sábado, 14 de febrero de 2026

BOZALES

Achim Stößer

 

El Día del Oso, Franco vio por primera vez a una mujer sin correa y sin bozal.

La empujaban y tiraban de ella mientras apenas podía ofrecer resistencia, ya exhausto. Luego le quitaron la venda de los ojos y la mordaza. La luz repentina le dolió en los ojos. En la habitación había, además de él, tres hombres y la mujer. Franco se quedó helado. Ya se había encontrado antes con mujeres sin correa, pero nunca una se había atrevido a quitarse el bozal en su presencia, como una mora descarada.

Por fin salió de su parálisis y se volvió hacia los hombres.

—¿Qué quieren de mí? —gritó—. ¿Por qué me han secuestrado?

La habitación no tenía ventanas; la iluminaban lámparas de techo y estaba abarrotada de todo tipo de aparatos técnicos, computadoras, pantallas. Las paredes, e incluso el suelo y el techo, estaban cubiertos por una malla metálica muy fina. Franco recordaba haber entrado en el edificio a nivel de la calle y luego haber bajado en un ascensor hacia un piso subterráneo. Había oído hablar de estas cámaras secretas bajo los edificios, llamadas sótanos o catacumbas. Pero nunca habría creído que existieran allí, en Roma, capital de la provincia de Gran Calabria. Entonces ocurrió lo increíble.

Ella habló.

La mujer habló sin que se le diera permiso.

A Franco le tomó varios segundos comprender lo que decía, tan conmocionado estaba por semejante monstruosidad.

—Perdonad, Don Felipe, este trato algo inusual —y debo admitir, tosco—. Pero necesitamos vuestros servicios.

—¿Qué significa todo esto? —dijo sin mirarla.

Ella continuó su blasfemia sin inmutarse:

—Vos sois un historiador de importancia, Don Felipe Franco. Pero aun dadas las circunstancias no queremos dejar de lado la cortesía y empezaremos por presentarnos. Estos son Alfonso García Hernández, Enrico Leoni y Mateo Dupont. Mi nombre es Teresa Montañéz.

¡Teresa Montañéz! De pronto todo cobró sentido. La legendaria líder de los Rojos –como irónicamente se llamaban a sí mismos– existía de verdad; no era sólo un mito. Él siempre la había imaginado vieja, canosa, pero en realidad no podía tener más de cuarenta años. Se atrevía incluso a vestir ropa masculina; lo que los cuatro llevaban parecía casi un uniforme: camisas rojas, faldas plisadas hasta la rodilla de cuadros grises, zapatos pesados. Teresa mostraba, como si fuera un hombre, sus piernas casi desnudas, cubiertas apenas por vendas.

—¡Asquerosos desviados! Dejarse mandar por una mujerzuela —escupió Franco con el rostro torcido de repugnancia.

—No creo que el género de las personas con las que mantenemos relaciones físicas tenga aquí relevancia alguna —replicó Enrico con sorna.

—¿Qué quieren entonces de mí? —preguntó Franco mirando a Alfonso García Hernández; el nombre le resultaba familiar.

Teresa lo cortó:

—Tendréis que acostumbraros a hablar conmigo, Don Felipe. Al menos si queréis una respuesta.

Él vaciló. Luego se obligó a decir:

—¿Por qué me han secuestrado, Esposa... Hija...?

—No soy solamente la hija de alguien ni la esposa de nadie. Llamadme Doña Teresa.

—¿Doña? Está bien… ¿qué hago aquí, Doña Teresa?

—Ya veis, no fue tan difícil, ¿verdad? Nuestro problema es el siguiente —quiero extenderme, ya que seguramente sólo conozcáis nuestros objetivos a través de las distorsionadas versiones oficiales—: cuando los primeros Teton-Dakota llegaron desde la Isla Tortuga y descubrieron la entonces incivilizada Europa, trajeron muchas cosas desconocidas para nosotros: tabaco, peyote, pero sobre todo la fe en el Cumplidor, que les había enseñado La Única Verdad. Colonizaron este continente, y sus armas y guerreros eran tan superiores a los nuestros que pronto casi toda la población se convirtió; las religiones emergentes de entonces –bahá’ís, cristianos, heranistas, lamaístas, laconistas, etc.– hoy no son más que pequeñas sectas minoritarias que casi nadie conoce.

—¿Y qué? —interrumpió Franco—. ¿Acaso no creemos todos en el mismo Dios? ¿Qué importancia tiene?

—Para quienes fueron masacrados por venerar a Donar, Baal o Hermes, mucha. Pero ese no es nuestro objetivo.

—Claro, hubo ciertos errores, interpretaciones equivocadas de la enseñanza del Cumplidor; pero hoy es algo completamente distinto.

—Llamar “errores” a la matanza de millones que murieron de forma atroz en el poste de tormento no parece apropiado. Pero como dije, por ahora enfoquémonos sólo en el presente.

Se sentó en una de las sillas giratorias; los demás la imitaron, excepto Franco, que permaneció de pie.

—La riqueza que los Oglala han acaparado mediante robo, asesinato, saqueo y explotación hasta hoy supera toda imaginación. Su poder es inigualable. A los niños se les inculca la supuesta Verdad en los círculos de enseñanza desde que son muy pequeños hasta que terminan creyendo en ella, sin posibilidad alguna de pensar por sí mismos. Gran parte de Europa está firmemente en manos del chamanado. En el Este Hispano hay una guerra religiosa entre los Oglala ortodoxos y los sofistas y los heranistas; la capital provincial, Atenas, está sitiada, y así desde hace dieciséis meses.

—¡Wakan Tanka! Es una guerra civil —explotó Franco—. Y se libra por razones étnicas, no religiosas.

—¿Ah, sí? ¿Y a qué grupo étnico pertenecen los heranistas? ¿Y en qué se diferencian realmente las dos sectas oglala, aparte de detalles de su superstición?

—Llamar superstición a la fe íntima de personas profundamente religiosas, que incluso están dispuestas a morir por ella, es…

—Dispuestas a matar por ella, querréis decir. ¡Responded a mi pregunta!

Franco guardó silencio.

—Lo mismo ocurre con las cacerías humanas medievales de los Oglala: si las realizaron sólo por la piel pálida de los nativos europeos, ¿por qué entonces iniciaban a la fuerza incluso a los niños antes de matarlos?

—Pero los Teton también hacen el bien, pensad en las Casas de Medicina.

—Que sólo costean en una fracción diminuta —lo que casi nadie sabe. Imaginad que una cadena de bocadillos —no mencionaré el nombre— recibiera Casas de Medicina pagadas por el Estado, y sólo tuviera que organizar un banquete de carne picada por el Día de la Cosecha; pero a cambio pudiera despedir a todo médico o cuidador vegetariano y nombrar las casas con sus platos cárnicos. ¿Se lo perderían? Lo dudo. Las Casas de Medicina son pura ilusión, exactamente igual que la participación de los Oglala —refutó Teresa—. Pagan casi nada, pero obtienen derechos enormes y propaganda. Pero no es sólo eso. Los Teton han traído tanto sufrimiento que ni pastel de maíz, ni papas, ni vasijas de barro pintadas lo compensan. Las mujeres están condenadas a llevar bozal —continuó—, tal como manda la doctrina. Nada extraño en un pueblo cuya lengua usa palabras distintas para las mismas cosas, unas asignadas a los hombres y otras a las mujeres.

—Naturalmente, ¿qué hay de malo en ello? La obligación de bozal y correa sólo sirve para proteger a la mujer y evitar que, por comentarios o acciones irreflexivas, pierda el honor.

Ella lanzó un grito y giró violentamente en la silla.

—Déjalo, Teresa —intervino Mateo—. Con razonamientos no llegarás lejos; su fe no le permite desviarse del sendero trillado, donde ya no crece la hierba.

Teresa apretó los labios.

—Tienes razón. —Balanceó un poco la silla—. Bien, Don Felipe, esto es lo que haremos: Don Alfonso aquí ha desarrollado un método para cambiar el pasado.

—Vinculación de energías entre parejas cuánticas —murmuró Alfonso mientras se tocaba la cinta de la frente. Entonces Franco lo reconoció, aunque debía tener más de ochenta años y su aspecto había cambiado mucho desde que su fotografía había aparecido en los medios dos décadas atrás, cuando recibió el Premio Solar por sus logros en física. Ahora había caído al nivel de un ayudante de los Rojos, débil, frágil y cansado. —Si las partículas Z fluctúan en tríos, entonces…

—Basta, Don Alfonso —lo interrumpió Teresa—. Eso ahora no importa. Lo que haremos, Don Franco, es cambiar el pasado en un punto decisivo, y con ello también el presente. La aparición del Cumplidor determinó la historia de los últimos dos mil quinientos años, como un insecto que pasa sobre una piedrita y desencadena una avalancha. Vamos a impedirlo, y vos, Don Franco, nos indicaréis el momento adecuado para manipular los impulsos cerebrales del Cumplidor a nivel cuántico tal como una excavadora revuelve un montón de grava, ¿es correcto eso, Don Alfonso?

Franco jadeó.

—No lo haré —gritó—. ¡Están locos!

—No fue una petición. Lo haréis.

—Jamás los ayudaré a destruir al Cumplidor. Nunca, aunque me maten.

—Entonces escuchad. El próximo día de ciervo, el diecisiete del Mes del Fuego del año 2353 de la Era del Cumplidor —según las fórmulas de Don Alfonso— es adecuado para el tránsito. Lo haremos con o sin vuestra ayuda. De hecho, con la de muchos otros historiadores a quienes ya hemos consultado: debíamos asegurarnos de que no nos mintierais. No os mataremos. Os dejaremos libres y cambiaremos el pasado. El mundo como lo conocemos dejará de existir, y vos también, pues algún antepasado vuestro se verá afectado.

—Nunca haber existido —corrigió Alfonso.

—Nunca haber existido, exacto. Este es un espacio de protección, creado para preservar nuestra forma física. En Roma hay docenas de ellos, y en cada ciudad grande del Imperio, otros tantos.

—La probabilidad de éxito es baja —añadió Alfonso—. Quizá sólo unos pocos sobrevivamos al tránsito, quizá ninguno.

—Así es —confirmó Teresa—. Pero existe una posibilidad, y vale el riesgo. Decidid, Don Felipe Franco, pues no hay marcha atrás: corregiremos el pasado.

Franco por fin se sentó. Su mirada se perdió en el vacío; se humedeció los labios.

—¿Qué probabilidad hay? —preguntó al fin.

—No lo sabemos —respondió Alfonso—. Teóricamente uno entre veinte, quizá uno entre diez. En la práctica es imposible decirlo, ya que evidentemente sólo podemos realizar el tránsito una vez. Si fracasa, si, por ejemplo, mi existencia se extingue y en el nuevo mundo mi método no existe…

—No soy científico —dijo Franco—, pero sé que un experimento científico debe poder repetirse y tener resultados verificables.

—Esto no es un experimento científico —dijo Teresa con voz tensa, ojos entornados y aletas de la nariz dilatadas—. Es legítima defensa.

Franco cantó el tradicional canto de la Danza del Sol lakota, como hacía cada mañana del día de ciervo, pero esta vez con especial fervor:

Ate, Wakan Tanka unsimala ye yo.

Oyate, oyate zani cin pelo.

Heya hoye wa yelo he.

Padre, Gran Espíritu, ten compasión de mí. Tu pueblo, tu pueblo necesita sanación. Así te envío mi voz de esta manera.

 

Alfonso limpiaba un cuenco de pemmican con un pan de maíz mientras observaba una pantalla.

—Falta un minuto —dijo, seco. Parecía tranquilo, como si cambiar el mundo fuera algo cotidiano.

—No entiendo cómo podéis estar tan sereno, Don Alfonso, comiendo en un momento así —balbuceó Enrico. Tenía la lengua pesada por el peyote. Sostenía la mano de Teresa—. En cualquier momento podemos entrar en los prados eternos o disolvernos en el aire.

Alfonso negó con la cabeza.

—En menos aún. Pero ya no sentiremos nada cuando llegue el momento. Como si estuviéramos muertos.

—Entonces… rien ne va plus —dijo Mateo en dialecto nordhispano. Nervioso, hacía girar un bolígrafo entre los dedos—. Sigo creyendo que, en vez de manipular el pasado para mejorar el presente, deberíamos trabajar en el presente para un futuro mejor. Todo esto me parece cosa de un heyoka, que hace o dice todo al revés para confundir a la gente.

—Están todos locos. Dios no lo permitirá —silbó Franco—. Su sacrilegio fracasará.

—Diez segundos —dijo Alfonso, dejando el cuenco. En la pantalla, un enorme diez se fundió en un nueve. Ocho. Siete.

Teresa cerró los ojos y apretó los dedos de Enrico.

—Ya casi —dijo Alfonso, agarrando los reposabrazos de la silla—. Tres. Dos. Uno.

—¡Mitakuye oyasin! ¡Todos somos parientes!

El final de sus palabras lo gritó Franco en la oscuridad. Respiraba entrecortadamente, su corazón se desbocaba. Se incorporó de un salto, se mordió los nudillos de la mano cerrada.

—¿Qué ha pasado? ¿Un corte de energía? ¡Respondan! ¿Por qué hace tanto frío?

Avanzó un paso, tropezó, cayó al suelo, sintió suciedad en las manos. Se levantó de nuevo, avanzó hasta chocar con una pared, la palpó hasta encontrar la puerta. Halló el interruptor.

Una bombilla desnuda colgaba del techo, su luz era turbia.

La habitación estaba sucia, llena de trastos, cajas, muebles viejos. Sólo había una ventanita del sótano, tapiada. En una esquina se amontonaba carbón.

Habían desaparecido. Todos. Los Rojos. Las máquinas. Sólo quedaban la silla donde Franco había estado sentado, su ropa y él mismo.

En la pared colgaba un bajorrelieve a media escala: una escena de tortura repugnante, mostrando a un hombre desnudo y demacrado, con expresión de sufrimiento, clavado con manos y pies a dos vigas en cruz. Una corona de alambre de púas le destrozaba la cabeza. ¿Quién podía concebir algo tan abominable?

Franco embistió la puerta: una vez, dos, tres, hasta que la cerradura cedió y se abrió.

Subió corriendo por unas escaleras en penumbra y salió al exterior por una puerta sin llave.

La calle estaba llena de gente. Las mujeres caminaban sin correa ni bozal; muchas iban casi desnudas. Los hombres vestían extrañas prendas bifurcadas, salvo uno con un manto blanco y falda negra, acompañado por dos muchachos; tras ellos marchaba un grupo de gente de negro, siguiendo una caja de madera oscura.

Enfrente había un edificio enorme y fastuoso, blanco, rodeado de esculturas de piedra y con una torre puntiaguda. ¿Sería aquello una casa de oración? ¿O una mezquita pagana?

Algo tiró de su falda plisada. Un niño, vestido con harapos, le tendía la mano pidiendo limosna.

Franco huyó, dobló la esquina y chocó con una mujer, la primera bien vestida que veía allí.

—¡Kusura bakmay iniz! —balbuceó ella con los ojos bajos, lo único visible de su rostro; el resto estaba cubierto por velo y chador.

Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó durante varios años como asistente de investigación, centrándose en arte digital y animación, y también ejerció como profesor en la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe.Desde 1988, ha publicado en antologías y revistas, incluyendo varios volúmenes de la serie antológica "International Science Fiction Stories" de Wolfgang Jeschke. Su colección de relatos, "Virulent Realities", fue publicada en 1997 por dot-Verlag. En 1998, fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. Por ello, el antiespecismo (y, por ende, el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo y el antifascismo, entre otros, son temas centrales en sus relatos y viñetas. Sitio web: https://achim-stoesser.de.

 

 

 

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