Cătălina Fometici
La llevaron al
interior del Teatro Nacional una tarde de jueves. Venía embalada en cartón
rosado y brillante, impreso con imágenes del anuncio que se emitía hora tras
hora por todos los canales. «StarDolls. Talento sin
fronteras», se leía en grandes letras doradas en relieve sobre la caja.
Tras largos esfuerzos, que se
saldaron con la lesión de dos mozos de carga, la madera bajo el cartón cedió y
dejó que se desparramaran por el suelo las bolitas blancas de plástico, las
tiras de papel y la nevada de poliestireno.
Ella apareció al final, majestuosa
como una diva que regresa al escenario después de la caída del telón para
recibir los aplausos que le corresponden. Vestía un vestido rosado de satén,
abombado, con volantes de encaje, y zapatillas blancas de ballet. De la mano
derecha colgaba una etiqueta con el nombre del prodigio: se llamaba Suzy y era
actriz profesional. En el manual de instrucciones se especificaba que «el
programa es completo y no requiere intervención. El botón de inicio se
encuentra en la nuca, bajo el cabello. Se recomienda que la muñeca sea
mantenida en un entorno fértil, ya que aprenderá de la actuación de los demás
actores. Perfecciona por sí sola la gestualidad, la mímica y las inflexiones de
la voz. Está equipada con sensores que detectan la amplitud de la sala y con un
micrófono de autorregulación situado en la zona del cuello. Conservar en lugar
seco, protegido de la humedad. En caso de que surjan problemas, dificultades en
el manejo o para cualquier tipo de preguntas o dudas, llame al número...».
La actriz Laura Mazu se tambaleó al
verla.
—¿Ya la han puesto en marcha?
—susurró la artista, lívida—. ¿Ya no me dan ninguna oportunidad...? ¿Esto fue
TODO?
—Vamos, vamos, tranquilízate
—respondió el manager, Alexandru Mihnea, en tono conciliador—. Nadie la ha
encendido. La hemos traído para el futuro, por si acaso... Ya sabes... Las
personas envejecen, pero las muñecas permanecen... Tú me entiendes...
Laura ya no oía nada; se dio vuelta
con un crujido del terciopelo y corrió a su camarín. Como siempre, George la
esperaba, desplomado en una silla, con la cabeza entre las manos y la música a
todo volumen. Es solo un payaso, se oía una vibrante voz femenina por los
altavoces; es solo un payaso, y los payasos ríen y se rompen en pedazos de
colores sobre el suelo de mármol...
Quería sollozar libremente, sola,
sin que la perturbara ni siquiera la presencia de su hijo. En cambio, se
encontró escuchando atentamente la voz del cantante. La misma banda que George
siempre escuchaba, perdido en su propio mundo; las mismas canciones explosivas,
la misma amalgama de guitarras eléctricas...
—¿Estás seguro de que es ella la
que canta? —le preguntó entre lágrimas—. ¿Y si no...?
¿Y si también a ellos les habían
traído una muñeca StarDoll, para mirarla a los ojos maravillosos y grabar los
datos de su voz en el ordenador que hacía las veces de cerebro...?
George rio en silencio, mostrando
sus anchos dientes.
Se respondió a sí misma: claro que
también a ellos les habían traído una muñeca. Quizás Morganna, una cantante.
Micrófono con autoajuste incorporado. Aprende rápido. Tiene la voz de una
sirena capturada en los Mares del Norte, a la que le arrancaron las cuerdas
vocales, o algo así. Pero ella, por supuesto, había reído con ganas, diciendo:
«¡Qué tontería... Vamos, quiten de aquí esa porquería; es ridícula!».
Todo había
comenzado una noche de verano, en la orilla derecha del río Bega. Una terraza
mal iluminada, una mesa llena de alcohol; siluetas fantasmales, perdidas en
humo azul de cigarrillos, ecos y fragmentos de risas... Y en el escenario
actuaba una joven exageradamente maquillada, con voz nasal y movimientos
desarticulados. «Como una muñeca manejada por hilos», observó alguien al pasar,
y otro creyó oportuno filosofar: «¿Y si en el escenario hubiera muñecas...?
Muñecas de verdad, en lugar de personas que juegan a ser muñecas. Que la gente
se siente y mire; que ría, que llore, que sueñe. Que delire...».
El primer espectáculo con muñecos
fue un gran éxito. El público casi confundió a los actores con los muñecos,
pues los personajes eran pálidos y rígidos, con la mirada fija, se tambaleaban
grotescamente y se movían demasiado, mientras que los títeres sonreían animadamente,
recitaban sus diálogos con naturalidad y tenían una mímica perfecta. Y esta
preferencia por ellos pronto fue adoptada por varios directores de teatro y
ópera. Así era más sencillo: los muñecos no se cansaban, no tenían problemas de
salud, no se quejaban de las condiciones laborales y no tenían sindicato.
Luego tomaron por asalto la
industria musical. Se rumoreaba que casi todas las bandas de moda habían
despedido a sus vocalistas y los habían reemplazado por una muñeca de la gama
StarDolls: Morganna o Aurora o Philippe. Sus voces sonaban mecánicas, frías,
cortantes; voces de máquina. Pero eso no duraba mucho. Alcanzaban la perfección
en tiempo récord, sin necesidad de cuidados especiales.
Y durante algunos meses se habló de
una película de acción realizada exclusivamente con muñecas.
Podían hacerlo todo: cantar,
bailar, actuar. Grababan y aprendían. Se perfeccionaban continuamente, sin
ayuda de nadie. Solo había que presionar el botón en la nuca y podían quedarse
en paz.
El botón de «stop» no existía.
El estreno tendría
lugar en menos de un mes, y los ensayos iban mal.
Para Laura, el guion no tenía
ningún sentido. Las palabras le bailaban negras ante los ojos. La historia se
negaba a tomar forma en su mente. Las líneas de sus compañeros de reparto
caían, caían como granizo, pero las suyas parecían congeladas en el papel,
muertas, sin voz.
Los colegas esperaban al margen, impacientes.
¿De verdad aquello era necesario?, se leía claramente en sus rostros. ¿No
podríamos mejor...? Es decir, si ya está aquí... Incluso el director, el
eternamente paciente Mateescu, parecía cada día más hosco, a punto
de desatar en cualquier momento un torrente de reproches contra ella. Casi
podía oírle los pensamientos, reprimidos con dificultad: ¿Cómo puedes
cometer errores tan estúpidos? ¿Dónde tienes la cabeza? ¿De verdad eres tan
estúpida? ¡Dios mío! ¿Por qué yo...? Pero el hombre no dijo nada; y ella se
quedó con la mirada perdida desde su asiento, esperando un desenlace, fuera
cual fuese.
Más allá, en la sala, George estaba
solo en una butaca de la primera fila, con los auriculares puestos y los ojos
cerrados: quién sabe qué escuchaba otra vez, qué le susurraba aquella voz
alucinante; tal vez cantaba no llores. No hay nadie aquí que oiga tu llanto
inútil (por supuesto, si es que de verdad era ella quien cantaba; Laura seguía
estando escéptica al respecto).
Debería haber mostrado más
entusiasmo, lo sabía bien; más esfuerzo, más implicación, más de todo. Al fin y
al cabo, era un gran honor: otro papel protagonista para la diosa de los
escenarios de Timișoara, uno que coronaría una carrera excepcional. Solo que,
esta vez, las cosas eran diferentes. Y todos lo sabían.
En la última función, se había
equivocado en sus diálogos justo en el clímax, anulando así el efecto de su
falta de aliento, dejando solo una amarga sensación de emoción inicial,
extinguida en sonrisas disimuladas y rostros desencajados. Y ahora, tras el
telón, esa criatura con esqueleto metálico, enredada en cables y circuitos, la
acechaba, grabando ávidamente sus diálogos, movimientos, voz, alimentándose
vampíricamente de su propia vida...
Era evidente que estaba escondida
tras el telón. O en la sombra de una pared. O incluso detrás de ella, enseñando
los dientes de porcelana como si compartiera una broma conocida solo por ella.
Tal vez –¡demonios!– alguien la había encendido después de todo, sin pedir
permiso a Mihnea. Y ahora Suzy deambulaba sola por el interior del teatro,
quedándose inmóvil en los lugares más insólitos. Hacía apenas unos días alguien
la había encontrado en el baño. Estaba sentada en el suelo, con la cabeza
inclinada y las manos en el regazo, como si se hubiera quedado sin batería.
Solo que las muñecas StarDolls no funcionaban con baterías...
Luego la habían visto en la
entrada. Parecía perdida, como asustada del mundo exterior, con los ojos de
vidrio fijos en la nada y las comisuras de la boca caídas. Cuando intentaron
llevarla de vuelta al armario, mostró un rostro inexpresivo y dijo: «Allí abajo
está muy oscuro». Su voz empezaba a adquirir inflexiones, aunque aún le faltaba
para sonar natural.
Y, por motivos incomprensibles, fue
precisamente aquella voz plana la que hizo estallar por fin a Mateescu.
—¿Qué hace esto aquí?
—gritó, exasperado—. ¿Quién sigue con estas bromas estúpidas? ¡Les dije que
todavía no la vamos a encender... ¡Sáquenla de aquí! ¡A la basura, que no
vuelva a verla! Y vamos, vamos, ¡a trabajar... ¡Que nos alcanza la Pascua de
los Caballos!
… Y ahora estaba allí, en la sala;
por supuesto que estaba allí, con sus bucles rubios, su vestido rosado, su
carita inocente. Esperaba, sonriendo.
—Laura... Es solo una muñeca.
Déjala al demonio y concéntrate aquí.
—Pero... me está mirando —balbuceó
Laura.
—Maldita sea —gruñó Mateescu—. El
diablo se llevó a Mihnea...
La tomó del brazo y la llevó frente
a la muñeca.
—¿Quién demonios la saca de la
caja, le abre la puerta del armario y la deja vagar por el edificio? —gruñó,
como para sí mismo—. Y nadie quiere admitir que pulsó ese botón. O tal vez
nadie lo hizo realmente. Tal vez se activó solo, en un momento de descuido, el
día que la desembalaron... ¿La ves? Mírala. Es una maldita muñeca. Un montón de
circuitos controlados por computadora metidos en su cabeza, todos impulsados
por un motor que sabe cómo funcionar. Lee el manual de instrucciones, lo
dice. ¿Entiendes? Es solo una muñeca. —Tocó la frente de Suzy dos veces con el
dedo y luego giró triunfalmente hacia Laura—: ¿Ves? Suena a hueco. Así queda
demostrado…
Y no vio que los ojos de la muñeca
se alzaban de repente, fijos en su mano.
Todos los presentes
en la sala aquella noche de estreno dirían, durante muchos años, que fue el
mejor espectáculo que habían visto jamás. Que Laura Mazu, la estrella
indiscutida del Teatro Nacional de Timișoara, nunca había estado tan hermosa
como aquella noche y que nunca había actuado con tanta pasión.
Escondido tras el telón, detrás de
un pliegue de terciopelo, Mateescu observaba también con atención a los
artistas en escena. Le preocupaba Laura; en las últimas semanas parecía
extremadamente dispersa... Sin embargo, para su sorpresa, vio que todo iba inesperadamente
bien. Las réplicas fluían con naturalidad y el público estaba completamente
absorto, olvidando incluso respirar. Leía en los rostros las sensaciones
esperadas –estupor, miedo, piedad desgarradora, satisfacción– y se permitió
suspirar aliviado. Y Laura estaba impecable, mejor incluso que en sus buenos
tiempos.
«Quizá atravesó una mala racha. A
veces pasa. No me extraña, con ese hijo tan travieso, siempre drogado y con la
cabeza en las nubes… También vio a George en su lugar habitual, en la primera
fila, con la boca abierta y la mirada perdida en la distancia. Probablemente no
veía ni oía nada de lo que pasaba en el escenario, tal vez todavía tenía los
auriculares puestos y escuchaba esa porquería ruidosa de la que no podía
apartarse... ¿Qué tarareaba antes? El demonio acecha en las sombras, y tú
eres su presa. No te engañes susurrando con los ojos cerrados que no existes,
que no estás ahí, porque él está ahí, sonriendo triunfalmente y abriendo los
brazos para darte la bienvenida...
La voz de Laura se oía clara,
sonora, con una expresividad conmovedora; su silueta se movía grácil y ligera
bajo la luz de los reflectores. El papel le sentaba de maravilla, mostrándola
al público tal como era: frágil, desbordada de lágrimas y melancolía, pero
fuerte en su sufrimiento. Y el público le respondía en consecuencia, vibrando a
su compás.
«Ha estado bien», decidió Mateescu.
«Ha estado muy bien».
Se sorprendió a sí mismo
aplaudiendo cuando la sala, de pie como un solo cuerpo, estalló en aplausos
atronadores que parecían no terminar nunca.
De vuelta en los bastidores,
alguien descorchó una botella de champaña. El señor Alexandru Mihnea, de buen
humor, alzaba su copa llena y repartía generosamente sonrisas y felicitaciones
por todas partes.
—Bueno, ¿y dónde está nuestra
estrella? —preguntó de pronto, mirando a su alrededor—. ¿No viene a brindar con
nosotros?
En efecto, Laura no se veía por
ningún lado. Tal vez había corrido hasta su camerino para dejar allí el montón
de flores recibidas; o tal vez necesitaba unos momentos de tranquilidad. Era
comprensible, después de la agitación de las últimas semanas y, sobre todo,
tras aquellos instantes tan intensos vividos en el escenario.
Aun así, Mateescu decidió pasar a
verla, para asegurarse de que todo estuviera bien.
La puerta del camerino estaba
cerrada. El hombre llamó varias veces y luego bajó el picaporte.
—¡Laura!… ¿Qué te pasa, te sientes
mal?
La mujer estaba sentada frente al
espejo, de espaldas a la entrada, con el cabello suelto sobre los hombros. La
música rugía en los altavoces; una voz femenina cantaba: ¿Qué has hecho?
Hablaste y dijiste las palabras que debías callar. Se clavaron como flechas en
el silencio y se evaporaron, pero su eco aún flota como un humo perezoso. Si
hubieras callado, quizá no habrías tomado conciencia de la presencia del Gran
Vacío…
—¡Laura! —gritó él más fuerte—.
Mira, te traje también una copa de champaña. ¿No vienes a…?
Ella se dio la vuelta; la copa de
la mano de Mateescu resbaló al suelo y se hizo añicos en decenas de fragmentos
brillantes. La alfombra absorbió con avidez el líquido dorado, dejando una
mancha húmeda.
—¡Eres… Tú…!
La muñeca rio casi de forma
natural, con los labios de goma siliconada descubriendo los dientes de
porcelana. Se había retirado parcialmente el maquillaje en tonos dorados; su
rostro aparecía liso, frío. Solo entonces Mateescu vio el cuerpo de Laura
tendido inerte en el suelo, boca abajo.
—Ha sido perfecto, ¿no es así?
—preguntó Suzy, aun riendo.
Su mímica era perfecta; imitaba sin
error los movimientos de los músculos del rostro humano. Se levantó ágil del
taburete, con la gracia de una mujer real, de carne y hueso.
—Vamos. ¡Hay que celebrar!
Cătălina Fometici nació el 4 de octumbre de 1986. Es escritora de narrativa
fantástica, oscura, horror y ciencia ficción. Su debut se produjo en septiembre
de 2011 con el relato "Personas sin rostro", Gazeta SF (Premio Gazeta
SF al Debut del Año 2011 en Gazeta SF). Es autors del volumen en prosa de
fantasía oscura Căinii Diavolului (2017) y de la novela de fantasía y
ciencia ficción El imperio de cristal (2018). Su narrativa ha aparecido publicada
en las revistas online Gazeta SF, Suspans, Revista de Suspans, Egophobia,
Argos, Galaxia 42. Y sus trabajos han sido incluidos en las antologías Las
historias más bellas de ciencia ficción y fantasía (2017), Ficțiuni
centenare (2018), Al este de una galaxia conocida (2019), Sub apa
dragonului strâmb (2019), Noir de Timișoara (2019), Boabe de
poveste (2023) y Stația Pământ 12 – Apocalipse de luxe (2023).

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