miércoles, 31 de diciembre de 2025

SOLO PARA TI

 Jo Neels

 

En raras ocasiones, Su Alteza Real de Gran Corazón reparte cumplidos, como cuando su apetito monstruoso ha sido satisfecho.

—Nunca quise cuatro —masculla mientras se mete en la boca el último trozo de pastel—, me habría conformado con uno. —Me señala con un dedo nudoso—. Solo tú.

Las palabras rebotan en la sala del trono de mármol y escapan por las antorchas a través de los altos vitrales rojos de las paredes laterales. Afuera oigo al viento aullar alrededor de la cima de la Montaña Yerma, pero dentro predominan los sonidos babosos de la reina, que lame mermelada de una fuente de postre casi vacía. Sobre la mesa junto a ella hay tazas, platos y bandejas vacíos, y el suelo está cubierto de esqueletos roídos de dodos asados. Su vestido de espejos está manchado de migas y sustancias pegajosas. Veo reflejados mis cabellos verdes y mis ojos rojos en los fragmentos móviles de la parte inferior del vestido y sonrío.

Soy su favorita.

La reina eructa ruidosamente y arroja el plato de loza a través de la sala. Se hace añicos contra las gruesas cabezas de mis hermanos, que discuten distraídos. Comparten un solo cuerpo, pero Su Alteza los cuenta como dos hijos, porque sacar la cabeza es la parte más difícil de un nacimiento y ella tuvo que hacerlo dos veces por ellos. Mis hermanos gimotean, se frotan sus enormes frentes y luego desaparecen rápidamente por la escalera.

La reina gruñe de placer:

—¡Un tiro magnífico! ¡Diez puntos, cinco por cada cabeza!

Mis hermanos son fuertes, pero tan estúpidos como bebés que aún babean, y nuestra madre disfruta humillándolos en público. Apoya los pies sobre un escabel de terciopelo rojo y me sonríe. La admiro, la adoro, igual que lo hacía mi padre.

Mi padre me contó una vez cómo la vio por primera vez en el campo de batalla: una criatura poderosa que arrancaba las cabezas de los soldados enemigos, partía caballeros en dos con sus afiladas garras y sorbía sus entrañas como si fueran hebras de espagueti. Se enamoró al instante.

Ojalá me pareciera más a ella. No soy tan despiadada como ella, ni tan fuerte o peligrosa como sus otros hijos, pero aun así me quiere más a mí. Ve mi potencial, dice, y yo quiero demostrarle que soy lo bastante capaz como para algún día convertirme en reina del país.

Ahora que está bien alimentada y de buen humor, aprovecho la ocasión para hablarle. Estira sus dedos arrugados y se hunde más en los cojines de terciopelo, lista para una siesta. Reúno todo mi valor.

—Madre —declaro—, quiero viajar, luchar en batallas y demostrarte mi valía. —No responde, pero su nariz se contrae apenas un instante—. He hecho todos los preparativos y puedo partir mañana por la mañana junto al Convoy Demencial, tu ejército de élite.

Sus ojos se abren de par en par, llenos de furia; las aletas de su nariz se hinchan y tiemblan; crece y adopta su verdadera forma de wendigo. Se alza como una sombra oscura sobre mí.

—¡¿Cómo te atreves?! —ruge. Los sirvientes serpiente, apostados a ambos lados de la sala, entran en pánico y, de puro terror, se tragan sus propias colas—. ¿Quieres abandonar a tu reina, a tu madre?

La sala del trono se congela, las antorchas se apagan y una niebla oscura se acumula alrededor de la reina. Mi garganta se pega, mis extremidades quedan adheridas a las losas de piedra bajo mis pies. No puedo apartar la mirada de sus ojos blancos y vacíos, de su boca afilada, pero aún consigo sacudir la cabeza. Pensé que estaría orgullosa, pero me equivoqué horriblemente.

Alargando el brazo arroja la mesa del banquete al otro lado de la sala, donde los platos y la pesada madera se estrellan contra la pared. Salsas marrones y rojas salpican el tapiz, la joya de la sala del trono. La escena tejida muestra la ejecución de los rebeldes que desafiaron su dominio.

Grita en la oscuridad de la sala hasta que se libera de su frustración, y luego se vuelve hacia mí con una voz más controlada.

—Me decepcionas, hija ingrata.

La vergüenza llena mi cuerpo, el odio en sus ojos me quema la piel y me encojo intentando escapar. Me aferro desesperadamente a un recuerdo feliz.

Pienso en cuando me llamó a su cámara después de que mi padre muriera, hace décadas. Me dio montañas de dulces y me abrazó bajo las pesadas mantas de su cama con dosel. Nos contamos historias durante horas y fantaseamos con gobernar juntas el país.

—¿Me quieres, mamá? —le pregunté.

—Tú, mi pequeño demonio —me susurró al oído—, tú eres la más especial. Te necesito. —Los pelos de sus fosas nasales me hacían cosquillas en la frente—. Solo tú.

Ese pensamiento me da fuerzas; es el mejor recuerdo que tengo.

Cuando Su Alteza Real decide que ya he sufrido lo suficiente, vuelve a transformarse en humana y me libera de su niebla de terror asfixiante. Examina sus manos, gira un momento el anillo de oro con el rubí rojo del tamaño de un huevo de gallina, revuelve su gigantesca melena verde y recién entonces ve cómo yazgo en el suelo, jadeando patéticamente.

—Dime ahora, pequeño demonio, ¿por qué dirías algo así? ¿Quién te metió esa idea en la cabeza? ¿Fue tu hermana, la traidora o tus hermanos, esos inútiles sin cerebro?

Niego con la cabeza; hace años que no hablo con ellos. Mi hermana se fue hace mucho tiempo, poco después de la muerte de nuestro padre. A diferencia de madre, ella no es aterradora ni monstruosa; es deslumbrantemente hermosa. Madre considera que el encanto y la belleza son cualidades menores, pero mi hermana es el monstruo más letal de los cuatro. La observé durante horas: cómo atraía a todo tipo de criaturas con su mirada devastadora, su piel azul celestial, su beso irresistible. Incluso justo antes de devorarlos enteros, permanecían en un trance de felicidad. Criatura asombrosa, mi hermana; podría haber sido la siguiente reina, como en realidad esperaba el pueblo, pero en lugar de eso nos abandonó. Resultó ser una hija ingrata, una heredera inútil.

Mis hermanos siguen aquí, pero Su Majestad suele ignorarlos, así que yo también lo hago.

—Reina Espantosa, Madre Majestuosa, ¿no quieres que aprenda a luchar por nuestro país y a adquirir experiencia en combate? ¿No necesitaré esas habilidades cuando yo misma sea reina algún día?

No me atrevo a levantar la vista, pero oigo su risa sin alegría. Me toma el mentón con sus garras para obligarme a enfrentar su mirada condescendiente y sopla un beso desde sus labios rojos hasta los míos.

—¿Por qué crees que tú serás reina?

Me quedo sin palabras, atónita. Siento las mejillas arder, tartamudeo.

—¿Por… por qué no? —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas, seguidas de otras—. Me quieres y soy tu única hija buena, así que no hay nadie más. Puedo hacerlo, madre, algún día, con algo de entrenamiento…

—Basta —ordena, y me golpea en la cara. —Mis ojos se llenan de lágrimas, pero las contengo. No debo llorar, no debo ser débil—. No necesito un sucesor —continúa—; los hijos son los ojales que mantienen unidos a los padres, pequeño demonio, para eso sirven únicamente. Por suerte, yo soy tu único progenitor, así que solo necesito una hija.

Sonríe mientras señala el enorme botón dorado cosido en el frente de su vestido de espejos. Miro el botón que mantiene su amplio pecho unido desesperadamente por unos pocos hilos delgados y pienso: ¿Solo sirvo para esto?

Los sirvientes serpiente salen de su estado de congelación y vomitan mientras sus colas reaparecen lentamente desde sus gargantas. Sus sombreros están torcidos y las cadenas alrededor de sus colas gotean saliva y veneno. Su Alteza Real los mira con desaprobación y por un momento se distrae de mí y de mi mejilla color cereza.

—Pensé que me necesitabas, madre.

Me mira con malicia.

—Tu único propósito en la vida es estar para mí. Los gobernantes de este país toman el poder, nadie se lo regala.

Sé que debo callar, pero no puedo contenerme.

—Pero tú lo recibiste tras la muerte de padre; no lo tomaste, te casaste con él.

Otro golpe certero alcanza mi rostro, esta vez con el puño del rubí gigantesco. La sangre brota del hueco que deja sobre mi ojo.

—Idiota. Tu padre era débil e incompetente, y yo le arrebaté su castillo, su título y hasta su vida. Todo el mundo lo sabe; incluso tus hermanos y tu hermana lo saben. Tú eres la única demasiado estúpida para comprenderlo. Estás exactamente donde debes estar: un paso por debajo de mí, mirando hacia arriba a tu reina, para siempre.

Ya no puedo detener las lágrimas. Lloro y veo cómo me mira con asco. Sangre y lágrimas corren por mi rostro, manchan mi ropa, salpican el suelo. Me ordena que me detenga, pero no puedo. Siento cómo mi corazón se rompe, mis entrañas se desgarran, mi piel arde. La sala del trono se da vuelta y cuelgo junto a la araña, gritando, sollozando, llorando y gimiendo hasta quedar vacía. Vacía y sola sobre el suelo de piedra.

Antes tenía tanto miedo de estar sola en este país horrendo donde gobiernan los monstruos y la vida no vale nada. Ahora por fin comprendo que siempre estuve sola. Ella tiene razón: no soy fuerte ni deslumbrantemente hermosa, pero soy leal y capaz de amar. En un país donde reina la locura, la lealtad y el amor son cualidades de un valor incalculable.

Me escabullo cuando la escarcha matinal cubre el castillo. Yo sola, sin el Convoy Demencial. El viento corta la herida abierta de mi rostro mientras desciendo de la Montaña Yerma hacia la niebla del valle.

Pude haberla asesinado, pude haberla apuñalado mientras dormía, pero no me habría dado suficiente satisfacción. Su lamento sí. El gemido desgarrador se eleva desde el castillo cuando descubre que la he abandonado. Ya había oído ese sonido antes, cuando mi hermana nos dejó; por eso sabía que esto era lo que más la heriría.

Mi hermana no resulta ser una hija ingrata; al contrario, será una reina magnífica, de eso me encargaré yo. Y algún día me vengaré: será dulce como pastelitos de mermelada pegajosa y se servirá bien fría para ti, madre, solo para tí.

Jo es una autora e ilustradora belga. O, como se describe con tanta inteligencia en su página de Instagram, es una millennial feminista, amante de la ciencia ficción y la fantasía, en crisis existencial permanente. Lo dice literalmente, y sus historias e ilustraciones suelen reflejar esas características. De niña, Jo era una rata de biblioteca y le encantaba perderse en mundos fantásticos. Ya fueran de pesadilla o maravillosos, viajaba con cada personaje principal, deseando que el mundo real tuviera algo de esa magia. De adulta, escribe sus propias historias y crea su propia magia, aderezada con un poco de pavor existencial. De modo que su obra está llena de fantasía, ciencia ficción, ansiedad, magia, terror y temas de salud mental, y sobre todo: la representa a ella y a su caótico mundo interior.

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