Boris Glikman
…así que, como
estaba diciendo, yo estaba sentado cómodamente en una bonita silla cuando el
señor Stims me contó lo que quería hacer con su invento. Pero por favor no me
interrumpan otra vez, porque voy a olvidar lo que estaba diciendo y no podré
contarles toda la historia de lo que ocurrió ese día.
Permítanme empezar de nuevo desde
el principio, porque ahora no recuerdo qué es lo que ya les he contado. Mi
nombre es Frank. Terminé la escuela hace dos años. Paso la mayor parte del
tiempo en casa y miro la televisión. Vivo con mi mamá. Me gusta mucho. Es muy
inteligente y sabe de todo. Así que no veo qué tiene de malo decir: “Eso me lo
dijo mi mamá”, pero los otros chicos se reían cuando yo decía eso y me llamaban
retrasado, lo cual me hacía enojar. Ahora ya no puedo juntarme con ellos; mi
mamá dice que tengo mal carácter y que podría hacerles daño.
Mi único amigo es mi vecino de al
lado, el señor Stims. Me gusta mucho estar con él. Me encantan los magníficos juegos
mentales que inventa. El juego que más me gusta es aquel en el que me pide que
adivine en qué está pensando en ese mismo momento. No es nada fácil de jugar.
Por lo general paso el tiempo en su
sala de estar, donde tomamos té, comemos algunas galletas y hablamos de temas
interesantes. Pero ese día el señor Stims me invitó a su estudio y me pidió que
me sentara en una silla cómoda, junto a su escritorio. Él se sentó detrás del
escritorio, sobre el cual había blocs de notas y carpetas, todo ordenado con
mucho cuidado.
Después de mirarme en silencio
durante cerca de un minuto, con una expresión extraña en los ojos, el señor
Stims empezó a hablar:
—Durante los últimos cinco años he
estado absorto en una tarea diabólicamente difícil, como probablemente habrás
notado, Frank. Ya no necesito ser reservado respecto de lo que hago, pero sí
quería disculparme por haber sido evasivo e impredecible en el pasado.
Tenía razón. Nunca me había dicho a
qué se dedicaba, pero a mí me parecía que pasaba gran parte de su tiempo
trabajando en algún problema científico. Todas sus habitaciones estaban llenas
de libros cuyos títulos yo no entendía, y de papeles cubiertos de cálculos y
fórmulas escritas con su letra desprolija. Y sus maneras extrañas a veces me
confundían. Recuerdo que una vez le pregunté cómo le gustaría ser recordado, y
eso provocó una reacción muy rara en él. Primero se puso rojo, luego blanco, y
solo respondió que tenía grandes esperanzas para el futuro. En otra ocasión le
dije que, aunque no vivimos lejos del océano, no sabemos mucho sobre él, y que
podría haber grandes monstruos marinos y otros peces curiosos viviendo en sus
profundidades. Por alguna razón, se alteró mucho y empezó a hablar sin parar
sobre las propiedades químicas del agua. Luego, de repente, se detuvo a mitad
de una frase y comenzó a hablar de algo completamente distinto. Aun así, sigo
pensando que es una persona fascinante. Sabe muchísimas cosas y siempre puede
responder a mis preguntas.
El señor Stims continuó.
—Quizá recuerdes de tus años
escolares qué es una molécula polar, amigo mío. Pues bien, el agua está
compuesta precisamente por moléculas polares. Ese hecho es la piedra angular de
mi trabajo.
En realidad, yo no recordaba nada
sobre esas moléculas. Para decir la verdad, no recuerdo gran cosa de mis años
escolares. Siempre estuve rodeado de personas más inteligentes que yo, lo que
me daba miedo de hablar y decir lo que pensaba, por temor a decir algo
estúpido. Por eso me gusta tanto el señor Stims. Nunca me ha tratado como a un
tonto y siempre está dispuesto a escucharme y a explicarme las cosas.
—El hecho de que sea una molécula
polar, ¿te sugiere algo, Frank? —preguntó.
Sin esperar mi respuesta, como
suele hacer, continuó:
—Iría directo al punto. Para tu
beneficio, lo explicaré en términos simplificados. La molécula de agua es una
partícula cargada. Las partículas cargadas responden a los campos magnéticos.
Creando una fuerza magnética de la intensidad adecuada y alineándola en la
dirección correcta, podemos separar la molécula de agua en sus partes
constituyentes. Podemos convertir el agua líquida en los gases hidrógeno y
oxígeno. La teoría que hay detrás es, por supuesto, mucho más complicada, pero
lo que acabo de decir resume mi trabajo.
Dejó de hablar por un momento, para
darme tiempo de entender lo que había dicho. Pero, siendo sincero, no le veía
mucho sentido a todo aquello. Pensé que sería mucho mejor poder hacer lo
contrario y crear agua a partir de esos gases invisibles, para que la gente de
todas partes tuviera suficiente para beber, sobre todo quienes viven en los
desiertos calurosos.
Continuó diciendo:
—La idea suena bastante simple.
Pero ponerla en práctica fue otra historia; los años que pasé intentando crear
un aparato funcional, tratando de descubrir la alineación correcta... Fracaso
tras fracaso. Muchas veces estuve tentado de mandar todo al aire y marcharme.
Solo una esperanza me mantuvo en marcha. No puedo decir que fuera una sensación
bien definida, pero era algo así como… bueno, como que al alcanzar mi objetivo,
todos mis actos pasados adquirirían el sentido que les faltaba.
Observé atentamente el rostro del
señor Stims. Tenía la frente cubierta de sudor y una mirada distante en los
ojos, pero enseguida esa expresión desapareció.
Luego dijo:
—Déjame contarte un poco de mi
pasado, ya que explicará en cierta medida el presente. Fui un brillante
estudiante universitario, especializado en química. Me encaminaba directamente
hacia una carrera académica convencional. Pero mi personalidad no encajaba bien
en el entorno académico. La atmósfera claustrofóbica y la rutina diaria
sofocaban mi creatividad natural; la actitud autoritaria de los profesores, la
competencia constante entre los estudiantes. Una vez que dejé la universidad,
no hubo marcha atrás. Hasta el día de hoy sigo siendo un outsider dentro de la
comunidad científica. Tú, Frank, eres la primera persona en el mundo que oye
hablar de mi logro.
Aunque me sentí halagado, seguía
pensando que sería mejor crear agua a partir de los gases invisibles, para que
la gente de todas partes tuviera suficiente para beber, sobre todo quienes
viven en los desiertos calurosos.
—¡Pero ¿qué estamos esperando?!
—exclamó—. Las acciones valen más que las palabras. Dame solo un minuto y te
mostraré cómo funciona.
Mientras él se ausentó, estiré las
piernas; casi se me habían dormido. También me picaba la espalda, donde me
había picado un mosquito, y me rasqué bien. No podía hacer eso cuando el señor
Stims estaba en la habitación. Cuando estoy con él, trato de comportarme
correctamente para que me respete. Recordé que pronto sería la hora de la cena
y me pregunté qué habría preparado mi mamá. Esperaba que fueran palitos de
pescado con puré de papas. Es mi comida favorita en todo el mundo.
Mi amigo no tardó mucho en volver.
Cuando regresó, traía una pequeña caja brillante y un vaso lleno de agua. Pensé
que era muy considerado de su parte traerme agua, porque tenía mucha sed.
Estaba a punto de extender la mano y decir: “Gracias, señor Stims, es muy
amable de su parte”, cuando colocó la caja brillante sobre el vaso. Se oyó un
siseo y el agua desapareció ante mis ojos. Bueno, en realidad no desapareció de
inmediato. Por un segundo, parecía como si el agua hubiera sido cortada en dos,
como un panecillo fresco con un cuchillo afilado, y luego ambas mitades se
desvanecieron. Me sentí un poco molesto, porque de verdad quería beber esa
agua, pero la escena fue tan asombrosa que no pude evitar exclamar:
—¡GUAAU!
La habitación se llenó de un olor
extraño, como una mezcla de huevos podridos y piña fresca. El señor Stims debió
notar que yo olfateaba, porque dijo:
—Eso es óxido nitroso, o gas de la
risa, como se lo conoce comúnmente. El oxígeno liberado por el proceso se ha
combinado con el nitrógeno del aire. Hay que tener mucho cuidado con el óxido
nitroso. Afecta la mente.
Sabía que esperaba que yo dijera lo
impresionado que estaba, y así lo hice. Él no respondió durante un rato, y
luego empezó un largo discurso. Solo recuerdo fragmentos:
—Tengo grandes planes, grandes
planes —dijo el señor Stims—. ¡Imagina multiplicar la potencia de esta máquina
por cien, por mil, por un millón! ¡Mira el mapa del mundo, Frank! ¡Mira cuánto
espacio ocupan los océanos! Dos tercios de nuestro planeta son agua. ¡Dos
tercios! ¡Cuánta tierra desperdiciada! Muchas regiones están superpobladas. Eso
genera estrés, y el estrés conduce al crimen. Y además, la población mundial
crece a un ritmo cada vez mayor. ¿De qué sirve el agua del océano? No podemos
beberla. Y, en cualquier caso, muchas regiones que hoy son océano alguna vez
fueron tierra firme. Necesitamos recuperar esa tierra. Y no tenemos por qué
detenernos ahí. ¡Ha llegado el momento de que los océanos desaparezcan! Los
haremos desaparecer, igual que el agua de este vaso. Es cierto que eso podría
provocar algunos cambios climáticos, pero se resolverán fácilmente. ¡Y solo
imagina… tierra, tierra por todas partes! ¡Un gran continente continuo! ¡Sin
barreras entre países! ¡Todo el mundo finalmente unido como uno solo, viviendo
en paz! Espacio para plantar cultivos, espacio para que el ganado vague
libremente. Una amplitud que, en este momento, la humanidad ni siquiera se
atreve a soñar. ¡Continentes enteros bajo los océanos están esperando que los
poblemos! ¡Las posibilidades son sobrecogedoras! Sí, habrá un precio que pagar.
Ese precio lo pagarán los habitantes del océano, pero no tenemos por qué
preocuparnos por eso. La inteligencia surgió en la tierra, y serán los
habitantes de la tierra quienes gobiernen este planeta. ¡Y yo pasaré a la
historia como el hombre que hizo todo esto posible, el nuevo salvador de la
humanidad!
El señor Stims estaba cada vez más
exaltado. Siempre que se entusiasma, camina de un extremo a otro de la
habitación y agita los brazos. Y eso era exactamente lo que hacía; sus brazos
giraban como las aspas de un molino y gritaba:
—¡Liberación de la tiranía del
agua! ¡Ha llegado el momento! ¡Las posibilidades son infinitas!
Todo era muy interesante, pero yo
tenía bastante hambre y no podía dejar de pensar en los palitos de pescado con
puré de papas. Fue entonces cuando un pensamiento aterrador me sobresaltó tanto
que sentí como si alguien me hubiera golpeado el estómago. Me di cuenta de que,
sin océanos, ya no habría peces, y sin peces, ya no habría palitos de pescado
para comer. Los palitos de pescado son, de verdad, mi comida favorita en todo
el mundo.
Dije:
—Oiga, espere un momento, señor
Stims. A mí me gustan mucho los palitos de pescado. No puede matar a todos los
peces. ¡Deme esa cosa brillante! No quiero que destruya los océanos.
—Peces, bah —respondió—. ¿Quién los
necesita? No cantan, no se los puede acariciar y huelen horrible.
Se negó a darme la caja. Se produjo
un forcejeo entre nosotros, porque yo estaba empezando a enfadarme bastante
ante la idea de no poder volver a comer palitos de pescado, todo por culpa de
su estúpido invento. Intenté agarrar el aparato y quitárselo; fue entonces
cuando, sin querer, presioné el botón redondo y rojo que tenía en la parte
superior. Lo que ocurrió después fue lo más extraño de todo. Saben que cuando
inflan un globo y luego lo sueltan sin atarlo, este sale volando por toda la
habitación mientras deja escapar el aire, ¿verdad? Pues algo parecido le
ocurrió al señor Stims. Todo ese vapor empezó a salirle por los ojos, las fosas
nasales y la boca, y él se fue volviendo cada vez más delgado y cambiando de
forma ante mis propios ojos. Luego simplemente cayó al suelo, o lo que quedaba
de él, porque para entonces parecía una enorme pasa aplastada.
—Lo siento mucho, señor Stims —le
dije—, pero de verdad me gustan los palitos de pescado. Son mi comida favorita
en todo el mundo.
Después tomé la caja que estaba
tirada en el suelo y la rompí en pedazos pequeños. Ustedes dos ya saben lo que
ocurrió después.
Los dos detectives intercambiaron
una mirada, y uno de ellos dijo:
—Parece que va a ser una noche
larga para todos nosotros, Frank.

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