lunes, 9 de febrero de 2026

COSTUMBRES DEL ALCAUCIL

Fernando Sorrentino

 

Muy pocas personas conocen el pasaje Ohm. Su única cuadra de extensión corre cerca de la esquina de las avenidas Triunvirato y de los Incas. En un pequeño departamento con balcón al contrafrente vivo yo.

Alcancé los cuarenta y ocho años sin querer –o sin poder– casarme. Vivo solo y me arreglo bastante bien. No soy agricultor ni botánico, sino profesor de castellano, literatura y latín: nada sé de aquellas ciencias rurales y naturales, pero algo conozco de lingüística y etimologías. Desde estos campos empecé mi acercamiento al alcaucil.

Como se sabe, un buen porcentaje del léxico español reconoce su origen en la lengua de los invasores árabes del siglo VIII. A veces éstos crearon el vocablo mediante el recurso de conferir forma árabe a un sustantivo latino (o neolatino) corriente en la España de entonces.

Tal es el caso de la palabra mozárabe caucil, proveniente del latín capitiellum, que significa «cabecita». De manera que alcaucil (artículo + sustantivo) significa «la cabecita». Este nombre popular posee, digamos, mayor «expresividad» y «utilidad» que el término científico Cynara scolymus.

Veamos por qué. 

En Buenos Aires nadie ha visto una planta de alcaucil. De las verdulerías nosotros conocemos, precisamente, esas cabecitas muertas cuyo corazón (mejor llamado receptáculo) y las bases de cuyas hojas (mejor dicho, escamas) son, por cierto, muy sabrosos. Ahora bien, estas cabecitas guardan el germen de la flor, y el horticultor las arranca de la planta antes de que aquélla llegue a desarrollarse, pues, de no hacerlo así, luego se endurecen y ya no son comestibles.

Durante toda mi vida, yo fui un ignorante total en lo que a morfología, vida y costumbres del alcaucil respecta. Ahora, en cambio, puedo decir, sin pedantería, que he adquirido bastante información y que me he convertido en una suerte de módica autoridad en la materia. Admito, sí, que, sobre el alcaucil, es más lo que me resta por aprender que lo que he aprendido.

El alcaucil puede cultivarse en una maceta, de proporciones más bien amplias. Como es una planta áspera y sufrida, una especie de cardo, requiere escasos cuidados; se desarrolla en seguida; alcanza, de altura, un metro y, en extensión horizontal, una longitud que, hasta ahora, resulta imposible determinar.

Aunque, en general, no me interesan ni me atraen las plantas, acepté con fingida gratitud el alcaucil que me regaló una vecina apodada la Chiche: ésta es una señora de cierta edad y de anteojos, simple y aburridora, que tiene un hijo, más bien de escasas luces, llamado Sebastián.

El joven Sebas –así apocopado por su madre y sus amigos– terminó el tercer año con arduas dificultades. Ignoro por qué me avine a impartirle gratuitamente clases particulares de castellano para que intentara aprender en pocos días lo que no había logrado ni siquiera sospechar en los once o doce meses anteriores.

Nada me cuesta declarar que soy un excelente profesor de castellano, con la experiencia –y el cansancio– de veinte años de tiza y pizarrón. Pero Sebas –inapelablemente palurdo y de tropezado razonamiento– resultó, tal como yo lo preveía, reprobado con justicia por la mesa examinadora del mes de marzo.

La señora Chiche –fanatismo maternal a un lado– supo comprender que la deficiencia no estaba en mí sino en su hijo y, para agradecerme de alguna manera, me regaló la susodicha planta de alcaucil.

La señora Chiche llegó a mi departamento, estuvo un rato, emitió abundantes errores e imprecisiones, no prestó la menor atención a ninguna de mis palabras, me hizo conocer su visión desencantada del mundo y, ¡por fin!, se retiró, dejándome la habitual sensación de desagrado que me producen las personas de escasa inteligencia e ilimitada incultura. Y, junto con cierto mal humor, ahí quedó, en el balcón, en su maceta roja y blanca, la planta de alcaucil.

Poco a poco, fue prodigándose en múltiples cabecitas (alcauciles) de color verde apagado. Por su propio peso, los alcauciles fueron doblegando la resistencia de los tallos y empezaron a reptar por el suelo del balcón, como si fueran las múltiples garras de un animal amorfo y difícil de reconocer, una suerte de erizado pulpo terrestre, con algo de la dureza pétrea y verdusca de las bestias prehistóricas.

Así habrá transcurrido una semana.

Años enteros he luchado sin éxito contra las hormiguitas rojas, esos bichitos invencibles y omnívoros diseminados en infinitas cuevas por todo el departamento. Una tarde me hallaba sentado en el balcón; leía el diario y tomaba mate.

Entonces vi que cuatro de las tantas cabecitas de la planta estaban dadas a la caza de hormigas rojas. Su técnica era, a la vez, muy sencilla y muy eficaz. Con las hojas abajo y el tallo arriba, corrían a modo de arañas, apresaban con delicada exactitud a la hormiga y, mediante rápidos movimientos de tracción y masticación, la llevaban hasta el centro del alcaucil, por donde era ingerida.

Observando con atención, podía advertirse, en los puntos de ensanchamiento del tallo móvil o tentáculo, que los cadáveres de las hormigas eran trasladados hasta el tallo central, donde –imaginé– se hallaría el aparato digestivo del alcaucil. En películas documentales yo había visto más de una vez algo parecido: cuando la culebra traga una laucha o una rana, uno puede percibir la forma del cuerpo de la víctima que se desliza por el interior del cuerpo del victimario: de esta misma manera comían también los alcauciles.

Sentí alegría. Este hecho me pareció auspicioso. Los alcauciles eran infatigables y terriblemente hambrientos. Pensé que, en poco tiempo, lograrían triunfar donde yo fracasé durante años: que terminarían, de modo contundente, con todas las hormigas rojas del departamento, esas hormigas que yo, en mi impotencia, tanto aborrecía.

En efecto, así fue. Llegó el momento en que ya no vi ninguna hormiguita roja. Entonces el alcaucil se extendió en la busca de otros alimentos.

Algunos alcauciles estrangularon y devoraron a las demás plantas del balcón: malvones, geranios, un rosal siempre fracasado, unos helechos antiquísimos, un bravío cacto espinoso. Otros alcauciles, en cambio, prefirieron cavar la tierra y capturaron lombrices útiles y sabandijas perjudiciales. Un tercer grupo trepó por las paredes y penetró en lo hondo de los antros de las arañas.

En verdad, esos alcauciles tenían buen apetito, y crecían. Crecían siempre. No tardaron mucho tiempo en ocupar todo el balcón. A modo de enredadera, se tendieron por el piso, por el techo, por las paredes, en vueltas y revueltas que los convirtieron en selva inextricable.

Debo confesar que, en este punto, me asusté un poquito: temí, estúpidamente, que el alcaucil continuara creciendo hasta ocupar todo el departamento.

—Muy bien —le dije—. Si ésa es tu intención, te condeno a morir de hambre.

Bajé las cortinas de madera gris y cerré herméticamente los vidrios de los ventanales del comedor y del dormitorio. Estaba seguro de que, privado de alimento, el alcaucil empezaría a languidecer, a debilitarse, a encogerse, y terminaría por agostarse en briznas resecas hasta morir.

Adopté esa medida precautoria el lunes 11 de abril de 1988. Por no sé qué conflicto laboral, en mi colegio no hubo clases hacia el final de la semana. Aproveché entonces para hacerme una escapadita a Mar del Plata, en compañía de una especie de novia —por cierto, ya madura— que tengo desde hace muchísimos años, que es profesora de matemática y que se llama Liliana Tedeschi. Ambos devotos del tren y refractarios al ómnibus, partimos de Constitución el miércoles por la noche y pasamos luego cuatro hermosos días en aquella grata ciudad otoñal.

El domingo 17 de abril, hacia las ocho de la mañana, me hallé de regreso en mi departamento de la calle Ohm. Como temo a los ladrones, tengo puerta blindada y dos cerrojos de seguridad. Con el modesto orgullo de ser tan previsor, abrí el primer cerrojo, abrí el segundo, empujé la puerta. Noté que ofrecía cierta resistencia: no demasiado firme, es verdad, pero resistencia al fin.

Entré entonces en una suerte de bosquecillo de alcauciles. Me recibió una fuerte corriente de aire: en mi ausencia, estos individuos habían primero devorado las maderas de la cortina enrollable y luego destrozado los vidrios de los ventanales. Ahora, como ingentes medusas, se hallaban esparcidos por todo el departamento, y cubrían metódicamente pisos, paredes y cielos rasos, reptaban por los rincones, se encaramaban a los muebles, investigaban agujeros y recovecos…

Esto fue lo que vi en una primera mirada general. En seguida intenté obtener un cuadro más sistemático de la situación. Aunque traté de mantenerme sereno, aquellos abusos no pudieron menos que indignarme.

Los alcauciles habían abierto la heladera, el freezer y todas las alacenas, y habían comido el queso, la manteca, las carnes congeladas, las papas, los tomates, los fideos, el arroz, la harina de trigo, las galletitas… En el piso de la cocina me topé con frascos, ahora vacíos, de mermelada, de aceitunas, de pickles, de chimichurri…

Habían devorado todo lo humanamente devorable y ahora –ante mis ojos coléricos– se dedicaban también a todo lo alcaucilmente devorable, que, según estaba viendo, era toda materia orgánica –muerta o viva–, y se hallaban desgarrando, royendo y mascando el cuero y las plumas de los sillones y las maderas de los muebles. Y se hallaban desgarrando, royendo y mascando los libros, ¡oh, Dios, mis libros queridos, reunidos con amor a lo largo de más de treinta años, mis libros subrayados y comentados –jamás con tinta, siempre con lápiz– por mi letra prolija y cuidadosa una y mil veces!

No tengo cuchilla de carnicero pero sí una tijera para trozar pollos. Coloqué un tallo de alcaucil entre las dos hojas de acero y –con odio, con jubilosa impiedad– cercené la abominable cabecita enemiga.

El alcaucil decapitado rodó unos centímetros. En el mismo instante, el tallo seccionado se multifurcó en no sé cuántos tallos menores y, simultáneamente, nacieron quince, veinte, cincuenta cabecitas que, furiosas, se lanzaron contra mí, intentando morderme los zapatos, las piernas, las manos.

Entonces, y como pude, retrocedí hacia la zona del baño y del dormitorio, donde la densidad de alcauciles por centímetro cuadrado era mucho menor. Soy una persona –creo– bastante lúcida y no me hallaba dispuesto a perder la calma: sólo quería serenarme y reflexionar un poco, pues no dudaba –siempre tuve mucha confianza en mí mismo– de que hallaría pronta solución al problema de los alcauciles.

Razoné.

Durante mi ausencia, ¿qué los había exasperado y hasta enloquecido? Sin duda, la falta de alimentos. En efecto, durante las semanas anteriores –cuando se hallaban normalmente nutridos–, los alcauciles habían manifestado una conducta digna y juiciosa. Bastaría, pues, con proveerlos de la comida necesaria para que volvieran a ser los calmos y mansos alcauciles de otrora.

Desde el teléfono del dormitorio –casi no había cama, ni mesitas de luz ni placares ni ropas– llamé al mercadito Los Dos Amigos. El primer amigo vende carne; el segundo amigo, verduras y frutas. Al primero le encargué ocho kilos de menudencias bien baratas: hígado, bofe, huesos. Al segundo, papas y zapallos, que cuestan poquísimo y rinden mucho. Les pedí que me mandaran todo en seguida: así aplacaría, por el momento, el hambre de los alcauciles. Más adelante buscaría –y hallaría– la solución definitiva.

Mientras los alcauciles y yo esperábamos los víveres, ellos continuaban royendo. El ruido que produce su roer es similar al de sacudir una caja de fósforos, con la salvedad de que nadie está todo el tiempo sacudiendo una caja de fósforos, y, en cambio, los alcauciles roían, roían, roían todo el tiempo. Continuaban royendo los restos de los muebles: tragaban la madera y desechaban la laca y los elementos metálicos o plásticos.

Pensé: «Mientras tengan algo para comer, estaré a salvo.» Y, en seguida: «Cómo tardan Los Dos Amigos.»

Entonces sonó el timbre (no el del portero eléctrico sino el del departamento): sonó con ese tipo de llamado largo e impaciente que yo aborrezco. Anticipándose a mi movimiento, un alcaucil presionó hacia abajo el picaporte y abrió de par en par la puerta.

En el vano, sobre el fondo más oscuro del pasillo, con delantal blanco y gorrita blanca, y con una enorme canasta de mimbre sostenida por ambas manos, apareció el muchacho gordo y rudimentario que muchas veces yo había visto lavando la vereda del mercadito Los Dos Amigos.

El muchacho –descomunal zopenco de veinte años y cien kilos de peso– vaciló un instante entre saludarme y avanzar. Otra cosa no pudo hacer: en segundos fue envuelto por una telaraña verde, dúctil y eficaz de cuarenta o cincuenta alcauciles. No llegó a gritar ni pudo mover los brazos. Con alcauciles en los ojos, en el cuello y dentro de la boca, semiestrangulado, y no sé si vivo o ya muerto, fue arrastrado –con ligereza de pluma– hasta el centro del comedor, y allí los alcauciles, en áspero tumulto, se dieron a la tarea de horadar y carcomer al muchacho gordo del mercadito, y también su canasta de mimbre, y las papas y los zapallos, y el hígado y el bofe y los huesos.

Aquella imagen de los pequeños alcauciles que recorrían el gran cuerpo me recordó la de las hormiguitas rojas cuando seccionan una cucaracha muerta, o viva.

Mientras estos alcauciles ingerían al muchacho, otros habían echado llave a la puerta del departamento y mantenían ahora aquélla en su poder, lejos de mi posibilidad de alcance.

Entonces me encerré en el cuarto de baño, recinto aún del todo libre de alcauciles. Corrí el pasador metálico y, sentado en el borde de la bañadera, traté de imaginar un rápido plan para derrotar a los alcauciles. Con muchos nervios y con poco tiempo, apenas si llegué a esbozar la idea de provocar un incendio. Pero, ¿qué incendiar?: ya casi no quedaban cosas inflamables, mi casa sólo era un esqueleto de materias inorgánicas.

Estas especulaciones, y otras parecidas, resultaban, al fin, ociosas e inoperantes. Lo mejor –me dije– será no pensar en nada. Y esperar. Sentado en el borde de la bañadera, esperar. Contemplando con estúpida atención esos objetos familiares tan desprovistos de interés: el lavatorio, el espejo, los azulejos…

Los alcauciles ya han empezado a roer y perforar la puerta del cuarto de baño en veinte puntos distintos. Pronto habrá allí veinte boquetes y, en seguida, veinte cabecitas de un verde apagado que avanzarán hacia mí.

Yo espero: ni resignado ni pasivo. He arrancado la barra del toallero y la empuño a modo de garrote: no me entregaré sin resistencia; trataré de inferirles el mayor daño posible.

Repito lo que dije al principio: he aprendido bastante –pero aún ignoro muchas cosas– sobre las costumbres del alcaucil.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La NaciónClarínLa OpiniónLa PrensaLetras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

MASACRE

Giulia Abbate

 

Hoy cumplo la mayoría de edad. Soy una chica realizada y estoy orgullosa de mí.

(¡Estrellas con dos piernas humanas!)

No fue fácil, nada fue fácil. Ponerme en contra de los deseos de mi familia, contra ese futuro retrógrado de matrimonio e hijos que querían para mí. Desafiar las convenciones de esta sociedad solo aparentemente libre, pero en realidad profundamente patriarcal, atrasada, retrógrada.

(El Cielo y la Tierra han intercambiado sus lugares.)

Y sin embargo no me rendí. Presenté la solicitud, superé todos los exámenes, obtuve siempre las mejores calificaciones. Nada fue fácil: no es fácil liberarse de los esquemas preestablecidos, de todas esas actuaciones falsas a las que te obligan desde que naces; no fue fácil descubrir quién soy realmente, construir pieza por pieza mi verdadera identidad, una batalla tras otra.

(La humanidad lleva cascos luminosos, resplandecientes.)

Pero con la ayuda de la escuela lo logré, la escuela me salvó: comprendieron cuánto sufría. Tenía trece años y odiaba a mi familia y su estúpida mentalidad; sentía que algo en mí no estaba bien, y era culpa de ellos, culpa de la sociedad y de su conformismo. Un docente atento captó mi malestar, entendió que en realidad yo era fuerte, que era un maravilloso unicornio multicolor, y que corría el riesgo de no poder jamás alzar el vuelo, de no poder construir una versión mejor y más auténtica de mí misma. Y me ayudó a liberarme.

(Cascos de metal, luminosos, resplandecientes.)

Me ayudó a alistarme, y en las Jóvenes Promesas de la Paz me sentí enseguida como en casa: encontré una verdadera familia, que no te juzga, que no te rechaza si te sientes fuera de lugar, que te encuentra un sitio y te ayuda a florecer, a sobresalir en cualquier desempeño, a completar entrenamientos cada vez más duros. Afronté pruebas físicas casi imposibles, reforcé el estudio y la capacidad de resolución de problemas, elegí mi identidad de género y construí, pieza por pieza, al espléndidə ser humanə en el que estaba destinada a convertirme.

(Un pelotón de soldados carga desde la luna.)

Y ahora estoy lista. Soy una chica, y soy fuerte. Soy libre de las cadenas familiares, soy libre de expresar mi potencial y puedo hacer que también otrəs sean liberadəs de todo esto. Estoy al frente de la fila y soy feliz: el portón se abre, aprieto entre las manos el fusil de asalto, los rotores de los helicópteros levantan olas de polvo, los alrededores son bombardeados, los edificios son despejados; solo queda hacer nuestro trabajo, barrer toda resistencia, destruir a cada vil fundamentalista que encontremos en nuestro camino. No importa quién sea, no importa nada: son subhumanos, residuos patriarcales y medievales de tiempos ya derrotados; nosotros, en cambio, somos espléndidos unicornios que han encontrado su camino y ahora pueden brillar.

(¡Abran fuego! ¡Desde todos los cañones! ¡Ametrallen! ¡Qué hermoso!)

¡ABAJO, ESCUADRA DE ASALTO!

(¡Abran fuego! ¡Ametrallen! ¡Qué bello! ¡Qué hermoso!)

Citas en cursiva del poema “Masacre” de Liao Yiwu

Giulia Abbate, editora independiente, nació en Roma en 1983. Ha publicado novelas históricas y ucrónicas, así como numerosos relatos en antologías de ciencia ficción y artículos de divulgación para revistas especializadas. Fundó Studio83 - Servizi Letterari (junto con Elena Di Fazio) y es una de las creadoras del portal Solarpunk Italia.

 

DESCARGA

Helmuth W. Mommers

 

Lo había preparado todo. Pronto llegaría el momento. Una fiebre extraña se había apoderado de él, como siempre que estaba a punto de emprender ese viaje. No importaba cuán corto fuera. Fuera de este mundo, hacia otro. Lejos de aquí. Su dedo temblaba visiblemente sobre la tecla ENTER. Un leve toque bastaría para iniciar la descarga.

Por última vez se aseguró de que todo estuviera en su sitio: acumulador completamente cargado, sistema operativo, cubo de datos insertado, archivo seleccionado. Estaba en línea. Ni siquiera necesitaba girar la cabeza para seguir los cables que se introducían en el reproductor: los sentía en el cuero cabelludo.

El dispositivo que zumbaba en su cadera apenas se oía, pero aun así contuvo la respiración y se concentró en escuchar, con los ojos fuertemente cerrados. No se oía nada, no se veía nada sospechoso, nadie parecía observarlo en sus quehaceres, no había peligro de ser descubierto.

El indicador de preparación parpadeó de manera tentadora:

LISTO PARA DESCARGA<

Su dedo se posó sobre la tecla.

Un ruido lo sobresaltó. Un sonido metálico, seguido de rasguños y chirridos. Se incorporó bruscamente. Apretó la frente y la nariz contra la ventana ennegrecida y la frotó con la manga raída cuando no logró distinguir nada. Su respiración se volvió espasmódica y le raspaba dolorosamente la garganta mientras seguía limpiando el vidrio. Finalmente apareció una franja opaca a través de la cual pudo espiar el mundo exterior sin abandonar la seguridad de su choza. Después tendría que volver a ennegrecer el vidrio para no dejar señales reveladoras de su presencia. En eso era meticuloso. Aún quería seguir con vida un tiempo más.

Afuera todo era como siempre: montañas de chatarra hasta donde alcanzaba la vista. Un escondite ideal. No un lugar para sobrevivientes. Solo para ratas y otras alimañas.

Tal vez había sido una rata. Tal vez había tirado algo en su búsqueda de comida; incluso, si tenía suerte, podía haber caído en una trampa y convertirse ella misma en alimento. La idea le hizo salivar. Rata a la parrilla, un banquete. Aunque lo más probable era que se estuviera ilusionando sin motivo. Esas malditas criaturas se volvían más astutas día tras día. Últimamente el cebo desaparecía sin que las trampas se activaran. ¿Estaban mutando?

Tendría que ir a comprobarlo. Antes de que oscureciera. Pero entonces oyó otra cosa: un golpeteo. Silencio expectante, y de nuevo el ruido. Era como si alguien se adentrara en un territorio desconocido. ¡En su dirección!

Eso no era una rata. Era algo más grande, más pesado. Hombre o bestia… si es que aún existía diferencia.

Muy lentamente se apartó del pequeño mirador improvisado y tomó la escopeta apoyada contra la “pared” junto a la “puerta”, que no era más que una lona descolorida que cubría la entrada de una choza enterrada en lo más profundo del vertedero. Esa supuesta puerta, a su vez, estaba oculta tras una chapa abollada apoyada contra el exterior del refugio camuflado.

Con cuidado se arrodilló, dejó el arma a su lado y se tendió en el suelo. Volvió a aguzar el oído. Débiles sonidos de metal raspando contra metal, un crujido, un chirrido, luego un silencio cargado de significado y más ruido.

Tan silenciosamente como pudo, se arrastró bajo la lona y se metió en el espacio detrás de la chapa. Centímetro a centímetro avanzó la cabeza. Miró.

El paisaje era el de siempre: restos de automóviles destripados apilados como edificios de varios pisos y, junto a ellos, aires acondicionados, refrigeradores, lavadoras, televisores y computadoras, todo revuelto como si la mano de un gigante hubiera lanzado los objetos al azar. Más a la derecha se alzaban montañas enredadas de materiales de construcción: caños, vigas, hierros de refuerzo y perfiles de aluminio, como si hubieran llovido palillos de Mikado. Algunos se elevaban hacia el cielo como dedos acusadores, iluminados por un rojo fantasmal del sol poniente… o por el reflejo espectral de la ciudad cercana en llamas.

Solo faltaba el viento, que cada mañana entonaba su lamento, su melodía de muerte. Tan pura como el fin de los tiempos.

En su lugar, algo aullaba en la distancia: ¿perro… lobo? Otros respondían… o se sumaban. ¿Sería la misma jauría que había recorrido las ruinas humeantes días atrás? Donde los sobrevivientes aún creían estar a salvo. Donde el humo del fuego no los delataba porque saturaba el aire. Donde los sótanos y depósitos todavía albergaban provisiones, en torno a las cuales había estallado una guerra despiadada: todos contra todos, símbolo del apocalipsis.

En el resplandor vacilante creyó distinguir movimiento. Fijó la mirada en un punto en medio del montón de chatarra. Allí estaba otra vez: una sombra avanzando. Y ese ruido traicionero, el chirrido de metal contra metal. El silencio expectante que le seguía. No era un animal. Un animal olfatearía el aire, se concentraría en su presa mientras se acercaba y solo se detendría si esta se movía. Él, en cambio, seguía oculto tras la chapa protectora. ¿O sí era un animal? ¿Habían llegado los animales a comportarse como humanos… o era al revés?

¿Algo lo había olido?

La sombra volvió a moverse y él con ella. Con la escopeta apretada bajo un brazo, dio unos pasos encorvados hacia el descampado, avanzando de cobertura en cobertura. Al detenerse, sintió el corazón martillearle el pecho. Apenas logró sofocar un acceso de tos con una mano. Respiraba con dificultad. Sin duda estaba enfermo, probablemente en fase terminal. Estaba convencido de que no le quedaba mucho tiempo de vida.

Y aun así lucharía por aferrarse a cada minuto. La esperanza de un mundo mejor, donde encontrar consuelo, lo mantenía con vida.

Un dolor agudo le recorrió la pantorrilla. Instintivamente giró sobre sí mismo y cayó de costado al perder el equilibrio. Vio a la rata que lo había mordido, y la rata lo vio a él. Se miraron con abierta hostilidad, hombre y animal, ambos con los ojos enrojecidos, esperando una reacción. Alzó la culata del arma para golpear, pero se contuvo: el miedo a delatar su posición con el estruendo era demasiado grande. La rata pareció comprenderlo y mordió de nuevo.

A duras penas logró reprimir un grito de dolor. Dejó la escopeta y trató de atrapar a la rata con la mano. ¡Comer o ser comido! Pero no consiguió agarrarla. Al cuarto intento, logró escapar llevándose un pedazo de su carne.

Se apretó la herida con una mano para que no siguiera goteando sangre, sangre que atraería a las criaturas en masa. Con la otra arrancó una tira de tela y la ató alrededor de la herida. Tendría que volver de inmediato y limpiarla, hubiera o no una amenaza acechando.

Apoyándose con una mano en el suelo y con la otra en el arma, logró incorporarse en cuclillas. El suelo crujió levemente bajo sus talones cuando se dio vuelta, y entonces sus ojos se posaron en una forma extraña. Lentamente, su mirada ascendió hasta un rostro grotesco que lo observaba con ojos ensangrentados. La boca abierta, espuma burbujeando en las comisuras, dos hileras de dientes amarillos, separados como troneras. De esas fauces surgían al mismo tiempo un gruñido gutural y una espesa miasma de putrefacción.

DESCARGANDO< … indicó el marcador.

—¡Oh, por favor, no antes del desayuno! —la voz de su madre lo arrancó de la realidad. Para reforzar su punto, presionó la tecla STOP y apartó el reproductor.

El niño quiso protestar, pero ya era tarde. Con poco esfuerzo, su madre había retirado los cables de su cráneo.

—¿Y por qué no ordenás todo esto? —dijo señalando las cajas, manuales y envoltorios esparcidos sobre la mesa—. Tus historias de terror pueden esperar. ¡Ahora es hora de comer!

Le alcanzó un plato con una porción de torta de cumpleaños.

—¿Qué era esta vez? ¿El asesino de la motosierra o el Armagedón?

Su hermana menor soltó una risita hasta que él la silenció con una mirada fulminante.

—Los últimos días de la humanidad —gruñó, más para sí mismo que para los demás, y pensó: Buenísima película, tendría que mostrársela a los chicos…

—Me temo que nuestros últimos días podrían estar cerca —dijo su padre—, si seguimos así.

Señaló la holo-pared, donde un reportero hablaba sin parar frente a miles de manifestantes.

—Vamos directo hacia nuestra propia destrucción.

Subió el volumen y toda la familia quedó absorta en la escena.

—“…que en caso de agresiones no dudarían en utilizar todos los medios a su disposición. Ante la pregunta de si esto incluía armas químicas y biológicas, el portavoz del gobierno respondió que no podía excluir categóricamente su uso. Se trataba de una ‘guerra santa’, y por lo tanto el fin justificaba los medios…”

—Me perdí el comienzo —dijo la madre—. ¿De qué se trata…?

—¡Shhh! —la interrumpió el padre, impaciente—. Después… lo grabé todo.

En las esquinas de la habitación, varias cámaras parpadeaban.

—No hay que ver siempre lo peor —reflexionó la madre—. De lo contrario, uno podría pegarse un tiro ahora mismo.

—Pero igual deberíamos tomarlo en serio. Sugiero que almacenemos provisiones.

La madre asintió en silencio.

Nada de esto molestaba al niño; él ya vivía en mundos horribles. La niña abrió los ojos con asombro. Todavía era demasiado pequeña para comprender del todo lo que ocurría.

Al salir de la cocina, su madre le entregó la merienda obligatoria. El niño la guardó en la mochila de la escuela de modo que ella no viera el reproductor oculto dentro.

Apenas fuera de la casa y de la vista, se apoyó contra una pared y se dejó deslizar hasta el suelo, atrapó un pequeño espejo entre las rodillas y empezó a conectarse.

Un instante después, la pantalla parpadeó.

DESCARGA FINALIZADA<

Cuando la descarga lo golpeó con toda su fuerza, ocurrió en el peor momento posible. Cayó como si hubiera recibido un golpe demoledor, incapaz de protegerse del engendro que tenía enfrente.

Aunque aún estaba mirando la máscara de la criatura, su mirada se volvió hacia dentro. Se vio a sí mismo a los catorce años, reviviendo una vez más cómo, tan protegido en el círculo de su familia, había buscado refugio en sus mundos espantosos; perverso, considerando lo que algún día tendría que enfrentar.

De todas las películas, tenía que ser Los últimos días de la humanidad, pensó con amargura. Como si no pudiera esperar a que llegaran.

Algo goteó sobre su rostro cuando la máscara se acercó. Saliva. Hambre que le respiraba encima. Un hedor a descomposición lo envolvió.

¿Era este el final? ¿No había regreso al pasado, solo avanzar hacia un futuro que ya no tenía?

Cuando las garras, con uñas rotas y manchadas de suciedad, se cerraron sobre su garganta y apretaron, su cuerpo comenzó a sacudirse sin control por la falta de aire. Entonces se oyó una fuerte detonación y perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí, creyó estar enterrado, tan oscuro y húmedo era todo, tan viciado el olor. Pero no: yacía bajo la criatura que lo había atacado. Tras apartarla con dificultad, el cuerpo rodó hacia un lado y quedó boca arriba. Entonces vio el torso destrozado, la sangre. Luego distinguió la escopeta que aún tenía en la mano y de la cual debía haber salido el disparo sin que él lo advirtiera conscientemente.

Se puso de pie y permaneció un momento tambaleante sobre el cadáver. ¿Qué hacer con él? No podía deshacerse del cuerpo. Quizás lo mejor fuera dejarlo para los carroñeros… arrastrarlo más lejos para que las ratas, los perros, los gatos y lo que fuera que anduviera cazando –humanos incluso– no se acercaran a su escondite.

De ser posible, no debía dejar rastros de sangre. Tendría que cambiarse y lavar la ropa. Luego seguir adelante. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Recorrió unos treinta pasos y dejó caer el cadáver. La noche no pasaría sin que fuera roído hasta los huesos, y aun estos quedarían dispersos al amanecer. Decidió desnudarlo. Resultó más difícil de lo que había pensado. El cuerpo estaba cubierto de pústulas supurantes y llagas purulentas en las que los harapos se habían incrustado. Hizo lo que pudo, aunque le costó una enorme fuerza de voluntad.

Podía quemar los trapos, pero eso implicaba el riesgo de atraer visitas indeseadas. Y además sería un desperdicio de gasolina. Tenían que desaparecer, de eso estaba seguro; no podía dejarlos allí, empapados de sangre. ¿Dónde ponerlos, entonces? Su mirada se posó en el montón de neumáticos desechados, refrigeradores y lavadoras: esa era la respuesta. Se quitó los zapatos, que habrían dejado un rastro sangriento, y avanzó descalzo.

De regreso en su refugio, ya se oían los primeros y estridentes presagios de las hordas hambrientas. Pronto estallarían las luchas abiertas por el cadáver.

Corrió la chapa sobre la entrada y la aseguró. Más vale prevenir, pensó. Luego encendió la bombilla y cubrió rápidamente la rendija limpia que había frotado en la ventana. La luz no duraría mucho. Tendría que recargar las baterías.

Primero debía lavarse.

Se desnudó, colocando cada prenda con cuidado sobre una lámina de plástico. Luego hundió las manos en un recipiente con agua jabonosa. Eliminó todo rastro de sangre y después se lavó el rostro. Al alzar la vista para secarse, se vio reflejado en el espejo, iluminado de lado por la pálida luz de la bombilla.

El rostro que le devolvía la mirada no difería demasiado del de la criatura que acababa de matar. La única diferencia era que no estaba cubierto de suciedad. Al igual que ella, mostró los dientes y vio que eran los mismos muñones amarillentos. Al aspirar el aire, el mismo hedor repugnante lo golpeó.

No, no le quedaba mucho tiempo de vida. Se estaba pudriendo por dentro y desintegrando por fuera. Era solo cuestión de tiempo.

Tiempo.

Era valioso.

La bombilla comenzó a parpadear.

Desnudo como estaba, se subió al asiento de una bicicleta destartalada y empezó a pedalear, haciendo chirriar los pedales con velocidad creciente. El dínamo zumbó como un enjambre de avispas furiosas y la bombilla volvió a brillar con nueva vida. Su respiración era entrecortada; resoplaba como una vieja locomotora de vapor. Su cuerpo convulso proyectaba una sombra fantasmal contra las paredes.

Un jinete fantasma, pensó. ¡Saliendo del infierno!

El estruendo de la horda que se disputaba el cadáver afuera ya se oía con claridad. Ahogaría cualquier ruido procedente de su guarida.

La aguja del indicador de la batería temblaba en el máximo.

—¡Ya voy! —graznó como un cuervo—. ¡Espérenme!

Se bajó de la bicicleta, rebuscó en una vieja caja de zapatos y sacó un cubo tras otro, leyendo las inscripciones.

“18.º cumpleaños”, decía uno.

“Graduación”, otro.

“Boda”.

Dudó un instante y luego decidió.

—¡Ya voy, Eva! —tosió mientras se conectaba los cables al cráneo con manos temblorosas—. ¡Dame un minuto!

Sus dedos volaron sobre el teclado del reproductor. Luego se quedó mirando la pantalla con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando el ícono >LISTO PARA DESCARGAR< se iluminó, no dudó ni un segundo en huir de este mundo.

 

Traducción al inglés: Richard Kunzmann


Helmut W. Mommers nació el 16 de noviembre de 1943 en Viena. Es un destacado autor, editor y traductor austriaco de ciencia ficción. Ha sido una figura clave en la literatura de ciencia ficción alemana, contribuyendo como escritor, compilador de antologías y traductor. Su trabajo ha influido significativamente en la difusión del género en Alemania y Austria. Vive entre Viena y Mallorca, y su perfil público refleja una carrera prolongada y activa en el ámbito literario. Con más de 80 años, sigue siendo reconocido por su compromiso con la ciencia ficción.

 

domingo, 8 de febrero de 2026

EL COMIENZO DE LA ETERNIDAD

George Lazar

 

La anciana midió con la mirada el edificio circular de oficinas, de un solo nivel, parecido a una torta colocada sobre un pedestal igualmente circular, rodeado por varias hileras de escalones no muy altos, anchos. Comprobó, satisfecha, que una porción de aquella construcción pertenecía a la Funeraria Especial “El Comienzo de la Eternidad”, donde había programado una cita hacía un mes. La empresa tenía un horario decente, como en otros tiempos, de 10 a 18, y los sábados y domingos abrían solo por urgencias, no como sus vecinos, en las otras porciones, que mantenían abierto veinticuatro horas al día, siete días a la semana, y tramitaban de todo: desde venta de billetes de avión y de vacaciones hasta cobro de multas, oficialización de matrimonios civiles o inscripciones de divorcios, según correspondiera.

Empujó –en realidad, accionó los mandos– la silla de ruedas en la que iba sentado su marido hacia una rampa discreta, recortada entre los escalones, rumbo a la amplia entrada, sobre la cual se veía el rótulo modesto (en comparación con los demás, que parpadeaban y desplegaban hologramas casi hasta golpearte, porque hacían todo lo posible por meterse en tu alma). En el cartel se leía el nombre, en letras blancas en relieve, alrededor de las cuales giraba el único elemento dinámico: un halo fino, apenas una insinuación, como los que tenían los ángeles en los cuadros de los pintores renacentistas.

Apenas entraron, las paredes se opacaron y la puerta pareció disolverse. Les salió al encuentro una joven sonriente, mulata, simpática y delgada. En la credencial impresa sobre la blusa se leía, con letras azuladas discretamente iluminadas, solo esto: Alice.

—La señora y el señor Mariani —dijo con respeto—. Los esperábamos.

Hizo un gesto con la mano y uno de los dos sillones frente a su escritorio se plegó como un paraguas y se retiró fulminantemente bajo el suelo, sin dejar rastro. Invitó a la señora a sentarse en el otro sillón, y ella pasó detrás del escritorio, donde se hundió en una silla ergonómica. La anciana guio la silla de ruedas de su marido hacia el lugar donde había desaparecido el sillón y se sentó en el otro, dejando el bolso sobre el regazo.

—Melania, querida. Dime Melania. Y a él puedes llamarlo Dan.

Desde que había envejecido, pedía a todos que la trataran de tú: le daba la impresión de que no era tan mayor.

—Por supuesto, Melania. Estoy aquí para ustedes.

El viejo alzó tembloroso la barbilla, dispuesto a decir algo, pero estalló en un ataque de tos. Melania hurgó en el bolso, se levantó deprisa y le tendió un pañuelo.

—Agua, necesita un poco de agua.

Sin perder un segundo, Alice corrió hacia un dispensador oculto detrás del escritorio y regresó con un vaso de cartón marrón, reciclado, lleno de agua. Se lo ofreció a Dan, pero Melania lo tomó y lo acercó a la boca de su marido, deslizando un poco de líquido entre dos accesos de tos. Él se atragantó peor, y la tos se intensificó. Hizo un gesto desesperado con la mano para apartar el vaso y estuvo a punto de volcarlo. Alice intervino a tiempo y lo sostuvo, aunque no antes de que unas gotas cayeran sobre los pantalones de Dan.

Mientras la joven traía de detrás del escritorio un puñado de servilletas de papel para absorber el agua, Melania sonrió, satisfecha. Tenían delante a una empleada humana, tal como prometía el folleto de la empresa, no una de esas imitaciones androides dotadas de inteligencia artificial, cuyos reflejos fulgurantes habrían atrapado el vaso antes de que se derramara una sola gota.

—Está mejor ahora —dijo Melania, y el anciano levantó un poco la mano derecha para asentir y devolverle el pañuelo, que la mujer guardó discretamente de nuevo en el bolso.

—Entonces empecemos —dijo la joven, y retomó su lugar detrás del escritorio.

—Te lo digo desde el principio: no nos interesa nada de lo clásico. Hemos leído también lo que ofrecen —declamó teatralmente la anciana, que, evidentemente, ya había preparado su discurso—. Pero como hay demasiados términos técnicos para nosotros, vinimos a hablar cara a cara, para estar seguros de que entendemos bien y elegir entre lo que nos proponen. En primer lugar, queremos ser enterrados juntos.

—Eso no es un problema, señora… Melania. Contamos con una morgue, con refrigeradores de alto rendimiento, donde el primer difunto puede esperar hasta… hasta que llegue el momento del otro cónyuge. Es una opción que se paga aparte.

La anciana hizo un gesto con la mano, como espantando una mosca insistente.

—El dinero no es un problema —dijo.

Solo que Alice ya había oído esa frase.

—Empezaré por la más barata, perdón: por la más popular y accesible. Los lanzamos en un vehículo que los llevará a una altitud suborbital y desde allí los dejaremos regresar a la Tierra.

—Mira tú, que siempre quisiste llegar al espacio —le dijo a su marido, sonriendo ampliamente.

Dan se removió inquieto en la silla de ruedas.

—Sí, mientras estoy vivo —masculló, poco convencido—. Muerto, de verdad que me da igual.

Alice se aclaró la garganta para romper el silencio incómodo.

—Al regresar, debido a la enorme velocidad que tendrán al reentrar en la atmósfera, la fricción con el aire quemará sus cuerpos ya sin vida. ¿Qué regreso más espectacular podrían tener a la planeta donde vivieron vidas plenas? Sus cenizas, unidas, se dispersarán sobre una superficie de varios miles de kilómetros cuadrados, en tierra o en el océano, o en ambos, según prefieran. —Observó atentamente sus reacciones pero, como los dos ancianos permanecieron impasibles, continuó—: O, si pueden permitírselo, podemos lanzar sus cuerpos hacia el Sol, para que se incineren allí, en la estrella que los iluminó durante toda la vida plena que tuvieron.

En realidad, ningún cuerpo llegaba a tocar la superficie del astro; la incineración ocurría antes, a millones de kilómetros, en la corona solar. Aún no se habían inventado materiales capaces de resistir los hasta dos millones de grados Kelvin que se registraban en la corona del Sol.

—Nooo —dijo Dan con esfuerzo.

—En ese caso, quizá prefieran Venus. Aunque hemos tenido solicitudes, no es un destino demasiado popular, porque allí la presión atmosférica es tan alta que aplasta los cuerpos de inmediato. Sin embargo, se considera el planeta del amor, y quienes eligen este funeral suelen haber tenido una vida de pareja armoniosa y plena. Es relativamente barato: solo hace falta un impulso inicial y otro pequeño para la inserción orbital. Así son todos los viajes hacia el Sol, cuya fuerza de atracción hace casi todo el trabajo.

—¡No quiero arder ni que me aplasten!

Su esposa le dio una palmada suave en el dorso de la mano para calmarlo.

—Yo tampoco quiero eso, pero entiendes perfectamente que no sentiremos nada, porque para entonces llevaremos mucho tiempo muertos.

—La otra variante es más cara —intervino Alice—. De hecho, mucho más cara. Podemos enviar sus cuerpos a la Luna y allí los dejaremos caer, en la cara visible desde la Tierra, por supuesto…

—No quiero arder —murmuró el anciano.

—Eso mismo —lo apoyó Melania—. Hemos dicho claramente que no queremos arder.

—En la Luna no arde nada, porque no tiene atmósfera. En cambio, les garantizamos que provocarán un cráter en el regolito selenita de al menos cincuenta metros cuadrados, con una profundidad de hasta cinco metros, y nuestra empresa se obliga por contrato a realizar las gestiones ante la Unión Astronómica Internacional, con la que tenemos un acuerdo —previo pago—, para que ese cráter lleve su nombre y figure en los mapas lunares. Por supuesto, no se pueden elegir zonas de explotación minera ni zonas habitadas. Pero el cráter permanecerá allí durante muchos millones de años. Sus hijos, nietos y amigos podrán contemplar cada noche el lugar donde fueron enterrados. Tenemos muchos clientes que han optado por este magnífico entierro: es la segunda elección más solicitada de nuestro catálogo. Pero, como ya les dije, no es barato.

La anciana volvió a hacer aquel gesto con la mano.

—En realidad, la Luna sí tiene atmósfera, pero es tan enrarecida que es como si fuera vacío —dijo con énfasis—. Toda ella pesará quizá unas diez toneladas. Evidentemente, no podemos arder en algo así. Pero omites lo que les ocurrirá a nuestros cuerpos cuando golpeen el regolito a una velocidad de decenas de miles de kilómetros por hora. La energía cinética liberada, si no nos vaporiza sin más, entonces nos desintegrará y nos dispersará en una superficie mucho mayor que el cráter que provocaríamos. Y esos millones de años que mencionas son relativos. La gente poblará la Luna y querrá expandirse con vías de acceso, astro-puertos. ¿De verdad crees que se van a tropezar con un cráter miserable? O, incluso si la probabilidad es baja pero aumenta con el paso del tiempo, puede caer un meteorito cerca –como han caído tantos otros antes– y aniquilar nuestro cráter. No queremos la Luna, Marte, Venus ni ningún otro planeta, porque no queremos que nuestros cuerpos ardan, sean aplastados por la presión o se pulvericen en el impacto. Dijimos que queríamos algo completamente especial, pero solo nos has ofrecido incineraciones o caídas. ¿Eso es todo lo que tienes? Y otra cosa: no tenemos hijos ni parientes que miren el cielo pensando en nosotros, y nuestros amigos murieron hace mucho.

Alice se quedó desconcertada. Había subestimado los conocimientos de la anciana. Se juró que no volvería a pasarle, ni ahora ni en el futuro.

—Tienen toda la razón —sonrió encantadoramente—. Estos funerales, en efecto, implican incineración o trituración del cuerpo. Se pensaron así porque todos con quienes he hablado hasta ahora querían dejar una huella, de un modo u otro: no necesariamente material, pero sí algo que quedara registrado en la memoria colectiva. Deseaban reintegrarse al Universo. No creo que les preocupara qué ocurría con sus cuerpos ya sin vida. Por suerte, tenemos otras ofertas, pero les advierto que las sumas son… simplemente enormes. Podríamos enviarlos incluso a Marte; sin embargo, los viajes interplanetarios hacia el exterior del sistema solar son mucho más caros que hacia el Sol, Mercurio o Venus, por ejemplo. Es más difícil, pero se puede organizar. Aquí hace falta esperar la ventana de lanzamiento, cuando la distancia a la Tierra es la menor. Se presenta aproximadamente una vez cada dos años. Habrá que esterilizar por completo sus cuerpos para eliminar el riesgo de contaminación planetaria. Y, como dijeron que no quieren arder, será necesario un vehículo de descenso, porque allí también hay atmósfera, aunque muy enrarecida. Por ahora solo hemos obtenido una zona en Valles Marineris donde se permiten este tipo de entierros.

Melania suspiró teatralmente.

—Como ya te dije, querida: el dinero no es problema. Mira… —hurgó en el bolso y sacó una carpeta de tapas plásticas transparentes; la puso sobre el escritorio y la abrió—. Tenemos acciones de Apple, Microsoft y Alphabet, los de Google, desde que se fundaron esas empresas. Y algunas más. Siempre nos dijimos que era bueno invertir en tecnología, y comprábamos cien dólares al mes en cada una, durante años. Era mucho dinero entonces. Esperábamos dejar esa herencia a los nietos, pero no pudo ser.

La joven echó un vistazo al fajo de papeles y sintió que le faltaba el aire. Aquellos dos poseían una fortuna inmensa. En el último medio siglo las acciones habían subido muchísimo, algunas incluso miles de veces. Las escaneó con las lentes especiales integradas en sus gafas, y el ordenador le confirmó de inmediato la suma mareante por la que podían venderse en bolsa. Para asegurarse, comprobó también el registro online de accionistas. Sí: sus clientes aparecían allí. De golpe sintió crecer su respeto por ellos.

La anciana se inclinó y susurró algo al oído de su marido; escuchó la respuesta y asintió, aprobando.

—Queremos otra cosa. Como te he dicho, no tenemos hijos ni parientes cercanos, y nuestros amigos han muerto. Los precios altos no nos molestan; de hecho, queremos gastarlo todo para tener el mejor funeral disponible.

El anciano negó con la cabeza, luego bajó la frente, cerró los ojos y empezó a roncar suavemente. Un hilito de saliva le corrió por la comisura. La conversación lo había agotado. Melania sacó otra vez el pañuelo del bolso y lo limpió.

En el despacho cayó un silencio pesado y la quietud pareció volverse fluida. Alice pensó un momento: eran, con mucha diferencia, los clientes más ricos que había visto en su carrera en “El Comienzo de la Eternidad”. Y no solo ella: eran los más acaudalados que habían cruzado el umbral de la empresa. Aunque parecían exigentes, descartó por completo la posibilidad de dejarlos irse. Así que reunió valor.

—Podríamos depositarlos en un cometa —dijo, casi a media voz—. Hay bastantes que pasan cerca de la Tierra. Es más difícil y conlleva cierto riesgo: por lo general, esos cuerpos celestes expulsan gases cuando pasan cerca del Sol. Además están rodeados de fragmentos, pero estoy segura de que podemos encontrar uno adecuado. El féretro con sus cuerpos quedará anclado en la corteza del cometa, oscilando sin fin en una órbita que los llevará lejos, incluso más allá del borde del sistema solar, hacia la nube de Oort. Es como una cuna enorme y eterna, del lujo más alto, en la que, en este momento, se mecen menos clientes de los que yo tengo dedos en una mano.

Se oyó un gruñido de desaprobación desde Dan, que había abierto un ojo a medias. Alice se apresuró a proponer otra variante, ante la inconformidad no expresada.

—O podemos transportarlos al Cinturón. Pueden elegir desde ahora un asteroide donde desembarcarlos. Allí estará su tumba: podemos enterrarlos o solo anclar el féretro en la superficie. Por supuesto, llevará su nombre; el acuerdo con la U.A.I. incluye también el Cinturón.

—¿Pero en ese lugar no hay choques entre asteroides todo el tiempo? —puntualizó Melania—. Sé que son muy poco probables, pero como nosotros hablamos de Eternidad, se convierten en una certeza. Tarde o temprano, en un millón de años, por ejemplo, ocurrirá, y la tumba que nos propones, querida, podría acabar partida y dispersa con nuestros cuerpos dentro. Es bastante siniestro, ¿no te parece?

El anciano se despertó del todo y soltó un nuevo torrente de tos. Alice saltó para ayudarlo, pero Melania la detuvo con un gesto y se levantó del sillón.

—No hace falta, porque si esto es todo lo que tienes, nos iremos.

Puntos verdes y rojos bailaron ante los ojos de Alice. Simplemente no podía permitirse perder clientes así, que probablemente aparecían una vez en la vida. O una vez en mil vidas. La comisión que cobraría si lograba convencerlos de contratar alguna de las ofertas disponibles en “El Comienzo de la Eternidad” sería la mayor que hubiera cobrado jamás. En realidad sería muchísimo, muchísimo más que todo lo que había ganado cuando empezó a trabajar en la Funeraria Especial. Casi se mareó al imaginar, en su mente, un cilindro formado por tres tambores, como los de las antiguas máquinas mecánicas de azar con palanca: los dibujos de frutas habían sido reemplazados por destellos de todo lo que podría hacer con ese dinero.

—Nos queda una última opción —dijo Alice, tensa—. Es, con mucha diferencia, la más cara y por eso nadie la ha comprado hasta ahora. Pero creo que, si liquidan todas las acciones que tienen, podrán pagarla, si es lo que desean.

La anciana, que ya había tomado el asa detrás de la silla de ruedas en la que estaba su marido, giró la cabeza hacia ella y la miró, interrogante. Dan también la miró.

—¿Qué? — preguntó secamente alzando la mano al ver la expresión seria y fruncida de Alice.

—Puedo ofrecerles el camino hacia el Comienzo de la Eternidad que ningún humano ha recorrido.

Los dos esposos se consultaron con la mirada y así, sin palabras, por la costumbre de una vida compartida, decidieron quedarse un poco más. Melania volvió a sentarse.

—Te escuchamos —pidió, con calma.

—Existe una tecnología experimental, la de una nave interestelar con vela solar. Será lanzada por una catapulta electromagnética situada en un punto de Lagrange, donde será acelerada hasta una centésima de la velocidad de la luz. El féretro con sus cuerpos, protegido de las radiaciones que asolan el espacio, será colocado en la nave, y un láser de gran potencia, ubicado en el mismo punto de Lagrange, enviará impulsos sobre la vela –de cien kilómetros cuadrados– durante veinticinco años, hasta alcanzar la velocidad programada: una décima de la velocidad de la luz.

—¿Para llegar a dónde? —preguntó Dan—. Y, una vez que lleguemos al destino, ¿cómo frenaremos?

—Irán hacia la estrella más cercana, Alfa Centauri, para empezar. Deberían llegar en algo más de medio siglo. En cuanto entren en ese sistema, la nave empezará a emitir en un amplio espectro de frecuencias electromagnéticas, y la inteligencia artificial que los acompañará escuchará una posible respuesta. Además, el albedo de la nave será, evidentemente, el de un cuerpo celeste artificial. La idea es que, si allí existe una civilización más avanzada que la nuestra, recuperará la nave y sus cuerpos, leerá y entenderá la biblioteca que pondremos a bordo. Así sabrán cómo funcionan los humanos y los devolverán a la vida, jóvenes y felices.

Alice contuvo el aliento, esperando con ansiedad la reacción de los dos. Dan, ya despierto del todo, carraspeó. Apretó con las manos los apoyabrazos de la silla de ruedas; su cuerpo adoptó la forma de un signo de interrogación.

—O sea: quieres enviar nuestros cadáveres con la esperanza de que alrededor de alguna de las estrellas de Alfa Centauri gire un planeta con seres racionales muy avanzados tecnológicamente, que capturen la nave y nos resuciten, si he entendido bien. Y si no existen… mala suerte.

—No, en absoluto —dijo Alice, rápido—. Si no encuentran inteligencias extraterrestres avanzadas que los revivan, la nave programará el siguiente destino hacia otra estrella cercana. Durante todo el viaje, la nave recogerá en depósitos átomos de hidrógeno del espacio, gas que se usará para maniobras. Así partirán impulsados incluso por la luz de Alfa Centauri, junto a la que pasarán. Y así sucesivamente. Como en este viaje solo irán sus cuerpos ya sin vida, las cosas se simplifican enormemente desde el punto de vista de los recursos: en su caso serán mínimos. No harán falta provisiones ni sistemas de entretenimiento. Por eso aún no se han enviado humanos vivos ni cápsulas de hibernación, por ejemplo. Además, ustedes no están condicionados a encontrar extraterrestres dentro de un tiempo finito en el que tendrían reservas vitales, porque disponen, en la práctica, de toda la Eternidad.

—Se parece a lo que proponen otras funerarias —intervino Melania—. Una vez que mueres, te sacan la sangre y te meten esos químicos venenosos, ¿cómo les dicen…?

—Crioprotectores —la ayudó Dan—. Para que no se rompan las membranas celulares cuando el agua se congela dentro.

—Eso. Y luego te congelan el cuerpo, o solo la cabeza, que sale más barato —hizo una mueca hacia Alice—, con la esperanza de que, dentro de un siglo o más, los científicos del futuro descubran cómo traer de vuelta a la vida esas estatuas heladas.

—No es lo mismo en absoluto —la contradijo Alice, enseguida—. Aquí, en la Tierra, hay guerras y catástrofes geológicas de todo tipo; además existe una tendencia muy marcada de los humanos a autodestruirse, de modo que la probabilidad de resurrección desde la criogenia es muy baja. Ni siquiera se destinan fondos a ese tipo de investigación: los habitantes de la Tierra ya son demasiados. Las posibilidades son mejores en el fascinante viaje que les propongo.

—¿Y de cuánto sería, en porcentajes? —preguntó Dan, sarcástico.

—Las estimaciones indican que la probabilidad de que una civilización avanzada los encuentre estaría en torno a una entre un millón —respondió Alice, tras una breve vacilación—. Eso según la paradoja de Fermi y la ecuación de Drake. —El silencio volvió a apoderarse de la oficina de la funeraria especial. Pero Alice no podía dejar pasar aquella oportunidad, así que empezó a hablar atropelladamente—: Imaginen que serán los primeros humanos que sabrán con certeza que no estamos solos en el Universo. Serán los embajadores de la humanidad ante supercivilizaciones sobre las que ni siquiera podemos soñar. ¡Es como encontrarse con Dios! Nadie ha llegado nunca tan lejos. Y hasta que resuciten, sus cuerpos descansarán, viajando bajo la luz de las estrellas… en realidad, junto con su luz…

Se detuvo de golpe cuando Melania volvió a alzar la mano.

—Basta. Nos has convencido, querida. ¿Dónde tenemos que firmar?

Dan volvió a quedar ausente en su silla de ruedas. Posó indiferente el dedo sobre una tableta que Alice le tendió, junto al lugar donde su esposa ya había dejado la huella.

—Te dejamos esto a ti, ¿puedes encargarte de venderlo? —preguntó Melania antes de levantarse del sillón por última vez.

—Por supuesto —susurró Alice, emocionada—. Nos ocuparemos de todo.

Pero la anciana ya no la escuchaba. Accionó los mandos de la silla de ruedas, la hizo girar y se dirigió a la salida. Detrás de ellos, Alice alcanzó a oír:

—¿Has oído, querido? Viajaremos hacia la Eternidad junto con la luz de las estrellas. ¡No veo la hora! Siempre he soñado con eso.

Apenas la pareja se fue, Alice revisó por reflejo la agenda, pero no tenía más citas. Opacó las paredes del despacho y redujo a un cuarto la intensidad del letrero luminoso, señal de que había cerrado. Luego se acercó a la hornacina especial, donde devolvió el cuerpo clonado que pagaba por hora de uso, y se marchó, en forma de flujo analógico de datos, hasta el servidor situado en el punto de Lagrange L5, entre el Sol y la Tierra, donde las fuerzas de atracción gravitatoria se anulaban. Y, como Melania y Dan habían aportado la financiación, allí mismo se construirían la catapulta electromagnética, la nave con vela solar y el láser de gran potencia para la propulsión.

En forma de qubits, retomó feliz su lugar en el servidor cuántico y en el mundo virtual al que había elegido, cuando aún era una mujer cercana a la muerte, transferir su conciencia. Con lo que había ganado, podía pagar al menos mil años más de vida cómoda en el servidor, permitiéndose de vez en cuando pequeñas salidas en un avatar biológico, en la Tierra. O incluso comprarse su propio cuerpo, obtenido por clonación, para vivir una vida más.

Más de una vez se había preguntado qué impulsaba a sus clientes, ancianos ricos, a encargar funerales extravagantes de todo tipo, cuando la transferencia de conciencia a servidores que alojaban mundos virtuales se había vuelto un hecho banal hacía tiempo.

Había descubierto que existían varios motivos: algunas personas simplemente se hartaban de la vida. Se cansaban y ya no querían más que morir. O estaban convencidas de que ya no podrían encontrar a su pareja y el amor que los había unido. O desconfiaban de la tecnología de transferencia de conciencia y memoria, o su fe religiosa no se lo permitía. Ella no estaba en ninguna de esas situaciones: se sentía llena de vida, viviera en el mundo virtual o en la Tierra, alojada en un cuerpo clonado.

Aun así, sintió una punzada de envidia por aquellos dos clientes que, en un futuro muy cercano, se preparaban para comenzar su Eternidad, y cuya posibilidad de encontrar a Dios y volver a la vida incluso después de que el Sol se convirtiera en nova y quemara la Tierra –en realidad todo, incluido el servidor en el que ella se encontraba en el punto de Lagrange, si es que memorias y procesadores resistían tanto– ya no le pareció, en absoluto, despreciable.

George Lazăr nació el 3 de febrero de 1963 en Vatra-Dornei, condado de Suceava, Rumania. Se graduó en la Facultad de Ingeniería Eléctrica, Automatización y Computación del Instituto Politécnico "Gheorghe Asachi" de Iași en 1987. Es director del diario Monitorul de Botoșani desde 1995. Debutó en la antología Cosmos XXI. Un univers al păcii (1987). Cuando era estudiante, publicó historias de ciencia ficción en Argonaut, Opinia Sutențească, Cronica, Magazin, Sci-Fi Magazin y Argonaut, suplemento literario de la revista Convorbiri Literare. Entre 2007 y 2008, editó Sci-Fi Magazin, una revista mensual de ciencia ficción, y en 2009, Sci-Fi Magazin Almanac. Sus relatos han participado en las antologías Quasar 001 (2001), Alte Țărmuri (2007), Pangaia (2010), Steampunk. A doua revoluție (2011), Venus (2011), Dincolo de noapte - 12 Fețe ale goticului (2012). Y sus novelas publicadas son America One (2007), Îngerul păzitor (2009), Guardian Angel (2010), Panglica Timpului (2018) y Vindecătorul Universal (2021).

 

YA NO TENGO SED