miércoles, 13 de mayo de 2026

EN ALGÚN LUGAR

Joan Antoni Fernández

 

En Algún Lugar, 3er. día de la 1ª decena del mes Brumario en el Año Ocho de la Revolución

 

                                                         A la atención del insigne escritor Stanislaw Lem.

Apreciado Sr. Lem:

 

Tal vez le sorprenda la recepción de esta carta, ya que será un escrito muy antiguo para cuando llegue por fin a su poder. Si mis cálculos del calendario republicano francés no me fallan, será (o fue) enviada el 3 de Octubre del año 1800, cuando la Revolución Francesa todavía tiene visos de triunfar y la Humanidad entera sueña con un mundo mejor. Libertad, igualdad y todas esas paparruchas, como sin duda usted habrá estudiado… El caso es que, si todo va bien y el Correo Temporal no sufre demora alguna, la misiva llegará a sus manos a mediados del mes de Octubre del año 1956.

Si le maravilla a usted lo portentoso de este envío, un rápido análisis le hará comprender que no lo es tanto. Después de todo, en cierta manera es usted mismo quien me la ha dictado, obligándome incluso a pagar los sellos del envío por correo certificado. No me quejo, señor mío, aunque el dispendio ha sido elevado. Pero por el deber a cumplir la rigurosidad de la Historia, prefiero dejar constancia del hecho, ya que ello pudiera representar una gran importancia en el futuro… o en el pasado. Nunca se sabe.

Por cierto, caigo en la cuenta de que a estas alturas todavía no me he presentado. Aunque no dudo de su natural agudeza mental, prefiero no caer en confusión alguna al respecto. Señor Lem, permítame decirle que yo me llamo Ijon Tichy y soy, por así decirlo, el más afamado hijo de su pluma.  

No me malinterprete, no escribo esta carta para pedirle asignación alguna, tan sólo afirmo ser su personaje ficticio por excelencia. Al ser una criatura literaria, creada en su fecunda imaginación, actúo como el deus ex machina que sirve de excusa para contar sus historias de trasfondo social. Y ya que ostento de forma honrosa semejante condición, me atrevo a sugerir que tal vez pudiera usted no referirse a esa pequeña verruga que tengo en la mejilla, o cuanto menos señalar que se parece a una fresa silvestre. Resulta un detalle poco armonioso hacia mi persona. Todo sea por crear buena impresión en un posible lector, ya me entiende.

Sin duda, en estos momentos estará usted escribiendo o, cuando menos rumiando, un libro de viajes en el espacio y el tiempo donde, de forma un tanto sarcástica, filosofará usted sobre la condición humana, la sociedad en general, e incluso sobre el sistema comunista de su país. No hace falta que le advierta sobre los peligros que encierra la censura oficial, así como lo importante que resulta para la salud de uno decir (escribir) lo que se piensa, pero a la vez sin dejar pistas que indiquen que aquello que se dice (escribe) es lo que se está pensando en realidad. Ya me entiende usted, no hace falta que profundicemos en tan espinoso tema.

Pero no divaguemos más, pues el tiempo apremia, Resulta curioso decir esto, siendo como soy un viajero temporal, aunque resulta bien cierto. Una hora siempre es una hora, en este siglo y en otro cualquiera. Tempus fugit, como suele decir mi querido amigo el profesor Tarantoga.  Lo cierto es que lo que ahora me acontece es consecuencia directa de uno de mis viajes, si no me he descontado creo que se trata del vigésimo séptimo. Un viaje que, a tenor de su vital importancia, habrá de permanecer en secreto. Y ése es el motivo de la presente misiva: advertirle a usted que, bajo ningún concepto, deberá escribir palabra alguna sobre dicho viaje. Será un lapso en blanco dentro de la futura ciencia de la Tichología.

Permítame que le ponga a usted en antecedentes del suceso en cuestión. Me parece recordar que la historia empezó (no estoy seguro de todo, pues usted todavía no ha escrito mis Viajes y menos todavía mis Memorias, por lo que podría invertir o trastocar el orden de mis recuerdos), me parece pues, que tras mi viaje vigésimo quinto… o tal vez fuera el vigésimo sexto… me encontraba yo pilotando una nave en la ruta de la constelación de la Osa Mayor. Y entonces aconteció el suceso.

 No sé si a la recepción de la presente usted habrá concebido ya en su mente el complejo personaje del doctor Diágoras, insigne cibernético aunque algo desequilibrado. Un hombre dominado por el deseo de construir un organismo cibernético perfecto. Según su teoría, los robots tan sólo son una burda imitación de nosotros mismos. Es gracias a ello que este científico, tras arduos intentos, ha creado un ser perfecto y sin rasgos humaniformes. Posee la forma de un polímero fungoide y goza de gran intelecto, estando libre de obedecer a la primera ley impuesta a otras creaciones cibernéticas: la obediencia.

Para Diágoras, que un ser cibernético esté obligado a obedecer las directrices de un programa es un error fatal. A fin de obtener un resultado inmediato en su utilización, unos cálculos exactos por ejemplo, los constructores cierran el camino a la espontaneidad de la obra que han construido. En realidad crean simples herramientas, incapaces de evolucionar por sí mismas, de saltarse sus propios condicionantes. En resumen, no son seres autoconscientes. Sin gozar de espontaneidad no hay comportamiento imprevisible. Y sin lo imprevisible, no existe la auténtica cibernética.

Cuan imprevisible puede ser una creación libre, carente por completo de cortapisas, sin duda el pobre Diágoras lo experimentó cuando la forma del polímero fungoide desapareció de su laboratorio de Creta, capturando a la vez al propio científico. Usted nunca ha llegado a explicarlo, pero sin duda sabe cómo acaba semejante relato: dejando las puertas abiertas al misterio. Un misterio que, para nuestra desgracia, yo he tenido que resolver en la actualidad. ¿O debería decir en el futuro, ya que le estoy escribiendo desde el pasado?

Lo único cierto es que, como le he contado antes a usted, yo me encontraba a bordo de mi nave en ruta por la Osa Mayor. Mi intención original era doblar el espacio para acercarme hacia la Gran Nube de Magallanes, donde se hablaba de la existencia de ciertos gatos inteligentes. Precisamente estaba yo calculando las coordenadas del salto cuando apareció en medio de la cabina una extraña figura. Acostumbrado como estoy a estos fenómenos, debido a lo acontecido en anteriores viajes, me lo tomé con bastante calma. Descubrí que se trataba del profesor Diágoras, quien pareció muy complacido al verme.

—¡Tichy, gracias al cielo que le encuentro! —gritó pletórico—. ¡Debe usted ayudarme o el Universo estará condenado!

—¿Eh? —le contesté sin implicarme demasiado, algo que también he aprendido a hacer tras las consecuencias de otros viajes.

—¡El polímero fungoide que yo construí ha evolucionado! ¡Ahora desea dar el paso definitivo y convertirse a su vez en un Constructor!

—¿Eh?

—¡Tichy, cretino integral, escúcheme usted bien! Nosotros los humanos somos los constructores y los mecanismos cibernéticos son nuestras obras. Por mucho que evolucionen y cambien, siempre tendrán un origen de obra, de construcción. Eso es lo que este Nuevo Ser desea modificar. Pretende ser el Constructor Supremo y que nosotros, los humanos, seamos una de sus obras. ¿Lo comprende usted?

—¿Eh?

—¡Escuche bien, no tengo mucho tiempo! Mi captor se percatará pronto que he logrado huir del Éxtasis Preventivo, donde me tenía prisionero.

—¿Eh?

—Siendo el Nuevo Ser casi divino, ya no le basta la infinitud inabarcable de su poder actual, intenta cambiar la formación del propio Universo. Por fin ha descubierto que tanto él, como usted y yo mismo, que todos somos la obra de un Constructor externo. Pude engañarle durante un tiempo, haciéndole creer que nuestro Creador Supremo era un conglomerado robótico denominado LEM, Lenticular Engineers Minds (Mentes Ingenieras Lenticulares), pero su omnisciencia no tardó en descubrir el engaño. Así supo que “Lem” era en realidad el apellido de un ser humano y que somos obra de su fértil imaginación. Ahora desea eliminarlo, ocupando su puesto como Creador, y ahí es donde interviene usted, Tichy.

—¿Eh?

—Deberá viajar al pasado y prevenir a nuestro Constructor, el señor Lem, de la amenaza que se cierne sobre él. Si logra escribir un relato donde el polímero fungoide no sea tan poderoso y carezca de la capacidad suficiente para cambiar el pasado, todos estaremos a salvo. ¿Lo ha comprendido bien, Tichy?

—¡Ah! —dijo tras una pequeña pausa.

Y es por eso, mi apreciado señor Lem, que le escribo la presente. No le aburriré con los detalles de mi travesía por el espacio y el tiempo, atravesando bucles y agujeros negros hasta llegar a la época de la Revolución Francesa. Tanto el doctor Diágoras como mi buen amigo el profesor Tarantoga, a quien pedí consejo, estuvieron de acuerdo en señalar dicho momento histórico como el más apropiado. La confusión es total, ya es la segunda vez en el día que alguien ha vaciado un orinal desde una ventana y ha caído sobre mi pobre cabeza, así que el Nuevo Ser no podrá localizar mi intento de contactar con usted. Al menos, eso esperamos.

Es por todo ello, señor Lem, que le ruego encarecidamente se avenga a escribir con mucha atención su relato sobre mi futura, o tal vez pasada, visita a casa del doctor Diágoras, así como de la descripción que realiza usted del portentoso polímero fungoide. Incluso no estaría de más que lo suprimiera por completo. Nunca se sabe.

Sé que usted será escéptico a mi relato, tomándome por un chiflado. Otros seres ya me han considerado así con anterioridad, no me ofendo por ello. Pero también sé que usted posee un intelecto culto, capaz de cuestiona esa lógica que el hombre, a través de sus científicos, trata de implementar en la Naturaleza. Piense usted que tal vez por ello sería mejor no jugar a ser Constructores. Dejemos que sea el propio Universo quien cree a su manera y limitémonos a contemplar sus maravillas. Jamás entenderemos lo Ajeno, esa idea la comparto con usted. Pero, a pesar de todo, no dejaré de maravillarme con lo que contemplo.

 Y eso se lo aseguro siendo como soy una persona muy viajada, usted más que nadie sabe que es verdad. El espacio y el tiempo atesoran maravillas insondables que nos dejarán boquiabiertos, si antes alguna de ellas no nos mata. Espero de veras que podamos disfrutar de todo el Universo sin problemas, y también que llevemos la muda adecuada.

 Sin otro particular, deseándole lo mejor, se despide de usted su más entusiasta creación, como siempre a punto de partir hacia un nuevo viaje.

Su seguro servidor,

                                        Ijon Tichy

                                       Personaje Viajero.


Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

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