lunes, 15 de diciembre de 2025

ONARUM

José Luis Zárate

 

La ciudad de Onarum se levanta en una colina, orgullosa y enorme, firmemente asentada en las alturas. Sus habitantes gustan de agregar un segundo nombre al de la ciudad, buscando —tal vez— el orden secreto que anima al lugar. Algunos de los nombres son meras descripciones, otros, más ambiciosos, buscan su esencia. Hay quienes usan los nombres prohibidos de religiones desaparecidas y sílabas extrañas sin significado alguno. El Trager Dan del lugar, desde las alturas improbables de la torre mayor del castillo, gusta observar la ciudad todas las mañanas, desplegándose bajo su vista y, a veces, musita su nombre como si fuera el suyo propio: Onarum la Poderosa. Al pensar en ella así no ve más que los gruesos muros que cercan la ciudad, los estandartes de guerra que se agitan en las astas banderas del muro, su propio castillo, lleno de picos y garras, como un reptil de mil escamas venenosas que cubre con su presencia la ciudad. No sabe que para el ciego que habita en las calles el nombre es el Onarum, la infinita, aquella que siempre está creciendo, en cada momento un cambio forma, cuyas casas gustan de transformarse en cada estación. El ciego sabe que una ciudad no puede ser tan enorme como él se la imagina, pero también sabe que se ha perdido en un laberinto que muta diariamente, haciéndose más grande e impenetrable en cada avatar. Un día cree conocer el centro hasta que se topa con la rugosa superficie de una fuente que no debería estar ahí, a veces las calles son más largas o cortas, o hay sonidos nuevos en su interior, y la gente parece que nunca es la misma, pero en cierta forma es lógica esa cualidad de cambio, es el centro de Endra y por ello, el sitio donde todos los caminos se reúnen. Para el Hassanat, el jefe de las caravanas, la ciudad no es más que Onarum, el Final, un sitio en el cual jamás se ha sumergido, pues teme conocer su interior, que pierda el sentido de destino que él le ha dado. Cuando las tormentas sorprenden a los viajeros a su cargo, y las rutas de la guerra lo obligan a buscar nuevos senderos, cuando se ve en medio del ataque de los parias, el Hassanat siempre convoca la imagen de las murallas de Onarum y el rumor que contienen en sus límites, las puertas oscuras con monstruos tallados amorosamente en su recio metal, es a Onarum el Arribo a quien llama cuando necesita fuerzas para llegar a él, un dios personal al cual le ha hecho una serie de sencillas ceremonias que sólo su hijo, futuro Hassanat, comprende; como tocar una pieza incompleta de una música propia prometiendo terminarla al regresar a la ciudad, o besar la húmeda piedra de las murallas antes de cortarse levemente la mano y dejar una marca de sangre en ese lugar, para que los dos sepan el sabor y la esencia del otro y no olviden reunirse siempre. Nadie entiende qué es lo que el jefe de las caravanas grita cuando se lanza al ataque para proteger las mercancías, lo que vocifera a los abnereides agotados. Es, simplemente, el número de banderas que ondean en lo alto del muro, por escuchar su sonido otra vez, su rabiosa voz de viento, se ha enfrentado a múltiples peligros. Cuando el número de veces que ha visto la muerte a la cara sea igual al número de banderas, se retirará para siempre. El Hassanat ignora si irá a hundirse a uno de los tantos caminos o entrará por fin a la ciudad para averiguar qué hay en su interior que mueve al mundo. Ese hombre, curtido por un millón de soles, mataría a quien le dijera uno de los nombres más populares de Onarum: la Ramera. Algunos ingenuos pensaban que ese nombre era dado por la infinidad de casas cubiertas con la membrana blanca del pez nart, con sus mujeres pálidas en su interior que sólo buscaban unas monedas, inocentes esclavas momentáneas, aunque había el rumor persistente, difundido generalmente por los sacerdotes Kaldy, que algunas de ellas eran inmensamente blancas, casi transparentes y lo que deseaban era únicamente un poco de sangre, una vida para arrebatar con sus uñas hambrientas; y había muchos buscando esas hipotéticas mujeres, buscando la redención bajo esa sed. Pero la ciudad portaba ese nombre con dignidad por que en su interior todo se vendía. No existe el artículo que no fuera ofrecido en sus calles, se vendían perversiones y muertes y armas decorativas y niños vírgenes y conocimientos y madera afrodisiaca y secretos y verdades y virtudes y oscuridades y redenciones. Mil y un objetos. Hay quienes ofrecen el olvido por un buen cargamento de pieles, quienes muestran los límites de la carne a los arriesgados; hay nuevos conceptos para los que desean ver el mundo con ojos nuevos y antiguos ojos para los desencantados. Hay mujeres brillantes, mujeres oscuras. Se puede, incluso, comprar el sufrimiento, ofrecer Hambre a cómodos precios. Los Kaldy piensan en la ciudad como Onarum, la Verdadera, e incluso Onarum, el Inicio, la Cuna, la Matriz, el lugar donde su dios nació y creció, hay peregrinaciones a sus calles buscando la Verdad que el Kaldy encontró, pero eso no evita que su nombre real (un nombre real de los miles de nombres reales que posee) sea el de Onarum, la Oscura. Nombre verdadero que, una y otra vez, cada Habitante ha murmurado para sí. Sobre todo cuando ha muerto el día, cuando las nubes negras y el cielo desgarrado obligan a alzar la vista y ver sobre la ciudad, como una monstruosa ave de carroña, al castillo, como una sombra súbitamente solidificada, un buque negro que sólo puede navegar en las noches de tormenta, con velamen de banderas que no son otra cosa que los símbolos de ciudades que han caído bajo el poder de la Familia del Trager Dan, cada bandera un castillo incendiado, cada estandarte sangre y fuego en sitios remotos, banderas que se despliegan para impulsar a ese grotesco castillo a tierras temibles, a océanos donde las bestias no se encuentran sumergidas sino navegando sobre sus aguas. Pero, claro está, no es necesario que sea una noche temible para que el castillo atemorice. A veces, cuando sólo hay estrellas brillantes en el cielo, tal parece que la construcción se pierda en su interior para sumergirse en el frío desorbitado de las alturas, como si la Voz, el Trager Dan, buscara tocar esas luces, como si necesitara el brillo insano de lo monstruoso para existir. En ocasiones basta con un detalle prosaico que sugiere la oscuridad, como lo es una canaleta en uno de los bordes del castillo por donde, ocasionalmente, gotea sangre, a veces noche y día, o por unos cuantos minutos, y se escuchan, apagados por el grueso de las paredes, débiles y casi insignificantes gritos, y no es raro ver un cadáver pender de alguno de los múltiples picos buscando enseñar una lección que nadie comprende. Hay hombres recurriendo sus calles, vestidos con ropas de soldados, de miembros de la corte y habitantes del castillo que parecen que lo llevan en su interior, como si ese lugar fuera una enfermedad, que infectara a quien lo toca, hombres acordes al castillo. con armas en la mano que no resultan tan atemorizantes como el brillo de sus ojos, y la certeza de que son capaces de matar por aburrimiento, insensiblemente. Ellos, esos hombres reales alimentan leyendas tales como la que afirma que las bestias labradas en piedra para guardar las alturas del castillo tienen vida en determinadas horas de la oscuridad, que en ocasiones un hecho insano despierta sus infectos miembros y recorren las paredes de roca con garras de piedra y hambre ciega, se dice que pasean por las noches buscando nuevas víctimas que siempre aparecen al otro día sin manos, sin rostro, en medio de su propia sangre. Se habla de espadas rotas, de uñas quebradas, de cuchillos doblados al intentar penetrar la pétrea piel de las bestias, pero no me menciona jamás el nombre de las víctimas, que siempre han sido disidentes. Lo cierto es que la ciudad devora a sus habitantes día a día, que hallar un cadáver al amanecer es tan común como la entrada de una caravana del desierto. Hay quienes intentan apresar la ciudad, narrar la verdadera historia de Onarum, haciendo un recuento de los hechos como si fuera posible fijarla en el tiempo, detener su marcha ciega, pues no ignoran que miles conocen el último nombre de la ciudad, el nombre que la condena, aquel que ha guiado mil ejércitos preparados para el sitio, que en diferentes eras la han rodeado, y alimentará los mil ataques a través de los siglos, el nombre finalmente responsable de su caída, de hombres orgullosos caminando por sus calles buscando la rapiña, los despojos de los vencidos, ignorando dichosamente la historia, la esencia del lugar, disfrutando solamente de encontrarse por fin en las calles de Onarum, el botín.

José Luis Zárate Herrera nació en Puebla, México, el 20 de enero de 1966. Básicamente es un escritor de ciencia ficción, aunque también ha desarrollado trabajos literarios de otros géneros. Su obra abarca ensayo, poesía y narrativa, y permite considerarlo parte de un movimiento en la literatura mexicana de finales del siglo XX, que abandona el nacionalismo imperante hasta aquel momento y se acerca a lo fantástico. Es uno de los socios fundadores de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía y del Círculo Puebla de Ciencia Ficción y Divulgación Científica. Ha obtenido varios premios nacionales e internacionales, entre los que destacan el Premio Más Allá (1984), el Premio Kalpa (1992), el Premio MECyF (1998 y 2002) y el Premio UPC de ciencia ficción (2000). Sus novelas de mayor renombre son Xanto, novelucha libre (1994), La ruta del hielo y la sal (1998) y Del cielo oscuro y del abismo (2001), que forman una trilogía, llamada por el autor "Las fases del mito", sobre personajes icónicos de la cultura popular.

 

 

EL CALLEJÓN

Lu Evans

 

Siempre tengo que pasar por una calle comercial cuando llego a casa del trabajo por la noche. Como las tiendas están cerradas, la calle está lo más desierta que puedas imaginar. Y apretado entre dos edificios desocupados al final de la calle, hay un terreno baldío, estrecho, oscuro, embarrado, lleno de basura y maloliente. Su existencia me pone aprensivo y ni siquiera miro en aquella dirección. Por tonto que parezca, tengo miedo de que una criatura monstruosa salte de allí y me clave los dientes en el cuello. Sé que es infantil de mi parte, pero incluso hablé de eso con mi médico, quien me dijo para enfrentar mi miedo hasta controlarlo, lo que significaba enfrentarme al callejón todas las noches. Así lo hago, pero en ningún momento el callejón dejó de ser menos terrorífico.

Sin embargo, esta noche, noto luces y voces que vienen de allí y, a medida que me acerco, también escucho música y risas.

Me detengo frente al callejón y no veo barro, basura ni oscuridad. No sólo el suelo está limpio, sino que en toda su longitud hay una plataforma alta, suspendida del suelo y revestida de madera. Hay amplios jarrones con arbolitos decorados con luces y mesas redondas alineadas a ambos lados, dejando un pasillo que conduce al pequeño escenario donde un cantante canta y toca la guitarra. Por una puerta lateral cerca del escenario entra un camarero sonriente con una bandeja y sirve bebidas y bocadillos en cada mesa. Me doy cuenta de que no hay techo y eso, en mi opinión, es un problema, porque aquí llueve casi todos los días.

¿Cómo podrían haber hecho una renovación completa si anoche seguía siendo el callejón más espantoso del barrio?

En la mesa más alejada del escenario y, por tanto, más cercana a donde estoy, hay una hermosa mujer, de largo cabello negro, que lleva un vestido de flores. Está sola y cuando nota mi presencia, gira el rostro hacia mí. Con una sonrisa tentadora, levanta su copa.

Para mi decepción, no hay rampa. Entonces mi única respuesta es una sonrisa triste. Me veo obligado a decir adiós y mover mi silla de ruedas para regresar a casa.

No puedo dormir bien, solo pienso en la mujer que me saludó y en el bar, ya que su aparición en el espantoso callejón desafía la lógica. Cuando llega la mañana, vuelvo a esa calle, pero el bar ya no está. No sólo ha desaparecido, sino que el callejón está, como siempre, sucio.

No hay más dudas. ¡Me estoy volviendo loco!

Llego al trabajo con la sensación de que todo fue un sueño o una ilusión. El bar no desapareció. El caso es que nunca existió. La mujer de sonrisa cautivadora nunca existió. Esto me preocupa. Desde mi accidente, he estado tomando medicamentos para los nervios. ¿Están alterando mi percepción de la realidad? Decido llamar al consultorio de mi médico y programar una visita. Por suerte mañana tienen cita disponible. Esto me pone menos tenso, ya que siempre tenemos la sensación de que el médico solucionará nuestros problemas con un toque de magia.

Al final del día tomo el autobús como siempre, dispuesto a olvidar el tema del callejón que me persigue; sin embargo, cuando paso por esa calle, hay luz, música, conversaciones y risas.

Me detengo frente al callejón y veo la terraza de madera, los grandes jarrones con árboles llenos de luces, las mesas dispuestas con parejas sonrientes, el cantante con su guitarra, el camarero trayendo la bandeja... En la mesa más lejana, la mujer solitaria con su vestido de flores que me sonríe y levanta su copa.

Es exactamente la misma escena que la noche anterior. ¡No! Solamente hay una diferencia... Una rampa en lugar de escalones.

Subo la rampa sin perder tiempo y, sonriendo, coloco mi silla directamente frente a la de ella, en el lado opuesto de la mesa, dispuesto a resolver la situación.

—Buenas noches, aquí tiene su bebida —dice el camarero, colocando un vaso de cerveza frente a mí. ¡Qué extraño! Ni siquiera me preguntó qué me gustaría beber. De cualquier manera, le agradezco y cuando se aleja, la mujer frente a mí se presenta con una sonrisa. Se llama Perla y es la gerente.

—Carlos. —Sin saber muy bien qué decir a continuación, tomo un largo sorbo de cerveza para tener tiempo de organizar mis ideas, luego pregunto—: ¿Este bar existe desde hace mucho tiempo?

—Mucho tiempo, pero existe de vez en cuando.

¡Qué extraña respuesta!

—Vivo cerca desde hace dos años y paso por esta calle todas las noches cuando vuelvo del trabajo. Es la segunda vez que veo este bar.

—Oh sí. De hecho, esta es la segunda vez que hacemos que nuestro bar aparezca en esta ubicación.

Nunca había oído hablar de nada parecido.

—¿Es una instalación andante?

—Haces muchas preguntas. —Se ríe, como si yo hubiera dicho algo muy gracioso… o tonto. Siempre he sido un chico tímido y ahora, atado a una silla de ruedas, me siento aún más inseguro, así que mi respuesta no puede ser otra:

—Lo siento. No te quiero aburrir.

Ella se encoge de hombros, se ríe de nuevo y levanta su copa, luego bebe un poco de vino y yo bebo la mitad de la cerveza, tratando de pensar en algo inteligente que decir, pero desafortunadamente, no se me ocurre nada.

De repente aparece otra Perla y luego otra. Tres Perlas resplandecientes, sentadas una al lado de la otra... Me doy cuenta de lo absurdo. Perlas no se multiplican así. Sólo hay una explicación.

—¡Me drogaste! —Mi voz es arrastrada, mi lengua es espesa.

Perla se queda callada.

Me dirijo a la mesa de al lado, ya debilitado, e intento pedir ayuda, pero mi mano atraviesa el brazo del hombre... Es como si no fuera de carne y hueso. ¿Estoy soñando, delirando? ¿Todo no pasa de una proyección de mi mente?

Mareado, sigo mirando a mi alrededor y veo a la gente, las mesas, las macetas con plantas iluminadas, desintegrarse en un caleidoscopio de luces. Únicamente queda el camarero que, para mi sorpresa, se posiciona frente a un globo luminoso en la zona que antes era el escenario. Él es… diferente. Su piel tiene un color violáceo y de su cabeza destacan dos antenas largas y gruesas. La ropa cambia del típico traje de camarero — pantalones negros, camisa blanca de manga larga con botones y delantal — a un mono plateado como los que vemos en las viejas películas de extraterrestres.

Vuelvo la cabeza hacia Perla. Su piel adquiere un color violeta y de su frente emergen un par de pequeñas y delicadas antenas. Es más, no lleva el vestido de flores, sino un mono de tela metalizada como el del camarero.

Ya no hay una mesa que nos separe, y el asiento donde ella se sienta también es diferente. No parece una simple silla de plástico, sino más bien un alto sillón giratorio cuyos brazos están cubiertos de luces y botones. Perla no sonríe y ni siquiera mira en mi dirección. Está concentrada, presionando pequeños botones.

Aparece a mi alrededor una luz que, para mi total asombro, se condensa y solidifica formando paredes, aunque mantiene la transparencia de un vidrio muy grueso y ligeramente opaco.

Sin poder moverme correctamente, siento un hilo de baba corriendo por mi barbilla.

Todo vibra y se eleva en el aire en línea recta como un ascensor. Mirando hacia abajo, veo que el suelo de madera se convierte en cristal. Me siento mareado cuando me doy cuenta de que estamos flotando sobre los edificios.

La situación es, cuanto menos, surrealista. ¿Por qué yo? ¿Por qué?

—Aceleración calculada para la salida, trayectoria confirmada —anuncia el camarero, que a estas alturas sospecho que no es realmente un camarero.

Perla responde:

—Cuenta regresiva: 3… 2… 1.

Un golpe. El movimiento repentino me molesta lo suficiente como para hacer que se me revuelva el estómago. Aunque estoy drogado, siento todo el contenido de mi estómago subiendo por mi garganta y saliendo por mi boca como si fuera una cascada cálida que fluye por mi barbilla, bañando mi cuello y mi pecho. ¡Qué demonios! ¿Qué más tiene que pasarme? ¿Cagarme?

Hay una suave inclinación, pero las rodillas de mi silla están bloqueadas y no retrocede. Y luego sigo subiendo, subiendo, subiendo.

Perla me sonríe con la boca llena de dientes largos y puntiagudos.

Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

 

EL CAMINO DE NUESTRO HOGAR

Biljana Mateljan

Así que es odio, esa furia oscura que arde dentro de mí, abrumándome por completo y sin dejar espacio para nada más. Y no es solo fuego. Me corroe como el hielo; si no ardo, me congelará hasta lo más profundo y envenenará todos mis pensamientos, y ya no sabré quién soy. Quiere salir de mí y estrellarse contra algo. Siento esto por primera vez en mi vida y temo explotar por la fuerza de este odio, o quemarme con un fuego helado.

He estado soportando esta pesada sombra desde que el Gran Rede ordenó que Vasil fuera separado de nosotros. Eso fue ayer, pero para mí, encadenada en el hielo, parece que ha pasado una eternidad. Con mis movimientos ralentizados, mis pensamientos ralentizados, enredado en este nuevo y oscuro estado, he perdido toda noción del tiempo. Y, sin embargo, fue ayer cuando se llevaron a Vasil.

Vasil era viejo y llevaba mucho tiempo enfermo, pero últimamente se había debilitado con mucha papidez, con los pulmones llenos de agua, el vientre hinchado y las piernas enormes y pesadas. Respiraba con dificultad, dormía poco y estaba inquieto. Su hora se acercaba.

Lo acostamos en la última cama, que habíamos decorado con flores y preparado ungüentos. Pero no esperamos el nacimiento de la muerte. No pudimos celebrarlo; en lugar de músicos, vinieron los hombres del Techno y lo trasladaron a la fuerza. No fueron crueles, no fue eso, pero entraron con sus armas y sus órdenes, cumpliendo un deber que no entendíamos, pero que para ellos era más importante que la compasión.  No importa dónde muera un hombre, dijeron, y lo colocaron primero en una camilla y luego en una de sus viviendas, la más grande y fea. La gente iba y venía día y noche, así que me preguntaba si sabían lo que era la paz y cómo no se les habían gastado los zapatos de tanto caminar.

—Ojalá el Grande sufra —dije entonces. Mi boca habló porque una semilla de frialdad dentro de mí se había convertido en palabras—. Ojalá se muera —añadí en voz baja, sin saber de dónde venían esas palabras, sin creer que las estuviera diciendo yo mismo, pero Baa Kiela me oyó y me miró como solía hacerlo cuando era niño. Ella vio lo que había dentro de mí antes que yo mismo.

—Es un deseo tonto —fue todo lo que dijo—. Si ese muere, otro ocupará su lugar.

Quizá Baa Kiela tenía razón, y no me reprendió por las palabras, sino por el odio que comenzaba a echar raíces. Baa Kiela no habla mucho, pero ve mucho. Me puso las manos sobre los hombros y me miró a los ojos. No sé qué vio en ellos, hielo o fuego, pero se apartó como si se hubiera quemado. Se llevó la mano a la garganta, en un gesto protector.

 —Ve en paz —dijo, y me dejó allí, sobre la última cama vacía, en la habitación vacía, en un silencio en el que solo se oía mi respiración sibilante. Todos se habían ido, retirados a pensar. Esa es nuestra forma de ser; pensamos por separado. No nos exponemos unos a otros a nuestras confusas emociones. Primero hablamos con nosotros mismos y con los ángeles que llevamos en la garganta. Es la forma de actuar de la Tierra. Asimilarlo todo para poder dar algo a cambio.

Así que me quedé allí para calmarme y pensar. Necesitaba ordenar todos esos sentimientos que había empezado a tener. Llevaba inquieta y confundida mucho antes de que la sombra del odio se cerniera sobre mí. Por culpa de esas personas, que no son como nosotros, aunque me aseguren lo contrario. Baa Kiela incluso dice que nosotros también fuimos así alguna vez, agitados, aterrorizados. Nosotros también solíamos construir muros, cuando nos sentíamos perdidos, tan aislados del resto de la humanidad, cuando éramos personas sin esperanza.

¡Ah, si hubiéramos seguido siendo la Colonia Perdida, si hubiéramos seguido siendo solo una historia de su pasado! Porque ellos no son lo que somos nosotros, aunque no seamos tan diferentes en apariencia. Hablan nuestro idioma, pero le dan un significado diferente a cada palabra que dicen. Hablan de libertad, pero van vestidos de forma excesiva, armados, duermen tras muchas puertas y se dicen unos a otros lo que se puede y no se puede hacer. He oído hablar de ese tipo de acuerdo y no me parece bien.

Nuestros hijos se burlan de ellos, los mayores intentan comprenderlos. Desde ayer, los odio. Mi boca se llena cuando lo digo. Susurro para que nadie pueda oírme. Nadie escucha, pero sigo avergonzándome de odiar porque es una gran desgracia.

La vergüenza solo intensifica la ira, otra versión, otra palabra oscura y pesada en la lista de lo inaceptable. Todo lo que puede hacer daño es inaceptable. Estoy dando vueltas en un círculo de dolor. No debo dejar que los demás lo vean, así que mantengo la distancia. Ahora necesito ayuda, pero mi ángel es pequeño y su conciencia aún no está despierta. Eso es bueno, creo. Es bueno, porque no quiero que conozca el odio. Estoy llena de necesidades y lo único que puede hacer el ángel es soñar sueños para mí.  Cuando nadie ni nada ayuda, los sueños son mucho. Mis... nuestros sueños esa noche estaban llenos de hierba meciéndose con el viento y de ser acunados por cálidas alas, y así, reconfortada, empecé a pensar con más claridad.  En lugar de pensar en cómo el Grande podría resultar herido y morir (y lo imaginaba destrozado, ahogado, asfixiado), empecé a pensar en cómo llegar hasta Vasil. Una persona no debería separarse de sus seres queridos mientras muere, y lo que estaban haciendo era cruel más allá de nuestra comprensión. Pensé todo el día, pero no a la manera de la Tierra, sino a la manera del Viento. El viento no absorbe, el viento actúa. Por la tarde, cuando ambos soles se habían puesto, partí a través de la llanura hacia ellos. Los soles estaban a mi espalda, así que caminé a través del carmesí y el oro, pisando mis sombras que se enredaban bajo mis pies y huían ante mí, igual que los pensamientos que nunca lograba controlar ni domar. Y sentí como si estuviera dejando atrás toda la luz del mundo, con la oscuridad como destino. Yo era el viento que se precipitaba hacia la oscuridad. La hierba que huía levantaba sus raíces ante mis pies, y las personas con las que me encontraba se alejaban de mí. Pero no todas.

Okohami me detuvo. Alto y corpulento, se plantó ante mí, con una mano en la garganta. Su ángel también era grande, enroscado alrededor de su cuello como una gran serpiente, de modo que la cabeza calva de Okohami quedaba anidada en su anillo carnoso.

—Allyn, niña —dijo con mansedumbre, pues su ángel era tan grande que le presionaba la tráquea—, las cosas no siempre son lo que parecen.

No lo entiendo. Miro el tatuaje multicolor de su cuello y pienso, de forma bastante inesperada, que eso, con un grueso anillo alrededor de su cabeza, se parece a un pene grande, y ahora ese pene me está hablando. Y me parece divertido y loco, como si solo estuviera soñando. Solo quiero llegar hasta Vasil; Vasil es mi padre, mi propia sangre, y está ahí fuera, solo.

—Haré lo que tú deberías haber hecho —me digo a mí misma. Él ve el desprecio en mis ojos y suspira, apartándose de mi camino y observándome durante un largo rato. Ahora estoy realmente enfadada, enfadada con todo el mundo. La ira me impulsa; ahora no puedo volver atrás, aunque no sé qué haré cuando llegue allí. Y así llego hasta ellos, y miro el feo edificio que se interpone entre Vasil y yo, no me preocuparán estos hombres, sino los muros invisibles que nos separan de los recién llegados que se hacen llamar personas.

Dos hombres están de pie en la entrada, jóvenes, según veo, pero de semblante serio. Interrumpen su conversación cuando me acerco. No saben qué hacer conmigo. Aquí todo se cuestiona y se vuelve a cuestionar, las preguntas pasan de boca en boca. Al final, me dejan pasar.

Declaro que he venido a solicitar un trabajo como cuidadora. Sé cómo hacerlo; soy buena en ello. Era la única verdad que podía darles. Después, supliqué, persuadí, halagué. Mentí porque ellos no pueden percibir la mentira detrás de la verdad.  Así que allí estaba yo, una mentirosa, de pie en una sala completamente blanca, esperando a que decidieran qué hacer. No esperé mucho. El Gran Hombre en persona se acercó y habló en voz baja con la gente de la mesa blanca. Yo era una estatua de hielo y mi rostro se volvió como el de ellos, porque sus rostros son máscaras de sonrisas dibujadas. Nunca fuimos una amenaza para ellos, pero seguíamos siendo la causa de la incomodidad que intentaban ocultar sin éxito. Ahora nos miran a los ojos y no llevan protectores nasales. Lo primero por orden, lo segundo porque finalmente se dieron cuenta de que no éramos portadores de ninguna infección.

Es bueno, dijeron, es un paso más hacia el entendimiento entre nosotros. Decidieron que mi presencia podría serles útil. Aun así, dijeron, debes estar bajo vigilancia constante. No me importará esta falta de libertad, no tienen control sobre mis pensamientos. De todos modos, entran a regañadientes en la habitación de Vasil. Allí hacen lo que tienen que hacer, lo dan vuelta, lo lavan, lo secan, lo alimentan y sacan un recipiente con orina del color del vino tinto. Lo miran, pero no lo ven. Lo escuchan, pero no lo oyen. No ven lo que yo veo. Estoy aquí para él y lo observo dar vueltas y suspirar, a veces rascándose. Llora de vez en cuando, como un niño. Veo todos los matices de su agonía. Veo que la cámara de la muerte, y la cama en ella, son una extensión antinatural de su ser en desintegración. Hay un vaso de agua estancada, hay sábanas que huelen a orina, sudor y mal aliento, allí el sol golpea a través de la ventana empañada, y tres o cinco moscas gordas asedian los párpados carmesí y atacan a través de la fina manta donde el coágulo de sangre de las llagas ya rezuma por los pliegues. Las moscas son gordas y han llegado milagrosamente de la nada, si no han eclosionado en las heridas, en el vaso de agua, en la escupidera, en la servilleta con los restos de comida, en el orinal o en el pañuelo con el que se enjugan a escondidas las lágrimas solitarias. No se me escapa ni la más mínima cosa. Todo me golpea, nítido y claro, cien veces más intenso. ¡Padre mío, no estás solo! Contengo las lágrimas, alimento el frío que llevo dentro con este nuevo dolor. El mundo de Vasil se desborda y se vuelve más complejo, entre eructos, lágrimas y sollozos que a veces murmura, y descubro su dualidad, que me desgarra por dentro. No quiere morir así, en prisión, para aparearse con una habitación amueblada con estándares diferentes a los nuestros. Vasil necesita gente, consuelo, bálsamos, una canción. Y la tierra bajo sus dedos y el cielo sobre él. Vasil necesita luz. Ah, pero creen conocernos, que saben mejor que nosotros qué es lo mejor para nosotros. Sacrificarán a Vasil para demostrárnoslo. Tengo que ser fuerte. Disimulé mi ira mientras lo lavaba y puse mi mano en su garganta para sentir el destello del ángel, pero el ángel de Vasil ya no se movía y de repente me di cuenta: se acabó, Vasil moriría y el ángel no nacería de su cuerpo. Por un momento entro en pánico; nunca antes había sentido la falta de vida en la garganta de alguien, pero Vasil me mira con los ojos nublados y asiente. Está bien, dice con la mirada. Suplica, exige con la mirada. Y lo entiendo, por fin. Así lo decidieron, el ángel y Vasil, uno morir, el otro no nacer. Tiemblo de emoción, de lástima, tiemblo de orgullo.

Ahora sé lo que Okohami quería decir.

Los técnicos de ellos no entran en la habitación, ese no es su trabajo. Observan desde fuera, a través de las paredes de cristal transparentes a su lado, a través de sus instrumentos ocultos y descubiertos. Que sigan observando, que sigan esperando acechar el momento del nacimiento del ángel. Sé que están ahí, Vasil sabe que están ahí. Sabemos lo que quieren. Nos entendemos sin palabras. Y sonreímos mientras le cierro los ojos suavemente.

Hoy el milagro que es nuestra realidad no ocurrirá.

Biljana Mateljan es una escritora y artista originaria de Kikinda, en la antigua Yugoslavia, y radicada desde hace décadas en Rijeka, Croacia. Vinculada a la literatura fantástica y de ciencia ficción, desarrolla su obra en paralelo a su profesión de enfermera, combinando sensibilidad humanista y visión especulativa. Sus relatos comenzaron a publicarse en los años ochenta en revistas y antologías dedicadas al género y han sido incluidos en panoramas representativos de la narrativa fantástica croata. Obtuvo el prestigioso Premio SFERA por su cuento “Vrijeme je, maestro” (1983) y desde entonces continúa apareciendo en compilaciones y proyectos editoriales regionales. Además de su trabajo narrativo, ha colaborado como ilustradora en diversas publicaciones, integrando imagen y palabra dentro de un imaginario propio que explora lo simbólico, lo metafísico y lo íntimo.

PALABRAS

Giorgio Sangiorgi

 

Por lo que pude entender a partir de la documentación, Ottunia no había cambiado tanto desde la última vez que estuve allí. A pesar de lo que habíamos hecho, de la terrible herida que le habíamos infligido, su belleza no se había desvanecido como yo había creído.

Intenten imaginar una hermosa costa, donde la forma de los acantilados se une perfectamente al movimiento de las olas, sea cual sea este; o bien un bosque frondoso y fuerte, con toda su potencia salvaje y, sin embargo, ordenado y reconfortante como un jardín inglés. Y todavía más: imaginen un desierto, vasto y seco, que debería ser terriblemente inhóspito y que, en cambio, te resulta acogedor y te hace sentir sereno.

Vista desde lo alto, Ottunia no se parece a la Tierra; debido a los gases presentes en la parte alta de la atmósfera, recuerda más bien el agradable entramado de líneas de nuestro planeta Júpiter. Pero es solo una apariencia, como pudimos comprobar cuando la Parvati, nuestra nave espacial, penetró en aquella maravilla y descendió hacia la superficie.

Yo estaba pegado al visor, porque esa era mi tarea durante la delicada fase de aterrizaje; debía comprobar que no hubiera peligros y, en caso de haberlos, avisar inmediatamente al comandante. Una responsabilidad que, por suerte, resultó totalmente inútil.

La Parvati, con sus formas elegantes, planeó con seguridad y durante largo tiempo sobre una selva inmensa. Luego el piloto identificó un valle encantador y, describiendo un arco, una ligera curva, finalmente descendió.

Excitados, nos preparamos para el encuentro con un nuevo planeta realizando los controles pertinentes. Luego, yo y otros miembros de la tripulación pudimos descender a aquel suelo nuevo y extraño.

¿Pero lo era realmente tanto?

Recuerdo que me incliné para observar la composición del prado que tenía bajo los pies. Fue entonces cuando experimenté una extraña sensación que me pareció totalmente nueva. Mientras observaba aquellos tallos, y en particular una graciosa especie de trébol, sentí un escalofrío, un calor interior que –como solo recordé después– había sentido únicamente de niño, cuando me había inclinado por primera vez sobre un prado terrestre y había observado su composición, el entramado de la hierba, los simpáticos insectos que lo habitaban.

Fue entonces cuando llegaron los ottunianos; llegaron en grupo con una actitud que percibí inmediatamente como alegre. Me transmitían con aún más fuerza aquella vibración, aquel sentimiento interior que ahora sé que anima a menudo a los artistas o a las buenas personas cuando escuchan una bella canción. El mismo que atrapó a Marcel Proust cuando recordaba aquella buena magdalena de su infancia.

Una sensación interior que nunca me abandonó cuando estuve en presencia de aquellos seres y que todavía hoy, como un regalo suyo, me alcanza de vez en cuando, brotando desde lo más profundo de mí mismo, según leyes, fines y necesidades que aún me resultan incomprensibles.

Es difícil describir cómo son físicamente los ottunianos; uno de la tripulación dijo que eran el cruce entre un apio y un ángel. Muy delgados, con una cabeza de forma cilíndrica algo alargada, pero con un rostro expresivo y casi similar al nuestro.

Nos miraban fijamente a los ojos como hacen los niños. Giraban a nuestro alrededor y luego, de repente –y esto fue para nosotros motivo de enorme asombro–, alguno de ellos emprendía el vuelo y se elevaba del suelo. El mayor prodigio que he visto jamás y que quizá nunca vuelva a ver.

Durante todo el tiempo que estuvimos con ellos, nunca pudimos entender cómo lo hacían y ahora creo que nunca lo entenderemos.

No nos decían nada; se limitaban a mirar y, de algún modo, a sonreír.

Era evidente que el problema era cómo comunicarse. Nos lo habríamos esperado de antemano, si hubiéramos sabido que íbamos a encontrarnos con ellos.

—Hemos venido en paz —dijo el comandante, y yo sonreí.

Nunca había entendido por qué un ser humano, frente a otra persona que no comparte su misma lengua, intenta igualmente hablarle, quizá pronunciando las palabras con exageración.

La cosa, sí, resulta un poco ridícula, pero tal vez se deba a una especie de desesperación comunicativa. La misma que nos invade cada vez que hablamos de las cosas que amamos con alguien y vemos que en sus ojos no se enciende la misma luz que nos anima, sino que habita en ellos una especie de asombro confuso, como si le estuviéramos hablando en una lengua alienígena.

—Tal vez sea el caso de avisar al cuartel general —me dijo el comandante, y a regañadientes tuve que regresar a la nave para contactar con la Tierra.

—Haga su informe —me dijo una voz, y vi con sorpresa que la persona en cuestión no era un operador de comunicaciones, sino el propio general Scott. Evidentemente había muchas esperanzas depositadas en aquel planeta, esperanzas que yo ya sabía que se verían frustradas.

—Hay una buena noticia y una mala, señor general —dije recurriendo a un viejo juego de palabras.

—No se haga el gracioso, teniente, y dígame de inmediato si el planeta es habitable.

—Sí, señor general, el planeta es habitable y muy agradable. Ideal para nuevos asentamientos. Por desgracia, imagino que esta oportunidad será vetada por las comisiones éticas, porque aquí hemos encontrado una especie claramente sintiente. Lo siento, general, sé cuánto el mando y el gobierno terrestre están apostando por la colonización.

—Teniente, no se apene. No es una mala noticia la que me está dando. Sin lugar a duda, han hecho el mayor descubrimiento de la historia de la humanidad: la primera vez que encontramos una especie inteligente durante nuestras exploraciones. ¡Eso bien vale un planeta!... Intenten descubrir todo lo que puedan.

—Sí, señor general, informaremos lo antes posible.

En cierto sentido mentí, al menos desde un punto de vista personal. Ya no me sentía allí solo para realizar estudios distanciados y objetivos sobre aquel lugar y aquella gente pacífica. Ya estaba implicado y, de hecho, en los días siguientes intenté estar el mayor tiempo posible con aquellos seres que me calentaban el corazón. Eso era lo único que me importaba.

Fueron días maravillosos. Ellos nos rondaban curiosos, aunque toda comunicación entre nuestras dos especies parecía imposible. En cierto momento recuerdo que el comandante se dirigió a nuestro lingüista.

—Es absolutamente imprescindible que encuentre una forma de comunicarse con estas criaturas —le dijo—. Al fin y al cabo, usted es el especialista.

—Desde luego —respondió él—, hablarles de morfemas y lexemas no será de gran ayuda… Pero quizá podamos intentarlo a la antigua usanza…

Se alejó, tomó una piedra del suelo y se acercó a uno de los indígenas que parecía de los más curiosos hacia nosotros. Lo miró, mostrándole la piedra, y dijo pronunciando despacio.

—Piedra. Piedra. Piedra.

Luego se acercó a un árbol y lo llamó por el nombre que nosotros usamos.

—Árbol. Árbol. Árbol.

Siguió así durante un tiempo, sin obtener aparentemente resultados.

Lo dejé ocupado en esas tareas y traté de seguir a algunos grupos de indígenas para descubrir cómo era su vida cotidiana. Nunca logré verlos alimentarse. No sé de qué se nutrían, pero al final, casi llevado y acompañado por ellos, llegué a una especie de aldea cuyas viviendas estaban formadas por las propias plantas; como si estas se hubieran adaptado a las necesidades y deseos de aquel pueblo y hubieran cambiado su conformación para ellos. Sus casas, en resumen, eran casas vivientes. ¿Tal vez eran esas casas las que les proporcionaban el alimento?

Me senté en medio de ellos. Todos se parecían entre sí; casi no lograba distinguir a uno de otro. Seguían girando a mi alrededor, me observaban. Algunos volaban sobre mi cabeza. Parecían mariposas.

Fue entonces cuando noté –no sé cómo se me había escapado hasta ese momento– que eran luminosos. Pero no diría que se tratara de una especie de bioluminiscencia, como ocurre con ciertas criaturas de nuestro planeta; era una luz cálida que me parecía de origen espiritual.

Debo decir que perdí la noción del tiempo y sentí que mi mente se vaciaba. Experimentaba una serenidad que jamás había sentido en mi vida y aquel calor interior me acompañaba constantemente. Como si hubiera regresado a una casa olvidada.

Más tarde, hablando con los otros miembros de la tripulación, comprendí que solo unos pocos de nosotros éramos capaces de percibir ese escalofrío del alma. Que hay personas que en toda su vida no lo experimentarán jamás. No es que sean malas… Es que, quizá, son individuos totalmente centrados en otras partes de su ser.

En cierto momento, mis compañeros vinieron a buscarme. Me habían dado por desaparecido.

Me disculpé con el comandante y regresé a la nave, pero debo decir que cada minuto que pasaba lejos de los ottunianos me parecía un minuto perdido. Me había sentido así quizá solo cuando, de joven, me había enamorado. Eso es, sí, estaba verdaderamente enamorado de aquellas criaturas. Me hacían sentir bien.

En las semanas siguientes, nuestro lingüista hizo progresos con uno de ellos, al que llamamos Dubé. Aquel individuo parecía muy interesado en el lenguaje de los terrestres y comenzó a pronunciar algunas palabras, aunque siempre con dificultad.

—Piiieeedraaa. Saaasssooo…

Muy pronto, el lingüista consiguió enseñarle frases más complejas. Por ejemplo, imitando acciones y describiéndolas con una frase sencilla, vinculada a las palabras que nuestro alienígena parecía haber identificado:

—Pongo… la piedra… sobre la hierba…

—Piiieeedraaa… Hiiieeerrbaaa… —repetía Dubé.

Hizo falta casi un mes para que pudiera realizar progresos significativos, quizá uno de los meses más hermosos de mi vida. Él hablaba con Dubé y yo permanecía en la aldea, estudiando la vida serena y casi incomprensible de los ottunianos.

Estudiar es una palabra excesiva. Estaba sin memoria, como si los pesos y las heridas de toda una vida me abandonaran.

Fue con gran sorpresa que un día, al regresar a la nave, vi al lingüista rodeado de algunos ottunianos. Dubé —ya había aprendido a reconocerlo— estaba de pie.

—Entoooncesss… —preguntaba—: ¿usteeedeesss caaambiiiaaannn laaass cooosaaass usaaanddooo estaa cooosaa plaaanaa?

—Se llama dinero —respondía mi colega.

No sé por qué sentí un escalofrío, pero de otra naturaleza: era un escalofrío de horror. Algo me estaba advirtiendo de la tragedia inminente.

Al cabo de un tiempo, los ottunianos hablaban todos, pero no solo con nosotros. También lo hacían entre ellos y con cada vez mayor seguridad. Aquello parecía intrigarlos mucho, como si les diera una nueva conciencia. Y, sin embargo, no estaba seguro de que eso fuera bueno para ellos.

Yo mismo me oscurecí, perdí aquel encanto interior, la paz que había alcanzado.

Qué fácil es volver al propio camino oscuro.

En cierto momento, los ottunianos cambiaron radicalmente. Sí, discutían con nosotros, se exaltaban, incluso habían empezado a leer nuestros libros, a escuchar nuestras historias. Y por eso mismo, porque me parecía algo hermoso, tardé un poco en comprender la magnitud del cambio, algo que un día me golpeó en el estómago como una patada.

Los ottunianos ya no brillaban… y ya no volaban.

Les pregunté por qué habían dejado de volar y me miraron sorprendidos, como si estuviera diciendo tonterías:

—No se puede volar —me dijeron—. Existe la fuerza de la gravedad.

Y al decirlo mostraban incluso una cierta altivez que estoy seguro les había sido completamente ajena antes.

Mientras tanto, los ottunianos se volvían cada día más apagados y tristes. Me parecía una catástrofe, pero era el único que lo veía. Y ni siquiera yo había comprendido del todo sus proporciones. Hasta el día en que, no solo yo, sino también ellos, lo entendieron.

Al llegar a la aldea, escuché lamentos desesperados. Algo que habría sido absolutamente imposible solo unas semanas antes.

—¿Qué sucede? —pregunté, llegando hasta ellos corriendo.

Uno se volvió. Era Dubé. Me miró con los ojos llenos de odio –otra terrible novedad– y me gritó:

—¡¿Qué nos han hecho?! Nos han… corrompido… con sus… palabras.

—¿Pero qué dices? —pregunté—. No te entiendo.

—Mira tú mismo —dijo Dubé señalando a uno de ellos tendido en el suelo—. ¡Mira! ¡Arvé está MUERTO!

—No, no, es terrible —dije, instintivamente, a la defensiva—. Lo siento enormemente, pero puedo asegurar que nosotros no tenemos nada que ver. La vida es así. A veces… la gente… muere…

Pero él negó con la cabeza.

—Eres tú quien no entiende —me respondió—. Antes de que ustedes llegaran a nuestro mundo… nunca había muerto nadie.

 

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

  

domingo, 14 de diciembre de 2025

LA CARTÓGRAFA DEL ÚLTIMO ATLAS

Patricio Ramos Gatti

 

Había pasado toda su vida dibujando mapas que nunca miraba nadie.

Luz Marina Paredes –geógrafa, cartógrafa, tímida experta en silencios– trabajaba en la Sección de Proyecciones Especiales del Observatorio del Cerro Sombra, en el norte de Chile. Era un edificio pequeño, encajado entre rocas volcánicas grises y antenas que sonaban con el viento. La mayoría de los astrónomos trabajaban de noche, pero ella trabajaba a media tarde, cuando el Sol dejaba las sombras más largas y las montañas parecían figuras que se inclinaban para observarla.

Su tarea era sencilla: actualizar un mapa global, un atlas que nadie imprimía desde hacía décadas. Los mapas ahora eran digitales, automáticos, perfectos. Pero el Ministerio había decidido que alguien debía seguir trazando una edición artesanal, por tradición más que por necesidad. “Lo simbólico importa,” dijo alguna vez la directora. Y como nadie más quiso hacerse cargo, Luz Marina aceptó.

Dibujaba costas, montañas, ríos que ya no corrían, fronteras que cambiaban sin avisar. Tenía manos delicadas, precisas, que daban la impresión de escuchar mientras avanzaban sobre el papel. Le gustaba el silencio del estudio, le gustaba el olor de las tintas, le gustaban los mapas porque eran, de alguna manera, una forma de conversación con el mundo.

Un martes frío de agosto de 2025, mientras ajustaba la curvatura de la costa de Groenlandia, vio algo que la hizo detener la mano.

Las líneas no coincidían.

No por un error suyo, sino por un cambio en los datos oficiales. Revisó coordenadas, elevaciones, proyecciones. Todo estaba en orden. Pero la costa estaba dos milímetros desplazada hacia el este. Solo dos milímetros en el papel, sí, pero en la realidad equivalía a unos setenta metros.

Setenta metros era imposible.

Revisó los registros satelitales. Los comparó con los de la semana anterior.

El error persistía.

La Tierra, según sus mapas, estaba apenas cambiada.

Podía ser un fallo de transmisión. Un satélite desajustado. Un software incorrecto. Se rio para ahuyentar la inquietud; después la risa se apagó sola.

Fue cuando la instrucción llegó desde arriba.

“Actualizar todas las líneas costeras. Hay discrepancias menores.”

Menores.

La palabra resonó más de lo necesario.

En el Observatorio todos estaban excitados con otra noticia: la llegada de un nuevo cometa, 3I/ATLAS, un visitante interestelar que los astrónomos mencionaban como si fuera un primo lejano que venía por primera vez a la casa. Luz Marina escuchaba las conversaciones sin participar. No entendía mucho, pero le gustaban las palabras: perihelio, coma, sublimación. Eran términos que sonaban casi íntimos.

Esa tarde, cuando bajaba por el pasillo principal rumbo a la sala de mapas, vio un mensaje pegado en la pared:

“SE OBSERVAN VARIACIONES GEODÉSICAS; favor NO DIVULGAR hasta análisis completo.”

Sintió un pequeño latido en el pecho. Volvió a su mesa y siguió dibujando.

Pero ahora las discrepancias no eran solo en Groenlandia:

– Las islas Faroe estaban un poco más al norte.

– Un segmento de la cordillera de los Andes aparecía con inclinación extraña.

– Un valle en Mongolia parecía haber bajado unos metros.

Todos cambios diminutos, imperceptibles para casi cualquier persona.

Para alguien como ella, que medía el mundo a escala de décimas, era un grito.

Esa noche, por primera vez en años, no pudo dormir.

El Observatorio organizó una sesión especial abierta al personal administrativo. A Luz Marina la invitaron “por cortesía”, aunque ella sabía que no la necesitaban realmente. Entró con su cuaderno en mano, más por hábito que por utilidad.

El auditorio estaba casi lleno. La pantalla mostraba una imagen hermosa: un cometa azul, alargado, con una estela que parecía una pintura japonesa. El astrónomo principal, el doctor Cifuentes, explicaba:

—3I/ATLAS es un visitante interestelar. Su trayectoria es hiperbólica. No orbita, atraviesa. Según los análisis espectrales, trae compuestos poco comunes en nuestro sistema.

Luz Marina, desde la última fila, anotó la palabra atraviesa.

Las palabras que atraviesan siempre la inquietaban. Y los cuerpos también.

—No representa riesgo —continuó Cifuentes—. Solo es… distinto. Muy distinto. El nivel de CO₂ que desprende es inusualmente alto. Como si fuera un cuerpo químicamente procesado por otras condiciones.

Hubo murmullos.

Luego, alguien levantó la mano.

—¿Tiene relación con las variaciones en los mapas?

El astrónomo tardó en responder.

—No tenemos evidencia de eso, por ahora.

Ese “por ahora” cayó sobre la sala como una pluma cargada de plomo.

Luz Marina regresó a su estudio con un temblor leve, contenido.

Abrió el atlas, tomó la regla, volvió a medir las líneas.

Las costas seguían desplazándose.

Era absurdo.

Era imposible.

Era real.

Durante los días siguientes, el cometa comenzó a verse a simple vista desde el desierto. Un trazo blanco, largo, perfecto. Los trabajadores del Observatorio salían a las terrazas a observarlo; incluso quienes siempre estaban aburridos parecían emocionados.

Luz Marina lo miró solo una vez.

Se sintió observada.

No por el cometa, sino por la Tierra misma.

La sensación la sobresaltó. Cerró la ventana y volvió al mapa.

Pero los datos nuevos eran aún más inquietantes.

Las irregularidades no eran aleatorias.

Eran simétricas.

Como si todo el planeta estuviera ajustándose para adoptar una forma ligeramente diferente. Una forma más ovalada, más alargada hacia el hemisferio sur. Como si algo estuviera tirando suavemente de él.

Algo lejano.

Algo que pasaba.

Como un cometa.

Se lo comentó tímidamente a la directora del Observatorio.

La directora la escuchó en silencio, con atención inesperada.

—¿Cuánto tiempo llevas notando esto? —preguntó.

—Diez días —respondió Luz Marina.

—¿Por qué no lo reportaste antes?

—Pensé que era un error mío.

La directora respiró hondo.

—No lo es —dijo.

Esa misma noche, la citaron al auditorio.

Había solo cuatro personas: la directora, el doctor Cifuentes, una ingeniera de satélites y un astrofísico que no conocía.

—Queremos ver tu atlas —dijo la directora.

Luz Marina abrió el cuaderno, mostrando las páginas con líneas extrañamente desplazadas. Se sintió desnuda, como si estuvieran observando algo íntimo, privado, vulnerable.

El doctor Cifuentes se inclinó sobre los mapas.

—Es exactamente lo que recibimos de los satélites —dijo—. Centímetro por centímetro.

—Pero no tiene sentido —intervino la ingeniera—. Para que la costa de Sudamérica se mueva así, necesitaríamos una redistribución interna de masa o…

No terminó la frase.

No hacía falta.

No existía fenómeno conocido que explicara esos movimientos.

El astrofísico habló por primera vez:

—El cometa 3I/ATLAS tiene una composición inusual. Al acercarse al Sol, desprende partículas cargadas, algunos compuestos no del todo identificados. No sabemos qué efecto puede tener en campos gravitacionales muy sensibles.

—¿Está alterando la Tierra? —preguntó Luz Marina con un hilito de voz.

El silencio fue la respuesta más inquietante de todas.

Los días siguientes fueron una mezcla de vértigo y rutina.

Los astrónomos analizaban datos; los ingenieros ajustaban receptores; los técnicos discutían.

A Luz Marina solo le pedían una cosa:

“Sigue dibujando.”

Nadie entendía por qué las líneas cambiaban, pero alguien debía registrarlo.

Ella lo hacía con el pulso de quien está copiando el latido de un animal gigantesco.

Cada día la Tierra estaba levemente distinta.

No deformada ni dañada. Solo… ajustada.

Como si estuviera respondiendo a una música que nadie oía.

El cometa seguía su curso.

Brillaba cada vez más.

La gente en las ciudades le sacaba fotos.

Los medios hablaban de “maravilla astronómica”.

Nadie sabía lo que ocurría en el Observatorio.

Una tarde, mientras actualizaba el perfil de la cordillera de los Andes, Luz Marina percibió un sonido extraño.

No era un ruido del edificio.

Era interno.

Como si la Tierra hubiera suspirado.

Se asomó a la ventana.

El cometa estaba allí, alargado, majestuoso, más brillante que nunca.

Sintió un impulso inexplicable: correr hacia el cerro cercano, verlo desde más alto.

No era naturaleza aventurera. Era… necesidad.

Subió como nunca había subido nada. Cuando llegó a la cima, con la respiración en el borde del dolor, vio algo imposible: La sombra del cometa sobre la arena. Pero no era una sombra real; más bien, una línea tenue, casi transparente, que vibraba. Parecía un mapa. Un mapa hecho de luz. Un atlas proyectado en la tierra misma. Y entonces se dio cuenta. El cometa no estaba deformando la Tierra. La Tierra estaba respondiendo a él. Como si ambos cuerpos compartieran un lenguaje muy antiguo. Como si el planeta recordara algo.

Luz Marina sintió que se le aflojaban las piernas.

Se sentó.

Miró la línea de luz moverse, apenas.

Era una trayectoria.

Una ruta.

Una invitación.

Cuando el viento sopló, la línea desapareció.

Pero el temblor en su pecho quedó.

Volvió al Observatorio mientras caía la noche.

No dijo nada.

Dibujó.

Trazó las nuevas líneas.

Y por primera vez, no sintió miedo.

Supo –sin pruebas, sin teoría, sin ecuaciones– que no estaba presenciando una catástrofe. Estaba presenciando un recuerdo. El cometa pasaría. La Tierra volvería a su forma. Nadie sabría nunca lo que había ocurrido. Pero algo en ella sí lo sabría. Luz Marina cerró el atlas con suavidad.

Las páginas brillaban apenas bajo la luz blanca del estudio.

Sintió una paz que nunca había sentido. El mundo había cambiado unos milímetros. Ella había cambiado kilómetros.

Afuera, el cometa siguió su viaje.

Y la Tierra, obediente a su propio secreto, regresó lentamente a su silencio.

Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

ONARUM