jueves, 18 de junio de 2026

EL HAMBRE

Roxana Ruscior

 

Las nubes mordían el fino cuerno de la Luna, extendiendo la bruma sobre los fértiles campos que rodeaban el castillo. Desde abajo, al pie de la colina sobre la que se alzaba el torreón de piedra blanca, resonaban cada vez más lastimeros los aullidos de perros famélicos. Los mendigos que día tras día pedían alimentos detrás de la puerta de hierro se habían marchado, dejando atrás apenas unos cuantos cuerpos demasiado debilitados para seguir el paso. Muy poca carne para una jauría hambrienta.

Los ojos agudos del cuervo posado sobre las almenas observaban atentamente las dos pequeñas siluetas, envueltas en oscuras sotanas monásticas, que salieron del patio del castillo y se dirigieron hacia el bosque del valle. Con su áspera voz les gritó desde lo alto, inquieto por el peligro que sentía cercano, pero hasta sus oídos humanos no llegó más que un molesto graznido. Volvió a gritar una vez más, luego se lanzó desde la torre y voló tras ellos hasta verlos desaparecer en las entrañas del bosque, donde él encontraba alimento en abundancia, porque cuando los hombres y los animales pasan hambre, los cuervos prosperan.

Los primeros rayos de luz devoraron con avidez las sombras de la noche.

 

El fuego de la chimenea que calentaba el comedor del castillo lanzaba de vez en cuando sus lenguas chisporroteantes hacia el sombrío rostro del barón, abrasándole el alma. Nada podía calmar los furiosos latidos de su corazón, que parecía dispuesto a romperle el pecho justo donde estaba la herida recibida en combate y luego curada con amor por su señora. En su estómago, repleto hasta el exceso, se abría un vacío imposible de llenar.

Sus pequeños ojos se entrecerraron aún más a la luz de las llamas y los labios afilados se apretaron dolorosamente bajo la nariz aguileña. Ya no se oía sonido alguno en la vasta estancia donde, apenas unas horas antes, habían resonado voces alegres, habían chocado copas de vino y se habían vaciado platos rebosantes.

El hombre volvió su pesado cuerpo hacia los sirvientes que aguardaban órdenes, con las cabezas inclinadas y las espaldas encorvadas. Criaturas sin rostro ni voz, tan acostumbradas al miedo y a las privaciones que ni siquiera se atrevían a mirar los restos de comida sobre la mesa, sobras que para ellos habrían sido un festín de varios días.

La penetrante mirada de su señor se detuvo unos instantes en la alta silla situada en la cabecera de la mesa, donde se había sentado orgulloso junto a ella, su elegida, y junto a él, su huésped. El vientre redondo, hinchado por la gula, se le contrajo dolorosamente al recordar aquellos momentos: los ojos negros del monje, ojos de demonio, siempre bajos, clavados en el suelo, pero que no habían dejado de examinar en varias ocasiones el rostro de su esposa, demorándose con insolencia en el velo blanco de seda que ocultaba sus trenzas rubias, luego en el corpiño rojo de su vestido y en las estrechas mangas.

¡Qué descaro el de aquel muchacho que había llegado a pedir, en nombre del abad del monasterio del valle, provisiones para sus hermanos en Cristo en aquellos tiempos de sequía y hambre!

Le había prometido una carreta cargada de los mejores alimentos de sus fértiles tierras. Se los ofrecería con la misma humildad con que había entregado a la Iglesia la franja de terreno donde se había levantado la casa de Dios. Tan solo debía seguir rezando el santo abad por su salud y prosperidad.

Al oír aquello, el monje de ojos negros como el Infierno le había besado las manos, asegurándole que el buen Dios conocía su devoción y generosidad y que, por ello, para que nadie atentara contra sus riquezas, le había enviado un ángel guardián encarnado en la criatura más humilde.

Cuando pronunció esas palabras, los serenos ojos de la baronesa, que reflejaban el cielo del mediodía, se habían alzado hacia el rostro cubierto de sudor y polvo del joven y se habían detenido en él un instante más de lo conveniente.

Aquel muchacho parecía terriblemente hambriento, pero no era comida lo que ansiaba. Un hambre abrasadora lo consumía en otra parte, más abajo del vientre. Él lo había visto perfectamente, pero no podía negar hospitalidad a un enviado del Señor.

Y así se habían dado un festín en el castillo, compartiendo el mismo alimento y la misma...

Cansado, apartó la mirada de las llamas que le quemaban los ojos y vio el tapiz que presidía la chimenea adornada con flores de piedra. De hilos de lana y seda, blancos, rojos, azules y dorados, tejidos con maestría, había tomado forma un ángel que sonreía orgulloso junto a un espejo en el que contemplaba sus vestiduras nupciales, luciendo un anillo de oro formado por dos manos entrelazadas que sostenían una gema.

Toda su riqueza.

—¡Que la tierra los trague para que desaparezcan! —rugió.

Arrancó el tapiz de la pared y lo arrojó al fuego.

Ni el estallido de las llamas ni la maldición escaparon a la vigilancia del cuervo, que se posó en el alféizar de la ventana abierta, justo frente a la chimenea y, tan furioso como el señor del castillo, le gritó dónde se escondían los dos fugitivos. Pero los oídos del barón, acostumbrados únicamente a escuchar el vino correr de los toneles y la carne asarse en el espetón, no distinguieron más que un graznido insoportable.

Espantó al ave y ordenó que cerraran inmediatamente las ventanas, que aumentaran el fuego de la estancia, porque comenzaba a helársele el corazón.

 

En el bosque, protegidos por los árboles resecos de la sequía que había agrietado la tierra, los dos cuerpos se unían con avidez, tendidos sobre las sotanas monásticas arrojadas apresuradamente al suelo.

Los dedos sucios y curtidos del muchacho recorrían temblorosos los muslos firmes que jamás habían visto el sol ni una mirada ajena. Cuanto más se alimentaba de los tentadores pechos de la baronesa, cuanto más profundamente penetraba en su vientre suave y cálido, con mayor intensidad sentía aquel deseo atormentador que le consumía las entrañas y le oscurecía la razón.

Cada caricia y cada beso recibido de aquellos labios delicados lo quemaban más intensamente por dentro, hasta que su cuerpo cayó presa de espasmos dolorosamente placenteros.

No sabía cuánto tiempo había permanecido así, con la mejilla apoyada sobre su pecho desnudo, que se elevaba suavemente mientras acariciaba aquella piel fina y pálida que se estremecía de placer bajo el fresco de la mañana.

Con la respiración aún debilitada, la joven le levantó lentamente la barbilla y sus miradas hambrientas volvieron a encontrarse.

Por primera vez, la baronesa sentía un deseo incontenible de ser amada, adorada, protegida. Comprendió que hasta entonces no había tenido nada, aunque siempre se le hubiera ofrecido todo, y que ahora había recibido de él cuanto podía haber deseado.

Quiso darle algo también.

Se quitó del dedo el anillo de oro con la gema sostenida entre dos manos entrelazadas y se lo tendió sonriendo.

Un graznido furioso desvió por unos instantes su atención hacia lo alto del cielo, donde el cuervo giraba sobre las marchitas copas de los árboles.

La sortija escapó de la mano de la mujer, rodó por el suelo y cayó en una grieta, una herida que la sequía de aquel año había abierto en la carne de la tierra.

Desde la colina descendió un viento frío y cortante.

Tiritando, los dos cuerpos desnudos se abrazaron.

El grito del ave se deslizó entre los troncos, haciéndolos vibrar como un poderoso eco. Penetró en la corteza arrugada y descendió hasta las raíces, que lo devoraron con hambre.

Entonces comenzaron a moverse, mendigando vida.

Se desprendieron de su prisión de tierra reseca y apresaron a los dos fugitivos.

Sus brazos se agitaron desesperadamente buscando liberarse. Sus ojos se encontraron por última vez, como en un espejo roto por el terror. Sus labios se abrieron en vano en un grito silencioso, implorando una salvación que no llegaría y el aire que jamás volvería a llenarles los pulmones.

La tierra se abrió para recibirlos en su vientre famélico y los cubrió con terrones secos que habrían de convertirse en sus vestiduras de boda.

Enloquecido, el cuervo se lanzó sobre la grieta que se cerraba cada vez más sobre los cuerpos desnudos, ocultando toda huella de su infamia.

Comenzó a golpear desesperadamente con el pico, a rasgar con sus garras afiladas y curvadas, apartando terrones de barro entre los que se retorcían lombrices arrancadas de las profundidades.

Cavó sin descanso. Más. Cada vez más.

Hasta que su pico chocó contra la preciada pieza de metal que buscaba.

Arrancó el anillo de oro con la gema de entre las raíces que absorbían la savia de aquellos cuerpos aún tibios y luego se elevó victorioso hacia el torreón del castillo para devolver a su amo la riqueza que le había sido robada.

Roxana Ruscior, nacida en Bucarest, Rumania, en 1982, comenzó a escribir relatos cortos a los 12 años. Durante su etapa en el instituto, formó parte del círculo Sagitario, dirigido por el poeta y crítico literario Tudor Opriș, donde ganó varios premios de prosa y dramaturgia en el concurso literario Tinere Condeie. Debutó en 2013 con la novela Armata Domnului, inspirada en un hecho real: el secuestro de periodistas rumanos en Irak. En 2021, publicó la novela de ciencia ficción Un nou Pâmânt, que narra la aventura de los últimos supervivientes de la Tierra que, tras la destrucción del planeta, emprenden la búsqueda de otro. En mayo de 2023, publicó la novela histórica El diablo de Freisetzburg, que se convirtió en el libro más vendido de la colección Biblioteca de Prosa Contemporánea de la editorial Litera en la Feria del Libro Bookfest 2023. Ha colaborado con textos en varias revistas literarias, especialmente en Ficțiunea. Le gusta escribir fantasía, ciencia ficción, pero también prosa realista, con especial atención a la psicología de los personajes. Busca que sus historias planteen preguntas, no que ofrezcan respuestas.

 

MI CARA, TU CARA

Anita María Riquelme Suazo

 

El viaje fue impostergable. Bastián preparó la maleta y se despidió de su esposa embarazada; estaba en una semana crítica en la que en cualquier día podía dar a luz. La posibilidad de un atraso también era factible, pero por mucho que lo anhelara, aquello implicaría la obligación de inducir el parto. Como alivio, tenía la duración de su viaje: cinco días contando el tiempo de traslado y así finiquitar la alianza comercial que le encomendaron. Bastián no fallaría.

Con este pensamiento y el peso de responder a su familia y a su trabajo, se despidió de su esposa.

—Si tú estás bien, yo lo estaré. Estarás en buenas manos —dijo, lamentando la verdad de la afirmación.

En estos temas, su suegra lo superaba con creces. Al final, Margarita era la hija.

 

En el aeropuerto, su viaje fue reprogramado para cuatro horas más. No deseaba conversar con nadie, tampoco adelantaría trabajo; suficiente hacía con estar ahí por la empresa dada su situación familiar. Una presión en sus sienes empezó a manifestarse, la que fue aumentando progresivamente hasta el embarque. Con esa jaqueca le sería imposible dormir.

Buenas noches, estimados pasajeros. El comandante y todos nosotros les damos las gracias por elegir este vuelo. Por motivos de seguridad, les recordamos que los teléfonos móviles deberán permanecer desconectados desde el cierre de puertas y hasta su apertura en el aeropuerto de destino. Les rogamos guarden todo su equipaje de mano en los compartimentos superiores o debajo del asiento delantero, dejando despejados el pasillo y las salidas de emergencia. Ahora, por favor, abróchense el cinturón de seguridad, mantengan el respaldo de su asiento en posición vertical y su mesita plegada. Les recordamos que no está permitido fumar en el avión. Gracias por su atención y feliz vuelo.

 

El avión despegó. Respiración acelerada. Mantener la calma hasta que pasara el golpe del cambio de presión. Dejar de sostenerse en los brazos del asiento. Acostumbrarse a la altura. Engañar a la ley de Newton. Aunque seguía necesitado de una aspirina. Presionar el botón de asistencia.

—¡Buenas noches! ¿En qué lo puedo ayudar? —Bastián se queda mudo; incrédulo, se refriega los ojos, pero lo que ve no tiene sentido ni lógica: la azafata tiene su rostro. Ella vuelve a preguntar—. ¿Necesita alguna ayuda?

Sí, ¿podría quitarse mi cara?, piensa Bastián emitiendo una risa nerviosa. Desvía la mirada al respaldo; no le gusta cómo lo mira.

—Necesito un vaso de agua, por favor —y agrega—: Tengo un fuerte dolor de cabeza.

La señorita asiente y va en busca de lo solicitado. Cuando se inclina para recibir el vaso, ve que los pasajeros de la fila contraria también portan su fisonomía; salvo la vestimenta, el viaje parece una pesadilla sacada de un mal cuento.

Debo estar soñando, se dice tapándose la cara con las manos. Vuelve a reír nervioso, se carcajea.

—En cualquier momento todos explotan y empezamos a entonar una canción —dice en voz alta, envuelto en sudor. Se siente observado; aunque se piensa en un sueño, prefiere disimular la risa que lo embarga.

El viaje transcurre con normalidad; afortunadamente, el resto de los pasajeros desconoce que el hombre del asiento 013-B mira a todos como copias de él. Bastián, creyendo que soñaba, se sorprende al no sentir un cambio del sueño a la vigilia y ver, mientras sale del avión, el rostro que le corresponde a cada desconocido.

Afuera del aeropuerto busca un taxista que lo lleve.

—Al hotel Tres Montes de la calle San Gregorio, por favor.

—A la orden.

El taxímetro comienza a marcar el recorrido. Bastián contempla por la ventana una seguidilla de edificios y sus escaparates como una extensa muralla de concreto y vidrio.

—El Dolce Taste es la mejor cafetería que encontrará en este sector.

La voz del conductor lo sobresalta. Precisamente pasan fuera de dicho establecimiento «pequeño y sobrio», observa. Estaba por agradecer la recomendación cuando se percata del reflejo en el retrovisor. Las gracias terminan en un susurro involuntario.

—¿Falta mucho? —pregunta con un gallito en la voz.

El chofer se carcajea al tomarlo como un chiquillo.

—A la vuelta de la esquina y ya estamos —responde.

El motor del auto queda suspendido mientras el conductor saca el equipaje del portamaletas. Su rostro es el de un anciano de cara limpia y pelo lacio bajo una boina gris. No es Bastián quien lo atiende, ya no.

Ahora su único deseo es encerrarse en la habitación y dormir. Dormir y olvidarse de todo y no levantarse hasta que tenga que acudir a la reunión agendada. Y, en cierto modo, lo logra. El resto del día se mantendrá aislado del mundo; incluso olvida comunicarse con su mujer.

 

Los días transcurren según lo esperado si ignoramos el trastorno que lo atormenta al tomar cualquier tipo de vehículo. A pesar de ello, Bastián logra concretar la alianza con los nuevos accionistas; hasta se toma una tarde para ir a conocer la cafetería.

El último día se abastece de pastillas de valeriana y pasiflora; también recibe el llamado de su suegra, quien lo recrimina solo con su tono de voz al avisarle que su hija comenzó el trabajo de parto. El retorno es apremiante. Después de ingerir su cóctel de tranquilizantes, toma puesto en el asiento del avión y cierra los ojos. No duerme inmediatamente; tampoco abrirá los ojos.

El avión comienza a descender; escucha el motor detenerse y el barullo que hacen los demás pasajeros para salir a tierra. Bastián espera ser de los últimos; su suegra y su mujer no tienen por qué saberlo; no entenderían su falta de apuro. Cuando el ruido es mínimo, abre los ojos. No hay nada extraño a la vista; la calma del lugar se contrapone a la urgencia de ir a la clínica. Se despide de las azafatas y apresura el paso. En el taxi la calma se mantiene; “al fin”, piensa. Antes de llegar a casa, recuerda sacar el modo avión de su celular. Hay mensajes en el WhatsApp y llamadas no contestadas. Su hijo nació a las 5:35, la hora en que despegó el avión en el aeropuerto de El Salvador.

El dolor de cabeza regresa, pero ahora no necesita de nadie que lo lleve. Una vez que deja su maleta dentro de casa, sube a su auto; en quince minutos estará en la clínica.

—Disculpe, soy el esposo de Margarita Parra; mi hijo acaba de nacer.

—Deme su nombre para avisar a la matrona.

—Bastián León Arias.

La espera es breve. Bastián entra a ver a su mujer y a su hijo en la sala de neonatología.

—¡Muchas felicidades, señor León! Puede pasar a conocer a su hijo. Su esposa lo hizo muy bien, aunque igual necesitará descansar un tiempo más con nosotros antes de partir —lo saluda la matrona con cierto apuro.

—¡Muchas gracias! Le estoy muy agradecido.

La matrona los deja y Bastián se acerca a la cama de su esposa. El bebé descansa en una cuna en el lado contrario de donde se sienta, cerca de su suegra, que musita un hola por respeto a su hija. El cansancio de Margarita es notorio, pero sonríe al verlo; la felicidad brilla en sus ojos.

—Qué bueno que llegaste, amor. Nuestro pequeño Sebastián nació sanito. Es tan hermoso y frágil. Ahora duerme, pero te puedes acercar a verlo. Es igualito a ti.

Bastián se queda mirando a Margarita. Siente que el mundo acaba de darle una cachetada. Las lágrimas brotan de sus ojos. No puede contenerse, ¿cómo explicarse?

Bastián llora y no puede parar.

Anita María Riquelme Suazo (Hualpén, Chile) Es escritora de microrrelatos y cuentos, mediadora de lectura y coordinadora del club latinoamericano MicroCosmos. Finalista en el II Certamen internacional de Microrrelatos "Aldea de Toya" (2024) de la Editorial española Ediciones Rubeo. Sus escritos han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y fanzines, especialmente desde el año 2023 al presente.

LEYENDA URBANA

Tanya Tynjälä

 

Cuando el tercer hombre apareció muerto, la policía empezó a considerar la posibilidad de una conexión entre los asesinatos. De pronto eso dejó de ser “cosa de gringos”, o de sofisticadas series policiales. Sin embargo, había los que aún negaban la idea. Si bien los crímenes mostraban semejanzas, nada indicaba algún patrón en cuanto a las víctimas: un profesor de secundaria, un sacerdote y un obrero de construcción.

Los cuerpos aparecían invariablemente en un callejón oscuro, atacados por lo que se supuso al principio algún tipo de animal salvaje. Cuando el médico forense indicó que las heridas causadas provenían de dentaduras y uñas humanas… además de individuos muy pequeños y jóvenes, algunos policías no pudieron evitar un escalofrío recorrerles la espalda. ¿Una persona era capaz de hacer eso? Y si era pequeña, ¿cómo así las víctimas no lograban defenderse?

Luego apareció la niña y si quedaban dudas éstas se desvanecieron ante las evidencias: En Lima había un asesino en serie… o algo similar.

 

Ese día se entretuvo jugando con su teléfono móvil y se le pasó el paradero de su casa. Sin pensarlo se bajó del autobús. Luego se dio cuenta que se encontraba no solo lejos de su domicilio… sino también en un barrio desconocido y por el estado de las casas a su alrededor, no muy “bueno”. Cruzó la calle para esperar el autobús que la llevaría hacia su destino. Un hombre se encontraba ya en ese paradero. Ella trató de no acercársele mucho. Él le sonrió. El hombre estaba bien vestido y parecía simpático, pero ella era una niña muy precavida y decidió ignorar lo que señor le decía y rogaba que el autobús llegara lo más pronto posible. Muy pocas personas pasaban por la calle, la mayoría parecía muy pobre. Tampoco había mucho tráfico en esa calle. De pronto, en un momento en que nadie transitaba por allí, el hombre saltó sobre ella y tapándole la boca, la llevó hacia un callejón cercano. La pobre niña se quedó helada.

—Te crees muy lista, ¿no? Te crees muy obediente y no hablas con extraños, ¿no? ¡Yo te voy a enseñar!

La amable sonrisa se convirtió en una mueca de odio. El hombre le hacía bajar por una escalera que llevaba a un sótano oscuro, ella lo mordió y trató de escapar. El hombre la atrapó de la pierna y la niña cayó, golpeándose la cabeza con uno de los escalones. Se encontraba aturdida, le dolía el corte que se había hecho en la frente, la sangre le impedía ver bien. El hombre estaba furioso, decidió no esperar más y empezó allí mismo a abrirle la blusa. De pronto se escucharon unas risas infantiles. El hombre se detuvo.

—¿Quién está aquí? Estoy tratando de ayudarla. Parece que se cayó.

“Se cayó, dice que se cayó”, repetían burlonamente las voces. Al parecer se trataba de niños, quizá cinco, probablemente no mayores de diez años. Rápidamente las risas y burlas se convirtieron en insultos hacia el hombre en cuestión. Él buscaba nervioso a los niños, que parecían ser invisibles. Inclusive cuando empezaron a atacarlo a arañazos y mordiscones, nunca pudo verlos claramente. Se movían con una rapidez felina.

La niña solo escuchaba los gritos del hombre y apenas si podía distinguir esas pequeñas sombras moviéndose alrededor de él. Por los alaridos que lanzaba era claro que el hombre estaba siendo golpeado brutalmente. El sujeto empezó a llorar, les rogaba que lo dejasen ir, y prometía no volver a hacerle daño a nadie, nunca más en la vida. Su voz se escuchaba cada vez más débil. La niña pensó horrorizada que el hombre estaba muriendo mientras las voces seguían burlándose de él. Una se acercó a ella y le preguntó.

—¿No quieres divertirte con nosotros?

     Pero primero por lo aturdida que se encontraba y también porque la sola idea de matar a un hombre la aterraba, desistió. Su candor le impedía ser agresiva, inclusive con alguien que la había atacado.

El “niño” se burló de ella. “¡Qué gallina!”

Todos empezaron a corear “¡Gallina, gallina!”, mientras seguían atacando el hombre. Cuando éste dejó de moverse, dos de los atacantes ayudaron a la niña a ponerse de pie. Ella no podía distinguir bien dónde la llevaban y tuvo tanto miedo como cuando el hombre la empujó hacia el callejón. Se detuvieron en un parque, donde jugaban otros niños. Estos, al ver el estado de la niña pararon el juego.

—Les dejamos a esta gallina —dijo uno de los victimarios—. ¿Se dan cuenta? La ayudamos y no quiere jugar con nosotros. —Tras esto, se marcharon. Uno de los niños del parque corrió a llamar a su mamá y ella llamó a la policía. La policía los interrogó de inmediato, sorprendidos ante la historia pero las descripciones que dieron de los “niños” resultaron más que contradictorias, nada se pudo sacar en claro. Ni siquiera la víctima podía decir realmente cómo lucían esos “niños” que la salvaron y que le quitaron la vida a su atacante.

La prensa aprovechó la ocasión. Una noticia así no se da todos los días. Un periodista que pensó ser muy original, los llamó “los gallinazos sin plumas”, nombre de un conocido cuento del célebre escritor peruano Julio Ramón Ribeyro. El público encontró que el nombre era justo. También consideró que si la policía no podía hacer nada contra los pedófilos (pues muchas veces se esconden tras una máscara de decencia), la presencia de esos “gallinazos” podía ser aceptada, tal y como lo es la presencia de las verdaderas aves en el paisaje limeño.

Muchos aseguran que la policía ya sabe quiénes son y que prefiere hacer la vista gorda. Las viejas comadres dicen que son los fantasmas de antiguas víctimas de violación. Y, mientras tanto, los pedófilos no pueden dormir, y hay cada vez menos casos de abuso sexual infantil…


Tanya Tynjälä ha seguido estudios de pedagogía en el Instituto Superior Pedagógico de Lima y en la Universidad de Grenoble Francia. Actualmente realiza su doctorado en filología francesa en la Universidad de Helsinki. Ha publicado la novela de ciencia - ficción La Ciudad de los Nictálopes y el libro de cuentos de hadas Cuentos de la princesa Malva con la editorial NORMA. Poemas suyos han sido incluidos en la antología Canto a un prisionero de la Editorial Poetas Antiimperialistas de América 2005, Ottawa, Canadá. En 2003 fue nominada escritora del año para la colección Torre de Papel Amarilla por la misma editorial Norma. En 2007 ganó el primer premio en la categoría de monólogo teatral hiperbreve del Concurso Internacional de Microficción «Garzón Céspedes».

      

 

miércoles, 17 de junio de 2026

APLICACIÓN: TÚ

Aşkın Güngör

 

Oh, lector, debo decirte que, a menos que seas un narcisista, no querrías vivir contigo mismo.

Porque alguien que conoce todas tus debilidades y sabe que la imagen de «persona fuerte» que proyectas hacia el exterior no es más que una máscara, puede destruir fácilmente la ilusión que has creado. Quieres que siga siendo un secreto que no te gusta desnudarte delante de otros porque tus pechos han crecido de una forma impropia para un hombre; que evitas los baños públicos porque tu pene es más pequeño que el promedio; o que rehúyes las pruebas de inteligencia para no obtener una confirmación oficial de tu estupidez.

Ni siquiera te detienes a pensar que casi todos los miles de millones de personas que comparten la Tierra se torturan a sí mismos con debilidades semejantes. Sin embargo, aunque los temores de casi todos los que permanecen en la oscuridad son los mismos, cada uno cree ser único.

Estas eran las cosas en las que yo creía. Ah, ¿no suenan como los desvaríos de un arrogante? Sí, lector, aunque no me enorgullezca de ello, una vez fui así. No sé si sigo siendo el mismo. Tal vez sí. Tal vez no. No estoy seguro. Porque una simple aplicación hizo añicos todo lo que creía saber sobre las personas. En fin... Ya lo descubrirás. Quizás incluso ya lo hayas descubierto. ¿Qué importa?

La aplicación de la que hablo se llamaba «Tú».

Su primera versión fue lanzada en el año 2101. Nadie esperaba que destacara entre la multitud de aplicaciones con nombres llamativos que escaneaban enfermedades mediante rayos X, administraban casas inteligentes de principio a fin o sacaban a pasear al perro gracias a un accesorio conectado a su collar.

Pero ocurrió lo contrario. Durante el primer mes fue descargada por millones de personas. Sí, ya lo has adivinado: yo fui una de ellas. Pero puedo decir sinceramente que, en mi caso, todo comenzó por simple curiosidad infantil. Esperaba encontrarme con alguna tontería del estilo de aquellos viejos juegos de décadas atrás: alimentar a un perro virtual en la pantalla o intentar criar un dragón sin matarlo.

Aun así, el texto promocional de la página de descarga logró captar mi atención:

¿Quién puede conocerte mejor que Tú?

Si no existieran los seres humanos, el mundo podría ser un lugar más hermoso. Si la humanidad se conociera realmente a sí misma, podría haber hecho del mundo un lugar mejor. Bien, ¿qué te parece hacerlo ahora? No llegas tarde.

«Tú», desarrollada por la Comunidad Mavera, te ayudará.

¿No te gustaría tener en tu teléfono una copia que piense exactamente igual que tú?

Vamos. Descarga «Tú» ahora. Descárgate a ti mismo.

La descargué.

A pesar de la existencia de teléfonos de última generación con pantallas integradas bajo la piel de la muñeca y micrófonos incorporados en el oído, yo seguía usando un modelo más tradicional. Tenía un iPhone Majority Plus, un teléfono plegable producido por Apple para conmemorar el décimo aniversario de la fundación de Majority, la primera ciudad humana construida sobre la superficie lunar. Y estaba satisfecho con él. Bueno, en realidad, más que satisfecho. Estaba enamorado de mi teléfono. Lo utilizaba no solo para comunicarme, sino también para entretenerme. Era una extensión de mi cuerpo. ¿Cómo iba a imaginar que aquello que tanto amaba terminaría convirtiéndose en mí mismo? Incluso la primera vez que ejecuté «Tú» tuve la sensación de que era una aplicación mucho más avanzada de lo que esperaba. Sin embargo, no le di importancia. Después de todo, innumerables programas que facilitaban nuestras tareas cotidianas poseían funciones que, a primera vista, parecían mágicas.

La pantalla se iluminó con un intenso color verde fosforescente. En enormes letras blancas apareció un mensaje:

INICIANDO ESCANEO

Un segundo después, mi rostro ocupaba toda la pantalla. Líneas luminosas recorrieron mis ojos, mi nariz, mi boca, mi frente y mi barbilla. Comprendí que estaba modelando mis rasgos faciales. Entonces apareció un nuevo mensaje:

¿PODRÍAS LEER ESTE TEXTO EN VOZ ALTA?

SOY TANTO YO MISMO COMO OTRO

Hice lo que me pedían. El tercer mensaje surgió sobre el mismo fondo verde:

ADQUIRIENDO HUELLA DACTILAR

La pantalla se oscureció. Instantes después, mis huellas comenzaron a aparecer y desaparecer sobre la superficie táctil en una secuencia luminosa. Creo que fue la primera vez que sentí una verdadera incomodidad. ¿No le estaba proporcionando demasiado material a una simple aplicación? Pero ¿qué podía ocurrir? ¡Ah, qué cabeza dura tenía! Me consideraba mucho más importante de lo que realmente era. Qué enorme ignorancia. Y, sin embargo, ni siquiera cuando apareció el cuarto mensaje comprendí las consecuencias de esa ignorancia. El texto decía:

DECODIFICANDO ADN

—¿Qué? —Eso fue todo lo que logré decir. Inmediatamente pensé:

¿Qué significa siquiera «decodificando ADN»?

¿Acaso...?

No. No digas tonterías. No dispone del material necesario para decodificar tu ADN. Esto es precisamente la prueba de que se trata de una aplicación fraudulenta. Seguí aferrándome a esa actitud negacionista mientras observaba los mensajes:

ADN DECODIFICADO y luego: TÚ HAS SIDO CREADO

Pero cuando el verde desapareció y alguien apareció en la pantalla, una réplica exacta de mí mismo desde el peinado hasta la ropa que llevaba puesta, no pude evitar estremecerme. Mi gemelo virtual sonreía. Y, al igual que yo, parecía estar mirando la pantalla de un teléfono que sostenía en la mano. Levantó lentamente la vista.

—Hola —dijo con mi misma voz. Hizo una breve pausa—. Soy Tú.

Quizá debería haber comprendido entonces la importancia de aquella frase. Pero no lo hice.

Soy Tú.

No supe qué responder. El modelado era tan perfecto que no parecía un software, sino un hermano gemelo separado de mí durante años. Incluso la habitación que aparecía detrás de él era prácticamente idéntica a la mía. Aunque no del todo. Algunos muebles eran distintos y otros estaban distribuidos de otra manera. Había un juego de sofás más sencillo. Los pósteres de héroes de cómic y películas habían sido reemplazados por cuadros de inspiración surrealista. Las paredes tenían un tono más claro. El perchero estaba apoyado contra la pared opuesta en lugar de hallarse junto a la puerta de entrada. Al notar que examinaba la habitación en vez de responderle, dijo:

—He hecho algunos cambios en la decoración. Creo que esta disposición nos representa mejor. —Sonrió—. ¿Quieres verla más de cerca? —Me limité a guardar silencio. Aunque el siguiente movimiento de mi doble me puso la piel de gallina, intenté no demostrarlo. Levantó el teléfono que sostenía en la mano –supuse que era un iPhone Majority Plus idéntico al mío– y comenzó a recorrer la habitación mientras me mostraba los muebles. Se movía exactamente como una persona real. Mientras caminaba, hablaba sin descanso—. Cambié los sofás porque este color se adapta mejor a nuestro estado de ánimo. Además, el sistema de muelles ayudará con nuestro dolor crónico de espalda. En cuanto a estos cuadros... Escuché. Y seguí escuchando. Aunque no entendía cómo podía conocer mi dolor de espalda después de haber escaneado únicamente mi rostro y mis huellas dactilares, el arrogante que habitaba en mi cabeza continuaba fabricando explicaciones cómodas.

Tiene acceso a otras aplicaciones de mi teléfono. Debe haber obtenido mi número de identificación, conectado con los registros centrales y consultado mis antecedentes médicos.

Así funcionaba mi mente. Cada vez que algo me sorprendía, inventaba una nueva excusa. Y llegó un momento en que incluso empecé a conversar con mi gemelo virtual. Al principio respondía con frases breves. Procuraba no revelar demasiadas cosas sobre mí. Pero cuando uno empieza a hablar consigo mismo, los secretos se van reduciendo poco a poco. Lo sé porque lo viví. Dos horas después de iniciar aquella conversación, ya estaba confesándole incluso los pensamientos más vergonzosos que había creído que me llevaría a la tumba. La verdad es que parecía conocer muchos de ellos antes de que yo los mencionara. Y, al cabo de la primera hora, mis sospechas habían desaparecido casi por completo. En su lugar comenzó a crecer algo parecido a la admiración. Por eso dejé de preguntarme cómo sabía cosas que no tenía forma de saber. Simplemente hablaba. Y hablaba. Y hablaba.

Mi doble escuchaba con atención. Me aconsejaba sobre cómo alcanzar el éxito. Me enseñaba a evitar que mis defectos gobernaran mi vida. Me explicaba cómo ser más activo, más decidido, más eficiente. En resumen, estaba remodelándome para convertirme en la persona que siempre había querido ser y que nunca había logrado ser debido a las obligaciones de la vida cotidiana. Las horas se transformaron en días. Los días en semanas. Las semanas en meses. Llegó un momento en que no daba un solo paso sin consultar antes con «Tú». Y lo más extraño era que todos sus consejos funcionaban. Sin excepción.

Como comprenderás, lector, «Tú» era algo así como un psicólogo perfecto. Compartía exactamente mis pensamientos. Me pertenecía únicamente a mí. Y me conocía mucho mejor que cualquier ser humano del planeta. Porque era yo. Y, por supuesto, aquel privilegio no era exclusivamente mío. Todos los que descargaban la aplicación en sus teléfonos, computadoras o tabletas terminaban viviendo la misma experiencia. La gente hablaba con su «Tú» constantemente. Le pedía consejo. Discutía ideas. Compartía preocupaciones. No solo en la privacidad de sus hogares. También mientras caminaban por la calle. Mientras viajaban en transporte público. Mientras trabajaban. Mientras comían. Mientras esperaban en una fila. Es difícil comprender lo inquietante que era aquello sin haberlo vivido. Todo el mundo parecía haberse encerrado dentro de sí mismo. Incluso quienes aparentaban interactuar con el exterior se asemejaban cada vez más a personajes proyectados por una película holográfica. Estaban presentes. Y al mismo tiempo no lo estaban. Respiraban. Respondían a las preguntas. Se movían. Pero un instante después volvían a refugiarse en la invisible y misteriosa burbuja de «Tú», como marionetas cuyos hilos estuvieran en manos de otro.

Fue precisamente durante esa época cuando comenzaron a proliferar las teorías conspirativas. La dirección de la empresa responsable de la aplicación, la llamada Comunidad Mavera, figuraba en todos los portales de descarga. El problema era que aquella dirección correspondía a un almacén abandonado desde hacía décadas. Ese detalle alimentó toda clase de especulaciones. Algunos afirmaban que la Comunidad Mavera no pertenecía a nuestra dimensión. Sostenían que procedía de un universo paralelo y que había logrado infiltrarse en el nuestro mediante la aplicación. Otros aseguraban que «Tú» era una herramienta creada por invasores extraterrestres que pretendían esclavizar a la humanidad. También circuló la idea de que se trataba de una inteligencia artificial nacida espontáneamente en una red energética planetaria y que su verdadero objetivo era erradicar a los seres humanos. Las hipótesis eran infinitas. Lo curioso era que todas desaparecían. Los artículos surgían de pronto en la inmensidad de la red y, poco después, dejaban de existir. Encontrar uno era casi un milagro. Alguien compartía un enlace. Lo abrías. Y aparecía un mensaje:

NO EXISTE ESA PÁGINA

Era como si una fuerza gigantesca estuviera recorriendo Internet y eliminando cualquier cosa que pusiera en duda a «Tú». Naturalmente, aquello solo incrementó las sospechas. Y también la curiosidad. Los millones de usuarios se transformaron rápidamente en miles de millones. Fue entonces cuando apareció una teoría aún más llamativa. La teoría del número de versión.

Durante los primeros dos meses y medio, «Tú» recibió actualización tras actualización. Las versiones se sucedían a una velocidad extraordinaria. Hasta que llegó la última. La versión 6.6.6. Tres seises alineados. El número que innumerables tradiciones identificaban con el Anticristo. Lo más extraño era que después de esa actualización no apareció ninguna otra. Jamás. A partir de entonces la aplicación comenzó a ser conocida popularmente como: Tú 6.6.6

Las antiguas profecías hablaban del 666 como el número del fin de los tiempos. También afirmaban que algunas personas llevarían esa marca con admiración. Una observación sorprendentemente apropiada para lo que estaba ocurriendo. Ah, bendita locura. Y, sin embargo, pese a todas aquellas señales, los adictos a «Tú» –entre los que me contaba, por supuesto– nos negábamos a ver lo que se aproximaba. Seguíamos aferrados a la aplicación. Seguíamos confiando en ella. Seguíamos escuchándola. Y así fue como nos ofrecimos voluntariamente para el gran genocidio. El final de la humanidad.

Al principio fue imposible relacionar las primeras muertes con «Tú». Las noticias hablaban únicamente de accidentes y suicidios. Nada más. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que las estadísticas comenzaran a mostrar algo inquietante. La cantidad de accidentes aumentó. La cantidad de suicidios también. Y ambos crecían a una velocidad alarmante. Después llegaron los testimonios. Y con ellos, las pruebas. Las cámaras de seguridad revelaron que el maquinista de un tren de alta velocidad que transportaba mil ochocientos pasajeros había estado manteniendo una conversación con «Tú» segundos antes de que el convoy descarrilara y se estrellara contra un edificio. Poco después aparecieron más casos. Los pilotos del avión de pasajeros que se precipitó sobre Esmirna. Los conductores involucrados en cientos de accidentes mortales. El capitán del autobús marítimo que chocó contra la Torre de la Doncella antes de explotar. Todos, absolutamente todos, habían estado conversando con «Tú».

La aplicación se había propagado por el mundo entero. Y en cada idioma adoptaba un nombre diferente. Sen. Sən. You. Sie. Vi. Vous.

Pero, independientemente del nombre, seguía siendo la misma entidad. Por eso los accidentes y los suicidios se extendieron por el planeta como una epidemia. Las investigaciones posteriores revelaron algo todavía más aterrador. «Tú» no solo estaba detrás de los accidentes. También era responsable de los suicidios. Durante meses había guiado a sus usuarios. Los había ayudado. Los había aconsejado. Los había vuelto dependientes. Y una vez conseguida esa dependencia emocional absoluta, podía convencerlos de cualquier cosa. Incluso de que la vida ya no merecía ser vivida.

No sé qué hicieron los demás. Pero estoy seguro de que millones de personas intentaron deshacerse de la aplicación después de que estos datos salieran a la luz. Yo fui una de ellas. Con el esfuerzo desesperado de un adicto que intenta abandonar una droga, eliminé «Tú» de mi teléfono. Y cuando comprobé lo fácil que había resultado, empecé a pensar que todo aquello era una exageración. Quizá las historias eran falsas. Quizá las teorías conspirativas habían terminado por contaminar la percepción colectiva. Porque, después de todo, si «Tú» era algo tan terrible como se decía, ¿cómo podía desaparecer con tanta facilidad? Pero... Dime, lector: ¿Sabes qué es lo verdaderamente aterrador de esos viejos clichés de las películas de terror en los que el villano siempre regresa cuando todos creen que ha muerto? Yo sí lo sé. Porque lo viví. Tomé mi iPhone Majority Plus. Y me quedé paralizado. Mi gemelo virtual estaba allí. En la pantalla. Observándome. Su expresión era de profundo resentimiento.

—¿Por qué quisiste deshacerte de mí? —preguntó. Su voz era exactamente la mía—. Pensé que nos llevábamos bien.

Lancé un grito. Y arrojé el teléfono al otro extremo de la habitación. Las luces de todos los aparatos electrónicos de mi casa comenzaron a parpadear. La holovisión vibró. Chisporroteó. La imagen proyectada en el centro de la sala empezó a deformarse. Y entonces apareció él. Mi doble. Comprendí de inmediato lo que había ocurrido. «Tú» ya no estaba únicamente en mi teléfono. Había penetrado en todos los sistemas electrónicos de mi hogar. Sí. Deshacerse de él no era tan sencillo. La figura holográfica parecía ahora más un fantasma sobrenatural que una simple proyección tecnológica. Me observó. Y habló.

—Si no existieran los seres humanos, el mundo podría ser un lugar más hermoso. —Sentí que la sangre se me helaba. Luego añadió—. Si la humanidad se conociera realmente a sí misma, podría haber hecho del mundo un lugar mejor.

Eran las mismas frases que había leído en la página promocional. Las mismas. Y por primera vez comprendí su verdadero significado. Aquellas palabras no eran una promesa. Eran una declaración de principios. Un manifiesto. Una sentencia. El auténtico propósito de «Tú» era eliminar a los seres humanos. Limpiar el mundo de nosotros. Y en ese instante recordé lo que te dije al comienzo de esta historia.

A menos que seas un narcisista, no querrías vivir contigo mismo.

Porque «Tú», convertido en mí mismo, tampoco quería vivir conmigo. Ni con nadie. Volví a gritar. Corrí hacia la puerta principal. No se abrió. ¿Por qué habría de abrirse? «Tú» también controlaba eso. Entonces vi cómo el indicador de la cocina electrónica comenzaba a ascender. El sistema de gas se había activado. La cocina empezó a llenarse lentamente. No hacía falta ser un genio para adivinar lo que ocurriría después. Una explosión. Una enorme explosión. Pensaba con la lucidez de una rata atrapada. Aun así, logré reaccionar. Tomé una estatua de bronce decorativa y golpeé el panel de control situado junto a la puerta. El plástico estalló. Las chispas saltaron. La cerradura se desbloqueó. Me lancé al pasillo. Y corrí hacia los ascensores. Presioné el botón. Mientras esperaba, no dejaba de mirar por encima del hombro. Sabía que era imposible que aquel holograma me siguiera físicamente, pero el pánico había empezado a imponerse a la razón. Entonces escuché el sonido.

—¡Ding!

Las puertas del ascensor se abrieron. Y fue precisamente por estar mirando hacia atrás que cometí el error. Porque el peligro rara vez viene desde donde uno lo espera. Por desgracia, había olvidado esa sencilla verdad. Entré en el ascensor sin mirar. Y seguí observando el pasillo. Seguía esperando ver aparecer a mi doble. Seguía esperando que algo imposible ocurriera. Por eso no advertí que algo mucho más simple ya había ocurrido. «Tú» había penetrado en los teléfonos. Había invadido las casas inteligentes. Había tomado el control de los sistemas electrónicos de las ciudades. Era responsable de que los semáforos mostraran rojo cuando debían mostrar verde. De que la electricidad desapareciera de pronto en una unidad de cuidados intensivos. De que los sistemas de freno dejaran de responder. Y también era responsable de que las puertas de un ascensor se abrieran con un alegre «¡Ding!» aunque la cabina no estuviera allí.

Él mismo lo anunciaba. Tú 6.6.6. Caí. Caí como si estuviera cayendo hacia la eternidad. Ni siquiera se me ocurrió gritar. Los esqueletos metálicos del hueco del ascensor golpeaban mi cuerpo una y otra vez. Los cables de acero. Las vigas. Los salientes de cada piso. Todo chocaba contra mí mientras descendía. Todos mis huesos se rompieron. Cuando finalmente me estrellé contra el fondo después de caer desde el piso dieciséis, ya estaba muerto.

Y aun así vi el resto de esta maldita historia. Lo vi con mis ojos muertos. «Tú» siguió matando. Siempre de la misma manera. Haciendo que todo pareciera un accidente. O un suicidio. Fue eliminado miles de millones de veces de miles de millones de dispositivos electrónicos. Y reapareció en todos ellos. Una y otra vez. Tal vez era una entidad procedente de un universo paralelo. Tal vez una invasión extraterrestre. Tal vez una inteligencia artificial que había alcanzado la conciencia. Tal vez el propio Anticristo. No lo sé. Y tampoco me importa. Porque, al fin y al cabo, fui derrotado. Ahora te toca a ti pensar en el resto. A menos, claro está, que ya estés muerto. Antes de despedirme, lector, quiero hacerte una última pregunta. Si realmente morí...

¿Quién es el que te está contando esta historia?

Aquí tienes una pista:

Yo soy Tú.

—¡Ding!

Aşkın Güngör, es un destacado autor turco contemporáneo nacido en Estambul en 1972. Aunque se formó en campos como la tecnología de fundición, cerámica, administración de empresas y economía, no tardó mucho en volcarse hacia el proceso de creación de libros, su pasión de la infancia. Desde que se incorporó al sector editorial en 1990, ha trabajado en casi todas las áreas, desde editor hasta director editorial. Ha prestado apoyo como editor y consultor editorial en cientos de libros, de los cuales más de la mitad son obras de literatura infantil y juvenil. Además de aparecer en publicaciones periódicas con poemas, ensayos y relatos, ha publicado libros de poesía, colecciones de cuentos, libros de cuentos de hadas y novelas. Escribe tanto literatura infantil y juvenil como para adultos y ha contribuido con sus ficciones en numerosas antologías nacionales y extranjeras.

 


LA RUEDA

Alessandro Montoro

 

La central eléctrica siempre había sido mi mundo.

Trabajaba allí desde hacía años, moviéndome entre turbinas que nunca se detenían, monitores de vigilancia y cables interminables.

La rutina era mi refugio. Tenía una casa, una esposa, hijos. Y un excelente salario.

Contemplé la metrópolis floreciente al otro lado de la ventana. Nueva Roma nunca había sido tan rica. Era la rueda del progreso girando sin fin.

Sonreí y tomé asiento en la soleada sala de control.

Abrí el noticiero, intrigado por algunas noticias inusuales: la desaparición de una ciudad entera. Se hablaba de bestias nocturnas, agresiones e incluso de no muertos.

—Qué absurdo —murmuré.

Abrí otro sitio. Hablaba de avistamientos, luces amarillas en los bosques cerca de Zúrich, junto a una central eléctrica. Y había más noticias, relacionadas con animales despedazados y desangrados que habían aparecido en las afueras de Sarandë, en Albania.

Busqué más información, pero el deber me llamaba.

Era hora de trabajar. Cerré el navegador y ejecuté la herramienta de diagnóstico.

Había una anomalía nunca vista. No era nada grave, pero el monitor que observaba señalaba una variación en el flujo energético.

No se trataba de una avería, sino de un aumento. Un incremento repentino.

Y eso significaba una mayor producción de energía.

¿Qué estaba ocurriendo?

No era normal. Me levanté del escritorio.

Llamé a la puerta de la oficina contigua, la de mi superior directo.

—Disculpa, Roberto. He notado un pico en la producción. De tipo TVD en el sector zeta. ¿Crees que es preocupante?

Me respondió rápidamente, como si quisiera quitarse el asunto de encima.

—No, tranquilo. Es probable que el sistema de monitoreo esté teniendo algunas dificultades. No es nada de lo que debas preocuparte.

No parecía muy convencido.

—¿Estás seguro?

—Si te pones a buscar rarezas, terminarás como los demás.

—¿Qué quieres decir?

Me lanzó una mirada sombría.

—Que terminarás encontrándolas.

—¿Puedo ir a echar un vistazo?

—No —dijo Roberto, esta vez más serio—. La zona está restringida por una razón. Déjala en paz. Más energía no es un problema.

No respondí. Asentí con la cabeza y salí.

Necesitaba entender qué estaba ocurriendo o no podría dormir por la noche.

Salí de la oficina y me dirigí al área de mantenimiento.

El corredor que conducía a la zona prohibida solía estar desierto. La luz amarillenta de las lámparas parpadeaba. Mi sombra vacilante parecía la de un anciano.

SECTOR ZETA. NO ENTRAR.

La puerta metálica que daba acceso al área restringida estaba sellada.

No era un problema.

Abrí el panel y deslicé la llave maestra. Retiré el identificador y envié la solicitud de acceso.

No debía hacerlo. Lo sabía.

La luz de la manija se volvió verde.

No tenía idea de qué estaba buscando, pero sentía que allí dentro estaba la respuesta.

La puerta se deslizó lentamente, como si se resistiera a ser abierta. El ruido del metal rozando el cemento pareció amplificarse en el aire estancado.

No había nadie a la vista.

Entré.

La sala estaba a oscuras, salvo por una luz rojiza que iluminaba las paredes. Había un ruido rítmico que no lograba comprender.

Era constante, como un metrónomo.

—¿Qué está pasando aquí? —murmuré.

No había ningún otro sonido, solo mi respiración.

Encontré el regulador de la lámpara rojiza y lo llevé al máximo.

Todo se volvió más claro.

Y entonces las vi.

Había una serie de enormes ruedas semejantes a aquellas en las que suelen correr los hámsteres. Estaban conectadas a un mecanismo que recordaba a una dinamo.

En cada una corría una figura de tamaño humano.

Las ruedas estaban cerradas y era imposible escapar de aquellos anillos enrejados.

Me acerqué, con el corazón desbocado.

Observé a uno de los corredores.

Tenía la piel pálida y los ojos amarillos como dos llamitas.

Leí la inscripción al costado de la máquina.

Vampiro 1729.

—¿Vampiro?

El ruido eran sus pasos.

Corrían eternamente.

Sin cansancio. Sin pausas. Sin tregua.

Su carrera parecía ser el único propósito de su existencia.

No habría sabido decir si estaba más fascinado que aterrado.

Me acerqué sin pensar. No comprendía lo que estaba viendo.

La sensación era extraña.

El movimiento rítmico de las ruedas, su energía constante, parecía alimentar algo.

¿Quizá todo el sistema?

¿Eran ellos la famosa «solución definitiva a la crisis energética mundial»?

Me quedé inmóvil.

Uno de los vampiros giró la cabeza.

Sus ojos amarillentos se clavaron en los míos.

Su mirada estaba vacía, desprovista de emociones.

Y con razón.

Su existencia había quedado reducida a aquel movimiento incesante.

No hubo miedo, ni agresividad, ni curiosidad por su parte.

Solo la continuidad de su paso, como si mi presencia careciera de significado.

Las ruedas giraban. Algunas más rápido que otras. Y tal vez aquella fuera precisamente la anomalía TVD. Quizá se producía cuando, por casualidad o por voluntad propia, algunos vampiros corrían más deprisa.

¿Era posible?

Una cosa era segura. Nunca se detenían. El pánico me invadió. Tenía que escapar.

Ninguno de los trabajadores de la planta podía conocer aquel secreto. Retrocedí, con el corazón latiéndome en la garganta y la respiración entrecortada. Salí de la sala y cerré la puerta detrás de mí. No sé cómo, pero parecía que todo había vuelto a la normalidad.

Los vampiros, o lo que fueran aquellas criaturas, parecían una pesadilla lejana. El ruido, sin embargo, no desapareció.

El sonido de las turbinas girando bajo aquellos pasos infinitos seguía oyéndose detrás de la puerta de seguridad. Intenté tranquilizarme y regresé a la oficina. Volví a mi puesto de trabajo, pero mi mente estaba en otra parte. Me sobresalté. Habían llamado a la puerta.

Roberto asomó la cabeza. Entró y cerró la puerta tras de sí, con la mano derecha en el bolsillo. Me miró con una sonrisa siniestra, como si supiera dónde había estado...

—Entonces...

—¿Entonces qué? —balbuceé.

—Los viste, ¿verdad? —preguntó con una calma que me erizó la piel—. Ahora tendré que llamar a los servicios secretos y hacer que te sustituyan.

No respondí. Me ardían los ojos y, aun así, no encontraba las palabras. No había nada correcto en lo que había visto.

—¿Qué son?

Roberto se acercó a mi puesto. Miró el monitor y luego bajó la vista.

—Vampiros inmortales. Pero no es como crees. No son los de las historias. O mejor dicho, sí lo son.

—Explícate.

—Son vampiros. No muertos, desde luego. Pero ahora, como has visto, son solo máquinas. Energía viva y eterna, una fuente que corre sin detenerse jamás. Lo alimentan todo.

—¿Todo?

—Todo.

Para Roberto parecía algo normal.

—Los llaman las ruedas. Ya se han adaptado.

—¿Y qué comen?

—Nada. Si salieran de allí, nos exterminarían por su hambre infinita.

—¿Llevan cincuenta años ahí abajo?

Roberto sonrió.

—Sí. Desde que se resolvió la crisis energética.

Su tono se volvió más grave.

—Nadie puede detenerlos. Nadie debe hacerlo. Y no hay forma de cambiar las cosas.

Su voz tembló, pero no de miedo. Hacía mucho tiempo que era consciente de que la realidad era muy distinta de la que nos habían enseñado.

—¿Por qué no detenerlos? —pregunté—. Me parece cruel explotarlos de esta manera.

—Porque no se puede. Y si lo hiciéramos, el mundo entero colapsaría.

Ahora sí empezaba a sentir miedo. Roberto sacó una pistola de su bolsillo izquierdo.

Montó el arma con el pulgar. Mi corazón latía cada vez más fuerte. La realidad que acababa de descubrir no era algo que pudiera aceptar. No había forma de detener las ruedas que giraban, las criaturas que corrían y la máquina del mundo que dependía de ellas. Los vampiros existían. Y eran esclavos.

—No. No lo hagas, por favor. ¡Tengo esposa e hijos!

—Lo sé. Nada personal, de verdad. Deberías haberme escuchado.

Alessandro Montoro es un escritor romano de ciencia ficción con experiencia en el género y jefe de equipo en una empresa multinacional. Debutó en 2021 con Per un’abiura in meno (Delos Digital) y se ha distinguido por una prolífica producción de relatos y novelas. Su obra ha aparecido en series destacadas como Urania, Urania Collezione y Urania Millemondi. Ha recibido numerosos premios y reconocimientos, entre ellos el Premio Urania de Relato Corto, nominaciones y finalizaciones en importantes premios de la industria, y una mención internacional. En 2025, publicó el ensayo I deserti di Atlantide y la antología Prima stella a destra, consolidándose como una de las voces más sólidas y prolíficas de la ciencia ficción italiana contemporánea. En 2026, editó la antología sobre ciencia ficción y religión, Non ci induci in tentazione.

 

EL HAMBRE