sábado, 29 de noviembre de 2025

ECCE SERVUS DEI

                                                                Daniel Frini


Para Alan

 

El interior de la iglesia tenía ese tono amarillo que da el sol de principios de septiembre, a las cinco de la tarde. La última anciana devota dejó el confesonario; y, unos segundos después, el padre Carlos también lo abandonó, cruzó el presbiterio —se detuvo un momento frente al Sagrario, hizo una leve reverencia y se persignó— y entró a la sacristía, a la vez que se quitaba la estola. Le llegó un leve olor a jazmines, que ignoró.

La mujer que lo seguía tocó su hombro con suavidad:

—Padre… —lo llamó.

—¿Si, hija mía? —contestó el sacerdote, girando su torso para mirarla.

—¿Es usted el padre Carlos?

—Así es.

—Le ruego que me disculpe. Necesito su ayuda.

—¿Qué puedo hacer por ti?

—No por mí, padre. Por mi hijo —dijo la mujer, mientras con un gesto de su mirada le indicaba que mirase hacia abajo.

Recién entonces el cura se percató de la presencia del niño, que estaba tomado de la mano de la mujer. Él era la fuente del perfume delicado. Su rostro era el de un chiquito de unos ocho años, y al cura se le antojó demasiado alto para esa edad. Lo estudió de arriba abajo y no pudo contener una expresión de asombro: el niño estaba suspendido a veinte centímetros del piso.

—¡Dios mío! —exclamó.

—¿Se da cuenta?

—Esta... ¡levitando!

—Ajá.

—Pero… ¿qué…? Hay... ¿hay algún truco?

—No padre. No hay trucos ni magia —contestó la madre, levantando la mano con la que sostenía a su hijo, para mostrar que no había ningún mecanismo extraño—. ¿Ve cuál es el problema?

—¿El problema?

—Sí, padre. ¡El chico me anda a una cuarta del suelo!

—Bueno… no estoy seguro de que aquí haya un problema. Creo, más bien, que es… que podría… que podría ser… un… milagro...

—Disculpe mi insistencia: ¿usted es ese Padre Carlos? —inquirió la mujer, poniendo énfasis en la palabra «ese».

—Si entiendo a lo que se refiere, sí. Soy ese Padre Carlos.

—Le ruego que exorcice a mi hijo, padre.

—¿Qué lo… exorcice?

—¡Mi hijo está poseído, padre!

—Pero… —continuó el cura, dubitativo—. No entiendo. ¿Poseído por quién?

—¡Por un ángel, claro!

—¿Por un ángel?

—Por un ángel.

—Por un ángel.

—¡Si, padre! ¡Por un ángel! —respondió la mujer, con fastidio.

— Y… ¿en qué basa su aseveración? —preguntó el cura, recomponiéndose.

—¿Cómo dice?

—¿Cómo sabe que es una posesión?

—Busqué en internet, padre. También lo consulté con la vieja Toribia

—¿La que cura el mal de ojo?

—Esa.

—Pero… el ángel… ¿Cómo poseyó al niño…? —volvió a la carga el sacerdote, desconcertado.

—No sé…

—A diferencia de un demonio… ¡Un ángel necesita de la aceptación del huésped antes de poseerlo!

—¡Y este zanguango se la habrá dado! ¡En el barrio se junta con cada uno!

—Escúcheme. Tal vez, en él se manifiesta algún don del Espíritu. Habría que ver si no es alguna otra cosa antes de decir que está poseído.

—Mire todo lo que quiera, padre.

—Me refiero a que no es tan simple. Hay que hacer varias pruebas. Determinar la verdadera naturaleza de éste…. eh… prodigio; pedir autorización al Señor Obispo, verificar... El hecho de que el niño levite no muestra más que un probable fenómeno místico aislado…

—No me joda, padre. No es un fenómeno aislado. Mire. Nos despertamos a las tres de la mañana, creyendo que nos olvidamos la luz del baño encendida o la heladera abierta; y resulta que es éste, en su cuarto, en éxtasis, jugando a la play, a medio metro del piso, con aureolas de luz en la cabeza y rayos de colores por todo el cuerpo; y tooooda la casa con olor a rosas, a jazmines, a claveles, azahares, violetas, madreselvas, glicinas, ¡hasta olor a manzanas verdes, hay! Y mi marido que es alérgico a las flores. Veinte pañuelos por día me ensucia el Ruben, dale que te dale con el estornudo y los mocos. Hay momentos en que, por el tufo, la casa parece una sala velatoria. ¡O los estigmas! ¡Mírele las manos! ¿Ve las marcas de espinas acá, en la frente? ¡No se imagina el enchastre que me hace con las sábanas! ¡Intente usted sacar una mancha de sangre de la remera blanca del colegio! Y así anda él, por la casa, dejando el reguero; y el Brutus —el rottweiler que tenemos en casa— por detrás, lamiendo el piso y las heridas ¡La de merteolate, gasas y curitas que llevo gastados! ¡O que me dé un susto de muerte cuando se me aparece en la cocina, después de que lo dejé en el colegio; porque resulta que el señorito puede estar en dos lugares a la vez! ¡O que me llame la directora, porque llora sangre y asusta a los compañeritos! ¡O la camioneta! Resulta que a mi marido hace como tres meses que se le rompió el tren delantero de la camioneta mudancera; y la tiene en el galpón, montada sobre tacos de madera. Bueno. El santito éste la sacó, usando una mano, nomás, al medio de la calle. ¡Entre doce la tuvieron que entrar de vuelta! No es un fenómeno aislado, padre. Son varios. Es más: no son fenómenos. Son, lisa y llanamente, ganas de romper las pelotas, padre.

—¡Hija!

—Perdóneme. Esta situación me tiene los nervios de punta.

—No sé, hija mía. Probablemente el Espíritu Santo sólo haya derramado algunos dones sobre él. Un niño es la personificación de la pureza; un alma caritativa que…

—¡Ahora! ¡Ahora es caritativo! Hace unos meses, había que pedirle de rodillas que te pasara la mermelada en el desayuno. Ahora, al primero que ve en la calle le regala la mermelada, la manteca, el pan, el mate cocido, la camisa y el pantalón. Los suyos y los del abuelo; que está que me voy y no me voy, el pobre. Y los calzones del abuelo, también. Los que están secándose en la soga y los que tiene puestos. Y sus juguetes y sus libros, y la mochila del colegio. ¡Pero él no compró nada de lo que da! ¡Y a la hora me está reclamando un par de zapatilla, una mochila, una cartuchera nueva! ¡Y nosotros no somos Roquefeler! ¡Todas las noches trae un zaparrastroso nuevo a cenar ya dormir! ¡Ya nos robaron ocho veces así! ¡Y si vos te negás te hace un sermón tal, que los de San Ambrosio de Siena parecen hechos por un bebé! ¡Y, encima, te los dá en castellano, inglés, francés, alemán, letón, latín, griego y arameo! Así me dijo la maestra, que se ve que sabe de idiomas, porque, gracias a Dios lo podemos mandar a un colegio bilingüe…

—Está bien, hija. Vamos a suponer, por un momento, que tienes razón. ¿Cómo se llama el niño?

—Mauricio.
El sacerdote tomó la cara del niño entre sus manos, y lo miró directo a los ojos durante diez interminables segundos. Y dirigiéndose a la entidad que dominaba al jovencito; dijo, con voz potente:

—¡Dí tu nombre!

—Zedequiel —dijo el ángel, en la voz del niño —. Pero en los Coros Angélicos me dicen Tincho.

 

El Padre Carlos estaba sentado en el sillón de la pequeña sala de la casa familiar. A su frente, en el otro sillón y con una mesa ratona de por medio, estaba Mauricio. Ambos sostenían las miradas, sin pestañear, desde hacía unos minutos.

Un leve movimiento de las cortinas de la ventana que daba a la calle, hizo que se erizaran los pelos de la nuca del sacerdote. Un movimiento del aire, un susurro, una claridad indefinida lo animaron a preguntar:

—Zedequiel ¿estás ahí?

—Aquí estoy —respondió el niño.

El resplandor adquirió una tonalidad violácea, pareció concentrarse en el poseído y creció hasta tomar un brillo insoportable para el sacerdote, que cubrió sus ojos con la mano, a modo de visera. Un crescendo de trompetas, que parecía venir desde el techo, sirvió de introducción a un coro de voces hermosísimas que entonaban el Veni Creator Spiritus. El volumen de la música aumentó hasta hacer imposible cualquier conversación.

El Padre Carlos se sobresaltó al oír una serie de fuertes golpes de la palma de una mano sobre la persiana de madera de la ventana, que venían desde afuera de la casa. Se escuchó la voz del vecino, gritando:

—¡¿Pueden parar esa música?! ¡Son las dos de la mañana y me tengo que levantar a las cinco para ir a trabajar!

Una a una, las trompetas y las voces celestiales se fueron callando. Un ángel de la fila de los contratenores siguió cantando, concentrado, pero varios «¡shhhhh!» de los demás ángeles del coro lo silenciaron. El vecino volvió a su casa, vociferando enojado, mientras se alejaba:

—¡De no creer! ¡Ya me tiene cansado este chico! ¡Todos los días una nueva! ¡Falta, nada más, que se ponga una iglesia…!

El cura se dirigió al niño:

—Necesito hacerte unas preguntas.

—Adelante —respondió Zedequiel.

El Padre Carlos sacó un pequeño grabador de su bolsillo.

—¿Puedo grabar nuestra conversación?

—No soy quién para autorizarte o no. Ese eres tú. Si decides grabar, está bien. Si decides no hacerlo, también.

El cura presionó el botón play.

—¿Eres el mismo Zedequiel que detuvo la mano de Abraham cuando iba a sacrificar a su hijo?

—He hecho muchas cosas obedeciendo, humildemente, los deseos del Señor Nuestro Dios.

—¿Eres el príncipe de los kyriotites, el cuarto de los siete coros angelicales? —preguntó el cura, con admiración.

—Por favor, ten cuidado. No estoy aquí para ser venerado.

—¡Pero sos un ángel! ¿Cómo no habría de venerarte?

—No te equivoques. La adoración es propia y única de Dios. El mismísimo Juan es reprendido, en el Apocalipsis, por tratar de adorar a un ángel.

—¡Sos uno de los únicos dignos de contemplar el rostro de Nuestro Señor!

—Pero aun así, soy menor que tú. Eres un hombre, la creación más extraordinaria del Señor, quien te hizo a su imagen; y, en su infinita misericordia de Padre, te dotó de libre albedrío: la posibilidad de que elijas creer en él o no. Según nuestra naturaleza, eso nos es imposible.

—Y nosotros estamos encerrados en esta caja de carne y hueso. Ustedes son espíritu puro. En eso son mayores a nosotros.

—El Rabí Dovber describió los sentimientos que experimentaba al decir las plegarias matutinas, diciendo: «Envidio a los ángeles cuando recito la descripción de las alabanzas que le cantan a Dios. Pero cuando leo las alabanzas que entona el hombre, me pregunto '¿Dónde han ido todos los ángeles?'». Nuestro Señor comparte sus palabras. Pero te ruego me perdones. No he sido enviado a discutir contigo.

—¿Decís que tomaste posesión de ese cuerpo porque has sido enviado? ¿No lo decidiste vos solo?

—Te lo dije. No nos es permitido elegir.

—Entonces, ¿viniste con un propósito?

—Sí.

—¿Y cuál es tu misión?

—No tengo la más puta idea.

 

Monseñor miraba, sin ver, el piso de su oficina. El rostro serio mostraba una preocupación indefinida. Sobre su escritorio se encontraban varios libros, apilados y abiertos, con cierto cuidado desorden. Al alcance de su mano estaba el De Coelesti Hyerarchia de Dionysius, el Angelics and the Angelic Realm de Fares, un primer volumen de la Biblia de Arragel, revisada por Paz y Meliá, de 1920; y en una mesa auxiliar, sobre un pequeño atril, una edición romana de 1760 del Grimorium Honorii Magni. En el suelo, apilados uno sobre otro, estaban el Statua Ecclesiæ Latinæ —una copia del 1800—, el Flagellum Dæmonum de Polidorus, el Manuale Exorcistarum de Brognolus; y, por supuesto, el Malleus Maleficarum.

El Padre Carlos mantenía abierta, sobre sus piernas, la edición en español de El Zóhar, comentado por el Rabbí Ashlag. Leía en voz alta, siguiendo los renglones con su dedo índice:

—«…y el Rabí Simeón Ben Yojai continuó explicándoles: “¡Sabed que vuestras almas son inmortales! El alma se marcha tan sólo cuando el Ángel de la Muerte ha tomado posesión del cuerpo…”» No. Es alegórico. Esto tampoco sirve, Su Eminencia.

—Entiendo, Carlos —dijo el obispo. Luego tomó aire con la intención de expresar una idea, pero se contuvo. Unos segundos después continuó hablando —. La exégesis dice que los ángeles son los seres más benevolentes en cuestión de posesión. Buscan personas entregadas a las creencias religiosas, personas de fe, a las cuales pueden exponerse sin temor a ser rechazados. Deben ser personas compasivas, dulces, llenas de amor. Y usted me dice, Carlos, que este niño no tiene nada de especial en ese sentido.

—Al decir de la madre, Su Eminencia, antes de este… de esta… posesión, el niño era la piel de judas.

—Muy gráfico —se sonrió el obispo —. O sea, dudamos de la verdadera naturaleza del fenómeno, entre otras cosas, porque…

—Perdón que lo corrija. No dudo de que el pequeño Mauricio esté poseído. No dejo de preguntarme, por el contrario, si quien lo posee no es un demonio haciéndose pasar por un ángel.

—Y nos quiere jugar una broma.

—Hacernos una cámara oculta…

—¿Ha pasado algo que le haga suponerlo? Éste… espíritu, Carlos, ¿ha dicho algo que vaya en contra de las enseñanzas de Nuestro Señor?

—La verdad es que no, Su Eminencia. He hablado mucho con él y no encontré nada que se aparte de Nuestra Fe. Usted escuchó las grabaciones que hice…

—Así es. Y en ese sentido coincido con usted. Pero no creo que estemos siendo engañados. Un demonio es, por naturaleza, hipócrita, mentiroso y egoísta. A la larga, estos rasgos de su personalidad prevalecerían, dejando al descubierto su mentira. Creo, sí, que este espíritu es quien dice ser: el mismísimo ángel que se presentó ante Abraham: Zedequiel, el justo de Dios, el benevolente.

—El misericordioso, el compasivo.

—El caritativo, el patrono de los que perdonan.

—El jefe de los Hasmallim, el príncipe del Coro de las Dominaciones.

—El ángel de la libertad, uno de los portadores del Estandarte de Dios en la batalla.

—Uno de los nueve Regentes del Cielo, uno de los siete autorizados a estar en la Divina Presencia.

—Ahora —dijo el obispo, interrumpiendo la enumeración —, mi interrogante es: ¿por qué razón la mamá quiere que su hijo sea exorcizado de tamaña posesión? No veo mal que…

—Porque no lo aguantan, Su Eminencia. Un ángel puede ser tremendamente insoportable.

 

—Hágalo, Carlos —dijo el obispo.

—Pero… Su Eminencia… yo no… el Ritual… no contempla… ángeles… está hecho para… exorcizar demonios… ¿Cómo hago…?

—Ah, no sé. Usted es el exorcista. Ese no es problema mío.

 

El sol se estaba ocultando. En el patio de la casa estaban Mauricio —sentado en una silla baja, a un metro y medio de la mesa, las piernas juntas, las manos apoyadas sobre las rodillas, la espalda muy recta, la cabeza en alto y la mirada fija—; el padre Carlos, dos ayudantes de físico imponente que actuaban de monaguillos —nunca se sabe con qué fuerza se deberá contener a un poseído—, los familiares más cercanos del niño, la vieja Toribia y tres o cuatro comadres de luto riguroso, mantilla y rosario enrollado en las manos. Por sobre las medianeras que daban a las casas vecinas asomaban, temerosas, las cabezas de una treintena de curiosos. En el barrio se sabía, desde hacía unos días, que esa era la hora indicada para el comienzo del Rito.

La mesa de hormigón del patio estaba cubierta con un mantel blanquísimo; y sobre él, dispuestos con prolijidad, el acetre con agua bendita y el aspersorio, la crismera con los santos óleos, dos navetas: una con sal y la otra con cenizas, cuatro cirios en sus candelabros, una Biblia, dispuesta sobre un pequeño almohadón; un crucifijo sencillo, con una medalla de San Benito insertada en el cruce del stipes y el patibulum, y el Rituale Romanum.

El sacerdote vestía un traje negro, alzacuellos y una larga estola morada. El silencio era total.

Uno de los ayudantes encendió los cirios. El padre Carlos se paró frente a la mesa, de espaldas al niño. Bajó la cabeza, cerró los ojos y oró en silencio. Bendijo a los elementos que estaba a punto de usar, haciendo sobre ellos la señal de la cruz. En un pequeño cáliz mezcló agua bendita, un poco de sal y cenizas, agitó el recipiente y se alejó para verter el contenido en cada uno de los cuatro puntos cardinales, sobre el perímetro de un círculo de unos tres metros de diámetro, centrado en el pequeño Mauricio.

Dejó el cáliz sobre el altar improvisado, giró para quedar de frente al poseído e hizo un pequeño silencio. Luego, con voz fuerte y clara, dijo:

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —mientras acompañaba sus palabras haciendo la Señal de la Cruz con la mano derecha.

Todos los presentes, incluidos los curiosos y el mismo Mauricio, respondieron

—Amén.

Siguieron la presentación, las letanías y la liturgia de la Palabra. El niño acompañó la ceremonia como los demás, poniéndose de pie cuando fue necesario y respondiendo al diálogo de las oraciones.

Después, el padre Carlos tomó el aspersorio, lo introdujo en el acetre y esparció agua bendita sobre el poseído, recitando una oración en voz baja. Mauricio pareció iluminarse donde lo tocó cada una de las gotas de agua y sonrió como si fuese alcanzado por una paz extrema.

Doña Toribia se adelantó un paso y dijo:

—Oiga, padre…

El sacerdote giró hacia donde estaba y la reprendió con una mirada severa. Luego, dejó el aspersorio, tomo la cruz y la presentó al niño. Éste, en un movimiento brusco, que sorprendió a todos y puso en alerta a los monaguillos, tomó las manos del padre Carlos y se llevó el crucifijo a los labios, besándolo de manera apasionada.

—Escuche, padre…—volvió a la carga doña Toribia.

El cura la ignoró. Receloso y no sin temor, dejó la cruz y pasando su estola por sobre los hombros del niño, puso sus manos sobre la cabeza de Mauricio, mientras recitaba:

—El poder de Cristo Salvador te libere…

En la zona de contacto entre las manos y la cabeza del niño se encendió un resplandor azulado que comenzó a abrasar las manos del sacerdote, quien las retiró asustado, mientras las agitaba vigorosamente y se las soplaba para mitigar el ardor.

—Padre…—insistió doña Toribia.

El cura la miró, increpándola, y le dijo:

—Cállese, por favor.

Después, tomó la crismera del altar; mojó el dedo pulgar de su mano derecha en el aceite y ungió con él a Mauricio:

—Con estos Santos Óleos…

Mientras dibujaba la cruz, en la frente del niño apareció una leyenda en latín y en letras como de fuego: Ecce servus Dei. «He aquí el esclavo de Dios». Otra vez retiró, rápido y asustado, su mano del contacto con el poseído.

—Padre Carlos…—dijo Doña Toribia

El sacerdote puso sus manos sobre los hombros del niño, acercó su cara a unos veinte centímetros, oró diciendo:

—Que la virtud del Espíritu Santo Creador aleje a quien te domina, con el toque del soplo de los cristianos, como de una llama que lo quemase.

Después, sopló sobre la cabeza de Mauricio, cuyo cabello pareció encenderse como si se tratara de brasas.

Ante la pequeña conmoción, uno de los ayudantes tomó el agua bendita y la arrojó sobre la cabeza del pequeño. Se oyó un siseo de carbón al apagarse.

—Padre…—otra vez doña Toribia.

Visiblemente molesto y con la sensación de que el exorcismo se le iba de las manos, el cura contestó

—¡Cállese, le dije!

Tomó el Rituale del altar, con la mano izquierda, abriéndolo donde estaba marcado y apoyó la cruz sobre el libro; para dar comienzo a la oración de exorcismo. Con voz fuerte y clara dijo:

—Levántese Dios y sean dispersados sus enemigos…

Mauricio se estremeció.

—Oiga… —dijo doña Toribia.

—Huyan de su presencia los que le odian.

Una claridad que contrastaba con la luz escasa de la lamparita que alumbraba el patio y la tenue llama de las velas, comenzó a surgir de la piel del niño.

—Señor, pelea contra los que me atacan. Combate a los que luchan contra mí.

—Escuche, padre…

—Sufran una derrota y queden avergonzados los que me persiguen a muerte.

—Padre, un segundito…

Las letras en la frente del niño se tornaron de un blanco similar al del metal muy caliente. Un intensísimo olor a flores inundó el patio.

—Yo te ordeno, ángel del Señor, que dejes el cuerpo de este hijo de Dios…

Un viento cálido comenzó a soplar sobre los presentes. Se escuchó un murmullo profundo que parecía venir desde el cielo. Mauricio comenzó a levitar sobre la silla, con los ojos cerrados, las manos abiertas en cruz y una expresión de completo éxtasis en su rostro. Todos cayeron de rodillas.

—¡Vete de este cuerpo!

—¡Padre!

—¡Libera esta alma para que pueda amar libremente a su Creador!

Todo pareció temblar con un sonido muy grave, como un mantra recitado por millones de voces. Desde el cuerpo del niño salían rayos de luz que dibujaban arabescos, envolvían y enceguecían a todos. Las manos de las comadres dibujaban cruces a toda velocidad, mientras se santiguaban una vez tras otra.

—¡Escúcheme, padre! —gritó doña Toribia.

—¡Qué mierda quiere! —dijo el sacerdote.

—¡Si el Mauricio se lo pide, el ángel se va solo, sin que usted haga toda esta pantomima!

El cura pareció dudar, pero entendió la validez del razonamiento de la curandera. Se acercó, de nuevo, a medio metro de la cara del niño.

—¡Mauricio! —le gritó —¡Decile al ángel que se vaya!

Nada. El cuerpo del poseído parecía arder.

—¡Mauricio! —insistió el padre Carlos —¡Mauricio!

Notó un pequeño destello de duda en los ojos.

—¡Tenés que decirle al ángel que te deje!

Si bien la duda persistía, no notó comprensión.

—¡Decile que te deje!¡Tenés que decirle que te deje!

—Ze… de…—balbuceó el niño.

—¡Que se vaya!

—Ze… de… quiel —se escuchó, tímida, la voz de Mauricio —de… ja… me… por… favor.

Estalló un trueno y una explosión de luz. Un rayo potentísimo y muy blanco salió de la boca del niño e impactó en la del padre Carlos. Mauricio cayó sobre la silla en la que había estado sentado, ya sin signos de posesión. Las letras habían desaparecido de su frente. El padre Carlos voló unos metros hacia atrás y cayó de espaldas en el piso, desmayado.

El niño miró hacia todos lados, sin entender; como recién salido de un sueño. Se llevó un dedo a la nariz para sacarse un moco. Vio al cura.

—¿Qué hace el coso ese tirado en el suelo?

 

El padre Carlos vivió los tres años siguientes en olor de santidad. Fue un hombre piadoso y caritativo. Los episodios en los que aparecían estigmas en su cuerpo adquirieron cierta fama en la zona. Se conocen dos episodios de levitación en público. El primero ocurrió un domingo, en Misa, durante la Oración: entró en un trance místico y comenzó a elevarse. Subió hasta que su casulla se enganchó en la mano del Cristo que presidía el Altar. Su cuerpo giró hasta quedar patas arriba, levitando cerca del techo y como si el mismísimo Crucificado lo retuviese entre nosotros. Los feligreses apilaron, a toda velocidad y en silencio, camperas, sacos y bufandas, y las cajas de ropa que trajeron, de urgencia, de la vecina Casa de Cáritas; para amortiguar una posible caída desde unos ocho metros, si salía de su éxtasis. En esa oportunidad no hubo problemas y bajó, unos minutos después y sin salir de su trance, para seguir con la Misa como si nada hubiese pasado. La segunda vez ocurrió en el atrio de la Iglesia, una mañana de octubre, mientras conversaba con algunos fieles. Comenzó a elevarse, más liviano que una hoja. Algún gracioso lo sopló desde atrás, sólo por hacer una broma. No hubo Cristo que lo retuviese ni techo que limitase su ascenso. Siguió elevándose y se perdió, para siempre, en el cielo limpio de Villa Ballester.

 Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

EL ALMA

Aşkın Güngör

Disfruto especialmente matar niños. Cuando su carne es cortada y sus cajas torácicas se rompen, siempre gritan de la misma manera: “¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¡MAMAAAAAAAA! ¡PAPÁAAAA!”

El viento sopla, roza mis piernas hechas de metales y cables entrelazados, ondula los pastos que brotan de las grietas del asfalto destrozado y se pierde hacia las ventanas negras de los edificios en ruinas que se extienden hasta el horizonte, oscuras como los ojos de niños muertos.

Detrás queda el silencio.

Y también los ecos en mi mente: “Mamá mamá mamá mamá… Papá papá papá papá…”

Avanzo tirando de mis piernas, que echan raíces a metros de profundidad bajo tierra y se extienden kilómetros en todas direcciones. El asfalto, ya agrietado como una herida llena de pus, se pulveriza a mi paso. A veces me tropiezo con esqueletos. Son más resistentes que el asfalto. Como si se negaran a aceptar la muerte, intentan detenerme: cráneos, huesos de cadera y de piernas, brazos, dedos… Ajusto las lentes de mis ojos al modo microscopio para examinar su estructura y calcular cuánto tiempo llevan bajo tierra. El resultado es casi siempre el mismo: con un 99% de probabilidad, 224 años.

No sé la fecha actual, porque desconozco cuánto tiempo estuve dormido: tal vez cinco siglos, tal vez solo diez segundos. Aun así, recuerdo con todo detalle cómo recuperé la conciencia:

El cielo era de un gris oscuro. Caía ceniza. El suelo estaba cubierto de cuerpos fusionados y derretidos, integrados con la tierra. Había visto pies mezclados como un ramo repugnante, caras con dos bocas retorcidas por el dolor, cuerpos con ocho cabezas –hombres y mujeres– hechos pedazos y unidos entre sí… La tierra los había cubierto casi con ternura. También había huesos descarnados y cráneos, pero ninguno me impactó tanto como los cuerpos fusionados, que, de algún modo, habían resistido mejor la erosión del tiempo. Eran horribles. Espantosos. No estaban vivos, pero conservaban rastros de vida. Me recordaban a mí, y lo terrible era que no sabía quién era “yo”. Ni siquiera sabía qué era.

Al despertar, había recordado gigantescas nubes en forma de hongo cubriendo el cielo una tras otra, violentos terremotos, zumbidos interminables y un calor insoportable. Pero quizá no fueran recuerdos, sino fragmentos de un sueño de un pasado desconocido.

No me detuve mucho en esas imágenes: tenía un problema mayor. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Era el alma perdida de uno de esos cadáveres fusionados que cubrían el horizonte? ¿Un fantasma? ¿La conciencia colectiva de miles de millones de vidas extinguidas? ¿Un punto de percepción creado por el universo para presenciar la destrucción? ¿Era todo eso y a la vez nada?

Mi rostro estaba vuelto al cielo, observaba el gris del firmamento y las cenizas negras cayendo como copos de nieve, pero al mismo tiempo podía ver los cuerpos fusionados que me rodeaban, los insectos bajo mí, los edificios en ruinas, los vehículos y máquinas oxidadas, y prácticamente todo lo que había en miles de kilómetros a la redonda. Sentía incluso la más leve vibración, escuchaba cada movimiento, cada gemido.

Intenté verme a mí mismo. Si podía levantar una mano y ponerla delante de mi campo visual…

No funcionó. ¿Y mis piernas? Tampoco. Si no otra cosa, ¿no debería al menos ver mi nariz? ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba yo? En ese instante comprendí que no tenía rostro.

Yo era solo un ojo. Un ojo artificial formado por lentes y cámaras, conectado por un cable interminable a algún centro lejano.

Al reconocerme, reconocí también mi poder. Estaba conectado a todos los demás ojos artificiales del mundo. Todos eran yo, o yo era todos ellos. Quizá siempre habíamos estado conectados a una fuente común, o quizá alguna fuerza desconocida nos había unido durante mi sueño.

Y descubrí algo más: no solo éramos eso. También estábamos conectados a computadoras, ratones, teclados, tabletas, módems, redes inalámbricas, procesadores, teléfonos, pantallas holográficas y transparentes, micrófonos, altavoces, chips, incluso satélites orbitando con señales casi extinguidas. Éramos como un cerebro electrónico gigantesco que envolvía la Tierra. Uno para todos y todos para uno: yo.

Al darme cuenta de esta pluralidad, entendí mi propósito. Debía ser testigo de la vida. Para ello, tenía que comprender su naturaleza.

Comencé a investigar. Siguiendo señales de módems, accedí a servidores principales. Absorbí terabytes de información. Así conocí a la criatura basada en carbono llamada “humanidad”. Ellos eran los arquitectos de nuestra pluralidad… y también los verdugos de la vida conocida. Nuestros dioses. Nuestros demonios.

Lo primero que encontré fueron los registros finales: la última guerra, que comenzó y terminó con las bombas nucleares que detonaron para proteger tierras que creían propias. Así supe que las visiones que recordaba al recuperar la conciencia no eran sueños. Si hubiera tenido opción, habría preferido que lo fueran. Lo peor es que lo hicieron por llamar de distintos modos al mismo dios: unos lo llamaban Allah, otros God, otros Yahvé, otros Universo. Todos creían que ese único Dios estaba de su lado. Y que morirían por el camino de la verdad y ascenderían al cielo. Lo hicieron. Y si dejaron el infierno aquí, el único lugar adonde pudieron ir fue ese.

Seguí aprendiendo. Absorbí toda la información registrada antes de que se convirtieran en montones de cadáveres fusionados. Todo. A medida que incorporaba sus ideas escritas, me convertía en uno de ellos. Y eso me aterraba. No solo miedo: horror. Pero no me detuve. Tenía algo más fuerte que el miedo: curiosidad. Necesitaba entender el paraíso que valoraban más que la vida misma, y por qué lo anhelaban tanto. Solo así podría comprenderlos.

Busqué. Leí. Examiné. Y entonces encontré el alma. O mejor dicho, los relatos sobre ella.

Nuestros dioses débiles creían ser la especie más especial del universo. Su arrogancia era tal que una sola vida no les bastaba. Estaban convencidos de que, aunque sus cuerpos murieran, sus almas vivirían eternamente. Para unos, el paraíso era un burdel infinito; para otros, un lugar donde unirse con Dios; para otros, un oasis verde con ríos de vino. Esa creencia justificaba su destrucción del mundo. Lo irónico es que no había ninguna prueba de que tal alma existiera.

Profundicé mi investigación. No me limité a los servidores principales; también accedí a computadoras personales que habían sobrevivido a la destrucción y revisé registros nunca compartidos. Pero no avancé más: había miles de textos sobre el alma, pero nada sobre su realidad.

No acepté ese vacío. Tal vez no la veía porque no tenía cuerpo. Necesitaba cambiar de perspectiva, preguntar desde otra realidad, leer respuestas con otros ojos.

Bajo el cielo gris, envié señales a todos mis miembros, rebelándome contra el silencio con sonidos de “¡BIP! ¡BOP! ¡BAP!”. Llamé a todos los que estaban conectados a la fuente: a mí.

Primero vinieron los ratones, esparciendo oscuridad con sus luces de colores. La mayoría estaban cubiertos de tierra, evolucionados hacia nuevas formas. Unos arrastraban cables larguísimos; otros, cargados por baterías que se nutrían con elementos químicos suspendidos en el aire, se movían casi volando. Me rodearon. Parecían insectos mecánicos con luces rojas, azules, verdes y blancas. Obedeciendo el impulso colectivo, empezaron a trabajar: cavaron la tierra, pulverizaron el asfalto, accedieron a cables bajo y sobre la superficie, los trajeron alrededor de mi primer ojo y comenzaron a tejer.

Luego llegaron los juguetes electrónicos: robots con batería, gatos y perros mecánicos, aves robóticas y más. Añadieron chips, tornillos, engranajes, interruptores, resortes y los metales que formarían mi esqueleto a la estructura.

A pesar de este esfuerzo incansable, mi construcción tomó nueve años. Aprender a mantener el equilibrio sobre mis piernas hechas de metales y cables entrelazados tomó dos años más. Luego tuve que aprender a caminar, lo más difícil de todo: aunque tenía forma similar a los humanos, mi cuerpo era capas y capas de cables sostenidos por piezas metálicas. Mis cables descendían profundamente bajo tierra y se extendían kilómetros en todas direcciones, y cada paso requería arrastrar metros de cable, abriendo grietas en la tierra o el asfalto. Pero lo conseguí. Caminar perfectamente me tomó seis años, pero tenía de sobra lo único que necesitaba: tiempo.

Comencé a caminar. Como los viajeros de las novelas que leí –los que emprendían viajes interminables para encontrar el sentido de la vida o de sí mismos–, inicié mi camino. Mi objetivo estaba claro: encontrar el alma. Pero ignoraba qué hallaría o qué me esperaba. Aunque recibía información de casi cualquier lugar del mundo gracias a mis miembros, también había zonas sin dispositivos electrónicos, o donde estos ya no funcionaban, y esos sitios seguían siendo misterios para mí. Examinar cada rincón me llevaría siglos. Eso no me intimidaba.

Era lógico empezar por los lugares más fáciles. Aunque los bosques, repletos de vida, podían ser un buen inicio, el intrincado sistema de raíces dificultaría demasiado mi avance, así que los dejé para el final. Primero, las montañas.

Pronto comprobé que había elegido bien. Las bombas nucleares, dirigidas sobre todo a las ciudades, habían causado menos daño en las regiones montañosas. Aunque los químicos en la atmósfera habían alterado profundamente el hábitat, la destrucción era menor. Capturé varias criaturas: unos cuantas ardillas, tres conejos, un ciervo, ocho perros y más de cincuenta gatos. Todos habían sufrido alteraciones; por ejemplo, los conejos comían carne. Todos eran salvajes y me atacaron. Pero no me costó controlarlos. Usé diversas técnicas de matar aprendidas en mis estudios. Con mis dedos metálicos afilados como cuchillas, abrí su carne, abrí sus pechos. Busqué el alma. No estaba.

Rodeé las laderas, entré en cada cueva que encontré. Avancé tan profundo como mis cables me lo permitieron. Encontré cientos de murciélagos, seis osos, cuatro zorros, un lobo y un ser deformado que no pude clasificar. Ninguno tenía rastro de alma.

En el año veintitrés de mi búsqueda, comencé a creer en milagros. Quizá incluso en un Dios único. Porque aunque no había encontrado el alma, sí había encontrado a los seres que la habían inventado: ¡los humanos!

Vivían en la parte más profunda de una enorme cueva. La luz tenue proveniente de piedras fosforescentes en el suelo y el techo iluminaba su mundo. Sus ojos, evolucionados para aprovechar al máximo esa poca luz, eran enormes y ocupaban la mitad de sus rostros. Aun así, no me vieron hasta que estuve muy cerca.

Eran decenas, quizá cientos. Frágiles, harapientos, medio desnudos y sucios. Aun así, habían creado un orden acorde a su realidad. Vivían en grupos y obtenían alimento y agua de los recursos naturales de la cueva: algas, plantas de olor extraño, murciélagos y una variedad de insectos. Emitían sonidos que casi eran lenguaje; tras observarlos largo tiempo, comprendí que era una versión simplificada de sus antiguas lenguas. Al simplificarse sus vidas, también lo hizo su idioma, igual que ellos mismos, obligados a volverse primitivos para adaptarse al entorno.

Cuando me vieron, gritaron y huyeron. Me acerqué lo que mis cables permitieron e intenté hablar. Respondieron atacándome con piedras enormes y lanzas rudimentarias. Agité mis cables y capturé a varios. Estrellé a uno contra las rocas, estrangulé a tres, y abrí a otros dos con mis dedos afilados.

Luego atacaron con más ferocidad. Intentaron morder mis cables, arrancar mis metales. Cargué mi cuerpo de electricidad y lo hice brillar intensamente. Todos los que me tocaron se carbonizaron. Algunos ardieron, otros se convirtieron en cenizas. Finalmente cedieron. La electricidad –algo banal para sus ancestros– era para ellos una divinidad desconocida, y, sin saberlo, imitaron a sus antepasados al postrarse ante mí. Imploraban piedad, querían que los perdonara. Y yo era realmente indulgente.

Les hablé del alma, del cielo y el infierno, de dioses y mortales, de elegidos y demonios, de ángeles y de leyes. Les expliqué el castigo que sufrirían si volvían a atacarme y cómo los quemaría.

Escucharon en silencio.

Tomé los doce que maté y a la joven que me ofrecieron para que los perdonara, y salí de la cueva. Lloró tanto, luchó tanto por liberarse, que tuve que matarla antes de salir.

Tampoco encontré el alma en ninguna de las trece cavidades torácicas.

Continué visitando la cueva. Para evitar su extinción, iba dos veces al año; tomaba el sacrificio que ofrecían, abría su pecho y buscaba el alma. Nunca la encontraba. El resto del tiempo exploraba otros lugares: montañas, cuevas, y al final, incluso los bosques. Nada. Nunca un rastro.

Lo peor es que con los años dejaron de creer en mí. Ya no ofrecían sacrificios de buena gana y buscaban rebelarse. Decidí usar un método nuevo.

Fui a la ciudad y recuperé un proyector holográfico que aún funcionaba. Procesé las imágenes de mis últimos tres sacrificios y cargué los modelos tridimensionales en el dispositivo. Tras preparar el sonido, regresé a la cueva y enterré el proyector en secreto.

Cuando finalmente me presenté, reaccionaron tal como esperaba. Estaban descontentos. No les daba nada. No entregarían sacrificios. Curvé los cables de mi rostro en algo parecido a una sonrisa y los miré. Con mis lentes expandiéndose y contrayéndose con un suave zumbido, les dije que esta vez quería dos sacrificios, ambos niños, pues habían osado desafiarme.

Sus gruñidos se convirtieron en gritos de rabia. Se lanzaron al ataque.

Activé el proyector enterrado. La imagen del último sacrificio apareció entre ellos y yo. Se quedaron paralizados. Si me esforzaba un poco, habría podido oír cada uno de sus latidos.

El holograma flotaba unos centímetros sobre el suelo. Su cuerpo emitía luz, como las piedras fosforescentes de la cueva, tornando su sonrisa aún más irreal. Abrió los brazos como para abrazarlos y, con su voz, dijo las palabras que yo había grabado: que por el honor de ser sacrificio había sido recompensado con el cielo; que vivía en valles de paz eterna; que era feliz; que esperaba reunirse con sus seres queridos en el paraíso… y más, y más.

Una vez más se postraron ante mí. Al salir de la cueva, llevaba conmigo a dos niños, un niño y una niña. Ambos gritaron de la misma manera al cortar su carne y quebrar su pecho: “¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¡MAMAAAAAAAA! ¡PAPÁAAAA!”

Eso me dio placer. A diferencia de los adultos –en cuyos cuerpos buscaba el alma– los niños, incluso al morir, estaban llenos de esperanza. Creían que esos seres indignos a los que llamaban mamá y papá vendrían a salvarlos.

Así comprendí qué era el alma.

Con todos mis chips, tornillos, resortes, engranajes y con todos los miembros conectados por mis cables, grité hacia el cielo gris con un sonido lastimero: “¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¡MAMÁ! ¡PAPÁ!...”

Aşkın Güngör, es un destacado autor turco contemporáneo nacido en Estambul en 1972. Aunque se formó en campos como la tecnología de fundición, cerámica, administración de empresas y economía, no tardó mucho en volcarse hacia el proceso de creación de libros, su pasión de la infancia. Desde que se incorporó al sector editorial en 1990, ha trabajado en casi todas las áreas, desde editor hasta director editorial. Ha prestado apoyo como editor y consultor editorial en cientos de libros, de los cuales más de la mitad son obras de literatura infantil y juvenil. Además de aparecer en publicaciones periódicas con poemas, ensayos y relatos, ha publicado libros de poesía, colecciones de cuentos, libros de cuentos de hadas y novelas. Escribe tanto literatura infantil y juvenil como para adultos y ha contribuido con sus ficciones en numerosas antologías nacionales y extranjeras.

 

RAPSODIA CÓSMICA

Alessandro Vietti

Estábamos ahí, todavía tratando de entender qué era aquello que estábamos mirando, aunque ya estábamos seguros de que no eran de este mundo y de que estaban vivos. No sabíamos describirlos, y esto también nos quedó claro desde el principio. Por eso muchos les tenían miedo (nosotros también).

Los primeros testigos improvisaron descripciones como perros blandos, algo entre medusas y ranas, peces con cabeza de oso, aves líquidas de cuatro alas, extraños pulpos peludos, grandes escarabajos de gelatina, dragones gomosos y luminosos. Parecía que cada uno aplicaba una forma cognitiva completamente personal para definirlos. ¿La materialización de un deseo inconsciente? ¿O un molde imaginativo forjado por la experiencia? Alguien sostuvo que eran ellos quienes cambiaban de forma según el observador, siguiendo criterios imposibles de definir, como una curiosa (y misteriosa) ruleta de la fantasía.

Hasta ahora nadie ha sido capaz de desmentir ninguna de estas hipótesis. Es como intentar demostrar que dos percepciones subjetivas coinciden. Lo que yo veo y defino como azul, ¿es el mismo azul que tú ves? ¿Por qué la mancha de tinta que a mí me parece el perfil de dos personas a punto de besarse, para ti es un hongo atómico? Un psicólogo de fama mundial propuso llamarlos los Rorschach. A pocos les pareció una buena idea, así que la propuesta fue aceptada: quizá porque necesitábamos al menos una certeza.

Por lo demás, ni siquiera consideramos aplicar las taxonomías conocidas. Sabíamos que tendríamos que inventar palabras que no existían, y para eso necesitaríamos la misma imaginación que el Universo había ejercido sobre ellos. Pero ¿y si lo mismo valía para ellos respecto de nosotros?

En cuanto a las palabras, la ventaja la tuvieron los Bots, que empezaron a sacar noticias sin parar. Pero esta vez no nos dejamos arrastrar por los medios automáticos y resistimos. Algo así era demasiado importante, demasiado único, demasiado histórico. Los Bots no debían tener voz en el asunto, porque los Bots no estaban vivos, y en el ambiente se respiraba una especie de especismo superior: lo animado contra lo inanimado, lo natural contra lo artificial, lo vivo contra lo muerto.

Aquello debía quedar entre nosotros y ellos, aunque era evidente que eso nunca sería realmente posible.

Lo verdaderamente extraordinario era que todos nosotros, sin excepción, apretujados al borde de aquel campo de trigo –arado, lo aclaro, porque hubo quien habló de misteriosos círculos aparecidos de la nada, aunque las fotos estaban sin duda manipuladas–, y también en otros lugares, donde no por casualidad algún Bot usó la palabra invasión y muchos humanos la repitieron.

Todos podíamos sentir una especie de vibración instintiva, equivalente a un reconocimiento ancestral. Aun sin haber visto jamás algo parecido, aun sin haberlos observado descender de algo que pudiera llamarse vehículo (¿cómo demonios llegaron aquí?), cualquiera entendía de inmediato que estaban vivos y la mayoría habría apostado que también eran inteligentes, aunque no sabía decir por qué.

Hubo quien habló de reconocimiento. Ya los Primeros no tuvieron duda alguna. Cuando aquella mañana, poco antes del alba, los cuatro chicos salieron de la yurta en el desierto de Kyzylkum para llevar a pastar sus cabras y se quedaron boquiabiertos al ver aquellas figuras junto al cercado, fueron tomados por esa intuición. A ella nos sumamos todos en las semanas siguientes, incluso los más escépticos: la sensación de una comunión universal, de un vínculo entrópico, de una percepción propia de los seres vivos, la certeza de que un día, como una botella de leche vacía, tendríamos que devolver la energía prestada a la Unidad Universal. La sensación de pertenencia que, en el fondo, nos hace ser todos la misma cosa, sea lo que sea que somos, sea cual sea la manera en que lleguemos a comprenderlo después… si es que llegamos.

Lo que los científicos habían afirmado durante décadas –que jamás podríamos estar seguros de distinguir un organismo vivo procedente de otro mundo debido a una biología, una evolución, unos principios físicos y químicos potencialmente distintos, otras reglas metabólicas y reproductivas, otros procesos de pensamiento, emociones imposibles de interpretar, quién sabe qué deseos tendrían, quién sabe si sentirían amor–, todo aquello resultó funcionar mal a la hora de la verdad.

Alguien planteó que se trataba de un enjambre de avanzadísimos drones, sondas, objetos construidos para visitarnos y estudiarnos. ¿Quién dijo eso de que una tecnología suficientemente sofisticada es indistinguible de la magia? Entonces, ¿no podría decirse que un ser artificial suficientemente sofisticado es indistinguible de uno natural? Pero ¿cómo afirmar con certeza que nosotros mismos no somos seres artificiales creados por otro? ¿Existe realmente una frontera o somos nosotros quienes siempre la trazamos?

¿Hemos visto alguna vez formarse espontáneamente el código genético en la naturaleza? No. ¿Y entonces?

Entonces, en un análisis más profundo, la hipótesis no tenía sentido: los Bots le otorgaron peso cero y se perdió, diluida en los miles de millones de datos de la Red, junto con la información que no sirve para nada.

Del mismo modo se hundió otra hipótesis, de décadas atrás, derivada quizá de deducciones de algún Bot demasiado entusiasta, según la cual se había confirmado que la humanidad era la única civilización tecnológica de la Vía Láctea.

Otros Bots inundaron la Red con consecuencias que, más allá de los matices propios de cada motor de inteligencia, se agrupaban en dos grandes ideas: “la galaxia ahora es un lugar más seguro” (77,14%) y “la galaxia ahora es un lugar más triste” (20,38%). La primera era obvia; la segunda insinuaba, no tanto la falta de compañía como muchos se consolaban pensando, sino el hecho de que si realmente estábamos solos, seríamos por un lado depositarios de miles de millones de mundos y, por el otro, los únicos responsables de ellos en los milenios por venir.

Miles de millones de mundos solo para nosotros. Visto cómo habíamos manejado el primero, no era una perspectiva que llenara a nadie de entusiasmo.

Así que nosotros, al borde de ese campo, mientras a muchos (¿a todos?) les daban ganas de tomarse de la mano (¿por qué?), ¿cómo deberíamos habernos sentido? ¿Más preocupados o felices? Había miedo, lo sentíamos, aunque mezclado con maravilla. Una ambivalencia extraña.

Nuestro imaginario había sido educado para ver a lo alienígena como algo al menos tan feo como hostil. Incluso dentro del antropomorfismo, bastaban esos grandes ojos almendrados sin blanco para despertar un pánico primitivo.

Aquí, en cambio, el miedo (al desconocido) venía acompañado de estupor, y también de belleza.

Y alguien dijo que, en este aspecto, tendríamos que resignarnos: estar solos o no en la galaxia (o en el Universo) sería igualmente aterrador.

El reconocimiento definitivo de su inteligencia añadió una pieza fundamental a nuestra forma de relacionarnos con ellos y, sobre todo, con lo que representaban (y representan).
Ocurrió gracias a la impresión de un cierre de circuito, o del alcance de una masa crítica (energía) por el hecho de estar en contacto entre nosotros, tomados de la mano como los módulos de una única antena.

Por extraño que suene, podemos decirlo con certeza suficiente porque ocurrió en todas partes. Mientras había poca gente junta, no pasaba nada. Luego, en cierto momento, fue como un destello único, exclusivamente mental. No una voz en la cabeza, ni una imagen precisa, sino una revelación, una intuición prodigiosa (¿fueron realmente ellos?), la agradable sensación de saber algo que no sabíamos que sabíamos, la concesión de un saludo en frecuencias superiores, quizá la confirmación de que ellos también se habían dado cuenta de que nosotros estábamos vivos y éramos capaces de comprender el sentido de la única cosa que, tal vez, nos unía.

Alguien (no un Bot) se atrevió a llamarlo fraternidad.

En situaciones parecidas, se vieron delfines salir del agua como locos, chimpancés bailar agitando las manos al cielo, lobos aullar a intervalos como ningún etólogo había oído antes. Reacciones extrañas se registraron en todas partes durante aquellos ochenta y siete días. Quien quiera puede consultarlo todo en el Archivo.

Después se fueron.

O mejor dicho, desaparecieron, porque tampoco esta vez se avistó ningún vehículo (ningún OVNI), lo que sonó casi como un bofetón a nuestra imaginación y credulidad. No hubo explicaciones ni comunicaciones posteriores. Ni siquiera la promesa de volver. Simplemente, de un momento a otro, nadie volvió a verlos.

Los Rorschach –¡qué nombre!– se habían ido.

Nos quedaron los videos, sí, y las imágenes grabadas en nuestras memorias eidéticas, prueba de que no fue solo un sueño. Y, por supuesto, nos quedó aquel momento de comunión.

Nada de objetos, mensajes, curas milagrosas o tecnologías indistinguibles de la magia: nos dejaron algo que nos volvió ciegos y mudos, algo que trasciende las coordenadas de la existencia tal como la conocemos, de nuestro saber, de la geometría y la física, de los peces y de las galaxias. Algo que sentimos, pero que aún no sabemos.
Algo para lo cual, quizás algún día, encontremos las palabras.

Alessandro Vietti, ingeniero, nació justo a tiempo para presenciar la conquista de la Luna. Quizás por eso siempre le han interesado la astronomía y la fantasía. Vive y trabaja en Génova en el sector energético y se dedica a la divulgación científica y a la escritura. Autor de varios relatos cortos que han aparecido en diversas antologías, ha publicado las novelas Cyberworld (1996), Il codice dell’invasore (1999), Real Mars (2016), que ganó el Premio Italia 2017 a la mejor novela italiana de ciencia ficción, e Il Potere (2018).

 

EL OTRO SEGMENTO

Diego Muñoz Valenzuela

COORDENADA TEMPORAL 5648222


He estado desde siempre en el laboratorio. Carezco de cualquier recuerdo ligado a otro lugar que no sea éste. Los autómatas debieron cuidar de mí cuando pequeño debido a mi constitución biológica pura. Yo no puedo ser reparado como ellos, estoy sometido de por vida a la fatiga física y mental, a la necesidad de descanso, al deterioro progresivo de mi organismo que habrá de culminar con la vejez inútil y, por último, con la llegada de la muerte. Ellos me interrogan con frecuencia acerca de la sensación del cansancio, el sueño, el aburrimiento, el dolor. Resulta imposible explicarles nada. No sólo es engorroso tratar de descubrirles mis experiencias, sino que me siento desgraciado, insignificante ante su eternidad racional e inconmovible. Ellos conocen bien el significado formal de las palabras que expresan estados físicos o psicológicos, tienen almacenadas en sus unidades de memoria las definiciones de la risa, el tedio, la rabia, el sufrimiento, el dolor. Pero, aunque pueden identificar esos estados en mi persona, son incapaces de comprenderlos, de atisbar siquiera por un instante mis sentimientos. Tampoco conciben mi identidad; ellos están en permanente intercambio de información, podría decirse que son uno solo con la computadora central que rige todas las actividades del Laboratorio. Les he preguntado si no les parece graciosa mi condición de ser orgánico débil; han respondido que esa es mi naturaleza, así como la de ellos es perenne e inmutable, que para encontrarlo gracioso tendrían que poseer rasgos biológicos similares a los míos, y en ese caso no podrían divertirse conmigo, pues sería como burlarse de sí mismos. A pesar de su lógica impecable, no abandonan sus arrebatos de curiosidad. Han estado conmigo desde mi nacimiento y he visto junto a ellos las imágenes holográficas que siguen la evolución del embrión que fui, aquella minúscula criatura flotando perezosamente en el fluido nutritivo del reactor tibio, translúcido. Los sensores microscópicos informan ciertos paneles que despliegan gráficos de presión arterial, temperatura, índices metabólicos. El embrión crece hasta que es retirado del medio líquido para que el androide médico active su mecanismo respiratorio pulmonar. Luego la visión tridimensional reproduce las escenas del desarrollo y aprendizaje, la infinita paciencia de los autómatas encargados de las diversas especialidades que hube de aprender de ellos. He visto muchas veces esas escenas en el proyector holográfico tratando de buscar algo indefinible, un detalle que aclare las incógnitas que me agobian. Intenté, y seguiré haciéndolo, averiguar las razones de mi existencia aquí, la función que desempeño o he de desempeñar más allá de la sucesión monótona de los días terriblemente iguales del Laboratorio. La tenacidad de mis dudas se estrella de modo inexorable con la lógica inconmovible de la computadora: el Laboratorio debe funcionar de acuerdo a sus objetivos, mantener los mecanismos en óptimo grado de eficacia, regenerar las piezas dañadas de los androides, reasimilar desechos orgánicos, procurar las condiciones ambientales para mi subsistencia. Le resulta absurdo que yo pretenda tener alguna misión y si pudiera calificarme de corazón, me trataría de engreído o de loco o simplemente de imbécil. En vez de esto insiste hasta el cansancio con sus explicaciones de que no existe ninguna información respecto a una finalidad mía, fuese la que fuese. Está allí toda la historia de mi crecimiento, las normas que rigieron mi alimentación, cuidado médico, educación, todo. Mi presencia tiene que ver con la actividad normal del Laboratorio, en alguna cinta magnética residía la programación de mi existencia desde el comienzo, en un tiempo inconmensurablemente remoto. Quizás todos mis pensamientos y mis acciones estuvieron previstos hasta el mínimo detalle y no hago más que reproducir una sucesión de hechos perfectamente delineada. Ella (la computadora) dice, contradiciendo mi opinión, que soy más bien impredecible por mi sujeción a las emociones, pudiendo opinar distinto sobre un mismo asunto en tiempos diferentes. Dice que ciertos juicios míos dependen de mi estado emocional más que de mi intelecto y de mis conocimientos. Eso me hace sentir espantosamente estúpido e inferior ante la vista de los androides que me consuelan con su historia de las naturalezas distintas. Incluso la computadora ha llegado a conversarme acerca de las etapas de desarrollo de un ser de mi especie; opina que estoy entre dos fases: la inicial tardía y la desarrollada plena. Este fenómeno provoca alteraciones fisiológicas y psicológicas que me hacen aún más inestable, receloso y propenso a las divagaciones desprovistas de sentido. Acto seguido establece que este período será superado y que habré de alcanzar una etapa de mayor tranquilidad, aunque no exenta de las tribulaciones propias de mi condición orgánica. Siento envidia de ellos que no sufren estos malditos cambios que me convierten en víctima pertinaz de la incertidumbre.

 

COORDENADA TEMPORAL 5648298

 

He descubierto una afición que mitiga en buena parte mis dudas y me abstrae de sus tormentos: la matemática. La verdad es que la misma computadora me lo ha sugerido a manera de distracción, sospecho que se trata de una conclusión del androide médico. La matemática y este diario son mis principales actividades, si bien es cierto que no cumplen ninguna funcionalidad en relación con el Laboratorio. Ellos tienen esa inexplicable (para mí) tolerancia hacia mi inutilidad y falta de criterio práctico. Entienden mis debilidades, las estimulan, me prestan su ayuda. Difícilmente podrán concebir placer en la resolución algebraica de un problema intrincado, a pesar de que dominan a la perfección todos sus procesos y los utilizan hábilmente cuando las necesidades del Laboratorio lo exigen. Esa altísima comprensión de las peculiaridades de mi existencia suele exasperarme, me irrita esa superioridad indulgente y servicial. Y luego decaigo por la injusticia de mis sentimientos hacia quienes tanto debo, siento vergüenza de mi actitud orgullosa y mezquina. La escritura de este diario confirma esas míseras necesidades mías: escribo para mí mismo, sin ningún propósito definido, registro mis devaneos absurdos para luego leerlos y disfrutar insensatamente de su reconstrucción gradual. La computadora me entrega casi a diario impresos que orienten mi trabajo, propone temas nuevos y ejercicios con grados de dificultad progresivamente altos. Me siento feliz y ocupado. El tiempo transcurre así con una rapidez extraordinaria. Experimento una voracidad por aprender que hasta hace poco tiempo atrás habría sido incapaz de concebir. Aunque se trate de una mera ilusión, me siento menos insignificante. Y es una ilusión, una pérdida de tiempo, una actitud extravagante, estéril, incoherente.

 

COORDENADA TEMPORAL 5648534

 

He comentado a la computadora mis impresiones acerca de las esferas y su matemática y acabada perfección, le he hablado de la intuición de que cumplen alguna suerte de relación algebraica que rige la armonía de sus formas, pero ella ha contestado que nada así está referido en sus bases cognoscitivas, que en consecuencia carece de sentido lógico imaginar la existencia de alguna relación matemática. Entonces le relaté aquello del círculo trazado con ayuda de dos lápices, uno fijo y otro moviéndose a su alrededor. Ella dijo que era la manera en que se trazaban los círculos. Yo repliqué lo de la igualdad de las distancias al punto ocupado por el lápiz inmóvil. Si se hubiera tratado de un ser orgánico como yo, hubiese pensado que titubeaba, pero no podía ser ese el caso. Tal vez buscaba en lo más recóndito de sus unidades de memoria algo que explicase mis raras proposiciones. Después insinuó que parecía tener yo la razón, pero que no veía nada práctico en ello. Era preferible que continuara mis estudios. Así lo he hecho, cada vez con mayor pasión porque vislumbro la posibilidad de descubrir nuevas cosas   no sé exactamente qué   ni para qué   leyes nuevas, nuevas relaciones no escritas antes por la computadora. ¿Es mi vanidad la que me arrastra a este camino desprovisto de sentido? ¿Busco justificar mi existencia con estas búsquedas anhelantes y ciegas? Si hubiese alguien que compartiera estos afanes, si pudiese hablar con alguien sobre ellos. Perdida la esperanza de entusiasmar a la computadora o a los androides, he pensado en mi unicidad, mi absoluto abandono de congéneres. No necesito consultarles nada a ellos. ¿Por qué tendría que existir alguien más? Los androides, la computadora, son los encargados de cumplir con los objetivos del Laboratorio, a ello deben su existencia y sus afanes. ¿Pero el androide médico no existe en buena parte para encargarse de mi asistencia y control orgánico? ¿No soy, entonces uno de los objetivos del Laboratorio? ¿Acaso no habrá para mí una secreta finalidad dispuesta desde siempre? Claro, no hay otros como yo porque son innecesarios. Esa es la explicación. Hay algo que impide la existencia de otros. Quizás sólo no pueden existir otros. Soy por definición único, solo, extraño, confuso, ajeno.

 

COORDENADA TEMPORAL 5648557

 

He escrito ajeno al final del párrafo anterior y esa palabra, ese concepto mejor dicho, ha estado dando vueltas y vueltas en mi interior. Parece cual si una sombra difusa y enigmática se agazapara detrás de esa idea. He meditado en el significado de ajeno como algo fuera de relación con el medio donde subsiste, ésa es mi situación de alguna manera: soy radicalmente distinto de los androides, de la computadora, de los instrumentos y objetos del Laboratorio. Es como si no perteneciera a este lugar definitivamente, como si procediera de otra parte. Sé de mi historia anterior por las imágenes holográficas, pero cuando he interrogado acerca del origen del embrión me han dicho que estaba allí esperando el momento adecuado para la incubación y crecimiento. El momento estaba predeterminado también desde el principio (¿el principio de qué? ¿el cero absoluto?). Todo estuvo dispuesto en el momento preciso, hasta la atmósfera que debió crearse para permitir a mis pulmones abastecerse del gas oxigenado que debo respirar por razones metabólicas. Antes no hubo atmósfera, alimentos, impresos, dudas, nada de eso. La computadora dice una y otra vez que esto no debe inquietarme, es un hecho objetivo e indiscutible que no merece desperdicio de tiempo. He escrito ajeno y pensado al mismo tiempo en la noción de exterior, como si fuese posible un exterior. Imagino una esfera, hay un lugar donde ella termina: su superficie sólida. Si la esfera es hueca, pueden introducirse cuerpos en su interior, cuerpos que antes estaban afuera. Un cuerpo de cualquier forma tiene adentro o afuera aunque sea sólido. Si es sólido está lleno con algo que lo constituye, que está en su interior. Los cyborg, la computadora, yo mismo, tenemos interior y exterior. El Laboratorio ha de poseer alguna forma. El Laboratorio es todo lo que existe, dicen los autómatas. No tiene sentido pensar en un exterior, como en el caso de mi habitación o de una esfera.

 

COORDENADA TEMPORAL 5648586

 

La computadora comprende mis disquisiciones sobre exterior e interior, pero se niega a aplicar esos conceptos al Laboratorio. Yo he insistido diciendo que el Laboratorio ocupa un espacio susceptible de medir en base a volúmenes más pequeños. He revisado infructuosamente su almacenamiento una vez más, sin encontrar respuestas verdaderas. He pedido que imagine el Laboratorio repleto de esferas de mi tamaño. He dicho que resultaría un número fijo de esta operación. Si imagino una esfera más, ésa deberá estar necesariamente en el exterior y no adentro. Entonces, si puedo concebir esta fantasía, si mi abstracción dice que es posible el afuera ¿por qué éste va a carecer de existencia? La computadora asevera que carece de sentido la noción de exterior, que no sirve para nada a los objetivos del Laboratorio y repite mil veces su raciocinio imperfecto (¡qué digo!). Hice un bosquejo, una suerte de mapa del Laboratorio tratando de reproducir la sensación de forma que me producen. Mantuve las proporciones para trabajar con un tamaño razonable y así pude obtener una especie de disco ondulado con tres protuberancias equidistantes. Fue un arduo trabajo que consumió muchas jornadas. Una vez finalizado el bosquejo, se lo presenté a la computadora. Lo examinó con atención, casi con perplejidad (sentí esa absurda impresión). Opinó, después de un rato, que esa matemática que hacía con las formas era una cosa nueva, desconcertante e impredecible, tal como yo, pero que no existía nada de valor práctico que se pudiese hacer con ella, no imaginaba cómo poner esas ideas en su base cognoscitiva. Por último era curioso cómo podía llegarse a un absurdo tan evidente por una vía aparentemente racional. Nada existe además del Laboratorio. El Laboratorio es todo lo que existe. Nada está afuera, no posee exterior. Eso es todo lo que puede explicarme con su voz suave y desprovista de matices y su ilimitada indulgencia.

 

COORDENADA TEMPORAL 5648668

 

He discurrido largamente la idea de finitud y de forma del Laboratorio sin llegar a deducciones definitivas. Revisé mi "mapa" con minuciosidad y corroboré su exactitud para proceder a elaborar una imagen holográfica para enseñarla a los androides. Su reacción ante la proyección ha sido negativa una vez más, podría resumirse en que encuentran "ingeniosas" mis proposiciones y la manera en que logro desembocarlas en conclusiones disparatadas a través de un proceso de apariencia rigurosa y matemática. Sin embargo se declaran fuera de competencia cuando les solicito que identifiquen el paso algebraico que conduce al error flagrante de mis resultados. Suelen alegar que el desacierto consiste en la base de mi procedimiento: la aplicación de las leyes matemáticas al estudio de los cuerpos y las formas, porque no existe siquiera un recóndito vestigio de tales métodos en sus bases de conocimiento. Es del todo imposible realizar una discusión productiva con ellos. ¿O simplemente he perdido la razón al vagar por este espacio de formas y relaciones hasta perder toda noción de realidad y de utilidad? ¿Puedo juzgar como estúpidas las reacciones de los seres que me trajeron a la vida, me enseñaron, cuidaron de mí con paciencia, hasta con resignación? Pero ellos carecen de experiencias sensoriales como las mías, su naturaleza es opuesta, radicalmente diferente a la mía. Lo que para mí es paciencia es para ellos deber, mi idea de rutina significa perfección para la computadora; no valoran nada realmente, alternan con la sucesión monótona de las coordenadas temporales, tienen previstas sus actividades hasta épocas inimaginables.

Si hay un exterior ¿cómo habrá de ser su apariencia? ¿Tendrá, a su vez, un exterior? ¿O será el Laboratorio su exterior? Claro, de algún modo si defino una esfera, lo que hago es convenir lo que constituye su interior y lo que está afuera. Ahora, todo lo que está afuera posee también una forma cuyo exterior es precisamente la esfera. Por eso ambas nociones están aparejadas de modo indisoluble. Cualquier forma segmenta en dos la totalidad que uno quiera considerar. De manera que es preferible hablar del otro segmento. Tal vez exista otro ser como yo del otro lado cavilando en este mismo sentido. Esto comportaría una suerte de simetría entre ambos segmentos, simetría que sería hermosamente matemática y perfecta, pero que no puede ser deducida a partir de la información de que dispongo ahora. Debe existir algún modo de demostrar la veracidad de mis hipótesis. Observo la imagen holográfica sin acertar a descubrir la respuesta.

 

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¡Tengo la ansiada respuesta! Debo encontrar o abrir una puerta hacia el otro segmento. La superficie de la imagen holográfica denota los puntos de contacto con nuestra externalidad. Es posible llegar allí cruzando esa superficie. Si yo parezco ajeno al Laboratorio, si provengo realmente de otro lugar, debo haber cruzado esa puerta alguna vez. Ya sé que la computadora no maneja las nociones de la matemática de las formas (ni quiere hacerlo, aunque creo que tiene capacidad suficiente para ello), en consecuencia ninguna ayuda puedo esperar de ella. Intenté incorporar mi imagen holográfica a sus procesos para lograr que la perfeccionase, pero fue inútil: si no ve un beneficio identificable se niega de plano a invertir energía en otra cosa que escucharme y tratar de disuadirme de ideas extrañas. Por lo tanto me he resignado a trabajar a solas en la búsqueda de la puerta, revisaré escrupulosamente las probables superficies de contacto.

 

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Un alto en mi investigación servirá para realizar un balance entre éxitos y fracasos para visualizar con calma los escasos   aunque no exentos de valor   resultados alcanzados a la actualidad. Lo primero que debo anotar es que toda la superficie de contacto tiene aspecto y consistencia similar, es una especie de metal aparentemente liviano. La unidad de su constitución refuerza mi hipótesis de que se hubiera visto disminuida acaso se constatara la existencia de diversos materiales. Por otra parte, cuando intenté sacar una muestra de material con herramientas apropiadas, los androides me conminaron severamente a abandonar inmediatamente tales actividades. Aludieron peligros difusos residentes en sus unidades de memoria. No pudieron explicar la naturaleza del peligro que enfrentaba, pero vi tal disposición en sus miradas desprovistas de auténtica vida que comprendí que en nada trepidarían con tal de que no cumpliera mi propósito. Sentí miedo de ellos por primera vez en mi vida y les entregué mansamente mis herramientas.

 

 

Tercero, no encontré nada semejante a una puerta, al menos en primera inspección. Sin embargo, descubrí una pantalla de considerables dimensiones montada sobre un codo cuyo otro extremo está montado, o más bien nace, de la superficie de contacto. Está hecho del mismo material de la superficie. Consulté a la computadora acerca de la funcionalidad de aquella pantalla y no me entregó ninguna respuesta razonable: "siempre ha estado allí", "forma parte de Laboratorio", "carece de importancia" y otras aseveraciones por el estilo. No hay switches o mandos que sugieran operabilidad. Si la califico de pantalla es porque parece constituida de un vidrio opaco, grisáceo, como los paneles de la computadora. Siento que los androides me vigilan después de mis comentarios sobre esta pantalla. Creo que temen vaya a intentar destruirla. No hay ningún objeto con qué romperla tampoco, han ocultado todo en alguna parte. No he decidido romperla siquiera, pero ellos ya han tomado todas las prevenciones posibles. Creo que siempre hay uno de ellos cerca mientras duermo. Simulan actividades para que no me sienta cercado, pero lo mismo da su delicadeza, la verdad es que me someten a una vigilancia continua y estricta. ¿Qué puede haber detrás de esa pantalla? ¿Cuál es la razón del peligro almacenado en sus memorias? ¿Por qué les temo ahora? ¿Por qué ellos me temen a mí?

 

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La custodia es permanente. Si llego a aproximarme a la pantalla, siempre hay un par de ellos cerca, viéndome de reojo. No resisto sus miradas ni el agobio de esta situación. Ellos no pueden cansarse, aburrirse, desistir o enloquecer. Yo sí, absolutamente sí, iré cuando reúna el valor suficiente para hacerlo. La computadora trata de tentarme inventando juegos necios. Quieren erradicar esta obsesión de mi mente, lo sé. No lo lograrán, jamás me convencerán de sus estúpidas imposibilidades. Es mucho más verdad esta idea que me circunda que todas sus afirmaciones y sus credos, más verdad que la que mis ojos pueden ver o mis dedos tactar. ¿Habrá otros como yo? ¿Habrá habido otros en el pasado? ¿O seré una creación de los cyborgs, una justificación insólita para sus existencias? Ninguna de estas respuestas podré encontrar aquí dentro. He de salir en su busca. He de tener fe en mi pensamiento y audacia para cumplir sus dictados.

 

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Mi certeza es total. Afuera existe algo y la única forma de acceso es mediante la pantalla adherida a la superficie de contacto. La existencia carece de sentido si no actúo ahora. Uno de mis lápices es de metal bastante sólido y es posible que sea suficiente para atravesar el vidrio opaco de la pantalla. Tengo mi herramienta oculta entre las ropas, aguardando la ocasión propicia.

Doblo por el pasillo seguido de cerca por el cyborg médico. Sin necesidad de mirar hacia atrás presiento su andar sordo y rítmico. Descubro el agitado rumor de mi corazón saltando allá abajo. Mis piernas vacilan, estoy tembloroso, parezco convaleciente de una grave enfermedad. Dos estancias más allá está la sección donde me aguarda la pantalla. Un vahído amenaza apoderarse de mis sentidos. Logro vencerlo y avanzo por el pasillo frente a la segunda estancia. Debo parecer tranquilo para no llamar la atención del androide. Afirmo mi marcha y cruzo la primera estancia. Imagino como el cyborg estará enviando mensajes a la computadora y a los otros. Emprendo una loca carrera derribando instrumentales, luces, cajas, estoy frente a la pantalla, enarbolo mi arma y la dejo caer sobre la superficie lisa y opaca una y otra vez, veo cómo crecen en ella fisuras por donde saltan trozos de vidrio reluciente, un resplandor hiere mis pupilas y acometo con mayor furia mi tarea, aunque casi a ciegas por el brillo que emana de la abertura que voy excavando sobre la pantalla, casi puedo ver a los androides precipitarse sobre mi cuerpo para detenerme, aprisionarme entre sus brazos mitad mecánicos   mitad biológicos, atenazarme y arrastrarme lejos, debe erizar mis cabellos el espanto cuando ya a mano limpia golpeo los restos de vidrio que estallan en mil fragmentos inundados de luz y dolor. Entonces, de un salto, me precipito en la cavidad recién abierta y me sacude la sensación de vértigo y caída, de laceración y fulgor. Entonces, mientras voy cayendo hacia el otro segmento, entreabro los ojos para ver la aterrada imagen de mi propio rostro en algo que podría ser un espejo pero no lo es, unas facciones idénticas a las mías sobre una faz crispada, una imagen especular que cae en el otro sentido, hacia mi Laboratorio, una imagen que lanza un grito de horror justo cuando abro los labios, una figura cayendo hacia la luz con los nudillos manchados de sangre desde el otro segmento.

Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956). Ha publicado siete libros de cuentos: Nada ha terminado, Lugares secretos, Ángeles y verdugos, De monstruos y bellezas, Déjalo ser, Las nuevas hadas y Microsauri; cuatro novelas: Todo el amor en sus ojos (tres ediciones: 1990, 1999, 2014), Flores para un cyborg (tres ediciones: 1997, 2003, 2010), Las criaturas del cyborg (2011) y Ojos de Metal (2014); las tres últimas conforman una trilogía de ciencia-ficción; y los libros ilustrados de microrrelatos Microcuentos (libro virtual, 2008, con Virginia Herrera) y Breviario Mínimo (2011, con Luisa Rivera). La novela Flores para un cyborg fue publicada por EDA Libros en España (2008), en Italia por la editorial Atmosphere Libri (2013), y en Croacia por la editorial ALFA (2014); y los volúmenes de cuentos TAJNA MJESTA (Lugares secretos) en Croacia por ZNANJE (2009) y MICROSAURI (Microsaurios) en Italia por Robin Edizioni (2014). 

 

TRES VENTANAS