martes, 3 de febrero de 2026

MARGOT

Myriam Goluboff

 

La habitación estaba en penumbra. En el centro, Margot despidiendo la vida. La cara surcada por infinitas arrugas mantenía la delicadeza de sus rasgos, la boca bien marcada lucía de color rojo intenso, como ella lo había pedido.

Margot, un misterio para mí, la tía que paseaba su mente gastada por los jardines de un psiquiátrico de lujo. Se tejían todo tipo de leyendas en la familia; su vida, nunca del todo conocida, daba pie a imaginadas aventuras. No la había visto desde mis quince o dieciséis años, la última vez que visité su casa, tiempo antes de que la internaran.

Pero ahora la tenía ahí, en su cajón, y me odiaba por no haber hablado con ella, no haberle pedido que hiciera un esfuerzo, no haberla ayudado a recordar, a revivir sus años de juventud, a que me contara sus días y sus noches de supuestos prohibidos placeres.

Allí mismo, aún antes de darle sepultura, se leyó el testamento y supimos que todo lo que había dentro de la casa nos lo legaba a nosotros, los «niños», sus seis sobrinos-nietos, pero quedaba al arbitrio de la familia cómo hacer el reparto. Había que volver a la gran mansión, traspasar la verja de hierro, cruzar los jardines, penetrar por la pesada puerta de madera y ocuparse de inventariar todos los muebles, cristales, porcelanas y las colecciones de miniaturas que poblaban las mesas y lucían detrás de los pequeños vidrios atrapados entre el encaje de madera que las cubrían.

En ese momento decidí participar en el ritual, para intentar descubrir entre sus recuerdos algún indicio que me permitiera reconstruir el rompecabezas de su vida.

Y así, tarde tras tarde, durante una semana, pasé dos o tres horas recorriendo las enormes habitaciones de altos techos numerando y describiendo las piezas. Era un trabajo un poco aburrido, pero me permitía ir de aquí para allá, husmear por los rincones, buscar indicios.

Al llegar, lo primero que hacía era pararme frente al gran cuadro que colgaba en el rellano de la escalera que subía a los dormitorios. Era imponente, pero no por el tamaño sino por su color, que atrapaba. Allí estaba Margot. Sus ojos alargados, que parecían mirar desde lo alto, estaban rodeados de un azul intenso, casi brillante; su párpado superior, enmarcado por tres gruesas franjas, cada vez más pálidas a medida que, desde las negras y bien arqueadas pestañas, iban alejándose hacia las cejas. Estas eran tan negras como las pestañas, perfectamente dibujadas y tan negras como los propios ojos, cuya mirada intensa se ocultaba castamente tras los párpados entrecerrados. Sobre sus cabellos, también de un negro profundo, llevaba un poco ladeada una gran boina que le llegaba hasta la nuca, de un color azul igual que el de la sombra de sus ojos.

El vestido apenas se veía, pero sí sus hombros suaves, la piel muy blanca, más blanca aún por el contraste con el negro, con el azul, con el rojo oscuro de sus labios perfectamente perfilados, el mismo rojo con el que la había visto, ya sin vida, esta vez con la boca cerrada, mustia, sin lucir la coqueta sonrisa del cuadro, ese entreabrir de los labios como para regalar un beso, como para emitir un suspiro.

Un orden perfecto organizaba las filas de blusas, polleras, abrigos y vestidos. En los cajones cuidadosamente doblada la lencería de seda y encajes, las enaguas y los elegantes camisones.

En el fondo del cajón de los pañuelos de seda –los había de una gama infinita de azules, violetas y rojos– encontré unas fotos amarillentas atadas con una cinta rosada.

Me llamó la atención una en la que se la veía sentada en el asiento delantero de un coche sin capota, sonriendo a la cámara con el Arco de Triunfo como fondo. En otra, estaba en la cubierta de un enorme trasatlántico, su mano enguantada en alto, despidiéndose. Se la veía muy joven, con los mismos rasgos finos pero una expresión mucho más ingenua que en el retrato, acompañada por otra mujer, mucho mayor.

Seguí revisando la cómoda, vaciando con cuidado cada cajón, segura de que allí debió de haber escondido algún otro recuerdo. Así fue como encontré bajo un delicado pañito bordado, donde apoyaba su ropa interior, un sobre con recortes de diarios y en uno de ellos descubrí otra imagen que llamó nuevamente mi atención. Era ella, ahora convertida en noticia, otra vez saludando con el brazo en alto desde un transatlántico. Se la veía unos diez años mayor, vestía un traje discreto de corte clásico y cubría su cabeza un elegante casquete.

También encontré entre los recortes algo que parecía no pertenecer al mismo cajón: un trozo de papel irregular, manchado en una esquina, salido del mantel de una vieja mesa de madera en algún bar bohemio. Y fue inevitable que me imaginara, al leer los versos manuscritos que se dibujaban con trazo firme que arañaba el papel, a un joven poeta sentado frente a ella que, mirándola a los ojos, le hubiera escrito: «Lucero del alba/testigo de mi desvelo/qué me has hecho/niña de los ojos negros/qué me has hecho/niña hechicera», para luego rasgar el papel y entregárselo. Pero, me preguntaba, ¿iría una mujer como la tía Margot a un lugar como ese? Y supuse, entonces, que debía frecuentar no solo los ambientes de lujo, sino quizás también recorriera los lugares de reunión de los artistas que, llegados como ella de otros mundos, pululaban por las calles de la Ciudad de

la luz. Ahora sí había encontrado algo interesante. Alguien le había entregado esos versos, alguien que destilaba su amor. Pero eso no me alcanzaba, yo quería descubrir el alma de esa mujer.

Y seguí hurgando cajones hasta encontrar, bajo otro sutil paño de hilo y encaje, envueltas también en una cinta rosa, algunas cartas. Y entre ellas, algo mucho más valioso que todo lo demás: una esquela de su puño y letra, escrita con rasgos inclinados, trazo fino y regular.

Me extrañó que no hubiera nada en su mesa, todo lo que le importaba estaba en la cómoda, como si el escritorio fuera un lugar obvio donde se podría buscar su intimidad.

Escondía los recuerdos personales entre sus ropas donde seguramente pensaba que nadie iría a buscarlos, pensamiento ingenuo, simple y, evidentemente, equivocado.

Era fácil imaginarla, sentada frente al elegante mueble de patas curvadas de la pequeña antesala del dormitorio, sentada en la silla de respaldo oval recubierto de terciopelo morado, mojando cuidadosamente la pluma en el tintero, trazando las letras redondas regulares, y evocando su viaje mientras escribía sobre ese papel de color lila con letras violetas que dibujaban su nombre:

«Tu mirada ávida me quemaba las entrañas mientras te observaba. El pincel delineaba mi cuerpo sobre el lienzo y yo era tan tuya como la figura que aparecía en el cuadro, como los versos que me regalabas cuando salíamos a caminar por la plaza de Montmartre para que descansara de las largas sesiones en que posaba para tu retrato. Tu mirada, tu pincel, el lienzo y mi cuerpo, eran todo uno. ¿Qué era mi cuerpo cuando estaba sola? Una cáscara vacía. ¿Qué era tu mirada sin mí? Una simple mirada, pero yo era tu pincel y tu pintura, con ellos me atrapabas.»

Leí la misiva, ahora convertida en diario íntimo, varias veces. Estaba claro que nunca la había mandado, que esa carta no llegó a destino, quedó apresada entre las fotos y otras cartas venidas casi siempre de París, según veía en las estampillas pegadas con la conmemoración del centenario, o con la torre Eiffel. Y al leerla, tuve también la certeza de algo que ya sabía: Margot era una mujer culta que siempre había amado la lectura. Contaban que aún en el psiquiátrico, cuando ya no podía leer por sí misma, cuando no podía ni siquiera entender lo que le decían, gustaba, como los niños más chicos antes de dormir, que le leyeran en voz alta y aún entre las brumas de su entendimiento, tenía sus textos preferidos. No era solo el sonido de las palabras, el sentirse acompañada, algo debía captar de la esencia de esas historias, porque sonreía cuando le leían algunos trozos de autobiografías de mujeres brillantes, mundanas, como si quisiera recuperar así su propio recuerdo.

Me pregunté si en algún otro viaje la pasión contenida en esa carta habría encontrado su cauce. Necesitaba que fuera así, y seguí buscando hasta que descubrí que un cajón era menos profundo que los demás, pero solo por dentro, y me di cuenta de que ahí se encerraba un secreto, quizás el gran secreto.

No fue fácil quitar el fondo, nada parecía moverlo, hasta que descubrí dos pequeños agujeritos; introduje en ellos una fina aguja del coqueto costurero de viaje que parecía esperarme dentro del cajón y, como por arte de magia, saltó algún resorte y se liberó la tapa. La quité con cuidado y allí encontré mucho más de lo que yo esperaba, todo lo que esa carta parecía dejar entrever.

Había pinturas en pastel y en témpera, dibujos de Margot hasta el paroxismo: Margot con una gata, Margot sentada, Margot de pie, Margot contra una ventana, Margot desnuda entregándose a su pintor con la mirada, atrapada en su pasión por los pinceles. Margot echada sobre una sábana de seda negra, su mancha blanca ondulante en la que, como en el cuadro de la escalera, destacaban sus cejas, sus pestañas, el rojo de su boca y el de los largos guantes, uno sobre el fondo oscuro, descansando a lo largo del cuerpo, y el otro cruzado sobre el torso y apoyándose sobre su pecho.

No cabía duda de lo que ese cuerpo me decía: había deseo en la mirada del pintor, había entrega en la mirada de la modelo. Los pasteles y las témperas cobraban vida, mostraban una pasión que emergía ante mis ojos indiscretos.

Encontré también un dibujo totalmente diferente: dibujado en carboncillo que carecía de sensualidad y era simple, convencional, algo vulgar. Casi parecía fuera de lugar. Allí se la veía vestida con una bata fruncida desde el canesú, llevaba un cuellito de encaje y cerrando el escote, a la manera de botón, un broche ovalado con una perla en su centro. Como si esta fuera la hermana pobre de la Margot que aparecía en las otras pinturas, la que tenía la mansión donde yo estaba intentando desentrañar su vida.

Mi mirada se posó largo rato en esos trazos. Así hacía con todo, esperando que la realidad fuera apareciendo, sin meditarlo, sin analizar nada, hasta que los ojos se llenaban con las imágenes y estas empezaban a hablarme. El dibujo no tenía la fuerza de los otros cuadros, como si hubiera sido hecho por otro pintor, o quizás hasta por ella misma, frente a un espejo. Estaba de pie, y, aunque no aparecía un bloc en su mano ni caballete, esos detalles podían haber sido obviados, me pregunté si ese dibujo sería anterior o posterior a los otros, porque ninguno tenía fecha. Entonces volví al paquetito, a desatar nuevamente el lazo rosa y me propuse leer con atención cada uno de los escritos, buscando la clave. Y fue cuando encontré esta otra carta:

Margot, mi niña, nuestra pequeña está mal; la tuberculosis se ha ensañado aquí en París, y tememos por ella. La cuidamos todo lo que podemos, estamos preocupados también por los otros niños, pero ella siempre fue algo más débil, ya lo sabés. Margot, creo que sería bueno que vinieras. Sé que ahora te es más difícil, pero tendrás que dejar a tu marido, decirle que tenés que venir a Francia. Es importante, yo te necesito y esa verdad es la mejor explicación que podés darle. Allá se arreglarán sin tu presencia y quiero que si le pasa algo puedas llegar a verla. En un mes, antes de que empiece el invierno, podrás estar aquí.

En ese momento sentí que me llamaban: «¡Vamos! Hay que cerrar la casa». Escondí el paquete de cartas entre mis ropas y bajé rápidamente la escalera. Antes de abandonar la mansión, fijé la vista en el cuadro por última vez, sentí su mirada y su sonrisa, y tuve la certeza de que había hecho lo que debía. Leí tantas veces esas cartas…

 

Seis meses después, mientras miraba distraídamente por la ventana las hojas que acolchaban nuestro jardín, me invadió el recuerdo del cuadro, de las pinturas encontradas en la cómoda y las cartas que casi sabía de memoria.

Salí de casa decidida, subí al coche y fui directamente hacia una dirección y un nombre que aparecían en el remitente de uno de los sobres. Al llegar, detrás de una fila de paraísos, la casa se mostraba austera y digna con su fachada blanca, la puerta de madera maciza y las ventanas a los lados formando cuerpos salientes. Me acerqué a la entrada, toqué el timbre y esperé.

—¿Desea algo, la señorita?

—Por favor, quisiera hablar con el señor Gerardo. —Mi voz sonó firme, convincente. Había tantas posibilidades de que Gerardo también fuera ya memoria, o se hubiera mudado—. Dígale que está la sobrina de la señora Lafontaine.

Pasaron casi cinco minutos en los que estuve por escapar varias veces, hasta que por fin escuché la misma voz aguda que me decía.

—Pase, el señor la está esperando.

Me encontré frente a un hombre mucho más joven de lo que esperaba. Imaginaba un anciano, hasta lo había pensado sentado en una silla de ruedas, o padeciendo alguna grave enfermedad, tendido en su cama.

Sin embargo, estaba allí, tras su escritorio, delante de unas puertas corredizas que separaban la pequeña estancia rodeada de libros del living de la casa, y me sonreía. Sentí que todo ese tiempo me había estado esperando, como si supiera que alguien podía haber encontrado su carta, o quizás había habido muchas cartas y que podía entrar en su vida para rescatar aquel trozo de pasado, el que compartió con ella en absoluto secreto, porque Margot era una mujer casada y su marido un conocido diplomático extranjero.

Después de que en la penumbra de aquel escritorio hubiéramos hablado los dos largamente, después de haber escuchado y de haber imaginado los dolores y placeres de

la vida de la tía Margot, supe que era depositaria de un gran secreto.

Pero también tuve la terrible certeza de que, sin haberlo esperado, había desentrañado la verdad de mi propia vida. Porque descubrí que esa niña criada por mi abuela en París antes de que volvieran todos a Buenos Aires era, en realidad, la hija secreta de Margot.

Esa niña, débil desde su infancia, murió al dar a luz a su primogénita y ese, siempre lo supe, había sido el trágico final de mi madre.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

MUÑECA

Cătălina Fometici

 

La llevaron al interior del Teatro Nacional una tarde de jueves. Venía embalada en cartón rosado y brillante, impreso con imágenes del anuncio que se emitía hora tras hora por todos los canales. «StarDolls. Talento sin fronteras», se leía en grandes letras doradas en relieve sobre la caja.

Tras largos esfuerzos, que se saldaron con la lesión de dos mozos de carga, la madera bajo el cartón cedió y dejó que se desparramaran por el suelo las bolitas blancas de plástico, las tiras de papel y la nevada de poliestireno.

Ella apareció al final, majestuosa como una diva que regresa al escenario después de la caída del telón para recibir los aplausos que le corresponden. Vestía un vestido rosado de satén, abombado, con volantes de encaje, y zapatillas blancas de ballet. De la mano derecha colgaba una etiqueta con el nombre del prodigio: se llamaba Suzy y era actriz profesional. En el manual de instrucciones se especificaba que «el programa es completo y no requiere intervención. El botón de inicio se encuentra en la nuca, bajo el cabello. Se recomienda que la muñeca sea mantenida en un entorno fértil, ya que aprenderá de la actuación de los demás actores. Perfecciona por sí sola la gestualidad, la mímica y las inflexiones de la voz. Está equipada con sensores que detectan la amplitud de la sala y con un micrófono de autorregulación situado en la zona del cuello. Conservar en lugar seco, protegido de la humedad. En caso de que surjan problemas, dificultades en el manejo o para cualquier tipo de preguntas o dudas, llame al número...».

La actriz Laura Mazu se tambaleó al verla.

—¿Ya la han puesto en marcha? —susurró la artista, lívida—. ¿Ya no me dan ninguna oportunidad...? ¿Esto fue TODO?

—Vamos, vamos, tranquilízate —respondió el manager, Alexandru Mihnea, en tono conciliador—. Nadie la ha encendido. La hemos traído para el futuro, por si acaso... Ya sabes... Las personas envejecen, pero las muñecas permanecen... Tú me entiendes...

Laura ya no oía nada; se dio vuelta con un crujido del terciopelo y corrió a su camarín. Como siempre, George la esperaba, desplomado en una silla, con la cabeza entre las manos y la música a todo volumen. Es solo un payaso, se oía una vibrante voz femenina por los altavoces; es solo un payaso, y los payasos ríen y se rompen en pedazos de colores sobre el suelo de mármol...

Quería sollozar libremente, sola, sin que la perturbara ni siquiera la presencia de su hijo. En cambio, se encontró escuchando atentamente la voz del cantante. La misma banda que George siempre escuchaba, perdido en su propio mundo; las mismas canciones explosivas, la misma amalgama de guitarras eléctricas...

—¿Estás seguro de que es ella la que canta? —le preguntó entre lágrimas—. ¿Y si no...?

¿Y si también a ellos les habían traído una muñeca StarDoll, para mirarla a los ojos maravillosos y grabar los datos de su voz en el ordenador que hacía las veces de cerebro...?

George rio en silencio, mostrando sus anchos dientes.

Se respondió a sí misma: claro que también a ellos les habían traído una muñeca. Quizás Morganna, una cantante. Micrófono con autoajuste incorporado. Aprende rápido. Tiene la voz de una sirena capturada en los Mares del Norte, a la que le arrancaron las cuerdas vocales, o algo así. Pero ella, por supuesto, había reído con ganas, diciendo: «¡Qué tontería... Vamos, quiten de aquí esa porquería; es ridícula!».

 

Todo había comenzado una noche de verano, en la orilla derecha del río Bega. Una terraza mal iluminada, una mesa llena de alcohol; siluetas fantasmales, perdidas en humo azul de cigarrillos, ecos y fragmentos de risas... Y en el escenario actuaba una joven exageradamente maquillada, con voz nasal y movimientos desarticulados. «Como una muñeca manejada por hilos», observó alguien al pasar, y otro creyó oportuno filosofar: «¿Y si en el escenario hubiera muñecas...? Muñecas de verdad, en lugar de personas que juegan a ser muñecas. Que la gente se siente y mire; que ría, que llore, que sueñe. Que delire...».

El primer espectáculo con muñecos fue un gran éxito. El público casi confundió a los actores con los muñecos, pues los personajes eran pálidos y rígidos, con la mirada fija, se tambaleaban grotescamente y se movían demasiado, mientras que los títeres sonreían animadamente, recitaban sus diálogos con naturalidad y tenían una mímica perfecta. Y esta preferencia por ellos pronto fue adoptada por varios directores de teatro y ópera. Así era más sencillo: los muñecos no se cansaban, no tenían problemas de salud, no se quejaban de las condiciones laborales y no tenían sindicato.

Luego tomaron por asalto la industria musical. Se rumoreaba que casi todas las bandas de moda habían despedido a sus vocalistas y los habían reemplazado por una muñeca de la gama StarDolls: Morganna o Aurora o Philippe. Sus voces sonaban mecánicas, frías, cortantes; voces de máquina. Pero eso no duraba mucho. Alcanzaban la perfección en tiempo récord, sin necesidad de cuidados especiales.

Y durante algunos meses se habló de una película de acción realizada exclusivamente con muñecas.

Podían hacerlo todo: cantar, bailar, actuar. Grababan y aprendían. Se perfeccionaban continuamente, sin ayuda de nadie. Solo había que presionar el botón en la nuca y podían quedarse en paz.

El botón de «stop» no existía.

 

El estreno tendría lugar en menos de un mes, y los ensayos iban mal.

Para Laura, el guion no tenía ningún sentido. Las palabras le bailaban negras ante los ojos. La historia se negaba a tomar forma en su mente. Las líneas de sus compañeros de reparto caían, caían como granizo, pero las suyas parecían congeladas en el papel, muertas, sin voz.

Los colegas esperaban al margen, impacientes. ¿De verdad aquello era necesario?, se leía claramente en sus rostros. ¿No podríamos mejor...? Es decir, si ya está aquí... Incluso el director, el eternamente paciente Mateescu, parecía cada día más hosco, a punto de desatar en cualquier momento un torrente de reproches contra ella. Casi podía oírle los pensamientos, reprimidos con dificultad: ¿Cómo puedes cometer errores tan estúpidos? ¿Dónde tienes la cabeza? ¿De verdad eres tan estúpida? ¡Dios mío! ¿Por qué yo...? Pero el hombre no dijo nada; y ella se quedó con la mirada perdida desde su asiento, esperando un desenlace, fuera cual fuese.

Más allá, en la sala, George estaba solo en una butaca de la primera fila, con los auriculares puestos y los ojos cerrados: quién sabe qué escuchaba otra vez, qué le susurraba aquella voz alucinante; tal vez cantaba no llores. No hay nadie aquí que oiga tu llanto inútil (por supuesto, si es que de verdad era ella quien cantaba; Laura seguía estando escéptica al respecto).

Debería haber mostrado más entusiasmo, lo sabía bien; más esfuerzo, más implicación, más de todo. Al fin y al cabo, era un gran honor: otro papel protagonista para la diosa de los escenarios de Timișoara, uno que coronaría una carrera excepcional. Solo que, esta vez, las cosas eran diferentes. Y todos lo sabían.

En la última función, se había equivocado en sus diálogos justo en el clímax, anulando así el efecto de su falta de aliento, dejando solo una amarga sensación de emoción inicial, extinguida en sonrisas disimuladas y rostros desencajados. Y ahora, tras el telón, esa criatura con esqueleto metálico, enredada en cables y circuitos, la acechaba, grabando ávidamente sus diálogos, movimientos, voz, alimentándose vampíricamente de su propia vida...

Era evidente que estaba escondida tras el telón. O en la sombra de una pared. O incluso detrás de ella, enseñando los dientes de porcelana como si compartiera una broma conocida solo por ella. Tal vez –¡demonios!– alguien la había encendido después de todo, sin pedir permiso a Mihnea. Y ahora Suzy deambulaba sola por el interior del teatro, quedándose inmóvil en los lugares más insólitos. Hacía apenas unos días alguien la había encontrado en el baño. Estaba sentada en el suelo, con la cabeza inclinada y las manos en el regazo, como si se hubiera quedado sin batería. Solo que las muñecas StarDolls no funcionaban con baterías...

Luego la habían visto en la entrada. Parecía perdida, como asustada del mundo exterior, con los ojos de vidrio fijos en la nada y las comisuras de la boca caídas. Cuando intentaron llevarla de vuelta al armario, mostró un rostro inexpresivo y dijo: «Allí abajo está muy oscuro». Su voz empezaba a adquirir inflexiones, aunque aún le faltaba para sonar natural.

Y, por motivos incomprensibles, fue precisamente aquella voz plana la que hizo estallar por fin a Mateescu.

—¿Qué hace esto aquí? —gritó, exasperado—. ¿Quién sigue con estas bromas estúpidas? ¡Les dije que todavía no la vamos a encender... ¡Sáquenla de aquí! ¡A la basura, que no vuelva a verla! Y vamos, vamos, ¡a trabajar... ¡Que nos alcanza la Pascua de los Caballos!

… Y ahora estaba allí, en la sala; por supuesto que estaba allí, con sus bucles rubios, su vestido rosado, su carita inocente. Esperaba, sonriendo.

—Laura... Es solo una muñeca. Déjala al demonio y concéntrate aquí.

—Pero... me está mirando —balbuceó Laura.

—Maldita sea —gruñó Mateescu—. El diablo se llevó a Mihnea...

La tomó del brazo y la llevó frente a la muñeca.

—¿Quién demonios la saca de la caja, le abre la puerta del armario y la deja vagar por el edificio? —gruñó, como para sí mismo—. Y nadie quiere admitir que pulsó ese botón. O tal vez nadie lo hizo realmente. Tal vez se activó solo, en un momento de descuido, el día que la desembalaron... ¿La ves? Mírala. Es una maldita muñeca. Un montón de circuitos controlados por computadora metidos en su cabeza, todos impulsados ​​por un motor que sabe cómo funcionar. Lee el manual de instrucciones, lo dice. ¿Entiendes? Es solo una muñeca. —Tocó la frente de Suzy dos veces con el dedo y luego giró triunfalmente hacia Laura—: ¿Ves? Suena a hueco. Así queda demostrado…

Y no vio que los ojos de la muñeca se alzaban de repente, fijos en su mano.

 

Todos los presentes en la sala aquella noche de estreno dirían, durante muchos años, que fue el mejor espectáculo que habían visto jamás. Que Laura Mazu, la estrella indiscutida del Teatro Nacional de Timișoara, nunca había estado tan hermosa como aquella noche y que nunca había actuado con tanta pasión.

Escondido tras el telón, detrás de un pliegue de terciopelo, Mateescu observaba también con atención a los artistas en escena. Le preocupaba Laura; en las últimas semanas parecía extremadamente dispersa... Sin embargo, para su sorpresa, vio que todo iba inesperadamente bien. Las réplicas fluían con naturalidad y el público estaba completamente absorto, olvidando incluso respirar. Leía en los rostros las sensaciones esperadas –estupor, miedo, piedad desgarradora, satisfacción– y se permitió suspirar aliviado. Y Laura estaba impecable, mejor incluso que en sus buenos tiempos.

«Quizá atravesó una mala racha. A veces pasa. No me extraña, con ese hijo tan travieso, siempre drogado y con la cabeza en las nubes… También vio a George en su lugar habitual, en la primera fila, con la boca abierta y la mirada perdida en la distancia. Probablemente no veía ni oía nada de lo que pasaba en el escenario, tal vez todavía tenía los auriculares puestos y escuchaba esa porquería ruidosa de la que no podía apartarse... ¿Qué tarareaba antes? El demonio acecha en las sombras, y tú eres su presa. No te engañes susurrando con los ojos cerrados que no existes, que no estás ahí, porque él está ahí, sonriendo triunfalmente y abriendo los brazos para darte la bienvenida...

La voz de Laura se oía clara, sonora, con una expresividad conmovedora; su silueta se movía grácil y ligera bajo la luz de los reflectores. El papel le sentaba de maravilla, mostrándola al público tal como era: frágil, desbordada de lágrimas y melancolía, pero fuerte en su sufrimiento. Y el público le respondía en consecuencia, vibrando a su compás.

«Ha estado bien», decidió Mateescu. «Ha estado muy bien».

Se sorprendió a sí mismo aplaudiendo cuando la sala, de pie como un solo cuerpo, estalló en aplausos atronadores que parecían no terminar nunca.

De vuelta en los bastidores, alguien descorchó una botella de champaña. El señor Alexandru Mihnea, de buen humor, alzaba su copa llena y repartía generosamente sonrisas y felicitaciones por todas partes.

—Bueno, ¿y dónde está nuestra estrella? —preguntó de pronto, mirando a su alrededor—. ¿No viene a brindar con nosotros?

En efecto, Laura no se veía por ningún lado. Tal vez había corrido hasta su camerino para dejar allí el montón de flores recibidas; o tal vez necesitaba unos momentos de tranquilidad. Era comprensible, después de la agitación de las últimas semanas y, sobre todo, tras aquellos instantes tan intensos vividos en el escenario.

Aun así, Mateescu decidió pasar a verla, para asegurarse de que todo estuviera bien.

La puerta del camerino estaba cerrada. El hombre llamó varias veces y luego bajó el picaporte.

—¡Laura!… ¿Qué te pasa, te sientes mal?

La mujer estaba sentada frente al espejo, de espaldas a la entrada, con el cabello suelto sobre los hombros. La música rugía en los altavoces; una voz femenina cantaba: ¿Qué has hecho? Hablaste y dijiste las palabras que debías callar. Se clavaron como flechas en el silencio y se evaporaron, pero su eco aún flota como un humo perezoso. Si hubieras callado, quizá no habrías tomado conciencia de la presencia del Gran Vacío…

—¡Laura! —gritó él más fuerte—. Mira, te traje también una copa de champaña. ¿No vienes a…?

Ella se dio la vuelta; la copa de la mano de Mateescu resbaló al suelo y se hizo añicos en decenas de fragmentos brillantes. La alfombra absorbió con avidez el líquido dorado, dejando una mancha húmeda.

—¡Eres… Tú…!

La muñeca rio casi de forma natural, con los labios de goma siliconada descubriendo los dientes de porcelana. Se había retirado parcialmente el maquillaje en tonos dorados; su rostro aparecía liso, frío. Solo entonces Mateescu vio el cuerpo de Laura tendido inerte en el suelo, boca abajo.

—Ha sido perfecto, ¿no es así? —preguntó Suzy, aun riendo.

Su mímica era perfecta; imitaba sin error los movimientos de los músculos del rostro humano. Se levantó ágil del taburete, con la gracia de una mujer real, de carne y hueso.

—Vamos. ¡Hay que celebrar!

 

Cătălina Fometici nació el 4 de octumbre de 1986. Es escritora de narrativa fantástica, oscura, horror y ciencia ficción. Su debut se produjo en septiembre de 2011 con el relato "Personas sin rostro", Gazeta SF (Premio Gazeta SF al Debut del Año 2011 en Gazeta SF). Es autors del volumen en prosa de fantasía oscura Căinii Diavolului (2017) y de la novela de fantasía y ciencia ficción El imperio de cristal (2018). Su narrativa ha aparecido publicada en las revistas online Gazeta SF, Suspans, Revista de Suspans, Egophobia, Argos, Galaxia 42. Y sus trabajos han sido incluidos en las antologías Las historias más bellas de ciencia ficción y fantasía (2017), Ficțiuni centenare (2018), Al este de una galaxia conocida (2019), Sub apa dragonului strâmb (2019), Noir de Timișoara (2019), Boabe de poveste (2023) y Stația Pământ 12 – Apocalipse de luxe (2023).

 

EL OJO DE LA GRAN MADRE

Jørn Johansen

 

Por el este se extinguía el último resplandor del sol, y el frío comenzó a deslizarse sigiloso. El viejo Aga echó un leño al fuego: la llama de la vida no debía apagarse. Sin ella, ni siquiera la piel más gruesa podría permitirles sobrevivir durante la noche, que sería la más fría en mucho tiempo. Pero si lograban superarla, solo quedaría medio día de marcha hasta el templo. Aga observó a los seis muchachos que llevaba consigo: no todos regresarían a casa. No todos sobrevivirían a la prueba de la hombría. Hagam era fuerte, pero pensaba poco y nunca dudaba. Jiko pensaba mucho, pero dudaba en exceso. Ninguna de las dos cosas jugaba a favor de los muchachos. Pero así era la voluntad de la Gran Madre.

Aga era el único que miraba hacia el fuego; los demás estaban sentados de espaldas, con las manos sobre las lanzas, listos para el combate. Las criaturas que acechaban a su alrededor percibían la hoguera: algunas buscaban el calor, otras la luz, pero la mayoría buscaba alimento. Aga alzó la mirada hacia la oscuridad que los cubría.

—En las leyendas más antiguas se contaba que quienes vivieron antes del tiempo de las leyendas hablaban de una era aún más remota en la que había luz en el cielo nocturno. Pequeños y débiles puntos de luz a los que llamaban estrellas.

Hagam resopló con desdén.

—En aquellos días y eras, el jugo de Mtchasa corría libremente. Nadie sabía qué era verdad, qué era realidad o qué era jugo de Mtchasa.

El viejo Aga asintió.

—Cierto. Y cuántas palabras no se han olvidado o deformado a lo largo de esas eras. Pero tampoco podemos saber que no sea verdad. También se contaban historias de un tiempo en que todos los humanos tenían dos orejas, dos ojos, dos brazos y dos piernas.

La risa resonó sobre las frías llanuras.

—Es el jugo de Mtchasa el que habla con lenguas torcidas.

Todos alrededor del fuego asintieron. Nadie iba a contradecir a Hagam en eso. Incluso el viejo Aga dejó escapar una risa ante lo absurdo de semejante historia.

—También se decía en esos cuentos que, una vez, en un pasado remoto, no estaba permitido comer carne humana.

El silencio incrédulo fue absoluto.

—Sí, eso decían esos cuentos. También decían que la Gran Madre apagó las estrellas como castigo por aquella rebelión contra su palabra. Los humanos ya no merecían luz durante la noche. Otros relatos contaban que las estrellas simplemente vivieron sus vidas y se extinguieron por la vejez.

Hagam sacudió la cabeza, riendo.

—En verdad, en los viejos tiempos el jugo de Mtchasa corría libre y sin freno. Si los humanos no se comían entre sí, desde luego no merecían luz alguna en la noche.

El silencio se prolongó largo rato antes de que Aga volviera a hablar.

—En las leyendas más antiguas se contaba que, antes del tiempo de las leyendas, hubo una era en la que cada vez más humanos comían cada vez más plantas y animales del mundo. Se comieron a todos los hangu, a todos los moloknotu y toda la hradinia. Para mantener calientes a tantos humanos, quemaron casi todos los árboles que existían. Se dice que incluso quemaron piedra en su desesperación y llenaron el cielo de humo negro. En aquel tiempo hacía más frío que ahora; el ojo de la Gran Madre estaba lejano y retraído. Solo cuando estuvieron al borde de la extinción regresaron a la Gran Madre y comenzaron a comer humanos de nuevo. Volvimos al círculo de la vida. Nacemos, comemos, morimos y somos comidos.

Todos respondieron al unísono:

—Así es la verdad, así es la realidad. Así lo dice la Gran Madre.

La noche fue larga y fría. El viejo Aga mantuvo vivo el fuego y contó historia tras historia para mantenerlos despiertos. La hoguera les quemaba la espalda mientras la escarcha mordía sin piedad el rostro. Finalmente, comenzó a brillar por el oeste. Lenta, pero inexorable, el sol se elevó. El gran ojo rojo llenó el cielo y el ojo de la Gran Madre los calentó con su mirada. El calor era una bendición para un cuerpo viejo. Cada año el ojo de la Gran Madre se acercaba un poco más; cada año el amargo invierno era un poco más corto. La Gran Madre recompensaba, en verdad, a quienes honraban su palabra. Jiko se volvió hacia Aga y preguntó:

—¿Qué dicen los cuentos más antiguos sobre nuestro amado sol?

—Dicen que ella es la última estrella; cuando se apague, solo habrá frío y oscuridad por toda la eternidad. Pero en aquellos tiempos el jugo de Mtchasa corría libre y sin freno. Vamos: el templo y el banquete nos esperan.

Jørn Johansen nació en Noruega en 1969. Creció en una zona rural rodeada principalmente de pequeñas granjas y bosques. Desde pequeño, su imaginación se vio estimulada por las raíces extrañas y los fósiles que encontraba a su alrededor. Pronto descubrió el mundo del cómic y los libros. Autores como C.S. Lewis y Julio Verne lo arrastraron al mundo de la fantasía y la ciencia ficción. J.R.R. Tolkien, Robert E. Howard y H.P. Lovecraft se aseguraron de que se quedara. De joven, soñaba con ser arqueólogo, mercenario o escritor, pero terminó como operador de maquinaria en una fábrica de productos lácteos. Siempre ha tenido incursiones en la escritura, pero solo comenzó a tomárselo en serio en sus últimos años.

 

lunes, 2 de febrero de 2026

EL GRAN TRUEQUE

Oscar De Los Ríos

 

Año 2030. Nuuk, Groenlandia.

​La independencia de Groenlandia fue sencilla pero lenta. En cambio, conseguir un nuevo patrocinador —las cuentas no cerraban— duró exactamente lo que tarda un cubito de hielo en derretirse dentro de un vaso de whisky barato. Pero antes de la firma oficial, hubo tres reuniones privadas. Tres visitas de cortesía que sellaron su destino.

​Los primeros en llegar fueron los chinos. Su delegación no aterrizó sobre el hielo azul, se “materializó”. El jet al que nadie oyó ni vio llegar descendió verticalmente sobre el puerto de Nuuk. El embajador Li invitó al Primer Ministro Malik a una ceremonia de té dentro de una cápsula estéril y blanca.

Li sirvió un té que humeaba en código binario.

—Honorable Malik —dijo Li, sin mover los labios; hablaba por un traductor implantado en su garganta—. Dinamarca les da migajas. Nosotros ofrecemos armonía. Si se nos unen, triplicaremos el subsidio de esos europeos pálidos.

—¿Cómo? —preguntó Malik, desconfiado.

—Con eficiencia —sonrió Li—. Nunca volverán a sentir frío. Convertiremos su nieve en vapor productivo. Solo firmen aquí.

​Dos horas después, llegó el general Ivanovich. No hubo té. Hubo un banquete de carne cruda y vodka destilado con isótopos de Chernóbil sobre el capó de un tanque anfibio estacionado ilegalmente en la plaza central.

Ivanovich abrazó a Malik con tanta fuerza que casi le disloca una costilla.

—¡Camarada del Norte! —rugió, con la cara roja por el frío y el alcohol—. Olvida a los chinos y sus juguetes. Rusia ofrece fuerza. Triplicaremos lo que les da Finlandia...

—Dinamarca —corrigió Malik, tosiendo.

—¡Da igual! Noruega, Finlandia, todos son lo mismo. Nosotros les daremos calor nuclear. Energía infinita. Seremos hermanos de sangre y uranio.

A Malik se le cruzaron los ojos inuit, tan chiquitos y negros como carozos de aceitunas.

​Finalmente, llegó Él. El Air Force One, ahora pintado completamente de dorado, aterrizó aplastando accidentalmente el único huerto de tomates de la isla. Donald Trump bajó por la escalerilla lanzando fotos de su propia postulación a "Primer Ministro Supremo" de la isla ante la multitud (que constaba de tres pescadores y un perro).

Llevó a Malik a una carpa con aire acondicionado puesto a la temperatura ambiente y le sirvió una hamburguesa de carne de ballena procesada y regada con whisky.

—Mike, escúchame —dijo Trump, masticando con la boca abierta—. Antes que nada, deberías cambiar tu nombre, Malik suena a perdedor. Me encantan los iglús. Son fantásticos. Pero son pequeños. Conmigo, tendrán el triple. El triple de diversión, el triple de alegría, el triple de todo. Haremos de Groenlandia el estado 52, o 53, perdí la cuenta después de comprar Alberta. Será "Huge".

​Las promesas eran enormes, pero vagas. "El triple", decían todos. Pero nadie sacaba la chequera. Fue gracias a eso que se le ocurrió una idea brillante: haría una subasta. Convocó a los tres al día siguiente para concretar. Nada de "quizás". Quería ver los bienes.

​Se reunieron en El Gran Salón del Pueblo (el gimnasio de la escuela primaria). Afuera, los Tupilaq golpeaban las ventanas, presintiendo el desastre, pero los guardias pensaban que era granizo.

Malik se sentó mirando al público. De frente, a su izquierda, el chino Li con sus implantes bursátiles. A su derecha, el ruso Ivanovich con su abrigo de piel viva. Y en el centro, Donald, revisando su maquillaje naranja en el reflejo de una cuchara.

—Señores —dijo Malik—. Ayer prometieron el paraíso. Hoy quiero ver el contrato. ¿Quién da más?

​Li se puso de pie, ante la protesta de Ivanovich, que quería hablar primero. Donald los miró como diciendo: "Mátense. La última palabra la diré yo".

—Nuestra promesa de "no más frío" es literal. China ofrece la construcción de la Cúpula de Jade. Un domo de cristal policromado que cubrirá toda la isla. Calefacción centralizada a 25 grados constantes. Cultivaremos arroz en los fiordos. La isla entera será habitable.

Malik dudó. Apenas tenían una pequeña franja para vivir, el resto de la isla era inhabitable; pero un "tupper gigante" no sonaba tentador.

​Ivanovich golpeó la mesa.

—¡Estupideces! Rusia ofrece LIBERTAD, en esto somos especialistas. Instalaremos motores atómicos en la costa sur y, literalmente, remolcaremos Groenlandia hasta el Caribe Ruso (omitiendo mencionar que se refería al Mar Negro). ¡Tendrán sol de verdad, no lucecitas chinas de colores!

Malik suspiró. Este ruso loco es capaz de hacerlo.

​Trump se levantó, mirando a todos con suficiencia.

—Terribles ofertas —dijo—. Muy tristes. Yo ofrezco alegría, ofrezco “Bienes Raíces Premium”.

A una señal suya, un asistente desplegó un mapa holográfico.

—Olviden el dinero. Les doy tierras. Tierras calientes. —Señaló una isla en el mapa—. Les doy... La Habana.

Hubo un silencio.

—¡¿Cuba?! —preguntó Malik desconcertado.

—La capital. Es vuestra. Música, tabaco, coches antiguos. La cambiamos pelo a pelo. Ustedes me dan el hielo, yo les doy la salsa.

​El chino Li soltó una risa metálica.

—Objeción —dijo con voz robótica—. Estados Unidos ocupa Cuba, pero no la controla. Hay células rebeldes en cada esquina. Si los inuits se mudan allí, serán vistos como invasores yanquis.

—¡Exacto! —gritó el ruso Ivanovich—. ¡Los cubanos los usarán para hacer mojitos! En dos semanas, los inuits serán expulsados al mar en balsas. No tendrán patria. Es una trampa mortal.

​Trump, furioso por ser interrumpido, se deslizó en el mapa hacia abajo, como si estuviera esquiando.

—¡Vale, vale! Son muy exigentes. Entonces... ¿Qué les parece esto? —Desplegando su vieja sonrisa de vendedor de autos usados, señaló Venezuela—. Les doy una franja de 500 kilómetros. Salida al mar. Petróleo infinito. Arepas. Es un trato increíble.

—Imposible —interrumpió el ruso—. La "Resistencia Bolivariana" está armada hasta los dientes con misiles que... bueno, que yo les vendí. Si mueven a su gente a la costa venezolana, estarán atrapados entre la selva y el mar. Será una masacre.

—China coincide —añadió Li—. Venezuela es inestable. Perderían su soberanía en un mes. Serían refugiados sin hogar.

​Malik cerró su carpeta.

—Tienen razón —dijo el líder inuit—. Mis chamanes me dicen que esas tierras están malditas por la guerra. No aceptamos. Queremos tierras seguras. Tierras americanas de verdad. O no hay trato.

El ojo biónico de Li proyectó un holograma de fuegos artificiales silenciosos sobre la mesa.

—El declive americano es estadísticamente irreversible —zumbó el chino, mientras su maletín comenzaba a imprimir el contrato final—. La Cúpula de Jade es su único destino lógico. Firme aquí antes de que el estadounidense ofrezca venderles la Luna.

El ruso, por su parte, soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas. Mientras destapaba una botella de vodka con los dientes para celebrar la victoria inminente, empujó a Trump con el hombro, haciéndolo tambalear y caer.

Trump estaba acorralado. El sudor le corría por las sienes, derritiendo el autobronceador. Estaba perdiendo la isla más grande del mundo (y su tono naranja) frente a un comunista y un cíborg. Apoyándose en una mano para levantarse, notó que estaba sobre el mapa de Estados Unidos. Unas letras pequeñas parecían parpadear en uno de los estados: Florida.

—¡Miami! —gritó.

Todos se dieron vuelta a mirarlol, desconcertados.

Una sonrisa malévola y desesperada cruzó su rostro. Mataba dos pájaros de un tiro. También se sacaba de encima a los malditos hispanos que ya eran más del setenta por ciento de la población. ¿Cuánto pasaría antes de que pidieran la autonomía y fueran un país independiente?

​—Mike, amigo mío... tengo la solución final. —Trump se inclinó sobre la mesa, con los ojos brillando con la locura del "Art of the Deal"—. ¿Qué te parece si hacemos un intercambio de población?

—¿Intercambio? —preguntó Malik. Sus pequeños ojos se abrieron hasta parecer dos platos insertados en su rostro.

—Tú me das Groenlandia. Yo te doy... Miami.

—¿Toda la ciudad?

—Llave en mano. Mis votantes de allí se están quejando del calor. Tu gente se queja del frío. ¡Es la sinergia perfecta! Los de Miami vendrán aquí a refrescarse. Los inuits irán a South Beach a... bueno, a lo que sea que hagan. ¿Trato?

​Malik miró a sus consejeros. Miami. La tierra prometida de la televisión. Sin guerras civiles, sin cúpulas de cristal. Solo sol.

Obnubilado por una visión donde se veía surfeando en un mar con playas de arena blanca lejos del hielo frío, y sin leer la letra pequeña (donde Trump se eximía de responsabilidad por huracanes, inundaciones y plagas de pitones), Malik extendió la mano.

—Trato hecho.

Y estampó su rúbrica junto a la de Trump, quien se apuró a guardar el contrato en una caja fuerte de titanio.

Los espíritus Tupilaq, que habían logrado entrar a la reunión, rompieron las ventanas y huyeron aullando hacia el Polo Norte, temerosos de que los incluyeran en el contrato.

​La operación logística se bautizó, con la típica sutileza americana, como “Operación Hot & Cold”.

Fue el mayor puente aéreo de la historia. En el cielo del Atlántico, dos flotas de aviones gigantescos se cruzaron. Hacia el sur, transportes militares cargados con cincuenta y seis mil inuits envueltos en pieles de foca, soñando con el paraíso tropical que les vendieron en los folletos. Hacia el norte, jets de lujo y aviones comerciales repletos de jubilados de Florida, influencers de Instagram y promotores inmobiliarios, todos vestidos con bermudas, camisas de lino y un exceso de loción autobronceadora.

Se saludaron por las ventanillas. Cada uno pensando en el "mal trato" que habían hecho los otros.

​Los inuits bajaron del avión con los abrigos puestos; la temperatura a la sombra era de 42 grados, y la humedad del 98%. Al pisar la pista del Aeropuerto Internacional, tres ancianos venerables se desmayaron por golpe de calor antes de poder decir "Tierra". Venían ensayando un pasito para TikTok; hasta los mayores estaban perdiendo la identidad.

La adaptación fue rápida, brutal y grotesca.

Al darse cuenta de que los hoteles de lujo no tenían electricidad y que al quedar la ciudad vacía era tierra de nadie, los yanquis de otros estados saquearon hasta el agua de los inodoros.

​Los inuits intentaron aplicar su sabiduría ancestral al entorno urbano. Fue un espectáculo dantesco, que ni los grandes directores de Hollywood se hubieran atrevido a soñar. Inundaron la avenida Brickell, con medio metro de agua estancada y caliente, donde se veía a los cazadores inuits navegando en kayaks y umiaks improvisados, hechos con techos de descapotables oxidados.

—¡Qalupalik! —gritaban, confundiendo a los caimanes con monstruos marinos mitológicos.

Intentaban arponear a los reptiles usando palos de golf afilados que encontraron en los clubes abandonados. Pero la carne de caimán era dura y sabía a neumático.

Lo peor no era el hambre, sino el sancochado. Los inuits, biológicamente adaptados al frío extremo, empezaron a cocerse en sus propios jugos. Sus cuerpos no sabían sudar lo suficiente. Se refugiaban en los congeladores de los supermercados Walmart saqueados, durmiendo hacinados sobre bolsas de guisantes descongelados, rezando a dioses de hielo que no podían oírlos en esa latitud.

​El Primer Ministro Malik, sentado en la terraza del ático de una torre de lujo, miraba el horizonte distorsionado por el vapor, mientras se abanicaba con el contrato firmado.

—Al menos hay sol —susurró, antes de deshidratarse y convertirse en la primera momia inuit del trópico.

​Si en Miami la tragedia era húmeda, en Groenlandia era cristalina como el hielo.

Los "Miamenses" aterrizaron esperando un resort de esquí con servicio de habitaciones. Lo que encontraron fue una oscuridad eterna y un viento que les cortaba la delicada piel tratada con cremas humectantes.

—¿Dónde está el buffet? —preguntó una señora con el pelo teñido y demasiada laca, justo antes de que su cabello se congelara y se partiera en mil pedazos como cristal.

​El horror fue estético y funcional.

El bótox, tan popular entre la población de Miami, reaccionó mal al frío polar. A los diez minutos de estar a la intemperie, las caras de miles de personas se congelaron en una mueca de sorpresa permanente. Parecían un ejército de maniquíes de cera abandonados en la nieve.

Intentaron construir refugios contra el frío, pero solo contaban con la inútil nieve, que únicamente servía para hacer muñecos. Los iglús eran cosas de películas. Lo único real que conocían eran las maletas Louis Vuitton y pilas de dinero en efectivo, con las que hicieron refugios muy cool.

Encendieron hogueras quemando millones de dólares, bonos del tesoro y acciones de Apple. Se acurrucaban alrededor del fuego, intentando calentarse con la combustión de su propia riqueza, pero el papel moneda ardía demasiado rápido.

Un grupo de influencers intentó transmitir en vivo la aurora boreal.

—¡Hola, chicos, unboxing del Polo Norte! —gritó un joven. Se quedó así, frizado, con el teléfono en la mano y la sonrisa congelada, convertido en una escultura de hielo moderna que los osos polares olfatearon con curiosidad y luego ignoraron por falta de valor nutricional.

​En Washington D.C., la cosa venía distinta. Donald Trump salió al balcón de la Casa Blanca. Los fuegos artificiales iluminaban el cielo. Había ganado la reelección con el 99% de los votos.

Se ajustó la corbata roja y se acercó al micrófono.

—¡Amada América! ¡Lo logramos! Me decían: "Donald, no se puede arreglar el problema de inmigración". No solo lo hicimos, sino que, además, agregamos una nueva estrella a nuestra bandera. —Al decir esto recordó su mano apoyada sobre el Estado de Florida. Fue una señal. Indudablemente Dios estaba de su lado.

​La multitud aplaudía fervorosa. Pero nadie mencionó a los muertos. Nadie mencionó el genocidio por incompetencia climática. Solo veían el mapa. Estados Unidos era ahora más grande. Las generaciones perdidas se reponen de manera natural.

Trump esbozó una sonrisa naranja y triunfal.

En Groenlandia, un espíritu Tupilaq se paseaba entre las estatuas de hielo de los turistas, robándoles los relojes Rolex de las muñecas congeladas, preguntándose qué hora sería en el infierno.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

EL HOMBRE DE LAS ALMEJAS

Laura Weterings

 

El sol caía a plomo y la gente sudaba. Berend, un tamborilero que, como todos los días, había estado tocando canciones infantiles conocidas desde temprano en la mañana, decidió que ya había tenido suficiente y se dejó caer en el césped del parque. La hierba se sentía como una alfombra suave e incluso parecía tener un ligero efecto refrescante en su espalda. No fue el único que decidió dejar de trabajar y dirigirse al parque. A su alrededor, había más gente. La gente caminaba, descansaba y algunos tipos duros corrían a pesar del calor. Tres niños pequeños estaban sentados en una valla, y otro grupo, de mayor edad, doblaba sombreros de papel. Cisnes blancos y cisnes negros vagaban por el gran estanque. También había patos, todos nadando en el agua. Y unas urracas ruidosas estaban posadas en los árboles. A Berend le gustaba el ambiente que lo rodeaba y pudo soportar esta tarde cálida sin problemas.

Estaba a punto de cerrar los ojos para echarse una siesta cuando de pronto su mirada se posó en la belleza de una dama que pasaba junto a él. Era Marjanneke, la Marjanneke. Marjanneke era, sin lugar a duda, la chica más hermosa que jamás había visto. En eso todos los hombres coincidían. Pero ninguno de ellos se atrevía nunca a hablarle. Su belleza hacía que todo el mundo se quedara bloqueado al instante. Cada vez que Berend la veía, de su vientre escapaban mariposas. Y ahora, de pronto, pasaba caminando tranquilamente frente a él. Vagaba por la hierba descalza. Su vestido era corto y dejaba poco a la imaginación. Del vientre de Berend escaparon varias mariposas más. Descendieron y se posaron sobre el vestido de Marjanneke, que estaba estampado con flores coloridas.

Marjanneke observó las mariposas y se volvió hacia Berend. Le tiró un beso en la mano y tomó con cuidado una de las mariposas sobre su palma. La mariposa voló y ella caminó tras ella. En ese momento, de manera espontánea, se elevó todo un caleidoscopio de mariposas.

—Guau, las mariposas salen disparadas de tu vientre. Estás bien enamorado —oyó decir de pronto Berend.

Levantó la vista y vio frente a él a una anciana que sostenía un libro con adornos de plata. Se la veía pálida, como si estuviera enferma.

—¿Se encuentra bien, señora?

—La verdad es que no me siento del todo bien, pero en unos días se me pasará. Aunque por lo que veo, a tu vientre tampoco le va demasiado bien.

Puso su mano sobre el vientre de Berend, y este dejó de burbujear. Las mariposas que quedaban se calmaron.

—Gracias, eso alivia —dijo él.

—De nada. Pero tendrás que hacer algo al respecto —respondió la mujer—. Cuando se acaben las mariposas, tu oportunidad habrá pasado.

—Lo sé, y me gustaría casarme con ella. Pero no tengo ni idea de cómo hacerlo.

—¿Y por qué no se lo preguntas simplemente al hombre de las almejas?

Berend arqueó una ceja.

—¿El hombre de las almejas? ¿Dónde puedo encontrarlo?

—En la avenida Drury hay tres sillas gigantes. Suele estar allí.

Berend quiso preguntar dónde estaba la avenida Drury, pero de pronto la mujer ya no estaba. Miró a su alrededor con atención, pero había desaparecido sin dejar rastro.

Sí notó, sin embargo, que justo frente a él había un poste indicador. Tenía la forma de una seta blanca. En él se leía “Avenida Drury”, acompañado de una flecha hacia la derecha. Le pareció curioso que nunca antes hubiera notado esos indicadores en el parque. Pero le venía como anillo al dedo. Así que se dirigió hacia la derecha.

Los indicadores de la avenida Drury brotaban del suelo como setas. Sin pensar demasiado de dónde habían salido, Berend siguió las flechas. Caminó un buen trecho; el camino era recto, el camino era curvo, pero ahora que sabía dónde estaba no había quien lo detuviera. Cuando Berend llegó a las sillas, tuvo que tragar saliva. En la primera silla, que efectivamente era gigantesca, alzó la vista hacia un gigante que no tenía un aspecto muy amable.

—Buenas tardes, señor —dijo con voz temblorosa—. Me llamo Berend.

El gigante miró hacia abajo y estornudó. La ráfaga de aire hizo que Berend saliera despedido hacia atrás y cayera en la arena.

—Discúlpame, joven. Soy alérgico a las mariposas y hoy revolotean por todas partes. Yo soy tu sueño. Encantado.

—¿Sabe usted dónde puedo encontrar al hombre de las almejas? —preguntó Berend con cautela.

—Por desgracia solo puedo mostrarte tus sueños. Pero si quieres, puedes echar un vistazo por ahí y ver si lo encuentras.

—Si me ayuda con eso, se lo agradecería —respondió Berend.

El gigante tomó a Berend en su mano y abrió su gigantesca boca. De ella salía un olor nauseabundo a ajo.

—Me temo que he acabado en una pesadilla —chilló Berend.

—No tengas miedo, despertarás a salvo —dijo el gigante mientras lo acercaba más a su boca.

Sonrió mostrando los dientes y Berend notó que muchos estaban podridos. Y que aquella boca era tan grande que podía ser devorado de un solo bocado sin problema. Eso era claramente lo que el gigante tenía en mente, y Berend comenzó a gritar. Al gigante le importó poco y, con un rápido mordisco, Berend acabó en su boca. Mientras yacía sobre la lengua intentó saltar de nuevo hacia fuera, pero el gigante clausuró los labios y tragó. Berend aún tuvo tiempo de aferrarse con los brazos a la campanilla. Pero estaba resbaladiza, así que no pudo aguantar mucho. Se deslizó por el esófago y cerró los ojos.

Cuando los volvió a abrir, estaba en un parque. Se parecía al parque al que iba siempre, pero todo se veía un poco distinto. No había urracas, sino grandes grupos de loros parlantes en los árboles, que ya se habían comido su comida. También había monos que se balanceaban de rama en rama. Los osos estaban de picnic, untando bocadillos. Y en el estanque, dos vacas remaban en una barquita.

Berend observaba la escena. Sabía perfectamente dónde estaba. Pasó la mano por la arena y entre sus dedos quedaron numerosos terrones de oro. Aquel sueño le resultaba demasiado familiar. Normalmente yacía allí, igual que en la vida real, tumbado sobre la hierba, viendo pasar todo tipo de cosas. A veces estaba tocando el tambor. Ahora que había entrado en su sueño sin estar soñando, tenía la oportunidad de explorarlo mejor y quizá así acabaría encontrándose con el hombre de las almejas.

Mientras paseaba por el carril de las bicicletas, se le acercaron dos elefantitos de circo de colores. Avanzaban alegremente en patineta. Berend siempre soñaba con animales extraños que hacían las locuras más disparatadas, así que no se sorprendió.

—¡Oigan! ¿Conocen al hombre de las almejas? —preguntó.

El elefantito rosa miró al azul.

—¿El hombre de las almejas?

El elefantito azul pensó muy profundamente.

—Sí, conozco al hombre de las almejas —respondió.

—Yo también —recordó de pronto el elefantito rosa—. Juntos conocemos al hombre de las almejas.

—Genial —dijo Berend—. ¿Saben casualmente dónde vive?

—Eso sí que no lo sé —dijo el elefantito rosa—. La verdad es que no tengo ni idea.

—Yo tampoco —dijo el azul, negando con la cabeza.

Los elefantitos se despidieron con la mano y se fueron patinando.

Ahora se le acercó una jirafa con manchas de dálmata que caminaba sobre zancos de madera. Qué sueños tan locos tengo siempre, pensó Berend. Detuvo a la jirafa, que empezó a tambalearse sobre los zancos y casi se cayó. Irritada, miró a Berend.

—Oye, ¿no puedes tener un poco de cuidado?

—Lo siento, no era mi intención. Estaba soñando despierto. ¿Podrías ayudarme? Estoy buscando al hombre de las almejas.

—Nunca he oído hablar del hombre de las almejas —dijo la jirafa, aún alterada.

—Lo compensaré —decidió Berend—. Te traeré un muffin delicioso. A menudo sueño con un hombre que los vende un poco más adelante, en un puesto.

Cuando Berend volvió con el muffin, la jirafa ya había desaparecido. Dudó de si realmente había estado allí. Decidió comerse el muffin él mismo. Siempre había tenido curiosidad por saber a qué sabían en realidad los muffins de sus sueños, y este valía realmente la pena.

Cuando iba a dar un segundo bocado, un mono le arrebató el muffin de las manos y salió huyendo. Desde lo alto del árbol disfrutó ruidosamente de su dulce tentempié. Chasqueaba y silbaba como un pájaro. En ese árbol también había un grupo de loros parlantes.

—¿Conocen ustedes al hombre de las almejas? —preguntó Berend.

Empezaron a chillar y a parlotear en voz alta.

—El hombre de las almejas, el hombre de las almejas. ¿Conocemos al hombre de las almejas, al hombre de las almejas, al hombre de las almejas?

Los loros de los otros árboles se unieron. Cada vez se volvían más ruidosos y sus sonidos dominaban todo el parque. Los elefantitos, que habían estado dando vueltas en patineta todo el tiempo, se asustaron y salieron corriendo. Derribaron a la jirafa al galope. Los monos también se volvieron locos.

Eso no era una buena señal. Siempre que los sueños de Berend se salían de control, estaba a punto de despertarse. Pero aún no había tenido ocasión de buscar adecuadamente al hombre de las almejas.

Y entonces, entre todo el alboroto, ella apareció de pronto. Marjanneke paseaba por su sueño. Era ella de verdad. Su belleza era aún más ardiente que de costumbre. Con timidez, saludó a Berend con la mano. Luego entrecerró un poco los ojos, haciendo que sus largas pestañas oscuras destacaran aún más. Quiso llamarla, pero de pronto su voz dejó de funcionar. Quiso seguirla, pero sus pies tampoco respondían. No quería dejarla ir, pero permanecía allí, como anclado. Solo cuando ella desapareció por completo de su vista, Berend se atrevió a moverse y se apresuró a ir tras ella. Pero no estaba por ninguna parte. Aun así, Berend no se rindió y siguió buscándola hasta volver a verla.

Reunió todo su valor para hablarle y se aclaró la garganta. De su vientre escaparon de nuevo algunas mariposas. Cuando los primeros sonidos estaban a punto de rodar por su lengua, Berend salió disparado hacia el espacio. Dio varias volteretas y, con un profundo suspiro, sus piernas volaron por el aire.

Con un fuerte golpe, aterrizó en la arena.

—Disculpa —dijo su sueño, que acababa de escupir de nuevo a Berend—. Me habría gustado permitirte que miraras un poco más, pero mi alergia se activó. Estornudo solo con pensar en mariposas. Espero que hayas encontrado lo que buscabas.

—Fue una experiencia especial, pero de poco me ha servido. No he conocido al hombre de las almejas. Y casi tuve contacto con la chica de mis sueños.

Berend volvió a observar atentamente las tres sillas gigantes. En la primera y en la última se sentaba un gigante. Y en la del medio había un hombrecito. Decidió hablarle.

—¿Conoces al hombre de las almejas?

—Sí, conozco al hombre de las almejas. Es más, yo soy el hombre de las almejas.

—Entonces eres a quien busco. Me gustaría casarme con Marjanneke. Y me han dicho que tú podías ayudarme.

—¿Sabes quién soy?

—El hombre de las almejas —dijo Berend.

—El hombre de las almejas, en efecto. Así me llaman. Soy el padre de Marjanneke.

Berend se sobresaltó y cayó de rodillas.

—Oiga, anciano, ¿me permite casarme con su hija?

El hombre de las almejas frunció el ceño y se pasó la mano por el cabello.

—Dime, joven, ¿cuál es tu riqueza?

Berend mostró su tambor y sus baquetas. El hombre de las almejas dejó caer la cabeza entre las manos y suspiró profundamente. No era la primera vez que alguien le pedía la mano de su querida hija.

—¡Espera, vengo de una buena familia! Mi padre es gran duque de…

El hombre de las almejas no le dejó terminar.

—Aunque fuera el emperador de todo el reino y me trajeras oro a manos llenas, no me preocuparía lo más mínimo.

Berend se desplomó.

—¿Eso significa que me rechaza?

—¿Quién soy yo para rechazar a un futuro yerno? La única que decide es mi hija Marjanneke. La elección es suya y de nadie más. Si ella se conforma con un inútil como tú, es cosa suya. Pero siempre es la misma historia. Es muy solicitada. Todos los jóvenes acuden a mí, pero nadie tiene el valor de acercarse a ella directamente. No muerde, ¿sabes?

—¿Así que simplemente debo acercarme a ella chica con dulzura y pregúntale si quiere salir y todo estará bien?

El hombre de las almejas se encogió de hombros.

—Así de simple funciona. Claro que luego ella tiene que decir que sí. Y las mujeres, en ese aspecto, no son previsibles. Pero siempre vienen aquí los mismos tipos. Hasta ahora, ninguno ha llegado tan lejos.

Berend decidió también presentarse al gigante de la tercera silla. Este tenía un aspecto menos hosco que su sueño.

—¿Puedo preguntar quién eres?

—Soy tu realidad.

—Entonces, si me tragas, ¿vuelvo al parque? No al parque de mis sueños, sino al parque donde toco el tambor todos los días. ¿Así no tengo que volver caminando todo ese trecho con este calor?

—Podría decirse así. Si te atreves, claro.

Como ya lo había vivido una vez, Berend no tenía miedo. Era comparable a un tobogán largo y era la ruta más rápida.

—Una pregunta más: ¿no tienes alergias? ¿A las mariposas o algo así? ¿O un estómago sensible que te haga vomitar?

—Por suerte, no. Suelen ser los tipos soñadores los que andan siempre delicados.

—Entonces, ¿me ayudarías?

—Ningún problema —dijo la realidad.

Levantó a Berend y lo engulló de un mordisco desde su mano. Berend apenas logró esquivar sus incisivos. Estaban más limpios, pero eran mucho más peligrosos que los dientes de su sueño. Sus colmillos también eran largos y afilados como cuchillas. De pronto, su realidad empezó a triturar con las muelas, como si quisiera pulverizar a Berend entre ellas. Rápidamente, Berend se lanzó garganta abajo. Esta vez la caída pareció durar más tiempo. Empezó a faltarle el aire y dudó de si había sido una buena decisión. Quizá así, el hombre de las almejas se libraba de todos los candidatos que no le gustaban. También podría haber regresado caminando.

Cuando empezó a perder la esperanza y cerró los ojos con miedo, se detuvo. Los abrió y volvió a estar en el parque. Vio algunas urracas, una ardilla y en el estanque los patos y los cisnes, pero no había rastro alguno de elefantes de colores.

Desde la distancia, Marjanneke regresaba caminando por la hierba donde él yacía. Parpadeó y se pellizcó para asegurarse, pero ella no era un sueño. Estaba descalza; se acercó y hasta dio una vuelta a su alrededor. Se dio cuenta de que era ahora o nunca.

Pero parecía que su belleza volvía a paralizar su voz. Abrió la boca y no salió sonido alguno. Solo unas mariposas revolotearon fuera de su garganta. Eran más pequeñas que las anteriores y eran las últimas mariposas que le quedaban.

La anciana con la que se había encontrado antes estaba sentada un poco más lejos, en un banco, observando si tenía éxito. Se llevó la mano con gesto nervioso a los ojos y decidió seguir leyendo su libro. Marjanneke se alejó de Berend. Muy lentamente, y hasta se dio la vuelta varias veces a propósito. Berend quería, pero no podía. La última mariposa se fue. Decepcionada, Marjanneke desapareció en la distancia. Se sentó sobre una piedra. Todo el día sola.

Berend vio siete ranitas.

No croaron.

Laura Weterings, una entusiasta de los caballos y viajera de ensueño, nació en Kaatsheuvel. Durante sus sueños lúcidos, vive aventuras maravillosas, que luego plasma en dibujos, pinturas, relatos y poemas. Vive y trabaja en una ganadería, rodeada de naturaleza, en el pueblo fronterizo belga de Poppel. Su obra se encuentra en diversas colecciones y en sus propios libros: Het Rossenreyders Gymnasium (La Escuela Infantil de la Rosa) y Beestige Dromen (Sueños Bestiales).

 

UNA VISITA AL MUSEO