domingo, 8 de febrero de 2026

EL COMIENZO DE LA ETERNIDAD

George Lazar

 

La anciana midió con la mirada el edificio circular de oficinas, de un solo nivel, parecido a una torta colocada sobre un pedestal igualmente circular, rodeado por varias hileras de escalones no muy altos, anchos. Comprobó, satisfecha, que una porción de aquella construcción pertenecía a la Funeraria Especial “El Comienzo de la Eternidad”, donde había programado una cita hacía un mes. La empresa tenía un horario decente, como en otros tiempos, de 10 a 18, y los sábados y domingos abrían solo por urgencias, no como sus vecinos, en las otras porciones, que mantenían abierto veinticuatro horas al día, siete días a la semana, y tramitaban de todo: desde venta de billetes de avión y de vacaciones hasta cobro de multas, oficialización de matrimonios civiles o inscripciones de divorcios, según correspondiera.

Empujó –en realidad, accionó los mandos– la silla de ruedas en la que iba sentado su marido hacia una rampa discreta, recortada entre los escalones, rumbo a la amplia entrada, sobre la cual se veía el rótulo modesto (en comparación con los demás, que parpadeaban y desplegaban hologramas casi hasta golpearte, porque hacían todo lo posible por meterse en tu alma). En el cartel se leía el nombre, en letras blancas en relieve, alrededor de las cuales giraba el único elemento dinámico: un halo fino, apenas una insinuación, como los que tenían los ángeles en los cuadros de los pintores renacentistas.

Apenas entraron, las paredes se opacaron y la puerta pareció disolverse. Les salió al encuentro una joven sonriente, mulata, simpática y delgada. En la credencial impresa sobre la blusa se leía, con letras azuladas discretamente iluminadas, solo esto: Alice.

—La señora y el señor Mariani —dijo con respeto—. Los esperábamos.

Hizo un gesto con la mano y uno de los dos sillones frente a su escritorio se plegó como un paraguas y se retiró fulminantemente bajo el suelo, sin dejar rastro. Invitó a la señora a sentarse en el otro sillón, y ella pasó detrás del escritorio, donde se hundió en una silla ergonómica. La anciana guio la silla de ruedas de su marido hacia el lugar donde había desaparecido el sillón y se sentó en el otro, dejando el bolso sobre el regazo.

—Melania, querida. Dime Melania. Y a él puedes llamarlo Dan.

Desde que había envejecido, pedía a todos que la trataran de tú: le daba la impresión de que no era tan mayor.

—Por supuesto, Melania. Estoy aquí para ustedes.

El viejo alzó tembloroso la barbilla, dispuesto a decir algo, pero estalló en un ataque de tos. Melania hurgó en el bolso, se levantó deprisa y le tendió un pañuelo.

—Agua, necesita un poco de agua.

Sin perder un segundo, Alice corrió hacia un dispensador oculto detrás del escritorio y regresó con un vaso de cartón marrón, reciclado, lleno de agua. Se lo ofreció a Dan, pero Melania lo tomó y lo acercó a la boca de su marido, deslizando un poco de líquido entre dos accesos de tos. Él se atragantó peor, y la tos se intensificó. Hizo un gesto desesperado con la mano para apartar el vaso y estuvo a punto de volcarlo. Alice intervino a tiempo y lo sostuvo, aunque no antes de que unas gotas cayeran sobre los pantalones de Dan.

Mientras la joven traía de detrás del escritorio un puñado de servilletas de papel para absorber el agua, Melania sonrió, satisfecha. Tenían delante a una empleada humana, tal como prometía el folleto de la empresa, no una de esas imitaciones androides dotadas de inteligencia artificial, cuyos reflejos fulgurantes habrían atrapado el vaso antes de que se derramara una sola gota.

—Está mejor ahora —dijo Melania, y el anciano levantó un poco la mano derecha para asentir y devolverle el pañuelo, que la mujer guardó discretamente de nuevo en el bolso.

—Entonces empecemos —dijo la joven, y retomó su lugar detrás del escritorio.

—Te lo digo desde el principio: no nos interesa nada de lo clásico. Hemos leído también lo que ofrecen —declamó teatralmente la anciana, que, evidentemente, ya había preparado su discurso—. Pero como hay demasiados términos técnicos para nosotros, vinimos a hablar cara a cara, para estar seguros de que entendemos bien y elegir entre lo que nos proponen. En primer lugar, queremos ser enterrados juntos.

—Eso no es un problema, señora… Melania. Contamos con una morgue, con refrigeradores de alto rendimiento, donde el primer difunto puede esperar hasta… hasta que llegue el momento del otro cónyuge. Es una opción que se paga aparte.

La anciana hizo un gesto con la mano, como espantando una mosca insistente.

—El dinero no es un problema —dijo.

Solo que Alice ya había oído esa frase.

—Empezaré por la más barata, perdón: por la más popular y accesible. Los lanzamos en un vehículo que los llevará a una altitud suborbital y desde allí los dejaremos regresar a la Tierra.

—Mira tú, que siempre quisiste llegar al espacio —le dijo a su marido, sonriendo ampliamente.

Dan se removió inquieto en la silla de ruedas.

—Sí, mientras estoy vivo —masculló, poco convencido—. Muerto, de verdad que me da igual.

Alice se aclaró la garganta para romper el silencio incómodo.

—Al regresar, debido a la enorme velocidad que tendrán al reentrar en la atmósfera, la fricción con el aire quemará sus cuerpos ya sin vida. ¿Qué regreso más espectacular podrían tener a la planeta donde vivieron vidas plenas? Sus cenizas, unidas, se dispersarán sobre una superficie de varios miles de kilómetros cuadrados, en tierra o en el océano, o en ambos, según prefieran. —Observó atentamente sus reacciones pero, como los dos ancianos permanecieron impasibles, continuó—: O, si pueden permitírselo, podemos lanzar sus cuerpos hacia el Sol, para que se incineren allí, en la estrella que los iluminó durante toda la vida plena que tuvieron.

En realidad, ningún cuerpo llegaba a tocar la superficie del astro; la incineración ocurría antes, a millones de kilómetros, en la corona solar. Aún no se habían inventado materiales capaces de resistir los hasta dos millones de grados Kelvin que se registraban en la corona del Sol.

—Nooo —dijo Dan con esfuerzo.

—En ese caso, quizá prefieran Venus. Aunque hemos tenido solicitudes, no es un destino demasiado popular, porque allí la presión atmosférica es tan alta que aplasta los cuerpos de inmediato. Sin embargo, se considera el planeta del amor, y quienes eligen este funeral suelen haber tenido una vida de pareja armoniosa y plena. Es relativamente barato: solo hace falta un impulso inicial y otro pequeño para la inserción orbital. Así son todos los viajes hacia el Sol, cuya fuerza de atracción hace casi todo el trabajo.

—¡No quiero arder ni que me aplasten!

Su esposa le dio una palmada suave en el dorso de la mano para calmarlo.

—Yo tampoco quiero eso, pero entiendes perfectamente que no sentiremos nada, porque para entonces llevaremos mucho tiempo muertos.

—La otra variante es más cara —intervino Alice—. De hecho, mucho más cara. Podemos enviar sus cuerpos a la Luna y allí los dejaremos caer, en la cara visible desde la Tierra, por supuesto…

—No quiero arder —murmuró el anciano.

—Eso mismo —lo apoyó Melania—. Hemos dicho claramente que no queremos arder.

—En la Luna no arde nada, porque no tiene atmósfera. En cambio, les garantizamos que provocarán un cráter en el regolito selenita de al menos cincuenta metros cuadrados, con una profundidad de hasta cinco metros, y nuestra empresa se obliga por contrato a realizar las gestiones ante la Unión Astronómica Internacional, con la que tenemos un acuerdo —previo pago—, para que ese cráter lleve su nombre y figure en los mapas lunares. Por supuesto, no se pueden elegir zonas de explotación minera ni zonas habitadas. Pero el cráter permanecerá allí durante muchos millones de años. Sus hijos, nietos y amigos podrán contemplar cada noche el lugar donde fueron enterrados. Tenemos muchos clientes que han optado por este magnífico entierro: es la segunda elección más solicitada de nuestro catálogo. Pero, como ya les dije, no es barato.

La anciana volvió a hacer aquel gesto con la mano.

—En realidad, la Luna sí tiene atmósfera, pero es tan enrarecida que es como si fuera vacío —dijo con énfasis—. Toda ella pesará quizá unas diez toneladas. Evidentemente, no podemos arder en algo así. Pero omites lo que les ocurrirá a nuestros cuerpos cuando golpeen el regolito a una velocidad de decenas de miles de kilómetros por hora. La energía cinética liberada, si no nos vaporiza sin más, entonces nos desintegrará y nos dispersará en una superficie mucho mayor que el cráter que provocaríamos. Y esos millones de años que mencionas son relativos. La gente poblará la Luna y querrá expandirse con vías de acceso, astro-puertos. ¿De verdad crees que se van a tropezar con un cráter miserable? O, incluso si la probabilidad es baja pero aumenta con el paso del tiempo, puede caer un meteorito cerca –como han caído tantos otros antes– y aniquilar nuestro cráter. No queremos la Luna, Marte, Venus ni ningún otro planeta, porque no queremos que nuestros cuerpos ardan, sean aplastados por la presión o se pulvericen en el impacto. Dijimos que queríamos algo completamente especial, pero solo nos has ofrecido incineraciones o caídas. ¿Eso es todo lo que tienes? Y otra cosa: no tenemos hijos ni parientes que miren el cielo pensando en nosotros, y nuestros amigos murieron hace mucho.

Alice se quedó desconcertada. Había subestimado los conocimientos de la anciana. Se juró que no volvería a pasarle, ni ahora ni en el futuro.

—Tienen toda la razón —sonrió encantadoramente—. Estos funerales, en efecto, implican incineración o trituración del cuerpo. Se pensaron así porque todos con quienes he hablado hasta ahora querían dejar una huella, de un modo u otro: no necesariamente material, pero sí algo que quedara registrado en la memoria colectiva. Deseaban reintegrarse al Universo. No creo que les preocupara qué ocurría con sus cuerpos ya sin vida. Por suerte, tenemos otras ofertas, pero les advierto que las sumas son… simplemente enormes. Podríamos enviarlos incluso a Marte; sin embargo, los viajes interplanetarios hacia el exterior del sistema solar son mucho más caros que hacia el Sol, Mercurio o Venus, por ejemplo. Es más difícil, pero se puede organizar. Aquí hace falta esperar la ventana de lanzamiento, cuando la distancia a la Tierra es la menor. Se presenta aproximadamente una vez cada dos años. Habrá que esterilizar por completo sus cuerpos para eliminar el riesgo de contaminación planetaria. Y, como dijeron que no quieren arder, será necesario un vehículo de descenso, porque allí también hay atmósfera, aunque muy enrarecida. Por ahora solo hemos obtenido una zona en Valles Marineris donde se permiten este tipo de entierros.

Melania suspiró teatralmente.

—Como ya te dije, querida: el dinero no es problema. Mira… —hurgó en el bolso y sacó una carpeta de tapas plásticas transparentes; la puso sobre el escritorio y la abrió—. Tenemos acciones de Apple, Microsoft y Alphabet, los de Google, desde que se fundaron esas empresas. Y algunas más. Siempre nos dijimos que era bueno invertir en tecnología, y comprábamos cien dólares al mes en cada una, durante años. Era mucho dinero entonces. Esperábamos dejar esa herencia a los nietos, pero no pudo ser.

La joven echó un vistazo al fajo de papeles y sintió que le faltaba el aire. Aquellos dos poseían una fortuna inmensa. En el último medio siglo las acciones habían subido muchísimo, algunas incluso miles de veces. Las escaneó con las lentes especiales integradas en sus gafas, y el ordenador le confirmó de inmediato la suma mareante por la que podían venderse en bolsa. Para asegurarse, comprobó también el registro online de accionistas. Sí: sus clientes aparecían allí. De golpe sintió crecer su respeto por ellos.

La anciana se inclinó y susurró algo al oído de su marido; escuchó la respuesta y asintió, aprobando.

—Queremos otra cosa. Como te he dicho, no tenemos hijos ni parientes cercanos, y nuestros amigos han muerto. Los precios altos no nos molestan; de hecho, queremos gastarlo todo para tener el mejor funeral disponible.

El anciano negó con la cabeza, luego bajó la frente, cerró los ojos y empezó a roncar suavemente. Un hilito de saliva le corrió por la comisura. La conversación lo había agotado. Melania sacó otra vez el pañuelo del bolso y lo limpió.

En el despacho cayó un silencio pesado y la quietud pareció volverse fluida. Alice pensó un momento: eran, con mucha diferencia, los clientes más ricos que había visto en su carrera en “El Comienzo de la Eternidad”. Y no solo ella: eran los más acaudalados que habían cruzado el umbral de la empresa. Aunque parecían exigentes, descartó por completo la posibilidad de dejarlos irse. Así que reunió valor.

—Podríamos depositarlos en un cometa —dijo, casi a media voz—. Hay bastantes que pasan cerca de la Tierra. Es más difícil y conlleva cierto riesgo: por lo general, esos cuerpos celestes expulsan gases cuando pasan cerca del Sol. Además están rodeados de fragmentos, pero estoy segura de que podemos encontrar uno adecuado. El féretro con sus cuerpos quedará anclado en la corteza del cometa, oscilando sin fin en una órbita que los llevará lejos, incluso más allá del borde del sistema solar, hacia la nube de Oort. Es como una cuna enorme y eterna, del lujo más alto, en la que, en este momento, se mecen menos clientes de los que yo tengo dedos en una mano.

Se oyó un gruñido de desaprobación desde Dan, que había abierto un ojo a medias. Alice se apresuró a proponer otra variante, ante la inconformidad no expresada.

—O podemos transportarlos al Cinturón. Pueden elegir desde ahora un asteroide donde desembarcarlos. Allí estará su tumba: podemos enterrarlos o solo anclar el féretro en la superficie. Por supuesto, llevará su nombre; el acuerdo con la U.A.I. incluye también el Cinturón.

—¿Pero en ese lugar no hay choques entre asteroides todo el tiempo? —puntualizó Melania—. Sé que son muy poco probables, pero como nosotros hablamos de Eternidad, se convierten en una certeza. Tarde o temprano, en un millón de años, por ejemplo, ocurrirá, y la tumba que nos propones, querida, podría acabar partida y dispersa con nuestros cuerpos dentro. Es bastante siniestro, ¿no te parece?

El anciano se despertó del todo y soltó un nuevo torrente de tos. Alice saltó para ayudarlo, pero Melania la detuvo con un gesto y se levantó del sillón.

—No hace falta, porque si esto es todo lo que tienes, nos iremos.

Puntos verdes y rojos bailaron ante los ojos de Alice. Simplemente no podía permitirse perder clientes así, que probablemente aparecían una vez en la vida. O una vez en mil vidas. La comisión que cobraría si lograba convencerlos de contratar alguna de las ofertas disponibles en “El Comienzo de la Eternidad” sería la mayor que hubiera cobrado jamás. En realidad sería muchísimo, muchísimo más que todo lo que había ganado cuando empezó a trabajar en la Funeraria Especial. Casi se mareó al imaginar, en su mente, un cilindro formado por tres tambores, como los de las antiguas máquinas mecánicas de azar con palanca: los dibujos de frutas habían sido reemplazados por destellos de todo lo que podría hacer con ese dinero.

—Nos queda una última opción —dijo Alice, tensa—. Es, con mucha diferencia, la más cara y por eso nadie la ha comprado hasta ahora. Pero creo que, si liquidan todas las acciones que tienen, podrán pagarla, si es lo que desean.

La anciana, que ya había tomado el asa detrás de la silla de ruedas en la que estaba su marido, giró la cabeza hacia ella y la miró, interrogante. Dan también la miró.

—¿Qué? — preguntó secamente alzando la mano al ver la expresión seria y fruncida de Alice.

—Puedo ofrecerles el camino hacia el Comienzo de la Eternidad que ningún humano ha recorrido.

Los dos esposos se consultaron con la mirada y así, sin palabras, por la costumbre de una vida compartida, decidieron quedarse un poco más. Melania volvió a sentarse.

—Te escuchamos —pidió, con calma.

—Existe una tecnología experimental, la de una nave interestelar con vela solar. Será lanzada por una catapulta electromagnética situada en un punto de Lagrange, donde será acelerada hasta una centésima de la velocidad de la luz. El féretro con sus cuerpos, protegido de las radiaciones que asolan el espacio, será colocado en la nave, y un láser de gran potencia, ubicado en el mismo punto de Lagrange, enviará impulsos sobre la vela –de cien kilómetros cuadrados– durante veinticinco años, hasta alcanzar la velocidad programada: una décima de la velocidad de la luz.

—¿Para llegar a dónde? —preguntó Dan—. Y, una vez que lleguemos al destino, ¿cómo frenaremos?

—Irán hacia la estrella más cercana, Alfa Centauri, para empezar. Deberían llegar en algo más de medio siglo. En cuanto entren en ese sistema, la nave empezará a emitir en un amplio espectro de frecuencias electromagnéticas, y la inteligencia artificial que los acompañará escuchará una posible respuesta. Además, el albedo de la nave será, evidentemente, el de un cuerpo celeste artificial. La idea es que, si allí existe una civilización más avanzada que la nuestra, recuperará la nave y sus cuerpos, leerá y entenderá la biblioteca que pondremos a bordo. Así sabrán cómo funcionan los humanos y los devolverán a la vida, jóvenes y felices.

Alice contuvo el aliento, esperando con ansiedad la reacción de los dos. Dan, ya despierto del todo, carraspeó. Apretó con las manos los apoyabrazos de la silla de ruedas; su cuerpo adoptó la forma de un signo de interrogación.

—O sea: quieres enviar nuestros cadáveres con la esperanza de que alrededor de alguna de las estrellas de Alfa Centauri gire un planeta con seres racionales muy avanzados tecnológicamente, que capturen la nave y nos resuciten, si he entendido bien. Y si no existen… mala suerte.

—No, en absoluto —dijo Alice, rápido—. Si no encuentran inteligencias extraterrestres avanzadas que los revivan, la nave programará el siguiente destino hacia otra estrella cercana. Durante todo el viaje, la nave recogerá en depósitos átomos de hidrógeno del espacio, gas que se usará para maniobras. Así partirán impulsados incluso por la luz de Alfa Centauri, junto a la que pasarán. Y así sucesivamente. Como en este viaje solo irán sus cuerpos ya sin vida, las cosas se simplifican enormemente desde el punto de vista de los recursos: en su caso serán mínimos. No harán falta provisiones ni sistemas de entretenimiento. Por eso aún no se han enviado humanos vivos ni cápsulas de hibernación, por ejemplo. Además, ustedes no están condicionados a encontrar extraterrestres dentro de un tiempo finito en el que tendrían reservas vitales, porque disponen, en la práctica, de toda la Eternidad.

—Se parece a lo que proponen otras funerarias —intervino Melania—. Una vez que mueres, te sacan la sangre y te meten esos químicos venenosos, ¿cómo les dicen…?

—Crioprotectores —la ayudó Dan—. Para que no se rompan las membranas celulares cuando el agua se congela dentro.

—Eso. Y luego te congelan el cuerpo, o solo la cabeza, que sale más barato —hizo una mueca hacia Alice—, con la esperanza de que, dentro de un siglo o más, los científicos del futuro descubran cómo traer de vuelta a la vida esas estatuas heladas.

—No es lo mismo en absoluto —la contradijo Alice, enseguida—. Aquí, en la Tierra, hay guerras y catástrofes geológicas de todo tipo; además existe una tendencia muy marcada de los humanos a autodestruirse, de modo que la probabilidad de resurrección desde la criogenia es muy baja. Ni siquiera se destinan fondos a ese tipo de investigación: los habitantes de la Tierra ya son demasiados. Las posibilidades son mejores en el fascinante viaje que les propongo.

—¿Y de cuánto sería, en porcentajes? —preguntó Dan, sarcástico.

—Las estimaciones indican que la probabilidad de que una civilización avanzada los encuentre estaría en torno a una entre un millón —respondió Alice, tras una breve vacilación—. Eso según la paradoja de Fermi y la ecuación de Drake. —El silencio volvió a apoderarse de la oficina de la funeraria especial. Pero Alice no podía dejar pasar aquella oportunidad, así que empezó a hablar atropelladamente—: Imaginen que serán los primeros humanos que sabrán con certeza que no estamos solos en el Universo. Serán los embajadores de la humanidad ante supercivilizaciones sobre las que ni siquiera podemos soñar. ¡Es como encontrarse con Dios! Nadie ha llegado nunca tan lejos. Y hasta que resuciten, sus cuerpos descansarán, viajando bajo la luz de las estrellas… en realidad, junto con su luz…

Se detuvo de golpe cuando Melania volvió a alzar la mano.

—Basta. Nos has convencido, querida. ¿Dónde tenemos que firmar?

Dan volvió a quedar ausente en su silla de ruedas. Posó indiferente el dedo sobre una tableta que Alice le tendió, junto al lugar donde su esposa ya había dejado la huella.

—Te dejamos esto a ti, ¿puedes encargarte de venderlo? —preguntó Melania antes de levantarse del sillón por última vez.

—Por supuesto —susurró Alice, emocionada—. Nos ocuparemos de todo.

Pero la anciana ya no la escuchaba. Accionó los mandos de la silla de ruedas, la hizo girar y se dirigió a la salida. Detrás de ellos, Alice alcanzó a oír:

—¿Has oído, querido? Viajaremos hacia la Eternidad junto con la luz de las estrellas. ¡No veo la hora! Siempre he soñado con eso.

Apenas la pareja se fue, Alice revisó por reflejo la agenda, pero no tenía más citas. Opacó las paredes del despacho y redujo a un cuarto la intensidad del letrero luminoso, señal de que había cerrado. Luego se acercó a la hornacina especial, donde devolvió el cuerpo clonado que pagaba por hora de uso, y se marchó, en forma de flujo analógico de datos, hasta el servidor situado en el punto de Lagrange L5, entre el Sol y la Tierra, donde las fuerzas de atracción gravitatoria se anulaban. Y, como Melania y Dan habían aportado la financiación, allí mismo se construirían la catapulta electromagnética, la nave con vela solar y el láser de gran potencia para la propulsión.

En forma de qubits, retomó feliz su lugar en el servidor cuántico y en el mundo virtual al que había elegido, cuando aún era una mujer cercana a la muerte, transferir su conciencia. Con lo que había ganado, podía pagar al menos mil años más de vida cómoda en el servidor, permitiéndose de vez en cuando pequeñas salidas en un avatar biológico, en la Tierra. O incluso comprarse su propio cuerpo, obtenido por clonación, para vivir una vida más.

Más de una vez se había preguntado qué impulsaba a sus clientes, ancianos ricos, a encargar funerales extravagantes de todo tipo, cuando la transferencia de conciencia a servidores que alojaban mundos virtuales se había vuelto un hecho banal hacía tiempo.

Había descubierto que existían varios motivos: algunas personas simplemente se hartaban de la vida. Se cansaban y ya no querían más que morir. O estaban convencidas de que ya no podrían encontrar a su pareja y el amor que los había unido. O desconfiaban de la tecnología de transferencia de conciencia y memoria, o su fe religiosa no se lo permitía. Ella no estaba en ninguna de esas situaciones: se sentía llena de vida, viviera en el mundo virtual o en la Tierra, alojada en un cuerpo clonado.

Aun así, sintió una punzada de envidia por aquellos dos clientes que, en un futuro muy cercano, se preparaban para comenzar su Eternidad, y cuya posibilidad de encontrar a Dios y volver a la vida incluso después de que el Sol se convirtiera en nova y quemara la Tierra –en realidad todo, incluido el servidor en el que ella se encontraba en el punto de Lagrange, si es que memorias y procesadores resistían tanto– ya no le pareció, en absoluto, despreciable.

George Lazăr nació el 3 de febrero de 1963 en Vatra-Dornei, condado de Suceava, Rumania. Se graduó en la Facultad de Ingeniería Eléctrica, Automatización y Computación del Instituto Politécnico "Gheorghe Asachi" de Iași en 1987. Es director del diario Monitorul de Botoșani desde 1995. Debutó en la antología Cosmos XXI. Un univers al păcii (1987). Cuando era estudiante, publicó historias de ciencia ficción en Argonaut, Opinia Sutențească, Cronica, Magazin, Sci-Fi Magazin y Argonaut, suplemento literario de la revista Convorbiri Literare. Entre 2007 y 2008, editó Sci-Fi Magazin, una revista mensual de ciencia ficción, y en 2009, Sci-Fi Magazin Almanac. Sus relatos han participado en las antologías Quasar 001 (2001), Alte Țărmuri (2007), Pangaia (2010), Steampunk. A doua revoluție (2011), Venus (2011), Dincolo de noapte - 12 Fețe ale goticului (2012). Y sus novelas publicadas son America One (2007), Îngerul păzitor (2009), Guardian Angel (2010), Panglica Timpului (2018) y Vindecătorul Universal (2021).

 

TODOS DIFERENTES, TODOS IGUALES…

João Ventura

 

—Mamá, ¿qué es aquello? —preguntó el joven arcturiano, señalando con dos de sus tentáculos de color rosado, indicación clara de que aún se encontraba en el estadio asexuado de su evolución.

—No se debe señalar con los tentáculos —corrigió la madre, orientando una de sus antenas visuales hacia la dirección indicada. Al enfocar su ojo multifacetado, observó aquello que había provocado el asombro del producto más reciente de su puesta.

El hijo mayor, que se entretenía dando saltos apoyándose en tres tentáculos a la vez, miró también en esa dirección.

—Son bípedos —dijo, exhibiendo los conocimientos adquiridos en una clase de exobiología—. ¿De dónde vendrán, papá?

El padre arcturiano aclaró la situación a la familia:

Noticias de Arcturus habló de ellos. Provienen de un planeta llamado Tierra, que orbita una estrella llamada Sol, en la periferia de la galaxia. Vinieron en misión de contacto y no deben ser hostilizados.

—¿Son buenos para comer? —preguntó el hijo, con el apéndice succionador palpitando de anticipación.

—¿No te enseñaron en la escuela que no se deben comer otras especies inteligentes? —lo reprendió la madre.

—Continuemos con nuestro paseo —ordenó el padre, y la familia siguió avanzando por la avenida costera, cruzándose con otros miembros de su especie, que se saludaban según un ritual determinado por la jerarquía relativa, establecida por el riguroso (y muy complejo) protocolo arcturiano.

Los más pequeños iban ahora algo más adelante, en un juego en el que el hijo fingía querer hacer un nudo con dos tentáculos del más joven, que escapaba lanzando chillidos de satisfacción.

—No quise decir nada antes para no impresionar a los chicos —dijo entonces la madre arcturiana—: pero son tan… raros que incluso sentí ondulaciones en la epidermis. Imagínate: solo cuatro tentáculos, ¡y dos de ellos reservados para la locomoción!

—No soy xenófobo —replicó el padre—, pero me parece mal que el Consejo Octópode autorice la entrada de alienígenas en zonas de la ciudad tradicionalmente reservadas al ocio familiar.

 

Los cuatro terrestres disfrutaban de su primera salida de la nave después del largo viaje. Sergei Schmidt, germano-ruso, ingeniero de sistemas, filmaba el mar en distintas bandas de frecuencia, intrigado por la fosforescencia que a veces aparecía en la superficie líquida. Al llegar a la cima de la colina, vieron la avenida, que parecía ser un lugar de paseo muy apreciado por los indígenas.

Brigitta Eco, exobióloga, hija de padre sueco y madre italiana, ajustó la visera del casco al modo telescópico, observó durante unos instantes a los arcturianos.

—¡Miren qué lindas son las crías! —exclamó:

Joshua Makulela era el jefe de la misión. El transmisor insertado en su oído emitió un chasquido y él pasó a prestar atención a los mensajes que el control de la nave comenzó a enviarle: información de rutina, confirmación de la reunión del día siguiente con el Consejo Octópode. Cuando terminó la transmisión, empezó a oír la conversación que Takuji Barbosa mantenía con Brigitta

—(…) y antes de entrar a la universidad, mis padres me mandaron un año a Japón. Me quedé en casa de mi abuelo, que era pescador en la isla de Rishiri, cerca del extremo norte de Hokkaido, y fui con él algunas veces a pescar calamares gigantes. Eran muy parecidos a estos pulpos andantes; la pesca era trabajosa, pero daban unas chuletas muy sabrosas. ¿Será que estos…?

El nipobrasileño interrumpió la frase y soltó una carcajada al ver la expresión incómoda de Brigitta, que además era vegetariana. El jefe sintió la obligación de intervenir.

—Barbosa —el uso del apellido dejaba claro su descontento—, otro comentario políticamente incorrecto como ese y me veré obligado a registrarlo en el diario de a bordo.

João Ventura es portugués, docente universitario, le gusta leer y escribir, es casado y tiene dos hijos. Como le gustan las palabras, creó en la blogosfera un espacio para ellas, que naturalmente se llama “Das palavras o espaço”, donde va colocando textos con cierta irregularidad. Ha publicado dos colecciones de cuentos: Tudo isto existe y el más reciente, O cidadão sem sombra. Vive en Lisboa.

 

 

DEEP BLUE

Giorgio Sangiorgi

 

Hacía muchos años que no se intentaba una inmersión, con hombres a bordo, en la Fosa de las Marianas. La primera había sido en los años sesenta, y la segunda, una lúcida locura perpetrada por un famoso director de cine, al que luego había seguido otro multimillonario en busca de emociones. Por lo tanto, aún se sabía muy poco sobre las condiciones y los efectos de la biosfera terrestre a esas profundidades imposibles.

Por ese motivo se construyó el Deep Blue, un coloso de las profundidades de veinticinco metros de longitud capaz de transportar hasta ese oscuridad letal a cuatro hombres, de los cuales al menos tres eran científicos especializados en oceanografía y biología marina.

Con ese fin, el batiscafo estaba equipado con instrumental de muestreo científico y cámaras tridimensionales de alta definición, iluminación estratoled y cables de comunicación de penetración fiable que permitían transmisiones a través del casco del sumergible, aprovechando un nuevo sistema capaz de enviar una suerte de onda de radio directamente a través de los líquidos sin ningún tipo de interferencia.

Para hacer más segura la inmersión, los diseñadores del batiscafo habían trabajado intensamente en el perfeccionamiento de las espumas sintácticas estructurales utilizadas en las misiones de los primeros años dos mil, sustancias capaces de soportar enormes fuerzas de compresión a once kilómetros de profundidad.

Los nuevos propulsores de presión balanceada podían adaptarse automáticamente a las distintas condiciones del descenso, mientras que una inteligencia artificial regulaba la presión interna y las mezclas de aire suministrado, eliminando cualquier necesidad de descompresión. Los sistemas de alimentación del submarino estaban constituidos por las más avanzadas baterías autorregenerativas.

Por supuesto, las IA eran capaces de controlar de manera autónoma todos los sistemas de a bordo, incluidas las baterías, los propulsores, el soporte vital, las cámaras 3D y la iluminación interna y externa.

Como en las versiones anteriores, la sección habitada por la tripulación era una especie de esfera independiente del resto del vehículo, compuesta por capas de distintos materiales de alta tecnología, algunos de los cuales aún no han sido divulgados por su uso estrictamente militar; materiales que, en cualquier caso, podían resistir sin dificultad cualquier tipo de presión imaginable, ya que habían sido probados en misiones automáticas que –por decirlo de algún modo– habían “aterrizado” en Júpiter y Saturno.

En el interior, además de los equipos científicos, una serie de pantallas semicirculares conectadas a las cámaras externas daban a la tripulación casi la impresión de encontrarse dentro de una burbuja de vidrio, con una visión perfectamente realista del exterior, algo sumamente útil también para el pilotaje.

A pesar de que se mantuvo el contacto con la tripulación prácticamente hasta el último instante posible, las distintas comisiones no lograron llegar a una explicación unívoca sobre las causas de la desaparición del Deep Blue, y por ello hemos decidido publicar íntegramente las conversaciones entre la nave de apoyo y el doctor Mayer, responsable también de esta misión:

 

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue?

Mayer: Todo correcto. Parámetros estándar, estamos operativos para iniciar la misión.

Base de superficie: Entonces, procedan. ¡GO!

Mayer: Recibido.

(Espera. Se oyen las voces de los ocupantes intercambiando la información necesaria para la puesta en marcha del vehículo.)

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue?

(Silencio)

Base de superficie: ¿Está todo OK, Deep Blue?

(Silencio)

Mayer: Todo bien. Disculpen el retraso. Aquí las operaciones fueron más complejas que en las simulaciones y no podía distraerme ni un instante. Por ahora todo marcha de maravilla.

(Murmullo satisfecho del personal del centro operativo.)

Base de superficie: Bien. Inicien el descenso y avísennos ante la menor anomalía.

(Silencio durante algunos minutos.)

Mayer: El descenso avanza perfectamente, los valores están dentro de los parámetros y Scott está muy contento con la respuesta del vehículo a los comandos. Vamos bastante rápido; menos mal que la descompresión no es un problema, o ya habríamos explotado.

(Se oye un murmullo en la sala operativa de la nave de apoyo.)

Base de superficie: Deep Blue, el sonar ha detectado algo que se dirige hacia ustedes; parece bastante grande. ¡Más grande que ustedes!

(Silencio)

Base de superficie: ¿Deep Blue…?

(Silencio, luego se oyen voces alegres.)

Mayer: Todo bien, central. Se trata de una ballena jorobada que vino a curiosear. Estamos sorprendidos porque ya estamos casi a novecientos metros de profundidad. No imaginábamos que pudieran descender tanto.

(Silencio)

Mayer: En efecto… Ahora que hemos descendido un poco más, se ha ido y está subiendo. Es difícil decir si existe para ella un límite infranqueable o si simplemente… se cansó de nosotros. Ahora disculpen un pequeño apagón de comunicaciones, debo realizar las mediciones previstas en este punto.

(Las comunicaciones se interrumpen durante diez minutos; ocasionalmente se oyen las voces de los científicos trabajando.)

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue? Según nuestros registros ya deberían estar a cinco mil metros de profundidad.

Mayer: Confirmamos, nuestros datos coinciden. Eso significa que los instrumentos funcionan perfectamente incluso a esta profundidad. Disculpen el alivio, pero durante las pruebas nunca habíamos podido bajar tanto.

Base de superficie: Comprensible, Deep Blue; aquí también estamos muy aliviados. Creemos que parte del mérito les corresponde a ustedes: aportaron ideas valiosas durante la fase de diseño.

Mayer: Son muy amables… ¡Eh, un momento!

Base de superficie: ¿Qué sucede, Deep Blue?

Mayer: Todo en orden, ninguna alarma, pero nos hemos visto rodeados por un banco de peces rape. (Se oye una voz indistinta.) Sí, sí, Venet confirma que es sabido que estos peces pueden descender tanto.

SIGUEN ALGUNAS COMUNICACIONES SOBRE LOS PARÁMETROS DEL DESCENSO, QUE RESULTAN NORMALES. EL BATISCAFO ALCANZA LOS DIEZ MIL METROS EN LOS TIEMPOS PREVISTOS.

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue? Aquí parece haber un fallo y ya no recibimos los datos de video de las cámaras frontales. Estamos ciegos.

Mayer: Aquí todo funciona con normalidad; tal vez el fallo esté en su instrumentación.

Base de superficie: Probablemente tengan razón, pero en ese caso necesitaremos horas para descubrir la causa. No podremos asistirlos al cien por ciento. ¿Desean interrumpir la misión?

(Se oye un murmullo: la tripulación está deliberando.)

Mayer: Negativo. Negativo. Deseamos continuar. Los mantendremos informados a la antigua usanza y, mientras tanto, grabaremos todo para mostrárselo a nuestro regreso.

(Consulta del personal de la nave de apoyo.)

Base de superficie: De acuerdo, Deep Blue. Tampoco nosotros vemos razones suficientes para cancelar la misión, sobre todo porque en los próximos días se esperan tormentas en esta zona y una suspensión implicaría un retraso muy grave.

Mayer: Nos alivia escucharlo, colegas. Además, lo más difícil ya está hecho. Hemos llegado y solo queda proceder con nuestras observaciones científicas.

DURANTE VARIOS MINUTOS LOS CIENTÍFICOS TRABAJAN SERENAMENTE.

Base de superficie: ¿Cómo avanzan las mediciones, Deep Blue?

Mayer: Excelentemente. Hemos recopilado más datos en estos pocos minutos que todos los que teníamos hasta ahora. Lamentablemente, aquí abajo no hay mucha vida. Encontramos un lipárido cerca de los nueve mil metros, pero no parece que bajen hasta aquí. Sin embargo, hay una variedad de fitoplancton mayor de la esperada. También hemos descubierto una nueva especie que queríamos llamar Venetus lanceolatus (risas), pero nuestro biólogo jefe no está muy de acuerdo.

Base de superficie: Los dejamos con sus mediciones. Avísennos si surgen problemas.

(De nuevo se oyen las voces de los científicos trabajando.)

Mayer: Nave de apoyo, hemos terminado y estamos adelantados respecto al cronograma. Por eso quisiéramos intentar descender aún más para verificar si la biosfera presenta un límite absoluto registrable.

Base de superficie: Permiso concedido, sobre todo porque ya deberían estar casi en el fondo.

Mayer: ¿Cuál es el récord alcanzado?

Base de superficie: La última expedición llegó a 10.194 metros.

Mayer: Entonces quizá batamos el récord.

Base de superficie: Si hay margen para descender, sin duda lo lograrán. Ningún vehículo anterior tenía las características del Deep Blue.

Mayer: Procedemos.

(Durante un tiempo solo se oye el zumbido de los motores maniobrando.)

Mayer: Base operativa, récord superado. Repito, el récord ha sido superado. Hemos encontrado una derivación de la depresión anterior que desciende aún más. Acabamos de llegar a los 11.000 metros y quizá haya espacio para algunos metros adicionales.

Base de superficie: Confirmamos el dato. Felicitaciones, Deep Blue; avisaremos a Guinness, pero no corran riesgos innecesarios.

(Desde el batiscafo llegan voces agitadas.)

Base de superficie: ¿Qué sucede, Deep Blue? ¿Algún tipo de avería?

Mayer: Negativo, negativo, pero hemos hecho un descubrimiento sorprendente. Al final de la depresión hemos encontrado una enorme hendidura que parece descender aún más. Solicitamos permiso para bajar por ella y realizar mediciones y filmaciones. Tal vez no volvamos a tener una oportunidad así.

Base de superficie: Deep Blue, estamos tan sorprendidos como ustedes. Aquí preguntan qué tan ancha es esa hendidura.

Mayer: Enorme. Podría entrar cómodamente toda la nave de apoyo.

(Consulta en la base operativa.)

Base de superficie: Permiso concedido, Deep Blue. Pero deben descender manteniéndose rigurosamente lo más alejados posible de las paredes de la falla.

Mayer: Naturalmente. Procedemos.

Base de superficie: Muy bien, Deep Blue. Queremos estar informados constantemente.

Mayer: Procedemos.

(Ruido de motores en movimiento.)

Mayer: Ahora nos estamos alineando con el centro de la falla. Esta maravilla se maniobra con gran facilidad, al menos eso parece por la precisión de Scott. … Bien, acabamos de iniciar el descenso; oriento los focos para observar bien la naturaleza de las paredes. … Hmm, por lo que veo estamos atravesando estratos antiquísimos. No observo rastros de sedimentos orgánicos.

Base de superficie: ¿Alguna hipótesis sobre la naturaleza del conducto?

Mayer: Por ahora no sabría decirlo; los bordes parecen extremadamente nítidos. Casi antinaturales. … Un momento…

(Se oyen voces agitadas.)

Base de superficie: ¿Qué sucede, Deep Blue? ¿Hay problemas?

Mayer: Nada por el momento; sin embargo, la naturaleza del conducto está cambiando. Las paredes se vuelven cada vez más lisas.

Base de superficie: ¿Podría tratarse de un fenómeno ligado a la presión?

Mayer: Negativo… Para emitir un juicio prefiero ver cómo son las paredes a mayor profundidad. … Oh, Dios santo. No sé cómo decirlo, pero a medida que avanzamos lo que vemos parece cada vez menos natural. … Sí, no hay duda: a partir de aquí estamos ante una estructura artificial.

(Silencio.)

Base de superficie: ¿Puede repetir, Deep Blue? Aquí no estamos seguros de haber entendido bien.

Mayer: Confirmo, confirmo. Estamos atravesando un pasaje construido por alguien. Descendemos ahora por un conducto perfectamente liso y ovalado. Ningún fenómeno natural conocido puede generar algo así.

(Murmullo del personal de la nave de apoyo.)

Base de superficie: Deep Blue, aquí nos estamos planteando la conveniencia de continuar la misión. Los riesgos parecen aumentar minuto a minuto.

Mayer: ¿No quieren saberlo? Aquí estamos ante el mayor descubrimiento jamás realizado en este planeta. Estamos decididos a llegar hasta el final.

Base de superficie: Tal vez deberían reconsiderarlo. Pensamos que lo más prudente sería ascender y preparar una segunda misión más adecuada.

(Gritos desde el batiscafo.)

Base de superficie: Deep Blue, informe de situación.

Mayer: Ningún problema inmediato, control. Es solo que el túnel ha terminado y hemos emergido en una zona marina desconocida y sin referencias.

Base de superficie: Deep Blue, Deep Blue. Orden de retorno inmediato. Si pierden de vista el conducto, podrían no ser capaces de volver a subir. Confirmen orden de ascenso, por favor.

(Se oye a la tripulación deliberar.)

Mayer: De acuerdo, control. Coincidimos con su evaluación e iniciamos el ascenso.

(El ruido de los motores se vuelve cada vez más intenso.)

Mayer: Control, ahora sí es el caso de decirlo: Houston, tenemos un problema…

Base de superficie: Especifique la naturaleza del problema.

Mayer: Los motores funcionan a plena potencia, pero el vehículo no deja de descender. No entendemos si se trata de una corriente o de una fuerza de otra naturaleza.

(La tripulación vuelve a deliberar; luego cae un silencio profundo.)

Mayer: Control, hemos decidido apagar los motores. Si seguimos forzándolos podríamos dañarlos; con los motores apagados quizá logremos comprender mejor el fenómeno.

DURANTE UNOS VEINTE MINUTOS, TANTO EN LA NAVE DE APOYO COMO EN EL BATISCAFO, LOS CIENTÍFICOS BUSCAN UNA SOLUCIÓN SIN ÉXITO. LOS DATOS DE LOS INSTRUMENTOS SON DISCORDANTES Y A MENUDO INCOMPRENSIBLES.

Base de superficie: Deep Blue, informe de situación.

Mayer: ¿Ustedes también reciben los datos de presión?

Base de superficie: Afirmativo, y no son buenos. Si continúa aumentando de este modo, ni siquiera el Deep Blue podrá resistir. Esto no tiene sentido: en nuestro planeta no pueden existir presiones tan elevadas…

Mayer: Y no es solo eso. Nos sentimos como si estuviéramos descendiendo al corazón mismo del vacío cósmico. Hace cada vez más frío, pero no es un frío físico. Es como si el alma se estuviera congelando… Como si estuviéramos bajando al lugar más olvidado de la Tierra.

(En la base operativa se produce un silencio incómodo.)

Mayer: Control, hay una novedad. Nos hemos detenido inexplicablemente. Afuera solo hay oscuridad y estamos suspendidos en la nada líquida.

Base de superficie: Tal vez deberían intentar reiniciar los motores.

Mayer: Desde luego; Scott ya ha iniciado los procedimientos de reinicio.

(Silencio.)

Mayer: Nada que hacer… Los motores zumban en vacío y estamos completamente inmóviles.

Base de superficie: ¿Quiere decir que no hay ningún balanceo ni cabeceo?

Mayer: No es una impresión. Los instrumentos no registran nada. Estamos en un estado de quietud absoluta.

Base de superficie: Eso es literalmente imposible, Deep Blue.

Mayer: ¿Por qué? ¿Les parece que hay algo posible en esta situación? … Un momento, esperen, está ocurriendo algo…

Base de superficie: Informe, Deep Blue, no nos dejen fuera.

Mayer: Estamos simplemente atónitos, control. Vemos luces a lo lejos.

Base de superficie: ¿Podrían ser peces abisales con fotóforos?

Mayer: No podemos descartarlo, aunque estas luces parecen demasiado intensas. De todos modos, pronto lo sabremos: se están acercando.

(Silencio.)

Scott: (A lo lejos) ¡Que me parta un rayo!

Mayer: Control, no lo van a creer: no solo son seres luminosísimos, sino que… ¡son humanoides!

Base de superficie: ¿Ha dicho humanoides? ¿Quiere decir seres alienígenas?

Mayer: Tal vez aún no sea momento de clasificarlos de un modo u otro…

Base de superficie: ¿Tienen motivos para pensar que sean hostiles?

Mayer: Un momento, control… ahora están comunicándose con nosotros.

Base de superficie: ¿Cómo es posible? Entre ustedes y ellos hay barreras insuperables…

Mayer: No se comunican de forma verbal; nos están transmitiendo contenidos directamente.

Base de superficie: ¿Quiere decir que son telepáticos?

Mayer: No sé por qué, pero ese término me parece reductivo. Recibimos un flujo de contenido puro: nociones, imágenes, sensaciones y otras cosas que nunca habíamos experimentado y que no pueden expresarse. Por favor, esperen un momento para asimilarlo y luego intentaré describirlo.

(Largo silencio.)

Base de superficie: Deep Blue, por favor, dígannos algo.

Mayer: Aquí estoy, aquí estoy. Disculpen. Es muchísimo, realmente muchísimo. Intentaré resumirlo. Ellos dicen ser como nosotros, aunque su origen es distinto. Vinieron directamente de la luz, pero nacieron en la oscuridad; nosotros nacimos bajo la luz de los soles, pero provenimos de la oscuridad. Sí, así lo dijeron…

Base de superficie: No resulta muy claro…

Venet: (Interviene) Control, estos seres hablan de cosas reales y de realidades metafísicas como si fueran lo mismo. Para ellos no existe diferencia.

Mayer: (Retoma el micrófono) Exactamente, control. Tendrán que conformarse con las traducciones que logramos hacer. No son hostiles; al contrario, dicen que nos aman profundamente. Afirman que llevan millones de años esperando que la vida de la superficie abandone su camino oscuro para reunirse con ellos, y que finalmente la especie humana ya sería capaz de hacerlo. Sin embargo, en su conjunto, la humanidad no lo desea realmente, porque ama demasiado el camino de violencia y dolor que ha recorrido hasta ahora.

Base de superficie: Todo esto es muy edificante, Deep Blue. Pero ¿dicen que pueden ayudarlos?

Mayer: Por el momento, con su ayuda el casco ha vuelto a moverse, pero seguimos descendiendo. Vemos una luminosidad creciente. Sí, la oscuridad está desapareciendo y… deja paso a…

(Silencio.)

Base de superficie: Deep Blue, no nos dejen fuera. ¡Informe! ¡Informe!

Mayer: Oh, señores… No puedo describir lo que estamos viendo. Afuera hay un mundo indescriptible, una belleza incomparable. Nada que la mente humana pueda concebir. Todo, absolutamente todo, está hecho de una materia vibrante, viviente… pero viviente de un modo que hace parecer totalmente muerto y putrefacto todo lo que nosotros conocemos. En comparación con ellos, nosotros parecemos zombis.

Base de superficie: Pero… pero… ¿estos seres no pueden ayudarlos a regresar a casa?

Mayer: No. Nos explicaron que, a riesgo propio, solo los humanos pueden descender aquí; si ellos intentaran salir, destruirían todo a su paso, porque están hechos de la misma energía que crea las estrellas. Una potencia inimaginable.

Base de superficie: Pero ustedes no son como ellos. Ustedes pueden regresar.

Mayer: No. Porque nos estamos transformando; incluso el Deep Blue se está transformando. Cuando cruzamos el límite nos condenamos a muerte, así que, para salvarnos, aceleraron nuestra evolución y nos prepararon para convertirnos en como ellos. Es algo irreversible.

(Silencio.)

Base de superficie: …Leo, lo siento. ¿Podemos hacer algo por ustedes?

Mayer: Ante todo, no se entristezcan. La verdadera razón por la que no podemos regresar es que, después de experimentar cómo es la vida verdadera, libre del maleficio que creó la naturaleza humana, si volviéramos moriríamos de dolor, tormento, angustia y espanto, porque nuestra existencia anterior nos resultaría insoportable. Por favor, digan a nuestras familias que las amamos inmensamente y que tarde o temprano podremos reunirnos con ellas. Cuando ellas mismas estén listas para reencontrarnos, iremos a su encuentro con alegría.

Base de superficie: Francamente, no comprendo.

Mayer: Es más que comprensible. Son cosas que la mente humana no puede comprender realmente. La superan. … Ahora debemos despedirnos; cada vez nos resulta más difícil comunicarnos de este modo. Dentro de poco casi no podremos hacerlo.

Base de superficie: No sé si lamentarme o alegrarme por ustedes. … ¿Puedes decirnos algo más para ayudarnos a entender?

Mayer: Todo lo que piensan, sienten y experimentan es una pura ilusión. Todo su mundo es un maleficio embellecido… Que Dios tenga piedad de ustedes y los ayude a deshacerlo.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

sábado, 7 de febrero de 2026

CEREBROS EN VENTA

Niranjan Ghate

 

Los anuncios comenzaron a aparecer de repente. Primero en los medios impresos, luego en diversos canales de televisión. También se convirtieron en tema de discusión en las redes sociales.

Al principio apareció solo una línea, en una tipografía muy grande, encerrada en un recuadro. Decía:

«Necesitamos su cerebro.»

Pocos días después se añadió otra línea:

«Obtenga dinero por su órgano más valioso.»

La tendencia de añadir una línea a las anteriores continuó durante las semanas siguientes. Luego los anuncios desaparecieron tan repentinamente como habían aparecido.

El último anuncio decía:

«Necesitamos su cerebro.

Obtenga dinero por su órgano más valioso.

Requerimos cerebros exclusivamente con fines experimentales.

Las personas que ya hayan expresado su deseo de donar órganos son bienvenidas.

Los embriones con desarrollo mental o físico defectuoso serán aceptados únicamente si los padres han decidido interrumpir el embarazo.

Todos los gastos médicos serán cubiertos por este grupo de investigación.

(Se aplican condiciones).»

Como de costumbre, esas condiciones estaban impresas en letra muy pequeña, casi imposible de leer.

Muy pocas personas se tomaron el trabajo de leer la letra chica, que decía:

«Quienes nos contacten deberán firmar un contrato; solo entonces se realizarán transacciones posteriores.»

Los términos del contrato se parecían en su mayoría a mandamientos bíblicos. Comenzaban exactamente igual, pero expresados en lenguaje moderno. En lugar de «No harás…», utilizaban la fórmula:

«Quienes entren en nuestro contrato no deberán…»

Revelar que nos han contactado.

Revelar jamás el monto de la ayuda económica recibida, ni la forma en que se realizaron dichas transacciones.

Revelar la naturaleza de la discapacidad o enfermedad de la persona cuyo cerebro fue donado para el estudio.

Revelar la edad del sujeto en cuestión ni el estado en que se encontraba cuando se tomó la decisión de donar el cerebro, es decir, si el sujeto estaba vivo o muerto en el momento de ser trasladado a la instalación de investigación.

 

Era un estudiante muy brillante. Acababa de completar su posgrado en biofísica. Había publicado varios artículos de investigación en prestigiosas revistas internacionales con revisión por pares. Si lo hubiera deseado, podría haber obtenido admisión en cualquier instituto de investigación de la India o del extranjero.

Por eso, cuando solicitó ingreso en la carrera de Periodismo y Comunicación de Masas, todos se sorprendieron.

Las entrevistas de admisión se realizaron después del examen escrito. Había obtenido el primer puesto en la prueba. Naturalmente, durante el examen oral le preguntaron:

—¿Por qué quiere ingresar en este curso? Su solicitud fue evaluada. Podría haber sido admitido en cualquiera de las mejores universidades del mundo para continuar sus estudios.

Su respuesta fue:

—Señor, lo sé. Pero cuando leo los periódicos o veo la televisión me frustro, especialmente con las noticias científicas. Se limitan a copiar y pegar sin pensar. Y no solo eso: la traducción en los diarios en lengua local es terrible. La televisión es igual de mala. Me dan ganas de matar a esa gente.

—Podría haber completado su doctorado y luego regresar —dijo el entrevistador—. Entonces podría haber hablado con los editores y explicarles el valor de una correcta difusión de la ciencia. Sus palabras habrían tenido más peso.

—Con todo respeto, no estoy de acuerdo, señor, y me disculpo sinceramente por ello —respondió—. Si me voy a investigar al extranjero o a un instituto de investigación, ese tiempo se perderá, al menos así lo creo. Déjeme explicarlo: mientras yo investigo, los medios seguirán difundiendo noticias de la misma manera que lo hacen hoy. —Hizo una pausa, respiró hondo y continuó—: Por favor, permítame unos minutos más. Puedo citar ejemplos de científicos reconocidos que regresaron tras investigar en el extranjero. Nuestra mentalidad es tal que, si alguien es reconocido en un país occidental, de pronto se lo considera un gran científico. Además, queda más allá de toda crítica: su palabra se toma como verdad absoluta y nunca se la cuestiona. No quiero que eso me ocurra. Por eso decidí convertirme en periodista, ganarme la confianza del público y hacer periodismo científico de investigación. La investigación puedo retomarla después.

Eso fue hace cinco años.

Su reputación como periodista científico responsable creció enormemente. Ahora todos esperaban que investigara esos anuncios y su repentina desaparición.

A su manera, intentaba llegar al fondo del misterio. Si alguien le hubiera preguntado cómo se investiga una noticia, podría haber hablado durante horas. Tras graduarse, se había convertido en profesor visitante del departamento, así que dominaba el tema.

Su método de trabajo consistía en estudiar la noticia, pensar en todos sus ángulos y luego dormir.

Tenía dos creencias.

La primera: muchos problemas se resuelven durante el sueño. Había leído sobre los sueños, sobre Francis Crick y también le había impresionado profundamente La interpretación de los sueños de Freud, cuyo ejemplar siempre tenía a mano.

Su segunda inspiración era Sherlock Holmes. Consideraba que las citas de Holmes eran una guía práctica para resolver cualquier problema. Su frase favorita era:

«Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad.»

Comenzó revisando su archivo de recortes periodísticos. Luego consultó las redes sociales y las noticias televisivas. No logró mucho, pese a repetir el procedimiento una y otra vez. No pudo encontrar el nombre de nadie que hubiera contactado a los anunciantes.

El siguiente paso fue dormir sobre el problema.

Según Crick y otros artículos que había leído, la mejor forma de resolver un problema era olvidarlo y relajarse con amigos: la solución se presentaría sola.

Invitó a algunos viejos amigos a su apartamento. Eso solía implicar bebidas y recuerdos del pasado, además de planes futuros. Uno de los invitados era Suresh, un eminente ginecólogo.

Durante la conversación surgió el tema del misterio. Sus amigos sabían que estaba investigándolo, pero no exactamente qué buscaba. Les explicó lo que había hecho y por qué estaba estancado.

El doctor Suresh chasqueó los dedos.

—¿Cuál es el problema? ¿Por qué te preocupas tanto? Es muy simple. Revisa los registros de nacimientos y defunciones. Averigua cuántos bebés nacieron en ese período, dónde están ahora o si ya no existen. Fin del problema.

Él sabía que no era tan sencillo. Además, había otro inconveniente: personas de distintas edades y países podrían haber respondido a los anuncios. Aun así, podía ser un punto de partida.

Al regresar a casa, decidió leer, como era su costumbre. Nunca se dormía sin leer unas páginas.

Su manera de leer era peculiar: elegía cualquier libro de su amplia biblioteca, lo abría al azar y comenzaba desde la página que aparecía.

Ese día tomó El libro de las citas humorísticas. Una frase se le quedó grabada:

«La estadística es como un bikini: lo que muestra es sugerente, pero lo que oculta es vital.»

Le siguió otra:

«Un globo desinflado es pequeño; al inflarlo se vuelve grande. La estadística funciona igual: tomas una pequeña muestra y la inflas hasta obtener una imagen mayor.»

Tras leer algunas citas más, cerró el libro, lo dejó ordenadamente junto a la cama y se durmió.

El sueño llegó con facilidad. Soñó intensamente, aunque solo recordaba fragmentos. Se despertó temprano y miró el reloj.

4:30.

Le sorprendió: nunca se levantaba antes de las 8:30.

Recordó entonces que el sueño lo había despertado bruscamente. En él revisaba recortes de prensa, buscando una noticia en particular. Entre ellos aparecía un libro: la contraportada mostraba la foto de una mujer junto al texto promocional. Era una de las autoras: Jennifer Doudna.

Intentó recordar el título.

Se levantó, preparó café, volvió a sentarse en la cama. Pensó, se quedó dormido otra vez y roncó sin darse cuenta.

Cuando despertó, comprendió que había dormido de más.

Entonces todo encajó.

El libro era Una grieta en la creación. El recorte que buscaba decía: «Científicos crean vida en el laboratorio.»

Jennifer Doudna, una de las autoras, había ganado recientemente el Premio Nobel. El libro, escrito años antes, hablaba de la edición genética.

Estados Unidos había prohibido la investigación sobre la manipulación del genoma humano. Ya existían antecedentes: investigaciones prohibidas que luego se trasladaron a México o a países asiáticos como China o la India, con instalaciones avanzadas.

Comprendió que debía tratarse de un laboratorio secreto, con una gran financiación. Crear cuerpos humanos era posible con tiempo y dinero. Crear cerebros humanos en laboratorio era el verdadero problema.

Por eso compraban cerebros.

Convocó a sus estudiantes, organizó una investigación y finalmente confirmó sus sospechas: los cuerpos eran creados en laboratorio y los cerebros reparados mediante edición genética e implantados en ellos.

Decidió no publicar la noticia para evitar que padres desesperados acudieran al lugar.

Llamó al responsable del centro, se identificó como periodista y le dio una opción: cerrar y abandonar el país.

Luego se fue a casa y se durmió.

Para él, el caso estaba cerrado.

Niranjan Ghate es un escritor maratí (de Maharashtra, India), que escribe principalmente relatos de ciencia ficción y artículos informativos sobre hechos científicos. Sus relatos y artículos de ciencia ficción se han traducido a ocho idiomas indios. Ha escrito más de doscientos libros, diez de ellos en coautoría. Algunos de sus relatos se han incluido en más de veinte antologías. Sus libros incluyen diez novelas de ciencia ficción, veinticinco colecciones de relatos cortos de ciencia ficción y unas noventa colecciones de artículos científicos. También ha escrito sobre historia de la guerra y relatos bélicos, principalmente teatro oriental, novelas humorísticas y colecciones de relatos cortos. Empezó a escribir en la universidad, en 1965, y siguió escribiendo hasta 2023, cuando sufrió un accidente. 

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