sábado, 31 de enero de 2026

EL ASALTO

Marcela Iglesias

 

Aquel sábado por la noche, mis hijos mayores estaban de fiesta, mi esposo dormía en el cuarto y mi hija menor y yo alistábamos los materiales en el estudio porque íbamos a hacer manualidades.

Estábamos distraídas en nuestro quehacer cuando escuché que la puerta de calle se abrió. “No es hora de que los chicos regresen” pensé yo así que me levanté y salí a ver. Era mi esposo subiéndose al carro para salir.

—Hey, Luis, ¿qué haces? —le dije—, ¿para dónde vas a estas horas?

—Es que mamá necesita que vaya de urgencia. Me acaba de llamar —respondió él, visiblemente nervioso.

—¿Cómo te llamó si está sin teléfono? —contesté sorprendida.

—Lo hizo desde un teléfono público —me dijo; comenzaba a ponerse de mal humor

—¿Y por qué te vas así, sin despedirte ni decir nada? Esto es demasiado extraño, tú nunca actúas así —estaba diciéndole yo, cuando me interrumpió bruscamente.

—Mira, no me hagas perder el tiempo. Justo por eso quería irme sin decirte nada, porque comienzas con tu preguntas y tus cosas. Ya me voy. Te aviso cuando llegue donde mi mamá. —Se subió al vehículo y arrancó.

Me quedé pensando. Desde hacía un par de meses, Luis había comenzado a actuar raro. Coincidentemente, su mamá había perdido su celular. Ella vivía muy lejos, al otro lado de la ciudad y no la visitábamos con frecuencia porque tenía una mala relación con mis hijos y con mi esposo. Pero las últimas semanas, a Luis le había nacido un cariño extraño por su mamá y con la excusa de que no tenía como comunicarse la visitaba con frecuencia, pero solo, aduciendo que no podía obligar a los hijos a querer a su abuela.

Como a las diez de la noche sentí algo extraño. Como una desazón, una intranquilidad. Justo en ese momento mi hija menor me dijo:

—Espero que no estén asaltando a mi papi.

—Hijita, Dios no quiera, ¿qué comentarios son esos? —le contesté yo—. Mejor vamos a dormir.

A las doce de la noche me despertó el timbre del celular. Era mi hijo mayor que me estaba llamando para que le dijera al papá que si los podía recoger de la fiesta a la una de la mañana. Pensó que se había quedado dormido con el teléfono prendido porque no le contestaba las llamadas ni los mensajes, pero estaba en línea. Le dije que había dicho que iba donde su mamá y que yo intentaría comunicarme con él.

Efectivamente, mandé muchos mensajes, que le llegaban porque aparecía en línea. Marqué muchas veces, pero nunca contestó ninguna llamada. A mí esto ya me estaba pareciendo extraño. Llamé a mi hijo para que regresara con su hermano en un taxi porque no había señales del papá. Esperé a que mis hijos regresaran, aseguré las puertas y me quedé sentada en la sala, pensando acerca de lo que estaba pasando en nuestro matrimonio. Nunca fuimos un matrimonio modelo, pero creía que éramos tan felices como podía ser una pareja normal. Debe ser una etapa, pensé.

Amaneció y comencé a quedarme dormida, pero un mensaje en el celular a las siete de la mañana, me sacó del letargo.

“Mercedes: me asaltaron. Se llevaron el carro, mis documentos, los celulares y me dejaron botado en las afueras de la ciudad. Logré llegar a la casa de mi mamá hace unos minutos. Te estoy escribiendo desde un cybercafé. Estoy muy golpeado. No quiero que me vean así. Me voy a quedar en la casa de mi mamá por un par de días. No se preocupen. No vengan a verme tampoco. Estoy bien. Por favor bloquea las tarjetas y las cuentas, ya hice la denuncia del asalto”.

Estaba tan conmocionada que en ese momento no reparé en que él había puesto “los celulares”. Él sólo tenía un celular, hasta donde yo sabía.

Me pasé más de la mitad de la mañana bloqueando las tarjetas y las cuentas. De algunas de ellas ya se habían extraído los fondos, pero de otras no habían hecho uso todavía.

Di de comer a mis hijos y decidí hacer caso omiso de las instrucciones dadas por Luis y me dirigí a la casa de mi suegra, yo sola. Sea cual fuera la verdad, preferí que mis hijos no se enteraran.

El viaje en transporte público se me hizo larguísimo. Mi mente estaba a mil. A medida que me acercaba mi ritmo cardíaco aumentaba. Cuando estuve en la puerta de la casa de mi suegra, mi corazón amenazaba con salirse de mi pecho.

Timbré. Salió a abrirme mi suegra, totalmente agobiada.

—Mijita, qué bueno que vino. Este terco no se ha dejado atender —y me abrazó mientras decía eso.

Por el tono de su voz y el comentario me imaginé que Luis debía estar muy mal. Cuando entré al cuarto él, en vez de alegrarse al verme, me insultó con los peores epítetos que pudo. Luego de la lluvia de insultos me gritó que me había dado instrucciones claras de no llegar porque no quería que lo viéramos así, en ese estado tan lamentable. Yo hice un gran esfuerzo para no llorar, tanto por la manera en que me había tratado como por lo que estaba viendo. Realmente estaba muy maltratado. Tenía los ojos hinchados y uno de ellos se había puesto negro. Le habían partido la boca y roto algunos dientes. Tenía sangre coagulada en algunas partes de la cabeza. Hice acopio de todo mi valor y me acerqué a la cama. Me senté a su lado suavemente y le acaricié la mejilla. Luego le pedí que se incorporara y con la mayor delicadeza que pude le quite la camisa llena de sangre. Tenía moretones y cortaduras por todo el pecho y la espalda. Lo ayudé a levantarse y lo guié a la ducha. Le pedí a mi suegra que trajera una silla y lo senté ahí, bajo el chorro de agua tibia. Lo lavé con toda mi ternura, procurando no hacerle más daño del que ya le habían hecho. En un momento dado, apoyó su cabeza en mi y me pidió perdón. Asumí en ese instante que se refería a los insultos y los gritos recibidos antes.

Cuando ya estuvo limpio y seco, lo vestí. Llamé un taxi y lo llevé al hospital. Tenía dos costillas rotas y lo dejaron internado para observación porque tenía una contusión.

Al día siguiente, lunes, pedí vacaciones adelantadas en mi trabajo para poder atenderlo en casa. Fui a la empresa telefónica a recuperar su línea y compré a crédito un teléfono para él y otro para mi suegra. No sé por qué no lo habíamos hecho antes.

Me llamaron del hospital para decirme que lo iban a dar de alta pero que le recomendaban permanecer dos semanas de reposo en casa por las fracturas en las costillas.

Esas dos semanas pasaron rapidísimo. Fueron idílicas. Pasar tiempo juntos nos hizo mucho bien. Parecía ser que haberse sentido al borde de la muerte lo había hecho reflexionar sobre las prioridades en la vida. Nuestros hijos y yo estábamos muy felices de que siguiera con nosotros. Del vehículo no había señales, pero realmente no estábamos preocupados. Íbamos a hacer uso del seguro para que nos repusieran el auto.

 

Fue pasando el tiempo. Ya habían pasado seis meses desde el asalto. Las cosas habían vuelto a una normalidad relativa, pero todavía se sentía bastante armonía. Habían ascendido a Luis en el trabajo y tenía que viajar con frecuencia fuera de la ciudad a supervisar unas sucursales. Las cosas con su mamá también se habían suavizado y la veíamos con más frecuencia.

Otra vez sábado. Luis estaba fuera de la ciudad y los chicos y yo fuimos a visitar a mi suegra.

—Mijita, sáqueme de una duda —me dijo mi suegra mientras preparábamos la merienda—, ¿qué andaba haciendo mijito tan noche en la calle el día que le asaltaron?

No me sorprendió tanto la pregunta porque mi suegra solía olvidar las cosas.

—Venía a verla a usted suegra, usted lo llamó porque tenía urgencia de verlo como toda esa temporada desde que se le arruinó el celular —le contesté yo.

—¿Verme? Sí, puede ser, ya sabe que yo me olvido de las cosas, mijita. Pero desde que se me llevó el teléfono para llevarlo a componer no se había aparecido hasta la madrugada del asalto. ¡Qué raro! —terminó.

No quise seguir con la conversación porque no quería regresar a mis pensamientos acerca de esa temporada, pero algo se quedó dando vueltas en mi cabeza.

A los pocos minutos llamó él, desde el hotel, para saludarnos. Mi hija menor había estado escuchando la conversación con mi suegra y no dudo que ella se acordaba lo que él había dicho esa noche, la del asalto.

—¿Por qué haces llamada en vez de hacer video llamada? —le dijo de buenas a primeras—. Quiero ver el hotel.

Mi esposo se puso nervioso, le dijo que no sabía cómo se hacía el cambio, que iba terminar la llamada para volver a llamar con video. Se demoró muchos minutos. Luego mandó un mensaje de que no había buena señal, que estaba muy cansado y que ya nos veríamos al día siguiente.

Contrario a lo que había pasado en los anteriores regresos que todo era alegría y felicidad, en este regreso los hijos se portaron bastante indiferentes y yo fingí una tranquilidad que no tenía. Un pensamiento disruptivo se había instalado en mi mente.

Luis, aparentemente, estaba tranquilo. Pensé que iba a volver a los comportamientos extraños, pero no lo hizo.

Una mañana dijo que se quedaría en la casa haciendo teletrabajo y no fue a la oficina. En mi trabajo nos avisaron que una compañera había presentado influenza y nos mandaron a todos a hacernos la prueba. El que diera positivo debía ausentarse del trabajo. Desafortunadamente di positivo y regresé a la casa, medicada. No le avisé a Luis para que no se negara a hacerse las pruebas. Cuando llegué, no estaba, pero había dejado su computadora abierta. No sé qué me pasó, yo siempre fui respetuosa. Entré a sus chats. Empecé a revisar sus conversaciones, nada que me llamara la atención, estaba a punto de levantarme cuando llegó un mensaje de que le decía “miamor” y que le estaba mandando la ubicación de un hotel en la próxima ciudad a la que le tocaba ir de supervisión. Revisé el perfil. No parecía ser una mujer. En ese chat no había nada más. Apunté el número y lo guardé en mi celular. Me costó mucho aparentar calma. Dejé todo como estaba y me fui a acostar. Mi cabeza daba vueltas. Me estaba engañando, tenía otra mujer. Yo ya lo sospechaba, pero no quería ver.

Cuando regresó, fingí estar dormida. No quería hablar con él, no quería verlo. Finalmente, el sueño me venció. En la tarde, le pedí que se fueran al laboratorio a hacerse la prueba de influenza. Accedió de mala gana.

Su computadora seguía abierta. Los mensajes de la supuesta amante habían sido borrados. Estaba en línea y me atreví a escribirle “mi mujer se ha enterado, ¿qué pasa si esta vez no quiero ir?” Largos minutos pasaron hasta que envió su respuesta: “usted sabrá, papito, ¿se acuerda lo que le pasó la última vez que no quiso ir?”.

Marcela Iglesias nació en San Salvador el 12 de marzo de 1972. Por causa de la guerra civil desatada en su país emigró a Ecuador, donde reside desde 1988. Profesora de matemáticas desde los 13 años, siempre tuvo el deseo de escribir. Ahora se considera una escritora en construcción.

1 comentario:

  1. Dura experiencia 💔pero es la realidad de muchos matrimonios rotos por la infidelidad, que en este caso me parece enfermiza además de peligrosa, alto precio por poner los ojos adonde o se debe, felicidades buena narrativa, éxito 💖

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