jueves, 12 de febrero de 2026

YA NO TENGO SED

Laura Irene Ludueña

 

El cielo parecía una herida mal cerrada. No había sol, solo una luz sucia que se filtraba a través de la nube de cenizas. El volcán no solo había ennegrecido el cielo. También había hecho colapsar las redes, los gobiernos, los templos. Lo único que seguía en pie, al parecer, era el hambre.

En otros tiempos, me habría alegrado. Los días grises siempre fueron los mejores para salir sin miedo. Sin tener que cubrirme, sin correr por las sombras como una alimaña. Pero desde hacía semanas, ese gris era permanente, y no me gustaba lo que eso nos estaba haciendo.

Estábamos por todas partes ahora. Algunos ayudaban a cargar heridos. Otros distribuían comida. Yo... yo fingía. Fingía preocupación, compasión, ternura. Había aprendido a simular bien. Aunque a veces ya no estaba segura de si seguía fingiendo. A veces me sorprendía acariciando la frente de un niño sin tener hambre. A veces me dolía la espalda de tanto estar de pie, algo imposible para los de mi especie. Y en las noches, tenía sueños. Antes no soñaba. No desde que dejé de ser humana.

Aquella tarde llegué a un claro donde solía haber un camino, lo vi y lo reconocí de inmediato: Mateo.

Alto, ceño fruncido, ojos demasiado rojos. Siempre fue territorial, brusco, obsesionado con las reglas. Lo admiré una vez. Por su coraje. Por su fidelidad a lo nuestro. Ahora solo lo miraba con una mezcla de lástima y fastidio. Mateo no entendía que el mundo había cambiado. Que nosotros también. O quizás no quería entender.

Pero lo que me detuvo no fue él, fue el otro. Un joven de piel de alabastro, cabello oscuro, sonrisa clara. Tenía algo en la mirada. No miedo. Tampoco reverencia. Tenía... ¿curiosidad?

Sentí sed. No la de sangre. Otra. Más antigua. Más humana.

—Hola —le dije, ladeando apenas la cabeza—. ¿También buscás transporte?

—No —respondió con dulzura—. Vine para ayudar a Mateo.

Y sonrió. No era gran cosa, pero me desarmó. Como si esa ternura no fuera para mí, y aun así me alcanzara. Por primera vez en muchos años, me daban ganas de hablar de otra cosa que no fuera sangre o estrategia. Quería preguntarle el nombre, saber si tenía familia, entender por qué alguien como él se ofrecía para algo como esto.

Me obligué a apartar la vista. Tomé una botella de agua de la mochila, solo para distraerme. Para no mirar su cuello. El agua ya no me servía, pero engañar al cuerpo a veces ayuda.

—¿Qué hacés acá? Este no es tu territorio —me dijo Mateo, en cuanto el chico se adelantó.

—Sospeché que eras uno de los nuestros —le respondí, con una sonrisa amable—. Solo por eso podrías saludarme.

Mateo gruñó. Le vi asomar los colmillos.

—Te lo digo bien: desaparecé. No te quiero cerca.

—Tranquilo. No vine a quitarte nada. Tal vez podríamos... compartir.

Su carcajada fue áspera.

—¿Compartir? ¿Después de todo lo que nos escondimos durante siglos? El volcán nos dio el regalo más grande. El mundo está confundido. ¡Nos necesitan! Ya no somos monstruos. Somos héroes. No lo arruines.

Iba a decirle que yo no quería nada de eso. Que ni siquiera sabía qué estaba buscando. Pero entonces apareció el pastor.

Venía de entre los troncos ennegrecidos, cargando al joven en brazos. Estaba desmayado. Un hilo de sangre le corría por la comisura del labio. Me helé.

—No discutan —dijo el pastor con voz suave—. El festín alcanza para todos.

No era la primera vez que lo veía. Algunos decían que había sido sacerdote de verdad. Que perdió su congregación en una inundación y desde entonces, predicaba en la sombra.
Tenía una forma de hablar que a veces convencía incluso a los más escépticos. Pero a mí siempre me dio miedo. No por lo que era, sino por lo que nos recordaba: lo que puede pasar cuando un monstruo cree estar bendecido.

Miré al joven –luego supe que se llamaba Tomás– y algo se desacomodó en mi interior. No era solo sed. Era culpa, ternura, ganas de salvarlo. Y no pude explicarme por qué.

—¿Qué le hiciste? —pregunté en voz baja.

—Solo tomé lo justo; quería conocerlo —respondió el pastor sonriendo con su mansedumbre habitual—. Tiene algo especial. Una luz. Me recordó... a mí, cuando aún rezaba.

Mateo se rio con desprecio. Yo no. Algo se quebró en mí.

Me quedé. No por necesidad, ni por deseo. Me quedé por él. Porque me miró como si pudiera ver en mí a alguien. No a algo.

Las semanas pasaron. Tomás se recuperó, pero ya no volvió a su pueblo. Dijo que no tenía a dónde volver. Se quedó con nosotros. Primero como voluntario. Luego como creyente.

El pastor lo tomaba del hombro, lo llamaba “discípulo”. Yo lo observaba de lejos.

Una noche, se acercó a mí.

—Sé lo que sos —me dijo.

Tragué saliva.

—¿Y no te da miedo?

—No. Pero no quiero convertirme. Solo quiero entender.

Nunca nadie me había dicho eso.

Quise hablarle de siglos, de hambre, de renuncias. De cuevas húmedas y cementerios abiertos. De la belleza terrible de la inmortalidad.

—Yo tampoco quiero que te conviertas. Solo pude decir eso.

Y él sonrió. Me rozó la mano. Y por primera vez en décadas, cerré los ojos y no tuve sed.

Desde entonces, cada vez que alguien toca la puerta para “donar”, yo me voy al fondo del caserón. Entonces, escribo. O dibujo. O simplemente espero.

Tomás viene conmigo. Me cuenta cosas de su infancia. A veces se queda en silencio. Y otras, me pregunta qué cosas extraño de cuando era humana.

Yo le contesto que no lo recuerdo. Que quizás nunca fui del todo humana. Pero ahora... tengo dudas.

El cielo sigue gris. Pero ya no me parece una herida. Es solo un cielo.
Y yo, por primera vez, solo tengo sed cuando él se aleja.

 Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.

 

 

1 comentario:

  1. Me encantó el relato. Me hizo tener sed también, sed de encontrar humanidad todavía. Sed de esperanza de días mejores

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YA NO TENGO SED