Roxana Ruscior
Las nubes mordían
el fino cuerno de la Luna, extendiendo la bruma sobre los fértiles campos que
rodeaban el castillo. Desde abajo, al pie de la colina sobre la que se alzaba
el torreón de piedra blanca, resonaban cada vez más lastimeros los aullidos de
perros famélicos. Los mendigos que día tras día pedían alimentos detrás de la
puerta de hierro se habían marchado, dejando atrás apenas unos cuantos cuerpos
demasiado debilitados para seguir el paso. Muy poca carne para una jauría
hambrienta.
Los ojos agudos del cuervo posado
sobre las almenas observaban atentamente las dos pequeñas siluetas, envueltas
en oscuras sotanas monásticas, que salieron del patio del castillo y se
dirigieron hacia el bosque del valle. Con su áspera voz les gritó desde lo
alto, inquieto por el peligro que sentía cercano, pero hasta sus oídos humanos
no llegó más que un molesto graznido. Volvió a gritar una vez más, luego se
lanzó desde la torre y voló tras ellos hasta verlos desaparecer en las entrañas
del bosque, donde él encontraba alimento en abundancia, porque cuando los
hombres y los animales pasan hambre, los cuervos prosperan.
Los primeros rayos de luz devoraron
con avidez las sombras de la noche.
El fuego de la
chimenea que calentaba el comedor del castillo lanzaba de vez en cuando sus
lenguas chisporroteantes hacia el sombrío rostro del barón, abrasándole el
alma. Nada podía calmar los furiosos latidos de su corazón, que parecía
dispuesto a romperle el pecho justo donde estaba la herida recibida en combate
y luego curada con amor por su señora. En su estómago, repleto hasta el exceso,
se abría un vacío imposible de llenar.
Sus pequeños ojos se entrecerraron
aún más a la luz de las llamas y los labios afilados se apretaron dolorosamente
bajo la nariz aguileña. Ya no se oía sonido alguno en la vasta estancia donde,
apenas unas horas antes, habían resonado voces alegres, habían chocado copas de
vino y se habían vaciado platos rebosantes.
El hombre volvió su pesado cuerpo
hacia los sirvientes que aguardaban órdenes, con las cabezas inclinadas y las
espaldas encorvadas. Criaturas sin rostro ni voz, tan acostumbradas al miedo y
a las privaciones que ni siquiera se atrevían a mirar los restos de comida
sobre la mesa, sobras que para ellos habrían sido un festín de varios días.
La penetrante mirada de su señor se
detuvo unos instantes en la alta silla situada en la cabecera de la mesa, donde
se había sentado orgulloso junto a ella, su elegida, y junto a él, su huésped.
El vientre redondo, hinchado por la gula, se le contrajo dolorosamente al
recordar aquellos momentos: los ojos negros del monje, ojos de demonio, siempre
bajos, clavados en el suelo, pero que no habían dejado de examinar en varias
ocasiones el rostro de su esposa, demorándose con insolencia en el velo blanco
de seda que ocultaba sus trenzas rubias, luego en el corpiño rojo de su vestido
y en las estrechas mangas.
¡Qué descaro el de aquel muchacho
que había llegado a pedir, en nombre del abad del monasterio del valle,
provisiones para sus hermanos en Cristo en aquellos tiempos de sequía y hambre!
Le había prometido una carreta
cargada de los mejores alimentos de sus fértiles tierras. Se los ofrecería con
la misma humildad con que había entregado a la Iglesia la franja de terreno
donde se había levantado la casa de Dios. Tan solo debía seguir rezando el
santo abad por su salud y prosperidad.
Al oír aquello, el monje de ojos
negros como el Infierno le había besado las manos, asegurándole que el buen
Dios conocía su devoción y generosidad y que, por ello, para que nadie atentara
contra sus riquezas, le había enviado un ángel guardián encarnado en la
criatura más humilde.
Cuando pronunció esas palabras, los
serenos ojos de la baronesa, que reflejaban el cielo del mediodía, se habían
alzado hacia el rostro cubierto de sudor y polvo del joven y se habían detenido
en él un instante más de lo conveniente.
Aquel muchacho parecía
terriblemente hambriento, pero no era comida lo que ansiaba. Un hambre
abrasadora lo consumía en otra parte, más abajo del vientre. Él lo había visto
perfectamente, pero no podía negar hospitalidad a un enviado del Señor.
Y así se habían dado un festín en
el castillo, compartiendo el mismo alimento y la misma...
Cansado, apartó la mirada de las
llamas que le quemaban los ojos y vio el tapiz que presidía la chimenea
adornada con flores de piedra. De hilos de lana y seda, blancos, rojos, azules
y dorados, tejidos con maestría, había tomado forma un ángel que sonreía
orgulloso junto a un espejo en el que contemplaba sus vestiduras nupciales,
luciendo un anillo de oro formado por dos manos entrelazadas que sostenían una
gema.
Toda su riqueza.
—¡Que la tierra los trague para que
desaparezcan! —rugió.
Arrancó el tapiz de la pared y lo
arrojó al fuego.
Ni el estallido de las llamas ni la
maldición escaparon a la vigilancia del cuervo, que se posó en el alféizar de
la ventana abierta, justo frente a la chimenea y, tan furioso como el señor del
castillo, le gritó dónde se escondían los dos fugitivos. Pero los oídos del
barón, acostumbrados únicamente a escuchar el vino correr de los toneles y la
carne asarse en el espetón, no distinguieron más que un graznido insoportable.
Espantó al ave y ordenó que
cerraran inmediatamente las ventanas, que aumentaran el fuego de la estancia,
porque comenzaba a helársele el corazón.
En el bosque,
protegidos por los árboles resecos de la sequía que había agrietado la tierra,
los dos cuerpos se unían con avidez, tendidos sobre las sotanas monásticas
arrojadas apresuradamente al suelo.
Los dedos sucios y curtidos del
muchacho recorrían temblorosos los muslos firmes que jamás habían visto el sol
ni una mirada ajena. Cuanto más se alimentaba de los tentadores pechos de la
baronesa, cuanto más profundamente penetraba en su vientre suave y cálido, con
mayor intensidad sentía aquel deseo atormentador que le consumía las entrañas y
le oscurecía la razón.
Cada caricia y cada beso recibido
de aquellos labios delicados lo quemaban más intensamente por dentro, hasta que
su cuerpo cayó presa de espasmos dolorosamente placenteros.
No sabía cuánto tiempo había
permanecido así, con la mejilla apoyada sobre su pecho desnudo, que se elevaba
suavemente mientras acariciaba aquella piel fina y pálida que se estremecía de
placer bajo el fresco de la mañana.
Con la respiración aún debilitada,
la joven le levantó lentamente la barbilla y sus miradas hambrientas volvieron
a encontrarse.
Por primera vez, la baronesa sentía
un deseo incontenible de ser amada, adorada, protegida. Comprendió que hasta
entonces no había tenido nada, aunque siempre se le hubiera ofrecido todo, y
que ahora había recibido de él cuanto podía haber deseado.
Quiso darle algo también.
Se quitó del dedo el anillo de oro
con la gema sostenida entre dos manos entrelazadas y se lo tendió sonriendo.
Un graznido furioso desvió por unos
instantes su atención hacia lo alto del cielo, donde el cuervo giraba sobre las
marchitas copas de los árboles.
La sortija escapó de la mano de la
mujer, rodó por el suelo y cayó en una grieta, una herida que la sequía de
aquel año había abierto en la carne de la tierra.
Desde la colina descendió un viento
frío y cortante.
Tiritando, los dos cuerpos desnudos
se abrazaron.
El grito del ave se deslizó entre
los troncos, haciéndolos vibrar como un poderoso eco. Penetró en la corteza
arrugada y descendió hasta las raíces, que lo devoraron con hambre.
Entonces comenzaron a moverse,
mendigando vida.
Se desprendieron de su prisión de
tierra reseca y apresaron a los dos fugitivos.
Sus brazos se agitaron
desesperadamente buscando liberarse. Sus ojos se encontraron por última vez,
como en un espejo roto por el terror. Sus labios se abrieron en vano en un
grito silencioso, implorando una salvación que no llegaría y el aire que jamás volvería
a llenarles los pulmones.
La tierra se abrió para recibirlos
en su vientre famélico y los cubrió con terrones secos que habrían de
convertirse en sus vestiduras de boda.
Enloquecido, el cuervo se lanzó
sobre la grieta que se cerraba cada vez más sobre los cuerpos desnudos,
ocultando toda huella de su infamia.
Comenzó a golpear desesperadamente
con el pico, a rasgar con sus garras afiladas y curvadas, apartando terrones de
barro entre los que se retorcían lombrices arrancadas de las profundidades.
Cavó sin descanso. Más. Cada vez
más.
Hasta que su pico chocó contra la
preciada pieza de metal que buscaba.
Arrancó el anillo de oro con la
gema de entre las raíces que absorbían la savia de aquellos cuerpos aún tibios
y luego se elevó victorioso hacia el torreón del castillo para devolver a su
amo la riqueza que le había sido robada.
Roxana Ruscior, nacida en
Bucarest, Rumania, en 1982, comenzó a escribir relatos cortos a los 12 años.
Durante su etapa en el instituto, formó parte del círculo Sagitario, dirigido
por el poeta y crítico literario Tudor Opriș, donde ganó varios premios de
prosa y dramaturgia en el concurso literario Tinere Condeie. Debutó en 2013 con
la novela Armata Domnului, inspirada en un hecho real: el secuestro de
periodistas rumanos en Irak. En 2021, publicó la novela de ciencia ficción Un
nou Pâmânt, que narra la aventura de los últimos supervivientes de la Tierra
que, tras la destrucción del planeta, emprenden la búsqueda de otro. En mayo de
2023, publicó la novela histórica El diablo de Freisetzburg, que se convirtió
en el libro más vendido de la colección Biblioteca de Prosa Contemporánea de la
editorial Litera en la Feria del Libro Bookfest 2023. Ha colaborado con textos
en varias revistas literarias, especialmente en Ficțiunea. Le gusta escribir
fantasía, ciencia ficción, pero también prosa realista, con especial atención a
la psicología de los personajes. Busca que sus historias planteen preguntas, no
que ofrezcan respuestas.




