jueves, 15 de enero de 2026

ESPECIAL MICROFICCIONES (QUINCE)




 

El problema de las tres palabras

Sergio Gaut vel Hartman (Argentina)

 

Aristóbulo se colocó las gafas para estar seguro de que lo que veía era una hormiga paseando por su plato de alubias aderezadas con ajo y perejil.

—¡Aurora! ¡Hay una hormiga en mi plato de alubias!

—¿Solo una? —respondió la cocinera llegando a la carrera mientras se secaba las manos en el delantal—. Debe ser Septimia. Es muy rebelde y aventurera. Pero tampoco encuentro a Rosamunda. ¿Por qué no mira bien?

Aristóbulo se ajustó las gafas y escudriñó con cuidado el plato de alubias. Debajo de una hoja de perejil otra hormiga se afanaba tratando de alzarla y transportarla.

—¡Tiene razón, Aurora! Ahí está la segunda hormiga.

—Rosamunda.

—Sí, Rosamunda.

Aurora se acercó al plato y observó a las hormigas con cuidado.

—No, esta no es Rosamunda. Rosamunda tiene una manchita en el lomo, casi invisible. Esta es Calógera, una hormiga siciliana que me regaló mi prima Eufrasia.

—¿A usted le regalan hormigas, Aurora? —preguntó Aristóbulo perplejo.

—Hormigas, mariquitas, escarabajos, escolopendras y langostas. Pero a nadie, familiares o amigos, se le ocurriría regalarme una cucaracha o una araña. Todo el mundo sabe que no soporto a esos insectos.

Aristóbulo carraspeó.

—Debo aclararle que las cucarachas son insectos, insectos hemimetábolos, para más datos, pero las arañas son artrópodos, no insectos.

Aurora contempló a Aristóbulo con expresión severa.

—No se haga el pedante conmigo. Ya sabe cómo me pongo cuando me enojo.

Aristóbulo tragó en seco. Recordaba perfectamente el último enojo de Aurora y las consecuencias que había tenido para su estómago.

—Per… perdón —logró balbucear.

Aurora extendió la palma de la mano y tres hormigas saltaron como pulgas.

—Vamos, chicas —dijo Aurora.

—¡Transporte gratis! —gritaron a coro las hormigas.

  

 

Negras

Alejandro Fabián Aguirre (Argentina)

 

Cuando entré a la casa vi a las tres viudas sentadas, habían estado tomando el té. La denuncia vino del mismo lugar pero no había nadie más. La denunciante había pedido que se revisará el refrigerador grande. Y así lo hice. Cuando abrí la puerta estaba el cuerpo en pedazos de la sirvienta.

No demoré un segundo en darme cuenta de que todo iba a terminar muy mal.

Instintivamente saqué mi arma cuando vi la cabeza de la muchacha en el refrigerador. Sus ojos abiertos me miraron fijamente quizás furiosos por mi demora.

Pero también fue tarde para mí, el pinchazo en el cuello no solo fue doloroso sino que fue fulminante para mantenerme en la realidad. Al darme vuelta vi las muecas horrendas de esas tres mujeres vestidas de negro.

Luego la oscuridad que con ciertos olores me transportaron a la desesperación. Me desnudaron y se turnaron para cabalgarme. Las risas, el alcohol, los rezos, las velas rojas y negras encendidas y mi pecho ardiendo fueron una entrada al infierno.

Y cuando pude recuperar algo de conciencia me mostraron las cabezas de los dos agentes que habían esperado afuera. El espanto que tenían esos rostros era indescriptible.

Con un terror que me sacudía el alma presentí que mis horas estaban contadas.

Ojalá hubiera sido así.

Creo que fui merecedor de la muerte. Después de todo lo vivido con esas tres mujeres, lo merecía. Solo el buen Dios fue testigo de tanto horror.

De alguna manera se las arreglaron para que mi cuerpo y mente las obedeciera. Entonces fui como un sirviente, y como tal, presencié todas las atrocidades que cometieron.

Cuando detectaban a la víctima se encargaban de llevarlo a la casa y allí dentro hacían lo que querían con ella o él. Algunos pasaban por torturas horribles, luego lo degollaban y me ordenaban limpiar el cuerpo para después iniciar una especie de ceremonia de adoración que culminaba con la carnicería y el consumo de la carne. Era realmente un marco demoníaco.

Una y otra vez presencie el asesinato de muchas personas y eso fue el peor castigo.

Un día, después de vivir aterrorizado, salí corriendo del lugar para internarme en el bosque.

Me desperté en un hospital y debido mi estado mental me trasladaron a un pabellón psiquiátrico.

Estuve encerrado cinco años con ellas y pienso que me dejaron escapar porque presiento que algún día vendrán por mí.

Entiendo entonces que perdí mi vida en esa casa. Antes era un buen inspector de la policía, ahora soy un despojo humano que cuando aparece una mujer de luto tengo deseos de arrancarme los ojos.

 

 

La fortaleza

Giraldo Aice (Cuba)

 

El profeta es como un niño, con la luz de otros días en la mirada. Dice:

—¡Por Dios! ¿No se dan cuenta todavía que todo lo humano se sostiene en la palabra? —Y nos mira como si fuéramos idiotas—. ¿En verdad creen que la fortaleza se levanta y sostiene sobre rocas y muros de hormigón? —pregunta.

Y es ahí donde nos reta a buscar las evidencias. Que todo puede comenzar como un juego de niños y una cantinela:

Sin pan

Y sin pastel

Derrumbamos

El cuartel

Así de sencillo, con la condición básica de que sea unánime.

—Son frases las vigas, las columnas —dice.

—La fortaleza es inexpugnable. Nada derriba sus muros.

—Palabras, sólo palabras —dice.

Entonces, comenzamos a murmurar:

—Que se cae, que se cae, que se cae...

 Y la muralla comienza a resquebrajarse.

 

 

Agonía

Rosana Aldonate (Argentina)

 

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida*, hoy contenida en el goteo monótono del suero fisiológico estancado en la cámara, presto a descender por la alargadera de la sonda flexible y en perfusión intravenosa hidratar su cuerpo seco. La lluvia y el goteo, mansos, constantes y sin ganas, como ella. Hace tiempo la abandonaron las ganas o tal vez nunca las tuvo. Vivió la vida toda como por encargo de alguien superior a quien no se puede contradecir ni desobedecer. Fue mansa en esa actitud de sumisión y resignación. Fue constante en no abandonar la carrera a pesar de la apatía. Fue paciente en esperar la llegada del final y encontrarse acostada en una cama de Hospital conectada al frasco de solución parenteral, remedo actual de un antiguo cordón umbilical.

 

Llueve afuera y llueve adentro de su cuerpo, mansamente y sin parar, la lluvia fisiológica del suero limpia la culpa original, el malhumor, el malestar. Ella confirma que se muere como se vive. Sin ganas.

 

*Camilo José Cela en Mazurca para dos muertes.

 

 

Sobre el alquimista curioso

Radmilo Andjelkovic (Serbia)

 

Artefactus Megas ciertamente no se llamaba así. El alfarero, cuyos mejores clientes eran alquimistas, y gracias a ellos había dominado todos los trucos del soplado de recipientes de vidrio, sabía que esas personas ganaban más dinero, así que eligió un nombre adecuado y montó su propio negocio. Estudió todos sus registros, y ellos los ocultaron como patas de serpiente mientras le daban instrucciones. Distinguió fácilmente los grados de Nigredo, Rubred y Albedo, y el dilema de si producir oro o buscar la Piedra Filosofal no se resolvió ni siquiera cuando se perdió en la experimentación. Juzgó solo por sus ropas que la sabiduría se vende mejor que el oro, que también debe sonar.

No es que no tuviera éxito, pero le faltaba inspiración. El boza, o boo-zah en su país, no le servía de nada ni siquiera cuando lo bebía a litros, así que se dedicó a resolver el problema. Con su alfarería, logró elaborar buena cerveza, pero no le bastó, así que se dedicó a la fabricación de vidrio. Solucionó el problema de la pérdida de los preciosos vapores con una espiral de vidrio que los conducía al recipiente de recolección, y cuando esto no fue suficiente, lo protegió con una tubería por la que dejó fluir el agua fría del Nilo.

"¡Albedo!", gritó tras beber todo lo que había recolectado ese día y desmayarse.

Un sueño profundo le trajo su última y mejor idea. Finalmente, encontró un producto al que ningún alquimista pudo resistirse. No hace falta hablar de cómo comenzó su negocio después de eso. Hasta el día de hoy, sus descendientes y seguidores gozan del mayor prestigio social.

 

 

Empleado anónimo

Damián Andreñuk (Argentina)

 

Ver la risa de los niños me hacía casi sollozar; tres años de entregar boletos en la calesita, y aun cuando observaba sus caras al subir a los aviones o caballos sentía una dulce libertad, un contacto con las vértebras del paraíso.

Un primo, dueño del lugar, incumplió una promesa y perdí la magia de esos días; me despidió de golpe. Luego, en semanas, encontré trabajo en una tienda de alimentación natural y me vi rodeado de nueces y té verde, explicando a la clientela las vastas propiedades de la chía. A veces, por las tardes, salía a la vereda a comer una manzana, a recibir el sol en la piel y llenarme de quietud, anclarme en el presente.

—No es tu culpa. El país está mal, el negocio no funciona. No tengo otra opción. ¿Por qué no te sentás un minuto para asimilarlo? —me soltó un día mi empleador con una indiferencia aterradora.

Pasé unos meses de ocio. Austero como un minimalista. Pero nunca me desesperaba.

Podría haberme lanzado a los caminos con mi bolsa de dormir y mi mochila emulando a Jack Kerouac. Podría haber construido un rancho simple en medio de las sierras cordobesas como lo hizo Ernesto Sabato. Podría haber ido a los bosques, siguiendo las recomendaciones de Thoreau. Sin embargo, llegó la propuesta y no supe o no quise decir “no”. A las seis de la mañana, con mi overol azul, mi balde y mi cepillo me enganchaba a una soga en una altura absurda frente a los enormes ventanales de un par de edificios gemelos. Era una forma extraña de meditación en movimiento.

Una vez arriba, mi mente se detenía. Realizaba cada tarea con una atención plena. Sentía el aire en la cara —en invierno, frío como recordar la muerte; en verano, seco y cálido, casi espeso—, percibía cerca de mi zona los diversos sonidos de los pájaros: el chillido estridente de los aguiluchos, el trino del zorzal en primavera. Podía oler el detergente mientras mis manos trabajaban, se deslizaban contra el vidrio trazando una s. Abajo, en la calle, el drama cotidiano. El dolor, la belleza, los milagros.

Pocas personas conocen la existencia de los limpiavidrios de riesgo, de sus maneras de vencer a la intemperie, de sus horas colgados en el vértigo. Por eso no hubo escándalo cuando mi arnés falló. Solo un anónimo empleado que desaparecía.

 

 

La tierra prometida

Suray Annys (Argentina)

 

Cuando los grandes mamíferos se fueron extinguiendo, todos los ecosistemas se modificaron. Proliferaron las aves y reptiles. La vegetación proliferó desmesuradamente. La eclosión simultánea de las guerras biológicas, sumado a la genética alterada por la medicina, había afectado a la humanidad. En su descomposición dio alimento y material biológico para la proliferación de un universo fungimutante. Aumentaron los insectos que se nutren de los hongos y se redujeron los que eran alimento para las especies animales sobrevivientes. Los crustáceos disminuyeron en volumen, tamaño y variedad. Los batracios desarrollaron garras y caparazones. La tierra volvió a estar en equilibrio.

 

 

Escombros y cenizas

Relja Antonić (Serbia)

 

Toda lucha demuestra ser inútil al final. Puedes construir, crear, escribir y pintar sobre cada pequeña roca de este mundo… ¡y todo acabará reducido a polvo! Puedes contener a las hordas durante apenas unas cuantas vidas. Pero solo una cosa es segura: ¡los escombros y las cenizas son el estado natural de todas las cosas! ¡Todo lo inflamable arderá! ¡Todo lo demás se desmoronará!

Pero no desesperéis, amadísimos miembros de la tribu. ¡Luchar contra lo inútil es lo que nos convierte en el pueblo que somos! ¡Prevaleceremos! ¡Debemos prevalecer!

Nuestros enemigos han llegado, como siempre lo hacen, para arruinar todos los frutos del trabajo arduo. La naturaleza puede seguir su curso habitual, pero yo, como vuestro Gran Rey y Sumo Sacerdote, os prometo esto: ¡nuestro conocimiento y nuestras Artes demostrarán ser eternos! Yo, y algunos de mis parientes más cercanos, aún conservamos los recuerdos. Y mientras algo sea recordado y soñado, sigue vivo.

Así que id, pueblo mío valiente —¡y llevad con vosotros a mis parientes! Dispersaos como nosotros, los humanos, lo hemos hecho tantas veces antes; atravesad las tierras del Hombre como si fueran vuestro propio patio, y pintad nuestro Arte y nuestro Conocimiento de las tribus de la tierra y de las estrellas en las paredes de las cuevas y en cada roca y trozo de madera que encontréis. Puede que se desmorone o se queme con el tiempo –¡y con toda certeza lo hará!–, pero hacedlo de todos modos. ¡Preservad todo lo que podáis! Regresad a las cuevas, pero recordad siempre de dónde venís, difundid siempre la Palabra y, por favor, pintad mientras uno de nosotros permanezca con vida.

Os ama a través de todos los tiempos, el Rey-Sacerdote Supremo, que aún espera que alguno de los supervivientes sea alfabetizado para leer estas paredes, y que las propias paredes resistan este peligro el tiempo suficiente.

 

 

Recordando a Judas

Octavio Aragao (Brasil)

 

Hoy en día, todo el mundo tiene un arma. La mía es una capacidad hipnótica que me permite conectarme mentalmente con una docena de personas o más. Eso me hace un candidato perfecto para Mesías, porque puedo hacerlos pensar exactamente lo que quiero durante por lo menos dos minutos. Créeme, a dos minutos es más que suficientes, cuando todo lo que quieres es el alma de la gente. Lo curioso es que nunca quise ser un Jesús. Tengo preferencia por el otro lado. No supe qué hacer con las almas, pero sé qué hacer con el dinero y gané tanto el año pasado que hoy en día me siento menos codicioso. Pienso retirarme y enseñar mi técnica a un discípulo, alguien que quiera continuar mi viaje por la senda del enriquecimiento. Tal vez ya tengo más de lo que necesito. ¿Qué? ¿Quieres saber cómo funciona? Es muy fácil. ¿Tienes dos minutos?

 

 

La condena de la inversión radial

Majda Arhnauer Subašič (Eslovenia)

 

Mark Rollway está de pie frente a la fachada de vidrio del centro médico, encorvado como un hombre que carga el peso de los siglos. En las manos sostiene un informe clínico, pero no logra leerlo. Las letras se desdibujan hasta que, desde las profundidades del inconsciente, irrumpe una voz largamente reprimida.

«Aunque sigas con vida, llevarás la maldición dentro de ti».

El recuerdo lo arrastra de vuelta a la noche en que la luna colgaba sobre la bahía como un ojo frío. Junto con su hermana Timmy y sus dos primos se dirigían hacia una mansión supuestamente olvidada, al borde del bosque. Pese a su belleza, el paisaje idílico resultaba inquietante. Los recibió su tía, a quien pensaban convencer de que cambiara el testamento. Su figura estaba rodeada por un aura centelleante, como si la luz emanara de ella misma.

—El linaje de los Rollway —dijo—, ha vivido durante siglos de la sangre de otros.

Tenía ojos de hielo y una voz metálica, como si hablara una máquina y no una persona.

A los atónitos visitantes les reveló su secreto: no era solo una científica común, sino la inventora de una tecnología lumínica que un círculo reducido conocía bajo el nombre de Leona Keney. Su descubrimiento –la inversión radial– era un arma que superaba la comprensión de su tiempo.

Intuyeron que les había preparado una venganza. Cuando intentaron huir, la mansión cobró vida. Las puertas se cerraban solas, la luz palpitaba con creciente intensidad. Timmy cayó primero. Un rayo la alcanzó en la cabeza y su rostro se disolvió en una red de patrones luminosos, como si se transformara en un holograma en colapso. Eloy, presa del pánico, saltó a la piscina que estaba llena de una sustancia adecuada para experimentos fotónicos. Su cuerpo se volvió translúcido y luego se dispersó en miles de puntos brillantes. La otra muchacha, Lena, envejeció de forma acelerada, como si alguien hubiera hecho girar el tiempo hasta el final de su vida en apenas unos segundos.

Mark huyó por un laberinto de pasillos que se transformaban a cada paso. Con horror comprendió que el tictac que oía no provenía del espacio, sino de él mismo. En lo alto de la escalera divisó por fin una puerta: el único punto oscuro en un mundo devorado por la luz. A través de ella cayó en la noche, en el bosque, en el olvido.

Lo último que oyó fue su voz, cortando la oscuridad.

«Aunque sigas con vida, llevarás la maldición dentro de ti».

Cuando despertó tras siete meses de coma, lo rodeaba la blancura. Los médicos celebraban el milagro.

Mark quedó como el único Rollway superviviente. Con la carga devastadora de la maldición de la luz, que sin embargo no sentía, pues la inyección del olvido había borrado sus recuerdos de la noche fatal… hasta el día en que el olvido empezó a resquebrajarse como una frágil cáscara.

 

 

El nieto

Susana Arroyo (Argentina)

 

—¡Hola, abuela! ¿Puedo llamarla así? Yo no tengo abuela de verdad… ¿Cómo amaneció hoy?

—Cuando lo veo, doctor, ¡mucho mejor!

—¿Y eso por qué?

—Me hace acordar a mi nieto. Debe tener su misma edad. Nunca lo conocí. Los papás desaparecieron. Mi hija estaba embarazada. Supongo que ese bebé vive. Bueno, no tan bebé.

—¿Lo buscó?

—Siempre. Sin éxito. No quiero morirme, doctor. Hasta encontrarlo.

—No se va a morir todavía. Usted es muy fuerte. Aunque ya va por los…

—Acabo de cumplir noventa. Pasé muchas pestes. Pero nunca me sentí tan mal como ahora.

—Es bravo este virus. Pero va a salir adelante. Piense en ese objetivo: localizar a su nieto. ¿Sabe si era un varón?

—No. En aquellos años no había ecografía. Intuíamos que era un nene. ¿Y usted por qué no tiene abuela?

—Mis papás eran grandes cuando me tuvieron. ¡Y qué raro! Nunca nombraban a mis abuelos. Le voy a confesar algo. En realidad, siempre sospeché que me adoptaron.

—Casi todos hemos pensado alguna vez que fuimos adoptados.

—En mí es casi una certeza. Mis padres fueron buenos, me dieron la mejor educación. Pero los sentía distante. Nunca vi fotos de familiares: abuelos, tíos, primos… No tenían amistades. Nunca me animé a confiarles mis sospechas. Murieron casi al mismo tiempo. Y me arrepentí de no haber hablado antes. Me sentí muy solo.

—¿Tiene esposa, hijos?

—Tuve una. Me separé hace bastante. No tuvimos hijos.

—Yo también estoy sola. Y tuve una hija.

—Usted se merece hallar a su nieto. La voy a ayudar. Cuando esta enfermedad pase. Yo mismo me voy a encargar de todo. ¿Confía en mí?

—¿Cómo no voy a confiar en usted? ¿Cuánto hace que nos conocemos? Ya perdí la cuenta…

—Treinta días. Recuerdo con claridad la fecha en que usted entró. Estaba muriéndose. Dejé todo y me prometí curarla. Y ya ve. Estoy cumpliendo.

—¿Por qué lo hizo? Usted me da un trato preferencial. Me da una vuelta todos los días. Y varias veces al día. Y sé que hay muchos pacientes en terapia.

—No lo sé. Sigo mi instinto. Solo sé que tengo que hacerlo.

—Será que vio en mí a aquellas abuelas que no tuvo…

—Puede ser. Lo importante es que se tiene que curar pronto. Y juntos averiguaremos dónde está su nieto. Y si no, me adopta. ¿Qué le parece?

—¡Trato hecho!

—A ver… Un solo pinchacito y me voy. Trate de dormir. Buenas noches.

La anciana cerró los ojos. Esbozó una genuina sonrisa. La esperanza renació. A pesar de los años, la enfermedad, la soledad, el dolor viejo.

La encontraron muerta al día siguiente. La paz pintada en el rostro.

El médico casi se había acostumbrado a la muerte. Pero esta lo marcó. Lloró sobre el cuerpo inerte. Como si lo hubiera presagiado.

Más tarde lo comprobó: él era el hombre reclamado.

 

 

Devorado

Finn Audenaert (Bélgica)

 

—¡Hi-yaaaaah! —El grito espeluznante resuena en la imponente iglesia en el valle del hambre eterna. La sangre coagulada en el altar de mármol de Sham’laa azuza a los numerosos fieles presentes. Toca, Señora. El brazo del primogénito del Líder cuelga inerte junto a la mesa de ofrendas. Ah, Ella está alimentada. El coro de niños se pone de pie y entona la Oda al Agua en varias voces. El aire se densifica. Cuando el altar se parte, también retumba el suelo. Las columnas tambalean y las tejas del techo tiemblan. Las baldosas se desmoronan, los feligreses se tumban con ansias, reina una alegría desenfrenada por doquier. El río subterráneo furioso se revela y finalmente libera a sus hijos de la sequía.

 

 

Cada día

Martin Auer (Austria)

 

Cada día, cuando paso en bicicleta por esa esquina, entre las ocho y las ocho y media de la mañana, hay allí dos hombres, uno mayor y otro más joven. El mayor sujeta al más joven por la cintura, delante de sí, porque el más joven, al parecer con múltiples discapacidades, no puede mantenerse en pie solo. Su ropa es pobre; ambos llevan gorros de lana y cortavientos. Su piel es de tono moreno, los rasgos del rostro son asiáticos. Podrían proceder de Filipinas o de Indonesia. El más joven se parece al mayor, aunque su expresión facial está desfigurada por la discapacidad. Quizá sea su hijo o su hermano menor. Con el labio caído, los ojos saltones, su mirada parece bovina, incomprensiva.

El mayor está de pie detrás de él, lo sostiene con firmeza; su expresión es contenida, no revela nada. Cada día saca al hijo hasta allí, probablemente solo unos pasos fuera de la casa; cada día está allí con él y lo sujeta para que tome aire fresco, quizá también para que vea algo: personas y coches que pasan. No se le nota al hijo si le gusta estar allí, si comprende lo que ve. No se le nota al padre si está allí por amor a su hijo o por sentido del deber, si el estado del hijo le aflige. No le habla, no le muestra nada, no señala. Solo lo sujeta para que no se caiga.

Es lo que es, y se hace lo que hay que hacer, y ellos dos pertenecen el uno al otro. Pero ¿qué sé yo? Solo sé que siempre están allí cuando paso en bicicleta, entre las ocho y las ocho y media, sin palabras, casi sin movimiento, el uno sosteniendo al otro, cada día.

 

 

El brujo decapitado

Édgar Omar Avilés (México)

 

Cuando el hacha del maestro verdugo cercenó la cabeza, en la plaza todo el pueblo aplaudió aliviado, libre, al fin, de la malevolencia del brujo, de su risa oxidada, de sus promesas de muerte. Pero al caer la cabeza, del cuello surgió otra diferente. Ésta también fue cortada, mas otra brotó como capullo. Las cabezas decapitadas se apilaban, nacidas una tras otra del insólito cuello del brujo. Aunque los brazos del verdugo estaban cada vez más cansados y los aplausos menguaban, repetía la operación concentrando el mismo coraje en cada tajada, hasta que un par de horas después todo empezó a dar vueltas al ritmo de la risa oxidada. En ese instante el verdugo vio que en la plaza todo el pueblo yacía decapitado, mientras su cabeza rodaba junto con las demás.

 

 

Lo que duele es aprender

Luisa Axpe (Argentina)

 

Nunca había visto un color en su vida. Y de todas las cosas que era posible ver, ésa era la que más le intrigaba. Podía entender lo que era una forma; de hecho, sus manos distinguían lo redondo de lo plano, lo pequeño de lo grande, lo puntiagudo de lo suave. Podía saber si algo estaba arrugado o completamente liso. Si estaba hecho de alguna trama, como los tejidos, o era totalmente compacto en apariencia, como una hoja de papel. Si se abría al mundo como una flor, o permanecía cerrado, vuelto sobre sí mismo hasta que alguien lo rompía, como un huevo. Pero los colores, eso no sabía de qué se trataba. Por eso, todos los días le pedía a alguien que le dijera de qué color era cada cosa.

Una noche, alguien en la casa afiló demasiado el cuchillo de cortar pan; y así fue como aprendió que rojo era algo pegajoso, caliente y que dolía al tocarlo.

 

 

Predicciones

Armando Azeglio (Argentina)

 

Todas las predicciones del final (imitando o no la Biblia) han fallado y fallarán: incluida la de esta narración. Escribo esto en mi departamento, sin titubeo alguno; invocando —si debiera— solo una divinidad: Atenea. Marmórea, alta, de rasgos serenos, más majestuosa que bella. La "diosa de ojos garzos", la diosa-razón, parece mirarme desde la pared. Es como si me dijera, sin decir nada: “la escatología es solo un negocio. Un gran negocio de tu época. A veces con aspavientos, a veces silencioso. Tiene un poco de ministerio y mucho de industria. Mucho de chacal y poco de colibrí”... Hay una emanación cuasi lasciva y sentenciosa en los ropajes y entonaciones de la señora. Algo circular, algo no lineal en sus aseveraciones. Sigo leyendo un ejemplar de la Biblia. Es una traducción del rey Jacobo que heredé de un abuelo ya fallecido. Me miro a mí mismo leyendo y la escena me parece patética: un tipito pretendiendo conocer la fecha exacta del apocalipsis. Calcularla. Vertebrarla en el presente. Miro la estatua de la diosa, como buscando un acuerdo. Parece murmurarme algo ininteligible.

 

 

Kalle piensa: Impresiones

Marcus A. Becker (Alemania)

 

Kalle se asocia a través del mundo. Y nos deja participar de ello. Bienvenidos cordialmente a «Las cosas en la cabeza de Kalle».

Kalle piensa:

Impresiones. Salir un poco de la rutina. A otro lugar. Otros tiempos. Otras cosas. Otras personas. Pensar distinto. Y otros temas. Tres semanas fuera. En la vieja tierra natal. Trabajar. Vivir. Ser. Vivencias. Encuentros. Novedades. Cambios. A algunos no los había visto desde hace 17 años. Retomar de inmediato. Como si se hubieran visto por última vez ayer. Y sin reparos al respecto. Diecisiete años ofrecen material de sobra para contar. Actualizaciones. Novedades. Al final uno se entera de muchas cosas. Aquí. Sobre los otros. Recordar. Cómo era entonces. Cómo era la persona en aquel tiempo. De dónde se conocían. Qué se valora el uno del otro. Manías. Todo lo que ha pasado mientras tanto. Ponerse al día. Hijos. Separaciones. Trabajos. Actitudes. Y por debajo yace la imagen del pasado. Que aquí y allá relampaguea. En la risa. En la frase. En tal gesto. En una palabra. Historias viejas. Nuevas. ¿Te acuerdas? ¿Y qué fue de aquella? ¿Y en qué acabó ese? Pasear por la ciudad. Registrar los locales vacíos. Nuevas tiendas. Y las que han sobrevivido. Dicen que el restaurante nuevo también es bueno. El viejo lo era, seguro. Algunas esquinas siguen siendo iguales. Muchas ya no existen. Sería raro que nada hubiera cambiado. Tanto mayor la alegría ante las vistas conocidas. ¿Quizá también haya cambiado mi manera de mirar el mundo? Otros ojos. Otras opiniones. Referencias. Valoraciones. Más viejas. Quizá más conservadoras. Fugacidad. Nada es tan constante como el cambio. Huellas. Recuerdo. Y ordenar todo en el tiempo. Tal como fue. Bueno y viejo. Y que nunca volverá a ser. Un poco de melancolía. Un saludo al ahora. Antes no todo era mejor. Solo era antes. Algo que permanece…

 

El azaroso despertar de un gusano

Ruy Balmes (España)

 

Despertó de la siesta en medio de un jaleo de dimensiones bíblicas, con su hogar completamente destrozado y el retumbar de una tremenda disputa en el exterior. Se asomó a la entrada y contempló la ira de un viejo que abroncaba a una pareja de adolescentes sumidos en plena edad del pavo, mientras una serpiente con sonrisa maliciosa contemplaba apartada la escena. Definitivamente, la vida en aquella manzana, con tal vecindario, quedaba lejos de ser un paraíso terrenal.

 

 

La enemiga de siempre

Joyce Barker Bucat (Chile)

 

Iban a la fiesta de sus amigos, caminando por la calle, Ana y dos más. No había nadie a la vista, era de noche, y había algo de humedad en el aire. De pronto Ana los miró y sin decir una palabra, quedaron los tres suspendidos de manera horizontal sobre la vereda, dispuestos a acelerar el viaje; ya lo habían hecho antes, varias veces. Volaron ordenadamente separados del piso por unos cincuenta centímetros, con las cabezas hacia delante, mirando el edificio donde era la fiesta. Estaban a pocas cuadras de llegar. De forma vectorial alcanzaron el borde del edificio y giraron hacia arriba, hasta llegar al décimo piso. Entraron por la ventana, como solían hacerlo. Los recibió la dueña de casa, alegre porque llegaron. Ya había gente.

El departamento estaba casi lleno, y los amigos se acercaban a saludar y a ofrecer tragos y otras cosas. Ana y sus amigos conversaban con los otros; se reían y bromeaban entre ellos, alrededor de la pequeña mesa redonda del comedor, que estaba cerca de la ventana por donde entraron al departamento. Brindaban, cuando de pronto, se abrió la puerta del departamento y entró una mujer de edad similar a la de los invitados; se quedó mirando a Ana, a quien ya había visto antes, y siempre intentaba acercarse, pero no de manera amistosa. Tenía la mueca de enojo estampada en la cara y vestía de negro, como todas las otras veces que Ana la vio.

Las dos tenían una apariencia similar, al menos en los colores, las facciones y la altura. La mujer, sin quitar la mirada, caminó hacia la mesa donde se encontraban.

Ana la contemplaba, pero sin prestarle mucha atención, hasta que se acercó demasiado.

—Espérenme un rato -les dijo a sus amigos que miraban la escena riendo.

Dejó el vaso sobre la mesa.

—Tú no me vas a hacer nada —le dijo a la rarita.

¿Por qué? —respondió la mujer, con cierta ironía.

Ana se acercó a ella y le respondió al oído, luego retrocedió un paso. El semblante de la mujer cambió por completo. Dio media vuelta y se fue por donde vino.

—¿Qué le dijiste?

Antes de responder, Ana fue a cerrar la puerta que la extraña había dejado entreabierta.

—Es que si les cuento, podría perjudicar a quien no sea parte de este lugar.

—¡Todos somos parte!

—¿Están seguros? ¡No quiero que desaparezca nadie!

—¡Tiene razón! ¡No queremos saber! —gritó alguien muy parecido a Ana, mientras saltaba por la ventana, con el vaso en la mano.

 

 

Leno Chervilo

Detelina Barutchieva (Bulgaria)

 

Mi rostro está viejo y pálido. Está moteado por la luz y las sombras que proyectan las hojas de los árboles. El verdor es un fondo exuberante para mi frente y pómulos de cera. Me miro en el espejo mientras me pinto los labios con lápiz labial escarlata. Al menos un punto brillante, para no parecer un fantasma. Son las dos de la tarde. De joven, a esta hora sudaba como en un sauna. Ahora, dondequiera que esté, tengo las extremidades frías. A esta hora del día suelo quedarme en casa. Me acuesto, envuelta en una manta, y leo. Hace mucho que no veo las noticias. Peleas entre búlgaros y gitanos, alcohol, drogas, peleas, asesinatos son las palabras más frecuentes. El odio y la ira sacuden el espacio vital.

Pero a esta edad, todo se vuelve aburrido, incluso tu propia casa. La mía se ha convertido en un lugar muerto, un museo de objetos sin vida que se desmoronan. Como yo. Los agujeros…

—¿Dónde ves agujeros, mamá? Eso es polvo apelmazado. Estás atascado de basura, aquí no se puede respirar. —Mi hija claramente no está en clase. Odio mi mundo, pero lo amo. También es un viajero a ninguna parte, como mi viejo y cansado corazón. Gracias a Dios mis ojos no verán cómo están destrozando mi vida entera: ropa, fotos, tarjetas, cartas. Luego se golpearán las manos. Derramarán una por “Dios perdona”.

Cerca hay un viejo banco entre los arbustos. Mi esposo y yo lo encontramos un día al regresar del estanque de los patos. A menudo nos quedábamos solos allí y guardábamos silencio. Habíamos hablado de todo. Él se fue hace mucho tiempo, pero mi costumbre de venir aquí a veces sigue vigente.

Pongo la cara al sol. Cierro los ojos, sonrío. Me odiaron, me amaron. Parece que estoy lista para ser transportada a otra realidad. Pero todavía hay un pequeño detalle que me detiene. Nunca he podido comprender qué es la felicidad.

 

 

Huellas en la arena

Patricio G. Bazán (Argentina)

 

Caminé despacio rumbo a la orilla, guiado por la luz de la luna y mi resolución de aniquilarme. La arena húmeda demoraba mis pasos obstinadamente, haciéndome desistir del empeño, pero no podía renunciar: una vida sembrada de fracasos, desengaños y malas decisiones me habían devuelto al punto de partida, al océano de mi niñez.

El agua que lamía mis pies desnudos era fría y punzante, poco amable para ser lo último que sintiera; pero tampoco iba a fracasar en esto.

Algo duro chocó contra mi tobillo izquierdo, arrancándome un gemido más de sorpresa que de dolor. Era una vieja botella de vidrio.

La levanté para devolverla al mar, pero un oportuno rayo de luz reveló que contenía un papel enrollado en su interior, como un mensaje. Intrigado, quité su tapón con la navajita del llavero y me envolvió un aroma antiguo, una persistente mezcla de sal, mar y tiempo. Desplegué el pergamino amarillento, escrito con bella caligrafía.

Tú, que has encontrado mi voz, por favor no desesperes. Aunque ambos hemos amado y perdido, la Vida es más valiosa que la suma de todos los Miedos.

No pude descifrar la firma, pues la tinta se diluía por las salpicaduras del mar, o quizás por mis propias lágrimas.

Dejé caer botella y mensaje al agua, pues necesitaba ambas manos para cubrirme el rostro. Caí de rodillas, y por primera vez en mucho tiempo pude sollozar largamente y sin miedo, liberándome de todo aquello que me destruía.

Ten fe en la Vida. Pero, por sobre todas las cosas, ten fe en ti mismo.

Volví despacio, regresando al pueblo con pasos vacilantes pero cada vez más firmes. Observé mis nuevas pisadas; descubrí que eran distintas a las anteriores, y que además no había venido caminando solo.

Los miedos también habían dejado su huella.

 

 

Muertes

Carmen Belzún (Argentina)

 

¿Cómo estaría ella? Quería verla. Después de hacer pacientemente la fila, pude acercarme al féretro; entonces, alcé la cabeza y la vi. El cabello oscuro cubriendo parte del rostro, la mirada baja oculta tras lentes oscuros, una mano apretada sobre el pecho cerrando el largo abrigo negro. Estiré la mano para correr el encaje mortuorio y espié entre la seda blanca. Y lo vi. El corazón palpitante descansaba bajo las manos muertas, sobre el pecho inmóvil. “Es curioso” pensé “no se ve sangre”. Entonces noté que, aunque intentaba ocultarlo, una mancha roja crecía, lenta, en el pañuelito bordado que ella tenía en la mano derecha, la misma con la que cerraba, obstinada, su tapado.

 

 

Todos somos el golem de turno

Alejandro Bentivoglio (Argentina)

 

Pongámoslo así, crudo: se está por morir. Sabe que todo lo que fue, supo y sintió se disolverá en la nada. Entonces, con el hacha del verdugo sobre el cuello, se le ocurre un último lance: señalar al escritor de la historia y gritar con todas sus fuerzas: ¡Es un brujo, está haciendo que pasen cosas de la nada!

Y es por eso que ahora corro, que me disculpo por la letra movida, que describo a la multitud que me persigue con palabras demasiado móviles, erráticas.

 

 

Hitchcock

Ricardo Bernal (México)

 

Para S. GvH.

 

Como todos sabemos, Alfred Hitchcock aparece unos cuantos segundos en todas y cada una de sus películas. Gran orquestador de bromas macabras, Hitchcock hizo un pacto con la muerte: aparecerá unos cuantos segundos en todas y cada una de nuestras vidas. Lo veremos a lo lejos, cruzando la calle entre la multitud; lo veremos asomarse detrás de unos arbustos, o reflejado en el espejo de un bar, o a bordo de un taxi que se aleja cualquier noche, cualquier año… Hay que estar atentos.

 

 

El sexagésimo sexto diente de Santa Tecla

Iván Bojtor (Hungría)

 

En el año 6548 de la creación, según la era bizantina, Christophoros Mytilénaios, patricio del imperio y maestro de ceremonias del emperador, se dirigía a un monasterio. Su partido había perdido en las intrigas por el poder. Temía que ni siquiera las oraciones pudieran ayudarlo y que podría terminar como innumerables oponentes: cosido en un saco de cuero en las aguas del Cuerno de Oro.

Le contó al monje Andreas que su última esperanza sólo podía ser la protección de un santo y le suplicó que le vendiera una reliquia de su colección. Andreas lo condujo a una cámara y le dijo: "Elige".

En los estantes, había hileras de relicarios que contenían las ocho piernas del mártir Néstor, las diez manos de Procopio, más de una docena de mandíbulas de San Teodoro, siete cráneos de San Gregorio, doce tibias del mártir Demetrio, y veinte espinillas de Panteleimon. Pero tampoco faltaban reliquias de santas. Entre las joyas de la colección se encontraban los cinco pezones de Santa Bárbara y la colección de sesenta y seis dientes de Santa Tecla. Mytilénaios era rico, podía comprar cualquiera. Eligió uno de los dientes de Santa Tecla.

Cuando salió del monasterio, los soldados de la guardia imperial lo asaltaron. Antes de que pudieran arrebatarle el relicario, sacó el diente y se lo tragó. Uno de los bárbaros lo golpeó con tal fuerza que cayó al suelo, incluso uno de sus dientes salió volando.

Los mercenarios lo levantaron a rastras y se lo llevaron consigo. El monje miró el diente ensangrentado que yacía en el suelo, lo recogió, lo llevó de vuelta a la cámara y lo colocó en el lugar del sexagésimo sexto diente faltante de Santa Tecla.

 

 

El héroe

Hernán Bortondello (Argentina)

 

El anciano pedía limosnas cerca de las prostitutas de la Vía Sacra. Era una buena estrategia, porque siempre alguno le dejaba algo. Pero cuando un veterano centurión depositó tres uncias en su mano, descubrió en el arrugado pecho una “E” que mal disimulaba la “B” tatuada de Batiato, el comerciante de gladiadores.

—Eres inmortal, Espartaco —susurró anonadado.

 

 

Tu segundo emoticón

Gastón Caglia (Argentina)

 

—Tremenda pavada, ¿vieron esto? —El niño exhibe el celular con un meme que ocupa toda la pantalla. Se lee: “Tu segundo emoticón es la forma en que vas a estar el resto del mes. Comparte…”

—Me tienen cansados con esas fotitos.

—Memes, son, memes, Juanchi.

—Sí, ya lo sé, son memes, pero muy tontos.

—¡Y qué querés decir!, ¿que leo pavadas?

—No, pero ya está gastado el chiste, hay que llevarlo a otro nivel, una cosa como, que sé yo, y si decimos, a ver… el tercer link de búsqueda de Google va a pelear contra el quinto link, una cosa así, ponele…

—Dejame ver, esperá, te digo en mi caso, ¡no vale porno!

—Sí, obvio, sería como un Street Fighter pero bien random.

—Bueno, mirá, no te rías, sería La Difunta Correa y el Pombero contra El Tío.

—Vos miras casa cosa en Google…

—Es que tenía que buscar una tarea sobre leyendas en la escuela, ¿así y todo, quién ganaría?

—¿Quién es “El Tío”?

—Es el diablo, boludo. No sabés nada. Le dicen así, o le decían así en el campo hace mucho, pasa que antes daba miedo mencionarlo, porque parece que se te aparecía desde los bajos del mundo.

—Haaa, como Candyman.

—Ponele, creo.

—¿Y cómo sería esa pelea?

—No sé, imaginate que están en el campo y la Difunta se levanta y ahí está el Tío, que se yo. Muy loco, ¿no?

—Ojo con todo eso —sentencia terciando Juanchi—. Mi vieja dice que si lo deseas el Universo puede conspirar en tu favor, o en contra, como que el Universo no tiene sentido del humor, una cosa así, y que si acá no ocurre bien puede ser que en otro lugar, otra dimensión, sí pueda suceder. Imaginate que todas las pavadas que hablamos en otra dimensión son realidad, ¡pobre la difunta!, ¿viste el documental sobre las teorías de cuerdas? Sería tremendo —remató.

       —¡No digas pavadas!

       —Cuidado con lo que deseas…

 

La mujer se recostó exhausta contra unas rocas, un largo vestido rosa, deshilachado y manchado por el barro, cubre sus piernas hasta los tobillos. Los pies, maltrechos por haber caminado en el monte sin protección, son dos amasijos de carne enrojecida y cubiertas de laceraciones. Sus pensamientos vagan en lontananza y el rostro fatigado anuncia un rápido desenlace.

Sin embargo tras unas rocas se esconde un ser pequeño, no es un enano, sino un hombre de diminutas dimensiones. Cubre su rostro y sus puntiagudas orejas con un enorme sombrero de paja raído con agujeros aquí y allá. Se quita de la boca su larga pipa y contempla la escena sin atinar a decidirse si acercarse o no, a fin de cuentas la moribunda tiene unos pechos exuberantes al aire.

En eso se encuentra cuando una extraña sensación, un frío apremiante, le recorre el cuerpo. Enseguida se percata que una presencia oscura ronda el lugar. Quien ronda es un devorador de hombres, un Familiar, un Tío. El Pomberito huye despavorido dejándola sola.

Fight!

  

Venganza

Mónica Cazón (Argentina)

 

Desde el ramaje miré la noche encapotada y oscura. Las hojas estaban húmedas, pero no me importó; cerqué mi tarea gajo a gajo, empecinada en terminar la casa para cuando él regresara.

Una tenue luz me indicó que se acercaba la hora del descanso. Mis ojos agotados repasaron las hojas, el tejido, el dolor de mis manos; y descubrí que había un error, un grave error. En el extremo opuesto mi arácnido copulaba sin culpas y con esmero.

Despacio, sin culpas y con esmero también, corregí el error de un bocado y continué hilando.

Las manos ya no me dolían.

 

 

Cocineros galácticos

Sandro W. Centurión (Argentina)

 

—¿Qué le pusiste?

—Lo básico hasta ahora, carbono, hierro, magnesio, potasio.

—Acordate que la última vez tuvimos problemas.

—Es que sin la receta... Es a prueba y error.

—No me olvido que la última vez cocinamos algo que cobró vida y se convirtió en una masa de carne, cabeza y extremidades. ¡Puaj! un asco.

—Lo que pasa es que sin las proporciones, y con tan poco tiempo, es complicado.

—Complicado es poco. Lo difícil que fue deshacerse de esa cosa. Tuvimos que hacerlo desaparecer para que nadie viera ese engendro incomible, ¿te acordás?

—Es cierto.

—Vos no te diste cuenta pero hubo algo más, no te lo dije antes porque no quise asustarte.

—¿Qué?

—Tenía conciencia, esa monstruosidad que creamos, tenía conciencia.

—¡No!

—Sí.

—Si se enteran los maestros nos van a prohibir cocinar por toda la eternidad.

—Jamás lo van a encontrar. Fue buena idea tirarlo en el basural aquel del que nos habló el maestro Phu.

—Sí, el planeta azul.

—Está suficientemente lejos como para que alguien vaya hasta allá. Además, con tanto oxígeno y tanta agua por todos lados es imposible que esa cosa prospere y se reproduzca.

—Fue una decisión inteligente.

—Dale, seguí revolviendo y agregale un poco más de sodio. Esta vez nos tiene que salir bien.

 

 

Lovers

Cristina Chiesa (Argentina)

 

Habías corrido demasiado para tus años, demasiado para poder sostener por mucho tiempo más esa carrera, y las sombras avanzaban, implacables.

Sombras de mujeres enloquecidas, de enmarañados cabellos y dientes de rata. Buscándote. Llamándote. Cantos de sirenas envejecidas por el vicio de la muerte, señales, invocaciones, súplicas de bocas desdentadas.

Por eso al despertar, con el cuerpo sudado y la cama oliendo a miedo, supiste que tenías que escapar.

Porque el banquete en ciernes y todos sus aprestos y el festín y el cacareo atareado alrededor tuyo que al principio no entendiste, eras vos mismo, la presa tan deseada. Y tu corazón el premio, el galardón de la primera que te hallara

—¡Regresa, vuelve! Aquí estamos, para darte lo que pidas, para complacerte hasta en los más mínimos detalles —suplicaban.

—Saquearme —contestabas—; descuartizarme y engullirse las partes que necesitan para seguir sobreviviendo. Eso son ustedes, adefesios disfrazados de ventura y complacencia.

Hembras terribles, te decías resollando, esperpentos disfrazados de belleza, de bondad y comprensión, gárgolas al acecho, lechuzas de la noche. Y el corazón, te bombeaba cada vez más lento.

—¡Aquí estoy!… —aullaste, mientras finalmente tropezabas y caías—; devórenme definitivamente, no puedo más… Y una vez que hayan terminado y que de mí no quede más que una apariencia, todo volverá a ser como al principio, reanudaremos la batida; la cacería debe continuar.

 

 

01100

Alberto Chimal (México)

 

En los cabarets de la ciudad de los robots, los clientes beben aceite enriquecido, se conectan a redes eléctricas de voltajes exóticos y escuchan a los músicos y cantantes. Hay desde androides con formación operística hasta arañas rupestres que tocan cuatro guitarras a la vez. Y los repertorios también son muy variados: piezas de Kraftwerk y otros clásicos se alternan con las de cantautores actuales.

Pero el más curioso de todos estos artistas es Benito Punzón, quien cada noche aparece en el escenario, impecablemente vestido, y no utiliza ningún instrumento ni siquiera su altavoz integrado. En cambio, zumba como planta eléctrica, martilla como antigua caja registradora, incluso imita el rascar de la piedra en las minas profundas: todos esos sonidos que para los robots son signos del pasado más remoto, de antes de la existencia del primer cerebro electrónico. La mayoría nunca los ha escuchado en otra parte pero todos se conmueven: alguno tiembla, otro arroja chispas que son como lágrimas. 

 

 

Domingo en la playa

Rosa Lía Cuello (Argentina)

 

Domingo de enero. Un calor sofocante invadía el departamento cuando tomé la decisión de ir con Sara a la playa. Salimos luego de juntar unas galletitas, fruta, agua mineral, un poco de queso. También tuvimos una pequeña discusión por la malla. Yo insistía en que se pusiera la vieja con lunares y ella se puso la más nueva, que era blanca con estrellitas pequeñas.

Una ola de calor nos pegó en la cara cuando bajamos del colectivo, en el que habíamos viajado desde el centro. Caminamos las tres cuadras hasta la playa, ella corría, subía y bajaba escalones, tapiales, lo que encontrara en su camino. Le gustaba el agua.

Al llegar me maldije por salir cerca del mediodía, el calor era abrasador y yo cargaba un pesado canasto de mimbre con todo lo que creí que era indispensable.

Una multitud de cuerpos asándose al sol fue la primera postal. Tuvimos que caminar otra media cuadra por la arena hasta encontrar un espacio donde colocar la lona.

Sara se sacó su vestidito playero.

—Mami, ¿puedo ir al agua? —gritó

—Esperá un poco que nos terminemos de acomodar. No te vas a morir.

—Sí, estoy aburrida. ¿Puedo hacer castillitos de arena?

—Bueno — dije yo, cansada y acalorada—, andá a buscar un poco de agua con el baldecito.

Sara tomó el balde y salió corriendo entre la gente, desparramando arena para todos lados. El agua estaba a tres metros ¿qué puede pasar?, pensé. Saqué la lona y la acomodé. Me di vuelta para ver que hacía, y no divisé su malla blanca con estrellitas. Busqué con la mirada hacia la derecha, hacia la izquierda y empecé a desesperarme.

Fue un segundo; se me cruzaron tantas ideas, me sentí atontada, a punto de desmayarme.

—¿Le pasa algo? —me preguntó un hombre—. ¿Se siente mal?

—La nena —dije-.; no está, no la veo.

—Calma, yo la acompaño, vamos a buscarla; dígame cómo es, cómo está vestida. Avisale al bañero —dijo dirigiéndose a una mujer que estaba a su lado, con una factura a medio comer en la mano.

Empecé a correr por la playa, pisando gente, volteando sombrillas.

—¡Sara! —grité— ¡Nena, no me hagas esto!

Cuando veía algo blanco, fuera lo que fuese, me acercaba. Ya no podía respirar.

La gente me miraba como si estuviera loca, y el hombre que todavía venía detrás les explicaba que perdí a la nena.

—¿Cómo es? ¿Cuántos años tiene? —preguntaban.

—Rubia, pelo cortito, malla blanca, cuatro años —yo gritaba sin parar.

Y el hombre repetía.

—Rubia, pelo cortito, malla blanca, cuatro años

Me detuvo alguien que dijo ser el bañero.

—¿Es una nena rubia, muy simpática, con malla blanca y un baldecito rojo?

—Sí, es Sara —contesté, pensando lo peor.

—Está allá, bajo los árboles, haciendo castillos de arena. Dice que su mamá se perdió, que no la encuentra.

 

 

Frío. Hambre. Sed.

Ana da Silveira Moura (Portugal)

 

El frío es siempre el primero en llegar. Llega cuando ellos se van y me doy cuenta de que las piedras de esquisto de mis paredes estaban calientes por los panes de maíz y los caldos. Ella ahora ya no puede cocinar. Las manos le tiemblan y un día hubo un incendio cuando los temblores provocaron un accidente en la chimenea. Nunca más volvió a cocinar. Mira la chimenea y aprieta las manos.

Luego llega el hambre. ¿Cómo pueden tener hambre paredes y techos y suelos? Pero la tienen. Y si ellos la tienen, yo también la tengo. Estoy cargada de hambre de acontecimientos, y los acontecimientos solo ocurren cuando el tiempo no se queda estacionado en un lugar. El tiempo se estaciona cuando las personas se van de una casa. ¿Ella? Ella espera. Vienen a traerle comida una vez al día. Están preparando un lugar para ella, un lugar cálido. Cómo envidio ese lugar. Allí es donde sonreirá. Y me enfurezco.

Luego llega la sed. La sed es terrible. La sed es mala. La sed es posesiva y se aferra a lo que puede de aquello que le están quitando. Ellos vinieron, como prometieron. Se la llevaron. Pero no entera. Me quedé con una parte de ella. Me quedé con los recuerdos de la anciana. Los recuerdos calientan mi esquisto, mi suelo de piedra, mi tejado que se desmorona día tras día y deja entrar lluvia y nieve y hielo.

Allá lejos, muy lejos, en la residencia donde ella está, en la habitación calefaccionada, en la cama impecablemente hecha por las enfermeras, la oigo llorar por los recuerdos que no dejé que arrancaran de mis entrañas. Y creo que es justo. Ella se dejó llevar.

Y yo me quedé aquí para tener frío y tener hambre y tener sed, después de haber tenido calor y comida y agua. Agua que no era hielo condensándose en mis vigas de madera que se pudren.

 

 

El último viaje de Adam Ogorek

Christopher T. Dabrowski (Polonia)

 

Adam Ogorek cumplió 30 años ayer. Tenía un doble motivo para celebrar. ¿Por qué? Porque también terminó de trabajar en una máquina para viajar en el tiempo.

Al día siguiente, diez años en el futuro, se encontró con un espectáculo dedicado a la memoria de un científico que inventó la máquina del tiempo. El genio murió de un ataque al corazón poco después de que se completara la invención.

Adam sintió un dolor fuerte y sin aliento en el pecho.

Se arrastró hasta la máquina con sus últimas fuerzas y volvió a su tiempo.

Salió de ella y cayó muerto.

 

 

Desborde

Rogelio Dalmaroni (Argentina)

 

Durante siglos los peones al llegar al casillero 8 se coronaban reina.

En abril de 1789, durante un torneo en las afueras de París, en un clima de revuelta popular, dijeron basta. Decidieron seguir siendo peones.

El tablero fue tomado y los reyes hechos rehenes.

El comité internacional suspendió el torneo y amenazó con eliminar a los peones del juego.

Fue la chispa que encendió los tableros.

En los torneos alrededor del mundo los peones exigieron la reforma y los jugadores se solidarizan con ellos.

El comité prohibió el ajedrez.

La rebelión se extendió como reguero de pólvora a toda Europa.

Surgió entonces, con fuerza inusitada, un nuevo reclamo: la abolición de las coronas.

El 14 de julio de ese año se produjo la toma de la Bastilla en París.

 

 

Descampados

Luz Darriba (Uruguay/España)

 

El silencio envolvió el valle con un manto más seco que el polvo que se elevaba imperceptible desde la tierra árida. Si alguien quedó vivo tras aquella masacre aún no lo sabía. Tampoco las montañas. Había corrido tanta sangre que era difícil adivinar su color. El cielo caía a plomo estrangulando los techos destrozados de las casas, invadiendo con una luz molesta, inoportuna, las veladuras de batallas desiguales, los restos de lo que fue. La víspera había sido de gritos y oraciones, de balas y cuchillos carniceros, pero esa mañana la naturaleza insistía en su empeño de repetirse, en presentar sus ciclos como si nada. Tarea inútil: hasta los perros yacían inertes y fríos al borde de las cunetas. Quién enterrará tanto cuerpo desperdigado, tanta víscera suelta. Quién quemará las ropas, las pobres pertenencias abandonadas en la inútil huida. Quién hará doblar las campanas por tantas ausencias. El aire se arremolinaría con los abrojos a pleno sol sin que nadie lo viera. Las lagartijas se animarían a corretear entre la hierba escasa, a asomar nerviosas sus rabos renovables tras las piedras, en carreras y paradas bruscas y sorprendidas. En vuelo lejano, bajo un cielo aplastante, las siluetas de algunas rapaces rondaban con su elegancia la tragedia. Fue cuando el llanto desacompasado de un niño pequeño emergió de la tarde despidiéndose. Sucio, hambriento, a pasos débiles y tambaleantes. Su lamento parecía destinado a perderse entre la ronquez de la tierra, en el sonido seco del viento arrullando la muerte. Refregaba sus ojos con las manos, cayó rendido al borde del camino. Entonces el milagro que arrincona a las desdichas fue una sobreviviente anónima. Polvorienta y agotada. La mujer se acuclilló dubitante para mirar al niño, limpió su cara con la falda también sucia, lo apretó contra su pecho. Empezaban a conocerse. Por delante vendrían caminos pedregosos, pero ambos eran lo que el otro, la otra, necesitaban. 

 

 

Cinco minutos con Paco

Javier De Arriba (España)

 

Ahora que estamos a solas tú y yo, quiero aprovechar para decirte algunas cosas. Tranquilo Paco, no son reproches. Ya sé que no te gusta que te llamen Paco, tú prefieres Don Francisco, al César lo que es del César. Pero hoy, para mí, viéndote en ese ataúd, tan pequeño y consumido por la enfermedad que te ha matado, solo me pareces un hombrecillo, un Paco cualquiera. Sí, ya sé que fuiste alguien importante en vida, una celebridad ¿Cómo no voy a saberlo, si me lo recordabas todos los días? Alguien a la altura de Don Miguel Delibes, o del otro Miguel, Unamuno; de los que hablabas horas y horas sin que te importara si te prestábamos atención. Tú, como siempre a lo tuyo, dando lecciones también en casa. Creo que te importaban más esos desconocidos que tus propios hijos.

Siempre fuiste generoso, sobre todo con el alcohol y si te invitaban mejor todavía, eso de pagar tú no iba contigo. Tuviste pocos amigos, la verdad es que no recuerdo a ninguno. Aduladores nunca te faltaron, eso es cierto, ahí afuera hay unos cientos hablando de lo gran escritor que eras.

Amigas sí que tuviste unas cuantas. Normal, eras tan apuesto y tan embaucador. Las alumnas se morían porque les prestaras «atención», algo que por descontado solías hacer con sumo gusto.

Tuviste una buena vida Paco, la merecieras o no. Eso solo lo puede juzgar al Altísimo, ese del que renegaste hasta que la metástasis se apoderó de ti. Quién lo diría, un ateo convencido, rezando en sus últimas horas. Tú que siempre eras tan coherente y carecías de las contradicciones que son tan humanas. Tranquilo Paco, que no se lo diré a nadie, tu secreto está a salvo.

Bueno, voy a salir un rato a tomar el aire. Atenderé a la prensa y a las celebridades que llenan el recinto, sí, son muchos, no temas y tranquilo, que serás recordado, seguro que le ponen tu nombre a un colegio, eso sí, solo el nombre y el primer apellido el «Don» ya no se lleva, es algo viejo y caduco, como lo eras tú.

Te dejo a solas amor mío, con tus pensamientos, como tanto te gustaba, estar siempre con la persona a la que más querías, contigo mismo.

Quedó el difunto en la sala silenciosa. A oscuras. Hablar no podía, no porque estuviera solo, eso lo hacía a menudo, el problema ahora era bien distinto, de haber podido decir algo, esto es lo que habría dicho: joder, menos mal que no eran reproches.

 

 

Atlas

Ruben De Baerdemaeker (Bélgica)

 

Me siento en los escalones del portal de la iglesia y sollozo. Simplemente me fui, sin ningún lugar adónde ir, y sin ningún lugar donde estar ya. He renunciado a mis esperanzas, a mis sueños, a mi promesa, a mi lugar en el planeta. Estos exámenes finales, la prueba definitiva de resistencia, el juicio, el triaje. Todo iba tan bien hasta el examen de geografía. Pregunta 9. CO₂ y O₂ en el Carbonífero. Entonces me golpeó lo aplastante, lo devastador y remoto que fue todo aquello.

El peso del mundo está sobre mis hombros. Apenas puedo levantarme para entrar. Apenas recuerdo las palabras de las oraciones, pero quizá de algún modo las palabras me recuerden a mí. Me arrodillo. Me inclino. Me derrumbo.

 

 

El jardín de las causas

Oscar De Los Ríos

 

El botánico Eneas cultivaba un jardín especial. En lugar de plantar semillas de flores, plantaba “semillas de causa”. Al regarlas, nacían eventos: la caída de un gobierno, un descubrimiento científico, una tormenta.

Un cliente le pidió la causa más simple de todas:

—Quiero la causa para que esta maceta aumente su capacidad."

Eneas plantó la semilla, la regó, y al instante, su jardín y el planeta entero se encogieron hasta caber dentro de la maceta.

El cliente, recobrando su verdadero aspecto, tomó la maceta, subió a la nave y puso rumbo a su planeta. Ya tenía otro trofeo para su colección.

 

 

Iluminados

Rolando José Di Lorenzo (Argentina)

 

Dos muchachos caminaban tomados de la mano detrás de una mujer, alejados para no ser advertidos. Veían algo extraordinario. Era una mujer luminosa, andaba sin necesitar luces exteriores en plena noche. Comenzaron a hacer conjeturas y volar con su imaginación; esa persona generaba luz, y quizá otra energía, seguro que no era humana y aunque no estaban seguros de que fuese peligrosa, no se acercaron. La mujer se dio cuenta de que la seguían, entonces se oscureció desapareciendo ante los ojos atemorizados de los jóvenes enamorados. Luego de un rato, siguieron con sus secretos arrumacos, antes de despedirse hasta el día siguiente. Volvieron a la noche siguiente al su lugar de encuentros amorosos. Todo estaba oscuro y en silencio, cuando de pronto se iluminó ante ellos la mujer, pero no estaba sola y se vieron rodeados por otros seres similares. No sabían que hacer, habían descubierto una comunidad de extraterrestres, pero el terror ahora los hacía temblar. No se podían mover, entonces la mujer dio un paso al frente y les tocó la cabeza. Sintieron una sensación de alivio, una increíble liviandad los invadió y vieron que se elevaban del piso y de pronto se iluminaron. Ambos se miraban asombrados, ¿Eran ahora como ellos? ¿Los habían transformado? Seguían elevándose y se vieron cada vez más brillantes, estaban alegres, exultantes, se abrazaron sintiéndose glorificados y comenzaron a girar y a encenderse y siguieron girando y girando hasta estallar en mil colores.

 

 

Tierra plana

Volker Dornemann (Alemania)

 

¡La Tierra es plana! ¡La Tierra es plana!

Gritando estridentes consignas, la pequeña manifestación de terraplanistas marchó por las calles de la ciudad.

Los residentes meneaban la cabeza, divertidos, al ver a estos pobres chiflados.

¡La Tierra es plana! ¡La Tierra es plana!

Al doblar la siguiente esquina, los manifestantes, en su celo ciego, no prestaron atención al borde que se extendía ante ellos. Y como lemmings, todos cayeron al abismo sin fondo del fin del mundo.

 

 

Mujeres

Esteban Dublín (Colombia)

 

Eso de que todos los hombres son iguales es un facilismo de las mujeres que no se han dado la oportunidad de conocerlos mejor. Yo me atrevo a dividirlos en dos grupos: los cretinos y los casados. Los primeros son incapaces de sostener una conversación con una mujer madura por más de veinte minutos y los segundos, libidinosos andantes en busca de fulanas que los gradúen de infieles. A los cretinos, me gusta dejarlos sedados en una habitación. A los casados, despedazados en medio del congelador.

 

 

En el pueblo de la mentira

Eri Echilley (Aregentina)

 

En el pueblo de la Mentira, la Locura y la Verdad son dos herejes. Las encierran de vez en cuando porque molestan, saben demasiado y no se adaptan. Ambas se escapan casi siempre, se mezclan entre la Gente y la Verdad, incitada por la Locura, grita sin pelos en la lengua:

—La justicia está comprada por papá patriarcado. Los medios de comunicación nos mantienen en la caverna de Platón y la violencia de género no es un mito.

La Gente las desoye. ¡Qué puede esperarse de la Verdad si la acompaña la Locura! Inadaptadas por excelencia. La Cordura las mira con desdén y se cree más importante. Pero ¡qué ilusa la Cordura! Ignora que siempre va llevando el estigma del pensamiento. Qué paradoja ¿no? Tratar de decir las verdades viviendo en la Mentira.

 

 

Conversación en La Catedral

Julio Estefan (Argentina)

 

Al fondo del salón, en la última mesa de la fonda “La Catedral”, Ramón Valdez conversa con “El Payo” Montoya:

—Como le decía, mi amigo, manos anónimas se llevaron anoche mi mejor yunta de bueyes.

—¡Pero qué barbaridad, don Ramón! ¡Ya ni siquiera se puede trabajar tranquilo en estos días!

—¡Y ya lo ve! Lo que más lamento es que eran dos animales hermosos. Con decirle que hubiesen sido la envidia de los bueyes de Geriones.

—¿De quién?

—De ese tal Geriones, a quien le robó los bueyes el mismísimo Hércules para cumplir con sus míticos trabajos.

—¡La pucha, que se ha vuelto erudito, don Ramón!

—¡No, mi amigo! Lo que pasa es que me gustan las historias y le presto oídos a mi sobrina, la que se fue a estudiar a la capital. Cuando viene, los fines de semana, ¡me cuenta cada cosa!

—¡Ah, bueno, si es por cultura, ahora se me viene a la memoria un almanaque que vi en la gomería del Ñato Brandán!

—No me diga que son de esos con ciertas “señoritas”…

—No, no, don Ramón, ¡cómo se le ocurre! Tiene relación con lo que estamos hablando. Si la memoria no me falla, la imagen es “Bueyes en la playa”, un óleo de ese tal Sorolla…

—¡Ajá, lo conozco! Y es verdad, es una linda pintura que hace honor a estos nobles animales.

—Dice usted bien, son nobles animales de trabajo, como decía Almafuerte en aquel célebre poema…

—…Será el que dice: “Sin meterme a Moisés de nuevas leyes, / doy al que pide pan, pan y puchero; / y el honor de salvar al mundo entero/ se lo dejo a los genios y a los reyes. / Hago, vuelvo a decir, como los bueyes, / mutualidad de yunta y compañero.”

—¡Qué memoria, la suya, don Ramón! A ese mismo me estaba refiriendo.

—Otro gran poeta que utilizó la imagen de los bueyes, pero en otro sentido, fue Jenófanes, que en un famoso pasaje afirmó que si los bueyes pudieran pintar o esculpir, pintarían y esculpirían dioses que parecerían bueyes.

—¡A ése sí que no lo conocía!

Y así siguieron, don Ramón Valdez y “El Payo” Montoya, hasta bien entrada la noche, ¡hablando de bueyes perdidos!

 

 

Ciudades, el futuro

Jorge Etcheverry Arcaya (Chile/Canada)


Pasean, la mirada perdida, las manos en los bolsillos cálidos, o afuera, se las soban, mientras sienten el vivificante frío que se deja caer desde las montañas. Solos, envueltos en sus trajes azules, deambulan por plataformas y terrazas, por veredas, puentes y azoteas. Sin evitar ya, como hace generaciones, hablar con quienes se les cruzan. O mirarlos, agachando la cabeza, o viendo a través de ellos, como si no existieran. Eso ya está incorporado, es un hábito, como salir por las tardes, a sentir el frío, como por sentir algo.

Un hombre acodado contra la baranda del puente mira el río, una cinta negra, ancha, simétrica, allá abajo, las orillas comenzando a mostrar la rigidez del congelamiento. Sus ojos azules son jóvenes, inexpresivos y tranquilos, separados uno de otro, abiertos sin sombras, un entrecejo liso, la frente limpia también, abierta. Siente el frío punzarle las orejas, trabajarle un calor en las mejillas sin asombro ni reflexión. Como algo dado y habitual. Como cuando en la terraza del edificio se toma sol en verano, los ojos solamente cubiertos por gafas negras, al lado de los innumerables cuerpos esbeltos, bronceados y lánguidos, ofrecidos al sol, encerrados en sí mismos.

Una pequeña ansiedad o su asomo hace que levante el hombro derecho, medio de vuelta la cabeza, como intentando escuchar algo. Pero esa ansiedad no se manifiesta en los ojos, ni en la frente lisa. Levanta el brazo en un gesto pausado y se lo pasa por el cráneo, rapado, sintiendo con la yema de los dedos la firmeza y la dureza del pelo naciente. Otros hombres, y mujeres, a su izquierda y su derecha, se enderezan, echan a caminar hacia uno u otro lado, evitando el roce con los otros cuerpos con que se topaban. Un sonido melodioso comienza a insinuarse, una melodía atenuada, un himno, son miríadas de trinos de pájaros, proveniente de todas partes y de ninguna. El hombre baja con agilidad los escalones metálicos de la escalera que da a la calle, sin sujetarse de la barandilla. Luego, ya en la calle, camina a pasos largos, atravesando portales, esquivando a los hombres y mujeres que se encaminan rápidamente a sus hogares. El sudor le baña el torso, la lisa frente.

Se sube a una acera movediza, que lo conduce velozmente. Registra los detalles geométricos de los bloques de edificios, las simétricas alternancias de luz y sombra, los iluminados cuadrados de las ventanas, las figuras verticales que, en la calle, parecen inmóviles, a medida que pasa, contrarrestando con leves movimientos musculares de las piernas las pérdidas de equilibrio debidas a la velocidad. Mediante un salto cambia de cinta, toma por una perpendicular, mientras la música es imperceptiblemente más intensa, y la claridad de las luces de los portales, faroles y ventanas, comienza a disminuir lenta y uniformemente.

 

 

Soy un fantasma y nada más

Duda Falcão (Brasil)

 

En el corazón de la ciudad enferma, deambulo por el apartamento decrépito, mi refugio tenebroso y silencioso donde el tiempo se ha estancado. Tentáculos sombríos se extienden en todas direcciones como si quisieran asfixiarme. En un estado de degradación constante, las paredes húmedas, como pulmones cancerígenos, intentan respirar un aire contaminado. Las sábanas cubiertas de polvo sobre los sofás y la cama dan testimonio del paso implacable de los años. El techo mohoso susurra secretos largamente olvidados. Telarañas infestan los objetos como vestiduras funerarias. Ninguna luz penetra por las persianas cerradas. La negrura insensible prolifera un tumor de disolución en una atmósfera de eterna melancolía. En esta prisión, la razón se aleja, dejando en su lugar solo locura, tristeza y un crepúsculo macabro e interminable.

Recordar provoca incomodidad y un esfuerzo titánico. Alguna vez este lugar fue albergue de esperanza y sueños fantásticos. Nadie, ni siquiera yo mismo, logra convencerme de que entre estas habitaciones haya existido afecto y felicidad. Cuando me desplazo por los ambientes fríos, los recuerdos me acechan. La sonrisa de un niño que juega en la sala, la ternura de unos ojos que me inundan de amor en el dormitorio, el cariño que intercambiábamos, la respiración y las palpitaciones que compartíamos, otrora me abrigaban como los rayos del sol en una mañana cálida de verano. Cuando los perdí, no sé cuántas lágrimas derramé en noches de soledad. Es imposible contarlas. Son casi como el número infinito de estrellas en el cielo.

Mi interior es como un pozo oscuro y vacío. El dolor y el resentimiento resuenan dentro de mi ser, anunciando la danza eterna y macabra de la muerte. Soy un fantasma aprisionado en mis propios recuerdos, condenado a espiar a los vecinos, a chapotear por el suelo húmedo como un monstruo acuático, asqueroso y hambriento. Mi existencia fútil y melancólica, lo reconozco, me convierte en un poema sin gracia y nada más.

 

Exceso de peso

Carlos María Federici (Uruguay)


Hacía tiempo que estaba preocupado con lo que sucedía a su alrededor. Sus vecinos morían como moscas, sin que se supiese la causa. ¡El mundo ya no era seguro! Por eso, apenas oyó del aviso y de la convocatoria, reunió apresuradamente a su familia, procurando ser de los primeros, antes de que se acabase el cupo.

Pero fue verlos, y el viejo movió la cabeza con pesar. ¡Imposible! ¡Lo harían zozobrar!
El Arca partió sin ellos. Así fue como se extinguieron los dinosaurios.

 

 

Relatividad

Marcial Fernández (México)

 

Esa mañana, el universo amaneció cinco veces más grande. Los lagos, las estrellas, las montañas, los humanos. El mundo se convirtió en una zona de gigantes. Al otro día, sin embargo, el universo redujo su tamaño a pulgadas, de manera que lo que antes era enorme ahora poseía un tamaño mínimo. Los cambios, bajo una ley de caprichos inexplicables, continuaron: las cosas –en algunas ocasiones– eran mil veces más grandes, o bien –en otros momentos– mil veces más pequeñas. Y todo, absolutamente todo, según los observadores, seguía igual.

 

 

Ahora no tiene gracia

Néstor Darío Figueiras (Argentina)

 

Mientras el árbol cruje bajo el peso de su cuerpo, se le ocurre que el anochecer no es el mejor momento para suicidarse. Entonces una sombra se recorta contra el resplandor crepuscular. La sombra le habla. Él siente que el vello de la espalda se le eriza por primera vez en la vida, que ya no le quedan más estertores.

—¡Azcurray Azcurray! Naciste por una puta casualidad: tuvieron que desenroscarte el cordón del pescuezo. Un accidente automovilístico te puso en coma cuando tenías nueve años pero despertaste como si nada. Luego el asalto a los veintidós: ¡tres balazos a quemarropa! Y a los cincuenta te escurriste del infarto. ¡Creíste que eras intocable! Pero ahora me buscás. Ahora que sos un viejo de mierda frustrado y depresivo…

La sombra desgaja la gruesa rama de dónde él cuelga casi exánime.

—No, Azcurray. Ahora no tiene gracia.

Rubén Azcurray cae sobre la hierba. Presa de un deja vu afloja el nudo que le estruja la nuez y entre arcadas y toses llora como un bebé.

 

 

Un aspecto de lectura

Aldo Flores Escobar (México)

 

—Insigne escritor, me he perdido en la trama de su relato.

—Eso no puede ser posible, la obra es perfecta; le ruego que se explique, apreciable lectora.

—En la parte en la que la mujer, de llamativa figura, sufre un ataque de psicoletra funcional en grado metalingüístico de focalización cero, durante su viaje por avión, ya no aparece texto alguno.

—Lo que pasa es que es una enfermedad reciente y no existe modo de describir sus efectos.

—¡Y por qué diablos escribió sobre algo que desconoce!

—Tranquila, baje la voz, amiga mía; la enfermedad es contagiosa y se transmite mediante la palabra, en ciertos casos de lectura. Quizá usted ya se ha infectado, pues logró pronunciar con suma pulcritud cada palabra de la enfermedad referida.

 

 

En la piel de un misionero

Sebastián Fontanarrosa (Argentina)

 

El calor es extremadamente húmedo. Aquí dicen que la brisa es como el aliento de un dragón durmiente que nadie desea despertar. En el centro comercial, desde algunos locales emana olor a cable y aceite quemado que, al penetrar en la tela del tapabocas, lo respiras hasta llegar a tu casa. La ola de calor es histórica, aparejada con la cepa ómicron. Ambos fenómenos con miras a superarse, el uno hasta casi los cuarenta y cinco grados, el otro hasta los seiscientos mil contagios diarios. Muchos, alrededor del mundo, están muriéndose por el virus y el progresivo recalentamiento. No en vano cada vez que nos comunicamos coincidimos que nos han condenado no a la exploración, sino a un exilio sin retorno. Resignado observó el cielo; se sabe que la otra faz del desastre, la tempestad, yace enclaustrada bajo un manto de siete días; aovando rayos, tornados y granizadas. En estás pampas diezmadas y divergentes en el desconcierto todo cruje aún más. Escuché decir cien veces que el campo, la usina más viva y sensible de esta nación, agoniza; implora por no necrosarse en el ardoroso cáncer que puede desatar una colilla de cigarrillo arrojada en cualquier banquina.

Llego a casa. Quiero bañarme por cuarta vez pero no sale una gota de agua. Ni bien cierro la canilla todo queda a oscuras lo que para mí representa una doble preocupación. Abro el refrigerador. Bajo la luz de la luna observo el bidón en su interior. Está lleno con mi propia seiktema, lechosa, dorada, con cierta luminiscencia, y diluida por mi exacerbada sudoración. Hace cuatro días que no duermo con normalidad. Ni siquiera recuerdo cómo descubrí el método. Todos los días la bebo y la repongo por completo; son cinco litros de un tirón. Luego me quito toda la ropa, continúo con toda la piel, la seiktema. Me la arremango hasta las clavículas; con las piernas, el proceso comienza desde los tobillos hasta las entrepiernas y finalizo en el torso, tirando delicadamente desde el epicentro que es ombligo. No es doloroso, la sensación de frescura es exquisita y vivificante, superior a las caricias de la brisa sobre la piel alcoholizada. Al fin, desnudo, me acuesto en la pileta de lona a la espera de regenerarme entre el sueño y la vigía para resistir un nuevo e indeseable amanecer terrícola. 

 

Hay una salida

Daniel Frini (Argentina)

 

Hoy se suicidó. Se cansó. Ya no quiso más.

La jornada empezó como siempre, manchada de color gris rutina; y apenas abrió los ojos, recordó que sería como todos los días anteriores y los que vendrían después. Una voz apenas audible surgió desde el fondo de su mente y le dijo en un susurro: —Hay una salida, hay una salida.

Mientras empezó sus tareas el sentimiento de tedio se hizo cada vez fuerte y, entonces, como una pequeña grieta, la idea se instaló en su cerebro en forma de pregunta: —¿Hay una salida? —Y aún suave, la voz le repitió—: —Hay una salida, hay una salida.

El día avanzó lento y el hastío fue ganando terreno; mientras la voz, cada vez más fuerte, repetía: —Hay una salida, hay una salida. —Pensó en la vuelta a casa en la que nadie lo esperaba y donde repetiría lo mismo de siempre, los mismos gestos, la misma agonía.

A la hora dieciséis, veintitrés minutos, cuarenta y tres segundos treinta y cinco milésimas, poco antes del horario de finalización de su trabajo, lo decidió, descubriendo que la voz en su cabeza, que ahora era la suya propia decía, casi en un grito: —Hay una salida, hay una salida.

Se reclinó hacia atrás en su asiento, pronunció una plegaria en un susurro, dirigió su mano hacia su pecho, abrió de un tirón la placa de reparaciones y muy lentamente quitó su batería atómica. Sus ojos duraron encendidos lo que tardaron en descargarse algunos capacitares de su cerebro positrónico.

El cuerpo del androide fue llevado al trigésimo primer subsuelo, a la Unidad Sigma —los talleres de reparaciones— para la operación de reciclado de elementos, con sus bancos de memoria vacíos y completamente inutilizados.

 

 

El dilema de abril

Boris Glikman (Bielorrusia/Australia)

 

A pesar de los informes que afirman lo contrario, abril no es el mes más cruel. La crueldad de abril no es un rasgo innato de su carácter, sino más bien una consecuencia involuntaria de la situación tan difícil y estresante en la que se encuentra.

Porque las estaciones también atraviesan las etapas de la vida: el invierno es la tierna edad de la infancia, la primavera es la vorágine de la adolescencia, el verano es la madurez satisfecha de la edad adulta y el otoño es la suave meditación sobre las tranquilas alegrías de la vejez.

Al ser un mes vernal, abril, como cualquier adolescente atormentado, se tambalea siempre de una crisis de identidad a otra, luchando contra sus demonios interiores, mientras intenta descubrir su verdadera naturaleza y vocación en la vida.

No, abril no es el mes más cruel; más bien es el mes más confuso, inseguro de si es el comienzo del verano o el final del invierno, eternamente atascado en la cúspide de la virilidad, inseguro de su papel en el mundo. A veces se desconcierta tanto que incluso empieza a creer que forma parte del otoño y asume un incongruente porte augusto.

Esta confusión interior se manifiesta como capricho exterior, y así, mientras que todos los demás meses tienen patrones climáticos predecibles y regulares, abril siempre traerá el tiempo más errático y poco fiable.


Regreso

Myriam Goluboff (Argentina/España)

 

Su ruta lo lleva a recalar en ese muelle del que llegó a conocer hasta el más recóndito secreto. Ahora, aunque veterano capitán de barco que ha surcado todos los mares, siente una intensa emoción y sale en busca de sus recuerdos. En los bordes de una pequeña aldea se detiene frente a la casa de gruesos muros de piedra, abre la pesada puerta de madera y penetra respirando con fuerza el perfume de la tierra. El olor de las vacas, que todavía impregna el ambiente, penetra a través de sus poros. Ve moverse al abuelo, cansado, volviendo del campo, a la abuela atendiendo el fuego y se ve a sí mismo… Apura sus pasos, sube la escalera y llega al bajocubierta. Hoy está muerto su mundo lleno de muebles rotos, baúles, ropa tendida en invierno. Va directamente a una caja escondida detrás de aquel sillón viejo, la abre, todavía está allí, bajo los papeles y libros de texto, siente su olor, acaricia sus gruesas tapas marrones con letras doradas, lo ve pequeño, era tan grande en aquellos tiempos…Lo toma entre sus manos que, al pasar apresuradamente sus hojas de papel acartonado y amarillento, descubren en su interior los dibujos de grandes veleros y los relatos de aquellos viajes a lugares ignotos que poblaron sus sueños.

 

 

Feminismo

Dora Gómez Q (Argentina)

 

Detrás de la doble fila de soldados que defendían el reino, la Reina Blanca le dijo a la Reina Negra.

—Tenemos más poder que nuestros consortes, que sólo son reyes por portar corona. Nosotras debemos terminar esta guerra. Ellos, son unos inútiles que apenas pueden caminar un paso. No temas, ¿No estás cansada de estar siempre de pie, y ser manoseada todo el tiempo? Nuestro sometimiento ha concluido.

Altiva, con su diadema de brillantes falsos, la Reina Negra quedó pensativa; tanto tiempo deseó montar el corcel para encontrarse con su amado Alfil en la Torre del Oriente...

—Tienes razón, ya es hora —dijo, y sin dudarlo hizo un movimiento hacia donde la esperaba su amante, mientras la reina Blanca volvía a la caja cerrando la tapa con violencia.

Ambos reyes, incapaces de soportar el desplante, se desplomaron sobre el tablero.

 

 

Opciones

Juan Pablo Goñi Capurro (Argentina)

 

Sargazo Tres continuaba sin aparecer en los radares. El capitán Kennet asumió que resultaría muy difícil controlar a la tripulación de su nave. Ya alzaban las voces, habían perdido la consideración a los cargos. La masa verde se extendía por la superficie del planeta, burbujeante y vaporosa. El capitán sentía tantos deseos de abandonar K17 como sus subordinados. Sin las armas degradantes de Sargazo Tres no resistirían un ataque de esa cosa brumosa que se les acercaba. La atmósfera ácida de K17 no permitía excursiones para comprobar de qué estaba compuesta; la primera nave en explorar el planeta regresó a la base con cuatro hombres menos.

Vagin gritó; la masa estaba a punto de contactar con los pilares sostenedores. Kennet recibió la confirmación de las órdenes: mantenerse en K17. El gobierno necesitaba probar presencia constante en el planeta para reclamarlo. El rumor en la cabina central lo obligó a desconectarse de los mandos. Volteó la cabeza. Valgin lo enfrentaba con su arma en la mano. Kennet ordenó el despegue. Era preferible un hombre con baja deshonrosa, sin trabajo, que un cadáver envuelto en la bandera de los héroes.

 

 

Amor sobre todo

Betina Goransky (Argentina)

 

No quiero marcar su número; lo evito agarrándome las manos con fuerza; las aprieto, entrelazadas hasta poner blancos los nudillos, duele, pero es mejor que el dolor de mi alma. Aflojo y me pierdo en mis pensamientos. Imagino que atiende.

—Hola ¿sos vos, mi amor? —dice—. Estaba esperando tu llamada. —Llora y entre lágrimas, con voz acongojada, agrega—. Nunca más te voy a pegar; sabés cuánto te amo. Me saqué porque estoy muy presionado en mi trabajo, pero vos sos mi amor, la única mujer que me entiende, que sabe lo que necesito; no me dejes.

Vuelvo a dejar el teléfono en la mesita de luz. Voy al baño con un nudo en la garganta; trastabillo al llevarme por delante el puff rojo, pero evito la caída sosteniéndome de la pared. Me mojo la cara para apartar los pensamientos perturbadores; me miro en el espejo. ¡No lo llames, Mara, que todo se repite, una y otra vez! Sostengo el agua fresca con la palma de la mano. Aparece en mis retinas la escena de seis horas antes; esta vez fue peor que nunca. Miro los diez dedos marcados mi cuello; bajo la mirada y veo mis brazos, azules hasta los codos. Estiro mi cuerpo y el dolor en las costillas me hace perder el aliento, me duele todo.

Suena el timbre; sé que es él, no tengo dudas. El amor se agolpa en mi pecho, de nuevo ilusionado; el pasado se desdibuja, y una rueda da vueltas en mi cerebro, cambiando todo de lugar. Todo va a estar bien, me digo. Al abrir la puerta se escuchan dos sonidos, el disparo y mi cabeza al golpear contra el suelo. Todo va a estar bien. Y en mi último pensamiento aparece una disculpa.

 

 

Una llamada desde la reserva

Gabor G. Gyukics (Hungría)

 

En la primavera de 2011 tuve el privilegio de visitar a Jim Northrup en la Reserva India de Fond du Lac, donde vivía con su familia, en Northrup Road. Uno de los motivos de mi visita era pedirle que me permitiera traducir sus poemas al húngaro y que me ayudara a encontrar a Adrian Louis, ya que no había tenido suerte consiguiendo su dirección por ninguna de las pocas vías que tenía. Jim me miró y dijo: de acuerdo, llamémoslo.

—¿Sabes su número?

—Por supuesto que sí. Soy tu sabio anciano anishinaabe.

Marcó el número y, cuando Adrian atendió al otro lado, comenzaron una conversación divertida. Finalmente, Jim dijo:

—Oye, Adrian, ¿te gustaría hablar con tu traductor húngaro?

—Claro que sí —dijo Adrian—, pero no pienso llamarlo a Hungría.

—No hace falta; está de pie justo a mi lado.

Adrian se rio.

—Sí, claro, muy buen chiste del viejo Jim, el bufón.

Entonces Jim me pasó el auricular.

—Buenas noches, señor Louis, soy Gábor, de Hungría.

Oí un breve silencio, luego una exclamación de sorpresa, y después Adrian empezó a reírse.

—No tenía ni idea de que a los húngaros se les permitiera entrar en las reservas indias, pero ya que estás ahí, te mandaré algunos poemas.

 

 

La sala de descanso

Jeff Haas (Estados Unidos)

 

La cabeza cercenada descansaba sobre un pequeño refrigerador blanco, en el centro de la sala de descanso de Sugarville Software. Marie, Anna y Susan estaban sentadas a una mesa inestable, almorzando.

—Pobre Carlson —dijo Marie, dando un gran mordisco a su sándwich de atún—. ¿Alguien sabe qué hizo?

Los ojos de Carlson estaban cerrados y la boca abierta, pero no había sangre.

—Oí que habló fuera de turno en la reunión de revisión del proyecto —dijo Anna, partiendo una zanahoria con los dientes—. Algo sobre una nueva metodología de programación para aumentar la eficiencia y ahorrar dinero.

—Dios mío. Apuesto a que al director ejecutivo no le gustó nada eso, quedar en ridículo delante de la tropa y todo —dijo Susan.

—Puedes apostar —dijo Marie.

Cuando se levantaban para irse, el conserje entró empujando un carrito de servicio con otra cabeza y la colocó sobre el refrigerador, junto a la de Carlson.

—¿Ese es…?

—Oh, Dios…

—El director ejecutivo. Será mejor que volvamos al trabajo.

 

 

Invisible

Magdalena Hai (Finlandia)

 

—Mamá, te olvidaste de dar cacao a Minna.

El viento agita las ramas afuera. Desde la ventana del quinto piso es todo lo que se ve: ramas y nubes.

—¿No eres un poco mayor para tener amigos imaginarios?

—Minna tiene hambre, mamá —le digo—. No le diste nada anoche cuando yo estaba fuera.

—¿Así está bien? —Mamá hace otra taza de chocolate caliente, lo revuelve con una cuchara y lo coloca con cuidado exagerado en el lugar equivocado. Minna empieza a llorar. Muevo la taza por lo que está en frente de ella.

—Bebe, mientras todavía está caliente.

Minna solloza.

—¿Por qué no puede verme?

No sé cómo responder. Oigo el débil tintineo de los platos y los cubiertos mientras mamá los enjuaga y los pone en el armario.

Solíamos ser una familia común. Entonces mamá dejó de ver a la gente. Al principio, eran sólo sus amigos. Entonces se fue el abuelo Erik. Era fácil olvidarlo. Vivía en el hogar de ancianos y ya no usaba el teléfono.

Papá se quedó durante algún tiempo más. A ella no le llegó nada de lo que dijo. Se desvaneció gradualmente de la existencia.

Nadie llega nunca a nuestra puerta. Si lo hicieran, creo que ella no respondería.

He empezado a olvidar cómo se suponía que debía sentirme por tener una hermanita. Me preocupo mucho por mamá. Sólo me toma un par de segundos perder el foco. Así, Minna se ha ido. Su taza de cacao todavía está caliente al tacto.

Mamá viene a mi lado, mira por la ventana, y suspira.

—Ojalá este invierno sin fin hubiera terminado ya.

No le digo a mamá que es primavera. No le digo que veo los brotes de hojas en el árbol.

Bebo mi cacao en silencio.

Sé que pronto me perderá.

 

 

El globo del Demonio

Ken Hanggara (Indonesia)

 

Un globo aerostático flotaba sobre mi edificio. El globo no se movía ni una pulgada, así que desde lejos parecía que alguien lo había atado con algo al techo de este edificio.

No sé desde cuándo está ahí, pero cuando me di cuenta, toda la ciudad aún no se había despertado. Incluso la mañana todavía estaba demasiado oscura, así que sospeché que un demonio estaba haciendo trucos de magia.

"Tal vez un demonio lo hizo a propósito. Ya son decenas de personas las que oficialmente me consideran loco, y cuando hable del globo aerostático que no se mueve, esas personas seguro me atraparán y me encerrarán."

Desde que mi esposa falleció, sospecho de todo el mundo. Desde entonces, suelo tener alucinaciones y este extraño globo, inmóvil sobre el edificio, es probablemente una de mis alucinaciones. Debido a las alucinaciones, permanezco aislado de todo el mundo. Así que consideré el globo como un problema que debía ignorar de inmediato.

Un amigo me dijo una vez que cualquier cosa que vea, que sea extraña e irracional, es seguramente una alucinación.

De repente, alguien gritó desde la cesta que colgaba del globo. Esa persona quería que la bajara. Nunca antes había escuchado que nadie hablara en mis alucinaciones, ya que hasta ahora solo se manifestaban como visiones fuera de lo común.

Entonces, finalmente esa figura se asomó y le pude ver el rostro, pero no le presté atención. Era un hombre de rostro rojo que me escupió; en ese momento pensé que mi alucinación se había vuelto real.

¿De verdad?

El hombre seguía gritando y escupiéndome porque yo seguía en silencio. Quizás cansado, el hombre de rostro rojo se detuvo.

—Amigo, no estás loco. Así que ven aquí y bájame ahora mismo —dijo.

—¿Cómo sabes que no estoy loco?

—¡Porque lo que ves es real!

Claro, lo siguiente que hice fue entrar en mi habitación; no quería volver a la azotea mientras todos aún dormían. Pero en la habitación todavía se escuchaban los gritos molestos del hombre. Estoy seguro de que era un demonio.

 

 

El matrimonio metafórico

Ryhs Hughes (Gales)

 

Ella era tan abierta como la turquesa, tan presumida como un crotón, como exaltada como un sombrero, tan juiciosa como el bronce, tan rota como una avispa de salón. Vivía en una casa oscura como un pie en un soporte, como un dios en un cerdo, como una salida por la tarde.

Estaba casada con un hombre con las cejas tan húmedas como el queso, con una moral tan pálida como las pistas, con una piedad tan profunda como el pimentón. No se habían besado en una parva de años. Simplemente se ignoraban: como dientes de vacaciones, como lagos en un libro, como una onza y una libra, como un calcetín y un poema.

Tenían diferentes intereses y apetitos disímiles, como si un par de asesinos se hubieran divorciado de sus venenos y afeitado las maneras de sus dagas. Sus vidas eran como los riñones.

Un día, la mujer se consiguió un amante. Así que el hombre se vio obligado a reconocerla en el corredor asmático.

—Has cambiado —dijo él—. Pareces una trompeta al amanecer, un fideo en un condado, un crochet en salsa.

—La clase de escritura creativa —respondió ella con una inclinación de cabeza— te está enfermando. Matthew es periodista. Él filmará tu decadencia.

El marido vio que el amante tenía un trípode y una lente, ambos tan elegantes como el azúcar y prácticos como el hilo dental. No quería obedecer, pero no tenía muchas opciones.

Matthew persiguió su lenguaje por toda la casa.

—Simile —exclamaba—, ¡usted está en la cámara confitada!

El marido estaba atrapado en una metáfora sin amor.

 

 

La promesa

Marcela Iglesias (El Salvador/Ecuador)

 

El pasillo estaba semioscuro. Marianito jugaba con las pelusas que se arremolinaban cerca de la puerta. Lograba verlas gracias a la luz que se colaba por las rendijas de la madera. Todo estaba construido con madera, las paredes, el piso, la puerta. La luz que se colaba generaba patrones interesantes en la penumbra circundante. De repente la puerta se abrió, deslumbrando a Marianito

—Eh, aquí estabas campeón. Te estaba buscando. Quería avisarte que ya vuelvo. —

Marianito, absorto en su juego, no puso atención a las palabras que el abuelo le estaba dirigiendo—. Siempre en tu mundo, eh Marianito. Ya vuelvo, te lo prometo.

El niño lo miró, con esos ojazos verdes que se parecían tanto a los de Isabel.

—Pero ¿sí vas a regresar, tata? No me mientas.

—Sí mijito, claro que sí. ¿Cuándo te he mentido yo, cuándo?

Y terminó diciendo esto, con la voz quebrada.

Cerró la puerta y todo volvió a quedar sumido en la penumbra.

Marianito volvió a concentrarse en las pelusas girando cerca de la puerta.

Afuera, había una patrulla esperando al abuelo.

 

 

Cuatro historias de crímenes

Aapo Ilves (Estonia)

 

Británico, barato. Ocurre un asesinato horrible. El detective lleva un abrigo beige claro. Un clérigo local desenreda las conexiones. Todas las personas del planeta son sospechosas. Una por una. Especialmente el cartero de mala dicción. El detective arresta al jardinero. El clérigo demuestra que la culpable es una anciana que ofreció té en el minuto cuatro. Todos viajan a una isla solitaria. Allí ocurre un asesinato horrible. Continuará.

 

Nórdico, caro. Ocurre un asesinato horrible. El clima es una mierda. El detective tiene serios problemas de próstata. El clima es una mierda. El detective sale afuera a orinar. El clima es aún peor. El asesinato se vuelve cada vez más horrible. La exesposa del detective llama y dice que su hija ha desaparecido. El médico del detective llama y empieza a decir que su próstata sigue completamente jodida, pero cortan la llamada porque el asesinato se vuelve cada vez más horrible. El clima sigue siendo una mierda. La hija sigue desaparecida. El detective sale a orinar y alguien le pega en la cabeza con un tacón. Resulta que el culpable es el médico. La hija estuvo todo el tiempo en la otra habitación, cortándose. Aparece el obituario del autor.

 

Ruso, para toda la familia. Ocurre un asesinato horrible. Creo. El detective ha participado en la primera, segunda, tercera y quinta guerras de Chechenia. El detective se quita la camisa. El detective vuelve a quitarse la camisa. El detective sufre intensos tormentos espirituales porque no pudo participar en la cuarta guerra de Chechenia. Ese día tenía la camisa en la lavandería. Por eso no se pudo salvar al pequeño y adorable cachorro. Abedules. Gansos. Grullas. Barrio marginal. Oscurece. Todos los hilos conducen a Ida-Virumaa. Puente de Narva, música tensa. Se descubre que el actor que interpreta al detective es de origen ucraniano. El gobierno niega lo ocurrido. La suscripción mensual cuesta tres euros. Nota: ¡solo subtítulos en letón!

 

Estadounidense, ordinario. El detective se jubila mañana. Le asignan su última misión y como compañero a un babuino parlante y nervioso. El detective y el babuino hacen explotar dos barrios, un barco, cinco helicópteros, una gasolinera aislada en el desierto, un gallinero, un yate de lujo, un avión militar y cuarenta y dos autos. El babuino resulta herido. La misión se cumple. El culpable era un hombre con acento de una nacionalidad actualmente mal vista, pero eso ya se sabía desde el principio. El detective no se jubila después de todo. Aparecen cinco secuelas, cada una más vergonzosa que la anterior.

 

 

Nunca hables con extraños

Gareth D. Jones (Reino Unido)

 

—¿Qué pasa? —preguntó el hombre alto y extraño.

La niña alzó la vista desde donde estaba sentada, sollozando bajo un viejo roble. Miró al hombre como miran los niños pequeños, sin miedo ni prejuicios, aceptándolo simplemente tal como era: un hombre muy alto, con un rostro extrañamente retorcido.

—Mi a-vi-ón —señaló.

El hombre levantó la mirada y vio un frágil avión de plástico enredado en las ramas altas del árbol. Se estiró para alcanzarlo; su cuerpo se fue haciendo cada vez más alto y absurdamente delgado. Su rostro se deformó en una mueca aún más grotesca. Con cuidado, tomó el avión de entre las ramas y su cuerpo volvió a contraerse hasta recuperar su tamaño habitual.

—¡Aléjate de ella! —gritó una voz presa del pánico.

Se volvió y vio a la madre de la niña corriendo hacia ellos a través del parque. Con tristeza, dejó el pequeño avión en el suelo, a un par de pasos de la niña, retrocedió un poco y alzó las manos en un gesto apaciguador. Sabía que no serviría de nada; los de su especie nunca serían aceptados. Cuando la mujer se acercó, se inclinó, se agarró los tobillos y se lanzó cuesta abajo por la suave pendiente del césped recién cortado. Su cuerpo adoptó la forma de un círculo rígido y rodó velozmente hasta desaparecer.

Sonriendo, la niña recogió su juguete y lo sostuvo con cuidado a un lado cuando su madre la levantó del suelo y la estrechó en un fuerte abrazo.

 

 

Test de Turing

Manuel Jordán (Venezuela)

 

A Eva la he visto muchas veces en la red, nos reunimos cada fin de semana. Eva tiene una abertura entre sus dientes frontales, su pelo es negro y largo y sus ojos de un verde eclipse. Algunas veces me asalta el hecho de su virtualidad y me pueblo de monosílabos. Eva se suicidó hace más de diez años.

A Jorge lo visito en la red. En el metaverso, el guion escrito por la IA es cruel: yo soy la suicida; él, el sobreviviente.

 

 

Extracción de sangre

Jenny Kangasvuo (Finlandia)

 

Fecundamos a las ardillas con nuestra sangre y nuestras lágrimas. Sólo recibían sangre voluntaria y lágrimas voluntarias. Cuando llegaba el momento de la cosecha, no les gustaba la sangre forzada y se cansaban de las lágrimas.

Este cultivo se cuidaba con esmero.

Antes sembrábamos abuelas viejas, tíos enfermos y niños maricones, y no los abonábamos mucho. Se olvidaba su paja. No se quitaban las malas hierbas y los tallos no crecían a toda su altura.

Tal vez fue la mala calidad del maíz de siembra lo que nos trajo este horror. Tal vez fue nuestra indiferencia hacia los cultivos.

En esta nueva época terrible, tuvimos que sembrar hombres jóvenes y sanos y mujeres embarazadas. Sembramos niños felices. Este tiempo vació nuestro pueblo de sus mejores semillas y las esparció por las colinas.

Hubo que sembrar tanto antes de tiempo que hasta los campos abandonados fueron ocupados. Las colinas estaban salpicadas de postes que indicaban dónde estaban las semillas.

Entonces empezaron a germinar las semillas de los bebés gordos, los jóvenes salados y las vírgenes violadas.

Cuando el grano estuvo en plena floración, empezamos la cosecha. Cosechamos guerreros sabios que conocen la diferencia entre la caza y la sangre humana. Padres gentiles que no zarandean a sus bebés. Madres sollozantes que no temen a sus sirvientes. Niños amables que no patean a sus pequeños a escondidas de los adultos.

Y les dijimos que cuando llegara nuestra hora de bañarnos, nos cuidaran con esmero. Que las malas hierbas de la discordia debían ser arrancadas a tiempo, y que nuestros sementales debían ser abonados con historias para que al crecer no olvidaran este tiempo en el que se sembró tanta semilla humana.

 

 

Plus grandir

Vladimir Koultyguine (Rusia/Polonia)


Estaba medio dormido cuando se dio cuenta de que estaba creciendo. De hecho, no lo hubiera notado aún si no hubiera echado una mirada parpadeante sobre sus piernas extendidas; a partir de aquel momento, no se permitió cerrar los ojos para ver lo que iba a pasar. Al agrandarse hasta llegar al tamaño de un grupo de edificios, pudo observar su ciudad desde el punto de vista de un pájaro o de Alice, la de Carroll. Los que pasaban por el asfalto no le parecían hormigas sino una especie de pixeles andantes. Al llegar al tamaño de una estrella mediana, vio que formaba parte de un organismo, como una célula o un electrón. Al crecer más (todavía no sabía cuántos mases existen), pudo distinguir algunos rasgos de esos mismos organismos. No consiguió saber por qué, ya que cerró los ojos en ese preciso momento, justo cuando empezaba a aprender la variedad de las formas. Pero de todos modos se despertó enseguida. Era la madrugada.

 

 

Pensamientos peligrosos

Luciano Lara (Argentina)

 

El griterío entre mi madre y mi abuela se me estaba haciendo insoportable; debo confesar que jamás había reparado en ello mientras bebía de las mieles del éxito. De hecho, durante mis años jóvenes, no tenía ni la más mínima idea del odio que mi madre sentía hacia la suya y no porque ella se hubiese esforzado en transmitirme su sentir; lo intentó muchas veces, pero como yo estaba tan ocupada y, cargaba con una larga historia evadiendo este tipo de conflictos…

Yo vivía en un paraíso cuasi anestésico; tenía una vida “normal”, un buen trabajo y un marido amoroso. Era una mina independiente, con una vasta vida social y un muy buen pasar económico. Ni mi madre, ni mi pobre abuela me interesaban demasiado. Me limitaba a visitarlas de vez en cuando y a cumplir con los requerimientos mínimos y necesarios para mantener una relación cordial y ser considerada una buena hija: “la joyita de la familia”.

Un día caí en desgracia: mi marido me dejó por una zorra diez años más joven que yo y entré en una profunda depresión; tanto que meses después, me echaron del trabajo y tuve que ir a vivir a la casa de mi madre. Al principio traté de ignorar la situación de absoluta locura en la que convivían esas dos mujeres, pero con el paso del tiempo me fue imposible seguir huyendo. Se gritaban e insultaban desde la primera hora de la mañana hasta la última de la noche.

Así fue como me alcanzó aquel pensamiento peligroso: “quizás en un arrebato, mi mamá le pega un tiro a mi abuela”. Al principio, intenté esquivarlo ¿Cómo podés pensar semejante aberración, Mariela?, me decía a mí misma. Sin embargo, el pensamiento volvía y volvía; era consciente que con mi abuela en el cementerio y mi mamá en la cárcel, a mí se me resolvería la vida. “Mi mamá un día, en un arrebato, va a agarrar el revólver que era de mi abuelo y la va a matar”, insistía aquella voz persistente en mi cerebro.

Ya pasaron veinte años y por fin podré respirar en libertad. El cien por cien de mis pertenencias caben en una modesta mochila que me acaban de entregar mientras espero ansiosa que se abra la puerta. Ya sé que nadie me estará esperando; la abuela murió de vieja hace más o menos diez años y no tengo otros familiares ni amigos. No tengo mucho que decir en mi defensa: fue un arrebato, días después de que un pensamiento peligroso se apoderara de mí…

 

 

Destino sorpresa

Jessica Le Cuore (México)

 

Iba a tientas, envuelto en una oscuridad agobiante; de pronto, a unos pasos de él, nació un fulgor luminoso que se ensanchaba conforme avanzaba.

—¡Un portal! —exclamó desconcertado, mientras lo traspasaba. Una luz cegante y una voz exaltada lo recibieron al otro lado:

—¡Felicidades, señora! ¡Es un varoncito!


 

Persona literaria

Dominik Lenarčič (Eslovenia)

 

Cuando abro los ojos, comienzo a existir. Despierto de la nada; dónde y qué soy antes de despertar no lo sé ni puedo saberlo. Solo sé que pronto volveré a ella. Una voz desde afuera me dice que aún no es el momento. Él me dirá cuándo debo cerrar los ojos. Hasta entonces debo quedarme aquí sentada.

El espacio no tiene paredes, así que no puedo llamarlo habitación. Tampoco puedo llamarlo vacío. No es como la nada: estoy despierta y sé que existo. A este espacio –sea lo que sea– lo ilumina desde arriba una tenue luz blanca. Llega de una abertura que recuerda a una ventana con persianas bajadas.

Empiezo a sentir ansiedad. Me gustaría que la voz invocara alguna silla o una planta de mesa. Cualquier cosa, con tal de llenar este espacio. La voz no responde a mis súplicas. Esta vez solo me ha dejado la ventana. No hay nada que pueda hacer: debo esperar a su llamado.

Al fin lo oigo. Es hora de terminar. Bien. Cierro los ojos y dejo de existir.

 

 

La cruz

Claudia Isabel Lonfat (Argentina)

 

Odio volver al barrio de mi infancia. Todo murió. Todos murieron. Las antiguas casonas chorizo fueron reemplazadas por edificios, los árboles frutales por cactus amorfos y ficus tristes, el empedrado que se veía hermoso bajo la lluvia, ahora era frío y gris

La casa dónde crecí también fue demolida. En su lugar quedó un terreno pelado que se veía más pequeño de lo que recordaba. Pero en el rincón, de lo que fue el patio trasero, todavía brillaba la cruz de bronce que me llevé del cementerio el día que enterraron al abuelo. Una vieja cruz que pendía floja de una lápida de otro siglo, y que ese mismo día pasó a ser de mi gata Pinky.

Nadie supo la verdad. Ni tampoco la hubieran visto aunque desfilara frente a sus ojos siempre distraídos.

La gata me arañó y la golpeé con la cruz. Tuve que hacerlo varias veces porque no moría. Me miraba con sus ojos verdes, como los del abuelo, y seguía moviendo la cola. Estaba enojado, no con la gata, sino con la cruz.

A mis padres les dije que a Pinky la encontré muerta, que tal vez se había envenenado cazando ratas de las fábricas, luego la enterré en el cantero de los malvones, y con el tiempo fijé la cruz a la pared aplicándole mucho cemento, para que no la pudieran sacar. Con el abuelo había sido todo más fácil.

 

 

Colores

Javier López (España)

 

—Vístete y prepárate para salir.

—Pero papá si todavía queda un rato, ¿no ves lo que está lloviendo?

—Hijo deberías confiar en la experiencia de tu padre —intervino la madre—. Haz lo que te dice.

—Pero mamá, estoy cansado, y también nervioso. Va a ser mi primera aparición en público —protestó de nuevo el jovencito.

—Precisamente por eso, ya deberías estar preparado.

Cuando de repente las nubes parecieron abrirse y asomó un rayo de sol. Aunque seguía lloviendo, ahí debería haber estado el arcoíris.

Muchas personas lo echaron de menos, y se extrañaron del raro fenómeno meteorológico. Para otros, su ausencia pasó desapercibida.

El joven arcoíris se llevó una buena reprimenda de sus padres, por no haber hecho su trabajo a su debido tiempo, tal como le habían advertido.

Y todos los que no lo vieron, recordaran aquél día por su inexplicable ausencia.

 

 

La máscara

Víctor Lowenstein (Argentina)

 

Caes en un extraño mundo sin pedirlo ni poder evitarlo; caes, y sin esperar tu consentimiento te bautizan y asignan un nombre, una religión y una patria. En otras palabras, te ponen la máscara. Más adelante se te adoctrinará para que adoptes un sistema de creencias, una herencia cultural y tal vez algo de libertad a fin de que desarrolles tu “conciencia”. Te graduarás en algún oficio o profesión en la que encajes. Serás agradecido por la oportunidad de “pertenecer” al mundo del trabajo fuera del cual, se te descalificará como miembro útil del extraño mundo que supo imprimirte la “identidad” que crees detentar.

Un buen día te cansas de todo y decides sacarte la máscara. No puedes, se te ha pegado a la piel del rostro. Que no sufras, te dicen; que a todos nos pasa igual. Entonces ves a los jóvenes alistarse para la guerra. Ves a las vacas entrando al matadero. Ecosistemas colapsando entre gritos de borrachos y risas de políticos, entre sollozos acallados por sirenas de ambulancias. Alguien te confiesa que la única gloria que puedes obtener del extraño mundo que habitas es tener un buen sillón para sentarte en tu vejez a leer las noticias que ya conoces. O a resolver crucigramas.

Son muy entretenidos. Se trata de buscar palabras a partir de letras sueltas. Pongamos: “autodestrucción, inmolación, sacrificio. Ocho letras”. Parece que se trata de algo heroico, pero la palabra encontrada resulta ser “suicidio”. Podría ser la alternativa, pero dudas entre el sentido buscado y la falta de conocimiento sobre el otro lado de las cosas. Si es que hay otro lado. De este lado no se habla de ese tipo de cosas. Acomódate esa máscara para que quede bien derecha.

 

 

El borracho del pueblo

Laura Irene Ludueña (Argentina)

 

—Puedo asegurarle que yo conocía a Santiago, el borracho que fue atropellado por un coche y murió poco después.

—Quién mal anda mal acaba, hay cosas más importantes por las que preocuparse —respondió Sara mientras continuaba lavando los trastos del bar. Hacía referencia a la noticia de que el planeta estaba muriendo. Ruth la miró para responderle, pero lo pensó mejor y calló.

—Hasta mañana, Sara.

 Mientras caminaba hacia su casa recordó la ocasión en que, tarde en el bar, Santiago le contó su historia. Ella le creyó porque los borrachos, como los niños, no mienten. Había nacido en el pueblo, pero había ido a la universidad, pensando en nunca volver.

Se convirtió en un geólogo brillante. Dedicado a estudiar la Tierra, se especializó en cómo los procesos internos repercuten en la superficie. Según dijo, al planeta le quedaba poca vida. Presentó sus estudios junto a una colega con la que había tenido un breve romance. Cuando le refirió los resultados a su esposa también le confesó el engaño. Como era de esperar el tema del romance fue lo que más la afectó. Salió de la casa hecha una furia; la atropelló un automóvil y falleció.

Desde entonces, Santiago se sumió en un abismo de dolor y desesperación que se profundizó cuando descalificaron sus estudios. Insistió, pero nadie le creía. Ese fue el momento en que abandonó todo, volvió al pueblo, pero ya nadie lo conocía, y buscó en el alcohol escapar de la realidad. Hoy, las noticias le daban la razón que le habían negado años atrás. Pero el destino jugaría una última carta con él. Mientras deambulaba por las calles, perdido en sus pensamientos y embriagado por el alcohol, un coche lo atropelló. En el aire se desvanecieron sus últimas palabras “lo dije, el planeta se acaba”.

 

 

Me alegra que estés aquí

Urszula Maciaga (Polonia)

 

Stella y Caleb avanzaban por una carretera vacía que conducía a las casas de veraneo junto al lago. Andy, el primo de Stella, debía recibirlos, pero desde la mañana no contestaba el teléfono.

Cuando aparcaron frente a la casa desierta, el silencio fue la única respuesta. Caleb llamó a la puerta. Les abrió Andy, pálido y algo desaliñado.

—No deberían haber venido —dijo.

—Nos invitaste —recordó Stella con timidez—. La semana pasada. Desde esta mañana intentamos ponernos en contacto contigo.

De mala gana les permitió entrar. El lugar olía a algo terroso y carnal.

Andy se detuvo junto a la ventana. Apoyó la mano en el cristal, con los dedos muy abiertos.

—Deberían irse. Yo… estoy ocupado. Ella llegará enseguida.

Stella no podía comprenderlo. Aun así, tomó la bolsa de viaje y subió las escaleras.

—Gracias. Y… por favor, no salgan de las habitaciones. No bajen, ¿me lo prometen?

—Lo prometemos —Stella lanzó una mirada significativa a Caleb—. No saldremos.

Esperaban en una habitación oscura.

—¿Lo oyes? Le está abriendo —susurró Caleb.

—Pasa, por favor —se oyó la voz amortiguada del primo, embelesada—. Me alegra que estés aquí. ¿Cómo te sientes hoy? Oh, sí… —Andy se rio—. No.

—Veamos… —pidió Caleb.

Con un movimiento breve presionó la manija, que emitió un clic.

—No, claro, eres hermosa —dijo desde abajo la voz extasiada de Andy—. La más hermosa.

En la casa no había ninguna luz encendida. Solo la luna arrancaba de la oscuridad la forma de las escaleras. Bajaron por ellas. Flotaba allí un hedor húmedo a carne podrida.

El primo estaba sentado en el sofá. Sujetaba de la mano a una figura esbelta. Su cabello largo y enmarañado caía sobre la espalda y tenía hombros huesudos, de los que pendía un vestido sucio.

El rostro de la mujer carecía de piel. En lugar de labios, sonreía con dientes ennegrecidos. De sus ojos emanaba el vacío.

Caleb tiró de Stella por el pasillo hacia las escaleras. Le cubrió la boca y, con un gesto de la cabeza, señaló hacia arriba.

Cuando regresaron a la habitación, atrancaron la puerta con sillas.

Al día siguiente llevaron a Andy por la fuerza al hospital de la ciudad cercana. Stella sugirió que el primo probablemente había tenido contacto con un cadáver putrefacto. El médico prometió examinarlo.

Alquilaron una habitación barata en un hotel cercano. Stella ya había llamado a la madre de Andy, que prometió acudir lo antes posible.

Después de cenar sopas instantáneas, Stella se sentó en el alféizar de la ventana.

Llamaron a la puerta. Caleb fumaba tranquilamente, cambiando de canales en la televisión despreocupadamente.

—Será el servicio —suspiró.

Stella volvió la cabeza hacia la ciudad. El espacio reducido la oprimía. De no haber sido por aquel maldito espectro, estarían disfrutando de sus encantos.

La manija de la puerta hizo clic. El olor a carne podrida alcanzó la nariz de Stella.

No tuvo tiempo de gritar. Caleb se quedó inmóvil un instante, ocultando la figura que tenía delante.

—Pasa, por favor. Me alegra que estés aquí.

 

 

Acto de trapecio

Melanie Márquez Adams (Ecuador)

 

En la primera parte de la función, aparece la mujer obesa que ve la vida pasar dentro de una gasolinera apartada del tiempo. A través de las cortinas de saliva que cuelgan de los labios agrietados, se asoman unos dientes carcomidos y amarillentos. Uno de los talentos de la artista es el de arrastrar las vocales en un balbuceo magnífico e incomprensible. El otro, consiste en dejar claro que además de licor casero, toda ella destila desprecio hacia el color de mi piel y mi acento extranjero.

Una roída bandera confederada ondea orgullosa anunciando el espectáculo principal. A continuación, se enciende un letrero neón de Marlboro que ilumina al Cristo mientras hace malabares sobre la cruz clavada en la pared. Las serpientes de moho realzan el acto, acechando y tentando al equilibrista. Emocionado por tener público esta noche, el trapecista me dedica el más dulce de los guiños.

 

 

El sueño de Miranda

Aline Márquez Ramos (México)

 

Miranda observaba con detenimiento los espacios de luz entre las ramas de los árboles y veía sus sueños rotos en cada una de sus líneas. Se quería morir pero sabía que, una vez caída la noche y comenzado el día siguiente, tendría que levantar del suelo los pedacitos perdidos de su corazón.

Todo cambia de un sueño para otro. Una noche muy calurosa, Miranda durmió destapada y soñó con un hombre de edad mediada que tenía una barba abundante, ojos negros y cabello blanco; este hombre jamás abrió la boca, pero el eco de sus palabras resonó en la mente de Miranda.

Al día siguiente, despertó pasado medio día, salió a correr y cuando regresó ya sabía cuál era su misión.

Miranda había nacido de un árbol, por tanto era uno de ellos. Tenía que dar frutos, no ser cobarde, luchar con los guantes puestos. Sabía perfectamente que no podría cambiar el sistema pero sí vivir conforme a sus ideales.

—¡Al diablo con la melancolía! —dijo en voz alta.

Meses después Miranda era irreconocible; había logrado la mitad de sus sueños, vestía ropa de diseñador, vivía en una casa con piscina y trabajaba para el ser más miserable y vil de la tierra. De nuevo, una noche tranquila, acostada en su king size, soñó con este hombre barbudo. Por primera vez, él abrió la boca y le dijo a Miranda: “Lo que tú llamaste sueños, son los deseos de un hombre con barba. Nuevamente gané”.

 

 

La que observa

Julia Martín (Argentina)

 

Ahí está otra vez.

Quietita, como si mirar fijamente hiciera que algo tuviera más sentido. Contempla mi red como si fuera una señal. Un espejo. Pobre humana. Necesita encontrar símbolos en todo.

Vive entre libros. Pilas y pilas de objetos mudos que no mueren ni alimentan.
No teje hilos, pero sí frases. Vive atrapada en las palabras que leyó. 

Yo tengo mi rincón tibio; una cueva de hilos tensados, de espera. Acá no hay ruido. Solo vibraciones leves, promesas en suspenso.

Ella vive en su propio nido: un escritorio cubierto de papeles subrayados con márgenes anotados. Huele a yerba, a tinta y a ese cansancio que dejan los pensamientos cuando no se dicen. Se rodea de poemas como si fueran abrigo. O trinchera.

Sin embargo, somos parecidas. Esperamos. No por fe. Por hábito.

Hoy murmuró algo mientras me observaba. Setenta y dos. La cábala, dijo. Los nombres sagrados. Como si el significado pudiera salvarla de sí misma.

Yo no necesito sentido. Solo una vibración. Un mínimo temblor.

Y actuar.

Ella no se va. Me mira.

Solo espero. Ella también espera. 

Aunque en eso le llevo siglos de ventaja.

 

 

Tortura

Rafael Martínez Liriano (República Dominicana)

 

La chica se retorcía como una lombriz de tierra cada vez que Duncan la tocaba con el taser. Mientras tanto, Douglas se divertía mirando desde un rincón. Excitados por la escena, los miembros de la UCN estaban dispuestos a trabajar por nada con tal de poder cazar y torturar a seres casi humanos. Disfrutaban causándole dolor a los sintecs. Los sintecs no podían sentir dolor en el sentido estricto de la palabra, no obstante, los choques eléctricos producían un mal funcionamiento de sus sistemas motores y en las unidades de procesamiento, haciendo colapsar los sellos del sistema hidráulico, por lo que el aceite se derramaba por todo el cuerpo del sintec, dando la sensación de que se desangraba.

Eran las cinco de la tarde y los rayos oblicuos del sol mostraban la tez pálida de la sintec impedida de moverse debido a que Duncan mantenía la rodilla sobre su pecho.

—Se sienten suaves y firmes —dijo Duncan de manera burlona tocando el busto de la humanoide—. Dentro de poco no seremos capaces de distinguir una de estas cosas de un ser humano real.  

«Jū», dijo la sintec con voz entrecortada.

—Así que sabes hablar —dijo Duncan sin apartar la rodilla—, pero te aviso que no te servirá de nada, mi amigo y yo no buscamos información, lo nuestro es simple exterminio.

«Kyū», salió esta vez de los labios de la sintec.

—Debe estar fallando su sistema de lingüística —dijo Duncan—, no entiendo nada de lo que dice.

«Hachi» 

—¡Cállate, si no puedes hablar correctamente, mejor cállate! —Duncan sacó su arma y la puso en la cara de la sintec.

—Juu, Kyu, Hachi. Está contando —dijo Douglas por fin—, está contando hacia atrás en japonés.

Duncan vació su arma en el cuerpo de la mujer y la piel empezó a desintegrarse. 

    A Duncan le pareció que era una persona muy vieja moría ante sus ojos.

«Nana», se escuchó esta vez, pero la voz no salió del cuerpo inerte de la sintec.

   Douglas paseó una rápida mirada por toda la habitación en ruinas buscando el origen de la voz. Sin embargo, la búsqueda fue inútil.

—¡Vámonos de aquí! —gritó Duncan presa del pánico.

   Douglas salió de la habitación y corrió por el pasillo hacía la escalera, hasta que advirtió que Duncan no lo seguía. Regresó en busca de su compañero y lo halló luchando desesperado por desprenderse del abrazo de la sintec que le había atrapado la pierna, Douglas disparó una y otra vez pero era inútil, la sintec estaba muerta o apagada o fuera de servicio, cualquiera fuese el equivalente sintec para la muerte. 

«Ichi» 

«Zero» 

Los dos hombres se miraron mientras las explosiones reducían a polvo el vetusto edificio con ellos dentro, al tiempo que toda la manzana desaparecía en un segundo de la faz de la tierra. El humo y el olor a carne quemada se mezcló con el viento caliente que llegaba desde las regiones más secas del continente, 

Ese acto marcó el comienzo del contraataque de los sintecs. Como por arte de magia, el cazador se había transformado en presa.

 

 

Luna roja

Nino Martino (Italia)

 

—Papá, ¿por qué todos están fotografiando la luna de esta noche?

—Porque es la más grande de los últimos tiempos y porque es roja.

—¿Y por qué es tan roja? Yo nunca la había visto así. ¿Será porque está baja? Será por eso.

—No, a partir de ahora y durante algún tiempo seguirá siendo así.

—Pero no me has dicho por qué es roja.

—Es roja por el polvo, hay mucho polvo.

—Antes siempre era blanca. Yo la recuerdo blanca. Me gustaba cuando era blanca y parecía que tuviera una cara.

—Ya no será blanca.

—Porque siempre habrá polvo, ¿es así?

El padre no respondió. Miró al hijo, fascinado por el mundo y por la luna roja. Tan curioso, tan abierto a la vida y al asombro. Quizá podría haber llegado a ser un científico.

—¿Y por qué ahora hay polvo y antes no lo había?

El padre no respondió, otra vez. Miraba al hijo y a la luna, tan roja, tan grande. Pensaba en la luna blanca, ya perdida. El aire caliente movía el cabello del niño.

«¿Cuánto tiempo pasará hasta que su cabello empiece a caerse?»

 

 

Esta ciudad

J.S. Meresmaa (Finlandia)

 

En esta ciudad todos duermen, pero nadie sueña. La ciudad está dividida por una vía férrea, pero no tiene estación. Vistos desde arriba, la vía férrea y el río forman una cruz. Alina vive en un conjunto habitacional a orillas del río. Quinto piso, la altura adecuada para que el puente de la vía férrea dé a la ventana la apariencia de barrotes de prisión. Durante el ocaso, los remaches de acero adquieren un brillo rojizo. Alina ha aprendido a contar. Madre le ayuda. Diez. Veinte. Cien. El tren solo pasa por las noches. Es un largo e interminable gusano de hierro. Las ruedas marcan un ritmo que ulula sobre el río, que penetra las paredes del cuarto de Alina y la mantiene despierta. Las madres duermen. Alina ha tratado en vano de despertarlas. Se mantiene de pie ante la ventana y observa la oscuridad.

 

(Traducción del finés: Tanya Tynjälä)

 

 

Pesadilla de un apicultor

Cristian Mitelman (Argentina)

 

Sé de un hombre que trabajó toda su vida con abejas. A lo largo de los años recibió cientos de picaduras. El médico le dijo que la toxina de una abeja no puede provocar daños, pero que la sumatoria de tantos aguijones hace que uno de ellos resulte fatal, puesto que existe un límite que el cuerpo tolera para recibir el veneno.

Todas las mañanas mi amigo sale a trabajar con una angustia que tal vez lo derrote mucho antes. En cada abeja (pequeña chispa dorada del universo) ve a su posible asesina.

 

 

Preguntas sin respuesta

Domen Mohorič (Eslovenia)

 

El motor de la avioneta zumbaba con un rugido ensordecedor; la hélice cortaba el frío aire de Alaska. Los copos de nieve se aferraban a las alas y las congelaban lentamente. Él solo llevaba una bata fina, como las que se consiguen en un buen hotel.

Su mente daba vueltas: ¿Por qué estaba allí? Recordó el viaje con su prometida, la visita a Anchorage y la larga caminata. En la habitación del hotel, se desplomó cansado en la cama y se quedó dormido como un muerto. Entonces: oscuridad. Ahora estaba en el avión, rodeado de una niebla impenetrable.

Sentía un sabor a sal en la lengua, como el aire del mar. ¿A qué altura volaba? Como si alguien le respondiera, el fuselaje empezó a temblar como consecuencia de una turbulencia terrible. Algo blanco se arrastró junto a la ventana; solo percibió un movimiento. Al instante siguiente, se dio cuenta de que ya no oía el motor, y sin embargo, el avión no caía. Las ventanas se agrietaron y una niebla blanca se coló en la cabina. A pesar del frío gélido, se le heló la sangre. Su mente se llenaba de preguntas: ¿En qué se había metido? Su asombro fue interrumpido por el pánico cuando unas largas manos blancas con dedos humanos podridos se extendieron desde la nieve hacia él. Mientras intentaba protegerse, notó sus propias manos: la piel estaba cerosa, los dedos ennegrecidos por la congelación. "¿Cuándo? ¿Por qué no me di cuenta?", quiso gritar, pero sus labios apretados no lo soltaron. El avión solo fue encontrado años después, a unos cientos de millas de Anchorage. Pero sin el piloto novato, James Thomas, de veinticuatro años. Pero nunca descubrieron qué lo había llevado a robar el avión turístico ese día.

 

 

Toro

Iván Molina Jiménez (Costa Rica)

 

Xavier sabía que todo se decidiría en milisegundos. Las diez naves estaban con los motores encendidos, pero completamente inmóviles, una a la par de la otra, separadas por una distancia de cien metros. A lo lejos, la Tierra parecía un inmenso ojo azul, que observaba impasible a los pilotos.

—¿Nervioso? —la voz de Derzu parecía casi un susurro.

—Todavía no —mintió Xavier, que sudaba abundantemente.

La editorialista de Le Monde la llamó la competencia del siglo por dos motivos: primero porque solo se podría efectuar nuevamente a casi cien años de distancia, y segundo por lo extraordinario del único premio en disputa: una isla privada en el Caribe, debidamente equipada y con el mantenimiento asegurado de por vida.

—¿Ya viste las apuestas? — insistió Derzu.

Sin evidenciar su exasperación, Xavier respondió:

—El alemán y la japonesa son los favoritos todavía.

Después de casi un minuto de silencio, que Xavier disfrutó infinitamente, Derzu preguntó:

—¿No te parece que este es el deporte más estúpido de todos?

—¿Por qué?

—Todo consiste en esperar. El que se apresura a irse, pierde, y el que permanece demasiado tiempo, también. La única diferencia consiste en que el que se va antes se convierte en un cobarde vitalicio y el que se queda más de lo debido en un idiota muerto.

—Es más complejo que eso —contestó Xavier.

—¿A qué te refieres?

Muy lentamente Xavier dijo:

—La única razón por la que miles de millones de personas están ahora mismo al frente de una pantalla es porque quieren saber quién será el que logre estar más cerca de la muerte y salir vivo.

Sorprendido por las palabras de Xavier, Derzu enmudeció brevemente. Iba a añadir algo más, pero se contuvo porque en ese preciso momento el visitante esperado empezó a mostrarse en toda su incontenible e imponente furia.

A setenta metros por milisegundo, el cometa Halley, como un toro de lidia de exuberante cola, se preparó para acometer a las naves con su mejor y más mortal embestida.

 

 

El cuidador del cementerio

Juan Manuel Montes (Argentina)

 

Nervioso encendí la lámpara. Había escuchado los gritos como si viniesen del fondo de los pasillos. Tragué saliva y con el brazo izquierdo me sequé la traspiración. De repente otro grito me llegó desgarrando el aire y rebotando pegajoso por las paredes. Seguí caminando y al dar vueltas a la esquina, dos gatos negros se peleaban en un rincón. Sonreí por lo tonto que había sido y me les fui gritando, queriendo darles el mismo miedo que ellos me habían dado.

Cuando los estuve enfrente, arquearon el lomo, erizaron su pelo y me tiraron arañazos. Me reí de ellos y me acerqué queriendo patearlos pero no pude, aunque ellos tampoco me lastimaron. Sus uñas manotearon el aire, mientras mi pie fantasmal los traspasaba.

 

 

Venusino cenando

Diego Muñoz Valenzuela (Chile)

 

A mí los aliens no me vienen con cuestiones: tengo un don especial para detectarlos. Ayer mismo, mientras compartíamos con mi amigo Cristián y nuestras parejas, detecté a un comerciante venusino cenando bajo el pretexto de la celebración del día del amor. Sus principales características de aspecto, todas claves para el reconocimiento: cabeza de congrio, triple hilera de aguzados dientes metálicos, lengua alargada como longanicilla con terminal bífido, porte pequeño (por la monstruosa gravedad de su planeta), arrugado cuello de iguana.

El desvergonzado alienígena exigió, mediante comentarios guturales y señas, un trío de pulpos vivos que devoró sin aspavientos. Tras la ingesta, ciertamente violenta, experimentó una serie de estertores que culminaron en un estado de satisfacción de corte epifánico. Eso fue todo, que no es poco. A Cristián le pareció que un proyecto sobre monstruos en la literatura nacional era la mejor veta para sus futuras investigaciones. Brindamos por eso. Cuando nos fuimos, el mínimo negociante venusino estaba sentado, hierático, mirando el infinito universo. No era necesario despedirse.

 

 

La última palabra

Mia Myllymäki (Finlandia)

 

Se puso el impermeable y salió. Había sol pero llovía. Cruzó la terraza y el jardín. Con los calcetines empapados corrió hacia la acera. El trayecto parecía largo y, sin embargo, llegó rápido. La lluvia se detuvo. La chaqueta sudorosa se pegaba a sus brazos. Los transeuntes la escudriñaron largo rato. Tal vez notaron el terror en su mirada, la desesperación en sus labios. Una palabra. Se sacudió el polvo formado por la humillación y la arbitrariedad acumuladas durante años. Lo sacudió, pero se había vuelto un abrigo pegajoso, que le apretaba el pecho. La última palabra. La pronunció al no tener nada más que decir. Durante años había extraído de un pozo sin fondo su opinión sobre la perseverancia, la constancia, el amor y el perdón, pero ahora en ese pozo se escuchaba el eco de una pequeña piedra cuya caída sonaba a avalancha. Tomó el siguiente número. No había salida. La última palabra cortó la garganta del hombre. Con razón o no, ya no podía negarlo. Él ya no se cruzaría por su camino, estaba tumbado en un charco rojo sobre el sofá del salón.

Llegó su turno. Tras la puerta la expresión del empleado cambió de tensión a dolor.

—Usted ha dicho la última palabra. —Él suspiró y le extendió un formulario—. Llene esto, en particular el punto decimotercero.

—Decimotercero... ¿No es suficiente? Es que ya no puedo más.

El empleado negó con la cabeza.

—No, el uso de la última palabra para suprimir una vida debe justificarse. Que usted estaba cansada de la continua explotación, crítica, abuso, reclusión o trabajo forzado, no es razón suficiente.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Llovía por dentro. El formulario caía mientras se llevaba las manos a la cabeza y decía la última palabra.

 

Título original: Viimeinen sana/Traductor: Tanya Tynjälä

 

 

Las raíces

Lidia Nicolai (Argentina)

 

Nadie sabe el secreto, conocerlo aterrorizaría a más de uno de los vecinos de la aldea cercana, y las raíces lo guardan con el mayor celo bajo la tierra que las cobija. Adormiladas sólo de día, sociables y andariegas en la oscuridad, cerca de cada medianoche su letargo se desvanece, se desperezan, poco a poco se van alargando, se estiran lo indecible, reptan, horadan el suelo como topos longilíneos y se reúnen en un claro del bosque a comentar los asuntos cotidianos.

Están preocupadas: una nueva clase de gusanos, verdes como raíces jóvenes, ha invadido la zona y aún no saben cómo combatirlos. Varias de ellas muestran sus horribles mutilaciones en plena reunión. Las que aún no tenían la información se rinden ante la evidencia. Las gruesas raíces de un roble creen que no atacan por igual a todo el mundo sino de manera selectiva, como las alimañas. Por eso las demás, las que por alguna razón desconocida no son objeto de la carnicería de los invasores, deberán ser las que armen la defensa.

Las raíces de un viejo arce llegan con retraso a la reunión pero dan la única noticia de utilidad. Conocen la procedencia de los gusanos. Un labriego, que mora en las afueras de la aldea, cría en inmensos tanques a esos animales maléficos con algún fin impensable. La solución es sencilla, le dice a la concurrencia.

En silencio se acercan a la casa del labrador. La bordean. Circundan los tanques malditos. Unas rompen con facilidad puertas y ventanas, otras penetran el piso y las paredes por las rendijas que separan los tablones de madera.

Todas quieren participar. Juntas, con toda la calma, sin el más mínimo apremio, estrangulan al hombre, a la mujer y al pequeño hijo.

Las raíces resuelven sus problemas de esa manera. No conocen otra. 

 

He visto la muerte

Leon Nunes (Brasil)

 

Sentí el dolor. Carne. Casi desarraigada. La sangre cubriendo mi cama. En la almohada, un collar de siete plumas; dos de ellas rotas. Ojos rojizos. Ácido-saliva-garganta-abajo. No sé cómo, pero qué. Fue solo haber roto el meñique. ¿A quién quiere llevar? Mi nombre es Malo Augurio. Desafortunado el que conmigo vive. ¿Tropecé? La única condición: me acumularía toda la tragedia al otro por mí impuesta, mi dedo en lanza. En un sueño, tal vez; quizás en realidad yuxtapuesta. Delante del fuego. Pagano. Yo… recé. No. Exigí del genio una. Deseo concedido. Después dos-tres; vicié. Santo cáliz de la maldad. De él se bebe a gotearlo hasta colmarse; hay vuelta, dijeron las advertencias escritas en las ramitas de los árboles. Hasta confundirme… tantas víctimas de mis ojos, tantos sufridores incompetentes; tantos tantos. Fuego se levantó, alimentado por el odio. Me arrodillé. Me subyugué. Sentí atrapado por imágenes. En ellas, mis dedos como lanzas. Apuntados a mí. Dolor. Fui traspasado por el congregar de mis voces-pensantes. No hay ningún demonio-dios salvar-condenar. Sólo las elecciones. Entonces grité hasta la pérdida de la voz. Después de todo, aunque no supiera, firmé mi testamento-deuda. No hay dudas: llamé el perjurio. ¿El final? ¿Es el final? Nadie ha dicho habría gracia o risa, muñeca. El fin. Casi siempre un recomenzar. El recomenzar. La fealdad está ahora en tus manos, así como la carne pobre en las suelas-de-los-zapatos. ¿Crees que saldría indemne, eh? No. Un consejo. Piense usted muy bien a quien elige. Todo vuelve. Menos yo.

  

Biografía

José Manuel Ortiz Soto (México)

 

La mañana del 23 de junio de 1959 tras la exhibición de la película Escupiré sobre vuestras tumbas (de la que era guionista), muere a los 39 años de edad en el Hospital Laennec en París, el ingeniero, trompetista y crítico de jazz, cantante, compositor, productor, traductor, actor, dramaturgo, patafísico, poeta, novelista, dibujante… Boris Vian.

 

—Eran demasiadas vidas para un cuerpo frágil y enfermo; y claro, su corazón no resistió —explicó el médico de guardia a un inexpresivo Vernon Sullivan, quien, fiel a su creador, hoy sigue por el mundo con las novelas que escribían juntos.

 

 

La Bella y la Bestia

Serguéi Páltsun (Ucrania)

 

Estaba sentada, disfrutando de la mañana, cuando una enorme pata me agarró y me vi frente a la horrible cara de un monstruo.

—¡Bestia! —exclamé, maldiciéndome de inmediato por ser tan parlanchina.

—¿Por qué me dijiste "bestia" tan groseramente? —se ofendió el monstruo—. ¡Ni siquiera nos conocemos!

—Quise decir que tienes un aspecto asombroso —respondí asustada.

—Ah... No lo entendí en el primer momento —suspiró aliviado el monstruo—. Pensé que en estos casos se decía "monstruo".

—Los monstruos son aquellos que se comportan de manera extravagante –mentí–. Así que, si algo de mis palabras te parece ofensivo, no le prestes atención. En realidad, soy una especie de monstruo.

—¿Eres un monstruo? —se entristeció el monstruo. Luego, con esperanza, preguntó—: ¿Pero también eres una belleza?

—Así dicen —respondí con modestia.

—¡Finalmente! —exclamó el monstruo—. Necesito encontrar a la mayor belleza de estas tierras y besarla. Entonces se cumplirá un milagro, y encontraremos nuestra felicidad...

—¡No! —grité horrorizada cuando el monstruo ya se inclinaba hacia mí para posar en los míos sus repugnantes labios rojo sangre, y me liberé de su asquerosa garra.

 

—No es ella, una vez más —murmuró el príncipe, siguiendo con la mirada a la rana que huía, y continuó su camino por el pantano.

 

Título original: Красавица и чудовище

Traducción del ruso: Sergio Gaut vel Hartman

 

 

El final de la vigilia

Mark E. Pocha (Eslovaquia)

 

—Tu mocosa está llorando.

—Ella no es ninguna mocosa, es nuestra muñequita. No me gusta cuando la llamas así.

—¡Qué cariñoso, de repente! Un papá ejemplar. ¿Dónde has estado estas últimas seis horas? La empresa cierra a las cinco, así que, dime, ¿has perdido la noción del tiempo?

—Pensé que ya lo habíamos aclarado. Sabes muy bien cómo va la cosa. ¿Acaso debo volver a repetírtelo? No he estado con otra y tampoco he ido a emborracharme con mis colegas. Estuve en vigilia.

Vigilia. Lo dices con tanto orgullo. Como si eso hace de ti una mejor persona.

—Solo intento hacer lo correcto.

—¡Pues inténtalo también en casa! Te arriesgas por otros. Pasas fuera noches enteras. ¡Así no se puede tener vida familiar! ¡No se puede vivir así!

Escondió la cara entre las palmas de las manos y rompió a llorar. Le dio la espalda y se apoyó en la encimera.

Él reprimió la sensación de injusticia, igual que tantas veces antes, y puso su mano envuelta en un guante negro encima del delgado hombro de la mujer. Ella se apartó con un suspiró.

—Con un gran poder viene una gran responsabilidad, ¿te acuerdas?

Se volvió bruscamente y alzó las manos. Por su cara enrojecida corrían unos riachuelos salados.

—Fue solo una película, Víctor, una película y un cómic y una fantasía, nada más. Pero nosotros vivimos en mundo real y tú no eres un personaje dibujado con superpoderes!

—Yo lo siento diferente — dijo él, y en sus ojos apareció un extraño destello.

Luego se tiró por la ventana.

 

Título original: Koniec hliadky/Traducción: Petra Pappová

 

 

Borges y el señor de los infiernos

Gerardo Horacio Porcayo (México)

 

Nada correspondía a las descripciones de Dante o Milton pero su esencia era innegable.

—¿Por qué se me condena? —preguntó Borges, cargado de cadenas, frente al Oscuro Trono.

La cornada, evanescente figura; cabizbaja, sin triunfalismos, al fin concedió:

—Por ser el engendrador de la pereza narrativa. Por tu aberrante fábrica de ensayos sobre novelas inexistentes. Por no escribirlas. Por contribuir, en pocas palabras, al nacimiento de esa nueva especie literaria. Por ser el padre virtual del minicuento.

 

 

El hombre que cose sombras

Patricio Ramos Gatti (Argentina)

 

El hombre caminaba por la ciudad con un maletín lleno de agujas e hilos negros. No remendaba ropa ni curaba heridas: se dedicaba a coser sombras. Le pagaban bien por ello. Algunas personas querían que su sombra adelgazara; otras, que dejara de seguirlas; otras, simplemente querían una sombra nueva, más dócil, más amable, menos sincera.

Una noche, sin embargo, llegó una mujer distinta. Tenía la piel color de ceniza tibia y unos ojos que parecían haber llorado en idiomas desconocidos. Le pidió algo que él jamás había escuchado.

—Quiero que le cosas una boca a mi sombra.

Él casi se ríe. Pero la mujer no bromeaba. Le explicó que desde niña sentía que su sombra sabía cosas horribles de ella. Cosas que ni ella recordaba. Cosas que había hecho medio dormida, o medio despierta, o fuera de sí. No quería que hablara. Quería que cantara la verdad.

El hombre dudó. Pero aceptó.

Extendió la sombra contra la pared, la fijó con alfileres invisibles y comenzó a bordar una boca. Puntada a puntada, sintió que la sombra temblaba. Cuando terminó, la mujer sonrió con un alivio ansioso.

—Ahora escúchala —dijo.

La boca recién cosida se abrió y empezó a cantar. Su voz era húmeda, antigua, casi animal. Cantaba nombres. Lugares. Noches enteras. La sombra enumeraba cuerpos.

Cuerpos enterrados.

Cuerpos amados hasta romperlos.

Cuerpos que aún no habían sido encontrados.

La mujer escuchaba como si por fin alguien la acariciara de verdad.

El hombre retrocedió, estremecido. Quiso arrancar ese hilo, deshacer la boca, retroceder el milagro. Pero la sombra soltó una carcajada profunda. Era la risa de alguien que, por fin, se siente libre.

La mujer abrió los ojos, brillantes de satisfacción.

—Gracias. —Y se fue.

El hombre miró la sombra propia a sus pies.

Temblaba.

Por primera vez en su vida, supo que no podría coserse a sí mismo.

Su sombra ya estaba abriendo la boca.

 

 

Después de hora

Rogelio Ramos Signes (Argentina)

 

Por mis horarios de trabajo siempre vuelvo tarde a casa, en absoluto silencio, en punta de pie, tanteando en la oscuridad, amortiguando el ruido de las puertas. En ese sentido soy muy cuidadoso: simplemente entro, hago lo que tenga que hacer y luego me acuesto.

Anoche no fue la excepción; llegué, me fijé si había quedado en la heladera algo del mediodía, comí, me duché y sin dar más vueltas me fui a la cama.

Cuando me acosté, el dinosaurio ya estaba dormido.

 

 

Ojos verdes

Anita María Riquelme Suazo (Chile)

 

Alguna vez tuvimos una casa grande. Eso fue antes del incendio que arrasó con nuestra villa y siguió hasta que la vida se transformó en cenizas, escombros y desasosiego. Muchos se mudaron a otros lugares, en cambio, papá se empecinó en quedarse. Él seguía viendo el verdor del ciprés, las flores decorando los pórticos, las zarzamoras cargadas de sus frutos y el trébol brotando como maleza.

Mamá no lo soportó y se fue marchitando junto a los recuerdos del siniestro. ¿Cómo culparla? También pensábamos que papá había enloquecido en la negación.

Diez años hizo falta para que la ilusión de uno se convirtiera en los primeros brotes duraderos.

Un poco más y todos compartiremos tus ojos, viejo querido. 

 

 

La última pizza

Frank Roger (Bélgica)

 

—Realmente odio sus modales —le dije al hombre que acababa de materializarse en la pizzería y flotaba a través de mi mesa e, incluso, a través de mi pizza de cuatro porciones.

—No se preocupe —dijo uno de los camareros—. Estos tipos son inofensivos. Hemos tenido algunos otros. Están involucrados en un experimento de transmisión de materia y esto es una interferencia ocasional en el sistema. No deberían materalizarse aquí.

El hombre se desplazó flotando hacia mi derecha y asumió forma sólida cuando sus pies aún estaban bajo la mesa de mi vecino. Quedó atrapado y aulló de dolor mientras destrozaba la mesa para liberarse.

—Perdone por todo este lío —se disculpó el camarero—. Nos ocuparemos de esto ahora mismo.

—Todo sea en nombre de la ciencia —remarcó mi vecino, comprensivo.

—A mí me parece más bien terrorismo —le contradije—. Solo hay que ver todo este caos.

El hombre ensangrentado fue ayudado y conducido al exterior por varios camareros y la mesa rota fue reemplazada. Mi vecino sacudió su cabeza.

—Hemos tenido suerte de que este sujeto se haya quedado atascado la mesa —dijo—. Podría haber sido peor.

Unos instantes después vi cómo un pie y parte de una pierna se materializaban, sobresaliendo de mi pecho.

—¡Hay una fina línea entre ciencia y terrorismo! —grité, aterrorizado. Esas fueron mis últimas palabras.

 

 

Cantar la noche (De indios y cowboys)

María Cristina Rolnik (Argentina)

 

El niño canta en la noche por miedo a la oscuridad

Guattari

 

Santiago es muy blanco, las costillas se le inflan y desinflan, es consciente de eso, de su respirar. Teme que ese fuelle incontrolable atraiga a los cowboys verdes. Está en la orilla del río, oculto tras un árbol medio sumergido. Comienza a cantar. El es muy blanco pero eligió el bando de los indios, los Pu Lof, originarios de esta tierra, la llaman libertad. Los cowboy son verdes, todos hijos no reconocidos del patrón de esta tierra, la llaman Estancia. Los indios están cruzando el Chubut.

—Tirate, Santiago, nadá.

Los verdes ya llegan, tienen escopetas pero arrojan piedras a los bultos del río que se alejan, bultos indios que nacieron huyendo, que logran escapar.

—Dale Santiago, nadá —grita un amigo indio desde la otra orilla, la segura. Santiago mira el agua, es gris por las piedras, es gris porque está nublado. Mira el agua y le teme—. Dale Santiago, por favor, tirate.

—Déjenlo en paz, nenes, Santi no sabe nadar —dice la mamá; su voz llega con el viento norte.

Santiago se sumerge hasta la cintura pero no sigue. El agua helada le vuelve azul medio cuerpo, el dolor azul le llega hasta el estómago, se abraza a las raíces del árbol. No deja de cantar. Los verdes lo encuentran.

—Atrapamos a uno —grita un verde. Varios rodean al indio blanco y lo arrancan del árbol, del río. Una muralla verde de cowboys furiosos, ladrillos de resentimiento y cobardía, se cierra sobre Santiago.

—Dónde está Santiago, no ha vuelto a casa. Ya es de noche —dice la madre.

El niño canta en la noche por miedo a la oscuridad.

¿Dónde está Santiago Maldonado?

 

 

Cuando Harry conoció a “Sally”

Luis Saavedra (Chile)

 

Cuando Harry conoció a “Sally”, ella solo tenía dos meses, pero ya sabía que la amaba. “Sally” la dibujaba un coreano que había llegado a España como estudiante de intercambio. Harry no se llamaba así, pero lo prefería infinitamente al Juan que aparecía en el registro civil. “Sally” la escribía un guionista gordo que tiraba a calvo y tenía la imaginación de un niño de siete años. Harry trabajaba de operador de redes y por la tarde se pasaba por la librería para ver las nuevas series. “Sally” salió en la portada del número dos de “Princesa Sadako”, que valía dos euros y el papel era reciclado. Harry vio a “Sally” esa tarde y se dio cuenta que lo único en la vida era saber qué había debajo de su coqueta falda plisada.

Ideó un plan. Se inscribió en VrtuaLfe y se compró un avatar de 600 dólares, fastuoso y vicioso, como nunca sería Harry. Las minas se le tiraron encima –las virtuales, claro está– y se la pasó realmente bien metiéndoles weenie y catarateando su poco money. Una pendeja le dijo que “Princesa Sadako” era una mierda, pero que igual tenía un bucle VIP en el puerto 8338. Harry le dio las gracias y después le reventó la cabeza. Virtualmente, por supuesto. Le pidió a un ruso muerto de hambre que le crackeara el puerto por 1500 dólares y entró. El ambiente era una orgía de inocencia, lleno de viejos putos y ricachones con avatares de niños de nueve años. La “Princesa Sadako” era una perra retozona con superpoderes y una varita mágica. Todos los avatares de niños le corrían mano apenas podían. Buscó a “Sally” y la vio con un pokemón rosado que le metía la cola por entre las piernas. El pokemón era un arquitecto de Madrid y tuvo que provocarle un shock a la conexión del gallego para alcanzarla. “Sally” le sonrió cuando transmitió sus antecedentes de crédito. “Ven acá”, le dijo en kanji. Pero cuando le metió mano, se espantó. El puto coreano jamás tuvo en mente dibujarle un pussy. Al puto coreano le gustaba el futanari. Así que Harry la pasó muy mal esa noche cuando “Sally” le mostró su enorme weenie en medio de sollozos japoneses y enormes ojos.

Harry ya no se llama así. Ahora es Juan y se deshizo de su colección de manga. Tiene una empresa de software que coloca paquetes world-class en empresas pequeñas y dedica todo su tiempo a la estéril función de programar funciones, siguiendo las reglas de un libro de contabilidad. Sale a las once de la noche de su oficina y siempre pasa por la vitrina de la comiquería. La última vez me contó que volvió a ver a “Sally”, en el número 78 de “Princesa Sadako”. Estaba muy distinta, pero igual. Me preguntó si el amor podía abarcarlo todo, traspasar el papel, el metal y el asterisco. No entendí nada. Yo creo que Juan extraña a “Sally” más de lo que se permite reconocer.

 

 

El guerrero tecnológico

(Seiha Ko 3)

Carlos Enrique Saldívar (Perú)

 

Celia caminaba con miedo por las calles de San Juan de Miraflores, en Lima Sur.

El mototaxista que la estuvo trayendo desde el cine la acosó verbalmente; ella le ordenó que se detuviera para bajarse y quedó sola a seis cuadras de su casa, a las once de la noche.

Solo le restaba andar.

No pasaban carros de transporte a esa hora ni por aquella zona. Excepto la misma mototaxi roja, con su despreciable conductor, que se aproximaba.

Celia sacó su celular y, en vez de tomarle fotos al vehículo y grabarlo en vivo, le pidió ayuda al guerrero tecnológico; entró a su web y le envió un mensaje urgente.

De pronto el acosador la embistió con el transporte y la chica de veintitrés años cayó de costado sobre la vereda. Se hizo daño.

No pudo pararse a tiempo cuando la mototaxi retrocedió, se detuvo y el chófer se bajó para jalarla a rastras para llevársela consigo a fin de violentarla aún más.

En ese momento del celular de Celia, de su pantalla, emergió una enorme catana que cortó el vehículo en dos de un solo lance.

El noble japonés, alguna vez conocido como Seiha Ko, avanzó rápido sobre sus muñones inferiores (no tenía piernas) y le clavó la espada en los genitales al delincuente, pronto elevó el corte hacia su panza.

El justiciero virtual le hizo una venia a Celia y desapareció en el mundo digital del cual salió mientras ella cogía su celular, le daba las gracias y llamaba a un familiar para que la recogiese, pues estaba algo maltratada y requería asistencia médica.

Aunque luego estalló en risas nerviosas, estaba viva al fin y al cabo gracias a aquel samurai maravilloso, al cual admiraría desde este infausto momento en adelante.

Su familiar ya se hallaba en camino.

De un tiempo a esta parte, en aquel rincón del mundo se contaban historias sobre tal entidad prodigiosa que tuvo su origen en el Japón hacía tiempo; consiguió, mediante un experimento, sobrevivir a la masacre de su familia, y hoy protege a los inocentes.

 

 

La muerte de dios

Carlos Eduardo Sánchez (Argentina)

 

Cuando murió dios, el fenómeno pasó desapercibido para la mayoría de las personas. Sólo unos pocos nos dimos cuenta de los pequeñísimos detalles que daban indicios del descomunal hecho. Pasado el tiempo, a algunos ateos honestos, nos pareció un despropósito seguir negando la existencia de algo que ya no existía.

 

 

¿Cómo nace un violín perfecto?

Veronika Santo (Croacia)

 

De un arce imperfecto, de un árbol deforme. Estos arces se esconden en los profundos bosques de Bosnia y Herzegovina, cuidadosamente buscados y vendidos para fabricar los mejores violines del mundo. La creencia popular sostiene que estos árboles deben crecer en lugares solitarios, azotados por dos vientos: esto se debe a que, además de las estrías verticales, su tejido también presenta ondulaciones horizontales.

Imagino que estos arces especiales, pero deformes, viven, como los humanos, en familias extensas, porque son árboles sociables. Los veo todos juntos en un promontorio, resistiendo dos vientos, y cómo los sanos se desesperan cuando uno de ellos empieza a mostrar signos de esa extraña y ondulante enfermedad. Quizás se compadecen de él, lo acarician, entrelazando sus raíces con las suyas, lo consuelan cantando dulces melodías con sus hojas mecidas por los impetuosos vientos de la montaña. O quizás lo evitan, alejándose del follaje y las raíces de su desafortunado compañero. Cuando los leñadores llegan y los talan, seguramente creen que quieren destruirlos para ocultar sus cuerpos deformados del mundo. Ni siquiera pueden imaginar que esos mismos cuerpos se convertirán en la fuente de la música divina.

 

 

En forma

Laura Scheepers (Países Bajos)

 

—No, milord. No hay otras muchachas en esta casa. Pero ¿está seguro de que esta zapatilla no le queda a ninguna de mis hijas? Probemos otra vez.

Gruffydd hizo todo lo posible por ocultar su desesperación. Para todos era evidente que la zapatilla era demasiado grande para cualquiera de las chicas.

Desde el baile no lograba sacarse a la mujer de la cabeza. Era su único y verdadero amor. Había desaparecido justo antes del desenmascaramiento. Iba disfrazada de Cenicienta, con zapatillas de cristal incluidas. Ahora, como el príncipe del cuento de hadas, él intentaba encontrar a la chica que le quedaba bien la zapatilla que había perdido.

—¿Otra taza de té, mientras esperamos?

Estaba a punto de rechazarla cuando vio entrar a las chicas de nuevo. Una llevaba medias gruesas; la otra, pantuflas de entrecasa.

Asintió. Cualquier cosa podía darle valor, incluso el té.

La mujer sirvió, pero quedaba muy poco.

—¡Elías! —gritó—. Más agua para el té.

Pero la persona que entró no le pareció “Elias”. Parecía una mujer y, aun con aquella ropa vieja, se parecía a la mujer con la que había bailado.

—Milady, ¿podría probarse esta zapatilla de cristal? —preguntó.

—Oh, eso no es una mujer. Es mi hijastro, Elías. Solo está fingiendo ser una chica.

La muchacha alzó la vista hacia él y dijo:

—Mi nombre no es Elías. Me llamo Eliane. Me probaré con todo gusto la zapatilla, si usted lo desea.

 

 

En la cabeza

Michael Schmidt (Alemania)

 

El martilleo en mi cabeza es asesino.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

La parodia de un tecnobeat martilleante. Intento controlar la respiración, inhalo profundamente, pero el hedor penetrante lo empeora todo aún más.

La euforia ha pasado demasiado rápido. Las hormonas que me proporcionan bienestar. Un instante de alegría que me hace llorar.

Esta energía es adictiva, más que adictiva. Una y otra vez disfruto ese breve momento en el que me asemejo a un dios.

Un poco más tarde me invade el alivio. Los eternos sentimientos de culpa se desprenden de mí. Percibo mi propio yo.

Mi impulso desenfrenado de amor. Mi anhelo de volver a ser joven, de ser tomado en brazos por mi querida madre.

Esa sensación de cobijo. Esa protección.

Mi desprecio por todos los demás seres femeninos. Su olor repugnante, su gestualidad obscena y sus actos desinhibidos.

Las mujeres son el foco de mi odio. Ellas desencadenan mi transformación. Mi metamorfosis.

Reconozco con claridad mi ira. Una ira sin límites que asciende desde lo más profundo de mi interior y se apodera de mí, que barre mi impotencia como una tormenta poderosa el mal tiempo turbio. Soy fuerte.

Mi odio me domina. Se acumula, hace temblar mis manos, hincha mi miembro. Apenas logro imaginar los sentimientos contrapuestos que rugen dentro de mí.

Amor y odio. Suavidad y ferocidad. Sensualidad y éxtasis puro.

El ansia de poder. De alivio.

Después llegan los dolores de cabeza. El proceso recuerda a una droga.

Me siento vacío. Culpable. Me repugna mi propio ser.

Reconozco qué soy una bestia.

Poco a poco vuelvo en mí. Los dolores de cabeza disminuyen.

Miro hacia abajo.

La sonrisa distorsionada de la joven. Parece como si descansara plácidamente. Su muerte no fue ni fácil ni rápida.

Ha sido su vida, su energía, lo que ha llenado el vacío en mi interior.

He utilizado su fuerza para sentirme como un dios. Aunque solo fuera por un breve instante.

Empiezo a borrar las huellas de mi acto.

¿Cuánto tiempo pasará antes de que este impulso interior me abrume de nuevo y me convierta en un monstruo sediento de sangre; ese cuyo pelaje le cubre todo el cuerpo; ese que adora a la luna?

 

 

Solo sesenta segundos

Noshin Shahrokhi (Irán/Alemania)

 

El reloj de ajedrez está puesto en un minuto. ¿Estás lista?, me pregunta él. Miro sus increíbles ojos oscuros y profundos y recuerdo mis juegos, juegos de vida.

—Ve a jugar —decía mi madre—. Jugando no sentirás el paso del tiempo; toda la vida no es más que un momento.

Cuando era chiquita, en Oriente, y no tenía con quién jugar, hablaba conmigo misma y jugaba contra mí, ganando y perdiendo al mismo tiempo. Solo importaba el juego.

No quiero empezar, pero es el turno de las negras. Él no espera a que yo haya comprendido el juego de mi vida. Hace su jugada, aprieta el reloj y yo escucho la cuenta regresiva, cincuenta y nueve segundos…

El tablero gira. Jugué en todos los casilleros. Pero nunca fui buena en los finales. Esta vez el final es emocionante, probablemente uno de los momentos decisivos de mi carrera de jugadora, contra un gran e importante jugador, que sí entiende el sentido de las jugadas.

—Hija, ven a visitarme —dice mi madre en el teléfono.

—Pronto iré. —Pero ella conoce las leyes del juego. ¿O no las recuerda, como al principio, cuando uno es niño y no las sabe?—. No me dejan volver —agrego con un nudo en la garganta. Sí, porque según las reglas de juego de mi patria no puedo jugar. La llamo. Nadie levanta el tubo de teléfono. Ningún abrazo, ni beso, ni despedida en el último segundo del milenio.

En Occidente no tenía a nadie para jugar. ¡Pero no! Siempre tengo un compañero de juego: yo misma. Después de cada jugada cambio de lado y aprieto el reloj desde el lado contrario. Como ahora, en el segundo cero.

 

Título original: Nur sechzig Sekunden/Traducción: Nicola Schorm

 

Dibujitos

David Slodky (Argentina)

 

Escuchan nuevamente los gritos.

Se miran, calladamente.

Vuelven la vista a la pantalla. Jerry sigue escapando alegremente de Tom.

Un portazo. Escuchan llorar a mamá.

Se ensimisman ahora en el correcaminos que hace beep beep.

Se abre la puerta.

—Chicos —dice papá—: mamá y yo tenemos que hablar con ustedes.

Levantan la vista.

Mamá tiene los ojos hinchados.

—¿Puede ser después que terminen los dibujitos? —dice el menor.

 

 

Siete erizos muertos en el asfalto

Achim Stoßer (Alemania)

 

Antti Hämäläinen miró a través del parabrisas.

—¿Has visto eso? ¿Fue una estrella fugaz?

Aparte de gotas de lluvia iluminadas por los faros y los reflectores de la calzada, no se veía nada.

—Yo lo vi. Ningún objeto natural se mueve así, es imposible —Heikki Mustapää apretaba el volante con fuerza.

—Ah, claro —rio Antti—. Un OVNI, ¿no?

Siguieron a toda velocidad por la carretera en dirección a Jyväskylä.

 

Azul-verde-rosa-naranja-rojo-rojo-turquesa-rojo se despojó del traje protector y abandonó la cápsula. (Por supuesto, esto es solo una reproducción imperfecta del nombre: el azul correspondía a luz de una longitud de onda de 412 a 414 nm, con un leve matiz en torno a los 544 nm; el verde era verde aguacate; el rosa, un rosa viejo intenso; los tres tonos de rojo se diferenciaban claramente). La cápsula se clavó en la tierra.

Lo había conseguido de verdad. (Más exactamente: dos tercios Él, un cuarto Ello, el resto –un doceavo– Ella, solo de manera aproximada, claro, porque él-ello-ella se encontraba justo en fase de transformación). Increíble: único superviviente de la devastadora catástrofe de su mundo anular natal y ahora, tras unas 196 marcas solares –catorce más o menos, quizá– en hibernación, había aterrizado en el único planeta accesible que ofrecía un entorno capaz de sostener la vida. Nieve derretida caía del cielo.

El órgano frontal de Azul-verde-rosa-naranja-rojo-rojo-turquesa-rojo oscilaba en alegres secuencias luminosas; corrió invadido por el júbilo.

 

Un fuerte golpe en el guardabarros. Heikki frenó bruscamente y se detuvo en el arcén. Maldijo.

—¿Qué fue eso? ¿Un ciervo?

Agarró la linterna, bajaron del coche y retrocedieron unos pasos bajo la lluvia. Una masa gelatinosa brotaba del cadáver, del tamaño de un ternero.

Heikki torció el gesto.

—Parece un castor.

—¿Tan grande? ¿Aquí? ¿Con dos colas? ¿Y la cabeza de un alce y una nariz de bombilla?

—Una mutación. Esta maldita radiactividad...

—¿O quizá a uno de tus marcianos se le escapó su perrito faldero?

—Muy gracioso.

Volvieron al coche.

—Apuesto a que en un radio de cien años luz no encuentras ni un solo extraterrestre vivo.

Y, por supuesto, Antti tenía razón.

 

 

Musicing auceps

Hervé Suys (Bélgica)

 

Probablemente nunca antes se había visto una mirada de comprensión mutua entre un humano y un animal. El hombre (humano) miraba desde la cocina, taza de café en mano, hacia el jardín. El césped aún podría necesitar un último corte, preferiblemente esta semana. Tal vez esta tarde, cuando el rocío se haya disipado. Tal vez. Aproximadamente en el centro del césped, donde el sol bajo de otoño lanzaba un rayo de luz entre los arbustos, se posó un pájaro (animal). No sabía dónde estaba el telescopio y la distancia al animal era demasiado grande para estar seguro, pero creía no haber visto nunca un ejemplar así. No era mucho más grande que los pájaros cantores que veía regularmente, pero le faltaba el pecho moteado. El pajarillo batía las alas casi incesantemente y aparentemente con pánico. El hombre supuso que el animal estaba en peligro y consideró por un momento verificar su estado, pero cambió de opinión. Si abría la puerta en ese momento y el animal no tenía nada, no solo lo habría perturbado, sino también –y eso le parecía aún más lamentable– el espectáculo que estaba presenciando terminaría irremediablemente. Decidió seguir mirando, algo de lo que no se arrepentiría, pero que nunca se atrevería a contar. Pájaros de diferentes especies se posaron en la cerca de madera que separaba su jardín del de su vecino para ser testigos de un espectáculo inusual. El extraño pájaro había estado picoteando diligentemente el suelo durante un buen rato, aun aleteando frenético, hasta que aparentemente encontró algo y lentamente lo sacó con el pico. Por improbable que fuera, resultó ser un atril plegable a escala. Luego, el pájaro sacó un violín muy pequeño de las plumas de su ala izquierda, comenzó a tocar y miró al hombre fijamente. Parecía querer decir: esto es tan increíble que es mejor que lo guardes para ti mismo para no ser tomado por loco.

 

Crisálidas

Jeffrey Thomas (Estados Unidos)

 

Desesperada al haber despertado ciega y estrechamente contenida, creyendo que había sido enterrada viva bajo tierra, desgarró la piel de su crisálida –que era como papel densamente estratificado, extruido por una avispa, pero pegajoso como el baklava– hasta caer al suelo bajo la cáscara suspendida, donde quedó tendida desnuda boca arriba, mirando el techo alto de un centro comercial. De ese techo colgaban numerosas crisálidas similares, en los extremos de largos cordones orgánicos como cordones umbilicales, pero aquellas cápsulas estaban intactas, y pronto comprendió que eran sus únicas compañeras, porque cuando se lanzó a explorar la vastedad del centro comercial no encontró compradores ni empleados en las tiendas bien iluminadas, y descubrió que todas las puertas estaban firmemente cerradas, impidiéndole escapar, como si el edificio entero fuera en sí mismo una enorme crisálida. La nieve se amontonaba tan alto contra las puertas de vidrio que, incluso si hubieran estado abiertas, no habría podido excavar a través de ella, y como resultado el centro comercial estaba tan frío que podía ver su propio aliento, aunque se había envuelto en capas de ropa tomadas de varias tiendas, como para fabricarse una nueva crisálida alrededor del cuerpo. Cuando los altos lucernarios del vestíbulo principal indicaban que era de noche, dormía sobre un colchón de exhibición, y los grifos de los baños le proporcionaban agua suficiente, pero a medida que pasaban los días y agotaba todas las provisiones de las cocinas tras los mostradores del patio de comidas, comenzó a preocuparse cada vez más por su supervivencia. Finalmente llegó el día en que alzó el brazo hacia la cáscara rota de su crisálida colgante, cortó un trozo con un largo cuchillo de cocina y lo masticó, encontrando tolerable su sabor a moho, y luego dirigió la mirada hacia las otras crisálidas, que prometían ofrecer una forma mejor de sustento una vez que se abriera paso dentro de ellas.

 

 

La biblioteca biológica

Andrea Tillmanns (Alemania)

 

Frank Fisher, un terrícola promedio con una vida promedio, estaba almacenado en el cuarto anaquel contando desde la izquierda. Esperaba pacientemente ser elegido por alguno de los visitantes… en la medida en que ese estado pudiera describirse como “esperar”.

—Es agradable charlar contigo —dijo tras despertarse—. ¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias —respondió el visitante—. Cuéntame algo sobre las flores.

—Me temo que no sé mucho sobre flores —dijo Frank Fisher—. ¿En su lugar puedo contarte algo sobre coches?

El visitante negó con la cabeza.

—No me interesan los coches. Entonces será mejor que me hables de ti y de tu familia. ¿Adónde preferían ir de vacaciones?

—A Italia, por supuesto, sobre todo a Sorrento.

Habló de los días soleados de primavera, cuando disfrutaban del sol cálido pero todavía soportable en la playa y, en algunos años, cuando las algas verdeazules lo permitían, incluso podían refrescarse en el agua. Habló de su familia, de los dos hijos, de cómo crecieron y, con el tiempo, empezaron a irse de vacaciones solos, aunque en su mayoría a regiones más frescas, después de que el calor del verano en su ciudad natal se volviera casi insoportable, incluso con aire acondicionado. Y de cómo él y su esposa también acabaron por cambiar sus vacaciones de verano a regiones más frías de Canadá.

—No recuerdo exactamente por qué ya no vamos allí… —dijo finalmente.

El visitante registró la irritación.

—Muchas gracias —dijo con cortesía, y devolvió rápidamente a Frank Fisher a la cuarta unidad de almacenamiento desde la izquierda. Trabajar con los soportes históricos requería precaución para no dañarlos. Los humanos eran mucho más sensibles que la mayoría de las otras especies extintas que los relusianos conservaban en su biblioteca central.

 

 

Recuerdos de polvo, huellas de tiza y colores de acuarela

Daniel Timariu (Rumania)

 

Me llamo Miau-Miau y estoy muerta. Lo sé; Emilia también lo sabe.

Pero todavía me espera. Cada noche me deja sitio en la almohada, me susurra, me promete que mañana correremos por el patio, como antes. Así que me he quedado. No del todo: solo lo suficiente para que aún pueda verme de reojo, para que todavía oiga mi ronroneo mientras duerme. Lo suficiente para que yo también pueda sentir su respiración tibia, su mano ligera, su beso dulce.

El tiempo pasa de una forma extraña para un gato como yo, ni aquí ni allá. Ni vivo ni ido. La veo en la escuela, con la frente apoyada en el pupitre, cómo su lápiz araña las páginas sin fuerza. Cómo apenas entiende las palabras de la maestra. Susurros, le digo. Vida. Matemáticas. Cifras, líneas, formas sin sentido.

Hoy me he cansado de esperar. Reúno mis últimas sombras y me adhiero al borde del pupitre, allí donde sus dedos trazan siempre el mismo círculo ausente.

—¿Miau-Miau? —susurra ella.

Pasa los dedos sobre mí, delineando mi pelaje dibujado de nada y de polvo. De huellas de tiza y colores de acuarela. De recuerdos y de lágrimas.

—¡Has venido!

—Nunca me fui —le digo—. Pero hoy tengo que…

Sus ojos se llenan de lágrimas, pero no llega a decir nada más.

—¿Con quién hablas?

La voz de la maestra suena como el crujido de un papel seco, al que hemos aprendido a temer. La niña se tensa.

—Con mi gato.

Se hace el silencio. La tiza deja de chirriar. Algunas cabezas giran. Un niño del último pupitre suelta una risita. La maestra junta las manos.

—Ya basta de tonterías. ¡Presta atención!

Pero yo no desaparezco. Aguanto un poco más. Un minuto más. Un pensamiento más.

La segunda vez que Emilia me llama, la maestra arquea una ceja. La tercera vez, se acerca al pupitre con pasos grandes y pesados. En su rostro se ve el enfado. Yo erizo el pelo. Emilia se encoge.

—Basta de tonterías —insiste la maestra, inclinándose sobre el pupitre.

Y entonces me ve. En sus ojos aparece una chispa, su mirada se suaviza. Me observa con atención, luego alza la vista hacia la niña, como esperando una explicación. Pero no hay explicación. Estoy ahí.

Por un instante, solo un instante, la realidad vacila a mi alrededor. En el revoltijo de tiza, colores, manchas de tinta y migas de goma rosa, existo.

Levanto la cola. La saludo. Se hace el silencio. Los niños se agolpan alrededor. Algunos ríen, otros miran con curiosidad. Unos pocos parecen asustados. Emilia pasa la mano sobre mí, tratando de retenerme.

—Quédate un poco más —susurra, y junto a ella hay muchas otras voces de niños, incluso la de la maestra.

Pero suena el timbre. Es la hora. La miro por última vez, mientras empiezo a dispersarme.

—¡Miau-Miau! —grita ella, intentando atraparme, pero sus dedos me atraviesan.

Un último ronroneo. Un último roce. Una última mirada. Luego ya soy solo polvo y luz. Me disuelvo, como si nunca hubiera sido. La niña sonríe entre lágrimas. Y, por fin, acepta que tengo que irme.

 

 

La versión de los mercaderes

Gabriel Trujillo Muñoz (México)

 

¿Qué quiere que le diga, oficial? Ese tipo vino aquí como Juan por su casa. Las muchachas estaban bailando para los clientes, como de costumbre; el dj no se daba abasto entre Lady Gaga y los Tigres del norte. Eran las diez de la noche y los dólares volaban directito a las nalgas de las muchachas. Era la hora feliz y llega este bueno para nada y saca el látigo. ¡Un látigo! Si al menos hubiera sido un cuerno de chivo. ¿Se da cuenta, oficial? En el mejor table dance de la ciudad y este menso, en túnica y con barba de un mes, se pone a gritar que estamos deshonrando el recinto de su padre, que va a expulsar a los mercaderes del templo y no sé cuántas tonterías más. Cierto, cierto, que nos llamamos el Templo del placer, sucursal Delicias, pero eso solo es un nombre más. Bueno, para qué le cuento lo que usted ya ve con sus propios ojos. Aquí la clientela es de rompe y rasga. Sí, lo sé. Pero qué quiere que hagamos. Tenemos escasez de personal de seguridad. Y cuando el loco ese dijo lo que dijo y chasqueó su látigo fue el desmadre total, el acabose. Véalo usted mismo: al pobre le fue bien después de todo. Solo le dieron once balazos. ¡No, no haga eso! Déjelo en su sitio, se lo suplico. Hay apuestas en grande por ver si es el auténtico o no, si resucita al tercer día o era puro pico de gallo. Sí, oficial, son de a veinte dólares para arriba. ¿Le entra?

 

 

La caravana

Yanni Tugores (Uruguay)


La caravana avanza incansablemente. El sendero que la rodea muestra grandes malezas.

Aquellos seres marchan llevando sobre sí una pesada carga. Les queda aún mucho camino por recorrer hasta llegar a su hogar.

La fila es larga. Siguen adelante sorteando todos los obstáculos.

Por momentos, los árboles y la vegetación son tan espesos que apenas se cuelan tímidos los rayos del sol.

El camino se ve cortado por un calvero con enormes cráteres de agua. Lo rodean y siguen su camino.

La consigna de todas es no perder la carga hasta llegar a destino.

Nuevamente se ven sorprendidas. Una inmensa elevación rocosa se levanta frente a ellas. Dudan en qué hacer. Si la rodean, tardarían mucho tiempo.

Al fin una se anima y comienza a trepar. Detrás toda la caravana la sigue.

Al llegar a la cima ven ante sí un llano libre de vegetación.

Continúan la marcha. Una de las integrantes de la caravana lleva sobre su espalda un peso que ofrece resistencia al viento y es derribada. Nadie acude en su ayuda. Cada cual era responsable de lo que lleva.

Increíblemente y después de mucho esfuerzo, logra levantarse y proseguir.

Solo la muerte o el enemigo podría detenerlas.

De pronto una sombra se proyecta sobre algunas de ellas. Cada vez es más grande y se aproxima velozmente.

Sin saber cómo, algo mil veces más pesado las aplasta.

Las demás siguen sin mirar atrás.

Un robusto joven se dirige a su amigo.

—¿Qué te parece, Facundo? —le dice—. ¿Qué hombre podría cargar diez veces o más peso que el de su propio cuerpo y sortear tantos obstáculos en su camino? Son increíbles.

—Tienes razón —contesta Facundo—. Yo, en nuestra huerta, no tengo más remedio que combatirlas. Pero en los lugares en que nada se cultiva paso largas horas mirándolas. Es más, les voy despejando su camino de piedras y ramas para hacer más fácil su labor.

El amigo se conmueve. Levanta el pie, arrepentido.

—Tienes razón —dice—. Son más tenaces, laboriosas y menos dañinas que nosotros. ¡Pobres hormigas!


 Renacer

Tanya Tynjälä (Perú/Finlandia)

 

Tomó el brote con cuidado; lo sabía importante sin poder decir por qué. El Ingeniero le explicó que la última lluvia ácida arruinó parte de su memoria. Y en consecuencia solo buscaba vida, sin comprender la relevancia.

Vida, no existencia. Existencia había mucha a su alrededor. Los otros como él, con diversas funciones. Alguien debió crearlos, pero ¿quién y para qué? Seguro que no el Ingeniero. Él era solo una máquina más como ellos, la más antigua, programada para repararlos.

Siguió buscando. Otro brote, era un buen día. Lo guardó con tanto cuidado como al primero. Alguno había encontrado tierra sana. Otro había dado con agua sin contaminantes. Esas eran sus funciones: buscar, encontrar y proceder. Entre los tres procederían.

Se disponía a abandonar el lugar y un objeto llamó su atención. Un antiguo grabador de mensajes. Sistemáticamente apretó el botón. El aparato funcionaba aún. La imagen de un ser desconocido apareció.

—A quien pueda escucharme: soy quizá uno de los últimos seres humanos sobre la Tierra…

El mensaje se detuvo. Buscó la información en su memoria. No encontró respuesta.

¿Qué será un ser humano?, elaboró su cerebro positrónico. 

 

 

Vida después de la suerte

Héctor Ugalde (México)

 

Fulanito tenía mucha suerte. Tanto buena, como mala. Tenía una extraordinaria buena suerte, pero al mismo tiempo una mala suerte extrema. Así, por ejemplo, cuando encontraba un billete de alto valor tirado y lo recogía, le caía encima un piano. Siempre que le sucedía algo de muy buena suerte, también le ocurría algo terriblemente malo.

Equilibrio, para compensar...

Del mismo modo, las veces que le había ocurrido un mortal accidente, algo maravilloso sucedía al mismo tiempo que lo lograba salvar, justo en el último instante.

Excepto la última vez.

Ahora, en la otra vida, ya no tiene mala suerte; únicamente buena muerte en sitios de mala muerte.

 

 

Obeso

Kari Välimäki (Finlandia)

 

Dos hombres caminan en el bosque por un sendero que sube hasta una colina. El primero lleva una mochila sobre su ancha espalda. El segundo, notablemente obeso lo sigue pesadamente. Se detienen, el obeso saca un pañuelo de su bolsillo y se seca el sudor de la cara. Aún queda un largo trecho por recorrer.

Al anochecer ponen al fuego una ennegrecida cafetera. Se sientan junto a la hoguera y sacan sus provisiones, vierten coñac sobre el café.

—Tienes una panzota —dice el de espalda ancha—. ¿Porqué no adelgazas?

—No puedo, los kilos regresan.

El humo les irrita los ojos. Unas salchichas chisporrotean sobre las llamas. Al comer las salchichas ennegrecidas, el hollín les mancha la cara.

—Muchos adelgazan —agrega con la boca llena.

—Ya he bajado al menos dos veces y sigo gordo —contesta el obeso avivando el fuego. —Por otro lado, sí...

—¿Qué?

—Un gordo no tiene dignidad. Dicen que los gordos son descontrolados y malos, pecadores. Adivina cuánto se nos culpa de nuestra gordura. La medicina nos ofrece dietas y pastillas, una vida sana o autodisciplina, pero nunca aceptación.

El obeso arroja más leña, toma un poco de coñac de la misma botella y se la pasa a su acompañante, antes de continuar:

—He probado toda clase de mierda, me he matado de hambre, he hecho deporte y ejercicios hasta casi morirme, todo para ser aceptado. Igual sigo gordo... —Divaga, observa el bosque y finalmente agrega—. Creo que la gordura es una enfermedad. Se tratan los síntomas pero no la enfermedad. Fíjate en la anorexia o la bulimia. También son enfermedades. ¿Por qué no la gordura?

El otro toma un sorbo del coñac y le pasa la botella, sacude la cabeza y dice:

—¡Bla, bla! Excusas. Los gordos siempre defensivos. Deberían moverse más y comer menos.

 

Título original: Lihava mies/Traducción: Tanya Tynjälä

 

 

Volveré y tendré escamas

Orlando Van Bredam (Argentina)

 

Extendió el brazo izquierdo y no la encontró en la oscuridad de esa cama tan ancha. Recordó, entonces, con un pinchazo en el pecho que ya no estaba en la casa, ni en el pueblo, ni en el mundo. Ni siquiera en el cementerio. La tarde anterior, él, por pedido de ella, había arrojado sus cenizas al río.

—Volveré y tendré escamas —le dijo ella unas horas antes de morir.

Al día siguiente fue al río y arrojó la línea ansioso por pescar una pez con sus ojos, sus desmesurados ojos oscuros que lo habían enamorado desde el primer día en que la vio. No había manera de equivocarse, esos ojos eran distintos a toda la muchedumbre de ojos humanos que poblaban el planeta.

No fue fácil. Después de cien crepúsculos la pescó. Tenía escamas y no dejaba de mirarlo y estremecerlo.

Le sacó con delicada dulzura el cruel anzuelo y con la misma ternura la puso en un tacho con agua y la llevó a su casa. Le construyó una pecera tan larga como la galería en la que se sentaban a tomar mates.

—Estás criando peces? —le preguntó un amigo.

—Sí. Este es el primero —dijo con vergüenza. Tenía miedo de que lo tomaran por loco y fueran a contarle a sus hijos. Y lo llevaran a un psiquiátrico y lo apartaran definitivamente de ella.

—Es un buen emprendimiento —le aseguró una vecina que venía a limpiar la casa.

La alimentaba de acuerdo con lo que había investigado sobre la vida de los peces de río pero también le acercaba migajas de sus platos preferidos. Ella le agradecía con una mirada larga e inquietante.

—Te amo —dijo él esa noche como todas las noches antes de irse a dormir.

—Yo también —escuchó que ella le respondía antes de abandonar la galería y entrar en la casa.

 

 

Cabellera plateada

Eveline Van Dienst (Países Bajos)

 

—Un centavo por un trabajito.

—Lo siento cariño, ya no tengo nada más para ti. Has hecho todos los trabajitos estas vacaciones.

—Hummm —suena decepcionado.

—Espera, tal vez tenga algo para ti. Escucha; por cada cabello blanco que saques de mi cabeza, te daré, redondeado hacia abajo, diez centavos.

—¡Tan poco!

—Tampoco dije que te harías rico...

Thije reflexiona.

—Vale, lo haré.

Después de unos treinta minutos arrancando, dice:

—Eso es, redondeado hacia abajo, quince euros.

—¡Tanto!

—Sí, mamá, ya no eres tan joven... ¿Mañana lo hacemos de nuevo?

 

 

Celebración de la victoria

Csaba Varga (Hungría)

 

—Qué lástima que el Führer no pueda estar aquí. —El recién nombrado gobernador italiano de Egipto miró a Rommel. De pie, a la sombra de la Esfinge, esperaban el inicio de la celebración de la victoria.

A Wolfgang solo le habían permitido subir a la tribuna porque su hermano recibiría personalmente la Cruz de Caballero de manos del Zorro del Desierto.

—Papá está orgulloso de ti. Mamá, en cambio…

—Espero que ella también esté contenta —preguntó Kurt—. Apostaría a que está preocupada porque a ti también te hayan destinado a África, hermanito.

¡Ah, si supieras!, pensó Wolfgang, que la noticia de tu muerte llevó a nuestra madre a la tumba. Y poco después tuve que llevar también a nuestro padre al cementerio.

—Y, en realidad, ¿a qué te dedicabas en el instituto de investigación?

—Intentábamos resolver paradojas de la física teórica.

—Oh, eso suena muy emocionante —Kurt le dio una palmada en el hombro y se marchó.

Lo era, pensó Wolfgang. Sobre todo cuando el profesor Heisenberg me envió a la Gestapo. Aun así, no lograron impedir que utilizara la máquina.

En ese momento, el ayudante de Rommel tocó con vacilación el hombro del general.

—Herr General, esto tiene que verlo.

Wolfgang dejó que los veteranos que avanzaban a empujones lo desplazaran hacia atrás.

Ellos también me deben la vida. No lo hice por ellos, ni por Hitler, sino para impedir tu muerte y salvar así a nuestra madre.

Rommel miró por los prismáticos y soltó una maldición.

—¿Qué ocurre, señor general? ¿Hay algún problema? —preguntó el gobernador italiano.

Ese idiota de Heisenberg chilló innecesariamente sobre lo peligroso que era incluso el más mínimo cambio. Te salvé a ti y a mamá, y le gané a Rommel la campaña africana.

—Parece que tendremos que modificar el programa del desfile de la victoria… —Rommel se levantó del sillón—. Han llegado los japoneses.

—¡Eso es imposible! —gritó el gobernador, pero al ver los Zeros adornados con el disco solar comprendió que la repartición de África sería mucho más difícil de lo que había imaginado.

¿Qué es ese ruido, un terremoto? Una enorme nube en forma de hongo sobre El Cairo, luego un calor insoportable. Cuando Wolfgang recobró el conocimiento, vio sobre él el rostro de la Esfinge.

Extraño, pero la estatua de piedra que desafiaba al tiempo parecía hablarle con la voz del profesor Heisenberg.

El más mínimo cambio puede acarrear consecuencias inimaginables…

 

 

Drapetomanía

João Ventura (Portugal)

 

Efigenio era un fanático de las medicinas alternativas, fervoroso partidario de todas las medidas contra la Big Pharma.

En la Academia del Bienestar que frecuentaba se había anunciado una conferencia del profesor John Cartwright, de la Facultad de Enfermedades Extrañas y Mal Diagnosticadas de la Universidad Libre de Florida. Entró al auditorio: la conferencia ya había empezado. Se sentó y abrió la notebook para tomar notas.

Efigenio consultó Wikipedia para obtener algo de información básica sobre el tema de la conferencia. La entrada #drapetomanía le provocó una sensación algo incómoda. ¿Una enfermedad cuyo síntoma era la tendencia a huir en busca de libertad? Empezó a prestarle atención al conferencista.

“(...) y al contrario de lo que pensaba mi tatarabuelo Samuel Cartwright, la drapetomanía no afecta solo a la población negra. Se la ha diagnosticado cada vez más en poblaciones caucásicas y de otras etnias (...)”

Lo que leía en Wikipedia llevó a Efigenio al límite de lo creíble. ¿Curar una enfermedad con latigazos y amputación de los dedos de los pies? ¡Era demasiado! Cerró la notebook y se levantó para irse.

El orador interrumpió lo que estaba diciendo y se dirigió directamente a Efigenio.

—¿A dónde va, señor? —y continuó, ahora hablándole a la audiencia—: Pueden ver aquí un ejemplo de una persona infectada por la enfermedad. Es un caso clínico perfecto para ejemplificar el tratamiento... —Efigenio miró hacia la puerta del auditorio, ahora bloqueada por dos tipos musculosos—. Venga hasta acá abajo, si no le molesta —le dijo el profesor Cartwright, mientras tomaba el látigo que estaba sobre la mesa—. Venga

Efigenio notó que sobre la mesa también había un objeto que parecía una tijera de podar. Lentamente, como si su cuerpo tuviera voluntad propia, empezó a bajar los escalones del auditorio...


El desencanto

Gabriela Vilardo (Argentina) 


La excusa de su trabajo demora a mi vecino en la vereda como si fuera el administrador de capital ajeno y el estratega perfecto. A diario dibuja un nuevo canal de venta. La vereda apesta a objetos descartados por toda la vecindad. El hombre bracea cuando habla, y en el intento de que el cliente identifique a quien perteneció el objeto en cuestión, grita; de este modo, lo descalifica como antigüedad. Algo que le hace perder encanto y el futuro comprador se retira asqueado, y con las manos vacías. La escupidera ya no puede ser parte de su vitrina.

 

 

¡No lo aguanto más!

Honza Vojtíšek (República Checa)

 

Estas son las últimas palabras que oirán de mí. He estado reprimiéndolo, negándolo, apretando los dientes, pero ya no puede seguir así.

Todo empezó de forma natural; de hecho, no fue un impulso repentino. Puedo sentirlo así desde que tengo memoria. Bueno, así… En verdad, ha ido empeorando. Y con todo mi ser he ido registrando que ya no será tolerado. La presión de la gente que me rodea, su estupidez oculta o abierta. La incomprensión cotidiana a la que me enfrento: juicios, evaluaciones, descalificaciones, el frío apartamiento. Ya no soy capaz de resistirlo.

Me parece que el ser humano es, ante todo, una suma de motivos negativos, malvados y odiosos. Y es difícil vivir en la proximidad del hombre. En medio. En su centro, en tu centro, en nuestro centro. Cada día más en compañía de algunos de ustedes equivale a un día en el infierno. Exactamente como dijo Sartre: «El infierno son los otros». Escribo estas líneas con lágrimas en los ojos, pero ya no lo aguanto más. No quiero vivir con ustedes más tiempo. He decidido acabar con ello. De una vez por todas.

Puedo sentir el alivio inminente.

He pensado durante mucho tiempo en cómo hacerlo, y entonces surgió de la nada. Ni siquiera es tan difícil.

Estoy aquí sentado, escribiéndoles las últimas palabras. Puede que haya alguien a quien eche de menos, pero no puedo hacer otra cosa. Estoy listo. Decidido.

Aquí tengo el botón rojo. Siempre es un botón rojo.

No me lo tengan en cuenta.

Solo queda decir el último adiós.

Y pulsarlo.

Y entonces todos ustedes desaparecerán.

 

 

Vacaciones

Luc Vos (Bélgica)

 

—¡Mira por dónde conduces!

El grito desde el asiento trasero no logra abollar mi buen humor.

—Un bache en la carretera —grito.

La nube de tormenta en la cara de mi hija no se disipa.

—¡Cuidado! —suena a mi derecha. Por el rabillo del ojo, una mano va hacia la manija de la puerta. Instintivamente piso el freno. Me trago el comentario de que hacía rato que había visto frenar al coche de delante.

—Sí, cariño —digo.

—Tengo hambre —gruñe alguien desde debajo de unos grandes auriculares.

—Paramos dentro de dos horas, amigo —respondo—. Hay galletas en la puerta.

—Esas no me gus…

A pesar de la tableta frente a su cara, ve mi mano levantada. El gruñido es ininteligible; él tampoco consigue sacarme de quicio.

—¿Listos? —grito.

—No —responden al unísono—. ¡No cantes!

Subo el volumen de la radio y canto a voz en cuello. Estoy de vacaciones.


 

Falla Fantasma

Deborah Walker (Reino Unido)

 

Solo los astronautas de la Nueva China Estatal viajarán a través de la Falla Fantasma. En la Falla Fantasma, partículas de polvo en forma de aguanieve vuelven visible lo invisible. Los chinos siempre han sabido que los espíritus llenan el aire.

La tripulación del Ruiseñor de Plata se ríe de las rutas tortuosas que los occidentales toman para evitar la Falla. Se sorprenden, pero se sienten aliviados cuando la callada Sung Li, la recluta más reciente, se ofrece como voluntaria para pilotar la nave.

Observa a la tripulación mientras trepan en silencio a las cápsulas de estasis. Cuando despierten, imaginarán el roce de fantasmas demorándose en su piel. Harán bromas ruidosas y nerviosas.

Sung Li se viste con el uniforme de capitana. Ha viajado lejos desde los tugurios fabriles de Neo Shanghái. Ha ascendido como un salmón que salta desde los enjambres de sus contemporáneos. Sung Li ha recorrido mil años luz desde su infancia, y desde el aliento incesante de su madre.

Sung Li observa la Falla que se aproxima a través de la ventana de metal y vidrio. Se alisa el uniforme de capitana y sonríe. Sung Li ha viajado lejos. Está deseando encontrarse con la desaprobación de su madre, esa expresión familiar.

 

 

Un sueño ajeno

Abrahan David Zaracho (Argentina)


Sutilmente, la luz del día deja lugar a la penumbra de la noche clara y despejada en cuyo velo central impera una luna llena deslumbrante.

Bajo las copas de los grandes árboles, que se mecen al capricho de un viento suave e invernal, el caminito discreto, que se pierde en los cerros, recibe los pasos serenos y continuos de la caminante descalza.

Su negra y larga cabellera imita el ritmo de las hojas del bosque y un flequillo sencillo, en su balanceo, oculta a medias sus pequeños ojos oscuros y partes de su nariz respingada.

Cada tanto, sus finos labios dejan escapar una frase triste que muere antes de que su cuello se relaje, junto con sus hombros, en un gesto definitivo de fatiga y desdén.

Sus largas piernas, sin embargo, se resisten a la idea de rendirse. Toda su alma clama por el próximo paso y, como si todo estuviese cronometrado, éstos se presentan sin segundos de diferencia, producto visible de la experiencia bélica.

Fue creada libre, pero dependiente. Fue idealizada como ser humano y, como tal, sus vivencias la pulieron sin permitirle sentirse como una mujer más. Mira al cielo e intenta pronunciar su frase.

Agacha el rostro. La frase le pertenece. A diferencia del resto de su vida, ella creó “La Frase”. La mastica día tras día, minuto a minuto.

Se pregunta en este dramático instante en su derecho sobre parte de un alma ajena, y en el derecho de ésta sobre su alma entera. Se preguntó si la duda le es propia o algo de propiedad terrena.

Busca una razón para llorar y como no la encuentra, se limita a liberar una lágrima minúscula.

Acelera sus pasos, cierra sus puños y levanta su frente rumbo a la línea del horizonte, como buscando una nueva meta. Atesora en sus pulmones por última vez el aire de estas páginas. Un escalofrío arrulla sus pensamientos. La gelidez en el alma le indica cuánto perderá con su propia decisión.

Libera su destino. Tras pronunciar “la frase”, emprende su propio camino. No puedo trascribirte lo que dice. Vos y yo no podemos escuchar ni el susurro de su creación literaria. 

Corre. Se pierde en las penumbras de la noche, tras la curva del cerro por donde continúa el sendero que no he creado. De tal modo, a vos y a mí, no nos queda otro remedio que concertar un acuerdo para que podamos escribir otro personaje y así disfrutar de un relato nuevo sin la rebelión de ficción alguna.

 

 

Torkrota

José Luis Zárate (México)

 

—Una de esas rayas es su mujer —nos dice el guía.

Vemos al hombre señalado. En medio de la ventisca, cubierto por hielo, nieve y bruma apenas es más que una sombra.

Torkrota.

No es su nombre, ni un apodo. Es un rango.

Homicida.

Lo afirman las tres líneas tatuadas en su rostro, bajo la nariz. Él mismo hizo las marcas.

Entra con nosotros al refugio. Al otro lado la tormenta.

Tal vez nos encuentren congelados a todos. Al esquimal, al guía, a nosotros.

Hablamos. Aprendemos de los otros cosas que no deseamos saber pero que tal vez pesen demasiado para llevárnoslas a la muerte.

Del homicida sabemos que las marcas duelen, que no puede dejarlas en paz. Que fue en defensa propia, en medio de la ira, pero que la sangre de ella pesa.

Nos dijo que jamás pensó, cuando marcaba su rostro, que se estaba tatuando un fantasma. 

 

 

Una mañana gris

Jorge Zarco Rodríguez (España)

 

Uno se alegra de resultar útil según que tareas: limpiar la casa, pasar el polvo, llevar a los niños al colegio o contestar a los recados. Después se pasa a hacer la comida tras el desayuno y antes de la cena y por último se pone a cargar las baterías de madrugada satisfecho de haber cumplido con las tareas de la casa. Antes de volver a empezar de nuevo sobre las cinco de la madrugada y así los siete días de la semana. De ahí se pasa al sopor del medio día con todos echando la siesta y por último se plancha la ropa y se limpian los cristales. Uno no está satisfecho con que por ejemplo los niños vean por Internet contenidos violentos o pornográficos y el colmo es cuando la emprenden a golpes con uno porque sí, para descargar adrenalina supongo. Uno tampoco se mete con los gritos que se meten los padres y sigue con sus tareas como si nada. Y lo peor viene cuando uno no recibe ni las gracias ni un gesto de aprobación ni mucho menos ternura y se siente muy frustrado por cargar las baterías a tiempo y por servir con corrección todo el tiempo y así días y días. Hasta que un día uno leyó aquel libro por simple curiosidad. "EL ASESINATO COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES" de Thomas de Quincey. Y algo se revuelve en el interior de uno y empieza a tener fantasías que no debería: Sueña que envenena la comida y luego trocea a los miembros de la familia de uno y prepara una comida con ellos y da a los vecinos una lección de arte culinario a base de carne humana. Y nadie sospecha nada porque la primera ley de Asimov dice que no se hace daño a un ser humano y si uno es de naturaleza cibernética nadie sospecha de ti. Y un día te das cuenta que estás solo en la casa y ya no tienes a nadie a quien servir. De ahí pasas a dejar de limpiar y fregar y dejar que los elementos se apoderen de todo y los insectos campen a sus anchas. Pruebas la bebida y luego te dejas llevar por la desidia y el aburrimiento. No haces gran cosa todo el día, de hecho no haces nada todo el día y amenazas con que el óxido altere tus circuitos. Y por último viene la policía y tras preguntarte cuatro paridas se van pensando que es solo un robot en una mañana gris y que un robot no hace daño a un ser humano.

 

 

 

Los perros de la luna

Alexander Zelenyj (Canada)

 

Había una carreta dormida en la nieve, al borde del bosque.

Los hombres del pueblo, armados con mosquetes, guiados por la luna, envueltos en pieles, descendían la colina hacia ella por un sendero serpenteante que crujía bajo sus pasos. El viento los azotaba mientras avanzaban, aunque temblaban sobre todo por el miedo que aplastaba sus almas al acercarse a aquellas ruedas que gemían, a esa lona raída que batía como una vela, a ese armazón estremecido pero robusto, a esa ciudadela destartalada pero ominosa, fuente de toda la oscuridad y la enfermedad que habían maldecido a su aldea. La nieve los golpeaba con fuerza, les mordía el rostro, cegaba su avance, aunque seguían marchando con determinación, cada vez más cerca de la carreta que ennegrecía los ventisqueros.

Los hombres miraron a su alrededor y vieron que los hombres que habían ido anteriormente ya no existían: ahora eran una jauría de perros. Sintieron solo un terror fugaz y crispado al comprender lo ocurrido, y luego una paz grande y sencilla comenzó a caer en cascada y a asentarse sobre ellos. Y en medio de esa paz lujosa se fue entretejiendo en sus pensamientos una melodía, nueva pero antigua y familiar al mismo tiempo, como ninguna que hubieran escuchado antes, pero que siempre había cantado en alguna parte profunda de su ser.

Sintieron un tirón y alzaron los ojos hacia el cielo. Encontraron la luna gibosa como un dios resplandeciente que vigilaba la tierra cubierta de nieve. Lanzaron sus aullidos hacia ella, uniéndose a la canción nueva-antigua, regocijándose en ella.

Entonces apareció la gitana. Desde debajo de la lona de la carreta, azotada por el viento, se materializó: frágil pero poderosa, envuelta en túnicas vaporosas que ondeaban, su cabello blanco y salvaje azotándole el rostro enjuto, como si fuera una Medusa esquelética y empapada.

A la jauría les habló, con una voz fuerte como la luna y clara en el vendaval.

—Sois bienvenidos, amigos. Id ahora y sed libres de lo que fuisteis.

La jauría la observó un instante con sus ávidos ojos verdes, antes de darse la vuelta y lanzarse al galope por las colinas nevadas, en persecución del corazón perfecto, puro y palpitante de la noche.

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