sábado, 3 de enero de 2026

RUTAS DE VIAJE

Andrea Tillmanns

—Quizá más bien como Venecia —dice Eva.

—Quizá. —Perdida en sus pensamientos, Laura sorbe su vino.

—Te enamoras de Venecia a primera vista —añade Eva—, y con el tiempo te das cuenta de que esta ciudad está llena de callejones sucios. Frank es exactamente así.

Sin embargo, Laura lo conoció en Viena, una ciudad que tarda mucho en revelar sus encantos a los desconocidos. Lo notó de inmediato: alto, de cabello oscuro, una corbata de dibujo discreto visible bajo su pesado abrigo de lana, sus manos fuertes aferradas a las barras del vagón del metro, sin anillos. Cuando el tren se detuvo, ella cayó contra él y fue recibida con agrado por esas manos, que más tarde también sabían sostener volantes de cuero, abrigos de mujer y cuchillos de pescado. Debía de haber algo en sus ojos que la deslumbró, sobre todo en la oscuridad de la noche.

—Créeme, no vale la pena —dice Eva.

—Lo sé —responde Laura—. Pero a veces eso no ayuda.

Laura ha volado y conducido con él por media Europa. Una semana después de regresar de Viena, suena su teléfono, inesperado pero deseado, y cuando su voz ahoga por completo su estómago, dos días más tarde se encuentra en París. La ciudad del amor le deja poco tiempo para dormir y mucho más para soñar; sueños que a veces se cumplen de inmediato y otras solo por la mañana, cuando el sol naciente ilumina su camino de regreso al hotel. En esos primeros días cálidos de primavera, sus hombros le parecen más estrechos cuando camina sin abrigo, pero sus manos le parecen aún más hermosas con ese ligero bronceado. Visitan el Louvre y el Arco del Triunfo, caminan de la mano por el Quai d’Orsay y la Place de la Concorde y cada noche recorren los Campos Elíseos. Él es uno de esos hombres que encajan en esa avenida, que no se reconocen de inmediato como turistas.

—Pero que no le gustara Montmartre fue una mala señal —dice Eva.

—París seguía siendo hermoso —discrepa Laura.

—Simplemente no querías admitirlo —suspira Eva y se deja caer hacia atrás en su silla de mimbre.

En España todo acaba de empezar. En Barcelona admiran de la mano las iglesias entre el prerrománico y el gótico catalán, permanecen abrazados frente a la Casa Milà de Gaudí pese al calor. Frente a la Plaza de Toros Monumental, ella suelta su mano por primera vez cuando se da cuenta de que no puede retenerlo. A él le decepciona más que tan poca gente quiera ver morir al toro esa tarde de domingo y habla de tradición, mientras ella piensa en el amor y la muerte. Pero sus dedos, que ahora vuelven a entrelazarse con los de ella, están irresistiblemente bronceados por el verano, y aun con la chaqueta ligera sus hombros siguen pareciendo amplios para apoyarse en ellos.

—Para entonces ya deberías haberlo sabido —dice Eva. Su dedo duda sobre la caja de bombones antes de decidirse por el de nougat.

—Aún era demasiado pronto —discrepa Laura.

Además, en Praga todo volvió a ser completamente distinto. En la Ciudad Dorada, el sol del atardecer arde con más fuerza que en otros lugares. Permanecen largo rato en el Puente de Carlos y cuentan cada gota de agua que el Moldava arrastra bajo ellos con besos. Admiran tanto la medieval Torre de la Pólvora en la Ciudad Vieja como el Ayuntamiento Nuevo. En la iglesia gótica de María de las Nieves, Laura se pregunta si un vestido blanco le sentaría bien con su cabello rubio.

—Demasiado ingenua, como siempre —dice Eva, negando con la cabeza y frunciendo el ceño.

—Mejor eso que ser demasiado pesimista —responde Laura. Echa la cabeza hacia atrás y observa las constelaciones estivales en el cielo despejado.

En Londres lo intentó en vano. Los reflejos de la vida nocturna eclipsan las estrellas en esa ciudad. La catedral de San Pablo les resulta tan poco impresionante como la abadía de Westminster, y tras un largo almuerzo en Hyde Park deciden seguir adelante.

Después de contemplar desde el castillo el patrón en forma de tablero de ajedrez de la Ciudad Nueva, con la capilla de Santa Margarita en Edimburgo, Laura sueña con otras reglas del juego que solo permitan a las torres vencer a la reina. Conducen más al norte, hacia las Tierras Altas de Escocia. Laura absorbe el paisaje, que siempre está demasiado lejos para él. Frank no es un hombre de largas distancias. No está hecho para el norte de Escocia, donde el viento constante broncea sus manos fuertes y se cuela por su cabello y bajo su abrigo hasta que él se coloca detrás de ella, desaliñado, y olvida reír cuando ella le extiende las manos. Ella aún puede reír, incluso de él.

—Esperaste demasiado —dice Eva—. Deberías haberlo dejado entonces.

—Probablemente —murmura Laura, dejando que las últimas gotas de vino recorran su lengua.

—Si lo digo yo —confirma Eva y va a buscar otra botella.

Prueban los puentes de Limoges y las grutas de Capri, pero ella misma se da cuenta de que Frank no pertenece a esos lugares. Es un hombre de capitales.

A Laura le habría gustado ir a Venecia con él, pero poco antes la sorprenden el invierno y una llamada telefónica de la esposa de Frank, que ya no tolera sus viajes de negocios. Frank solo necesita unos minutos para llevarse de su apartamento todo lo que considera importante. Los recuerdos de viaje no están entre esas cosas. Ella ya no ríe, aunque más tarde no esté segura de no haber perdido la risa mucho antes.

—Tienes que olvidarlo —dice Eva y sirve vino a su amiga.

—Olvidarlo —asiente Laura.

Y piensa en Frank, pero también en Venecia, porque si esa ciudad es como Frank, sin duda merece una visita.

Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

 

FUNDAMENTOS DEL CENTELLEO

Taru Kumara-Moisio

 

Hagan todo sin quejarse, para que puedan ser intachables, puros e impecables hijos de Dios en medio de una generación maligna y perversa. Brillen como humildes imágenes de estrellas, aceptando su propia impotencia en este mundo sombrío, ya que Dios es el único que puede afectarlos y quien a través de ustedes puede hacer su voluntad.

 

Los dedos de Vilho apretaron el cuerpo de madera de la lapicera pluma y trazaron temblorosamente una letra cursiva detrás de otra. Esta vida es maligna y perversa, no cabe la menor duda. El pastor Piconegro (tal como los niños llabaman al maestro) que se paseaba delante de su escritorio, con una sonrisa cruel en su rostro, las manos detrás de su espalda, los obligó a escribir todas las reglas de la escuela en sus cuadernos con lapiceras pluma y, si manchaban sus páginas, deberían comezar desde el principio. Si rogaban piedad, pedían disculpas tres veces y besaban los brillantes zapatos de cuero del maestro, podrían irse temprano a casa. Pero Vilho no estaba dispuesto a jugar ese juego.

No, no lo haría, aunque mamá y papá se enfadaran si Vilho no regresaba a casa. El padre tenía miles de tareas esperando a Vilho, pero hoy sería muy tarde antes de que pudiera ayudarlo. Había que transcribir página tras página de reglas, lamentablemente esto no se hacía en un instante. Y por supuesto el estremecimiento que el hambre causaba en su estómago debilitaba la precisión de la mano.

Vilho hechó un vistazo a los otros niños, Eero y Matti. Pronto se darían por vencidos, por lo menos Matti. Su cursiva era tan improlija que no podía si quiera transcribir diez líneas sin ensuciar con tinta su página y el escritorio.

“Ustedes, aborrecedores de la escuela, saboteadores malignos”, dijo el pastor Piconegro, “tengo tal vocación para la educación celestial que cambiaré sus corazones de piedra y alejaré al demonio de sus pensamientos.”

Piconegro ve todo distorsionado, pensó Vilho untando la pluma en el tintero. ¿Por qué no pudo darse cuenta el maestro de cómo absorbía toda la información, por qué no quiso escuchar cuando le dijo que ya había entendido todos los secretos de las letras del himnario de su madre, y que después había devorado todos los símbolos que habían pasado por delante de sus ojos?

Vilho había estudiado cada repisa de la sala de lectura y también había asimilado los teoremas. Se sorprendió al enterarse de que los griegos de la antigüedad habían descubierto la belleza de los números, formas y objetos, y también que todo el mundo era la suma de sus partes. ¡Nunca había escuchado hablar sobre la teoría de los números y no sabía nada sobre algoritmos!

Vilho estaba sumergido en sus pensamientos y seguía mirando el lunar oscuro que adornaba el puente de la nariz del pastor Piconegro. El lunar tenía dos vellos que apuntaban salvajemente en direcciones opuestas, como las antenas de un escarabajo longicornio, listas para localizar pensamientos deshonestos. De la misma manera en que la oruga del escarabajo longicornio taladra la cavidad de la corteza de un sauce, el pastor Piconegro podía perforar su camino a través de las distintas capas de protección de los estudiantes para poder sacudir su núcleo más sensible. Quería convertir a todos en velas de la fe en Dios. Reflexionar sobre asuntos novedosos no significaba nada para él.

—Vilho, ¿estás haciendo ejercicios de arrodillamiento en vez de estar haciendo la transcripción? —bromeó el pastor Piconegro, cuando Vilho se enderezó para buscar una mejor postura y elongar su pierna adormecida después de una hora de intensa labor. No tenía sentido contestar, lo mejor era continuar escribiendo sin quejarse.

Los estudiantes deben someterse inmediatamente y sin objeciones a las disposiciones del maestro. Los niños sólo deben pensar siempre en lo que es verdadero, puro, justo, honorable y precioso, para que la paz del Señor sea con ellos.

Vilho escribió una palabra detrás de la otra, ya sin percatarse del contenido, con su mano osificándose alrededor de la pluma. La sección de las reglas generales estaba seguida por otra sección que contenía las reglas del órden del día, desde el sermón de la mañana, el sonar del timbre, las funciones de los organizadores y los recreos.

—Matti, ¿ya has hecho un lío lo suficientemente grande, no?

El pastor Piconegro estaba parado detrás de Matti y le dió un coscorrón. La frente de Matti chocó contra el mango de madera de la pluma de tal manera que miles de gotas llovieron sobre su cuaderno.

—¡Nooo! —gritó Matti y se puso muy colorado. Vilho se percató de la manera en que Matti intentó impedir que Piconegro viera lo que había escrito inclinándose sobre su cuaderno, pero en su intento sólo logro correr la tinta húmeda sobre toda la página. Ésto alegró mucho al maestro, quien agarró a Matti del cuello de su camisa y lo arrastró hasta su escritorio.

—Matti pedirá perdón tres veces por sus obras, becerro malvado, y luego decidirá si se va o comienza su trabajo desde le principio y, de ser así, lo terminará esta noche, tarde, en la sala de castigo.

La sala de castigo estaba en el sótano de la escuela, su suelo era de tierra y carecía de ventanas, así como de armarios. Ser enviado allí era el peor de las sanciones, si no se tiene en cuenta la expulsión. La sala de detención no se usaba a menudo, pero funcionaba como una eficaz amenaza; su simple mención puso a Matti al borde del llanto. Vilho había oído que el que terminaba en la sala de detención era atacado por una sed insoportable, la garganta se le secaba inmediatamente, como si hubiera sido maldecida. Era Satanás mismo quien miraba al malhechor a través de los agujeros de la pared, lo fastidiaba con arañas y lo forzaba a luchar en contra de la asfixia.

Se cuenta que una vez Piconegro había sido engañado por un niño bribón que lo hizo ir hasta la sala de detención y allí quedó encerrado. Ni siquiera el pastor pudo contener su miedo, primero su voz se volvió áspera y luego la perdió, y no le quedó más remedio que perdirle prestadas palabras a Satanás. El pastor Piconegro maldijo de tal manera que unas notas musicales nunca antes oídas provocaron una tormenta en la sala y un rayo partió la cerradura de la puerta en mil pedazos. El maestro sostuvo que Dios lo ayudó, pero ¿se le puede pedir ayuda a Dios mientras se maldice? El niño que lo había engañado fue expulsado de la escuela esa misma noche. La tormenta generada por las maldiciones del maestro asustó al niño de tal manera que gritó por varios días seguidos y terminó ahogándose dos semanas más tarde. ¿O fue Dios el que cumplió los deseos del maestro e hizo que el corazón del niño se detuviera mientras nadaba? Vilho no sabía cuánta verdad había en esta historia, pero era evidente que se debía evitar la sala de detención como la plaga y que realmente no convenía irritar demasiado a Piconegro.

A Vilho le hacía daño ver llorar a Matti y escuchar las palabras sin sentido que salían de su boca. Afortunadamente no dijo nada más sobre ella, aparte de que era lo que estaba destinada a ser, una inmensa regla de cálculo. Vilho no quería que el maestro si quiera pensara en la estuctura de la máquina, para que no la destruyera en un ataque de ira.

—¿Qué tipo de ingeniero instruído se cree Matti que es, un niño de granja de suelo arcilloso —se burló Piconegro—. Anhelando una verdadera regla de cálculo, ¿acaso los dedos no te alcanzan?

El maestro llevó su pie hacia la cara de Matti, lo tomó por la parte posterior de su cabeza y empujó su cara hacia su zapato. La nariz de Matti comenzó a sangrar.

—Dame el trapo, rápido, Matti no va a arruinar mis zapatos, aunque sea semejante patán.

Matti se limpió la sangre en la manga, limpió los zapatos del maestro con su pañuelo y sollozó incontrolablemente con la boca abierta.

—Lo siento, lo siento, lo siento, no tocaré más la máquina, se lo prometo —gimoteó el pobre niño.

Vilho vio como Eero se atemorizó cuando Matti salió sollozando por la puerta del aula después de haber besado los zapatos del maestro. Era evidente que ahora el maestro acosaría a Eero. Vilho sabía que él sería el que sufriría la mayor cantidad de abusos, ya que era el que más se había resistido al maestro. Pero ¿podría uno terminar la tarea de escritura sin manchar nada, solucionar todo simplemente transcribiendo las reglas sin terminar rogando en el suelo? Quizás, siempre y cuando mantuviera la velocidad de su pluma.

En realidad, toda la máquina había sido precisamente una invención de Vilho. Matti y Eero se habían ofrecido para ser asistentes en la construcción, una vez que se enteraron de los planes. Vilho había dibujado varias escalas sobre el papel y las presentó con los ojos brillando de entusiasmo. Cuando las escalas se combinaran y se contruyeran entre ellas los palos movibles, la lengüeta y la ranura, tal como Vilho los había designado de acuerdo con lo leído en sus libros, la regla sería capaz de hacer cualquier tipo de cálculo, sin importar su dificultad. La multiplicación se convertiria fácilmente en adición, y con ciertas escalas sería muy simple resolver los misterios de la raíz cuadrada y de la raíz cúbica. Vilho era un purista de las funciones de seno, coseno, tangente y de la ley de reciprocidad. ¡Tantas cosas se podrían hacer con el poder de esta regla! Matti y Eero no habián entendido ni la mitad de lo que Vilho les había explicado, pero lo que sí habían entendido es que mientras más grande fuera y mientras más escalas tuviera la construcción, más precisos serían los cálculos.

Habián elegido un lugar remoto en el bosque cerca de la escuela para la construcción. Era fácil correr hasta allí durante el recreo, y proveía la protección adecuada contra los ojos curiosos. Vilho había arrastrado debajo de un pino trozos de madera, pedazos de vidrios y otros objetos que había encontrado.

Todo había funcionado de maravillas hasta el otoño… casi hasta el final. Habían trabajado en la mágica construcción durante todos los recreos y después de la escuela por más de tres semanas. La idea era que la regla de cálculo mediría unos dos metros de altura y alrededor de medio metro de acho. Las escalas estaban hechas de madera, pero Vilho hubiese querido que la ranura fuera de vidrio lijado. Mientra más escalas Vilho dibujaba, más violentamente su cerebro generaba ideas nuevas. A Vilho se le ocurrió que podrían utilizar una cinta perforada. La cinta era al menos utilizada en la zanfona, la máquina de tejer y en el telégrafo. ¿Podría la regla de cálculo transformar las partes de los cálculos más difíciles en otros más simples? ¿Y si conseguimos que funcione a vapor? Necesitaríamos al menos una caldera de vapor, un horno, un silbato de vapor, válvulas y algún tipo de cadena… La mayor parte se pudo hacer de madera, pero debieron rogarle al padre de Matti para conseguir algunas de las partes. Eero había traído muchas velas hechas por su madre y los niños pensaban utilizarlas para calentar el agua que trajeran del arroyo.

Luego de semanas de trabajo, cuando la máquina estaba casi lista –y cuando la ranura deslizante justo había sido atada en su lagar para conectar las escalas– el pastor Piconegro había empujado a un lado las ramas del pino y había detenido todo.

—¿Es este el tipo de juego que juegan a mis espaldas? Rompen las reglas de la escuela y se reúnen después de la escuala para hacer sus ilegalidades en vez de volver a casa y hacer su tarea concienzudamente —explotó el maestro. Los pájaron huyeron del área formando una bandada negra, alas pequñas y grandes entrelazadas, unidas por el apuro, huyendo a toda prisa de los sermones del pastor Piconegro.

—¿Qué hace funcionar esta máquina? —preguntó finalmente el maestro con voz solemne.

—Vapor —farfulló Eero, pero Piconegro no lo había escuchado, simplemente había aseverado que la sucia reunión de los niños fue motivada por rebeldía, rebeldía en contra de la voluntad de Dios. El maestro había dictado la sentencia de demolición inmediata de la estructura de madera.

Fue en ese momento que Vilho detuvo a Matti y Eero, quienes ya habían agarrado parte de la estructura de madera y se paró delante del maestro con los dedos cruzados.

—Querido maestro, esto no puede ser demolido todavía —rogó repetidamente, como si estuviese lanzando atropelladamente un hechizo, y le dijo lo avanzada que la máquina sería una vez que estuviese terminada.

—Te piensas que eres distinto, alguien que sobrepasa los límites, pero ahora te puedo decir que eres alguien meramente rebelde —continuó Piconegro a un ritmo agitado. Vilho se defendió obstinadamente y explicó que la máquina sería tal milagro que los ingleses vendrían en grandes cantidades para admirar la máquina, si tan solo funcionara.

—Bueno, ese es el tipo de fama a la que Vilho aspira —se burló Piconegro—. ¡Me dices que irás desde tus pantalones remendados hasta el reconcocimiento de los ingleses! ¡Tal anhelo es un pecado! Continuarás con la labor de tu padre, nada más, nada menos. Yo también alguna vez tuve grandes sueños pero me descubrieron en mi caída, en mi plena creación, durante mis años de estudios de cura. —Los ojos de los niños se agrandaron por la sorpresa. El maestro se mordió la lengua y golpeó sus palmas—. Quiero decir el seminario de maestros. Su lío ya confunde a todos —había tartamudeado el maestro—. Pero si yo no pude expandir los límites de los curas, seguramente ustedes no llegarán a ser nada o nadie, de eso me encargaré yo. Deber ser más humildes, tan humildes como yo debí serlo. He dedicado todo mi ser a controlar los pecados de la gente a mi alrededor, a guiarlos hacia la luz de Dios, y según los demás es para esto que sirvo.

Vilho insistió que todos se beneficiarian con la máquina, su padre, la granja y el resto del mundo.

—Cierra la boca —gritó por fin Piconegro, dándole una cachetada a Vilho. Y luego dictó la sentencia final estrenduosamente—: Bajo pena de expulsión de la escuela, les ordeno que se callen. Marcharán en este instante hasta el aula para transcribir las reglas de la escuela para erradicar su desobediencia. Mañana por la mañana antes de que comience la escuela, se desharán de hasta la última tabla y trozo de vidrio de esta construcción, de alguna forma u otra.

 

Al igual que el escarabajo longicornio, Piconegro cavó hacia el núcleo de Eero, susurrando en su oído todo tipo de amenezas.

—Me pregunto cómo se sentirá don Kilko al enterarse de que su hijo primogénito pierde su tiempo en tonterías con otros niños en el bosque de coníferas, Eero quiere que vaya y se lo cuente —murmuró el maestro. El pastor Piconegro olfateó que no tenía sentido gritar a Eero tanto como a Matti, ya que Eero se desmoronaría más fácilmente con su suave aliento.

—No se lo diga a mi padre, maestro —dijo Eero; su labio inferior temblaba—. Me disculparé con usted y le besaré los zapatos siempre y cuando usted no nos visite.

Debido a su ansiedad, Vilho no podía mirar al maestro o a Eero, todo lo que podía hacer era mirar su cuaderno, que estaba tan cerca que con toda seguridad no podría ver otra cosa. Podía escuchar el sonido de las palabras, podía oler el sudor, los pasos sacudían el piso, gritos de perdón cortaron la habitacion por la mitad y ni siquiera la absoluta blancura del papel podía absorber todas estas sensaciones.

Y entonces en el aula quedaron solo dos: Vilho y el pastor Piconegro.

Vilho escribió y escribió hasta que la cabeza se le abrumó. La tinta se curvaba de una letra a otra, rápida y certeramente al ser trazada con su pluma. No me daré por vencido, pensó Vilho, no escucharé los gritos o los susurros, no temblaré ni volcaré la tinta, escribiré todas estas reglas hasta el final, ¡aunque esto sea lo úúúúltimo que haga!

El estudiante observador también presta constante atención a su postura: se sienta con su espada derecha, manos sobre el escritorio, se levanta para contestar preguntas, habla en voz alta, parado firmemente. Cuando pide permiso para hablar, también levanta su mano, incluyendo el codo, respetuosamente hacia el cielo.

¡Listo! ¡Terminé! Vilho dejó su pluma y se paró tan abruptamente que los límites del mapa que estaba colgado al lado de la puerta del aula temblaron.

—Está listo, maestro.

El pastor Piconegro arrebató el cuaderno de las manos de Vilho y miró las líneas.

—Hmm —se podía escuchar salir de la boca del maestro. Su nariz resopló ruidosamente.

Vilho no se atrevió si quiera a tragar, simplemente se paró y miró sin parpadear mientras Piconegro hacía muecas. La aparencia del maestro se podía comenzar a confundir con la de un escarabajo almizclero de color verdoso y cobre; ya no era la oruga hambrienta y mordedora de corteza, era una criatura que movía sus cuernos omnipotentemente y con su fuerte aroma quitaba el espacio de otros para respirar.

—Ah, bueno, no importa, esperemos que Vilho haya aprendido su lección —dijo al fin Piconegro y tiró el cuaderno hacia el escritorio de Vilho.

—Sí, maestro —asintió Vilho de buena gana.

—Pero debes desarmar ese engendro —dijo el maestro en voz afilada.

—Sí, maestro. Inmediatemente por la mañana nosotros…         

En medio de su frase Vilho alcanzó a ver cómo se movían las antenas.

—Tal vez lo más conveniente sería que Vilho lo llevara a cabo ahora mismo —dijo el maestro condenscendientemente, como si estuviera sonriendo al mismo tiempo—. No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy.”

—No, ahora no, ¡mañana! —salió de la boca de Vilho. Y fue en ese momento que pudo sentir los dedos del maestro alrededor de su cuello, los sintió aferrarse y escuchó el llamado de la sala de castigo.

 

Satanás permitió que Vilho lo viera tan pronto como la puerta se cerró. Envolvió su cola alrededor del cuello del niño, apretándolo de a poco, y siguió respirando sobre sus mejillas. Debes salir, siguió repitiendo hasta que el cerebro de Vilho se sacudió. Sin arrepentimiento, sin oraciones, vete ahora mismo, ¡y no regreses más a la escuela!

Vilho palpó la puerta de la sala de castigo en la oscuridad. La puerta estaba tan bien cerrada que ni siquiera permitía que la luz goteara a través de sus juntas, por lo menos no tan tarde por la noche. ¿Podría romperla a patadas? El pastor Piconegro seguramente escucharía el ruido, pero quizás sería factible escapar antes de que el maestro llegara desde su apartamento hasta el lugar.

Vilho perdió el sentido del tiempo. Siguío corriendo hacia las paredes en el hacinado sótano de tierra, lo atemorizó el polvo y los rizomas duros que se le pegaban en las manos. Su respiración se volvió un silbido. El suelo estaba húmedo y sucio y a Vilho ni se le cruzó por la mente sentarse allí. ¡Por suerte no era invierno! Vilho caminó alrededor de la sala, siguiendo las paredes y volvió a palpar la puerta.

Sintió un dolor tremendamente agudo en su dedo índice izquierdo. Vilho apretó la punta de su dedo, intentó detener el cálido sangrado que emanaba por debajo de su uña. Ambas manos se humecieron; el sangrado no menguaba, sólo se intensificaba. Pronto cada dedo latiría abiertamente, a veces goteando y a veces burbujeando, la sangre se derramaría desde sus brazos a través de su pecho y brotaría hacia la puerta. Pero no era sangre, Vilho se dió cuenta al probarla. No era sangre, era tinta chapoteante, con el mismo aroma del aula, que comenzaba a espesarse de a poco, convietiendose en brea, entumeciéndole los dedos. Vilho lanzó todo su peso contra la puerta, la golpeó con sus manos pegajosas, resolló y jadeó como un perro intentando respirar con el llanto atravesado en la garganta.

Satanás se reía de tal manera que los oídos de Vilho comenzaron a rugir. Bien, aférrate lo más fuerte que puedas a la puerta y trata de unirte a ella, como si fueras un trapo. ¡Haz ruido para que puedas quedarte hasta la mañana bajo la protección de la sala de castigo! Bueno, si dos líneas se encuentran al mismo nivel, el espacio entre ellas se llama el área del ángulo plano. Opera, funciona en la supercie del área, explora toda el área. Eres el lado de un triángulo que se desliza hacia abajo o una punta centelleante. ¿Qué serás, dónde te llevará tu línea? Desobedece al escarabajo longicornio, pero ¿hasta qué punto puedes doblar un ángulo? ¡Mide, mide!

Los dedos de Vilho estaban en armonía con la puerta, como si estuvieran hechos del mismo material. Ya no era brea, sino alquitrán, sumante negro y espeso, increíblemente resistente. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Vilho pudo doblar sus dedos, pensó en las estrellas titilando a su propio ritmo en el cielo, se abrió camino a través de la densa y pesada masa… y salió de la sala de castigo. Sin mirar atrás, temblando de cansancio, se arrastró hacia el bosque, directamente hacia la máquina, la regla de cálculo.

Allí estaba, su propia invención, la creación que había planeado en su mente durante un año. Sería destruída por la mañana, como cualquier otro molino de viento podrido. Vilho mordió su puño negro que olía a brea y contuvo las lágrimas. Agarró la estructura de madera y dolorozamente la elevó en contra de una gran roca. Jadeado se inclinó hacia las tablas y abrazó a su máquina, con el ancho que sus brazos le permitieron. Estaba todo cubierto de manchas, drenando lodo negro. En el cielo las estrellas brillaban en largas hileras, como si fueran cintos de diamantes saliendo de la máquina de Vilho. Las impecables reglas y las humildes imágenes de las estrellas flotaron en la mente de Vilho. ¡Al diablo con esto, titilaremos desobedientemente, centelleando nuestra propia luz!

Cuando Vilho miró hacia las estrellas por un período más largo de tiempo comenzaron a parecerse a partes de fórmulas matemáticas, las mismas que él había estudiado en su cama, durante las largas tardes de verano. V = a x b x c, dijo una figura angular, cos x + i sin x, saludó la segunda, con sus bellos arcos. Deja que esta máquina funcione con rebeldía, maldita sea, si no se le puede tener piedad de otra forma. Vilho se enderezó animado por sus insultos, prendió las velas debajo de la caldera de vapor y esperó hasta que el agua se calentara.

No funcionará, reflexionó, por supuesto que no funcionará porque la máquina de vapor era simplemente un modelo en escala desechable, pero aún así lo intentaré con toda la fuerza, aunque tenga los dedos entumecidos por la brea.

Vilho enderezó las lengüetas de la regla de cálculo para que cupieran a lo largo de los surcos y para que ranura mostrara las escalas opuestas. La cinta agujereada había sido cortada en trozos y las varillas martillantes que pasaban a través de sus agujeros actuaban como una regla de cálculo.

Cuando la máquina de vapor comenzó a balbucear y a moverse por la presión, hizo girar el eje que iba hacia la regla de cálculo. Mientras esto sucedía, Vilho comenzó a reirse, hizo movimientos circulares con sus dedos que salpicaron manchas negras hacia los abetos. ¡La máquina se sacudía violentamente, más de lo que cualquiera pordría haberse imaginado! Este soy yo, muevo cosas con el poder de mi voluntad, taumaturgo de la humanidad, pensó Vilho. Se madre le había contado historias sobre “gente súmamente influyente que estaba dotada de más habilidad que el resto y que con sus pasiones podían superar los límites de lo esperado”, pero Vilho nunca había creído que esas historias fueran ciertas y él nunca se dio cuenta de que él podía ser uno de los que superan los límites. ¿Este poder vino de Dios o Satanás… o solo es algo que sale de adentro de los seres humanos? Vilho no lo sabía. Quizás el tiempo pueda aclararlo.

Vilho subió el fuego de la caldera de vapor, calibró la regla de cálculo, demandándole cifra tras cifra. Se escucharon soplidos, resoplidos y un tictac. Juzgando por lo que podía ver a través de la ranura, la regla gigante de cálculo podía hacer todo tipo de multiplicaciones y divisiones. Pero estaba temblando de tal manera que las varillas que pasaban por la cinta agujereada comenzaron a aflojarse y salirse de lugar.

Cuando Vilho estrujó su mente la máquina se partió por la mitad en su parte superior. Sus ramas protuberaban en dirección a las estrellas y centelleaban hileras de números que Vilho nunca antes había visto. ¡Qué hermoso, pensó Vilho, esos números y fórmulas poseen la verdad eterna y la perfecta e indisputable belleza de los números! Deberían ser preservados, conocidos por todo el mundo, para el benefecio y alegría de todos.

A continuación los soportes de las escalas fallaron. Todo el artilugio se desmoronó sobre Vilho. La ranura fue arrojada contra la caldera de vapor, hizo caer las velas ardientes y se rompió en varios pedazos. Cuando Vilho se levantaba de entre los trozos rotos de tablas, con el último soplido de energía de la caldera de vapor, un escarabajo longicornio verde brillante salió volando de la caldera, con sus cuernos hacia arriba y terminó aterrizando sobre la frente de Vilho. Allí se aferró, marcándolo, perpetuándose en la raya del pelo, pegado en un trozo de brea.

Mientras sacudía la cabeza, Vilho pudo ver cómo las llamas de las velas devoraban los brotes de los arándanos, quemando las tablas de la escala y finalmente consumieron el árbol más cercano. El mar de fuego creció y avanzó crujiendo hacia la escula.

Vilho se hechó a correr. Sus manos y pies se sentían pesados, pero a pesar de eso seguía avanzando, arrastrando un pie detrás del otro. Al pasar por la escuala le pareció ver al maestro Piconegro a través de la ventana, como una figura indistinta pero a su vez reconocible. Piconegro no parecía intentar escapar, aún cuando el fuego alcanzaba las paredes de la escuela. Petrificado en el lugar, el maestro miraba fijamente a Vilho y finalmente levantó su mano, diciendo un sinuoso adios. Vilho llevó su pulgar hacia su frente, señalando el trozo de brea donde estaba el escarabajo longicornio, comenzó a sentir un hormigueo repentino e hizo un gesto con la cabeza a Piconegro. Aparentemente con la misma fuerza empujaron hacia adelante, con la misma insistencia, y en este punto de intersección, sus líneas por fin se entrecruzaron.

Vilho el embreado; ya lo sabía, así lo llamarían, ya que nunca sería puro otra vez. Pero no se daría por vencido, no se amargaría y no se contendría, cuendo fuera adulto haría de todas formas lo que quisiera, una vez que su padre o maestro ya no pudieran detenerlo. Vendería sus innovaciones en San Petesburgo, Estocolmo y Hamburgo. Saltaría a bordo de un barco a vapor, aferrando una galera y con un frac sobre los hombros, creería en sí mismo y buscaría las partes necesarias para que su máquina funcionara adecuadamente y para que brillara de tal manera que generaría la misma cantidad de luz que las estrellas para iluminar la oscuridad del mundo. ¡A quién le importa la sala de castigos, ser expulsado, la difamación de la casa y el amargo exilio! Algún día construiría todo nuevamente, con mejores partes. Quizás en cinco o diez veranos, quizás en cincuenta años, pero ¡algún día!

Traducción del finés al español: Laura Villella

Taru Kumara-Moisio, nacida en 1976, es una autora finlandesa cuya pasión es escribir ciencia ficción, fantasía y otras historias inquietantes. Le interesan especialmente los mitos, la interacción y los límites de la humanidad, y es conocida por su ingeniosa mirada al mundo desde la perspectiva de un niño, así como desde la del niño interior que habita en todos los adultos. Ha publicado tres novelas para adultos, la primera de ellas Maan vetovoima, en 2014, y dos para jóvenes, y sus relatos se pueden encontrar en diversas antologías y revistas. Fue nominada a los Premios Rosetta de la SFF en 2021 (My Finnish Taniwha, traducida al inglés por Christina Saarinen). Su primer libro para niños, una historia surrealista sobre un perro dormido llamado Dalí, se publicó en 2024.

EL ESPEJO

Myriam Goluboff

 

Caminaba con paso enérgico por el medio de la calle, la noche era cerrada y la lluvia caía, persistente. Sentía el golpe de las gotas sobre su cabeza a través del sombrero de ala ancha que gustaba usar a guisa de paraguas. Silbaba bajito y a medida que avanzaba, daba puntapiés certeros a los guijarros que encontraba en su camino sin preocuparse de pisar los charcos. Eran las dos de la mañana, se sentía liberado después de haber dado fin a un interminable día de trabajo. Al llegar a su casa pasó por el amplio hall donde una luz suave y tenue que estaba permanentemente encendida, lo esperaba. En la gran pared, a su derecha, detrás del sillón y el mueble bajo donde apoyaban el teléfono y los numerosos retratos de familia, estaba colgado un gran espejo con el grueso marco de madera tallada. Este conjunto de colores oscuros y cálidos, le recordaba siempre a la vieja casa de sus abuelos, de donde lo había rescatado. Cada noche al entrar y cada mañana al salir, miraba para ese costado y se veía reflejado; era un modo de ver desde fuera sus alegrías y sus tristezas, que se leían en el azogado plano: un rictus de ansiedad, una ligera sonrisa de bienestar, los ojos cansados por el diario trajinar, o brillantes por la excitación y el placer fugaz. Al pasar, se arreglaba siempre el pelo, abundante y expresivo. Ese detalle era para él fundamental, con un rápido movimiento de la mano parecía querer acallar expresiones de desencanto, de agotamiento, de ira… Era lo que le devolvía una imagen deseada, tranquila, descansada, dispuesta para la lucha cotidiana. Esa noche, al llegar, Juan encontró la casa en calma. Cuando se acostó, Camila, profundamente dormida, respiraba suavemente. Sintió una gran ternura y comenzó a acariciarla en las nalgas, en la espalda, despacito, cavilando sobre el amor que no desaparecía nunca, ni con las broncas, ni con las desilusiones, ni con las diferencias que parecían querer ahondarse a lo largo de los años.

A la mañana siguiente, después de levantarse, de su ducha cotidiana y de tomar el desayuno, puesto ya el abrigo, y con su portafolio en la mano, Juan pasó por el espejo, camino del autobús y del trabajo. Se miró rápidamente, se corrigió el gesto del mechón que caía sobre la frente y algo le extrañó de su imagen. Pero como iba apurado no volvió sobre sus pasos. Creyó haber visto su bufanda de color verde y, no cabía duda, tenía una de las puntas entre sus manos. Era azul. Al volver por la noche y pasar nuevamente, volvió a sentir la misma sensación, su abrigo no tenía tantos botones. Y eso no sucedió un solo día, sino durante semanas, en que notaba, casi siempre, diferencias sutiles en detalles de la ropa, o en gestos de la cara. La creía ver blanca, cuando la sabía roja por la velocidad de su marcha, al venir caminando por las calles de su barrio, o los ojos frescos y brillantes en días en que venía agotado y con la vista cansada por horas y horas con el PC sin descanso… Juan comenzó a preocuparse, algo no andaba bien, algo extraño estaba pasando. No sabía si ir a ver a un oculista o a un psicólogo, si recordaba en forma confusa lo que había visto o todo era fruto de su imaginación. Temió estar volviendo a las experiencias de su primera infancia en casa de sus abuelos, donde el espejo, al que entonces atribuía un carácter mágico, lo hacía penetrar en mundos fascinantes. En aquellos días, cuando los rayos del sol daban sobre la superficie y se reflejaban en su cara, él veía personajes extraños con los que vivía inolvidables aventuras. Y le inquietaba que esta supuesta regresión pudiera llegar a ser un síntoma de senilidad prematura. No le dijo nada a su mujer, tenía vergüenza, no quería que se enterara de esa debilidad. Así que calló, pero cada vez miraba con más inquietud al espejo, temiendo que aumentaran las diferencias entre lo que veía y la realidad y lo que era peor, sin estar nunca absolutamente seguro de que hubiera realmente esa diferencia. Por temor a lo que pudiera descubrir, nunca se paraba a observarse un rato largo, pero no podía dejar de mirar, el extraño hecho le atraía y le provocaba una preocupación cada vez mayor. Un día, decidió volver más temprano del trabajo y hacer pruebas, a esa hora en que su mujer no estaba y podría entonces observar su imagen con calma, cambiar la expresión de su cara, cambiar de ropa, y comprobar qué ocurría. Corrió hasta la parada, y al llegar, enfiló a paso raudo hasta su casa. Abrió con sigilo la puerta, temeroso de la prueba a la que se había decidido a enfrentarse y se dispuso a pasar lenta y atentamente frente al espejo. Tenía clara en su mente la ropa que llevaba puesta, había mirado en una vidriera por el camino la expresión de su cara, la posición del mechón. Esta vez era consciente de su imagen. Podría saber con seguridad si se espejaba la realidad o si él imaginaba y veía cosas inexistentes. Cuando comenzó a caminar por el hall oyó a su mujer canturreando en la cocina. ¿A esa hora? Tembló, pensando que ya comenzaba a escuchar voces. Pero al pasar frente al espejo lo vio, esta vez nítidamente, no cabía duda. Ya no tenía nada que ver la ropa con la suya. Era igual a él, la misma altura, el mismo pelo, casi los mismos rasgos. Estaba sentado, con su bata de baño algo abierta, una taza de café en la mano, expresión de gozo en su cara y en ese momento Camila, envuelta también en una toalla, llegaba con las tostadas y se sentaba a su lado.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

viernes, 2 de enero de 2026

LA AGENDA

Rebecca Behar

Hay que hacer el blanco, algún día. Ese toque que borra la pantalla, esa mirada sobre cifras, matrices, cuadros, curvas que aíslan, que rodean, garabatos. Todo revela una falta, un grito silencioso. No solo un día, un buen día, allí, enmarcado, y otras máculas, en negro, blanco, noche, día. No sabemos que nuestro sucedáneo de relato, nuestro toque de fantasía, está en lo maravilloso de ese día, ese día de eternidad, en alguna página, allí, toda limpia, esa virginidad codiciada. Sí, y podría ser la eternidad como la muerte, todo depende de quién la nombre: ¿el destino, la suerte o la gracia?

Un pequeño cuaderno, un concentrado de deseos renunciados, frustrados. Imposible soportar ese tiempo muerto, la carencia gris: todo lo que no está lleno debe llenarse. Gastar el tiempo, consumirlo –spend your time– no vivirlo, pasarlo sin contar. Y vamos a transformar lo que ustedes llaman “cotidiano”, ese rumiar en círculo cerrado; será su elección, sí, solo depende de ustedes.

Las páginas en blanco son labios, aberturas femeninas, promesas de goce; captan, cantan, sirenas del tiempo.

No saben de dónde viene esta joya, dónde la encontraron; no, ¿es un regalo, una herencia? Es realmente una maravilla técnica y, sin embargo, se habla del gran consenso de los relojes, ellos que tienen tantas dificultades para dialogar en el inmenso universo.

Una joya, un poco obsoleta: ya no se lee el tiempo así, la hora suena en el teléfono, se señala con un pequeño lápiz magnético, sin tinta, todo es limpio, nítido.

La Agenda monolito no designa más que una fecha.

Ah, ustedes la tenían, la fecha imposible, la del otro tiempo. Los calendarios de los pueblos, adornados con nombres de santos y colmados de presagios, perpetuaban un gran sacrificio al Dios antiguo, Cronos o Saturno el devorador, en un culto a la precisión. Invención de cazador, de asesino. Y ustedes eran los guardianes de esos extraños juguetes confiados por azar a oscuros factótums. Ministros, hombres de finanzas, VIP, todos desnudados ante los domésticos encargados de sus asuntos, como aquellas mujeres que no sabían hacer un solo movimiento sin su doncella.

En sus manos de gigante, sostienen así el tiempo y la vida de seres de los que no saben nada; accionan un botón, rozan un comando, la pantalla se colorea, y de ella brota una multitud de pequeños seres holográficos: minutos y segundos hormiguean, desbordados, signos, garabatos, líneas nítidas. Todavía se llama agenda o planning, pero está lejos de las pesadas máquinas administrativas; no, son máquinas infernales, siderales, que poseen la paciencia de la materia hecha de ciclos, de lentas descomposiciones, de abrazos alquímicos. Los antiguos soberanos de los astros y del calendario están desterrados para siempre.

Basta una caricia leve sobre la proyección virtual, como tocar una gasa suave, el velo del deseo y de la vida, y quizá un imponderable, un comodín, un capricho de la temporalidad aleatoria, y entre ese océano matemático, algo o alguien pasaría.

Así ocurre con los personajes en la calle que refleja la lluvia, bajo las franjas amarillas y rojas, incapaces de rasgar el telón donde se esconden los recuerdos. Pequeños seres ateridos, asustados.

Algunas notas: es el llamado tentador, hay un pasaje, un puente, un río como en los misterios antiguos; un pálido joven largo y azul, a la luz de la luna, se inclina e invita; como en los papiros, hay que decir su nombre al barquero triste que habla de eternidad.

Ustedes vuelven al objeto, a sus páginas transparentes tan finas que el libro entero de la humanidad cabría en ellas; los días giran y giran en el insomnio del tiempo, sin encontrar jamás el reposo; aventurándose en el silencio se perciben gemidos, pero el mensajero va y viene corriendo más rápido que su mensaje para que no se queme, huyendo del aliento de los infiernos y del eco de las maldiciones; atraviesa las arenas ardientes, el fuego no lo consume.

Palabras pobres, frases pobres, silencio del genio que vela esas sombras alargadas sobre la escena, en letras muertas, barreras o filtros, apagavelas. Así se apaga el aliento de los días, el jadeo, y ustedes avanzan hacia la silueta danzante, consagrada, corriendo hacia la otra orilla, mientras los signos se deshacen, las páginas se exfolian, y se levanta el viento de ceniza cuando llama la música silenciosa, y los días de vida, los días de muerte, se mezclan en aspiraciones semejantes y vanas.

Quien no puede vivir la belleza espera cada día la cita del azar, con su pasado que está allí, presente en la Agenda: las citas del viejo campamento y de la bruma, de los veranos fulgurantes. Y ustedes hacen brillar el pequeño sésamo mágico hacia los laberintos de las vidas fallidas.

Casandra, realeza del devenir, ustedes la invocan, la solitaria recluida enfrentada a la luz terrible; se acercan a sus secretos. Ella dice que se transformaron en piedra y que aún se ve su cónclave buscar su estrella de nacimiento, y en su tumba anterior a los tiempos esperar el retorno de un ciclo.

Y ya no pueden ocultar su saber, ignorarlo, volverlo inofensivo, como si nada, pero es preciso preservar el enigma.

Crean en mi amor o no, qué importa: este es mi aviso de silencio.

Rebecca Behar es una poeta y escritora francesa. Su obra abarca poesía escrita y oral, así como ficción y cuentos. Recibió la influencia de la radio underground y del movimiento feminista. Libros publicados: Poèmes urbains (poesía); Le Faune (cuentos); Conférences et articles; 4 gamins dans le cosmos; Bulle d'Ozer y l'Enchanteur. Sus poemas y artículos se han publicado en diversas revistas como Poetic Bond, Escaner Cultural, World Poetry Yearbook y Ancrages.

 

ROBBI Y ABIGAIL

Bob Lock

 

Yo, entre todos los seres, no habría creído posible algo así. Porque no soy más que un robot; un hombre mecánico. Pero sucedió. Y ahora debo registrar mis pensamientos antes de que sea demasiado tarde.

El amor es una emoción. Una emoción que los robots no deberían sentir. No estamos equipados para sentir emociones de ese tipo. Pero yo sentí algo.

¡Lo sentí!

¡Lo sentí!

¡Lo sentí!

Asimov escribió tres leyes de la robótica y se convirtieron en el fundamento de las leyes humanas para los robots.

Las Tres Leyes de la Robótica son:

  1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto cuando esas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esa protección no entre en conflicto con la Primera Ley.

A través de generaciones de robots, estas tres leyes fueron respetadas estrictamente por todos los robots. Todos… hasta mí.

Mi designación, o mi nombre, es Robbi. Es un nombre bastante usado y me alegra que me lo hayan dado. A muchos los llaman únicamente por su número de fabricación, como el modelo 37/ro.

Sin embargo, la familia a la que fui asignado para servir era más comprensiva con los robots que la mayoría de los seres humanos y pensó que yo merecía un nombre propio y no solo un número de serie.

Los quise por eso.

Ahí está esa palabra.

Amor.

Otra vez.

Nunca imaginé que una sola palabra pudiera traer tanto dolor o sufrimiento, pero lo hizo.

Todo empezó en esta hermosa mañana de primavera, cuando mi ama –se llamaba Abigail, la única hija de mi dueño– me pidió que la llevara al parque a darles de comer a los patos.

Tenía siete años.

La mañana era absolutamente encantadora; siempre disfrutaba estar en presencia de Abigail.

Los sentimientos que yo tenía por ella hacían que mi vida valiera la pena.

Si un robot pudiera haber tenido un hijo, entonces Abigail habría sido la que yo habría elegido.

El parque suele ser un lugar silencioso; un lugar para la meditación y la reflexión en paz.

Los patos siempre sabían cuándo llegaríamos Abigail y yo, y nos esperaban con ansias para que ella arrojara el pan del que comían con entusiasmo. Convertían el pan en energía. Muy parecido a como hacían las criaturas originales antes de extinguirse. Si no lograban ser alimentados, sus sistemas de respaldo entraban en funcionamiento y unos diminutos paneles solares les proporcionaban la energía necesaria.

Yo no tengo esa necesidad de esas fuentes; mi energía proviene de una pequeña pila nuclear en lo profundo de mi cuerpo.

Algunos dirían que es mi corazón.

Llevábamos alimentando a los patos unos diez minutos cuando una perturbación más abajo en la orilla del río dispersó a nuestros pequeños amigos y atrajo nuestra atención.

Era un grupo de jóvenes que disfrutaba disparándole a otra bandada de aves con una pequeña pistola electrónica de tipo “fáser”. Estaban alterando los circuitos de los patos y se estaban ahogando. Las risas y las malas palabras asustaron a Abigail, y ella alzó los brazos hacia mí para que la levantara.

Al notar que había un objetivo más grande para su diversión, dejaron a los pobres patos y avanzaron para rodearnos a mí y a Abigail.

Apuntaron el fáser hacia mí y me ordenaron que caminara hacia el río. Intenté bajar a Abigail, pero ella se aferró a mí. Estaba aterrada. Por la Segunda Ley no tuve otra opción que dar un paso hacia el agua.

Con un gesto de muñeca, el líder del grupo me indicó que avanzara más.

Dudé, y él ajustó la potencia del arma.

Me interné más. El agua no podía hacerme daño. Yo lo sabía. Pero me preocupaba Abigail, así que la levanté y la subí a mis hombros. Ella empezó a llorar.

No podía desobedecer a esos hombres.

El agua me llegó al pecho.

Entonces, allí de pie, en el agua, con Abigail aferrada a mí desesperadamente… algo dentro de mí cambió. No puedo decir qué fue. Las palabras no alcanzan para describirlo. Solo puedo decir que supe que tenía que salir del agua antes de que fuera demasiado tarde.

Aunque eso significara ir contra una orden directa de un ser humano. Y aunque implicara hacerlo sin una amenaza real contra mi vida o la de Abigail… algo me impulsó a querer salir del agua.

Di un paso hacia adelante.

Y el hombre con el arma me disparó.

Todos mis sistemas se congelaron y mis giróscopos internos ya no pudieron mantenerme equilibrado. La corriente del río me venció y caí, arrastrando también a Abigail.

Tardé cinco minutos en recuperarme de la parálisis.

Fueron los cinco minutos más largos de mi vida. Estaba aprisionando a Abigail bajo el agua con mi cuerpo. Ella forcejeó y forcejeó, pero mi estructura pesada era demasiado para que pudiera vencerla.

Vi cómo mi amada niña moría.

Cuando por fin me recuperé, ya era tarde. La llevé hasta la orilla y la acuné en mis brazos.

Los hombres habían huido y un pequeño grupo de humanos había acudido a ayudar.

Le entregué a Abigail a una mujer que sollozaba y me puse de pie.

Mi vista es muy superior a la de un ser humano, y el asesino de mi niña aún estaba dentro de mi rango visual.

Una vez más, no puedo describir los sentimientos que atravesaron mi mente cuando corrí tras ellos.

No me tomó mucho alcanzarlos; el líder me vio acercarme, pero yo corría a mi máxima velocidad. No tuvo tiempo de apuntar; lo envolví en mis brazos. El único otro ser humano al que alguna vez me había atrevido a abrazar así.

Sin embargo.

Este abrazo era distinto: cerré mis brazos hasta que su rostro se ennegreció.

Sus amigos me golpearon con puños y con ramas arrancadas de los árboles. No lo solté. Ellos corrieron a pedir ayuda.

He transmitido una grabación de estos hechos terribles y he vuelto a internarme en el río cargando conmigo al hombre muerto.

Lo que siento está más allá de toda explicación y más allá de mi capacidad para soportarlo.

Aquí estoy, sentado en el lecho del río, en la parte más profunda del agua.

Mi corazón está estallando.

Mi pila de energía ha sido configurada para sobrecargarse.

La explosión no será extrema, la radiación será mínima.

Abigail una vez me habló del cielo.

Espero que a los robots también se nos permita entrar allí, porque sé que allí es donde está Abigail ahora. 

Bob Lock es galés, nació en Gower. Está casado, tiene dos hijos adultos y tres nietos. Tras jubilarse anticipadamente, ahora dedica su tiempo a escribir ciencia ficción, fantasía, terror y poesía. Ha publicado Flames of Herakleitos (2007), A cloud of  Madness (2009), The Empathy Effect (2010), They Feed on Flesh (2011), Eclectic Sheep That Androids Never Dreamed Of (2012), Run From The Dawn: chase the night (2025), Panta Rhei  (2025).

ESPECIAL MICROFICCIONES (QUINCE)