martes, 22 de septiembre de 2026

UNA VIDA HERMOSA

Lídia Fedina

 

—...el tribunal considera censurable que quien comparece ante esta corte haya incluido en su obra tanto sufrimiento y tantos actos malvados...

Aghat bajó la cabeza. Era cierto. Exactamente como decían. Había querido crear una obra emocionante. Algo especial. Una verdadera aventura en la que el mal tuviera una fuerte presencia para que pudiera ser derrotado. Al principio había pensado en un buen desenlace, pero después terminó cediendo a algún impulso depresivo. No eligió el final feliz. No. En la sociedad que había concebido, la ley protegía el mal. Al menos en el fondo. Porque, en la superficie, por supuesto, condenaban a los malhechores. Aunque solo en apariencia. Después de un procedimiento probatorio extraordinariamente engorroso, el castigo apenas superaba una reprimenda.

Eso era lo que había escrito. Ahora comprendía que había sido una estupidez. Una sociedad normal posee normas morales que funcionan. En la que él había creado, incluso el crimen más atroz podía quedar impune gracias a abogados bien pagados o, si no había otra manera, por algún defecto procesal. Faltaba un sello en alguna parte y se retiraban los cargos. Había creado una realidad extraña. Completamente inverosímil.

—Solicitamos a quien comparece ante este tribunal que exponga las consideraciones que lo llevaron a crear semejante trayectoria vital.

Aghat se puso de pie. No miró directamente hacia el resplandor que ocultaba al tribunal de su vista. Habría sido una falta de respeto.

—Cuando elegí escribir... —comenzó, pero su determinación vaciló. ¿Qué había querido hacer? ¿Por qué?—. Describí una buena familia. Padres instruidos, un hermano. Pero aquello me pareció demasiado convencional, incluso aburrido... —Levantó los ojos hacia la luz, pero no vio ningún movimiento ni oyó el menor sonido. Tenía que continuar. Debía explicar algo que ahora a él mismo le parecía inexplicable. Por qué había elegido el mal en lugar del bien.

Cuando recibió la oportunidad de eliminar el dominio del azar y escribir para sí mismo la trayectoria vital que recorrería en la Tierra desde el nacimiento hasta la muerte, lo invadió una alegría eufórica. Soñó con lugares paradisíacos. Con felicidad. Con un amor maravilloso, una esposa cariñosa, hijos hermosos e inteligentes, amigos bondadosos pero divertidos. Tal vez incluso una amante. Una fogosa pelirroja que condimentara con sal y pimienta la segunda o tercera década de su matrimonio. Quizá allí había comenzado la desviación. Con el deseo de emoción. Y después...

—Esperamos la respuesta de quien comparece ante el tribunal. Si no puede exponer de manera coherente sus motivos y razones, podemos ayudarlo mediante preguntas.

Preguntas, sí. ¡Eso estaría bien!

—Por favor.

El tribunal comprendió.

—¿Por qué introdujo en su trayectoria vital una fuerza maligna invencible y capaz de reproducirse a sí misma?

Aghat gimió. Su suegro. El padre de su hermosa esposa, Minna. A quien había creado como la encarnación del mal. Un hombre que había sido padre a los veinte años y que, cuando ya pasaba de los cuarenta, lo odiaba a él, a su yerno. No desde el principio, sino a partir del accidente de su hija, es decir, de la esposa de Aghat. El malvado suegro al que el hijo menor de Aghat y Minna se parecía como dos gotas de agua. ¡¿Por qué había escrito para Minna un accidente que la dejaba discapacitada?! ¡Y que el hijo menor heredara las características de su abuelo, corrompido hasta la médula! ¡Era completamente incomprensible...!

—Por favor, no sé qué me pasó. ¡No comprendo por qué escribí esas cosas! ¡Y tampoco comprendo por qué me lo permitieron!

Pronunció la última frase como una réplica desafiante con la que pretendía eludir su responsabilidad. Porque sabía perfectamente que sus jueces valoraban el libre albedrío por encima de cualquier otra cosa.

—Haremos como si no hubiéramos oído su última frase. Entonces, ¿afirma que todo ocurrió por afán de aventura?

—Por afán de aventura y porque me dejé arrastrar por el hechizo de la escritura. Por la dramaturgia. Escribí un drama, aunque quería una comedia, una comedia romántica...

—La trayectoria vital que escribió no se parece en lo más mínimo a una comedia romántica. Es consciente de ello, ¿verdad?

—¡Por completo, y no me comprendo a mí mismo! Yo quería una buena vida. Amor, afecto, reconocimiento. ¡Solo alegrías y cosas buenas! ¡Una vida fácil y hermosa en la que todos fueran felices!

—Y, sin embargo, creó exactamente lo contrario. Es cierto que usted solo sufrió indirectamente a causa de las desgracias de los demás, pero sus personajes, su familia y sus amigos padecieron directamente el avance triunfal del mal que usted había concebido.

—¡No fueron víctimas de un asesino en serie ni vivieron aterrorizados por monstruos de una historia de horror!

Las palabras escaparon involuntariamente de la boca de Aghat. Tal vez ni siquiera hubiera querido pronunciarlas, pero allí, ante el tribunal definitivo que juzgaba todas las vidas, tanto las escritas de antemano como las organizadas por el azar, estaba obligado a expresar todos sus pensamientos y sentimientos, quisiera o no.

—¡Eso es cierto! —respondió la voz del tribunal—. Pero lo que escribió se convirtió en un horror mucho más verosímil que cualquier cuento de terror. Un horror, incluso cuando se lo vive, resulta tan inverosímil que tarde o temprano se descarrila y termina. En cambio, un horror realista asentado sobre bases creíbles llega hasta sus últimas consecuencias, absorbe la fuerza vital de todos sus personajes y arroja la desgracia sobre su autor. Una desgracia que finalmente desemboca en el deseo de morir.

—¡Yo no me suicidé, y ninguno de mis personajes tampoco!

—Por eso puede comparecer ante este tribunal. Los inventores de historias de horror, asesinatos en serie y otras fantasías propias de mentes enfermas pertenecen, junto con los suicidas, a la jurisdicción de otra autoridad.

—¡Lo siento de verdad! ¡Lo siento muchísimo! Por irreflexión cometí todo lo que come... quiero decir, todo lo que escribí. Quería crear al mal y a todos mis personajes como seres reales, dotados de libre albedrío.

—¿Está diciendo que su empeño por garantizar a todos sus personajes el ejercicio del libre albedrío fue lo que condujo los acontecimientos por un camino tan sombrío y equivocado?

—En cierto sentido, sí. Al principio solo quería un malvado para darle algo de color. Primero había pensado hacerlo divertido... pero entonces se habría vuelto ridículo. Así fue como terminó convertido en un verdadero villano sin alma.

—¿No pensó en cuánto daño y sufrimiento causaría un personaje semejante?

—No quería provocar sufrimiento... es decir, solo...

—Provocó sufrimiento. Más aún: sabía perfectamente que provocaría sufrimiento cuando escribió todo lo que escribió.

—Sí... y me avergüenzo muchísimo. Esto... esto no lo pensé bien. Solo desde el punto de vista dramático...

—Es cierto. Desde el punto de vista dramático, su historia funciona. Un malvado perturbado al que no se puede combatir eficazmente debido a la debilidad de los instrumentos legales y a la tolerancia de la sociedad destruye la vida de una familia e incluso la de sus amigos; después aparece el niño que hereda exactamente esas mismas características de su abuelo... Una historia de desgracias perfectamente construida, con vidas empujadas a la desesperación.

—No todos mis personajes sufrieron. Mi amante llegó a ser feliz...

—Solo porque usted la dejó marchar. En el último momento...

—¡Pero eso también lo escribí yo!

—Sí. Hay personajes suyos que recibieron algo de felicidad.

—¡Mis personajes no son almas verdaderas! ¡Solo son personajes ficticios! ¡Yo los inventé! ¡Su sufrimiento no es real!

—Claro que lo es. Mientras viven en el nivel de existencia que les ha sido asignado, dentro de la vida de usted, son seres sensibles tan reales como usted mismo. ¡Lo sabe perfectamente!

Sí, lo sabía, aunque habría preferido no saberlo. Los personajes que lo habían rodeado a lo largo de sus setenta y dos años de vida –que habían terminado en un accidente de tránsito– habían surgido de la nada en el momento de su nacimiento y, al morir él, habían regresado al lugar del que procedían: la nada.

—Además, en cualquier momento su trayectoria podría haberse cruzado con la de otra alma verdadera, tanto si esta había escrito su propia vida como si era conducida por el azar —continuó con severidad la voz procedente de la luz.

—Ah, eso es demasiado complicado. ¡Algo así ocurre muy pocas veces! —Ni siquiera quería pensar en esa posibilidad. Si las trayectorias de dos almas verdaderas se entrelazaban, los planes de ambas vidas –si los había– quedaban trastocados. A partir de entonces, gobernaba el azar.

—No es tan poco frecuente. La trayectoria vital que usted escribió se cruzó en cinco ocasiones con la de otras almas verdaderas.

Aghat tragó saliva. En aquel momento no lo había advertido, pero desde que había recuperado la conciencia –es decir, desde que su trayectoria vital había concluido porque había muerto– lo sospechaba. No las había contado, pero bien podían haber sido cinco.

—Pero nuestras trayectorias no llegaron a entrelazarse.

—¿Considera que eso fue afortunado o bueno?

—No, no lo fue... —Si hubiera tenido suerte, alguien lo habría sacado de aquella dramaturgia escrita de antemano. Pero se había aferrado demasiado a cada una de sus «letras». Si lo previamente escrito hubiera podido desviarse hacia el azar, tal vez habría conocido la verdadera felicidad.

—Se concedió setenta y dos años de sufrimiento a sí mismo y a todos sus personajes —dijo la voz desde la luz, como si le hubiera leído el pensamiento.

—También tuvieron alegrías —se defendió, porque él también había tenido buenos... no solo momentos, sino años enteros.

—¿Es esa toda su defensa, además de haberse dejado arrastrar por el fervor de la escritura y por el deseo de perfeccionar la dramaturgia?

Aghat intentó encontrar alguna otra justificación, pero no existía ninguna.

—Yo también sufrí... —consiguió decir finalmente, aunque aquello constituía más bien un agravante.

El silencio lo envolvió y entonces el tribunal pronunció su sentencia.

—Declaramos culpable a quien comparece ante este tribunal de provocar sufrimiento mediante la escritura de una trayectoria vital; de torturarse a sí mismo y a sus personajes, atormentándolos en un juego del gato y el ratón; y de garantizar el avance triunfal del mal. Culpable de construir un orden social inmoral y deshonesto, autodestructivo y perjudicial para el medio ambiente. Por todo ello, su condena será recorrer otra trayectoria vital. Sin embargo, teniendo en cuenta como circunstancia atenuante la evolución que ha experimentado respecto de la escritura de su vida anterior, volvemos a permitirle elegir. Si abandona la sala por la puerta azul de la derecha, podrá escribir una nueva trayectoria vital para sí mismo. Si sale por la puerta verde de la izquierda, una sucesión de acontecimientos fortuitos determinará su próxima trayectoria desde el nacimiento hasta la muerte.

Aghat miró hacia la derecha. El velo azul parecía haber estado allí desde siempre, junto a la abertura rectangular de la salida, invitándolo a acercarse con sus alargados motivos florales blancos. A la izquierda, un velo que pasaba del verde claro al verde oscuro rodeaba la abertura por la que podía ingresar en el reino del azar. Si salía por allí, no podría cometer ningún error. Su única tarea consistiría en conservar su dignidad humana mientras recorría el camino. Parecía más sencillo, pero en realidad no lo era. Si, en cambio, elegía la salida de la derecha, rodeada de azul, podría volver a escribir. Podría escribirse una villa junto al mar, una mujercita parlanchina. Cinco hijos, una familia entrañable, querida y saludable. Incluso toda una familia de cuento de hadas. Una vida dulce. Pero la vez anterior también había querido eso, ¡y miren cómo había terminado! La maldita trampa de la pérdida de memoria.

—El borrado de la memoria se produce al atravesar cualquiera de las dos puertas. El cerebro humano enloquecería si en su memoria aparecieran destellos de elementos pertenecientes a cientos, o incluso a unas pocas decenas, de trayectorias vitales. La pérdida de memoria es una protección, una ayuda.

Aghat sabía que existía una tercera puerta, destinada a quienes ya no necesitaban recorrer más trayectorias vitales porque finalmente habían demostrado ser justos. Pero para él aquella puerta todavía no existía. Al atravesarla, los recuerdos de todas las vidas regresaban a un cerebro que ya no era humano y que era capaz de colocar cada cosa en su sitio.

—Quisiera volver a escribir...

En cuanto lo dijo, la sala desapareció y se extinguió la luz en la que estaba envuelto el tribunal. El libre albedrío había triunfado. El velo azul pasó sobre él y, como un plumero, con su suave roce borró todo de su cerebro. Solo quedó una multitud de pantallas. Pantallas en las que podría escribir y dibujar todo aquello que quisiera para su vida.

¡Deseaba una vida hermosa y fácil! Llena de buenas acciones, para que por fin terminara el ciclo de nuevos nacimientos y la esencia de su ser pudiera ocupar el lugar al que verdaderamente pertenecía. Detrás de la tercera puerta.

Comenzó a escribir su trayectoria vital. Elegiría una madre maravillosa y un padre magnífico. Tendría dos hermanos mayores... y esta vez sería mujer, emocionalmente más sensible. Tal vez monja... ¡pero no! Eso sería demasiado didáctico. Sería una persona caritativa. ¡Una activista de derechos humanos, sí, que ayudaría a los demás! Ayudaría a quienes sufren, a los hambrientos, a los desdichados cubiertos de úlceras, a las víctimas de epidemias causadas por virus aún más terribles que el ébola. Pero ella, Agáta, encontraría el antídoto y salvaría al mundo. ¡¿Acaso podía existir una vida más útil y hermosa que la que estaba escribiendo para sí misma?!

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.


EN EL AIRE

Rogelio Ramos Signes

El perro de Albino Ambasz levitaba. No como la mujer desnuda pintada por Gatti, ni como el equilibrista en el diario del tiempo de Gerardo Campos. Eso sucedería en terrenos de la imaginación y tiempo después: la mujer desnuda en un cuadro, y el equilibrista en algunas hojas de literatura.

El perro de Albino Ambasz levitaba de verdad, a un metro del suelo, al calor de la siesta, en un claro de los cañaverales, varios kilómetros al sur de la ciudad de San Miguel de Tucumán. Descansaba (o no) sin ínfulas, el animalito. Y no comía. Cuando flotaba, desesperantemente quieto en el aire, el perro no comía. Es posible que en ese momento estuviese en contacto con alguna entidad divina y, en circunstancias así, los alimentos ofenden. De vez en cuando gemía levemente, en tonos quedos, como un personaje de algún cuadro de Munch visto a través de un vidrio empañado.

La primera vez que levitó fue debajo de unos álamos silbadores, en 1947; el arquitecto Sacriste había visitado el poblado de Río Seco y, justo en ese momento, el perrito se detuvo en el aire. La segunda vez fue junto a un duraznero en medio del patio, en 1948; el arquitecto Vivanco había visitado Río Seco y el perro flotó nuevamente. Pero su modesta proeza no apareció en el diario La Gaceta, ni LV7 lo incluyó en las noticias de las 20. Por ello es que la gente del lugar pensó que aquello era una injusticia, una jugarreta de la ciudad capital en desmedro de los valores locales (por siempre acalorados, húmedos y campesinos) y pagó al perrito de Albino Ambasz un pasaje de ómnibus en la Empresa Gutiérrez para que fuera a mostrarle su gala a los citadinos. Una nutrida comitiva, como suele decirse, fue a despedirlo. Atravesando cañaverales, adentrándose en ese rabo de selva subtropical que se mete como diablo curioso entre la pobreza de la gente humilde, e incluso haciendo equilibrio sobre los peligrosos terraplenes que le ponen freno a la vegetación hasta convertirla en ripio consolidado, la gente de Río Seco fue hasta la plaza de Monteros a despedir a su héroe.

De allí en más, ya en la ciudad capital, solo, sin algo que lo contuviera, sin una palabra que lo orientara, sin una caricia que lo llevara por los caminos de la cordura, el perro de Albino Ambasz (sin Albino Ambasz) se dio a levitar peligrosamente a metros de la campana histórica de la iglesia de La Merced, y sobre el tobogán de aguas del dique Escaba, y bajo la viga mayor de la Sala de la Independencia, y en la Facultad de Medicina (donde escapó milagrosamente a un bisturí arrojado al aire), y en la Escuela de Luthería (donde, por milagro también, esquivó una cuerda de violonchelo que dijo basta después de un Fa casi imposible). Lo peor de todo fue que no logró despertar el interés de transeúnte alguno. Ni los azahares de los naranjos de la plaza, que lo perfumaron democráticamente como a cualquier mendigo de la ciudad; ni el rosado profundo de los lapachos; ni las campánulas de los tarcos lograron convencerlo de que esta tierra también era su tierra, pero que la población no estaba preparada para su caprichosa rutina de despegar del piso.

Y así fue como, al cabo de los años, convencido de que la vida en la ciudad era una aventura riesgosa para un viejo perro levitante; solo (de soledad total), sin nadie que lo asesorara, y por su propia cuenta, volvió pasito a paso al pago chico, al aire quieto y sofocante que lo esperaba en un claro de los cañaverales, a gemir bajito (como un personaje cualquiera en cuadro de Munch, visto a través de un vidrio empañado).

Fue en el 55, “año de levantamientos” según recuerdan los memoriosos. Sucedió allá lejos, en la ciudad de Tucumán; en la peligrosa ciudad de Tucumán. Los camiones repletos de soldados atravesaban el parque, el diario La Gaceta reproducía los comunicados triunfalistas de la Marina, y LV7 daba nombres y más nombres de posibles funcionarios militares. Mientras tanto, en Río Seco, al tiempo en que los aviones volaban a ras de los álamos silbadores buscando vaya uno a saber qué, el perro levitante de Albino Ambasz, inmutable, dormía otra vez la siesta a un metro del suelo, arropado por el cariño de los suyos.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

BHAGOBOTI Y UNA BOLSA DE SANGRE

Shakil Kalam

 

Sala de Ginecología del Hospital de la Facultad de Medicina de Daca. Bhagoboti Dasi se retuerce de dolor en la cama número diecisiete.

 

El martes pasado, a las cuatro de la tarde, fue ingresada en el hospital con insoportables dolores de parto. Después de mantenerla cuatro días en casa intentando que diera a luz con ayuda de parteras, no lo consiguieron. Apenas ingresó, la doctora Riya acudió a atenderla. La examinó y comprobó que su estado era muy grave. Le preguntó a Annapurna Dasi, la madre de Bhagoboti, que había llegado con ella, por qué habían tardado tanto. Annapurna Dasi era anciana.

—¿Qué podía hacer, doctora? Somos pobres. No tenemos dinero. ¿Cómo íbamos a traerla al hospital?

—¿Y cómo la trajeron ahora?

—Nos trajo Rahmat Biswas, que vive al lado de nuestra casa. Es una persona muy bondadosa.

Sin perder más tiempo, la doctora Riya le dijo a su asistente Najma:

—Date prisa, Najma. Tenemos que llevar a la paciente al quirófano ahora mismo. De lo contrario, no podremos salvarla.

Najma se puso en movimiento. Preparó todo y llevó a Bhagoboti al quirófano. Le dijo a la madre que necesitarían sangre. Al oírlo, Annapurna Dasi sintió que todo se oscurecía ante sus ojos. Era una mujer anciana y sin educación. Nunca había estado cerca de un hospital. Se sintió impotente en aquel ambiente completamente desconocido. No hacía más que murmurar: ¿adónde debía ir?, ¿qué debía hacer? La enfermera Raiha se acercó para ayudarla. Llevó a la madre de Bhagoboti al banco de sangre. Cuando llegaron, encontraron la puerta cerrada. Golpearon.

—¿Quién es? —preguntó alguien desde dentro.

—Abra la puerta —dijo la madre de Bhagoboti.

Sin abrir, el hombre respondió que costaría cien rupias. Estaba molesto porque lo habían despertado por la mañana. Finalmente abrió la puerta a regañadientes. Era un hombre delgado y barbudo.

—¿Qué quiere?

Annapurna Dasi le entregó la solicitud de sangre.

El hombre entró murmurando. Unos minutos después regresó.

—No tenemos sangre B positivo.

Al oírlo, Annapurna Dasi rompió a llorar.

—¿Qué voy a hacer ahora?

La enfermera Raiha le explicó que tendrían que comprar sangre fuera del hospital. ¡Pero dónde podrían conseguir sangre a esa hora! Solo de pensarlo, Annapurna Dasi sintió que todo se oscurecía otra vez ante sus ojos. Y volvió a llorar a gritos.

Después regresó frente al quirófano. En ese momento, la doctora Riya le dijo que tenían que conseguir la sangre cuanto antes. La operación ya había comenzado. La madre de Bhagoboti salió corriendo otra vez, angustiada. Por el camino se encontró con un intermediario.

—Tenemos sangre B positivo —le dijo.

El hombre la llevó a un centro de análisis clínicos llamado «JanSeba». Allí, la madre de Bhagoboti consiguió una bolsa de sangre.

Corrió nuevamente al banco de sangre para que comprobaran la compatibilidad. El personal la envió al quirófano con el informe correspondiente. Cuando llegó con la sangre, Bhagoboti ya había dado a luz a una niña mediante una cesárea. Los médicos también respiraron aliviados. Bhagoboti seguía inconsciente. En el quirófano comenzaron a administrarle la sangre. De inmediato se produjo una reacción. La doctora Riya se alarmó al ver lo que ocurría y detuvo inmediatamente la transfusión.

—Esta sangre no sirve. Tendrá que conseguir otra.

Annapurna Dasi sintió como si el cielo se le desplomara sobre la cabeza. Todo el dinero que había llevado para comprar medicamentos y sangre se había agotado. ¿Qué podía hacer ahora? Se preguntó, desesperada, quién podría ayudarla en aquel momento de desgracia.

El marido de Bhagoboti no había ido con ella. La había dejado con su madre. Ellos también eran muy pobres. Pertenecían a una familia de pescadores. Pescaban y vendían lo que obtenían para poder sobrevivir. Cuando se casaron, la familia de Bhagoboti debía entregar una dote, pero Annapurna Dasi no había podido hacerlo. Un día, el marido de Bhagoboti la había dejado en casa de su madre.

Alrededor de las once, Bhagoboti fue trasladada del quirófano a la sala de cuidados, todavía casi inconsciente. Permaneció allí hasta las tres y media y después la enviaron a la cama número diecisiete de la sala de Ginecología.

Las condiciones de la sala de Ginecología eran deplorables. Dos o tres pacientes compartían una misma cama. Por todas partes solo se oían llantos. Allí permanecían todas las pacientes que habían dado a luz mediante cesárea. ¡Era dudoso que un ser humano pudiera mantenerse sano en semejante ambiente!

El estado de Bhagoboti tampoco era bueno. Permanecía tendida boca arriba. No prestaba atención a nada. ¿Dónde estaba su hija? ¿Quién la alimentaba? Annapurna Dasi no podía comprar los medicamentos que el médico había recetado para Bhagoboti ni dárselos. Por eso, su estado tampoco mejoraba. El hospital no proporcionaba nada, aparte de una o dos tabletas. Annapurna Dasi suplicaba a las enfermeras, aferrándose a sus manos y a sus pies.

—Hermana, salve a mi hija. Dele medicamentos.

Pero las enfermeras respondían:

—¿De dónde vamos a sacar los medicamentos? En el hospital no hay.

La madre de Bhagoboti pidió a los familiares de las demás pacientes de la sala que le compraran algún medicamento para su hija. Pero nadie mostró demasiado entusiasmo por hacerlo. Nadie quería prestar atención. Pasaron así otros cuatro o cinco días. Y el estado de Bhagoboti continuó empeorando.

Por otra parte, como Bhagoboti había dado a luz a una niña, su marido tampoco fue a verla. Un día apareció, preguntó cómo estaba y se marchó. Otro día, su suegra también fue a visitar a la esposa de su hijo. Desde entonces, nadie había vuelto a ver a Bhagoboti.

La doctora Saema llegó a la sala de Ginecología para hacer su ronda. Fue examinando a todas las pacientes. Annapurna Dasi estaba sentada en un rincón, llorando con los ojos cerrados. De pronto, la doctora reparó en ella.

—¿Por qué está llorando? —le preguntó la doctora Saema a la madre de Bhagoboti.

Annapurna Dasi se secó los ojos con la mano.

—Mi hija va a morir, doctora.

La doctora Saema tomó a Annapurna Dasi de la mano y la ayudó a ponerse de pie.

—Vamos. Veamos a su hija.

Se dirigieron a la cama número diecisiete. La doctora Saema observó a Bhagoboti durante un largo rato. Después extendió otra receta. Bhagoboti necesitaba una bolsa de sangre.

Al oírlo, Annapurna Dasi sintió que se mareaba. ¿Qué iba a hacer ahora?

En la cama contigua estaba Ruma Chowdhury. Su marido, el señor Maruf, era empleado bancario. Había ido a llevarle el almuerzo a su esposa. Ruma Chowdhury también había dado a luz a una niña mediante cesárea. Ella tampoco había pasado por momentos fáciles, pero ahora estaba bastante recuperada. Por eso, el señor Maruf se sentía algo más tranquilo.

El señor Maruf vio llorar a Annapurna Dasi y le preguntó:

—Tía, ¿por qué llora?

—¿Qué puedo decirle, hijo? Necesito una bolsa de sangre para mi hija, pero no tengo dinero para comprarla. Si no consigo sangre, mi hija morirá.

—Déjeme ver. Deme la solicitud.

Annapurna Dasi se la entregó.

El señor Maruf la examinó. El grupo sanguíneo era B positivo.

—Déjeme ver si puedo darle una bolsa de sangre para su hija.

La madre de Bhagoboti se secó los ojos y rezó por el señor Maruf.

—Que Dios lo bendiga.

El señor Maruf había comprado cuatro bolsas de sangre durante la operación de su esposa. Había sobrado una. La había dejado en el banco de sangre pensando que quizá la necesitarían más adelante. Habló con el médico que atendía a su esposa y le preguntó si necesitaría más sangre. El médico le dijo que no. Inmediatamente decidió donar aquella sangre a Bhagoboti. Maruf retiró del banco de sangre la bolsa que había comprado y se la llevó.

La esposa del señor Maruf dejó su cama en la sala y fue trasladada a una habitación privada. A partir de entonces, el señor Maruf comenzó a ocuparse también de Bhagoboti.

La madre de Bhagoboti le contó las penurias de su familia.

—Hijo, como no tenía dinero, no pude casar a mi hija con una buena familia. Si hubiera tenido dinero, podría haberla casado con una familia mejor. Por eso ahora estoy sufriendo tanto.

Bhagoboti comenzó a recuperarse lentamente. Seis días después, la esposa del señor Maruf recibió el alta. Él fue a ver a Bhagoboti.

—¿Cómo estás, Bhagoboti? —preguntó Maruf.

—Estoy bien. Nunca olvidaré lo que hizo por mí. Sobreviví gracias a usted, hermano.

Al oírlo, el señor Maruf sintió una punzada en el corazón. Por haber donado una bolsa de sangre se había convertido en el hermano de alguien. ¡Qué fácil era convertirse en el hermano mayor de una persona! Su corazón se enterneció aún más.

En ese momento, la madre de Bhagoboti no estaba allí. Había sacado a la hija de Bhagoboti de la sala. La niña llevaba mucho tiempo llorando, así que la había llevado a dar un paseo.

La madre de Bhagoboti vio al señor Maruf desde lejos y regresó a la cama de su hija.

—Tía, hoy nos vamos —dijo el señor Maruf.

—¿Se van hoy?

—Sí.

El señor Maruf le entregó una de sus tarjetas personales a Annapurna Dasi.

—Llámeme si necesita algo. Vendré.

Annapurna Dasi miró al señor Maruf con los ojos llenos de gratitud.

—¿Qué está mirando, tía?

—A usted. Usted es musulmán. Yo soy hindú. Y, aun así, ha hecho tanto por mí.

Las lágrimas comenzaron a correr por los ojos de Annapurna Dasi.

El señor Maruf se emocionó todavía más.

—Tía, hindú y musulmán son nuestras identidades religiosas. Pero, para mí, todos somos seres humanos. Esa es nuestra identidad más importante.

Shakil Kalam, de nacionalidad bangladesí, es autor, poeta, traductor e investigador. Nacido el 3 de diciembre, obtuvo una maestría en Estudios de Gobernanza por la Universidad de Dhaka. Hasta la fecha, sus poemas, relatos, artículos y trabajos de investigación se han traducido a cuarenta y dos idiomas y ha publicado cuarenta y cuatro libros. Cabe destacar que sus colecciones de poesía y relatos infantiles se han publicado en español, francés, chino y árabe. En el ámbito profesional, se desempeñó como director del Banco Central y ha participado en seminarios, simposios, conferencias y mesas redondas en diversos países del mundo. Ha recibido galardones y distinciones de numerosos países por su obra literaria y sus actividades culturales.

lunes, 21 de septiembre de 2026

EGIPTO

Abdel Latif Moubarak

 

La frialdad de la piedra de granito se filtraba a través del vestido negro de Souad, pero a ella no le importaba. La franja de asfalto se extendía lisa y despiadada, como si estuviera ansiosa por tragar sus pasos tal como había tragado, apenas una semana atrás, el rechinido de los frenos finales y el grito de su hijo de diecinueve años, Youssef. Diecinueve años de risas, carreras y calidez, condensados en un abrir y cerrar de ojos y en una sola palabra repetida en todos los pésames: "un accidente".

​Souad caminó lentamente hacia la casa que su niño había dejado para no volver jamás. El silencio en la sala no era simplemente una ausencia de sonido; era una entidad pesada que posaba sobre su pecho. Cerró la puerta tras de sí y miró el calendario colgado en la pared: habían pasado nueve días como un coma leve, y hoy marcaba el comienzo de las diez noches en las que decidió enfrentar su tragedia cara a cara, lejos de la ilusión del consuelo y de las frases habituales de confort.

​Souad se sentó en el suelo de la habitación de Youssef. El aire aún conservaba el aroma de su colonia, una mezcla de limón y ferviente juventud. Ante ella estaba su mochila azul, abandonada en un rincón de la habitación desde el día del accidente.

​Abrió el cajón del escritorio lentamente. Un cuaderno de clases, un bolígrafo roto y un llavero con forma de raqueta de fútbol. Tomó el cuaderno y abrió las primeras páginas; había garabatos aleatorios, notas sobre los próximos exámenes y una lista de canciones que planeaba descargar.

​No habían caído lágrimas de sus ojos todavía; en su lugar, sentía una sequedad ardiente en la garganta. Colocó su mano sobre la caligrafía irregular, como intentando extraer un pulso perdido de entre los papeles. Se preguntó en silencio: ¿Cómo pueden perdurar las líneas de lápiz en el papel mientras la mano que las escribió yace bajo la tierra? Presionó el cuaderno contra su pecho junto con el resto de sus cosas y durmió sobre los azulejos fríos, respirando su aroma hasta la mañana.

​El ruido de la carpa del velorio formal se había desvanecido, pero la segunda noche trajo un golpe inesperado a la puerta. Souad abrió la puerta a Najlaa, su vecina y amiga de toda la vida, que llevaba un plato de comida caliente.

​Najlaa se sentó y habló en voz baja, llena de piedad.

—Tienes que comer, Souad... Youssef está en un lugar mejor. Es un pájaro del paraíso; Dios lo eligió porque lo amaba.

​Souad sintió una ola de ira sofocada subir por su garganta. No quería oír hablar de un lugar mejor; lo quería a él aquí, en su habitación, quejándose de los exámenes difíciles o pidiendo un segundo plato.

—Sé que me quieres, Najlaa, pero por favor... no me expliques su muerte —dijo en un tono quieto pero firme—. Déjame llorarlo tal como es, mi hijo a quien perdí en la calle. No cubras esta tragedia con palabras reconfortantes solo para calmar tu propia mente.

​El silencio cayó. Najlaa asintió con la cabeza y se fue lentamente, dejando a Souad a solas con el plato de comida frío y su puro derecho a un dolor sin adornos de palabras.

​Pasaban de las dos de la mañana cuando Souad recordó el viejo teléfono de Youssef, juntando polvo en el cajón de la librería. Lo sacó y lo puso a cargar, esperando ejecutar una idea que había rondado su mente todo el día.

​Abrió los álbumes de fotos, luego pasó a la aplicación de grabadora de voz. Encontró una grabación con su voz del año anterior, leyendo un texto literario con un tono juguetón y dudoso: "Mamá, escucha esta grabación y dime si mi locución es buena..."

​Presionó reproducir. Su voz salió clara, cálida y llena de vida. Sus lágrimas finalmente cayeron, no lentamente, sino como una cascada que brota tras romper un largo dique. Se cubrió el rostro con las manos, con el cuerpo temblando por los sollozos. La voz sonaba tan viva que sintió que sería un crimen detenerla. Reprodujo la grabación docenas de veces, y cada vez su voz llenaba la habitación, acariciando su corazón con una mano de éter, hasta que el sueño la venció mientras el sonido resonaba en sus oídos.

​Souad se paró en el balcón con vistas a la carretera principal. A esta hora, Youssef solía regresar de su entrenamiento deportivo, levantaba la cabeza hacia el balcón, aplaudía dos veces para que sus ojos captaran su presencia y luego subía las escaleras de un salto.

​Se quedó observando a los transeúntes. Jóvenes de su edad, vestidos con ropa deportiva similar, riendo y bromeando. Sintió envidia, una envidia pura y profunda por las madres de esos jóvenes que los estaban esperando ahora. No le deseaba el mal a nadie, pero se preguntaba con agonía: ¿Por qué él? ¿Por qué esa carrocería en particular atravesó su cuerpo?

​El tiempo pasó y las luces de la calle se apagaron una a una. Souad se dio cuenta de que esperar en el balcón ya no tenía ningún sentido, y que el niño que solía mirar hacia arriba para saludarla se había convertido en una raíz en una tierra distante.

​En esta quinta noche, Souad decidió cocinar. No había cocinado desde aquel día oscuro. Preparó la comida favorita de Youssef: pasta al horno con bechamel.

​El aroma llenó los rincones de la cocina y, por unos momentos breves, olvidó la realidad, sintiendo que las cosas seguían su orden natural. Colocó los platos en la mesa del comedor: uno para ella, uno para su esposo que había fallecido años atrás y uno para Youssef en su asiento habitual.

​Se sentó a la mesa y tomó su tenedor. Miró fijamente la silla vacía frente a ella. Ese asiento vacante parecía más grande que toda la habitación. No pudo tragar ni un solo bocado. Tomó el plato de Youssef, lo cubrió con papel de aluminio, salió a la noche oscura y se lo dio a un hombre anciano que dormía cerca de la estación. Era la primera vez que salía a ofrecer algo al mundo desde su partida.

​Esta fue la noche más larga y dura. Souad se despertó con una pesadilla recurrente: una luz amarilla cegadora, el duro rechinido de neumáticos rozando contra el asfalto y un golpe sordo.

​Se sentó en medio de la cama, invadida por una rabia violenta. Ira hacia el conductor que había huido, ira hacia la calle escasamente iluminada, ira hacia los médicos que no pudieron salvarlo y una rabia silenciosa hacia el destino mismo.

​Recorrió el apartamento como una loca, moviendo adornos de sus lugares y gritando al vacío.

—¿Por qué no me llevaste a mí? ¿Qué hace un chico en la flor de su vida bajo la tierra mientras yo me quedo aquí, respirando?

​No encontró respuesta. Se desplomó sobre la alfombra de oración y permaneció postrada durante horas, sin pedir nada, simplemente dejando caer su cabeza pesada sobre el suelo, permitiendo que su ira se consumiera y se convirtiera lentamente en las cenizas de una rendición impotente.

​Llamaron a la puerta a primera hora de la tarde. Los visitantes eran tres de los amigos cercanos de Youssef. Entraron con timidez, con las cabezas gachas, llevando un trofeo deportivo que Youssef había ganado en su última competencia de carrera pero que no vivió para recoger.

​Souad se sentó con ellos. Los jóvenes tartamudearon al principio, temerosos de avivar su duelo. Pero ella les sonrió débilmente.

—Hablen de él —les dijo—, cuéntenme cosas que hizo con ustedes y que yo nunca supe.

​Sus expresiones cambiaron y comenzaron a recordar. Le contaron cómo solía compartir su comida, imitar a sus profesores de la universidad y correr a ayudar a cualquiera que viera en el camino. Souad se rio con ellos, mientras las lágrimas corrían por su rostro al mismo tiempo. Esa noche, se dio cuenta de que Youssef no solo había vivido en su casa; había dejado pedazos de su alma en los corazones de estos jóvenes.

​Las gotas de lluvia se deslizaban por los cristales de las ventanas. Souad decidió dar el paso más doloroso para cualquier madre en duelo: clasificar la ropa de su hijo.

​Abrió el armario. Sus camisas, pantalones y abrigos pesados estaban colgados en el mismo orden en que los había dejado. Sacó bolsas grandes y comenzó a doblar las sábanas y camisas, apartándolas para dárselas a los necesitados.

​Con cada prenda que tocaba, recordaba la ocasión en que había sido comprada: esta camisa para su decimoctavo cumpleaños, este abrigo el invierno pasado cuando llegó a casa completamente empapado. Conservó solo una camisa, su favorita, que llevaba el logo de la Universidad de Alejandría, y la presionó contra su pecho, mientras cerraba las otras bolsas con un corazón exprimido por el dolor, pero aliviado por una pena tranquila.

​En la novena noche, Souad no pudo permanecer en la casa. Fue al cementerio antes del atardecer y se quedó allí hasta que cayó la oscuridad.

​El cementerio estaba tranquilo, envuelto en árboles y una brisa suave. Se sentó junto a la tumba y puso su mano sobre la tierra húmeda. Ya no lloraba con la angustia ardiente de las primeras noches. Comenzó a hablarle con voz suave, como si le estuviera leyendo un cuento antes de dormir como solía hacer cuando él era un niño pequeño.

​— Youssef... te extraño mucho —le dijo—, pero te prometo que intentaré vivir. No dejaré que mi dolor te mate dentro de mí otra vez. Mantendré vivo el recuerdo de tu risa.

​Esta fue la primera noche en que sintió que una extraña sensación de serenidad se filtraba en su interior, como si la tierra misma le estuviera ofreciendo un pésame silencioso.

​Llegó la décima noche, trayendo consigo una transformación tranquila. Souad abrió completamente las cortinas de la habitación, dejando que la luz de la luna, y luego la luz del amanecer que se colaba, llenaran el pasillo que había estado oscuro durante tanto tiempo.

​Tomó el cuaderno de Youssef que había encontrado el primer día y abrió la última página en blanco. Sacó un bolígrafo y comenzó a escribir debajo de sus garabatos aleatorios:

​"Te has ido, Youssef, dejándome con una herida que nunca sanará, pero también me dejaste diecinueve años de luz. En estas diez noches, aprendí que el duelo no es un enemigo del que deba huir; es el espacio donde te mantengo vivo en mi corazón. No te olvidaré y nunca dejaré de extrañarte, pero hoy, empiezo a vivir por ti".

​Cerró el cuaderno y lo colocó sobre la mesa al lado de su cama. Respiró hondo y dio la bienvenida al primer rayo de sol mientras bañaba la habitación con una nueva calidez, aceptando su dolor como parte de un amor sin fin.

Abdel Latif Moubarak (Suez, 1964) es un destacado poeta y escritor egipcio en lengua árabe clásica y vernácula. Graduado en Derecho por la Universidad Ain Shams, es miembro de la Unión de Escritores Egipcios y de la red de Escritores Árabes en Internet. Surgió como una figura relevante de la generación poética de los años ochenta, publicando ampliamente en reconocidas revistas y periódicos del mundo árabe como Al-Ahram y Kuwait. A lo largo de su trayectoria ha publicado diversos poemarios, entre los que destacan Sentimientos y ecos (1994), Un ataque de sed (2007) y su obra en inglés Probability (2026). Su obra literaria ha sido distinguida con múltiples reconocimientos internacionales, incluyendo el Escudo de Excelencia y Creatividad de la Unión de Medios Árabes (2014), el Premio Internacional Sergio Camellini en Italia (2025), el Premio Naji Naaman a la totalidad de su obra (2026) y el Gran Premio del Jurado en el certamen literario italiano Il Meleto di Guido Gozzano (2026).

 

 

VIERNES A LAS SEIS

Eliana Machado

 

En la barra del bar, un tipo con cara de necesitar compañía se sienta frente a otro.

—Te voy a contar una historia, che. Era viernes, hora de salida de oficina. Todos con esa risa floja de los que se sienten libres por dos días. Todos menos nuestro hombre. El tipo salía del laburo, cerca del Obelisco, pero tenía más cara de lunes a las ocho que de viernes a las seis. Igual, a nadie le importaba. Ya sabés cómo es: nadie se fija en el que camina mirando el piso cuando el resto levanta la cabeza y se manda al fin de semana como si fuera día de fiesta nacional.

Le tocaba irse en subte, cosa rara en él. El auto se lo había llevado la grúa —los del tránsito, bah— porque esa mañana, apurado por no llegar tarde, no vio el cartel de “prohibido estacionar” frente al museo, justo en la calle donde lo dejaba siempre. Para su desgracia —o su suerte, andá a saber—, lo habían puesto de forma excepcional, por orden del Gobierno de la Ciudad, porque esa noche había fiesta en los jardines del museo: carpas blancas, luces cálidas, vino gratis para los funcionarios y toda la morfi sin límite, ya sabés… como siempre, pagada con nuestra guita. 

Pensó que ahí terminaba la mala racha. Sí, lo pensó, entre tanta cagada. Ya ves. Prefirió caminar hasta Callao para despejarse. Ahí iba, maletín en mano, entre el barullo de la gente que festejaba el finde. Cuando cruza la avenida, se larga la lluvia. Se cubre con el maletín, apura el paso… y zas: tropieza y se va de jeta contra la vereda. Se levanta como puede, con un diente menos y la boca hecha un desastre. La camisa blanca se le tiñe de rojo; parece un vampiro recién alimentado, pero sin glamour, sin castillo, sin nada. Y uno piensa: ¡Qué mala leche, loco! Se sacude el agua de los hombros, respira hondo y aprieta el maletín contra el pecho, como si apretarlo fuerte le fuera a arreglar todo este quilombo.

No tiene cara de querer ayuda y nadie parece dispuesto a ofrecérsela. Se limpia como puede, se tapa la boca con una mano y entra al primer bar que encuentra —el Celta Bar, justo ahí nomás. Pide un whisky, no para brindar, sino para apagar el dolor. El del cuerpo… y el otro. Lo baja de un saque. Como quien quiere que le queme algo por dentro, para ocuparse apagando el fuego y no darle bola a lo que le carcome la cabeza.

 

El otro escucha en silencio. No interrumpe. No asiente. Apenas parece respirar. Algo en la historia le resulta familiar, pero el silencio entre ambos no deja lugar a preguntas.

El que habla termina su trago, pide la cuenta, se levanta despacio. Y justo antes de irse, levanta la vista para despedirse del otro, que acaba de escucharlo.

—¿Pero por qué el tipo ese tenía mala cara? —pregunta el oyente.

—Porque lo habían echado esa misma tarde. Fired, hermano. Y yo que había pensado que lo del auto era lo peor del día.

Sonríe. Le falta un diente. Del lado derecho. El otro también sonríe. El mismo hueco oscuro. La misma mancha roja en la camisa. El mismo maletín.

El hombre se queda mirando el vaso vacío, como si en el fondo quedara algo más.

—Y encima sin indemnización… —murmura.

Del otro lado del espejo, su boca todavía estaba cerrada.


Eliana Machado es escritora, poeta, traductora literaria y editora brasileña, radicada en Francia desde 1994. Escribe y publica en portugués, francés y español. Doctora en Estudios Hispánicos y Latinoamericanos por la Universidad de Niza-Sophia Antipolis, se formó también en Letras Portuguesas y Españolas y en Lengua, Literatura y Cultura Rusas en la Universidad de São Paulo. Es autora de libros de poesía, narrativa, ciencia ficción y literatura infantil, entre ellos République des Eaux / República das Águas, Locus brasilis, Blanco en el blanco, Brasil: aventura interior, Los Elegidos y Arthur au Royaume Tarentulesque. Sus cuentos y poemas han aparecido en revistas y antologías de distintos países. Como traductora literaria, ha trabajado con obras de Luiz Alfredo Garcia-Roza, Patrícia Melo y José Antonio Mazzotti. Es fundadora de Éditions des Trois Rivages y miembro de la Société des Gens de Lettres de Francia. Su obra ha recibido diversos reconocimientos literarios en Francia y en el exterior.

 

 

UN BRINDIS POR LA AMISTAD

Jona Heynke

 

Había decidido matar a mi mejor amiga. Sin embargo, todavía no había decidido cómo hacerlo. Mi ceguera era el principal obstáculo. No podía atropellarla con el coche. Si intentaba empujarla por las escaleras o golpearla en la cabeza con un martillo, vería lo que me proponía hacer. Tampoco era posible recurrir a una sobredosis de algún medicamento, porque en el botiquín de nuestra casa solo había una caja de analgésicos y las vitaminas de Ville.

Estaba guardando en los armarios de la cocina las cosas que había comprado. Cuando mi mano tropezó con una botella de whisky, se me ocurrió un plan infalible.

Sini aceptó de inmediato mi invitación a una noche de sauna entre amigas. Llegó envuelta en una nube de perfume en la que se distinguían, por lo menos, manzana y canela.

—No tenías que haber traído nada —dije, repitiendo mi frase habitual.

—Claro que sí —respondió Sini, como siempre—. Hice una tarta de manzana. Sé que te gusta.

Y me gustaba. Pero primero comeríamos algunos aperitivos acompañados de un buen whisky escocés. Después iríamos a la sauna y, para terminar, comeríamos la pasta con mariscos que yo había preparado y la tarta de manzana de Sini. Como de costumbre, Sini quería el whisky con soda. Como de costumbre, yo me burlé de ella por eso.

Brindamos por la amistad, como tantas noches anteriores.

—Pase lo que pase, siempre nos tendremos la una a la otra —dijo Sini, que ya arrastraba claramente las palabras—. Paula, ¿alguna vez te he dicho cuánto te admiro?

—Alguna vez has dicho algo por el estilo —respondí.

Sini se sirvió otra copa. Por la duración del sonido del líquido al caer, deduje que no había notado nada extraño en la soda.

—Haces todo igual que quienes pueden ver.

—Bueno, ya llevo treinta y cinco años practicando cómo vivir siendo ciega —resoplé, mientras llenaba mi vaso de whisky puro, que apenas me había hecho más efecto que el agua.

—Muchas veces me he preguntado qué pasaría si me quedara ciega —dijo Sini—. Yo no podría arreglármelas.

Sini bebió un sorbo y chasqueó los labios, espero que de placer.

—Es como si estuviera viendo peor.

—Son imaginaciones tuyas —dije con brusquedad—. O quizá hayas bebido demasiado. La ceguera no es contagiosa, si eso es lo que temes.

La respiración de Sini se volvió pesada. El vaso cayó. Por suerte, estaba vacío.

Me acerqué a Sini y la sacudí. Se había desplomado inerte sobre la silla y respiraba cada vez con mayor dificultad.

—Me duele —balbuceó de forma apenas comprensible.

—A mí también —le dije al oído—. Me duele desde que supe que querías quedarte con Ville.

—No —gimió Sini, y empezó a tener arcadas.

—Sí. Nuestro coche empezó a oler a tu perfume. Después también Ville.

—¡Paula, ayúdame, me duele!

—Ville empezó a recibir y enviar montones de mensajes de WhatsApp. Y cada vez tenía que quedarse hasta más tarde en el trabajo.

—¡Paula, por favor!

—Puedo ser ciega, pero no soy estúpida. Uno de mis amigos consiguió para mí una neurotoxina experimental. Mezclé suficiente con la soda para que ningún tratamiento pudiera salvarte.

—¡Paula, tengo miedo! Por favor. ¡Llama a una ambulancia!

Tomé el iPhone y le di vueltas entre las manos.

—¿O prefieres que te lea los mensajes de WhatsApp que tú y Ville se enviaban? Otro buen amigo mío consiguió entrar en tu teléfono y me los copió. Tú y Ville discutían cómo podía librarse de un lastre ciego como yo. Bueno, ahora por lo menos tú vas a librarte. Mezclé tanta cantidad de metanol con la soda que ningún medicamento milagroso ni lavado de estómago podrá salvar ya tu miserable vida.

Sini pasó los últimos y breves instantes de su vida llorando y temblando. No me quedé a presenciarlos; empecé a borrar las huellas. Vertí por el desagüe el resto de la soda. Enjuagué la botella y el vaso y los arrojé a la basura. Después llamé a una ambulancia. Los paramédicos se mostraron comprensivos. Sin duda debía de ser espantoso que mi mejor amiga hubiera muerto delante de mis ojos sin que yo pudiera ver lo que ocurría. Estuve de acuerdo con ellos en que pasar la noche sola en casa no era una buena idea. Tomé un taxi hasta el mejor hotel de la ciudad. Ville, que esta vez estaba realmente de viaje de negocios, se enteraría más tarde de la terrible noticia de la muerte de su amante.

Cuando regresé a casa, me recibió el silencio. Probablemente Ville estaba durmiendo para recuperarse del cansancio del viaje. Decidí comer la pasta con mariscos que había quedado sin tocar el día anterior. No llegué hasta el refrigerador. Algo grande que estaba en el suelo me hizo tropezar. Mi mano tocó algo blando y gomoso.

¡Un muñeco grande!, fue mi primer pensamiento. Luego reconocí el rostro de Ville.

Esta vez no tuve que fingir la conmoción. Los paramédicos se llevaron con ellos a una reciente viuda que temblaba de horror: yo. El sedante debió de nublarme la cabeza, porque llamé a un policía conocido y confesé mi crimen. De todos modos, el análisis toxicológico acabaría revelando la neurotoxina. El policía fue comprensivo, aunque tampoco a él le parecía que el asesinato hubiera sido la solución correcta en aquellas circunstancias. Resultó que Ville había legado casi todos sus bienes a Sini. Ahora irían a un orfanato chino, porque Sini había muerto antes que él.

—Ya que has empezado a confesar, ¿qué te parece si admites también el otro asesinato? Sabemos de dónde obtuviste la sustancia que pusiste en la soda. Pero ¿de dónde sacaste el veneno de la tarta? —En ese preciso momento comprendió que yo realmente no tenía la menor idea de qué estaba hablando. Poco antes de morir, Ville había comido un gran trozo de tarta de manzana. Contenía una dosis de neurotoxina tan grande que habría matado hasta a un caballo.

Jonna Heynke es una escritora, traductora, compositora y diseñadora de sonido ciega, nacida en Finlandia y residente en Alemania junto a su marido y sus gatos. Lleva muchos años trabajando como escritora y traductora independiente. Su primera novela se publicó en Finlandia en 2015, y su obra ha aparecido también en antologías, periódicos y revistas. Ha traducido al finés dos poemarios de Till Lindemann. Heynke es también la creadora de Pictures Whisper Echoes, una serie de «pinturas sonoras» basadas en artes visuales, fotografías, arquitectura, paisajes y lugares. Utiliza la inteligencia artificial como medio para acceder visualmente a las imágenes; ella misma compone e interpreta la música, principalmente con sintetizador y piano. Todas estas pinturas sonoras se publican en su canal de YouTube, Blind can see the sun.

 

domingo, 20 de septiembre de 2026

LA BALADA DEL GATO

Khancho Kojouharov

 

El viejo gato se apagaba. Sabía que la Muerte no era más que una acompañante hacia la siguiente vida felina, pero nadie más lo sabía. Presintiendo la llegada de aquella visitante a la que casi todos temían, la casa entera quedó en silencio. En la sala solo permaneció su humano. El hombre colocó una vieja camiseta suya bajo la cabeza del gato y, al percibir aquel conocido olor amistoso, este se sumió en un sueño inquieto.

No advirtió cuándo su humano se levantó y fue a la cocina, pero entre sueños oyó un familiar borboteo y, poco después, el aroma del café recién hecho irrumpió sin ceremonias en las fosas nasales del gato y lo obligó a abrir los ojos. El hombre dejó la taza sobre la mesa, se sentó a su lado y le acarició la cabeza. La caricia era agradable, pero ¿acaso aquel hombre no comprendía que en la vida de los gatos hay momentos importantes en los que, más que ninguna otra cosa, desean quedarse solos?

El gato no tenía fuerzas para levantarse y arrastrarse debajo de algún mueble, de modo que se limitó a mirarlo con cansancio. El hombre captó su mirada y parpadeó varias veces. Lo hacía para contener la humedad que pugnaba por salir de sus párpados, pero el gato lo interpretó a su manera y le devolvió el parpadeo: «Sé que eres mi amigo y que no aprovecharás este breve instante en que no te miro para atacarme». Después le dirigió una mirada firme e insistente: «Te he contado todas mis historias, pero la última no tiene palabras. ¡Simplemente tienes que verla!».

Luego entornó los ojos y concentró toda su atención en un sonido apenas perceptible. Pasos que se acercaban. Los había oído muchas veces, pero durante los últimos diecisiete años siempre se habían dirigido hacia algún otro. Ahora venían por él.

Por agotado que estuviera, el guerrero de cuatro patas se preparó para la batalla. No era grande, pero su valor era digno de un tigre. No renunciaría sin luchar al olor de la camiseta, a la caricia del hombre ni al recuerdo de las decenas de elegantes gatas y traviesos gatitos que habían pasado por su vida.

Por la rendija de los párpados observó a la visitante indeseada. Con las garras fuera, se preparó para saltar, enseñó los dientes y siseó, pero de su boca solo salió un suspiro apenas audible. Entonces oyó la voz del hombre:

—¡Adiós, Barborani! ¡Gracias por todo, querido! ¡Gracias también por esta lección!

Desde algún lugar en lo alto vio cómo el hombre acomodaba sobre su regazo el cuerpo todavía caliente y apoyaba las manos sobre él para acariciar por última vez a su querido compañero. Con amor y admiración, porque había sido testigo de su última batalla.

Entonces, delante de él, comenzó a titilar una luz. Sin saber cómo, el gato se encontró junto a una alta cerca blanca con un portón abierto de par en par, del que emanaba un calor acogedor y amable. Con un repentino impulso de energía y sin la menor vacilación, avanzó hacia la nueva aventura.

Por supuesto, había oído hablar del paraíso de los gatos, adonde iban todos los guerreros de cuatro patas que no habían temido atacar a la propia Muerte. Decían que el paraíso era un lugar cálido y acogedor, con cuevas apropiadas para esconderse. Decían que allí había árboles huecos entre cuyas ramas volaban y piaban miles de pájaros. Decían que lo atravesaba un río cristalino que desembocaba en un lago lleno de peces. Todo aquello siempre le había parecido demasiado hermoso para ser verdad.

El paraíso estaba allí, en la Tierra. Por las noches, el paraíso estaba sobre el cálido hombro del hombre o acurrucado junto a él; durante el día, en cambio, estaba en el barrio, donde había tantas palomas. La mayoría eran lo bastante estúpidas como para no advertir que el gato se acercaba cada vez más, hasta que, tras un sprint fulminante, arqueaba el cuerpo en un salto acrobático y las atrapaba antes de que hubieran conseguido elevarse demasiado.

El paraíso era la conocida voz del hombre, que al caer la tarde salía frente al edificio y gritaba a pleno pulmón:

—¡Gaaatooo! ¡Barboraaani!

Aquel llamado ejercía sobre él una atracción irresistible. El gato aparecía por detrás de la esquina del edificio vecino y, a medio camino entre el paso y la carrera, atravesaba el cuadrado de césped situado entre los bloques, a la izquierda del abeto solitario, y ya desde lejos comenzaba a contar lo que le había sucedido durante el día. No con maullidos entrecortados, como la mayoría de los gatos, sino con toda una serie de sonidos bien modulados que se fundían suavemente unos con otros: una melodía distinta cada día. El hombre lo recibía con una amplia sonrisa y abría la puerta de entrada para dejarlo pasar delante de él, diciendo:

—¿Y qué pasó después, querido? ¡Cuéntame, Barborani!

Animado, el gato seguía contándole cosas en el ascensor y en el rellano de la escalera, añadiendo nuevos detalles a su relato. Su elocuencia solo se interrumpía cuando el hombre abría la puerta del apartamento y el olor de la comida salía a recibirlos.

Una vez saciado el hambre, el gato permitía que le limpiaran las patas y todo el cuerpo con un paño húmedo. Después evaluaba cuál de los tres —la mujer que lo había salvado, su amigo el hombre o la anciana— parecía menos dispuesto a levantarse de donde estaba, y se acomodaba en su regazo. Se lo aseguro: ¡aquello era el paraíso!

Es cierto que, al principio, el mundo no había sido amable con él. Cuando era un gatito pequeño y tonto, corrió hacia un hombre y maulló para hacerle saber que quería que lo acariciaran y le dieran de comer. Pero el hombre era malvado y le dio una patada que lo hizo volar varios metros, hasta el abeto. Con las últimas fuerzas, el gatito se arrastró bajo las ramas que colgaban hasta el suelo. Antes de perder el conocimiento, vio cómo el abeto erizaba sus cientos de agujas afiladas y ahuyentaba al agresor.

Recobró el sentido entre dos manos cálidas. Al parecer, la mujer había conseguido abrirse paso entre las ramas para recoger aquella bolita dorada que gemía. Forró una caja de cartón vacía con una manta vieja y durante dos semanas le dio leche en la boca con un cuentagotas, hasta que el gatito recuperó fuerzas y pudo ponerse de pie. No lo sacaron al exterior hasta un mes después y, durante los primeros días, el hombre lo dejaba bajo el abeto protector y se sentaba en algún banco para vigilarlo. El gatito se volvía más fuerte y ágil no de día en día, sino de hora en hora, y pronto intentó atrapar su primera paloma.

—Bueno, amigo —dijo entonces el hombre—, por lo que veo, ya puedes arreglártelas solo. Diviértete y dentro de unas horas vendré a llevarte a casa.

Y al anochecer bajó al patio. El gatito lo esperaba bajo el abeto, terriblemente hambriento pero muy feliz. El hombre lo llevó hasta su cuenco de comida blanda y la vida volvió a ser maravillosa. Solo que, a causa del dolor provocado por la patada, había perdido la cuenta y ya no sabía cuál de sus sucesivas vidas estaba viviendo.

Un año después se había convertido en un gato joven –ligero, pero ágil para saltar y muy resistente– y trepaba a los árboles como una ardilla. Entonces, un día de verano, regresó al patio el viejo bandido pelirrojo Horatio –llamado así por el personaje de una serie policial cuyo cabello tenía el mismo color llameante– e intentó expulsarlo de sus antiguos dominios. Varias veces libraron feroces combates y, en cada ocasión, Barborani demostraba ser un adversario eficaz.

Llegó el frío y, hasta que terminó el invierno, Horatio no volvió a aparecer por el patio. Cuando regresó en primavera, se encontró con un Barborani más grande y musculoso que parecía haberle arrancado la piel para vestirse con ella. No está claro si comprendió que era su hijo y que ya se había vuelto demasiado fuerte para que pudiera vencerlo. A pesar de ello, Horatio no vaciló en atacarlo. ¿Lo hizo obedeciendo algún principio felino desconocido para los humanos o porque quería asegurarse de dejar tras de sí un heredero digno?

Esta vez Barborani venció y, cuando Horatio huyó, lo persiguió hasta su escondite. El bandido se deslizó hábilmente bajo la tapa metálica de un cálido sótano que olía a polvo de carbón. Barborani, prudentemente, no saltó tras él –después de todo, el sótano del carbón era territorio personal de Horatio–, pero durante media hora paseó orgullosamente de un lado a otro sobre la tapa y, antes de marcharse, dejó encima su señal: «¡No vuelvas a aparecer ante mis ojos!». Después regresó al patio y pasó todo el día sobre el techo del transformador, calentado por el sol, donde ningún otro gato se atrevía a subir.

Los años siguientes estuvieron llenos de innumerables aventuras de caza y de amor. Todas las gatas eran suyas y aquella parte de la ciudad se llenó de pequeños gatitos pelirrojos. Continuaba con devoción la obra que Horatio había iniciado en otro tiempo, aunque no existiera la menor posibilidad de que algún día consiguiera terminarla. Pero, a pesar de estar ocupadísimo, siempre –salvo cuatro o cinco noches al año– regresaba a casa, donde lo esperaban sus humanos.

Y ahora se extendía ante él el inmenso y exuberante jardín del paraíso. Todo un mundo nuevo para explorar: acogedor y cálido, con pequeños remolinos que en otoño arrastraban por el suelo incontables hojas secas con un sonido provocador, desafiándolo a atraparlas. Cuando se cansaba de aquel entretenimiento, el gato se dirigía al lago que relucía bajo el sol. Entre las flores y las hierbas abundantemente regadas caminaban o saltaban miles de pájaros. Al caer la tarde se encaminaba hacia la amplia y horizontal bifurcación de un viejo árbol situado cerca del portón y, cuando la noche avanzaba, subía hasta allí de dos saltos.

Durante los primeros meses pensó que todo cuanto lo rodeaba había sido creado especialmente para proporcionarle comodidad y alegría, pero con el tiempo comprendió que incluso en el paraíso faltaba algo. Echaba de menos la calidez del antiguo hogar, las caricias de sus tres habitantes y la voz del hombre, que a veces le correspondía contándole, a él y a nadie más, sus nuevas historias. El gato no era plenamente consciente de ello, pero sentía hacia él una gratitud inmensa, porque el hombre le había revelado la alegría de amar a alguien además de a uno mismo. Por eso, cada atardecer se acercaba al portón, no fuera a perder la oportunidad de ver a su antiguo dueño y este se internara en el vasto bosque, haciendo que ambos tardaran muchos años más en encontrarse.

Hoy, mientras les cuento su historia, el gato sigue esperando pacientemente, sin impacientarse. Todos los gatos proceden de la eternidad o –¡como mínimo!– del universo anterior; son dueños del tiempo y no necesitan pedir prestada la paciencia. Barborani sabe muy bien que, aunque viven más que los gatos, los humanos tampoco son eternos. Algún día su dueño –¡no, su amigo!– dejará por fin de contarles a los demás sus nuevas historias y, en vez de despedirse, enseñará por última vez los dientes a la Muerte. Y eso significará que se habrá ganado dignamente un lugar en el paraíso.

Khancho «Khanev» Kojouharov (Bulgaria/Reino Unido) es un galardonado escritor, periodista de investigación y traductor. Sus novelas, relatos, análisis y artículos científicos se han publicado en búlgaro, inglés, francés, alemán, polaco, ruso y ucraniano. Kojouharov ha traducido unos 60 libros del inglés, que abarcan una amplia gama de temas: física, astrofísica y cosmología; filosofía y religión; sociología, psicología y psicoanálisis; historia y biografías; economía y ciencias políticas; memoria y tests de inteligencia; novela negra, de espionaje y de ciencia ficción. Es miembro de la Asociación Internacional de Escritores de Novela Negra, la Unión de Escritores Búlgaros y la Unión de Periodistas Búlgaros.

 

UNA VIDA HERMOSA