Rhys Hughes
Nunca me he sentido
tan deprimido por una mujer como para desear matarme. Ese me parece un curso de
acción absurdo: por un lado, atrae demasiada atención sobre uno mismo –o sobre
lo que queda de uno–, los ecos que se desvanecen de tu vida en la memoria de
quienes te conocieron; es un gesto melodramático que un caballero
verdaderamente refinado solo puede tratar con burla. Pero después de conocer a
Zsuzsanna y de sumergirme profundamente en su melancolía, en la oscuridad
tangible de su amor, decidí intentarlo. La curiosidad y la simetría fueron, sin
duda, las dos principales motivaciones de la acción que emprendí.
Sí, Hungría sigue teniendo una de
las tasas de suicidio más altas del mundo, pero ocupa solo el octavo lugar. He
vivido en países con tasas más elevadas y con mujeres más entrópicas, y también
en períodos de mi vida en los que me sentí incluso más fracasado de lo que me
sentía entonces, en aquel viejo bloque de apartamentos de Budapest, en el
distrito de Józsefváros. Pero quizá pensé que sería un regalo para Zsuzsanna,
una forma de rendir homenaje a su morbosidad, algo más auténtico que
simplemente llevarla de picnic a un cementerio. El edificio tenía doce pisos, y
eso es más que suficiente.
Aun así, tenía dudas, y si me
arrojaba desde lo alto, durante la caída ya sería demasiado tarde para cambiar
de opinión. Golpearía el pavimento y eso sería todo. Nuestro apartamento estaba
en el primer piso, el que está justo sobre la planta baja, y se me ocurrió que
una caída desde esa altura no sería mortal, que serviría como una muestra del
extremo mayor, que podría arrojarme por la ventana de mi propio dormitorio doce
veces en lugar de hacerlo una sola vez desde la azotea del edificio, y que
ambas cosas serían equivalentes. Así que abrí la ventana y salí por ella.
Volviste temprano del trabajo,
Zsuzsanna, con una bolsa de compras, y me sorprendiste en el acto después de
que me hubiera levantado del pavimento, me hubiera sacudido el polvo, subido
las escaleras hasta nuestro apartamento, alcanzado la ventana y vuelto a
arrojarme por ella por segunda vez. Literalmente me atrapaste. Dejaste caer la
bolsa, y los pasteles y la botella de Tokaji que había dentro se agrietaron,
pero no se destruyeron; luego me cargaste con ternura en tus brazos de regreso
al edificio, subiste las escaleras y me arrojaste por la ventana una tercera
vez. Para darme una lección de melodrama.
Esta vez la botella se hizo añicos
cuando caí sobre ella, y los fragmentos de vidrio me cortaron las muñecas y me
desangré hasta morir. No del todo hasta morir, pero la exageración forma parte
del teatro de la melancolía, el más extravagante de todas las puestas teatrales.
Mientras yacía en esa postura torpe y la sangre fluía de mí, recordé que el
desperdicio es un pecado y metí la mano en la bolsa para sacar los pasteles
aplastados y atiborrármelos en la boca. El flodni, rico y denso, hecho
de manzanas, nueces y semillas de amapola, llenó el hueco que dejaste dentro de
mí, Zsuzsanna, con tu hermosa y tangible oscuridad.
Rhys Henry Hughes es un escritor de fantasía y ensayista galés nacido en 1966 en Cardiff. Ha cultivado diversas formas de ficción, desde relatos cortos hasta novelas. Entre muchas otras obras, ha publicado las siguientes novelas y colecciones de cuentos: Worming the Harpy and Other Bitter Pills (1995), The Smell of Telescopes (2000), Stories from a Lost Anthology (2002), A New Universal History of Infamy (2004) –Parodia y homenaje a Jorge Luis Borges–, Engelbrecht Again (2008), Twisthorn Bellow (2010), The Brothel Creeper (2011), The Abnormalities of Stringent Strange (2013), The Pilgrim's Regress (2014), Flash in the Pantheon (2014), Brutal Pantomimes (2016), Cloud Farming in Wales (2017), The Honeymoon Gorillas (2018), Crepuscularks and Phantomimes (2020), Weirdly Out West (2021), Utopia in Trouble (2021), Comfy Rascals (2022), The Senile Pagodas (2022), Adventures With Immortality (2023), The Wistful Wanderings of Perceval Pitthelm (2023).

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