Claudia Isabel Lonfat
No fue hasta después de unos veinte años de la muerte del abuelo Alfonso, que caí en la cuenta de que esa historia contada una y otra vez siendo yo un adolescente, y que concluía con la frase “Nunca hubo una mujer como Gilda”, podía ser real.
La prueba que avalaría la historia del abuelo fue el hallazgo de una foto de Gilda con la dedicatoria: Para Adolf con afecto, y en cuyo dorso se leía: jamás olvidaré los momentos que pasamos juntos.
La foto fue encontrada por los obreros, después de que fuera demolida la vieja casa de Avellaneda que el abuelo habitó toda su vida; heredada de sus padres, y a la vez, estos de los suyos. Estaba en una especie de nicho oculto en el cuartito de herramientas. Como si el viejo hubiese querido protegerla de cualquier hecatombe futura, lo que explicaría la exagerada construcción de un nicho de hormigón, en el cual incrustó una especié de caja fuerte sellada, que después cerró y tapó con una columna.
La casa estaba destruida por la humedad, era inhabitable, por lo menos desde hacía cuarenta años. Se me ocurrió pedirles a los obreros que guardaran cualquier objeto de hierro o bronce. Al tirar la columna, apareció la caja de hierro, tuve la suerte de que al frente de la demolición estuviera un arquitecto amigo, de lo contrario, otra sería la historia.
Apenas tuve la foto en mi poder, averigüé sobre Rita Hayworth, cuyo nombre real era Margarita Carmen Cansino, y hasta conseguí un libro ilustrado sobre su vida, donde había algunas imágenes con dedicatorias para amigos o familiares, incluso una carta y un listado de compras; algo bastante inusual, porque el biógrafo se interesó por los objetos y pequeñas historias de Rita, y no por sus triunfos actorales ni fracasos amorosos.
La letra se veía igual a la de la foto del abuelo. No podía imaginarlo tan psicópata como para falsificar su letra, o que algún amigo le haya jugado una broma. Tampoco era tan tonto, pero por encima de cualquier análisis debo decir que la letra, a simple vista, era la misma.
Recordaba perfectamente la historia, cada secuencia, incluso con detalles, porque le pedí muchas veces que me la narrara al percibir el brillo de su mirada y la felicidad que le producía recordarla. Según el abuelo, yo era el único depositario de esa historia y debía cuidarla.
Corría el año ‘76 y llevaba un par de años de viudo, cuando en un cabaret del bajo de la ciudad se encontró con la mujer más fascinante que alguien pudiera imaginar. Había ido solo, con la idea de tomar algo y ver algún espectáculo non sancto. Me había elegido a mí para contar su historia porque sabía que nunca juzgaría su conducta, en parte, porque el mismo me había enseñado que era la manera correcta de vivir y además calzaba perfecto con mi filosofía de vida.
El lugar tenía un pequeño escenario rodeado de luces de colores y uno de esos micrófonos antiguos que usaban las divas de Hollywood en las películas. Estaba repleto de gente, más de las que el sitio podía contener, por esa razón el abuelo había decidido salir a respirar el aire fresco de la noche, pero justo cuando estaba yendo hacia la salida, un aplauso efusivo, seguido de expresiones de admiración, despertó su curiosidad, y giró para mirar hacia el escenario que se hallaba iluminado con luces tenues. Una cabellera rojiza y leonada le impactó en las pupilas. Se aproximó como pudo, a los codazos y pisotones, hasta encontrarse lo bastante cerca y poder observar a la mujer portadora de esa hermosa cabellera. Pudo ver que se trataba de Gilda, la misma que había enamorado a varias generaciones de hombres, y por qué no de mujeres, desde su sensualidad y belleza.
Creyó que el corazón le iba a explotar como si fuera un adolescente enamorado. Respiró profundo y sintió que una erección descomunal se abría paso entre su ropa interior, al ver su piel de porcelana y su boca roja enmarcando una dentadura perfecta. Un hombre que estaba a su lado, al notar la cara de bobalicón del abuelo, le dijo que era una travesti increíblemente parecida a Gilda. Eso no cambió la condición dentro de su ropa interior, lo cual en cierta forma le provocó algo de pudor, pero se quedó de todos modos alucinado por su belleza.
Gilda cantó una canción lastimera, mientras dejaba que el tajo de su vestido mostrara su pierna torneada hasta llegar casi a su nacimiento. Con refinado encanto conseguía mostrar, sin llegar a lo burdo, y cuando menos lo esperaban, al sonar un platillo, sacudía rítmicamente el cuerpo, como si fuera un latigazo. Cuando la canción terminó, entornó los ojos azules de largas pestañas arqueadas, frunció la boca como dándoles un beso a todos, y se retiró entre aplausos y chiflidos.
El abuelo salió del local inmerso en la magia de la mujer, no vio a los dos hombres enormes de la salida, que cerraban el paso como si fueran una barrera de músculos, y se los llevó por delante. Los tipos reaccionaron con violencia, acostumbrados a los desmanes, lo cual le valió algunos cachetazos. En ese momento la mujer salía por una puerta lateral, con la misma ropa que usó para cantar, y vio cuando le pegaban al abuelo. Fue cuando ocurrió lo más inesperado. Gilda se acercó, tomó al abuelo de la mano y lo llevó al interior del cabaret, pero por la entrada lateral, la misma que usó para salir. Mientras tanto, la barrera de músculos, tapaba la salida.
La estaba mirando de cerca, como en estado hipnótico, según sus propias palabras. Ella buscaba algo en su enorme bolso y le hablaba, pero el abuelo no entendía ni una palabra de su idioma, hasta que en determinado momento dijo algo en español.
—Eres encantador. —Y le sonrió como solo Gilda podría hacerlo. Se dio cuenta, si bien era la misma belleza, que se habían sumado muchos años sobre ese rostro maravilloso. Que su silueta era más gruesa y ahora tenía un corsé que le ayudaba a sujetar sus pechos ya no tan voluptuosos, y su cintura no era de avispa. Entendió que esa magia que la rodeaba, en parte era ilusión; habían pasado por lo menos treinta años de la escena en la que Gilda había recibido el famoso cachetazo de manos de su galán. Sacó de su bolso una foto que ilustraba perfectamente lo que el abuelo recordaba de sus películas. Una Gilda joven, vestida como la de ahora y hasta con el mismo maquillaje, luego la firmó y le agregó unas líneas en el dorso, mientras decía: Esto es para presumir, y agregó nobody will believe you. Le dio la mano, enfundada en un largo guante, y se despidió. El abuelo salió detrás de ella repitiendo por dentro esas palabras que no había entendido, una y otra vez. Los grandotes que lo cachetearon se le pusieron adelante para evitar que la siga, entonces en un español bastante claro, Gilda dijo: Los hombres se van a la cama con Gilda y se despiertan conmigo. Subió a un auto y se fue para siempre.
—Tuvo suerte —le dijo uno de los musculosos—, se comenta que a cada país que va, elige solo a uno.
Demasiadas emociones lo dejaron atontado, y perdió la oportunidad de preguntarle a los tipos algo más sobre la enigmática mujer, porque cuando volvió por respuestas, ellos no estaban, no pertenecían al cabaret sino que fueron contratados en forma privada por su representante.
El abuelo me dijo que su vida había cambiado a partir de lo sucedido, que había sido chata, sin emociones, y con muchas responsabilidades, hasta que un solo hecho provocó un giro de ciento ochenta grados, y había decidido que sería feliz todo el tiempo que le quedara por delante.
Después de repasar una y otra vez la historia y mirar sus fotos, no tengo dudas: nunca hubo una mujer como Gilda.
Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

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