martes, 3 de febrero de 2026

MUÑECA

Cătălina Fometici

 

La llevaron al interior del Teatro Nacional una tarde de jueves. Venía embalada en cartón rosado y brillante, impreso con imágenes del anuncio que se emitía hora tras hora por todos los canales. «StarDolls. Talento sin fronteras», se leía en grandes letras doradas en relieve sobre la caja.

Tras largos esfuerzos, que se saldaron con la lesión de dos mozos de carga, la madera bajo el cartón cedió y dejó que se desparramaran por el suelo las bolitas blancas de plástico, las tiras de papel y la nevada de poliestireno.

Ella apareció al final, majestuosa como una diva que regresa al escenario después de la caída del telón para recibir los aplausos que le corresponden. Vestía un vestido rosado de satén, abombado, con volantes de encaje, y zapatillas blancas de ballet. De la mano derecha colgaba una etiqueta con el nombre del prodigio: se llamaba Suzy y era actriz profesional. En el manual de instrucciones se especificaba que «el programa es completo y no requiere intervención. El botón de inicio se encuentra en la nuca, bajo el cabello. Se recomienda que la muñeca sea mantenida en un entorno fértil, ya que aprenderá de la actuación de los demás actores. Perfecciona por sí sola la gestualidad, la mímica y las inflexiones de la voz. Está equipada con sensores que detectan la amplitud de la sala y con un micrófono de autorregulación situado en la zona del cuello. Conservar en lugar seco, protegido de la humedad. En caso de que surjan problemas, dificultades en el manejo o para cualquier tipo de preguntas o dudas, llame al número...».

La actriz Laura Mazu se tambaleó al verla.

—¿Ya la han puesto en marcha? —susurró la artista, lívida—. ¿Ya no me dan ninguna oportunidad...? ¿Esto fue TODO?

—Vamos, vamos, tranquilízate —respondió el manager, Alexandru Mihnea, en tono conciliador—. Nadie la ha encendido. La hemos traído para el futuro, por si acaso... Ya sabes... Las personas envejecen, pero las muñecas permanecen... Tú me entiendes...

Laura ya no oía nada; se dio vuelta con un crujido del terciopelo y corrió a su camarín. Como siempre, George la esperaba, desplomado en una silla, con la cabeza entre las manos y la música a todo volumen. Es solo un payaso, se oía una vibrante voz femenina por los altavoces; es solo un payaso, y los payasos ríen y se rompen en pedazos de colores sobre el suelo de mármol...

Quería sollozar libremente, sola, sin que la perturbara ni siquiera la presencia de su hijo. En cambio, se encontró escuchando atentamente la voz del cantante. La misma banda que George siempre escuchaba, perdido en su propio mundo; las mismas canciones explosivas, la misma amalgama de guitarras eléctricas...

—¿Estás seguro de que es ella la que canta? —le preguntó entre lágrimas—. ¿Y si no...?

¿Y si también a ellos les habían traído una muñeca StarDoll, para mirarla a los ojos maravillosos y grabar los datos de su voz en el ordenador que hacía las veces de cerebro...?

George rio en silencio, mostrando sus anchos dientes.

Se respondió a sí misma: claro que también a ellos les habían traído una muñeca. Quizás Morganna, una cantante. Micrófono con autoajuste incorporado. Aprende rápido. Tiene la voz de una sirena capturada en los Mares del Norte, a la que le arrancaron las cuerdas vocales, o algo así. Pero ella, por supuesto, había reído con ganas, diciendo: «¡Qué tontería... Vamos, quiten de aquí esa porquería; es ridícula!».

 

Todo había comenzado una noche de verano, en la orilla derecha del río Bega. Una terraza mal iluminada, una mesa llena de alcohol; siluetas fantasmales, perdidas en humo azul de cigarrillos, ecos y fragmentos de risas... Y en el escenario actuaba una joven exageradamente maquillada, con voz nasal y movimientos desarticulados. «Como una muñeca manejada por hilos», observó alguien al pasar, y otro creyó oportuno filosofar: «¿Y si en el escenario hubiera muñecas...? Muñecas de verdad, en lugar de personas que juegan a ser muñecas. Que la gente se siente y mire; que ría, que llore, que sueñe. Que delire...».

El primer espectáculo con muñecos fue un gran éxito. El público casi confundió a los actores con los muñecos, pues los personajes eran pálidos y rígidos, con la mirada fija, se tambaleaban grotescamente y se movían demasiado, mientras que los títeres sonreían animadamente, recitaban sus diálogos con naturalidad y tenían una mímica perfecta. Y esta preferencia por ellos pronto fue adoptada por varios directores de teatro y ópera. Así era más sencillo: los muñecos no se cansaban, no tenían problemas de salud, no se quejaban de las condiciones laborales y no tenían sindicato.

Luego tomaron por asalto la industria musical. Se rumoreaba que casi todas las bandas de moda habían despedido a sus vocalistas y los habían reemplazado por una muñeca de la gama StarDolls: Morganna o Aurora o Philippe. Sus voces sonaban mecánicas, frías, cortantes; voces de máquina. Pero eso no duraba mucho. Alcanzaban la perfección en tiempo récord, sin necesidad de cuidados especiales.

Y durante algunos meses se habló de una película de acción realizada exclusivamente con muñecas.

Podían hacerlo todo: cantar, bailar, actuar. Grababan y aprendían. Se perfeccionaban continuamente, sin ayuda de nadie. Solo había que presionar el botón en la nuca y podían quedarse en paz.

El botón de «stop» no existía.

 

El estreno tendría lugar en menos de un mes, y los ensayos iban mal.

Para Laura, el guion no tenía ningún sentido. Las palabras le bailaban negras ante los ojos. La historia se negaba a tomar forma en su mente. Las líneas de sus compañeros de reparto caían, caían como granizo, pero las suyas parecían congeladas en el papel, muertas, sin voz.

Los colegas esperaban al margen, impacientes. ¿De verdad aquello era necesario?, se leía claramente en sus rostros. ¿No podríamos mejor...? Es decir, si ya está aquí... Incluso el director, el eternamente paciente Mateescu, parecía cada día más hosco, a punto de desatar en cualquier momento un torrente de reproches contra ella. Casi podía oírle los pensamientos, reprimidos con dificultad: ¿Cómo puedes cometer errores tan estúpidos? ¿Dónde tienes la cabeza? ¿De verdad eres tan estúpida? ¡Dios mío! ¿Por qué yo...? Pero el hombre no dijo nada; y ella se quedó con la mirada perdida desde su asiento, esperando un desenlace, fuera cual fuese.

Más allá, en la sala, George estaba solo en una butaca de la primera fila, con los auriculares puestos y los ojos cerrados: quién sabe qué escuchaba otra vez, qué le susurraba aquella voz alucinante; tal vez cantaba no llores. No hay nadie aquí que oiga tu llanto inútil (por supuesto, si es que de verdad era ella quien cantaba; Laura seguía estando escéptica al respecto).

Debería haber mostrado más entusiasmo, lo sabía bien; más esfuerzo, más implicación, más de todo. Al fin y al cabo, era un gran honor: otro papel protagonista para la diosa de los escenarios de Timișoara, uno que coronaría una carrera excepcional. Solo que, esta vez, las cosas eran diferentes. Y todos lo sabían.

En la última función, se había equivocado en sus diálogos justo en el clímax, anulando así el efecto de su falta de aliento, dejando solo una amarga sensación de emoción inicial, extinguida en sonrisas disimuladas y rostros desencajados. Y ahora, tras el telón, esa criatura con esqueleto metálico, enredada en cables y circuitos, la acechaba, grabando ávidamente sus diálogos, movimientos, voz, alimentándose vampíricamente de su propia vida...

Era evidente que estaba escondida tras el telón. O en la sombra de una pared. O incluso detrás de ella, enseñando los dientes de porcelana como si compartiera una broma conocida solo por ella. Tal vez –¡demonios!– alguien la había encendido después de todo, sin pedir permiso a Mihnea. Y ahora Suzy deambulaba sola por el interior del teatro, quedándose inmóvil en los lugares más insólitos. Hacía apenas unos días alguien la había encontrado en el baño. Estaba sentada en el suelo, con la cabeza inclinada y las manos en el regazo, como si se hubiera quedado sin batería. Solo que las muñecas StarDolls no funcionaban con baterías...

Luego la habían visto en la entrada. Parecía perdida, como asustada del mundo exterior, con los ojos de vidrio fijos en la nada y las comisuras de la boca caídas. Cuando intentaron llevarla de vuelta al armario, mostró un rostro inexpresivo y dijo: «Allí abajo está muy oscuro». Su voz empezaba a adquirir inflexiones, aunque aún le faltaba para sonar natural.

Y, por motivos incomprensibles, fue precisamente aquella voz plana la que hizo estallar por fin a Mateescu.

—¿Qué hace esto aquí? —gritó, exasperado—. ¿Quién sigue con estas bromas estúpidas? ¡Les dije que todavía no la vamos a encender... ¡Sáquenla de aquí! ¡A la basura, que no vuelva a verla! Y vamos, vamos, ¡a trabajar... ¡Que nos alcanza la Pascua de los Caballos!

… Y ahora estaba allí, en la sala; por supuesto que estaba allí, con sus bucles rubios, su vestido rosado, su carita inocente. Esperaba, sonriendo.

—Laura... Es solo una muñeca. Déjala al demonio y concéntrate aquí.

—Pero... me está mirando —balbuceó Laura.

—Maldita sea —gruñó Mateescu—. El diablo se llevó a Mihnea...

La tomó del brazo y la llevó frente a la muñeca.

—¿Quién demonios la saca de la caja, le abre la puerta del armario y la deja vagar por el edificio? —gruñó, como para sí mismo—. Y nadie quiere admitir que pulsó ese botón. O tal vez nadie lo hizo realmente. Tal vez se activó solo, en un momento de descuido, el día que la desembalaron... ¿La ves? Mírala. Es una maldita muñeca. Un montón de circuitos controlados por computadora metidos en su cabeza, todos impulsados ​​por un motor que sabe cómo funcionar. Lee el manual de instrucciones, lo dice. ¿Entiendes? Es solo una muñeca. —Tocó la frente de Suzy dos veces con el dedo y luego giró triunfalmente hacia Laura—: ¿Ves? Suena a hueco. Así queda demostrado…

Y no vio que los ojos de la muñeca se alzaban de repente, fijos en su mano.

 

Todos los presentes en la sala aquella noche de estreno dirían, durante muchos años, que fue el mejor espectáculo que habían visto jamás. Que Laura Mazu, la estrella indiscutida del Teatro Nacional de Timișoara, nunca había estado tan hermosa como aquella noche y que nunca había actuado con tanta pasión.

Escondido tras el telón, detrás de un pliegue de terciopelo, Mateescu observaba también con atención a los artistas en escena. Le preocupaba Laura; en las últimas semanas parecía extremadamente dispersa... Sin embargo, para su sorpresa, vio que todo iba inesperadamente bien. Las réplicas fluían con naturalidad y el público estaba completamente absorto, olvidando incluso respirar. Leía en los rostros las sensaciones esperadas –estupor, miedo, piedad desgarradora, satisfacción– y se permitió suspirar aliviado. Y Laura estaba impecable, mejor incluso que en sus buenos tiempos.

«Quizá atravesó una mala racha. A veces pasa. No me extraña, con ese hijo tan travieso, siempre drogado y con la cabeza en las nubes… También vio a George en su lugar habitual, en la primera fila, con la boca abierta y la mirada perdida en la distancia. Probablemente no veía ni oía nada de lo que pasaba en el escenario, tal vez todavía tenía los auriculares puestos y escuchaba esa porquería ruidosa de la que no podía apartarse... ¿Qué tarareaba antes? El demonio acecha en las sombras, y tú eres su presa. No te engañes susurrando con los ojos cerrados que no existes, que no estás ahí, porque él está ahí, sonriendo triunfalmente y abriendo los brazos para darte la bienvenida...

La voz de Laura se oía clara, sonora, con una expresividad conmovedora; su silueta se movía grácil y ligera bajo la luz de los reflectores. El papel le sentaba de maravilla, mostrándola al público tal como era: frágil, desbordada de lágrimas y melancolía, pero fuerte en su sufrimiento. Y el público le respondía en consecuencia, vibrando a su compás.

«Ha estado bien», decidió Mateescu. «Ha estado muy bien».

Se sorprendió a sí mismo aplaudiendo cuando la sala, de pie como un solo cuerpo, estalló en aplausos atronadores que parecían no terminar nunca.

De vuelta en los bastidores, alguien descorchó una botella de champaña. El señor Alexandru Mihnea, de buen humor, alzaba su copa llena y repartía generosamente sonrisas y felicitaciones por todas partes.

—Bueno, ¿y dónde está nuestra estrella? —preguntó de pronto, mirando a su alrededor—. ¿No viene a brindar con nosotros?

En efecto, Laura no se veía por ningún lado. Tal vez había corrido hasta su camerino para dejar allí el montón de flores recibidas; o tal vez necesitaba unos momentos de tranquilidad. Era comprensible, después de la agitación de las últimas semanas y, sobre todo, tras aquellos instantes tan intensos vividos en el escenario.

Aun así, Mateescu decidió pasar a verla, para asegurarse de que todo estuviera bien.

La puerta del camerino estaba cerrada. El hombre llamó varias veces y luego bajó el picaporte.

—¡Laura!… ¿Qué te pasa, te sientes mal?

La mujer estaba sentada frente al espejo, de espaldas a la entrada, con el cabello suelto sobre los hombros. La música rugía en los altavoces; una voz femenina cantaba: ¿Qué has hecho? Hablaste y dijiste las palabras que debías callar. Se clavaron como flechas en el silencio y se evaporaron, pero su eco aún flota como un humo perezoso. Si hubieras callado, quizá no habrías tomado conciencia de la presencia del Gran Vacío…

—¡Laura! —gritó él más fuerte—. Mira, te traje también una copa de champaña. ¿No vienes a…?

Ella se dio la vuelta; la copa de la mano de Mateescu resbaló al suelo y se hizo añicos en decenas de fragmentos brillantes. La alfombra absorbió con avidez el líquido dorado, dejando una mancha húmeda.

—¡Eres… Tú…!

La muñeca rio casi de forma natural, con los labios de goma siliconada descubriendo los dientes de porcelana. Se había retirado parcialmente el maquillaje en tonos dorados; su rostro aparecía liso, frío. Solo entonces Mateescu vio el cuerpo de Laura tendido inerte en el suelo, boca abajo.

—Ha sido perfecto, ¿no es así? —preguntó Suzy, aun riendo.

Su mímica era perfecta; imitaba sin error los movimientos de los músculos del rostro humano. Se levantó ágil del taburete, con la gracia de una mujer real, de carne y hueso.

—Vamos. ¡Hay que celebrar!

 

Cătălina Fometici nació el 4 de octumbre de 1986. Es escritora de narrativa fantástica, oscura, horror y ciencia ficción. Su debut se produjo en septiembre de 2011 con el relato "Personas sin rostro", Gazeta SF (Premio Gazeta SF al Debut del Año 2011 en Gazeta SF). Es autors del volumen en prosa de fantasía oscura Căinii Diavolului (2017) y de la novela de fantasía y ciencia ficción El imperio de cristal (2018). Su narrativa ha aparecido publicada en las revistas online Gazeta SF, Suspans, Revista de Suspans, Egophobia, Argos, Galaxia 42. Y sus trabajos han sido incluidos en las antologías Las historias más bellas de ciencia ficción y fantasía (2017), Ficțiuni centenare (2018), Al este de una galaxia conocida (2019), Sub apa dragonului strâmb (2019), Noir de Timișoara (2019), Boabe de poveste (2023) y Stația Pământ 12 – Apocalipse de luxe (2023).

 

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