martes, 30 de diciembre de 2025

LA PASION DE LÁZARO

Sergio Gaut vel Hartman

 

Olió la presencia húmeda de plantas hundidas en la tierra blanda, rodeadas de zarzas, del viento soplando desde el mar, porfiando con el polvo y la sequedad del desierto; saboreó el agua cenagosa, la putrefacción, el limo ácido abrasándole la garganta. Sentía todo eso. ¿Qué era? ¿Una alucinación? Se obligó a convencerse de que estaba alucinando o soñaba despierto o en realidad dormía y soñaba que había logrado salir de la cueva donde lo habían guardado. ¿Guardado? Luchó contra una bandada de verbos bandidos, salteadores de los caminos del lenguaje. Guardado. ¿Almacenado? Depositado. ¿Escondido? ¡Eso! Lo habían escondido, urdiendo una dudosa muerte, para sustraerlo de la furia de Caifás y el Sanedrín. No, no lo habían escondido. Ni hubiera habido furia alguna sin la resurrección; en ese caso no estaría huyendo como una rata. Algunos suponían que no tenía derecho a regresar del mundo de sombras y trataban de obligarlo a marcharse, otra vez; no hay lugar en el mundo para alguien que ha sido llamado. El miedo a la muerte estimula a buscar a Dios en procura de auxilio, pero él no lo necesitaba; Dios mismo había actuado y los hombres trataban de torcerle el brazo. También habían lanzado una bandada de verbos tras otra sobre él. Querían cazarlo, detenerlo, capturarlo, apresarlo. Montado en cada verbo había un levita, los fanáticos y ciegos servidores del poder del templo. Sin dar lugar a dudas, ellos serían mucho más crueles y expeditivos que cualquier verbo que un hombre pudiera formar con sus labios y su lengua.

Dio dos o tres pasos para asegurarse de que estaba caminando. La creciente oscuridad de la tormenta que se iba formando sobre el horizonte era la prueba de que se movía en la dirección correcta. Adelante, cerca del río, había un abismo en el que el sol caía sin cesar todas las tardes, haciendo hervir la roca y formando un gigantesco torbellino de arena que se elevaba en espiral. En el espacio vacío de ecos, el sendero sobre el que apoyaba los pies se desmoronó, arrojándolo con gran estrépito a un costado. ¿Ni siquiera podía estar seguro del suelo que pisaba? Una fuerza inextinguible trataba de expulsarlo del mundo, otra de retenerlo. ¿Se había convertido en una herramienta que todos codiciaban, en el objetivo de un juego sin reglas? Recordó, no quería recordar y recordó. Había estado enfermo. Había muerto. Había sido resucitado. La más grande demostración de poder divino había servido para devolverlo a la vida terrenal, pero no para evitar que lo persiguieran. Ahora era un fugitivo. No podía comprender con precisión lo que ocurría. Había estado muy enfermo, pero solo recordaba haberse dormido y recordaba el despertar. Si en verdad había estado muerto cuatro días, le resultaba imposible relatar nada de lo ocurrido en ese lapso; los cuatro días en la tumba eran un borrón negro en su mente. El tiempo no existe para los que duermen el sueño de la muerte.

Tampoco existe el tiempo para el ojo que habita un plano de existencia superior al del fugitivo. El ojo está fuera del tiempo y fuera del espacio. Pero gracias a su condición de ojo puede ver. ¿Qué ve? El ojo observa a un hombre delgado y enfermizo que se pone de pie y reanuda su avance por un camino estrecho, flanqueado por matorrales espinosos. El hombre delgado y enfermizo huye, sobre eso no hay dudas. ¿De qué huye? La resurrección ha sido un alarde de prepotencia divina. Fuera cual fuese la fuente de ese poder portentoso, los líderes judíos estaban persuadidos de que muy pronto toda la gente común creería en esa fuerza. Él, el resucitado, era la prueba viviente y debía desaparecer.

Calculó que marchando a paso vivo llegaría al Jordán mucho antes de que cayera el sol. No hubiese sido sencillo cruzarlo sin luz, por lo que era imperioso que el anochecer lo sorprendiera del otro lado del río. Y luego allí, ¿qué? Había media jornada de marcha entre la orilla oriental y Philadelphia, la ciudad de Abner. Se sentía débil. La muerte lo había consumido. Pero no podía darse el lujo de la vacilación. Caminaría a ciegas en la oscuridad, su mejor aliada. Por otra parte, nadie sabía quién era él en la Perea. Verían pasar a un hombre macilento, presuroso, y se preguntarían si lo perseguían los demonios. Ningún demonio, podría responder él a los gritos; me persiguen los intrigantes asesinos del Sanedrín. Pero no lo haría, de nada hubiera servido. Esos sencillos labriegos apenas podían enderezar el cuerpo curvado sobre la tierra. Nada sabían de milagros o de la proclamación de la buena nueva. Ignoraban que los sacerdotes estaban decididos a detener la difusión de que alguien había resucitado de entre los muertos y que ese prodigio había sido el resultado de un poder singular.

Pero mientras cubría la distancia que lo separaba de su meta, el fugitivo volvió a preguntarse en qué había consistido esa muerte. Podía asegurar que había estado muy enfermo, que se sintió morir, aunque nunca se atrevió a esperar ningún milagro, que un mago abandonara los asuntos esenciales de su obra para acudir a socorrerlo. ¿Quién era él, cuánta su importancia para que los ríos y los vientos torcieran su rumbo? Multitudes de augures y sanadores recorrían las comarcas y las aldeas alardeando de sus capacidades, pero él no confiaba en ese poder para curar enfermedades con la imposición de las manos o la fuerza de unas palabras pronunciadas con voz grave y persuasiva.

Además, el poder divino lo había devuelto a la vida, pero sin aclarar por cuanto tiempo. ¿Era un regalo, un préstamo, una burla? Su hora había llegado, como a todos les llega, pero una voluntad superior intervino para corregir su propias escrituras. Sabía que la gota de hiel en la punta de la espada del ángel de la muerte actúa al final del tercer día. ¿Acaso la mente divina había planeado toda esa representación con un propósito mezquino, que se desentendía de sus propios sentimientos? ¿Qué pretendía demostrar? ¿Solo su poder, el puro poder de la divinidad? Tal vez él era un peldaño que debía ser pisado en el ascenso del elegido hacia la cúspide del universo. Se le había exigido ese sacrificio, aunque sin preguntarle si estaba dispuesto a padecerlo. ¿Debía aceptar, gustoso, con el corazón sangrante, pero abierto?

Se detuvo. Una bandada de dudas le cerraba el paso. No, no era una bandada, esta vez era un ejército. El ejército de las dudas había sido reclutado entre todas las preguntas sin respuesta que el acto de la resurrección puso de pie. Bajó los brazos, desalentado. No llegaría jamás a Philadelphia. Y aunque llegara; no lograría cruzar la muralla que rodeaba la ciudad. Abner lo vería como lo que era, un guiñapo innoble, una rémora. Su resurrección era una tea que ya se había consumido, su utilidad era esa y solo esa: mostrarle a los que dudaban del poder que no había límites. Pero la muerte, pensó, mi muerte, aguarda tras ese recodo del camino, o del siguiente. Digámoslo de una vez con todas las letras: ¿Para qué resucitarme si no estaba dispuesto a concederme la inmortalidad? No cometí tantos pecados como para merecer esta doble muerte.

El hombre se resiste a reconocer que hay un propósito, mucho más próximo al poder que a la fe. Un día, un mes, un año adicional pueden contener las semillas de un árbol que crecerá alzando sus ramas hacia el cielo. Se resiste, pero finalmente cede. Empieza a intuir las razones. Él, el resucitado, es la prueba viviente y debe permanecer sobre la tierra el tiempo que sea necesario, no más. La idea de la rebelión inunda su sangre y le otorga nuevas fuerzas. Se pone en marcha otra vez. Cruza el río. Las dudas se dispersan en todas direcciones, difuminadas en una niebla gris y espesa. Cree ver las torres y las cúpulas de Philadelphia recortadas tras la línea del horizonte, aunque sabe que eso no es posible. Quizá sea la ciudad del futuro, guardada por ángeles de hierro. Ha tenido visiones como esa antes y tras el período en la cueva se han vuelto más agudas e insistentes. Escribirá acerca de esos hechos, se entusiasma. Las enseñanzas de su maestro y protector iluminarían el camino con una luz que no le vendría nada mal a él, en ese momento, cuando las penumbras empiezan a cubrir el mundo con su manto azul.

 

Estaban en la sinagoga, en Philadelphia. Abner había convocado a más de cien compañeros para descifrar el sentido de la crucifixión de Jesús y su resurrección. Un mensajero llegado de Jerusalem había traído la noticia. Puesto que Lázaro se había incorporado a ese grupo de creyentes, y que él mismo había pasado por una experiencia similar, estaban dispuestos a creer que también Jesús había resucitado de entre los muertos, ¿por qué no? Era un tiempo de portentos. Abner y Lázaro, que estaban juntos y enfrentaban a la congregación, acababan de abrir la sesión cuando algunos vieron aparecer una forma difusa, una sombra, una repentina y creciente marea, de un negro más intenso que la pez, cortada por el reflejo del sol sobre la pared.

Abner y Lázaro avanzaron unos pasos hacia la sombra, como si se propusieran dar la bienvenida a un hermano perdido y recuperado. Pero la sombra, esquiva como todas las de su especie, desapareció en la luz y dejó un soplo de cenizas flotando en el aire. Abner y Lázaro se miraron. Compartían la inquietud y los recelos que habían nacido en ellos a partir de hechos tan extraños como improbables. Se acostumbraba enterrar a los muertos el día del fallecimiento; era una hábito forzoso en un clima cálido. Con frecuencia enterraban a alguien que solo estaba en coma, de modo que el segundo, o aun el tercer día esa persona emergía de la tumba y parecía resucitar. ¿Era solo eso lo que había ocurrido con Lázaro? ¿Era más que eso lo que había ocurrido con Jesús?

Lázaro supo que sucediera lo que sucediese de allí en adelante, el mito desempeñaría una función indispensable. No interesaba demasiado lo que registraran los sentidos. Todas aquellas personas que habían seguido al Maestro estaban listas y dispuestas para construir un relato que les permitiera revivir la realidad original a cada momento, respondiendo a sus necesidades más profundas. El Maestro hablaría en sus mentes y en sus corazones; todos sentían la necesidad de recuperarlo y había que fijar esa imagen con la mayor certeza y seguridad, antes de que otros lo hicieran arteramente, con propósitos de manipulación y dominio. Él, Lázaro, que había estado muerto o creía haberlo estado, era quizás el único que no tenía nada que perder.

Lázaro alzó los brazos y se fundió con las sombras. Durante un mágico instante la escena se cristalizó y todos los presentes oyeron, ávidos, las palabras que deseaban oír.

 

Enfocado como un rayo contra las paredes y el suelo, contra la tierra, las piedras y los árboles, contra las personas que hervían y se vaporizaban como hierbas secas entre nubes de bruma, el mito creció a expensas de la verdad. Lázaro supo que solo había un modo de recuperar la versión original del momento de luz: hurgar entre las ruinas de lo que había sido aquella semana, desde el momento en que supo que el Sanedrín había decretado la muerte de Jesús hasta la crucifixión del Maestro. Decididos a detener la difusión de las enseñanzas, los sacerdotes juzgaron, no sin razón, que sería inútil ejecutar a Jesús si permitían que Lázaro, el milagro máximo, atestiguara que Jesús lo había traído de regreso de la morada de los muertos. Lázaro había permanecido en su casa de Betania hasta que la situación fue insostenible.

Pero desde entonces habían pasado muchos años. Años de confusión y desencuentros. Riñó con Pedro y con Santiago, el hermano carnal de Jesús; se apartó de Pablo porque no aceptaba los intentos de este por alterar las enseñanzas del Maestro. Lázaro, que a diferencia de Pablo había conocido y amado a Jesús, no soportaba a ese hábil corruptor de las doctrinas del esenio. No obstante, Pablo era poderoso y él era el mismo hombre frágil y enfermizo que había huido a través del desierto, que se esforzaba para poner distancia con sus perseguidores, aunque mucho más débil y gastado que entonces. Ahora, más que nunca, estaba seguro de que la resurrección había sido la jactancia de un poder superior, desinteresado de sus pareceres y sentires. Él no había merecido esa muerte, pero tampoco este jirón de vida adicional, estéril, inútil como una cuerda demasiado corta.

 

Lázaro recordó cada instante. Como si fuera posible llamar por su nombre a cada una de las lentejas que navegan en un plato de guiso, recordó el antes y el después de aquel día glorioso. Recordó las palabras, los gestos; los puños y los gritos. Al oír la llamada de Jesús había sentido que la muerte se alejaba de él como un barco con las velas desplegadas, y supo que el error del sueño y el dolor y la pasión regresaba de su insólita aventura. Eso recordaba y eso es lo que ahora, sobre un pergamino dorado, escribe afanoso y lúgubre. Lucha contra una bandada de verbos bandidos, salteadores de los caminos del lenguaje. Urdir. Intrigar. Mentir. Falsear. Las fuerzas lo abandonan. Ya ha luchado antes contra esos gigantes, sin ánimo ni esperanzas de vencer. Regresan del mundo de sombras para exigirle silencio, para reclamar la propiedad de la leyenda, para empujarlo en una dirección correcta. ¿En qué se han convertido, hermanos? ¿En qué nos hemos transformado? Lázaro examina el presente y vislumbra el futuro: el final de la fraternidad libre y el nacimiento de la turbia organización jerárquica. Ve a los ricos recelando de los pobres que han encontrado su fe; ve que sienten que esa fe pura, derivada directamente del Maestro, amenaza sus poderes, por lo que han decidido devolverla como una moneda falsa, adulterada para servir a sus mezquinos intereses. Escribe. Escribe.

 

Escribe. Escribe. El texto tiene mil páginas, diez mil páginas, un millón de páginas. Él no puede dejar de escribir. Los nuevos hechos se superponen a los viejos, los corrigen y modifican. Cada corrección anula un año, una década, un siglo. Pero cada corrección abre docenas de puertas que dan a galerías en cuyos flancos docenas de puertas que dan a galerías abren y cierran interminables laberintos y ramificaciones. Cada palabra que escribe en el libro infinito contiene un universo completo. Cada universo que crea con cada palabra que escribe en el libro contiene creaturas que nacen, sienten, piensan y mueren. Cada universo que crea con cada palabra que escribe en el libro tiene su Jesús y su Caifás, su Pablo y su Lázaro. Conoce el signo: la multiplicación. A medida que se interna en el libro que está escribiendo desde hace más de dos mil años, como si lo hiciera en uno de los tantos pasillos no autorizados, todos esos pasillos llenos de luz y radiación, lugares tan inesperados, contradictorios, su cuerpo, su mente y su corazón se ven invadidos por ecos de alarma y sorpresa; hasta las piedras con las que fueron construidos los edificios menos importantes regresan a su estado natural y suplican por un orden distinto. Pero, ¡hay tantas posibilidades! Las palabras forman frases y las frases párrafos. No hay dos frases iguales, ni dos párrafos. Un único hecho permanece inmutable, inalterado, sin que importe cuantas páginas le agregue al libro. En todos los pasillos, en todos los capítulos, en todos esos años, interminables años de permanecer sobre la tierra. Lázaro no desea que la súplica abandone sus labios, pero las palabras, como pájaros rebeldes, escapan de su boca y forman la sentencia temida, casi aborrecida.

  —Maestro, ¿por qué me has condenado?

 

El viejo estaba sentado junto a la ventana, en uno de esos bares olvidados por la mano destructora del progreso y la modernización. Me planté frente a él y lo dominé con el volumen de mi cuerpo. Él casi no me miraba; sus ojos hundidos, como ayer, como siempre, escurridizos como ratas, correteaban por los zócalos y molduras, guirnaldas, florones y filetes. Los ojos de Lázaro eran pozos sin fondo, abismados en el tiempo.

—¿Me puedo sentar?

—No. Pero de todos modos lo harás; está escrito.

—¿Dónde está escrito?

—En mi libro, ¿dónde si no?

—En tu libro... ¿Has previsto todos y cada uno de los movimientos, como deseaba Laplace?

—Fui Laplace durante un tiempo. No me gustó.

Sabía desde el principio que no sería sencillo. ¿Cuáles, cuántos había sido en dos mil años?

—No me interesa Laplace —le dije—. Te he buscado por todas partes; las conjeturas indicaban que terminaría encontrándote.

—Ya no soy aquel. Soy el que soy ahora. La única forma de burlar la inmortalidad es olvidar cada uno de los que he sido. 

—Esa clase de inmortalidad se anula a sí misma; si no se puede recordar el pasado se está condenando a un perpetuo presente.

—¿Cómo se te ocurre pensar que deseo otra cosa?

No había cambiado. Seguía siendo el hombre delgado y enfermizo que tropezaba, caía y se ponía de pie en ese camino olvidado de Jerusalem a Jericó, cubierto un millón de veces por la arena y el polvo del desierto. Había logrado escapar de la ira del Sanedrín, había eludido la hostilidad de Pablo, pero no había podido poner distancia con la cadena perpetua con la que lo había engrillado el Maestro.

—El libro —dije—, ¿dónde está el libro?

Lázaro me miró por primera vez, y su mirada fue un relámpago que me dejó ciego para siempre, por lo menos para ver el núcleo de dolor que anida en el pecho de un inmortal.

—Lo quemé. Ahora el libro está aquí —dijo señalando su frente con un dedo largo y afilado; la uña de ese dedo podía ser perfectamente la herramienta destinada a abrir la cerradura más hermética.

Me sobresalté. —Si ese libro describe los hechos ocurridos en los últimos dos mil años y la única versión es la que habita tu cerebro, corremos el riesgo de que sus expresiones y emociones se disuelvan como azúcar en el agua hirviente.

Lázaro sonrió, pero fue una sonrisa fría, una mueca falsa. —Tu temor es infundado. Este libro, contra mi voluntad, seguirá su camino para siempre. Los hombres pasan, pero Lázaro ha sido condenado por la voluntad que pretendió salvarlo.

—Este diálogo es imposible —dije—; no está ocurriendo. Esta escena es producto de mi imaginación. Lázaro, si existió alguna vez más allá de la metáfora del Predicador, murió en su tiempo.

—Como gustes. —Lázaro vertió unas gotas de un licor oscuro y denso como sangre coagulada en una diminuta copa de cristal labrado. —Como gustes —repitió. Se llevó la copa a los labios y dejó que el líquido resbalara lentamente. Parecía oscuro y fétido, pegajoso, grasiento. Una mezcla de malicia y senil sagacidad activaba cada uno de los movimientos que efectuaba el inmortal, y por su misma naturaleza conducían a la pregunta fatal, pero yo no deseaba hacerla. Lázaro, si ese hombre era, finalmente, el resultado del mayor milagro operado por el Nazareno, y no un fraude absurdo, demostraba que es el ciego azar y no una voluntad creadora lo que rige los destinos del Universo.

—Lázaro —dije por fin, resignado a mi suerte—, ¿estuviste muerto y él te resucitó?

Lázaro depositó la copa sobre la mesa; el golpe del vidrio contra la madera produjo un sonido crepuscular, nocivo; hundió la cabeza entre las manos y un sollozo convulsivo sacudió su cuerpo. Respeté su reacción y aguardé impasible la respuesta. Probablemente se tomó otros cien años para reunir las fuerzas necesarias y solo entonces volvió a mirarme, por última vez, no porque estuviera listo para partir, sino porque yo lo dejaba en paz para siempre.

—No —dijo—, él jamás me resucitó; yo siempre estuve muerto.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia y dirigió la revista Parsec. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novelas cortas Otro caminoCarne verdadera y Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. En las últimas semanas ha sido finalista en varios concursos literarios, aunque no ganó ninguno de ellos. 

EL ATLAS DE OTRO MUNDO

Ak Welsapar


 

Del ciclo «El viejo Merv»

Juma, de Merv, estaba convencido de que el mundo era enorme. Pero sus vecinos de la calle lo dudaban. Él les decía que en el mundo había tantas ciudades como su Mаri natal (como ahora se llamaba) que no se podían contar. Y que existían otras que, comparadas con ellas, ni siquiera merecían llamarse ciudades. Apenas unos pueblitos…

Ya se había casado, tenía casa y, por supuesto, hijos. Pero sus vecinos, tanto de la derecha como de la izquierda, seguían sin creer que hubiera tantas ciudades como Mаri en el mundo. Incluso el profesor de historia Itálmaz, vecino dos casas más allá, dudaba más que nadie. Mucho más incluso que Allak, que en general no creía en nada en este mundo. Cuando los vecinos se enzarzaban en una discusión (y se reunían casi todas las noches, justo después de la cena familiar), Allak más de una vez expresaba su temor de que las estrellas no fueran otra cosa que las cabezas de clavos celestiales, y que, Dios no lo quiera, si se oxidaban y se soltaban, al cielo ya no habría forma de sostenerlo allá arriba.

Según una antigua tradición, los habitantes de Merv se reunían en pequeños grupos en casa de algún vecino y bebían té verde. El ritual del té era largo, ya que, conforme a la costumbre ancestral, la tetera se sostenía bien alta y el espeso té verde caía en hilo fino dentro de la piala. Aquellas tertulias sustituían no solo a internet, sino también a la televisión, ya que en aquellos tiempos los mervíes aún no tenían ni una cosa ni la otra. Por eso, la gente respetable disponía de mucho más tiempo para disfrutar tanto de la amistad vecinal como de las riñas entre vecinos…

Las discusiones eran variadas, pero casi siempre giraban en torno a lo que ocurría en otros países y a qué ciudades dignas existían en el mundo, además de Mari. Que Mari era grande, nadie en la ciudad, salvo Juma, se atrevía a ponerlo en duda. No es de extrañar que en aquellas disputas él se sintiera solo: no sabía cómo explicarles a sus vecinos que el mundo era mucho más grande de lo que ellos imaginaban.

Durante muchos años intentó hacerles entender la verdad de la vida, pero todo fue en vano.

«¿Acaso morirán sin haber comprendido cosas elementales?», se desesperaba a veces Juma. «No, estoy obligado a explicárselo. ¡Obligado!»

Pero aquellas discusiones casi siempre acababan de la misma manera: quién se había casado, a quién le había nacido un hijo, cuánto costaba tal cosa en el bazar… Y el tema principal, como sin darse cuenta, se apagaba, quedando sin respuesta.

—¡Entiéndanlo de una vez! —se exaltaba Juma—. Si la Tierra fuera tan pequeña como ustedes creen, si hubiera tan pocas ciudades, ¡todavía andaríamos con camisas tejidas en casa y viajaríamos en carretas! ¡Ustedes mismos ven que en Mari no se produce ni la centésima parte de lo que usamos a diario!

En esos momentos, cuando perdía la cautela y rozaba la grandeza de Mari, de inmediato recibía la irónica réplica del historiador escolar Itálmaz.

—A esas ciudades que mencionas aún les falta mucho para llegar a nuestro Mari. Tomemos Moscú, por ejemplo… Sí, es enorme, no lo discuto, la he visto en el cine. Pero ¿cuándo surgió? Hace relativamente poco, unos ochocientos años. Y de Nueva York ni hablemos: tendrá, como mucho, cuatrocientos años, ¿no? En cambio, nuestro Mari lleva aquí, a orillas del Murghab, al menos dos mil quinientos años. ¡Piénsenlo bien: dos mil quinientos años! Y tal vez más. Alejandro Magno aún no había nacido, ni existía su querida Macedonia, y nuestro Mary ya estaba aquí. ¡Y florecía!

—Pero esas ciudades existen ahora y hace tiempo que superaron a nuestro Mari —intentaba replicar con cautela el profesor de geografía Sary.

—¿Y qué? —no cedía el historiador—. No podemos llamar ciudad, ejem… por decirlo con educación, a una simple aglomeración de gente. ¡Una ciudad es, ante todo, historia!

El vecino de la casa de la izquierda, Allak, de dos arshines de altura, que por eso no había servido en el ejército y nunca había salido de Mari, escuchaba esos relatos con extrema desconfianza:

—Puede que la Tierra sea grande, yo también tengo ciertas sospechas al respecto. Pero no crean que por ser campesino no entiendo nada en la vida. Cada persona piensa y sopesa las cosas. ¿Quieren saber cómo llego yo a la conclusión de que Mari es enorme? Se los diré: mis antiguos paisanos, cuando vienen a Mari, siempre se pierden. ¿Por qué creen ustedes que pasa eso? ¡Porque es una ciudad muy grande! ¿A quién se le ocurriría perderse en su propio pueblo? A nadie, ni siquiera a un niño. Y tú, Juma, pretendes afirmar que hay montones de ciudades como esta. ¡Ridículo! Ahora bien, que la Tierra es grande, con eso puedo estar de acuerdo: nunca he conocido a nadie que diga dónde termina la Tierra. Nadie la ha visto terminar. Eso quiere decir que es enorme de verdad. Pero, admítelo, tampoco puede ser tan grande como dices. Si hubiera tantas ciudades como afirmas, la Tierra no lo soportaría y se vendría abajo, de donde ya no podría levantarse jamás. Sí, es sensible y frágil, eso es cierto. Yo todavía tengo mi parcela en el pueblo y cada año siembro trigo; y quién, si no yo, sabe que la tierra es vulnerable, que respira, se duerme y despierta igual que las personas.

—Sí, eso es cierto —admitía Juma de mala gana—, pero ahora no estamos hablando de eso…

—¡Eh, eh, no digas eso! —insistía Allak, redondeando aún más sus ojitos—. Piénsalo bien: si no excavo la tierra en otoño y primavera, si no le pongo abono, no hay cosecha. ¡No existen las cosechas gratis! Y te diré más: todo lo que produzco alcanza solo para un puñado de personas; nunca alcanza para todos. Estoy seguro de que a los demás les pasa lo mismo. Así que todo en la Tierra está calculado y medido, y no puede haber tantas ciudades grandes como Mari. ¡La tierra no alimentaría a tanta gente!

Pero Juma no se rendía.

—Tú, Allak, nunca has salido de nuestra comarca; si vieras el mundo con tus propios ojos, no hablarías así. Sabes que yo serví cuatro años en el ejército cerca de Moscú. En Rusia hay ciudades enormes, llenísimas de gente, con tantas calles y casas que, comparadas con ellas, da vergüenza llamar ciudad a Mari.

En esos casos intervenía el vecino de la derecha, Vellek, y aportaba sus argumentos.

—Juma, no te calientes. Sabemos que el mundo es grande, pero como siempre exageras… No solo tú serviste en el ejército: yo también, aunque no en Rusia, sino en Kazajistán. Y te diré una cosa: juzgas la Tierra de manera algo unilateral, es tu carácter. Además, eso es hereditario en tu familia, así que no es culpa tuya. Y si es hereditario, no tiene sentido que nadie se ofenda contigo… En fin… Te diré que tierras deshabitadas hay muchas, todo lo que quieras. Pero en cuanto a las ciudades, creo que te equivocas. En Kazajistán, por ejemplo, hay muy pocas: de horizonte a horizonte solo hay estepa, casi no hay gente. Supongo que en Kirguistán será igual, aunque no he estado allí. Así que está claro que ciudades como nuestro Mari, con tantas calles que no se pueden contar ni en un día entero de luz, no pueden ser muchas. ¡Y las casas de Mari no se pueden contar ni en un año!

—Y tú, Juma —decía Itálmaz—, lo sabes todo, pero olvidas una cosa: ¡existe la ciencia de la historia! Lee a los historiadores medievales si quieres conocer la verdad. Y la verdad es que cuando ni siquiera existían los nombres de las ciudades de las que hablas, en nuestro Mari ya se tejían las telas más finas de Oriente, se forjaba el acero más resistente y se fabricaban los sables más afilados. Estoy de acuerdo contigo en una cosa: fallamos, nos quedamos atrás y ahora no tenemos de qué presumir. Pero el orgullo lo tenemos intacto. ¿Acaso eso no basta? Es más: en esas ciudades de las que hablas, probablemente ni siquiera sepan que existimos. ¡Así que nosotros tampoco estamos obligados a saber de ellas!

Así pensaba casi toda la calle: Balsha, Kelte, Tutum, todos. Convencerlos era imposible, y pelearse con ellos, peor aún. Primero, en Merv no se acostumbra a pelearse con los vecinos; eso solo se lo permiten las mujeres pendencieras. Y segundo, si te peleas con los vecinos, ¿con quién vas a jugar por las noches al ajedrez o al duzzum? No, no podía pelearse con ellos solo porque supieran poca geografía. Además, ¿qué se les podía pedir a hijos de la generación de la guerra, criados casi sin educación, que pasaron su infancia y juventud trabajando y no sentados en un pupitre? ¿No sería por eso que el profesor de geografía siempre era prudente al hablar con ellos y no intentaba convencerlos, valorando su compañía más que los conocimientos geográficos?

A veces, Juma intentaba, en sus discusiones con la calle, apelar a la autoridad de los dirigentes soviéticos, por ejemplo del propio Stalin, pero entonces la gente le respondía:

—Conocemos a tu Stalin: no se le puede creer, era astuto y sanguinario. ¡La última guerra mundial son sus maniobras! No podía alimentar a toda la población de la URSS y a una parte del pueblo decidió, como un sultán malvado, simplemente mandarla a la muerte, empujándola a la carnicería.

Juma estaba casi desesperado cuando, un día, el destino le regaló un viejo Atlas del mundo. Más exactamente: se lo regaló un oficial ruso de paso, con quien se había hecho amigo en una casa de té del famoso Bazar Verde de Merv, donde, con una piala de té caliente, esperaban juntos la hora de más calor: el mediodía. El oficial compró aquella valiosa edición en una librería de viejo local, la hojeó, encontró lo que buscaba y después, al parecer por no necesitarla, se la regaló al primer buen hombre con el que se cruzó: Juma.

Ese día, al terminar el trabajo, Juma voló a su casa como con alas. Sus botas de lona, con suelas soviéticas auténticas de cuero duro, casi no alcanzaban a seguirle el ritmo. Apretaba con tanta fuerza el libro bajo el brazo, envuelto en el periódico Soviet de Turkmenistán, que el retrato de Nikita Jrushchov se corrió, manchando casi toda la página. Juma se apuraba, anticipando cómo esa misma noche por fin lograría iluminar a sus vecinos. A su juicio, aquel libro antiguo debía causar en ellos –tan enamorados sin remedio de su ciudad medieval– la impresión exacta que hacía falta. Pensaba: quizá respeten más al zar que a Lenin y Stalin. En consecuencia, a través de esa rara rendija podría introducir en sus cabezas la verdad sobre las ciudades del mundo.

Los vecinos, avisados de que se trataba de una rareza, empezaron a reunirse en su casa apenas terminaba la cena.

—Bueno, muéstranos… ¿de verdad es un “Atlas del mundo” auténtico? —preguntó con curiosidad el historiador Itálmaz apenas cruzó el umbral.

Juma sacó con cuidado el volumen de dura tapa marrón y lo abrió con delicadeza ante los vecinos asombrados. Su voz sonó orgullosa.

—Es una auténtica antigüedad. Está publicado todavía en tiempos del zar, así que saquen ustedes sus conclusiones…

—¡Lee qué dice sobre nosotros! —exclamó impaciente Vellek, rascándose los pelos ralos de la coronilla.

Juma empezó a leer y a traducir al turkmeno información de hacía medio siglo sobre la región Transcaspiana del Imperio ruso:

—Miren: aquí estamos nosotros, ¿ven? Aquí está el mar Caspio, está todo bien claro. Aquí Afganistán, Irán, y aquí nuestros Karakum…

—Sí… —se admiraban los vecinos—, esas son nuestras arenas, los Karakum.

—Bueno, ¿y dónde está aquí Mari? —preguntó Allak casi de inmediato, como si esperara ver primero Mari en el mapa y después, incluso, su propio rostro de bronce, con sus ojitos pequeños brillando con un entrecerrar astuto.

—Esperen, leamos desde el principio —dijo el feliz dueño del libro raro, intentando ganar tiempo para encontrar Mari en el mapa, y asegurando por eso que era más interesante leer todo seguido, no a saltos.

Así, los mervíes, bajo la luz tenue de una lámpara de los tiempos del deshielo político de Jrushchov, pasaron la noche entera inclinados sobre el mapa, aturdidos por la cantidad de nombres desconocidos y extravagantes. Les impresionó descubrir cuántas montañas y ríos distintos había en el mundo. En aquel libro de tapa dura marrón, con mapas en color, aunque de un formato apenas mayor que el de bolsillo, estaban señalados con escrúpulo cientos de países y ciudades. Juma los señalaba con el dedo, leía los nombres en ruso y luego los traducía al turkmeno.

—Y lo más interesante —dijo, mirando de reojo con picardía el reloj de pared— es que en este libro queda confirmado de manera definitiva que la Tierra es redonda.

Pero no era eso lo que los vecinos esperaban. Se morían por ver su ciudad natal en el mapa. Por eso, la decepción común se coló en la voz de Vellek.

—Que la Tierra es redonda lo vimos en la escuela; que gira alrededor del Sol también lo sabemos. No somos ignorantes como para no saber esas cosas simples. Pero otra cosa muy distinta es si eso nos gusta o no. ¿Queremos que sea así? Ahí está el asunto…

—¡Exacto! —añadió Allak—. A mí, por ejemplo, no me gusta del todo.

—Esperen —el cuerpo robusto de Juma se tensó como una cuerda—. ¿De qué están hablando? Si no les gusta, entonces… ¿qué hacemos?

Vellek no se desconcertó.

—Que cada uno lo decida por su cuenta —contestó—. Yo, por ejemplo, creo que sería mejor que el sol corriera alrededor de la Tierra, y no al revés. Sería más tranquilo. Ahora, en cambio, todo es tan inestable en la vida, no hay ninguna estabilidad. ¿Y por qué? Muy simple: nuestra Tierra, como se dice, no para de girar y dar vueltas. ¿De dónde va a salir la estabilidad entonces? A veces, de noche, me dan ganas de creer que la Tierra es redonda y que vuela por el espacio infinito sabe Dios hacia dónde. Si uno mira mucho el cielo estrellado, casi puede creerlo. ¿Y sabés por qué? Porque si la Tierra fuera plana, entonces en el universo todo lo demás también sería plano. Y las estrellas, incluido. Entonces, ¿brillarían sobre nosotros tan intensamente como ahora? ¿Qué: están allá arriba acostadas siempre “con la panza” hacia nosotros? No… no lo creo. Además, ¿por qué brillan de una manera tan rara, destellan con luz azul y parpadean? Les digo: ahí, seguramente, no todo es tan simple como enseñan en la escuela o escriben en los libros. Hoy se escribe cualquier cosa… Pero si ellas dieran un vuelco y se dieran vuelta, mostrándonos la espalda… ¿qué sería entonces del firmamento?

Los ojitos de Allak, al oír eso, se redondearon al máximo. Casi se asustó de lo dicho y se apuró a defender a las estrellas.

—¿Por qué tendrían que darse vuelta? ¡Eso sería peligroso! Que sigan en el cielo como siempre, ¡no hay que tocarlas!

—No, no es eso —lo cortó Vellek—. Lo importante es que no sabemos qué tienen del otro lado: ¿luz u oscuridad? ¿Entienden de lo que hablo? Les juro: a mí, como contable de oficina, de noche me da miedo tanta estrella. —Vellek puso una cara de terror primitivo—. Por eso intento dormirme cuanto antes. Y cuando llega el día, todo se ve distinto: yo le creo más a la luz del día. Que la Tierra sea redonda… no tengo plena confianza. Aunque, por respeto a ti, Juma, estoy dispuesto a admitir que tal vez lo sea. Pero dime: ¿dónde está, en este libro, si tiene una gota de verdad, nuestro Mari?

Y Juma no encontraba Mari en el mapa, aunque todavía no perdía la esperanza; se notaba en su voz.

—Estoy seguro de que lo encontraría —respondió—. Pero mañana, igual que ustedes, tengo que ir a trabajar ni bien amanezca. Mejor reunámonos mañana más temprano y seguimos buscando. ¿Qué dicen?

Al día siguiente, los vecinos volvieron a reunirse en su casa. Pronto aparecieron entre ellos las teteras de porcelana con té verde, y el Atlas del mundo fue examinado aún con más atención que la noche anterior, para no pasar nada por alto. Durante mucho tiempo vagaron por los espacios apretados de los continentes, alejándose de su tierra y regresando otra vez, hasta que finalmente quedó claro: Mari no estaba en el libro.

Juma buscó la ciudad también con su nombre antiguo, Merv, apoyándose en que incluso Ashjabad figuraba escrito a la manera antigua.

—Miren esto —señaló la capital de Turkmenistán—. ¿Ven cómo escriben aquí Ashjabad? ¡Como “Asjabad”!

—¿Cómo puede ser? —preguntó Allak, torciendo el gesto—. ¡Eso no puede! ¿Cómo van a escribir Ashjabad con un error en un libro tan valioso?

—No —respondió Juma con seguridad—, no es un error. En tiempos del zar Ashjabad se llamaba así; yo ya había visto esa grafía. Pienso que entonces todavía no sabían cómo escribir correctamente en ruso el nombre Ashjabad.

Y ahí se produjo la grieta. Se hizo evidente que los vecinos empezaban a perderle la confianza al atlas antiguo. Sobre todo cuando, sin que nadie lo notara de inmediato, Sary el flacucho profesor de geografía, rubio hasta las cejas, se pasó al bando de los críticos del “Atlas”.

—¿Y quieres que creamos en un libro donde hasta los nombres de nuestras ciudades están mal escritos? Entonces, ¿en qué es mejor este atlas que el de la escuela?

Juma se dobló sobre el libro, casi en tres, procurando no perderse nada de lo que allí estaba escrito.

—¿Será que se me escapó algo? —dijo, ya con fastidio—. Parece que en tiempos del zar, en lugar de “sh” solían escribir “s”. Vaya uno a saber por qué: cosas de otros tiempos… Pero ahora ustedes han visto con sus propios ojos que, como yo decía, el mundo está lleno de ciudades. ¡Hay tantas que ni se pueden contar!

—Pero entre ellas igual no está nuestro Mari —sentenció, triste, el alto Vellek con voz baja.

Juma, temiendo que la gente se desencantara por completo, intentó cambiar de tema con suavidad.

—Yo les diré otra cosa… Es posible que los mapas no alcancen a seguir el ritmo de la vida. Este mapa, ¿cuántos años tiene? Veamos… ¡Una locura! ¡Medio siglo, cincuenta años! Ya existe un mapa del mundo nuevo, más detallado; este hace rato debería haberse dado de baja. Tal vez solo valga como antigüedad.

—A mí también el otro día me cayeron los cincuenta encima —gruñó con desagrado Tutum, el vecino de tres casas más allá—. ¿Entonces a mí también hay que darme de baja?

—No, no quise decir eso —se apuró a calmarlo el dueño del atlas—. Digo que la vida avanza más rápido que la edición de libros. Miren nuestro Mari: ni siquiera aparece su nombre entre las ciudades del mundo, ¡y cuántos autos corren por sus calles!

—¡Sí, eso es verdad! —coincidieron los vecinos—. Pronto nuestros hijos ya no van a poder jugar al fútbol en la calle, ni nosotros sentarnos tranquilos un día de verano a la sombra de los árboles. Porque cada hora pasa un automóvil o una moto. ¿Se acuerdan cuando vivíamos tranquilos y no teníamos que estar cuidándonos de los autos?

—Nuestra Tierra pronto no va a soportar semejante carga —concluyó Juma, contento en secreto por el cambio de tema—. Se los juro: no la va a soportar. Piensen: si incluso en nuestro Mari hay tantos, entonces ¿cuántos habrá en otras ciudades?

En eso estuvieron todos de acuerdo. Pero el interés por el viejo Atlas del mundo empezó a apagarse visiblemente, porque no aparecía en él su ciudad natal. Es cierto que durante algunos días más los vecinos siguieron reuniéndose en casa de Juma por aquel libro, pero pronto volvieron a su entretenimiento habitual: jugar al ajedrez, al duzzum o hablar de sus asuntos cotidianos.

Y cuando, una semana después, volvió a encenderse entre ellos una discusión seria sobre el universo y Juma quiso citar lo que decía el viejo atlas, los vecinos lo detuvieron. El sentido común lo expresó Vellek.

—Tu libro, aunque sea antiguo, no es como pensábamos: no tiene verdad. Así que no nos marees con él. Y entiende que al zar tuyo le creemos todavía menos que a Lenin y Stalin. Porque está claro que los zares no dicen la verdad: a los zares la verdad no les hace falta. Así que nos quedamos con nuestra opinión: creemos que la Tierra no es tan redonda, ni tiene por qué girar alrededor del Sol, como vos quieres convencernos. Y tampoco puede haber muchas ciudades en la Tierra iguales a nuestro Mari. Así lo decidimos.

Ak Welsapar nació el 19 de septiembre de 1956 en Merv (Turkmenistán) y es un periodista y escritor sueco-turcomano. Es uno de los escritores contemporáneos más famosos de Asia Central, vive en el exilio desde 1993 y sigue siendo un escritor proscrito en Turkmenistán. Su nombre encabeza la lista negra de escritores turcomanos desde 1990. Obtuvo su maestría en Periodismo en la Universidad Estatal M. Lomonosov de Moscú en 1979, su maestría en Teoría Literaria en el Instituto de Literatura M. Gorki en 1989 y su maestría en Filosofía en la Universidad de Uppsala (Suecia) en 2019. Ak Welsapar es miembro honorario del PEN-Club Internacional desde 1993 y miembro de la Asociación Sueca de Escritores desde 1996. Escribe en turcomano, ruso y sueco, y es autor de más de veinte libros, publicados en numerosos idiomas. Su gran avance en el panorama literario internacional se produjo tras la publicación de su décimo libro: la novela Cobra. Este éxito se vio reforzado por la publicación en inglés de su novela El cuento de Aypi, que recibió decenas de críticas positivas en todo el mundo. A lo largo de los años, se han publicado información y reseñas sobre la obra literaria y el estilo de Ak Welsapar en libros y revistas en turcomano, ruso, inglés, sueco, turco, francés, ucraniano, español, indonesio, persa y otros idiomas.

 

 

CANASTA DE TRES

Alexis Díaz Pimienta

 

Emilio tenía examen de Cálculo I. Se había preparado concienzudamente: tres largas noches de repaso individual y dos largas tardes estudiando con Roberto. Pero no quería, no podía, no lo tenía claro: la desidia lo empujaba hacia otra parte. Bajó de la ruta 101 y caminó lentamente hacia la puerta de la CUJAE, con la mochila tras la espalda, el paso lento, la mirada perdida en el vacío. Cálculo I. Logaritmos, infinito, Pi al cuadrado, cocientes de los polinomios. Hacía meses que se aburría en clases, que dibujaba caricaturas de los profesores, que pensaba en otras cosas durante las conferencias. Mientras la profesora de Inglés debatía cognadas y semicognadas, él pensaba en el último partido de básquet en el barrio, en los treinta y seis puntos que había metido, ocho de tres, soy un bárbaro, el rey del pívot, el astro del drible, y sonreía tontamente.

—Cuál es el chiste, Emilio Portuondo. —La profesora de inglés lo mira fijamente—. What is the joke, Emilio?

—No, nada, profe, nothing.

Entonces todos los demás se ríen, mientras ella se acerca y le pregunta, a él, pero ya sin mirarlo, dando paseítos cortos al lado del asiento:

Can you describe me now three students in the class, according to their character?

Emilio la mira, contempla su espalda enfundada en una chaqueta color ocre, y lanza el imaginario balón de básquet, que pasa dando saltos entre las piernas de la profesora.

Can you describe them?

La pelota choca contra la pared, bajo la pizarra, y pasa otra vez entre las piernas de la profesora, que se vuelve de frente a él y le dice:

Well?

Emilio sabe que tiene una sola oportunidad para tirar, vale tres puntos encestar desde esa distancia, toma el balón y se levanta, dribla con elegancia, se pasa a sí mismo la bola por la espalda, sonríe.

Well? —repite ella.

Emilio avanza tres pasos, cuatro, levanta el balón y lanza con estilo Michael Jordan, mientras todos los ojos siguen la parábola de la pelota, su golpe contra el aro, sus saltitos indecisos, y por último su encestamiento de tres puntos, ¡bien!, pero nadie en el aula lo vitorea, nadie lo felicita.

Well? —por tercera vez.

Ahora Emilio se levanta, cierra su libreta de inglés, recoge la mochila y mira a los ojos de la profesora. No dice nada. Le tiende la mano y ella se queda boquiabierta pensando que lo que ve it is not true, no puede ser true.

Emilio Recoge el balón imaginario, no dice nada, y sale por la puerta, se olvida ya para siempre de su aula, de sus compañeros, del eventual título de Ingeniero en Construcción de Maquinarias, adiós, bye bye, teacher, ni siquiera se detuvo a pensarlo, ni siquiera lo comentó con el profesor de Cálculo I, que se lo encontró en la cafetería de la Facultad de Química tomándose un batido, y lo invitó, le vio la cara de feliz anotador de canastas de tres puntos.

—¿Quieres un batido, Emilio? —le dijo.

Él simplemente dijo que sí con la cabeza, le dio la mano y se tomó el batido de mamey más rico de su vida, y escuchó al profesor de Cálculo I hablar vaguedades durante tres minutos, sólo tres minutos, una conversación intrascendente de la que sólo recordaría las últimas palabras:

—Prepárate para el examen.

El profesor de Cálculo I no sospechaba que Emilio había lanzado una de tres en el último instante, por encima de la profesora de Inglés, y que dicha canasta lo consagraba como un prodigio del básquet cubano, un joven digno de Mundiales y Olimpiadas, disputado por los clubes profesionales europeos, pero renuente a abandonar Cuba, el Novato del Año, el Deportista del Mes, Medalla de Oro y Líder Anotador de la Liga, en fin, que el profesor pagó los dos batidos sin sospechar que hablaba con el ex alumno de Construcción de Maquinarias Emilio Portuondo, con Portuondo, porque desde que había entrado en la Facultad muy poca gente le decía Emilio, otra de las cosas que diferenciaba a la Universidad del Pre era que la mayoría de los alumnos perdían sus nombres propios, los universitarios sólo tenían apellidos, Portuondo, Grave de Peralta, Ríos, Guillén, Sardiñas, Pozo, Socas, sobre todo los varones, a las hembras, no sabía por qué, siempre se las llamaba por sus nombres, e incluso, entre los varones, sólo perdían el nombre propio aquellos que no tenían la desgracia de un apellido pobre, de un apellido «tostenemos», como esos tenis que sacan en las tiendas y luego todo el mundo lleva puestos, un Díaz, un Martínez, un Hernández, un Pérez, un Álvarez, no, no valía la pena, eran apellidos sin personalidad, apellidos sin rostros, así que Portuondo dio las gracias al profesor de Cálculo y se marchó pensando que nunca más oiría su cantinela algebraica, nunca más lo vería rayar en la pizarra ecuaciones enrevesadas y larguísimas.

—Adiós, bye bye —se despidió, y luego pensó, aunque no lo dijo—: Nos vemos en la cancha.

En la cancha, antes de entrar en ella, justamente en la reja que tiene un hueco enorme por donde cuando niños se colaban a practicar de noche, quien lo esperaba era Roberto, su amigo Roberto, no el profesor de Cálculo. Emilio llegó con el balón bajo el brazo, un balón de verdad, y en cuanto vio a Roberto supo a lo que venía, supo que lo sermonearía porque se había ido de la Facultad, esta vez para siempre, según palabras de la madre de Emilio, porque su hijo estaba decidido a no perder el tiempo en algo que no le interesaba (“que ya yo tengo diecisiete años, mamá, ya sé lo que me gusta y lo que no me gusta”), y la madre esgrimió argumentos de gran fortaleza social y ética, pero Emilio ante cada argumento driblaba más y mejor, pasaba el balón, hacía un pívot, encestaba, y la madre lo dejó por incorregible, lo vio alejarse para su cuarto, cambiarse de ropa, ponerse un short y una camiseta con el número 12, coger el balón y salir hacia el patio. Fue entonces cuando su madre aprovechó y llamó a Roberto por teléfono, pero como no estaba habló con su tía Margot y le dejó el recado.

—Dile a Robertico que me ayude, que hable con Emilito, por favor.

Y la tía Margot puso el grito en el cielo pensando que Emilito se había separado otra vez del camino correcto, que iba a matar de un disgusto a su madre, y así mismo se lo contó a su hermana Luisa, a su hermana Flor, a Evelín cuando vino de la calle.

—No exageres.

—¿Cómo que no exagere?

—A lo mejor es un tremendo deportista.

—No seas tonta, mujer, los grandes deportistas ya lo son cuando tienen diecisiete años.

Y estas mismas palabras le dijo tía Margot a Roberto, y éste se lo repitió a su amigo recostado en la cerca de la cancha, un argumento final, definitivo, y Emilio se quedó callado, con el balón bajo el brazo derecho, con cara de Portuondo débil, pensativo.

—Los grandes deportistas ya lo son cuando tienen diecisiete años.

Gol, jonrón, jaque mate, canasta de tres puntos en el último instante. Emilio tiene diecisiete años. Portuondo tiene diecisiete años. Emilio Portuondo tiene diecisiete años, ergo, no es un gran deportista, ergo, no es Novato del Año, Deportista del Mes, Medallista de Oro y Líder Anotador de la Liga Nacional de Baloncesto.

—No seas tonto, Emilio.

—Tienes razón, Roberto.

—No seas tonto, mi hermano.

Y Emilio vislumbró la cara de felicidad de la profesora de inglés cuando él volviera al aula, y vio el abrazo entusiasta del profesor de Cálculo pagándole un nuevo batido. Una vez más Roberto tenía razón, una vez más tenía que volver al redil del estudio y la vida ordenada.

—Bueno, vamos a echar una guerrita —y le pasó el balón.

Estuvieron saltando, corriendo y lanzando balones hasta las siete de la tarde, hora del baño y la comida y la televisión, hora de prepararse para estudiar para el examen de Cálculo I, y hoy Roberto no puede venir, así que debe estudiar solo, y mañana también, y pasado mañana, porque hasta el fin de semana Robertico, el filtro, el erudito, el sabio, no puede dedicarle dos o tres horas a su amigo, dos o tres horas decisivas para que Emilio Portuondo se sienta fuerte en esa asignatura tan compleja, se sienta seguro de que logrará un 5, y si no un 5, un 4, un 4 coma y pico, una nota digna de felicitaciones de su madre. Okey, hoy es el día, pensó en cuanto se levantó, vistiéndose, aseándose. Okey, hoy es el día, saliendo hacia la parada de la 101, y dentro de la guagua, y bajando de la guagua, y caminando hacia la puerta de la CUJAE con la mochila tras la espalda, el paso lento, la mirada perdida en el vacío.

Cálculo I. Logaritmo, infinito, Pi al cuadrado, cocientes de los polinomios. No conocía a nadie. La entrada a la CUJAE, por las mañanas, se parecía a esas imágenes panorámicas de las grandes ciudades en las que la gente camina apurada, sin mirar a la cámara, sin saludar a nadie, como autómatas. Todos eran animales de la cotidianidad, en este caso jóvenes, en este caso cargados de libros y ejercicios mnemotécnicos, cargados de juventud, que era la peor carga, jóvenes ojerosos de tanto estudiar, y perfumados, bien peinados, apurados, decididos a buscar un 5 por encima de todas las cosas, y allí estaba él, helo ahí, uno más, otro joven estibador de fórmulas, problemas, preguntas, teoremas, incisos, epígrafes, zozobras, otro joven cargado del estúpido temor a suspender, a no ser nadie, a vivir estigmatizado por la palabra «repitiente», los índices de todos señalándolo, ¡repitiente!, los ojos acusándolo, ¡repitiente!, las paredes de la CUJAE y las paredes de las guaguas y las espaldas de los estudiantes con una sola palabrota escrita, ¡repitiente!, las vendedoras de batido, las limpiadoras, los peces rojos del estanque de la Facultad de Electrónica, todos diciendo a coro, ¡repitiente, repitiente!, y ya ese coro no lo soportaría, tan afinado, con tan alta tesitura, con la coreografía de la burla tan bien ensayada, no, no aguanto, y ya no supo en qué momento exacto cruzó la calle, corrió hacia la parada, montó en otra ruta 101 y dio la vuelta; ya no supo cuándo comenzó el mayor, el último, el definitivo error de Cálculo en su vida.

Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, Cuba, 1966). Ha publicado hasta la fecha 37 libros en varios géneros (novela, relato corto, ensayo, poesía, LIJ) y su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, portugués, italiano, búlgaro, finés y farsi (en revistas y antologías). De su vasta obra merecen destacarse Huitzel y Quetzal (1989), Los visitantes del sábado (1994), Prisionero del agua (1998); Maldita danza (2004) Salvador Golomón (2005), Batido de chocolate y otros cuentos de sabor amargo (2012), El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo (2014), Blancanieves (2017), Diario erótico de Robinson Crusoe (2017), Traficantes de oxígeno (2017), Deseo sexual de las estatuas (2018), El huracán anónimo (2020).

 

lunes, 29 de diciembre de 2025

EL GRAN MAR

Veronika Santo

 

«Al anochecer de ese mismo día, soñó esta estatua.

La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo

de caballo o de tigre, sino esas dos criaturas vehementes

a la vez, y también un toro, una rosa, una tempestad».

J. L. Borges, “Las ruinas circulares”

 

El pueblito que se escondía en el valle de abajo era probablemente un nido de mafiosos. Incluso tenía ciertas sospechas sobre mi cliente. En cambio, el hotel, ese sí que era digno de grandes señores. Cuatro pisos de lujo, club nocturno y piscina. La habitación tenía vista al mar y una puertaventana que ocupaba casi toda la pared. Los ojos se llenaban de ese mar de color azul cobalto, el mismo que a veces uso como maquillaje cuando quiero darles a mis ojos una expresión de Cleopatra.

Decidí cargar la cuenta de la habitación todo lo que pudiera, total no pagaba yo, así que llamé a recepción y pedí un buen trago de la tarde. Miré el reloj de reojo. Eran casi las cinco, todavía temprano. No sabía exactamente cuándo llegaría mi cliente.

Me miré en el espejo.

Pantalones cortos, tacones altos y una blusa negra abotonada hasta el cuello. Elegancia pura. Siempre hay que cuidar de no exagerar con los detalles. Me lo enseñó una chica milanesa que en verano siempre vestía de blanco y ligaba sentada en el bar de un hotel cinco estrellas. No hacía nada, casi no se movía. Los hombres caían a sus pies como moscas.

Alguien llamó a la puerta. Probablemente la camarera.

—Adelante —dije, retocándome el labial.

Entró una mujer con una bandeja y mi vaso. Era alta y flaca como el palo de una escoba. Me examinó de pies a cabeza. Yo también la miré, porque era una de esas chicas insignificantes que sirven como ejemplo de cómo no maquillarse o cómo no vestirse. Siempre hay algo que aprender.

—Buenos días —dijo, omitiendo cuidadosamente la palabra “señora”. Se dirigió a la mesita junto a la ventana.

Encendí un cigarrillo. Ella me miró con desaprobación.

—¿Qué tal es este lugar? —le pregunté, soltándole el humo—. ¿De vez en cuando aparece algún muerto? ¿O es todo tranquilo?

—No sé de qué habla —respondió, con una desaprobación creciente. No podía creer que ignorara vivir en una tierra donde se paga extorsión hasta para ir al baño. La observé mejor: una de esas que juegan a hacerse la muerta. Sin esperanza.

—¿El mar está siempre así de hinchado? —Le di la espalda y miré a través del gran ventanal del balcón.

Todo el horizonte estaba ocupado por esa enorme franja azul. Parecía un vientre a punto de estallar.

—El mar sube de vez en cuando —comentó, sin agregar nada más.

La miré. Ella me devolvió la mirada.

—¿Desea algo más, señora? —preguntó con un tono un poco burlón.

—No, gracias —respondí, volviendo a mirar el mar. Ni yo sabía por qué me atraía tanto. En Belgrado, en junio, todavía podía hacer frío. Aquí, en cambio, la brisa que llegaba de esa gran masa azul ya traía consigo, desde alguna isla, los perfumes del verano. Esos aromas solían bastarme para ponerme de buen humor.

Cuando me di vuelta de nuevo, la habitación estaba vacía. Ni siquiera había oído cuándo la chica se fue. Estaba claro que no me aprobaba, pero por mí podía besarme el tacó del zapato.

Aplasté el cigarrillo a medio fumar en el cenicero y decidí explorar los alrededores.

El mármol blanco del vestíbulo frente a la recepción estaba sembrado de sillones y sofás de cuero claro. Lo crucé contoneándome, solo para practicar. En uno de los sillones estaba sentado un hombre mayor, vestido de gris, con corbata roja, fumando un puro. Pasé junto a él sintiendo su mirada sobre mí.

—Soy huésped del señor Claudio Morabito —le dije a la mujer de pelo corto en la recepción—. ¿Ya llegó?

—No, lo siento —respondió, lanzándome una mirada irritada.

—Cuando llegue, avísele que la señorita Milena lo espera. Habitación 514.

—Por supuesto —dijo, y volvió a clavar los ojos en la pantalla del ordenador.

Las mujeres no me quieren especialmente. En toda mujer hay un instinto de captar la atención de cualquier hombre que pase por su campo visual, pero cuando estoy yo, no tienen ninguna posibilidad. Esta también podía besarme el tacó.

Crucé el vestíbulo y entré en el bar. Dos hombres estaban sentados en los taburetes frente a la barra, hablando en voz baja. Cuando me vieron entrar, se callaron y me miraron sin pudor. En el salón flotaba la música de fondo de un piano.

Me acerqué a la barra y me senté. Saqué el paquete de cigarrillos. Desde algún lugar detrás apareció un chico vestido de barman.

—Un café, por favor —pedí, colocándome el cigarrillo entre los labios.

Uno de los dos se acercó para encenderme.

—¿Llegó hace poco?

Le soplé humo.

—Ya estoy ocupada.

Se rio. No tendría más de treinta años. Espaldas trabajadas, jeans y camisa blanca. Probablemente al servicio de alguien.

—¿De dónde viene?

—Espero que mi italiano no me traicione.

—Me llamo Pietro.

Miré el reloj. Pasadas las cinco. Claudio podía llegar en cualquier momento y no le habría gustado que la chica que pagaba estuviera coqueteando con otro.

Pietro se acercó aún más. Sorprendentemente, no olía a alcohol.

Me moví, bebí el café de un trago y me levanté.

—Gracias por la compañía —le dije.

Los tres, incluido el pequeño barman, se quedaron admirando mi trasero.

El gran ventanal del bar daba a una terraza que rodeaba esta parte del hotel, más baja que el edificio de la izquierda donde estaban las habitaciones. Aquí también había poca gente. Una pareja, marido y mujer, ella con una cara larga como de caballo, probablemente holandeses. Y otros dos hombres, que parecían hermanos perdidos de los del bar. Todos me miraron. En mi trabajo es esencial que me noten. Crucé la terraza con un contoneo discreto.

En el lado derecho bajaban unas escaleras anchas. Entre la vegetación exuberante, digna de un paraíso tropical, brillaba al sol la superficie tranquila de una piscina.

Decidí refugiarme en una de las tumbonas dispuestas alrededor.

Este hotel empezaba a ponerme nerviosa. Era demasiado grande para tan poca gente. El pueblo del fondo del valle era miserable. El mar quedaba a varios kilómetros. No había, que yo supiera, ningún centro turístico cerca. ¿Para quién diablos habían construido un hotel tan lujoso en un lugar tan absurdo?

Esperaba que Claudio llegara pronto: pasaríamos un fin de semana ardiente, me daría mis diez billetes grandes y el domingo por la noche su chofer me llevaría al aeropuerto.

No había nadie alrededor de la piscina. Me acomodé las gafas de sol y estiré las piernas. La inquietud me hizo abrir los ojos de nuevo. Como si un ejército de hormigas marchara por mi espalda. ¿Por qué no podía estar tranquila? Tal vez era esa enorme masa de mar que llenaba el horizonte. Dominaba todo, aunque estuviera abajo. Incluso la luz del sol parecía pálida, incapaz de escapar, atraída como por un imán por el azul profundo del mar.

Levanté la cabeza. Un pequeño pabellón de vidrio se apoyaba contra el muro exterior del hotel. Estaba cubierto de enredaderas con campanillas rojo fuego, y detrás de los cristales se veían tumbonas apiladas.

En un lado de la piscina se distinguían restos romanos antiguos: algunas columnas y fragmentos de muros de piedra blanca.

En un instante me transformé en turista. Soy así. Creo que es una de las razones por las que me quedé en Italia. Tanta historia por todas partes. Me quité los zapatos, los dejé junto a la tumbona y me acerqué a esos muros antiguos.

Entonces giré sobre mí misma, sin saber por qué. Un hombre viejo, con un suéter verde demasiado grande, me observaba desde la puerta del pabellón. En el pecho llevaba el emblema del hotel.

Di unos pasos entre las ruinas. Sobre un pedestal de mármol blanco quedaban restos de una estatua. Estaba erosionada por el sol y el viento; lo único distinguible era la garra de un ave rapaz.

—Son restos de un templo —dijo una voz detrás de mí.

Me di vuelta bruscamente.

El viejo del suéter verde estaba justo detrás. No lo había oído acercarse.

—¿Y esa sería la divinidad? —dije señalando la estatua—. ¿Quién sabe qué era? ¿Un pájaro?

—Una tigresa o un caballo de piedra —respondió.

—¿De verdad? Pero tiene una garra de ave.

—Era solo una cita de un relato de Borges —rio—. Un dios verdadero debe ser todo y nada. Un ave, pero también una nube, una rosa y el mar. El mar —repitió, mirando la garra como si hubiera descubierto algo nuevo.

Lo observé mejor. Tenía una densa red de arrugas en el rostro y unos ojos de azul profundo, pensativos bajo unas cejas espesas. Curiosamente, no percibía en él ningún interés por una mujer como yo.

—¿A usted también le preocupa el mar? —le pregunté.

—¿Por qué habría de preocuparme?

—Desde aquí parece extrañamente hinchado. Amenazante. ¿No le parece?

—Lampedusa no está tan lejos.

—¿Qué tiene que ver Lampedusa? —pregunté sorprendida.

—Ayer volvió a hundirse una patera con unos cincuenta seres humanos. Si contamos desde principios de año, ya será una cifra considerable. Hemos exagerado, ¿no cree? Tal vez hemos superado el número de flujos anuales que el reino de abajo autoriza. Quizá alguien tenga que pagar. Hay un equilibrio entre los mundos, ¿lo sabe?

Di unos pasos atrás. Me pareció prudente retirarme. Por un momento creí haber encontrado por fin a alguien con quien hablar en este lugar extraño. Me había equivocado: estaba un poco tocado.

Seguía mirándome con aire de gran filósofo.

—Usted es una buena chica. Será mejor que se vaya, señorita. Deje este lugar.

No necesitó repetirlo. Ya estaba cerca de la tumbona. Me puse los zapatos y me dirigí a las escaleras de la terraza.

Un hombre estaba arriba. Sus gafas negras brillaban al sol. Probablemente guardaespaldas de algún jefe. ¿Había un jefe en este hotel?

Pasé junto a él rozando su camisa blanca, pero no se movió. Su desodorante me recordó que estaba allí por Claudio. Aún tenía que ganarme mis diez billetes grandes.

Volví a cruzar la terraza, el bar y el gran vestíbulo. Todos estaban en su lugar; faltaba solo el hombre del puro.

Repetí a la chica de recepción que cuando llegara, el señor Morabito me encontraría en mi habitación.

El hombre del traje gris pasó junto a mí mientras iba hacia el ascensor. Sonreí para mis adentros. Ahí estaba el personaje que faltaba. Me sentía dentro de una película.

Ya en la habitación miré el reloj. Casi las seis. Solo habían pasado cuarenta minutos desde que salí, pero me parecía un día entero.

Bajé las persianas evitando mirar el mar. Encendí la lámpara junto a la cama y pensé en las personas que había visto y en las palabras del extraño guardián de la piscina.

Los hombres musculosos del bar, los de gafas negras, la camarera seca y gris, la recepcionista irritada. Sumando todo, estaba claro que el viejo tenía razón: este no era un lugar para una chica como yo. Me reí al pensar que me había llamado “buena chica”. No pretendía serlo.

Decidí esperar a Claudio en la habitación. Extrañamente, sentía cierta impaciencia por verlo, como si fuera mi hombre y no solo un cliente.

Nos habíamos visto una vez en Milán. No era feo, se notaba que podía permitirse una chica como yo. Vestía caro, llevaba dos móviles. Habíamos cenado juntos y pasado la noche en un buen hotel. Me pagó correctamente. Fue hace un mes. Luego me llamó para un fin de semana en el sur, y aquí estaba yo. Billetes pagados, taxi esperándome. Todo limpio, con estilo. Si no, diablos, podría haber sido empleada. No soy una chica de la calle que se vende por unas monedas.

Ni siquiera me di cuenta de que me había dormido.

Cuando desperté, ya eran las ocho de la noche. La lámpara seguía encendida. Por un momento no sabía dónde estaba. Todas las habitaciones de hotel se parecen.

Entonces comprendí que Claudio aún no había llegado. Empecé a preocuparme. ¿Y ahora qué? Imaginaba una cena en la terraza, yo arreglada, tacones, vestido rojo fuego; él elegante, traje oscuro, móviles en los bolsillos.

Me arreglé un poco y bajé al vestíbulo. El hombre del traje gris estaba en su sitio, fumando un puro, mirándome con ojos brillantes. Los dos galanes estaban junto a la puerta. Los demás seguro rondaban por ahí.

El aire estaba cargado, eléctrico, como antes de una tormenta.

Había algunos huéspedes más, nada especial. Miré el restaurante: unas treinta personas. De Claudio, ni rastro.

Decidí cenar en la habitación. Pollo con arroz blanco.

Es curioso cómo esos pequeños detalles se me quedaron grabados. Recuerdo el sabor delicado de la salsa del pollo. También el aroma del baño de espuma del hotel, que abrí pero no usé, prefiriendo mi Chanel.

Luego todo pareció un sueño largo.

Claudio llamó a la puerta a las tres de la madrugada (¿por qué llamar y no llamarme?) y se metió rápido en la cama. Nada de lo que había esperado. Una chica que cobra no debe esperar nada (salvo el dinero), pero confieso que había imaginado la cena, la piscina, la ropa.

Ni siquiera notó mi lencería, que siempre elijo con cuidado.

Era un hombre oculto por la oscuridad. Podía ser cualquiera. Hicimos el amor rápido, como si robara algo.

Estaba boca arriba, con los ojos cerrados, cuando sonó su teléfono.

—Sí, bajo enseguida —dijo.

Luego se dirigió a mí.

—Cariño, mantenme la cama caliente. Vuelvo enseguida.

Me besó, se vistió rápido y salió. Miré el reloj: cuatro y cuarto. Afuera se oía la lluvia. Qué raro, pensé; ayer no había ni una nube. Pensé en el mar ya hinchado. Tan lleno. ¿Soportaría unas gotas más o se volcaría sobre nosotros, arrasando el hotel, el pueblo del valle, y más allá, hasta cubrir el continente entero?

Quería dormir, pero no podía. Esperaba a Claudio, que no volvía.

Hacia las cinco y media me levanté. Me puse una sudadera, pantalones cortos y zapatos bajos. Estaba inquieta, necesitaba hacer algo.

El vestíbulo estaba vacío, las luces suaves mezcladas con el primer clarear del cielo.

Lo encontré en la piscina.

Flotaba boca abajo en el agua clara. Supe enseguida que era él.

No llevaba la chaqueta (recordé que la había dejado en la habitación), solo la camisa y los pantalones.

Sentí una extraña sensación en el estómago. Di una vuelta alrededor de la piscina y aparté la mirada del cuerpo.

Ya no llovía. Las gotas brillaban en las hojas. No oía ni veía a nadie. Reinaba un silencio absoluto.

El mar allá abajo estaba extrañamente plano. Había cambiado de color: azul claro como un cielo de primavera, algo desvaído, nada amenazante, incluso alegre. La luz era perlada, gris clara. Todo parecía… no sé si es la palabra adecuada… todo parecía en su lugar.

Me parecía estar soñando, moviéndome por esa luz clara como flotando, y no sé cómo me encontré frente a la estatua del dios sin rostro.

La piedra blanca emergía del alba como de otro mundo. Como si esa fuera solo una de sus infinitas moradas, en la que aparecía con uno de sus infinitos rostros.

Sobre la garra brillaba llamativamente, como una campanilla roja trepando por un muro, una mancha roja de sangre.

Giré lentamente. Claro, estaba soñando. Nada de esto podía ser real. Incluso el hombre del traje gris que me esperaba en la terraza formaba parte del sueño.

—No hay necesidad de quedarse en este lugar —me dijo mirándome a los ojos. Tenía la piel amarillenta y finas arrugas alrededor de los ojos brillantes. Me recordó a alguien. Sí, al viejo de la piscina. Noté que vestía exactamente igual que la noche anterior—. Los interrogatorios policiales no son agradables —agregó.

—Pero en la recepción saben que estoy aquí.

—No se preocupe. —Hizo un gesto impaciente—. El coche la espera en diez minutos frente al hotel. Apúrese.

A primera hora de la tarde ya estaba en mi casa de Milán. Antes incluso de deshacer las maletas encendí el televisor. Las primeras noticias hablaban de la muerte de Claudio Morabito. Era una de las personas sospechosas de gestionar el tráfico de seres humanos en el Mediterráneo. Hablaban de Lampedusa. De los vínculos con la criminalidad norteafricana.

Recordé las palabras del viejo. El equilibrio entre los mundos. Recordé que había dicho: “es un templo”, no “fue un templo”.

Y me pregunto si es posible, si es realmente posible…

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosque, Pasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

ESPECIAL MICROFICCIONES (QUINCE)