Eliana Soza Martínez
Daniela se
miraba el rostro de manera minuciosa. Las mascarillas de carbón activado, aloe
vera y otras no estaban funcionando; los poros todavía estaban abiertos y daban
a su piel una imagen descuidada. La nariz estaba bien; tal vez con el artilugio
que había comprado permanecería respingada, aunque le causara dolor. Los ojos,
perfectos, almendrados, color miel y con unas pestañas envidiables: el aceite
de coco había funcionado. Pero los dientes eran algo muy diferente: los
incisivos centrales eran demasiado grandes y anchos; los laterales, de tamaño
respetable; sin embargo, los caninos eran un desastre. Como no tenían espacio
para acomodarse, habían salido por encima de los de al lado; necesitaba una
ortodoncia o una cirugía bastante costosa. Su cuerpo también necesitaba ser arreglado:
un aumento de busto y trasero; la cintura, algo que ella podía moldear, era
perfecta. A pesar de todo, en total precisaba mucho dinero para entrar en el
canon de belleza de la sociedad y dejar de ser una paria. Tenía bastante
ahorrado en una caja de zapatos que le había entregado a su primo Gonzalo para
que la guardase, sin decirle lo que tenía dentro. Todavía le quedaban unos
meses para que se cumpla el tiempo estipulado por el gobierno para demostrar
cambios visibles en su físico y no ser exterminada.
Gonzalo, que había alcanzado la perfección, la visitaba para despedirse
porque le asignaron un trabajo de atención al cliente y su vida cambiaría
radicalmente: le entregarían un espléndido departamento y tendría un sueldo
fijo que costearía lujos y retoques en su apariencia. Daniela sentía envidia,
aunque estaba segura de que conseguiría lo que le faltaba y también iría detrás
de ese sueño. Gonzalo, como regalo de despedida, le dejó varias cajas de
cremas, aceites y otros mejunjes que ya no necesitaría. La espantosa noticia
que le dio fue que se deshizo de las demás cajas que tenía, olvidando que una
de esas le pertenecía a Daniela.
Ella se puso blanca, corrió a revisar la basura, pero los recolectores
ya habían pasado; su única esperanza era ir hasta el vertedero y buscar su
preciada caja. Al llegar ya era de noche; usó la linterna de su celular para
ver mejor y había llevado barbijo y guantes de látex para ir en la búsqueda.
Contempló las montañas de basura que se erigían en el lugar; tuvo algo de
miedo, pero su futuro estaba en esa caja. Recorrió la avenida abierta entre los
montículos y al fondo encontró uno en pleno armado y supuso que ahí dejarían lo
último que recogieron.
Cuando se aproximó, observó una sombra escurrirse por la oscuridad.
Pensó: ¿quién podría estar a estas horas en un basural? De pronto, divisó una
clara figura femenina con varias cajas en los brazos; una de ellas era la suya.
Corrió tras ella; al darse cuenta de esto, aquella sombra marchó más deprisa.
El spinning y las caminadoras le sirvieron a Daniela para no perder de
vista a la ladrona. Cuando la vio entrar a una cloaca no pudo creerlo: ¿a dónde
se dirigía? Con toda la repugnancia agazapada en su garganta continuó la
persecución. Al final, si perdía ese dinero, de todas maneras moriría; era su
única esperanza.
Al entrar a la cloaca se asombró, porque no era lo que imaginaba: no vio
ratas ni el olor era insoportable. Alguien había construido un embovedado que
no dejaba escapar los olores nauseabundos que bajaban de los baños de arriba.
El lugar estaba limpio y las paredes bajas lucían decoradas con pinturas de
texturas, colores y estilos diferentes. Por unos segundos quedó paralizada por
la belleza de las imágenes; luego recordó su dinero y siguió corriendo.
Otra sorpresa la esperaba más adelante: estantes repletos de libros en
perfecto orden. Hacía años que no sabía de la existencia de un ejemplar; los
únicos impresos de papel en la ciudad eran algunos catálogos de moda y
maquillaje. Cuando estaba a punto de tomar un libro, un golpe en la cabeza le
hizo perder el sentido.
Al despertar se vio amarrada en un lugar oscuro, con decenas de personas
a su alrededor, todas con capuchas cubriendo sus rostros. Frente a ella, la
ladrona le apuntaba con un arma.
Alguien que parecía ser la líder se acercó.
—¿Qué haces aquí abajo, linda? —le preguntó con una voz dulce.
Algo asustada explicó que venía persiguiendo a la chica que tenía una de
sus cajas. La mujer inquirió que, si era tan valiosa, por qué la había botado a
la basura. Tuvo que contar el cuento del primo, aunque sintió que no le
creyeron. Otra pregunta resonó en medio de aquel extraño lugar.
—¿Qué contiene la caja?
La sangre de Daniela se le heló en las venas; estaba segura de que
aquella gente se robaría su dinero. Tantos años de trabajo limpiando baños,
barriendo lugares públicos de noche, fueron en vano. Cuando abrieron la caja y
encontraron los billetes, se los devolvieron, al parecer porque no entendían su
valor; Daniela los contemplaba atónita. Después la luz aumentó y uno por uno se
fueron sacando las capuchas; al ver sus rostros, otra vez se desmayó.
Al despertar creyó que había tenido una horrible pesadilla, pero no
tardó en descubrir que no. Estaba echada en algo que parecía un catre y, a su
lado, solo la líder, que se hacía llamar Cam. Su rostro era feo; nunca en su
vida había visto alguien así: ojos pequeños y vivaces, nariz aguileña, piel
oscura llena de manchas y arrugas, casi sin dientes. Aunque sí tenía unos
labios delgados y rosados, sus manos también eran bellas. Entonces preguntó,
con mucha curiosidad, quiénes eran.
Cam la llevó a pasear por el lugar. Le impresionó lo que veía: toda una
ciudad debajo de la otra, pero en contraposición llena de gente fea. Otras
diferencias eran que, si arriba las calles estaban pavimentadas y llenas de
escaparates vendiendo ropa, maquillaje y artefactos para ejercitarse, abajo las
personas estaban cultivando, pintando, leyendo, haciendo música, esculpiendo,
preparando comida, riendo y bailando. No usaban dinero; el trueque era la
moneda de cambio, por eso no supieron qué hacer con los billetes de Daniela.
Preguntó, de nuevo, de dónde habían salido. Entonces Cam le contó que
ellos eran los resultados fallidos de los experimentos que realizaban arriba y
que algunas personas de buen corazón, en vez de deshacerse de ellos, los
enviaron a ese lugar. Ella era parte de las primeras generaciones y su labor
era proteger esa ciudad y a su gente; por eso no podían dejarla ir. La joven se
asustó mucho al darse cuenta de que sería una prisionera. La líder la dejó
caminando por las calles de una sola dirección.
Al ver tanta armonía y amabilidad en las personas, Daniela ya no se
concentraba en los defectos físicos de sus interlocutores. Conversó con varios
que admiraban su belleza; alguien la dibujó. Cantó y bailó con otros jóvenes.
Cuando vino Cam a recogerla, habían pasado muchas horas sin que ella se diera
cuenta. Esa noche no durmió, pensando en el descubrimiento que había hecho y en
su vida de arriba: eran tan diferentes.
Al día siguiente, Cam le ofreció enseñarle a leer; aceptó encantada.
Semanas después ya leía libros ávidamente y se olvidó por completo de que era
una prisionera.
Después de algunos meses, Daniela se reunió con la junta de los mayores,
quienes le explicaron que su estilo de vida estaba en peligro porque, a
diferencia de arriba, no se controlaba la natalidad, por lo que su población
crecía sin medida y estaban por quedarse sin comida y sin espacio. Por eso,
desde hacía varios años habían planificado tomar el mundo de arriba y
necesitaban a alguien como ella para que no llamara la atención.
El plan era eliminar a los líderes y verter en el agua una sustancia en
la que habían trabajado sus científicos, que convertiría a toda la población en
seres humanos comunes y corrientes, sin la perfección estética a la que estaban
acostumbrados; entonces ellos podrían subir y mezclarse.
Daniela aceptó sin pensarlo mucho. Sabía que la vida de la superficie no
hacía feliz a nadie y que muchos, como ella, que no eran perfectos, sufrían
demasiado. Los espejos ya no iban a ser los jueces que definirían quién merecía
vivir y quién no.
Eliana Soza Martínez
nació en Potosí, Bolivia. Es comunicadora, escritora, editora y gestora
cultural. Publicaciones: Seres sin Sombra
(2018). Encuentros/Desencuentros
(2019), Monstruos del Abismo (2020), Pérdidas (2021), Luz y Tinta (2022), Acuarelas
(2023), Umbrales (2023), Cuéntame, libro infantil interactivo (2023), El fuego que habita en nosotras (2024), Cadena de Sangre y Muerte (2024). Sus cuentos fueron publicados en
más de cien revistas literarias y antologías de Bolivia, Argentina, Chile,
Perú, Venezuela, Colombia, Guatemala, Costa Rica, República Dominicana, México
y España. Algunos de sus textos fueron traducidos al polaco y al alemán.

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