jueves, 1 de enero de 2026

CHARLIE CHAPLIN MUERE SOLO

Ali Al Sibai


 

Trabajo como reparador de aparatos eléctricos de precisión en la ciudad de Ur. Aprendí de Zorba a amar la vida, y era rebelde como Guevara. Anhelaba la alegría, las sonrisas de la gente, la primavera que toca mi corazón, el blanco, ver los colores fascinantes que adornan la vida de las personas, los ambientes de felicidad que iluminan a la gente, como el sol de julio que brillaba en la mañana del viernes, resplandeciendo sobre las coronas de las palmeras con un tono púrpura verdoso, y con él sobre mi rostro moreno del sur, la sonrisa de Charlie Chaplin. Comienzo mi mañana con una sonrisa para terminar mi tarde con una sonrisa; comienzo mi trabajo con una sonrisa para mantener mi ánimo brillante todo el día hasta el atardecer, como si saludara con una sonrisa sincera al amanecer, a la gente y al ocaso, reparando corazones heridos por la tristeza. Prefiero que la gente me vea con un rostro iluminado por una sonrisa constante. Camino por los mercados y entre las callejuelas con los andares de Charlie Chaplin, vistiendo los colores fascinantes de la alegría, la cabeza en alto, porque paso todo mi tiempo inclinado sobre la reparación de televisores y antenas parabólicas.

Tomé en serio las palabras de Charlie Chaplin: No encontrarás el arcoíris mientras mires hacia abajo. Creí en su opinión: un día sin risa es un día perdido. Era un viernes brillante, y yo estaba igualmente lleno de alegría. Recordé que ese es el día en que Cristo fue crucificado. Comencé a irradiar felicidad, bromear con los vendedores ambulantes, los comerciantes, los obreros, los porteadores, los niños que venden agua fría y los mendigos. Me recordaba a mí mismo ser tranquilo y de buen ánimo. Nunca viví quejándome ni amargado; viví con un corazón blanco y satisfecho, para no caer en la tristeza.

En la pared, en lugar de la foto del presidente sobre mi cabeza, colgué una frase de Charlie Chaplin: Si fuera profeta, haría que mi mensaje fuera la felicidad para todos los seres humanos y prometería libertad a mis seguidores. Mi milagro sería poner sonrisas y risas en los labios de los niños. Nunca amenazaría a nadie con el infierno ni prometería el paraíso; simplemente los invitaría a ser humanos y a pensar. Todos los que entraban a mi taller la leían. Los habitantes de mi ciudad me llamaban Charlie Chaplin porque camino como él y sonrío como él. Me volví adicto a ver sus películas, aunque difiero de él en mi amor por la electrónica. Vivo solo; se aplica a mí lo que dijo Rafael Alberti: En tu soledad, eres un país abarrotado.

La temperatura alcanzaba los 54 °C; al salir a la calle se siente abrasadora. Veo nubes negras que se han reunido en el calor sofocante de este verano cruel. Sé que esas nubes traen malos presagios, que borran la sonrisa y aprietan el corazón. Los compradores caminan indiferentes al calor porque están acostumbrados. El aliento de la gente es abrasador, y el sol del mediodía, de color miel, es implacable. Sonreí al sol miel y deseé que lloviera, lluvia intensa, con sonidos resonantes que llenaran de alegría los colores más sonrientes.

Delante de mi pequeño taller, en la acera de enfrente, pasaban hombres, niños y mujeres comprando. Escuchaba los sonidos ruidosos de la vida y reía con alegría infantil. Los clientes del café frente a mí tomaban té a pesar de ser uno de los días más calurosos del verano. Entró alguien, pero no levanté la vista; sentí su presencia mientras estaba concentrado en mi trabajo. Miré hacia él: era nuestro vecino Yahya el mongol. Yahya era puro, amable, inocente, dulce, y la gente se sentía atraída hacia él como hacía las mariposas. Me miraba, sostenía una antena parabólica muy antigua con el mando a distancia, sonreía y miraba alrededor. Yo giré y le sonreí. Mirándonos, parecía estar en un campo de entrenamiento militar: «¡Detente!», «¡Quédate donde estás!».

Con labios secos y un tono de esperanza mezclado con timidez, me dijo: «Está roto», refiriéndose al mando de distancia. Mi corazón se llenó de alegría, latía con fuerza. Sonreí, reí con todo mi ser, y él también rio. Me preguntó: «¿Está roto el aparato o el mando?». Reí, viajando con su risa a un nuevo estado de ánimo dentro de mí. Observé sus ojos mongoles durante toda nuestra conversación. Tras revisar la antena, le informé de que el aparato funcionaba correctamente, pero el mando estaba roto. Le pedí que comprara uno nuevo en la tienda que había frente a la mía. Dijo: «No tengo dinero». Reí a carcajadas y le di el dinero para el mando de distancia. Salió contento, confiado, sonriendo, con el mando en la mano.

Momentos después, un fuerte estallido sacudió el lugar precedido por un resplandor de llama azul deslumbrante, un hervor rojo, una ola de terror, gritos y lamentos. Salí corriendo de mi taller como Charlie Chaplin, pero sin bastón, en medio del caos, los gritos, la sangre, los muertos, los heridos y los restos humanos que llenaban el mercado. El lugar se volvió horrible; un viento rojo azotaba todo, haciendo que la tierra de Ur se volviera de sangre. Todo estaba devastado: los puestos destruidos, la gente hecha pedazos, manchas de sangre cubrían el asfalto, las paredes y las coronas de las palmeras. Una gran fosa estaba llena de cuerpos, sangre, mercancías de las tiendas, cristales rotos. Las mercancías se mezclaban con la sangre de inocentes. Tras cada explosión, ver cuerpos destrozados se volvió común.

Salí corriendo de mi tienda en medio de la destrucción, aterrorizado, exhausto, con pánico. Vi a una multitud de supervivientes cubiertos de sangre y barro golpeando algo violentamente. Al principio pensé que era un segundo terrorista intentando detonar otra bomba, ya que son frecuentes los ataques dobles. Me abrí paso con dificultad hasta el objeto de su agresión. Lo vi: ¡Era Yahia el mongol! Había muerto por los golpes recibidos, su cuerpo ensangrentado, con el mando a distancia en la mano. Murió tranquilo, valiente, con una sonrisa dulce en sus labios, que parecían la boca de un pez. Sus ojos mongoles me miraban con pesar, mostrando un niño asustado castigado duramente. Me arrodillé incrédulo, y mis lágrimas cayeron sobre él. Los supervivientes pensaban que él había detonado la bomba; les grité la verdad. Su muerte llenó mi corazón de tristeza; me sentí solo y lo abracé. Me dolía corazón por su fallecimiento.

Su sueño era reparar el mando de distancia y la antena para poder ver el mundo. Era un pájaro de alas rotas, y su muerte fue ruidosa y desoladora. Una nube blanca cercana cubrió nuestro mundo cruel; la miré mientras ocultaba el sol rojo brillante en el cielo gris oscuro. Retumbó una segunda explosión.

Traducción del árabe al español: Abdul Hadi Sadoun 

Ali Al Sibai nació en Nasiriya, Irak en 1970. En 2002 publicó Ritmos del tiempo danzante, seguido de Grito antes del silencio (2004), obra que obtuvo el tercer premio en el Concurso Cultural de Dubái. En 2005 apareció Zuleikha de Yusuf y en 2006 La quema del reino de Zamama. Más tarde presentó Diarios de la viuda de un soldado desconocido (2014), microcuentos que precedieron a La estela de las tristezas sumerias (2018) y Tablillas de los consejos del abuelo (2019).

 

TRES HOMBRES

Raffaele Izzo

 

Tres hombres, tres pistolas, sentados en el sofá con forma de herradura, en el centro del sofá la mesa lisa y rectangular, baja y transparente, sobre la mesa el dinero, mucho, demasiado, amontonado, desparramado, mezclado con sangre coagulada que llega hasta los pantalones, hasta las camisas de los tres, las pistolas sobre la mesa, siempre lo mismo, las manos de los tres colgando sobre el sofá, siempre lo mismo, los tres sudados y destrozados, tres tipos que pueden describirse como peligrosos, llenos de marcas de viruela, grandes y amenazantes, sus miradas son frías y malas, y una cámara que los encuadrara así, desde arriba, en tres cuartos desde la izquierda (o desde la derecha), los vería así, de un solo golpe de vista, tres hombres destinados a grandes cosas o a un final trágico, sin término medio, sin medias tintas, compromisos, pactos ni resbalones, los tres ahora hablan.

—Sabes Bill, no creo que haya sido una buena idea aceptar este trabajo, la propuesta, quiero decir, ahora estamos en la mierda hasta el cuello, o me equivoco, eh, Bill, ¿me equivoco, eh, Bill?

—No, no te equivocas. —El rostro del jefe, o del que debe ser el jefe, nuestro Bill, parece de acero; gira hacia Mike, una mano le acaricia la cabeza, la otra, la que sostiene la pistola, se endurece, piensa: Este hombre ya es peligroso, hay que eliminarlo, es mi amigo, pero hay que eliminarlo, así es, hay que eliminarlo, y gira hacia su derecha, el arma en la izquierda, levanta el arma, monta el percutor, levanta el brazo, todo un movimiento que, aunque lo describamos con tanto detalle, dura una fracción de segundo, y después el arma apuntando al rostro de Mike, el disparo, y el rostro de Mike ya no tiene las características de antes, ahora es una fría papilla de sangre y carne, la sangre ha salpicado por todas partes, da casi asco escribirlo, pero la sangre sigue brotando de la cabeza, del rostro, el rostro del otro, el de Al, es su primera vez, en este encargo especial, digo, atónito, estupefacto, perplejo, todos sinónimos para decir: Qué carajo hiciste, Bill, te volviste loco, y de inmediato el cañón gira hacia él, apunta, enfoca, pero Al es más rápido que el otro, se lanza hacia la derecha, agachado, ahora en el suelo, cuando oye el disparo, ya está cerca del televisor, que observa a los tres con estupor, logra saltar el sofá, siente el proyectil que le golpea el hombro y lo lanza hacia atrás, y entiende. Carajo, estoy jodido, o no, izquierda o derecha, luego se mira el hombro izquierdo y ve la maldita mancha de sangre que empieza a extenderse. No, no, no de esta manera de mierda, es ridículo, no es posible, pero ahora advierte el otro detalle, fundamental, aunque ya no piensa de manera coherente, vuelve a mirar el hombro y piensa: Carajo, soy zurdo, soy zurdo, y ve su mano abrirse, la pistola empieza ahora un lento movimiento rotatorio, en el sentido de las agujas del reloj, solo el dedo la retiene todavía, la pistola gira, lenta, el cañón apunta al suelo, ahora, lenta y blanda, cae sobre el sofá suave y mullido, sin hacer ruido. Carajo, piensa Al, piensa rápido, pero no llega a completar el pensamiento; para eso haría falta más tiempo, y el tiempo es el enemigo de siempre. Ahora Al gira a la derecha, luego hacia arriba, ve sobre todo a Mike, la pistola de Mike, sobre todo, y luego el fuego que sale del cañón, y oye el ruido fuerte, para él ensordecedor, repentino, mientras cae al suelo, se da vuelta e intenta escapar a cuatro patas. No es precisamente el final que los rostros de los tres prometían, no, no, no exactamente, qué decepción, huir así, eh carajo, qué decepción, el cuerpo ahora se desparrama por todas partes mientras Mike sigue disparándole hasta vaciar todo el cargador, y sigue moviéndose, cómo carajo hace. Ahora jadea de manera exagerada. Cómo puede alguien jadear así, y muérete carajo, muérete de una vez. Ahora Mike ahora lo mueve con la punta del pie, como si fuera un perro, lo mira a la cara, la cara de Al es solo sangre y dolor. Y Al lo mira de manera interrogativa, todavía consciente por una fracción de segundo, Por qué, por qué… por…

Estaba escrito en el contrato, tendrían que haberlo leído antes de firmar, Mike y Al ahora giran ambos hacia la TV. Al tiene solo un segundo, ve la TV, la sala llena de gente, la presentadora, todos mirando la gran pantalla en la sala, y se ve a sí mismo, mientras todos lo miran, y ahora entiende, entiende y muere en el mismo instante.

Ahora apago esta puta televisión de mierda y me voy a dormir, que mañana debo levantarme temprano, piensa John mientras se levanta de la silla de la cocina, agarra el control remoto y mira la última imagen, la gran inscripción final, The Criminal Reality Show, y piensa: ya no hacen los realities como antes, mierda.

Raffaele Izzo, tiene 53 años, enseña literatura en secundaria. Escribe novelas, cuentos y crítica literaria. Le apasiona la no ficción, especialmente la del siglo XX, y le interesan diversos géneros literarios, desde la vanguardia hasta la actualidad, incluyendo diversos medios como el cómic y las series de televisión. Bloguero, gestiona el grupo de Facebook "Tutto il fantastico italiano" para reunir al mayor número posible de autores italianos de ciencia ficción, fantasía y terror. Edita novelas y cuentos de forma independiente. También pinta en acrílico y digital (su obra puede verse en la página de Facebook Izzo Raffaele arte sperimentale). Sin embargo, la escritura sigue siendo una constante en su vida: publicó una novela, Rorschach y tiene otras en mente para el futuro. 

 

LOS TIEMPOS CAMBIAN…

Miguel Hernâni Guimarães

 

Gianni Foglia sudaba abundantemente mientras observaba al gran alienígena. No porque hiciera calor o porque hubiera vestido su mejor traje, aunque hacía demasiado calor para lo que su mejor traje estaba preparado para soportar. Sí: Su Excelencia, el Alienígena, no se había dignado a poner la temperatura de aquella nave suya (si es que aquello era una nave; el viaje hasta allí había sido… extraño) en un nivel más soportable para los invitados humanos. No ayudaba. Pero lo que lo hacía sudar, lo que le derramaba vastas lagunas debajo de las axilas, no era eso.

Habían preparado el informe con todo cuidado, tras años de reflexión. ¿Años? ¡Décadas! Trece comités después, y un número interminable de enmiendas más tarde, aquella era la mejor presentación posible de la especie, escrita en un lenguaje que obedecía rigurosamente a las directivas recibidas para la traducción al galáctico estándar. No era un documento perfecto porque la perfección era inalcanzable, pero estaba tan cerca de eso como era posible para el ingenio humano.

Y Su Excelencia, el Alienígena, le había echado un vistazo por encima, literalmente –a pesar de todas las diferencias, parecía ser una criatura tan visual como cualquier humano con dos ojos funcionales– y lo había apartado.

Pero todavía no era eso lo que hacía sudar a Gianni Foglia.

Sudaba porque Su Excelencia, el Alienígena, aun antes de abrir la conversación, sin haber siquiera pasado la vista por el informe, los había mirado de arriba abajo y preguntado:

—Ustedes son los dos machos, ¿no? —Y ante la confirmación, interrogó—. ¿Y están aquí en representación de toda la especie? ¿Incluidas las hembras? —Otra confirmación, algo embarazosa, y el alienígena insistió—. ¿Por qué?

Y Gianni no había conseguido encontrar una respuesta mejor que “porque se dio así, excelencia; yo soy diplomático, él lingüista, y ambos fuimos designados por nuestros pares”, respuesta que fue recibida con un pequeño gruñido. El compañero, Gordien Sibomana, que no parecía estar sudando pese al brillo reluciente sobre la piel muy oscura, le murmuró al oído que el gruñido era una expresión de escepticismo.

Pero Gianni sudaba sobre todo porque Su Excelencia, el Alienígena, se había puesto a ver las noticias. Y a navegar por Internet.

Y ahí estaba él desde hacía más de una hora, asistido por una cosa extraña que no se distinguía bien si era organismo vivo o máquina y que parecía funcionar como una especie de traductor o procesador de datos (o quizá ambas cosas), recorriendo canales de televisión y sitios web, redes sociales, periódicos e incluso la vieja radio, sin olvidar las cajas de comentarios de todo eso, captando, absorbiendo y entendiendo vaya uno a saber qué de toda la cacofonía de la especie humana.

Sudaba porque no veía de qué modo su querido informe podría resistir ante las noticias de un planeta que en los últimos años parecía haberse vuelto todavía más loco de lo habitual; ante la bilis derramada en las redes sociales, segundo a segundo, hora a hora, día tras día; ante el descarrilamiento completo de las teorías conspirativas; ante las creencias sin base alguna; ante la irracionalidad cotidiana. Y ni siquiera los actos de generosidad e inteligencia –que también los había– lo tranquilizaban: aquellos eran esperables; estos no tanto. Por eso sudaba y aguardaba el veredicto como un condenado al cadalso resignado a su suerte, sin atreverse a esperar un milagro que lo salvara en el último instante, solo esperando, con una ansiedad de que aquella tortura terminara pronto.

Para colmo, a su lado Sibomana era la imagen de la calma. Casi impasible, casi como una esfinge, solo una sonrisita muy leve que torcía las comisuras de los labios del gran africano revelaba un mínimo de lo que le pasaba por dentro.

Desplazó el peso de un pie al otro y Su Excelencia, el Alienígena, continuó hurgando en las entrañas informativas de la especie humana. Y repitió el movimiento unas tres o cuatro veces más antes de lanzar un bramido grave, al borde de la audición. Miró a Sibomana con un signo de interrogación en las cejas.

—Se está riendo —susurró el compañero—. Es la risa de ellos.

Y la sonrisita irónica en los labios gruesos se hizo casi imperceptiblemente más marcada, como diciendo: yo también me reiría, si fuera él. Gianni suspiró y sudó un poco más, sintiendo una gota espesa resbalarle por la sien derecha. Ya no debe de faltar mucho, pensó. Pero faltaba, porque Su Excelencia, el Alienígena, claramente, se estaba divirtiendo.

Cuando por fin se dio por satisfecho, Su Excelencia, el Alienígena, volvió a orientar hacia los dos hombres sus apéndices fonadores.

—Entonces —preguntó—: ¿ustedes creen que están listos para adherirse a la Comunidad Galáctica, es eso?

Gianni tragó saliva. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Sí, Excelencia —se aclaró la garganta—. Creemos haber hecho progresos suficientes desde el último proceso de candidatura para…

Y se calló, porque Su Excelencia, el Alienígena, estaba otra vez bramando, grave y largamente. Un apéndice situado en algo parecido a un cuello temblaba convulsivamente.

Cuando por fin se le pasó el ataque de risa, Su Excelencia, el Alienígena, se dignó al fin a dictar sentencia.

—Solicitud denegada —proclamó, lleno de formalidad—. La especie no está lista. Podrá volver a presentar su candidatura dentro de diez años galácticos estándar. Hasta entonces, seguirá sin tener acceso a la comunicación interestelar.

—Son doscientos veintitrés años y medio, aproximadamente —le murmuró Sibomana al oído.

Gianni lo miró de reojo. Este está tomándome el pelo, pensó, quizá injustamente.

Pero el alienígena todavía no había terminado.

—Ustedes son una especie divertida —dijo, ya sin formalidades—. Tanta ambición. Tan poca noción. Sería hasta gracioso dejarlos entrar y quedarme mirando cómo se revuelcan. Por desgracia, la comunidad no comparte mi sentido del humor y no les encuentra mucha gracia. Es una lástima. Mejor suerte la próxima vez.

Y los echó a la calle.

Literalmente.

En un momento estaban en el ambiente de Su Excelencia, el Alienígena, y al siguiente estaban en la calle, a dos cuadras de la puerta de la sede de la Sociedad Para el Contacto.

Gianni se quedó un instante inmóvil en la vereda, un obstáculo molesto para la multitud de transeúntes que por algún motivo no parecía haber reparado en su aparición súbita. Miraba hacia delante sin ver, intentando decidir qué decirle al Consejo Superior de la SPC. Pero su cerebro se negaba a planear nada, atrapado en un ciclo de recriminaciones y frustración, lanzando maldiciones silenciosas al universo, a las leyes inapelables de la física, a los alienígenas y sobre todo a quienes no lo eran. Treinta años. Habían pasado treinta años entre la solicitud de adhesión y aquel momento. Treinta años de historia, treinta años de cambios; doce años entre la emisión del mensaje y su recepción; dieciocho para que los alienígenas encontraran la manera de enviar a alguien hasta allí. Treinta años en total. ¡Qué bien encaminado parecía todo hacía treinta años! Y de repente… el descalabro.

Los tiempos cambian, cambiando las voluntades. Demasiado rápido. Siempre demasiado rápido.

Un empujón seguido de un gruñido lo despertó. El africano lo miraba, pegado a las casas, fuera de la corriente de humanidad apresurada. La sonrisita irónica le seguía torciendo las comisuras y, en los ojos inteligentes, brillaba algo más, algo que Gianni no lograba identificar.

Fue hacia él. Juntos, se sumaron al río humano, caminando rumbo a la sede de la SPC. Al principio en silencio, pero Gianni no lo aguantó mucho tiempo.

—Usted parece divertido, Gordien —comentó—. No consigo entender por qué. Seguro que sabe lo que esto significa.

—Claro que lo sé, Gianni —respondió el otro—: vamos a seguir librados a nosotros mismos. Como hasta ahora.

—¿Y eso lo divierte?

—No. No es eso lo que me divierte. En realidad, no estoy divertido…

—Entonces, esa sonrisita ¿qué es, si me permite la pregunta?

—Es un poco de ironía, nada más. —Una pausa. Luego—: Espero que no lo tome a mal, no pretendo ofenderlo de ninguna manera, pero me parece que su aire decepcionado es bastante irónico.

Gianni se detuvo en seco, sorprendido.

—¿Le parece irónico que yo esté decepcionado? No puedo creer que no entienda la enorme oportunidad que acabamos de perder.

—No se irrite, amigo mío, no se irrite. Claro que lo entiendo. O mejor: sé de qué oportunidad habla, pero sé que no perdimos nada porque nunca tuvimos ninguna oportunidad.

Gianni se quedó mirándolo, boquiabierto. Sin entender. El otro extendió una mano y le tomó el brazo.

—Vamos, venga. Nos están esperando. Yo le explico. Ustedes presentaron la candidatura hace treinta años porque se creían preparados. Hablo de ustedes en general, no de usted en concreto; sé muy bien que aún no estaba en la SPC en esa época. Igual que yo. Pero quizá usted nunca tuvo la curiosidad de verificar las votaciones. Yo sí, porque quise confirmar una idea que no me dejaba en paz, y efectivamente la confirmé. La decisión no fue unánime, ¿sabe?

—Bueno. En estas cosas nunca lo es.

—Sí, tiene razón, claro. Pero siempre hay mucha información que extraer del análisis de quién vota cómo. Y por qué. Y esa decisión la tomaron los representantes del norte, junto con aquellos que, en el sur, creían poder sacar alguna ventaja acompañándolos en un voto que pensaban que era sobre todo simbólico. Mucha gente, en esa época, ni siquiera creía demasiado que existiera algo como una Comunidad Galáctica. Pero lo que importa es que quienes votaron por convicción, votaron en contra.

—Sigo sin entender.

—Lo sé: usted es italiano. Si hubiera nacido en Burundi, como yo, lo comprendería mucho más fácilmente.

Gianni volvió a detenerse, mirando a su compañero con el ceño algo fruncido.

—Mi querido amigo, no me parece que nuestras nacionalidades tengan gran relevancia para esta conversación.

—Oh, pero la tienen. Toda. Por una cuestión de historia. De cultura. De cómo la historia influyó en la cultura. Ustedes, en el norte, se creían preparados. Pero yo soy africano. Ustedes se ven de una manera; yo los veo de otra. Es inevitable. Y por eso sé que no lo estaban, que no lo están, que no lo estarán durante mucho tiempo. Ni ustedes, ni nosotros, ni nadie en este planeta turbulento.

Gianni no respondió. Se limitó a mirar al otro, en un rostro donde la sonrisita irónica había desaparecido, sustituida por una expresión de cierta melancolía. Fue Gordien quien interrumpió el silencio.

—Solo le digo esto para ayudarlo a decidir qué decirles a los consejeros. Usted es un buen hombre, Gianni, pero, como nos pasa a todos, sus antecedentes culturales generan algunos puntos ciegos en su visión del mundo. Me pareció que le sería útil que yo iluminara uno de esos puntos ciegos para la conversación que va a tener dentro de un rato. Espero no haberme equivocado ni haberlo lastimado sin necesidad. ¿Vamos?

Y fueron. En silencio, porque Gianni Foglia realmente tenía mucho en qué pensar.

Miguel Hernâni Guimarães pretende existir entre Lisboa, la ciudad donde nació y vive, ya que no puede escapar de allí, y el Algarve, que contiene casi todo lo que realmente disfruta en la vida. La culpa de lo que escribió hasta ahora es de Jorge Candeias, quien decidió convertir los textos en una serie, una pequeña tontería sobre ministros y ratas que un día se les escapó mientras bebían un par de cervezas, y después de eso no dejó de molestarlo para que escriba algo más. Imaginen la sorpresa de Miguel cuando un día se encontró en las páginas de un libro. Y luego de otro. Por suerte, nadie las leyó.

 

EL MUNDO DE ABAJO

Eliana Soza Martínez

 

Daniela se miraba el rostro de manera minuciosa. Las mascarillas de carbón activado, aloe vera y otras no estaban funcionando; los poros todavía estaban abiertos y daban a su piel una imagen descuidada. La nariz estaba bien; tal vez con el artilugio que había comprado permanecería respingada, aunque le causara dolor. Los ojos, perfectos, almendrados, color miel y con unas pestañas envidiables: el aceite de coco había funcionado. Pero los dientes eran algo muy diferente: los incisivos centrales eran demasiado grandes y anchos; los laterales, de tamaño respetable; sin embargo, los caninos eran un desastre. Como no tenían espacio para acomodarse, habían salido por encima de los de al lado; necesitaba una ortodoncia o una cirugía bastante costosa. Su cuerpo también necesitaba ser arreglado: un aumento de busto y trasero; la cintura, algo que ella podía moldear, era perfecta. A pesar de todo, en total precisaba mucho dinero para entrar en el canon de belleza de la sociedad y dejar de ser una paria. Tenía bastante ahorrado en una caja de zapatos que le había entregado a su primo Gonzalo para que la guardase, sin decirle lo que tenía dentro. Todavía le quedaban unos meses para que se cumpla el tiempo estipulado por el gobierno para demostrar cambios visibles en su físico y no ser exterminada.

Gonzalo, que había alcanzado la perfección, la visitaba para despedirse porque le asignaron un trabajo de atención al cliente y su vida cambiaría radicalmente: le entregarían un espléndido departamento y tendría un sueldo fijo que costearía lujos y retoques en su apariencia. Daniela sentía envidia, aunque estaba segura de que conseguiría lo que le faltaba y también iría detrás de ese sueño. Gonzalo, como regalo de despedida, le dejó varias cajas de cremas, aceites y otros mejunjes que ya no necesitaría. La espantosa noticia que le dio fue que se deshizo de las demás cajas que tenía, olvidando que una de esas le pertenecía a Daniela.

Ella se puso blanca, corrió a revisar la basura, pero los recolectores ya habían pasado; su única esperanza era ir hasta el vertedero y buscar su preciada caja. Al llegar ya era de noche; usó la linterna de su celular para ver mejor y había llevado barbijo y guantes de látex para ir en la búsqueda. Contempló las montañas de basura que se erigían en el lugar; tuvo algo de miedo, pero su futuro estaba en esa caja. Recorrió la avenida abierta entre los montículos y al fondo encontró uno en pleno armado y supuso que ahí dejarían lo último que recogieron.

Cuando se aproximó, observó una sombra escurrirse por la oscuridad. Pensó: ¿quién podría estar a estas horas en un basural? De pronto, divisó una clara figura femenina con varias cajas en los brazos; una de ellas era la suya. Corrió tras ella; al darse cuenta de esto, aquella sombra marchó más deprisa. El spinning y las caminadoras le sirvieron a Daniela para no perder de vista a la ladrona. Cuando la vio entrar a una cloaca no pudo creerlo: ¿a dónde se dirigía? Con toda la repugnancia agazapada en su garganta continuó la persecución. Al final, si perdía ese dinero, de todas maneras moriría; era su única esperanza.

Al entrar a la cloaca se asombró, porque no era lo que imaginaba: no vio ratas ni el olor era insoportable. Alguien había construido un embovedado que no dejaba escapar los olores nauseabundos que bajaban de los baños de arriba. El lugar estaba limpio y las paredes bajas lucían decoradas con pinturas de texturas, colores y estilos diferentes. Por unos segundos quedó paralizada por la belleza de las imágenes; luego recordó su dinero y siguió corriendo.

Otra sorpresa la esperaba más adelante: estantes repletos de libros en perfecto orden. Hacía años que no sabía de la existencia de un ejemplar; los únicos impresos de papel en la ciudad eran algunos catálogos de moda y maquillaje. Cuando estaba a punto de tomar un libro, un golpe en la cabeza le hizo perder el sentido.

Al despertar se vio amarrada en un lugar oscuro, con decenas de personas a su alrededor, todas con capuchas cubriendo sus rostros. Frente a ella, la ladrona le apuntaba con un arma.

Alguien que parecía ser la líder se acercó.

—¿Qué haces aquí abajo, linda? —le preguntó con una voz dulce.

Algo asustada explicó que venía persiguiendo a la chica que tenía una de sus cajas. La mujer inquirió que, si era tan valiosa, por qué la había botado a la basura. Tuvo que contar el cuento del primo, aunque sintió que no le creyeron. Otra pregunta resonó en medio de aquel extraño lugar.

—¿Qué contiene la caja?

La sangre de Daniela se le heló en las venas; estaba segura de que aquella gente se robaría su dinero. Tantos años de trabajo limpiando baños, barriendo lugares públicos de noche, fueron en vano. Cuando abrieron la caja y encontraron los billetes, se los devolvieron, al parecer porque no entendían su valor; Daniela los contemplaba atónita. Después la luz aumentó y uno por uno se fueron sacando las capuchas; al ver sus rostros, otra vez se desmayó.

Al despertar creyó que había tenido una horrible pesadilla, pero no tardó en descubrir que no. Estaba echada en algo que parecía un catre y, a su lado, solo la líder, que se hacía llamar Cam. Su rostro era feo; nunca en su vida había visto alguien así: ojos pequeños y vivaces, nariz aguileña, piel oscura llena de manchas y arrugas, casi sin dientes. Aunque sí tenía unos labios delgados y rosados, sus manos también eran bellas. Entonces preguntó, con mucha curiosidad, quiénes eran.

Cam la llevó a pasear por el lugar. Le impresionó lo que veía: toda una ciudad debajo de la otra, pero en contraposición llena de gente fea. Otras diferencias eran que, si arriba las calles estaban pavimentadas y llenas de escaparates vendiendo ropa, maquillaje y artefactos para ejercitarse, abajo las personas estaban cultivando, pintando, leyendo, haciendo música, esculpiendo, preparando comida, riendo y bailando. No usaban dinero; el trueque era la moneda de cambio, por eso no supieron qué hacer con los billetes de Daniela.

Preguntó, de nuevo, de dónde habían salido. Entonces Cam le contó que ellos eran los resultados fallidos de los experimentos que realizaban arriba y que algunas personas de buen corazón, en vez de deshacerse de ellos, los enviaron a ese lugar. Ella era parte de las primeras generaciones y su labor era proteger esa ciudad y a su gente; por eso no podían dejarla ir. La joven se asustó mucho al darse cuenta de que sería una prisionera. La líder la dejó caminando por las calles de una sola dirección.

Al ver tanta armonía y amabilidad en las personas, Daniela ya no se concentraba en los defectos físicos de sus interlocutores. Conversó con varios que admiraban su belleza; alguien la dibujó. Cantó y bailó con otros jóvenes. Cuando vino Cam a recogerla, habían pasado muchas horas sin que ella se diera cuenta. Esa noche no durmió, pensando en el descubrimiento que había hecho y en su vida de arriba: eran tan diferentes.

Al día siguiente, Cam le ofreció enseñarle a leer; aceptó encantada. Semanas después ya leía libros ávidamente y se olvidó por completo de que era una prisionera.

Después de algunos meses, Daniela se reunió con la junta de los mayores, quienes le explicaron que su estilo de vida estaba en peligro porque, a diferencia de arriba, no se controlaba la natalidad, por lo que su población crecía sin medida y estaban por quedarse sin comida y sin espacio. Por eso, desde hacía varios años habían planificado tomar el mundo de arriba y necesitaban a alguien como ella para que no llamara la atención.

El plan era eliminar a los líderes y verter en el agua una sustancia en la que habían trabajado sus científicos, que convertiría a toda la población en seres humanos comunes y corrientes, sin la perfección estética a la que estaban acostumbrados; entonces ellos podrían subir y mezclarse.

Daniela aceptó sin pensarlo mucho. Sabía que la vida de la superficie no hacía feliz a nadie y que muchos, como ella, que no eran perfectos, sufrían demasiado. Los espejos ya no iban a ser los jueces que definirían quién merecía vivir y quién no.

Eliana Soza Martínez nació en Potosí, Bolivia. Es comunicadora, escritora, editora y gestora cultural. Publicaciones: Seres sin Sombra (2018). Encuentros/Desencuentros (2019), Monstruos del Abismo (2020), Pérdidas (2021), Luz y Tinta (2022), Acuarelas (2023), Umbrales (2023), Cuéntame, libro infantil interactivo (2023), El fuego que habita en nosotras (2024), Cadena de Sangre y Muerte (2024). Sus cuentos fueron publicados en más de cien revistas literarias y antologías de Bolivia, Argentina, Chile, Perú, Venezuela, Colombia, Guatemala, Costa Rica, República Dominicana, México y España. Algunos de sus textos fueron traducidos al polaco y al alemán.



miércoles, 31 de diciembre de 2025

SOLO PARA TI

 Jo Neels

 

En raras ocasiones, Su Alteza Real de Gran Corazón reparte cumplidos, como cuando su apetito monstruoso ha sido satisfecho.

—Nunca quise cuatro —masculla mientras se mete en la boca el último trozo de pastel—, me habría conformado con uno. —Me señala con un dedo nudoso—. Solo tú.

Las palabras rebotan en la sala del trono de mármol y escapan por las antorchas a través de los altos vitrales rojos de las paredes laterales. Afuera oigo al viento aullar alrededor de la cima de la Montaña Yerma, pero dentro predominan los sonidos babosos de la reina, que lame mermelada de una fuente de postre casi vacía. Sobre la mesa junto a ella hay tazas, platos y bandejas vacíos, y el suelo está cubierto de esqueletos roídos de dodos asados. Su vestido de espejos está manchado de migas y sustancias pegajosas. Veo reflejados mis cabellos verdes y mis ojos rojos en los fragmentos móviles de la parte inferior del vestido y sonrío.

Soy su favorita.

La reina eructa ruidosamente y arroja el plato de loza a través de la sala. Se hace añicos contra las gruesas cabezas de mis hermanos, que discuten distraídos. Comparten un solo cuerpo, pero Su Alteza los cuenta como dos hijos, porque sacar la cabeza es la parte más difícil de un nacimiento y ella tuvo que hacerlo dos veces por ellos. Mis hermanos gimotean, se frotan sus enormes frentes y luego desaparecen rápidamente por la escalera.

La reina gruñe de placer:

—¡Un tiro magnífico! ¡Diez puntos, cinco por cada cabeza!

Mis hermanos son fuertes, pero tan estúpidos como bebés que aún babean, y nuestra madre disfruta humillándolos en público. Apoya los pies sobre un escabel de terciopelo rojo y me sonríe. La admiro, la adoro, igual que lo hacía mi padre.

Mi padre me contó una vez cómo la vio por primera vez en el campo de batalla: una criatura poderosa que arrancaba las cabezas de los soldados enemigos, partía caballeros en dos con sus afiladas garras y sorbía sus entrañas como si fueran hebras de espagueti. Se enamoró al instante.

Ojalá me pareciera más a ella. No soy tan despiadada como ella, ni tan fuerte o peligrosa como sus otros hijos, pero aun así me quiere más a mí. Ve mi potencial, dice, y yo quiero demostrarle que soy lo bastante capaz como para algún día convertirme en reina del país.

Ahora que está bien alimentada y de buen humor, aprovecho la ocasión para hablarle. Estira sus dedos arrugados y se hunde más en los cojines de terciopelo, lista para una siesta. Reúno todo mi valor.

—Madre —declaro—, quiero viajar, luchar en batallas y demostrarte mi valía. —No responde, pero su nariz se contrae apenas un instante—. He hecho todos los preparativos y puedo partir mañana por la mañana junto al Convoy Demencial, tu ejército de élite.

Sus ojos se abren de par en par, llenos de furia; las aletas de su nariz se hinchan y tiemblan; crece y adopta su verdadera forma de wendigo. Se alza como una sombra oscura sobre mí.

—¡¿Cómo te atreves?! —ruge. Los sirvientes serpiente, apostados a ambos lados de la sala, entran en pánico y, de puro terror, se tragan sus propias colas—. ¿Quieres abandonar a tu reina, a tu madre?

La sala del trono se congela, las antorchas se apagan y una niebla oscura se acumula alrededor de la reina. Mi garganta se pega, mis extremidades quedan adheridas a las losas de piedra bajo mis pies. No puedo apartar la mirada de sus ojos blancos y vacíos, de su boca afilada, pero aún consigo sacudir la cabeza. Pensé que estaría orgullosa, pero me equivoqué horriblemente.

Alargando el brazo arroja la mesa del banquete al otro lado de la sala, donde los platos y la pesada madera se estrellan contra la pared. Salsas marrones y rojas salpican el tapiz, la joya de la sala del trono. La escena tejida muestra la ejecución de los rebeldes que desafiaron su dominio.

Grita en la oscuridad de la sala hasta que se libera de su frustración, y luego se vuelve hacia mí con una voz más controlada.

—Me decepcionas, hija ingrata.

La vergüenza llena mi cuerpo, el odio en sus ojos me quema la piel y me encojo intentando escapar. Me aferro desesperadamente a un recuerdo feliz.

Pienso en cuando me llamó a su cámara después de que mi padre muriera, hace décadas. Me dio montañas de dulces y me abrazó bajo las pesadas mantas de su cama con dosel. Nos contamos historias durante horas y fantaseamos con gobernar juntas el país.

—¿Me quieres, mamá? —le pregunté.

—Tú, mi pequeño demonio —me susurró al oído—, tú eres la más especial. Te necesito. —Los pelos de sus fosas nasales me hacían cosquillas en la frente—. Solo tú.

Ese pensamiento me da fuerzas; es el mejor recuerdo que tengo.

Cuando Su Alteza Real decide que ya he sufrido lo suficiente, vuelve a transformarse en humana y me libera de su niebla de terror asfixiante. Examina sus manos, gira un momento el anillo de oro con el rubí rojo del tamaño de un huevo de gallina, revuelve su gigantesca melena verde y recién entonces ve cómo yazgo en el suelo, jadeando patéticamente.

—Dime ahora, pequeño demonio, ¿por qué dirías algo así? ¿Quién te metió esa idea en la cabeza? ¿Fue tu hermana, la traidora o tus hermanos, esos inútiles sin cerebro?

Niego con la cabeza; hace años que no hablo con ellos. Mi hermana se fue hace mucho tiempo, poco después de la muerte de nuestro padre. A diferencia de madre, ella no es aterradora ni monstruosa; es deslumbrantemente hermosa. Madre considera que el encanto y la belleza son cualidades menores, pero mi hermana es el monstruo más letal de los cuatro. La observé durante horas: cómo atraía a todo tipo de criaturas con su mirada devastadora, su piel azul celestial, su beso irresistible. Incluso justo antes de devorarlos enteros, permanecían en un trance de felicidad. Criatura asombrosa, mi hermana; podría haber sido la siguiente reina, como en realidad esperaba el pueblo, pero en lugar de eso nos abandonó. Resultó ser una hija ingrata, una heredera inútil.

Mis hermanos siguen aquí, pero Su Majestad suele ignorarlos, así que yo también lo hago.

—Reina Espantosa, Madre Majestuosa, ¿no quieres que aprenda a luchar por nuestro país y a adquirir experiencia en combate? ¿No necesitaré esas habilidades cuando yo misma sea reina algún día?

No me atrevo a levantar la vista, pero oigo su risa sin alegría. Me toma el mentón con sus garras para obligarme a enfrentar su mirada condescendiente y sopla un beso desde sus labios rojos hasta los míos.

—¿Por qué crees que tú serás reina?

Me quedo sin palabras, atónita. Siento las mejillas arder, tartamudeo.

—¿Por… por qué no? —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas, seguidas de otras—. Me quieres y soy tu única hija buena, así que no hay nadie más. Puedo hacerlo, madre, algún día, con algo de entrenamiento…

—Basta —ordena, y me golpea en la cara. —Mis ojos se llenan de lágrimas, pero las contengo. No debo llorar, no debo ser débil—. No necesito un sucesor —continúa—; los hijos son los ojales que mantienen unidos a los padres, pequeño demonio, para eso sirven únicamente. Por suerte, yo soy tu único progenitor, así que solo necesito una hija.

Sonríe mientras señala el enorme botón dorado cosido en el frente de su vestido de espejos. Miro el botón que mantiene su amplio pecho unido desesperadamente por unos pocos hilos delgados y pienso: ¿Solo sirvo para esto?

Los sirvientes serpiente salen de su estado de congelación y vomitan mientras sus colas reaparecen lentamente desde sus gargantas. Sus sombreros están torcidos y las cadenas alrededor de sus colas gotean saliva y veneno. Su Alteza Real los mira con desaprobación y por un momento se distrae de mí y de mi mejilla color cereza.

—Pensé que me necesitabas, madre.

Me mira con malicia.

—Tu único propósito en la vida es estar para mí. Los gobernantes de este país toman el poder, nadie se lo regala.

Sé que debo callar, pero no puedo contenerme.

—Pero tú lo recibiste tras la muerte de padre; no lo tomaste, te casaste con él.

Otro golpe certero alcanza mi rostro, esta vez con el puño del rubí gigantesco. La sangre brota del hueco que deja sobre mi ojo.

—Idiota. Tu padre era débil e incompetente, y yo le arrebaté su castillo, su título y hasta su vida. Todo el mundo lo sabe; incluso tus hermanos y tu hermana lo saben. Tú eres la única demasiado estúpida para comprenderlo. Estás exactamente donde debes estar: un paso por debajo de mí, mirando hacia arriba a tu reina, para siempre.

Ya no puedo detener las lágrimas. Lloro y veo cómo me mira con asco. Sangre y lágrimas corren por mi rostro, manchan mi ropa, salpican el suelo. Me ordena que me detenga, pero no puedo. Siento cómo mi corazón se rompe, mis entrañas se desgarran, mi piel arde. La sala del trono se da vuelta y cuelgo junto a la araña, gritando, sollozando, llorando y gimiendo hasta quedar vacía. Vacía y sola sobre el suelo de piedra.

Antes tenía tanto miedo de estar sola en este país horrendo donde gobiernan los monstruos y la vida no vale nada. Ahora por fin comprendo que siempre estuve sola. Ella tiene razón: no soy fuerte ni deslumbrantemente hermosa, pero soy leal y capaz de amar. En un país donde reina la locura, la lealtad y el amor son cualidades de un valor incalculable.

Me escabullo cuando la escarcha matinal cubre el castillo. Yo sola, sin el Convoy Demencial. El viento corta la herida abierta de mi rostro mientras desciendo de la Montaña Yerma hacia la niebla del valle.

Pude haberla asesinado, pude haberla apuñalado mientras dormía, pero no me habría dado suficiente satisfacción. Su lamento sí. El gemido desgarrador se eleva desde el castillo cuando descubre que la he abandonado. Ya había oído ese sonido antes, cuando mi hermana nos dejó; por eso sabía que esto era lo que más la heriría.

Mi hermana no resulta ser una hija ingrata; al contrario, será una reina magnífica, de eso me encargaré yo. Y algún día me vengaré: será dulce como pastelitos de mermelada pegajosa y se servirá bien fría para ti, madre, solo para tí.

Jo es una autora e ilustradora belga. O, como se describe con tanta inteligencia en su página de Instagram, es una millennial feminista, amante de la ciencia ficción y la fantasía, en crisis existencial permanente. Lo dice literalmente, y sus historias e ilustraciones suelen reflejar esas características. De niña, Jo era una rata de biblioteca y le encantaba perderse en mundos fantásticos. Ya fueran de pesadilla o maravillosos, viajaba con cada personaje principal, deseando que el mundo real tuviera algo de esa magia. De adulta, escribe sus propias historias y crea su propia magia, aderezada con un poco de pavor existencial. De modo que su obra está llena de fantasía, ciencia ficción, ansiedad, magia, terror y temas de salud mental, y sobre todo: la representa a ella y a su caótico mundo interior.

ESPECIAL MICROFICCIONES (QUINCE)