George Lazar
La anciana midió
con la mirada el edificio circular de oficinas, de un solo nivel, parecido a
una torta colocada sobre un pedestal igualmente circular, rodeado por varias
hileras de escalones no muy altos, anchos. Comprobó, satisfecha, que una
porción de aquella construcción pertenecía a la Funeraria Especial “El Comienzo
de la Eternidad”, donde había programado una cita hacía un mes. La empresa
tenía un horario decente, como en otros tiempos, de 10 a 18, y los sábados y
domingos abrían solo por urgencias, no como sus vecinos, en las otras
porciones, que mantenían abierto veinticuatro horas al día, siete días a la
semana, y tramitaban de todo: desde venta de billetes de avión y de vacaciones
hasta cobro de multas, oficialización de matrimonios civiles o inscripciones de
divorcios, según correspondiera.
Empujó –en realidad, accionó los
mandos– la silla de ruedas en la que iba sentado su marido hacia una rampa
discreta, recortada entre los escalones, rumbo a la amplia entrada, sobre la
cual se veía el rótulo modesto (en comparación con los demás, que parpadeaban y
desplegaban hologramas casi hasta golpearte, porque hacían todo lo posible por
meterse en tu alma). En el cartel se leía el nombre, en letras blancas en
relieve, alrededor de las cuales giraba el único elemento dinámico: un halo
fino, apenas una insinuación, como los que tenían los ángeles en los cuadros de
los pintores renacentistas.
Apenas entraron, las paredes se opacaron
y la puerta pareció disolverse. Les salió al encuentro una joven sonriente,
mulata, simpática y delgada. En la credencial impresa sobre la blusa se leía,
con letras azuladas discretamente iluminadas, solo esto: Alice.
—La señora y el señor Mariani —dijo
con respeto—. Los esperábamos.
Hizo un gesto con la mano y uno de
los dos sillones frente a su escritorio se plegó como un paraguas y se retiró
fulminantemente bajo el suelo, sin dejar rastro. Invitó a la señora a sentarse
en el otro sillón, y ella pasó detrás del escritorio, donde se hundió en una
silla ergonómica. La anciana guio la silla de ruedas de su marido hacia el
lugar donde había desaparecido el sillón y se sentó en el otro, dejando el
bolso sobre el regazo.
—Melania, querida. Dime Melania. Y
a él puedes llamarlo Dan.
Desde que había envejecido, pedía a
todos que la trataran de tú: le daba la impresión de que no era tan mayor.
—Por supuesto, Melania. Estoy aquí
para ustedes.
El viejo alzó tembloroso la
barbilla, dispuesto a decir algo, pero estalló en un ataque de tos. Melania
hurgó en el bolso, se levantó deprisa y le tendió un pañuelo.
—Agua, necesita un poco de agua.
Sin perder un segundo, Alice corrió
hacia un dispensador oculto detrás del escritorio y regresó con un vaso de
cartón marrón, reciclado, lleno de agua. Se lo ofreció a Dan, pero Melania lo
tomó y lo acercó a la boca de su marido, deslizando un poco de líquido entre
dos accesos de tos. Él se atragantó peor, y la tos se intensificó. Hizo un
gesto desesperado con la mano para apartar el vaso y estuvo a punto de
volcarlo. Alice intervino a tiempo y lo sostuvo, aunque no antes de que unas
gotas cayeran sobre los pantalones de Dan.
Mientras la joven traía de detrás
del escritorio un puñado de servilletas de papel para absorber el agua, Melania
sonrió, satisfecha. Tenían delante a una empleada humana, tal como prometía el
folleto de la empresa, no una de esas imitaciones androides dotadas de
inteligencia artificial, cuyos reflejos fulgurantes habrían atrapado el vaso
antes de que se derramara una sola gota.
—Está mejor ahora —dijo Melania, y
el anciano levantó un poco la mano derecha para asentir y devolverle el
pañuelo, que la mujer guardó discretamente de nuevo en el bolso.
—Entonces empecemos —dijo la joven,
y retomó su lugar detrás del escritorio.
—Te lo digo desde el principio: no
nos interesa nada de lo clásico. Hemos leído también lo que ofrecen —declamó
teatralmente la anciana, que, evidentemente, ya había preparado su discurso—.
Pero como hay demasiados términos técnicos para nosotros, vinimos a hablar cara
a cara, para estar seguros de que entendemos bien y elegir entre lo que nos
proponen. En primer lugar, queremos ser enterrados juntos.
—Eso no es un problema, señora…
Melania. Contamos con una morgue, con refrigeradores de alto rendimiento, donde
el primer difunto puede esperar hasta… hasta que llegue el momento del otro
cónyuge. Es una opción que se paga aparte.
La anciana hizo un gesto con la
mano, como espantando una mosca insistente.
—El dinero no es un problema —dijo.
Solo que Alice ya había oído esa
frase.
—Empezaré por la más barata,
perdón: por la más popular y accesible. Los lanzamos en un vehículo que los
llevará a una altitud suborbital y desde allí los dejaremos regresar a la
Tierra.
—Mira tú, que siempre quisiste
llegar al espacio —le dijo a su marido, sonriendo ampliamente.
Dan se removió inquieto en la silla
de ruedas.
—Sí, mientras estoy vivo —masculló,
poco convencido—. Muerto, de verdad que me da igual.
Alice se aclaró la garganta para
romper el silencio incómodo.
—Al regresar, debido a la enorme
velocidad que tendrán al reentrar en la atmósfera, la fricción con el aire
quemará sus cuerpos ya sin vida. ¿Qué regreso más espectacular podrían tener a
la planeta donde vivieron vidas plenas? Sus cenizas, unidas, se dispersarán
sobre una superficie de varios miles de kilómetros cuadrados, en tierra o en el
océano, o en ambos, según prefieran. —Observó atentamente sus reacciones pero,
como los dos ancianos permanecieron impasibles, continuó—: O, si pueden
permitírselo, podemos lanzar sus cuerpos hacia el Sol, para que se incineren
allí, en la estrella que los iluminó durante toda la vida plena que tuvieron.
En realidad, ningún cuerpo llegaba
a tocar la superficie del astro; la incineración ocurría antes, a millones de
kilómetros, en la corona solar. Aún no se habían inventado materiales capaces
de resistir los hasta dos millones de grados Kelvin que se registraban en la
corona del Sol.
—Nooo —dijo Dan con esfuerzo.
—En ese caso, quizá prefieran
Venus. Aunque hemos tenido solicitudes, no es un destino demasiado popular,
porque allí la presión atmosférica es tan alta que aplasta los cuerpos de
inmediato. Sin embargo, se considera el planeta del amor, y quienes eligen este
funeral suelen haber tenido una vida de pareja armoniosa y plena. Es
relativamente barato: solo hace falta un impulso inicial y otro pequeño para la
inserción orbital. Así son todos los viajes hacia el Sol, cuya fuerza de
atracción hace casi todo el trabajo.
—¡No quiero arder ni que me
aplasten!
Su esposa le dio una palmada suave
en el dorso de la mano para calmarlo.
—Yo tampoco quiero eso, pero
entiendes perfectamente que no sentiremos nada, porque para entonces llevaremos
mucho tiempo muertos.
—La otra variante es más cara
—intervino Alice—. De hecho, mucho más cara. Podemos enviar sus cuerpos a la
Luna y allí los dejaremos caer, en la cara visible desde la Tierra, por
supuesto…
—No quiero arder —murmuró el
anciano.
—Eso mismo —lo apoyó Melania—.
Hemos dicho claramente que no queremos arder.
—En la Luna no arde nada, porque no
tiene atmósfera. En cambio, les garantizamos que provocarán un cráter en el
regolito selenita de al menos cincuenta metros cuadrados, con una profundidad
de hasta cinco metros, y nuestra empresa se obliga por contrato a realizar las
gestiones ante la Unión Astronómica Internacional, con la que tenemos un
acuerdo —previo pago—, para que ese cráter lleve su nombre y figure en los
mapas lunares. Por supuesto, no se pueden elegir zonas de explotación minera ni
zonas habitadas. Pero el cráter permanecerá allí durante muchos millones de
años. Sus hijos, nietos y amigos podrán contemplar cada noche el lugar donde
fueron enterrados. Tenemos muchos clientes que han optado por este magnífico
entierro: es la segunda elección más solicitada de nuestro catálogo. Pero, como
ya les dije, no es barato.
La anciana volvió a hacer aquel
gesto con la mano.
—En realidad, la Luna sí tiene
atmósfera, pero es tan enrarecida que es como si fuera vacío —dijo con
énfasis—. Toda ella pesará quizá unas diez toneladas. Evidentemente, no podemos
arder en algo así. Pero omites lo que les ocurrirá a nuestros cuerpos cuando
golpeen el regolito a una velocidad de decenas de miles de kilómetros por hora.
La energía cinética liberada, si no nos vaporiza sin más, entonces nos
desintegrará y nos dispersará en una superficie mucho mayor que el cráter que
provocaríamos. Y esos millones de años que mencionas son relativos. La gente
poblará la Luna y querrá expandirse con vías de acceso, astro-puertos. ¿De
verdad crees que se van a tropezar con un cráter miserable? O, incluso si la
probabilidad es baja pero aumenta con el paso del tiempo, puede caer un
meteorito cerca –como han caído tantos otros antes– y aniquilar nuestro cráter.
No queremos la Luna, Marte, Venus ni ningún otro planeta, porque no queremos
que nuestros cuerpos ardan, sean aplastados por la presión o se pulvericen en
el impacto. Dijimos que queríamos algo completamente especial, pero solo nos
has ofrecido incineraciones o caídas. ¿Eso es todo lo que tienes? Y otra cosa:
no tenemos hijos ni parientes que miren el cielo pensando en nosotros, y
nuestros amigos murieron hace mucho.
Alice se quedó desconcertada. Había
subestimado los conocimientos de la anciana. Se juró que no volvería a pasarle,
ni ahora ni en el futuro.
—Tienen toda la razón —sonrió
encantadoramente—. Estos funerales, en efecto, implican incineración o
trituración del cuerpo. Se pensaron así porque todos con quienes he hablado
hasta ahora querían dejar una huella, de un modo u otro: no necesariamente material,
pero sí algo que quedara registrado en la memoria colectiva. Deseaban
reintegrarse al Universo. No creo que les preocupara qué ocurría con sus
cuerpos ya sin vida. Por suerte, tenemos otras ofertas, pero les advierto que
las sumas son… simplemente enormes. Podríamos enviarlos incluso a Marte; sin
embargo, los viajes interplanetarios hacia el exterior del sistema solar son
mucho más caros que hacia el Sol, Mercurio o Venus, por ejemplo. Es más
difícil, pero se puede organizar. Aquí hace falta esperar la ventana de
lanzamiento, cuando la distancia a la Tierra es la menor. Se presenta
aproximadamente una vez cada dos años. Habrá que esterilizar por completo sus
cuerpos para eliminar el riesgo de contaminación planetaria. Y, como dijeron
que no quieren arder, será necesario un vehículo de descenso, porque allí
también hay atmósfera, aunque muy enrarecida. Por ahora solo hemos obtenido una
zona en Valles Marineris donde se permiten este tipo de entierros.
Melania suspiró teatralmente.
—Como ya te dije, querida: el
dinero no es problema. Mira… —hurgó en el bolso y sacó una carpeta de tapas
plásticas transparentes; la puso sobre el escritorio y la abrió—. Tenemos
acciones de Apple, Microsoft y Alphabet, los de Google, desde que se fundaron
esas empresas. Y algunas más. Siempre nos dijimos que era bueno invertir en
tecnología, y comprábamos cien dólares al mes en cada una, durante años. Era
mucho dinero entonces. Esperábamos dejar esa herencia a los nietos, pero no
pudo ser.
La joven echó un vistazo al fajo de
papeles y sintió que le faltaba el aire. Aquellos dos poseían una fortuna
inmensa. En el último medio siglo las acciones habían subido muchísimo, algunas
incluso miles de veces. Las escaneó con las lentes especiales integradas en sus
gafas, y el ordenador le confirmó de inmediato la suma mareante por la que
podían venderse en bolsa. Para asegurarse, comprobó también el registro online
de accionistas. Sí: sus clientes aparecían allí. De golpe sintió crecer su
respeto por ellos.
La anciana se inclinó y susurró
algo al oído de su marido; escuchó la respuesta y asintió, aprobando.
—Queremos otra cosa. Como te he
dicho, no tenemos hijos ni parientes cercanos, y nuestros amigos han muerto.
Los precios altos no nos molestan; de hecho, queremos gastarlo todo para tener
el mejor funeral disponible.
El anciano negó con la cabeza,
luego bajó la frente, cerró los ojos y empezó a roncar suavemente. Un hilito de
saliva le corrió por la comisura. La conversación lo había agotado. Melania
sacó otra vez el pañuelo del bolso y lo limpió.
En el despacho cayó un silencio
pesado y la quietud pareció volverse fluida. Alice pensó un momento: eran, con
mucha diferencia, los clientes más ricos que había visto en su carrera en “El
Comienzo de la Eternidad”. Y no solo ella: eran los más acaudalados que habían
cruzado el umbral de la empresa. Aunque parecían exigentes, descartó por
completo la posibilidad de dejarlos irse. Así que reunió valor.
—Podríamos depositarlos en un
cometa —dijo, casi a media voz—. Hay bastantes que pasan cerca de la Tierra. Es
más difícil y conlleva cierto riesgo: por lo general, esos cuerpos celestes
expulsan gases cuando pasan cerca del Sol. Además están rodeados de fragmentos,
pero estoy segura de que podemos encontrar uno adecuado. El féretro con sus
cuerpos quedará anclado en la corteza del cometa, oscilando sin fin en una
órbita que los llevará lejos, incluso más allá del borde del sistema solar,
hacia la nube de Oort. Es como una cuna enorme y eterna, del lujo más alto, en
la que, en este momento, se mecen menos clientes de los que yo tengo dedos en
una mano.
Se oyó un gruñido de desaprobación
desde Dan, que había abierto un ojo a medias. Alice se apresuró a proponer otra
variante, ante la inconformidad no expresada.
—O podemos transportarlos al
Cinturón. Pueden elegir desde ahora un asteroide donde desembarcarlos. Allí
estará su tumba: podemos enterrarlos o solo anclar el féretro en la superficie.
Por supuesto, llevará su nombre; el acuerdo con la U.A.I. incluye también el
Cinturón.
—¿Pero en ese lugar no hay choques
entre asteroides todo el tiempo? —puntualizó Melania—. Sé que son muy poco
probables, pero como nosotros hablamos de Eternidad, se convierten en una
certeza. Tarde o temprano, en un millón de años, por ejemplo, ocurrirá, y la
tumba que nos propones, querida, podría acabar partida y dispersa con nuestros
cuerpos dentro. Es bastante siniestro, ¿no te parece?
El anciano se despertó del todo y
soltó un nuevo torrente de tos. Alice saltó para ayudarlo, pero Melania la
detuvo con un gesto y se levantó del sillón.
—No hace falta, porque si esto es
todo lo que tienes, nos iremos.
Puntos verdes y rojos bailaron ante
los ojos de Alice. Simplemente no podía permitirse perder clientes así, que
probablemente aparecían una vez en la vida. O una vez en mil vidas. La comisión
que cobraría si lograba convencerlos de contratar alguna de las ofertas
disponibles en “El Comienzo de la Eternidad” sería la mayor que hubiera cobrado
jamás. En realidad sería muchísimo, muchísimo más que todo lo que había ganado
cuando empezó a trabajar en la Funeraria Especial. Casi se mareó al imaginar,
en su mente, un cilindro formado por tres tambores, como los de las antiguas
máquinas mecánicas de azar con palanca: los dibujos de frutas habían sido
reemplazados por destellos de todo lo que podría hacer con ese dinero.
—Nos queda una última opción —dijo
Alice, tensa—. Es, con mucha diferencia, la más cara y por eso nadie la ha
comprado hasta ahora. Pero creo que, si liquidan todas las acciones que tienen,
podrán pagarla, si es lo que desean.
La anciana, que ya había tomado el
asa detrás de la silla de ruedas en la que estaba su marido, giró la cabeza
hacia ella y la miró, interrogante. Dan también la miró.
—¿Qué? — preguntó secamente alzando
la mano al ver la expresión seria y fruncida de Alice.
—Puedo ofrecerles el camino hacia
el Comienzo de la Eternidad que ningún humano ha recorrido.
Los dos esposos se consultaron con
la mirada y así, sin palabras, por la costumbre de una vida compartida,
decidieron quedarse un poco más. Melania volvió a sentarse.
—Te escuchamos —pidió, con calma.
—Existe una tecnología
experimental, la de una nave interestelar con vela solar. Será lanzada por una
catapulta electromagnética situada en un punto de Lagrange, donde será
acelerada hasta una centésima de la velocidad de la luz. El féretro con sus
cuerpos, protegido de las radiaciones que asolan el espacio, será colocado en
la nave, y un láser de gran potencia, ubicado en el mismo punto de Lagrange,
enviará impulsos sobre la vela –de cien kilómetros cuadrados– durante
veinticinco años, hasta alcanzar la velocidad programada: una décima de la
velocidad de la luz.
—¿Para llegar a dónde? —preguntó
Dan—. Y, una vez que lleguemos al destino, ¿cómo frenaremos?
—Irán hacia la estrella más
cercana, Alfa Centauri, para empezar. Deberían llegar en algo más de medio
siglo. En cuanto entren en ese sistema, la nave empezará a emitir en un amplio
espectro de frecuencias electromagnéticas, y la inteligencia artificial que los
acompañará escuchará una posible respuesta. Además, el albedo de la nave será,
evidentemente, el de un cuerpo celeste artificial. La idea es que, si allí
existe una civilización más avanzada que la nuestra, recuperará la nave y sus
cuerpos, leerá y entenderá la biblioteca que pondremos a bordo. Así sabrán cómo
funcionan los humanos y los devolverán a la vida, jóvenes y felices.
Alice contuvo el aliento, esperando
con ansiedad la reacción de los dos. Dan, ya despierto del todo, carraspeó.
Apretó con las manos los apoyabrazos de la silla de ruedas; su cuerpo adoptó la
forma de un signo de interrogación.
—O sea: quieres enviar nuestros
cadáveres con la esperanza de que alrededor de alguna de las estrellas de Alfa
Centauri gire un planeta con seres racionales muy avanzados tecnológicamente,
que capturen la nave y nos resuciten, si he entendido bien. Y si no existen…
mala suerte.
—No, en absoluto —dijo Alice,
rápido—. Si no encuentran inteligencias extraterrestres avanzadas que los
revivan, la nave programará el siguiente destino hacia otra estrella cercana.
Durante todo el viaje, la nave recogerá en depósitos átomos de hidrógeno del
espacio, gas que se usará para maniobras. Así partirán impulsados incluso por
la luz de Alfa Centauri, junto a la que pasarán. Y así sucesivamente. Como en
este viaje solo irán sus cuerpos ya sin vida, las cosas se simplifican
enormemente desde el punto de vista de los recursos: en su caso serán mínimos.
No harán falta provisiones ni sistemas de entretenimiento. Por eso aún no se
han enviado humanos vivos ni cápsulas de hibernación, por ejemplo. Además,
ustedes no están condicionados a encontrar extraterrestres dentro de un tiempo
finito en el que tendrían reservas vitales, porque disponen, en la práctica, de
toda la Eternidad.
—Se parece a lo que proponen otras
funerarias —intervino Melania—. Una vez que mueres, te sacan la sangre y te
meten esos químicos venenosos, ¿cómo les dicen…?
—Crioprotectores —la ayudó Dan—.
Para que no se rompan las membranas celulares cuando el agua se congela dentro.
—Eso. Y luego te congelan el
cuerpo, o solo la cabeza, que sale más barato —hizo una mueca hacia Alice—, con
la esperanza de que, dentro de un siglo o más, los científicos del futuro
descubran cómo traer de vuelta a la vida esas estatuas heladas.
—No es lo mismo en absoluto —la
contradijo Alice, enseguida—. Aquí, en la Tierra, hay guerras y catástrofes
geológicas de todo tipo; además existe una tendencia muy marcada de los humanos
a autodestruirse, de modo que la probabilidad de resurrección desde la
criogenia es muy baja. Ni siquiera se destinan fondos a ese tipo de
investigación: los habitantes de la Tierra ya son demasiados. Las posibilidades
son mejores en el fascinante viaje que les propongo.
—¿Y de cuánto sería, en
porcentajes? —preguntó Dan, sarcástico.
—Las estimaciones indican que la
probabilidad de que una civilización avanzada los encuentre estaría en torno a
una entre un millón —respondió Alice, tras una breve vacilación—. Eso según la
paradoja de Fermi y la ecuación de Drake. —El silencio volvió a apoderarse de
la oficina de la funeraria especial. Pero Alice no podía dejar pasar aquella
oportunidad, así que empezó a hablar atropelladamente—: Imaginen que serán los
primeros humanos que sabrán con certeza que no estamos solos en el Universo.
Serán los embajadores de la humanidad ante supercivilizaciones sobre las que ni
siquiera podemos soñar. ¡Es como encontrarse con Dios! Nadie ha llegado nunca
tan lejos. Y hasta que resuciten, sus cuerpos descansarán, viajando bajo la luz
de las estrellas… en realidad, junto con su luz…
Se detuvo de golpe cuando Melania
volvió a alzar la mano.
—Basta. Nos has convencido,
querida. ¿Dónde tenemos que firmar?
Dan volvió a quedar ausente en su
silla de ruedas. Posó indiferente el dedo sobre una tableta que Alice le
tendió, junto al lugar donde su esposa ya había dejado la huella.
—Te dejamos esto a ti, ¿puedes
encargarte de venderlo? —preguntó Melania antes de levantarse del sillón por
última vez.
—Por supuesto —susurró Alice,
emocionada—. Nos ocuparemos de todo.
Pero la anciana ya no la escuchaba.
Accionó los mandos de la silla de ruedas, la hizo girar y se dirigió a la
salida. Detrás de ellos, Alice alcanzó a oír:
—¿Has oído, querido? Viajaremos
hacia la Eternidad junto con la luz de las estrellas. ¡No veo la hora! Siempre
he soñado con eso.
Apenas la pareja se fue, Alice
revisó por reflejo la agenda, pero no tenía más citas. Opacó las paredes del despacho
y redujo a un cuarto la intensidad del letrero luminoso, señal de que había
cerrado. Luego se acercó a la hornacina especial, donde devolvió el cuerpo
clonado que pagaba por hora de uso, y se marchó, en forma de flujo analógico de
datos, hasta el servidor situado en el punto de Lagrange L5, entre el Sol y la
Tierra, donde las fuerzas de atracción gravitatoria se anulaban. Y, como
Melania y Dan habían aportado la financiación, allí mismo se construirían la
catapulta electromagnética, la nave con vela solar y el láser de gran potencia
para la propulsión.
En forma de qubits, retomó feliz su
lugar en el servidor cuántico y en el mundo virtual al que había elegido,
cuando aún era una mujer cercana a la muerte, transferir su conciencia. Con lo
que había ganado, podía pagar al menos mil años más de vida cómoda en el
servidor, permitiéndose de vez en cuando pequeñas salidas en un avatar
biológico, en la Tierra. O incluso comprarse su propio cuerpo, obtenido por
clonación, para vivir una vida más.
Más de una vez se había preguntado
qué impulsaba a sus clientes, ancianos ricos, a encargar funerales
extravagantes de todo tipo, cuando la transferencia de conciencia a servidores
que alojaban mundos virtuales se había vuelto un hecho banal hacía tiempo.
Había descubierto que existían
varios motivos: algunas personas simplemente se hartaban de la vida. Se
cansaban y ya no querían más que morir. O estaban convencidas de que ya no
podrían encontrar a su pareja y el amor que los había unido. O desconfiaban de
la tecnología de transferencia de conciencia y memoria, o su fe religiosa no se
lo permitía. Ella no estaba en ninguna de esas situaciones: se sentía llena de
vida, viviera en el mundo virtual o en la Tierra, alojada en un cuerpo clonado.
Aun así, sintió una punzada de
envidia por aquellos dos clientes que, en un futuro muy cercano, se preparaban
para comenzar su Eternidad, y cuya posibilidad de encontrar a Dios y volver a
la vida incluso después de que el Sol se convirtiera en nova y quemara la
Tierra –en realidad todo, incluido el servidor en el que ella se encontraba en
el punto de Lagrange, si es que memorias y procesadores resistían tanto– ya no
le pareció, en absoluto, despreciable.
George Lazăr nació el 3 de febrero de 1963 en Vatra-Dornei, condado de
Suceava, Rumania. Se graduó en la Facultad de Ingeniería Eléctrica,
Automatización y Computación del Instituto Politécnico "Gheorghe
Asachi" de Iași en 1987. Es director del diario Monitorul de Botoșani
desde 1995. Debutó en la antología Cosmos XXI. Un univers al păcii
(1987). Cuando era estudiante, publicó historias de ciencia ficción en Argonaut,
Opinia Sutențească, Cronica, Magazin, Sci-Fi Magazin y Argonaut, suplemento
literario de la revista Convorbiri Literare. Entre 2007 y 2008, editó Sci-Fi
Magazin, una revista mensual de ciencia ficción, y en 2009, Sci-Fi
Magazin Almanac. Sus relatos han participado en las antologías Quasar 001 (2001), Alte Țărmuri (2007), Pangaia
(2010), Steampunk. A doua revoluție
(2011), Venus (2011), Dincolo de
noapte - 12 Fețe ale goticului (2012). Y sus novelas publicadas son America One (2007), Îngerul păzitor (2009), Guardian
Angel (2010), Panglica Timpului (2018) y Vindecătorul Universal
(2021).

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