Patricio G. Bazán
Noche cerrada en Amarna. La luna ha cubierto sus ojos, sembrando de oscuros parches el bello y magnífico jardín de la Reina, como una semblanza de la negra y mortal enfermedad que azotaba a todo Egipto. Seis conspiradores aguardaban nerviosamente en las sombras, en espera de una séptima compañera de intrigas que demoraba su llegada.
—¿Qué está haciendo Kemet? No tenemos toda la noche, Hermanos... —preguntó Ipu, el menor de todos, con su negro pelo erizado como sierpes.
El añoso Pelogris, quizás su padre, inspiró profundamente antes de contestar.
—Ipu, hemos esperado tantos años que unos breves fragmentos más de eternidad no pueden hacernos daño. A veces olvido que eres tan joven como para recordar los comienzos de nuestra conjura, hace casi veinte años atrás... Nuestro favorito Tutmosis partió inesperadamente junto a Madre Bastet, y con él nuestros sueños de entronizar a la Diosa Gata en lo más alto del panteón.
—Era el momento perfecto, y se lo llevó la peste... —terció Anu-Ankh, con sus enormes ojos verdes velados por la melancolía. —Nos descuidamos entonces, y lo que sucedió luego fue un desastre. ¡Gobernados por los adoradores de un carnero! —gimió con pesar.
Fue el turno de Shem-Ka, una belleza rubia y enigmática, para dejar sentada por enésima vez su posición: —Pero los sacerdotes de Amon están solos ahora, según lo previsto. El Hereje mandó cerrar sus templos, y el actual culto al sol está muy cerca del nuestro. Transición, Ipu, transición. De Atón pasaremos nuevamente a nuestra amada Bastet, recuérdalo...
El aludido no pudo contener su natural rebeldía. —Respeto su experiencia y sabiduría, compañeros, pero ese Amenothep...
—Akhenaton —corrigieron a coro los demás.
—Akhenaton, verdad es; un faraón tan idealista como terco...
—El gato le maúlla al espejo... —bromeó Shem-Ka, pero el joven no aparentó escucharla.
—El Loco ha desterrado a todos los dioses. Todos. El pueblo comparte alegremente su religión del Amor Universal, y sus partidarios apenas son un puñado de burócratas que lo sostienen por amor a sus propios cargos. Solo la reina Nefertiti podría ser nuestra esperanza.
Los hermanos Bubastis, que hasta ahora no habían emitido ni un susurro, hablaron a coro, con aires de doctos y experimentados.
—Esta es apenas la Fase Uno —dijo el menor de los gemelos —. Si mantenemos como hasta ahora nuestro férreo pacto de no intervención, las ratas harán nuestro trabajo y la peste acabará con la Casa Real. El general Horemheb se hará con el poder, desterrará a los fanáticos Atonistas y volverá el culto a los viejos dioses...
—Y con ellos, nosotros, los adoradores de Bastet. Me gusta mucho el joven Ramese: secretamente nos apoya... —concluyó su hermano, con la mirada brillante puesta en cada conjurado.
Pelogris, como lo apodaban todos, finalizó el conciliábulo hablando directamente a Ipu:
—¿Entiendes, ahora, por qué debemos empuñar la paciencia como una filosa arma? Cuando todo se derrumbe, solo quedaremos nosotros y las ratas. Revisa la Historia Oral, muchacho: siempre ocurrió así, y del mismo modo acabará. ¡Heredaremos el mundo!
Todos callaron, sopesando cada palabra dicha. De repente, alzaron la cabeza con urgencia, pues algo había cambiado en el aire.
—Allí viene la favorita de la Reina. Veremos qué tiene para decir —refunfuñó Ipu.
En efecto, la oscura y sinuosa figura de Kemet ("la negra") le hacía justicia a su nombre. Su pelo azabache, tan brillante como sedoso, su andar inconfundible y su innata elegancia le habían franqueado de manera irreprochable el ingreso a la corte de Akhetaton, la magnífica ciudadela emplazada en el desierto y nueva cabeza del Imperio. Si hubiera que considerar la elección de la cortesana perfecta, ella daba con el papel de modo natural.
—Cierra la boca, muchacho, o te entrará una langosta —siseó Pelogris, aunque reconocía que la belleza de la espía aún seguía despertando su admiración. La había hecho suya una sola vez, pero la llama en su corazón seguía ardiendo como una pequeña brasa.
Kemet los miró uno por uno antes de hablar.
—Hermanos, buenas noticias. El Loco de Amarna está cada vez más enfermo. Y no me refiero a su cabeza, ¡por la Gran Madre! Las pulgas de aquellas ratas lo han picado, y ha contraído la peste. Pelogris, mis respetos: nuevamente has sabido ver más lejos que el resto.
Haciendo caso omiso del elogio de la joven, Pelogris inquirió con cuidado.
—¿Es como ha ocurrido antes con sus hijas?
—Los mismos síntomas. Su médico personal desespera por restablecer su real salud. Mientras tanto, los sacerdotes de Amon conspiran por acelerar su final.
Shem-Ka añadió, con una pizca de celos en su cascada voz: —¿Estás segura, Hermanita? Confiamos en la facción del general, no en los patéticos adoradores de carneros. Si resulta que te has equivocado...
—Resulta que, de todos ustedes, soy la única que tiene acceso a la Cámara Real. Nefertiti no deja de llorar, y quiere llevárselo a Sais para curarlo; mas la decisión del faraón es inamovible. Confía en que su dios lo está poniendo a prueba, y que habrá de recuperarse pronto. Opino que a su muerte la corte abandonará la ciudad. Todos lo haremos, llegado el caso. Preveo graves disturbios y matanzas.
—Todo saldrá según lo planeado, Hermana —aseguró Pelogris —; aunque a su lamentable deceso lo sucedan Smenkara o el joven Tut, sigue siendo Horemheb quien maneje los hilos. Simula obediencia al clero de Amon, pero terminará dando un golpe de mano. Y una vez que reorganice el país, Ramses tendrá su anhelada oportunidad. Hace demasiado tiempo que complota para quedarse con el trono...
—Tanto tiempo como nosotros —añadió Anu-Ankh mirando fijamente a Ipu. Este optó por asentir y tragarse su orgullo. Tenían razón, naturalmente.
El viejo Pelogris husmeó el aire antes de hablar.
—Ya es tarde, y se ha dicho todo. Ahora, a esperar la Fase Dos: la caída del Hereje. Propongo nos reunamos en siete días. ¿Acordado?
Todos asintieron. Luego de una breve plegaria a la diosa Bastet, los siete gatos se despidieron y regresaron a sus respectivos hogares para procurarse una buena cena, pero no de ratas. No todavía; ya tendrían tiempo de cazarlas a gusto cuando ellas y los Hijos de Bastet heredaran el mundo.
Pero una semana después, todo había cambiado y para peor. El clero de Amon se volvió más fuerte que nunca; y, para colmo, el país se enzarzó en una serie de guerras externas y purgas interiores sin precedentes. El clandestino culto de Bastet también fue perseguido, sospechado de colaboracionismo con el Hereje, y todos sus miembros fueron encarcelados, ejecutados o desterrados.
La real ciudad de Akhetaton, joya refulgente en medio del desierto, fue rápidamente abandonada como un cadáver hediondo, poblada por fantasmas. Algunos de ellos languidecían en una lenta muerte en vida, como la reina Nefertiti, un par de servidores leales y el mismo Consejo de los Siete, hirviendo de rabia y vergüenza.
Volvieron a reunirse, según lo convenido, ostentando como trofeos de guerra las heridas y humillaciones cosechadas. Anu-Ankh había perdido un ojo en un ataque de furia de su dueño, un sacerdote de Aton caído en desgracia. Uno de los hermanos Bubastis andaba con una pata torcida, y hasta el joven Ipu parecía apaleado por las circunstancias adversas. Pero todos ellos tenían en común el sentimiento que los seguía uniendo, pese a todo: la venganza. Ya no necesitaban de las sombras protectoras de la noche para congregarse, pues la ciudadela era un cementerio donde nadie iba a prestarles atención. El respeto humano ya lo habían perdido para siempre.
El primero en hablar fue, como siempre, el viejo Pelogris.
—Aunque rotos y maltrechos, seguimos en pie, Hermanos. Los Hombres nos han traicionado, y el Destino nos ha vuelto el rostro; pero nuestra voluntad es fuerte y nuestra Fe más firme que nunca. Solo nos quedan dos caminos...
—Lo sabemos: la persistencia de los pacientes, o bien el odio y la venganza —exclamó Ipu, los ojos como carbunclos.
Kemet lo observó con detenimiento. "Tan joven, pero tan claro en sus propósitos", pensó. "Podría darme un par de buenos hijos". —Concuerdo. Hemos dependido demasiado de estas mezquinas criaturas, un error que no volveremos a cometer.
Pelogris intuyó el rumbo definitivo que podría tomar esta reunión, y su corazón se cubrió de tinieblas. Ya no lo escucharían, y todos sus sueños de supremacía felinas serían mero polvo, como las fantasías universales del propio faraón loco. Salvaría lo que pudiera antes del final.
—Propongo que no abandonemos aún nuestros sagrados designios. Seguiremos el Sendero, pero con un nuevo enfoque —anunció con voz cauta y solemne, sopesando cada palabras. "Madre Bastet, inspírame".
—Explícate, Hermano —reclamó Ipu, con impaciencia.
Los Bubastis descubrieron sus garras, olfateando algo ominoso en el aire abrasador de la tarde.
Pelogris prosiguió, más seguro. —Voto por la Diáspora. Debemos llevar el mensaje a todos los que encontremos, hasta que nuestra fe contamine al mundo felino. Una nueva peste, pero de naturaleza espiritual...
—Una Cruzada —se maravilló Anu-Ankh.
—Un Pacto Universal —añadió Shem-Kah, captando con perfección las implicancias de la propuesta.
Los hermanos se relajaron, convencidos. —Nuestra conspiración interior debe llegar a todos, mientras nuestro exterior refleja una inocente imagen de mascota caprichosa. La clandestinidad es el camino, Hermano. Haremos una guerra silenciosa y secreta contra el Hombre, hasta el día que esta pútrida especie se extinga. Sabia decisión, Pelogris; complotaremos cada día para que se exterminen entre ellos, pero no será por nuestra propia mano.
—¿Todos acuerdan con el plan, Hermanos? Leo en algunos la chispa de futuras rebeliones, pero antes de separarnos propongo una última comunión de almas. ¡Anatema!
—¡Anatema! —clamó el resto.
Tras mirarse mutuamente, se dispusieron en círculo con las cabezas apuntando al centro y las antenas peludas de sus colas señalando al cielo. Siete voluntades compartiendo una visión para el futuro de su estirpe, siete dioses coléricos que emitían sus rayos hacia un foco de energía que fue tomando la exacta forma de la diosa de los felinos. Finalmente, la criatura-pensamiento comenzó a pronunciar las siete profecías en nombre de todos.
—UA: Que la Locura de Akhenaton acompañe para siempre al Hombre, y lo lleve a su perdición. ¡Anatema!
—¡Anatema! —exclamaron, como en sueños.
—SENU: que la Peste se cebe en sus hijos, como lo hizo con la prole de Akhenaton, ahora y hasta el fin de los tiempos. ¡Anatema!
Respondieron a coro: —¡Anatema!
—KHEMET: que la Soledad se cebe en sus carnes como lo hizo con la reina Nefertiti, y lo conduzca a la más cruel de las amarguras. ¡Anatema!
Los siete contestaron: —¡Anatema!
—FEDU: que la Discordia que promovieron los sacerdotes sea una fiel compañera del Hombre en todas sus empresas. ¡Anatema!
Todos repitieron la maldición, y el aire vibraba en ondas insoportables. Tan fuerte era este vórtice de odio que varios pajarillos cayeron fulminados sin que los gatos lo advirtieran.
—DIU: que la Desesperanza se apodere de sus corazones, la misma que sintió el Pueblo con la muerte del Hereje — prosiguió la voz, salvaje e inmisericorde —; SISU: que las creaciones salidas de las manos del Hombre, como esta ciudad de espectros, acaben en el olvido y la destrucción.
Una datilera reseca comenzó a arder sin que nadie le prestara atención.
—SEFEKHU: que un Sol de justicia, como aquél que maldijeron, abrase a esta especie maldita, por los siglos de los siglos. ¡Anatema!
—¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema! — corearon los conjurados, al borde del agotamiento. Con un mudo estallido, la visión se deshizo en fragmentos que el tórrido viento del desierto esparció en todas direcciones.
La Historia Oral de los felinos no registra qué caminos tomaron los Siete, aunque todos concuerdan en que se dispersaron y transmitieron su credo de venganza y castigo. Los hijos de sus hijos de sus hijos prometieron mantener vivo el pacto, hasta el día en que el último Hombre abandone este mundo, y los Hijos de Bastet hereden por fin la tierra.
Patricio Guillermo Bazán es un escritor e ilustrador argentino nacido en 1965. Entre sus obras de ficción inéditas se incluyen Panoplia (cuentos), la novela El tapado y el león, y varias obras de teatro. Ha publicado ficciones breves en todos los blogs del colectivo Heliconia y algunas de sus microficciones aparecieron en las antologías Grageas 3 y Cien páginas de amor, mientras que cuentos más extensos han sido seleccionados para Espacio austral (antología de cuentos de ficción especulativa chileno argentina) y Extremos, una compilación análoga, pero en este caso formada por ficciones de escritores de México y Argentina. Actualmente está un poco alejado de la literatura, mientras desarrolla su faceta actoral.

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