lunes, 26 de enero de 2026

LA PLAGA

Héctor García

 

Era una noche como cualquier otra, salvo que hacía un calor insoportable, y don Arturo, el sereno de la cementera, tuvo que apagar todas las luces y abrir de par en par las ventanas y la puerta para evitar –o, al menos, retrasar– su deceso por asfixia. Afuera no corría ni una gota de viento, de hecho estaba más fresco adentro, así que la idea de hacer una sexta recorrida por el predio pronto se esfumó de su cabeza. Lo único que tenía para entretenerse era el televisor con cuatro canales de aire que se cortaban a cada rato. En uno de ellos dio con una película de terror, bastante mala por cierto, que habría cambiado de no ser porque no había otra cosa mejor para ver.

—Películas de terror eran las de antes —refunfuñaba mientras se hamacaba en una silla de madera que no se terminaba de romper por puro milagro. Entonces escuchó un grito desgarrador, que le perforó los tímpanos y lo dejó sordo por varios segundos. De más está decir que sufrió un susto de muerte, que terminó cayendo de coxis al piso, que le dolió hasta el último pelo de su bigote canoso, y que la silla, que tan estoicamente lo sostenía, vio su fin tras largos años de servicio. Lo primero que pensó fue que el grito provenía del televisor, pero la escena en pantalla no indicaba tal cosa. Lo segundo fue que provenía de afuera, por lo que miró hacia la puerta, y lo que vio lo dejó helado: se trataba de una mujer vestida de blanco, con el cabello enmarañado y una cara que daba escalofríos; lo miraba con ojos saltones y ojerosos. Antes de que don Arturo pudiera caer en la cuenta de lo que estaba observando, el fantasma –pues no podía ser otra cosa– pegó otro grito, todavía más terrorífico que el anterior, y se fue corriendo. Y el sereno, que casi padece un ataque al corazón, se orinó encima.

—Esto me pasa por pelotudo —decía en voz alta, como para alejar o atenuar la sensación de soledad, a la vez que cerraba herméticamente las ventanas y la puerta, y luego repetía la frase varias veces, haciendo énfasis en las sílabas de la palabra «pelotudo»—. ¿Quién me manda a mí a opinar sobre películas de terror? De ahora en adelante voy a opinar sobre películas románticas, en las que aparezcan Judy Garland o Brigitte Bardot.

Y dicho aquello, agarró el tubo del teléfono con una mano temblorosa, mientras con la otra marcaba el número de la comisaría.

 

El único motivo que llevó a los tres oficiales a la cementera era la necesidad de matar el aburrimiento. Y tuvieron éxito: cuanto más empeño le ponía el viejo sereno a la explicación de los hechos, más se descostillaban de la risa. Don Arturo, desesperado, iba de un lado a otro indicando la posición de la silla, la suya propia y la de la aparición, mientras agitaba los brazos y hacía muecas grotescas para representar lo mejor posible el terror que había sentido. Al fin, el pobre anciano terminó dándose por vencido y los policías optaron por volver a sus patrulleros, cuando escucharon, a lo lejos, un alarido salvaje y algo tétrico. Don Arturo al instante sonrió triunfal, y los oficiales se miraron entre ellos, palideciendo levemente. Si bien aquello no terminaba de confirmar la veracidad de la historia que habían escuchado, decidieron inspeccionar el lugar y darle así un poco de tranquilidad al sereno.

Mientras don Arturo iluminaba el camino con su linterna, se dirigieron hacia el edificio más cercano, que era la sala de hornos, pero no notaron ninguna actividad extraña. Cambiaron de rumbo y fueron a las oficinas de atención al público, y allí tampoco advirtieron nada fuera de lo común. Desconcertados, miraron alrededor, y uno de los policías entrevió una sombra que, fugaz, se escondía en el depósito, a unos cincuenta metros de distancia. Cuando llegaron, con paso firme pero sigiloso, nuevamente los recibió un silencio sepulcral. Don Arturo miraba en todas direcciones, apuntando con su linterna, hasta que en cierto momento se detuvo y, temblando como una hoja, les hizo señas a los policías para que se dieran vuelta. Aquellos, girando de a poco vieron en la lejanía la silueta de una mujer que se acercaba lenta pero amenazadoramente, y al instante se les aflojaron los brazos y las piernas, de tal manera que dos de ellos cayeron al suelo. El que quedó en pie juntó coraje y habló, ofreciéndole llevarla a su casa o a un hospital. La mujer, por toda respuesta, pegó otro de sus gritos, esta vez más estruendoso y lastimero que todos los anteriores juntos y, huyendo, entró en uno de los sótanos del depósito. Tan estupefactos quedaron todos, que ninguno se atrevió a mover un dedo por varios minutos, hasta que don Arturo, cansado de tanto revuelo, puso pies en polvorosa y tomó la delantera.

—Vamos, señores —increpó a los oficiales—, terminemos de una vez por todas con esta locura. Si es preciso yo mismo los llevo a la rastra.

Los policías, avergonzados, se apresuraron a unirse al sereno, que maldecía porque el sótano al que se encaminaban era el único que, por falta de uso y de mantenimiento, se encontraba sin iluminación. Por este mismo motivo fue él quien los guio con la linterna, mientras los oficiales, haciéndose los valientes, apuntaban sus armas para todos lados. Una vez dentro, avanzaron en conjunto, observando con suma atención los barriles y las bolsas que decoraban aquel sitio mientras las abundantes telarañas se les pegaban por todo el cuerpo. Al fin escucharon un sonido raro, que los puso en alerta, y al llegar al lugar de donde provenía, encontraron a la mujer en cuestión, acurrucada detrás de unas cajas mal apiladas y rodeada de ratas enormes y espantosas. Estaba temblando, probablemente de fiebre y no de frío. La ropa blanca que llevaba puesta era un camisón raído y maloliente, y su piel no se distinguía de lo que vestía. Los pocos mechones de pelo que le quedaban estaban sucios y enredados. Para completar el cuadro, se estaba comiendo los dedos, motivo por el cual tenía las manos y la boca llenos de sangre. Y repetía sin cesar dos palabras que sonaban como «júter» y «vísbor».

 

Después de un baño relajante, don Arturo se recostó sobre el sofá de su living y se puso a escuchar la radio. El locutor justo hablaba sobre la mujer que habían hallado hacía una semana en la cementera. Luego de aquel episodio la llevaron a un psiquiátrico, donde le hacían estudios continuamente, manteniéndola atada de los pies a la cabeza y aislada de la luz del día. Don Arturo se había quedado absorto, pensando en todo lo que vivió aquella noche y en los misterios que escondería esa mujer, cuando un timbrazo lo despertó de sus cavilaciones.

—Disculpe que lo moleste a esta hora —le dijo el señor menudo, de aspecto pulcro, que encontró frente a su puerta—. Entiendo que, como sereno, debe aprovechar este momento de la tarde para dormir una siesta, pero créame que lo que tengo para contarle es de suma importancia. Ante todo, permítame que me presente. Soy Gustavo Botz, y quisiera hablarle sobre el incidente de la cementera.

—No se preocupe por la hora, hombre, hoy estoy de franco, pase. ¿Gusta unos mates?

Ante el asentimiento del señor Botz se instalaron en el comedor, y mientras don Arturo buscaba el mate y una bombilla, el otro comenzó su exposición.

—En caso de que no lo sepa, trabajo en la biblioteca municipal. Allí, aparte de las tareas típicas de un bibliotecario, organizo ciclos de cine, tanto en la biblioteca como en otros espacios sociales del pueblo. Esto ha generado en mí tal gusto por el séptimo arte que, desde hace un tiempo, vengo armando mi propia colección de películas. Actualmente cuento con más de quinientas cintas de todos los géneros y todas las épocas.

—Muy interesante lo suyo —acotó don Arturo, que parecía no prestarle mucha atención; ya había encontrado lo que necesitaba y se dirigía a la cocina. El señor Botz, que no había advertido la momentánea desaparición de su anfitrión, continuó con su monólogo.

—Cuando vi las noticias la semana pasada, me llamó la atención el caso de la cementera, pero solo porque fue un hecho atípico. Sin embargo, unos días después, cuando los noticieros dieron detalles sobre el suceso, comencé a preocuparme. La foto de la mujer que divulgaron los informativos me resultó familiar; recordaba su rostro de algún lado, pero en aquel momento no sabía de dónde. Lo que me dio la pista definitiva fueron las palabras que pronunciara sin cesar.

—¿«Júter» y «vísbor»? —vociferó don Arturo desde la cocina, temiendo no hacerse oír.

—Exacto —respondió Botz—. Solo que, en todo caso, eso es lo que usted y sus acompañantes creyeron entender entonces. Lo que en verdad quería decir ella era «Hutter» y «Wisborg».

—¿Y esas palabras qué significan? Jamás las escuché en mi vida. —Don Arturo, que había dejado la pava calentándose en la hornalla, volvió al comedor. Botz estuvo a punto de reanudar su relato, pero algo lo interrumpió. Era un sonido extraño que provenía de arriba—. Oh, no se asuste —dijo el anciano sereno ante el semblante confundido de su invitado—, son solo ratones. Es común en estas casas viejas tener que lidiar cada tanto con alguna que otra alimaña. El año pasado me atacaron el techo de madera unos bichos taladro, y la fumigación me costó un dineral. Ahora tengo que ver cómo me deshago de estos roedores mugrientos, que dicho sea de paso, aparecieron de la noche a la mañana.

Este comentario, lejos de tranquilizar a Botz, lo hizo ponerse más nervioso. Aun así, prosiguió.

—Dígame, ¿le gusta el cine de terror?

—Alguna que otra película, sí. Pero de las viejas, no estas porquerías que pasan ahora por la televisión.

—¿Conoce alguna película de terror muda? En particular, ¿ha oído hablar del expresionismo alemán?

—Bueno, ciertamente que no, hombre. Está bien que me agrade el cine, pero usted me está hablando en chino. ¿Qué es toda esa jerigonza?

—Me explicaré. En 1922 se estrenó uno de los filmes de terror más emblemáticos de todos los tiempos. Hablo de Nosferatu, del célebre director Friedrich Murnau. La historia está basada en la novela Drácula, de Bram Stoker, y cuenta cómo el conde Orlok, un vampiro de Transilvania, se las ingenia para abandonar su desolado castillo para instalarse en una pujante ciudad llena de potenciales víctimas.

—¿Y qué hay con eso? No veo la relación entre su película y la mujer del loquero.

—El asunto es el siguiente: Orlok busca instalarse legalmente en su nueva residencia, por lo cual contrata los servicios de un agente inmobiliario, quien envía a Transilvania a uno de sus empleados, un muchacho de apellido Hutter. La ciudad de destino del conde, la misma de la que provenía Hutter, es Wisborg.

—Ajá —susurró más interesado don Arturo, que tenía los ojos abiertos como platos soperos.

—Aún hay más —dijo Botz, que al instante sacó de un bolsillo un pequeño portarretrato con la foto de una dama antigua.

—¡Es la mujer de la cementera! —exclamó sorprendido don Arturo—. ¡Mucho más bella, y arreglada, sí, pero es la misma!

—Esta mujer es Greta Schröder, quien interpretaba a Ellen, la esposa de Hutter. Yo también noté el espectacular parecido, y al instante hice imprimir esta imagen, que no es ni más ni menos que un fotograma cuidadosamente seleccionado de la película de la que le hablo.

—Bueno, ¿y a dónde quiere llegar con todo esto? ¿Cree usted que la loca de la cementera es una fanática de esa película? ¿O de esa actriz...?

—Me temo que la cosa no es tan sencilla. Comencemos por el principio. La película estuvo mal parida desde el vamos. Murnau originalmente quiso filmar la mismísima historia de Drácula, pero no pudo hacerse con los derechos de autor, así que tuvo que cambiar el nombre por Nosferatu, al igual que los nombres de los protagonistas, algunos lugares y algunos hechos puntuales. La viuda de Stoker lo demandó de todos modos por la similitud aún remanente con la novela de su difunto esposo, y le ganó el juicio. El tribunal ordenó quemar todas las cintas, y si no hubiera sido por algún visionario que tuvo la feliz idea de distribuir algunas pocas copias a lo largo del mundo antes de que se consumara el castigo, esta película no habría llegado a nuestros días. Murnau tuvo muchos otros problemas relacionados con la filmación de esta obra, la mayoría de los cuales no viene al caso mencionar. Sin embargo, me gustaría hablarle de aquellos en los que se vieron envueltas las estrellas principales: Orlok y Ellen.

—¿Qué sucede con ellos?

—El conde Orlok fue interpretado por Max Schreck, un actor hasta entonces poco conocido, pero con un talento muy inusual. Si usted viera la película entendería a qué me refiero. Su interpretación es impecable. La forma en que representó a Orlok, ya que sus gestos, sus movimientos, sus miradas, incluso la manera en que se quedaba estático cuando el guion así se lo exigía, hizo que su personaje se ganara un lugar permanente en el imaginario colectivo. Muchos creen que fue un excelente actor. Otros, en cambio, opinan que se obsesionó con el conde Orlok a tal punto que terminó creyéndose un vampiro hecho y derecho.

—Estaba loco de atar.

—Es una posibilidad, no lo niego. Hasta nuestros días han llegado diversas anécdotas que lo pintan como un maniático que vivía siempre disfrazado como el conde (algunos de sus compañeros de elenco nunca lo conocieron tal cual era), que dormía en ataúdes llenos de tierra y que se dejaba ver solo de noche. Esto último hizo que las tomas en las que él intervenía hayan tenido que filmarse, por supuesto, de noche, y la poca tecnología en iluminación de aquellos años causó muchos dolores de cabeza a Murnau y a todos en general. El ambiente se caldeó más de una vez, y el proyecto estuvo a nada de cancelarse.

—Un tipo conflictivo, este Max no sé cuánto. ¿Y qué hay de la actriz?

—Espere, todavía no he terminado con Schreck. Usted se imaginará que, con semejante historial a cuestas, no es raro que alguien haya visto en su actitud algo más que una obsesión, que se hayan desatado ciertos rumores y que, con el paso del tiempo, esos rumores se hayan convertido en leyenda. Lo cierto es que hay quienes sostienen que Schreck era un vampiro de verdad.

Aquello fue demasiado para don Arturo, que, mirando con escepticismo a Botz, se levantó y fue a buscar la pava. Cuando volvió, comenzó a cebar, no sin antes servir algunas galletas dulces en un plato que guardaba especialmente para las visitas.

—No me piensa decir —dijo, mientras le pasaba un mate a Botz— que usted es de los que creen que ese tipo era un vampiro andante y sonante, ¿o sí?

—Permítame que prosiga mi exposición, y veremos a qué conclusión arribamos. Esta teoría tiene, hoy por hoy, algunos adeptos. Sin ir más lejos, Edmund Elias Merhige, en La sombra del vampiro, que trata sobre el rodaje de Nosferatu, pinta a un Schreck cuya condición sobrenatural termina inevitablemente saliendo a la luz. Según esta versión de los hechos, Murnau era consciente de la naturaleza de Schreck, y a cambio de su participación le ofreció la vida de Greta Schröder. Por supuesto, nadie más sabía de este pacto.

—¡Pero qué tipo basura! —se indignó el sereno.

—El problema fue, como le dije, que las cosas se le empezaron a ir de las manos a Murnau. Ni el elenco ni el equipo estaban conformes con Schreck, quien se volvía cada vez más taciturno, misterioso y exigente. La escena final, en la que el vampiro le chupa hasta la última gota de sangre a Ellen y luego perece iluminado por la luz del amanecer, fue filmada por el mismo Murnau. Nadie más presenció dichos eventos.

—¿Y qué fue lo que pasó con Greta? —preguntó don Arturo.

—En la película ella se sacrifica para distraer a Orlok y que así este sucumba expuesto al sol. Sin embargo, si por un momento suponemos que Schreck era un vampiro de verdad, existe la posibilidad de que realmente le haya chupado la sangre a Greta Schröder y esta se haya convertido en una vampira. Piénselo, no es tan descabellado: poco a poco sus papeles en películas posteriores pasan a ser secundarios, debido a los requisitos que impone para actuar (rodajes de noche, tratos especiales y otras cuestiones), y termina desapareciendo del mundo del espectáculo sin que nadie lo note. Usted mismo asoció a la mujer de la cementera con esta actriz. ¿Cómo es posible que una persona que nació a fines del siglo XIX siga viva en nuestros días? Además, fíjese cómo la tienen: encerrada, atada y aislada de la luz del sol. Y le digo más: por el estado calamitoso en que la encontraron, debe hacer bastante tiempo que no bebe sangre humana. Quizás la desesperación la llevó a masticarse los dedos. Ah, y no nos olvidemos de las ratas.

—¿Las ratas?

—Sí. A los vampiros suele atribuírseles todo tipo de vínculos con animales nocturnos y desagradables, como los murciélagos y las ratas. En la novela de Stoker, Drácula lanza una turbamulta de ratas sobre los protagonistas. En Nosferatu, el barco en que se traslada Orlok desde Transilvania a Wisborg está repleto de roedores de este tipo. Volviendo a nuestro pago, hoy anunciaron que iban a cerrar varios establecimientos públicos para desratizarlos. Hombre, vamos, deje de mirarme con esa cara. ¿Todavía no me cree?

Don Arturo, que se había quedado mudo de asombro, solo reaccionó cuando algo cayó adentro del mate, salpicando de verde todo el mantel. Eran heces que caían a través de las hendijas del techo. Entonces miró a Botz y no supo qué responder.

Héctor Alfredo García nació en Tandil (Buenos Aires, Argentina) en el año 1986. Doctor en Física por la UNCPBA y actual proyecto de docente, dibujante y persona. Tomó interés por la literatura cuando niño, principalmente en el rol de lector, y dio sus primeros pasos como escritor en la adolescencia, haciéndose cada tanto con algún espacio en revistas escolares y universitarias. En la actualidad cuenta con textos publicados en blogs y en diversas antologías, tanto digitales como impresas.

LA FAMILIA DEL ESPEJO

Mia Myllymäki

 


Me apresuré a vaciar las bolsas de la compra. Dejé una sobre la silla de la cocina con el cortavientos todavía puesto y los zapatos en los pies. Me apuré tanto que casi se me cayó de las manos el paquete de margarina. El reloj marcaba las cinco y media. Jaakko llegaría en media hora de recoger a Riina del entrenamiento de patinaje. Intenté tomar aire y calmarme. Puse las manzanas en el frutero y caminé hacia el recibidor. No perdí tiempo quitándome el abrigo. Frente al espejo me pasé la mano por un par de gotas de sudor de la frente y de debajo de la nariz. El pelo estaba un poco revuelto por el viento, pero no importaba. De todos modos, las cosas siempre se reflejaban un poco distintas de lo que eran.

 

En el recibidor teníamos un espejo. Uno normal, de esos que se compran en cualquier tienda grande. Estaba fijado a la pared, sobre una cómoda. Cuando, después de la mudanza, lo miré por primera vez, me llevé una verdadera sorpresa. No me vi a mí ni al recibidor abierto a mi espalda, sino el recibidor de otra persona. Al principio me quedé helada, mirando aquella habitación extraña. Papel pintado de flores y parqué oscuro. Cosas que yo jamás habría puesto en mi casa. Luego apareció movimiento al otro lado y, por un instante, esa mujer me miró. No sé si me vio, pero se detuvo un segundo a observar, quizá solo su propio reflejo. Asustada, me aparté y durante muchos días no me atreví a mirar. Teníamos otros espejos, sí, pero en ellos no se reflejaba nada “de más”.

Era difícil evitar mirar el espejo si uno pasaba por delante varias veces al día. Sobre todo porque era grande y lo habíamos colocado en un lugar central. La tensión me quedó grabada y traté de no mirarlo, porque temía ver de nuevo algo distinto de lo que debía.

Durante un tiempo observé el comportamiento de Riina y de Jaakko delante del espejo y no vi nada raro en ellos. Así que empecé a convencerme poco a poco de que había imaginado lo que vi, de que el estrés me estaba jugando una mala pasada y había visto cosas.

Al final me animé a mirarlo otra vez. El corazón se me saltó uno o varios latidos, pero por fin pude respirar cuando comprendí que estaba mirando mi propio reflejo asustado. Detrás se veía nuestro recibidor, con sus paneles y el papel pintado claro. En la pared de enfrente colgaba un tapiz tejido por mi abuela y en el techo había un plafón con motivos de rosas.

Cuando incliné la cabeza apenas un poco hacia un lado, el ángulo cambió. En el reflejo, el papel pintado se transformó y el color de la luz se volvió más oscuro. Entonces la mujer entró en el campo de visión: miró en dirección a mí sin verme, se apartó el pelo y se secó la frente.

 

Con las semanas empecé a atreverme más, aunque había algo en nuestro espejo extraño que me erizaba la piel. Sin embargo, lo que mostraba no era más extraordinario que las tareas cotidianas. Por las mañanas la mujer iba y venía nerviosa igual que yo. Vestir a Riina para ir a la escuela, preparar la vianda de Jaakko para el trabajo y arreglarme yo misma me consumían un tiempo y unos nervios terribles. Cuando aprendí a mirar desde el ángulo correcto, en medio de todo aquel ajetreo podía ver a la mujer repitiendo las mismas rutinas.

Noté que ella siempre echaba un vistazo de pasada, distraída, como si no le importara observarse en el espejo. Seguramente no me veía: nada en su comportamiento indicaba que hubiera notado alguna vez mi mirada fija.

La mujer tendría unos cuarenta años. Exhibía unas ojeras oscuras y el pelo algo ondulado. A veces, rara vez, se detenía un rato a enredarse el cabello a ambos lados de la cara. Al final siempre se lo recogía con gesto relajado en una coleta. Por lo que pude seguirla mientras hacía mis cosas, deduje que llevaba un ritmo de vida bastante parecido al mío.

Nuestros días de limpieza coincidían a menudo: entonces sacábamos las alfombras afuera, aspirábamos, fregábamos y al final volvíamos a meterlas ya aireadas. A veces ella pasaba con una regadera por el borde del espejo, así que debía de tener plantas en algún lugar fuera de mi campo de visión. Yo también. A Jaakko no le gustaban, pero logré negociar asilo para una dracena y una cinta en el living.

 

Ayer Jaakko se molestó por el espejo. O más bien, se molestó conmigo por mirarlo tanto. No le hizo ninguna gracia mi comentario de que a la mayoría de la gente, de hecho, le recomiendan mirarse al espejo. Fue una discusión pequeña, de palabras. Claro que se frustraba: él no sabía mirar del modo correcto. Lo hacía mal, miraba demasiado de frente y solo veía su reflejo y nuestro recibidor. El asunto funcionaba solo si uno miraba desde el punto exacto. Excepto un par de veces, no me molesté en decírselo, porque Jaakko tenía la paciencia al límite. Por lo que entendía, había problemas en el trabajo. Por el mal humor de Jaakko, yo misma había empezado a llevar a Riina a los entrenamientos de patinaje.

A veces Jaakko parecía olvidar que yo también trabajaba y sostenía la vida familiar. Aunque fuera a tiempo parcial en la caja de un supermercado, algo de dinero entraba. Jaakko llevaba casi dos meses trabajando sin parar. Eso significaba una barbaridad de horas extra, pero ni un centavo había llegado todavía. Yo ya no creía que fueran a pagárselas. Sospechaba que su jefe se aprovechaba de él sin pudor.

Era difícil hacer planes cuando de pronto a Jaakko le salía un viaje de trabajo. Por lo general esos viajes caían en fines de semana. Para colmo, ahora que la situación económica se había puesto floja, Riina se había entusiasmado de golpe con los caballos. Las clases de equitación eran caras y quería irse a un campamento de invierno a Muhos. No podíamos permitírnoslo, de ninguna manera.

No sé en qué momento el otoño se volvió invierno, pero de pronto me di cuenta de que la familia del espejo se vestía con camperas de plumas, gorros y mitones que parecían bien abrigados. Quizá estaba viviendo, en cierta medida, más su vida que la mía, pero comprenderlo no fue razón suficiente para despegarme por completo de ellos. Necesitaba asomarme de vez en cuando para ver qué les pasaba a la mujer y a su hija.

La mayoría de las veces del otro lado no ocurría nada especial. Como era un espejo de recibidor, no me reflejaba su vida entera: solo lo que sucedía dentro del campo del espejo. La gente normal pasaba el tiempo en otras habitaciones; el recibidor era una zona de tránsito. Para todos menos para mí, que arrastré una de las sillas antiguas que me había regalado mi abuela hasta al lado del espejo para poder sentarme a espiar ese mundo que me parecía más interesante que el mío. La idea me entristecía, pero era cierto: ver los problemas cotidianos de otro era más agradable que enfrentar los propios.

Pensaba mucho en quién era ella en realidad. Parecía forzadamente tranquila, serena. Tal vez había tenido una infancia difícil en una familia de alcohólicos o un padre violento. Entre su correo se veían muchas revistas de decoración. A veces traía libros de la biblioteca, y solían ser novelas o autoayuda. Esas cosas componían la imagen de una persona completamente corriente. También se vestía en tonos crudos o pasteles. No tenía nada de llamativo o audaz. Y, para terminar de rematar la normalidad, me impactó enterarme de que tenía marido. La niña tenía un padre real, presente.

Un día el hombre simplemente apareció del lado de ellos. Tenía la frente alta y los pómulos estrechos. Era bastante atractivo, pero parecía un poco apagado. Casi no hablaba con su esposa. Por lo que yo podía interpretar, entre ellos había algo que andaba mal. Se esquivaban en el recibidor sin mirarse.

También me llamó la atención que la hija casi siempre volvía sola de la escuela. Riina, en cambio, traía casi todos los días a alguna amiga, a veces varias. Hacían la tarea juntas y yo les preparaba cacao. Para mí era normal, pero la niña del espejo casi nunca llevaba amigas a casa y, cuando llegaba, se la veía claramente fastidiada con su madre. Eso también me hizo pensar de nuevo que en esa familia algo no andaba bien. Me pregunté si quizá el hombre trabajaba viajando o por turnos. Eso explicaría por qué no lo había visto antes. Si se movía de noche y muy temprano, yo no estaba frente al espejo para verlo pasar.

 

Riina consiguió ir al campamento de invierno del club ecuestre. Jaakko no aceptó el de Muhos, pero por suerte encontramos una opción más barata cerca. Seguíamos justos de dinero, Jaakko trabajaba muchísimo y estaba poco en casa. Me habían recortado horas en la caja, aunque pedí más. Fui incluso a la oficina de empleo, pero no había vacantes ni suplencias. Jaakko decía que si cerraba un negocio con África, le daban un bono grande. Su empleador también había prometido pagar todos los sueldos atrasados. Entonces ya no tendríamos apuros, con tal de aguantar unas semanas más.

Me quedó rondando lo rara que estuvo Riina antes de irse. Siempre había sido una niña buena, pero ahora se irritaba y casi no quería ir al campamento que había esperado con ilusión todo el otoño y el comienzo del invierno. Quizá había percibido que la situación se nos tensaba, aunque intentáramos ocultarlo. Los niños no deberían preocuparse por el dinero; esa era tarea de los padres. Aun así, las lágrimas de Riina se me quedaron clavadas. Lo que dijo: que supuestamente la molestaban y que los demás no la aceptaban. Qué cosas se le pueden ocurrir a una nena de nueve años. Decidí preguntarle a su maestra si la molestaban en la escuela. De algún lado tenían que venir esos síntomas.

 

Yo estaba sola: Riina en el campamento, Jaakko de viaje de trabajo a Helsinki. Volvería en dos días y, con suerte, trayendo buenas noticias. Pero no valía la pena obsesionarse, y menos yo. Ahora tenía un tiempo precioso para mí, para usarlo como quisiera.

Arrastré la silla desde la pared hasta el espejo, un poco ladeada hacia la izquierda, y me senté. Al principio me estudié la cara cansada, me pasé detrás de la oreja unos mechones que se me caían sobre los ojos. Me veía envejecida y triste.

La imagen cambió y mi mirada encontró a la mujer detenida en el umbral del recibidor. Se apoyaba en el marco de la puerta y lloraba en silencio, temblando. De pronto se sobresaltó y se secó las lágrimas con la manga. Yo no podía oír sonidos de su casa, pero por su reacción deduje que alguien venía. En el campo del espejo apareció su hija: tiró la mochila al piso, le gritó algo a la madre y salió corriendo fuera de la vista. La mujer levantó la mochila, mordiéndose el labio inferior, y desapareció. Me dolía verla así. Algo estaba realmente mal.

Algo había cambiado, y tardé un momento en entender qué era. La mujer había empapelado el recibidor. El papel de flores había sido reemplazado por uno caro, con relieve, en tonos blanco y rosa viejo. La lámpara del techo había cambiado por un plafón. El recibidor se parecía más… a nuestro recibidor. Al mío.

La imagen se desvaneció cuando sonó el teléfono. Era Riina, que contó que todo iba bien. Le habían asignado como pony del campamento a un shetland llamado Morse, y al parecer las otras chicas eran bastante simpáticas. Me alivié y se notó en mi voz cuando le deseé que siguiera bien y tuviera días felices con los caballos. Cuando colgué, volví al espejo, dudando.

Nunca antes se me había ocurrido esa idea. Ahora estaba alerta, mientras el reflejo empezaba a dibujar ante mí ese otro recibidor. La mujer limpiaba algo del piso con un trapo. Tenía los labios apretados como si estuviera silbando. De pronto parecía de mejor humor. ¿Me había engañado todo el tiempo? ¿Sabía de mí? Tenía que haber visto hacia nuestro lado. No había duda. Aunque su casa pareciera diferente, demasiados detalles empezaban a ser sospechosamente similares. Antes, en su pared había un cuadro barato de un paisaje de pradera. Ahora, en ese lugar colgaba un tapiz tejido, como en nuestro recibidor.

Me enfurecí y arranqué nuestro tapiz de la pared. Tal vez ella fingía no verme, pero yo le saqué la lengua como una niña y fui, moviendo el cuello con rabia, a vaciar el lavavajillas.

Qué infantil se vuelve uno cuando está demasiado cansado. Mi irritación bajó durante la noche y, después del café de la mañana, volví con decisión al espejo. El tapiz había desaparecido de su pared, pero tampoco había vuelto a colgar el cuadro.

En el espejo se veía muy poca vida. Quizá la niña estaba afuera, incluso en un campamento de invierno, igual que Riina. Los campamentos de invierno eran increíblemente populares hoy en día: no lo habría creído cuando reservamos el de Riina.

Pasó el día. La mujer cruzó el espejo algunas veces: con la aspiradora, con un canasto de ropa y un par de veces sin nada. La niña no aparecía, y el hombre tampoco.

De pronto me cayó la ficha. ¡Eso era! Había visto tantas veces a la niña correr a abrazar al padre cuando este llegaba con su bolso. El hombre y la mujer, en cambio, apenas se miraban por obligación. Se decían algo y discutían al cabo de dos frases. La mujer solía irse primero, con la cabeza baja, quizá a la cocina. Ahí era donde las mujeres siempre se escondían.

¿Cómo no lo había entendido antes? Todo el tiempo pensé que la mujer tenía “algo mal”, que por eso el hombre estaba siempre fuera y que por eso la niña tampoco parecía querer a su madre. Cuanto más los seguía, más me convencía de que el problema era el hombre. Era atractivo, estaba en buena forma, y seguro otras mujeres opinaban lo mismo. Si la relación se había enfriado, era por algo. Y si uno pensaba quién pasaba más tiempo fuera de casa, mi mirada acusadora se iba directo al hombre.

¡Tenía que haber otra mujer! No había otra explicación. Se notaba en sus gestos y en su forma de mirarse; en la manera en que se encontraban entre ellos y con su hija; en cómo caminaban y movían la boca y los ojos; en las manos que se frotaban, en el toque inútil del pelo. Todos esos detalles gritaban una sola verdad: el hombre había arruinado su vida familiar al conocer a otra mujer y, de algún modo, había conseguido poner a la hija de su lado. De ahí venía todo ese dolor en la mujer del espejo. Entenderlo me dejó una sensación insoportable.

 

Por suerte Jaakko volvió de su viaje, aunque no con tan buenas noticias como yo esperaba. La operación, dijo, estaba muy cerca de cerrarse, pero todavía no nos animábamos a festejar. Hace un rato salió a buscar a Riina al micro, así que pronto mi familia estaría completa otra vez. Me alegraba, porque vivir con la mujer del espejo empezaba a resultarme asfixiante. Volví a colgar nuestro tapiz, pero la pared de la mujer del espejo seguía vacía. Aun así, su comportamiento y el cambio del recibidor me estaban inquietando. Del otro lado el ambiente se volvía cada vez más tenso, y en realidad ya no tenía ganas de mirar. Pero tenía que hacerlo.

Escuché en el patio el golpe de la puerta del auto. Ahí venían: padre e hija. Oí la voz entusiasmada de Riina antes de que siquiera subieran los escalones. Quise creer que el campamento había ido bien. Por teléfono Riina se había mostrado mucho más animada. Había hecho amigas nuevas y ganado confianza. Ojalá también se le hubieran pasado esas ideas de que la molestaban.

Jaakko entró arrastrando el bolso tubular de Riina. La puerta de entrada quedó abierta un momento y dejó entrar aire frío. Cuando Jaakko fue a cerrarla, Riina vino a abrazarme, pero la sonrisa se le apagó en la cara. La inseguridad le llenó los ojos. Se le endurecieron los brazos, se le congeló el movimiento. Apretó las muelas como conteniendo un estremecimiento de asco.

Me asusté porque se parecía demasiado a lo que yo ya estaba acostumbrada a ver en el espejo. De pronto Riina se parecía muchísimo a la hija de la mujer del espejo, a la niña a la que yo había empezado a despreciar. Yo ya no era su madre: yo era un monstruo. Jaakko estaba en el umbral con expresión reacia, mirándome con el ceño fruncido y la boca tensa. En sus ojos había una mirada como de odio. Todo ocurrió en un instante brevísimo.

De a poco, la naturaleza de la crueldad me golpeó la conciencia. Empecé a entender.

 

El hombre llevaba un abrigo negro de lana. Muy elegante. Se veía más pálido que antes, y más agotado de lo que debería verse alguien de su edad y tan atractivo. El hombre y la mujer discutían. Horrible. Se gritaban, y era tan injusto porque su hija de cabello blanquecino estaba parada en la puerta de la cocina mirando. Lo veía y lo oía todo, y solo podía imaginar lo que se decían con la cara roja de furia. La mujer caminó a paso firme hacia la cocina y, al volver, traía un cuchillo de carne en la mano.

Intenté golpear el espejo, pero no podían oírme. Me escuché gritar. Alguien me sujetó, quizá Jaakko o Riina, o los dos. Tal vez ellos también gritaban. La niña del espejo estaba aterrada cuando la mujer clavó el cuchillo en el brazo del hombre, que la miraba sin creerlo. Él debería haber podido defenderse, pero ella estaba fuera de sí: golpeó otra vez y la sangre manchó el papel pintado nuevo. Apreté los ojos para no ver. Cuando los abrí, la niña había desaparecido del espejo. En el suelo quedaban mechones de pelo blanco. La mujer apuñalaba una y otra vez al hombre ya desplomado.

Como con las últimas fuerzas, el hombre alzó la vista. Me vio. Extendió la mano hacia el espejo, suplicando ayuda. Quise ayudarlo, pero no podía hacer nada. El hombre se estaba muriendo. Entonces él también desapareció. La mujer se levantó del suelo desnudo, se limpió las manos en el frente de la camisa, pero la sangre ya no estaba.

Avanzó hacia mí. Levantó la mano y golpeó. El espejo estalló en mil pedazos contra mi cara. La imagen se extinguió y solo quedó el cartón del fondo. Los fragmentos cayeron sobre la cómoda y el piso. Tenía la cara llena de sangre. Las manos llenas de sangre. El cuchillo se me soltó de los dedos y, después del último golpe seco, quedó un silencio absoluto.

 

En prisión preventiva no hay espejos. No los necesito ni los quiero. La mujer del espejo mató a mi familia para conseguir una vida buena. Me pregunto si yo, en su lugar, habría hecho lo mismo. Me pregunto si esa mujer no era, después de todo, más que un reflejo conjurado por mi mente de mi propia vida imperfecta. La mujer que yo quise ser. La mujer que logró librarse de sus dificultades.

Me llevan entre dos hombres hacia la sala del tribunal. El pasillo es largo y vacío, y resuena. Contra el gris del mundo exterior se dibuja el vidrio de una ventana mojada por la lluvia. Las luces del techo proyectan reflejos sobre él. Antes de alcanzar a apartar la vista, la veo. Su sonrisa triunfal y astuta.

Decido que en la sala del tribunal lo contaré todo exactamente tal como sucedió.

Mia Myllymäki es una escritora finlandesa. Ha publicado cuatro novelas y cerca de una veintena de relatos. Su cuarta novela, Huomistarhuri (Gummerus, 2023), fue finalista del premio Tähtivaeltaja en 2024. En mayo de 2026 publicará la novela Kutsumustaiat, inicio de la trilogía fantástica Loitsumestari, que trata el agotamiento vinculado a los estudios.

 

 

MOFT

Daniel Timariu


Hace cuatro semanas que me hice con un Moft. Si usara el lenguaje de los jóvenes, diría que me conseguí un Moft, porque en realidad no me gusta decir “me compré”. Una clonación es idéntica al original, salvo por el chip implantado en la tercera semana, que crece y se desarrolla modelando en el nuevo cerebro las características que lo diferenciarán de los humanos. Así que encargué una clonación y hace cuatro semanas fui a retirarla al Centro de Clones de la avenida Șagului, el único autorizado para el nuevo modelo; un monopolio que, debo admitir, debería haberme hecho sospechar.

Mi clon es genéticamente idéntico a mí, sin ser jamás del todo igual. A mí me gusta el blues, a ella el rock; yo soy perezoso, ella es trabajadora y activa. En fin, no se trata de mi primera clonación, ni de la segunda –cuyas prestaciones me trajeron problemas–, sino de esta tercera. Un modelo Moft: “la clonación más avanzada, solo para usted”.

Pero antes debo contar lo ocurrido con la segunda clonación, el modelo Spirit, fabricado en Suecia con mi material genético, aunque, como siempre, la tecnología también importa. Desde los primeros días tuve la sospecha de que algo no estaba bien. Muchas veces la encontraba de pie frente a la puerta corrediza de vidrio de la terraza, mirando alternativamente las nubes o los pajaritos que habían hecho nido en uno de los arbustos detrás de la casa. Siempre había algo que observar o escuchar. Por la noche se oían con claridad las sirenas de Timișoara, el rumor de la ciudad que llegaba hasta las afueras de Moșnița Veche, atenuado pero nítido, distinto de los pequeños susurros de la fauna local.

—¿Qué hacés?

Se daba vuelta de inmediato y me preguntaba instintivamente si necesitaba algo; solo después, ante mi insistencia, me decía que estaba siguiendo las nubes o escuchando a los pájaros. O ambas cosas, como supe más tarde: intentaba encontrar una correlación entre la forma de las nubes y los trinos.

—Todo es tan fascinante…

Claro, pensaba yo, es fascinante, pero no tanto como para creer que existe una relación entre la forma y la velocidad de una nube y la tonalidad de un gorjeo en el arbusto. Ese fue el primer indicio de que algo no estaba bien, pero por más que lo intenté no encontré nada relacionado con el modelo o la serie. El fabricante no había registrado fallas, y con el Centro solo se podía hablar durante los controles médicos anuales. A propósito: ¿no han notado que los mejores especialistas de la ciudad trabajan en las clínicas del Centro y no en los hospitales públicos? En fin, quizá sea solo una impresión mía. A veces las teorías conspirativas se filtran incluso a través de mis propios sistemas de seguridad.

Otra manía que me dio dolores de cabeza fue la de adivinar mis pensamientos. Ni siquiera sé cómo empezó todo ese asunto de la intuición, aunque tengo una sospecha. Creo que fue hace tres años. Yo tenía la clonación Spirit desde hacía no más de dos años, y la más vieja, el modelo Savage –que me reemplazaba en el trabajo– desde hacía siete, cuando conocí a Mona. Bueno, “conocer” es mucho decir: nuestras vidas se cruzaron durante unos meses y luego se separaron. Ella tenía pequeños placeres, como todos, entre ellos leer la palma de la mano, el poso del café, las nubes, lo que fuera. Y como Spirit había heredado mi curiosidad y también el gusto por escuchar las historias más disparatadas, nos sentábamos los cinco –porque ella siempre iba acompañada de una clonación– y la escuchábamos leerme el futuro.

Parece que lo que para nosotros, los de la casa (incluyéndome), no era más que un entretenimiento, para Spirit significó algo mucho más profundo. Así que, cuando Mona desapareció de nuestras vidas, Spirit ocupó su lugar, intentando decirme qué me depararía el futuro cercano mediante pequeñas observaciones empíricas. El destino le parecía una noción demasiado abstracta, aunque ahora creo que simplemente se ocultaba de mí.

Y si a mí me llamó la atención –aunque nunca lograra vincular sus intereses con una falla concreta–, también llamó la atención de otros. En especial, del Centro, que me hizo la siguiente oferta:

—Un Moft, serie limitada, servicio de por vida.

En otras palabras, una especie de bolsa mágica de la que nunca desaparecen las monedas de oro. Solo debía asegurarme de que no le pasara nada.

Las clonaciones tienen la misma edad que el clonado. No reciben días extra, como creen algunos conspiranoicos; no envejecen ni más rápido ni más lento; no son más deportivas ni más fuertes, y tampoco son indestructibles. O al menos eso creía yo hasta hace poco.

Ahora soy yo quien se queda de pie frente a los grandes ventanales que dan a la terraza trasera, observando cómo las nubes se persiguen en el cielo, escuchando a los pajaritos en los arbustos y buscando correlaciones donde no hay nada más que la manifestación visual y sonora de la entropía. Y todo porque un día me encontré con Mona en la puerta, o con lo que yo creí que era Mona. Me miró con atención y solo cuando apareció Moft abrió la boca.

—Nunca hubiera creído que llegaríamos a reencontrarnos.

Moft me indicó que me retirara y ayudó a Mona a quitarse la capa. Afuera llovía sin parar desde hacía dos días y todo el ambiente me resultó de pronto marcadamente bacoviano, melancólico y opresivo; lluvioso, gris, húmedo, con una poderosa sensación de decadencia, hastío y encierro. Veía las gotas caer sobre el capó del coche, sobre las hojas del sauce frente a la casa, las nubes pesadas cubriendo el cielo, los hilos de vapor elevándose, todo acompañado por el sonido de la lluvia, de las sirenas de la ciudad y de los pájaros ocultos. Volví en mí solo para verlos en la sala grande, sentados juntos en el sofá, charlando animadamente. Mona parecía la misma de siempre –al menos tuve esa impresión entonces– y le explicaba a mi clon una nueva técnica de adivinación, algo con palitos o con granos de arroz; no lo entendí bien. Lo que sí recuerdo de aquella noche extraña es la mirada de Savage, larga, reflejando sorpresa y miedo. O quizá era yo, reflejado en sus ojos. No lo sé.

Recién a la mañana siguiente tuve el valor de iniciar la conversación.

Desayunábamos: yo, Savage –que debía irse al trabajo– y Moft. Este último nos había preparado una tortilla simple con mozzarella, acompañada de una ensalada de tomates, pepino y cebolla verde.

—Entonces —dije—, ayer nos visitó Mona.

Savage dejó de masticar, mientras Moft me acercaba la taza de café.

—Era realmente Mona —respondió él, y sentí cómo Savage giraba los ojos hacia mí.

Pero esa respuesta, lejos de aclararme algo, aumentó mi desconfianza. Más bien fue una sospecha, algo indefinido, una sensación de irrealidad que empezó a enroscarse en mi mente.

—¿Quieres decir que ayer nos visitó el clon de Mona?

Moft soltó una breve ráfaga de sonidos graves, algo parecido a una risa. Luego se detuvo, se inclinó y cortó mi tortilla en pedazos más pequeños. Cuanto más inútiles eran sus gestos –acomodar el café, cortar la comida–, más crecía en mí la sensación de que se estaba burlando.

—Mona —me explicó finalmente— es el prototipo femenino de mi modelo.

Savage se levantó entonces, se despidió con un nos vemos esta noche y desapareció con una rapidez de la que yo mismo no me creía capaz. Habría hecho lo mismo, de haber tenido adónde ir o si con eso el problema recién aparecido hubiera desaparecido.

—Entonces —intenté concluir, con el tono más natural posible—, Mona es una clonación, lo mismo que tú. ¿Quién es la clonada?

Moft recogió con el tenedor los últimos pedazos de tortilla de mi plato.

—Nuestros modelos están construidos para sobrevivir en cualquier condición. Porque, a diferencia de los modelos anteriores, nosotros somos clonados por otras clonaciones. Yo soy la clonación de Spirit —me dijo entonces y, con un gesto de cortesía por cierto prohibido para las clonaciones, me tendió la mano—. Si te interesa, la clonada de Mona murió en un accidente doméstico, en la cocina.

—Suele pasar —le respondí, sin apartar la mirada.

Se encogió de hombros y volvió a soltar esa ráfaga de sonidos que recordaban a una risa.

—Suele pasar —repitió—. Exactamente así.

Daniel Timariu es programador de profesión y desde 2014 escritor de literatura fantástica y de ciencia ficción. Debutó online en la revista Ficțiuni.ro con el cuento "Bucla finală" e impreso en la revista Helion con el cuento "Din lift". Ha publicado en las revistas: Helion, Gazeta SF, Nautilus, Revista de Suspans, Ştiință & Tehnică, Colecția Povestiri Ştiințifico-Fantastice (CSF), ZIN, Literomania y la revista Iocan. Publicó el volumen de historias de ciencia ficción Amețeli postlumice dentro de la colección Insolit (una colección patrocinada por el club Helion. Está presente en varias antologías: Noir de Bucharest, Domino, Exit Plus, Stories with Dragons, Helion Anthology, 3.4., Sketches of Love, The most beautiful SF & fantasy stories of 2017, Noir de Timișoara, Antología de prosa de ciencia ficción rumana, Centennial Fictions – SF&F Anthology, Încotro, homo cosmicus?, CSF Anthology 2018, Under the Crooked Dragon y otras.

 

domingo, 25 de enero de 2026

LOS HIJOS DE BASTET


Patricio G. Bazán

 

Noche cerrada en Amarna. La luna ha cubierto sus ojos, sembrando de oscuros parches el bello y magnífico jardín de la Reina, como una semblanza de la negra y mortal enfermedad que azotaba a todo Egipto. Seis conspiradores aguardaban nerviosamente en las sombras, en espera de una séptima compañera de intrigas que demoraba su llegada.

—¿Qué está haciendo Kemet? No tenemos toda la noche, Hermanos... —preguntó Ipu, el menor de todos, con su negro pelo erizado como sierpes.

El añoso Pelogris, quizás su padre, inspiró profundamente antes de contestar.

—Ipu, hemos esperado tantos años que unos breves fragmentos más de eternidad no pueden hacernos daño. A veces olvido que eres tan joven como para recordar los comienzos de nuestra conjura, hace casi veinte años atrás... Nuestro favorito Tutmosis partió inesperadamente junto a Madre Bastet, y con él nuestros sueños de entronizar a la Diosa Gata en lo más alto del panteón.

—Era el momento perfecto, y se lo llevó la peste... —terció Anu-Ankh, con sus enormes ojos verdes velados por la melancolía. —Nos descuidamos entonces, y lo que sucedió luego fue un desastre. ¡Gobernados por los adoradores de un carnero! —gimió con pesar.

Fue el turno de Shem-Ka, una belleza rubia y enigmática, para dejar sentada por enésima vez su posición: —Pero los sacerdotes de Amon están solos ahora, según lo previsto. El Hereje mandó cerrar sus templos, y el actual culto al sol está muy cerca del nuestro. Transición, Ipu, transición. De Atón pasaremos nuevamente a nuestra amada Bastet, recuérdalo...

El aludido no pudo contener su natural rebeldía. —Respeto su experiencia y sabiduría, compañeros, pero ese Amenothep...

—Akhenaton —corrigieron a coro los demás.

—Akhenaton, verdad es; un faraón tan idealista como terco...

—El gato le maúlla al espejo... —bromeó Shem-Ka, pero el joven no aparentó escucharla.

—El Loco ha desterrado a todos los dioses. Todos. El pueblo comparte alegremente su religión del Amor Universal, y sus partidarios apenas son un puñado de burócratas que lo sostienen por amor a sus propios cargos. Solo la reina Nefertiti podría ser nuestra esperanza.

Los hermanos Bubastis, que hasta ahora no habían emitido ni un susurro, hablaron a coro, con aires de doctos y experimentados.

—Esta es apenas la Fase Uno —dijo el menor de los gemelos —. Si mantenemos como hasta ahora nuestro férreo pacto de no intervención, las ratas harán nuestro trabajo y la peste acabará con la Casa Real. El general Horemheb se hará con el poder, desterrará a los fanáticos Atonistas y volverá el culto a los viejos dioses...

—Y con ellos, nosotros, los adoradores de Bastet. Me gusta mucho el joven Ramese: secretamente nos apoya... —concluyó su hermano, con la mirada brillante puesta en cada conjurado.

Pelogris, como lo apodaban todos, finalizó el conciliábulo hablando directamente a Ipu:

—¿Entiendes, ahora, por qué debemos empuñar la paciencia como una filosa arma? Cuando todo se derrumbe, solo quedaremos nosotros y las ratas. Revisa la Historia Oral, muchacho: siempre ocurrió así, y del mismo modo acabará. ¡Heredaremos el mundo!

Todos callaron, sopesando cada palabra dicha. De repente, alzaron la cabeza con urgencia, pues algo había cambiado en el aire.

—Allí viene la favorita de la Reina. Veremos qué tiene para decir —refunfuñó Ipu.

En efecto, la oscura y sinuosa figura de Kemet ("la negra") le hacía justicia a su nombre. Su pelo azabache, tan brillante como sedoso, su andar inconfundible y su innata elegancia le habían franqueado de manera irreprochable el ingreso a la corte de Akhetaton, la magnífica ciudadela emplazada en el desierto y nueva cabeza del Imperio. Si hubiera que considerar la elección de la cortesana perfecta, ella daba con el papel de modo natural.

—Cierra la boca, muchacho, o te entrará una langosta —siseó Pelogris, aunque reconocía que la belleza de la espía aún seguía despertando su admiración. La había hecho suya una sola vez, pero la llama en su corazón seguía ardiendo como una pequeña brasa.

Kemet los miró uno por uno antes de hablar.

—Hermanos, buenas noticias. El Loco de Amarna está cada vez más enfermo. Y no me refiero a su cabeza, ¡por la Gran Madre! Las pulgas de aquellas ratas lo han picado, y ha contraído la peste. Pelogris, mis respetos: nuevamente has sabido ver más lejos que el resto.

Haciendo caso omiso del elogio de la joven, Pelogris inquirió con cuidado.

—¿Es como ha ocurrido antes con sus hijas?

—Los mismos síntomas. Su médico personal desespera por restablecer su real salud. Mientras tanto, los sacerdotes de Amon conspiran por acelerar su final.

Shem-Ka añadió, con una pizca de celos en su cascada voz: —¿Estás segura, Hermanita? Confiamos en la facción del general, no en los patéticos adoradores de carneros. Si resulta que te has equivocado...

—Resulta que, de todos ustedes, soy la única que tiene acceso a la Cámara Real. Nefertiti no deja de llorar, y quiere llevárselo a Sais para curarlo; mas la decisión del faraón es inamovible. Confía en que su dios lo está poniendo a prueba, y que habrá de recuperarse pronto. Opino que a su muerte la corte abandonará la ciudad. Todos lo haremos, llegado el caso. Preveo graves disturbios y matanzas.

—Todo saldrá según lo planeado, Hermana —aseguró Pelogris —; aunque a su lamentable deceso lo sucedan Smenkara o el joven Tut, sigue siendo Horemheb quien maneje los hilos. Simula obediencia al clero de Amon, pero terminará dando un golpe de mano. Y una vez que reorganice el país, Ramses tendrá su anhelada oportunidad. Hace demasiado tiempo que complota para quedarse con el trono...

—Tanto tiempo como nosotros —añadió Anu-Ankh mirando fijamente a Ipu. Este optó por asentir y tragarse su orgullo. Tenían razón, naturalmente.

El viejo Pelogris husmeó el aire antes de hablar.

—Ya es tarde, y se ha dicho todo. Ahora, a esperar la Fase Dos: la caída del Hereje. Propongo nos reunamos en siete días. ¿Acordado?

Todos asintieron. Luego de una breve plegaria a la diosa Bastet, los siete gatos se despidieron y regresaron a sus respectivos hogares para procurarse una buena cena, pero no de ratas. No todavía; ya tendrían tiempo de cazarlas a gusto cuando ellas y los Hijos de Bastet heredaran el mundo.

Pero una semana después, todo había cambiado y para peor. El clero de Amon se volvió más fuerte que nunca; y, para colmo, el país se enzarzó en una serie de guerras externas y purgas interiores sin precedentes. El clandestino culto de Bastet también fue perseguido, sospechado de colaboracionismo con el Hereje, y todos sus miembros fueron encarcelados, ejecutados o desterrados.

La real ciudad de Akhetaton, joya refulgente en medio del desierto, fue rápidamente abandonada como un cadáver hediondo, poblada por fantasmas. Algunos de ellos languidecían en una lenta muerte en vida, como la reina Nefertiti, un par de servidores leales y el mismo Consejo de los Siete, hirviendo de rabia y vergüenza.

Volvieron a reunirse, según lo convenido, ostentando como trofeos de guerra las heridas y humillaciones cosechadas. Anu-Ankh había perdido un ojo en un ataque de furia de su dueño, un sacerdote de Aton caído en desgracia. Uno de los hermanos Bubastis andaba con una pata torcida, y hasta el joven Ipu parecía apaleado por las circunstancias adversas. Pero todos ellos tenían en común el sentimiento que los seguía uniendo, pese a todo: la venganza. Ya no necesitaban de las sombras protectoras de la noche para congregarse, pues la ciudadela era un cementerio donde nadie iba a prestarles atención. El respeto humano ya lo habían perdido para siempre.

El primero en hablar fue, como siempre, el viejo Pelogris.

—Aunque rotos y maltrechos, seguimos en pie, Hermanos. Los Hombres nos han traicionado, y el Destino nos ha vuelto el rostro; pero nuestra voluntad es fuerte y nuestra Fe más firme que nunca. Solo nos quedan dos caminos...

—Lo sabemos: la persistencia de los pacientes, o bien el odio y la venganza —exclamó Ipu, los ojos como carbunclos.

Kemet lo observó con detenimiento. "Tan joven, pero tan claro en sus propósitos", pensó. "Podría darme un par de buenos hijos". —Concuerdo. Hemos dependido demasiado de estas mezquinas criaturas, un error que no volveremos a cometer.

Pelogris intuyó el rumbo definitivo que podría tomar esta reunión, y su corazón se cubrió de tinieblas. Ya no lo escucharían, y todos sus sueños de supremacía felinas serían mero polvo, como las fantasías universales del propio faraón loco. Salvaría lo que pudiera antes del final.

—Propongo que no abandonemos aún nuestros sagrados designios. Seguiremos el Sendero, pero con un nuevo enfoque —anunció con voz cauta y solemne, sopesando cada palabras. "Madre Bastet, inspírame".

—Explícate, Hermano —reclamó Ipu, con impaciencia.

Los Bubastis descubrieron sus garras, olfateando algo ominoso en el aire abrasador de la tarde.

Pelogris prosiguió, más seguro. —Voto por la Diáspora. Debemos llevar el mensaje a todos los que encontremos, hasta que nuestra fe contamine al mundo felino. Una nueva peste, pero de naturaleza espiritual...

—Una Cruzada —se maravilló Anu-Ankh.

—Un Pacto Universal —añadió Shem-Kah, captando con perfección las implicancias de la propuesta.

Los hermanos se relajaron, convencidos. —Nuestra conspiración interior debe llegar a todos, mientras nuestro exterior refleja una inocente imagen de mascota caprichosa. La clandestinidad es el camino, Hermano. Haremos una guerra silenciosa y secreta contra el Hombre, hasta el día que esta pútrida especie se extinga. Sabia decisión, Pelogris; complotaremos cada día para que se exterminen entre ellos, pero no será por nuestra propia mano.

—¿Todos acuerdan con el plan, Hermanos? Leo en algunos la chispa de futuras rebeliones, pero antes de separarnos propongo una última comunión de almas. ¡Anatema!

—¡Anatema! —clamó el resto.

Tras mirarse mutuamente, se dispusieron en círculo con las cabezas apuntando al centro y las antenas peludas de sus colas señalando al cielo. Siete voluntades compartiendo una visión para el futuro de su estirpe, siete dioses coléricos que emitían sus rayos hacia un foco de energía que fue tomando la exacta forma de la diosa de los felinos. Finalmente, la criatura-pensamiento comenzó a pronunciar las siete profecías en nombre de todos.

—UA: Que la Locura de Akhenaton acompañe para siempre al Hombre, y lo lleve a su perdición. ¡Anatema!

—¡Anatema! —exclamaron, como en sueños.

—SENU: que la Peste se cebe en sus hijos, como lo hizo con la prole de Akhenaton, ahora y hasta el fin de los tiempos. ¡Anatema!

Respondieron a coro: —¡Anatema!

—KHEMET: que la Soledad se cebe en sus carnes como lo hizo con la reina Nefertiti, y lo conduzca a la más cruel de las amarguras. ¡Anatema!

Los siete contestaron: —¡Anatema!

—FEDU: que la Discordia que promovieron los sacerdotes sea una fiel compañera del Hombre en todas sus empresas. ¡Anatema!

Todos repitieron la maldición, y el aire vibraba en ondas insoportables. Tan fuerte era este vórtice de odio que varios pajarillos cayeron fulminados sin que los gatos lo advirtieran.

—DIU: que la Desesperanza se apodere de sus corazones, la misma que sintió el Pueblo con la muerte del Hereje — prosiguió la voz, salvaje e inmisericorde —; SISU: que las creaciones salidas de las manos del Hombre, como esta ciudad de espectros, acaben en el olvido y la destrucción.

Una datilera reseca comenzó a arder sin que nadie le prestara atención.

—SEFEKHU: que un Sol de justicia, como aquél que maldijeron, abrase a esta especie maldita, por los siglos de los siglos. ¡Anatema!

—¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema! — corearon los conjurados, al borde del agotamiento. Con un mudo estallido, la visión se deshizo en fragmentos que el tórrido viento del desierto esparció en todas direcciones.

La Historia Oral de los felinos no registra qué caminos tomaron los Siete, aunque todos concuerdan en que se dispersaron y transmitieron su credo de venganza y castigo. Los hijos de sus hijos de sus hijos prometieron mantener vivo el pacto, hasta el día en que el último Hombre abandone este mundo, y los Hijos de Bastet hereden por fin la tierra.

Patricio Guillermo Bazán es un escritor e ilustrador argentino nacido en 1965. Entre sus obras de ficción inéditas se incluyen Panoplia (cuentos), la novela El tapado y el león, y varias obras de teatro. Ha publicado ficciones breves en todos los blogs del colectivo Heliconia y algunas de sus microficciones aparecieron en las antologías Grageas 3 y Cien páginas de amor, mientras que cuentos más extensos han sido seleccionados para Espacio austral (antología de cuentos de ficción especulativa chileno argentina) y Extremos, una compilación análoga, pero en este caso formada por ficciones de escritores de México y Argentina. Actualmente está un poco alejado de la literatura, mientras desarrolla su faceta actoral. 

NUNCA HUBO OTRA MUJER COMO GILDA

 Claudia Isabel Lonfat

 

No fue hasta después de unos veinte años de la muerte del abuelo Alfonso, que caí en la cuenta de que esa historia contada una y otra vez siendo yo un adolescente, y que concluía con la frase “Nunca hubo una mujer como Gilda”, podía ser real.

La prueba que avalaría la historia del abuelo fue el hallazgo de una foto de Gilda con la dedicatoria: Para Adolf con afecto, y en cuyo dorso se leía: jamás olvidaré los momentos que pasamos juntos.

La foto fue encontrada por los obreros, después de que fuera demolida la vieja casa de Avellaneda que el abuelo habitó toda su vida; heredada de sus padres, y a la vez, estos de los suyos. Estaba en una especie de nicho oculto en el cuartito de herramientas. Como si el viejo hubiese querido protegerla de cualquier hecatombe futura, lo que explicaría la exagerada construcción de un nicho de hormigón, en el cual incrustó una especié de caja fuerte sellada, que después cerró y tapó con una columna.

La casa estaba destruida por la humedad, era inhabitable, por lo menos desde hacía cuarenta años. Se me ocurrió pedirles a los obreros que guardaran cualquier objeto de hierro o bronce. Al tirar la columna, apareció la caja de hierro, tuve la suerte de que al frente de la demolición estuviera un arquitecto amigo, de lo contrario, otra sería la historia.

Apenas tuve la foto en mi poder, averigüé sobre Rita Hayworth, cuyo nombre real era Margarita Carmen Cansino, y hasta conseguí un libro ilustrado sobre su vida, donde había algunas imágenes con dedicatorias para amigos o familiares, incluso una carta y un listado de compras; algo bastante inusual, porque el biógrafo se interesó por los objetos y pequeñas historias de Rita, y no por sus triunfos actorales ni fracasos amorosos.

La letra se veía igual a la de la foto del abuelo. No podía imaginarlo tan psicópata como para falsificar su letra, o que algún amigo le haya jugado una broma. Tampoco era tan tonto, pero por encima de cualquier análisis debo decir que la letra, a simple vista, era la misma.

Recordaba perfectamente la historia, cada secuencia, incluso con detalles, porque le pedí muchas veces que me la narrara al percibir el brillo de su mirada y la felicidad que le producía recordarla. Según el abuelo, yo era el único depositario de esa historia y debía cuidarla.

Corría el año ‘76 y llevaba un par de años de viudo, cuando en un cabaret del bajo de la ciudad se encontró con la mujer más fascinante que alguien pudiera imaginar. Había ido solo, con la idea de tomar algo y ver algún espectáculo non sancto. Me había elegido a mí para contar su historia porque sabía que nunca juzgaría su conducta, en parte, porque el mismo me había enseñado que era la manera correcta de vivir y además calzaba perfecto con mi filosofía de vida.

El lugar tenía un pequeño escenario rodeado de luces de colores y uno de esos micrófonos antiguos que usaban las divas de Hollywood en las películas. Estaba repleto de gente, más de las que el sitio podía contener, por esa razón el abuelo había decidido salir a respirar el aire fresco de la noche, pero justo cuando estaba yendo hacia la salida, un aplauso efusivo, seguido de expresiones de admiración, despertó su curiosidad, y giró para mirar hacia el escenario que se hallaba iluminado con luces tenues. Una cabellera rojiza y leonada le impactó en las pupilas. Se aproximó como pudo, a los codazos y pisotones, hasta encontrarse lo bastante cerca y poder observar a la mujer portadora de esa hermosa cabellera. Pudo ver que se trataba de Gilda, la misma que había enamorado a varias generaciones de hombres, y por qué no de mujeres, desde su sensualidad y belleza.
Creyó que el corazón le iba a explotar como si fuera un adolescente enamorado. Respiró profundo y sintió que una erección descomunal se abría paso entre su ropa interior, al ver su piel de porcelana y su boca roja enmarcando una dentadura perfecta. Un hombre que estaba a su lado, al notar la cara de bobalicón del abuelo, le dijo que era una travesti increíblemente parecida a Gilda. Eso no cambió la condición dentro de su ropa interior, lo cual en cierta forma le provocó algo de pudor, pero se quedó de todos modos alucinado por su belleza.

Gilda cantó una canción lastimera, mientras dejaba que el tajo de su vestido mostrara su pierna torneada hasta llegar casi a su nacimiento. Con refinado encanto conseguía mostrar, sin llegar a lo burdo, y cuando menos lo esperaban, al sonar un platillo, sacudía rítmicamente el cuerpo, como si fuera un latigazo. Cuando la canción terminó, entornó los ojos azules de largas pestañas arqueadas, frunció la boca como dándoles un beso a todos, y se retiró entre aplausos y chiflidos.

El abuelo salió del local inmerso en la magia de la mujer, no vio a los dos hombres enormes de la salida, que cerraban el paso como si fueran una barrera de músculos, y se los llevó por delante. Los tipos reaccionaron con violencia, acostumbrados a los desmanes, lo cual le valió algunos cachetazos. En ese momento la mujer salía por una puerta lateral, con la misma ropa que usó para cantar, y vio cuando le pegaban al abuelo. Fue cuando ocurrió lo más inesperado. Gilda se acercó, tomó al abuelo de la mano y lo llevó al interior del cabaret, pero por la entrada lateral, la misma que usó para salir. Mientras tanto, la barrera de músculos, tapaba la salida.

La estaba mirando de cerca, como en estado hipnótico, según sus propias palabras. Ella buscaba algo en su enorme bolso y le hablaba, pero el abuelo no entendía ni una palabra de su idioma, hasta que en determinado momento dijo algo en español.

—Eres encantador. —Y le sonrió como solo Gilda podría hacerlo. Se dio cuenta, si bien era la misma belleza, que se habían sumado muchos años sobre ese rostro maravilloso. Que su silueta era más gruesa y ahora tenía un corsé que le ayudaba a sujetar sus pechos ya no tan voluptuosos, y su cintura no era de avispa. Entendió que esa magia que la rodeaba, en parte era ilusión; habían pasado por lo menos treinta años de la escena en la que Gilda había recibido el famoso cachetazo de manos de su galán. Sacó de su bolso una foto que ilustraba perfectamente lo que el abuelo recordaba de sus películas. Una Gilda joven, vestida como la de ahora y hasta con el mismo maquillaje, luego la firmó y le agregó unas líneas en el dorso, mientras decía: Esto es para presumir, y agregó nobody will believe you. Le dio la mano, enfundada en un largo guante, y se despidió. El abuelo salió detrás de ella repitiendo por dentro esas palabras que no había entendido, una y otra vez. Los grandotes que lo cachetearon se le pusieron adelante para evitar que la siga, entonces en un español bastante claro, Gilda dijo: Los hombres se van a la cama con Gilda y se despiertan conmigo. Subió a un auto y se fue para siempre.

—Tuvo suerte —le dijo uno de los musculosos—, se comenta que a cada país que va, elige solo a uno.

Demasiadas emociones lo dejaron atontado, y perdió la oportunidad de preguntarle a los tipos algo más sobre la enigmática mujer, porque cuando volvió por respuestas, ellos no estaban, no pertenecían al cabaret sino que fueron contratados en forma privada por su representante.

El abuelo me dijo que su vida había cambiado a partir de lo sucedido, que había sido chata, sin emociones, y con muchas responsabilidades, hasta que un solo hecho provocó un giro de ciento ochenta grados, y había decidido que sería feliz todo el tiempo que le quedara por delante.

Después de repasar una y otra vez la historia y mirar sus fotos, no tengo dudas: nunca hubo una mujer como Gilda. 

Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3Cuentos de terrorPrimera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

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