Myriam Goluboff
Caminaba con paso
enérgico por el medio de la calle, la noche era cerrada y la lluvia caía,
persistente. Sentía el golpe de las gotas sobre su cabeza a través del sombrero
de ala ancha que gustaba usar a guisa de paraguas. Silbaba bajito y a medida
que avanzaba, daba puntapiés certeros a los guijarros que encontraba en su
camino sin preocuparse de pisar los charcos. Eran las dos de la mañana, se
sentía liberado después de haber dado fin a un interminable día de trabajo. Al
llegar a su casa pasó por el amplio hall donde una luz suave y tenue que estaba
permanentemente encendida, lo esperaba. En la gran pared, a su derecha, detrás
del sillón y el mueble bajo donde apoyaban el teléfono y los numerosos retratos
de familia, estaba colgado un gran espejo con el grueso marco de madera
tallada. Este conjunto de colores oscuros y cálidos, le recordaba siempre a la
vieja casa de sus abuelos, de donde lo había rescatado. Cada noche al entrar y
cada mañana al salir, miraba para ese costado y se veía reflejado; era un modo
de ver desde fuera sus alegrías y sus tristezas, que se leían en el azogado
plano: un rictus de ansiedad, una ligera sonrisa de bienestar, los ojos
cansados por el diario trajinar, o brillantes por la excitación y el placer
fugaz. Al pasar, se arreglaba siempre el pelo, abundante y expresivo. Ese
detalle era para él fundamental, con un rápido movimiento de la mano parecía
querer acallar expresiones de desencanto, de agotamiento, de ira… Era lo que le
devolvía una imagen deseada, tranquila, descansada, dispuesta para la lucha
cotidiana. Esa noche, al llegar, Juan encontró la casa en calma. Cuando se
acostó, Camila, profundamente dormida, respiraba suavemente. Sintió una gran
ternura y comenzó a acariciarla en las nalgas, en la espalda, despacito,
cavilando sobre el amor que no desaparecía nunca, ni con las broncas, ni con
las desilusiones, ni con las diferencias que parecían querer ahondarse a lo
largo de los años.
A la mañana siguiente, después de
levantarse, de su ducha cotidiana y de tomar el desayuno, puesto ya el abrigo,
y con su portafolio en la mano, Juan pasó por el espejo, camino del autobús y
del trabajo. Se miró rápidamente, se corrigió el gesto del mechón que caía
sobre la frente y algo le extrañó de su imagen. Pero como iba apurado no volvió
sobre sus pasos. Creyó haber visto su bufanda de color verde y, no cabía duda,
tenía una de las puntas entre sus manos. Era azul. Al volver por la noche y
pasar nuevamente, volvió a sentir la misma sensación, su abrigo no tenía tantos
botones. Y eso no sucedió un solo día, sino durante semanas, en que notaba,
casi siempre, diferencias sutiles en detalles de la ropa, o en gestos de la
cara. La creía ver blanca, cuando la sabía roja por la velocidad de su marcha,
al venir caminando por las calles de su barrio, o los ojos frescos y brillantes
en días en que venía agotado y con la vista cansada por horas y horas con el PC
sin descanso… Juan comenzó a preocuparse, algo no andaba bien, algo extraño
estaba pasando. No sabía si ir a ver a un oculista o a un psicólogo, si
recordaba en forma confusa lo que había visto o todo era fruto de su
imaginación. Temió estar volviendo a las experiencias de su primera infancia en
casa de sus abuelos, donde el espejo, al que entonces atribuía un carácter
mágico, lo hacía penetrar en mundos fascinantes. En aquellos días, cuando los
rayos del sol daban sobre la superficie y se reflejaban en su cara, él veía
personajes extraños con los que vivía inolvidables aventuras. Y le inquietaba
que esta supuesta regresión pudiera llegar a ser un síntoma de senilidad
prematura. No le dijo nada a su mujer, tenía vergüenza, no quería que se
enterara de esa debilidad. Así que calló, pero cada vez miraba con más
inquietud al espejo, temiendo que aumentaran las diferencias entre lo que veía
y la realidad y lo que era peor, sin estar nunca absolutamente seguro de que
hubiera realmente esa diferencia. Por temor a lo que pudiera descubrir, nunca
se paraba a observarse un rato largo, pero no podía dejar de mirar, el extraño
hecho le atraía y le provocaba una preocupación cada vez mayor. Un día, decidió
volver más temprano del trabajo y hacer pruebas, a esa hora en que su mujer no
estaba y podría entonces observar su imagen con calma, cambiar la expresión de
su cara, cambiar de ropa, y comprobar qué ocurría. Corrió hasta la parada, y al
llegar, enfiló a paso raudo hasta su casa. Abrió con sigilo la puerta, temeroso
de la prueba a la que se había decidido a enfrentarse y se dispuso a pasar
lenta y atentamente frente al espejo. Tenía clara en su mente la ropa que
llevaba puesta, había mirado en una vidriera por el camino la expresión de su
cara, la posición del mechón. Esta vez era consciente de su imagen. Podría
saber con seguridad si se espejaba la realidad o si él imaginaba y veía cosas
inexistentes. Cuando comenzó a caminar por el hall oyó a su mujer canturreando
en la cocina. ¿A esa hora? Tembló, pensando que ya comenzaba a escuchar voces.
Pero al pasar frente al espejo lo vio, esta vez nítidamente, no cabía duda. Ya
no tenía nada que ver la ropa con la suya. Era igual a él, la misma altura, el
mismo pelo, casi los mismos rasgos. Estaba sentado, con su bata de baño algo
abierta, una taza de café en la mano, expresión de gozo en su cara y en ese
momento Camila, envuelta también en una toalla, llegaba con las tostadas y se
sentaba a su lado.
Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

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