martes, 6 de enero de 2026

HASTA QUE SE ENCIENDA LA LUZ ROJA

Mike Jansen

 

Tu rostro apenas se ve tras el respirador, solo tu cabello dorado me recuerda que eres tú quien está sentada en tu trono, con almohadas que sostienen tus frágiles extremidades, y un suave gorgoteo proveniente de las máquinas a tu lado. Te mantienen viva.

A la luz moribunda de los tres soles de Trega II, tus ojos son vívidos, de un gris azulado, el hielo oscuro que me atrajo por primera vez hace tantos años, cuando me dedicaste tu mirada severa, la de la promesa.

La vista de la ciudad desde la ventana de tu hospital es impresionante: cientos de rascacielos rodeados por la eterna jungla del continente polar en el que nos establecimos hace casi setecientos años. El nuevo hogar de la humanidad lejos de la Tierra. Es un desperdicio para nosotros, solo nos vemos el uno al otro.

Me arrodillo a tu lado y tomo tu frágil mano en la mía. Es un ritual que realizamos de vez en cuando. En realidad, es cuestión de tiempo antes de que mueras o te cures. Sin embargo, incluso después de cruzar la inmensidad del espacio interestelar, aún no se ha encontrado una tratamiento efectivo para esta enfermedad. Las palabras de tu oncólogo tenían su temible irrevocabilidad, unas pocas semanas como máximo. El dolor genuino en sus ojos nos dijo basta.

 

No puedo vivir sin ti. Lo decidí hace más de un año. Cueste lo que cueste. Nunca preguntaste por la medicina que te proporciono. Nunca me ofrecí voluntario. Esa es mi cruz. No soy un asesino, pero protegeré a quien amo.

 

Notatlan lo comprendió cuando fui a verlo a su escondite en el desierto, tan solo un día después de escuchar el veredicto. Nosotros, mi amor y yo, habíamos estado estudiando a su gente durante años y Notatlan había aprendido nuestro idioma más rápido de lo que podíamos cartografiar su sociedad.

—Tu propósito ha cambiado, humano —dijo con su voz aguda y chillona cuando entré.

Asentí.

—Eres sabio y observador, Notatlan. Busco tu conocimiento. Y la razón por la que sigues vivo. Nuestros primeros registros te muestran aquí, hace setecientos años. Sin embargo, tu gente rara vez vive más de cincuenta.

 

—Shshra, tengo una historia de Sombras Largas que contarte, si me escuchas...

Era larga y enrevesada, pero me enseñó quienes son los verdaderos dioses de Trega II.

 

Ahora mismo, en estos salones de enfermos y moribundos, los falsos dioses de batas blancas, que se hacen llamar médicos, dispensan medicinas y procedimientos. Espero que una Sombra de la Misericordia pase junto a los tronos de los reyes y reinas en cualquier momento. Quizás sea mi esperanza, una decisión tomada sin mí, pues estoy igualmente a merced de mi propio deseo: verte viva un poco más.

No podía creer que tú, nosotros, algún día terminaríamos. Una fuerte creencia es un don, es una convicción, una fuerza de voluntad que impulsa a un hombre a los extremos para alcanzar metas que algunos llamarían improbables, si no imposibles. Con un poco de ayuda de las Sombras Largas, mi voluntad ha superado hasta ahora los obstáculos de tu enfermedad, aunque cada vez es más difícil obtener la esencia necesaria para prolongar tu vida.

Al mirarte a los ojos, veo la necesidad de liberación, de que todo termine, pero niego con la cabeza. Aún no es tu hora, no, aún no, no te dejaré ir.

Un dios entra y mira los gráficos en tu pantalla. Se va, sin sentir las dagas que mis ojos le clavan en la espalda, sin notar mi mano en el bolsillo derecho de mi chaqueta, apretando el bisturí que robé de una bandeja fuera del Reino Estéril.

Me aferro a tu mano y lloro, mientras me decido y fortalezco mi determinación. Murmuro algo sobre un baño y prometo volver pronto. Tus ojos me siguen al irme. Hay lágrimas, lo sé. Yo también las siento en mis ojos. Las tuyas son por tu situación y tu soledad. Las mías son por la vida que estoy a punto de terminar.

 

—¿Es esta la única manera, Notatlan? —pregunté.

La criatura asintió.

—Nuestros dioses son oscuros y vengativos. Exigen sacrificios...

—...a cambio de lo que necesito.

—Shshra, paga bien a las Sombras Largas y te lo devolverán con la misma moneda.

 

Los salones de este reino tienen muchas puertas con luces rojas y verdes. Algunas luces están apagadas; una ausencia no solo de luz, sino también del alma que una vez ocupó el trono interior. Al doblar una esquina, veo a un dios salir de una habitación, con los guantes puestos, cargando una bandeja con una jeringa que sé que contiene un fuerte sedante. Es mi señal, mi presagio. No soy de los que ignoran la mano que me depara el destino.

Mirando a mi alrededor, entro en la habitación sin ser observado, con la mano derecha temblorosa alrededor del mango del bisturí. Un escalofrío me recorre la espalda. Siempre siento reticencia, una resistencia casi tangible ante lo que estoy a punto de hacer, el diezmo que estoy a punto de entregar a dioses distintos a los que deambulan por estos pasillos. Todos podemos ser Sombras de la Misericordia si llega el momento, y con gran claridad comprendo que ese momento acaba de llegar.

Un suave ronquido llega a mis oídos. No es un ronquido saludable, sino la lucha de un cuerpo enfermo por el oxígeno, por mantener su corazón latiendo, por evitar que sus órganos fallen. ¿Y para qué? Para mantener una enfermedad incurable que el cuerpo ni siquiera sabe que existe. Criaturas tan lamentables, atadas a nuestras formas terrenales sin importarnos el mundo que nos rodea, sin comprender el ciclo implacable que eventualmente nos reducirá a polvo. Porque el tiempo apremia. La gente en estos pasillos lo sabe muy bien, a pesar de los tranquilizadores susurros de los dioses de túnicas blancas.

La tenue luz de la habitación ilumina el trono. Piel amarilla, cabello lacio casi desaparecido, el hombre está demacrado, su forma esquelética solo parcialmente cubierta por una fina sábana blanca. Me acerco, observo el ritmo lento y trabajoso de su respiración, la delgada línea de su vida claramente visible sobre él. Agarro un trozo de tela de una mesa auxiliar.

La Sombra de la Misericordia me acecha, obviamente. Cada vez que he visto la línea, ha sido cuando alguien necesitaba morir para que mi amor pudiera vivir un poco más.

Mis oraciones a los verdaderos dioses de Trega II siguen los patrones de la respiración de la enferma, sincronizándose, haciéndome uno con la habitación, la situación, la necesidad de crear el momento perfecto para su partida y la recolección de sus energías restantes.

 

—Las Largas Sombras te tomarán por asalto y te abrirán los ojos a su mundo —me advirtió Notatlan—. Puede ser que no te guste lo que veas. Puede que no te guste lo que te espera.

—Solo me importa mantenerla con vida, Notatlan. Haré lo que sea.

La criatura terminó su dibujo en la arena.

—A veces, soltar es el sacrificio máximo, humano —dijo, justo antes de que el mundo se oscureciera.

 

Corté la válvula que impedía que el sedante le inundara las venas. El líquido transparente entró rápidamente en su cuerpo. Su respiración pareció detenerse y esperé, recé, que se calmara. Pero entonces abrió los ojos, inyectados en sangre y amarillos. Vi el miedo en su interior, la certeza de que las Largas Sombras lo acechaban y que su hora había llegado. Intentó abrir la boca. Vi su lengua manchada, hinchada, un gusano viscoso que se retorcía e intentaba escapar. Por supuesto, no podía permitirlo.

Le agarré la lengua con la tela, tiré y la corté limpiamente. Rápidamente la envolví en la tela, le cerré la boca y me apoyé en su mandíbula hasta que el sedante le hizo efecto. Puso los ojos en blanco, la sangre le brotó de la nariz y se ahogó, dejándome con un trofeo, el recipiente que las Largas Sombras necesitaban para llevar la esencia viva de vuelta a un ser querido.

Sin dejar rastro, salí de la habitación. La luz era roja, señal de que los dioses convergerían en el alma desventurada que hay en su interior para rescatarla de las puertas del olvido, si pueden.

En el baño, la luz blanca era gélida. El espejo mostraba mi rostro, ceniciento, con arrugas que nunca antes había notado. Bajé la vista hacia el paño manchado que tenía en la mano y lo dejé caer en el lavabo antes de abrir el grifo para enjuagar la sangre.

El trozo de lengua, sin sus fluidos, era de un rosa pálido. La carne era suave, salada, con un regusto amargo, que recordaba los aromas de los salones de este reino. Un calor me inundaba el cuerpo; una euforia extática me anegaba el cerebro, igualándome al menos a los dioses de túnicas blancas, ejerciendo un poder que ellos nunca pudieron, otorgado por el aspecto de la Sombra de la Misericordia. Con un deleite casi narcisista, descarté el trozo de tela, me lavé las manos y la cara y revisé si tenía salpicaduras en la ropa. Estaba listo para irme, listo para mi amor.

Entre dioses y semidioses que recorrían los pasillos, regresé al trono. Descansaba, inquieta, con su cabello dorado extendido alrededor como una corona antigua. Me senté a su lado y le tomé la mano. Una profunda satisfacción me llenó; porque una vez más pude prolongar su existencia y retenerla conmigo. Cueste lo que cueste, por mucho tiempo que cueste, haré lo que las Largas Sombras me pidan. Cuando me incliné sobre su mano para darle el beso de la vida, ella se apartó.

Sorprendido, levanté la vista, y miré los oscuros ojos gélidos de mi amada. Ya no había amor allí, ni ira, ni determinación, ni culpa, ni miedo. Reconocí la resignación y me embargó la desesperación. Aparté el respirador; sus mejillas hundidas estaban amarillas, como sus manos y sus brazos.

—Ya basta. Basta —susurró.

Sostuve las barras de metal a un lado de su trono y las apreté.

—He sido una Sombra de Misericordia, mi amor, para ti. Por favor, no me rechaces. Eres todo lo que se interpone entre mí y la locura asesina.

Sonrió.

—Está bien. Te perdono. —Su mano descansaba sobre la mía. Recosté la cabeza sobre ella, sintiendo el frío roce de sus dedos.

—Siempre fuiste la fuerte —murmuré contra su piel.

—Sé mi Sombra de Misericordia —musitó.

La miré.

—No puedo hacer eso. No me lo pidas esto.

—Esa es tu cruz, mi amor. —Respiraba con dificultad y se volvió a colocar el respirador para recuperar fuerzas. Después de un minuto, me miró con lágrimas en los ojos y murmuró a través de la máscara—: Suéltame... déjame ir...

Poco a poco me di cuenta de que ese momento era su último acto de desafío, la última chispa de fuerza que la impulsaba a elegir el momento y la forma de su muerte. Para mí era un momento de Satori, cuando la idea de usar el poder adquirido al quitar una vida también puede usarse para quitar otra, incluso si esa vida era muy querida para mí. Recordé las palabras de Notatlan.

—A veces, dejar ir es el sacrificio máximo.

La Sombra de la Misericordia descendió sobre mí y la alimenté, no solo con el fuego de la ira que llevo dentro y las innumerables emociones de ese momento, sino también con las chispas de vida que con tanto cuidado he atesorado durante los últimos meses, hasta que sus alas negras se extendieton hasta el infinito y la oscuridad invadió la habitación.

Hay un precio que pagar, siempre lo hay, pero lo acepté con gusto para pasar momentos que se extienden hasta la eternidad con mi único y verdadero amor, sintiendo cómo nuestras energías se mezclaban, cómo nuestras almas se entrelazaban, hasta que se encendió una luz roja.

Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

CUENTO DE HADAS EN LAS SOMBRAS

Michael Marrak

 

Saludos, niños. Sigan mi voz.

No teman al humo: oculta la realidad y ahuyenta a los pequeños y molestos chupasangres. Me encontrarán detrás de él. Guarden silencio y tengan cuidado al trepar: la roca está suelta y sus bordes son afilados. Carguen a los más pequeños sobre sus espaldas, sean prudentes y controlen sus pensamientos.

Acérquense, quiero ver sus rostros. Júntense alrededor del fuego, pues mi voz es valiosa. Debo contarles algo sobre los Caídos… y advertirles. Acérquense, pero no piensen en Dios ni en la redención, porque esos son los pensamientos que ellos oyen primero, y los que los conducen hasta ustedes…

Jamás deben encontrarme aquí abajo con ustedes.

¡Jamás!

Ustedes saben que las criaturas solo escuchan los títulos que les concedió la primera sombra. La verdadera esencia les está vedada. Sus ojos no deben contemplar jamás este lugar, ¿entienden? Juren por las últimas chispas de luz que nunca pensarán en Dios mientras estén reunidos en torno a mi fuego. Aquellos que no sean capaces de dominar sus pensamientos, que den media vuelta y busquen la paz de su alma en otro lugar. ¡Váyanse, incorregibles soñadores de la salvación!

Pero ustedes, los demás, acérquense. Cuidado con las grietas: la caída al abismo es dolorosa… y a veces interminable. Escuchen lo que tengo que decirles.

Ya era de noche cuando hace dos días regresé a casa desde el banco de pensamientos. Sí, poco a poco mi cabeza se vuelve cada vez más pequeña y mi cuerpo se consume. Así les ocurre a todos los que cumplen su servicio forzoso para las sombras. Sus cabezas no son ya más que tumores, apenas mayores que dos puños de hombre. Terrible es el precio de una audiencia con los Regentes.

¡Silencio!

¿También oyeron eso? ¿Están seguros de que en el camino hasta aquí no se mezcló entre ustedes ninguna hipócrita chusma espectral? Conozco las voces de aquellos que se cubren con pieles de cordero y son ojos y oídos de los Regentes.

Bajen sus lupas y permítanme ver sus cuerpos. No se avergüencen de desnudarse, pero eviten tocarse mientras no sepan si están limpios. Si bajo su piel desnuda se esconde algo que no pertenece a este lugar, lo veré. Si su carne está infestada, lo reconoceré. Ningún devorador de almas ni ningún caminante de sueños puede ocultarse ante mí a la luz del fuego.

Desconfíen de aquellos entre ustedes que proyectan dos sombras. No son lo que quieren hacerles creer. A la primera oportunidad los atacarán por la espalda, les colocarán ligaduras de espinas y los meterán en sus cubas de ectoplasma, repletas de seres amorfos que aún no han encontrado forma.

Perdónenme: es descortés de mi parte pensar en esos horrores en su presencia. Mis recuerdos me arrastran a ello, los recuerdos malditos y las cicatrices ardientes…

Bien, siéntense. Veo que están libres de culpa y son verdaderamente ustedes mismos. Eso no es en absoluto algo evidente en estos tiempos. Quiero continuar mi relato, seguir existiendo, mientras ellos eviten este lugar.

Hace dos días, entonces, regresé del banco de pensamientos y entré a mi casa en ruinas. Es un ritual nostálgico, tras volver al hogar, asomarse por cada una de las ventanas del apartamento: hacia las ruinas de casas congeladas en el rojo del atardecer y hacia abajo, a los montes de escombros tras los cuales voces suaves cantan canciones de esperanza. Los escombros –ustedes lo saben– tienen bordes afilados y abren heridas profundas en los cuerpos hechos de carne y sangre. No se los recuerdo sin motivo. Nuestra sangre caliente es el provecho de los Regentes. Ávidos, la lamen de los escombros como si fuera miel y se bañan en ella allí donde se acumula en charcos medio coagulados.

Escombros, ruinas y abismos: de eso se compone el mundo que nos han dejado. El mundo que llamamos “la superficie”. Aquellos que no sobrevivieron a la revolución pueblan el reino sin luz de abajo: nuestras alcantarillas y túneles de metro, los búnkeres abandonados, los sótanos y las galerías de las minas.

Sin ánimo de ofender, allí abajo los muertos están bien guardados. Si vagaran por la superficie, las ciudades apestarían aún más. Y sus cadáveres inquietos se apoderarían de nuestros órganos para embutirlos en sus propios restos putrefactos. Es cierto que de vez en cuando uno de estos espectros escapa de su morada mortal, pero al final, reciben regularmente cosas de nuestros estimados señores para alimentarse. Cosas nuestras. A veces un brazo, a veces una pierna, un hígado o un montón de entrañas. Simplemente no es apropiado dejar que los muertos mueran de hambre. Eso no sería misericordioso.

Saben por qué los gobernantes no les dan cabezas. Se comen las nuestras. El sonido de las máquinas creadas para partirnos el cráneo a una velocidad vertiginosa nos ha atormentado a todos desde la revolución, incluso en nuestros sueños. Y quien no tenga pesadillas no es uno de nosotros.

Así que desconfíen de aquellos entre ustedes que sonríen mientras duermen. Es más prudente matarlos de inmediato que permitirles volver a despertar. De lo contrario, antes de que se den cuenta se lanzarán sobre ustedes y se deleitarán con ustedes y con su miedo, hasta que también ustedes anhelen cualquier forma de oscuridad y sueñen con el dolor con una sonrisa en los labios amoratados.

Es un secreto a voces que algunos entre ustedes incluso encuentran algo hermoso en este nuevo mundo, porque saben que la rueda del tiempo no puede retroceder. Que todo lo que vemos, oímos, sentimos y experimentamos hoy permanecerá como está para siempre. Entiendo el anhelo. Las únicas opciones que hemos tenido desde la Revolución de las Sombras son soportar el mundo, sucumbir a la locura o convertirnos en seres como ellos. Porque la muerte trivial, como ahora comprenden incluso las ratas y las cucarachas, era un privilegio del viejo mundo. Lo que puede morir y lo que no, ahora lo deciden los Regentes.

Abolieron las leyes problemáticas de la naturaleza, como el "curso natural de todas las cosas", abrieron las fronteras, erradicaron a todos los santos y aseguraron un statu quo uniforme, pues cada uno de nosotros no posee nada más que su propia miseria. Además, ya no tenemos que quejarnos del clima, pues todos los días son tan calurosos y sombríos como el siguiente.

Para mantener de buen humor a las almas perdidas, los Regentes celebran en cada luna llena y luna nueva la muy popular entre los suyos Fiesta de Acción de Gracias del Delator, con la lotería “20 de 500”. Desde el cambio de era, un escalofrío me recorre la espalda cada vez que el himno de apertura, interpretado por un coro de muertos, resuena por los altavoces; un simple coral en el que de inmediato se suman todos los Regentes, simpatizantes y sombras errantes.

 

Uno de aquí, dos de allá,

tres del centro, seis se van.

Al siete lo alcanza el rayo, al ocho el hacha fiel,

nueve gritan “¡piedad!”, diez cuelgan de la soga.

 

Muchos creen, por el nombre de la fiesta, que con una proporción de 25 a 1 solo una fracción soportable es alcanzada por el destino, pero ocurre exactamente lo contrario: de quinientos delincuentes, veinte son indultados por sorteo. A todos los demás los espera el matadero, donde las máquinas de las sombras vuelcan su interior hacia afuera.

¿Por qué hacen eso los Regentes? Tal vez simplemente les divierta. Tal vez no se conozca otra cosa en el lugar del que proceden. Quizá actúen convencidos de no cometer injusticia alguna mientras nos devoran a nosotros y a nuestro mundo. Tabula rasa. Todo en su sitio. Ceniza a la ceniza, polvo al polvo.

Qué irónico sería…

Desde la perspectiva de ellos, los delincuentes no son más que delincuentes con poca moral, incapaces de sentir compasión, con una mentalidad negativa y facturas impagas por su libre albedrío. Todos ellos anormales cuya presencia ya no es tolerable para el régimen de las sombras. Así, las cargas persistentes desaparecen rápidamente de la sección de débito. La miseria del deudor es la alegría del justo. El nuevo espacio habitable nos permite disfrutar de una lujosa condena en cómodas ruinas de seis habitaciones. Cada cual con lo suyo.

¿Por qué me miran así?

Ah, claro, las anomalías… Un término repugnante, lo admito, pero tradicional, casi clásico. Además, el gremio de verdugos dispone de un agradable surtido de cuerdas para… bueno, ya saben.

Ya saben por qué los Regentes no alimentan cabezas. Nuestras cabezas se las comen ellos mismos. El sonido de las máquinas creadas para romper nuestros cráneos en serie nos persigue a todos desde la revolución hasta en nuestros sueños. Y aquel que está libre de pesadillas, no es uno de nosotros.

Así que cuidado con aquellos entre ustedes que sonríen mientras duermen. Es más sabio matarlos de inmediato que dejarlos despertar de nuevo. Antes de que se den cuenta, caerán sobre ustedes y se alimentarán de su miedo, hasta que también ustedes anhelarán cualquier forma de oscuridad y soñarán con una sonrisa en los labios azules por el dolor.

Es un secreto a voces que algunos pocos entre ustedes encuentran algo hermoso en este nuevo mundo, porque saben que la rueda del tiempo nunca volverá a dar marcha atrás. Todo lo que vemos, oímos, sentimos y experimentamos hoy será así por siempre. Comprendo su anhelo. Las únicas opciones que tenemos desde la revolución de las sombras son soportar el mundo, sucumbir a la locura o unirse a los suyos. Porque la muerte trivial, incluso las ratas y las cucarachas son conscientes de ello, era un privilegio del antiguo mundo. Lo que puede morir y lo que no, hoy lo determinan los Regentes.

Eliminaron las molestas leyes naturales como el "curso natural de las cosas", abrieron las fronteras, erradicaron a todos los santos y garantizaron un estado de equilibrio uniforme, ya que cada uno de nosotros posee nada más que su propia miseria. Además, ya no tenemos que molestarnos por el clima, porque un día es tan caliente y sombrío como el otro.

Para mantener entretenidas a las almas perdidas, los Regentes organizan en cada Luna llena y nueva la muy popular Fiesta de Agradecimiento a los Delatores con la lotería "20 de 500". Desde el cambio de era, me estremezco cuando la himno de apertura interpretado por un coro de difuntos se emite a través de los altavoces; un simple coral en el que cada Regente, cada simpatizante y cada sombra errante se une de inmediato:

Uno de aquí, dos de allá, tres del medio, seis se van. Siete alcanza el rayo, ocho el hacha, nueve gritan "¡Misericordia!", diez cuelgan de la soga.

Algunos pueden pensar, debido al nombre de la festividad, que con una proporción de 25:1 solo un porcentaje tolerable caerá bajo el destino, pero sucede exactamente lo contrario: de quinientos delincuentes, veinte son perdonados por sorteo. A los demás les espera la matanza, donde las máquinas de las sombras exponen su interior hacia afuera.

¿Por qué los Regentes hacen algo así? Bueno, tal vez simplemente les cause placer. O tal vez ni siquiera conozcan algo diferente de donde provienen. Quizás actúan convencidos de que no están haciendo nada malo mientras nos devoran a nosotros y a nuestro mundo. Tabula rasa. Todo a su lugar. Ceniza a ceniza, polvo a polvo.

¡Qué ironía sería...

Desde su perspectiva, los delincuentes no son más que individuos de demora con mala moral de donante, saldo negativo de pensamientos y facturas impagas de libre albedrío. Todos, anomalías cuya copropiedad ya no es sostenible para el régimen de las sombras. Así que las cargas persistentes desaparecen rápidamente de la sección de deudas. La aflicción del deudor es la alegría del justo. El espacio habitable liberado nos permite vivir una condena de lujo en cómodas ruinas de seis habitaciones. A cada uno lo suyo.

¿Por qué me miran así? Oh, por supuesto, las anomalías... Un término desagradable, lo admito, pero tradicional, incluso clásico. Además, el gremio de verdugos tiene un suministro refrescante de cuerdas para deshacerse de los desafortunados de antemano... bueno, ya saben.

¿De dónde? ¿Qué preguntas son estas? ¿Nunca los han arrastrado al centro para presenciar los juicios de fe de los Regentes? Después de todo, las llamas encendidas han creado algunos de los atardeceres más impresionantes de las últimas tres décadas en el cielo. ¿Ninguno de ustedes ha seguido alguna de las orgías de carne? No puedo decir si debería envidiarlos o compadecerlos. Afortunados ustedes que nunca han visto el horror de los festines. Lamentables ustedes, a quienes todo eso aún les espera. Porque algo es seguro: ninguno de ustedes podrá decir algún día que nunca lo vio con sus propios ojos.

Los verdugos son una casta respetada entre las sombras. Bien entrenados, muy experimentados en el manejo de sus instrumentos y hábiles en lo que hacen. Después de todo, practicaron durante milenios para perfeccionar su oficio y prepararse para esta era. Las cuerdas con las que otorgan la muerte misericordiosa a los delincuentes frente a la hoguera, por cierto, provienen de los ramos de flores de sus admiradores, que se inclinan o abren las piernas con demasiada facilidad. Pero eso es otra historia.

La mía ocurre aquí y ahora. Así que, hace dos noches, fui a mi casa, cuya puerta lleva abierta un cuarto de siglo, y miré la Torre Buhl por la ventana. En su tejado, reluciente a la luz del auto de fe, contemplé algo de lo más peculiar. Allí, acurrucado, yacía algo rojo e informe. Mi primer pensamiento fue: un cadáver recién desgarrado. Uno de nosotros.

Ahora, no salgan corriendo, niños. Lo que cuento ya ha sucedido. Mis palabras solo visten el pasado. Todo está bien, ninguna sombra escucha, el presente está envuelto en humo y se escapa de sus miradas. Vuelvan...

Bueno, ¿ven? Nada ha pasado. Mientras miraba por la ventana, entrecerré los ojos hasta donde mi cansada cabeza me permitió, y miré fijamente hacia el objeto rojo en el techo. Realmente era un cadáver. No se ve todos los días carne cruda fresca en el crepúsculo. ¿Pero era un cuerpo de las estacas o de las jaulas de viento, colocado allí por algún guardián de la expiación para que se deleitara con él sin ser molestado en la oscuridad de la noche? No, porque no vi extremidades artificiales. Las que aún tenía adheridas pertenecían a ella. No se veían partes adicionales del cuerpo, ningún órgano parásito, todo pura carne.

Así que me aventuré afuera, me deslicé entre las ruinas, subí la torre y me acerqué cuidadosamente al cadáver, y un escalofrío recorrió mi cuerpo al verlo: no yacía un ser humano ante mí, sino uno de los gobernantes. ¡Un Regente real, despojado de su manto de sombras como una jugosa fruta! Juro que lo que les cuento es verdad. Realmente era el cadáver de uno de los Caídos. Me regocijé interiormente al verlo. ¡Por fin, por fin! ¡Uno de los suyos! Allí, tendido en su propia sangre, que fluía espesa y viscosa por la pared de la torre. Era tan hermoso, tan exquisitamente hermoso; jugo rojo metálico de rosa sangre sobre agua azul rocío metalizada, comenzando a fluir en una delicada y fina gasa roja. Lo contemplé largo rato, luego abracé su cuerpo cálido y deliciosamente fragante con ambos brazos y comencé a lamerlo. Ni entrañas de rata, ni insectos, ni fruta infestada de gusanos de los campos llenos de ceniza de los Regentes: pura y suculenta carne de sombra. Arrastré el cadáver a un lugar seguro, donde lo destripé y lo desmembré con una cuchilla afilada. Mientras tanto, estudié cada miembro y cada órgano del que estaba compuesto. ¡Uno de nosotros sacrificando a uno de los suyos, solo imagínenlo! Si tan solo supieran el significado de mi descubrimiento; si tan solo fueran capaces de comprender la magnitud. Con sus garras me desgarrarían y se comerían mis recuerdos. De vuelta en terreno conocido, asé la carne de Regente sobre el fuego y consumí parte de ella esa misma noche. Oh, les digo, ¡qué placer! En realidad, lo que esconden sus capas de sombras no difiere tanto de nosotros: una cabeza, dos brazos, dos piernas, aunque en dimensiones mucho mayores. Nada que, aparte de su piel, revele su origen y naturaleza. Lo que quiero decir es: no tienen piel. Músculos, tendones y venas, incluso algunos de sus huesos, están al descubierto. Si sienten dolor, deben sufrir verdaderos tormentos sin sus negras capas. Dios mío, ¿escuchan eso? ¡Es la campana de los Gobernantes! Sesenta y seis campanadas y las sombras se dispersarán para cazar. Sesenta y seis, todo lo que les queda para esconderse de ellos. ¡Huyan de la luz, niños! Vayan y cuenten mi historia a los demás. Apresúrense. Anuncien a todos los que encuentren: Los Regentes son mortales, y su carne es maravillosa. Dispérsense en todas direcciones, pero elijan sus caminos con cuidado. Estén atentos a dónde dirigen sus pasos y dónde ponen los pies, pero no se acerquen demasiado a los abismos, porque la caída es profunda. Manténganse ocultos, invisibles para los señores. Resistan sus tentaciones y manténganse alejados de sus sigilos. Cubran sus heridas, porque su sangre es un manjar. No dejen que las sombras ni sus larvas los detecten.

Justo entonces es cuando vienen y exigen el resto…

Michael Marrak nació en 1965 en Weikersheim, Baden-Württemberg, Alemania. Es escritor de ciencia ficción y terror y también ilustrador. Entre 1993 y 1996, editó la revista Zimmerit. Su primera novela, Stadt der Klage, fue publicada en 1997. Posteriormente se editaron las novelas Lord Gamma, en el año 2000, ganadora del Premio Kurd-Laßwitz, Imagon (2002), Morphogenesis (2005), Das Aion 1 – Kinder der Sonne (2008), Anima Ex Machina (2020). Ganó dos veces el Premio Alemán de Ciencia Ficción por sus relatos.

ROBO EN LA CLÍNICA NIERE

Carlos Eduardo Sánchez

 

El recluso Juan Carlos Guanca, alias el Chino, era un muchacho fornido, de piel oscura y antepasados confusos. En su cara opaca, y bajo un flequillo de alambres, sobresalían como perlas unos pequeños ojos rasgados, ladinos y de negrura amenazante.

El Chino había pasado casi la mitad de su corta vida encerrado. Los periodos en libertad los había aprovechado como podía y mejor sabía hacerlo: en su extenso prontuario constaban, con reincidencia viciosa, robos diversos, violaciones y asesinatos.

A pesar de que cumplía una condena que lo llevaría a envejecer entre rejas, todos sospechaban que comandaba una banda de peligrosos asaltantes en libertad.

 

El doctor Rodolfo Niere, descendiente de inmigrantes alemanes, era propietario de uno de los centros médicos más grandes y prestigiosos del país. Se jactaba de haber logrado esta posición gracias a su obstinación y esfuerzo, “sin pedir, ni dar, nada a nadie”.

—Para sobrevivir, estás obligado a tomar antes que a pedir —aleccionaba a su hijo.

Cuando el indiferente lastre de la tragedia se desplomó sobre él, la sangre teutona que lo disciplinaba no fue suficiente. Se hundió en una profunda depresión.

La muerte de su mujer a causa de una insuficiencia renal –justamente la especialidad médica a la que él se dedicaba– y después descubrir que la misma enfermedad acechaba, fatídica, a su único hijo, fue demasiado para él.

El médico empresario, antes activo y decidido, se transformó, de la noche a la mañana, en un hombre amargado y abatido.

Preocupado por el dolor de su amigo de toda la vida, el director de la cárcel provincial, Damián Jailero, le propuso que, como distracción, colaborara solidariamente en la atención médica de los convictos. Al principio el doctor Niere ni siquiera consideró la propuesta, pero luego –en apariencia convencido por su hijo– y para sorpresa de todos, comenzó a trabajar en una actividad en bien del prójimo, como nunca antes lo había hecho.

 Cuando el Chino Guanca enfermó, su espíritu indómito le impidió aceptar la asistencia médica. Pero más tarde, doblegado por los vómitos y los dolores abdominales, opuso débiles reparos cuando fue revisado por Niere. Como ya había hecho con muchos otros presos, el médico llevó al Chino, convenientemente custodiado, a su clínica para hacerle algunos estudios.

La amabilidad del profesional con el reo, que tenía la misma edad de su hijo, parecía apaciguar los ánimos rebeldes del delincuente; pero en realidad, ese ámbito lujoso había avivado en el Chino las peores inclinaciones. Intuía que en ese lugar debía haber mucho dinero; y a él, y a sus secuaces, no podía escapárseles semejante oportunidad. Todos sus sentidos se pusieron en alerta, memorizó cada detalle del edificio y escuchó con suma atención los comentarios del médico o de sus colaboradores.

El doctor Niere, después de exhaustivos análisis, diagnosticó que el recluso tenía cálculos renales y que debía ser operado para evitar males mayores.

Solo pensar en la posibilidad de ser cortado con un bisturí, sacaba al Chino de quicio y por eso su primera reacción fue negarse rotundamente.

El doctor trató de calmarlo asegurándole que se trataba de una operación con muy pocos riesgos y que la avanzada tecnología de los quirófanos de la clínica le daba aún mayor seguridad. Con la sapiencia de los que pueden manejar estas situaciones, dejó al reo solo en una habitación para que se tranquilizara y pudiera pensarlo mejor.

La agudeza de su oído le permitió al Chino escuchar lo que el médico, tras una puerta, hablaba por teléfono con el director de la cárcel. Le informaba de la novedad y proponía una fecha para realizar la intervención quirúrgica. Oyó como Niere dijo que ese día, casualmente, se pagarían los sueldos en la clínica y que vendría muy bien la custodia policial que acompañaría al preso para desalentar cualquier intento de robo de la cuantiosa suma de dinero que habría allí.

 —¡Ah, viejo avaro! —exclamó el reo, exultante.

Cuando el doctor retornó a la habitación, el Chino dijo aceptar la operación; se ponía en sus manos para cuando quisiera realizarla. Acordaron que la fecha sería siete días después.

Apenas volvió a su celda, se puso a planear el golpe. Tenía entre sus compinches a uno de los guardias, quien le había acercado el teléfono celular con el que ya había dirigido a su pandilla en numerosos atracos. Envió a dos de sus hombres a los consultorios de la clínica para que fueran reconociendo el terreno y averiguando cuántas personas trabajaban en el lugar. Otros matones montaron guardia día y noche en los alrededores para conocer los movimientos, por si hubiera alguna trampa.

El delincuente estaba decidido a no huir cuando se produjera el ataque de sus amigos; se quedaría un tiempo más en la cárcel, donde, en realidad, no la pasaba tan mal. Nadie desconfiaría de él. Una oscura vanidad lo convencía de que sería el crimen perfecto.

Guanca y Niere ocuparon la semana preparando al detalle sus respectivas operaciones; ambos estaban ansiosos y sintieron que esos días parecían tener más de veinticuatro horas.

La noche anterior a la intervención quirúrgica internaron al presidiario en la clínica. El Chino había logrado infiltrar a uno de los suyos en la custodia policial.

A poco de amanecer, fueron a buscarlo a la habitación que el doctor Niere había previsto para él y sus guardianes. Lo hicieron desnudar, lo cubrieron con una bata descartable y lo llevaron a una inmensa sala de operaciones, donde un hombre con gorro y barbijo lo auscultó y le pidió que se tranquilizara. Mientras esto sucedía, los cómplices tomaban posición en las cercanías del sanatorio; atacarían a las diez de la mañana, como lo habían planeado. Poco después el Chino sintió, como último suceso consciente, que le pinchaban un brazo.

Las manos firmes y resueltas de Niere disfrazaban el temblor que sentía en su alma. Guanca, sin conocimiento, abierto, e invadido por tubos, cables y paños, no era otra cosa que un recipiente lleno de palpitantes órganos pastosos. El médico sólo había permitido que permanecieran en el quirófano, aparte de su paciente y su hijo, tres de sus más estrechos colaboradores.

El monótono compás de los sofisticados aparatos, que acompañaban los movimientos de las manos ensangrentadas del doctor, sólo era interrumpido por las órdenes cortantes del cirujano a su instrumentista y por un persistente ulular de sirenas lejanas.

Antes de las diez de la mañana, los bandidos recibieron una llamada del infiltrado en la clínica: les informaba que el dinero de los sueldos había sido depositado en un banco, donde se pagaría a los empleados del nosocomio. Les comunicó también que la guardia había sido reforzada por otros policías ante la sospecha de que Guanca intentara escapar.

Al otro día, cuando el Chino despertó en la enfermería de la cárcel y su compinche le contó lo que había sucedido, se sintió estafado; no pudo ni siquiera protestar debido a un intenso dolor en la espalda.

—Por suerte pudimos suspender el asalto a tiempo. Podría haber sido una masacre con tantos policías dentro de la clínica –le explicó el cómplice, tratando de calmarlo, y agregó—: Ahora quedate tranquilo que por lo menos, según me dijeron, tu operación salió muy bien.

El Chino Guanca, por primera vez en su vida, sintió un vacío profundo que no pudo explicar. Presentía que algo había resultado muy mal, pero nunca llegaría a entenderlo del todo.

En la clínica de su padre, el joven Niere se recuperaba de la exitosa operación de trasplante renal a la que había sido sometido.

Aunque pocos lo supieron, aquel día hubo un robo en la clínica Niere.

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”.  Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

lunes, 5 de enero de 2026

SERVICIO DIFERENCIAL

Oscar De Los Ríos


 

 

Rogelio sabía que tendría que haber muerto a las tres y media de la tarde. Lo sabía con la certeza física de quien conoce los vencimientos de las facturas de sus deudas y está en quiebra. Sentía el alma floja, lista para desprenderse como un diente de leche. Pero eran las siete y cuarto de la tarde; el sol de febrero seguía castigando la persiana americana de plástico a punto de derretirse, y él continuaba ahí, respirando un vaho caliente que parecía sopa.

​El ventilador de pie cabeceaba con un rítmico balanceo, giraba lento, perezoso; la baja tensión del verano del 27 no le daba para más. Desde que privatizaron la distribución barrial y liberaron las tarifas por zona de "riesgo de inversión", en Villa Lugano, el generador de la compañía eléctrica parecía funcionar a vela.

​Desde la cocina-comedor, separada apenas por una pared de Durlock que dejaba filtrar hasta los pensamientos, llegaban los murmullos de su familia. No discutían por desamor, sino por logística.

​—¿Todavía nada? —preguntó su yerno; con la impaciencia nerviosa de quien tiene el taxi esperando con el reloj corriendo.

—Sigue igual, respira cortito —respondió su hija, Estela. Se notaba que estaba lavando los platos; el tintineo de la loza cachada sonaba más fuerte que los latidos del corazón de Rogelio—. Papá siempre fue de tomarse su tiempo, ya sabés.

—El problema no es el tiempo, Estela. El servicio fúnebre "Low Cost" que reservamos tiene la tarifa congelada hasta la medianoche. Y, si se muere un segundo después, nos recategorizan y también hay que pagar el "Impuesto a la Salida" que metió el ministro la semana pasada. ¡No llegamos, negra! ¡No llegamos!

​Rogelio quiso gritarles que él hacía lo posible, que estaba empujando hacia afuera con todas sus fuerzas, pero el cuerpo es un burócrata obstinado. Cerró los ojos. La culpa le pesaba más que la agonía. Morirse fuera de horario era un lujo que su jubilación mínima no podía costear.

​A unos quince kilómetros de allí, en la estación Leandro N. Alem de la línea B de subte, la Muerte resoplaba.

 

​La Muerte –División Sudamérica, Zona AMBA– vestía un traje de oficinista color gris topo, con los codos brillosos por el desgaste y una camisa que alguna vez fue blanca y ahora tenía el tono amarillento de los expedientes viejos. No llevaba la guadaña, ni la túnica negra de terciopelo. Esos eran insumos importados que habían quedado retenidos en la Aduana por falta de dólares y trabas a las SIRA.

​Hacía unos meses, un funcionario entusiasta del Ministerio de Desregulación le ofreció un reemplazo de industria nacional: una motosierra marca "Libertad", remanente de la campaña del 23.

—Es más eficiente, señora. Corta de raíz y hace ruido, para que sepan que llegó —le había dicho, guiñándole un ojo.

​Pero ella se negó rotundamente. Tenía sus principios. La muerte debía ser un rito de paso, un silencio final, no una poda ruidosa y sucia de ramas secas. Además, la nafta estaba impagable. Así que ahí andaba, sin sus atributos legendarios que le habían forjado un aspecto temible en el pasado, reemplazados por un vergonzante maletín de cuero sintético descascarado, sudando como un vendedor de colectivo en hora pico.

​Miró el reloj pulsera, un Casio digital con la malla de goma cortada y pegada con La Gotita. Las siete y veinte.

​—La puta madre —masculló. Su voz no era de ultratumba, sino de fumadora de tabaco armado—. Voy a llegar tarde al de Lugano.

​ ​La estación era un horno. Una bofetada de calor subía desde los túneles, anticipando lo peor: el aire acondicionado de los vagones no funcionaba desde la "Gran Desregulación del Transporte" del 25, cuando se decidió que el frío era un bien de mercado y no un derecho del pasajero. La Muerte intentó pasar la tarjeta SUBE por el molinete. El lector emitió un pitido agónico y mostró una luz roja: Saldo Insuficiente.

​—¡No me jodas...! —gritó, golpeando el aparato—. ¡Soy la Muerte, carajo! ¡Soy el final inexorable!

—Atrás de la línea amarilla y cargue saldo, señora, que acá no hay privilegios de casta —le gritó un empleado de seguridad privada desde la garita, sin levantar la vista del celular.

​La Muerte buscó en los bolsillos. Tenía apenas unos billetes de mil pesos con la cara de San Martín. Suspiró, emanando un vaho frío que, por un segundo, alivió a la viejita que tenía pegada a la espalda. Después comprendió que, por más que protestara, no conseguiría nada, y se corrió a un costado, fingiendo que buscaba otra tarjeta. Pasaron varios pasajeros y, cuando el guardia se distrajo mirando un video de TikTok, saltó el molinete y se metió a los empujones en el vagón que llegaba, atestado de gente.

​El subte la escupió en la estación Juan Manuel de Rosas. Villa Urquiza ardía bajo el cemento. Tenía que combinar con el ferrocarril, pero un cartel luminoso pintado con aerosol anunciaba: SERVICIO SUSPENDIDO. NO HAY PLATA.

​No le quedaba otra que el colectivo. Caminó las tres cuadras hasta la parada del 114. La fila daba vuelta la esquina. La gente esperaba con esa resignación bovina que los argentinos habíamos perfeccionado tras décadas de crisis cíclicas; pero, en los últimos tres años, ya íbamos solos al matadero.

​Mientras esperaba, el celular le vibró de nuevo. No fue el zumbido corto de un cliente habitual. Fue una alarma estridente, un tono de "Prioridad de Estado". En la cola se escucharon murmullos de desaprobación. La muerte pensó que empezaban a despertar, pero no, le pidieron que baje el tono de notificación. Sacó el aparato con dificultad. La pantalla parpadeaba con luces azules y blancas:

​>> ALERTA PRESIDENCIAL - NIVEL 1 <<

Cliente: "CONAN V" (Clon Genético - Gabinete Canino).

Causa del deceso: Indigestión por bife de Wagyu A5 (Exceso de marmoleado).

Ubicación: Residencia de Olivos - Sala de Juegos Climatizada.

Asignación: Escuadrón de Querubines Motorizados y traslado en Carroza de Fuego.

​La Muerte sintió una arcada que no tenía nada que ver con el olor del asfalto caliente. Soltó una risa seca, un graznido amargo que hizo que unas señoras se persignaran.

​—¡Mirá vos! —masculló—. Al picho le mandan la escolta de querubines porque se empachó con carne japonesa de quinientos dólares el kilo. Y al pobre Rogelio, un cristiano que laburó cuarenta años en una metalúrgica, lo tengo que ir a buscar yo, colada en el 114 porque no me cargaron la SUBE.

​ Ahí estaba la famosa teoría del derrame en su máxima expresión, pensó con amargura. Siempre le habían dicho que si el plato de los ricos se llenaba, eventualmente desbordaría hacia los de abajo. Pero la realidad era otra, mucho más cruel y grotesca.

Se imaginó la escena: los dueños del banquete sentados a la mesa, atiborrándose, y sus mascotas –esos perros clonados con rango de ministro– comiendo de platos de oro sobre el mantel. Abajo, tirados en el piso frío, los pobres esperaban con la boca abierta. Pero no caía nada. Ni una miga.

Porque el plato nunca rebalsaba. Cuando estaba por llenarse, el rico simplemente se compraba un plato más grande, o se llevaba el banquete a otra parte, a una isla paradisíaca donde nadie pudiera ver cuánto había en la mesa.

​El colectivo llegó veinte minutos después.

—¡Al fondo que hay lugar! —gritó el chofer—. ¡Circulen, que la libertad es movimiento!

​La Muerte se subió por la puerta de atrás a los empujones y quedó apretada contra el respaldo del último asiento doble.

—Libertad las pelotas —pensó—. La única libertad que le queda a esta gente es la de elegir en qué parada se bajan a sufrir.

 

En el departamento de Lugano, la atmósfera se había vuelto irrespirable. No solo por el calor, sino por el miedo financiero.

Rogelio escuchó el timbre del teléfono fijo. Nadie llamaba al fijo salvo los acreedores o las estafas virtuales. Atendió su hija.

​—Sí... sí, habla la hija. ¿Cómo? —Hubo un silencio helado—. No, por favor, no nos diga eso. Mi papá está... está en proceso. Sí, ya sé que la reserva de la sala velatoria vencía a las ocho. Pero es el tráfico, seguro. ¿No nos pueden mantener el precio? ¿En bonos del Tesoro?

—Andá haciéndote a la idea, Negra. No podemos con todo: el impuesto a la salida, la sala velatoria y el cajón. Vamos a tener que vender la…

—¡No! Ni siquiera lo pensés, Goro —lo interrumpió Estela. Llevaban años haciendo malabares con la economía para no venderla: Rogelio no se la podía llevar cuando Ella llegara. Al final la pobre muerte tenía siempre la culpa de todo.

​Rogelio sintió una lágrima rodar por su mejilla, perdiéndose en la almohada húmeda. Quería morirse ya. Quería dejar de ser un pasivo en el balance contable de su familia. Intentó dejar de respirar por su cuenta, forzar la maquinaria, pero su corazón, un motor viejo pero noble, seguía bombeando con una terquedad idiota.

​—Me cortaron —dijo Estela, entrando a la habitación con los ojos rojos—. ¡Papá...! —le dijo agarrándole la mano, la misma que tomaba con tanto cariño para ir a la calesita los domingos—. ¡Papá, escuchame, por favor! Si podés... si te queda algo de fuerza... ¡Soltá! ¡Soltá ahora! Si pasamos de las doce, nos cobran el día entero de mañana y perdemos la seña del cajón. —El agobio por las deudas no le dejó espacio para unas palabras de cariño.

​Rogelio apretó la mano de su hija. Estela miró el techo manchado.

 

La Muerte se bajó del 114 a unas diez cuadras del monoblock de Rogelio. El colectivo no entraba al barrio porque "no era zona rentable" para la empresa concesionaria. Además, hacía tres meses habían sacado el subsidio: no era justo que el transporte lo financiara la “gente de bien”. Las calles estaban casi a oscuras; el mantenimiento de las luminarias públicas no se hacía desde el año anterior, ya que el gobierno recortaba por todos lados para pagar un vencimiento del FMI.

​Al pasar frente a una ventana abierta, el resplandor azulado de un televisor iluminó brevemente la vereda rota. Desde adentro, la voz del presidente atronaba con su promesa eterna:

—En cuarenta años seremos potencia, sus hijos se los agradecerán.

​Lo entrevistaba Joni Vale, el periodista exclusivo que jamás hacía preguntas comprometidas; un silencio que cotizaba a diez mil dólares la entrevista.

El presidente recién llegaba de su vigésimo viaje anual. Esta vez había ido a Angola, rascando el fondo de la olla en busca de algún préstamo en dólares.

La Muerte siguió caminando, ignorando la pantalla. En otro momento se hubiera detenido a lanzar una puteada, pero ahora era un lujo que no podía darse: Rogelio la estaba esperando.

​Llegó al edificio: monoblock 14, escalera B. El portero eléctrico estaba arrancado, pero, por suerte, la puerta de entrada estaba trabada con una piedra. Empujó y entró al palier. El ascensor, por supuesto, tenía un cartel: FUERA DE SERVICIO. CONSORCIO EN QUIEBRA.

​Empezó a subir los escalones de cemento alisado. En el cuarto piso tuvo que parar a tomar aire. Se aflojó la corbata. Sentía las rodillas crujir. La eternidad pesaba, pero la desidia estatal pesaba más. Miró el reloj: 23:45.

—Aguantá, Rogelio. Estoy llegando —dijo, apurando el paso, subiendo los escalones de a dos.

​Llegó al sexto piso con el corazón –o lo que tuviera en el pecho– galopando. Tocó la puerta. Tres golpes secos que anunciaban su llegada: Autoridad, Solemnidad, Puntualidad.

Lanzó un suspiro al recordar cuando su presencia era esperada con temor y respeto, y no como un mero alivio económico.

​—¿Quién es? —preguntó una voz masculina, temblorosa, desde adentro.

—Correo Argentino —mintió la Muerte. Si decía la verdad, capaz no le abrían por miedo. A pesar de que sabían a quién se iba a llevar, algunos no querían recibirla. Tal vez este no fuera el caso, pero no se podía arriesgar. Unos minutos de vacilación, y todo el esfuerzo que había hecho sería inútil.

Con un chirrido de bisagras faltas de aceite, se abrió la puerta. El yerno asomó la cabeza. Al ver el traje gris y la cara de trasnoche de la visitante, frunció el ceño.

—¿Correo? A esta hora no repar… —El hombre se detuvo al ver los ojos de la recién llegada. Eran unos ojos antiguos, insondables, profundos como los del usurero que prestaba al ciento treinta por ciento mensual—. ¡Ah! Sos vos.

—Sí. Disculpen la hora. El 114 venía hasta las manos. ¿Dónde está Rogelio?

—Al fondo. Pasá rápido, por favor, que estamos al límite —dijo el yerno, mirando su reloj—. Faltan diez minutos.

​La Muerte atravesó el pasillo y entró a la habitación. Estela estaba sentada al borde de la cama, abanicando a su padre con una boleta de luz, ambas vencidas. Al ver entrar a la figura del traje gris, soltó un sollozo… de alivio.

​La Muerte se acercó a la cama. Rogelio abrió los ojos. Estaban vidriosos. Al ver a la Muerte, no sintió miedo. Sintió solidaridad. Vio el cansancio en los hombros de ella, la suela gastada de los zapatos, la mancha de grasa en la solapa.

—¡Perdón señora! —susurró Rogelio con un hilo de voz—. Por hacerla venir hasta el culo del mundo.

—Es mi laburo, Rogelio —respondió La Muerte, sacando una planilla arrugada y una birome Bic mordida del bolsillo—. El tema es que la logística está complicada. ¿Estás listo?

Rogelio asintió apenas.

—¿Duele?

—Menos que vivir con la jubilación mínima —aseguró ella.

​La Muerte miró su reloj Casio: 23:56.

—Bueno, vamos a hacerlo rápido que si no el sistema me lo pasa como fecha de mañana y es un lío administrativo.

​Apoyó una mano sobre la frente y, al contacto, Rogelio sintió una sensación de alivio que le trajo paz; una sensación que ya había olvidado. La Muerte empezó a tirar. No fue un tirón suave y etéreo como en las películas de antes. Fue un trabajo manual, forzoso. El alma de Rogelio estaba pegada al cuerpo por la costumbre y el miedo a que la arrancaran; como una etiqueta puesta sobre otra remarcando el precio.

—Colaborá, Rogelio, soltá el envase —masculló.

​Rogelio exhaló un último suspiro, un sonido seco, como una bolsa de papel que se rompe. Y entonces, se aflojó. El peso de los años, de la inflación, de las deudas y de la artrosis desapareció. La Muerte sostuvo esa pequeña luz grisácea entre sus manos un segundo. No brillaba mucho; era el alma de un laburante, opaca por el desgaste. Con un movimiento práctico, sacó un frasco de mermelada vacío del maletín, metió el alma adentro, cerró la tapa y le pegó una etiqueta con el número de CUIL.

​—Listo —dijo, guardando el frasco junto a otros dos que tintineaban en el fondo del bolso.

​El yerno miró el reloj digital de la mesa de luz. Los números rojos marcaban 23:58.

—¡Entró! —gritó, sin poder contenerse—. ¡Estela, entró en el día! ¡Congelamos las tarifas!

​Estela se tapó la cara con las manos y rompió a llorar sobre el pecho inerte de su padre. Lloraba porque su papá se había ido, pero en el fondo de su llanto, en ese lugar oscuro que nadie admite, lloraba de gratitud porque no iban a tener que vender la heladera para pagar el entierro.

​La Muerte completó el formulario y le extendió el duplicado al yerno.

—Acá tenés el certificado provisorio. Con esto tramitás la baja en ANSES. Hacelo rápido porque si no te ponen una multa a la existencia presunta.

—¡Gracias! ¡De verdad, gracias! —dijo el hombre, dándole la mano con efusividad.

​La Muerte asintió y salió de la habitación. No hubo luces blancas, ni coros celestiales, ni túneles. Solo el sonido de la tele del vecino. Bajó los seis pisos por la escalera a oscuras. Al salir a la calle, el aire de la noche la golpeó con una ráfaga de calor húmedo. Caminó las diez cuadras hasta la parada del colectivo con un aire de cierta esperanza: tal vez todo no estaba perdido.

​El celular le vibró de nuevo.

>> SERVICIO COMPLETADO. CLIENTE "CONAN V" INGRESADO CON ÉXITO AL SECTOR VIP. TIEMPO DE GESTIÓN: 12 MINUTOS. <<

​La Muerte miró la pantalla y luego miró hacia la avenida. A lo lejos, vio las luces del 114 acercándose. Venía lleno. Iba a tener que viajar parada de nuevo.

​Suspiró, se ajustó el nudo de la corbata, pensando que, a este ritmo, iba a tener que pedir un crédito para comprarse unas zapatillas cómodas. Porque en el 2027, hasta para morirse había que tener paciencia; y para llevarse el alma de un trabajador, había que tener buen estado físico.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

ESPECIAL MICROFICCIONES (QUINCE)