Oscar De Los Ríos
Rogelio
sabía que tendría que haber muerto a las tres y media de la tarde. Lo sabía con
la certeza física de quien conoce los vencimientos de las facturas de sus
deudas y está en quiebra. Sentía el alma floja, lista para desprenderse como un
diente de leche. Pero eran las siete y cuarto de la tarde; el sol de febrero
seguía castigando la persiana americana de plástico a punto de derretirse, y él
continuaba ahí, respirando un vaho caliente que parecía sopa.
El ventilador de pie cabeceaba con
un rítmico balanceo, giraba lento, perezoso; la baja tensión del verano del 27
no le daba para más. Desde que privatizaron la distribución barrial y liberaron
las tarifas por zona de "riesgo de inversión", en Villa Lugano, el
generador de la compañía eléctrica parecía funcionar a vela.
Desde la cocina-comedor, separada
apenas por una pared de Durlock que dejaba filtrar hasta los pensamientos,
llegaban los murmullos de su familia. No discutían por desamor, sino por
logística.
—¿Todavía nada? —preguntó su
yerno; con la impaciencia nerviosa de quien tiene el taxi esperando con el
reloj corriendo.
—Sigue igual, respira cortito
—respondió su hija, Estela. Se notaba que estaba lavando los platos; el
tintineo de la loza cachada sonaba más fuerte que los latidos del corazón de
Rogelio—. Papá siempre fue de tomarse su tiempo, ya sabés.
—El problema no es el tiempo,
Estela. El servicio fúnebre "Low Cost" que reservamos tiene la
tarifa congelada hasta la medianoche. Y, si se muere un segundo después, nos
recategorizan y también hay que pagar el "Impuesto a la Salida" que
metió el ministro la semana pasada. ¡No llegamos, negra! ¡No llegamos!
Rogelio quiso gritarles que él
hacía lo posible, que estaba empujando hacia afuera con todas sus fuerzas, pero
el cuerpo es un burócrata obstinado. Cerró los ojos. La culpa le pesaba más que
la agonía. Morirse fuera de horario era un lujo que su jubilación mínima no
podía costear.
A unos quince kilómetros de allí,
en la estación Leandro N. Alem de la línea B de subte, la Muerte resoplaba.
La
Muerte –División Sudamérica, Zona AMBA– vestía un traje de oficinista color
gris topo, con los codos brillosos por el desgaste y una camisa que alguna vez
fue blanca y ahora tenía el tono amarillento de los expedientes viejos. No
llevaba la guadaña, ni la túnica negra de terciopelo. Esos eran insumos
importados que habían quedado retenidos en la Aduana por falta de dólares y
trabas a las SIRA.
Hacía unos meses, un funcionario
entusiasta del Ministerio de Desregulación le ofreció un reemplazo de industria
nacional: una motosierra marca "Libertad", remanente de la campaña
del 23.
—Es más eficiente, señora. Corta de
raíz y hace ruido, para que sepan que llegó —le había dicho, guiñándole un ojo.
Pero ella se negó rotundamente.
Tenía sus principios. La muerte debía ser un rito de paso, un silencio final,
no una poda ruidosa y sucia de ramas secas. Además, la nafta estaba impagable. Así
que ahí andaba, sin sus atributos legendarios que le habían forjado un aspecto
temible en el pasado, reemplazados por un vergonzante maletín de cuero
sintético descascarado, sudando como un vendedor de colectivo en hora pico.
Miró el reloj pulsera, un Casio
digital con la malla de goma cortada y pegada con La Gotita. Las siete y
veinte.
—La puta madre —masculló. Su voz
no era de ultratumba, sino de fumadora de tabaco armado—. Voy a llegar tarde al
de Lugano.
La estación era un horno. Una
bofetada de calor subía desde los túneles, anticipando lo peor: el aire
acondicionado de los vagones no funcionaba desde la "Gran Desregulación
del Transporte" del 25, cuando se decidió que el frío era un bien de mercado
y no un derecho del pasajero. La Muerte intentó pasar la tarjeta SUBE por el
molinete. El lector emitió un pitido agónico y mostró una luz roja: Saldo
Insuficiente.
—¡No me jodas...! —gritó,
golpeando el aparato—. ¡Soy la Muerte, carajo! ¡Soy el final inexorable!
—Atrás de la línea amarilla y
cargue saldo, señora, que acá no hay privilegios de casta —le gritó un empleado
de seguridad privada desde la garita, sin levantar la vista del celular.
La Muerte buscó en los bolsillos.
Tenía apenas unos billetes de mil pesos con la cara de San Martín. Suspiró,
emanando un vaho frío que, por un segundo, alivió a la viejita que tenía pegada
a la espalda. Después comprendió que, por más que protestara, no conseguiría
nada, y se corrió a un costado, fingiendo que buscaba otra tarjeta. Pasaron
varios pasajeros y, cuando el guardia se distrajo mirando un video de TikTok,
saltó el molinete y se metió a los empujones en el vagón que llegaba, atestado
de gente.
El subte la escupió en la estación
Juan Manuel de Rosas. Villa Urquiza ardía bajo el cemento. Tenía que combinar
con el ferrocarril, pero un cartel luminoso pintado con aerosol anunciaba:
SERVICIO SUSPENDIDO. NO HAY PLATA.
No le quedaba otra que el
colectivo. Caminó las tres cuadras hasta la parada del 114. La fila daba vuelta
la esquina. La gente esperaba con esa resignación bovina que los argentinos
habíamos perfeccionado tras décadas de crisis cíclicas; pero, en los últimos
tres años, ya íbamos solos al matadero.
Mientras esperaba, el celular le
vibró de nuevo. No fue el zumbido corto de un cliente habitual. Fue una alarma
estridente, un tono de "Prioridad de Estado". En la cola se
escucharon murmullos de desaprobación. La muerte pensó que empezaban a
despertar, pero no, le pidieron que baje el tono de notificación. Sacó el
aparato con dificultad. La pantalla parpadeaba con luces azules y blancas:
>> ALERTA PRESIDENCIAL -
NIVEL 1 <<
Cliente: "CONAN V" (Clon
Genético - Gabinete Canino).
Causa del deceso: Indigestión por
bife de Wagyu A5 (Exceso de marmoleado).
Ubicación: Residencia de Olivos -
Sala de Juegos Climatizada.
Asignación: Escuadrón de Querubines
Motorizados y traslado en Carroza de Fuego.
La Muerte sintió una arcada que no
tenía nada que ver con el olor del asfalto caliente. Soltó una risa seca, un
graznido amargo que hizo que unas señoras se persignaran.
—¡Mirá vos! —masculló—. Al picho
le mandan la escolta de querubines porque se empachó con carne japonesa de
quinientos dólares el kilo. Y al pobre Rogelio, un cristiano que laburó
cuarenta años en una metalúrgica, lo tengo que ir a buscar yo, colada en el 114
porque no me cargaron la SUBE.
Ahí estaba la famosa teoría del
derrame en su máxima expresión, pensó con amargura. Siempre le habían dicho que
si el plato de los ricos se llenaba, eventualmente desbordaría hacia los de
abajo. Pero la realidad era otra, mucho más cruel y grotesca.
Se imaginó la escena: los dueños
del banquete sentados a la mesa, atiborrándose, y sus mascotas –esos perros
clonados con rango de ministro– comiendo de platos de oro sobre el mantel.
Abajo, tirados en el piso frío, los pobres esperaban con la boca abierta. Pero
no caía nada. Ni una miga.
Porque el plato nunca rebalsaba.
Cuando estaba por llenarse, el rico simplemente se compraba un plato más
grande, o se llevaba el banquete a otra parte, a una isla paradisíaca donde
nadie pudiera ver cuánto había en la mesa.
El colectivo llegó veinte minutos
después.
—¡Al fondo que hay lugar! —gritó el
chofer—. ¡Circulen, que la libertad es movimiento!
La Muerte se subió por la puerta
de atrás a los empujones y quedó apretada contra el respaldo del último asiento
doble.
—Libertad las pelotas —pensó—. La
única libertad que le queda a esta gente es la de elegir en qué parada se bajan
a sufrir.
En
el departamento de Lugano, la atmósfera se había vuelto irrespirable. No solo
por el calor, sino por el miedo financiero.
Rogelio escuchó el timbre del
teléfono fijo. Nadie llamaba al fijo salvo los acreedores o las estafas
virtuales. Atendió su hija.
—Sí... sí, habla la hija. ¿Cómo?
—Hubo un silencio helado—. No, por favor, no nos diga eso. Mi papá está... está
en proceso. Sí, ya sé que la reserva de la sala velatoria vencía a las ocho.
Pero es el tráfico, seguro. ¿No nos pueden mantener el precio? ¿En bonos del
Tesoro?
—Andá haciéndote a la idea, Negra.
No podemos con todo: el impuesto a la salida, la sala velatoria y el cajón.
Vamos a tener que vender la…
—¡No! Ni siquiera lo pensés, Goro
—lo interrumpió Estela. Llevaban años haciendo malabares con la economía para
no venderla: Rogelio no se la podía llevar cuando Ella llegara. Al final la
pobre muerte tenía siempre la culpa de todo.
Rogelio sintió una lágrima rodar
por su mejilla, perdiéndose en la almohada húmeda. Quería morirse ya. Quería
dejar de ser un pasivo en el balance contable de su familia. Intentó dejar de
respirar por su cuenta, forzar la maquinaria, pero su corazón, un motor viejo
pero noble, seguía bombeando con una terquedad idiota.
—Me cortaron —dijo Estela,
entrando a la habitación con los ojos rojos—. ¡Papá...! —le dijo agarrándole la
mano, la misma que tomaba con tanto cariño para ir a la calesita los domingos—.
¡Papá, escuchame, por favor! Si podés... si te queda algo de fuerza... ¡Soltá! ¡Soltá
ahora! Si pasamos de las doce, nos cobran el día entero de mañana y perdemos la
seña del cajón. —El agobio por las deudas no le dejó espacio para unas palabras
de cariño.
Rogelio apretó la mano de su hija.
Estela miró el techo manchado.
La
Muerte se bajó del 114 a unas diez cuadras del monoblock de Rogelio. El
colectivo no entraba al barrio porque "no era zona rentable" para la
empresa concesionaria. Además, hacía tres meses habían sacado el subsidio: no
era justo que el transporte lo financiara la “gente de bien”. Las calles
estaban casi a oscuras; el mantenimiento de las luminarias públicas no se hacía
desde el año anterior, ya que el gobierno recortaba por todos lados para pagar
un vencimiento del FMI.
Al pasar frente a una ventana
abierta, el resplandor azulado de un televisor iluminó brevemente la vereda
rota. Desde adentro, la voz del presidente atronaba con su promesa eterna:
—En cuarenta años seremos potencia,
sus hijos se los agradecerán.
Lo entrevistaba Joni Vale, el
periodista exclusivo que jamás hacía preguntas comprometidas; un silencio que
cotizaba a diez mil dólares la entrevista.
El presidente recién llegaba de su
vigésimo viaje anual. Esta vez había ido a Angola, rascando el fondo de la olla
en busca de algún préstamo en dólares.
La Muerte siguió caminando,
ignorando la pantalla. En otro momento se hubiera detenido a lanzar una
puteada, pero ahora era un lujo que no podía darse: Rogelio la estaba
esperando.
Llegó al edificio: monoblock 14,
escalera B. El portero eléctrico estaba arrancado, pero, por suerte, la puerta
de entrada estaba trabada con una piedra. Empujó y entró al palier. El
ascensor, por supuesto, tenía un cartel: FUERA DE SERVICIO. CONSORCIO EN
QUIEBRA.
Empezó a subir los escalones de
cemento alisado. En el cuarto piso tuvo que parar a tomar aire. Se aflojó la
corbata. Sentía las rodillas crujir. La eternidad pesaba, pero la desidia
estatal pesaba más. Miró el reloj: 23:45.
—Aguantá, Rogelio. Estoy llegando
—dijo, apurando el paso, subiendo los escalones de a dos.
Llegó al sexto piso con el corazón
–o lo que tuviera en el pecho– galopando. Tocó la puerta. Tres golpes secos que
anunciaban su llegada: Autoridad, Solemnidad, Puntualidad.
Lanzó un suspiro al recordar cuando
su presencia era esperada con temor y respeto, y no como un mero alivio
económico.
—¿Quién es? —preguntó una voz
masculina, temblorosa, desde adentro.
—Correo Argentino —mintió la
Muerte. Si decía la verdad, capaz no le abrían por miedo. A pesar de que sabían
a quién se iba a llevar, algunos no querían recibirla. Tal vez este no fuera el
caso, pero no se podía arriesgar. Unos minutos de vacilación, y todo el
esfuerzo que había hecho sería inútil.
Con un chirrido de bisagras faltas
de aceite, se abrió la puerta. El yerno asomó la cabeza. Al ver el traje gris y
la cara de trasnoche de la visitante, frunció el ceño.
—¿Correo? A esta hora no repar… —El
hombre se detuvo al ver los ojos de la recién llegada. Eran unos ojos antiguos,
insondables, profundos como los del usurero que prestaba al ciento treinta por
ciento mensual—. ¡Ah! Sos vos.
—Sí. Disculpen la hora. El 114
venía hasta las manos. ¿Dónde está Rogelio?
—Al fondo. Pasá rápido, por favor,
que estamos al límite —dijo el yerno, mirando su reloj—. Faltan diez minutos.
La Muerte atravesó el pasillo y
entró a la habitación. Estela estaba sentada al borde de la cama, abanicando a
su padre con una boleta de luz, ambas vencidas. Al ver entrar a la figura del
traje gris, soltó un sollozo… de alivio.
La Muerte se acercó a la cama.
Rogelio abrió los ojos. Estaban vidriosos. Al ver a la Muerte, no sintió miedo.
Sintió solidaridad. Vio el cansancio en los hombros de ella, la suela gastada
de los zapatos, la mancha de grasa en la solapa.
—¡Perdón señora! —susurró Rogelio
con un hilo de voz—. Por hacerla venir hasta el culo del mundo.
—Es mi laburo, Rogelio —respondió
La Muerte, sacando una planilla arrugada y una birome Bic mordida del
bolsillo—. El tema es que la logística está complicada. ¿Estás listo?
Rogelio asintió apenas.
—¿Duele?
—Menos que vivir con la jubilación
mínima —aseguró ella.
La Muerte miró su reloj Casio:
23:56.
—Bueno, vamos a hacerlo rápido que
si no el sistema me lo pasa como fecha de mañana y es un lío administrativo.
Apoyó una mano sobre la frente y,
al contacto, Rogelio sintió una sensación de alivio que le trajo paz; una
sensación que ya había olvidado. La Muerte empezó a tirar. No fue un tirón
suave y etéreo como en las películas de antes. Fue un trabajo manual, forzoso.
El alma de Rogelio estaba pegada al cuerpo por la costumbre y el miedo a que la
arrancaran; como una etiqueta puesta sobre otra remarcando el precio.
—Colaborá, Rogelio, soltá el envase
—masculló.
Rogelio exhaló un último suspiro,
un sonido seco, como una bolsa de papel que se rompe. Y entonces, se aflojó. El
peso de los años, de la inflación, de las deudas y de la artrosis desapareció.
La Muerte sostuvo esa pequeña luz grisácea entre sus manos un segundo. No
brillaba mucho; era el alma de un laburante, opaca por el desgaste. Con un
movimiento práctico, sacó un frasco de mermelada vacío del maletín, metió el
alma adentro, cerró la tapa y le pegó una etiqueta con el número de CUIL.
—Listo —dijo, guardando el frasco
junto a otros dos que tintineaban en el fondo del bolso.
El yerno miró el reloj digital de
la mesa de luz. Los números rojos marcaban 23:58.
—¡Entró! —gritó, sin poder
contenerse—. ¡Estela, entró en el día! ¡Congelamos las tarifas!
Estela se tapó la cara con las
manos y rompió a llorar sobre el pecho inerte de su padre. Lloraba porque su
papá se había ido, pero en el fondo de su llanto, en ese lugar oscuro que nadie
admite, lloraba de gratitud porque no iban a tener que vender la heladera para
pagar el entierro.
La Muerte completó el formulario y
le extendió el duplicado al yerno.
—Acá tenés el certificado
provisorio. Con esto tramitás la baja en ANSES. Hacelo rápido porque si no te ponen
una multa a la existencia presunta.
—¡Gracias! ¡De verdad, gracias!
—dijo el hombre, dándole la mano con efusividad.
La Muerte asintió y salió de la
habitación. No hubo luces blancas, ni coros celestiales, ni túneles. Solo el
sonido de la tele del vecino. Bajó los seis pisos por la escalera a oscuras. Al
salir a la calle, el aire de la noche la golpeó con una ráfaga de calor húmedo.
Caminó las diez cuadras hasta la parada del colectivo con un aire de cierta
esperanza: tal vez todo no estaba perdido.
El celular le vibró de nuevo.
>> SERVICIO COMPLETADO.
CLIENTE "CONAN V" INGRESADO CON ÉXITO AL SECTOR VIP. TIEMPO DE
GESTIÓN: 12 MINUTOS. <<
La Muerte miró la pantalla y luego
miró hacia la avenida. A lo lejos, vio las luces del 114 acercándose. Venía
lleno. Iba a tener que viajar parada de nuevo.
Suspiró, se ajustó el nudo de la
corbata, pensando que, a este ritmo, iba a tener que pedir un crédito para
comprarse unas zapatillas cómodas. Porque en el 2027, hasta para morirse había
que tener paciencia; y para llevarse el alma de un trabajador, había que tener
buen estado físico.
Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

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