lunes, 2 de febrero de 2026

EL GRAN TRUEQUE

Oscar De Los Ríos

 

Año 2030. Nuuk, Groenlandia.

​La independencia de Groenlandia fue sencilla pero lenta. En cambio, conseguir un nuevo patrocinador —las cuentas no cerraban— duró exactamente lo que tarda un cubito de hielo en derretirse dentro de un vaso de whisky barato. Pero antes de la firma oficial, hubo tres reuniones privadas. Tres visitas de cortesía que sellaron su destino.

​Los primeros en llegar fueron los chinos. Su delegación no aterrizó sobre el hielo azul, se “materializó”. El jet al que nadie oyó ni vio llegar descendió verticalmente sobre el puerto de Nuuk. El embajador Li invitó al Primer Ministro Malik a una ceremonia de té dentro de una cápsula estéril y blanca.

Li sirvió un té que humeaba en código binario.

—Honorable Malik —dijo Li, sin mover los labios; hablaba por un traductor implantado en su garganta—. Dinamarca les da migajas. Nosotros ofrecemos armonía. Si se nos unen, triplicaremos el subsidio de esos europeos pálidos.

—¿Cómo? —preguntó Malik, desconfiado.

—Con eficiencia —sonrió Li—. Nunca volverán a sentir frío. Convertiremos su nieve en vapor productivo. Solo firmen aquí.

​Dos horas después, llegó el general Ivanovich. No hubo té. Hubo un banquete de carne cruda y vodka destilado con isótopos de Chernóbil sobre el capó de un tanque anfibio estacionado ilegalmente en la plaza central.

Ivanovich abrazó a Malik con tanta fuerza que casi le disloca una costilla.

—¡Camarada del Norte! —rugió, con la cara roja por el frío y el alcohol—. Olvida a los chinos y sus juguetes. Rusia ofrece fuerza. Triplicaremos lo que les da Finlandia...

—Dinamarca —corrigió Malik, tosiendo.

—¡Da igual! Noruega, Finlandia, todos son lo mismo. Nosotros les daremos calor nuclear. Energía infinita. Seremos hermanos de sangre y uranio.

A Malik se le cruzaron los ojos inuit, tan chiquitos y negros como carozos de aceitunas.

​Finalmente, llegó Él. El Air Force One, ahora pintado completamente de dorado, aterrizó aplastando accidentalmente el único huerto de tomates de la isla. Donald Trump bajó por la escalerilla lanzando fotos de su propia postulación a "Primer Ministro Supremo" de la isla ante la multitud (que constaba de tres pescadores y un perro).

Llevó a Malik a una carpa con aire acondicionado puesto a la temperatura ambiente y le sirvió una hamburguesa de carne de ballena procesada y regada con whisky.

—Mike, escúchame —dijo Trump, masticando con la boca abierta—. Antes que nada, deberías cambiar tu nombre, Malik suena a perdedor. Me encantan los iglús. Son fantásticos. Pero son pequeños. Conmigo, tendrán el triple. El triple de diversión, el triple de alegría, el triple de todo. Haremos de Groenlandia el estado 52, o 53, perdí la cuenta después de comprar Alberta. Será "Huge".

​Las promesas eran enormes, pero vagas. "El triple", decían todos. Pero nadie sacaba la chequera. Fue gracias a eso que se le ocurrió una idea brillante: haría una subasta. Convocó a los tres al día siguiente para concretar. Nada de "quizás". Quería ver los bienes.

​Se reunieron en El Gran Salón del Pueblo (el gimnasio de la escuela primaria). Afuera, los Tupilaq golpeaban las ventanas, presintiendo el desastre, pero los guardias pensaban que era granizo.

Malik se sentó mirando al público. De frente, a su izquierda, el chino Li con sus implantes bursátiles. A su derecha, el ruso Ivanovich con su abrigo de piel viva. Y en el centro, Donald, revisando su maquillaje naranja en el reflejo de una cuchara.

—Señores —dijo Malik—. Ayer prometieron el paraíso. Hoy quiero ver el contrato. ¿Quién da más?

​Li se puso de pie, ante la protesta de Ivanovich, que quería hablar primero. Donald los miró como diciendo: "Mátense. La última palabra la diré yo".

—Nuestra promesa de "no más frío" es literal. China ofrece la construcción de la Cúpula de Jade. Un domo de cristal policromado que cubrirá toda la isla. Calefacción centralizada a 25 grados constantes. Cultivaremos arroz en los fiordos. La isla entera será habitable.

Malik dudó. Apenas tenían una pequeña franja para vivir, el resto de la isla era inhabitable; pero un "tupper gigante" no sonaba tentador.

​Ivanovich golpeó la mesa.

—¡Estupideces! Rusia ofrece LIBERTAD, en esto somos especialistas. Instalaremos motores atómicos en la costa sur y, literalmente, remolcaremos Groenlandia hasta el Caribe Ruso (omitiendo mencionar que se refería al Mar Negro). ¡Tendrán sol de verdad, no lucecitas chinas de colores!

Malik suspiró. Este ruso loco es capaz de hacerlo.

​Trump se levantó, mirando a todos con suficiencia.

—Terribles ofertas —dijo—. Muy tristes. Yo ofrezco alegría, ofrezco “Bienes Raíces Premium”.

A una señal suya, un asistente desplegó un mapa holográfico.

—Olviden el dinero. Les doy tierras. Tierras calientes. —Señaló una isla en el mapa—. Les doy... La Habana.

Hubo un silencio.

—¡¿Cuba?! —preguntó Malik desconcertado.

—La capital. Es vuestra. Música, tabaco, coches antiguos. La cambiamos pelo a pelo. Ustedes me dan el hielo, yo les doy la salsa.

​El chino Li soltó una risa metálica.

—Objeción —dijo con voz robótica—. Estados Unidos ocupa Cuba, pero no la controla. Hay células rebeldes en cada esquina. Si los inuits se mudan allí, serán vistos como invasores yanquis.

—¡Exacto! —gritó el ruso Ivanovich—. ¡Los cubanos los usarán para hacer mojitos! En dos semanas, los inuits serán expulsados al mar en balsas. No tendrán patria. Es una trampa mortal.

​Trump, furioso por ser interrumpido, se deslizó en el mapa hacia abajo, como si estuviera esquiando.

—¡Vale, vale! Son muy exigentes. Entonces... ¿Qué les parece esto? —Desplegando su vieja sonrisa de vendedor de autos usados, señaló Venezuela—. Les doy una franja de 500 kilómetros. Salida al mar. Petróleo infinito. Arepas. Es un trato increíble.

—Imposible —interrumpió el ruso—. La "Resistencia Bolivariana" está armada hasta los dientes con misiles que... bueno, que yo les vendí. Si mueven a su gente a la costa venezolana, estarán atrapados entre la selva y el mar. Será una masacre.

—China coincide —añadió Li—. Venezuela es inestable. Perderían su soberanía en un mes. Serían refugiados sin hogar.

​Malik cerró su carpeta.

—Tienen razón —dijo el líder inuit—. Mis chamanes me dicen que esas tierras están malditas por la guerra. No aceptamos. Queremos tierras seguras. Tierras americanas de verdad. O no hay trato.

El ojo biónico de Li proyectó un holograma de fuegos artificiales silenciosos sobre la mesa.

—El declive americano es estadísticamente irreversible —zumbó el chino, mientras su maletín comenzaba a imprimir el contrato final—. La Cúpula de Jade es su único destino lógico. Firme aquí antes de que el estadounidense ofrezca venderles la Luna.

El ruso, por su parte, soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas. Mientras destapaba una botella de vodka con los dientes para celebrar la victoria inminente, empujó a Trump con el hombro, haciéndolo tambalear y caer.

Trump estaba acorralado. El sudor le corría por las sienes, derritiendo el autobronceador. Estaba perdiendo la isla más grande del mundo (y su tono naranja) frente a un comunista y un cíborg. Apoyándose en una mano para levantarse, notó que estaba sobre el mapa de Estados Unidos. Unas letras pequeñas parecían parpadear en uno de los estados: Florida.

—¡Miami! —gritó.

Todos se dieron vuelta a mirarlol, desconcertados.

Una sonrisa malévola y desesperada cruzó su rostro. Mataba dos pájaros de un tiro. También se sacaba de encima a los malditos hispanos que ya eran más del setenta por ciento de la población. ¿Cuánto pasaría antes de que pidieran la autonomía y fueran un país independiente?

​—Mike, amigo mío... tengo la solución final. —Trump se inclinó sobre la mesa, con los ojos brillando con la locura del "Art of the Deal"—. ¿Qué te parece si hacemos un intercambio de población?

—¿Intercambio? —preguntó Malik. Sus pequeños ojos se abrieron hasta parecer dos platos insertados en su rostro.

—Tú me das Groenlandia. Yo te doy... Miami.

—¿Toda la ciudad?

—Llave en mano. Mis votantes de allí se están quejando del calor. Tu gente se queja del frío. ¡Es la sinergia perfecta! Los de Miami vendrán aquí a refrescarse. Los inuits irán a South Beach a... bueno, a lo que sea que hagan. ¿Trato?

​Malik miró a sus consejeros. Miami. La tierra prometida de la televisión. Sin guerras civiles, sin cúpulas de cristal. Solo sol.

Obnubilado por una visión donde se veía surfeando en un mar con playas de arena blanca lejos del hielo frío, y sin leer la letra pequeña (donde Trump se eximía de responsabilidad por huracanes, inundaciones y plagas de pitones), Malik extendió la mano.

—Trato hecho.

Y estampó su rúbrica junto a la de Trump, quien se apuró a guardar el contrato en una caja fuerte de titanio.

Los espíritus Tupilaq, que habían logrado entrar a la reunión, rompieron las ventanas y huyeron aullando hacia el Polo Norte, temerosos de que los incluyeran en el contrato.

​La operación logística se bautizó, con la típica sutileza americana, como “Operación Hot & Cold”.

Fue el mayor puente aéreo de la historia. En el cielo del Atlántico, dos flotas de aviones gigantescos se cruzaron. Hacia el sur, transportes militares cargados con cincuenta y seis mil inuits envueltos en pieles de foca, soñando con el paraíso tropical que les vendieron en los folletos. Hacia el norte, jets de lujo y aviones comerciales repletos de jubilados de Florida, influencers de Instagram y promotores inmobiliarios, todos vestidos con bermudas, camisas de lino y un exceso de loción autobronceadora.

Se saludaron por las ventanillas. Cada uno pensando en el "mal trato" que habían hecho los otros.

​Los inuits bajaron del avión con los abrigos puestos; la temperatura a la sombra era de 42 grados, y la humedad del 98%. Al pisar la pista del Aeropuerto Internacional, tres ancianos venerables se desmayaron por golpe de calor antes de poder decir "Tierra". Venían ensayando un pasito para TikTok; hasta los mayores estaban perdiendo la identidad.

La adaptación fue rápida, brutal y grotesca.

Al darse cuenta de que los hoteles de lujo no tenían electricidad y que al quedar la ciudad vacía era tierra de nadie, los yanquis de otros estados saquearon hasta el agua de los inodoros.

​Los inuits intentaron aplicar su sabiduría ancestral al entorno urbano. Fue un espectáculo dantesco, que ni los grandes directores de Hollywood se hubieran atrevido a soñar. Inundaron la avenida Brickell, con medio metro de agua estancada y caliente, donde se veía a los cazadores inuits navegando en kayaks y umiaks improvisados, hechos con techos de descapotables oxidados.

—¡Qalupalik! —gritaban, confundiendo a los caimanes con monstruos marinos mitológicos.

Intentaban arponear a los reptiles usando palos de golf afilados que encontraron en los clubes abandonados. Pero la carne de caimán era dura y sabía a neumático.

Lo peor no era el hambre, sino el sancochado. Los inuits, biológicamente adaptados al frío extremo, empezaron a cocerse en sus propios jugos. Sus cuerpos no sabían sudar lo suficiente. Se refugiaban en los congeladores de los supermercados Walmart saqueados, durmiendo hacinados sobre bolsas de guisantes descongelados, rezando a dioses de hielo que no podían oírlos en esa latitud.

​El Primer Ministro Malik, sentado en la terraza del ático de una torre de lujo, miraba el horizonte distorsionado por el vapor, mientras se abanicaba con el contrato firmado.

—Al menos hay sol —susurró, antes de deshidratarse y convertirse en la primera momia inuit del trópico.

​Si en Miami la tragedia era húmeda, en Groenlandia era cristalina como el hielo.

Los "Miamenses" aterrizaron esperando un resort de esquí con servicio de habitaciones. Lo que encontraron fue una oscuridad eterna y un viento que les cortaba la delicada piel tratada con cremas humectantes.

—¿Dónde está el buffet? —preguntó una señora con el pelo teñido y demasiada laca, justo antes de que su cabello se congelara y se partiera en mil pedazos como cristal.

​El horror fue estético y funcional.

El bótox, tan popular entre la población de Miami, reaccionó mal al frío polar. A los diez minutos de estar a la intemperie, las caras de miles de personas se congelaron en una mueca de sorpresa permanente. Parecían un ejército de maniquíes de cera abandonados en la nieve.

Intentaron construir refugios contra el frío, pero solo contaban con la inútil nieve, que únicamente servía para hacer muñecos. Los iglús eran cosas de películas. Lo único real que conocían eran las maletas Louis Vuitton y pilas de dinero en efectivo, con las que hicieron refugios muy cool.

Encendieron hogueras quemando millones de dólares, bonos del tesoro y acciones de Apple. Se acurrucaban alrededor del fuego, intentando calentarse con la combustión de su propia riqueza, pero el papel moneda ardía demasiado rápido.

Un grupo de influencers intentó transmitir en vivo la aurora boreal.

—¡Hola, chicos, unboxing del Polo Norte! —gritó un joven. Se quedó así, frizado, con el teléfono en la mano y la sonrisa congelada, convertido en una escultura de hielo moderna que los osos polares olfatearon con curiosidad y luego ignoraron por falta de valor nutricional.

​En Washington D.C., la cosa venía distinta. Donald Trump salió al balcón de la Casa Blanca. Los fuegos artificiales iluminaban el cielo. Había ganado la reelección con el 99% de los votos.

Se ajustó la corbata roja y se acercó al micrófono.

—¡Amada América! ¡Lo logramos! Me decían: "Donald, no se puede arreglar el problema de inmigración". No solo lo hicimos, sino que, además, agregamos una nueva estrella a nuestra bandera. —Al decir esto recordó su mano apoyada sobre el Estado de Florida. Fue una señal. Indudablemente Dios estaba de su lado.

​La multitud aplaudía fervorosa. Pero nadie mencionó a los muertos. Nadie mencionó el genocidio por incompetencia climática. Solo veían el mapa. Estados Unidos era ahora más grande. Las generaciones perdidas se reponen de manera natural.

Trump esbozó una sonrisa naranja y triunfal.

En Groenlandia, un espíritu Tupilaq se paseaba entre las estatuas de hielo de los turistas, robándoles los relojes Rolex de las muñecas congeladas, preguntándose qué hora sería en el infierno.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

EL HOMBRE DE LAS ALMEJAS

Laura Weterings

 

El sol caía a plomo y la gente sudaba. Berend, un tamborilero que, como todos los días, había estado tocando canciones infantiles conocidas desde temprano en la mañana, decidió que ya había tenido suficiente y se dejó caer en el césped del parque. La hierba se sentía como una alfombra suave e incluso parecía tener un ligero efecto refrescante en su espalda. No fue el único que decidió dejar de trabajar y dirigirse al parque. A su alrededor, había más gente. La gente caminaba, descansaba y algunos tipos duros corrían a pesar del calor. Tres niños pequeños estaban sentados en una valla, y otro grupo, de mayor edad, doblaba sombreros de papel. Cisnes blancos y cisnes negros vagaban por el gran estanque. También había patos, todos nadando en el agua. Y unas urracas ruidosas estaban posadas en los árboles. A Berend le gustaba el ambiente que lo rodeaba y pudo soportar esta tarde cálida sin problemas.

Estaba a punto de cerrar los ojos para echarse una siesta cuando de pronto su mirada se posó en la belleza de una dama que pasaba junto a él. Era Marjanneke, la Marjanneke. Marjanneke era, sin lugar a duda, la chica más hermosa que jamás había visto. En eso todos los hombres coincidían. Pero ninguno de ellos se atrevía nunca a hablarle. Su belleza hacía que todo el mundo se quedara bloqueado al instante. Cada vez que Berend la veía, de su vientre escapaban mariposas. Y ahora, de pronto, pasaba caminando tranquilamente frente a él. Vagaba por la hierba descalza. Su vestido era corto y dejaba poco a la imaginación. Del vientre de Berend escaparon varias mariposas más. Descendieron y se posaron sobre el vestido de Marjanneke, que estaba estampado con flores coloridas.

Marjanneke observó las mariposas y se volvió hacia Berend. Le tiró un beso en la mano y tomó con cuidado una de las mariposas sobre su palma. La mariposa voló y ella caminó tras ella. En ese momento, de manera espontánea, se elevó todo un caleidoscopio de mariposas.

—Guau, las mariposas salen disparadas de tu vientre. Estás bien enamorado —oyó decir de pronto Berend.

Levantó la vista y vio frente a él a una anciana que sostenía un libro con adornos de plata. Se la veía pálida, como si estuviera enferma.

—¿Se encuentra bien, señora?

—La verdad es que no me siento del todo bien, pero en unos días se me pasará. Aunque por lo que veo, a tu vientre tampoco le va demasiado bien.

Puso su mano sobre el vientre de Berend, y este dejó de burbujear. Las mariposas que quedaban se calmaron.

—Gracias, eso alivia —dijo él.

—De nada. Pero tendrás que hacer algo al respecto —respondió la mujer—. Cuando se acaben las mariposas, tu oportunidad habrá pasado.

—Lo sé, y me gustaría casarme con ella. Pero no tengo ni idea de cómo hacerlo.

—¿Y por qué no se lo preguntas simplemente al hombre de las almejas?

Berend arqueó una ceja.

—¿El hombre de las almejas? ¿Dónde puedo encontrarlo?

—En la avenida Drury hay tres sillas gigantes. Suele estar allí.

Berend quiso preguntar dónde estaba la avenida Drury, pero de pronto la mujer ya no estaba. Miró a su alrededor con atención, pero había desaparecido sin dejar rastro.

Sí notó, sin embargo, que justo frente a él había un poste indicador. Tenía la forma de una seta blanca. En él se leía “Avenida Drury”, acompañado de una flecha hacia la derecha. Le pareció curioso que nunca antes hubiera notado esos indicadores en el parque. Pero le venía como anillo al dedo. Así que se dirigió hacia la derecha.

Los indicadores de la avenida Drury brotaban del suelo como setas. Sin pensar demasiado de dónde habían salido, Berend siguió las flechas. Caminó un buen trecho; el camino era recto, el camino era curvo, pero ahora que sabía dónde estaba no había quien lo detuviera. Cuando Berend llegó a las sillas, tuvo que tragar saliva. En la primera silla, que efectivamente era gigantesca, alzó la vista hacia un gigante que no tenía un aspecto muy amable.

—Buenas tardes, señor —dijo con voz temblorosa—. Me llamo Berend.

El gigante miró hacia abajo y estornudó. La ráfaga de aire hizo que Berend saliera despedido hacia atrás y cayera en la arena.

—Discúlpame, joven. Soy alérgico a las mariposas y hoy revolotean por todas partes. Yo soy tu sueño. Encantado.

—¿Sabe usted dónde puedo encontrar al hombre de las almejas? —preguntó Berend con cautela.

—Por desgracia solo puedo mostrarte tus sueños. Pero si quieres, puedes echar un vistazo por ahí y ver si lo encuentras.

—Si me ayuda con eso, se lo agradecería —respondió Berend.

El gigante tomó a Berend en su mano y abrió su gigantesca boca. De ella salía un olor nauseabundo a ajo.

—Me temo que he acabado en una pesadilla —chilló Berend.

—No tengas miedo, despertarás a salvo —dijo el gigante mientras lo acercaba más a su boca.

Sonrió mostrando los dientes y Berend notó que muchos estaban podridos. Y que aquella boca era tan grande que podía ser devorado de un solo bocado sin problema. Eso era claramente lo que el gigante tenía en mente, y Berend comenzó a gritar. Al gigante le importó poco y, con un rápido mordisco, Berend acabó en su boca. Mientras yacía sobre la lengua intentó saltar de nuevo hacia fuera, pero el gigante clausuró los labios y tragó. Berend aún tuvo tiempo de aferrarse con los brazos a la campanilla. Pero estaba resbaladiza, así que no pudo aguantar mucho. Se deslizó por el esófago y cerró los ojos.

Cuando los volvió a abrir, estaba en un parque. Se parecía al parque al que iba siempre, pero todo se veía un poco distinto. No había urracas, sino grandes grupos de loros parlantes en los árboles, que ya se habían comido su comida. También había monos que se balanceaban de rama en rama. Los osos estaban de picnic, untando bocadillos. Y en el estanque, dos vacas remaban en una barquita.

Berend observaba la escena. Sabía perfectamente dónde estaba. Pasó la mano por la arena y entre sus dedos quedaron numerosos terrones de oro. Aquel sueño le resultaba demasiado familiar. Normalmente yacía allí, igual que en la vida real, tumbado sobre la hierba, viendo pasar todo tipo de cosas. A veces estaba tocando el tambor. Ahora que había entrado en su sueño sin estar soñando, tenía la oportunidad de explorarlo mejor y quizá así acabaría encontrándose con el hombre de las almejas.

Mientras paseaba por el carril de las bicicletas, se le acercaron dos elefantitos de circo de colores. Avanzaban alegremente en patineta. Berend siempre soñaba con animales extraños que hacían las locuras más disparatadas, así que no se sorprendió.

—¡Oigan! ¿Conocen al hombre de las almejas? —preguntó.

El elefantito rosa miró al azul.

—¿El hombre de las almejas?

El elefantito azul pensó muy profundamente.

—Sí, conozco al hombre de las almejas —respondió.

—Yo también —recordó de pronto el elefantito rosa—. Juntos conocemos al hombre de las almejas.

—Genial —dijo Berend—. ¿Saben casualmente dónde vive?

—Eso sí que no lo sé —dijo el elefantito rosa—. La verdad es que no tengo ni idea.

—Yo tampoco —dijo el azul, negando con la cabeza.

Los elefantitos se despidieron con la mano y se fueron patinando.

Ahora se le acercó una jirafa con manchas de dálmata que caminaba sobre zancos de madera. Qué sueños tan locos tengo siempre, pensó Berend. Detuvo a la jirafa, que empezó a tambalearse sobre los zancos y casi se cayó. Irritada, miró a Berend.

—Oye, ¿no puedes tener un poco de cuidado?

—Lo siento, no era mi intención. Estaba soñando despierto. ¿Podrías ayudarme? Estoy buscando al hombre de las almejas.

—Nunca he oído hablar del hombre de las almejas —dijo la jirafa, aún alterada.

—Lo compensaré —decidió Berend—. Te traeré un muffin delicioso. A menudo sueño con un hombre que los vende un poco más adelante, en un puesto.

Cuando Berend volvió con el muffin, la jirafa ya había desaparecido. Dudó de si realmente había estado allí. Decidió comerse el muffin él mismo. Siempre había tenido curiosidad por saber a qué sabían en realidad los muffins de sus sueños, y este valía realmente la pena.

Cuando iba a dar un segundo bocado, un mono le arrebató el muffin de las manos y salió huyendo. Desde lo alto del árbol disfrutó ruidosamente de su dulce tentempié. Chasqueaba y silbaba como un pájaro. En ese árbol también había un grupo de loros parlantes.

—¿Conocen ustedes al hombre de las almejas? —preguntó Berend.

Empezaron a chillar y a parlotear en voz alta.

—El hombre de las almejas, el hombre de las almejas. ¿Conocemos al hombre de las almejas, al hombre de las almejas, al hombre de las almejas?

Los loros de los otros árboles se unieron. Cada vez se volvían más ruidosos y sus sonidos dominaban todo el parque. Los elefantitos, que habían estado dando vueltas en patineta todo el tiempo, se asustaron y salieron corriendo. Derribaron a la jirafa al galope. Los monos también se volvieron locos.

Eso no era una buena señal. Siempre que los sueños de Berend se salían de control, estaba a punto de despertarse. Pero aún no había tenido ocasión de buscar adecuadamente al hombre de las almejas.

Y entonces, entre todo el alboroto, ella apareció de pronto. Marjanneke paseaba por su sueño. Era ella de verdad. Su belleza era aún más ardiente que de costumbre. Con timidez, saludó a Berend con la mano. Luego entrecerró un poco los ojos, haciendo que sus largas pestañas oscuras destacaran aún más. Quiso llamarla, pero de pronto su voz dejó de funcionar. Quiso seguirla, pero sus pies tampoco respondían. No quería dejarla ir, pero permanecía allí, como anclado. Solo cuando ella desapareció por completo de su vista, Berend se atrevió a moverse y se apresuró a ir tras ella. Pero no estaba por ninguna parte. Aun así, Berend no se rindió y siguió buscándola hasta volver a verla.

Reunió todo su valor para hablarle y se aclaró la garganta. De su vientre escaparon de nuevo algunas mariposas. Cuando los primeros sonidos estaban a punto de rodar por su lengua, Berend salió disparado hacia el espacio. Dio varias volteretas y, con un profundo suspiro, sus piernas volaron por el aire.

Con un fuerte golpe, aterrizó en la arena.

—Disculpa —dijo su sueño, que acababa de escupir de nuevo a Berend—. Me habría gustado permitirte que miraras un poco más, pero mi alergia se activó. Estornudo solo con pensar en mariposas. Espero que hayas encontrado lo que buscabas.

—Fue una experiencia especial, pero de poco me ha servido. No he conocido al hombre de las almejas. Y casi tuve contacto con la chica de mis sueños.

Berend volvió a observar atentamente las tres sillas gigantes. En la primera y en la última se sentaba un gigante. Y en la del medio había un hombrecito. Decidió hablarle.

—¿Conoces al hombre de las almejas?

—Sí, conozco al hombre de las almejas. Es más, yo soy el hombre de las almejas.

—Entonces eres a quien busco. Me gustaría casarme con Marjanneke. Y me han dicho que tú podías ayudarme.

—¿Sabes quién soy?

—El hombre de las almejas —dijo Berend.

—El hombre de las almejas, en efecto. Así me llaman. Soy el padre de Marjanneke.

Berend se sobresaltó y cayó de rodillas.

—Oiga, anciano, ¿me permite casarme con su hija?

El hombre de las almejas frunció el ceño y se pasó la mano por el cabello.

—Dime, joven, ¿cuál es tu riqueza?

Berend mostró su tambor y sus baquetas. El hombre de las almejas dejó caer la cabeza entre las manos y suspiró profundamente. No era la primera vez que alguien le pedía la mano de su querida hija.

—¡Espera, vengo de una buena familia! Mi padre es gran duque de…

El hombre de las almejas no le dejó terminar.

—Aunque fuera el emperador de todo el reino y me trajeras oro a manos llenas, no me preocuparía lo más mínimo.

Berend se desplomó.

—¿Eso significa que me rechaza?

—¿Quién soy yo para rechazar a un futuro yerno? La única que decide es mi hija Marjanneke. La elección es suya y de nadie más. Si ella se conforma con un inútil como tú, es cosa suya. Pero siempre es la misma historia. Es muy solicitada. Todos los jóvenes acuden a mí, pero nadie tiene el valor de acercarse a ella directamente. No muerde, ¿sabes?

—¿Así que simplemente debo acercarme a ella chica con dulzura y pregúntale si quiere salir y todo estará bien?

El hombre de las almejas se encogió de hombros.

—Así de simple funciona. Claro que luego ella tiene que decir que sí. Y las mujeres, en ese aspecto, no son previsibles. Pero siempre vienen aquí los mismos tipos. Hasta ahora, ninguno ha llegado tan lejos.

Berend decidió también presentarse al gigante de la tercera silla. Este tenía un aspecto menos hosco que su sueño.

—¿Puedo preguntar quién eres?

—Soy tu realidad.

—Entonces, si me tragas, ¿vuelvo al parque? No al parque de mis sueños, sino al parque donde toco el tambor todos los días. ¿Así no tengo que volver caminando todo ese trecho con este calor?

—Podría decirse así. Si te atreves, claro.

Como ya lo había vivido una vez, Berend no tenía miedo. Era comparable a un tobogán largo y era la ruta más rápida.

—Una pregunta más: ¿no tienes alergias? ¿A las mariposas o algo así? ¿O un estómago sensible que te haga vomitar?

—Por suerte, no. Suelen ser los tipos soñadores los que andan siempre delicados.

—Entonces, ¿me ayudarías?

—Ningún problema —dijo la realidad.

Levantó a Berend y lo engulló de un mordisco desde su mano. Berend apenas logró esquivar sus incisivos. Estaban más limpios, pero eran mucho más peligrosos que los dientes de su sueño. Sus colmillos también eran largos y afilados como cuchillas. De pronto, su realidad empezó a triturar con las muelas, como si quisiera pulverizar a Berend entre ellas. Rápidamente, Berend se lanzó garganta abajo. Esta vez la caída pareció durar más tiempo. Empezó a faltarle el aire y dudó de si había sido una buena decisión. Quizá así, el hombre de las almejas se libraba de todos los candidatos que no le gustaban. También podría haber regresado caminando.

Cuando empezó a perder la esperanza y cerró los ojos con miedo, se detuvo. Los abrió y volvió a estar en el parque. Vio algunas urracas, una ardilla y en el estanque los patos y los cisnes, pero no había rastro alguno de elefantes de colores.

Desde la distancia, Marjanneke regresaba caminando por la hierba donde él yacía. Parpadeó y se pellizcó para asegurarse, pero ella no era un sueño. Estaba descalza; se acercó y hasta dio una vuelta a su alrededor. Se dio cuenta de que era ahora o nunca.

Pero parecía que su belleza volvía a paralizar su voz. Abrió la boca y no salió sonido alguno. Solo unas mariposas revolotearon fuera de su garganta. Eran más pequeñas que las anteriores y eran las últimas mariposas que le quedaban.

La anciana con la que se había encontrado antes estaba sentada un poco más lejos, en un banco, observando si tenía éxito. Se llevó la mano con gesto nervioso a los ojos y decidió seguir leyendo su libro. Marjanneke se alejó de Berend. Muy lentamente, y hasta se dio la vuelta varias veces a propósito. Berend quería, pero no podía. La última mariposa se fue. Decepcionada, Marjanneke desapareció en la distancia. Se sentó sobre una piedra. Todo el día sola.

Berend vio siete ranitas.

No croaron.

Laura Weterings, una entusiasta de los caballos y viajera de ensueño, nació en Kaatsheuvel. Durante sus sueños lúcidos, vive aventuras maravillosas, que luego plasma en dibujos, pinturas, relatos y poemas. Vive y trabaja en una ganadería, rodeada de naturaleza, en el pueblo fronterizo belga de Poppel. Su obra se encuentra en diversas colecciones y en sus propios libros: Het Rossenreyders Gymnasium (La Escuela Infantil de la Rosa) y Beestige Dromen (Sueños Bestiales).

 

NUEVAS EXPERIENCIAS PARA ACOMPAÑANTES DE ÓPERA Y FANÁTICOS GRASIENTOS

Jaap Boekestein

 

Cuando Sergio tenía mil trescientos uno

—¿Y bien? ¿Qué te pareció? —preguntó Sergio mientras salía del Imperial Opera de Grand Fanare con Yulene del brazo.

Para la ocasión, Sergio vestía un atuendo clásico de noche: una capa adornada con conchas blancas y negras, elegantes botas rojas de cuero de ternera y un mono de seda negra sin mangas, ceñido por un cinturón de plumas ondulantes trenzadas. Las tres pequeñas plumas blancas rizadas de su sombrero azul profundo eran un detalle frívolo que lo distinguía de los incontables asistentes a la ópera vestidos de forma similar.

Como acompañante de ópera de Sergio, Yulene tenía el deber no escrito de brillar junto a su compañero, vestido con sobriedad. Para la ocasión, la capitana de la nave —socia comercial y amante de Sergio— había optado por un peinado saltarín, con el cabello rubio entretejido con intensas plumas negras. Su piel lucía esa noche un tono claro, casi blanco, que combinaba a la perfección con su vestido de malla de plata oxidada, cuya cola flotaba a la altura de una uña por encima del suelo. Guantes translúcidos y puntiagudos que llegaban por debajo del codo y unos zapatos extrañamente curvados, con tacones largos como cuchillas, casi completaban su atuendo. Unas gafas con lentes pequeñas, rojo sobre rojo, y gruesas monturas doradas remataban el conjunto.

—¡Fantástico! —exclamó Yulene con entusiasmo—. ¡Los trajes! ¡La escenografía! —gesticuló con energía—. ¡Guau! Siempre pensé que la ópera era cosa de buscadores de estatus aburridos y pretenciosos.

Sergio sonrió con satisfacción. El caballero de las rosas bajo la luna llena era una ópera accesible, pensada principalmente para un público principiante. Que a Yulene le hubiera gustado era un alivio. Por supuesto, sus gustos no coincidían por completo, pero era agradable poder compartir con ella su amor por la ópera.

—Me alegra que pienses que la ópera no es solo para buscadores de estatus aburridos y pretenciosos.

Yulene le dio un codazo.

—No, también es para buscadores de estatus divertidos y pretenciosos.

Sergio sonrió ampliamente y alzó los brazos.

—¡Culpable!

 

—¡Arráncale la cabeza! —rugió Yulene con todas sus fuerzas.

Saltó y agitó su matraca eléctrica.

—¡Vamos, Krakenbeast! ¡Acábalo!

En la arena, protegida por sólidos campos de fuerza, Krakenbeast, maltrecho y manchado de óxido, descargó su enorme maza sobre la unidad central desprotegida de Tender Crusher. Desesperadamente, los célebres puños trituradoras del androide luchador aún forcejeaban con los restos de la red envolvente que le había lanzado Krakenbeast.

El público rugía. Las emociones estaban a flor de piel durante las semifinales de los combates de androides de Hellesion IV. Unos dos millones de espectadores se encontraban físicamente presentes en el Estadio Globus.

El estruendo se oyó incluso en las gradas más altas, y la unidad central de Tender Crusher se abrió en una lluvia de chispas. El luchador androide quedó segmentado, se estremeció unas cuantas veces más y luego quedó inerte.

El mar de vítores fue ensordecedor. El querido Krakenbeast había pasado a la final.

—¡Ganamos! —Yulene rodeó a Sergio con los brazos y lo abrazó como un pequeño terremoto—. ¿No es increíble? ¡Woohoo!

La espesa grasa con la que se había embadurnado el rostro, como auténtica fan, se le transfirió a Sergio, manchándole la cuidada barba puntiaguda.

Sergio rio, con profundidad y alegría. Ver una pelea de androides en un estadio con dos millones de fanáticos grasientos estaba muy lejos de su rutina habitual, pero precisamente ese era el gran beneficio de dejar entrar gente nueva en tu vida: adquieres nuevas experiencias y descubres montones de nuevas formas de entretenimiento. Y también descubrirás facetas desconocidas de la persona a la que amas.

Yulene soltó una risita.

—¿También tienes tentáculos ahí, Sergio? Oh, eso sin duda va a ser interesante.

—Creo que sí —respondió Sergio desde la cama flotante de satén rojo de la Suite Perla del Club de Delicias Maravillosas.

Habían reservado el lujoso paquete de nueve estrellas, que incluía uso ilimitado de los salones corporales del club. Para sorprenderse y desafiarse mutuamente, Sergio y Yulene habían elegido de forma independiente nuevas aumentaciones corporales con las que realizar travesuras eróticas.

Con la cola balanceándose y el pelaje chisporroteando y siseando, ella se deslizó hacia la cama.

Nuevas experiencias, pensó Sergio con una sonrisa. Se retorció invitadoramente.

Jaap Boekestein (1968) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía, terror, suspense y todo lo que le apasiona. Su primera publicación fue en 1989 y ha escrito más de 500 relatos y alrededor de una docena de novelas cortas. Ha sido editor de varias revistas como Holland SF, Waensinne y Wonderwaan. Escribe principalmente en neerlandés, pero algunos de sus trabajos en inglés se pueden encontrar en Amazon.com. Su gran proyecto es una serie de relatos y viñetas ambientadas en un futuro lejano sobre el estafador y misterioro Sergio Wilhem Wang-von Luhfthoven.

domingo, 1 de febrero de 2026

EL DILEMA DE JOSH

Meghashri Dalvi

 

Emanuel Josh tenía un don. Podía negociar durante horas, días y semanas sin que un solo mechón de su cabello oscuro se saliera de su sitio.

Sus profundos ojos azules no mostraban emoción alguna, y su mandíbula ancha no se tensaba ni un ápice. Aquellos hombros robustos nunca se encorvaban, el labio inferior jamás temblaba. Las manos siempre permanecían firmes, y las gafas sin montura se mantenían perfectamente equilibradas sobre su nariz afilada.

La otra parte solía quedar intimidada solo por su presencia. Luego llegaba el bajo profundo de su voz precisa, con la que se discutían las ofertas y se sopesaban las consecuencias. Las amenazas se insinuaban con una elegancia exquisita, y las recompensas se ofrecían con una delicadeza casi invisible.

Emanuel Josh nunca perdía. Era el negociador maestro. La elección perfecta para asuntos delicados. Crisis petroleras, secuestros, desastres medioambientales inminentes: el gobierno siempre lo reclamaba para sacar lo máximo y lo mejor de situaciones espinosas.

Por eso recurrieron a él en cuanto pusieron bajo custodia a los dos alienígenas.

Los extraterrestres habían recorrido una enorme distancia interestelar y, evidentemente, contaban con una tecnología sofisticada para lograrlo. Su nave apenas tenía el tamaño suficiente para transportar a los dos. Estaba construida con un material casi mágico, que parecía fino y ligero, pero que al mismo tiempo soportaba sin problemas la dureza del viaje espacial. El potente sistema de propulsión, duradero y eficiente, era sin duda fruto de una tecnología extraordinaria.

Por suerte, otra tecnología igual de asombrosa resolvía el problema del idioma, de modo que las negociaciones pudieron comenzar.

Emanuel Josh presentó su propuesta al primer alienígena.

—Entréguenos los detalles de su expedición y de su tecnología.

—¿Cómo dice? —la voz del alienígena era áspera, pero las palabras se entendían con claridad.

—Comparta su tecnología con nosotros.

—¿Y por qué iba a hacerlo?

No solo había aprendido el idioma humano con rapidez, sino que además había adoptado una actitud desafiante.

—Bien, tiene dos opciones. Guardar silencio y enfrentarse a la muerte. O revelar su conocimiento y quedar en libertad.

—Eso es absurdo. No elijo ninguna. Quiero volver a casa… con información exhaustiva sobre ustedes.

El alienígena estaba sonriendo. O lo equivalente a sonreír, según lo permitiera su anatomía.

Emanuel Josh no sonrió. Se había entrenado para no hacerlo. Una sonrisa admite demasiadas interpretaciones, demasiados matices. No tenía lugar en una negociación.

Ignoró la extraña sonrisa del alienígena.

—También puede regresar a casa. Siempre que coopere y nos lo cuente todo.

—No lo entiendo. ¿Por qué debería elegir alguna de sus opciones? Son opciones muy extrañas. ¿Cómo funciona esto realmente? ¿Qué pasa si no elijo ninguna?

—Mire: si usted y su compañero guardan silencio, ambos permanecerán en nuestra prisión durante un año. Si usted comparte toda la información y el otro guarda silencio, él muere y usted se va a casa, libre e inmediatamente. Por el contrario, si él coopera y usted no, usted muere y él queda en libertad.

—¿Y qué ocurre si ambos compartimos todo lo que sabemos? Nuestra tecnología superior y nuestra computación de punta, súper inteligente.

—Entonces los dejaremos libres, encantados.

—Ajá. Así que si yo guardo silencio y mi colega coopera, muero.

—Exacto.

—Entonces mi beneficio está en cooperar. Si mi colega guarda silencio, yo vuelvo a casa. Si él también coopera, igualmente vuelvo a casa.

—Correcto.

—Pero ¿por qué debería arriesgar la vida de mi compañero? Al fin y al cabo, es mi amigo más cercano.

—Sí. Pero puede que él esté dispuesto a apostar por su vida.

El alienígena reflexionó un momento y luego declaró:

—No quiero cooperar.

—¿Está seguro? ¿Y si él coopera? En ese caso, usted morirá.

—Es cierto. Pero asumiré ese riesgo.

Emanuel Josh no podía creerlo. El alienígena había elegido la opción equivocada. ¿Cómo era posible? Cuando él negociaba, siempre elegían la opción correcta. Siempre cooperaban. Era la única opción infalible. Nadie había elegido jamás otra alternativa.

¿O acaso el alienígena se había comunicado con el otro antes de decidir? ¿Cerebro a cerebro? ¿Podían hacerlo? ¿Cómo, con tanto ruido de por medio? ¿O disponían de canales individuales?

Josh ordenó instalar detectores de radiación electromagnética alrededor de los alienígenas y vigiló de cerca cualquier posible emisión de ondas.

No detectó nada.

Con renovada confianza, se acercó al segundo alienígena. Pero su mundo se vino abajo cuando este también eligió guardar silencio.

¿Cómo podía perder Josh? ¿Cómo? Si los alienígenas no se comunicaban entre sí, ¿cómo habían tomado esa decisión? ¿Cómo?

El gobierno no estaba nada satisfecho. Emanuel Josh había fracasado por primera vez. Y esa primera vez había llegado en el peor momento posible. ¿Cómo podían los humanos dejar marchar a los alienígenas sin que entregaran su tecnología? Incluso aunque permanecieran un año encarcelados, no hablarían.

—Podemos hacer lo que queramos —suplicó Josh—. Al fin y al cabo, les dimos una oportunidad justa y no la aprovecharon.

—No sirve de nada. Ahora debemos cumplir nuestra palabra —respondieron con firmeza el presidente y los representantes del pueblo.

Tras un año de silencio en prisión, cuando los alienígenas se despidieron de los terrícolas agitando las manos y sonriendo, pidieron expresamente ver a Josh.

Emanuel Josh había sido un hombre desolado durante todo aquel año. Había pasado noches en vela buscando la causa del desastre. Si no se comunicaron, ¿cómo tomaron esa decisión ambos? Horas incontables frente a los detectores y montones de gráficos analíticos dibujados a mano no le habían servido de nada.

A regañadientes, se presentó ante los alienígenas.

El primero lo saludó con aquella sonrisa extraña.

—Hola. Jugó al dilema del prisionero manteniéndonos separados, ¿verdad? Estrategia pura, equilibrio de Nash y todo eso. ¿No es así?

Josh permaneció inmóvil.

—Pero observe: del mismo modo que la geometría euclidiana no funciona en todas partes del universo, la teoría de juegos tampoco. ¿Cómo iba a hacerlo? Está basada en el comportamiento humano… y nosotros no somos humanos.

El otro alienígena estalló en carcajadas.

—De hecho, nuestros cerebros sí se comunican entre sí. Directamente. Nunca hablamos. La caja de voz solo se activó para usted.

Josh no podía creerlo. Por primera vez, sus ojos lo traicionaron.

—Entonces, ¿cómo es que los detectores electromagnéticos no captaron nuestras ondas cerebrales?

El alienígena dio en el clavo.

—Verá, ustedes los humanos solo pueden ver tres dimensiones. Pueden imaginar algunas más. Pero en realidad existen muchas más. Muchísimas más. Y transmitimos nuestras ondas cerebrales a través de esas dimensiones superiores.

Ambos alienígenas rieron en la cara de Josh.

—No voy a detenerme en explicar los detalles ni la tecnología de esta comunicación. Se lo dejo a usted. Pero recuerde esto la próxima vez que intente negociar con otros alienígenas.


La doctora Meghashri Dalvi nació en Mumbai, Maharashtra, India. Es asesora en comunicación estratégica y de marketing cuando no escribe ciencia ficción ni imparte clases de gestión. Ha publicado más de 150 relatos de ciencia ficción en maratí y más de 40 en inglés. Sus relatos en inglés han aparecido en numerosas publicaciones y revistas web. Sus relatos forman parte de las antologías Written Tales y The Writer's Notebook. También se han publicado dos recopilaciones de sus relatos.

 

EL ESPEJO DEL SEÑOR K.

Tatjana Milivojčević

Cuando se sufre una fobia rara y se trabaja con gente, es casi imposible ocultarlo. Yo logro disimularla, probablemente porque soy bibliotecario. Absortos en los libros, los lectores no prestan atención a los demás y no ven nada salvo letras juguetonas.

El lugar donde trabajo, por suerte, está iluminado por ventanas altas, de modo que no puedo ver mi reflejo en ellas. La eisoptrofobia –la aversión a los espejos– es algo que quedó grabado indeleblemente en mí una noche, hace mucho tiempo. El sudor, los temblores y los latidos del corazón, que parecen querer saltar del pecho cada vez que miro un espejo, me devuelven a aquella fatídica noche de Año Nuevo en la que me encontré en el departamento de un hombre extraño: el señor K.

Su nombre verdadero no puedo decírtelo, porque en realidad no lo sé. El nombre por el que lo conocía, y que yo creía que era el suyo, no soy capaz de pronunciarlo. Con solo mencionarlo me invade un miedo tan intenso, que me paraliza la respiración hasta casi quedarme sin aire. Para explicar el origen de mi fobia debo volver atrás y contarte en detalle todo acerca de ese señor y de su destino lleno de maldad, en el que me vi envuelto sin querer.

En su momento, cuando yo estudiaba, vivía con mi madre en un departamento. El piso de arriba estaba vacío y los dueños lo alquilaban. A comienzos de otoño se lo rentaron a un señor de mediana edad al que yo encontraba casi todas las mañanas en la escalera. Alto, extremadamente flaco, con mejillas hundidas, pelo revuelto y barba desprolija. La mirada ausente, y el negro apagado de sus ojos contribuía mucho a darle a su rostro un aspecto fantasmal. Se vestía con ropa uniforme de tonos grisáceos y negros, y siempre llevaba un largo abrigo de cuero.

Se presentaba como el señor K., profesor de historia, sin trabajo por el momento. Hablaba en voz baja y las frases cortas que decía no pasaban del límite de la cortesía. Nuestras conversaciones nunca duraban mucho, porque el señor K. siempre estaba apurado.

A mediados de mayo heredé de mi abuelo paterno –ya fallecido– una casa en las afueras de la ciudad, y me mudé. Con la casa heredé también una suma considerable de dinero, que me permitió vivir solo. Visito a mi madre cada vez menos.

Como estaba preparando el examen final de la carrera de Filosofía, pasaba la mayor parte del tiempo en casa o en la biblioteca, donde estudiaba por costumbre. Me gustan la calma, el silencio y el olor de los libros.

Durante una de mis visitas, mi madre empezó a hablarme del vecino:

—Sabés, hijo… hay algo muy raro con ese hombre horrible.

—¿Horrible? ¿No decías antes que era muy amable y servicial? —pregunté, sorprendido.

—Sí, hijo. Cuando te mudaste siguió siendo atento y comprensivo con nosotras, las mujeres que vivimos solas. Cuando nos cruzaba, nos traía bolsos llenos del mercado y sacaba las bolsas de basura que dejábamos frente a la puerta. Pero, aparte de un saludo amable, no decía nada más. Raro para un profesor. Sin embargo, con el tiempo, esa amabilidad se le fue. Y su aspecto cambió de forma evidente. Está descuidado, desprolijo. Deja un olor áspero, como una mezcla de tierra húmeda y hojas podridas.

Vi miedo en los ojos de mi madre.

—Mamá… ¿quieres decir que ese bicho raro se volvió todavía más torcido? —pregunté, incrédulo.

—Escúchame, hijo. Te lo voy a contar todo y después juzgarás por ti mismo. Pasa mucho tiempo encerrado. De día, ahí adentro todo está quieto y silencioso, pero por las noches salen sonidos inexplicables, y después… se oyen sollozos. Durante la noche la temperatura del edificio, y también la del departamento, baja muchísimo. Al principio me alegré, porque sabes bien que en verano me cuesta dormir de noche. Pero el frío empezó a meterse en mis huesos y ya no me resulta agradable. Y después aparecieron cuervos y grajos. Esas aves de mal agüero, antes de cada amanecer, se posan en el techo y graznan durante horas.

Le tembló la barbilla, como si fuera a llorar.

—Mamá, ¿qué aves de mal agüero? ¿Crees en esas historias de viejas? —me reí.

—Hijo, no son solo los pájaros… también los perros. Primero ladran, después aúllan alrededor del edificio y, de pronto, en algún momento, se van gimoteando con la cola entre las patas. Pasa demasiadas cosas raras como para que sea casualidad. Ese hombre nos trajo algo malo, lo siento…

No pudo contener las lágrimas, que le dejaron surcos en la cara arrugada.

—Tranquila, mamá, por favor. Hablemos de él otro día. No debes tenerle miedo, créeme —intenté sonar razonable para calmarla.

—Yo te creo, hijo. Pero debes entender que me siento indefensa cuando me lo cruzo. Sus ojos son tan espantosos… como si dentro hubiera un pozo profundo que me succiona cuando lo miro. Nunca creí en lo sobrenatural, pero el cuerpo me empieza a temblar sin explicación cada vez que me alcanza su mirada. Me enredo, me quedo tiesa, sin palabras. Eso, hijo. Tenía que decírtelo. Eres el único que me entiende. Si se lo contara a otro, dirían que me volví loca —dijo, con voz llorosa, secándose las lágrimas.

—Te entiendo, mamá, pero por favor dejá de tener miedo. Es solo un inofensivo excéntrico —la tranquilicé.

—Como digas, hijo —bajó la vista, retorciéndose los dedos—. Pero hay algo más que olvidé mencionar.

—¿Qué, mamá? —pregunté a desgano. Toda esa historia del señor K. empezaba a sacarme de quicio, sobre todo porque ella estaba alterada y podía descomponerse.

—Una noche, Simeón, el vecino que vive frente al señor K., se despertó por los perros. Salió decidido a bajar hasta la entrada para espantarlos, pero se detuvo en el pasillo cuando oyó unos gritos ahogados que venían del departamento del señor K. Preocupado por si le pasaba algo, golpeó su puerta. Por unos instantes se hizo silencio y, enseguida, justo del otro lado, se oyó un gruñido fuerte que, según Simeón, no pertenece a ningún ser humano. Como Simeón sabe que el señor K. no tiene animales en el departamento, dudó qué hacer. No podía dejarlo abandonado si estaba en peligro, pero al mismo tiempo lo invadió una incomodidad y un miedo que le impidieron entrar. Entonces decidió llamarlo. Y oyó, entre gruñidos: “¡Vete!”. Simeón corrió a su casa, cerró con llave y encendió todas las luces. Pasó la noche en vela —susurró mi madre, como si temiera que alguien pudiera oírla.

—Mamá… ¿no me digas que le crees a Simeón? Sabés que le gusta empinar el codo, sobre todo ahora, antes de las fiestas —dije, ya enojado.

—No digas eso, hijo. Simeón es un hombre muy respetable y yo le creo —lo defendió.

—Está bien. Te prometo que voy a intentar averiguar algo más sobre ese señor K. Y hasta entonces, por favor, dejá de pensar en él —la abracé y la calmé.

Volví a mi casa y me sorprendí de que mi madre, de repente, se hubiera vuelto supersticiosa. Ella me había criado como gente de mente abierta y jamás le había oído decir cosas así. Pero sabía que estaba más sensible desde que me mudé, así que pensé que toda esa historia no era más que producto de su imaginación. Aunque debo admitir algo: yo tampoco creía que el señor K. fuera profesor. Por cortos que fueran nuestros encuentros, algo me decía que no era alguien que pudiera trabajar en educación. Yo mismo tuve profesores extraños, sí, pero en él había algo que no encajaba con lo que decía ser.

Por las dudas, los días siguientes traté de averiguar algo sobre el señor K. Sin embargo, por más contactos que moví, no conseguí saber nada.

Y entonces volví a cruzármelo.

Lo encontré en la sala de lectura de la biblioteca. Estaba pálido, consumido, desprolijo. Leía un libro. Sobre la mesa tenía varios más. Miré de reojo las tapas y reconocí una: Sobre geomancia, de Heinrich Cornelius Agrippa. De pronto, como si sintiera mi presencia, el señor K. me miró. Asentí a modo de saludo y pasé rápido junto a él. Me senté en la última fila y empecé a estudiar.

Absorbido en la lectura, no noté cuándo se acercó. Su voz me sobresaltó.

—Disculpe que lo interrumpa. Oí que estudia Filosofía y espero que pueda ayudarme —susurró.

—Dígame en qué puedo ayudarlo —respondí con cortesía, aunque a desgano. No me gusta que me interrumpan cuando estudio.

—Espero que usted pueda conseguirme la Filosofía oculta de Agrippa, la edición de 1551 —dijo, entrecortado, mirando por encima de mi cabeza.

—¿Se refiere al original? —pregunté, sin poder creerlo.

—Sí —y me miró directo a los ojos.

—Está mal informado. Ese libro no se vende libremente. A lo sumo puedo encontrarle una traducción en internet —le dije la verdad, aunque tuve la sensación de que no lo convencería.

—¡Pero yo no quiero una traducción! ¡Necesito el original en latín! —alzó la voz. En sus ojos vi ese pozo profundo del que hablaba mi madre.

—Busque en las tiendas de anticuarios. Es todo lo que puedo decirle…

—Pero usted seguro leyó Filosofía oculta en la carrera —insistió. Se pasaba los dedos con nerviosismo por el pelo, y de él me llegó ese olor áspero a tierra húmeda y hojas podridas.

—Es verdad que estudié a Agrippa. Para ser preciso, solo fragmentos traducidos de Filosofía oculta, pero nunca tuve ocasión ni de hojear una edición en latín. También leí Sobre geomancia, por pura curiosidad. No soy partidario de su filosofía ni me interesa la adivinación. Me interioricé en sus ideas porque fue un pionero en su tiempo y, sobre todo, porque le sirvió a Goethe como inspiración para el personaje de Fausto…

—¡Bien! —me cortó, nervioso—. Pero si se entera de dónde puedo conseguir Filosofía oculta, ¿me avisará? Es muy importante para mí conseguir ese manuscrito en latín.

Sus ojos negros se clavaron en los míos. Una intensa oscuridad brotó del pozo abierto dentro de sus órbitas.

—Sí, claro. No se preocupe —alcancé a decir, con un miedo repentino que me dejó sin fuerzas.

Tras mi promesa, el señor K. volvió en silencio a su lugar y retomó el libro. ¡Qué loco! Me llevó media hora reponerme del shock, y después volví a estudiar. Cuando terminé, miré hacia donde había estado sentado, pero la silla estaba vacía. Sin que yo lo notara, se había ido.

Me recibí unas semanas después. Decidí buscar trabajo. Mientras revisaba avisos en internet, a menudo volvía en mis pensamientos a aquel encuentro con el señor K. Por pura curiosidad, empecé a buscar la edición latina de Filosofía oculta. Como esperaba, no encontré nada. Aunque, en un sitio, hallé una traducción al inglés de esa misma edición, de 1551.

Dudé entre contárselo o mantenerme al margen, pero al final pudo más mi curiosidad. Quería saber por qué necesitaba justo esa edición en latín. Así que decidí visitarlo pronto.

Llegué a lo de mi madre al atardecer. Quería acompañarla en su soledad la víspera de Año Nuevo. Con mi pareja habíamos planeado una cena tardía y brindar a medianoche. Mi madre y yo charlamos largo y distendido; ella sonreía a menudo. Su buen humor se debía también a mi diploma de filósofo, que le mostré.

Sin embargo, la atmósfera agradable se rompió con oleadas repentinas de frío, cada vez más frecuentes a medida que avanzaba la noche. Recordé lo que mi madre había dicho: que el frío en el departamento estaba de algún modo relacionado con el señor K., porque el edificio era conocido por tener buena calefacción en invierno. Me invadió una cierta incomodidad, pero al mismo tiempo nació un deseo todavía más fuerte de ir a verlo.

La noche ya había caído cuando me dirigí al departamento del señor K. Toqué el timbre varias veces, pero nadie respondió. Tomé la manija y noté que la puerta estaba sin llave. Entré en el recibidor oscuro, llamándolo por su nombre.

En la entrada me golpeó una ola de aire helado. A esa incomodidad se sumó el olor a cera quemada que venía del interior, y también una voz apenas audible, incomprensible. Busqué el interruptor y encendí la luz del recibidor. No había nadie. En el living a media luz encontré al señor K.

Completamente desnudo, como si el frío no le importara en absoluto, el señor K. se balanceaba de rodillas, con los brazos extendidos y la cabeza inclinada hasta el suelo. Susurraba de manera rítmica palabras que me eran totalmente desconocidas y que, por la repetición constante, adquirían un tono de oración.

Ordenadas en círculo alrededor de él ardían decenas de velas negras, esparciendo un olor pesado que me dio náuseas. Cuando miré el living con más amplitud, con espanto comprendí que toda la habitación se había convertido en un santuario repugnante dominado por la figura de una criatura cornuda y alada, dibujada en rojo sobre la pared. Y, mientras mi vista huía de ese ser abominable, vi que frente al señor K. había un espejo grande, redondo y negro.

El espejo estaba enmarcado con una madera antigua tallada y colocado sobre un trípode metálico, casi a ras del suelo. Lo sorprendente era que en ese espejo negro no veía ni mi reflejo ni el del señor K. Entonces noté que la superficie negra del espejo temblaba al mismo ritmo en que el señor K. repetía las palabras de su plegaria espantosa. Me quedé ahí, como hechizado, viendo cómo se formaban protuberancias que rápido se convertían en hendiduras y, aún más rápido, desaparecían sin dejar la menor marca en el vidrio. Parecía como si el espejo estuviera vivo y respondiera, pulsando, a la oración insistente que le dirigía el señor K.

En cuanto me recuperé un poco, reprimiendo la conmoción que me causó esta escena irreal, me dirigí a él.

—¡Señor K! ¡Señor K!

Pero no reaccionó. Ni mi llamado ni mi presencia lo sacaban de su trance. Mientras susurraba, su cuerpo desnudo se balanceaba de un modo cada vez más antinatural. Ya no quise seguir presenciando aquella devoción a lo otro, de la que por fin estaba seguro, y decidí abandonar la escena de este evento escandaloso y demencial lo antes posible.

No llegué ni a salir del living cuando a mis espaldas se oyó el estrépito del vidrio rompiéndose y el caer de los fragmentos. Me di vuelta hacia el sonido que me rasgó los oídos, pero en ese instante la habitación se llenó de una deslumbrante luz blanca que me encegueció; cerré los ojos por puro instinto.

No sé cuánto tiempo los mantuve cerrados. Cuando los abrí, estaba en plena oscuridad. Palpé desesperado el interruptor y lo presioné. La lámpara titiló varias veces y, cuando por fin encendió, ante mí apareció un cuadro caótico.

Las paredes del living estaban salpicadas de un líquido rojo oscuro; en el piso, manchas anchas de velas completamente derretidas y fragmentos del espejo negro hecho añicos. Di unos pasos hacia el centro del cuarto y vi que los pedazos de vidrio negro también estaban impregnados de una sustancia espesa cuyo color recordaba a la sangre. ¡No había rastro del señor K.!

Salí a buscarlo por las otras habitaciones. Pero el señor K. parecía haberse evaporado. Volví al living, negando con la cabeza, sin creer lo que estaba viviendo. Y entonces miré otra vez los fragmentos del espejo negro, y lo que vi en ellos dejó consecuencias permanentes en mi salud mental y me marcó de por vida.

En cada pedazo pequeño de vidrio negro vi a la criatura cornuda y alada dibujada en la pared, solo que en los fragmentos del espejo, a diferencia del dibujo, se movía y sonreía de forma siniestra. El horror me obligó a apartar la mirada, pero, para mi desgracia, se detuvo en el fragmento más grande. Allí vi la figura de un hombre con la cara cubierta por las manos. Mientras yo miraba, hipnotizado, bajó las manos y el rostro que apareció estaba vacío: sin ojos, sin nariz, sin boca. Por el pelo revuelto y la barba desprolija reconocí en esa aberración grotesca al señor K. Entonces señaló hacia mí.

—¡Te esperamos de este lado! — dijo con una voz que de ningún modo podía salir de una boca inexistente.

En ese mismo instante el living se llenó de un hedor insoportable a azufre. Me cubrí la nariz y la boca con el puño y salí corriendo del departamento del señor K. Temblando y tosiendo, irrumpí en el de mi madre. Ella llamó a la policía.

¿Se imaginan cuántas veces me interrogaron los inspectores sobre qué estaba haciendo esa noche en el departamento del señor K.? Les conté todo, excepto la visión en los fragmentos del espejo. Si no hubiera sido por el testimonio de mi madre y de otros vecinos, que confirmaron que yo solo lo conocía de vista, mis problemas no habrían tenido fin.

 

Quedó sin esclarecer qué fue exactamente lo que ocurrió con el señor K. Sin duda se determinó que en las paredes y en los pedazos del espejo negro había sangre humana, pero los inspectores no hallaron ninguna huella del señor K. ni documentos que confirmaran su identidad. Por eso no se puede establecer a quién pertenecía la sangre derramada esa noche.

La investigación posterior reveló que la persona que se presentaba como el señor K. no existía bajo ese nombre, así que ningún posible familiar pudo ser notificado de su desaparición. Siguiendo el procedimiento, la policía ordenó a todos los vecinos del edificio que avisaran de inmediato si el señor K. reaparecía.

No reapareció ni siquiera después de cinco años. Hoy se lo considera legalmente muerto. Yo estoy convencido de que el señor K. sigue existiendo, solo que en otro lugar y bajo otra forma. Creo que por fin encontró aquello que buscaba… o quizá eso lo encontró a él. A mí me quedó el miedo, taladrándome y ondulándome bajo la piel, al acecho de un reflejo: un espejo por el que, como de un cráter, brote lo que sea que se refleje del otro lado de la frontera del vidrio duro y frío… y por fin me ahogue.

Los relatos y poemas de Tatjana Milivojčević han sido publicados en antologías de festivales de la región, así como en numerosas antologías, revistas y sitios web (Serbia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Croacia). En 2015 publicó el libro de cuentos infantiles Historias interesantes desde la Habitación S, editado por la Biblioteca “Gligorije Vozarović” en Sremska Mitrovica. En 2023 recibió el tercer premio literario internacional “REFESTICON Avatar” por su libro de relatos fantásticos Tierra inexplorada, galardón otorgado en el marco del proyecto “REFESTICON”. En 2024 publicó la colección de poemas de amor Canción en la piedra, editada por “Pendulum” de Zenica.

 

EL GRAN TRUEQUE