Joan Antoni Fernández
En Algún Lugar, 3er. día de la 1ª decena del mes
Brumario en el Año Ocho de la Revolución
A la atención del insigne escritor Stanislaw Lem.
Apreciado Sr. Lem:
Tal vez le sorprenda la recepción de esta carta, ya
que será un escrito muy antiguo para cuando llegue por fin a su poder. Si mis
cálculos del calendario republicano francés no me fallan, será (o fue) enviada
el 3 de Octubre del año 1800, cuando la Revolución Francesa todavía tiene visos
de triunfar y la Humanidad entera sueña con un mundo mejor. Libertad, igualdad
y todas esas paparruchas, como sin duda usted habrá estudiado… El caso es que,
si todo va bien y el Correo Temporal no sufre demora alguna, la misiva llegará
a sus manos a mediados del mes de Octubre del año 1956.
Si le maravilla a usted lo portentoso
de este envío, un rápido análisis le hará comprender que no lo es tanto.
Después de todo, en cierta manera es usted mismo quien me la ha dictado,
obligándome incluso a pagar los sellos del envío por correo certificado. No me
quejo, señor mío, aunque el dispendio ha sido elevado. Pero por el deber a
cumplir la rigurosidad de la Historia, prefiero dejar constancia del hecho, ya
que ello pudiera representar una gran importancia en el futuro… o en el pasado.
Nunca se sabe.
Por cierto, caigo en la cuenta de que
a estas alturas todavía no me he presentado. Aunque no dudo de su natural
agudeza mental, prefiero no caer en confusión alguna al respecto. Señor Lem,
permítame decirle que yo me llamo Ijon Tichy y soy, por así decirlo, el más
afamado hijo de su pluma.
No me malinterprete, no escribo esta
carta para pedirle asignación alguna, tan sólo afirmo ser su personaje ficticio
por excelencia. Al ser una criatura literaria, creada en su fecunda imaginación,
actúo como el deus ex machina que
sirve de excusa para contar sus historias de trasfondo social. Y ya que ostento
de forma honrosa semejante condición, me atrevo a sugerir que tal vez pudiera
usted no referirse a esa pequeña verruga que tengo en la mejilla, o cuanto menos
señalar que se parece a una fresa silvestre. Resulta un detalle poco armonioso
hacia mi persona. Todo sea por crear buena impresión en un posible lector, ya
me entiende.
Sin duda, en estos momentos estará
usted escribiendo o, cuando menos rumiando, un libro de viajes en el espacio y
el tiempo donde, de forma un tanto sarcástica, filosofará usted sobre la
condición humana, la sociedad en general, e incluso sobre el sistema comunista
de su país. No hace falta que le advierta sobre los peligros que encierra la
censura oficial, así como lo importante que resulta para la salud de uno decir
(escribir) lo que se piensa, pero a la vez sin dejar pistas que indiquen que
aquello que se dice (escribe) es lo que se está pensando en realidad. Ya me
entiende usted, no hace falta que profundicemos en tan espinoso tema.
Pero no divaguemos más, pues el
tiempo apremia, Resulta curioso decir esto, siendo como soy un viajero
temporal, aunque resulta bien cierto. Una hora siempre es una hora, en este
siglo y en otro cualquiera. Tempus fugit,
como suele decir mi querido amigo el profesor Tarantoga. Lo cierto es que lo que ahora me acontece es
consecuencia directa de uno de mis viajes, si no me he descontado creo que se
trata del vigésimo séptimo. Un viaje que, a tenor de su vital importancia,
habrá de permanecer en secreto. Y ése es el motivo de la presente misiva:
advertirle a usted que, bajo ningún concepto, deberá escribir palabra alguna sobre
dicho viaje. Será un lapso en blanco dentro de la futura ciencia de la
Tichología.
Permítame que le ponga a usted en
antecedentes del suceso en cuestión. Me parece recordar que la historia empezó
(no estoy seguro de todo, pues usted todavía no ha escrito mis Viajes y menos todavía mis Memorias, por lo que podría invertir o
trastocar el orden de mis recuerdos), me parece pues, que tras mi viaje
vigésimo quinto… o tal vez fuera el vigésimo sexto… me encontraba yo pilotando
una nave en la ruta de la constelación de la Osa Mayor. Y entonces aconteció el
suceso.
No sé si a la recepción de la presente usted
habrá concebido ya en su mente el complejo personaje del doctor Diágoras,
insigne cibernético aunque algo desequilibrado. Un hombre dominado por el deseo
de construir un organismo cibernético perfecto. Según su teoría, los robots tan
sólo son una burda imitación de nosotros mismos. Es gracias a ello que este
científico, tras arduos intentos, ha creado un ser perfecto y sin rasgos
humaniformes. Posee la forma de un polímero fungoide y goza de gran intelecto,
estando libre de obedecer a la primera ley impuesta a otras creaciones
cibernéticas: la obediencia.
Para Diágoras, que un ser cibernético
esté obligado a obedecer las directrices de un programa es un error fatal. A
fin de obtener un resultado inmediato en su utilización, unos cálculos exactos
por ejemplo, los constructores cierran el camino a la espontaneidad de la obra
que han construido. En realidad crean simples herramientas, incapaces de
evolucionar por sí mismas, de saltarse sus propios condicionantes. En resumen, no
son seres autoconscientes. Sin gozar de espontaneidad no hay comportamiento
imprevisible. Y sin lo imprevisible, no existe la auténtica cibernética.
Cuan imprevisible puede ser una
creación libre, carente por completo de cortapisas, sin duda el pobre Diágoras
lo experimentó cuando la forma del polímero fungoide desapareció de su laboratorio
de Creta, capturando a la vez al propio científico. Usted nunca ha llegado a
explicarlo, pero sin duda sabe cómo acaba semejante relato: dejando las puertas
abiertas al misterio. Un misterio que, para nuestra desgracia, yo he tenido que
resolver en la actualidad. ¿O debería decir en el futuro, ya que le estoy
escribiendo desde el pasado?
Lo único cierto es que, como le he
contado antes a usted, yo me encontraba a bordo de mi nave en ruta por la Osa
Mayor. Mi intención original era doblar el espacio para acercarme hacia la Gran
Nube de Magallanes, donde se hablaba de la existencia de ciertos gatos
inteligentes. Precisamente estaba yo calculando las coordenadas del salto
cuando apareció en medio de la cabina una extraña figura. Acostumbrado como
estoy a estos fenómenos, debido a lo acontecido en anteriores viajes, me lo
tomé con bastante calma. Descubrí que se trataba del profesor Diágoras, quien
pareció muy complacido al verme.
—¡Tichy, gracias al cielo que le
encuentro! —gritó pletórico—. ¡Debe usted ayudarme o el Universo estará
condenado!
—¿Eh? —le contesté sin implicarme
demasiado, algo que también he aprendido a hacer tras las consecuencias de
otros viajes.
—¡El polímero fungoide que yo
construí ha evolucionado! ¡Ahora desea dar el paso definitivo y convertirse a
su vez en un Constructor!
—¿Eh?
—¡Tichy, cretino integral, escúcheme
usted bien! Nosotros los humanos somos los constructores y los mecanismos
cibernéticos son nuestras obras. Por mucho que evolucionen y cambien, siempre
tendrán un origen de obra, de construcción. Eso es lo que este Nuevo Ser desea
modificar. Pretende ser el Constructor Supremo y que nosotros, los humanos,
seamos una de sus obras. ¿Lo comprende usted?
—¿Eh?
—¡Escuche bien, no tengo mucho
tiempo! Mi captor se percatará pronto que he logrado huir del Éxtasis
Preventivo, donde me tenía prisionero.
—¿Eh?
—Siendo el Nuevo Ser casi divino, ya no
le basta la infinitud inabarcable de su poder actual, intenta cambiar la
formación del propio Universo. Por fin ha descubierto que tanto él, como usted
y yo mismo, que todos somos la obra de un Constructor externo. Pude engañarle
durante un tiempo, haciéndole creer que nuestro Creador Supremo era un
conglomerado robótico denominado LEM, Lenticular
Engineers Minds (Mentes Ingenieras Lenticulares), pero su omnisciencia no
tardó en descubrir el engaño. Así supo que “Lem” era en realidad el apellido de
un ser humano y que somos obra de su fértil imaginación. Ahora desea
eliminarlo, ocupando su puesto como Creador, y ahí es donde interviene usted,
Tichy.
—¿Eh?
—Deberá viajar al pasado y prevenir a
nuestro Constructor, el señor Lem, de la amenaza que se cierne sobre él. Si
logra escribir un relato donde el polímero fungoide no sea tan poderoso y
carezca de la capacidad suficiente para cambiar el pasado, todos estaremos a
salvo. ¿Lo ha comprendido bien, Tichy?
—¡Ah! —dijo tras una pequeña pausa.
Y es por eso, mi apreciado señor Lem,
que le escribo la presente. No le aburriré con los detalles de mi travesía por
el espacio y el tiempo, atravesando bucles y agujeros negros hasta llegar a la
época de la Revolución Francesa. Tanto el doctor Diágoras como mi buen amigo el
profesor Tarantoga, a quien pedí consejo, estuvieron de acuerdo en señalar
dicho momento histórico como el más apropiado. La confusión es total, ya es la
segunda vez en el día que alguien ha vaciado un orinal desde una ventana y ha
caído sobre mi pobre cabeza, así que el Nuevo Ser no podrá localizar mi intento
de contactar con usted. Al menos, eso esperamos.
Es por todo ello, señor Lem, que le
ruego encarecidamente se avenga a escribir con mucha atención su relato sobre
mi futura, o tal vez pasada, visita a casa del doctor Diágoras, así como de la
descripción que realiza usted del portentoso polímero fungoide. Incluso no
estaría de más que lo suprimiera por completo. Nunca se sabe.
Sé que usted será escéptico a mi
relato, tomándome por un chiflado. Otros seres ya me han considerado así con
anterioridad, no me ofendo por ello. Pero también sé que usted posee un
intelecto culto, capaz de cuestiona esa lógica que el hombre, a través de sus
científicos, trata de implementar en la Naturaleza. Piense usted que tal vez
por ello sería mejor no jugar a ser Constructores. Dejemos que sea el propio
Universo quien cree a su manera y limitémonos a contemplar sus maravillas. Jamás
entenderemos lo Ajeno, esa idea la comparto con usted. Pero, a pesar de todo,
no dejaré de maravillarme con lo que contemplo.
Y eso se lo aseguro siendo como soy una
persona muy viajada, usted más que nadie sabe que es verdad. El espacio y el
tiempo atesoran maravillas insondables que nos dejarán boquiabiertos, si antes alguna
de ellas no nos mata. Espero de veras que podamos disfrutar de todo el Universo
sin problemas, y también que llevemos la muda adecuada.
Sin otro particular, deseándole lo mejor, se
despide de usted su más entusiasta creación, como siempre a punto de partir
hacia un nuevo viaje.
Su seguro servidor,
Ijon Tichy
Personaje Viajero.

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