lunes, 9 de febrero de 2026

DESCARGA

Helmuth W. Mommers

 

Lo había preparado todo. Pronto llegaría el momento. Una fiebre extraña se había apoderado de él, como siempre que estaba a punto de emprender ese viaje. No importaba cuán corto fuera. Fuera de este mundo, hacia otro. Lejos de aquí. Su dedo temblaba visiblemente sobre la tecla ENTER. Un leve toque bastaría para iniciar la descarga.

Por última vez se aseguró de que todo estuviera en su sitio: acumulador completamente cargado, sistema operativo, cubo de datos insertado, archivo seleccionado. Estaba en línea. Ni siquiera necesitaba girar la cabeza para seguir los cables que se introducían en el reproductor: los sentía en el cuero cabelludo.

El dispositivo que zumbaba en su cadera apenas se oía, pero aun así contuvo la respiración y se concentró en escuchar, con los ojos fuertemente cerrados. No se oía nada, no se veía nada sospechoso, nadie parecía observarlo en sus quehaceres, no había peligro de ser descubierto.

El indicador de preparación parpadeó de manera tentadora:

LISTO PARA DESCARGA<

Su dedo se posó sobre la tecla.

Un ruido lo sobresaltó. Un sonido metálico, seguido de rasguños y chirridos. Se incorporó bruscamente. Apretó la frente y la nariz contra la ventana ennegrecida y la frotó con la manga raída cuando no logró distinguir nada. Su respiración se volvió espasmódica y le raspaba dolorosamente la garganta mientras seguía limpiando el vidrio. Finalmente apareció una franja opaca a través de la cual pudo espiar el mundo exterior sin abandonar la seguridad de su choza. Después tendría que volver a ennegrecer el vidrio para no dejar señales reveladoras de su presencia. En eso era meticuloso. Aún quería seguir con vida un tiempo más.

Afuera todo era como siempre: montañas de chatarra hasta donde alcanzaba la vista. Un escondite ideal. No un lugar para sobrevivientes. Solo para ratas y otras alimañas.

Tal vez había sido una rata. Tal vez había tirado algo en su búsqueda de comida; incluso, si tenía suerte, podía haber caído en una trampa y convertirse ella misma en alimento. La idea le hizo salivar. Rata a la parrilla, un banquete. Aunque lo más probable era que se estuviera ilusionando sin motivo. Esas malditas criaturas se volvían más astutas día tras día. Últimamente el cebo desaparecía sin que las trampas se activaran. ¿Estaban mutando?

Tendría que ir a comprobarlo. Antes de que oscureciera. Pero entonces oyó otra cosa: un golpeteo. Silencio expectante, y de nuevo el ruido. Era como si alguien se adentrara en un territorio desconocido. ¡En su dirección!

Eso no era una rata. Era algo más grande, más pesado. Hombre o bestia… si es que aún existía diferencia.

Muy lentamente se apartó del pequeño mirador improvisado y tomó la escopeta apoyada contra la “pared” junto a la “puerta”, que no era más que una lona descolorida que cubría la entrada de una choza enterrada en lo más profundo del vertedero. Esa supuesta puerta, a su vez, estaba oculta tras una chapa abollada apoyada contra el exterior del refugio camuflado.

Con cuidado se arrodilló, dejó el arma a su lado y se tendió en el suelo. Volvió a aguzar el oído. Débiles sonidos de metal raspando contra metal, un crujido, un chirrido, luego un silencio cargado de significado y más ruido.

Tan silenciosamente como pudo, se arrastró bajo la lona y se metió en el espacio detrás de la chapa. Centímetro a centímetro avanzó la cabeza. Miró.

El paisaje era el de siempre: restos de automóviles destripados apilados como edificios de varios pisos y, junto a ellos, aires acondicionados, refrigeradores, lavadoras, televisores y computadoras, todo revuelto como si la mano de un gigante hubiera lanzado los objetos al azar. Más a la derecha se alzaban montañas enredadas de materiales de construcción: caños, vigas, hierros de refuerzo y perfiles de aluminio, como si hubieran llovido palillos de Mikado. Algunos se elevaban hacia el cielo como dedos acusadores, iluminados por un rojo fantasmal del sol poniente… o por el reflejo espectral de la ciudad cercana en llamas.

Solo faltaba el viento, que cada mañana entonaba su lamento, su melodía de muerte. Tan pura como el fin de los tiempos.

En su lugar, algo aullaba en la distancia: ¿perro… lobo? Otros respondían… o se sumaban. ¿Sería la misma jauría que había recorrido las ruinas humeantes días atrás? Donde los sobrevivientes aún creían estar a salvo. Donde el humo del fuego no los delataba porque saturaba el aire. Donde los sótanos y depósitos todavía albergaban provisiones, en torno a las cuales había estallado una guerra despiadada: todos contra todos, símbolo del apocalipsis.

En el resplandor vacilante creyó distinguir movimiento. Fijó la mirada en un punto en medio del montón de chatarra. Allí estaba otra vez: una sombra avanzando. Y ese ruido traicionero, el chirrido de metal contra metal. El silencio expectante que le seguía. No era un animal. Un animal olfatearía el aire, se concentraría en su presa mientras se acercaba y solo se detendría si esta se movía. Él, en cambio, seguía oculto tras la chapa protectora. ¿O sí era un animal? ¿Habían llegado los animales a comportarse como humanos… o era al revés?

¿Algo lo había olido?

La sombra volvió a moverse y él con ella. Con la escopeta apretada bajo un brazo, dio unos pasos encorvados hacia el descampado, avanzando de cobertura en cobertura. Al detenerse, sintió el corazón martillearle el pecho. Apenas logró sofocar un acceso de tos con una mano. Respiraba con dificultad. Sin duda estaba enfermo, probablemente en fase terminal. Estaba convencido de que no le quedaba mucho tiempo de vida.

Y aun así lucharía por aferrarse a cada minuto. La esperanza de un mundo mejor, donde encontrar consuelo, lo mantenía con vida.

Un dolor agudo le recorrió la pantorrilla. Instintivamente giró sobre sí mismo y cayó de costado al perder el equilibrio. Vio a la rata que lo había mordido, y la rata lo vio a él. Se miraron con abierta hostilidad, hombre y animal, ambos con los ojos enrojecidos, esperando una reacción. Alzó la culata del arma para golpear, pero se contuvo: el miedo a delatar su posición con el estruendo era demasiado grande. La rata pareció comprenderlo y mordió de nuevo.

A duras penas logró reprimir un grito de dolor. Dejó la escopeta y trató de atrapar a la rata con la mano. ¡Comer o ser comido! Pero no consiguió agarrarla. Al cuarto intento, logró escapar llevándose un pedazo de su carne.

Se apretó la herida con una mano para que no siguiera goteando sangre, sangre que atraería a las criaturas en masa. Con la otra arrancó una tira de tela y la ató alrededor de la herida. Tendría que volver de inmediato y limpiarla, hubiera o no una amenaza acechando.

Apoyándose con una mano en el suelo y con la otra en el arma, logró incorporarse en cuclillas. El suelo crujió levemente bajo sus talones cuando se dio vuelta, y entonces sus ojos se posaron en una forma extraña. Lentamente, su mirada ascendió hasta un rostro grotesco que lo observaba con ojos ensangrentados. La boca abierta, espuma burbujeando en las comisuras, dos hileras de dientes amarillos, separados como troneras. De esas fauces surgían al mismo tiempo un gruñido gutural y una espesa miasma de putrefacción.

DESCARGANDO< … indicó el marcador.

—¡Oh, por favor, no antes del desayuno! —la voz de su madre lo arrancó de la realidad. Para reforzar su punto, presionó la tecla STOP y apartó el reproductor.

El niño quiso protestar, pero ya era tarde. Con poco esfuerzo, su madre había retirado los cables de su cráneo.

—¿Y por qué no ordenás todo esto? —dijo señalando las cajas, manuales y envoltorios esparcidos sobre la mesa—. Tus historias de terror pueden esperar. ¡Ahora es hora de comer!

Le alcanzó un plato con una porción de torta de cumpleaños.

—¿Qué era esta vez? ¿El asesino de la motosierra o el Armagedón?

Su hermana menor soltó una risita hasta que él la silenció con una mirada fulminante.

—Los últimos días de la humanidad —gruñó, más para sí mismo que para los demás, y pensó: Buenísima película, tendría que mostrársela a los chicos…

—Me temo que nuestros últimos días podrían estar cerca —dijo su padre—, si seguimos así.

Señaló la holo-pared, donde un reportero hablaba sin parar frente a miles de manifestantes.

—Vamos directo hacia nuestra propia destrucción.

Subió el volumen y toda la familia quedó absorta en la escena.

—“…que en caso de agresiones no dudarían en utilizar todos los medios a su disposición. Ante la pregunta de si esto incluía armas químicas y biológicas, el portavoz del gobierno respondió que no podía excluir categóricamente su uso. Se trataba de una ‘guerra santa’, y por lo tanto el fin justificaba los medios…”

—Me perdí el comienzo —dijo la madre—. ¿De qué se trata…?

—¡Shhh! —la interrumpió el padre, impaciente—. Después… lo grabé todo.

En las esquinas de la habitación, varias cámaras parpadeaban.

—No hay que ver siempre lo peor —reflexionó la madre—. De lo contrario, uno podría pegarse un tiro ahora mismo.

—Pero igual deberíamos tomarlo en serio. Sugiero que almacenemos provisiones.

La madre asintió en silencio.

Nada de esto molestaba al niño; él ya vivía en mundos horribles. La niña abrió los ojos con asombro. Todavía era demasiado pequeña para comprender del todo lo que ocurría.

Al salir de la cocina, su madre le entregó la merienda obligatoria. El niño la guardó en la mochila de la escuela de modo que ella no viera el reproductor oculto dentro.

Apenas fuera de la casa y de la vista, se apoyó contra una pared y se dejó deslizar hasta el suelo, atrapó un pequeño espejo entre las rodillas y empezó a conectarse.

Un instante después, la pantalla parpadeó.

DESCARGA FINALIZADA<

Cuando la descarga lo golpeó con toda su fuerza, ocurrió en el peor momento posible. Cayó como si hubiera recibido un golpe demoledor, incapaz de protegerse del engendro que tenía enfrente.

Aunque aún estaba mirando la máscara de la criatura, su mirada se volvió hacia dentro. Se vio a sí mismo a los catorce años, reviviendo una vez más cómo, tan protegido en el círculo de su familia, había buscado refugio en sus mundos espantosos; perverso, considerando lo que algún día tendría que enfrentar.

De todas las películas, tenía que ser Los últimos días de la humanidad, pensó con amargura. Como si no pudiera esperar a que llegaran.

Algo goteó sobre su rostro cuando la máscara se acercó. Saliva. Hambre que le respiraba encima. Un hedor a descomposición lo envolvió.

¿Era este el final? ¿No había regreso al pasado, solo avanzar hacia un futuro que ya no tenía?

Cuando las garras, con uñas rotas y manchadas de suciedad, se cerraron sobre su garganta y apretaron, su cuerpo comenzó a sacudirse sin control por la falta de aire. Entonces se oyó una fuerte detonación y perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí, creyó estar enterrado, tan oscuro y húmedo era todo, tan viciado el olor. Pero no: yacía bajo la criatura que lo había atacado. Tras apartarla con dificultad, el cuerpo rodó hacia un lado y quedó boca arriba. Entonces vio el torso destrozado, la sangre. Luego distinguió la escopeta que aún tenía en la mano y de la cual debía haber salido el disparo sin que él lo advirtiera conscientemente.

Se puso de pie y permaneció un momento tambaleante sobre el cadáver. ¿Qué hacer con él? No podía deshacerse del cuerpo. Quizás lo mejor fuera dejarlo para los carroñeros… arrastrarlo más lejos para que las ratas, los perros, los gatos y lo que fuera que anduviera cazando –humanos incluso– no se acercaran a su escondite.

De ser posible, no debía dejar rastros de sangre. Tendría que cambiarse y lavar la ropa. Luego seguir adelante. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Recorrió unos treinta pasos y dejó caer el cadáver. La noche no pasaría sin que fuera roído hasta los huesos, y aun estos quedarían dispersos al amanecer. Decidió desnudarlo. Resultó más difícil de lo que había pensado. El cuerpo estaba cubierto de pústulas supurantes y llagas purulentas en las que los harapos se habían incrustado. Hizo lo que pudo, aunque le costó una enorme fuerza de voluntad.

Podía quemar los trapos, pero eso implicaba el riesgo de atraer visitas indeseadas. Y además sería un desperdicio de gasolina. Tenían que desaparecer, de eso estaba seguro; no podía dejarlos allí, empapados de sangre. ¿Dónde ponerlos, entonces? Su mirada se posó en el montón de neumáticos desechados, refrigeradores y lavadoras: esa era la respuesta. Se quitó los zapatos, que habrían dejado un rastro sangriento, y avanzó descalzo.

De regreso en su refugio, ya se oían los primeros y estridentes presagios de las hordas hambrientas. Pronto estallarían las luchas abiertas por el cadáver.

Corrió la chapa sobre la entrada y la aseguró. Más vale prevenir, pensó. Luego encendió la bombilla y cubrió rápidamente la rendija limpia que había frotado en la ventana. La luz no duraría mucho. Tendría que recargar las baterías.

Primero debía lavarse.

Se desnudó, colocando cada prenda con cuidado sobre una lámina de plástico. Luego hundió las manos en un recipiente con agua jabonosa. Eliminó todo rastro de sangre y después se lavó el rostro. Al alzar la vista para secarse, se vio reflejado en el espejo, iluminado de lado por la pálida luz de la bombilla.

El rostro que le devolvía la mirada no difería demasiado del de la criatura que acababa de matar. La única diferencia era que no estaba cubierto de suciedad. Al igual que ella, mostró los dientes y vio que eran los mismos muñones amarillentos. Al aspirar el aire, el mismo hedor repugnante lo golpeó.

No, no le quedaba mucho tiempo de vida. Se estaba pudriendo por dentro y desintegrando por fuera. Era solo cuestión de tiempo.

Tiempo.

Era valioso.

La bombilla comenzó a parpadear.

Desnudo como estaba, se subió al asiento de una bicicleta destartalada y empezó a pedalear, haciendo chirriar los pedales con velocidad creciente. El dínamo zumbó como un enjambre de avispas furiosas y la bombilla volvió a brillar con nueva vida. Su respiración era entrecortada; resoplaba como una vieja locomotora de vapor. Su cuerpo convulso proyectaba una sombra fantasmal contra las paredes.

Un jinete fantasma, pensó. ¡Saliendo del infierno!

El estruendo de la horda que se disputaba el cadáver afuera ya se oía con claridad. Ahogaría cualquier ruido procedente de su guarida.

La aguja del indicador de la batería temblaba en el máximo.

—¡Ya voy! —graznó como un cuervo—. ¡Espérenme!

Se bajó de la bicicleta, rebuscó en una vieja caja de zapatos y sacó un cubo tras otro, leyendo las inscripciones.

“18.º cumpleaños”, decía uno.

“Graduación”, otro.

“Boda”.

Dudó un instante y luego decidió.

—¡Ya voy, Eva! —tosió mientras se conectaba los cables al cráneo con manos temblorosas—. ¡Dame un minuto!

Sus dedos volaron sobre el teclado del reproductor. Luego se quedó mirando la pantalla con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando el ícono >LISTO PARA DESCARGAR< se iluminó, no dudó ni un segundo en huir de este mundo.

 

Traducción al inglés: Richard Kunzmann


Helmut W. Mommers nació el 16 de noviembre de 1943 en Viena. Es un destacado autor, editor y traductor austriaco de ciencia ficción. Ha sido una figura clave en la literatura de ciencia ficción alemana, contribuyendo como escritor, compilador de antologías y traductor. Su trabajo ha influido significativamente en la difusión del género en Alemania y Austria. Vive entre Viena y Mallorca, y su perfil público refleja una carrera prolongada y activa en el ámbito literario. Con más de 80 años, sigue siendo reconocido por su compromiso con la ciencia ficción.

 

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