Niranjan Ghate
Los anuncios
comenzaron a aparecer de repente. Primero en los medios impresos, luego en
diversos canales de televisión. También se convirtieron en tema de discusión en
las redes sociales.
Al principio apareció solo una
línea, en una tipografía muy grande, encerrada en un recuadro. Decía:
«Necesitamos su cerebro.»
Pocos días después se añadió otra
línea:
«Obtenga dinero por su órgano más
valioso.»
La tendencia de añadir una línea a
las anteriores continuó durante las semanas siguientes. Luego los anuncios
desaparecieron tan repentinamente como habían aparecido.
El último anuncio decía:
«Necesitamos su cerebro.
Obtenga dinero por su órgano más
valioso.
Requerimos cerebros exclusivamente
con fines experimentales.
Las personas que ya hayan expresado
su deseo de donar órganos son bienvenidas.
Los embriones con desarrollo mental
o físico defectuoso serán aceptados únicamente si los padres han decidido
interrumpir el embarazo.
Todos los gastos médicos serán
cubiertos por este grupo de investigación.
(Se aplican condiciones).»
Como de costumbre, esas condiciones
estaban impresas en letra muy pequeña, casi imposible de leer.
Muy pocas personas se tomaron el
trabajo de leer la letra chica, que decía:
«Quienes nos contacten deberán
firmar un contrato; solo entonces se realizarán transacciones posteriores.»
Los términos del contrato se
parecían en su mayoría a mandamientos bíblicos. Comenzaban exactamente igual,
pero expresados en lenguaje moderno. En lugar de «No harás…», utilizaban la
fórmula:
«Quienes entren en nuestro contrato
no deberán…»
Revelar que nos han contactado.
Revelar jamás el monto de la ayuda
económica recibida, ni la forma en que se realizaron dichas transacciones.
Revelar la naturaleza de la
discapacidad o enfermedad de la persona cuyo cerebro fue donado para el
estudio.
Revelar la edad del sujeto en
cuestión ni el estado en que se encontraba cuando se tomó la decisión de donar
el cerebro, es decir, si el sujeto estaba vivo o muerto en el momento de ser
trasladado a la instalación de investigación.
Era un estudiante
muy brillante. Acababa de completar su posgrado en biofísica. Había publicado
varios artículos de investigación en prestigiosas revistas internacionales con
revisión por pares. Si lo hubiera deseado, podría haber obtenido admisión en cualquier
instituto de investigación de la India o del extranjero.
Por eso, cuando solicitó ingreso en
la carrera de Periodismo y Comunicación de Masas, todos se sorprendieron.
Las entrevistas de admisión se
realizaron después del examen escrito. Había obtenido el primer puesto en la
prueba. Naturalmente, durante el examen oral le preguntaron:
—¿Por qué quiere ingresar en este
curso? Su solicitud fue evaluada. Podría haber sido admitido en cualquiera de
las mejores universidades del mundo para continuar sus estudios.
Su respuesta fue:
—Señor, lo sé. Pero cuando leo los
periódicos o veo la televisión me frustro, especialmente con las noticias
científicas. Se limitan a copiar y pegar sin pensar. Y no solo eso: la
traducción en los diarios en lengua local es terrible. La televisión es igual
de mala. Me dan ganas de matar a esa gente.
—Podría haber completado su
doctorado y luego regresar —dijo el entrevistador—. Entonces podría haber
hablado con los editores y explicarles el valor de una correcta difusión de la
ciencia. Sus palabras habrían tenido más peso.
—Con todo respeto, no estoy de
acuerdo, señor, y me disculpo sinceramente por ello —respondió—. Si me voy a
investigar al extranjero o a un instituto de investigación, ese tiempo se
perderá, al menos así lo creo. Déjeme explicarlo: mientras yo investigo, los
medios seguirán difundiendo noticias de la misma manera que lo hacen hoy. —Hizo
una pausa, respiró hondo y continuó—: Por favor, permítame unos minutos más.
Puedo citar ejemplos de científicos reconocidos que regresaron tras investigar
en el extranjero. Nuestra mentalidad es tal que, si alguien es reconocido en un
país occidental, de pronto se lo considera un gran científico. Además, queda
más allá de toda crítica: su palabra se toma como verdad absoluta y nunca se la
cuestiona. No quiero que eso me ocurra. Por eso decidí convertirme en
periodista, ganarme la confianza del público y hacer periodismo científico de
investigación. La investigación puedo retomarla después.
Eso fue hace cinco años.
Su reputación como periodista
científico responsable creció enormemente. Ahora todos esperaban que
investigara esos anuncios y su repentina desaparición.
A su manera, intentaba llegar al
fondo del misterio. Si alguien le hubiera preguntado cómo se investiga una
noticia, podría haber hablado durante horas. Tras graduarse, se había
convertido en profesor visitante del departamento, así que dominaba el tema.
Su método de trabajo consistía en
estudiar la noticia, pensar en todos sus ángulos y luego dormir.
Tenía dos creencias.
La primera: muchos problemas se
resuelven durante el sueño. Había leído sobre los sueños, sobre Francis Crick y
también le había impresionado profundamente La interpretación de los sueños de
Freud, cuyo ejemplar siempre tenía a mano.
Su segunda inspiración era Sherlock
Holmes. Consideraba que las citas de Holmes eran una guía práctica para
resolver cualquier problema. Su frase favorita era:
«Cuando se ha eliminado lo
imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad.»
Comenzó revisando su archivo de
recortes periodísticos. Luego consultó las redes sociales y las noticias
televisivas. No logró mucho, pese a repetir el procedimiento una y otra vez. No
pudo encontrar el nombre de nadie que hubiera contactado a los anunciantes.
El siguiente paso fue dormir sobre
el problema.
Según Crick y otros artículos que
había leído, la mejor forma de resolver un problema era olvidarlo y relajarse
con amigos: la solución se presentaría sola.
Invitó a algunos viejos amigos a su
apartamento. Eso solía implicar bebidas y recuerdos del pasado, además de
planes futuros. Uno de los invitados era Suresh, un eminente ginecólogo.
Durante la conversación surgió el
tema del misterio. Sus amigos sabían que estaba investigándolo, pero no
exactamente qué buscaba. Les explicó lo que había hecho y por qué estaba
estancado.
El doctor Suresh chasqueó los dedos.
—¿Cuál es el problema? ¿Por qué te
preocupas tanto? Es muy simple. Revisa los registros de nacimientos y
defunciones. Averigua cuántos bebés nacieron en ese período, dónde están ahora
o si ya no existen. Fin del problema.
Él sabía que no era tan sencillo.
Además, había otro inconveniente: personas de distintas edades y países podrían
haber respondido a los anuncios. Aun así, podía ser un punto de partida.
Al regresar a casa, decidió leer,
como era su costumbre. Nunca se dormía sin leer unas páginas.
Su manera de leer era peculiar:
elegía cualquier libro de su amplia biblioteca, lo abría al azar y comenzaba
desde la página que aparecía.
Ese día tomó El libro de las citas
humorísticas. Una frase se le quedó grabada:
«La estadística es como un bikini:
lo que muestra es sugerente, pero lo que oculta es vital.»
Le siguió otra:
«Un globo desinflado es pequeño; al
inflarlo se vuelve grande. La estadística funciona igual: tomas una pequeña
muestra y la inflas hasta obtener una imagen mayor.»
Tras leer algunas citas más, cerró
el libro, lo dejó ordenadamente junto a la cama y se durmió.
El sueño llegó con facilidad. Soñó
intensamente, aunque solo recordaba fragmentos. Se despertó temprano y miró el
reloj.
4:30.
Le sorprendió: nunca se levantaba
antes de las 8:30.
Recordó entonces que el sueño lo
había despertado bruscamente. En él revisaba recortes de prensa, buscando una
noticia en particular. Entre ellos aparecía un libro: la contraportada mostraba
la foto de una mujer junto al texto promocional. Era una de las autoras:
Jennifer Doudna.
Intentó recordar el título.
Se levantó, preparó café, volvió a
sentarse en la cama. Pensó, se quedó dormido otra vez y roncó sin darse cuenta.
Cuando despertó, comprendió que
había dormido de más.
Entonces todo encajó.
El libro era Una grieta en la
creación. El recorte que buscaba decía: «Científicos crean vida en el
laboratorio.»
Jennifer Doudna, una de las
autoras, había ganado recientemente el Premio Nobel. El libro, escrito años
antes, hablaba de la edición genética.
Estados Unidos había prohibido la
investigación sobre la manipulación del genoma humano. Ya existían
antecedentes: investigaciones prohibidas que luego se trasladaron a México o a
países asiáticos como China o la India, con instalaciones avanzadas.
Comprendió que debía tratarse de un
laboratorio secreto, con una gran financiación. Crear cuerpos humanos era
posible con tiempo y dinero. Crear cerebros humanos en laboratorio era el
verdadero problema.
Por eso compraban cerebros.
Convocó a sus estudiantes, organizó
una investigación y finalmente confirmó sus sospechas: los cuerpos eran creados
en laboratorio y los cerebros reparados mediante edición genética e implantados
en ellos.
Decidió no publicar la noticia para
evitar que padres desesperados acudieran al lugar.
Llamó al responsable del centro, se
identificó como periodista y le dio una opción: cerrar y abandonar el país.
Luego se fue a casa y se durmió.
Para él, el caso estaba cerrado.
Niranjan Ghate es un escritor maratí (de Maharashtra, India), que escribe principalmente relatos de ciencia ficción y artículos informativos sobre hechos científicos. Sus relatos y artículos de ciencia ficción se han traducido a ocho idiomas indios. Ha escrito más de doscientos libros, diez de ellos en coautoría. Algunos de sus relatos se han incluido en más de veinte antologías. Sus libros incluyen diez novelas de ciencia ficción, veinticinco colecciones de relatos cortos de ciencia ficción y unas noventa colecciones de artículos científicos. También ha escrito sobre historia de la guerra y relatos bélicos, principalmente teatro oriental, novelas humorísticas y colecciones de relatos cortos. Empezó a escribir en la universidad, en 1965, y siguió escribiendo hasta 2023, cuando sufrió un accidente.

Excelente forma de exponer la crisis comunicacional que padecemos a nivel global, ¡felicitaciones!
ResponderEliminarThank you for your comment - Niranjan Ghate
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