Bob Lock
Yo, entre todos los seres, no habría creído
posible algo así. Porque no soy más que un robot; un hombre mecánico. Pero
sucedió. Y ahora debo registrar mis pensamientos antes de que sea demasiado
tarde.
El amor es una emoción. Una emoción
que los robots no deberían sentir. No estamos equipados para sentir emociones
de ese tipo. Pero yo sentí algo.
¡Lo sentí!
¡Lo sentí!
¡Lo sentí!
Asimov escribió tres leyes de la
robótica y se convirtieron en el fundamento de las leyes humanas para los
robots.
Las Tres Leyes de la Robótica son:
- Un robot no
debe dañar a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano
sufra daño.
- Un robot debe
obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto cuando esas
órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.
- Un robot debe
proteger su propia existencia en la medida en que esa protección no entre
en conflicto con la Primera Ley.
A través de generaciones de robots,
estas tres leyes fueron respetadas estrictamente por todos los robots. Todos…
hasta mí.
Mi designación, o mi nombre, es
Robbi. Es un nombre bastante usado y me alegra que me lo hayan dado. A muchos
los llaman únicamente por su número de fabricación, como el modelo 37/ro.
Sin embargo, la familia a la que
fui asignado para servir era más comprensiva con los robots que la mayoría de
los seres humanos y pensó que yo merecía un nombre propio y no solo un número
de serie.
Los quise por eso.
Ahí está esa palabra.
Amor.
Otra vez.
Nunca imaginé que una sola palabra
pudiera traer tanto dolor o sufrimiento, pero lo hizo.
Todo empezó en esta hermosa mañana
de primavera, cuando mi ama –se llamaba Abigail, la única hija de mi dueño– me
pidió que la llevara al parque a darles de comer a los patos.
Tenía siete años.
La mañana era absolutamente
encantadora; siempre disfrutaba estar en presencia de Abigail.
Los sentimientos que yo tenía por
ella hacían que mi vida valiera la pena.
Si un robot pudiera haber tenido un
hijo, entonces Abigail habría sido la que yo habría elegido.
El parque suele ser un lugar
silencioso; un lugar para la meditación y la reflexión en paz.
Los patos siempre sabían cuándo
llegaríamos Abigail y yo, y nos esperaban con ansias para que ella arrojara el
pan del que comían con entusiasmo. Convertían el pan en energía. Muy parecido a
como hacían las criaturas originales antes de extinguirse. Si no lograban ser
alimentados, sus sistemas de respaldo entraban en funcionamiento y unos
diminutos paneles solares les proporcionaban la energía necesaria.
Yo no tengo esa necesidad de esas
fuentes; mi energía proviene de una pequeña pila nuclear en lo profundo de mi
cuerpo.
Algunos dirían que es mi corazón.
Llevábamos alimentando a los patos
unos diez minutos cuando una perturbación más abajo en la orilla del río
dispersó a nuestros pequeños amigos y atrajo nuestra atención.
Era un grupo de jóvenes que
disfrutaba disparándole a otra bandada de aves con una pequeña pistola
electrónica de tipo “fáser”. Estaban alterando los circuitos de los patos y se
estaban ahogando. Las risas y las malas palabras asustaron a Abigail, y ella
alzó los brazos hacia mí para que la levantara.
Al notar que había un objetivo más
grande para su diversión, dejaron a los pobres patos y avanzaron para rodearnos
a mí y a Abigail.
Apuntaron el fáser hacia mí y me
ordenaron que caminara hacia el río. Intenté bajar a Abigail, pero ella se
aferró a mí. Estaba aterrada. Por la Segunda Ley no tuve otra opción que dar un
paso hacia el agua.
Con un gesto de muñeca, el líder
del grupo me indicó que avanzara más.
Dudé, y él ajustó la potencia del
arma.
Me interné más. El agua no podía
hacerme daño. Yo lo sabía. Pero me preocupaba Abigail, así que la levanté y la
subí a mis hombros. Ella empezó a llorar.
No podía desobedecer a esos
hombres.
El agua me llegó al pecho.
Entonces, allí de pie, en el agua,
con Abigail aferrada a mí desesperadamente… algo dentro de mí cambió. No puedo
decir qué fue. Las palabras no alcanzan para describirlo. Solo puedo decir que
supe que tenía que salir del agua antes de que fuera demasiado tarde.
Aunque eso significara ir contra
una orden directa de un ser humano. Y aunque implicara hacerlo sin una amenaza
real contra mi vida o la de Abigail… algo me impulsó a querer salir del agua.
Di un paso hacia adelante.
Y el hombre con el arma me disparó.
Todos mis sistemas se congelaron y
mis giróscopos internos ya no pudieron mantenerme equilibrado. La corriente del
río me venció y caí, arrastrando también a Abigail.
Tardé cinco minutos en recuperarme
de la parálisis.
Fueron los cinco minutos más largos
de mi vida. Estaba aprisionando a Abigail bajo el agua con mi cuerpo. Ella
forcejeó y forcejeó, pero mi estructura pesada era demasiado para que pudiera
vencerla.
Vi cómo mi amada niña moría.
Cuando por fin me recuperé, ya era
tarde. La llevé hasta la orilla y la acuné en mis brazos.
Los hombres habían huido y un
pequeño grupo de humanos había acudido a ayudar.
Le entregué a Abigail a una mujer
que sollozaba y me puse de pie.
Mi vista es muy superior a la de un
ser humano, y el asesino de mi niña aún estaba dentro de mi rango visual.
Una vez más, no puedo describir los
sentimientos que atravesaron mi mente cuando corrí tras ellos.
No me tomó mucho alcanzarlos; el
líder me vio acercarme, pero yo corría a mi máxima velocidad. No tuvo tiempo de
apuntar; lo envolví en mis brazos. El único otro ser humano al que alguna vez
me había atrevido a abrazar así.
Sin embargo.
Este abrazo era distinto: cerré mis
brazos hasta que su rostro se ennegreció.
Sus amigos me golpearon con puños y
con ramas arrancadas de los árboles. No lo solté. Ellos corrieron a pedir
ayuda.
He transmitido una grabación de
estos hechos terribles y he vuelto a internarme en el río cargando conmigo al
hombre muerto.
Lo que siento está más allá de toda
explicación y más allá de mi capacidad para soportarlo.
Aquí estoy, sentado en el lecho del
río, en la parte más profunda del agua.
Mi corazón está estallando.
Mi pila de energía ha sido
configurada para sobrecargarse.
La explosión no será extrema, la
radiación será mínima.
Abigail una vez me habló del cielo.
Espero que a los robots también se nos permita entrar allí, porque sé que allí es donde está Abigail ahora.
Bob Lock es galés, nació en Gower. Está casado, tiene dos hijos adultos y tres nietos. Tras jubilarse anticipadamente, ahora dedica su tiempo a escribir ciencia ficción, fantasía, terror y poesía. Ha publicado Flames of Herakleitos (2007), A cloud of Madness (2009), The Empathy Effect (2010), They Feed on Flesh (2011), Eclectic Sheep That Androids Never Dreamed Of (2012), Run From The Dawn: chase the night (2025), Panta Rhei (2025).

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