martes, 3 de febrero de 2026

MARGOT

Myriam Goluboff

 

La habitación estaba en penumbra. En el centro, Margot despidiendo la vida. La cara surcada por infinitas arrugas mantenía la delicadeza de sus rasgos, la boca bien marcada lucía de color rojo intenso, como ella lo había pedido.

Margot, un misterio para mí, la tía que paseaba su mente gastada por los jardines de un psiquiátrico de lujo. Se tejían todo tipo de leyendas en la familia; su vida, nunca del todo conocida, daba pie a imaginadas aventuras. No la había visto desde mis quince o dieciséis años, la última vez que visité su casa, tiempo antes de que la internaran.

Pero ahora la tenía ahí, en su cajón, y me odiaba por no haber hablado con ella, no haberle pedido que hiciera un esfuerzo, no haberla ayudado a recordar, a revivir sus años de juventud, a que me contara sus días y sus noches de supuestos prohibidos placeres.

Allí mismo, aún antes de darle sepultura, se leyó el testamento y supimos que todo lo que había dentro de la casa nos lo legaba a nosotros, los «niños», sus seis sobrinos-nietos, pero quedaba al arbitrio de la familia cómo hacer el reparto. Había que volver a la gran mansión, traspasar la verja de hierro, cruzar los jardines, penetrar por la pesada puerta de madera y ocuparse de inventariar todos los muebles, cristales, porcelanas y las colecciones de miniaturas que poblaban las mesas y lucían detrás de los pequeños vidrios atrapados entre el encaje de madera que las cubrían.

En ese momento decidí participar en el ritual, para intentar descubrir entre sus recuerdos algún indicio que me permitiera reconstruir el rompecabezas de su vida.

Y así, tarde tras tarde, durante una semana, pasé dos o tres horas recorriendo las enormes habitaciones de altos techos numerando y describiendo las piezas. Era un trabajo un poco aburrido, pero me permitía ir de aquí para allá, husmear por los rincones, buscar indicios.

Al llegar, lo primero que hacía era pararme frente al gran cuadro que colgaba en el rellano de la escalera que subía a los dormitorios. Era imponente, pero no por el tamaño sino por su color, que atrapaba. Allí estaba Margot. Sus ojos alargados, que parecían mirar desde lo alto, estaban rodeados de un azul intenso, casi brillante; su párpado superior, enmarcado por tres gruesas franjas, cada vez más pálidas a medida que, desde las negras y bien arqueadas pestañas, iban alejándose hacia las cejas. Estas eran tan negras como las pestañas, perfectamente dibujadas y tan negras como los propios ojos, cuya mirada intensa se ocultaba castamente tras los párpados entrecerrados. Sobre sus cabellos, también de un negro profundo, llevaba un poco ladeada una gran boina que le llegaba hasta la nuca, de un color azul igual que el de la sombra de sus ojos.

El vestido apenas se veía, pero sí sus hombros suaves, la piel muy blanca, más blanca aún por el contraste con el negro, con el azul, con el rojo oscuro de sus labios perfectamente perfilados, el mismo rojo con el que la había visto, ya sin vida, esta vez con la boca cerrada, mustia, sin lucir la coqueta sonrisa del cuadro, ese entreabrir de los labios como para regalar un beso, como para emitir un suspiro.

Un orden perfecto organizaba las filas de blusas, polleras, abrigos y vestidos. En los cajones cuidadosamente doblada la lencería de seda y encajes, las enaguas y los elegantes camisones.

En el fondo del cajón de los pañuelos de seda –los había de una gama infinita de azules, violetas y rojos– encontré unas fotos amarillentas atadas con una cinta rosada.

Me llamó la atención una en la que se la veía sentada en el asiento delantero de un coche sin capota, sonriendo a la cámara con el Arco de Triunfo como fondo. En otra, estaba en la cubierta de un enorme trasatlántico, su mano enguantada en alto, despidiéndose. Se la veía muy joven, con los mismos rasgos finos pero una expresión mucho más ingenua que en el retrato, acompañada por otra mujer, mucho mayor.

Seguí revisando la cómoda, vaciando con cuidado cada cajón, segura de que allí debió de haber escondido algún otro recuerdo. Así fue como encontré bajo un delicado pañito bordado, donde apoyaba su ropa interior, un sobre con recortes de diarios y en uno de ellos descubrí otra imagen que llamó nuevamente mi atención. Era ella, ahora convertida en noticia, otra vez saludando con el brazo en alto desde un transatlántico. Se la veía unos diez años mayor, vestía un traje discreto de corte clásico y cubría su cabeza un elegante casquete.

También encontré entre los recortes algo que parecía no pertenecer al mismo cajón: un trozo de papel irregular, manchado en una esquina, salido del mantel de una vieja mesa de madera en algún bar bohemio. Y fue inevitable que me imaginara, al leer los versos manuscritos que se dibujaban con trazo firme que arañaba el papel, a un joven poeta sentado frente a ella que, mirándola a los ojos, le hubiera escrito: «Lucero del alba/testigo de mi desvelo/qué me has hecho/niña de los ojos negros/qué me has hecho/niña hechicera», para luego rasgar el papel y entregárselo. Pero, me preguntaba, ¿iría una mujer como la tía Margot a un lugar como ese? Y supuse, entonces, que debía frecuentar no solo los ambientes de lujo, sino quizás también recorriera los lugares de reunión de los artistas que, llegados como ella de otros mundos, pululaban por las calles de la Ciudad de

la luz. Ahora sí había encontrado algo interesante. Alguien le había entregado esos versos, alguien que destilaba su amor. Pero eso no me alcanzaba, yo quería descubrir el alma de esa mujer.

Y seguí hurgando cajones hasta encontrar, bajo otro sutil paño de hilo y encaje, envueltas también en una cinta rosa, algunas cartas. Y entre ellas, algo mucho más valioso que todo lo demás: una esquela de su puño y letra, escrita con rasgos inclinados, trazo fino y regular.

Me extrañó que no hubiera nada en su mesa, todo lo que le importaba estaba en la cómoda, como si el escritorio fuera un lugar obvio donde se podría buscar su intimidad.

Escondía los recuerdos personales entre sus ropas donde seguramente pensaba que nadie iría a buscarlos, pensamiento ingenuo, simple y, evidentemente, equivocado.

Era fácil imaginarla, sentada frente al elegante mueble de patas curvadas de la pequeña antesala del dormitorio, sentada en la silla de respaldo oval recubierto de terciopelo morado, mojando cuidadosamente la pluma en el tintero, trazando las letras redondas regulares, y evocando su viaje mientras escribía sobre ese papel de color lila con letras violetas que dibujaban su nombre:

«Tu mirada ávida me quemaba las entrañas mientras te observaba. El pincel delineaba mi cuerpo sobre el lienzo y yo era tan tuya como la figura que aparecía en el cuadro, como los versos que me regalabas cuando salíamos a caminar por la plaza de Montmartre para que descansara de las largas sesiones en que posaba para tu retrato. Tu mirada, tu pincel, el lienzo y mi cuerpo, eran todo uno. ¿Qué era mi cuerpo cuando estaba sola? Una cáscara vacía. ¿Qué era tu mirada sin mí? Una simple mirada, pero yo era tu pincel y tu pintura, con ellos me atrapabas.»

Leí la misiva, ahora convertida en diario íntimo, varias veces. Estaba claro que nunca la había mandado, que esa carta no llegó a destino, quedó apresada entre las fotos y otras cartas venidas casi siempre de París, según veía en las estampillas pegadas con la conmemoración del centenario, o con la torre Eiffel. Y al leerla, tuve también la certeza de algo que ya sabía: Margot era una mujer culta que siempre había amado la lectura. Contaban que aún en el psiquiátrico, cuando ya no podía leer por sí misma, cuando no podía ni siquiera entender lo que le decían, gustaba, como los niños más chicos antes de dormir, que le leyeran en voz alta y aún entre las brumas de su entendimiento, tenía sus textos preferidos. No era solo el sonido de las palabras, el sentirse acompañada, algo debía captar de la esencia de esas historias, porque sonreía cuando le leían algunos trozos de autobiografías de mujeres brillantes, mundanas, como si quisiera recuperar así su propio recuerdo.

Me pregunté si en algún otro viaje la pasión contenida en esa carta habría encontrado su cauce. Necesitaba que fuera así, y seguí buscando hasta que descubrí que un cajón era menos profundo que los demás, pero solo por dentro, y me di cuenta de que ahí se encerraba un secreto, quizás el gran secreto.

No fue fácil quitar el fondo, nada parecía moverlo, hasta que descubrí dos pequeños agujeritos; introduje en ellos una fina aguja del coqueto costurero de viaje que parecía esperarme dentro del cajón y, como por arte de magia, saltó algún resorte y se liberó la tapa. La quité con cuidado y allí encontré mucho más de lo que yo esperaba, todo lo que esa carta parecía dejar entrever.

Había pinturas en pastel y en témpera, dibujos de Margot hasta el paroxismo: Margot con una gata, Margot sentada, Margot de pie, Margot contra una ventana, Margot desnuda entregándose a su pintor con la mirada, atrapada en su pasión por los pinceles. Margot echada sobre una sábana de seda negra, su mancha blanca ondulante en la que, como en el cuadro de la escalera, destacaban sus cejas, sus pestañas, el rojo de su boca y el de los largos guantes, uno sobre el fondo oscuro, descansando a lo largo del cuerpo, y el otro cruzado sobre el torso y apoyándose sobre su pecho.

No cabía duda de lo que ese cuerpo me decía: había deseo en la mirada del pintor, había entrega en la mirada de la modelo. Los pasteles y las témperas cobraban vida, mostraban una pasión que emergía ante mis ojos indiscretos.

Encontré también un dibujo totalmente diferente: dibujado en carboncillo que carecía de sensualidad y era simple, convencional, algo vulgar. Casi parecía fuera de lugar. Allí se la veía vestida con una bata fruncida desde el canesú, llevaba un cuellito de encaje y cerrando el escote, a la manera de botón, un broche ovalado con una perla en su centro. Como si esta fuera la hermana pobre de la Margot que aparecía en las otras pinturas, la que tenía la mansión donde yo estaba intentando desentrañar su vida.

Mi mirada se posó largo rato en esos trazos. Así hacía con todo, esperando que la realidad fuera apareciendo, sin meditarlo, sin analizar nada, hasta que los ojos se llenaban con las imágenes y estas empezaban a hablarme. El dibujo no tenía la fuerza de los otros cuadros, como si hubiera sido hecho por otro pintor, o quizás hasta por ella misma, frente a un espejo. Estaba de pie, y, aunque no aparecía un bloc en su mano ni caballete, esos detalles podían haber sido obviados, me pregunté si ese dibujo sería anterior o posterior a los otros, porque ninguno tenía fecha. Entonces volví al paquetito, a desatar nuevamente el lazo rosa y me propuse leer con atención cada uno de los escritos, buscando la clave. Y fue cuando encontré esta otra carta:

Margot, mi niña, nuestra pequeña está mal; la tuberculosis se ha ensañado aquí en París, y tememos por ella. La cuidamos todo lo que podemos, estamos preocupados también por los otros niños, pero ella siempre fue algo más débil, ya lo sabés. Margot, creo que sería bueno que vinieras. Sé que ahora te es más difícil, pero tendrás que dejar a tu marido, decirle que tenés que venir a Francia. Es importante, yo te necesito y esa verdad es la mejor explicación que podés darle. Allá se arreglarán sin tu presencia y quiero que si le pasa algo puedas llegar a verla. En un mes, antes de que empiece el invierno, podrás estar aquí.

En ese momento sentí que me llamaban: «¡Vamos! Hay que cerrar la casa». Escondí el paquete de cartas entre mis ropas y bajé rápidamente la escalera. Antes de abandonar la mansión, fijé la vista en el cuadro por última vez, sentí su mirada y su sonrisa, y tuve la certeza de que había hecho lo que debía. Leí tantas veces esas cartas…

 

Seis meses después, mientras miraba distraídamente por la ventana las hojas que acolchaban nuestro jardín, me invadió el recuerdo del cuadro, de las pinturas encontradas en la cómoda y las cartas que casi sabía de memoria.

Salí de casa decidida, subí al coche y fui directamente hacia una dirección y un nombre que aparecían en el remitente de uno de los sobres. Al llegar, detrás de una fila de paraísos, la casa se mostraba austera y digna con su fachada blanca, la puerta de madera maciza y las ventanas a los lados formando cuerpos salientes. Me acerqué a la entrada, toqué el timbre y esperé.

—¿Desea algo, la señorita?

—Por favor, quisiera hablar con el señor Gerardo. —Mi voz sonó firme, convincente. Había tantas posibilidades de que Gerardo también fuera ya memoria, o se hubiera mudado—. Dígale que está la sobrina de la señora Lafontaine.

Pasaron casi cinco minutos en los que estuve por escapar varias veces, hasta que por fin escuché la misma voz aguda que me decía.

—Pase, el señor la está esperando.

Me encontré frente a un hombre mucho más joven de lo que esperaba. Imaginaba un anciano, hasta lo había pensado sentado en una silla de ruedas, o padeciendo alguna grave enfermedad, tendido en su cama.

Sin embargo, estaba allí, tras su escritorio, delante de unas puertas corredizas que separaban la pequeña estancia rodeada de libros del living de la casa, y me sonreía. Sentí que todo ese tiempo me había estado esperando, como si supiera que alguien podía haber encontrado su carta, o quizás había habido muchas cartas y que podía entrar en su vida para rescatar aquel trozo de pasado, el que compartió con ella en absoluto secreto, porque Margot era una mujer casada y su marido un conocido diplomático extranjero.

Después de que en la penumbra de aquel escritorio hubiéramos hablado los dos largamente, después de haber escuchado y de haber imaginado los dolores y placeres de

la vida de la tía Margot, supe que era depositaria de un gran secreto.

Pero también tuve la terrible certeza de que, sin haberlo esperado, había desentrañado la verdad de mi propia vida. Porque descubrí que esa niña criada por mi abuela en París antes de que volvieran todos a Buenos Aires era, en realidad, la hija secreta de Margot.

Esa niña, débil desde su infancia, murió al dar a luz a su primogénita y ese, siempre lo supe, había sido el trágico final de mi madre.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

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