João Ventura
—Mamá, ¿qué es aquello? —preguntó
el joven arcturiano, señalando con dos de sus tentáculos de color rosado,
indicación clara de que aún se encontraba en el estadio asexuado de su
evolución.
—No se debe señalar con los
tentáculos —corrigió la madre, orientando una de sus antenas visuales hacia la
dirección indicada. Al enfocar su ojo multifacetado, observó aquello que había
provocado el asombro del producto más reciente de su puesta.
El hijo mayor, que se entretenía
dando saltos apoyándose en tres tentáculos a la vez, miró también en esa
dirección.
—Son bípedos —dijo, exhibiendo los
conocimientos adquiridos en una clase de exobiología—. ¿De dónde vendrán, papá?
El padre arcturiano aclaró la
situación a la familia:
—Noticias de Arcturus habló
de ellos. Provienen de un planeta llamado Tierra, que orbita una estrella
llamada Sol, en la periferia de la galaxia. Vinieron en misión de contacto y no
deben ser hostilizados.
—¿Son buenos para comer? —preguntó
el hijo, con el apéndice succionador palpitando de anticipación.
—¿No te enseñaron en la escuela que
no se deben comer otras especies inteligentes? —lo reprendió la madre.
—Continuemos con nuestro paseo
—ordenó el padre, y la familia siguió avanzando por la avenida costera,
cruzándose con otros miembros de su especie, que se saludaban según un ritual
determinado por la jerarquía relativa, establecida por el riguroso (y muy
complejo) protocolo arcturiano.
Los más pequeños iban ahora algo
más adelante, en un juego en el que el hijo fingía querer hacer un nudo con dos
tentáculos del más joven, que escapaba lanzando chillidos de satisfacción.
—No quise decir nada antes para no
impresionar a los chicos —dijo entonces la madre arcturiana—: pero son tan… raros
que incluso sentí ondulaciones en la epidermis. Imagínate: solo cuatro
tentáculos, ¡y dos de ellos reservados para la locomoción!
—No soy xenófobo —replicó el padre—,
pero me parece mal que el Consejo Octópode autorice la entrada de alienígenas
en zonas de la ciudad tradicionalmente reservadas al ocio familiar.
Los cuatro
terrestres disfrutaban de su primera salida de la nave después del largo viaje.
Sergei Schmidt, germano-ruso, ingeniero de sistemas, filmaba el mar en
distintas bandas de frecuencia, intrigado por la fosforescencia que a veces
aparecía en la superficie líquida. Al llegar a la cima de la colina, vieron la
avenida, que parecía ser un lugar de paseo muy apreciado por los indígenas.
Brigitta Eco, exobióloga, hija de
padre sueco y madre italiana, ajustó la visera del casco al modo telescópico,
observó durante unos instantes a los arcturianos.
—¡Miren qué lindas son las crías! —exclamó:
Joshua Makulela era el jefe de la
misión. El transmisor insertado en su oído emitió un chasquido y él pasó a
prestar atención a los mensajes que el control de la nave comenzó a enviarle:
información de rutina, confirmación de la reunión del día siguiente con el
Consejo Octópode. Cuando terminó la transmisión, empezó a oír la conversación
que Takuji Barbosa mantenía con Brigitta
—(…) y antes de entrar a la
universidad, mis padres me mandaron un año a Japón. Me quedé en casa de mi
abuelo, que era pescador en la isla de Rishiri, cerca del extremo norte de
Hokkaido, y fui con él algunas veces a pescar calamares gigantes. Eran muy parecidos
a estos pulpos andantes; la pesca era trabajosa, pero daban unas chuletas muy
sabrosas. ¿Será que estos…?
El nipobrasileño interrumpió la
frase y soltó una carcajada al ver la expresión incómoda de Brigitta, que
además era vegetariana. El jefe sintió la obligación de intervenir.
—Barbosa —el uso del apellido
dejaba claro su descontento—, otro comentario políticamente incorrecto como ese
y me veré obligado a registrarlo en el diario de a bordo.
João Ventura es portugués, docente universitario, le gusta leer y escribir, es casado y tiene dos hijos. Como le gustan las palabras, creó en la blogosfera un espacio para ellas, que naturalmente se llama “Das palavras o espaço”, donde va colocando textos con cierta irregularidad. Ha publicado dos colecciones de cuentos: Tudo isto existe y el más reciente, O cidadão sem sombra. Vive en Lisboa.

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