Jaap Boekestein
Cuando Sergio tenía
mil trescientos uno
—¿Y bien? ¿Qué te pareció?
—preguntó Sergio mientras salía del Imperial Opera de Grand Fanare con Yulene
del brazo.
Para la ocasión, Sergio vestía un
atuendo clásico de noche: una capa adornada con conchas blancas y negras,
elegantes botas rojas de cuero de ternera y un mono de seda negra sin mangas,
ceñido por un cinturón de plumas ondulantes trenzadas. Las tres pequeñas plumas
blancas rizadas de su sombrero azul profundo eran un detalle frívolo que lo
distinguía de los incontables asistentes a la ópera vestidos de forma similar.
Como acompañante de ópera de
Sergio, Yulene tenía el deber no escrito de brillar junto a su compañero,
vestido con sobriedad. Para la ocasión, la capitana de la nave —socia comercial
y amante de Sergio— había optado por un peinado saltarín, con el cabello rubio
entretejido con intensas plumas negras. Su piel lucía esa noche un tono claro,
casi blanco, que combinaba a la perfección con su vestido de malla de plata
oxidada, cuya cola flotaba a la altura de una uña por encima del suelo. Guantes
translúcidos y puntiagudos que llegaban por debajo del codo y unos zapatos
extrañamente curvados, con tacones largos como cuchillas, casi completaban su
atuendo. Unas gafas con lentes pequeñas, rojo sobre rojo, y gruesas monturas
doradas remataban el conjunto.
—¡Fantástico! —exclamó Yulene con
entusiasmo—. ¡Los trajes! ¡La escenografía! —gesticuló con energía—. ¡Guau!
Siempre pensé que la ópera era cosa de buscadores de estatus aburridos y
pretenciosos.
Sergio sonrió con satisfacción. El
caballero de las rosas bajo la luna llena era una ópera accesible, pensada
principalmente para un público principiante. Que a Yulene le hubiera gustado
era un alivio. Por supuesto, sus gustos no coincidían por completo, pero era
agradable poder compartir con ella su amor por la ópera.
—Me alegra que pienses que la ópera
no es solo para buscadores de estatus aburridos y pretenciosos.
Yulene le dio un codazo.
—No, también es para buscadores de
estatus divertidos y pretenciosos.
Sergio sonrió ampliamente y alzó
los brazos.
—¡Culpable!
—¡Arráncale la
cabeza! —rugió Yulene con todas sus fuerzas.
Saltó y agitó su matraca eléctrica.
—¡Vamos, Krakenbeast! ¡Acábalo!
En la arena, protegida por sólidos
campos de fuerza, Krakenbeast, maltrecho y manchado de óxido, descargó su
enorme maza sobre la unidad central desprotegida de Tender Crusher.
Desesperadamente, los célebres puños trituradoras del androide luchador aún
forcejeaban con los restos de la red envolvente que le había lanzado Krakenbeast.
El público rugía. Las emociones
estaban a flor de piel durante las semifinales de los combates de androides de
Hellesion IV. Unos dos millones de espectadores se encontraban físicamente
presentes en el Estadio Globus.
El estruendo se oyó incluso en las
gradas más altas, y la unidad central de Tender Crusher se abrió en una lluvia
de chispas. El luchador androide quedó segmentado, se estremeció unas cuantas
veces más y luego quedó inerte.
El mar de vítores fue ensordecedor.
El querido Krakenbeast había pasado a la final.
—¡Ganamos! —Yulene rodeó a Sergio
con los brazos y lo abrazó como un pequeño terremoto—. ¿No es increíble?
¡Woohoo!
La espesa grasa con la que se había
embadurnado el rostro, como auténtica fan, se le transfirió a Sergio,
manchándole la cuidada barba puntiaguda.
Sergio rio, con profundidad y alegría.
Ver una pelea de androides en un estadio con dos millones de fanáticos
grasientos estaba muy lejos de su rutina habitual, pero precisamente ese era el
gran beneficio de dejar entrar gente nueva en tu vida: adquieres nuevas
experiencias y descubres montones de nuevas formas de entretenimiento. Y
también descubrirás facetas desconocidas de la persona a la que amas.
Yulene soltó una risita.
—¿También tienes tentáculos ahí,
Sergio? Oh, eso sin duda va a ser interesante.
—Creo que sí —respondió Sergio
desde la cama flotante de satén rojo de la Suite Perla del Club de Delicias
Maravillosas.
Habían reservado el lujoso paquete
de nueve estrellas, que incluía uso ilimitado de los salones corporales del
club. Para sorprenderse y desafiarse mutuamente, Sergio y Yulene habían elegido
de forma independiente nuevas aumentaciones corporales con las que realizar
travesuras eróticas.
Con la cola balanceándose y el
pelaje chisporroteando y siseando, ella se deslizó hacia la cama.
Nuevas experiencias, pensó Sergio
con una sonrisa. Se retorció invitadoramente.
Jaap Boekestein (1968) es un escritor neerlandés de
ciencia ficción, fantasía, terror, suspense y todo lo que le apasiona. Su
primera publicación fue en 1989 y ha escrito más de 500 relatos y alrededor de
una docena de novelas cortas. Ha sido editor de varias revistas como Holland
SF, Waensinne y Wonderwaan. Escribe principalmente en neerlandés, pero algunos
de sus trabajos en inglés se pueden encontrar en Amazon.com. Su gran proyecto
es una serie de relatos y viñetas ambientadas en un futuro lejano sobre el
estafador y misterioro Sergio Wilhem Wang-von Luhfthoven.

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