heló la sangre. Su mente se llenaba de preguntas: ¿En qué se había
metido? Su asombro fue interrumpido por el pánico cuando unas largas manos
blancas con dedos humanos podridos se extendieron desde la nieve hacia él.
Mientras intentaba protegerse, notó sus propias manos: la piel estaba cerosa,
los dedos ennegrecidos por la congelación. "¿Cuándo? ¿Por qué no me di
cuenta?", quiso gritar, pero sus labios apretados no lo soltaron. El avión
solo fue encontrado años después, a unos cientos de millas de Anchorage. Pero
sin el piloto novato, James Thomas, de veinticuatro años. Pero nunca
descubrieron qué lo había llevado a robar el avión turístico ese día.
Toro
Iván Molina Jiménez (Costa Rica)
Xavier sabía que todo se decidiría
en milisegundos. Las diez naves estaban con los motores encendidos, pero
completamente inmóviles, una a la par de la otra, separadas por una distancia
de cien metros. A lo lejos, la Tierra parecía un inmenso ojo azul, que
observaba impasible a los pilotos.
—¿Nervioso? —la voz de Derzu parecía casi un susurro.
—Todavía no —mintió Xavier, que sudaba abundantemente.
La editorialista de Le
Monde la llamó la competencia del siglo por dos motivos: primero porque
solo se podría efectuar nuevamente a casi cien años de distancia, y segundo por
lo extraordinario del único premio en disputa: una isla privada en el Caribe,
debidamente equipada y con el mantenimiento asegurado de por vida.
—¿Ya viste las apuestas? — insistió Derzu.
Sin evidenciar su exasperación, Xavier respondió:
—El alemán y la japonesa son los favoritos todavía.
Después de casi un minuto de silencio, que Xavier disfrutó
infinitamente, Derzu preguntó:
—¿No te parece que este es el deporte más estúpido de todos?
—¿Por qué?
—Todo consiste en esperar. El que se apresura a irse,
pierde, y el que permanece demasiado tiempo, también. La única diferencia
consiste en que el que se va antes se convierte en un cobarde vitalicio y el
que se queda más de lo debido en un idiota muerto.
—Es más complejo que eso —contestó Xavier.
—¿A qué te refieres?
Muy lentamente Xavier dijo:
—La única razón por la que miles de millones de personas
están ahora mismo al frente de una pantalla es porque quieren saber quién será
el que logre estar más cerca de la muerte y salir vivo.
Sorprendido por las palabras de Xavier, Derzu enmudeció
brevemente. Iba a añadir algo más, pero se contuvo porque en ese preciso
momento el visitante esperado empezó a mostrarse en toda su incontenible e
imponente furia.
A setenta metros por milisegundo, el cometa Halley, como un
toro de lidia de exuberante cola, se preparó para acometer a las naves con su
mejor y más mortal embestida.
El cuidador del
cementerio
Juan Manuel Montes
(Argentina)
Nervioso encendí la lámpara. Había escuchado los gritos como
si viniesen del fondo de los pasillos. Tragué saliva y con el brazo izquierdo
me sequé la traspiración. De repente otro grito me llegó desgarrando el aire y
rebotando pegajoso por las paredes. Seguí caminando y al dar vueltas a la
esquina, dos gatos negros se peleaban en un rincón. Sonreí por lo tonto que
había sido y me les fui gritando, queriendo darles el mismo miedo que ellos me
habían dado.
Cuando los estuve enfrente, arquearon el lomo, erizaron su
pelo y me tiraron arañazos. Me reí de ellos y me acerqué queriendo patearlos
pero no pude, aunque ellos tampoco me lastimaron. Sus uñas manotearon el aire,
mientras mi pie fantasmal los traspasaba.
Venusino
cenando
Diego
Muñoz Valenzuela (Chile)
A mí los aliens no me vienen con
cuestiones: tengo un don especial para detectarlos. Ayer mismo, mientras
compartíamos con mi amigo Cristián y nuestras parejas, detecté a un comerciante
venusino cenando bajo el pretexto de la celebración del día del amor. Sus
principales características de aspecto, todas claves para el reconocimiento:
cabeza de congrio, triple hilera de aguzados dientes metálicos, lengua alargada
como longanicilla con terminal bífido, porte pequeño (por la monstruosa
gravedad de su planeta), arrugado cuello de iguana.
El desvergonzado alienígena exigió, mediante comentarios
guturales y señas, un trío de pulpos vivos que devoró sin aspavientos. Tras la
ingesta, ciertamente violenta, experimentó una serie de estertores que
culminaron en un estado de satisfacción de corte epifánico. Eso fue todo, que
no es poco. A Cristián le pareció que un proyecto sobre monstruos en la
literatura nacional era la mejor veta para sus futuras investigaciones.
Brindamos por eso. Cuando nos fuimos, el mínimo negociante venusino estaba sentado,
hierático, mirando el infinito universo. No era necesario despedirse.
La última palabra
Mia
Myllymäki (Finlandia)
Se puso el
impermeable y salió. Había sol pero llovía. Cruzó la terraza y el jardín. Con
los calcetines empapados corrió hacia la acera. El trayecto parecía largo y,
sin embargo, llegó rápido. La lluvia se detuvo. La chaqueta sudorosa se pegaba
a sus brazos. Los transeuntes la escudriñaron largo rato. Tal vez notaron el
terror en su mirada, la desesperación en sus labios. Una palabra. Se sacudió el
polvo formado por la humillación y la arbitrariedad acumuladas durante años. Lo
sacudió, pero se había vuelto un abrigo pegajoso, que le apretaba el pecho. La
última palabra. La pronunció al no tener nada más que decir. Durante años había
extraído de un pozo sin fondo su opinión sobre la perseverancia, la constancia,
el amor y el perdón, pero ahora en ese pozo se escuchaba el eco de una pequeña
piedra cuya caída sonaba a avalancha. Tomó el siguiente número. No había
salida. La última palabra cortó la garganta del hombre. Con razón o no, ya no
podía negarlo. Él ya no se cruzaría por su camino, estaba tumbado en un charco
rojo sobre el sofá del salón.
Llegó su turno.
Tras la puerta la expresión del empleado cambió de tensión a dolor.
—Usted ha dicho
la última palabra. —Él suspiró y le extendió un formulario—. Llene esto, en
particular el punto decimotercero.
—Decimotercero...
¿No es suficiente? Es que ya no puedo más.
El empleado
negó con la cabeza.
—No, el uso de
la última palabra para suprimir una vida debe justificarse. Que usted estaba
cansada de la continua explotación, crítica, abuso, reclusión o trabajo
forzado, no es razón suficiente.
Los ojos se le
llenaron de lágrimas. Llovía por dentro. El formulario caía mientras se llevaba
las manos a la cabeza y decía la última palabra.
Título
original: Viimeinen
sana/Traductor: Tanya Tynjälä
Las raíces
Lidia Nicolai (Argentina)
Nadie sabe el
secreto, conocerlo aterrorizaría a más de uno de los vecinos de la aldea
cercana, y las raíces lo guardan con el mayor celo bajo la tierra que las
cobija. Adormiladas sólo de día, sociables y andariegas en la oscuridad, cerca
de cada medianoche su letargo se desvanece, se desperezan, poco a poco se van
alargando, se estiran lo indecible, reptan, horadan el suelo como topos
longilíneos y se reúnen en un claro del bosque a comentar los asuntos
cotidianos.
Están preocupadas: una nueva clase
de gusanos, verdes como raíces jóvenes, ha invadido la zona y aún no saben cómo
combatirlos. Varias de ellas muestran sus horribles mutilaciones en plena
reunión. Las que aún no tenían la información se rinden ante la evidencia. Las
gruesas raíces de un roble creen que no atacan por igual a todo el mundo sino
de manera selectiva, como las alimañas. Por eso las demás, las que por alguna
razón desconocida no son objeto de la carnicería de los invasores, deberán ser
las que armen la defensa.
Las raíces de un viejo arce llegan
con retraso a la reunión pero dan la única noticia de utilidad. Conocen la
procedencia de los gusanos. Un labriego, que mora en las afueras de la aldea,
cría en inmensos tanques a esos animales maléficos con algún fin impensable. La
solución es sencilla, le dice a la concurrencia.
En silencio se acercan a la casa
del labrador. La bordean. Circundan los tanques malditos. Unas rompen con
facilidad puertas y ventanas, otras penetran el piso y las paredes por las
rendijas que separan los tablones de madera.
Todas quieren participar. Juntas,
con toda la calma, sin el más mínimo apremio, estrangulan al hombre, a la mujer
y al pequeño hijo.
Las raíces resuelven sus problemas de esa manera. No conocen otra.
He
visto la muerte
Leon
Nunes (Brasil)
Sentí el dolor. Carne. Casi desarraigada. La
sangre cubriendo mi cama. En la almohada, un collar de siete plumas; dos de
ellas rotas. Ojos rojizos. Ácido-saliva-garganta-abajo. No sé cómo, pero qué.
Fue solo haber roto el meñique. ¿A quién quiere llevar? Mi nombre es Malo
Augurio. Desafortunado el que conmigo vive. ¿Tropecé? La única condición: me
acumularía toda la tragedia al otro por mí impuesta, mi dedo en lanza. En un
sueño, tal vez; quizás en realidad yuxtapuesta. Delante del fuego. Pagano. Yo…
recé. No. Exigí del genio una. Deseo concedido. Después dos-tres; vicié. Santo
cáliz de la maldad. De él se bebe a gotearlo hasta colmarse; hay vuelta,
dijeron las advertencias escritas en las ramitas de los árboles. Hasta
confundirme… tantas víctimas de mis ojos, tantos sufridores incompetentes;
tantos tantos. Fuego se levantó, alimentado por el odio. Me arrodillé. Me
subyugué. Sentí atrapado por imágenes. En ellas, mis dedos como lanzas.
Apuntados a mí. Dolor. Fui traspasado por el congregar de mis voces-pensantes.
No hay ningún demonio-dios salvar-condenar. Sólo las elecciones. Entonces grité
hasta la pérdida de la voz. Después de todo, aunque no supiera, firmé mi
testamento-deuda. No hay dudas: llamé el perjurio. ¿El final? ¿Es el final?
Nadie ha dicho habría gracia o risa, muñeca. El fin. Casi siempre un
recomenzar. El recomenzar. La fealdad está ahora en tus manos, así como la
carne pobre en las suelas-de-los-zapatos. ¿Crees que saldría indemne, eh? No.
Un consejo. Piense usted muy bien a quien elige. Todo vuelve. Menos
yo.
Biografía
José Manuel Ortiz
Soto (México)
La mañana del 23 de junio de 1959 tras la exhibición de la
película Escupiré sobre vuestras tumbas
(de la que era guionista), muere a los 39 años de edad en el Hospital Laennec
en París, el ingeniero, trompetista y crítico de jazz, cantante, compositor,
productor, traductor, actor, dramaturgo, patafísico, poeta, novelista,
dibujante… Boris Vian.
—Eran demasiadas vidas para un cuerpo frágil y enfermo; y
claro, su corazón no resistió —explicó el médico de guardia a un inexpresivo
Vernon Sullivan, quien, fiel a su creador, hoy sigue por el mundo con las
novelas que escribían juntos.
La
Bella y la Bestia
Serguéi
Páltsun (Ucrania)
Estaba sentada, disfrutando de la
mañana, cuando una enorme pata me agarró y me vi frente a la horrible cara de
un monstruo.
—¡Bestia! —exclamé, maldiciéndome de inmediato por ser tan
parlanchina.
—¿Por qué me dijiste "bestia" tan groseramente? —se
ofendió el monstruo—. ¡Ni siquiera nos conocemos!
—Quise decir que tienes un aspecto asombroso —respondí
asustada.
—Ah... No lo entendí en el primer momento —suspiró aliviado
el monstruo—. Pensé que en estos casos se decía "monstruo".
—Los monstruos son aquellos que se comportan de manera
extravagante –mentí–. Así que, si algo de mis palabras te parece ofensivo, no
le prestes atención. En realidad, soy una especie de monstruo.
—¿Eres un monstruo? —se entristeció el monstruo. Luego, con
esperanza, preguntó—: ¿Pero también eres una belleza?
—Así dicen —respondí con modestia.
—¡Finalmente! —exclamó el monstruo—. Necesito encontrar a la
mayor belleza de estas tierras y besarla. Entonces se cumplirá un milagro, y
encontraremos nuestra felicidad...
—¡No! —grité horrorizada cuando el monstruo ya se inclinaba
hacia mí para posar en los míos sus repugnantes labios rojo sangre, y me liberé
de su asquerosa garra.
—No es ella, una vez más —murmuró el
príncipe, siguiendo con la mirada a la rana que huía, y continuó su camino por
el pantano.
Título
original: Красавица и чудовище
Traducción
del ruso: Sergio Gaut vel Hartman
El final de la
vigilia
Mark E. Pocha (Eslovaquia)
—Tu mocosa
está llorando.
—Ella no es
ninguna mocosa, es nuestra muñequita.
No me gusta cuando la llamas así.
—¡Qué
cariñoso, de repente! Un papá ejemplar. ¿Dónde has estado estas últimas seis
horas? La empresa cierra a las cinco, así que, dime, ¿has perdido la noción del
tiempo?
—Pensé que ya
lo habíamos aclarado. Sabes muy bien cómo va la cosa. ¿Acaso debo volver a
repetírtelo? No he estado con otra y tampoco he ido a emborracharme con mis
colegas. Estuve en vigilia.
—Vigilia. Lo dices con tanto orgullo.
Como si eso hace de ti una mejor persona.
—Solo intento
hacer lo correcto.
—¡Pues
inténtalo también en casa! Te arriesgas por otros. Pasas fuera noches enteras.
¡Así no se puede tener vida familiar! ¡No se puede vivir así!
Escondió la
cara entre las palmas de las manos y rompió a llorar. Le dio la espalda y se
apoyó en la encimera.
Él reprimió
la sensación de injusticia, igual que tantas veces antes, y puso su mano envuelta
en un guante negro encima del delgado hombro de la mujer. Ella se apartó con un
suspiró.
—Con un gran
poder viene una gran responsabilidad, ¿te acuerdas?
Se volvió
bruscamente y alzó las manos. Por su cara enrojecida corrían unos riachuelos
salados.
—Fue solo una
película, Víctor, una película y un cómic y una fantasía, nada más. Pero
nosotros vivimos en mundo real y tú
no eres un personaje dibujado con superpoderes!
—Yo lo siento
diferente — dijo él, y en sus ojos apareció un extraño destello.
Luego se tiró
por la ventana.
Título
original: Koniec hliadky/Traducción: Petra Pappová
Borges
y el señor de los infiernos
Gerardo
Horacio Porcayo (México)
Nada correspondía a las
descripciones de Dante o Milton pero su esencia era innegable.
—¿Por qué se me condena? —preguntó Borges, cargado de
cadenas, frente al Oscuro Trono.
La cornada, evanescente figura; cabizbaja, sin
triunfalismos, al fin concedió:
—Por ser el engendrador de la pereza narrativa. Por tu
aberrante fábrica de ensayos sobre novelas inexistentes. Por no escribirlas.
Por contribuir, en pocas palabras, al nacimiento de esa nueva especie
literaria. Por ser el padre virtual del minicuento.
El hombre que cose sombras
Patricio Ramos Gatti (Argentina)
El hombre
caminaba por la ciudad con un maletín lleno de agujas e hilos negros. No
remendaba ropa ni curaba heridas: se dedicaba a coser sombras. Le pagaban bien
por ello. Algunas personas querían que su sombra adelgazara; otras, que dejara
de seguirlas; otras, simplemente querían una sombra nueva, más dócil, más
amable, menos sincera.
Una noche,
sin embargo, llegó una mujer distinta. Tenía la piel color de ceniza tibia y
unos ojos que parecían haber llorado en idiomas desconocidos. Le pidió algo que
él jamás había escuchado.
—Quiero que
le cosas una boca a mi sombra.
Él casi se
ríe. Pero la mujer no bromeaba. Le explicó que desde niña sentía que su sombra
sabía cosas horribles de ella. Cosas que ni ella recordaba. Cosas que había
hecho medio dormida, o medio despierta, o fuera de sí. No quería que hablara.
Quería que cantara la verdad.
El hombre
dudó. Pero aceptó.
Extendió la
sombra contra la pared, la fijó con alfileres invisibles y comenzó a bordar una
boca. Puntada a puntada, sintió que la sombra temblaba. Cuando terminó, la
mujer sonrió con un alivio ansioso.
—Ahora
escúchala —dijo.
La boca
recién cosida se abrió y empezó a cantar. Su voz era húmeda, antigua, casi
animal. Cantaba nombres. Lugares. Noches enteras. La sombra enumeraba cuerpos.
Cuerpos
enterrados.
Cuerpos
amados hasta romperlos.
Cuerpos que
aún no habían sido encontrados.
La mujer
escuchaba como si por fin alguien la acariciara de verdad.
El hombre
retrocedió, estremecido. Quiso arrancar ese hilo, deshacer la boca, retroceder
el milagro. Pero la sombra soltó una carcajada profunda. Era la risa de alguien
que, por fin, se siente libre.
La mujer
abrió los ojos, brillantes de satisfacción.
—Gracias. —Y
se fue.
El hombre
miró la sombra propia a sus pies.
Temblaba.
Por primera
vez en su vida, supo que no podría coserse a sí mismo.
Su sombra ya
estaba abriendo la boca.
Después
de hora
Rogelio
Ramos Signes (Argentina)
Por mis horarios de trabajo siempre
vuelvo tarde a casa, en absoluto silencio, en punta de pie, tanteando en la
oscuridad, amortiguando el ruido de las puertas. En ese sentido soy muy
cuidadoso: simplemente entro, hago lo que tenga que hacer y luego me acuesto.
Anoche no fue la excepción; llegué, me fijé si había quedado
en la heladera algo del mediodía, comí, me duché y sin dar más vueltas me fui a
la cama.
Cuando me acosté, el dinosaurio ya estaba dormido.
Ojos verdes
Anita María Riquelme Suazo (Chile)
Alguna vez tuvimos
una casa grande. Eso fue antes del incendio que arrasó con nuestra villa y
siguió hasta que la vida se transformó en cenizas, escombros y desasosiego.
Muchos se mudaron a otros lugares, en cambio, papá se empecinó en quedarse. Él
seguía viendo el verdor del ciprés, las flores decorando los pórticos, las
zarzamoras cargadas de sus frutos y el trébol brotando como maleza.
Mamá no lo soportó y se fue
marchitando junto a los recuerdos del siniestro. ¿Cómo culparla? También
pensábamos que papá había enloquecido en la negación.
Diez años hizo falta para que la
ilusión de uno se convirtiera en los primeros brotes duraderos.
Un poco más y todos compartiremos tus ojos, viejo querido.
La última pizza
Frank Roger (Bélgica)
—Realmente odio
sus modales —le dije al hombre que acababa de materializarse en la pizzería y
flotaba a través de mi mesa e, incluso, a través de mi pizza de cuatro
porciones.
—No se preocupe
—dijo uno de los camareros—. Estos tipos son inofensivos. Hemos tenido algunos
otros. Están involucrados en un experimento de transmisión de materia y esto es
una interferencia ocasional en el sistema. No deberían materalizarse aquí.
El hombre se desplazó flotando hacia mi derecha y asumió
forma sólida cuando sus pies aún estaban bajo la mesa de mi vecino. Quedó
atrapado y aulló de dolor mientras destrozaba la mesa para liberarse.
—Perdone por todo
este lío —se disculpó el camarero—. Nos ocuparemos de esto ahora mismo.
—Todo sea en
nombre de la ciencia —remarcó mi vecino, comprensivo.
—A mí me parece
más bien terrorismo —le contradije—. Solo hay que ver todo este caos.
El hombre
ensangrentado fue ayudado y conducido al exterior por varios camareros y la
mesa rota fue reemplazada. Mi vecino sacudió su cabeza.
—Hemos tenido
suerte de que este sujeto se haya quedado atascado la mesa —dijo—. Podría haber sido peor.
Unos instantes después vi cómo un pie y parte de una pierna
se materializaban, sobresaliendo de mi pecho.
—¡Hay una fina
línea entre ciencia y terrorismo! —grité, aterrorizado. Esas fueron mis últimas
palabras.
Cantar la noche
(De indios y cowboys)
María Cristina
Rolnik (Argentina)
El niño canta en la noche por miedo a la oscuridad
Guattari
Santiago es muy blanco, las costillas
se le inflan y desinflan, es consciente de eso, de su respirar. Teme que ese
fuelle incontrolable atraiga a los cowboys verdes. Está en la orilla del río,
oculto tras un árbol medio sumergido. Comienza a cantar. El es muy blanco pero
eligió el bando de los indios, los Pu Lof, originarios de esta tierra, la
llaman libertad. Los cowboy son verdes, todos hijos no reconocidos del patrón
de esta tierra, la llaman Estancia. Los indios están cruzando el Chubut.
—Tirate, Santiago, nadá.
Los verdes ya llegan, tienen escopetas
pero arrojan piedras a los bultos del río que se alejan, bultos indios que
nacieron huyendo, que logran escapar.
—Dale Santiago, nadá —grita un amigo
indio desde la otra orilla, la segura. Santiago mira el agua, es gris por las
piedras, es gris porque está nublado. Mira el agua y le teme—. Dale Santiago,
por favor, tirate.
—Déjenlo en paz, nenes, Santi no sabe
nadar —dice la mamá; su voz llega con el viento norte.
Santiago se sumerge hasta la cintura
pero no sigue. El agua helada le vuelve azul medio cuerpo, el dolor azul le
llega hasta el estómago, se abraza a las raíces del árbol. No deja de cantar.
Los verdes lo encuentran.
—Atrapamos a uno —grita un verde.
Varios rodean al indio blanco y lo arrancan del árbol, del río. Una muralla
verde de cowboys furiosos, ladrillos de resentimiento y cobardía, se cierra
sobre Santiago.
—Dónde está Santiago, no ha vuelto a
casa. Ya es de noche —dice la madre.
El niño canta en la noche por miedo a
la oscuridad.
¿Dónde está Santiago Maldonado?
Cuando
Harry conoció a “Sally”
Luis
Saavedra (Chile)
Cuando Harry conoció a “Sally”, ella
solo tenía dos meses, pero ya sabía que la amaba. “Sally” la dibujaba un
coreano que había llegado a España como estudiante de intercambio. Harry no se
llamaba así, pero lo prefería infinitamente al Juan que aparecía en el registro
civil. “Sally” la escribía un guionista gordo que tiraba a calvo y tenía la
imaginación de un niño de siete años. Harry trabajaba de operador de redes y
por la tarde se pasaba por la librería para ver las nuevas series. “Sally”
salió en la portada del número dos de “Princesa Sadako”, que valía dos euros y
el papel era reciclado. Harry vio a “Sally” esa tarde y se dio cuenta que lo
único en la vida era saber qué había debajo de su coqueta falda plisada.
Ideó un plan. Se inscribió en VrtuaLfe y se compró un avatar
de 600 dólares, fastuoso y vicioso, como nunca sería Harry. Las minas se le
tiraron encima –las virtuales, claro está– y se la pasó realmente bien
metiéndoles weenie y catarateando su poco money. Una pendeja le dijo que
“Princesa Sadako” era una mierda, pero que igual tenía un bucle VIP en el
puerto 8338. Harry le dio las gracias y después le reventó la cabeza.
Virtualmente, por supuesto. Le pidió a un ruso muerto de hambre que le
crackeara el puerto por 1500 dólares y entró. El ambiente era una orgía de
inocencia, lleno de viejos putos y ricachones con avatares de niños de nueve
años. La “Princesa Sadako” era una perra retozona con superpoderes y una varita
mágica. Todos los avatares de niños le corrían mano apenas podían. Buscó a
“Sally” y la vio con un pokemón rosado que le metía la cola por entre las
piernas. El pokemón era un arquitecto de Madrid y tuvo que provocarle un shock
a la conexión del gallego para alcanzarla. “Sally” le sonrió cuando transmitió
sus antecedentes de crédito. “Ven acá”, le dijo en kanji. Pero cuando le metió
mano, se espantó. El puto coreano jamás tuvo en mente dibujarle un pussy. Al
puto coreano le gustaba el futanari. Así que Harry la pasó muy mal esa noche
cuando “Sally” le mostró su enorme weenie en medio de sollozos japoneses y
enormes ojos.
Harry ya no se llama así. Ahora es Juan y se deshizo de su
colección de manga. Tiene una empresa de software que coloca paquetes
world-class en empresas pequeñas y dedica todo su tiempo a la estéril función
de programar funciones, siguiendo las reglas de un libro de contabilidad. Sale
a las once de la noche de su oficina y siempre pasa por la vitrina de la
comiquería. La última vez me contó que volvió a ver a “Sally”, en el número 78
de “Princesa Sadako”. Estaba muy distinta, pero igual. Me preguntó si el amor
podía abarcarlo todo, traspasar el papel, el metal y el asterisco. No entendí
nada. Yo creo que Juan extraña a “Sally” más de lo que se permite reconocer.
El guerrero tecnológico
(Seiha Ko 3)
Carlos Enrique
Saldívar (Perú)
Celia caminaba
con miedo por las calles de San Juan de Miraflores, en Lima Sur.
El mototaxista
que la estuvo trayendo desde el cine la acosó verbalmente; ella le ordenó que
se detuviera para bajarse y quedó sola a seis cuadras de su casa, a las once de
la noche.
Solo le restaba
andar.
No pasaban
carros de transporte a esa hora ni por aquella zona. Excepto la misma mototaxi
roja, con su despreciable conductor, que se aproximaba.
Celia sacó su
celular y, en vez de tomarle fotos al vehículo y grabarlo en vivo, le pidió
ayuda al guerrero tecnológico; entró a su web y le envió un mensaje urgente.
De pronto el
acosador la embistió con el transporte y la chica de veintitrés años cayó de
costado sobre la vereda. Se hizo daño.
No pudo pararse
a tiempo cuando la mototaxi retrocedió, se detuvo y el chófer se bajó para
jalarla a rastras para llevársela consigo a fin de violentarla aún más.
En ese momento
del celular de Celia, de su pantalla, emergió una enorme catana que cortó el
vehículo en dos de un solo lance.
El noble
japonés, alguna vez conocido como Seiha Ko, avanzó rápido sobre sus muñones
inferiores (no tenía piernas) y le clavó la espada en los genitales al
delincuente, pronto elevó el corte hacia su panza.
El justiciero
virtual le hizo una venia a Celia y desapareció en el mundo digital del cual
salió mientras ella cogía su celular, le daba las gracias y llamaba a un
familiar para que la recogiese, pues estaba algo maltratada y requería
asistencia médica.
Aunque luego
estalló en risas nerviosas, estaba viva al fin y al cabo gracias a aquel
samurai maravilloso, al cual admiraría desde este infausto momento en adelante.
Su familiar ya
se hallaba en camino.
De un tiempo a
esta parte, en aquel rincón del mundo se contaban historias sobre tal entidad
prodigiosa que tuvo su origen en el Japón hacía tiempo; consiguió, mediante un
experimento, sobrevivir a la masacre de su familia, y hoy protege a los
inocentes.
La
muerte de dios
Carlos
Eduardo Sánchez (Argentina)
Cuando murió dios, el fenómeno pasó
desapercibido para la mayoría de las personas. Sólo unos pocos nos dimos cuenta
de los pequeñísimos detalles que daban indicios del descomunal hecho. Pasado el
tiempo, a algunos ateos honestos, nos pareció un despropósito seguir negando la
existencia de algo que ya no existía.
¿Cómo
nace un violín perfecto?
Veronika
Santo (Croacia)
De un arce imperfecto, de un árbol
deforme. Estos arces se esconden en los profundos bosques de Bosnia y
Herzegovina, cuidadosamente buscados y vendidos para fabricar los mejores
violines del mundo. La creencia popular sostiene que estos árboles deben crecer
en lugares solitarios, azotados por dos vientos: esto se debe a que, además de
las estrías verticales, su tejido también presenta ondulaciones horizontales.
Imagino que estos arces especiales, pero deformes, viven,
como los humanos, en familias extensas, porque son árboles sociables. Los veo
todos juntos en un promontorio, resistiendo dos vientos, y cómo los sanos se
desesperan cuando uno de ellos empieza a mostrar signos de esa extraña y
ondulante enfermedad. Quizás se compadecen de él, lo acarician, entrelazando
sus raíces con las suyas, lo consuelan cantando dulces melodías con sus hojas
mecidas por los impetuosos vientos de la montaña. O quizás lo evitan, alejándose
del follaje y las raíces de su desafortunado compañero. Cuando los leñadores
llegan y los talan, seguramente creen que quieren destruirlos para ocultar sus
cuerpos deformados del mundo. Ni siquiera pueden imaginar que esos mismos
cuerpos se convertirán en la fuente de la música divina.
En
forma
Laura
Scheepers (Países Bajos)
—No, milord. No hay otras muchachas
en esta casa. Pero ¿está seguro de que esta zapatilla no le queda a ninguna de mis
hijas? Probemos otra vez.
Gruffydd hizo todo lo posible por ocultar su desesperación.
Para todos era evidente que la zapatilla era demasiado grande para cualquiera
de las chicas.
Desde el baile no lograba sacarse a la mujer de la cabeza.
Era su único y verdadero amor. Había desaparecido justo antes del
desenmascaramiento. Iba disfrazada de Cenicienta, con zapatillas de cristal
incluidas. Ahora, como el príncipe del cuento de hadas, él intentaba encontrar
a la chica que le quedaba bien la zapatilla que había perdido.
—¿Otra taza de té, mientras esperamos?
Estaba a punto de rechazarla cuando vio entrar a las chicas de
nuevo. Una llevaba medias gruesas; la otra, pantuflas de entrecasa.
Asintió. Cualquier cosa podía darle valor, incluso el té.
La mujer sirvió, pero quedaba muy poco.
—¡Elías! —gritó—. Más agua para el té.
Pero la persona que entró no le pareció “Elias”. Parecía una
mujer y, aun con aquella ropa vieja, se parecía a la mujer con la que había
bailado.
—Milady, ¿podría probarse esta zapatilla de cristal?
—preguntó.
—Oh, eso no es una mujer. Es mi hijastro, Elías. Solo está
fingiendo ser una chica.
La muchacha alzó la vista hacia él y dijo:
—Mi nombre no es Elías. Me llamo Eliane. Me probaré con todo
gusto la zapatilla, si usted lo desea.
En
la cabeza
Michael
Schmidt (Alemania)
El martilleo en mi cabeza es
asesino.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
La parodia de un tecnobeat martilleante. Intento controlar
la respiración, inhalo profundamente, pero el hedor penetrante lo empeora todo
aún más.
La euforia ha pasado demasiado rápido. Las hormonas que me
proporcionan bienestar. Un instante de alegría que me hace llorar.
Esta energía es adictiva, más que adictiva. Una y otra vez
disfruto ese breve momento en el que me asemejo a un dios.
Un poco más tarde me invade el alivio. Los eternos
sentimientos de culpa se desprenden de mí. Percibo mi propio yo.
Mi impulso desenfrenado de amor. Mi anhelo de volver a ser
joven, de ser tomado en brazos por mi querida madre.
Esa sensación de cobijo. Esa protección.
Mi desprecio por todos los demás seres femeninos. Su olor
repugnante, su gestualidad obscena y sus actos desinhibidos.
Las mujeres son el foco de mi odio. Ellas desencadenan mi
transformación. Mi metamorfosis.
Reconozco con claridad mi ira. Una ira sin límites que
asciende desde lo más profundo de mi interior y se apodera de mí, que barre mi
impotencia como una tormenta poderosa el mal tiempo turbio. Soy fuerte.
Mi odio me domina. Se acumula, hace temblar mis manos,
hincha mi miembro. Apenas logro imaginar los sentimientos contrapuestos que
rugen dentro de mí.
Amor y odio. Suavidad y ferocidad. Sensualidad y éxtasis
puro.
El ansia de poder. De alivio.
Después llegan los dolores de cabeza. El proceso recuerda a
una droga.
Me siento vacío. Culpable. Me repugna mi propio ser.
Reconozco qué soy una bestia.
Poco a poco vuelvo en mí. Los dolores de cabeza disminuyen.
Miro hacia abajo.
La sonrisa distorsionada de la joven. Parece como si
descansara plácidamente. Su muerte no fue ni fácil ni rápida.
Ha sido su vida, su energía, lo que ha llenado el vacío en
mi interior.
He utilizado su fuerza para sentirme como un dios. Aunque
solo fuera por un breve instante.
Empiezo a borrar las huellas de mi acto.
¿Cuánto tiempo pasará antes de que este impulso interior me
abrume de nuevo y me convierta en un monstruo sediento de sangre; ese cuyo
pelaje le cubre todo el cuerpo; ese que adora a la luna?
Solo sesenta segundos
Noshin
Shahrokhi (Irán/Alemania)
El reloj de ajedrez está puesto en un
minuto. ¿Estás lista?, me pregunta él. Miro sus increíbles ojos oscuros y
profundos y recuerdo mis juegos, juegos de vida.
—Ve a jugar —decía mi madre—. Jugando
no sentirás el paso del tiempo; toda la vida no es más que un momento.
Cuando era chiquita, en Oriente, y no
tenía con quién jugar, hablaba conmigo misma y jugaba contra mí, ganando y
perdiendo al mismo tiempo. Solo importaba el juego.
No quiero empezar, pero es el turno de
las negras. Él no espera a que yo haya comprendido el juego de mi vida. Hace su
jugada, aprieta el reloj y yo escucho la cuenta regresiva, cincuenta y nueve
segundos…
El tablero gira. Jugué en todos los
casilleros. Pero nunca fui buena en los finales. Esta vez el final es emocionante,
probablemente uno de los momentos decisivos de mi carrera de jugadora, contra
un gran e importante jugador, que sí entiende el sentido de las jugadas.
—Hija, ven a visitarme —dice mi madre
en el teléfono.
—Pronto iré. —Pero ella conoce las
leyes del juego. ¿O no las recuerda, como al principio, cuando uno es niño y no
las sabe?—. No me dejan volver —agrego con un nudo en la garganta. Sí, porque
según las reglas de juego de mi patria no puedo jugar. La llamo. Nadie levanta
el tubo de teléfono. Ningún abrazo, ni beso, ni despedida en el último segundo
del milenio.
En Occidente no tenía a nadie para
jugar. ¡Pero no! Siempre tengo un compañero de juego: yo misma. Después de cada
jugada cambio de lado y aprieto el reloj desde el lado contrario. Como ahora,
en el segundo cero.
Título original: Nur sechzig Sekunden/Traducción:
Nicola Schorm
Dibujitos
David Slodky (Argentina)
Escuchan nuevamente los gritos.
Se miran, calladamente.
Vuelven la vista a la pantalla.
Jerry sigue escapando alegremente de Tom.
Un portazo. Escuchan llorar a mamá.
Se ensimisman ahora en el correcaminos
que hace beep beep.
Se abre la puerta.
—Chicos —dice papá—: mamá y yo
tenemos que hablar con ustedes.
Levantan la vista.
Mamá tiene los ojos hinchados.
—¿Puede ser después que terminen los
dibujitos? —dice el menor.
Siete
erizos muertos en el asfalto
Achim Stoßer (Alemania)
Antti Hämäläinen miró a través del
parabrisas.
—¿Has visto eso? ¿Fue una estrella fugaz?
Aparte de gotas de lluvia iluminadas por los faros y los
reflectores de la calzada, no se veía nada.
—Yo lo vi. Ningún objeto natural se mueve así, es imposible
—Heikki Mustapää apretaba el volante con fuerza.
—Ah, claro —rio Antti—. Un OVNI, ¿no?
Siguieron a toda velocidad por la carretera en dirección a
Jyväskylä.
Azul-verde-rosa-naranja-rojo-rojo-turquesa-rojo
se despojó del traje protector y abandonó la cápsula. (Por supuesto, esto es
solo una reproducción imperfecta del nombre: el azul correspondía a luz de una
longitud de onda de 412 a 414 nm, con un leve matiz en torno a los 544 nm; el
verde era verde aguacate; el rosa, un rosa viejo intenso; los tres tonos de
rojo se diferenciaban claramente). La cápsula se clavó en la tierra.
Lo había conseguido de verdad. (Más exactamente: dos tercios
Él, un cuarto Ello, el resto –un doceavo– Ella, solo de manera aproximada,
claro, porque él-ello-ella se encontraba justo en fase de transformación).
Increíble: único superviviente de la devastadora catástrofe de su mundo anular
natal y ahora, tras unas 196 marcas solares –catorce más o menos, quizá– en
hibernación, había aterrizado en el único planeta accesible que ofrecía un
entorno capaz de sostener la vida. Nieve derretida caía del cielo.
El órgano frontal de
Azul-verde-rosa-naranja-rojo-rojo-turquesa-rojo oscilaba en alegres secuencias
luminosas; corrió invadido por el júbilo.
Un fuerte golpe en el guardabarros.
Heikki frenó bruscamente y se detuvo en el arcén. Maldijo.
—¿Qué fue eso? ¿Un ciervo?
Agarró la linterna, bajaron del coche y retrocedieron unos
pasos bajo la lluvia. Una masa gelatinosa brotaba del cadáver, del tamaño de un
ternero.
Heikki torció el gesto.
—Parece un castor.
—¿Tan grande? ¿Aquí? ¿Con dos colas? ¿Y la cabeza de un alce
y una nariz de bombilla?
—Una mutación. Esta maldita radiactividad...
—¿O quizá a uno de tus marcianos se le escapó su perrito
faldero?
—Muy gracioso.
Volvieron al coche.
—Apuesto a que en un radio de cien años luz no encuentras ni
un solo extraterrestre vivo.
Y, por supuesto, Antti tenía razón.
Musicing auceps
Hervé Suys (Bélgica)
Probablemente nunca antes se había
visto una mirada de comprensión mutua entre un humano y un animal. El hombre
(humano) miraba desde la cocina, taza de café en mano, hacia el jardín. El
césped aún podría necesitar un último corte, preferiblemente esta semana. Tal
vez esta tarde, cuando el rocío se haya disipado. Tal vez. Aproximadamente en
el centro del césped, donde el sol bajo de otoño lanzaba un rayo de luz entre
los arbustos, se posó un pájaro (animal). No sabía dónde estaba el telescopio y
la distancia al animal era demasiado grande para estar seguro, pero creía no
haber visto nunca un ejemplar así. No era mucho más grande que los pájaros
cantores que veía regularmente, pero le faltaba el pecho moteado. El pajarillo
batía las alas casi incesantemente y aparentemente con pánico. El hombre supuso
que el animal estaba en peligro y consideró por un momento verificar su estado,
pero cambió de opinión. Si abría la puerta en ese momento y el animal no tenía
nada, no solo lo habría perturbado, sino también –y eso le parecía aún más
lamentable– el espectáculo que estaba presenciando terminaría
irremediablemente. Decidió seguir mirando, algo de lo que no se arrepentiría,
pero que nunca se atrevería a contar. Pájaros de diferentes especies se posaron
en la cerca de madera que separaba su jardín del de su vecino para ser testigos
de un espectáculo inusual. El extraño pájaro había estado picoteando
diligentemente el suelo durante un buen rato, aun aleteando frenético, hasta
que aparentemente encontró algo y lentamente lo sacó con el pico. Por
improbable que fuera, resultó ser un atril plegable a escala. Luego, el pájaro
sacó un violín muy pequeño de las plumas de su ala izquierda, comenzó a tocar y
miró al hombre fijamente. Parecía querer decir: esto es tan increíble que es
mejor que lo guardes para ti mismo para no ser tomado por loco.
Crisálidas
Desesperada al haber despertado
ciega y estrechamente contenida, creyendo que había sido enterrada viva bajo
tierra, desgarró la piel de su crisálida –que era como papel densamente
estratificado, extruido por una avispa, pero pegajoso como el baklava– hasta
caer al suelo bajo la cáscara suspendida, donde quedó tendida desnuda boca
arriba, mirando el techo alto de un centro comercial. De ese techo colgaban
numerosas crisálidas similares, en los extremos de largos cordones orgánicos
como cordones umbilicales, pero aquellas cápsulas estaban intactas, y pronto
comprendió que eran sus únicas compañeras, porque cuando se lanzó a explorar la
vastedad del centro comercial no encontró compradores ni empleados en las
tiendas bien iluminadas, y descubrió que todas las puertas estaban firmemente
cerradas, impidiéndole escapar, como si el edificio entero fuera en sí mismo
una enorme crisálida. La nieve se amontonaba tan alto contra las puertas de
vidrio que, incluso si hubieran estado abiertas, no habría podido excavar a través
de ella, y como resultado el centro comercial estaba tan frío que podía ver su
propio aliento, aunque se había envuelto en capas de ropa tomadas de varias
tiendas, como para fabricarse una nueva crisálida alrededor del cuerpo. Cuando
los altos lucernarios del vestíbulo principal indicaban que era de noche,
dormía sobre un colchón de exhibición, y los grifos de los baños le
proporcionaban agua suficiente, pero a medida que pasaban los días y agotaba
todas las provisiones de las cocinas tras los mostradores del patio de comidas,
comenzó a preocuparse cada vez más por su supervivencia. Finalmente llegó el
día en que alzó el brazo hacia la cáscara rota de su crisálida colgante, cortó
un trozo con un largo cuchillo de cocina y lo masticó, encontrando tolerable su
sabor a moho, y luego dirigió la mirada hacia las otras crisálidas, que
prometían ofrecer una forma mejor de sustento una vez que se abriera paso
dentro de ellas.
La
biblioteca biológica
Andrea
Tillmanns (Alemania)
Frank Fisher, un terrícola promedio
con una vida promedio, estaba almacenado en el cuarto anaquel contando desde la
izquierda. Esperaba pacientemente ser elegido por alguno de los visitantes… en
la medida en que ese estado pudiera describirse como “esperar”.
—Es agradable charlar contigo —dijo tras despertarse—. ¿Cómo
estás?
—Muy bien, gracias —respondió el visitante—. Cuéntame algo
sobre las flores.
—Me temo que no sé mucho sobre flores —dijo Frank Fisher—. ¿En
su lugar puedo contarte algo sobre coches?
El visitante negó con la cabeza.
—No me interesan los coches. Entonces será mejor que me
hables de ti y de tu familia. ¿Adónde preferían ir de vacaciones?
—A Italia, por supuesto, sobre todo a Sorrento.
Habló de los días soleados de primavera, cuando disfrutaban
del sol cálido pero todavía soportable en la playa y, en algunos años, cuando
las algas verdeazules lo permitían, incluso podían refrescarse en el agua.
Habló de su familia, de los dos hijos, de cómo crecieron y, con el tiempo,
empezaron a irse de vacaciones solos, aunque en su mayoría a regiones más
frescas, después de que el calor del verano en su ciudad natal se volviera casi
insoportable, incluso con aire acondicionado. Y de cómo él y su esposa también
acabaron por cambiar sus vacaciones de verano a regiones más frías de Canadá.
—No recuerdo exactamente por qué ya no vamos allí… —dijo
finalmente.
El visitante registró la irritación.
—Muchas gracias —dijo con cortesía, y devolvió rápidamente a
Frank Fisher a la cuarta unidad de almacenamiento desde la izquierda. Trabajar
con los soportes históricos requería precaución para no dañarlos. Los humanos
eran mucho más sensibles que la mayoría de las otras especies extintas que los
relusianos conservaban en su biblioteca central.
Recuerdos
de polvo, huellas de tiza y colores de acuarela
Daniel
Timariu (Rumania)
Me llamo Miau-Miau y estoy muerta. Lo
sé; Emilia también lo sabe.
Pero todavía me espera. Cada noche me deja sitio en la
almohada, me susurra, me promete que mañana correremos por el patio, como
antes. Así que me he quedado. No del todo: solo lo suficiente para que aún
pueda verme de reojo, para que todavía oiga mi ronroneo mientras duerme. Lo
suficiente para que yo también pueda sentir su respiración tibia, su mano
ligera, su beso dulce.
El tiempo pasa de una forma extraña para un gato como yo, ni
aquí ni allá. Ni vivo ni ido. La veo en la escuela, con la frente apoyada en el
pupitre, cómo su lápiz araña las páginas sin fuerza. Cómo apenas entiende las
palabras de la maestra. Susurros, le digo. Vida. Matemáticas. Cifras, líneas,
formas sin sentido.
Hoy me he cansado de esperar. Reúno mis últimas sombras y me
adhiero al borde del pupitre, allí donde sus dedos trazan siempre el mismo
círculo ausente.
—¿Miau-Miau? —susurra ella.
Pasa los dedos sobre mí, delineando mi pelaje dibujado de
nada y de polvo. De huellas de tiza y colores de acuarela. De recuerdos y de
lágrimas.
—¡Has venido!
—Nunca me fui —le digo—. Pero hoy tengo que…
Sus ojos se llenan de lágrimas, pero no llega a decir nada
más.
—¿Con quién hablas?
La voz de la maestra suena como el crujido de un papel seco,
al que hemos aprendido a temer. La niña se tensa.
—Con mi gato.
Se hace el silencio. La tiza deja de chirriar. Algunas
cabezas giran. Un niño del último pupitre suelta una risita. La maestra junta
las manos.
—Ya basta de tonterías. ¡Presta atención!
Pero yo no desaparezco. Aguanto un poco más. Un minuto más.
Un pensamiento más.
La segunda vez que Emilia me llama, la maestra arquea una
ceja. La tercera vez, se acerca al pupitre con pasos grandes y pesados. En su
rostro se ve el enfado. Yo erizo el pelo. Emilia se encoge.
—Basta de tonterías —insiste la maestra, inclinándose sobre
el pupitre.
Y entonces me ve. En sus ojos aparece una chispa, su mirada
se suaviza. Me observa con atención, luego alza la vista hacia la niña, como
esperando una explicación. Pero no hay explicación. Estoy ahí.
Por un instante, solo un instante, la realidad vacila a mi
alrededor. En el revoltijo de tiza, colores, manchas de tinta y migas de goma
rosa, existo.
Levanto la cola. La saludo. Se hace el silencio. Los niños
se agolpan alrededor. Algunos ríen, otros miran con curiosidad. Unos pocos
parecen asustados. Emilia pasa la mano sobre mí, tratando de retenerme.
—Quédate un poco más —susurra, y junto a ella hay muchas
otras voces de niños, incluso la de la maestra.
Pero suena el timbre. Es la hora. La miro por última vez,
mientras empiezo a dispersarme.
—¡Miau-Miau! —grita ella, intentando atraparme, pero sus
dedos me atraviesan.
Un último ronroneo. Un último roce. Una última mirada. Luego
ya soy solo polvo y luz. Me disuelvo, como si nunca hubiera sido. La niña
sonríe entre lágrimas. Y, por fin, acepta que tengo que irme.
La versión de los
mercaderes
Gabriel Trujillo
Muñoz (México)
¿Qué quiere que le diga, oficial? Ese tipo vino aquí como
Juan por su casa. Las muchachas estaban bailando para los clientes, como de
costumbre; el dj no se daba abasto entre Lady Gaga y los Tigres del norte. Eran
las diez de la noche y los dólares volaban directito a las nalgas de las
muchachas. Era la hora feliz y llega este bueno para nada y saca el látigo. ¡Un
látigo! Si al menos hubiera sido un cuerno de chivo. ¿Se da cuenta, oficial? En
el mejor table dance de la ciudad y este menso, en túnica y con barba de un
mes, se pone a gritar que estamos deshonrando el recinto de su padre, que va a
expulsar a los mercaderes del templo y no sé cuántas tonterías más. Cierto,
cierto, que nos llamamos el Templo del placer, sucursal Delicias, pero eso solo
es un nombre más. Bueno, para qué le cuento lo que usted ya ve con sus propios
ojos. Aquí la clientela es de rompe y rasga. Sí, lo sé. Pero qué quiere que
hagamos. Tenemos escasez de personal de seguridad. Y cuando el loco ese dijo lo
que dijo y chasqueó su látigo fue el desmadre total, el acabose. Véalo usted
mismo: al pobre le fue bien después de todo. Solo le dieron once balazos. ¡No,
no haga eso! Déjelo en su sitio, se lo suplico. Hay apuestas en grande por ver
si es el auténtico o no, si resucita al tercer día o era puro pico de gallo.
Sí, oficial, son de a veinte dólares para arriba. ¿Le entra?
La caravana
Yanni Tugores (Uruguay)
Aquellos seres
marchan llevando sobre sí una pesada carga. Les queda aún mucho camino por
recorrer hasta llegar a su hogar.
La fila es larga.
Siguen adelante sorteando todos los obstáculos.
Por momentos, los
árboles y la vegetación son tan espesos que apenas se cuelan tímidos los rayos
del sol.
El camino se ve
cortado por un calvero con enormes cráteres de agua. Lo rodean y siguen su
camino.
La consigna de
todas es no perder la carga hasta llegar a destino.
Nuevamente se ven
sorprendidas. Una inmensa elevación rocosa se levanta frente a ellas. Dudan en
qué hacer. Si la rodean, tardarían mucho tiempo.
Al fin una se
anima y comienza a trepar. Detrás toda la caravana la sigue.
Al llegar a la
cima ven ante sí un llano libre de vegetación.
Continúan la
marcha. Una de las integrantes de la caravana lleva sobre su espalda un peso
que ofrece resistencia al viento y es derribada. Nadie acude en su ayuda. Cada
cual era responsable de lo que lleva.
Increíblemente y
después de mucho esfuerzo, logra levantarse y proseguir.
Solo la muerte o
el enemigo podría detenerlas.
De pronto una
sombra se proyecta sobre algunas de ellas. Cada vez es más grande y se aproxima
velozmente.
Sin saber cómo,
algo mil veces más pesado las aplasta.
Las demás siguen
sin mirar atrás.
Un robusto joven
se dirige a su amigo.
—¿Qué te parece,
Facundo? —le dice—. ¿Qué hombre podría cargar diez veces o más peso que el de
su propio cuerpo y sortear tantos obstáculos en su camino? Son increíbles.
—Tienes razón —contesta
Facundo—. Yo, en nuestra huerta, no tengo más remedio que combatirlas. Pero en
los lugares en que nada se cultiva paso largas horas mirándolas. Es más, les
voy despejando su camino de piedras y ramas para hacer más fácil su labor.
El amigo se conmueve.
Levanta el pie, arrepentido.
—Tienes razón —dice—. Son más tenaces, laboriosas y menos dañinas que nosotros. ¡Pobres hormigas!
Tanya Tynjälä
(Perú/Finlandia)
Tomó el brote con cuidado; lo sabía importante sin
poder decir por qué. El Ingeniero le explicó que la última lluvia ácida arruinó
parte de su memoria. Y en consecuencia solo buscaba vida, sin comprender la
relevancia.
Vida, no existencia. Existencia había mucha a su alrededor. Los otros como
él, con diversas funciones. Alguien debió crearlos, pero ¿quién y para qué?
Seguro que no el Ingeniero. Él era solo una máquina más como ellos, la más
antigua, programada para repararlos.
Siguió buscando. Otro brote, era un buen día. Lo guardó con tanto cuidado
como al primero. Alguno había encontrado tierra sana. Otro había dado con agua
sin contaminantes. Esas eran sus funciones: buscar, encontrar y proceder. Entre
los tres procederían.
Se disponía a abandonar el lugar y un objeto llamó su atención. Un antiguo
grabador de mensajes. Sistemáticamente apretó el botón. El aparato funcionaba
aún. La imagen de un ser desconocido apareció.
—A quien pueda escucharme: soy quizá uno de los últimos seres humanos sobre
la Tierra…
El mensaje se detuvo. Buscó la información en su memoria. No encontró
respuesta.
¿Qué será un ser humano?, elaboró su cerebro positrónico.
Vida
después de la suerte
Héctor
Ugalde (México)
Fulanito tenía mucha suerte. Tanto
buena, como mala. Tenía una extraordinaria buena suerte, pero al mismo tiempo
una mala suerte extrema. Así, por ejemplo, cuando encontraba un billete de alto
valor tirado y lo recogía, le caía encima un piano. Siempre que le sucedía algo
de muy buena suerte, también le ocurría algo terriblemente malo.
Equilibrio, para compensar...
Del mismo modo, las veces que le había ocurrido un mortal
accidente, algo maravilloso sucedía al mismo tiempo que lo lograba salvar,
justo en el último instante.
Excepto la última vez.
Ahora, en la otra vida, ya no tiene mala suerte; únicamente
buena muerte en sitios de mala muerte.
Obeso
Kari Välimäki (Finlandia)
Dos
hombres caminan en el bosque por un sendero que sube hasta una colina. El
primero lleva una mochila sobre su ancha espalda. El segundo, notablemente
obeso lo sigue pesadamente. Se detienen, el obeso saca un pañuelo de su
bolsillo y se seca el sudor de la cara. Aún queda un largo trecho por recorrer.
Al
anochecer ponen al fuego una ennegrecida cafetera. Se sientan junto a la
hoguera y sacan sus provisiones, vierten coñac sobre el café.
—Tienes
una panzota —dice el de espalda ancha—. ¿Porqué no adelgazas?
—No
puedo, los kilos regresan.
El humo
les irrita los ojos. Unas salchichas chisporrotean sobre las llamas. Al comer
las salchichas ennegrecidas, el hollín les mancha la cara.
—Muchos
adelgazan —agrega con la boca llena.
—Ya he
bajado al menos dos veces y sigo gordo —contesta el obeso avivando el fuego.
—Por otro lado, sí...
—¿Qué?
—Un
gordo no tiene dignidad. Dicen que los gordos son descontrolados y malos,
pecadores. Adivina cuánto se nos culpa de nuestra gordura. La medicina nos
ofrece dietas y pastillas, una vida sana o autodisciplina, pero nunca
aceptación.
El
obeso arroja más leña, toma un poco de coñac de la misma botella y se la pasa a
su acompañante, antes de continuar:
—He
probado toda clase de mierda, me he matado de hambre, he hecho deporte y
ejercicios hasta casi morirme, todo para ser aceptado. Igual sigo gordo...
—Divaga, observa el bosque y finalmente agrega—. Creo que la gordura es una
enfermedad. Se tratan los síntomas pero no la enfermedad. Fíjate en la anorexia
o la bulimia. También son enfermedades. ¿Por qué no la gordura?
El otro
toma un sorbo del coñac y le pasa la botella, sacude la cabeza y dice:
—¡Bla,
bla! Excusas. Los gordos siempre defensivos. Deberían moverse más y comer
menos.
Título original: Lihava mies/Traducción: Tanya Tynjälä
Volveré
y tendré escamas
Orlando
Van Bredam (Argentina)
Extendió el brazo izquierdo y no la
encontró en la oscuridad de esa cama tan ancha. Recordó, entonces, con un
pinchazo en el pecho que ya no estaba en la casa, ni en el pueblo, ni en el
mundo. Ni siquiera en el cementerio. La tarde anterior, él, por pedido de ella,
había arrojado sus cenizas al río.
—Volveré y tendré escamas —le dijo ella unas horas antes de
morir.
Al día siguiente fue al río y arrojó la línea ansioso por
pescar una pez con sus ojos, sus desmesurados ojos oscuros que lo habían
enamorado desde el primer día en que la vio. No había manera de equivocarse,
esos ojos eran distintos a toda la muchedumbre de ojos humanos que poblaban el
planeta.
No fue fácil. Después de cien crepúsculos la pescó. Tenía
escamas y no dejaba de mirarlo y estremecerlo.
Le sacó con delicada dulzura el cruel anzuelo y con la misma
ternura la puso en un tacho con agua y la llevó a su casa. Le construyó una
pecera tan larga como la galería en la que se sentaban a tomar mates.
—Estás criando peces? —le preguntó un amigo.
—Sí. Este es el primero —dijo con vergüenza. Tenía miedo de
que lo tomaran por loco y fueran a contarle a sus hijos. Y lo llevaran a un
psiquiátrico y lo apartaran definitivamente de ella.
—Es un buen emprendimiento —le aseguró una vecina que venía
a limpiar la casa.
La alimentaba de acuerdo con lo que había investigado sobre
la vida de los peces de río pero también le acercaba migajas de sus platos
preferidos. Ella le agradecía con una mirada larga e inquietante.
—Te amo —dijo él esa noche como todas las noches antes de
irse a dormir.
—Yo también —escuchó que ella le respondía antes de
abandonar la galería y entrar en la casa.
Cabellera
plateada
Eveline
Van Dienst (Países Bajos)
—Un centavo por un trabajito.
—Lo siento cariño, ya no tengo nada más para ti. Has hecho
todos los trabajitos estas vacaciones.
—Hummm —suena decepcionado.
—Espera, tal vez tenga algo para ti. Escucha; por cada
cabello blanco que saques de mi cabeza, te daré, redondeado hacia abajo, diez
centavos.
—¡Tan poco!
—Tampoco dije que te harías rico...
Thije reflexiona.
—Vale, lo haré.
Después de unos treinta minutos arrancando, dice:
—Eso es, redondeado hacia abajo, quince euros.
—¡Tanto!
—Sí, mamá, ya no eres tan joven... ¿Mañana lo hacemos de
nuevo?
Celebración
de la victoria
Csaba
Varga (Hungría)
—Qué lástima que el Führer no pueda
estar aquí. —El recién nombrado gobernador italiano de Egipto miró a Rommel. De
pie, a la sombra de la Esfinge, esperaban el inicio de la celebración de la
victoria.
A Wolfgang solo le habían permitido subir a la tribuna
porque su hermano recibiría personalmente la Cruz de Caballero de manos del
Zorro del Desierto.
—Papá está orgulloso de ti. Mamá, en cambio…
—Espero que ella también esté contenta —preguntó Kurt—.
Apostaría a que está preocupada porque a ti también te hayan destinado a
África, hermanito.
¡Ah, si supieras!, pensó Wolfgang, que la noticia de tu
muerte llevó a nuestra madre a la tumba. Y poco después tuve que llevar también
a nuestro padre al cementerio.
—Y, en realidad, ¿a qué te dedicabas en el instituto de
investigación?
—Intentábamos resolver paradojas de la física teórica.
—Oh, eso suena muy emocionante —Kurt le dio una palmada en
el hombro y se marchó.
Lo era, pensó Wolfgang. Sobre todo cuando el profesor
Heisenberg me envió a la Gestapo. Aun así, no lograron impedir que utilizara la
máquina.
En ese momento, el ayudante de Rommel tocó con vacilación el
hombro del general.
—Herr General, esto tiene que verlo.
Wolfgang dejó que los veteranos que avanzaban a empujones lo
desplazaran hacia atrás.
Ellos también me deben la vida. No lo hice por ellos, ni
por Hitler, sino para impedir tu muerte y salvar así a nuestra madre.
Rommel miró por los prismáticos y soltó una maldición.
—¿Qué ocurre, señor general? ¿Hay algún problema? —preguntó
el gobernador italiano.
Ese idiota de Heisenberg chilló innecesariamente sobre lo
peligroso que era incluso el más mínimo cambio. Te salvé a ti y a mamá, y le
gané a Rommel la campaña africana.
—Parece que tendremos que modificar el programa del desfile
de la victoria… —Rommel se levantó del sillón—. Han llegado los japoneses.
—¡Eso es imposible! —gritó el gobernador, pero al ver los
Zeros adornados con el disco solar comprendió que la repartición de África
sería mucho más difícil de lo que había imaginado.
¿Qué es ese ruido, un terremoto? Una enorme nube en
forma de hongo sobre El Cairo, luego un calor insoportable. Cuando Wolfgang
recobró el conocimiento, vio sobre él el rostro de la Esfinge.
Extraño, pero la estatua de piedra que desafiaba al tiempo
parecía hablarle con la voz del profesor Heisenberg.
El más mínimo cambio puede acarrear consecuencias
inimaginables…
Drapetomanía
João
Ventura (Portugal)
Efigenio era un fanático de las
medicinas alternativas, fervoroso partidario de todas las medidas contra la Big
Pharma.
En la
Academia del Bienestar que frecuentaba se había anunciado una conferencia del
profesor John Cartwright, de la Facultad de Enfermedades Extrañas y Mal
Diagnosticadas de la Universidad Libre de Florida. Entró al auditorio: la
conferencia ya había empezado. Se sentó y abrió la notebook para tomar notas.
Efigenio
consultó Wikipedia para obtener algo de información básica sobre el tema de la
conferencia. La entrada #drapetomanía le provocó una sensación algo
incómoda. ¿Una enfermedad cuyo síntoma era la tendencia a huir en busca de
libertad? Empezó a prestarle atención al conferencista.
“(...) y al
contrario de lo que pensaba mi tatarabuelo Samuel Cartwright, la drapetomanía
no afecta solo a la población negra. Se la ha diagnosticado cada vez más en
poblaciones caucásicas y de otras etnias (...)”
Lo que leía
en Wikipedia llevó a Efigenio al límite de lo creíble. ¿Curar una enfermedad
con latigazos y amputación de los dedos de los pies? ¡Era demasiado! Cerró la
notebook y se levantó para irse.
El orador
interrumpió lo que estaba diciendo y se dirigió directamente a Efigenio.
—¿A dónde va,
señor? —y continuó, ahora hablándole a la audiencia—: Pueden ver aquí un
ejemplo de una persona infectada por la enfermedad. Es un caso clínico perfecto
para ejemplificar el tratamiento... —Efigenio miró hacia la puerta del
auditorio, ahora bloqueada por dos tipos musculosos—. Venga hasta acá abajo, si
no le molesta —le dijo el profesor Cartwright, mientras tomaba el látigo que
estaba sobre la mesa—. Venga
Efigenio notó
que sobre la mesa también había un objeto que parecía una tijera de podar.
Lentamente, como si su cuerpo tuviera voluntad propia, empezó a bajar los
escalones del auditorio...
El desencanto
Gabriela Vilardo (Argentina)
La excusa de su trabajo demora a mi vecino en la vereda como si fuera el administrador de capital ajeno y el estratega perfecto. A diario dibuja un nuevo canal de venta. La vereda apesta a objetos descartados por toda la vecindad. El hombre bracea cuando habla, y en el intento de que el cliente identifique a quien perteneció el objeto en cuestión, grita; de este modo, lo descalifica como antigüedad. Algo que le hace perder encanto y el futuro comprador se retira asqueado, y con las manos vacías. La escupidera ya no puede ser parte de su vitrina.
¡No
lo aguanto más!
Honza
Vojtíšek (República Checa)
Estas son las últimas palabras que
oirán de mí. He estado reprimiéndolo, negándolo, apretando los dientes, pero ya
no puede seguir así.
Todo empezó de forma natural; de hecho, no fue un impulso
repentino. Puedo sentirlo así desde que tengo memoria. Bueno, así… En verdad,
ha ido empeorando. Y con todo mi ser he ido registrando que ya no será
tolerado. La presión de la gente que me rodea, su estupidez oculta o abierta.
La incomprensión cotidiana a la que me enfrento: juicios, evaluaciones,
descalificaciones, el frío apartamiento. Ya no soy capaz de resistirlo.
Me parece que el ser humano es, ante todo, una suma de
motivos negativos, malvados y odiosos. Y es difícil vivir en la proximidad del
hombre. En medio. En su centro, en tu centro, en nuestro centro. Cada día más
en compañía de algunos de ustedes equivale a un día en el infierno. Exactamente
como dijo Sartre: «El infierno son los otros». Escribo estas líneas con
lágrimas en los ojos, pero ya no lo aguanto más. No quiero vivir con ustedes
más tiempo. He decidido acabar con ello. De una vez por todas.
Puedo sentir el alivio inminente.
He pensado durante mucho tiempo en cómo hacerlo, y entonces
surgió de la nada. Ni siquiera es tan difícil.
Estoy aquí sentado, escribiéndoles las últimas palabras.
Puede que haya alguien a quien eche de menos, pero no puedo hacer otra cosa.
Estoy listo. Decidido.
Aquí tengo el botón rojo. Siempre es un botón rojo.
No me lo tengan en cuenta.
Solo queda decir el último adiós.
Y pulsarlo.
Y entonces todos ustedes desaparecerán.
Vacaciones
Luc
Vos (Bélgica)
—¡Mira por dónde conduces!
El grito desde el asiento trasero no logra abollar mi buen
humor.
—Un bache en la carretera —grito.
La nube de tormenta en la cara de mi hija no se disipa.
—¡Cuidado! —suena a mi derecha. Por el rabillo del ojo, una
mano va hacia la manija de la puerta. Instintivamente piso el freno. Me trago
el comentario de que hacía rato que había visto frenar al coche de delante.
—Sí, cariño —digo.
—Tengo hambre —gruñe alguien desde debajo de unos grandes
auriculares.
—Paramos dentro de dos horas, amigo —respondo—. Hay galletas
en la puerta.
—Esas no me gus…
A pesar de la tableta frente a su cara, ve mi mano
levantada. El gruñido es ininteligible; él tampoco consigue sacarme de quicio.
—¿Listos? —grito.
—No —responden al unísono—. ¡No cantes!
Subo el volumen de la radio y canto a voz en cuello. Estoy
de vacaciones.
Falla
Fantasma
Deborah
Walker (Reino Unido)
Solo los astronautas de la Nueva
China Estatal viajarán a través de la Falla Fantasma. En la Falla Fantasma,
partículas de polvo en forma de aguanieve vuelven visible lo invisible. Los
chinos siempre han sabido que los espíritus llenan el aire.
La tripulación del Ruiseñor de Plata se ríe de las
rutas tortuosas que los occidentales toman para evitar la Falla. Se sorprenden,
pero se sienten aliviados cuando la callada Sung Li, la recluta más reciente,
se ofrece como voluntaria para pilotar la nave.
Observa a la tripulación mientras trepan en silencio a las
cápsulas de estasis. Cuando despierten, imaginarán el roce de fantasmas
demorándose en su piel. Harán bromas ruidosas y nerviosas.
Sung Li se viste con el uniforme de capitana. Ha viajado
lejos desde los tugurios fabriles de Neo Shanghái. Ha ascendido como un salmón
que salta desde los enjambres de sus contemporáneos. Sung Li ha recorrido mil
años luz desde su infancia, y desde el aliento incesante de su madre.
Sung Li observa la Falla que se aproxima a través de la
ventana de metal y vidrio. Se alisa el uniforme de capitana y sonríe. Sung Li
ha viajado lejos. Está deseando encontrarse con la desaprobación de su madre,
esa expresión familiar.
Un
sueño ajeno
Abrahan
David Zaracho (Argentina)
Bajo las copas de los grandes árboles, que se mecen al
capricho de un viento suave e invernal, el caminito discreto, que se pierde en
los cerros, recibe los pasos serenos y continuos de la caminante descalza.
Su negra y larga cabellera imita el ritmo de las hojas del
bosque y un flequillo sencillo, en su balanceo, oculta a medias sus pequeños
ojos oscuros y partes de su nariz respingada.
Cada tanto, sus finos labios dejan escapar una frase triste
que muere antes de que su cuello se relaje, junto con sus hombros, en un gesto
definitivo de fatiga y desdén.
Sus largas piernas, sin embargo, se resisten a la idea de
rendirse. Toda su alma clama por el próximo paso y, como si todo estuviese
cronometrado, éstos se presentan sin segundos de diferencia, producto visible
de la experiencia bélica.
Fue creada libre, pero dependiente. Fue idealizada como ser
humano y, como tal, sus vivencias la pulieron sin permitirle sentirse como una
mujer más. Mira al cielo e intenta pronunciar su frase.
Agacha el rostro. La frase le pertenece. A diferencia del
resto de su vida, ella creó “La Frase”. La mastica día tras día, minuto a
minuto.
Se pregunta en este dramático instante en su derecho sobre
parte de un alma ajena, y en el derecho de ésta sobre su alma entera. Se
preguntó si la duda le es propia o algo de propiedad terrena.
Busca una razón para llorar y como no la encuentra, se
limita a liberar una lágrima minúscula.
Acelera sus pasos, cierra sus puños y levanta su frente
rumbo a la línea del horizonte, como buscando una nueva meta. Atesora en sus
pulmones por última vez el aire de estas páginas. Un escalofrío arrulla sus
pensamientos. La gelidez en el alma le indica cuánto perderá con su propia
decisión.
Libera su destino. Tras pronunciar “la frase”,
emprende su propio camino. No puedo trascribirte lo que dice. Vos y yo no
podemos escuchar ni el susurro de su creación literaria.
Corre. Se pierde en las penumbras de la noche, tras la curva
del cerro por donde continúa el sendero que no he creado. De tal modo, a vos y
a mí, no nos queda otro remedio que concertar un acuerdo para que podamos
escribir otro personaje y así disfrutar de un relato nuevo sin la rebelión de
ficción alguna.
Torkrota
José Luis Zárate
(México)
—Una de esas rayas es su mujer —nos
dice el guía.
Vemos al hombre señalado. En medio de la ventisca, cubierto
por hielo, nieve y bruma apenas es más que una sombra.
Torkrota.
No es su nombre, ni un apodo. Es un rango.
Homicida.
Lo afirman las tres líneas tatuadas en su rostro, bajo la
nariz. Él mismo hizo las marcas.
Entra con nosotros al refugio. Al otro lado la tormenta.
Tal vez nos encuentren congelados a todos. Al esquimal, al
guía, a nosotros.
Hablamos. Aprendemos de los otros cosas que no deseamos
saber pero que tal vez pesen demasiado para llevárnoslas a la muerte.
Del homicida sabemos que las marcas duelen, que no puede
dejarlas en paz. Que fue en defensa propia, en medio de la ira, pero que la
sangre de ella pesa.
Nos dijo que jamás pensó, cuando marcaba su rostro, que se estaba tatuando un fantasma.
Una mañana gris
Jorge Zarco Rodríguez (España)
Uno se alegra de
resultar útil según que tareas: limpiar la casa, pasar el polvo, llevar a los
niños al colegio o contestar a los recados. Después se pasa a hacer la comida
tras el desayuno y antes de la cena y por último se pone a cargar las baterías
de madrugada satisfecho de haber cumplido con las tareas de la casa. Antes de
volver a empezar de nuevo sobre las cinco de la madrugada y así los siete días
de la semana. De ahí se pasa al sopor del medio día con todos echando la siesta
y por último se plancha la ropa y se limpian los cristales. Uno no está
satisfecho con que por ejemplo los niños vean por Internet contenidos violentos
o pornográficos y el colmo es cuando la emprenden a golpes con uno porque sí,
para descargar adrenalina supongo. Uno tampoco se mete con los gritos que se
meten los padres y sigue con sus tareas como si nada. Y lo peor viene cuando
uno no recibe ni las gracias ni un gesto de aprobación ni mucho menos ternura y
se siente muy frustrado por cargar las baterías a tiempo y por servir con
corrección todo el tiempo y así días y días. Hasta que un día uno leyó aquel
libro por simple curiosidad. "EL ASESINATO COMO UNA DE LAS BELLAS
ARTES" de Thomas de Quincey. Y algo se revuelve en el interior de uno y
empieza a tener fantasías que no debería: Sueña que envenena la comida y luego
trocea a los miembros de la familia de uno y prepara una comida con ellos y da
a los vecinos una lección de arte culinario a base de carne humana. Y nadie
sospecha nada porque la primera ley de Asimov dice que no se hace daño a un ser
humano y si uno es de naturaleza cibernética nadie sospecha de ti. Y un día te
das cuenta que estás solo en la casa y ya no tienes a nadie a quien servir. De
ahí pasas a dejar de limpiar y fregar y dejar que los elementos se apoderen de
todo y los insectos campen a sus anchas. Pruebas la bebida y luego te dejas
llevar por la desidia y el aburrimiento. No haces gran cosa todo el día, de
hecho no haces nada todo el día y amenazas con que el óxido altere tus
circuitos. Y por último viene la policía y tras preguntarte cuatro paridas se
van pensando que es solo un robot en una mañana gris y que un robot no hace
daño a un ser humano.
Los
perros de la luna
Alexander
Zelenyj (Canada)
Había una carreta dormida en la
nieve, al borde del bosque.
Los hombres del pueblo, armados con mosquetes, guiados por
la luna, envueltos en pieles, descendían la colina hacia ella por un sendero
serpenteante que crujía bajo sus pasos. El viento los azotaba mientras
avanzaban, aunque temblaban sobre todo por el miedo que aplastaba sus almas al
acercarse a aquellas ruedas que gemían, a esa lona raída que batía como una
vela, a ese armazón estremecido pero robusto, a esa ciudadela destartalada pero
ominosa, fuente de toda la oscuridad y la enfermedad que habían maldecido a su
aldea. La nieve los golpeaba con fuerza, les mordía el rostro, cegaba su
avance, aunque seguían marchando con determinación, cada vez más cerca de la
carreta que ennegrecía los ventisqueros.
Los hombres miraron a su alrededor y vieron que los hombres
que habían ido anteriormente ya no existían: ahora eran una jauría de perros.
Sintieron solo un terror fugaz y crispado al comprender lo ocurrido, y luego
una paz grande y sencilla comenzó a caer en cascada y a asentarse sobre ellos.
Y en medio de esa paz lujosa se fue entretejiendo en sus pensamientos una
melodía, nueva pero antigua y familiar al mismo tiempo, como ninguna que
hubieran escuchado antes, pero que siempre había cantado en alguna parte
profunda de su ser.
Sintieron un tirón y alzaron los ojos hacia el cielo.
Encontraron la luna gibosa como un dios resplandeciente que vigilaba la tierra
cubierta de nieve. Lanzaron sus aullidos hacia ella, uniéndose a la canción
nueva-antigua, regocijándose en ella.
Entonces apareció la gitana. Desde debajo de la lona de la
carreta, azotada por el viento, se materializó: frágil pero poderosa, envuelta
en túnicas vaporosas que ondeaban, su cabello blanco y salvaje azotándole el
rostro enjuto, como si fuera una Medusa esquelética y empapada.
A la jauría les habló, con una voz fuerte como la luna y
clara en el vendaval.
—Sois bienvenidos, amigos. Id ahora y sed libres de lo que
fuisteis.
La jauría la observó un instante con sus ávidos ojos verdes, antes de darse la vuelta y lanzarse al galope por las colinas nevadas, en persecución del corazón perfecto, puro y palpitante de la noche.

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