Myriam Goluboff
La habitación
estaba en penumbra. En el centro, Margot despidiendo la vida. La cara surcada
por infinitas arrugas mantenía la delicadeza de sus rasgos, la boca bien
marcada lucía de color rojo intenso, como ella lo había pedido.
Margot, un misterio para mí, la tía
que paseaba su mente gastada por los jardines de un psiquiátrico de lujo. Se
tejían todo tipo de leyendas en la familia; su vida, nunca del todo conocida,
daba pie a imaginadas aventuras. No la había visto desde mis quince o dieciséis
años, la última vez que visité su casa, tiempo antes de que la internaran.
Pero ahora la tenía ahí, en su
cajón, y me odiaba por no haber hablado con ella, no haberle pedido que hiciera
un esfuerzo, no haberla ayudado a recordar, a revivir sus años de juventud, a
que me contara sus días y sus noches de supuestos prohibidos placeres.
Allí mismo, aún antes de darle
sepultura, se leyó el testamento y supimos que todo lo que había dentro de la casa
nos lo legaba a nosotros, los «niños», sus seis sobrinos-nietos, pero quedaba
al arbitrio de la familia cómo hacer el reparto. Había que volver a la gran
mansión, traspasar la verja de hierro, cruzar los jardines, penetrar por la
pesada puerta de madera y ocuparse de inventariar todos los muebles, cristales,
porcelanas y las colecciones de miniaturas que poblaban las mesas y lucían
detrás de los pequeños vidrios atrapados entre el encaje de madera que las
cubrían.
En ese momento decidí participar en
el ritual, para intentar descubrir entre sus recuerdos algún indicio que me
permitiera reconstruir el rompecabezas de su vida.
Y así, tarde tras tarde, durante
una semana, pasé dos o tres horas recorriendo las enormes habitaciones de altos
techos numerando y describiendo las piezas. Era un trabajo un poco aburrido,
pero me permitía ir de aquí para allá, husmear por los rincones, buscar
indicios.
Al llegar, lo primero que hacía era
pararme frente al gran cuadro que colgaba en el rellano de la escalera que
subía a los dormitorios. Era imponente, pero no por el tamaño sino por su
color, que atrapaba. Allí estaba Margot. Sus ojos alargados, que parecían mirar
desde lo alto, estaban rodeados de un azul intenso, casi brillante; su párpado
superior, enmarcado por tres gruesas franjas, cada vez más pálidas a medida que,
desde las negras y bien arqueadas pestañas, iban alejándose hacia las cejas.
Estas eran tan negras como las pestañas, perfectamente dibujadas y tan negras
como los propios ojos, cuya mirada intensa se ocultaba castamente tras los
párpados entrecerrados. Sobre sus cabellos, también de un negro profundo,
llevaba un poco ladeada una gran boina que le llegaba hasta la nuca, de un
color azul igual que el de la sombra de sus ojos.
El vestido apenas se veía, pero sí
sus hombros suaves, la piel muy blanca, más blanca aún por el contraste con el negro,
con el azul, con el rojo oscuro de sus labios perfectamente perfilados, el
mismo rojo con el que la había visto, ya sin vida, esta vez con la boca
cerrada, mustia, sin lucir la coqueta sonrisa del cuadro, ese entreabrir de los
labios como para regalar un beso, como para emitir un suspiro.
Un orden perfecto organizaba las
filas de blusas, polleras, abrigos y vestidos. En los cajones cuidadosamente
doblada la lencería de seda y encajes, las enaguas y los elegantes camisones.
En el fondo del cajón de los
pañuelos de seda –los había de una gama infinita de azules, violetas y rojos–
encontré unas fotos amarillentas atadas con una cinta rosada.
Me llamó la atención una en la que
se la veía sentada en el asiento delantero de un coche sin capota, sonriendo a
la cámara con el Arco de Triunfo como fondo. En otra, estaba en la cubierta de
un enorme trasatlántico, su mano enguantada en alto, despidiéndose. Se la veía
muy joven, con los mismos rasgos finos pero una expresión mucho más ingenua que
en el retrato, acompañada por otra mujer, mucho mayor.
Seguí revisando la cómoda, vaciando
con cuidado cada cajón, segura de que allí debió de haber escondido algún otro recuerdo.
Así fue como encontré bajo un delicado pañito bordado, donde apoyaba su ropa
interior, un sobre con recortes de diarios y en uno de ellos descubrí otra
imagen que llamó nuevamente mi atención. Era ella, ahora convertida en noticia,
otra vez saludando con el brazo en alto desde un transatlántico. Se la veía
unos diez años mayor, vestía un traje discreto de corte clásico y cubría su
cabeza un elegante casquete.
También encontré entre los recortes
algo que parecía no pertenecer al mismo cajón: un trozo de papel irregular, manchado
en una esquina, salido del mantel de una vieja mesa de madera en algún bar
bohemio. Y fue inevitable que me imaginara, al leer los versos manuscritos que
se dibujaban con trazo firme que arañaba el papel, a un joven poeta sentado
frente a ella que, mirándola a los ojos, le hubiera escrito: «Lucero del
alba/testigo de mi desvelo/qué me has hecho/niña de los ojos negros/qué me has
hecho/niña hechicera», para luego rasgar el papel y entregárselo. Pero, me
preguntaba, ¿iría una mujer como la tía Margot a un lugar como ese? Y supuse,
entonces, que debía frecuentar no solo los ambientes de lujo, sino quizás
también recorriera los lugares de reunión de los artistas que, llegados como
ella de otros mundos, pululaban por las calles de la Ciudad de
la luz. Ahora sí había encontrado
algo interesante. Alguien le había entregado esos versos, alguien que destilaba
su amor. Pero eso no me alcanzaba, yo quería descubrir el alma de esa mujer.
Y seguí hurgando cajones hasta
encontrar, bajo otro sutil paño de hilo y encaje, envueltas también en una
cinta rosa, algunas cartas. Y entre ellas, algo mucho más valioso que todo lo
demás: una esquela de su puño y letra, escrita con rasgos inclinados, trazo
fino y regular.
Me extrañó que no hubiera nada en
su mesa, todo lo que le importaba estaba en la cómoda, como si el escritorio fuera
un lugar obvio donde se podría buscar su intimidad.
Escondía los recuerdos personales
entre sus ropas donde seguramente pensaba que nadie iría a buscarlos,
pensamiento ingenuo, simple y, evidentemente, equivocado.
Era fácil imaginarla, sentada
frente al elegante mueble de patas curvadas de la pequeña antesala del
dormitorio, sentada en la silla de respaldo oval recubierto de terciopelo morado,
mojando cuidadosamente la pluma en el tintero, trazando las letras redondas
regulares, y evocando su viaje mientras escribía sobre ese papel de color lila
con letras violetas que dibujaban su nombre:
«Tu mirada ávida me quemaba las
entrañas mientras te observaba. El pincel delineaba mi cuerpo sobre el lienzo y
yo era tan tuya como la figura que aparecía en el cuadro, como los versos que
me regalabas cuando salíamos a caminar por la plaza de Montmartre para que
descansara de las largas sesiones en que posaba para tu retrato. Tu mirada, tu
pincel, el lienzo y mi cuerpo, eran todo uno. ¿Qué era mi cuerpo cuando estaba
sola? Una cáscara vacía. ¿Qué era tu mirada sin mí? Una simple mirada, pero yo
era tu pincel y tu pintura, con ellos me atrapabas.»
Leí la misiva, ahora convertida en
diario íntimo, varias veces. Estaba claro que nunca la había mandado, que esa carta
no llegó a destino, quedó apresada entre las fotos y otras cartas venidas casi
siempre de París, según veía en las estampillas pegadas con la conmemoración
del centenario, o con la torre Eiffel. Y al leerla, tuve también la certeza de algo
que ya sabía: Margot era una mujer culta que siempre había amado la lectura.
Contaban que aún en el psiquiátrico, cuando ya no podía leer por sí misma,
cuando no podía ni siquiera entender lo que le decían, gustaba, como los niños
más chicos antes de dormir, que le leyeran en voz alta y aún entre las brumas
de su entendimiento, tenía sus textos preferidos. No era solo el sonido de las
palabras, el sentirse acompañada, algo debía captar de la esencia de esas
historias, porque sonreía cuando le leían algunos trozos de autobiografías de
mujeres brillantes, mundanas, como si quisiera recuperar así su propio
recuerdo.
Me pregunté si en algún otro viaje
la pasión contenida en esa carta habría encontrado su cauce. Necesitaba que fuera
así, y seguí buscando hasta que descubrí que un cajón era menos profundo que
los demás, pero solo por dentro, y me di cuenta de que ahí se encerraba un
secreto, quizás el gran secreto.
No fue fácil quitar el fondo, nada
parecía moverlo, hasta que descubrí dos pequeños agujeritos; introduje en ellos
una fina aguja del coqueto costurero de viaje que parecía esperarme dentro del
cajón y, como por arte de magia, saltó algún resorte y se liberó la tapa. La
quité con cuidado y allí encontré mucho más de lo que yo esperaba, todo lo que
esa carta parecía dejar entrever.
Había pinturas en pastel y en
témpera, dibujos de Margot hasta el paroxismo: Margot con una gata, Margot sentada,
Margot de pie, Margot contra una ventana, Margot desnuda entregándose a su
pintor con la mirada, atrapada en su pasión por los pinceles. Margot echada
sobre una sábana de seda negra, su mancha blanca ondulante en la que, como en
el cuadro de la escalera, destacaban sus cejas, sus pestañas, el rojo de su
boca y el de los largos guantes, uno sobre el fondo oscuro, descansando a lo
largo del cuerpo, y el otro cruzado sobre el torso y apoyándose sobre su pecho.
No cabía duda de lo que ese cuerpo
me decía: había deseo en la mirada del pintor, había entrega en la mirada de la
modelo. Los pasteles y las témperas cobraban vida, mostraban una pasión que
emergía ante mis ojos indiscretos.
Encontré también un dibujo
totalmente diferente: dibujado en carboncillo que carecía de sensualidad y era simple,
convencional, algo vulgar. Casi parecía fuera de lugar. Allí se la veía vestida
con una bata fruncida desde el canesú, llevaba un cuellito de encaje y cerrando
el escote, a la manera de botón, un broche ovalado con una perla en su centro.
Como si esta fuera la hermana pobre de la Margot que aparecía en las otras
pinturas, la que tenía la mansión donde yo estaba intentando desentrañar su
vida.
Mi mirada se posó largo rato en
esos trazos. Así hacía con todo, esperando que la realidad fuera apareciendo,
sin meditarlo, sin analizar nada, hasta que los ojos se llenaban con las
imágenes y estas empezaban a hablarme. El dibujo no tenía la fuerza de los
otros cuadros, como si hubiera sido hecho por otro pintor, o quizás hasta por
ella misma, frente a un espejo. Estaba de pie, y, aunque no aparecía un bloc en
su mano ni caballete, esos detalles podían haber sido obviados, me pregunté si
ese dibujo sería anterior o posterior a los otros, porque ninguno tenía fecha.
Entonces volví al paquetito, a desatar nuevamente el lazo rosa y me propuse
leer con atención cada uno de los escritos, buscando la clave. Y fue cuando
encontré esta otra carta:
Margot, mi niña, nuestra pequeña
está mal; la tuberculosis se ha ensañado aquí en París, y tememos por ella. La
cuidamos todo lo que podemos, estamos preocupados también por los otros niños,
pero ella siempre fue algo más débil, ya lo sabés. Margot, creo que sería bueno
que vinieras. Sé que ahora te es más difícil, pero tendrás que dejar a tu
marido, decirle que tenés que venir a Francia. Es importante, yo te necesito y
esa verdad es la mejor explicación que podés darle. Allá se arreglarán sin tu
presencia y quiero que si le pasa algo puedas llegar a verla. En un mes, antes
de que empiece el invierno, podrás estar aquí.
En ese momento sentí que me
llamaban: «¡Vamos! Hay que cerrar la casa». Escondí el paquete de cartas entre mis
ropas y bajé rápidamente la escalera. Antes de abandonar la mansión, fijé la
vista en el cuadro por última vez, sentí su mirada y su sonrisa, y tuve la
certeza de que había hecho lo que debía. Leí tantas veces esas cartas…
Seis meses después,
mientras miraba distraídamente por la ventana las hojas que acolchaban nuestro
jardín, me invadió el recuerdo del cuadro, de las pinturas encontradas en la
cómoda y las cartas que casi sabía de memoria.
Salí de casa decidida, subí al
coche y fui directamente hacia una dirección y un nombre que aparecían en el
remitente de uno de los sobres. Al llegar, detrás de una fila de paraísos, la
casa se mostraba austera y digna con su fachada blanca, la puerta de madera
maciza y las ventanas a los lados formando cuerpos salientes. Me acerqué a la
entrada, toqué el timbre y esperé.
—¿Desea algo, la señorita?
—Por favor, quisiera hablar con el
señor Gerardo. —Mi voz sonó firme, convincente. Había tantas posibilidades de
que Gerardo también fuera ya memoria, o se hubiera mudado—. Dígale que está la
sobrina de la señora Lafontaine.
Pasaron casi cinco minutos en los
que estuve por escapar varias veces, hasta que por fin escuché la misma voz
aguda que me decía.
—Pase, el señor la está esperando.
Me encontré frente a un hombre
mucho más joven de lo que esperaba. Imaginaba un anciano, hasta lo había pensado
sentado en una silla de ruedas, o padeciendo alguna grave enfermedad, tendido
en su cama.
Sin embargo, estaba allí, tras su
escritorio, delante de unas puertas corredizas que separaban la pequeña
estancia rodeada de libros del living de la casa, y me sonreía. Sentí que todo
ese tiempo me había estado esperando, como si supiera que alguien podía haber
encontrado su carta, o quizás había habido muchas cartas y que podía entrar en
su vida para rescatar aquel trozo de pasado, el que compartió con ella en
absoluto secreto, porque Margot era una mujer casada y su marido un conocido
diplomático extranjero.
Después de que en la penumbra de
aquel escritorio hubiéramos hablado los dos largamente, después de haber escuchado
y de haber imaginado los dolores y placeres de
la vida de la tía
Margot, supe que era depositaria de un gran secreto.
Pero también tuve la terrible
certeza de que, sin haberlo esperado, había desentrañado la verdad de mi propia
vida. Porque descubrí que esa niña criada por mi abuela en París antes de que
volvieran todos a Buenos Aires era, en realidad, la hija secreta de Margot.
Esa niña, débil desde su infancia,
murió al dar a luz a su primogénita y ese, siempre lo supe, había sido el
trágico final de mi madre.
Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.




