miércoles, 31 de diciembre de 2025

LA PISCINA

Simonetta Olivo

 

1.

Es extraño cómo algunos recuerdos permanecen hundidos en la conciencia durante tanto tiempo que, cuando vuelven a la superficie, nos resultan ajenos. A los niños les suceden cosas increíbles, a menudo aterradoras, que es necesario olvidar para poder crecer. Pero una vez cumplida esa tarea evolutiva, puede ocurrir que baste un sonido, un olor, un paisaje para rescatar lo olvidado.

En mi caso, fue el olor a cloro de la piscina al aire libre del resort: llegó de la nariz al cerebro como una descarga, y lo que había ocurrido aquel día en San Leone emergió, treinta años después. En ese momento recordé también cómo mis padres hablaban a veces precisamente en esos términos: de aquel día en San Leone, sin especificar nunca nada más. Pero eran conversaciones entre adultos, y yo siempre tenía otras cosas en la cabeza: el fútbol, los deberes, mi compañera de banco.

—¡Papá!

Me sobresalté, y a la memoria se le añadió algo más que un simple detalle: la sensación particular de que el pasado puede tener un eco, que se arrastra hasta el presente como una larga e imparable ola.

La superficie de la piscina brillaba con la luz de julio, y el fondo azul parecía un cielo invertido. Era una promesa: de agua fresca, pero no fría, con los cuerpos a medio camino entre el dentro y el fuera, como los sonidos, a veces fuertes, a veces amortiguados, lejanos.

Había salido temprano de casa: papá y mamá estaban a oscuras, encerrados en la habitación, discutiendo incluso antes de levantar la persiana. Tal vez bastarían unos días de esas vacaciones para que hicieran las paces. O al menos eso esperaba. Pero no lo pensé mucho: la escuela había terminado y, por primera vez, tenía permiso para ir solo a la piscina. Al fin y al cabo, a mis once años me había vuelto más grande de lo que jamás había imaginado.

Me tiré de cabeza: un escalofrío me recorrió entero, luego toqué el fondo con los pies (¡el año anterior no llegaba!), y por último salí a la superficie con el pelo sobre los ojos, listo para empezar las vacaciones.

Sentado en el borde de la piscina, con los ojos cerrados y los pies haciendo pequeños chapoteos, escuchaba la alternancia de las voces, las risas lejanas, los gritos divertidos de los niños, los llamados de las madres, el sonido grave y fresco de los hidromasajes, que se encendían y se apagaban a intervalos regulares.

En la parte de la piscina donde el agua era más baja, una niña rubia con una camiseta de Alicia en el País de las Maravillas golpeaba el agua con los pies y cantaba. El papá estaba sentado frente a ella. El hombre asentía y reía, añadiendo a la canción alguna palabra olvidada por la hija:

Alicia, cuéntanos

tu viaje increíble

al mundo inverosímil

que nadie sabe dónde está

dónde está ese mágico

país que sabes encontrar

más allá de las nubes o en el fondo del mar

o quizás dentro de ti

La niña se lanzó hacia el padre con un pequeño salto, se dejó levantar y arrojar al agua, de donde emergió con un gritito de felicidad.

Entre todos los llamados, hubo uno más fuerte y recurrente. Era una madre con el pelo negro recogido en una cola y grandes gafas de sol. Llamaba a su hijo continuamente.

—¡Leooo! ¡Leooo!

Se empeñaba en secarlo, y él se volvía a tirar al agua. Lo perseguía con algún alimento, el pañuelo para la nariz, la crema solar, mientras él tenía la habilidad de escabullirse y refugiarse en el agua, donde evidentemente la mujer no quería entrar, tanto que se inclinaba para intentar atraparlo, estirándose y alargando la mano, sin esperanza.

Me divertí un rato observando la escena. El niño tendría unos seis años, un poco de sobrepeso, y el ingenio para huir de la madre cuanto más ella lo perseguía.

Una voz a mis espaldas me distrajo.

—Hola. ¿Cómo te llamas?

Era de primaria, a simple vista. Aunque hubiera querido hacerse pasar por mayor, el bañador de Spider-Man lo delataba. Le respondí con el tono que los adultos usan con los niños desconocidos, un poco falso, fingidamente interesado.

—¡Hola! Roberto. ¿Y tú, cómo te llamas?

—Marco. ¿Querés hacer bombas?

Miré a mi alrededor para asegurarme de que no hubiera ningún chico de mi edad o (peor aún) alguna chica cerca, y acepté. Marco era simpático, aunque pequeño, y nos divertimos bastante, hasta que se cayó, revelando claramente su edad: corrió llorando hacia los padres, que lo envolvieron en la toalla y le pusieron un helado en la mano, remedio universal.

Volví a apostarme en el borde de la piscina, esperando. El sol pegaba fuerte, serían las once; sentía los hombros ardiendo y los toqué con los labios para comprobar cuánto. Me habría quemado si mamá no llegaba pronto con la crema. También tenía hambre y no llevaba ni una moneda: una razón más para desear que llegaran mis padres.

De pronto sentí algo apretarse entre el pecho y el estómago. No era dolor, sino algo parecido a un pequeño miedo: no el incendio del susto, sino una llama fina que desde ese centro subía hasta la garganta. Me pareció entonces que había demasiados ruidos, demasiada gente, algo excesivo que me pesaba por dentro: las risotadas graves de los hombres del bar, sus panzas llenas de cerveza cayendo sobre los bóxers, la música de la baby dance, que un enjambre de niñas bailaba gritando, animadas por la chica al borde de la piscina, una especie de cosplay de Wonder Woman.

Una nube pasó delante del sol, y toda la luz de antes se volvió otra cosa: un término medio entre luz y sombra que agudizó mi angustia. Había sido lindo venir solo; me había sentido grande, por fin. Pero en ese momento deseaba intensamente que llegaran mis padres. Quería comprobar que de verdad habían hecho las paces y que me compraran una coca y un sándwich.

Esa sensación desagradable duró un rato, hasta que una aleta de tiburón que se deslizaba por la superficie del agua llamó mi atención. Me recordaba algo… ¡Sí! ¡Los gemelos! El tiburón de plástico emergió junto con mis amigos del verano anterior; se habían puesto de acuerdo para mantenerlo hundido de modo que solo sobresaliera la aleta, con la idea de asustar a las niñas. Yo había hecho el mismo juego con Paolo y Andrea el verano anterior, tarareando el tu du tu tu du tu du tu du de Tiburón cada vez que nos acercábamos a la víctima desprevenida.

Dejé de sentir hambre: me tiré al agua y nadé hacia ellos con mi mejor estilo, para que vieran cuánto había crecido. Tenían mi edad, pero eran bajos y flacos, como pececillos.

Paolo me reconoció enseguida; se subió a horcajadas sobre el tiburón y me saludó a los gritos, agitando el brazo libre. Mientras le devolvía el saludo sentí el agua moverse detrás de mí y una respiración ruidosa tomar aire a bocanadas. Me giré y encontré, a pocos centímetros del mío, el rostro de Andrea, igual al del gemelo pero, por algún motivo, absolutamente suyo. Por instinto di un salto hacia atrás, donde me esperaba Paolo, que se lanzó sobre mí abandonando el tiburón para agarrarme de los hombros y hundirme.

Reímos como niños.

Tenían un enorme paquete de papas fritas, que me ofrecieron bajo su sombrilla. Hundía las manos en la bolsa con avidez, más seguido que ellos. Paolo hablaba mucho y rápido; Andrea, en cambio, escuchaba.

—¡Mirá esto! —exclamó Paolo mostrándome con entusiasmo heroico una cicatriz en el costado—. Estuve en el hospital para sacarme el apéndice. Dos días. Hasta dormí ahí.

—¡Buenísimo! Yo una vez me operé la nariz.

—¿Y sabés cuándo fue, Andrea? ¡Una vez que no cagaba hacía una semana!

Paolo se rio mostrando las papas masticadas en la boca abierta; Andrea se puso rojo y pareció explotar: le dio un puñetazo al hermano y luego lo tiró al agua, donde intentó ahogarlo un par de veces (en realidad era el más fuerte). Pero la pelea duró poco: enseguida parecía que no hubiera pasado nada y volvimos a hablar de cualquier cosa.

—¿Cómo son los profes de ustedes?

—Más o menos, salvo la de matemáticas. ¡Pone amonestaciones todos los días a media clase! Y encima me odia a mí y ama a Andrea. ¡Capaz que está enamorada de él!

Esta vez Andrea no reaccionó; al contrario, siguió la conversación como si nada.

—Este año fuimos solos a la escuela, en autobús. Y en casa calentamos el almuerzo en el microondas.

—¡Sí! ¡Y casi derretimos la Nintendo de tanto jugar a escondidas de mamá!

Paolo era así: le gustaba hacer chistes y parecer peor de lo que era. Me di cuenta de lo distintos que eran (el año anterior no lo había pensado): Andrea parecía el más débil, pero en realidad era el más fuerte; por eso Paolo fanfarroneaba tanto.

—¿Sabes que también tenemos pistolas de agua? —exclamó Paolo, como quien recuerda de golpe algo fundamental.

Andrea se puso de pie de un salto y revolvió en el bolso de playa hasta sacar las pistolas. Me dieron una y corrimos a la fuente para llenarlas. Delante nuestro estaba la niña de la camiseta de Alicia, que seguía cantando sin inmutarse mientras llenaba el baldecito:

Alicia, cuéntanos

tu viaje increíble…

De la canilla salía un hilo de agua que tardó una eternidad en llegar al borde, y justo cuando la operación parecía terminada, la niña vació todo en el suelo para empezar de nuevo. Nos miramos exasperados. Me di vuelta buscando al padre con la mirada, esperando que se diera cuenta de que había fila. No lo encontré. Andrea se adelantó.

—Nena…

…más allá de las nubes o en el fondo del mar

o quizás dentro de ti

—¡Nena!

Se dio vuelta y, al vernos a los tres de pie frente a ella con las pistolas en la mano, se echó a llorar.

En ese preciso momento escuchamos un grito fuerte:

—¡Maaaaamá! ¡Maaaaamá! ¡Mamáááá!

La niña se calló. Tuve la impresión de que todos los ruidos de la piscina se habían apagado alrededor de ese llamado, que continuaba.

Era el niño al que su madre había estado persiguiendo hasta hacía poco. Tenía la cara deformada por el miedo: huir de ella había sido solo un juego, y dejar de ser perseguido el acontecimiento más inesperado. Corría gritando de un lado a otro por el borde de la piscina, pero nadie llegaba. Todos pensaron que alguien intervendría, pero nadie lo hizo, hasta que el niño se sentó en el suelo, bajo el sol, y empezó a llorar en silencio.

No podía apartar los ojos de él, mientras Paolo y Andrea discutían sobre quién debía darme su pistola de agua. Recuerdo con claridad que quizá por primera vez en mi vida me puse en el lugar de otro. Y ese otro pensaba que su mamá había desaparecido para siempre, porque no podía haber otra explicación para esa soledad.

La llamita de ansiedad de antes se convirtió en incendio: sentí el corazón latirme en la garganta y la cabeza liviana. Por un instante me di cuenta de que respiraba con dificultad. Miré hacia la puerta de la piscina, esperando ver a papá con la toalla al hombro levantando el brazo para saludarme, y a mamá justo detrás acomodándose el sombrero de paja y luego persiguiéndolo, refunfuñando un ¿no podías esperarme?. No los vi. Me dieron ganas de llorar. Pero duró poco, porque ya no hubo tiempo para nada más.

Otro grito llenó el aire perfumado de cloro.

Era el de la niña de la canción de Alicia: llamaba a su papá, y él no llegaba.

 

2.

En el lapso de media hora desaparecieron todos los adultos. Ocurrió todo tan rápido que no hubo tiempo de pedir ayuda a nadie, y al final no quedó nadie a quien recurrir. Los llamados desesperados y los llantos se sumaron y se agrandaron hasta formar un único sonido espantoso, que me llenó los oídos durante unos veinte minutos, hasta que por algún motivo se fue apagando, hasta desaparecer por completo.

Los niños ya no gritaban; alguno seguía llorando, pero en voz baja.

Andrea se había llevado a Alicia (no creo que se llamara así, pero desde ese momento la pensé con ese nombre por culpa de su camiseta) y la había llevado al bar. Para que no llorara le dio un helado, y después otro, y otro más. Recuerdo que, a pesar de lo extraordinario de la situación, me sorprendió que hubiera abierto él solo el congelador de los helados y los hubiera sacado sin pagar. Me pareció una barbaridad. En realidad, no había nadie en la caja.

Paolo estaba sentado en el borde de la piscina, la mirada fija en el agua, en silencio. Me acerqué, me senté a su lado y traté de hablarle.

—¿Qué haces?

No me respondió enseguida. Miró hacia su hermano y luego escupió al agua. Se hacía el duro, pero se notaba que tenía ganas de llorar.

—Espero a Andrea. Después nos vamos, al bungalow.

—Claro. Yo también voy.

En ese instante nos levantamos como resortes, al mismo tiempo. La idea de irnos de ahí se había vuelto concreta al decirla. De hecho me asombró no haberlo pensado antes: fuera de la piscina encontraríamos a nuestros padres, o a cualquier adulto que pudiera intervenir. En toda esa jornada extraña ese fue el único momento en que pensé con lucidez que yo y los gemelos no éramos como esos niños: nuestros padres no habían sido tragados por la cosa que había hecho desaparecer a los suyos, presumiblemente. Más aún: así como habíamos venido solos, también podíamos irnos. Por qué aparté esa evidencia y me quedé ahí hasta el final todavía hoy no me queda del todo claro. Supongo que fue por el trajín enorme que hubo hasta la noche.

Muchos niños empezaron a quejarse de hambre; les dije que se pusieran en fila y que yo repartiría los sándwiches del bar. El simple hecho de estar en esa espera ordenada los tranquilizó; algunos incluso se pusieron a reír y a charlar. Pensé que quizás así se sentían como en la escuela o en el campamento. Estaba ocurriendo algo normal: formar una fila, obedecer a alguien; con eso alcanzaba para volver a una especie de normalidad.

Mientras tanto, Paolo y Andrea habían llevado a los más chicos al césped, a la sombra. Por turnos, los niños corrían delante de ellos y ellos tenían que alcanzarlos con las pistolas de agua: cada vez que el chorro los tocaba, se reían y saltaban como si hubieran ganado un premio. Alicia y el niño cuya mamá había desaparecido primero jugaban con tizas de colores: habían dibujado en el asfalto de la zona cercana al bar una casa y parecían tranquilos permaneciendo dentro de esos límites coloreados.

En el fondo no estaba tan mal estar sin padres. Habíamos creado una especie de orden. Claro que hacía falta que nosotros fuéramos un poco más grandes. Pero a esa altura todo parecía ir sobre ruedas. Salvo que el sol empezaba a bajar. Cuando me di cuenta sentí en el pecho un apretón helado, que enseguida reprimí, porque un chico de unos ocho años le estaba pegando a mi amigo de las bombas. Le daba patadas en las canillas, una tras otra, mientras Marco permanecía inmóvil, la vista en el suelo, como si estuviera cumpliendo un castigo. En realidad el otro era realmente grandote y, lo juro, tenía un rayo estilizado rapado en el pelo cortísimo. El típico matón de primaria. Intervine.

—¿Qué pasa?

Estaba listo para agarrar al matoncito de las orejas, esperando que no se le ocurriera patearme también a mí las canillas con esas piernas de futbolista en ciernes.

—¡Dijo que mi mamá no va a volver más!

Miré a Marco: la cabeza gacha no logró ocultar una mueca a medio camino entre la sonrisa torcida y la risa. Como en el juego de las estatuas, recuperó voz y movimiento de golpe.

—¡Sí! ¡Se fue! ¡Porque das asco! Y en cambio mis padres van a volver ya mismo.

Ante eso el pequeño skinhead empezó a sorberse la nariz y a apretar la mandíbula. Se esforzó tanto por no llorar que le empezó a salir sangre de la nariz.

—¡Ve a buscar una botellita de agua del refrigerador y una servilleta!

Me dirigí a Marco como el capitán de un barco se dirige a la tripulación; debí sonar convincente, porque se borró la expresión de quien ha ganado un duelo y salió corriendo como una liebre al quiosco.

Me acordé de lo que siempre hacía mi mamá cuando me sangraba la nariz, y usé exactamente las mismas palabras:

—Bueno, ahora debes mantener la cabeza un poco hacia atrás; te mojo la frente con un poco de agua fresca, y tú te aprietas la nariz justo acá, con el pañuelo.

—¿Di… di… decía una mentira, no?

Fulminé a Marco con la mirada para que entendiera que era mejor que se callara.

—Claro. Una mentira. Pero ahora no hables, que si no te vuelve a salir sangre.

Me di cuenta de que yo y los gemelos éramos lo más parecido a un adulto que tenían esos niños, algunos de los cuales eran apenas unos meses menores que nosotros. A esa conciencia se le sumó un temor que creció hora tras hora, mientras el cielo resbalaba hacia la tarde y se oscurecía. ¿Y si después de los adultos le tocaba el turno a los más grandes? Ese pensamiento me torturaba; un par de veces miré hacia la reja de la piscina pensando en escabullirme. Pero siempre había un compromiso más importante, una tarea nueva necesaria para sostener ese tinglado sin que nadie se lastimara, o alguien que me tiraba de la camiseta para pedirme que lo llevara a hacer pis al baño.

Mi temor se volvió certeza cuando ya no se encontró rastro de Andrea.

 

3.

Organizamos la búsqueda: Paolo y yo en los vestuarios; Marco y el skinhead detrás del bar. Cuando quedó claro que el gemelo no estaba en ninguna parte, Paolo se transformó. Palideció tanto que parecía un fantasma, y con ese rostro blanco, impresionante, se quedó inmóvil y sin expresión durante unos minutos, como congelado. De pronto se puso a sollozar ruidosamente, con una especie de grito ronco entre un sollozo y el siguiente. Me acerqué para tranquilizarlo, pero él saltó hacia atrás como si yo fuera un escorpión a punto de picarlo; corrió llorando hacia la puerta de salida. Por un instante me sentí aliviado: tal vez no era mala idea ir a ver qué estaba pasando afuera. Pero Paolo se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisible que le impedía avanzar. Si Andrea hubiera estado, es probable que hubiera atravesado ese obstáculo y habría salido corriendo. Pero solo no podía: afuera, entre las ramas de los árboles que rodeaban la piscina, avanzaba una sombra que se parecía a la oscuridad.

Alicia me tiró de la manga.

—¡Llora! ¿Se hizo daño?

La tomé de la mano.

—No, tiene un poco de miedo.

A mi respuesta, Alicia empezó a quejarse y a pedir por su papá; y tras ella todos los demás niños volvieron a ponerse mal, aferrándose a mí entre lágrimas y mocos. Mierda, pensé: nunca hay que decirles la verdad a los niños.

La tarde se iba tiñendo de noche. El agua de la piscina ya no era azul, ningún rayo de sol hacía brillar la superficie, y todos nos manteníamos lejos, como si ese gris pudiera tragarnos.

Paolo seguía inmóvil frente a la reja; no se había movido de ese punto, donde parecía plantado como una estatua. De pronto gritó, con voz ahogada:

—¡Están llegando! ¡Están llegando!

Todos, yo incluido, entendimos lo inevitable: las criaturas monstruosas que se habían llevado a los padres y a Andrea avanzaban con la oscuridad y venían a llevarnos también a nosotros. Los niños se apretaron contra mí como si yo pudiera evitar lo peor. Yo quería llorar y salir corriendo, pero logré contenerme porque yo era el grande.

Más allá y dentro de la piscina no había más que oscuridad, y en la ausencia de luz se juntaban y se movían arrastrándose bestias negras que habían olfateado nuestra soledad y venían a alimentarse del miedo. Dicen que los adultos no ven los monstruos que persiguen a los niños por la noche. De golpe tuve la certeza de que nosotros sí los veríamos, y de que a los padres les habían ahorrado ese horror: simplemente habían desaparecido, y a nosotros nos tocaría todo el horror del mundo.

Alicia se aferró a mi pierna: lloraba con un jadeo sofocado, como un animalito atrapado. Nos apretamos unos contra otros. El viento sacudió los árboles que emergían de la oscuridad con ruido de hojas y de noche, y luego el silencio cayó sobre la piscina.

En esa inmovilidad pensé en todos los superhéroes de mis cómics de Marvel: ¿se rendirían así? No. Miré alrededor buscando una vía de escape para todos. Si hubiéramos tenido armas, no habríamos sabido usarlas. Si nos separábamos corriendo, nos atraparían uno por uno, despedazándonos en un rincón.

Los más pequeños tenían un único pensamiento: su mamá, a la que llamaban en voz baja, como si pudiera aparecer de golpe y llevarlos a la luz segura de la cocina de su casa, donde nada malo podía ocurrir. Yo era uno de ellos, pero mi diferencia –estar en el borde entre la infancia y la adolescencia– me permitía observarlos desde afuera: sentí una pena enorme.

Entonces vi las tizas de colores en el suelo.

Todavía era lo suficientemente chico como para saber que el horror tiene límites, que solo los niños saben trazar.

—¡Las tizas! ¡Marco, agarra las tizas!

Me miró con cara interrogativa.

—¡Vamos! Empieza de ese lado, yo de este. ¡Hagamos una línea alrededor de todos!

Me había acordado del juego de Alicia y en ese momento estuve seguro de que podía funcionar: la línea de colores nos serviría de escudo contra el horror que avanzaba. No era un pensamiento normal, pero nada lo era ese día.

Ya era casi de noche cuando vimos a Paolo correr hacia afuera como un loco, directo hacia los monstruos que lo atraparían. Ordené a todos los niños que permanecieran inmóviles y en silencio dentro de los límites de tiza. Por instinto, nos tomamos todos de la mano.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. ¿Segundos? ¿Horas? El tiempo estaba deformado por el miedo.

Apareció una lucecita, lejos, que fue creciendo hasta iluminar el césped, después el agua y por último a nosotros.

Era una linterna.

Detrás estaban Andrea y Paolo, sonriendo junto a una mujer, sin duda su madre.

Y mis padres. Papá levantó el brazo para que lo viera; mamá dejó caer la cartera y echó a correr.

 

4.

Nos fuimos esa misma noche, después de poner a los niños a salvo. Nunca supe qué había ocurrido de verdad, ni si todos los adultos desaparecidos volvieron alguna vez. Una vez un tipo me hizo un montón de preguntas; creo que era un policía: le conté todo lo que había pasado, excepto lo de las tizas. En el momento me había parecido una idea genial y, quién sabe, tal vez lo fue, pero con el paso de los días y las semanas me pareció cada vez más una tontería.

No volví a pensar en lo que había ocurrido en San Leone durante décadas, hasta que el olor a cloro y el llamado de mi hijo se entrelazaron y formaron una red para atrapar ese recuerdo.

La superficie de la piscina brillaba con la luz de julio, y el fondo azul parecía un cielo invertido. Alcé a mi hijo en brazos; se rio y se retorció sin lograr soltarse. Al grito de ¡Booomba! caímos al agua.

Durante unos instantes estuvimos bajo la superficie, donde solo se ven sombras y los sonidos se vuelven otra cosa, incomprensible y lejana.

Cuando salimos a la superficie, unidos en un solo cuerpo, el mundo regresó de golpe, entero.

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital, 2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

 

LA ESPERA Y EL DESTIEMPO

Víctor Lowenstein

 

Son las tres de la tarde del sábado veintidós de enero de 2006. Es un día cálido y tranquilo. No vuela una mosca. Estoy sentado en la cama del cuarto que he alquilado sólo con un fin. Ese fin es esperar. No ignoro que desde el otro lado de la ciudad alguien se moviliza para venir a mi encuentro. Cruza en bote el Docke, o ya tomó el ómnibus hasta la General Paz, o quizá el treinta y nueve lo esté trayendo a provincia, donde le restará caminar las siete cuadras que lo separan del hotel en el que paro. Tal vez esté ya desandando a pie este último trayecto que lo conducirá hasta mí.

Espero, en silencio.

Estoy tan quieto que empiezo a verme como si estuviera dentro de una película. O dentro de una gran caja monitoreada. La cámara me enfoca de arriba, casi desde el techo (creo que en cine se le llama toma cenital) y veo al tipo sentado tocándose las rodillas y haciendo algunos movimientos nerviosos; todo el cuerpo lo tiene quieto y a la vez urgido por esos pequeños tics que denotan una zozobra interna.

La cara lo dice todo. Tiene los ojos como después de un largo insomnio, desorbitados en los mil puntos invisibles que llenan la vacuidad del cuarto. Ordinario, sin muebles más que la cama de una plaza sobre la que desespera. Veo sus mejillas transpiradas. La tensión en la carótida se hace visible al volver el rostro hacia la puerta en la que creyó oír un golpe. Falsa alarma. Aún no llega la hora en que deba levantarse para recibir a su visitante, y puede permanecer un rato más en la dudosa comodidad que me brinda el colchón.

Toda espera es una estrategia inocua para burlar la muerte. Torpe excusa que dota de un sentido pasajero a la inanidad de los hechos. Hoy espero, eso da propósito al día.

Camino; doy cortos paseos a lo ancho del espacio entre la cama y la pared, frente a la puerta. No se oye nada además de mis pasos. Los pensamientos se suceden en mi conciencia, que los descarta con la misma ansiedad con que busca otros.

Creo que el horror es esto: desesperar en pensares que se suceden en procura de no sé qué magia resolutiva; pretextar llegar quien sabe dónde sin haber salido de donde siempre estuvimos, es decir en la ignorancia.

Entonces concluyo que esperar es horroroso.

¿Y mi amigo, que no viene?

Por momentos me olvido completamente de él. Por consiguiente, de mi esperar. Entonces deja de existir. No en mi memoria, mas si en el presente en el que hasta la espera pasa a otro plano. Son instantes fugaces que no obstante constituyen mi vida, porque la vida son momentos, y éstos están llenos de matices, y el presente es un concepto ridículo ya que hace una hora estaba abúlico y hace dos segundos horrorizado; ahora mal que mal aburrido, y es en una de esas extrañísimas circunvoluciones que realizo entre la cama y la pared que siento que no existe otra cosa más que mis pasos en este rincón del cuarto, y lo que cuenta es el poder de duración que puedan tener algunos pensamientos con los que paso el tiempo, porque la mente trabaja sola y no sabría como parar de pensar todo lo que llega a mi conciencia.

Doy un paso detrás del otro pero no avanzo a ninguna parte. Mi inquietud en cambio se eleva en una in crescendo que sube no sé si hacia ningún lado o con trayectoria definida, quisiera de verdad especular un destino posible para mi sentimiento, pero ni eso puedo.

Me miro. Quiero decir lo que puede verse de mí, lo que creo ser. No será ninguna maravilla pero siempre estuve conforme con esta cara. Envejece con demasiada rapidez para mi gusto, pero basta un poco de descanso y un baño para verme mejor. Hoy es un mal día. La piel pálida, parece exudar un sudor frío; una especie de pátina grasosa que envuelve el semblante como una bolsa de plástico que se pegotea al rostro y le impide respirar. Me cuesta hacerlo.

El aire es rancio cuando la existencia se torna irrespirable.

La ventana no abre. La persiana se ha atrancado y la cinta para izarla está inutilizada. Probé, pero sólo conseguí ensuciarme las manos. Los marcos están herrumbrosos. La cortina hiede de podrida. Estoy en una maldita cárcel.

Padezco la tristeza del blues man. Me pregunto si el lapso que dura un rapto de melancolía puede ser infinito. Si existe un tiempo fijo, un estado de gracia donde no exista algo como un transcurrir, el después de hora. Conozco esos raros momentos poéticos, esos agujeros negros de la realidad en que como ahora, soy capaz de olvidar la cercanía de mi visitante; la estancia penosa en este cuarto rentado. La espera.

¿Y si lo que soy es este ambulante pasajero del hotel barato que ocupa un cuarto para esperar a un amigo que le traerá la mercancía o la mala noticia, me da lo mismo, no me produce más extrañeza que ver un perro muerto en la calle? Pobre perro, pero todos acabaremos muriéndonos.

Lo veo detenerse. Acercarse a la puerta boquiabierto. Mierda, tanto elucubrar me perdí de prestar atención a un posible golpe en la puerta. El hombre palidece, horrorizado. Se paraliza su corazón.                          

Es un antiguo miedo que emerge desde el fondo.

Se ha hecho ya muy tarde. Tal vez demasiado. Un destiempo inesperado o indeseado pudo haber estropeado la cita. Los minutos cuentan. Un error podría ser irreparable. Sin estar del todo seguros de que alguien ha golpeado por segunda vez a la puerta, ya que estoy bastante nervioso, veo cómo me apresuro por correr a abrirla.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

LA MEJOR NOVELA DEL MUNDO

Petra Rapaić

 

La presentación fue tan exitosa que algunos invitados aplaudieron con las cuatro manos. El sonido fue ensordecedor. Ikava sonreía con amplitud, deslumbrada por los flashes de los drones mediáticos, y con sabiduría se guardó la respuesta a la pregunta acerca de qué venía después.

—Qué ingenioso es el concepto de que la gente no cree en ángeles porque no hay pájaros en Tuđinske —dijo Kvanon, periodista de Kserks—. ¿Nos espera otra aventura en este planeta alienígena? Quizás quieras centrarte en los detalles de su religión, porque Dios tiene que existir, ¿no?

Ikava, entrenada para hablar a través de la sonrisa, se vio obligada a explicar que todo era posible, pero que por el momento no podía hablar de proyectos futuros.

Yasukava, agente de una editorial rival, quería saber hasta cuándo durarían los derechos de autor incondicionales de la serie Planetas Foráneos. De todas sus novelas, esas eran las que atraían más atención, y estaba segura de que algunos escritores podrían ampliarla y añadirle nuevas aventuras en las que Ikava quizá no hubiera pensado en su ajetreado trabajo de autora. La pregunta estaba diseñada como un insulto, e Ikava la entendió como tal, sobre todo cuando Yasukava mencionó el “beneficio de los lectores”.

Ikava apenas logró contenerse para no fruncir la boca en una línea fina de rabia. ¿Cómo se atrevía esa vieja verde a acusarla de falta de inspiración? ¿Acaso no acababa de publicar un mega hit por el que todos se habían vuelto locos, incluso más que por la serie?

Su agente, un propultano gordo y rechoncho, parecía tener un sexto sentido para detenerla cuando estaba a punto de reaccionar impulsivamente. Le dijo a Yasukava que hiciera que sus abogados IA se pusieran en contacto con los suyos. Al fin y al cabo, un escritor debe conservar su dignidad a cualquier precio. En un planeta donde no había linaje real desde la era musical, los escritores eran lo más parecido a aquello en lo que el pueblo llano buscaba modales elevados. Además, la gente siempre espera más de la iniciadora del género espacial en una escena literaria hasta entonces adormecida. Ikava volvió a sonreír de veras: en el diccionario de Kadro eso significaba que Yasukava y su editorial podían irse al demonio. Luego Kadro, con habilidad, llevó a los invitados a hablar de Roa el Alto, de Liksip.

Roa era un constructor naval pobre y de buen corazón, enamorado de la hija del jefe del astillero. El mismo día de la boda, la policía lo arresta por espionaje industrial. Roa, inocente y acusado injustamente, queda pudriéndose en prisión durante años. Por suerte para él, allí tenía acceso a una biblioteca y a sitios universitarios. En veinte años consiguió al menos seis títulos en negocios y se enriqueció con algunas inversiones. Sale de la cárcel convertido en un hombre rico. Hasta allí, los lectores, indignados por la injusticia cometida contra el joven, aún podían detenerse. Sin embargo, se volvieron completamente locos por el libro cuando llegaron a la parte en la que Roa regresa a casa. Nadie lo reconoce, la mujer que no llegó a ser su esposa se casó con otro, y su familia ha muerto. Roa decide vengarse.

Ikava, junto con la mayor base de fans que jamás haya tenido nadie en la nube, también cree que es la mejor novela jamás escrita. Se pregunta si alcanzará esas alturas en sus próximas novelas. Si es que las hay. Es un poco difícil mantener el propio nivel.

A los presentes les explicó que la inspiración le llegó a través de sueños sumamente perturbadores después de que, una noche, se sumergiera en un libro de psicología. Recitó con soltura el título del libro, aunque nunca lo había leído.

Para la revista de moda Qué se usa cuando no se usa estuvo hablando maliciosamente de las elecciones de vestuario de sus personajes. No era como si ella decidiera qué se pondrían: simplemente los coloca en el papel con todas sus virtudes y defectos, y ellos se despliegan solos. Ningún personaje recibió jamás adversidades mayores de las que podía soportar; esa era su regla principal. Sí, a veces incluso a ella los finales la sorprenden. No, de verdad no se puede decirles a los personajes qué hacer. Todo sucede de acuerdo con su naturaleza, y se podría decir más bien que ellos le dictan a la pluma. Sí, los rumores son ciertos: escribe con pluma de carbono sobre papel común. Le gusta, y la ayuda a concentrarse. Por supuesto, después alguien lo transcribe a la base de datos de la editorial, y es un alivio maravilloso no tener que hacerlo ella misma. (Aprovecha esa respuesta como remate para agradecer a su agente y a todo el equipo, a todos los que la apoyan, a los organizadores de la estupenda presentación, etcétera. Se sabe ese pequeño discurso de memoria.)

Kadro sonrió mostrando ambas hileras de dientes hasta el final de la velada. Aún no había mirado su reloj de moda, pero sabe que, cuando Ikava empieza a agradecer, ya está harta y hay que dejarla ir. Se mete entre los invitados y les llama la atención recordándoles éxitos previos de la editorial y anunciando los futuros, mientras ella se escabulle hacia el exterior. Por lo general a ella le gusta quedarse mientras Kadro aconseja que todas las preguntas no respondidas pueden enviarse al correo virtual de la editorial; Kadro le confesó que, en realidad, nadie lee nada de lo que llega allí, porque la gente suele enviar sus manuscritos. Una vez contrataron a un pasante recomendado por alguien y le dieron la tarea de revisar y clasificar el correo, y el chico se escapó a los tres días. Lo último que se supo de él fue que estaba en una terapia antitrauma intensiva.

Ikava subió a su aerodeslizador sin encender las luces de seguridad hasta que alcanzó la aerovía, y se dirigió a casa.

Vivía en una casa heredada de una sola planta, con un amplio sótano, en el borde de un pueblo cercano. En otro tiempo se quejaba de la soledad alrededor, de los parásitos del bosque, del lúgubre espacio subterráneo por el que pagaba impuestos. Incluso llegó a poner la casa en venta por un tiempo. Su cambio repentino de opinión y la transformación del sótano en una guarida secreta acompañaron sus vertiginosos éxitos literarios. Ya no se quejaba de nada. En público.

Se quedó helada al ver las franjas de luz que se filtraban por detrás de las cortinas opacas. Por lo general se cuidaba de estacionar detrás de la casa para que ningún visitante potencial supiera que estaba allí, pero ahora dejó el vehículo en la misma entrada y casi echó a correr, revolviendo el bolso en busca de las llaves.

Desde la casa se oía música.

—¿Qué estás haciendo? —fue lo primero que dijo al entrar.

Una criatura delgada, una cabeza más baja que ella, con un solo par de brazos y un color de pelo completamente equivocado, bailaba al ritmo de una canción que Ikava despreciaba, sobre todo por sus arreglos grandilocuentes de éxitos ajenos. Algunos cantantes, en verdad, no tienen ni talento ni innovación.

Chocó una palma contra la otra y la música se apagó.

—Yana, ¿qué estás haciendo? —repitió.

La criatura se reía, encantada. En una mano sostenía una botella de tombsok oscuro. Ikava habría jurado que la había dejado en la cocina para usos culinarios.

—Maldita sea, qué alegría que hayas vuelto. No lograba acordarme cómo se apaga la música, solo conseguí subirla. Pero no está mal, ¿no?

—¿Estás borracha?

—Bueno, no del todo. Tal vez un poquito —la criatura soltó una risita—. Dios mío, no bromeabas cuando dijiste que guardabas las mejores cosas en el sótano. Solo que el sótano se secó y esto… ¿quieres? es asqueroso, pero cumple su función. No recuerdo la última vez que tuve tantas ganas de bailar.

Ikava cruzó un par de brazos. Con el otro se masajeó las sienes, intentando espantar el dolor de cabeza.

—Oye —dijo de pronto la criatura, con humildad—. Perdona por no haberme levantado esta mañana para despedirte. Tu peinado es fantástico. Ese tono de violeta te combina perfecto con los ojos. ¿Cómo fue la presentación?

—¿Y si alguien te hubiera visto? —preguntó Ikava. No gritaba. La primera y última vez que le gritó fue cuando la encontró en el bosque, junto a un montón de metal chamuscado. La criatura lloró inconsolable durante horas, y Ikava prometió no hacerlo más. Cuando la criatura aprendió su idioma, Ikava supo que solo estaba asustada, sola y desesperada. Según decía, no había manera de reparar su nave espacial y volver a casa. La criatura era hembra, como ella, pero Ikava solo pensaba en ella como “mujer” cuando, con luces tenues, se sentaban a hablar de sus futuras novelas. Entonces no había forma ni diferencias entre especies: solo un intelecto frente a otro. Pero al verla así, entre sus cosas cotidianas, aunque ya estaba acostumbrada –había tenido dos años para acostumbrarse–, la criatura se veía tan extraña. Ajena.

—Relájate, no hay nadie —Yana agitó la mano—. No hay ni un alma viva, ni siquiera en el bosque.

—¿En el bosque? —a Ikava se le escapó un susurro. Se cubrió la boca con la mano para no gritar.

—Fue al anochecer —se apresuró a tranquilizarla la criatura—. Oscuro. En el bosque es más oscuro todavía.

—¿Por qué? ¿Disfrutas del riesgo sin sentido? ¿Quieres comprometerme?

—No te preocupes: si hubiera pasado lo peor, no te habría mencionado. Lo prometí —la criatura se dejó caer, ofendida, en un sillón—. Solo quería caminar un poco. No puedes esperar que pase el resto de mi vida en el sótano. Y encima sin alcohol.

—Tengo algo de alcohol en el vehículo —dijo Ikava—. De la presentación. Lo traeré. Espérame en el sótano.

Yana obedeció.

—Toma —dijo Ikava al bajar al sótano, con bolsas de sampier y badi en las manos.

Yana se acercó a ayudar. Sacó las botellas sobre la mesa y las examinó con el ojo experto de una bebedora refinada.

—No deberías beber tanto.

—Es lo único que me queda —gruñó la criatura—. Eso y los libros.

Por lo general el sótano está iluminado cuando Ikava escribe, pero esa noche no escribiría. Se dice a sí misma que es porque es tarde y puede permitirse unos días de celebración. Se lo merece. En realidad, tiene miedo de empezar.

En la penumbra rodea la mesa y se sienta en el sofá junto a la estantería. Cierra los ojos. Deja que Yana elija la bebida. Ella se ha acostumbrado rápido a los nuevos sabores y sabe lo que está bueno.

—No intento fastidiarte —empezó Ikava cuando Yana se acomodó a su lado—. Pero sabes que ya hablamos de esto. Si te ven… si te atrapan… acabarás en una institución del gobierno, será como una prisión y seguramente experimentarán contigo. ¿Es tan difícil de entender?

—No —suspiró Yana—. Mi especie haría lo mismo si alguno de ustedes se estrellara en nuestro planeta.

—Nosotros no tenemos esas naves espaciales —Ikava aceptó la copa.

Yana le sirvió badi rosado. Por un instante pareció considerar beber de la botella, pero optó por la cortesía y buscó una copa para sí.

—No podía quedarme más tiempo sentada. Necesito moverme. Además… tenía que ver cuánto queda. Si hay algo que se pueda reparar.

Ikava no dijo nada. Pasaban por ese ritual con regularidad, al menos cada tres o cuatro meses. La criatura se aferraba a una esperanza inútil, y durante un tiempo Ikava también creyó que quizá se podría hacer algo. Sin embargo, su planeta aún no estaba a ese nivel tecnológico. También dudaba de que tuvieran todos los materiales con los que estaba construida la nave. Pero a Yana le costaba aceptar que tendría que pasar el resto de su vida en un planeta ajeno. Al menos los foráneos de su serie podían, a veces, volver a casa, aunque siempre regresaban. Los atraían las distancias desconocidas. Quizá también llamaban a Yana. Quizá aún oía una voz que le decía que debía seguir, más incluso que volver a casa.

Quizá esas voces se ahogaban en el alcohol. Eso explicaría muchas cosas.

—Podemos salir a caminar a veces —dijo Ikava—. Juntas. De noche. Te daré ropa mía. También debería conseguirte una peluca. Y tinte para la piel. Desde lejos podrías pasar por una cría de kvaibo.

—¿Tu hija? —se rió Yana.

—No exageres —dijo Ikava, seca—. Sobrina. En realidad, mejor prima. Prima lejana.

—Venga. Dame lo que puedas.

Yana aprendió el idioma con ayuda de una aplicación de Ikava –antes de convertirse en la célebre iniciadora de la ciencia ficción había sido ingeniera de software–, y lo perfeccionó leyendo los libros que un antepasado de Ikava había coleccionado. Algunos de ellos, los románticos, los compró ella misma. Estaban de oferta y las portadas se veían bien. Modernos y llenos de palabras y expresiones sencillas, perfectos para que Yana aprendiera.

Yana los devoró –doce libros en tres días durante los cuales no bebió ni una gota de alcohol– y declaró que los escritores de su planeta eran mejores. Una cosa llevó a la otra y, de contar libros, nació una idea. ¿Por qué no empezar a escribir, Ikava?

Una vez que empezó, no fue difícil. Fue aún más fácil cuando llegaron las alabanzas de los lectores, las presentaciones y los premios. Sin embargo, ahora que había alcanzado la cima, desde donde solo podía rodar al fondo, era imposible escribir algo nuevo.

Nuevo en su planeta. Viejo en la Tierra.

—¿Cómo fue la presentación? —preguntó Yana.

—Bien —Ikava no quiso explicar más. Yana no la presionó. Parecía que “bien” significaba lo mismo en ambos planetas—. Me dieron otro premio.

—Ajá. Terrible.

—No lo entiendes —dijo Ikava con aspereza—. Ahora esperan de mí un libro aún mejor.

—Que se fastidien.

—Yo espero de mí un libro mejor. O al menos uno al mismo nivel. —Yana asintió—. Tienes que darme otra idea —dijo Ikava, suplicante.

—Mhm. Claro. Tengo un montón de ideas —respondió Yana.

El silencio se estiró. Yana bebía a sorbos. Ikava esperaba.

—Bien. ¿Qué tal un piloto estelar que quiere entrar en una escuadrilla espacial, pero no puede porque perdió la recomendación de su padre? Para entrar tiene que desafiar a los tres mejores pilotos en una carrera.

—No. Demasiado lineal.

—¿Y qué tal un chico que regresa de una guerra interplanetaria y encuentra la empresa en quiebra? El enemigo de su padre le tendió una trampa, la empresa fue vendida y los trabajadores quedaron en la calle.

—Demasiado sociológico.

—Espera a que termine. El chico se instala en un cinturón de asteroides cercano y asalta naves de ricos para ayudar a sus antiguos trabajadores pobres. Y la hija de su enemigo se enamora de él.

—Mhm —dijo Ikava, sin comprometerse.

—Público difícil —Yana se rio. En la risa había un matiz de herida.

—No, mira, es que… son ideas buenas. Excelentes. Pero después de Roa el Alto… necesito algo mejor. ¿Entiendes? Algo mucho mejor. Algo de verdad, de verdad bueno. Inusual.

—¿Qué puede ser mejor que los clásicos eternos? Atemporales. ¡Incluso extraplanetarios! —dijo Yana con alegría etílica.

—Veo por qué lo son. Quizá volvamos a eso más adelante. Pero ahora necesito…

—Ya sé, ya sé. Déjame pensar.

Ikava la dejó. Bebía y pensaba que tendría que comprar el tinte de piel y la peluca en lugares distintos. En un momento fue a la mesa por otra ronda y volvió con una botella de sampier.

—Cuidado, esto pega fuerte —le advirtió a Yana.

Yana se la bebió de un trago y sonrió como diciendo que era indestructible. Ikava se estremeció.

—¿Por qué no vuelves a la serie de Foráneos? Veo en los portales que se quejan de que quieren más.

—¿No agotamos ya ese tema? ¿Los hermafroditas, el hombre de otro planeta que se casó con la princesa y ella puso un huevo y padre e hijo saltaban desafiando la gravedad, esos monstruos… cómo los llamas…

—Dragones.

—Sí, esos. Y sus jinetes.

—Podrías escribir sobre… no sé… Zortan, el señor de las bestias.

—¿Y qué haría él en un planeta foráneo lleno de tecnología?

—Hablar con los animales. Digamos que sus padres eran Altos, pero murieron durante una expedición por la zona salvaje del planeta, y lo criaron los dragones. Ahora es adulto, heredero de un imperio tecnológico, y no tiene idea. Pero su primo descubre que existe y se interna en la selva para matarlo, para no tener que renunciar al imperio que gobierna desde hace veinte años.

Ikava suspiró.

—Eso es muy infantil. Y no se parece a la serie. Los lectores se decepcionarían. Peor aún —recordó a Yasukava—, pensarían que lo escribió otra persona.

Yana miró su copa vacía.

—¿Hay algo más fuerte aquí?

—¿Cómo que más fuerte?

—Drogas. ¿Cómo explicarte…?

—Sé lo que son las drogas —cortó Ikava—. Y no hay. Eso lo usan solo los criminales.

—Hm. Eso me recuerda: ¿qué tal si escribes una serie sobre una estación espacial donde ocurren crímenes y los resuelve un detective que, en secreto, consume drogas? Un caso, un libro. Conozco millones. Podrías escribir infinitamente libros sobre un detective espacial.

—Eso suena… polémico e imposible.

—¿Por qué? ¿Por la droga? La necesita para embotar las emociones después de casos horribles, para colocarse mejor en el papel del criminal al que persigue. Y así inventas tu mundo, cambias los parámetros.

—La droga aquí es tabú. Un no rotundo. Parecerá que la estoy popularizando.

—Entonces que sea alcohólico.

Ikava negó con la cabeza.

—Ese vicio es difícil de ocultar. Lo despedirían rápido.

—Pero sin alcohol ni droga, sería un detective muy aburrido —protestó Yana.

—Estoy de acuerdo.

—Oh. No sé, entonces tengo una idea de una pareja que muere, pero el chico vuelve con ayuda de un gran pájaro negro para vengarse…

—De eso ya escribí.

—Cierto. Qué exigente —gruñó Yana—. Mira, en mi mundo también es difícil superar a Roa el Alto. Aunque podrías escribir sobre un extraterrestre que se estrelló en un planeta ajeno y vive de día en un sótano y de noche gana dinero para su anfitrión.

—Ja, ja. Con ese dinero tú también comes y bebes —dijo Ikava, distraída—. Roa el Alto es, de verdad, difícil de superar.

Hasta el amanecer bebieron y discutieron, con pullas mutuas nacidas de una cercanía inevitable, si era posible escribir un libro mejor que el mejor libro del mundo.

Al mediodía Ikava encargó una peluca y tinte. Tres días después llegó una peluca del color equivocado y pintura para fachada.

—Lo intentaremos de nuevo dentro de tres meses —pensó Ikava. Abrió el armario y empujó la peluca entre las demás. Ninguna era del color correcto.

Petra Rapaić vive y trabaja en Novi Sad. Con Neša Popović publicó el libro “El universo en apuros”, y junto a él edita las antologías de relatos Nijanse. Sus cuentos han sido acogidos en diversas revistas regionales (BiberRefestikonMarsonicSlavic SupernaturalMorina kutijaPoruke iz prošlostiRegia Fantastica).

 

martes, 30 de diciembre de 2025

LA PASION DE LÁZARO

Sergio Gaut vel Hartman

 

Olió la presencia húmeda de plantas hundidas en la tierra blanda, rodeadas de zarzas, del viento soplando desde el mar, porfiando con el polvo y la sequedad del desierto; saboreó el agua cenagosa, la putrefacción, el limo ácido abrasándole la garganta. Sentía todo eso. ¿Qué era? ¿Una alucinación? Se obligó a convencerse de que estaba alucinando o soñaba despierto o en realidad dormía y soñaba que había logrado salir de la cueva donde lo habían guardado. ¿Guardado? Luchó contra una bandada de verbos bandidos, salteadores de los caminos del lenguaje. Guardado. ¿Almacenado? Depositado. ¿Escondido? ¡Eso! Lo habían escondido, urdiendo una dudosa muerte, para sustraerlo de la furia de Caifás y el Sanedrín. No, no lo habían escondido. Ni hubiera habido furia alguna sin la resurrección; en ese caso no estaría huyendo como una rata. Algunos suponían que no tenía derecho a regresar del mundo de sombras y trataban de obligarlo a marcharse, otra vez; no hay lugar en el mundo para alguien que ha sido llamado. El miedo a la muerte estimula a buscar a Dios en procura de auxilio, pero él no lo necesitaba; Dios mismo había actuado y los hombres trataban de torcerle el brazo. También habían lanzado una bandada de verbos tras otra sobre él. Querían cazarlo, detenerlo, capturarlo, apresarlo. Montado en cada verbo había un levita, los fanáticos y ciegos servidores del poder del templo. Sin dar lugar a dudas, ellos serían mucho más crueles y expeditivos que cualquier verbo que un hombre pudiera formar con sus labios y su lengua.

Dio dos o tres pasos para asegurarse de que estaba caminando. La creciente oscuridad de la tormenta que se iba formando sobre el horizonte era la prueba de que se movía en la dirección correcta. Adelante, cerca del río, había un abismo en el que el sol caía sin cesar todas las tardes, haciendo hervir la roca y formando un gigantesco torbellino de arena que se elevaba en espiral. En el espacio vacío de ecos, el sendero sobre el que apoyaba los pies se desmoronó, arrojándolo con gran estrépito a un costado. ¿Ni siquiera podía estar seguro del suelo que pisaba? Una fuerza inextinguible trataba de expulsarlo del mundo, otra de retenerlo. ¿Se había convertido en una herramienta que todos codiciaban, en el objetivo de un juego sin reglas? Recordó, no quería recordar y recordó. Había estado enfermo. Había muerto. Había sido resucitado. La más grande demostración de poder divino había servido para devolverlo a la vida terrenal, pero no para evitar que lo persiguieran. Ahora era un fugitivo. No podía comprender con precisión lo que ocurría. Había estado muy enfermo, pero solo recordaba haberse dormido y recordaba el despertar. Si en verdad había estado muerto cuatro días, le resultaba imposible relatar nada de lo ocurrido en ese lapso; los cuatro días en la tumba eran un borrón negro en su mente. El tiempo no existe para los que duermen el sueño de la muerte.

Tampoco existe el tiempo para el ojo que habita un plano de existencia superior al del fugitivo. El ojo está fuera del tiempo y fuera del espacio. Pero gracias a su condición de ojo puede ver. ¿Qué ve? El ojo observa a un hombre delgado y enfermizo que se pone de pie y reanuda su avance por un camino estrecho, flanqueado por matorrales espinosos. El hombre delgado y enfermizo huye, sobre eso no hay dudas. ¿De qué huye? La resurrección ha sido un alarde de prepotencia divina. Fuera cual fuese la fuente de ese poder portentoso, los líderes judíos estaban persuadidos de que muy pronto toda la gente común creería en esa fuerza. Él, el resucitado, era la prueba viviente y debía desaparecer.

Calculó que marchando a paso vivo llegaría al Jordán mucho antes de que cayera el sol. No hubiese sido sencillo cruzarlo sin luz, por lo que era imperioso que el anochecer lo sorprendiera del otro lado del río. Y luego allí, ¿qué? Había media jornada de marcha entre la orilla oriental y Philadelphia, la ciudad de Abner. Se sentía débil. La muerte lo había consumido. Pero no podía darse el lujo de la vacilación. Caminaría a ciegas en la oscuridad, su mejor aliada. Por otra parte, nadie sabía quién era él en la Perea. Verían pasar a un hombre macilento, presuroso, y se preguntarían si lo perseguían los demonios. Ningún demonio, podría responder él a los gritos; me persiguen los intrigantes asesinos del Sanedrín. Pero no lo haría, de nada hubiera servido. Esos sencillos labriegos apenas podían enderezar el cuerpo curvado sobre la tierra. Nada sabían de milagros o de la proclamación de la buena nueva. Ignoraban que los sacerdotes estaban decididos a detener la difusión de que alguien había resucitado de entre los muertos y que ese prodigio había sido el resultado de un poder singular.

Pero mientras cubría la distancia que lo separaba de su meta, el fugitivo volvió a preguntarse en qué había consistido esa muerte. Podía asegurar que había estado muy enfermo, que se sintió morir, aunque nunca se atrevió a esperar ningún milagro, que un mago abandonara los asuntos esenciales de su obra para acudir a socorrerlo. ¿Quién era él, cuánta su importancia para que los ríos y los vientos torcieran su rumbo? Multitudes de augures y sanadores recorrían las comarcas y las aldeas alardeando de sus capacidades, pero él no confiaba en ese poder para curar enfermedades con la imposición de las manos o la fuerza de unas palabras pronunciadas con voz grave y persuasiva.

Además, el poder divino lo había devuelto a la vida, pero sin aclarar por cuanto tiempo. ¿Era un regalo, un préstamo, una burla? Su hora había llegado, como a todos les llega, pero una voluntad superior intervino para corregir su propias escrituras. Sabía que la gota de hiel en la punta de la espada del ángel de la muerte actúa al final del tercer día. ¿Acaso la mente divina había planeado toda esa representación con un propósito mezquino, que se desentendía de sus propios sentimientos? ¿Qué pretendía demostrar? ¿Solo su poder, el puro poder de la divinidad? Tal vez él era un peldaño que debía ser pisado en el ascenso del elegido hacia la cúspide del universo. Se le había exigido ese sacrificio, aunque sin preguntarle si estaba dispuesto a padecerlo. ¿Debía aceptar, gustoso, con el corazón sangrante, pero abierto?

Se detuvo. Una bandada de dudas le cerraba el paso. No, no era una bandada, esta vez era un ejército. El ejército de las dudas había sido reclutado entre todas las preguntas sin respuesta que el acto de la resurrección puso de pie. Bajó los brazos, desalentado. No llegaría jamás a Philadelphia. Y aunque llegara; no lograría cruzar la muralla que rodeaba la ciudad. Abner lo vería como lo que era, un guiñapo innoble, una rémora. Su resurrección era una tea que ya se había consumido, su utilidad era esa y solo esa: mostrarle a los que dudaban del poder que no había límites. Pero la muerte, pensó, mi muerte, aguarda tras ese recodo del camino, o del siguiente. Digámoslo de una vez con todas las letras: ¿Para qué resucitarme si no estaba dispuesto a concederme la inmortalidad? No cometí tantos pecados como para merecer esta doble muerte.

El hombre se resiste a reconocer que hay un propósito, mucho más próximo al poder que a la fe. Un día, un mes, un año adicional pueden contener las semillas de un árbol que crecerá alzando sus ramas hacia el cielo. Se resiste, pero finalmente cede. Empieza a intuir las razones. Él, el resucitado, es la prueba viviente y debe permanecer sobre la tierra el tiempo que sea necesario, no más. La idea de la rebelión inunda su sangre y le otorga nuevas fuerzas. Se pone en marcha otra vez. Cruza el río. Las dudas se dispersan en todas direcciones, difuminadas en una niebla gris y espesa. Cree ver las torres y las cúpulas de Philadelphia recortadas tras la línea del horizonte, aunque sabe que eso no es posible. Quizá sea la ciudad del futuro, guardada por ángeles de hierro. Ha tenido visiones como esa antes y tras el período en la cueva se han vuelto más agudas e insistentes. Escribirá acerca de esos hechos, se entusiasma. Las enseñanzas de su maestro y protector iluminarían el camino con una luz que no le vendría nada mal a él, en ese momento, cuando las penumbras empiezan a cubrir el mundo con su manto azul.

 

Estaban en la sinagoga, en Philadelphia. Abner había convocado a más de cien compañeros para descifrar el sentido de la crucifixión de Jesús y su resurrección. Un mensajero llegado de Jerusalem había traído la noticia. Puesto que Lázaro se había incorporado a ese grupo de creyentes, y que él mismo había pasado por una experiencia similar, estaban dispuestos a creer que también Jesús había resucitado de entre los muertos, ¿por qué no? Era un tiempo de portentos. Abner y Lázaro, que estaban juntos y enfrentaban a la congregación, acababan de abrir la sesión cuando algunos vieron aparecer una forma difusa, una sombra, una repentina y creciente marea, de un negro más intenso que la pez, cortada por el reflejo del sol sobre la pared.

Abner y Lázaro avanzaron unos pasos hacia la sombra, como si se propusieran dar la bienvenida a un hermano perdido y recuperado. Pero la sombra, esquiva como todas las de su especie, desapareció en la luz y dejó un soplo de cenizas flotando en el aire. Abner y Lázaro se miraron. Compartían la inquietud y los recelos que habían nacido en ellos a partir de hechos tan extraños como improbables. Se acostumbraba enterrar a los muertos el día del fallecimiento; era una hábito forzoso en un clima cálido. Con frecuencia enterraban a alguien que solo estaba en coma, de modo que el segundo, o aun el tercer día esa persona emergía de la tumba y parecía resucitar. ¿Era solo eso lo que había ocurrido con Lázaro? ¿Era más que eso lo que había ocurrido con Jesús?

Lázaro supo que sucediera lo que sucediese de allí en adelante, el mito desempeñaría una función indispensable. No interesaba demasiado lo que registraran los sentidos. Todas aquellas personas que habían seguido al Maestro estaban listas y dispuestas para construir un relato que les permitiera revivir la realidad original a cada momento, respondiendo a sus necesidades más profundas. El Maestro hablaría en sus mentes y en sus corazones; todos sentían la necesidad de recuperarlo y había que fijar esa imagen con la mayor certeza y seguridad, antes de que otros lo hicieran arteramente, con propósitos de manipulación y dominio. Él, Lázaro, que había estado muerto o creía haberlo estado, era quizás el único que no tenía nada que perder.

Lázaro alzó los brazos y se fundió con las sombras. Durante un mágico instante la escena se cristalizó y todos los presentes oyeron, ávidos, las palabras que deseaban oír.

 

Enfocado como un rayo contra las paredes y el suelo, contra la tierra, las piedras y los árboles, contra las personas que hervían y se vaporizaban como hierbas secas entre nubes de bruma, el mito creció a expensas de la verdad. Lázaro supo que solo había un modo de recuperar la versión original del momento de luz: hurgar entre las ruinas de lo que había sido aquella semana, desde el momento en que supo que el Sanedrín había decretado la muerte de Jesús hasta la crucifixión del Maestro. Decididos a detener la difusión de las enseñanzas, los sacerdotes juzgaron, no sin razón, que sería inútil ejecutar a Jesús si permitían que Lázaro, el milagro máximo, atestiguara que Jesús lo había traído de regreso de la morada de los muertos. Lázaro había permanecido en su casa de Betania hasta que la situación fue insostenible.

Pero desde entonces habían pasado muchos años. Años de confusión y desencuentros. Riñó con Pedro y con Santiago, el hermano carnal de Jesús; se apartó de Pablo porque no aceptaba los intentos de este por alterar las enseñanzas del Maestro. Lázaro, que a diferencia de Pablo había conocido y amado a Jesús, no soportaba a ese hábil corruptor de las doctrinas del esenio. No obstante, Pablo era poderoso y él era el mismo hombre frágil y enfermizo que había huido a través del desierto, que se esforzaba para poner distancia con sus perseguidores, aunque mucho más débil y gastado que entonces. Ahora, más que nunca, estaba seguro de que la resurrección había sido la jactancia de un poder superior, desinteresado de sus pareceres y sentires. Él no había merecido esa muerte, pero tampoco este jirón de vida adicional, estéril, inútil como una cuerda demasiado corta.

 

Lázaro recordó cada instante. Como si fuera posible llamar por su nombre a cada una de las lentejas que navegan en un plato de guiso, recordó el antes y el después de aquel día glorioso. Recordó las palabras, los gestos; los puños y los gritos. Al oír la llamada de Jesús había sentido que la muerte se alejaba de él como un barco con las velas desplegadas, y supo que el error del sueño y el dolor y la pasión regresaba de su insólita aventura. Eso recordaba y eso es lo que ahora, sobre un pergamino dorado, escribe afanoso y lúgubre. Lucha contra una bandada de verbos bandidos, salteadores de los caminos del lenguaje. Urdir. Intrigar. Mentir. Falsear. Las fuerzas lo abandonan. Ya ha luchado antes contra esos gigantes, sin ánimo ni esperanzas de vencer. Regresan del mundo de sombras para exigirle silencio, para reclamar la propiedad de la leyenda, para empujarlo en una dirección correcta. ¿En qué se han convertido, hermanos? ¿En qué nos hemos transformado? Lázaro examina el presente y vislumbra el futuro: el final de la fraternidad libre y el nacimiento de la turbia organización jerárquica. Ve a los ricos recelando de los pobres que han encontrado su fe; ve que sienten que esa fe pura, derivada directamente del Maestro, amenaza sus poderes, por lo que han decidido devolverla como una moneda falsa, adulterada para servir a sus mezquinos intereses. Escribe. Escribe.

 

Escribe. Escribe. El texto tiene mil páginas, diez mil páginas, un millón de páginas. Él no puede dejar de escribir. Los nuevos hechos se superponen a los viejos, los corrigen y modifican. Cada corrección anula un año, una década, un siglo. Pero cada corrección abre docenas de puertas que dan a galerías en cuyos flancos docenas de puertas que dan a galerías abren y cierran interminables laberintos y ramificaciones. Cada palabra que escribe en el libro infinito contiene un universo completo. Cada universo que crea con cada palabra que escribe en el libro contiene creaturas que nacen, sienten, piensan y mueren. Cada universo que crea con cada palabra que escribe en el libro tiene su Jesús y su Caifás, su Pablo y su Lázaro. Conoce el signo: la multiplicación. A medida que se interna en el libro que está escribiendo desde hace más de dos mil años, como si lo hiciera en uno de los tantos pasillos no autorizados, todos esos pasillos llenos de luz y radiación, lugares tan inesperados, contradictorios, su cuerpo, su mente y su corazón se ven invadidos por ecos de alarma y sorpresa; hasta las piedras con las que fueron construidos los edificios menos importantes regresan a su estado natural y suplican por un orden distinto. Pero, ¡hay tantas posibilidades! Las palabras forman frases y las frases párrafos. No hay dos frases iguales, ni dos párrafos. Un único hecho permanece inmutable, inalterado, sin que importe cuantas páginas le agregue al libro. En todos los pasillos, en todos los capítulos, en todos esos años, interminables años de permanecer sobre la tierra. Lázaro no desea que la súplica abandone sus labios, pero las palabras, como pájaros rebeldes, escapan de su boca y forman la sentencia temida, casi aborrecida.

  —Maestro, ¿por qué me has condenado?

 

El viejo estaba sentado junto a la ventana, en uno de esos bares olvidados por la mano destructora del progreso y la modernización. Me planté frente a él y lo dominé con el volumen de mi cuerpo. Él casi no me miraba; sus ojos hundidos, como ayer, como siempre, escurridizos como ratas, correteaban por los zócalos y molduras, guirnaldas, florones y filetes. Los ojos de Lázaro eran pozos sin fondo, abismados en el tiempo.

—¿Me puedo sentar?

—No. Pero de todos modos lo harás; está escrito.

—¿Dónde está escrito?

—En mi libro, ¿dónde si no?

—En tu libro... ¿Has previsto todos y cada uno de los movimientos, como deseaba Laplace?

—Fui Laplace durante un tiempo. No me gustó.

Sabía desde el principio que no sería sencillo. ¿Cuáles, cuántos había sido en dos mil años?

—No me interesa Laplace —le dije—. Te he buscado por todas partes; las conjeturas indicaban que terminaría encontrándote.

—Ya no soy aquel. Soy el que soy ahora. La única forma de burlar la inmortalidad es olvidar cada uno de los que he sido. 

—Esa clase de inmortalidad se anula a sí misma; si no se puede recordar el pasado se está condenando a un perpetuo presente.

—¿Cómo se te ocurre pensar que deseo otra cosa?

No había cambiado. Seguía siendo el hombre delgado y enfermizo que tropezaba, caía y se ponía de pie en ese camino olvidado de Jerusalem a Jericó, cubierto un millón de veces por la arena y el polvo del desierto. Había logrado escapar de la ira del Sanedrín, había eludido la hostilidad de Pablo, pero no había podido poner distancia con la cadena perpetua con la que lo había engrillado el Maestro.

—El libro —dije—, ¿dónde está el libro?

Lázaro me miró por primera vez, y su mirada fue un relámpago que me dejó ciego para siempre, por lo menos para ver el núcleo de dolor que anida en el pecho de un inmortal.

—Lo quemé. Ahora el libro está aquí —dijo señalando su frente con un dedo largo y afilado; la uña de ese dedo podía ser perfectamente la herramienta destinada a abrir la cerradura más hermética.

Me sobresalté. —Si ese libro describe los hechos ocurridos en los últimos dos mil años y la única versión es la que habita tu cerebro, corremos el riesgo de que sus expresiones y emociones se disuelvan como azúcar en el agua hirviente.

Lázaro sonrió, pero fue una sonrisa fría, una mueca falsa. —Tu temor es infundado. Este libro, contra mi voluntad, seguirá su camino para siempre. Los hombres pasan, pero Lázaro ha sido condenado por la voluntad que pretendió salvarlo.

—Este diálogo es imposible —dije—; no está ocurriendo. Esta escena es producto de mi imaginación. Lázaro, si existió alguna vez más allá de la metáfora del Predicador, murió en su tiempo.

—Como gustes. —Lázaro vertió unas gotas de un licor oscuro y denso como sangre coagulada en una diminuta copa de cristal labrado. —Como gustes —repitió. Se llevó la copa a los labios y dejó que el líquido resbalara lentamente. Parecía oscuro y fétido, pegajoso, grasiento. Una mezcla de malicia y senil sagacidad activaba cada uno de los movimientos que efectuaba el inmortal, y por su misma naturaleza conducían a la pregunta fatal, pero yo no deseaba hacerla. Lázaro, si ese hombre era, finalmente, el resultado del mayor milagro operado por el Nazareno, y no un fraude absurdo, demostraba que es el ciego azar y no una voluntad creadora lo que rige los destinos del Universo.

—Lázaro —dije por fin, resignado a mi suerte—, ¿estuviste muerto y él te resucitó?

Lázaro depositó la copa sobre la mesa; el golpe del vidrio contra la madera produjo un sonido crepuscular, nocivo; hundió la cabeza entre las manos y un sollozo convulsivo sacudió su cuerpo. Respeté su reacción y aguardé impasible la respuesta. Probablemente se tomó otros cien años para reunir las fuerzas necesarias y solo entonces volvió a mirarme, por última vez, no porque estuviera listo para partir, sino porque yo lo dejaba en paz para siempre.

—No —dijo—, él jamás me resucitó; yo siempre estuve muerto.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia y dirigió la revista Parsec. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novelas cortas Otro caminoCarne verdadera y Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. En las últimas semanas ha sido finalista en varios concursos literarios, aunque no ganó ninguno de ellos. 

ESPECIAL MICROFICCIONES (QUINCE)