sábado, 14 de febrero de 2026

MUDANZAS

Héctor García

 

A mí las mudanzas siempre me parecieron divertidas. Bah, salvo el último tiempo, que ya estaba un poco cansada. Bueno, papá le decía «irse de vacaciones», pero después de un tiempo yo empecé a darme cuenta; tan chiquita no soy, ocho años tengo. Creo que él les decía así para que nosotros no nos pusiéramos tristes por tener que irnos, o porque fuéramos a extrañar. Tampoco era que pudiéramos extrañar mucho, porque no alcanzábamos a quedarnos mucho tiempo en un mismo lugar, así que yo no alcanzaba a hacer ningún amigo en el barrio, tampoco me acuerdo de mis compañeros ni de las seños de cada clase… Y Tomasito… Tomasito seguro que no se acuerda, él era muy chiquito, si es más chiquito que yo.

No me acuerdo cuándo fue la primera vez que nos mudamos. Capaz que papá y mamá ya lo hacían desde antes que yo naciera. Sí me acuerdo de que las últimas veces a papá lo veía más cansado, más desanimado. Al principio no era así, podíamos organizarnos con tiempo, y papá y mamá estaban contentos. Pasábamos meses armando cajas, bolsos y valijas, y cuando llegaba el día cargábamos todo en el auto y salíamos de viaje. Bueno, en realidad eran papá y mamá los que cargaban más cosas; a mí me pedían que cuidara a Tomasito mientras ellos movían todo, y cada tanto me dejaban mover alguna mochilita o el equipo de mate.

Me acuerdo de que en uno de esos tantos viajes jugamos a adivinar qué era lo que más y lo que menos nos gustaba de «irnos de vacaciones». Conmigo fue fácil, a mí siempre me gustó armar las valijas, porque me ayudaba a darme cuenta de cuáles eran las cosas que de verdad quería y de verdad necesitaba, y cuáles eran las que podía dejar atrás sin mucha pena. Mamá se quejaba de que, con tanto movimiento, no podíamos tener un televisor, pero papá decía que era cuestión de pensarlo bien, en una de esas capaz que conseguíamos uno, aunque fuera usado.

—Pero, Horacio —decía ella, con un tono que a mí un poco me asustaba—, ¿vos viste lo que ocupan esos aparatos? Si compramos uno, la próxima vez no nos entran los nenes en el coche.

—¿Y entonces para qué te quejás tanto? —le contestaba papá. Y ahí a mamá cambiaba el tono, se ponía como más soñadora, decía que con todos esos viajes se sentía asilada del mundo (aunque yo no sé qué quería decir con eso), y que con un televisor iba a estar más enterada de todo, más conectada con todo. Y ahí, enseguida se ponía a contar, otra vez, cuando unos años antes se juntaron en la casa de los padres de unos amigos de ella a ver la llegada del hombre a la Luna, y que eso fue lo más maravilloso que había visto en su vida, y que se moría de rabia de solo pensar hasta qué otro lugar del espacio exterior había llegado el hombre en todo ese tiempo que ella no tuvo televisor.

En ese viaje también descubrimos que lo que papá más odiaba de las mudanzas era tener que ir a conocer, o reconocer, los mercados de cada barrio nuevo. Igual, creo que papá siempre odió los mercados. Cuando era chiquito como yo, lo tenía que acompañar al abuelo a hacer las compras, y pasaban horas y horas recorriendo despensas y almacenes y buscando cosas para comprar que fueran de buena calidad y que estuvieran a buen precio. Papá decía que cuando te acostumbrás a un mercado la cosa es más fácil, porque ya sabés dónde está todo y no perdés tanto tiempo, aunque últimamente perdía más tiempo buscando buenos precios que otra cosa.

—Y si con la inflación que hay, los precios están por las nubes, Marta, ¿te das cuenta? —le decía a mamá, para luego agregar—: Y con la manera como están manejando las importaciones, encima las góndolas están saturadas de productos que andá a saber qué son ni de dónde vienen, y vos sabés que a mí no me gusta comprar cualquier cosa.

Yo, la verdad, no entendía qué quería decir papá con eso de «inflación», ni tampoco sabía lo que eran las importanciones, pero sí sabía lo que eran las góndolas y por eso me parecía un poco raro que vendieran botes en los mercados, al menos en esos mercados donde papá iba a comprar fideos y mermelada y esas cosas. Lo que sí tuve que preguntar fue eso de que los precios estaban «por las nubes», y ahí mamá me explicó que eran precios que estaban muy altos y eran muy difíciles de alcanzar para gente como nosotros. «Y bueno, que los bajen así los alcanzamos», pensaba yo, pero para mis adentros, porque a pesar de la explicación todavía no estaba muy segura de entender cómo funcionaba la cosa.

Cuando le cuento estas cosas a la abuela, ella me mira con una mezcla de alegría y de tristeza que yo no sé si es mejor seguir contando o parar. Pero si paro, ella me pide que siga, así que yo sigo. Al principio los viajes eran más o menos tranquilos y organizados, pero de a poco todo se fue volviendo más y más complicado. En algún momento, sin que yo me diera cuenta, papá empezó a avisarnos de golpe que al día siguiente «nos íbamos de vacaciones» y que era mejor empezar a preparar el viaje cuanto antes, él decía que para agarrar la ruta despejada o porque había que llegar temprano o lo que sea, pero yo mucho no le creía. Y cuando hacía esos anuncios ya no lo veía tan bien como al principio, como en las primeras mudanzas, pero yo igual me ponía enseguida a juntar mis cosas y armar el bolso.

Otra cosa que cambió con el tiempo fueron los mismos viajes. Antes duraban menos. Después me empezó a parecer que nos íbamos a pueblos y ciudades que quedaban cada vez más y más lejos. Cuando yo preguntaba a dónde íbamos, mamá me decía unos nombres raros que yo no conocía, primero nombres de personas como Rosario, Rafaela, Santiago del Espero, y después nombre más raros como Gramilla, Tafí, Salta, Tilcara… En todos esos lugares raros conocimos gente rara que también hablaba raro, pero era gente buena que nos trataba bien y que muchas veces nos dejaba descansar en sus propias casas cuando necesitamos pasar la noche para seguir viaje al día siguiente.

La última mudanza sé que fue de noche, muy tarde, Tomasito y yo estábamos durmiendo y mamá nos despertó, estaba como asustada, y nos dijo que nos apuráramos porque papá estaba viniendo a buscarnos para «salir de vacaciones» cuanto antes, y que el que no terminaba se quedaba. Yo creo que llegué a armar una sola mochila con algo de ropa y la muñeca, y nada más, porque también la tuve que ayudar a mamá con las cosas de Tomasito porque él todavía era muy chiquito para preparar nada.

Ese último viaje con papá y mamá fue el más largo de todos. Todos estábamos muy cansados, la ruta estaba más oscura que nunca, no se veían ni la Luna ni las estrellas, con lo que a mí me gustaba ver el cielo cuando viajábamos de noche… Después amaneció, pero había mucha niebla así que se veía casi menos que de noche. Supongo que de a ratos me dormía y me despertaba, y me volvía a dormir y todo así, porque no tengo muchos más recuerdos. A diferencia de otras veces, esa vez no paramos en ningún lado, o sea, parábamos para ir al baño o para comprar algo para comer o para cargar combustible, pero no nos quedamos en la casa de nadie. Mamá le decía a papá que nos convenía parar, que era peligroso hacer tanto viaje de un tirón y sin descansar aunque fuera un poco, pero papá no le hacía caso, estaba apurado.

Solo sé que ya estaba oscureciendo de nuevo cuando reconocí las calles del barrio de los abuelos. Pero no fuimos derecho a su casa. Esperamos un rato largo adentro del auto, todos en silencio porque papá no quería que nadie dijera ni una palabra, mamá en un momento salió a comprar algo de pan y fiambre para preparar unos sanguchitos, y recién cuando se hizo bien de noche, ahí papá volvió a arrancar el auto y finalmente llegamos a lo de los abuelos.

Los abuelos parecía que nos estaban esperando, porque no fue necesario tocar el timbre para que nos abrieran la puerta, ya la habían abierto desde antes de que papá detuviera el auto en el portón de la entrada. Entonces entramos todos en la casa, y papá y mamá nos dijeron que esta vez Tomasito y yo teníamos que pasar unos días de vacaciones ahí mientras ellos arreglaban unas cosas, y después volvían. Yo veía a los abuelos a espaldas de papá y mamá, la abuela estaba llorando, pero el abuelo tenía una cara de serio que daba miedo, yo entre esas caras y las explicaciones de mamá y papá no sabía que pensar. Al fin nos mandaron a dormir y nosotros subimos al cuarto que los abuelos tenían para nosotros y nos acostamos. Pero papá y mamá no se fueron enseguida, yo escuchaba que hablaban con los abuelos, primero hablaban bajito, seguro que para no despertarnos, pero de a poco fueron subiendo la voz, y yo me asusté porque el abuelo le decía cosas feas a papá y mamá, cómo no iban a terminar así, que era obvio que estuviera pasando lo que estaba pasando, y que todavía no se daba cuenta de la suerte que habían tenido hasta ahora, y que tenían que pensar en nosotros, y papá le contestaba que no era su culpa, que él había hecho las cosas bien, que ese era el precio de haber hecho las cosas bien y que hacía lo que hacía justamente por pensar en nosotros, y la abuela, o mamá, o seguro que las dos, lloraban y trataban de frenarlos. Yo no sabía cómo cerrar los oídos para dejar de escuchar, así que me cubrí la cabeza con todas mis fuerzas usando la almohada, y esperaba que Tomasito no estuviera despierto o al menos no estuviera escuchando porque yo no quería que él escuchara esas cosas. No sé cuánto rato pasé así, no sé si me dormí o estuve despierta todo el tiempo, pero sé qué en cierto momento la puerta de la habitación se abrió muy suavemente, y escuché unos pies acercándose a nuestras camas y luego sentí sobre mi mejilla los besos y las lágrimas, primero de mamá y después de papá, y ahí no aguanté más y les devolví los besos con mis propias lágrimas y, les di el abrazo más fuerte que jamás les di en mi vida.

No sé cuánto tiempo pasó desde entonces, pero desde el primer día lo único que hacemos con Tomasito es mirar por la ventana esperando a mamá y papá. El abuelo no dice nada, y la abuela trata de distraernos y jugar un poco con nosotros, y a veces es divertido pero otra veces de verdad que no tenemos ganas. Un día que llovía mucho, Tomasito y yo estábamos entretenidos mirando como las gotas de agua caían sobre la vereda y hacían onditas y otros dibujos raros sobre los charcos que se formaban en los lugares donde faltaban baldosas. Era tanto lo que llovía que apenas se podía escuchar otra cosa que agua y más agua, por eso nos llamó la atención –yo diría que en realidad nos asustó– un sonido como un trueno, pero no venía del cielo sino de la esquina, que terminó siendo un auto que nunca antes había visto, el auto más feo del mundo, era muy grande y parecía un tanque de guerra chiquito, y tenía un color verde horrible, si tuviera que ponerle un nombre le pondría verde descompuesto. El auto pasó rápido e hizo tanto ruido que retumbaron los vidrios de las ventanas y hasta pude escuchar vibrando algunos vasos y platos en la alacena de la cocina, y el ruido permaneció en nuestros oídos incluso un rato después de que el auto pasó de largo. Tan aturdidos y concentrados estábamos, que nos sorprendió escucharlo al abuelo atrás nuestro.

—Seguro que a sus padres ya los metieron hace rato en unos de esos Falcon —dijo, con mal genio, y la abuela, que justo pasaba por ahí y alcanzó a escucharlo de casualidad, empezó a retarlo por decir esas cosas, que para variar ni Tomasito ni yo entendíamos, y la abuela muchas veces lo había retado al abuelo, pero esta vez fue distinto, estaba como loca, nunca la habíamos visto así. Mientras tanto, el abuelo no decía nada, nomás miraba fijo la ventana, y la abuela, tal vez cansada de que el abuelo no le preste atención, nos agarró de las manos y nos llevó aparte, a la cocina.

—Escuchen, chicos —empezó a decirnos, y pude notar otra vez las lágrimas en sus ojos—, el abuelo en el fondo es una buena persona y los quiere mucho, un montón, tanto como yo, pero a veces dice cosas feas sin darse cuenta, así que ustedes no le hagan caso. —Entonces hizo una pausa larga, como si estuviera pensando si seguir hablando o no, y se ve que decidió seguir hablando, porque luego agregó—: Tal vez esto sea demasiado difícil para ustedes, pero también creo que es mejor que sepan las cosas cuanto antes. Independientemente de lo que piensen hoy o mañana, quiero que entiendan que sus papás dieron todo por ustedes, porque los aman hasta el infinito, y si hoy no están acá con nosotros es simplemente porque no pueden. Pero quédense tranquilos, estoy segura de que ellos los cuidan… Todo el tiempo, ellos los cuidan desde el Cielo.

—¿Papá y mamá están en el Cielo…? —pregunté, asombrada.

—Sí, tesoro… —respondió la abuela, con la voz ahogada en llanto.

—Pero eso es bueno —dije yo—, porque seguro que ahora ya alcanzaron los precios que estaban por las nubes.

La abuela se quedó como helada unos segundos, y luego, sin que yo lo esperara, se largó a reír. La mezcla entre la risa y las lágrimas la hacía ver como nunca la había visto. Tan sorprendida estaba que sin querer se me escapó un «Qué linda que sos, abu». Y ella nos abrazó, suave pero fuerte, y así nos quedamos un rato.

Héctor Alfredo García nació en Tandil (Buenos Aires, Argentina) en el año 1986. Doctor en Física por la UNCPBA y actual proyecto de docente, dibujante y persona. Tomó interés por la literatura cuando niño, principalmente en el rol de lector, y dio sus primeros pasos como escritor en la adolescencia, haciéndose cada tanto con algún espacio en revistas escolares y universitarias. En la actualidad cuenta con textos publicados en blogs y en diversas antologías, tanto digitales como impresas.

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