Rogelio Ramos Signes
a mi hermana Lucía
La tía Karen se llamaba Juana Limosnera; Juana Limosnera Charinou, exactamente; pero sus amigas del Loteo Arco Iris le decían Karen, porque era una moda de entonces ponerse un seudónimo al estilo de las actrices del cine. Con el tiempo el “Karen” de la tía Karen se convirtió en Karen Chari, simplemente porque abundaban las Karen en Barrio Tejedor y en Villa Llíber y en el Loteo también.
Juana Limosnera Charinou había nacido el 12 de noviembre
del año 42 al fondo de una carpintería que su familia alquilaba en las afueras
de la ciudad. Sus padres eran chipriotas; y ella, al igual que sus tres
hermanas mayores, argentina. Asistió a una escuela pública, como todos los
niños de su barrio, y paralelamente trabajó como mandadera en la fábrica de dulce
de leche de su tío Doro Claridepirgos. El dulce de leche Tío Doro era el dulce del barrio, por excelencia; así como las
papas fritas Don Abel eran las papas fritas de la zona, sin otras que las igualaran.
Perpetua Charinou, hermana mayor de Juana Limosnera (o de Karen, o de Karen Chari, como se prefiera) había nacido el 6 de marzo, pero
siempre festejaba su cumpleaños dos días antes del comienzo de las clases,
cayera cuando cayera, ya fuese el mismo día, o a fines del mes anterior, o
bastante entrado marzo.
Bartolomea Charinou, su otra hermana, era la artista
plástica de la familia. Desde muy pequeña dibujaba con gran soltura y poseía el
don natural de resolver con pocos trazos caricaturas verdaderamente
imaginativas.
Exuperancia, la menor de las tres mayores, que por algún
motivo desconocido (sugerencia de vecinos, discusión de último momento, o la
casualidad que en ese punto viniese al caso) fue la única en ser anotada
también con el apellido de la madre (Claridepirgos) pero a la española; es
decir, al final; y fue también la primera en dejar la familia. Exuperancia Charinou
Claridepirgos huyó con un gitano revendedor de colchones usados de pueblo en
pueblo; y fue, también, la primera en regresar al seno familiar, a hacer un
silencio total sobre esa etapa de su vida y, con el correr de los años, a
hacerse cargo de los ancianos padres, sin vocación para ello pero también sin
renuncias.
En la misma escuela a la que asistieron todas las hermanas,
o en el mismo barrio (conocido como El
Loteo) donde ellas crecieron, se gestaron los apodos que luego las cuatro
mujeres usaron el resto de sus vidas. Perpetua sería Jani; Bartolomea, Gala;
Exuperancia, Perla; y Juana
Limosnera, Karen, ya se dijo, o Karen Chari, que también se dijo. Los
apodos elegidos por sus compañeritas cada vez que una de las niñas fue
ingresando a la escuela, o fue incorporándose a la vida social del barrio, desagradó
a sus padres; pero ¿para qué negarlo? los nombres elegidos por ellos para
bautizar a sus hijas nunca fueron del agrado de las niñas. Ellas hubiesen
preferido llamarse Rosa, o Cecilia, o Stella Maris (muy en boga por entonces),
o Graciela. ¡Pero no!
El paso bautismal de Bartolomea a Gala fue casi una necesidad para la segunda de las niñas Charinou;
por un lado, porque en la escuela las maestras habían comenzado a decirle Segunda, sólo porque su hermana Perpetua
ya tenía dos años de antigüedad en el establecimiento educativo, lo que la
convertía en la primera; y por otro lado, porque el nombre Bartolomea había
pasado a ser una broma despiadada, típica de la edad. Las otras alumnas
(digamos las apodadas Dorothy o Greta o Marilyn) se encargaban de hacer circular la insidiosa pregunta:
“¿Qué hace Segunda mientras Bartolo mea?”.
El 6 de marzo, con un almuerzo solemne y muy medido, la
familia recordaba a santa Perpetua de Cartago, muerta involuntariamente a manos
de un joven gladiador; inspiradora del nombre de la mayor de las hijas. A la
noche otra era la historia. Perpetua Charinou (convertida en Jani) salía con sus amigos a dar vueltas
en motocicleta por el parque, a beber cerveza negra y a escuchar discos de
Elvis en la fonola del bar Babilonia.
El 24 de agosto (día de san Bartolomé), Bartolomea, sus
hermanas, sus padres y su tío, repetían el sobrio rito del almuerzo en familia,
en honor al apóstol despellejado en el siglo I por un salvaje rey pagano. A la
noche, Bartolomea (es decir, Gala)
posaba desnuda para su amigo Juan Carlos Sánchez que poco y nada sabía de
pintura, pero que ponía mucho empeño en el uso del pincel y alentaba a su
manera a la futura artista, retratándola año tras año. Si eso la convertía en Gala es una referencia que escapa a los
datos que maneja este escriba.
El 12 de noviembre el almuerzo familiar era consagrado al
patriarca de Alejandría san Juan Limosnero, prematuramente huérfano. Con una
bendición a las apuradas y siempre con un libro bajo el brazo (que era parte
del atuendo de los años 60) Karen Chari
se despedía de cada uno de los comensales con un beso a la argentina (es decir,
en la mejilla derecha) y desaparecía por quince horas. Por entonces, nadie
sabía adónde iba; y hoy tampoco lo sabemos. Tal vez ese sea (aunque no lo creo)
el motivo de este relato. Pero veamos por qué camino nos lleva la descomedida
prosa.
Finalmente, el 30 de diciembre, cuando la cocina ya
rebosaba de comidas exquisitas a la
espera de la gran fiesta del día siguiente, la familia Charinou, en sentido
recogimiento, rezaba por el alma de san Exuperancio de Asís. Qué cosas hacía
Exuperancia (alias Perla) llegada la
noche, era otra de las tantas incógnitas de esta ligera biografía de familia.
Mientras ella vivió con el gitano, todas son suposiciones al respecto; pero
cuando volvió del exilio, su destino, por lo general, fue el dormitorio cerrado
con llave y por voluntad propia.
Enemiga acérrima, por entonces, del santoral que había
inspirado a sus padres en la elección de nombres decididamente a contramano con
los gustos de la época (¿o de las épocas? ¿o de todas las épocas, sería la
correcta manera de expresar?), Karen (ex
Juana Limosnera Charinou) incendió, al descuido, la biblioteca parroquial y se
inscribió como alumna en una academia de danzas modernas. Por sus condiciones naturales,
por su imaginación, pero sobre todo por su empeño, en apenas seis meses se
convirtió en la primera bailarina del grupo, en la cara visible de los afiches
que empapelaban la ciudad promocionando actos culturales, y en “firme promesa”
para el nuevo cine nacional. Protagonizó dos películas en quince días, dirigida
por un cineasta belga enrolado en el cine de bajo presupuesto.
Un productor norteamericano (un irreverente de esos que a
todo lo miden con el diámetro de un dólar), que abominaba de esas “películas
baratas”, pretendió lanzarla al estrellato en el Gran País del Chicle e
inventarle un seudónimo a partir del apodo que ya tenía Juana Limosnera. En
pocas palabras: quiso que Karen Chari
se convirtiera en Karen Milk. Y, casi
al pasar, pretendió que le hicieran cirugía estética en la nariz, en el mentón
y en el rasgado de los ojos, además de hacerse implantar grandes prótesis
plásticas en los senos, para que estos concordaran con su nuevo apellido. Salvo
por algunos detalles, aquel hombre tenía todo más o menos claro y se lo dijo,
café de por medio: la primera película que haría con Karen Charik se titularía “Bébeme (pero no te indigestes)”, la segunda
“Eso les pasa por golosos”; pero, antes de que lograra proponerle el título de
la tercera película, debió salir corriendo en busca de un odontólogo con parte
de sus dientes en la mano.
Famosa desde entonces, también, por su carácter enérgico y
por su feminidad de bien, Juana Limosnera Charinou, alias Karen Chari
Así pasaron los años. Así el señor Charinou dejó la vieja
carpintería y se asoció con su cuñado Doro Claridepirgos en la fábrica de dulce
de leche por mucho tiempo. Así ambos transfirieron la fábrica a parientes más
jóvenes y se jubilaron. Así cada uno puso en el país su cuota de esfuerzo, de
alegría y de desazón; su cuota de vida. Así. Así. Así. Hasta que el 12 de
noviembre de 1992, el mismo día que cumplía 50 años, Karen Chari (la consagrada y talentosa y envidiada y admirada Karen Chari) regresó al país, a la
provincia, a la ciudad y al barrio que la habían visto nacer.
Apenas traspuso el umbral y abrió la puerta encontró a sus
padres y a su tío Doro en torno a la mesa familiar, rezando una oración en
honor al patriarca chipriota que hacía medio siglo le había dado su nombre a
aquella deliciosa chiquilla. “Acá toy” dicen que dijo, haciéndose la gachona.
Se dicen tantas cosas. Se habla de regresiones. Se complica lo simple. Lo
cierto es que ninguno podía creerlo. Les costó reconocerse, pero se abrazaron y
llenaron todo de una extraña algarabía, resuelta sin palabras en honor a la hija
que, tras tantos y tantos años, volvía al hogar paterno para quedarse, para
serenar su ánimo, para reubicarse en los viejos espacios abandonados, para
gozar de los logros alcanzados en la distancia y también para “hacerse cargo de
los viejos” como dicta la tradición. Hasta la propia Exuperancia, que vivía
encerrada en su habitación desde el fracaso de su huída con aquel gitano, salió
a ver qué pasaba. Envejecida y huraña dentro de sus casi 53 años se encontró
con todo el éxito y con toda la seguridad de su hermanita menor abalanzándose
sobre ella para abrazarla, para decirle “Perla.
Perla. Perlita querida”, un apodo que pertenecía a viejos mundos: es
decir, al pasado. Y lloraron y se besaron y la vida les recordó que todavía
quedaba mucho camino por delante y que un gitano de mierda era sólo eso; un
pobre ser humano que deshonraba a la comunidad húngara, y a la comunidad
chipriota, y a la comunidad argentina, y (ya que estaban) a cada uno de los
vecinos de aquel barrio de trabajadores llamado Loteo Arco Iris, aunque ya no
fuera un loteo; pero, ya se sabe, que los nombres no siempre tienen relación con
las cosas. Y ése, aunque no lo parezca, podría ser el motivo de este informe.
Hacia la noche, cuando los padres ya descansaban, Juana Limosnera
y Exuperancia (es decir: la recién retornada Karen y la recuperada Perla)
visitaron a su hermana Bartolomea, alias Gala,
que se reponía de un largo festejo hispano-chipriota que había durado un mes y
que había sido el corolario del casamiento de Gregoria, su única hija, con
Celso Fernández, último contador de la fábrica de dulce de leche Tío Doro y actual gerente del
establecimiento.
Una hora más tarde, Karen,
Perla y Gala se dirigieron hacia un country privado, en las afueras, para
encontrarse con Perpetua, la mayor de las cuatro hermanas, a la que (salvo una
que otra amiga de la infancia) ya nadie le decía Jani. Perpetua había enviudado dos veces en el mismo día. Su primer
marido había muerto en un accidente de aviación en el cual, por esas
casualidades que le agregan encanto a las desgracias, también viajaba su
segundo marido. Perpetua tenía cuatro hijas (dos de cada matrimonio) que vivían
todas en diferentes países, había olvidado definitivamente su amor por las
motocicletas y por la música de rock, y había logrado hacerse de una fortuna
considerable produciendo papelería comercial: hojas membretadas, tarjetas en
relieve, anotadores y otros artículos de oficina. ¿Quién no tuvo alguna vez una
Agenda Perpetua? Fruto de la
oportunidad, también, y del mandato inconsciente que imponen ciertos nombres,
las agendas imaginadas por Perpetua Charinou crearon un estilo y un producto
genérico, totalmente ajeno al transcurrir de los años. Porque, a decir verdad,
con el apodo Jani (escrito Honey, o como fuera) ¿qué se podría
haber hecho más allá de un cuadernito de 16 páginas?
A partir de aquel inolvidable 12 de noviembre la vida se
convirtió en un acogedor remanso para el viejo matrimonio Charinou Claridepirgos,
que pudo asistir a la plácida madurez de sus hijas (mujeres sin hombres, pero
felices; aunque tal vez, felices por eso).
El 9 de julio, cuando el país se llenaba de escarapelas y
de escenarios folclóricos desbordados de zambas y chacareras para festejar otro
aniversario del histórico congreso, nació la primera bisnieta de los bisabuelos
inmigrantes. Gregoria había dado a luz, mediante cesárea (como lo imponía la
medicina comercial de entonces), una hermosísima niña de ojos absortos y cráneo
soberbio. Los bisabuelos, como era de esperar, apelaron al santoral para
averiguar qué nombre le había caído en suerte a la angelita, y también para
saber a la protección de qué mártir habría que encomendarla.
Si todo seguía su curso normal (si los deshielos continuaban
sucediendo en las altas cumbres y si los peces todavía nadaban bajo el agua) la
niña tendría que llamarse Verónica, que era un nombre puesto a rodar nuevamente
con bastante aceptación, alguien le bordaría una “ve corta” en cada ropita, la
harían hincha del club Vélez Sársfield y le enseñarían a saludar elevando los
dedos índice y mayor bien abiertos. En fin. “Y luego le diremos Pocha, o Cuqui, o Carucha, nunca
Verónica, ironizó la tía Karen, Karen Chari, nunca Milk, nunca capricho del prepotente Norte. Pero esta vez no,
queridos míos. Su santa no sufrió por ella, así que ella no sufrirá por
Verónica. Se llamará como su madrina y su madrina será la tía Exuperancia, y
nadie la llamará Perla y será muy
feliz a pesar del nombre.”
Y como se produjo un silencio que nadie se atrevió a cortar
con un rezongo, o con un argumento de esos con los pies sobre la tierra, quedó
decidido que la pequeña se llamaría Exuperancia, como su tía-abuela, y que no
le dirían Perla (ni Pinky, ni Chiche, ni Lala), y que
no permitirían que alguien se riera de nombre tan antojadizo para una pequeña
nacida en el día de santa Verónica (la monja del corazón herido), y que no
tendría por qué aparecer un gitano en su vida a envolverla con palabras falsas,
ni alguna de esas lacras. Y aunque en las altas montañas siguieron
produciéndose los deshielos y los peces continuaron nadando bajo el agua, ni
siquiera Celso Fernández (padre de la criatura y propietario de Dulces Tío Doro) se animó a decir “¡Me cacho en estos chipriotas!”. Esa
vez la palabra no escrita fue la palabra escrita.
La niña de los ojos absortos creció, heredó Dulces Tío Doro (que con el tiempo pasaría
a ser Exuperancia Lácteos) y
comprendió que la enérgica tía Karen,
la autora de “Stupid, go home”, tenía razón una vez más: “Los nombres no
convierten una cerca en una fortaleza. Las fortalezas, si cumplen su cometido,
terminarán mereciendo su propio nombre”. ¿A quién se le hubiese ocurrido
ponerle un apodo al bondadoso pero enérgico tío Doro? ¿Quién hubiese comprado
una amariconada Agenda Jani?
El tío Doro no llegaría a ver los carteles que en la ruta
anunciaban los encantos de Exuperancia
Lácteos; los bisabuelos Marto Tecuso Charinou y Fredesvinda Claridepirgos,
sí los vieron, pero ya estaban tan viejos que tal vez no lograron interpretar
esa prepotencia de los nuevos tiempos.
Dios no le dio hijos a la tía Karen. Le dio, sí, un nombre inmisericorde que no pudo defender
(Juana Limosnera; justo a la enemiga natural de la limosna), le dio la valentía
de valerse por sí misma, la suerte de hacerse respetar, el reconocimiento de lograr
que la quisieran, el elogio de que algunos buscaran sus consejos. Lo demás es
mera anécdota. Las fórmulas fijas no se repiten, si no el mundo ya habría
volado en pedazos de puro aburrido. Fue el apodo Karen, también, lo que convirtió a la tía Juana Limosnera en un ser
contradictorio y único. En el error de fábrica empezó a tomar forma su encanto.
Repito “En el error de fábrica empezó a tomar forma su encanto.”
Desgraciadamente esta frase no entró en su lápida por más
que lo intentamos.
Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

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