lunes, 5 de enero de 2026

SERVICIO DIFERENCIAL

Oscar De Los Ríos


 

 

Rogelio sabía que tendría que haber muerto a las tres y media de la tarde. Lo sabía con la certeza física de quien conoce los vencimientos de las facturas de sus deudas y está en quiebra. Sentía el alma floja, lista para desprenderse como un diente de leche. Pero eran las siete y cuarto de la tarde; el sol de febrero seguía castigando la persiana americana de plástico a punto de derretirse, y él continuaba ahí, respirando un vaho caliente que parecía sopa.

​El ventilador de pie cabeceaba con un rítmico balanceo, giraba lento, perezoso; la baja tensión del verano del 27 no le daba para más. Desde que privatizaron la distribución barrial y liberaron las tarifas por zona de "riesgo de inversión", en Villa Lugano, el generador de la compañía eléctrica parecía funcionar a vela.

​Desde la cocina-comedor, separada apenas por una pared de Durlock que dejaba filtrar hasta los pensamientos, llegaban los murmullos de su familia. No discutían por desamor, sino por logística.

​—¿Todavía nada? —preguntó su yerno; con la impaciencia nerviosa de quien tiene el taxi esperando con el reloj corriendo.

—Sigue igual, respira cortito —respondió su hija, Estela. Se notaba que estaba lavando los platos; el tintineo de la loza cachada sonaba más fuerte que los latidos del corazón de Rogelio—. Papá siempre fue de tomarse su tiempo, ya sabés.

—El problema no es el tiempo, Estela. El servicio fúnebre "Low Cost" que reservamos tiene la tarifa congelada hasta la medianoche. Y, si se muere un segundo después, nos recategorizan y también hay que pagar el "Impuesto a la Salida" que metió el ministro la semana pasada. ¡No llegamos, negra! ¡No llegamos!

​Rogelio quiso gritarles que él hacía lo posible, que estaba empujando hacia afuera con todas sus fuerzas, pero el cuerpo es un burócrata obstinado. Cerró los ojos. La culpa le pesaba más que la agonía. Morirse fuera de horario era un lujo que su jubilación mínima no podía costear.

​A unos quince kilómetros de allí, en la estación Leandro N. Alem de la línea B de subte, la Muerte resoplaba.

 

​La Muerte –División Sudamérica, Zona AMBA– vestía un traje de oficinista color gris topo, con los codos brillosos por el desgaste y una camisa que alguna vez fue blanca y ahora tenía el tono amarillento de los expedientes viejos. No llevaba la guadaña, ni la túnica negra de terciopelo. Esos eran insumos importados que habían quedado retenidos en la Aduana por falta de dólares y trabas a las SIRA.

​Hacía unos meses, un funcionario entusiasta del Ministerio de Desregulación le ofreció un reemplazo de industria nacional: una motosierra marca "Libertad", remanente de la campaña del 23.

—Es más eficiente, señora. Corta de raíz y hace ruido, para que sepan que llegó —le había dicho, guiñándole un ojo.

​Pero ella se negó rotundamente. Tenía sus principios. La muerte debía ser un rito de paso, un silencio final, no una poda ruidosa y sucia de ramas secas. Además, la nafta estaba impagable. Así que ahí andaba, sin sus atributos legendarios que le habían forjado un aspecto temible en el pasado, reemplazados por un vergonzante maletín de cuero sintético descascarado, sudando como un vendedor de colectivo en hora pico.

​Miró el reloj pulsera, un Casio digital con la malla de goma cortada y pegada con La Gotita. Las siete y veinte.

​—La puta madre —masculló. Su voz no era de ultratumba, sino de fumadora de tabaco armado—. Voy a llegar tarde al de Lugano.

​ ​La estación era un horno. Una bofetada de calor subía desde los túneles, anticipando lo peor: el aire acondicionado de los vagones no funcionaba desde la "Gran Desregulación del Transporte" del 25, cuando se decidió que el frío era un bien de mercado y no un derecho del pasajero. La Muerte intentó pasar la tarjeta SUBE por el molinete. El lector emitió un pitido agónico y mostró una luz roja: Saldo Insuficiente.

​—¡No me jodas...! —gritó, golpeando el aparato—. ¡Soy la Muerte, carajo! ¡Soy el final inexorable!

—Atrás de la línea amarilla y cargue saldo, señora, que acá no hay privilegios de casta —le gritó un empleado de seguridad privada desde la garita, sin levantar la vista del celular.

​La Muerte buscó en los bolsillos. Tenía apenas unos billetes de mil pesos con la cara de San Martín. Suspiró, emanando un vaho frío que, por un segundo, alivió a la viejita que tenía pegada a la espalda. Después comprendió que, por más que protestara, no conseguiría nada, y se corrió a un costado, fingiendo que buscaba otra tarjeta. Pasaron varios pasajeros y, cuando el guardia se distrajo mirando un video de TikTok, saltó el molinete y se metió a los empujones en el vagón que llegaba, atestado de gente.

​El subte la escupió en la estación Juan Manuel de Rosas. Villa Urquiza ardía bajo el cemento. Tenía que combinar con el ferrocarril, pero un cartel luminoso pintado con aerosol anunciaba: SERVICIO SUSPENDIDO. NO HAY PLATA.

​No le quedaba otra que el colectivo. Caminó las tres cuadras hasta la parada del 114. La fila daba vuelta la esquina. La gente esperaba con esa resignación bovina que los argentinos habíamos perfeccionado tras décadas de crisis cíclicas; pero, en los últimos tres años, ya íbamos solos al matadero.

​Mientras esperaba, el celular le vibró de nuevo. No fue el zumbido corto de un cliente habitual. Fue una alarma estridente, un tono de "Prioridad de Estado". En la cola se escucharon murmullos de desaprobación. La muerte pensó que empezaban a despertar, pero no, le pidieron que baje el tono de notificación. Sacó el aparato con dificultad. La pantalla parpadeaba con luces azules y blancas:

​>> ALERTA PRESIDENCIAL - NIVEL 1 <<

Cliente: "CONAN V" (Clon Genético - Gabinete Canino).

Causa del deceso: Indigestión por bife de Wagyu A5 (Exceso de marmoleado).

Ubicación: Residencia de Olivos - Sala de Juegos Climatizada.

Asignación: Escuadrón de Querubines Motorizados y traslado en Carroza de Fuego.

​La Muerte sintió una arcada que no tenía nada que ver con el olor del asfalto caliente. Soltó una risa seca, un graznido amargo que hizo que unas señoras se persignaran.

​—¡Mirá vos! —masculló—. Al picho le mandan la escolta de querubines porque se empachó con carne japonesa de quinientos dólares el kilo. Y al pobre Rogelio, un cristiano que laburó cuarenta años en una metalúrgica, lo tengo que ir a buscar yo, colada en el 114 porque no me cargaron la SUBE.

​ Ahí estaba la famosa teoría del derrame en su máxima expresión, pensó con amargura. Siempre le habían dicho que si el plato de los ricos se llenaba, eventualmente desbordaría hacia los de abajo. Pero la realidad era otra, mucho más cruel y grotesca.

Se imaginó la escena: los dueños del banquete sentados a la mesa, atiborrándose, y sus mascotas –esos perros clonados con rango de ministro– comiendo de platos de oro sobre el mantel. Abajo, tirados en el piso frío, los pobres esperaban con la boca abierta. Pero no caía nada. Ni una miga.

Porque el plato nunca rebalsaba. Cuando estaba por llenarse, el rico simplemente se compraba un plato más grande, o se llevaba el banquete a otra parte, a una isla paradisíaca donde nadie pudiera ver cuánto había en la mesa.

​El colectivo llegó veinte minutos después.

—¡Al fondo que hay lugar! —gritó el chofer—. ¡Circulen, que la libertad es movimiento!

​La Muerte se subió por la puerta de atrás a los empujones y quedó apretada contra el respaldo del último asiento doble.

—Libertad las pelotas —pensó—. La única libertad que le queda a esta gente es la de elegir en qué parada se bajan a sufrir.

 

En el departamento de Lugano, la atmósfera se había vuelto irrespirable. No solo por el calor, sino por el miedo financiero.

Rogelio escuchó el timbre del teléfono fijo. Nadie llamaba al fijo salvo los acreedores o las estafas virtuales. Atendió su hija.

​—Sí... sí, habla la hija. ¿Cómo? —Hubo un silencio helado—. No, por favor, no nos diga eso. Mi papá está... está en proceso. Sí, ya sé que la reserva de la sala velatoria vencía a las ocho. Pero es el tráfico, seguro. ¿No nos pueden mantener el precio? ¿En bonos del Tesoro?

—Andá haciéndote a la idea, Negra. No podemos con todo: el impuesto a la salida, la sala velatoria y el cajón. Vamos a tener que vender la…

—¡No! Ni siquiera lo pensés, Goro —lo interrumpió Estela. Llevaban años haciendo malabares con la economía para no venderla: Rogelio no se la podía llevar cuando Ella llegara. Al final la pobre muerte tenía siempre la culpa de todo.

​Rogelio sintió una lágrima rodar por su mejilla, perdiéndose en la almohada húmeda. Quería morirse ya. Quería dejar de ser un pasivo en el balance contable de su familia. Intentó dejar de respirar por su cuenta, forzar la maquinaria, pero su corazón, un motor viejo pero noble, seguía bombeando con una terquedad idiota.

​—Me cortaron —dijo Estela, entrando a la habitación con los ojos rojos—. ¡Papá...! —le dijo agarrándole la mano, la misma que tomaba con tanto cariño para ir a la calesita los domingos—. ¡Papá, escuchame, por favor! Si podés... si te queda algo de fuerza... ¡Soltá! ¡Soltá ahora! Si pasamos de las doce, nos cobran el día entero de mañana y perdemos la seña del cajón. —El agobio por las deudas no le dejó espacio para unas palabras de cariño.

​Rogelio apretó la mano de su hija. Estela miró el techo manchado.

 

La Muerte se bajó del 114 a unas diez cuadras del monoblock de Rogelio. El colectivo no entraba al barrio porque "no era zona rentable" para la empresa concesionaria. Además, hacía tres meses habían sacado el subsidio: no era justo que el transporte lo financiara la “gente de bien”. Las calles estaban casi a oscuras; el mantenimiento de las luminarias públicas no se hacía desde el año anterior, ya que el gobierno recortaba por todos lados para pagar un vencimiento del FMI.

​Al pasar frente a una ventana abierta, el resplandor azulado de un televisor iluminó brevemente la vereda rota. Desde adentro, la voz del presidente atronaba con su promesa eterna:

—En cuarenta años seremos potencia, sus hijos se los agradecerán.

​Lo entrevistaba Joni Vale, el periodista exclusivo que jamás hacía preguntas comprometidas; un silencio que cotizaba a diez mil dólares la entrevista.

El presidente recién llegaba de su vigésimo viaje anual. Esta vez había ido a Angola, rascando el fondo de la olla en busca de algún préstamo en dólares.

La Muerte siguió caminando, ignorando la pantalla. En otro momento se hubiera detenido a lanzar una puteada, pero ahora era un lujo que no podía darse: Rogelio la estaba esperando.

​Llegó al edificio: monoblock 14, escalera B. El portero eléctrico estaba arrancado, pero, por suerte, la puerta de entrada estaba trabada con una piedra. Empujó y entró al palier. El ascensor, por supuesto, tenía un cartel: FUERA DE SERVICIO. CONSORCIO EN QUIEBRA.

​Empezó a subir los escalones de cemento alisado. En el cuarto piso tuvo que parar a tomar aire. Se aflojó la corbata. Sentía las rodillas crujir. La eternidad pesaba, pero la desidia estatal pesaba más. Miró el reloj: 23:45.

—Aguantá, Rogelio. Estoy llegando —dijo, apurando el paso, subiendo los escalones de a dos.

​Llegó al sexto piso con el corazón –o lo que tuviera en el pecho– galopando. Tocó la puerta. Tres golpes secos que anunciaban su llegada: Autoridad, Solemnidad, Puntualidad.

Lanzó un suspiro al recordar cuando su presencia era esperada con temor y respeto, y no como un mero alivio económico.

​—¿Quién es? —preguntó una voz masculina, temblorosa, desde adentro.

—Correo Argentino —mintió la Muerte. Si decía la verdad, capaz no le abrían por miedo. A pesar de que sabían a quién se iba a llevar, algunos no querían recibirla. Tal vez este no fuera el caso, pero no se podía arriesgar. Unos minutos de vacilación, y todo el esfuerzo que había hecho sería inútil.

Con un chirrido de bisagras faltas de aceite, se abrió la puerta. El yerno asomó la cabeza. Al ver el traje gris y la cara de trasnoche de la visitante, frunció el ceño.

—¿Correo? A esta hora no repar… —El hombre se detuvo al ver los ojos de la recién llegada. Eran unos ojos antiguos, insondables, profundos como los del usurero que prestaba al ciento treinta por ciento mensual—. ¡Ah! Sos vos.

—Sí. Disculpen la hora. El 114 venía hasta las manos. ¿Dónde está Rogelio?

—Al fondo. Pasá rápido, por favor, que estamos al límite —dijo el yerno, mirando su reloj—. Faltan diez minutos.

​La Muerte atravesó el pasillo y entró a la habitación. Estela estaba sentada al borde de la cama, abanicando a su padre con una boleta de luz, ambas vencidas. Al ver entrar a la figura del traje gris, soltó un sollozo… de alivio.

​La Muerte se acercó a la cama. Rogelio abrió los ojos. Estaban vidriosos. Al ver a la Muerte, no sintió miedo. Sintió solidaridad. Vio el cansancio en los hombros de ella, la suela gastada de los zapatos, la mancha de grasa en la solapa.

—¡Perdón señora! —susurró Rogelio con un hilo de voz—. Por hacerla venir hasta el culo del mundo.

—Es mi laburo, Rogelio —respondió La Muerte, sacando una planilla arrugada y una birome Bic mordida del bolsillo—. El tema es que la logística está complicada. ¿Estás listo?

Rogelio asintió apenas.

—¿Duele?

—Menos que vivir con la jubilación mínima —aseguró ella.

​La Muerte miró su reloj Casio: 23:56.

—Bueno, vamos a hacerlo rápido que si no el sistema me lo pasa como fecha de mañana y es un lío administrativo.

​Apoyó una mano sobre la frente y, al contacto, Rogelio sintió una sensación de alivio que le trajo paz; una sensación que ya había olvidado. La Muerte empezó a tirar. No fue un tirón suave y etéreo como en las películas de antes. Fue un trabajo manual, forzoso. El alma de Rogelio estaba pegada al cuerpo por la costumbre y el miedo a que la arrancaran; como una etiqueta puesta sobre otra remarcando el precio.

—Colaborá, Rogelio, soltá el envase —masculló.

​Rogelio exhaló un último suspiro, un sonido seco, como una bolsa de papel que se rompe. Y entonces, se aflojó. El peso de los años, de la inflación, de las deudas y de la artrosis desapareció. La Muerte sostuvo esa pequeña luz grisácea entre sus manos un segundo. No brillaba mucho; era el alma de un laburante, opaca por el desgaste. Con un movimiento práctico, sacó un frasco de mermelada vacío del maletín, metió el alma adentro, cerró la tapa y le pegó una etiqueta con el número de CUIL.

​—Listo —dijo, guardando el frasco junto a otros dos que tintineaban en el fondo del bolso.

​El yerno miró el reloj digital de la mesa de luz. Los números rojos marcaban 23:58.

—¡Entró! —gritó, sin poder contenerse—. ¡Estela, entró en el día! ¡Congelamos las tarifas!

​Estela se tapó la cara con las manos y rompió a llorar sobre el pecho inerte de su padre. Lloraba porque su papá se había ido, pero en el fondo de su llanto, en ese lugar oscuro que nadie admite, lloraba de gratitud porque no iban a tener que vender la heladera para pagar el entierro.

​La Muerte completó el formulario y le extendió el duplicado al yerno.

—Acá tenés el certificado provisorio. Con esto tramitás la baja en ANSES. Hacelo rápido porque si no te ponen una multa a la existencia presunta.

—¡Gracias! ¡De verdad, gracias! —dijo el hombre, dándole la mano con efusividad.

​La Muerte asintió y salió de la habitación. No hubo luces blancas, ni coros celestiales, ni túneles. Solo el sonido de la tele del vecino. Bajó los seis pisos por la escalera a oscuras. Al salir a la calle, el aire de la noche la golpeó con una ráfaga de calor húmedo. Caminó las diez cuadras hasta la parada del colectivo con un aire de cierta esperanza: tal vez todo no estaba perdido.

​El celular le vibró de nuevo.

>> SERVICIO COMPLETADO. CLIENTE "CONAN V" INGRESADO CON ÉXITO AL SECTOR VIP. TIEMPO DE GESTIÓN: 12 MINUTOS. <<

​La Muerte miró la pantalla y luego miró hacia la avenida. A lo lejos, vio las luces del 114 acercándose. Venía lleno. Iba a tener que viajar parada de nuevo.

​Suspiró, se ajustó el nudo de la corbata, pensando que, a este ritmo, iba a tener que pedir un crédito para comprarse unas zapatillas cómodas. Porque en el 2027, hasta para morirse había que tener paciencia; y para llevarse el alma de un trabajador, había que tener buen estado físico.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

SENSITIVITY READER

Silvio Sosio

 

La mujer avanzó y entró. La sala de espera era austera y transmitía una sensación de frío, a pesar de los cuadros coloridos colgados en las paredes, que reproducían portadas de libros. Libros que, honestamente, nunca había oído mencionar, aunque eso no tenía nada de extraño. Con una amplia sonrisa estampada en el rostro se acercó al escritorio donde la aguardaba un empleado. A pesar de ser pequeña y menuda, ya algo entrada en años, se movía con exuberancia.

—¿Qué desea? —preguntó el secretario.

—He sido convocado por el editor. Me llamo Asimov, Isaac Asimov.

El secretario observó a la mujercita con una mueca perpleja.

—¿Usted es Asimov?

—Me dijeron que no era posible elegir y me asignaron este cuerpo.

El secretario arqueó una ceja.

—Está bien, siéntese allí y espere su turno.

Asimov se sentó. Al poco rato la puerta de entrada se abrió y entró un joven de proporciones claramente abundantes. Vestía ropa gastada, pero se comportaba como si llevara un traje de diseñador. Habló con el secretario y fue invitado a sentarse. Se acomodó lo más lejos posible de Asimov, lanzándole apenas una mirada de suficiencia.

De pronto la puerta del despacho se abrió y salió un hombre de piel oscura, visiblemente alegre, que saludó al secretario y se dirigió hacia la salida. El secretario miró a Asimov.

—Adelante, vamos, le toca a usted.

Asimov entró. Era una habitación aún más fría y gris que la anterior. En lugar de portadas, las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de carpetas. Detrás de un amplio escritorio de madera maciza había una mujer de mediana edad que escribía en una computadora portátil.

—Siéntese, señor Asimov —dijo sin levantar la vista.

—Doctor.

—¿Cómo? —levantó la mirada. Era fría como el hielo, y Asimov no pudo evitar un escalofrío al encontrarse con ella.

—Doctor Asimov. Soy licenciado en química.

—Sí, como quiera. Un momento y termino.

Asimov permaneció inmóvil. Se sentía incómodo, algo que le ocurría muy pocas veces. Se preguntó si el hecho de haber sido encarnado en el cuerpo de una mujer debilitaba de algún modo su personalidad, pero descartó la idea. Era un pensamiento machista, y él había superado esas cosas, se dijo.

Finalmente la mujer dejó de escribir.

—Bien —dijo, volviendo a mirarlo—. Doctor Asimov, ¿sabe dónde se encuentra, cuándo se encuentra y, sobre todo, por qué?

—Me lo explicaron a grandes rasgos —respondió Asimov—. Estoy en el futuro, he sido traído de vuelta de la muerte para discutir algún asunto editorial.

La mujer hizo una mueca leve.

—Más o menos. Yo soy la directora del departamento legal de HPMD, la editorial que publica sus libros.

—Yo era publicado por Doubleday.

—HPMD significa Hachette Harper Penguin Macmillan Doubleday. Hubo algunas fusiones. ¿Puedo continuar?

Levantó las manos.

—Por favor, adelante.

—Entonces: no está en el futuro, sino en el presente, obviamente, el año 2076. No ha sido traído de vuelta de la muerte. Se entrenó una inteligencia artificial utilizando todos sus escritos para recrear su personalidad. Sin embargo, como las personalidades humanas son más coherentes dentro de un cuerpo humano, la IA fue insertada en el cuerpo de una persona fallecida. Solo podemos usar personas muertas desde hace menos de veinticuatro horas, así que las opciones son limitadas, lo siento.

—No importa, es una experiencia interesante estar en el cuerpo de una mujer.

—¿Así puede tocarse el trasero usted mismo?

—¿Disculpe?

—¿No era usted famoso por esa manía de manosear a todas las mujeres que conocía? Incluso escribió un manual al respecto.

—Sí, es cierto —Asimov bajó la mirada—. Pero me arrepentí, después de una experiencia directa. Una vez Alfred Bester me abrazó; lo hizo con afecto, pero yo me sentí indefenso, y comprendí el daño que había causado con mi comportamiento. Debo haberlo escrito en algún lugar.

—Es evidente. Si no lo hubiera escrito, no lo recordaría. En fin, sigamos. Estamos aquí porque debemos revisar juntos algunos pasajes de sus libros.

Asimov echó la cabeza hacia atrás, perplejo.

—¿Revisar? Pensé que querían renovar algún contrato o algo por el estilo.

La directora lo miró con impaciencia.

—Doctor Asimov, usted murió en 1992, sus derechos ya han expirado.

—Ah. ¿Y de qué morí?

—De sida. Mucha gente murió de esa enfermedad en su época, sobre todo homosexuales.

Asimov se sonrojó.

—¿Homosexuales? Usted no pensará que yo…

—Me importa muy poco, pero sé perfectamente que usted no lo era, quédese tranquilo.

—De acuerdo, de acuerdo, por supuesto que no; aunque no habría habido nada de qué avergonzarse, en cualquier caso, discúlpeme, en mis tiempos…

—Sí, está bien. En cualquier caso, seguimos publicando sus libros, que por razones que no comprendo siguen siendo leídos; sin embargo, hay algunas cuestiones que, según nosotros, deberían adecuarse a la sensibilidad moderna, ¿me entiende? En el pasado hicimos revisiones de este tipo y hubo críticas porque modificamos libros sin el consentimiento del autor fallecido. Así que ahora, antes de hacerlo, “resucitamos” al autor y le pedimos permiso.

—Me parece una forma de proceder muy correcta. ¿El señor que estaba antes que yo también era escritor?

—¿El negro? Sí, se llama Roald Dahl. Escribía cosas para niños. Prácticamente nos dio permiso para hacer lo que quisiéramos con sus libros, con tal de que le levantáramos una estatua en su país natal, un lugar horrible en Gales.

Asimov suspiró profundamente, tratando de adaptarse a la idea.

—Revisar mis textos. De acuerdo, supongo que se tratará de detalles machistas, o de body shaming, o cosas por el estilo. No tengo problema, al contrario, me alegra. Si en algo no estoy de acuerdo, lo dejarán como está, ¿verdad?

—O entrenaremos otra IA intentando que sea más complaciente y nos volveremos a ver.

Asimov tragó saliva.

—Está bromeando, ¿verdad?

—No. Usted es la decimoctava versión de Asimov con la que me reúno.

Asimov abrió los ojos de par en par, pero la mujer sonrió con ironía.

—Sí, bromeaba, doctor Asimov. Usted es el primero, y no habrá otros, al menos durante algunos años. Simplemente, si no llegamos a un acuerdo dejaremos de publicar sus libros. Tal vez entrenemos una IA para escribir otros similares, pero dejaremos en paz su legado. ¿Contento?

Asimov se acomodó en la silla.

—Bien.

—De todos modos, no —continuó la directora—. Nada de machismo, racismo ni cosas por el estilo, ya hemos superado eso; nuestra sociedad ya no se deja condicionar por esas ideas… ¿cómo las llamaban? ¿gender? ¿woke? Siempre las confundo. Tonterías de hace décadas. A nosotros nos interesan las cosas verdaderamente importantes. Por ejemplo: en la página 49 de Foundation, usted llama al rey de Anacreon “su alteza”. Ser alto va contra la moral pública: cuanto más bajo se es, menos espacio común se ocupa. ¿Podemos cambiarlo por “su bajeza”?

La reunión se prolongó durante una buena hora, y para Asimov fue una tortura. Pero aceptó todos los cambios, incluso los más absurdos: lo único que le importaba era que sus libros siguieran siendo leídos, y si al editor le parecía correcto eliminar toda referencia a las orejas y hacer que el cabello de Arkadia Darrell fuera violeta porque así lo exigía la decencia pública, que así fuera.

Cuando salió estaba exhausto. El jovencito obeso (no, ni siquiera debo pensarlo, se corrigió mentalmente; aunque quizá en esta época les daba igual) se levantó erguido, se alisó la chaqueta y lo miró con un dejo de disgusto.

Desde el despacho llegó la voz ácida de la directora:

—Vamos, haga pasar a ese Ian Fleming, así terminamos por hoy.

Asimov echó una última mirada a las portadas, preguntándose quiénes podrían ser esos grandes escritores del futuro, y se dirigió hacia la salida.

 Silvio Sosio nació en Milán, Italia, el 5 de octubre de 1963. Es un periodista, editor y antólogo. Su actividad en el campo de la ciencia ficción comenzó en la década de 1980 con el fanzine La spada spezzata (ganador del Premio de la European Science Fiction Society al mejor fanzine europeo de ciencia ficción en 1986). En 1994 fundó, junto con Luigi Pachì, la revista en línea Delos Science Fiction. En 1996 fundó el portal Fantascienza.com. Entre 1999 y 2020 ganó diez veces el Premio Italia. Desde 1993 se dedica a la difusión de la ciencia ficción por vía telemática, primero en el mundo de las BBS con la conferencia dedicada al fantástico Fantatalk en la red OneNet (que sobrevivió hasta 2003 en la Rete Civica Milanese). Además de su actividad periodística, Silvio Sosio también ha escrito algunos relatos, uno de los cuales, “Ketama”, ganó el premio Courmayeur en 1996 y se publicó en Italia y Francia, mientras que otros se han publicado en Urania.

 

LA EPIDEMIA

Martin Auer

 

Después de que por fin se hubieran superado el cólera y el tifus, y de que se acabaran de eliminar las consecuencias del último terremoto, nuestra ciudad fue asolada por una plaga de niños. Nadie sabía con certeza de dónde venían. ¿Salían arrastrándose de las cloacas o los escupían los bosques? En pocos días, la ciudad quedó inundada por hordas de niños sin dueño. Había niños de todas las edades: mocosos con la nariz sucia que fumaban colillas de cigarrillos, pequeñines que apenas balbuceaban sus primeras palabras… Los mayores cargaban bebés a la espalda o llevaban a los más pequeños de la mano; algunos llegaban en grupos de una docena o más, aferrándose unos a otros por el faldón de la ropa. Inundaban las calles y las plazas de la ciudad, se agazapaban en portales y bajo los aleros, se arrastraban por el césped de los parques, sitiaban los surtidores públicos y también los baños. Aunque casi no gritaban, su mera masa llenaba las calles de un zumbido y un estruendo constantes; su deambular y correr desordenados, su manera absorta de agazaparse en los lugares más inverosímiles hacía intransitables las aceras. Aquí avanzaban en círculo, tomados de la mano y guiados por una niña mayor, saltando de vez en cuando sobre una sola pierna o dando suaves palmadas; allí estaban sentados, apiñados formando nudos, trenzándose mutuamente, con silenciosa concentración, con cintas sucias en el cabello. Algunos empujaban una piedra de un lado a otro según reglas incomprensibles, con una mano atada a la espalda; otros jugaban a un juego en el que se daban entre sí, en rápida sucesión, un cierto número de golpes en distintas partes del cuerpo; o bien, con pequeños cuchillos, picoteaban velozmente de un lado a otro entre los dedos separados de la mano apoyada en el suelo.

Todos los intentos de establecer contacto con los niños fracasaron. Parecían no entender lo que se les decía ni estar interesados en hacerse entender. Y sin embargo, lo que se podía captar de sus gritos y de sus canciones de juego parecía estar compuesto por palabras de nuestra lengua, aunque nadie lograra comprender nada coherente.

Los niños se dejaron conducir sin dificultad a alojamientos habilitados con rapidez por los funcionarios de los orfanatos municipales y de los servicios de protección infantil, a quienes en un primer momento se había encargado el problema. Sin embargo, el hospital y la cárcel pronto se vieron desbordados, lo mismo que las escuelas y los salones parroquiales, ya que la cantidad de niños, que aumentaba constantemente, no podían ser vigilados en absoluto y salían de los alojamientos casi tan rápido como se los hacía entrar. Pronto también se involucró a la policía, cuya impotencia se hizo evidente con rapidez. En el estado mayor de crisis que se formó apresuradamente se incluyó asimismo a los bomberos y al mando militar local. Se vigilaron las vías de acceso, el río y los canales, ante todo para impedir la llegada de nuevas masas de niños. Incluso se activó la vigilancia del espacio aéreo. A pesar de todo, seguían infiltrándose continuamente nuevos grupos de niños. Cuando las unidades del ejército expulsaban a un grupo en las afueras de la ciudad, otro entraba por detrás.

Al principio, los ciudadanos aún salían con pan y leche entre la multitud infantil para alimentarlos. Al comienzo incluso algunas mujeres acogieron niños en sus casas para integrarlos en sus familias. Más tarde, sin embargo, la gente se encerró en sus viviendas; algunos incluso se atrincheraron de manera sistemática para mantener la plaga fuera.

Los niños, que antes apenas habían sido impertinentes, más bien tímidos, fueron empujados ahora, por su sola cantidad, de las calles a los jardines delanteros; y si se abría una puerta de una casa, era casi imposible volver a cerrarla sin que uno o dos niños ya estuvieran agazapados en el vestíbulo.

Los ciudadanos apenas podían seguir con su trabajo. El tráfico quedó completamente paralizado; el mercado semanal tuvo que suspenderse porque todo lo comestible era tomado en silencio de inmediato por los niños y devorado.

Circulaban todo tipo de teorías sobre el origen de la plaga infantil, pero ninguna pudo confirmarse. No se pudo averiguar si huían de una catástrofe natural, de una guerra o de una guerra civil; si habían sido abandonados por sus padres o enviados por una potencia enemiga para preparar la ciudad para una conquista; o si se trataba de una nueva raza surgida por mutación, que se reproducía en estado infantil.

Tras dos o tres semanas, el fenómeno desapareció, tan inexplicablemente como había comenzado. Solo de forma aislada se encontraron restos de la multitud infantil en tuberías de alcantarillado, bajo puentes o en baños públicos. Pronto la ciudad quedó completamente limpia de ellos.

Solo después de algún tiempo comenzó a notarse una creciente inseguridad entre los ciudadanos. Ninguno de nosotros podía decir con convicción si los niños que habían quedado en nuestras casas eran los nuestros o no.

Martin Auer nació en Viena en 1951. Cursó estudios universitarios, saltándose un año de alemán e historia y luego otro de interpretación. En su lugar, se dedicó al teatro. Durante siete años, fue actor, dramaturgo y músico en el "Theater im Künstlerhaus" (Teatro en la Künstlerhaus). Después, fundó una banda. Actuó como cantautor. Dio clases de guitarra. Se preparó para la revolución mundial (gratis). Como redactor publicitario y de relaciones públicas, difundió información exagerada, falsa y parcial (a cambio de dinero). Trabajó para periódicos. Se formó como mago. Actuó en fiestas de empresa y cumpleaños infantiles. En algún momento, incluso escribió un libro infantil, que se publicó en 1986. Desde entonces, se ha considerado un escritor y ha escrito más de cuarenta libros, aproximadamente dos tercios de ellos para niños. También ha ganado varios premios, incluido el Premio del Libro Infantil del Ministro de Cultura de Renania del Norte-Westfalia en 1990, el Premio Austriaco del Libro Infantil y Juvenil en 1994, 1998 y 2000, el Premio al Avance del Ministerio Federal de Transporte de Austria (que en ese momento también era responsable de la ciencia y el arte) en 1996, y el Premio del Libro Juvenil de la Ciudad de Viena en 1997 y 2002. Fue nominado para el Premio Alemán de Literatura Juvenil en 1997 y para el Premio Internacional Hans Christian Andersen en 1997. En 2005, se le otorgó el título profesional de Profesor por servicios a la República de Austria, que encuentra honorable pero también algo divertido. En 2016, comenzó a estudiar antropología cultural y social y se graduó en 2022 con una licenciatura en Artes. Desde 2021, colabora con  Científicos para el Futuro. Martin Auer es padre de una hija adulta, abuelo de dos nietos algo menores y padre de una hija que ya no es tan pequeña.

 

LA SANGRE DE LOS SEÑORES

Boris Mišić

 

El crepúsculo se deslizaba lentamente hacia el castillo, en lo alto de las colinas, mientras él observaba por la ventana las cumbres silenciosas y solitarias del Ben Nevis. Cada vez le costaba más respirar; los ojos lo traicionaban, la sangre se agolpaba detrás de ellos, lista para romper en cualquier momento a través del tejido y la piel. Con una mano flaca y huesuda se aferró al respaldo de la silla. La fuerza lo abandonaba. Ahora odiaba el castillo, la montaña y los lagos circundantes.

No debería haber acabado aquí, pensó, no con colinas ajenas ante mis ojos, no en esta tierra maldita. Daría cualquier cosa por volver a volar de noche sobre los oscuros y densos bosques de los Cárpatos. Lo daría todo por un solo vuelo sobre su patria.

Pero no habría vuelo, lo intuía. La fuerza se le escapaba, gota a gota.

Se desplomó en la silla; la fiebre y los escalofríos volvieron a apoderarse de él. Estuvo a punto de aullar de dolor cuando la sangre envenenada comenzó a brotarle bajo los ojos. En ese instante la puerta se abrió en silencio y en la habitación entró Desmond, su fiel sirviente. Llevaba un cáliz en las manos.

Desmond. Tantos años le había servido con lealtad, mientras él construía su imperio empresarial en aquella parte tranquila y misteriosa del mundo. Necesitaba alejarse del bullicio de Londres, Glasgow y Edimburgo. Demasiados rastros sangrientos quedaban atrás; empezaba a atraer la atención de la prensa sensacionalista, de los competidores, de Scotland Yard…

Desmond lo había cambiado todo.

Con él había levantado un imperio. Ya no tenía que morder los cuellos de las prostitutas que asaltaba en los rincones oscuros de Londres, ni chupar el rubor de ambiciosos jóvenes ejecutivos con los que primero cerraba tratos y luego los sellaba con sangre.

Ya no necesitaba hacerlo, porque Desmond, a través de sus contactos en el sistema sanitario inglés y escocés, le suministraba regularmente sangre joven y sana de donantes fuertes y poderosos. Y cuando la sangre es sana, no hay obstáculos, y a alguien de su calibre no le tomó mucho tiempo ascender hasta la cima.

Y justo cuando se encontraba en la cúspide de la fama y el poder, a punto de eclipsar a sus ilustres antepasados, justo entonces comenzó todo.

Fiebres, temperaturas altas, hemorragias atroces… Los rayos del sol lo quemaban como nunca antes; sentía que la piel se le desprendía, que se pudría por dentro, que algo más oscuro y terrible que las catacumbas bajo sus bosques natales lo estaba devorando, algo más espantoso incluso que la peste que asoló aquellas tierras cuando era joven.

Amy había sembrado la duda. Él no lo creía; se negaba a creerlo. Amy… de piel suave, flexible, de un dorado oscuro. Su amante, su esclava, su juguete obediente. ¿De dónde había sacado la idea de que Desmond lo estaba envenenando? Sabía que no se soportaban, que Amy odiaba a Desmond. Pero una cosa eran los presentimientos femeninos y otra muy distinta desconfiar de su sirviente más leal. Desmond era más que un sirviente: era su amigo. Una amistad que duraba siglos.

La primera vez que ella le propuso acudir al Funcionario de la Máquina de los Muertos, le dio una bofetada. Amy lloró en silencio y le besó la mano. Guardó silencio varios días, pero luego su lengua volvió a ser más rápida que su juicio. La segunda vez le arrancó la piel de la espalda con el látigo. Después de eso, calló.

Desmond dejó el cáliz frente a él. Sus ojos observaban con preocupación a su Señor. El Lord miró el líquido que nadaba en el recipiente. Sangre: de color pleno, joven, fuerte. En apariencia.

Quién diría, pensó, que en ese néctar tan atractivo se escondiera la muerte.

Los ojos del Lord buscaron los de Desmond, tratando de encontrar en ellos rastros de miedo, traición o deslealtad. Nada. Era un actor perfecto, pensó. Había esperado durante siglos, aprendido, observado, preparado el momento, ganándose la confianza de su Señor.

Descargaba su ira y su furia sobre Amy, dejándole moretones sangrientos por todo el cuerpo, pero ella lo perdonaba todo y lo besaba y seducía con humildad. Hasta que ocurrió algo que no había sucedido en siglos: no pudo hacerlo, y la sangre comenzó a brotar por todas partes, por todos sus orificios y órganos; la piel adquirió un tono púrpura cadavérico, los ojos le ardían tanto que sentía que iban a saltar de las órbitas. Gritaba de dolor y humillación, mientras Amy, insatisfecha y aterrorizada, temblaba sobre las sábanas ante su furia impotente.

Y así como ahora estaba sentado mirando fijamente la sangre del cáliz, así también, al día siguiente del fallido acto sexual, se sentó frente al Funcionario y su Máquina.

El Funcionario (el nombre se había establecido con el paso de los siglos; los individuos que atendían la Máquina de los Muertos cambiaban, pero el contenido y el sentido de la función no, de modo que no hacía falta un título pomposo o misterioso: Funcionario era un nombre perfectamente adecuado para todos los que utilizaban los servicios de la Máquina) no tenía nada de especial: un hombrecito bajo, algo calvo, con lentes. Anotaba algo en un papel y luego lo introducía en la computadora. Datos habituales: altura, peso, ¿ha padecido alguna enfermedad?, año de nacimiento, por favor.

—Mil ochenta y tres —respondió el Lord.

—Mil ochenta… —El hombrecito se detuvo—. ¿Cómo dice… mil ochenta y tres?

—Como se te dice, gusano. —El Lord extendió una mano enferma, azulada pero aún fuerte, y lo agarró del cuello.

Se acercó al rostro del hombrecito y sus ojos le perforaron la mente. Este oyó gritos; en su cabeza cobraron vida imágenes ancestrales: lobos corriendo en la noche, murciélagos emitiendo sonidos humanos, cabezas empaladas por miles, y una risa horrible y siniestra brotando de labios muertos… y de pronto todo desapareció.

—Sí, sí, por supuesto, como usted diga —balbuceó el hombre.

Introdujo los datos. El Lord se cortó el pulgar y dejó caer unas gotas de sangre en la Máquina del Funcionario. Durante unos segundos todo giró, y luego la Máquina arrojó el resultado.

El hombrecito palideció. Y el Lord también. La Máquina nunca se equivocaba.

—Morirá porque consume sangre infectada con ébola.

El Lord aulló con la voz de un ancestral lobo de los Cárpatos y lanzó el cáliz directamente contra la cabeza de Desmond. Desmond trastabilló por el impacto, y el Lord reunió sus últimas fuerzas en un salto y en un instante estuvo sobre él; sus colmillos cortaron las arterias del cuello del sirviente y sintió una oleada de pasión mientras bebía la sangre caliente de la víctima, que aún se debatía. Hacía demasiado tiempo que no cazaba seres humanos y comprendió cuánto placer le había negado Desmond y cuán ciego y acomodado había estado al renunciar a la caza.

Pero la fuerza seguía abandonándolo. La fiebre regresó al cabo de pocos minutos; volvía a arder y a sangrar, y ni siquiera la sangre fresca del traidor le servía de ayuda. Intentó llamar a Amy, pero desistió. No quería… no quería que ella lo viera morir. Que lo recordara poderoso, no encogido en el suelo como un perro viejo y enfermo. Con voz temblorosa, a través del monitor, ascendió al sustituto de Desmond, Pistorius, a jefe de la propiedad; ordenó que las cámaras no se apagaran y que los guardias no dejaran entrar a nadie. No quería que nadie disfrutara de su caída, y menos aún los socios comerciales y esas hienas del gobierno británico. Amy sería la única que lo lamentaría.

Se quedó dormido en un sueño oscuro y enfermo. En el sueño recorría los lejanos Cárpatos, pero también ellos estaban cambiados, enfermos. Los lobos gemían y cavaban en el suelo como caballos. No había nieve ni siquiera en las cumbres más altas; un calor anormal derretía el asfalto, los árboles, todo se descomponía y se pudría. También habían desaparecido sus fieles pequeños murciélagos domésticos; en su lugar acechaban criaturas de ojos enormes y ardientes. Serpientes del largo de un autobús se arrastraban por los campos; había monos balanceándose entre los árboles… ¿monos? Todo se pudría y se desmoronaba… ¿dónde estaba? Ese no era su hogar, esos no eran…

Abrió los ojos.

—¿Los Cárpatos?

Yacía en el suelo del castillo, en un antiguo castillo escocés, pudriéndose, sangrando, deshaciéndose. Frente a él estaba Amy, pero ya no era la Amy frágil y delicada que aceptaba el látigo en silencio como penitencia. Ahora era alta, de extremidades largas, flexibles y poderosas; sus ojos brillaban con un fuego sangriento. Un mono se aferraba a su cuello, murciélagos enormes colgaban de sus brazos, y a su alrededor se arrastraban criaturas que le cortaban la respiración: mambas negras y pitones africanos. Intentó decir algo, pero la voz lo abandonó; trató de extender los brazos hacia ella, pero ya no le obedecían.

—No te preocupes —dijo ella, y su voz también era distinta: más fuerte, más profunda, más ominosa—. Pistorius apagó las cámaras, abrió todas las entradas; mi gente se ocupó de todos los que te eran leales. El pobre Desmond te era sinceramente fiel… y te daba sangre sana. Yo contraje el virus hace mucho tiempo, amor, y mi organismo lo absorbió con éxito. El tuyo no fue capaz de combatirlo. Todas esas mordidas, todas esas heridas que me hiciste… ahora sabes lo que te ocurrió. Son débiles, ustedes los vampiros europeos. Merecen morir. Son flácidos, indolentes. No cazan. Beben sangre de hospitales, comercian en la bolsa y con bienes raíces, se rodean de riqueza y lujo. Ya no son cazadores, sino parásitos. El tiempo los ha derrotado. Ahora llega nuestro tiempo. Traeré el África aquí. Todos ustedes, su continente entero, se desmoronará, del Bósforo a Aberdeen; morirán, nadarán en sangre, le rezarán a su Dios miserable para que los vuelva a castigar con la peste, porque comparada con el ébola, la peste les parecerá un evangelio. Y ahora, amor mío… —sus ojos destellaron y enormes colmillos afilados asomaron entre sus labios. —Miró al Lord, si es que aún podía llamarse Lord a la criatura que se retorcía en el suelo, gimoteando de dolor—. Aún tenemos algo de tiempo antes de que mueras.

Por un instante le abrió una ventana a su mente, y en ella vio cómo le arrancaba las correas de piel. No con el látigo. Con los dientes.

Cerró los ojos, llamando a los Cárpatos y a Desmond.

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron GateGuardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my CakeShades of EvilShades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantasticaVarios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

domingo, 4 de enero de 2026

ENCHUFOS, GOFRES Y NUDOS

Michael Haulică

 

Todo el mundo me llama Ollie. No sé por qué, porque a mí me llamo Sylvester. Todo el día los oigo: Ollie, no te olvides, el lunes a las siete. O: mañana a las seis, Ollie.

Yo soy stalker. Eso, en la jerga, significa una especie de guía. En realidad, sin mí estarían perdidos. Ninguno de los que entraron solos en el Nudo 14 volvió jamás. No sé qué demonios hacen ahí dentro para no dar con las puertas. Al fin y al cabo es sencillo. Miras hacia delante, esperas veinte segundos, das dos pasos y despiertas del otro lado. Después miras a la derecha, esperas ocho segundos y, tras medio paso, estas en otro “otro lado”.

Lo que acabo de decir no hay que tomarlo al pie de la letra, fue solo un ejemplo, porque, claro, cada vez es distinto. Pero no entiendo cómo los demás no se dan cuenta. Parecen todos unos imbéciles.

Ahora llevo a un grupo de enchufos. En lugar de quedarse, carajo, con los sockets clavados en la cabeza y los ojos en blanco, les dio por salir de paseo. Oyeron que después de la Puerta del Dragón aparece de vez en cuando un chino con unos sockets más especiales. ¡Bah! Ya una vez metí a un enchufo en un grupo y casi pierdo la clientela por cuestiones de moral. Por suerte soy el único stalker de verdad y no tienen alternativa: si quieren volver del otro lado, tienen que contratarme. Y al final, ¿estas excursiones no son también una forma de droga? ¿Cuál es la diferencia entre su necesidad-placer de viajar por las puertas más allá del Nudo 14 y las alucinaciones de los que caen en estado de postración después de meterse los sockets en la cabeza? Drogadictos, todos. Yo soy el único sano.

Podrían preguntarme por qué hago esto, de todos modos. Por qué los guío. Bueno, por un sentimiento de deber y gratitud hacia mis semejantes. Su necesidad me hace sentir útil. Conocen esa sensación, ¿no? Es maravillosa. Mi razón de ser es traer de vuelta a casa a los excursionistas. Porque ir, igual irían. Hay algo allí que los llama… No sé qué es, yo no siento esa llamada. Yo solo los llevo a donde quieren y me aseguro de que regresen. Ya les dije que solos no pueden.

Llegó la hora acordada. Son cinco, como quedamos. Nunca tomo más, me cuesta controlarlos. Las tentaciones son enormes para ellos y en cualquier momento puedo verme sorprendido por sus reacciones. Observo a mis clientes y ellos me miran con miedo; saben que les revuelvo los rincones del cerebro y les hago olvidar ciertos pensamientos. Por eso en sus miradas hay una mezcla de temor y respeto. ¡Qué ingenuos son estos chicos! Sé perfectamente que siempre descubro a los que quieren quedarse del otro lado y aun así, cada vez, les encuentro planes de fuga escondidos por todos lados. Algunos están muy bien armados, seguramente diseñados por esos canallas del Sur que cobran mucho dinero por hacerlo.

Listo. A tres de ellos ya les saqué de la cabeza la idea de quedarse. Ahora podemos irnos. Se lo anuncio y, como por orden, los cinco se colocan enchufes antiemocionales que los dejarán afectivamente inertes durante las primeras tres puertas. Reconozco el diseño y el color. ¡Yo mismo se los traje anteayer desde la Puerta Gerocco 6! Vendí cien en dos horas. Estos cinco no podían dejar pasar la oportunidad, claro.

No sé qué llevaron como moneda de cambio. Todos cargan sacos de plastimet. Creo que se enteraron de que no puedo ver a través de eso. Uno de ellos sonríe. Se dice a sí mismo: “Te la hice, Ollie”, y añade esa expresión cuyo significado no conozco y que nadie quiere explicarme. Cuando pregunto, todos estallan en carcajadas. Entonces me enfurezco y a ellos les empieza a doler la cabeza. Se la golpean contra las paredes y gritan como descerebrados. Normalmente me voy y los dejo solos. No soporto el dolor ajeno. La verdad es que vivimos en un mundo muy mal hecho, y la gente es, muchos de ellos, la mayoría, muy indefensa. A mí nunca me duele nada. Solo a ellos. ¿Por qué será?

Ya dejamos atrás tres puertas. Los cinco están alrededor mío, ¡gracias a Dios! Estamos cerca de la Puerta del Dragón. Ahora debo estar muy atento: los enchufos van a buscar al chino que vende sockets. Alguno podría equivocarse de momento al entrar.

¡Ahí está! ¡La puerta! ¡Ahora!

Esta vez hay que entrar en un charco. Está ahí. Les grito y corro detrás de ellos como si fueran gallinas. No es nada fácil. Al final consigo meterlos a todos. Si me demoraba dos segundos más, perdía la puerta. Me quedaba como un idiota en medio del charco.

Estamos en la Tierra del Dragón. Una calle estrecha y polvorienta. Puesto tras puesto frente a casas bajas pero de dos pisos. En los puestos, de todo, lo que quieras y lo que no. Ayer tuve a uno que se llenó los bolsillos de integradores de sensaciones. No era revendedor, se llevó uno de cada modelo. Cualquiera le habría servido para hacer el amor sin importar la raza de la pareja. Creo que era un maniático sexual. Debería haberlo denunciado a la policía. No lo hice. Tampoco me gustan los policías.

Consigo mantener a los enchufos dentro de mi campo. Les prometí llevarlos con el chino. Y los llevo. Él me da cien por cada cliente. Y todos van a comprarse ese socket con la toneziana… Dejar que esa mujer te vista, sentir cada milímetro cuadrado de su piel… ¡es una cosa increíble! Se los mostré anoche. Dejé que cada uno se lo pusiera una vez. Evidentemente ninguno había hecho el amor con una toneziana. Me hice rogar y al final acepté llevarlos a que se compraran uno también. Qué se le va a hacer. Yo también consigo clientes como puedo.

Ahí está el chino. En el fondo de su cerebro me hace una señal cómplice. “Sí, son estos. Cinco enchufos.” Le envío el pensamiento y se superpone a su señal. Hasta le ahorro memoria. Mientras mis enchufos se esfuerzan por recordar que la posición normal de las mandíbulas es “cerrada”, continúo la conversación con el chino:

—Queda el 10 %, ¿sí?

—Como acordamos.

—¿Nada más?

—Eso no lo acordamos.

—Podemos acordarlo ahora. Al fin y al cabo, los chicos pueden arrepentirse. O exigir más. ¿Quién sabe qué se les pasa por la cabeza?

—¿Puedes influir sobre ellos?

—Depende.

—Tengo un socket colectivo. ¿Qué te parece?

—¿De qué?

—Violación en grupo.

—Hm.

—Comando.

—Hm.

—Seppuku. Para dos, con posibilidad de cambio de roles.

—Eso sí. ¿Cuánto?

—5 % del negocio.

—Me parece justo. Voy a ver qué puedo hacer.

No fui del todo sincero con el chino. Sabía que bastaba con enumerar los temas. Les gustó lo de la violación. ¡Chicos! Los convencí de que les conseguía descuento si compraban el socket individual y la entrada al colectivo. También les saqué un 5 % a ellos.

Literalmente los arrastro conmigo. Tengo que meterme en sus cabezas, infiltrarme en el programa del socket para convencerlos de completar todo el itinerario contratado. Con su mentalidad, volverían de inmediato a casa. En cierto modo los entiendo. Es difícil hacerlo caminando. Pero nadie los obligó a ponerse los sockets ahí mismo. Mejor los dejo apoyados contra una pared y los recojo a la vuelta. Tengo que pasar obligatoriamente por los Estudios. Mañana tengo un grupo de actores.

Eso hago. Les digo que me esperen un poco y salgo de sus cabezas. Los veo deslizarse por una pared, con caras estúpidas, inconscientes. ¡Drogados!

La puerta más idiota es la que lleva a los Estudios. Está junto a una carreta que se mueve sin parar. Hay que caerse de la carreta para acertar la puerta. En el momento justo, claro, porque si no cualquier imbécil podría atraparla por casualidad.

Aquí, de este lado del Nudo 14, nada es casual.

Siempre tuve problemas con los actores. Están acostumbrados a que en escenas peligrosas los doblen. Imagínense lo difícil que es convencerlos de que se caigan de una carreta en movimiento. Pero les lanzo al cerebro la imagen de la portada de ESTRELLA DE CINE, con ellos sosteniendo la Estrella en las manos, y listo. ¿Quién no soñó alguna vez con ganar el trofeo?

A veces también les doy un empujoncito.

¿Pero dónde demonios está esa carreta?

No está. Doy vueltas como un loco. No hay nada.

Alguien se la habrá robado.

Tengo que concentrarme bien para encontrarla. Por ahora veo su rastro en el aire. Subo la calle. Oigo su traqueteo. Casi la paso de largo; el ruido de las ruedas sobre el empedrado está disimulado como un susurro de hojas, pero eso es trabajo de aficionados. Mercancía barata. Solo el borracho de Harry Longo mueve cosas tan malas. O bueno, yo entiendo de estas cosas y me fue fácil darme cuenta.

Entro por una gran puerta verde y, del otro lado, la carreta con la puerta gira en círculos. En ella hay unos ocho tipos que de vez en cuando se tiran. Pero aparte de despellejarse y oír crujir sus huesos, no consiguen nada.

¡Así no, chicos! ¡Si no saben cómo, no lo hagan!

Estoy en la carreta. Nada. Ese larguirucho de allá se adueñó de ella. Cinco monedas el intento. ¡Maldito tipo! Le metes la moneda en el bolsillo y vas a romperte los huesos. En este patio jamás van a encontrar la puerta.

Por cien alquilo la carreta un cuarto de hora. Salgo a la calle y me dejo llevar.

Siento cómo me tiemblan las aletas de la nariz. Huele a madera barnizada y a aserrín. Parece que alguien hablara por un megáfono. Sé que apenas es mediodía, pero tengo la sensación de que cae la noche. ¡Ahora! Salto de la carreta y entro en los Estudios.

Es de noche. Se está filmando. El decorado de madera está recién barnizado. También se siente el olor del aserrín. Los actores fingen no notarlo. Total, el director ya les grita por el megáfono. Los actores me miran con gran respeto. Yo les arreglé el asunto. Cinco por ciento. En sus mentes encuentro también pensamientos de agradecimiento, porque con mi aparición, Il Maestro dejó de regañarlos.

El director se me acerca. Sé lo que quiere. Dos actores y tres actrices. Mañana por la mañana.

—Quiero dos hombres y tres mujeres.

—¿Cuándo?
Me hago el desentendido. Igual no lo entendería.

—Mañana por la mañana.

—¿Cuánto?
—Lo de siempre, cien por cabeza.

—Trato hecho.

—Hay algo más. A la noche necesito unas veinte chicas. Lindas. Humanas.

—¿Veinte humanas? Eso cuesta.

—Lo sé. Pero eso quiero.

Salgo por el espejo del baño. Si me quedaba negociando el precio de las veinte, perdía la puerta de regreso. El precio lo fijaré en la entrega.

Me deslizo junto a dos tipos que fingen no verme. Claro que me reconocieron. Qué idea, hacer la puerta en una cama de hotel. Menos mal que no aparecí debajo de ellos. Habría sido incómodo.

Los enchufos están donde los dejé. Unos cuantos chicos los miran. Y con razón. ¡Son ridiculísimos! Por cómo se ríen y menean el trasero, creo que se pusieron el socket colectivo de la violación. Niños… Me uno al grupo y se tranquilizan, confundidos. Como si quisieran disculparse, pero los tomo rápido y los hago desconectarse para poder irnos. Les hacen gestos obscenos a los espectadores.

Nos vamos. En la primera esquina nos cruzamos con una zorgata y el recuerdo del programa común que acaban de consumir les altera los instintos. Ninguno se contiene: todos le manosean la joroba al pasar. Agradecida, la zorgata silba detrás de ellos por todos sus orificios. Qué se le va a hacer, ¡chicos jóvenes!

Pasamos por el puesto del chino. Los enchufos se dan codazos y le sonríen cómplices. Él finge no conocerlos y, mentalmente, me da las gracias. Junto a ese mensaje encuentro la información de que en dos días recibirá algo “gordo” de Kalotronia. De primera mano. Original.

Miente. Nunca nadie de su linaje tuvo en la mano un producto original de Kalotronia. Pero le mando un pensamiento de agradecimiento y la seguridad de que “sí, sin duda iré”. Ya veré. Por ahora quiero sacarme de encima a estos mocosos. Parece que se volvieron idiotas. Ninguno logra sacarse de la cabeza lo de la violación. Creo que serían capaces de hacerlo de verdad. Debería hablar con su profesora de comportamiento. Es zorgata. Al menos que sepa a qué podría enfrentarse. Quién sabe, quizá le doy una buena noticia.

Nos queda una puerta. Me meto en sus cabezas y les ordeno que se pongan los sockets antiemocionales. No quiero problemas ahora. Me miran de reojo. Con odio, casi. Pero ¿qué pueden hacer? Me necesitan para sacarlos de aquí.

Se ponen los sockets, obedientes. Demasiado obedientes. Ahí está el pozo. Uno por uno los arrojo dentro. Tras el último corrí bastante, pero al final lo atrapé. Primero con el pensamiento. Luego con la mano.

—¡Gofre asqueroso!

Otra vez. ¿Qué demonios es eso?

Hace mucho que me lo dicen, pero nadie quiere explicarme qué significa.

Paso yo también por la puerta y salgo.

He vuelto. Los cinco están sentados sobre un muro derruido. Cuando aparezco, despliegan todo su arsenal de gestos obscenos y salen corriendo a los gritos.

—¡Ollie gofre! ¡Ollie gofre!

No voy a rebajarme a su nivel.

Michael Haulică, nacido en 1955 en Armășești, Vâlcea, Rumania, se graduó en la Facultad de Matemáticas, especializándose en Informática, de la Universidad Transilvania de Brașov. Fue programador durante 25 años, y luego se dedicó por completo a la escritura. Actualmente es editor en Art Publishing House y coordinador de las colecciones de ciencia ficción y fantasía de Paladin Publishing House. Es el editor jefe de la revista Argos. Desde 2010 es miembro de la Unión de Escritores Rumanos. Entre sus obras publicadas se cuentan Madia Mangalena (1999, 2011, 2015); Despre singurătate și îngeri (2001); Așteptînd-o pe Sara (2005, 2006, 2012, 2016); Nu sînt guru (2007); Povestiri fantastice (2010, 2011); ... nici Torquemada (2011); Transfer (2012, 2013, 2014); O hucă în minunatul Inand, (2014) y 9 1/2 elegii (2016).

 

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