Héctor
García
A mí las
mudanzas siempre me parecieron divertidas. Bah, salvo el último tiempo, que ya
estaba un poco cansada. Bueno, papá le decía «irse de vacaciones», pero después
de un tiempo yo empecé a darme cuenta; tan chiquita no soy, ocho años tengo.
Creo que él les decía así para que nosotros no nos pusiéramos tristes por tener
que irnos, o porque fuéramos a extrañar. Tampoco era que pudiéramos extrañar
mucho, porque no alcanzábamos a quedarnos mucho tiempo en un mismo lugar, así
que yo no alcanzaba a hacer ningún amigo en el barrio, tampoco me acuerdo de
mis compañeros ni de las seños de cada clase… Y Tomasito… Tomasito
seguro que no se acuerda, él era muy chiquito, si es más chiquito que yo.
No me acuerdo cuándo fue la primera vez que nos mudamos. Capaz que papá y
mamá ya lo hacían desde antes que yo naciera. Sí me acuerdo de que las últimas
veces a papá lo veía más cansado, más desanimado. Al principio no era así,
podíamos organizarnos con tiempo, y papá y mamá estaban contentos. Pasábamos
meses armando cajas, bolsos y valijas, y cuando llegaba el día cargábamos todo
en el auto y salíamos de viaje. Bueno, en realidad eran papá y mamá los que
cargaban más cosas; a mí me pedían que cuidara a Tomasito mientras ellos movían
todo, y cada tanto me dejaban mover alguna mochilita o el equipo de mate.
Me acuerdo de que en uno de esos tantos viajes jugamos a adivinar qué era
lo que más y lo que menos nos gustaba de «irnos de vacaciones». Conmigo fue
fácil, a mí siempre me gustó armar las valijas, porque me ayudaba a darme
cuenta de cuáles eran las cosas que de verdad quería y de verdad necesitaba, y
cuáles eran las que podía dejar atrás sin mucha pena. Mamá se quejaba de que,
con tanto movimiento, no podíamos tener un televisor, pero papá decía que era
cuestión de pensarlo bien, en una de esas capaz que conseguíamos uno, aunque
fuera usado.
—Pero, Horacio —decía ella, con un tono que a mí un poco me asustaba—,
¿vos viste lo que ocupan esos aparatos? Si compramos uno, la próxima vez no nos
entran los nenes en el coche.
—¿Y entonces para qué te quejás tanto? —le contestaba papá. Y ahí a mamá
cambiaba el tono, se ponía como más soñadora, decía que con todos esos viajes
se sentía asilada del mundo (aunque yo no sé qué quería decir con eso),
y que con un televisor iba a estar más enterada de todo, más conectada con
todo. Y ahí, enseguida se ponía a contar, otra vez, cuando unos años antes se
juntaron en la casa de los padres de unos amigos de ella a ver la llegada del
hombre a la Luna, y que eso fue lo más maravilloso que había visto en su vida,
y que se moría de rabia de solo pensar hasta qué otro lugar del espacio
exterior había llegado el hombre en todo ese tiempo que ella no tuvo televisor.
En ese viaje también descubrimos que lo que papá más odiaba de las
mudanzas era tener que ir a conocer, o reconocer, los mercados de cada barrio
nuevo. Igual, creo que papá siempre odió los mercados. Cuando era chiquito como
yo, lo tenía que acompañar al abuelo a hacer las compras, y pasaban horas y
horas recorriendo despensas y almacenes y buscando cosas para comprar que
fueran de buena calidad y que estuvieran a buen precio. Papá decía que cuando
te acostumbrás a un mercado la cosa es más fácil, porque ya sabés dónde está
todo y no perdés tanto tiempo, aunque últimamente perdía más tiempo buscando
buenos precios que otra cosa.
—Y si con la inflación que hay, los precios están por las nubes, Marta,
¿te das cuenta? —le decía a mamá, para luego agregar—: Y con la manera como
están manejando las importaciones, encima las góndolas están saturadas de
productos que andá a saber qué son ni de dónde vienen, y vos sabés que a mí no
me gusta comprar cualquier cosa.
Yo, la verdad, no entendía qué quería decir papá con eso de «inflación»,
ni tampoco sabía lo que eran las importanciones, pero sí sabía lo que
eran las góndolas y por eso me parecía un poco raro que vendieran botes en los
mercados, al menos en esos mercados donde papá iba a comprar fideos y mermelada
y esas cosas. Lo que sí tuve que preguntar fue eso de que los precios estaban
«por las nubes», y ahí mamá me explicó que eran precios que estaban muy altos y
eran muy difíciles de alcanzar para gente como nosotros. «Y bueno, que los
bajen así los alcanzamos», pensaba yo, pero para mis adentros, porque a pesar
de la explicación todavía no estaba muy segura de entender cómo funcionaba la
cosa.
Cuando le cuento estas cosas a la abuela, ella me mira con una mezcla de
alegría y de tristeza que yo no sé si es mejor seguir contando o parar. Pero si
paro, ella me pide que siga, así que yo sigo. Al principio los viajes eran más
o menos tranquilos y organizados, pero de a poco todo se fue volviendo más y
más complicado. En algún momento, sin que yo me diera cuenta, papá empezó a
avisarnos de golpe que al día siguiente «nos íbamos de vacaciones» y que era
mejor empezar a preparar el viaje cuanto antes, él decía que para agarrar la
ruta despejada o porque había que llegar temprano o lo que sea, pero yo mucho
no le creía. Y cuando hacía esos anuncios ya no lo veía tan bien como al
principio, como en las primeras mudanzas, pero yo igual me ponía enseguida a
juntar mis cosas y armar el bolso.
Otra cosa que cambió con el tiempo fueron los mismos viajes. Antes
duraban menos. Después me empezó a parecer que nos íbamos a pueblos y ciudades
que quedaban cada vez más y más lejos. Cuando yo preguntaba a dónde íbamos,
mamá me decía unos nombres raros que yo no conocía, primero nombres de personas
como Rosario, Rafaela, Santiago del Espero, y después nombre más raros
como Gramilla, Tafí, Salta, Tilcara… En todos esos lugares raros conocimos
gente rara que también hablaba raro, pero era gente buena que nos trataba bien
y que muchas veces nos dejaba descansar en sus propias casas cuando necesitamos
pasar la noche para seguir viaje al día siguiente.
La última mudanza sé que fue de noche, muy tarde, Tomasito y yo estábamos
durmiendo y mamá nos despertó, estaba como asustada, y nos dijo que nos
apuráramos porque papá estaba viniendo a buscarnos para «salir de vacaciones»
cuanto antes, y que el que no terminaba se quedaba. Yo creo que llegué a armar
una sola mochila con algo de ropa y la muñeca, y nada más, porque también la
tuve que ayudar a mamá con las cosas de Tomasito porque él todavía era muy
chiquito para preparar nada.
Ese último viaje con papá y mamá fue el más largo de todos. Todos
estábamos muy cansados, la ruta estaba más oscura que nunca, no se veían ni la
Luna ni las estrellas, con lo que a mí me gustaba ver el cielo cuando
viajábamos de noche… Después amaneció, pero había mucha niebla así que se veía
casi menos que de noche. Supongo que de a ratos me dormía y me despertaba, y me
volvía a dormir y todo así, porque no tengo muchos más recuerdos. A diferencia
de otras veces, esa vez no paramos en ningún lado, o sea, parábamos para ir al
baño o para comprar algo para comer o para cargar combustible, pero no nos
quedamos en la casa de nadie. Mamá le decía a papá que nos convenía parar, que
era peligroso hacer tanto viaje de un tirón y sin descansar aunque fuera un
poco, pero papá no le hacía caso, estaba apurado.
Solo sé que ya estaba oscureciendo de nuevo cuando reconocí las calles
del barrio de los abuelos. Pero no fuimos derecho a su casa. Esperamos un rato
largo adentro del auto, todos en silencio porque papá no quería que nadie
dijera ni una palabra, mamá en un momento salió a comprar algo de pan y fiambre
para preparar unos sanguchitos, y recién cuando se hizo bien de noche,
ahí papá volvió a arrancar el auto y finalmente llegamos a lo de los abuelos.
Los abuelos parecía que nos estaban esperando, porque no fue necesario
tocar el timbre para que nos abrieran la puerta, ya la habían abierto desde
antes de que papá detuviera el auto en el portón de la entrada. Entonces
entramos todos en la casa, y papá y mamá nos dijeron que esta vez Tomasito y yo
teníamos que pasar unos días de vacaciones ahí mientras ellos arreglaban unas
cosas, y después volvían. Yo veía a los abuelos a espaldas de papá y mamá, la
abuela estaba llorando, pero el abuelo tenía una cara de serio que daba miedo,
yo entre esas caras y las explicaciones de mamá y papá no sabía que pensar. Al
fin nos mandaron a dormir y nosotros subimos al cuarto que los abuelos tenían
para nosotros y nos acostamos. Pero papá y mamá no se fueron enseguida, yo
escuchaba que hablaban con los abuelos, primero hablaban bajito, seguro que
para no despertarnos, pero de a poco fueron subiendo la voz, y yo me asusté
porque el abuelo le decía cosas feas a papá y mamá, cómo no iban a terminar
así, que era obvio que estuviera pasando lo que estaba pasando, y que todavía
no se daba cuenta de la suerte que habían tenido hasta ahora, y que tenían que
pensar en nosotros, y papá le contestaba que no era su culpa, que él había
hecho las cosas bien, que ese era el precio de haber hecho las cosas bien y que
hacía lo que hacía justamente por pensar en nosotros, y la abuela, o mamá, o
seguro que las dos, lloraban y trataban de frenarlos. Yo no sabía cómo cerrar
los oídos para dejar de escuchar, así que me cubrí la cabeza con todas mis
fuerzas usando la almohada, y esperaba que Tomasito no estuviera despierto o al
menos no estuviera escuchando porque yo no quería que él escuchara esas cosas.
No sé cuánto rato pasé así, no sé si me dormí o estuve despierta todo el
tiempo, pero sé qué en cierto momento la puerta de la habitación se abrió muy
suavemente, y escuché unos pies acercándose a nuestras camas y luego sentí
sobre mi mejilla los besos y las lágrimas, primero de mamá y después de papá, y
ahí no aguanté más y les devolví los besos con mis propias lágrimas y, les di
el abrazo más fuerte que jamás les di en mi vida.
No sé cuánto tiempo pasó desde entonces, pero desde el primer día lo
único que hacemos con Tomasito es mirar por la ventana esperando a mamá y papá.
El abuelo no dice nada, y la abuela trata de distraernos y jugar un poco con
nosotros, y a veces es divertido pero otra veces de verdad que no tenemos
ganas. Un día que llovía mucho, Tomasito y yo estábamos entretenidos mirando
como las gotas de agua caían sobre la vereda y hacían onditas y otros dibujos
raros sobre los charcos que se formaban en los lugares donde faltaban baldosas.
Era tanto lo que llovía que apenas se podía escuchar otra cosa que agua y más
agua, por eso nos llamó la atención –yo diría que en realidad nos asustó– un
sonido como un trueno, pero no venía del cielo sino de la esquina, que terminó
siendo un auto que nunca antes había visto, el auto más feo del mundo, era muy
grande y parecía un tanque de guerra chiquito, y tenía un color verde horrible,
si tuviera que ponerle un nombre le pondría verde descompuesto. El auto pasó
rápido e hizo tanto ruido que retumbaron los vidrios de las ventanas y hasta
pude escuchar vibrando algunos vasos y platos en la alacena de la cocina, y el
ruido permaneció en nuestros oídos incluso un rato después de que el auto pasó
de largo. Tan aturdidos y concentrados estábamos, que nos sorprendió escucharlo
al abuelo atrás nuestro.
—Seguro que a sus padres ya los metieron hace rato en unos de esos Falcon
—dijo, con mal genio, y la abuela, que justo pasaba por ahí y alcanzó a
escucharlo de casualidad, empezó a retarlo por decir esas cosas, que para
variar ni Tomasito ni yo entendíamos, y la abuela muchas veces lo había retado
al abuelo, pero esta vez fue distinto, estaba como loca, nunca la habíamos
visto así. Mientras tanto, el abuelo no decía nada, nomás miraba fijo la
ventana, y la abuela, tal vez cansada de que el abuelo no le preste atención,
nos agarró de las manos y nos llevó aparte, a la cocina.
—Escuchen, chicos —empezó a decirnos, y pude notar otra vez las lágrimas
en sus ojos—, el abuelo en el fondo es una buena persona y los quiere mucho, un
montón, tanto como yo, pero a veces dice cosas feas sin darse cuenta, así que
ustedes no le hagan caso. —Entonces hizo una pausa larga, como si estuviera
pensando si seguir hablando o no, y se ve que decidió seguir hablando, porque
luego agregó—: Tal vez esto sea demasiado difícil para ustedes, pero también
creo que es mejor que sepan las cosas cuanto antes. Independientemente de lo
que piensen hoy o mañana, quiero que entiendan que sus papás dieron todo por
ustedes, porque los aman hasta el infinito, y si hoy no están acá con nosotros
es simplemente porque no pueden. Pero quédense tranquilos, estoy segura de que
ellos los cuidan… Todo el tiempo, ellos los cuidan desde el Cielo.
—¿Papá y mamá están en el Cielo…? —pregunté, asombrada.
—Sí, tesoro… —respondió la abuela, con la voz ahogada en llanto.
—Pero eso es bueno —dije yo—, porque seguro que ahora ya alcanzaron los
precios que estaban por las nubes.
La abuela se quedó como helada unos segundos, y luego, sin que yo lo
esperara, se largó a reír. La mezcla entre la risa y las lágrimas la hacía ver
como nunca la había visto. Tan sorprendida estaba que sin querer se me escapó
un «Qué linda que sos, abu». Y ella nos abrazó, suave pero fuerte, y así nos
quedamos un rato.
Héctor Alfredo García nació en Tandil (Buenos Aires, Argentina) en el año 1986. Doctor en Física por la UNCPBA y actual proyecto de docente, dibujante y persona. Tomó interés por la literatura cuando niño, principalmente en el rol de lector, y dio sus primeros pasos como escritor en la adolescencia, haciéndose cada tanto con algún espacio en revistas escolares y universitarias. En la actualidad cuenta con textos publicados en blogs y en diversas antologías, tanto digitales como impresas.

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