Marcela Iglesias
Aquel sábado por la noche, mis hijos mayores estaban
de fiesta, mi esposo dormía en el cuarto y mi hija menor y yo alistábamos los
materiales en el estudio porque íbamos a hacer manualidades.
Estábamos distraídas en nuestro
quehacer cuando escuché que la puerta de calle se abrió. “No es hora de que los
chicos regresen” pensé yo así que me levanté y salí a ver. Era mi esposo
subiéndose al carro para salir.
—Hey, Luis, ¿qué haces? —le dije—,
¿para dónde vas a estas horas?
—Es que mamá necesita que vaya de
urgencia. Me acaba de llamar —respondió él, visiblemente nervioso.
—¿Cómo te llamó si está sin teléfono?
—contesté sorprendida.
—Lo hizo desde un teléfono público —me
dijo; comenzaba a ponerse de mal humor
—¿Y por qué te vas así, sin
despedirte ni decir nada? Esto es demasiado extraño, tú nunca actúas así —estaba
diciéndole yo, cuando me interrumpió bruscamente.
—Mira, no me hagas perder el tiempo.
Justo por eso quería irme sin decirte nada, porque comienzas con tu preguntas y
tus cosas. Ya me voy. Te aviso cuando llegue donde mi mamá. —Se subió al vehículo
y arrancó.
Me quedé pensando. Desde hacía un par
de meses, Luis había comenzado a actuar raro. Coincidentemente, su mamá había
perdido su celular. Ella vivía muy lejos, al otro lado de la ciudad y no la
visitábamos con frecuencia porque tenía una mala relación con mis hijos y con
mi esposo. Pero las últimas semanas, a Luis le había nacido un cariño extraño
por su mamá y con la excusa de que no tenía como comunicarse la visitaba con
frecuencia, pero solo, aduciendo que no podía obligar a los hijos a querer a su
abuela.
Como a las diez de la noche sentí
algo extraño. Como una desazón, una intranquilidad. Justo en ese momento mi
hija menor me dijo:
—Espero que no estén asaltando a mi
papi.
—Hijita, Dios no quiera, ¿qué
comentarios son esos? —le contesté yo—. Mejor vamos a dormir.
A las doce de la noche me despertó el
timbre del celular. Era mi hijo mayor que me estaba llamando para que le dijera
al papá que si los podía recoger de la fiesta a la una de la mañana. Pensó que
se había quedado dormido con el teléfono prendido porque no le contestaba las
llamadas ni los mensajes, pero estaba en línea. Le dije que había dicho que iba
donde su mamá y que yo intentaría comunicarme con él.
Efectivamente, mandé muchos mensajes,
que le llegaban porque aparecía en línea. Marqué muchas veces, pero nunca
contestó ninguna llamada. A mí esto ya me estaba pareciendo extraño. Llamé a mi
hijo para que regresara con su hermano en un taxi porque no había señales del
papá. Esperé a que mis hijos regresaran, aseguré las puertas y me quedé sentada
en la sala, pensando acerca de lo que estaba pasando en nuestro matrimonio.
Nunca fuimos un matrimonio modelo, pero creía que éramos tan felices como podía
ser una pareja normal. Debe ser una etapa, pensé.
Amaneció y comencé a quedarme
dormida, pero un mensaje en el celular a las siete de la mañana, me sacó del
letargo.
“Mercedes: me asaltaron. Se llevaron
el carro, mis documentos, los celulares y me dejaron botado en las afueras de
la ciudad. Logré llegar a la casa de mi mamá hace unos minutos. Te estoy
escribiendo desde un cybercafé. Estoy muy golpeado. No quiero que me vean así. Me
voy a quedar en la casa de mi mamá por un par de días. No se preocupen. No
vengan a verme tampoco. Estoy bien. Por favor bloquea las tarjetas y las
cuentas, ya hice la denuncia del asalto”.
Estaba tan conmocionada que en ese
momento no reparé en que él había puesto “los celulares”. Él sólo tenía un
celular, hasta donde yo sabía.
Me pasé más de la mitad de la mañana
bloqueando las tarjetas y las cuentas. De algunas de ellas ya se habían
extraído los fondos, pero de otras no habían hecho uso todavía.
Di de comer a mis hijos y decidí
hacer caso omiso de las instrucciones dadas por Luis y me dirigí a la casa de
mi suegra, yo sola. Sea cual fuera la verdad, preferí que mis hijos no se
enteraran.
El viaje en transporte público se me
hizo larguísimo. Mi mente estaba a mil. A medida que me acercaba mi ritmo
cardíaco aumentaba. Cuando estuve en la puerta de la casa de mi suegra, mi
corazón amenazaba con salirse de mi pecho.
Timbré. Salió a abrirme mi suegra,
totalmente agobiada.
—Mijita, qué bueno que vino. Este
terco no se ha dejado atender —y me abrazó mientras decía eso.
Por el tono de su voz y el comentario
me imaginé que Luis debía estar muy mal. Cuando entré al cuarto él, en vez de
alegrarse al verme, me insultó con los peores epítetos que pudo. Luego de la
lluvia de insultos me gritó que me había dado instrucciones claras de no llegar
porque no quería que lo viéramos así, en ese estado tan lamentable. Yo hice un
gran esfuerzo para no llorar, tanto por la manera en que me había tratado como
por lo que estaba viendo. Realmente estaba muy maltratado. Tenía los ojos
hinchados y uno de ellos se había puesto negro. Le habían partido la boca y
roto algunos dientes. Tenía sangre coagulada en algunas partes de la cabeza.
Hice acopio de todo mi valor y me acerqué a la cama. Me senté a su lado
suavemente y le acaricié la mejilla. Luego le pedí que se incorporara y con la
mayor delicadeza que pude le quite la camisa llena de sangre. Tenía moretones y
cortaduras por todo el pecho y la espalda. Lo ayudé a levantarse y lo guié a la
ducha. Le pedí a mi suegra que trajera una silla y lo senté ahí, bajo el chorro
de agua tibia. Lo lavé con toda mi ternura, procurando no hacerle más daño del
que ya le habían hecho. En un momento dado, apoyó su cabeza en mi y me pidió
perdón. Asumí en ese instante que se refería a los insultos y los gritos
recibidos antes.
Cuando ya estuvo limpio y seco, lo
vestí. Llamé un taxi y lo llevé al hospital. Tenía dos costillas rotas y lo
dejaron internado para observación porque tenía una contusión.
Al día siguiente, lunes, pedí
vacaciones adelantadas en mi trabajo para poder atenderlo en casa. Fui a la
empresa telefónica a recuperar su línea y compré a crédito un teléfono para él
y otro para mi suegra. No sé por qué no lo habíamos hecho antes.
Me llamaron del hospital para decirme
que lo iban a dar de alta pero que le recomendaban permanecer dos semanas de
reposo en casa por las fracturas en las costillas.
Esas dos semanas pasaron rapidísimo.
Fueron idílicas. Pasar tiempo juntos nos hizo mucho bien. Parecía ser que
haberse sentido al borde de la muerte lo había hecho reflexionar sobre las
prioridades en la vida. Nuestros hijos y yo estábamos muy felices de que
siguiera con nosotros. Del vehículo no había señales, pero realmente no
estábamos preocupados. Íbamos a hacer uso del seguro para que nos repusieran el
auto.
Fue pasando el tiempo. Ya habían pasado seis meses
desde el asalto. Las cosas habían vuelto a una normalidad relativa, pero
todavía se sentía bastante armonía. Habían ascendido a Luis en el trabajo y
tenía que viajar con frecuencia fuera de la ciudad a supervisar unas
sucursales. Las cosas con su mamá también se habían suavizado y la veíamos con
más frecuencia.
Otra vez sábado. Luis estaba fuera de
la ciudad y los chicos y yo fuimos a visitar a mi suegra.
—Mijita, sáqueme de una duda —me dijo
mi suegra mientras preparábamos la merienda—, ¿qué andaba haciendo mijito tan
noche en la calle el día que le asaltaron?
No me sorprendió tanto la pregunta
porque mi suegra solía olvidar las cosas.
—Venía a verla a usted suegra, usted
lo llamó porque tenía urgencia de verlo como toda esa temporada desde que se le
arruinó el celular —le contesté yo.
—¿Verme? Sí, puede ser, ya sabe que
yo me olvido de las cosas, mijita. Pero desde que se me llevó el teléfono para
llevarlo a componer no se había aparecido hasta la madrugada del asalto. ¡Qué
raro! —terminó.
No quise seguir con la conversación
porque no quería regresar a mis pensamientos acerca de esa temporada, pero algo
se quedó dando vueltas en mi cabeza.
A los pocos minutos llamó él, desde
el hotel, para saludarnos. Mi hija menor había estado escuchando la
conversación con mi suegra y no dudo que ella se acordaba lo que él había dicho
esa noche, la del asalto.
—¿Por qué haces llamada en vez de
hacer video llamada? —le dijo de buenas a primeras—. Quiero ver el hotel.
Mi esposo se puso nervioso, le dijo
que no sabía cómo se hacía el cambio, que iba terminar la llamada para volver a
llamar con video. Se demoró muchos minutos. Luego mandó un mensaje de que no
había buena señal, que estaba muy cansado y que ya nos veríamos al día
siguiente.
Contrario a lo que había pasado en
los anteriores regresos que todo era alegría y felicidad, en este regreso los
hijos se portaron bastante indiferentes y yo fingí una tranquilidad que no
tenía. Un pensamiento disruptivo se había instalado en mi mente.
Luis, aparentemente, estaba
tranquilo. Pensé que iba a volver a los comportamientos extraños, pero no lo
hizo.
Una mañana dijo que se quedaría en la
casa haciendo teletrabajo y no fue a la oficina. En mi trabajo nos avisaron que
una compañera había presentado influenza y nos mandaron a todos a hacernos la
prueba. El que diera positivo debía ausentarse del trabajo. Desafortunadamente
di positivo y regresé a la casa, medicada. No le avisé a Luis para que no se
negara a hacerse las pruebas. Cuando llegué, no estaba, pero había dejado su
computadora abierta. No sé qué me pasó, yo siempre fui respetuosa. Entré a sus
chats. Empecé a revisar sus conversaciones, nada que me llamara la atención,
estaba a punto de levantarme cuando llegó un mensaje de que le decía “miamor” y
que le estaba mandando la ubicación de un hotel en la próxima ciudad a la que
le tocaba ir de supervisión. Revisé el perfil. No parecía ser una mujer. En ese
chat no había nada más. Apunté el número y lo guardé en mi celular. Me costó
mucho aparentar calma. Dejé todo como estaba y me fui a acostar. Mi cabeza daba
vueltas. Me estaba engañando, tenía otra mujer. Yo ya lo sospechaba, pero no
quería ver.
Cuando regresó, fingí estar dormida.
No quería hablar con él, no quería verlo. Finalmente, el sueño me venció. En la
tarde, le pedí que se fueran al laboratorio a hacerse la prueba de influenza.
Accedió de mala gana.
Su computadora seguía abierta. Los
mensajes de la supuesta amante habían sido borrados. Estaba en línea y me
atreví a escribirle “mi mujer se ha enterado, ¿qué pasa si esta vez no quiero
ir?” Largos minutos pasaron hasta que envió su respuesta: “usted sabrá, papito,
¿se acuerda lo que le pasó la última vez que no quiso ir?”.
Marcela Iglesias nació en San Salvador el 12 de marzo de 1972. Por causa de la guerra civil desatada en su país emigró a Ecuador, donde reside desde 1988. Profesora de matemáticas desde los 13 años, siempre tuvo el deseo de escribir. Ahora se considera una escritora en construcción.

Dura experiencia 💔pero es la realidad de muchos matrimonios rotos por la infidelidad, que en este caso me parece enfermiza además de peligrosa, alto precio por poner los ojos adonde o se debe, felicidades buena narrativa, éxito 💖
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