Héctor García
Era una noche como cualquier otra,
salvo que hacía un calor insoportable, y don Arturo, el sereno de la cementera,
tuvo que apagar todas las luces y abrir de par en par las ventanas y la puerta
para evitar –o, al menos, retrasar– su deceso por asfixia. Afuera no corría ni
una gota de viento, de hecho estaba más fresco adentro, así que la idea de
hacer una sexta recorrida por el predio pronto se esfumó de su cabeza. Lo único
que tenía para entretenerse era el televisor con cuatro canales de aire que se
cortaban a cada rato. En uno de ellos dio con una película de terror, bastante
mala por cierto, que habría cambiado de no ser porque no había otra cosa mejor
para ver.
—Películas de
terror eran las de antes —refunfuñaba mientras se hamacaba en una silla de
madera que no se terminaba de romper por puro milagro. Entonces escuchó un
grito desgarrador, que le perforó los tímpanos y lo dejó sordo por varios
segundos. De más está decir que sufrió un susto de muerte, que terminó cayendo
de coxis al piso, que le dolió hasta el último pelo de su bigote canoso, y que
la silla, que tan estoicamente lo sostenía, vio su fin tras largos años de
servicio. Lo primero que pensó fue que el grito provenía del televisor, pero la
escena en pantalla no indicaba tal cosa. Lo segundo fue que provenía de afuera,
por lo que miró hacia la puerta, y lo que vio lo dejó helado: se trataba de una
mujer vestida de blanco, con el cabello enmarañado y una cara que daba
escalofríos; lo miraba con ojos saltones y ojerosos. Antes de que don Arturo
pudiera caer en la cuenta de lo que estaba observando, el fantasma –pues no
podía ser otra cosa– pegó otro grito, todavía más terrorífico que el anterior,
y se fue corriendo. Y el sereno, que casi padece un ataque al corazón, se orinó
encima.
—Esto me pasa
por pelotudo —decía en voz alta, como para alejar o atenuar la sensación de
soledad, a la vez que cerraba herméticamente las ventanas y la puerta, y luego
repetía la frase varias veces, haciendo énfasis en las sílabas de la palabra
«pelotudo»—. ¿Quién me manda a mí a opinar sobre películas de terror? De ahora
en adelante voy a opinar sobre películas románticas, en las que aparezcan Judy
Garland o Brigitte Bardot.
Y dicho aquello, agarró
el tubo del teléfono con una mano temblorosa, mientras con la otra marcaba el
número de la comisaría.
El único motivo que llevó a los
tres oficiales a la cementera era la necesidad de matar el aburrimiento. Y
tuvieron éxito: cuanto más empeño le ponía el viejo sereno a la explicación de
los hechos, más se descostillaban de la risa. Don Arturo, desesperado, iba de
un lado a otro indicando la posición de la silla, la suya propia y la de la
aparición, mientras agitaba los brazos y hacía muecas grotescas para
representar lo mejor posible el terror que había sentido. Al fin, el pobre
anciano terminó dándose por vencido y los policías optaron por volver a sus
patrulleros, cuando escucharon, a lo lejos, un alarido salvaje y algo tétrico.
Don Arturo al instante sonrió triunfal, y los oficiales se miraron entre ellos,
palideciendo levemente. Si bien aquello no terminaba de confirmar la veracidad
de la historia que habían escuchado, decidieron inspeccionar el lugar y darle
así un poco de tranquilidad al sereno.
Mientras don Arturo
iluminaba el camino con su linterna, se dirigieron hacia el edificio más
cercano, que era la sala de hornos, pero no notaron ninguna actividad extraña.
Cambiaron de rumbo y fueron a las oficinas de atención al público, y allí
tampoco advirtieron nada fuera de lo común. Desconcertados, miraron alrededor,
y uno de los policías entrevió una sombra que, fugaz, se escondía en el
depósito, a unos cincuenta metros de distancia. Cuando llegaron, con paso firme
pero sigiloso, nuevamente los recibió un silencio sepulcral. Don Arturo miraba
en todas direcciones, apuntando con su linterna, hasta que en cierto momento se
detuvo y, temblando como una hoja, les hizo señas a los policías para que se
dieran vuelta. Aquellos, girando de a poco vieron en la lejanía la silueta de
una mujer que se acercaba lenta pero amenazadoramente, y al instante se les
aflojaron los brazos y las piernas, de tal manera que dos de ellos cayeron al
suelo. El que quedó en pie juntó coraje y habló, ofreciéndole llevarla a su
casa o a un hospital. La mujer, por toda respuesta, pegó otro de sus gritos,
esta vez más estruendoso y lastimero que todos los anteriores juntos y,
huyendo, entró en uno de los sótanos del depósito. Tan estupefactos quedaron
todos, que ninguno se atrevió a mover un dedo por varios minutos, hasta que don
Arturo, cansado de tanto revuelo, puso pies en polvorosa y tomó la delantera.
—Vamos, señores
—increpó a los oficiales—, terminemos de una vez por todas con esta locura. Si
es preciso yo mismo los llevo a la rastra.
Los policías,
avergonzados, se apresuraron a unirse al sereno, que maldecía porque el sótano
al que se encaminaban era el único que, por falta de uso y de mantenimiento, se
encontraba sin iluminación. Por este mismo motivo fue él quien los guio con la
linterna, mientras los oficiales, haciéndose los valientes, apuntaban sus armas
para todos lados. Una vez dentro, avanzaron en conjunto, observando con suma
atención los barriles y las bolsas que decoraban aquel sitio mientras las abundantes
telarañas se les pegaban por todo el cuerpo. Al fin escucharon un sonido raro,
que los puso en alerta, y al llegar al lugar de donde provenía, encontraron a
la mujer en cuestión, acurrucada detrás de unas cajas mal apiladas y rodeada de
ratas enormes y espantosas. Estaba temblando, probablemente de fiebre y no de
frío. La ropa blanca que llevaba puesta era un camisón raído y maloliente, y su
piel no se distinguía de lo que vestía. Los pocos mechones de pelo que le
quedaban estaban sucios y enredados. Para completar el cuadro, se estaba
comiendo los dedos, motivo por el cual tenía las manos y la boca llenos de
sangre. Y repetía sin cesar dos palabras que sonaban como «júter» y «vísbor».
Después de un baño relajante, don
Arturo se recostó sobre el sofá de su living y se puso a escuchar la radio. El
locutor justo hablaba sobre la mujer que habían hallado hacía una semana en la
cementera. Luego de aquel episodio la llevaron a un psiquiátrico, donde le
hacían estudios continuamente, manteniéndola atada de los pies a la cabeza y
aislada de la luz del día. Don Arturo se había quedado absorto, pensando en
todo lo que vivió aquella noche y en los misterios que escondería esa mujer,
cuando un timbrazo lo despertó de sus cavilaciones.
—Disculpe que
lo moleste a esta hora —le dijo el señor menudo, de aspecto pulcro, que
encontró frente a su puerta—. Entiendo que, como sereno, debe aprovechar este
momento de la tarde para dormir una siesta, pero créame que lo que tengo para
contarle es de suma importancia. Ante todo, permítame que me presente. Soy
Gustavo Botz, y quisiera hablarle sobre el incidente de la cementera.
—No se preocupe
por la hora, hombre, hoy estoy de franco, pase. ¿Gusta unos mates?
Ante el asentimiento
del señor Botz se instalaron en el comedor, y mientras don Arturo buscaba el
mate y una bombilla, el otro comenzó su exposición.
—En caso de que
no lo sepa, trabajo en la biblioteca municipal. Allí, aparte de las tareas
típicas de un bibliotecario, organizo ciclos de cine, tanto en la biblioteca
como en otros espacios sociales del pueblo. Esto ha generado en mí tal gusto
por el séptimo arte que, desde hace un tiempo, vengo armando mi propia
colección de películas. Actualmente cuento con más de quinientas cintas de
todos los géneros y todas las épocas.
—Muy
interesante lo suyo —acotó don Arturo, que parecía no prestarle mucha atención;
ya había encontrado lo que necesitaba y se dirigía a la cocina. El señor Botz,
que no había advertido la momentánea desaparición de su anfitrión, continuó con
su monólogo.
—Cuando vi las
noticias la semana pasada, me llamó la atención el caso de la cementera, pero
solo porque fue un hecho atípico. Sin embargo, unos días después, cuando los
noticieros dieron detalles sobre el suceso, comencé a preocuparme. La foto de
la mujer que divulgaron los informativos me resultó familiar; recordaba su
rostro de algún lado, pero en aquel momento no sabía de dónde. Lo que me dio la
pista definitiva fueron las palabras que pronunciara sin cesar.
—¿«Júter» y
«vísbor»? —vociferó don Arturo desde la cocina, temiendo no hacerse oír.
—Exacto
—respondió Botz—. Solo que, en todo caso, eso es lo que usted y sus
acompañantes creyeron entender entonces. Lo que en verdad quería decir ella era
«Hutter» y «Wisborg».
—¿Y esas
palabras qué significan? Jamás las escuché en mi vida. —Don Arturo, que había
dejado la pava calentándose en la hornalla, volvió al comedor. Botz estuvo a
punto de reanudar su relato, pero algo lo interrumpió. Era un sonido extraño
que provenía de arriba—. Oh,
no se asuste —dijo el anciano sereno ante el semblante confundido de su
invitado—, son solo ratones. Es común en estas casas viejas tener que lidiar
cada tanto con alguna que otra alimaña. El año pasado me atacaron el techo de
madera unos bichos taladro, y la fumigación me costó un dineral. Ahora tengo
que ver cómo me deshago de estos roedores mugrientos, que dicho sea de paso,
aparecieron de la noche a la mañana.
Este comentario, lejos
de tranquilizar a Botz, lo hizo ponerse más nervioso. Aun así, prosiguió.
—Dígame, ¿le
gusta el cine de terror?
—Alguna que
otra película, sí. Pero de las viejas, no estas porquerías que pasan ahora por
la televisión.
—¿Conoce alguna
película de terror muda? En particular, ¿ha oído hablar del expresionismo
alemán?
—Bueno,
ciertamente que no, hombre. Está bien que me agrade el cine, pero usted me está
hablando en chino. ¿Qué es toda esa jerigonza?
—Me explicaré.
En 1922 se estrenó uno de los filmes de terror más emblemáticos de todos los
tiempos. Hablo de Nosferatu, del célebre director Friedrich Murnau. La
historia está basada en la novela Drácula, de Bram Stoker, y cuenta cómo
el conde Orlok, un vampiro de Transilvania, se las ingenia para abandonar su
desolado castillo para instalarse en una pujante ciudad llena de potenciales
víctimas.
—¿Y qué hay con
eso? No veo la relación entre su película y la mujer del loquero.
—El asunto es
el siguiente: Orlok busca instalarse legalmente en su nueva residencia, por lo
cual contrata los servicios de un agente inmobiliario, quien envía a
Transilvania a uno de sus empleados, un muchacho de apellido Hutter. La ciudad
de destino del conde, la misma de la que provenía Hutter, es Wisborg.
—Ajá —susurró
más interesado don Arturo, que tenía los ojos abiertos como platos soperos.
—Aún hay más
—dijo Botz, que al instante sacó de un bolsillo un pequeño portarretrato con la
foto de una dama antigua.
—¡Es la mujer
de la cementera! —exclamó sorprendido don Arturo—. ¡Mucho más bella, y
arreglada, sí, pero es la misma!
—Esta mujer es
Greta Schröder, quien interpretaba a Ellen, la esposa de Hutter. Yo también
noté el espectacular parecido, y al instante hice imprimir esta imagen, que no
es ni más ni menos que un fotograma cuidadosamente seleccionado de la película
de la que le hablo.
—Bueno, ¿y a
dónde quiere llegar con todo esto? ¿Cree usted que la loca de la cementera es
una fanática de esa película? ¿O de esa actriz...?
—Me temo que la
cosa no es tan sencilla. Comencemos por el principio. La película estuvo mal
parida desde el vamos. Murnau originalmente quiso filmar la mismísima historia
de Drácula, pero no pudo hacerse con los derechos de autor, así que tuvo que
cambiar el nombre por Nosferatu, al igual que los nombres de los
protagonistas, algunos lugares y algunos hechos puntuales. La viuda de Stoker
lo demandó de todos modos por la similitud aún remanente con la novela de su
difunto esposo, y le ganó el juicio. El tribunal ordenó quemar todas las
cintas, y si no hubiera sido por algún visionario que tuvo la feliz idea de
distribuir algunas pocas copias a lo largo del mundo antes de que se consumara
el castigo, esta película no habría llegado a nuestros días. Murnau tuvo muchos
otros problemas relacionados con la filmación de esta obra, la mayoría de los
cuales no viene al caso mencionar. Sin embargo, me gustaría hablarle de
aquellos en los que se vieron envueltas las estrellas principales: Orlok y
Ellen.
—¿Qué sucede
con ellos?
—El conde Orlok
fue interpretado por Max Schreck, un actor hasta entonces poco conocido, pero
con un talento muy inusual. Si usted viera la película entendería a qué me
refiero. Su interpretación es impecable. La forma en que representó a Orlok, ya
que sus gestos, sus movimientos, sus miradas, incluso la manera en que se
quedaba estático cuando el guion así se lo exigía, hizo que su personaje se
ganara un lugar permanente en el imaginario colectivo. Muchos creen que fue un
excelente actor. Otros, en cambio, opinan que se obsesionó con el conde Orlok a
tal punto que terminó creyéndose un vampiro hecho y derecho.
—Estaba loco de
atar.
—Es una
posibilidad, no lo niego. Hasta nuestros días han llegado diversas anécdotas
que lo pintan como un maniático que vivía siempre disfrazado como el conde
(algunos de sus compañeros de elenco nunca lo conocieron tal cual era), que
dormía en ataúdes llenos de tierra y que se dejaba ver solo de noche. Esto
último hizo que las tomas en las que él intervenía hayan tenido que filmarse,
por supuesto, de noche, y la poca tecnología en iluminación de aquellos años
causó muchos dolores de cabeza a Murnau y a todos en general. El ambiente se
caldeó más de una vez, y el proyecto estuvo a nada de cancelarse.
—Un tipo
conflictivo, este Max no sé cuánto. ¿Y qué hay de la actriz?
—Espere,
todavía no he terminado con Schreck. Usted se imaginará que, con semejante
historial a cuestas, no es raro que alguien haya visto en su actitud algo más
que una obsesión, que se hayan desatado ciertos rumores y que, con el paso del
tiempo, esos rumores se hayan convertido en leyenda. Lo cierto es que hay
quienes sostienen que Schreck era un vampiro de verdad.
Aquello fue demasiado
para don Arturo, que, mirando con escepticismo a Botz, se levantó y fue a
buscar la pava. Cuando volvió, comenzó a cebar, no sin antes servir algunas
galletas dulces en un plato que guardaba especialmente para las visitas.
—No me piensa
decir —dijo, mientras le pasaba un mate a Botz— que usted es de los que creen
que ese tipo era un vampiro andante y sonante, ¿o sí?
—Permítame que
prosiga mi exposición, y veremos a qué conclusión arribamos. Esta teoría tiene,
hoy por hoy, algunos adeptos. Sin ir más lejos, Edmund Elias Merhige, en La
sombra del vampiro, que trata sobre el rodaje de Nosferatu, pinta a
un Schreck cuya condición sobrenatural termina inevitablemente saliendo a la
luz. Según esta versión de los hechos, Murnau era consciente de la naturaleza
de Schreck, y a cambio de su participación le ofreció la vida de Greta
Schröder. Por supuesto, nadie más sabía de este pacto.
—¡Pero qué tipo
basura! —se indignó el sereno.
—El problema
fue, como le dije, que las cosas se le empezaron a ir de las manos a Murnau. Ni
el elenco ni el equipo estaban conformes con Schreck, quien se volvía cada vez
más taciturno, misterioso y exigente. La escena final, en la que el vampiro le
chupa hasta la última gota de sangre a Ellen y luego perece iluminado por la
luz del amanecer, fue filmada por el mismo Murnau. Nadie más presenció dichos
eventos.
—¿Y qué fue lo
que pasó con Greta? —preguntó don Arturo.
—En la película
ella se sacrifica para distraer a Orlok y que así este sucumba expuesto al sol.
Sin embargo, si por un momento suponemos que Schreck era un vampiro de verdad,
existe la posibilidad de que realmente le haya chupado la sangre a Greta
Schröder y esta se haya convertido en una vampira. Piénselo, no es tan
descabellado: poco a poco sus papeles en películas posteriores pasan a ser
secundarios, debido a los requisitos que impone para actuar (rodajes de noche,
tratos especiales y otras cuestiones), y termina desapareciendo del mundo del
espectáculo sin que nadie lo note. Usted mismo asoció a la mujer de la
cementera con esta actriz. ¿Cómo es posible que una persona que nació a fines
del siglo XIX siga viva en nuestros días? Además, fíjese cómo la tienen:
encerrada, atada y aislada de la luz del sol. Y le digo más: por el estado
calamitoso en que la encontraron, debe hacer bastante tiempo que no bebe sangre
humana. Quizás la desesperación la llevó a masticarse los dedos. Ah, y no nos
olvidemos de las ratas.
—¿Las ratas?
—Sí. A los
vampiros suele atribuírseles todo tipo de vínculos con animales nocturnos y
desagradables, como los murciélagos y las ratas. En la novela de Stoker,
Drácula lanza una turbamulta de ratas sobre los protagonistas. En Nosferatu,
el barco en que se traslada Orlok desde Transilvania a Wisborg está repleto de
roedores de este tipo. Volviendo a nuestro pago, hoy anunciaron que iban a
cerrar varios establecimientos públicos para desratizarlos. Hombre, vamos, deje
de mirarme con esa cara. ¿Todavía no me cree?
Don Arturo, que se había quedado mudo de asombro, solo reaccionó cuando algo cayó adentro del mate, salpicando de verde todo el mantel. Eran heces que caían a través de las hendijas del techo. Entonces miró a Botz y no supo qué responder.
Héctor Alfredo García nació en Tandil (Buenos Aires, Argentina) en el año 1986. Doctor en Física por la UNCPBA y actual proyecto de docente, dibujante y persona. Tomó interés por la literatura cuando niño, principalmente en el rol de lector, y dio sus primeros pasos como escritor en la adolescencia, haciéndose cada tanto con algún espacio en revistas escolares y universitarias. En la actualidad cuenta con textos publicados en blogs y en diversas antologías, tanto digitales como impresas.

Por un rato, estuve segura que Nosferatu iba a aparecer a chuparle la sangre a alguien
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