lunes, 5 de enero de 2026

SERVICIO DIFERENCIAL

Oscar De Los Ríos


 

 

Rogelio sabía que tendría que haber muerto a las tres y media de la tarde. Lo sabía con la certeza física de quien conoce los vencimientos de las facturas de sus deudas y está en quiebra. Sentía el alma floja, lista para desprenderse como un diente de leche. Pero eran las siete y cuarto de la tarde; el sol de febrero seguía castigando la persiana americana de plástico a punto de derretirse, y él continuaba ahí, respirando un vaho caliente que parecía sopa.

​El ventilador de pie cabeceaba con un rítmico balanceo, giraba lento, perezoso; la baja tensión del verano del 27 no le daba para más. Desde que privatizaron la distribución barrial y liberaron las tarifas por zona de "riesgo de inversión", en Villa Lugano, el generador de la compañía eléctrica parecía funcionar a vela.

​Desde la cocina-comedor, separada apenas por una pared de Durlock que dejaba filtrar hasta los pensamientos, llegaban los murmullos de su familia. No discutían por desamor, sino por logística.

​—¿Todavía nada? —preguntó su yerno; con la impaciencia nerviosa de quien tiene el taxi esperando con el reloj corriendo.

—Sigue igual, respira cortito —respondió su hija, Estela. Se notaba que estaba lavando los platos; el tintineo de la loza cachada sonaba más fuerte que los latidos del corazón de Rogelio—. Papá siempre fue de tomarse su tiempo, ya sabés.

—El problema no es el tiempo, Estela. El servicio fúnebre "Low Cost" que reservamos tiene la tarifa congelada hasta la medianoche. Y, si se muere un segundo después, nos recategorizan y también hay que pagar el "Impuesto a la Salida" que metió el ministro la semana pasada. ¡No llegamos, negra! ¡No llegamos!

​Rogelio quiso gritarles que él hacía lo posible, que estaba empujando hacia afuera con todas sus fuerzas, pero el cuerpo es un burócrata obstinado. Cerró los ojos. La culpa le pesaba más que la agonía. Morirse fuera de horario era un lujo que su jubilación mínima no podía costear.

​A unos quince kilómetros de allí, en la estación Leandro N. Alem de la línea B de subte, la Muerte resoplaba.

 

​La Muerte –División Sudamérica, Zona AMBA– vestía un traje de oficinista color gris topo, con los codos brillosos por el desgaste y una camisa que alguna vez fue blanca y ahora tenía el tono amarillento de los expedientes viejos. No llevaba la guadaña, ni la túnica negra de terciopelo. Esos eran insumos importados que habían quedado retenidos en la Aduana por falta de dólares y trabas a las SIRA.

​Hacía unos meses, un funcionario entusiasta del Ministerio de Desregulación le ofreció un reemplazo de industria nacional: una motosierra marca "Libertad", remanente de la campaña del 23.

—Es más eficiente, señora. Corta de raíz y hace ruido, para que sepan que llegó —le había dicho, guiñándole un ojo.

​Pero ella se negó rotundamente. Tenía sus principios. La muerte debía ser un rito de paso, un silencio final, no una poda ruidosa y sucia de ramas secas. Además, la nafta estaba impagable. Así que ahí andaba, sin sus atributos legendarios que le habían forjado un aspecto temible en el pasado, reemplazados por un vergonzante maletín de cuero sintético descascarado, sudando como un vendedor de colectivo en hora pico.

​Miró el reloj pulsera, un Casio digital con la malla de goma cortada y pegada con La Gotita. Las siete y veinte.

​—La puta madre —masculló. Su voz no era de ultratumba, sino de fumadora de tabaco armado—. Voy a llegar tarde al de Lugano.

​ ​La estación era un horno. Una bofetada de calor subía desde los túneles, anticipando lo peor: el aire acondicionado de los vagones no funcionaba desde la "Gran Desregulación del Transporte" del 25, cuando se decidió que el frío era un bien de mercado y no un derecho del pasajero. La Muerte intentó pasar la tarjeta SUBE por el molinete. El lector emitió un pitido agónico y mostró una luz roja: Saldo Insuficiente.

​—¡No me jodas...! —gritó, golpeando el aparato—. ¡Soy la Muerte, carajo! ¡Soy el final inexorable!

—Atrás de la línea amarilla y cargue saldo, señora, que acá no hay privilegios de casta —le gritó un empleado de seguridad privada desde la garita, sin levantar la vista del celular.

​La Muerte buscó en los bolsillos. Tenía apenas unos billetes de mil pesos con la cara de San Martín. Suspiró, emanando un vaho frío que, por un segundo, alivió a la viejita que tenía pegada a la espalda. Después comprendió que, por más que protestara, no conseguiría nada, y se corrió a un costado, fingiendo que buscaba otra tarjeta. Pasaron varios pasajeros y, cuando el guardia se distrajo mirando un video de TikTok, saltó el molinete y se metió a los empujones en el vagón que llegaba, atestado de gente.

​El subte la escupió en la estación Juan Manuel de Rosas. Villa Urquiza ardía bajo el cemento. Tenía que combinar con el ferrocarril, pero un cartel luminoso pintado con aerosol anunciaba: SERVICIO SUSPENDIDO. NO HAY PLATA.

​No le quedaba otra que el colectivo. Caminó las tres cuadras hasta la parada del 114. La fila daba vuelta la esquina. La gente esperaba con esa resignación bovina que los argentinos habíamos perfeccionado tras décadas de crisis cíclicas; pero, en los últimos tres años, ya íbamos solos al matadero.

​Mientras esperaba, el celular le vibró de nuevo. No fue el zumbido corto de un cliente habitual. Fue una alarma estridente, un tono de "Prioridad de Estado". En la cola se escucharon murmullos de desaprobación. La muerte pensó que empezaban a despertar, pero no, le pidieron que baje el tono de notificación. Sacó el aparato con dificultad. La pantalla parpadeaba con luces azules y blancas:

​>> ALERTA PRESIDENCIAL - NIVEL 1 <<

Cliente: "CONAN V" (Clon Genético - Gabinete Canino).

Causa del deceso: Indigestión por bife de Wagyu A5 (Exceso de marmoleado).

Ubicación: Residencia de Olivos - Sala de Juegos Climatizada.

Asignación: Escuadrón de Querubines Motorizados y traslado en Carroza de Fuego.

​La Muerte sintió una arcada que no tenía nada que ver con el olor del asfalto caliente. Soltó una risa seca, un graznido amargo que hizo que unas señoras se persignaran.

​—¡Mirá vos! —masculló—. Al picho le mandan la escolta de querubines porque se empachó con carne japonesa de quinientos dólares el kilo. Y al pobre Rogelio, un cristiano que laburó cuarenta años en una metalúrgica, lo tengo que ir a buscar yo, colada en el 114 porque no me cargaron la SUBE.

​ Ahí estaba la famosa teoría del derrame en su máxima expresión, pensó con amargura. Siempre le habían dicho que si el plato de los ricos se llenaba, eventualmente desbordaría hacia los de abajo. Pero la realidad era otra, mucho más cruel y grotesca.

Se imaginó la escena: los dueños del banquete sentados a la mesa, atiborrándose, y sus mascotas –esos perros clonados con rango de ministro– comiendo de platos de oro sobre el mantel. Abajo, tirados en el piso frío, los pobres esperaban con la boca abierta. Pero no caía nada. Ni una miga.

Porque el plato nunca rebalsaba. Cuando estaba por llenarse, el rico simplemente se compraba un plato más grande, o se llevaba el banquete a otra parte, a una isla paradisíaca donde nadie pudiera ver cuánto había en la mesa.

​El colectivo llegó veinte minutos después.

—¡Al fondo que hay lugar! —gritó el chofer—. ¡Circulen, que la libertad es movimiento!

​La Muerte se subió por la puerta de atrás a los empujones y quedó apretada contra el respaldo del último asiento doble.

—Libertad las pelotas —pensó—. La única libertad que le queda a esta gente es la de elegir en qué parada se bajan a sufrir.

 

En el departamento de Lugano, la atmósfera se había vuelto irrespirable. No solo por el calor, sino por el miedo financiero.

Rogelio escuchó el timbre del teléfono fijo. Nadie llamaba al fijo salvo los acreedores o las estafas virtuales. Atendió su hija.

​—Sí... sí, habla la hija. ¿Cómo? —Hubo un silencio helado—. No, por favor, no nos diga eso. Mi papá está... está en proceso. Sí, ya sé que la reserva de la sala velatoria vencía a las ocho. Pero es el tráfico, seguro. ¿No nos pueden mantener el precio? ¿En bonos del Tesoro?

—Andá haciéndote a la idea, Negra. No podemos con todo: el impuesto a la salida, la sala velatoria y el cajón. Vamos a tener que vender la…

—¡No! Ni siquiera lo pensés, Goro —lo interrumpió Estela. Llevaban años haciendo malabares con la economía para no venderla: Rogelio no se la podía llevar cuando Ella llegara. Al final la pobre muerte tenía siempre la culpa de todo.

​Rogelio sintió una lágrima rodar por su mejilla, perdiéndose en la almohada húmeda. Quería morirse ya. Quería dejar de ser un pasivo en el balance contable de su familia. Intentó dejar de respirar por su cuenta, forzar la maquinaria, pero su corazón, un motor viejo pero noble, seguía bombeando con una terquedad idiota.

​—Me cortaron —dijo Estela, entrando a la habitación con los ojos rojos—. ¡Papá...! —le dijo agarrándole la mano, la misma que tomaba con tanto cariño para ir a la calesita los domingos—. ¡Papá, escuchame, por favor! Si podés... si te queda algo de fuerza... ¡Soltá! ¡Soltá ahora! Si pasamos de las doce, nos cobran el día entero de mañana y perdemos la seña del cajón. —El agobio por las deudas no le dejó espacio para unas palabras de cariño.

​Rogelio apretó la mano de su hija. Estela miró el techo manchado.

 

La Muerte se bajó del 114 a unas diez cuadras del monoblock de Rogelio. El colectivo no entraba al barrio porque "no era zona rentable" para la empresa concesionaria. Además, hacía tres meses habían sacado el subsidio: no era justo que el transporte lo financiara la “gente de bien”. Las calles estaban casi a oscuras; el mantenimiento de las luminarias públicas no se hacía desde el año anterior, ya que el gobierno recortaba por todos lados para pagar un vencimiento del FMI.

​Al pasar frente a una ventana abierta, el resplandor azulado de un televisor iluminó brevemente la vereda rota. Desde adentro, la voz del presidente atronaba con su promesa eterna:

—En cuarenta años seremos potencia, sus hijos se los agradecerán.

​Lo entrevistaba Joni Vale, el periodista exclusivo que jamás hacía preguntas comprometidas; un silencio que cotizaba a diez mil dólares la entrevista.

El presidente recién llegaba de su vigésimo viaje anual. Esta vez había ido a Angola, rascando el fondo de la olla en busca de algún préstamo en dólares.

La Muerte siguió caminando, ignorando la pantalla. En otro momento se hubiera detenido a lanzar una puteada, pero ahora era un lujo que no podía darse: Rogelio la estaba esperando.

​Llegó al edificio: monoblock 14, escalera B. El portero eléctrico estaba arrancado, pero, por suerte, la puerta de entrada estaba trabada con una piedra. Empujó y entró al palier. El ascensor, por supuesto, tenía un cartel: FUERA DE SERVICIO. CONSORCIO EN QUIEBRA.

​Empezó a subir los escalones de cemento alisado. En el cuarto piso tuvo que parar a tomar aire. Se aflojó la corbata. Sentía las rodillas crujir. La eternidad pesaba, pero la desidia estatal pesaba más. Miró el reloj: 23:45.

—Aguantá, Rogelio. Estoy llegando —dijo, apurando el paso, subiendo los escalones de a dos.

​Llegó al sexto piso con el corazón –o lo que tuviera en el pecho– galopando. Tocó la puerta. Tres golpes secos que anunciaban su llegada: Autoridad, Solemnidad, Puntualidad.

Lanzó un suspiro al recordar cuando su presencia era esperada con temor y respeto, y no como un mero alivio económico.

​—¿Quién es? —preguntó una voz masculina, temblorosa, desde adentro.

—Correo Argentino —mintió la Muerte. Si decía la verdad, capaz no le abrían por miedo. A pesar de que sabían a quién se iba a llevar, algunos no querían recibirla. Tal vez este no fuera el caso, pero no se podía arriesgar. Unos minutos de vacilación, y todo el esfuerzo que había hecho sería inútil.

Con un chirrido de bisagras faltas de aceite, se abrió la puerta. El yerno asomó la cabeza. Al ver el traje gris y la cara de trasnoche de la visitante, frunció el ceño.

—¿Correo? A esta hora no repar… —El hombre se detuvo al ver los ojos de la recién llegada. Eran unos ojos antiguos, insondables, profundos como los del usurero que prestaba al ciento treinta por ciento mensual—. ¡Ah! Sos vos.

—Sí. Disculpen la hora. El 114 venía hasta las manos. ¿Dónde está Rogelio?

—Al fondo. Pasá rápido, por favor, que estamos al límite —dijo el yerno, mirando su reloj—. Faltan diez minutos.

​La Muerte atravesó el pasillo y entró a la habitación. Estela estaba sentada al borde de la cama, abanicando a su padre con una boleta de luz, ambas vencidas. Al ver entrar a la figura del traje gris, soltó un sollozo… de alivio.

​La Muerte se acercó a la cama. Rogelio abrió los ojos. Estaban vidriosos. Al ver a la Muerte, no sintió miedo. Sintió solidaridad. Vio el cansancio en los hombros de ella, la suela gastada de los zapatos, la mancha de grasa en la solapa.

—¡Perdón señora! —susurró Rogelio con un hilo de voz—. Por hacerla venir hasta el culo del mundo.

—Es mi laburo, Rogelio —respondió La Muerte, sacando una planilla arrugada y una birome Bic mordida del bolsillo—. El tema es que la logística está complicada. ¿Estás listo?

Rogelio asintió apenas.

—¿Duele?

—Menos que vivir con la jubilación mínima —aseguró ella.

​La Muerte miró su reloj Casio: 23:56.

—Bueno, vamos a hacerlo rápido que si no el sistema me lo pasa como fecha de mañana y es un lío administrativo.

​Apoyó una mano sobre la frente y, al contacto, Rogelio sintió una sensación de alivio que le trajo paz; una sensación que ya había olvidado. La Muerte empezó a tirar. No fue un tirón suave y etéreo como en las películas de antes. Fue un trabajo manual, forzoso. El alma de Rogelio estaba pegada al cuerpo por la costumbre y el miedo a que la arrancaran; como una etiqueta puesta sobre otra remarcando el precio.

—Colaborá, Rogelio, soltá el envase —masculló.

​Rogelio exhaló un último suspiro, un sonido seco, como una bolsa de papel que se rompe. Y entonces, se aflojó. El peso de los años, de la inflación, de las deudas y de la artrosis desapareció. La Muerte sostuvo esa pequeña luz grisácea entre sus manos un segundo. No brillaba mucho; era el alma de un laburante, opaca por el desgaste. Con un movimiento práctico, sacó un frasco de mermelada vacío del maletín, metió el alma adentro, cerró la tapa y le pegó una etiqueta con el número de CUIL.

​—Listo —dijo, guardando el frasco junto a otros dos que tintineaban en el fondo del bolso.

​El yerno miró el reloj digital de la mesa de luz. Los números rojos marcaban 23:58.

—¡Entró! —gritó, sin poder contenerse—. ¡Estela, entró en el día! ¡Congelamos las tarifas!

​Estela se tapó la cara con las manos y rompió a llorar sobre el pecho inerte de su padre. Lloraba porque su papá se había ido, pero en el fondo de su llanto, en ese lugar oscuro que nadie admite, lloraba de gratitud porque no iban a tener que vender la heladera para pagar el entierro.

​La Muerte completó el formulario y le extendió el duplicado al yerno.

—Acá tenés el certificado provisorio. Con esto tramitás la baja en ANSES. Hacelo rápido porque si no te ponen una multa a la existencia presunta.

—¡Gracias! ¡De verdad, gracias! —dijo el hombre, dándole la mano con efusividad.

​La Muerte asintió y salió de la habitación. No hubo luces blancas, ni coros celestiales, ni túneles. Solo el sonido de la tele del vecino. Bajó los seis pisos por la escalera a oscuras. Al salir a la calle, el aire de la noche la golpeó con una ráfaga de calor húmedo. Caminó las diez cuadras hasta la parada del colectivo con un aire de cierta esperanza: tal vez todo no estaba perdido.

​El celular le vibró de nuevo.

>> SERVICIO COMPLETADO. CLIENTE "CONAN V" INGRESADO CON ÉXITO AL SECTOR VIP. TIEMPO DE GESTIÓN: 12 MINUTOS. <<

​La Muerte miró la pantalla y luego miró hacia la avenida. A lo lejos, vio las luces del 114 acercándose. Venía lleno. Iba a tener que viajar parada de nuevo.

​Suspiró, se ajustó el nudo de la corbata, pensando que, a este ritmo, iba a tener que pedir un crédito para comprarse unas zapatillas cómodas. Porque en el 2027, hasta para morirse había que tener paciencia; y para llevarse el alma de un trabajador, había que tener buen estado físico.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

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